Mansplaining

 

Las cuatro esquinas del mundo les propone un bonito juego, en el que pueden demostrar ustedes su inteligencia.

— ¡Marilyn! … ¡Marilyn! … Perdonen ustedes a nuestra azafata. Ya saben que las chicas y más la chicas guapas, siempre tienen la cabeza llena de pájaros. ¡¡MARILYN!! (…)  ¡Ah!, aquí está nuestra guapa azafata. ¿Qué, otra vez haciendo crucigramas? No contestes, date una vuelta y sonríe para que todos puedan verte. Marilyn, por si no lo saben, presume de ser lista. Dice que tiene el CI registrado más alto del mundo, hasta 230 ha llegado a decir. ¡Un aplauso para ella y para su cabecita donde caben tantas cosas! (…) Vayamos a nuestro concurso. Primero los premios. Pueden ustedes ganar una de estas dos hermosas cabras. Sonreíd también vosotras, cabritas.

— O, si juegan ustedes bien sus cartas, pueden obtener este fabuloso Aston Martin:

— Vamos a colocar nuestros premios detrás de tres puertas numeradas, la puerta 1, la 2 y la 3. Ahora escoged una puerta, la que queráis … ¿la 1?, muy bien. Ahora, de las puertas 2 y 3 que no habéis escogido, voy a abrir una en la que sé que está una de las cabritas. ¿Sí? ¿El caballero del fondo? ¿Qué es lo que no entiende? Yo se lo explico. Ustedes han escogido una puerta. Quedan dos y en un de ellas, al menos, hay una cabra. A lo mejor, si han acertado con la puerta que oculta el Aston Martin, hay cabras en las otras dos. Así que, sin desvelar el misterio, siempre puedo abrir una puerta que guarde a una cabrita. (…) Eso voy a hacer: y … ABRO LA PUERTA 3. Ahí está una de nuestras cabritas, tan sonriente como de costumbre. Un aplauso para ella. (…) Bueno, nos quedan dos puertas, la 1 y la 2. Han escogido la 1, pero … vamos a hacer esto más divertido todavía. Cambien de puerta si quieren. Les dejo cambiar de la 1 a la 2. Ya sé que da igual, que quedan dos puertas y que detrás de una está la cabrita y detrás de otra el fabuloso Aston Martin, así que la probabilidad de ganar es la misma si no se cambia de puerta, un 50 % en cada caso, pero ¡ESTO ES LA TELEVISIÓN!

— No da igual.

— ¿Qué dices, Marilyn?

— Que no da igual. La probabilidad de acertar era, al principio, de 1/3. Una vez hecha la elección, y una vez abierta una puerta de las otras dos, una que tenga una cabrita, si no cambiamos, la probabilidad de ganar es de 1/3, y si cambiamos, la probabilidad de ganar es de 2/3. Es mejor cambiar de puerta, aumenta la probabilidad de ganar.

— Marilyn, guapa, no digas tonterías. Quedan dos puertas, una tiene una cabra y la otra el Aston Martin; no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la probabilidad de ganar es la misma, 1/2, así que da igual cambiar o no. ¿Qué desea caballero? Dadle un micrófono a ese señor del público.

— Ejem, señorita o señora, lo que sea (risas), ya hay suficiente analfabetismo matemático en el mundo. No necesitamos que el máximo coeficiente intelectual del mundo vaya propagando más. ¡Qué vergüenza!

— Ese otro caballero quiere intervenir también …

— ¿Puedo sugerirle, Marilyn, que compre un libro de texto estándar sobre teoría de probabilidades y se remita a él, antes de tratar de responder de nuevo a una pregunta de este tipo?

— Y ahora ese otro …

— Quizás las mujeres consideran los problemas matemáticos de forma diferente que los hombres.

*****

La evolución no hizo a los seres humanos muy capaces cuando de probabilidad se trata. Bastaban cálculos groseros del siguiente estilo: imposible, poco probable, muy probable o seguro, para que los antepasados de la sabana africana pudieran huir de un depredador. Muchas veces la respuesta intuitiva a la pregunta sobre la probabilidad de que un determinado suceso pueda tener lugar se aparta mucho de la respuesta correcta. En muchos libros aparece un ejemplo que es útil para visualizar esto. Si le preguntan «¿Cuántas personas debería haber en una habitación para que la probabilidad de que al menos dos de ellas cumplan años el mismo día sea mayor del 50%?«, usted ¿qué contestaría? Piense sobre ello, luego le doy la respuesta.

Lo curioso es que, en el asunto del juego, se mezclaron en algunos dos prejuicios intuitivos: el primero, que sí tenemos esa capacidad y podemos fácilmente dar respuestas aproximadas; el segundo, que una mujer, por inteligente que sea, no va a saber más que un hombre con formación matemática.

El juego fue planteado por Marilyn vos Savant a los lectores de la revista Parade, donde Marilyn tiene una columna semanal llamada Pregunta a Marilyn. Ella sostuvo lo mismo que nuestra azafata. Se produjo un aluvión de cartas. Unas diez mil. Un 92 % de las cartas procedentes del público estaba en contra de su respuesta y lo mismo ocurría con un 65 % de las cartas que provenían de las universidades. Entre los lectores que contestaron en contra se encontraban un subdirector del Centro para la Información de la Defensa de los Estados Unidos y un estadístico del Instituto Nacional de la Salud.

Entre las cartas recibidas se encontraban afirmaciones como las que he hecho decir al público de nuestro concurso.

Sin embargo, al final, tras explicar, en una segunda carta, de manera más profunda su razonamiento, los profesionales más recalcitrantes terminaron reconociendo que tenía razón (eso sí, lean las críticas a la pregunta planteada por vos Savant). Hasta se llegó a efectuar la prueba en las clases de matemáticas de más de mil escuelas por Estados Unidos. Los resultados eran unánimes a favor de la respuesta de nuestra azafata. Por cierto, es una historia vieja que se trata en muchos textos sobre probabilidades, por lo que resulta más graciosa todavía la seriedad de ese lector que mandaba a Marilyn a leer sobre la materia, cuando, al parecer, él no lo había hecho.

*****

Respuestas:

a) En la página de la wikipedia encontrarán muchas respuestas al problema. Hay una que es bastante evidente y que se efectúa con un millón de puertas. Abres una. Luego el presentador abre 999.998 que tienen cabras. Solo queda una cerrada. ¿Es mejor cambiar o no? La probabilidad de que hubieras acertado en la primera ocasión era de 1/1.000.000.

Pero la explicación más sencilla se la leí a Ian Stewart en El laberinto mágico, el libro en el que me encontré por primera vez con esta historia.

Suponga que usted elige la puerta 1 (da igual si escoge la 2 ó la 3). Hay tres posibilidades. Cada una de ellas es igualmente probable, porque la probabilidad de que el automóvil esté tras cualquier puerta concreta es una entre tres. La cursiva muestra qué puerta (o puertas) puede abrir el presentador.

Ahora, veamos que pasa si el concursante no cambia:

Puerta 1: Automóvil
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Cabra

Resultado: Gana

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Automóvil
Puerta 3: Cabra

Resultado: Pierde

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Automóvil

Resultado: Pierde

Y ahora veamos qué pasa si el concursante decide cambiar:

Puerta 1: Automóvil
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Cabra

Resultado: Pierde

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Automóvil
Puerta 3: Cabra

Resultado: Gana

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Automóvil

Resultado: Gana

Cuando cambia nuestro concursante pasa de ganar una de cada tres veces a ganar dos de cada tres. Voilà.

b) En cuanto a la cuestión del número de personas que tiene que haber en una habitación para que la probabilidad de que dos de ellas nacieran el mismo día sea mayor que un 50 %, la respuesta se obtiene calculando la probabilidad contraria: la de que no haya dos personas con la misma fecha.

Si sólo hay un patético invitado en la fiesta, la probabilidad sería del 100%. Es imposible que haya otra persona con el mismo día de nacimiento. Si hay dos, la probabilidad de que la segunda no haya nacido el mismo día, teniendo en cuenta que nuestro primer invitado ya ha agotado una fecha, es de 364/365. Añadamos una tercera persona: será de 363/365. Para conocer la probabilidad combinada de los tres, las multiplicamos: (365/365) x (364/365) x (363/365). Seguimos añadiendo personas. Cuando llevamos 23 invitados, la probabilidad ha descendido a 0,492. Por tanto, la probabilidad contraria, la que nos interesa, es del 50,8 %.

Sólo hacen falta 23 personas.

Malaherba

 

El viernes, cuando ya estaba para irme, recibí un sobre con un libro en su interior. Se trataba de Malaherba, la novela de Manuel Jabois. Yo casi no leo novelas. Cuando era niño, mi plato favorito era la merluza —sería pescadilla, pero mi madre la llamaba merluza— hervida con mayonesa. Tenía tendencia a las fiebres altas y eso me producía acetona. Ahora sé que la acetona no es una enfermedad, pero entonces, con ocho o diez años, no solo era una enfermedad, sino que era mi enfermedad. Y me ponía malísimo, tanto que aprendí a hacer dieta de verdad, como si fuera uno de esos que viven sobre una columna y buscan a Dios. Estábamos en el pueblo cuando, tras comer demasiada merluza con mayonesa, me puse tan malo que casi estuve tan malo como cuando jugué una final de Roland Garros con Orantes y los golpes de raqueta coincidían con los tictac de ese maldito despertador dorado. Desde entonces, bastaba el simple olor a pescadilla hervida para que la arcada viniera de visita. Décadas más tarde ya pude comerla. Yo creo que algo así me pasó con las novelas. Leí demasiado entre mis quince y mis veinticinco, y sobre todo leí demasiadas novelas y un día decidí que no podía tragar una más, así fuera Moby-Dick. En los últimos años, empiezo a soportar el olor a novela, así que imagino que me voy curando.

A veces me voy andando a casa y, no crean, la cosa tiene su miga porque tardo más de dos horas. Estos últimos meses me he dado ese paseo varias veces mientras escuchaba a testigos y a peritos. Por suerte, Marchena ya ha dicho que está todo visto para sentencia, así que me puse a andar, a leer y a escuchar, pero no a guardias civiles. Escogí la novena de Bruckner por ninguna razón particular, quizás solo porque es larga. Terminó a mitad de camino y pensé que hubiera sido interesante poderla escuchar al revés, pero la tecnología a veces se olvida de las cosas importantes, así que solo pude escucharla dos veces en la misma dirección.

A lo mejor le habría ido bien a la novela cualquier obra, pero ya se ha quedado con esta. Y, por duplicado. Malaherba dura dos novenas de Bruckner. Os contaré algo. Cuando vivíamos casi al lado del Retiro, se mudó al piso de enfrente un divorciado. Tenía con él a sus dos hijos, un niño y una niña, ya saben, los fines de semana alternos, la mitad de las vacaciones escolares y la mitad de los gastos extraordinarios. Su hija era pequeña, de la edad de la pequeña mía, como de seis años o así. Y no sabía bien qué hacer con ella. Un día le preguntó a mi mujer a qué podía jugar para entretenerla, que él jugaba a princesas y castillos, y mi mujer, con sorna, le dijo que yo jugaba con mis hijas a vampiros. Me tumbaba en la cama, haciéndome el no muerto, con los ojos cerrados y medios palillos en forma de colmillos, y dejaba que se acercasen, lentamente, avance y retroceso, hasta que casi notaba su aliento, abría de golpe los ojos y las perseguía por la casa. Creo que el consejo lo dejó más perplejo que otra cosa, pero qué sé yo de cómo hay que entretener a un puto crío. Cada cual hace lo que puede. Si se preguntan que a qué viene esto, yo qué sé. A lo mejor a nada.

El caso es que me leí Malaherba camino de casa. A falta de quince páginas. Lo he terminado hoy. Como no sé hacer reseñas literarias, género que me parece dificilísimo y que exige una dotación completísima de frases musicales, he pensado solo en explicarles a ustedes que lo leí casi de tirón. Al final, cuando llegaba a casa, era de noche; así que usé la linterna del móvil. Antes me bastaba con ir de farola en farola, entreviendo las palabras en la zona de penumbra, gracias a la luz que se va y a la que viene, pero mis ojos están viejos y se están vengando.

Yo casi no leo novelas, solo de arañas alienígenas o hitos de la literatura china y japonesa, por eso de cubrir un poco la ignorancia inexcusable, así que no estaría bien que recomendara a nadie que compre y lea la novela de Jabois. Solo quería explicar que la leí casi de tirón. Que la he terminado esta mañana, dando otro paseo, y que a lo mejor ustedes sí leen novelas, porque no tienen la puta desgracia de estar enfermos de acetona.

 

 

No te preocupes, querida, yo me ocupo de pagar el gallo que le debemos a Asclepio

 

In memoriam M.

Cuando a Sócrates le libran de los grilletes, el mismo día de su muerte, se le ocurre hacerse pasar por Esopo e inventar una fábula sobre el placer y el dolor. En ella, el dios, harto de la guerra que se traen, los convierte en siameses unidos por las coronillas; por eso, a poco que uno se presenta ya anuncia la aparición de su rival.

Lo cuenta Platón en un diálogo inmortal, por el asunto del que trata y porque resonará en el tiempo mientras haya hombres que revivan el último día en la vida de un hombre. Dice Fedón:

«Por esta razón no sentía en absoluto compasión, como parecería natural al asistir a un acontecimiento luctuoso, pero tampoco placer, como si estuviéramos entregados a la filosofía tal y como acostumbrábamos; y eso que la conversación era de este tipo. Sencillamente, había en mí un sentimiento extraño, una mezcla desacostumbrada de placer y de dolor, cuando pensaba que, de un momento a otro, aquél iba a morir. Y todos los presentes estábamos más o menos en un estado semejante: a veces reíamos y a veces llorábamos (…)»

También para mí es inmortal, pero no por su filosofía. Lo diré mejor: no por la filosofía. Critón tenía razón. Pregunta por el entierro. Le pregunta a Sócrates cómo quiere ser enterrado y entiende toda la conversación como un consuelo, para ellos y para el que se ha propuesto cumplir la ley, antes incluso de que el sol se ponga tras las montañas. No se convence de que el hombre con el que habla no sea aquel que verá cadáver y por eso quiere conocer sus instrucciones para su sepelio. Critón, que avaló a Sócrates ante los jueces, comprometiéndose con su promesa de que no abandonaría Atenas, se convierte en objeto de amable burla. Los amigos, ahora, deben avalar que Sócrates sí abandonará, bienaventurado, el mundo y que no es Sócrates el que será enterrado. Critón tenía razón, pero quién habría sido capaz de contradecir a Sócrates.

Todos lloraron y fueron reprendidos por Sócrates por llorar. Tampoco en esto tenía razón Sócrates, porque como confiesa Fedón, él no lloró por Sócrates, sino por él mismo, por su propia desventura.

 

Relatos inéditos

 

Soy mucho despistado y ando siempre centrado en mis cosas. Quizás, además de despistado, sea algo egoísta, pero con un egoísmo singular y guay, no vayan a creer. El caso es que es frecuente que no me dé cuenta de lo que les va pasando a los que me rodean, bueno o malo. Imagino que los que me conocen y me soportan lo han asumido.

Cuento esto porque, a pesar de esa ceguera, hay dos cosas que siempre noto. Las noto porque me molestan mucho, así que, digo yo, será esto simple consecuencia de mi egocentrismo. Me molesta que alguien trate mal a quien piensa es su subordinado, aunque eventual. Por ejemplo, a un camarero. Y también que alguien trate mal a su pareja. No hablo de algo grave, sino de gestos mínimos, fugas accidentales de desprecio en entornos aparentemente controlados.

Esos fallos de matrix son interesantes. Nos enseñan a las personas detrás de las puertas. O las puertas detrás de las personas, a saber.

El caso es que, detectado, empiezo a mirar de otra forma al sujeto. No es tanto que lo ficticio se vea sustituido por lo real, como que lo ficticio, pero costumbrista, se ve sustituido por lo ficticio, pero detectivesco. De la peli en color paso a la peli en blanco y negro, y un guionista interior escribe un guion en el que la voz del escritor explica mediante un personaje inteligentísimo que la historia no está escrita por un guionista. Ya saben, como esa trola sensacional que le suena a Bogart en su cabeza en La condesa descalza y que todos oportunamente escuchamos.

Desde ese momento, presto atención renovada y todo lo interpreto conforme a ese gesto fugaz. La amabilidad posterior se convierte en impostura, la frialdad en prueba de cargo y me digo, consciente de mi teatralidad: «crees que engañas a todos, pero a mí no me las das con queso, villano». 

 

De dictadores y argumentos

 

España se ha convertido en un patio de colegio. El Tribunal Supremo en un auto —es decir, en una resolución «menor»— menciona de pasada —es decir, menciona no como argumento que sirva para tomar una decisión— que Franco fue jefe del Estado desde una fecha y un montón de gente se pone a gritar. Que si el Tribunal Supremo ha legitimado el golpe de Estado franquista, que si ha destituido a Azaña, que si esa mención demuestra que el Tribunal Supremo está lleno de franquistas y no se puede esperar nada en el juicio a los secesionistas (estas son algunas perlas).

Es todo tan imbécil que produce asombro. Aunque el Tribunal Supremo se equivocase en el dato, algo discutible, da igual. Franco fue un dictador asqueroso desde el primer día. También cuando su gobierno fue reconocido por Reino Unido y Francia. También después de dimitir Azaña. Lo fue desde antes de que, con el voto de sus cómplices criminales, se hiciera con el poder absoluto y lo siguió siendo desde ese momento. También cuando España entró en la ONU y nos visitó un presidente norteamericano. Sí, fue un dictador asqueroso, pero fue jefe de Estado. Como lo fueron Stalin o Hitler o Pinochet o como todos estos. ¿Importa mucho si fue jefe del Estado desde 1936 o desde 1939? ¿En serio? ¿Se va a negar que controlaba gran parte de España desde 1936?

Esa mención —de pasada, intrascendente a los efectos de lo que se decidía—  no puede legitimar nada porque, de asumir ese argumento, esto supondría que Franco habría sido un jefe de Estado legítimo si se hubiera optado por otra fecha posterior.

La estupidez nos asuela.

*****

Tras los informes de las tres acusaciones en el juicio a los líderes del golpe secesionista, he mirado resúmenes en periódicos y he escuchado opiniones de opinadores. En su mayor parte, insufriblemente superficiales. Se han centrado en lo que los periodistas llaman titulares. En las frases sonoras, los espejitos que tantas veces se usan para engañar a los nativos, como esas máximas o refranes que vemos pulular por las redes sociales, a menudo con la foto de algún prócer para darle el aura de verdad revelada. Esas píldoras que sustituyen un razonamiento complejo y matizado que analiza todos los aspectos de una cuestión, pero que tanto satisfacen nuestra pereza y la incapacidad para reconocer nuestras limitaciones.

Todo está claro. Los fiscales han dado un zasca (y eso que las defensas no han podido aún replicar) y la abogada del Estado es una traidora que, con sus balbuceos, demostraba la falta de convencimiento. Como si la potencia o adecuación del argumento dependiera del timbre de la voz o de los ehhh intercalados.

Un día, si tengo tiempo y ganas, escribiré un ladrillo en el que expondré con detalle mi punto de vista sobre lo que se ha probado o no en el juicio, y, en concreto, sobre si los hechos probados completan los hechos típicos del delito de rebelión o no. Será tan coñazo que no lo leerá casi nadie, y después de escribirlo tendré la sensación de que soy gilipollas por perder mi tiempo en una tarea que nadie me paga —ya me estoy arrepintiendo, así que es probable que no lo escriba—.

En ese ladrillo debería analizar si, con independencia de cuál sea el bien jurídico protegido en el delito de rebelión, los acusados llegaron a desplegar una conducta material que lo pusiese en riesgo conforme a la descripción contenida en la norma penal. Porque, al margen de la discusión sobre qué se protege en el Título XXI del Código Penal (delitos contra la Constitución), cuestión de importancia, ya que no es igual que se incluya solo aquello relacionado con los derechos y libertades que el que se amplíe al propio sistema jurídico en su conjunto en cuanto garante de la paz social, lo cierto es que la finalidad del autor no es suficiente. No basta con que los hoy juzgados quisieran acabar con el sistema constitucional, sino que es preciso que su conducta se ajustase materialmente a la conducta prohibida en la norma penal. Porque —y esto es consecuencia de que no se recogiese como forma de rebelión, con ese u otro nombre, el autogolpe— el alzamiento violento, como conducta prohibida, exige que la violencia pública tenga unas características que por sí solas sean adecuadas para poner en auténtico riesgo la integridad de la nación o la aplicación de la Constitución en la parte del territorio nacional en el que se produce el levantamiento.

Por esta razón, los argumentos de la abogada del Estado, ridiculizados por algunas personas que no tienen ni puta idea de lo que hablan, son —al margen de la posición que uno tenga— perfectamente pertinentes. La violencia periférica, puntual, no toral en la conducta desplegada para el fin descrito*, no es la violencia que describe la norma penal. Una conducta puede aparente o formalmente coincidir con la conducta prohibida y, sin embargo, ser penalmente irrelevante por ausencia de lesividad conforme a lo que se describe en el tipo que se pretende aplicar y al fin de la norma. El fiscal Cadena, en su análisis del tipo, sostuvo ayer que solo exige la violencia necesaria para la obtención del fin perseguido. Aunque no sea especialmente intensa. Que, de entenderse de otra forma, incluso el golpe del 23 de febrero debería quedar impune. Pero, en mi opinión, esa tesis amplía el tipo de manera inasumible. La violencia puede consistir, como bien dijo la abogada del Estado, en una amenaza creíble sobre su uso: por ejemplo, la presencia de un pelotón de guardias civiles con sus armas en el Congreso y tanques por las calles de una ciudad. Esa intimidación cumple el tipo porque anticipa un posible uso de medios que tienen la finalidad concreta de cambiar el Gobierno del Estado. La cuestión es que la violencia que se observa el 20/9 y el 1/10 en Cataluña, incluso en su faceta de intimidación, no va dirigida a la consecución de la secesión por sí sola, sino a la realización de un referéndum que pretende utilizarse como argumento legitimador. Por mucho que los secesionistas le quisieran dar importancia a ese hecho —hasta el punto de introducir automatismos en sus leyes esperpento al efecto—, el referéndum en sí no es la secesión, salvo que asumamos el tramposo relato secesionista. Tan obvio es esto, que los hoy acusados estuvieron un mes circulando libremente sin que nadie los detuviera cuando supuestamente habían ya cometido uno de los más graves delitos de nuestro Código penal el 1/10. ¿Alguien se imagina a Tejero paseando un mes libre por España y dando entrevistas después del 23-F?

Y sí, yo creo que hubo sedición. Porque, al margen de que los acusados sí quisieran atentar contra la Constitución en sentido material, lo cierto es que, aunque no desplegasen la conducta que completa el tipo del delito de rebelión, para cumplir sus objetivos asumieron y quisieron que se viera afectado gravemente el orden público, que es otro bien jurídico. Precisamente porque controlaban un enorme poder en el territorio, no precisaban, para la consecución de sus fines formales, con la realización de determinados actos habituales en un golpe de Estado: concretamente los referidos a la toma de centros de poder. De hecho, incluso controlaban la fuerza pública más numerosa en el propio territorio. Y, de hecho, podrían haber declarado la república catalana sin referéndum y esto no habría sido delito ni de rebelión ni de sedición. Sin embargo, optaron por añadir ese golem legitimador prohibido por los tribunales. Para llevarlo a la práctica, una vez que un magistrado ordenó a las fuerzas de seguridad del Estado que materialmente actuase para impedirlo, necesitaban de una actuación masiva de oposición. Esa oposición no tenía que ser violenta para ser sediciosa, ya que el tipo no lo exige, pero sí tenía que ser pública, tumultuaria y eficaz para el logro de su propósito. Todos esos requisitos se dieron. Se creó una apariencia de legalidad, se convenció a millones de personas de que ese acto obstativo equivalía a un acto de desobediencia civil (cuando lo cierto es que no se impedía al ciudadano concreto votar, sino que se le exigía que se apartase para que la fuerza policial hiciese su trabajo), se facilitaron los medios para la votación y para la ocupación masiva por los ciudadanos de los centros, y se alentó a esos centenares de miles de personas, no a votar, sino a defender las urnas y los centros. Se asumió una posición de garante del acto prohibido y se alentó a un comportamiento que impidiese a la fuerza legítima cumplir con sus órdenes. Y, además, se hizo de forma masiva, organizada y consciente. De hecho, dudo que haya acto sedicioso —y hablo en singular— más obvio que este. Y, además, se hizo desde el control, casi total, de las instituciones. He dicho «se» repetidamente, pero no es correcto: todo esto lo hicieron los acusados en compañía de otros.

Termino: no estaría de más, a la vista de lo sucedido, que se reforme el Código penal para específicamente castigar el golpe incruento realizado desde el poder y sin alzamiento violento. El nombre que reciba el delito me trae sin cuidado.

Creo que los fiscales estuvieron muy bien ayer, en defensa de sus posiciones. Pero su claridad y orden en la exposición de los argumentos no son los argumentos. Y creo que la abogada del Estado no es precisamente una oradora nata, que su discurso, sobre todo al principio, fue aburrido, confuso e innecesariamente prolijo en su hincapié en detalles relevantes, pero que nadie puede discutir. Sin embargo, creo que tiene razón. Y como lo que importa en un juicio es la razón y no la brillantez, espero que sus argumentos, a pesar de esa cierta torpeza expositiva, prevalezcan.

Y, puesto que sigo abierto a la razón, escucharé con atención los argumentos de las defensas. Ya ven, cabe la posibilidad de que me convenzan de que estoy equivocado. Aunque a alguno se le escape desenvolupar.

 

NOTA:

* PARA EL FIN DESCRITO.