Relatos inéditos

 

Soy mucho despistado y ando siempre centrado en mis cosas. Quizás, además de despistado, sea algo egoísta, pero con un egoísmo singular y guay, no vayan a creer. El caso es que es frecuente que no me dé cuenta de lo que les va pasando a los que me rodean, bueno o malo. Imagino que los que me conocen y me soportan lo han asumido.

Cuento esto porque, a pesar de esa ceguera, hay dos cosas que siempre noto. Las noto porque me molestan mucho, así que, digo yo, será esto simple consecuencia de mi egocentrismo. Me molesta que alguien trate mal a quien piensa es su subordinado, aunque eventual. Por ejemplo, a un camarero. Y también que alguien trate mal a su pareja. No hablo de algo grave, sino de gestos mínimos, fugas accidentales de desprecio en entornos aparentemente controlados.

Esos fallos de matrix son interesantes. Nos enseñan a las personas detrás de las puertas. O las puertas detrás de las personas, a saber.

El caso es que, detectado, empiezo a mirar de otra forma al sujeto. No es tanto que lo ficticio se vea sustituido por lo real, como que lo ficticio, pero costumbrista, se ve sustituido por lo ficticio, pero detectivesco. De la peli en color paso a la peli en blanco y negro, y un guionista interior escribe un guion en el que la voz del escritor explica mediante un personaje inteligentísimo que la historia no está escrita por un guionista. Ya saben, como esa trola sensacional que le suena a Bogart en su cabeza en La condesa descalza y que todos oportunamente escuchamos.

Desde ese momento, presto atención renovada y todo lo interpreto conforme a ese gesto fugaz. La amabilidad posterior se convierte en impostura, la frialdad en prueba de cargo y me digo, consciente de mi teatralidad: «crees que engañas a todos, pero a mí no me las das con queso, villano». 

 

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