Los apaciguadores

 

Una vez más, un montón de gente ha decidido que los dirigentes de un partido político no pueden ir a un pueblo de España a hacer un acto público. Que eso se hace para crispar y para obtener rendimiento electoral. Que se hace para provocar reacciones. Que no es prudente. Que no es adecuado.

Estas personas son las mismas que silban cuando se homenajea a un etarra que sale de prisión o cuando se blanquea a un tipo al que acaban de detener, responsable directo de la muerte de muchas personas, y, entre ellas, de varios niños. Lo hacen por las mismas razones. Se trata de no avivar las conductas que se han dejado atrás y seguir, todos, por la senda constitucional. Además, qué cojones tenemos que decir los que vivimos en otras partes. Como si supiéramos de qué hablamos.

Sin embargo, mira que es sencilla la cuestión. La normalidad que no hay que alterar es la que debería permitir a cualquiera ir a cualquier lugar a exponer sus opiniones, con independencia de la bondad o maldad de sus motivos. La que debería admitir que se pueda decir, a la cara de los vecinos, «amigo das asco», si piensas que es un héroe alguien que pegaba tiros en la nuca y ponía bombas. La misma normalidad que nos permite decirle al nazi que es un repugnante nazi debería llevar a la gente a repudiar a los que hacen una pantomima de desinfección tras una concentración en la que se llama asesino a un asesino. Pero no, repudian a los concentrados.

Los que acusan a Rivera y Pagazaurtundúa de crispar son cómplices. A lo mejor, ni lo saben. Quizás no hayan hecho el esfuerzo de introspección necesario para salir de su burbuja infecta. Es tan difícil hacerlo, sobre todo si alrededor de una hoguera los miembros de la tribu cantan una triste canción sobre la culpa colectiva y te la crees porque te facilita el relato autobiográfico y el día a día.

Quizás el problema es ese. Demasiadas décadas en la zona gris. Como la madre que descubre que su hijo es un asesino múltiple y no puede dejar de quererlo, lo que nos dicen muchos es que no hagamos ruido, que tienen que convivir con gente con el cerebro lleno de mierda y nosotros no vivimos allí. Qué equivocación. Si algo nos enseña la historia es que en todas partes hay personas con el cerebro enmierdado. A veces, esas personas son tus padres o tus hijos o tus amigos de la infancia. Lo malo es que se reúnan y se organicen. Que encuentren una causa y líderes. Y que los demás se callen cuando sacan las antorchas y se ponen a desfilar.

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Mucha gente ha comenzado a escribir un inmundo relato sobre el juicio en el Tribunal Supremo. La visión, día a día, de lo que sucedía en la sala, y el comportamiento de los magistrados y, en concreto, del magistrado Marchena, estaba complicando en exceso el escenario en el que el golpe de Estado no ha existido —casi un malentendido— y todos hemos de abrazarnos fraternalmente, darnos la paz, y pelillos a la mar. Así que se han inventado una conspiración en la que Marchena es un diabólico Fu Manchú que ha torcido la voluntad de la soberanía popular. La tesis es tan estúpida que solo la comprarán los pitonisos que anticipan el futuro. Una tesis que, por cierto, olvida que las decisiones las están tomando siete magistrados y, hasta el momento, lo están haciendo por unanimidad.

Y todo esto se aliña con el runrún. El nuevo presidente del Senado, hoy, afirma esto:

NOTA: desde aquí la entrada se ha cambiado al rectificar El País el texto de la entrevista (dejo lo incorrecto, tachándolo, y añado lo nuevo en color morado). Uno, como pueden ver, hace ,mucho que no efectúa análisis considerando los titulares. Ni siquiera los titulares entrecomillados.

P. ¿Cree que la situación en Cataluña no cambiará hasta que acabe el juicio y haya sentencia?

R. Me parece lo más probable. Hay un escenario que podría reconciliar todo reconsiderar esto, y es que hubiera una la sentencia fuera absolutoria. Bueno, es una posibilidad, yo no voy a entrar en eso. Si no es así, parece claro que generará una respuesta en Cataluña porque los sectores independentistas reaccionarán. Y es posible que esos mismos sectores intenten extraer un rendimiento electoral del malestar de la ciudadanía. Lo cierto es que actitudes moderadas por parte de las formaciones independentistas podrían penalizar a quien las tome y probablemente eso es lo que pasó con el veto de los partidos independentistas [ERC y Junts per Catalunya] a Iceta.

La tercera autoridad del país, antes de que los magistrados dicten sentencia aplicando la ley, afirma que «todo» «esto» se reconciliará reconsiderará si se absuelve a los acusados. Porque, en otro caso, los sectores «independentistas» reaccionarán. Por lo visto, este hombre ni se plantea, si hay una absolución, que los sectores no «independentistas» reaccionen y se radicalicen. No se lo plantea o simplemente actúa como si no existieran, como si esos millones de catalanes fuesen invisibles. Solo importa lo que hagan los secesionistas. Recordemos que se juzga a líderes secesionistas.

El mensaje soterrado es manifiesto: a los que presuntamente se saltaron la ley penal mejor no les apliquemos las consecuencias previstas en ella, no vaya a ser que «reaccionen». ¿Que reaccionen cómo? ¿Quizás saltándose la ley, la penal y la que no lo es? En cuanto a los otros, que les den; seguro que tragarán con cualquier cosa .

Yo solo deseo que el tribunal dicte una sentencia ajustada a derecho y adoptada en conciencia. Qué tiempos aquellos en los que uno habría esperado que el presidente del Senado se limitase simplemente a decir esto mismo.