Presunción de inocencia

Este artículo de Elvira Lindo comienza así:

«Es sorprendente lo que ha ocurrido con Plácido Domingo. La defensa en torno al tenor ha sido tan abrumadora que las que han visto, en este caso, arrebatada su presunción de inocencia han sido las nueve mujeres que señalaron un mal comportamiento en el artista. A ocho de ellas se les reprochaba no dar la cara; a Patricia Wulf, en cambio, darla. Ocho testimonios eran falsos porque se escondían cobardemente en el anonimato; el noveno era falso porque respondía a un afán de notoriedad»

Me interesa la parte que señalo en negrita porque no es la primera vez que veo una afirmación similar.

La presunción de inocencia es una regla de cierre del sistema. Como otra relacionada con ella: la regla in dubio pro reo. La regla podría haber sido otra, por supuesto. La cuestión que resuelve es sencilla: ¿que hacemos cuando alguien afirma que ha sucedido algo que puede tener una concreta trascendencia jurídica —que seas sancionado—, pero no contamos con prueba suficiente? ¿Lo consideramos probado o no? De hecho, en todas las ramas del derecho en las que se suscitan cuestiones controvertidas entre partes enfrentadas, se incluyen reglas sobre la carga de la prueba: es decir, sobre quién tiene que probar determinados hechos. Y no son cuestiones tan sencillas como a veces se piensa. Sí, un principio general establece que quien pretende que algo es cierto ha de probarlo, pero esto se matiza en la mal llamada vida real considerando otros factores: por ejemplo, la facilidad de acceso a la prueba. Si una persona puede fácilmente probar que algo, sobre lo que hay indicios, no ha sucedido y aun así decide limitarse a negar, cabe que se dé por probado aquello que afirma la parte contraria.

En todo caso, cuando decidimos qué solución era más correcta, llegamos a la conclusión de que era mejor presuponer la inocencia (o la no culpabilidad) de todos, y que la sanción solo fuera admisible una vez desvirtuada esa presunción.

Insisto, la regla podría haber sido la contraria. Presumir la culpabilidad. Nuestra sociedad sería muy diferente. Salvo que pudieras acreditar tu inocencia, serías condenado. No solo creeríamos por principio a los denunciantes, sino que esa creencia tendría consecuencias jurídicas.

Sin embargo, y al margen de otras cuestiones discutibles, consideren esta paradoja: alguien acusa a otro de un delito y ese otro no puede probar su inocencia. Se le condena. Ahora, el condenado afirma que esa acusación fue falsa (es decir, acusa de un delito) y el denunciante tampoco puede probar que fuera cierta. ¿Lo condenamos también? Aplicando la regla de cierre, deberíamos. Es decir, denunciante y denunciado serían, ambos, reos de delitos incompatibles.

La opción que escogimos evita una consecuencia tan absurda. No hay delito mientras no se pruebe. Hemos aprendido que esto es más justo y más civilizado y yo creo que lo es, aunque haya delincuentes que se salgan con la suya; pero a veces olvidamos que, además, es más racional. Porque, en el caso de que no se pruebe la culpabilidad, no por ello la acusación es falsa. Como la acusación de denuncia falsa o de falso testimonio también ha de probarse cabe que denunciante y denunciado sean a la vez inocentes, aunque esto parezca imposible, porque esa inocencia no se refiere a los hechos concretos de la vida, sino al mundo del derecho y al uso de la violencia legítima contra quien viola las reglas de convivencia.

Esa regla es más civilizada y racional porque deja la decisión en suspenso. Si creemos en ella, actuamos como si todos fuéramos inocentes. Incluso aunque sepamos que es imposible que todos los seamos.

Por eso es gravemente erróneo afirmar que defender abrumadoramente a Domingo o no creer a las personas que lo denuncian es arrebatarles su presunción de inocencia. Yo puedo sostener que Domingo es inocente mientras no se prueben las acusaciones contra él. Más aún, que incluso aunque se probase una, no por ello se deberían considerar probadas las restantes (porque también es incivilizado el derecho penal de autor). Y también, y a la vez, puedo creer que las personas que denuncian que Plácido Domingo tuvo tal comportamiento son inocentes de un delito de denuncia falsa mientras no se pruebe que mienten (dejo de lado algo más espinoso, como sería las consecuencias civiles de estas denuncias sin prueba, cuando ocasionan un daño). Ambas creencias simultáneas son perfectamente admisibles.

De hecho, sostengo que lo más civilizado sería extender estas reglas a todos los aspectos de la vida, salvo cuando uno tenga un conocimiento directo de los hechos. Tenemos pánico a la indecisión. A no saber qué es verdad. A no tener opinión o certezas. En resumen, a la soledad fuera de la tribu. Sin embargo, deberíamos educarnos para superar esos miedos tan perniciosos. Las reglas de cierre no buscan la verdad, sino la salvaguarda del sistema. Y la discusión sobre ellas debe referirse al sistema, no al caso concreto. No importa tanto si Domingo es culpable o no, o si sus acusadoras inventan o magnifican sus acusaciones. Lo que importa es si el sistema es el mejor o si debemos sustituirlo por otro.

Me parece muy bien, por supuesto, que las víctimas denuncien. Y que ciertas conductas, más toleradas —o absolutamente toleradas— en el pasado sean desterradas. Más aún, que empiece a verse mal no solo al que en situación de poder abusa de otros —el primer paso, ya que esta es la conducta más grave—, sino al que se presta por interés a la conducta inmoral de personas con poder, perjudicando a otros más capaces —paso que ni siquiera veo en la agenda—, ya que siempre olvidamos a esos terceros. Pero esto no debe hacerse derruyendo un sistema civilizado y racional, para sustituirlo por la acumulación, la ordalía y el tribalismo.

Veamos el párrafo que copio: los ocho testimonios anónimos, en asunto de esta gravedad, y a falta de otra prueba, no deberían ni considerarse. Qué menos que exigir conocer el nombre de quien te denuncia. Veamos el caso del noveno testimonio: poner de manifiesto posibles razones interesadas no implica afirmar que esté acreditado que la denuncia es falsa. Defender a Domingo, afirmando que nunca le has visto propasarse o comportarse inadecuadamente, no implica sostener que pueda probarse que la denunciante miente. Simplemente nos recuerda que Domingo —que es al que se acusa en primer lugar— es inocente mientras no se pruebe lo contrario. Es decir, que la afirmación del acusador no se da por cierta mientras no pueda probarla.

Decir «yo sí te creo, hermana» por el hecho de que la denunciante sea mujer y el denunciado sea famoso o poderoso es como afirmar que los blancos son mejores que los negros o los cristianos mejores que los musulmanes. Es dejar de pensar. Más aún, es dejar de pensar para vengarse. Como se hace decir al fiscal Christopher Darden en la serie sobre el juicio a O. J. Simpson, es defender como justo que un negro no sea condenado solo por ser negro, porque antes hubo blancos no condenados porque eran blancos.

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