Malaherba

 

El viernes, cuando ya estaba para irme, recibí un sobre con un libro en su interior. Se trataba de Malaherba, la novela de Manuel Jabois. Yo casi no leo novelas. Cuando era niño, mi plato favorito era la merluza —sería pescadilla, pero mi madre la llamaba merluza— hervida con mayonesa. Tenía tendencia a las fiebres altas y eso me producía acetona. Ahora sé que la acetona no es una enfermedad, pero entonces, con ocho o diez años, no solo era una enfermedad, sino que era mi enfermedad. Y me ponía malísimo, tanto que aprendí a hacer dieta de verdad, como si fuera uno de esos que viven sobre una columna y buscan a Dios. Estábamos en el pueblo cuando, tras comer demasiada merluza con mayonesa, me puse tan malo que casi estuve tan malo como cuando jugué una final de Roland Garros con Orantes y los golpes de raqueta coincidían con los tictac de ese maldito despertador dorado. Desde entonces, bastaba el simple olor a pescadilla hervida para que la arcada viniera de visita. Décadas más tarde ya pude comerla. Yo creo que algo así me pasó con las novelas. Leí demasiado entre mis quince y mis veinticinco, y sobre todo leí demasiadas novelas y un día decidí que no podía tragar una más, así fuera Moby-Dick. En los últimos años, empiezo a soportar el olor a novela, así que imagino que me voy curando.

A veces me voy andando a casa y, no crean, la cosa tiene su miga porque tardo más de dos horas. Estos últimos meses me he dado ese paseo varias veces mientras escuchaba a testigos y a peritos. Por suerte, Marchena ya ha dicho que está todo visto para sentencia, así que me puse a andar, a leer y a escuchar, pero no a guardias civiles. Escogí la novena de Bruckner por ninguna razón particular, quizás solo porque es larga. Terminó a mitad de camino y pensé que hubiera sido interesante poderla escuchar al revés, pero la tecnología a veces se olvida de las cosas importantes, así que solo pude escucharla dos veces en la misma dirección.

A lo mejor le habría ido bien a la novela cualquier obra, pero ya se ha quedado con esta. Y, por duplicado. Malaherba dura dos novenas de Bruckner. Os contaré algo. Cuando vivíamos casi al lado del Retiro, se mudó al piso de enfrente un divorciado. Tenía con él a sus dos hijos, un niño y una niña, ya saben, los fines de semana alternos, la mitad de las vacaciones escolares y la mitad de los gastos extraordinarios. Su hija era pequeña, de la edad de la pequeña mía, como de seis años o así. Y no sabía bien qué hacer con ella. Un día le preguntó a mi mujer a qué podía jugar para entretenerla, que él jugaba a princesas y castillos, y mi mujer, con sorna, le dijo que yo jugaba con mis hijas a vampiros. Me tumbaba en la cama, haciéndome el no muerto, con los ojos cerrados y medios palillos en forma de colmillos, y dejaba que se acercasen, lentamente, avance y retroceso, hasta que casi notaba su aliento, abría de golpe los ojos y las perseguía por la casa. Creo que el consejo lo dejó más perplejo que otra cosa, pero qué sé yo de cómo hay que entretener a un puto crío. Cada cual hace lo que puede. Si se preguntan que a qué viene esto, yo qué sé. A lo mejor a nada.

El caso es que me leí Malaherba camino de casa. A falta de quince páginas. Lo he terminado hoy. Como no sé hacer reseñas literarias, género que me parece dificilísimo y que exige una dotación completísima de frases musicales, he pensado solo en explicarles a ustedes que lo leí casi de tirón. Al final, cuando llegaba a casa, era de noche; así que usé la linterna del móvil. Antes me bastaba con ir de farola en farola, entreviendo las palabras en la zona de penumbra, gracias a la luz que se va y a la que viene, pero mis ojos están viejos y se están vengando.

Yo casi no leo novelas, solo de arañas alienígenas o hitos de la literatura china y japonesa, por eso de cubrir un poco la ignorancia inexcusable, así que no estaría bien que recomendara a nadie que compre y lea la novela de Jabois. Solo quería explicar que la leí casi de tirón. Que la he terminado esta mañana, dando otro paseo, y que a lo mejor ustedes sí leen novelas, porque no tienen la puta desgracia de estar enfermos de acetona.

 

 

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