No te preocupes, querida, yo me ocupo de pagar el gallo que le debemos a Asclepio

 

In memoriam M.

Cuando a Sócrates le libran de los grilletes, el mismo día de su muerte, se le ocurre hacerse pasar por Esopo e inventar una fábula sobre el placer y el dolor. En ella, el dios, harto de la guerra que se traen, los convierte en siameses unidos por las coronillas; por eso, a poco que uno se presenta ya anuncia la aparición de su rival.

Lo cuenta Platón en un diálogo inmortal, por el asunto del que trata y porque resonará en el tiempo mientras haya hombres que revivan el último día en la vida de un hombre. Dice Fedón:

«Por esta razón no sentía en absoluto compasión, como parecería natural al asistir a un acontecimiento luctuoso, pero tampoco placer, como si estuviéramos entregados a la filosofía tal y como acostumbrábamos; y eso que la conversación era de este tipo. Sencillamente, había en mí un sentimiento extraño, una mezcla desacostumbrada de placer y de dolor, cuando pensaba que, de un momento a otro, aquél iba a morir. Y todos los presentes estábamos más o menos en un estado semejante: a veces reíamos y a veces llorábamos (…)»

También para mí es inmortal, pero no por su filosofía. Lo diré mejor: no por la filosofía. Critón tenía razón. Pregunta por el entierro. Le pregunta a Sócrates cómo quiere ser enterrado y entiende toda la conversación como un consuelo, para ellos y para el que se ha propuesto cumplir la ley, antes incluso de que el sol se ponga tras las montañas. No se convence de que el hombre con el que habla no sea aquel que verá cadáver y por eso quiere conocer sus instrucciones para su sepelio. Critón, que avaló a Sócrates ante los jueces, comprometiéndose con su promesa de que no abandonaría Atenas, se convierte en objeto de amable burla. Los amigos, ahora, deben avalar que Sócrates sí abandonará, bienaventurado, el mundo y que no es Sócrates el que será enterrado. Critón tenía razón, pero quién habría sido capaz de contradecir a Sócrates.

Todos lloraron y fueron reprendidos por Sócrates por llorar. Tampoco en esto tenía razón Sócrates, porque como confiesa Fedón, él no lloró por Sócrates, sino por él mismo, por su propia desventura.