La berrea

 

Hace un año escribí esta entrada que resumía en gran medida mi posición crítica sobre el tratamiento de la violencia doméstica en España y más en concreto sobre cómo se había legislado en relación con esta cuestión. Como es muy extensa, vuelvo a remitirme a lo en ella escrito, aunque sí voy a traer su final:

«Verán que no he hablado de la eliminación de toda la legislación en la materia. Ni de la supresión de ayudas o recursos. Tampoco creo que sea preciso renunciar a los protocolos actuales, aunque deberían ser sometidos a escrutinio y afinados. No comulgo con que exista una dictadura de género o que aquellos que reivindiquen este discurso sean nazis encubiertos, aunque muchos me incluirán en la bolsa de los que sí lo creen solo por escribir esto. Creo que se han cometido excesos, que, de buena fe, hemos abierto puertas que hemos de cerrar y que hay que parar, echar marcha atrás en algunos aspectos, pensar un poco más en qué debemos hacer y rebajar el tono de la discusión. Es seguramente la mejor manera de evitar que se imponga un discurso dogmático especular que termine blanqueando a los culpables y victimizando a las víctimas. Hemos mejorado. Muchas conductas socialmente toleradas antes, hoy son repudiadas. Construyamos sobre aquello en lo que estamos de acuerdo.»

Cuando escribí mi entrada no quise ser pesimista, a pesar de que no percibía ninguna señal que me animase a lo contrario. Humildemente intenté, a pesar de ser muy crítico, recordar aquello en lo que la mayoría debería estar de acuerdo. A pesar de saber dónde me sitúan muchos simplemente por escribir lo que escribo.

Hoy estamos peor que hace un año. Existe una práctica unanimidad en mensajes reduccionistas estúpidos del estilo «el machismo mata». Y prácticamente todos los partidos políticos asumen acríticamente esa visión reduccionista.

Unos porque han estrangulado la inteligencia que pudiera haber en sus filas y se han apuntado a explicaciones y diagnósticos autorreferenciales en los que la prueba del argumento es el argumento en sí y la repetición circular de palabras y expresiones «correctas». Seguramente porque han identificado esa versión dogmática con el progreso y han renunciado al análisis preciso de cierta cháchara confrontándola con los datos y la realidad. De hecho, han renunciado a la recogida y tratamiento de datos, considerándolos casi diabólicos, imponiendo el discurso unánime al modo de un tabú religioso.

Otros por miedo. Tienen tanto miedo a ser señalados que han renunciado incluso a la más leve protesta. Apabullados por las divisiones de la izquierda, saben que si se mueven los van a llamar de todo y que deben perder toda esperanza al más mínimo aprecio por el matiz. Más aún cuando durante décadas se los ha identificado con la caspa, la derecha, la extrema derecha, la ultraderecha, los fascistas o los franquistas. A todos. Incluso a los nacidos después de morir Franco que fundaron partidos asquerosamente moderados en todas sus propuestas. Al fin y al cabo, si a un ídolo como Allen se le puede linchar abiertamente, cómo se van a salvar ellos. Pobrecitos. ¿Cómo esperar que ellos, tan débiles de principios, se defiendan e incluso contraataquen si llevan décadas rindiéndose ante cualquier batalla cultural?

El resultado ha terminado siendo el previsible y es desolador. El sectarismo de unos y la cobardía de otros ha dejado un hueco que han ocupado, encantados, los energúmenos. No soy equidistante: los principales culpables de este dislate son los que han apadrinado y alentado un discurso antiilustrado y liberticida que en sus versiones más extremas produce basuras infectas que deberían acojonar a cualquier ser humano libre. Un discurso del que nos costará desprendernos.

Lo sentimental ocupa y envilece todo. Es el mundo al revés, en el que la gente aplaude a una mujer en silla de ruedas —víctima de un delito— que se dirige a gritos a un político que está a medio metro, y afea a ese político que no haga … nada (como le habrían afeado que hiciera algo). Y, a la vez, algunos en el partido político del que es miembro el interpelado a gritos tienen los cojones de reprochar que se utilicen los sentimientos de la gente para atacarlos, cuando todo su discurso sobre esto y sobre otras cuestiones está plagado de mentiras y de llamamientos a los más bajos instintos. Apártate, que me tiznas.

Anticipaba este riesgo en el artículo:

«(…) esa explicación se ha vuelto dogmática precisamente porque elude la puesta en cuestión de sus paradigmas, que se han vuelto intocables, sin importar hechos, métodos o mediciones. Solo hay una explicación válida y el que la matiza o la discute, siquiera parcialmente, es un neomachista. Es decir, el discurso ha desembocado en magia o religión: no solo contiene una explicación de por qué existe la violencia contra las mujeres —o las diferencias salariales o las disparidades sociales—, sino que incluye un sistema de seguridad, que desactiva cualquier discusión crítica por el simple procedimiento de etiquetar al discrepante como un ejemplo más del mal que hay que eliminar.

La historia, sin embargo, demuestra que las deficientes descripciones de la realidad no suelen durar, y que cuanto más rígidos son sus postulados y más se utiliza la coacción para sostenerlas, más fácil es que se produzca finalmente un rechazo total, incluso en aquello que pudieran tener de valiosas o acertadas. Lo exacerbado y dogmático es veleidoso, y la memoria de sus defensores frágil. Lo que en un momento fue mayoritario por moda, puede dejar de serlo por la misma razón. (…)»

Felices unos y otros, con sus blancos y negros, que son negros y blancos en el extremo. Todos enseñando las tripas. Mintiendo, manipulando, creando miedo. Se ha iniciado una carrera de armamentos y la razón ha sido expulsada del escenario.

Posverdaz

 

Leemos que esta época que nos está tocando vivir se caracteriza por la exasperación de la mentira y la manipulación, difundida y explotada sin rubor por sinvergüenzas que aguantan el tipo cuando se los desenmascara, sabedores de que no van a pagar ningún precio. También que esto es consecuencia del incremento de la complejidad y, en consecuencia, del ruido y del hecho de que importa más la salvaguarda de la grey que el reconocimiento de que alguien que nos gusta o al que apoyamos es un mentiroso. Que la nuestra es una sociedad sin valores.

Lo paradójico es que, aunque la mentira no parezca un vicio tan grave en estos tiempos y las consecuencias de que te pillen en una trola parezcan ser cada vez menores, esto no es una consecuencia de que la verdad se estime menos. De otra forma: no es que la gente antes fuese más virtuosa y la verdad fuese más habitual y que, por contra, ahora seamos más cínicos y mintamos más a menudo. El desequilibrio está en otro sitio. Antes era más fácil inventar embustes grandiosos que pasasen por ciertos; ahora es más fácil que te descubran y nos hemos acostumbrado. Puesto que antes era más difícil pillarte, los mentirosos reconocidos eran más raros y se los sancionaba socialmente. Sospecho que hoy no hay más mentirosos que antes. La diferencia está en la detección. La mentira admitida y demostrada, al hacerse más común, ha degradado la verdad como valor. El exceso ha provocado inflación. Hay más mentirosos con nombre y apellidos, y se unen en una megafiesta en la que se lanzan sus mentiras a la cara.

Esta es la otra parte interesante: las personas antes podían creer las mentiras que se ajustaban a sus creencias porque no había la más mínima razón para dudar de ellas ni los instrumentos para localizarlas. Por ejemplo, los alemanes durante décadas creyeron en el mito de la «matanza de los inocentes»: que el 10 de noviembre de 1914, en la primera batalla de Ypres, tres de cada cuatro caídos fueron jóvenes estudiantes voluntarios que habían marchado hacia la muerte cantando «Deutschland, Deutschland über alles» en un lugar llamado Langemark —en el que se encuentra uno de los mayores cementerios de la Gran Guerra—. Se lo creyeron ellos e incluso sus enemigos. Y no solo durante la guerra. Hitler lo introdujo en su obra cumbre «Mi lucha» —ya, su obra cumbre es un bodrio; imaginen el resto— como ese al que preguntaron por las nuevas aceitunas con anchoas que crecían en los olivos directamente y afirmó haberlas ya probado. Los estudiantes celebraban el sacrificio cada año, se escribían opúsculos, novelas, dramas, poemas. Dio nombre a plazas, calles, escuelas, universidades, y edificios chiflados que, por suerte, no pasaron de planos y maquetas para solaz del gran dictador. Esos jóvenes sacrificados en el altar de la patria como símbolo de lo mejor de la nación.

La historia era falsa. Nunca hubo tantos jóvenes estudiantes en las divisiones de reserva, ese día en Langemark no pasó nada y la historia fue un bulo, un refrito propagandístico de otros episodios dispersos y menos heroicos, acaecidos en lugares con nombres más pedestres y con sonoridad menos marcial. La historia trucha se introdujo en el parte de guerra para encubrir el barro, la sangre y el desperdicio inútil y la casualidad y la credibilidad crearon un mito.

Esa es una de las claves. Estamos pasando una infección que solo empezará a revertir si hacemos algo casi revolucionario: creernos a ciegas la madre de todas las mentiras del pasado, que la verdad importa.  Antes cualquiera se inventaba una trola inexpugnable. Mirad lo que pasó con la donación de Constantino. Ahora inventarse una trola inexpugnable requiere mucho más esfuerzo. La mentira era un vicio terrible porque había que ser muy vicioso mintiendo para que te pillasen. Como hoy hay ocho viciosos por metro cuadrado, no nos queda otro remedio que admitir que nuestros antepasados eran unos embusteros salvo cuando decían que mentir está mal.

Por eso es un error la proliferación de «agencias» cazamentiras. Incluso en el caso de que sean auténticas, ya que muchas son aparatos de intoxicación. No hace falta localizar las trolas: ¡nos sobran! Rebosan por los bordes de todos los recipientes. Dejemos de buscar bisontes y hagamos como los rostros pálidos: matarlos por millones. Comencemos además por los más importantes: los que las fabrican y los que se benefician de ellas.

La ingenuidad fue pensar que el aumento de la información disponible y de los medios de acceder a ella harían ese trabajo. Normal, llevábamos tanto tiempo creyendo lo que nos dijeron nuestros padres que pensamos que era cierto, y que de haber conocido la sopa de embustes en la que vivían habrían reaccionado con indignación. Ja.

No hacen falta más análisis de orina. Estamos enfermos y lo estábamos antes, solo que ahora nos hemos diagnosticado gracias a unos aparatos estupendos al alcance de cualquiera. Yo, parafraseando a Arnaldo Amalric, digo que castiguemos a todos los que parecen embusteros, por pequeña que sea la mentira, que Dios distinguirá. Aunque no me extrañaría que lo de Arnaldo también fuese una trola.

Que mi mano derecha no sepa lo que roba mi mano izquierda

 

Un tribunal ha declarado probado que, durante una década, los cargos más importantes del gobierno andaluz diseñaron, organizaron y llevaron a la práctica un plan que les permitía disponer de una cantidad ingente de dinero sin los mínimos controles administrativos. Al hacerlo no solo eludieron los controles que dificultan que se malbarate lo de todos, sino que además impidieron a otros que pudieran necesitarlo recibir parte de ese dinero.

Convirtieron lo público en privado. No metieron la mano en la caja, la dejaron abierta para que su conseguidor consiguiera. Puede que algunos de los amiguetes afortunados hubieran recibido ese dinero igual, de haberse hecho lo correcto, pero tendrían que haber justificado por qué y a qué se destinaba, con todo ese engorroso papeleo que ocupa a cientos de miles de ciudadanos cada vez que solicitan y reciben una ayuda. Además, es posible que hubieran recibido menos o nada, porque se habría tenido que repartir entre más o entregado a personas que quizás podrían haber aducido mejores razones para que todos los subvencionásemos.

Los receptores de la pasta —todos— eran amiguetes porque, cuando el proceso no esta reglado ni controlado, recibir la pasta te convierte en uno de los nuestros. Lo esencial en este asunto no descansa en si además se destinó el dinero a putas o cocaína, o si ha sido falso en concreto que alguien que cobraba hubiera trabajado en cierto lugar o hubiese sido despedido en cierta fecha, o que continuase cobrando incluso después de haber vuelto a encontrar trabajo. Esto es casi anecdótico; la consecuencia colateral de todo sistema sucio. Lo esencial es que la oferta de dinero no era para todos, sino solo para los elegidos por el cacique. A veces por razones que ni siquiera se ajustaban nominalmente a la supuesta finalidad prevista para los fondos, desde subir los sueldos a los trabajadores en huelga de una empresa para que parase el ruido que molestaba al político de turno, a campañas publicitarias, cursos, muestras de artesanía o chorradas varias de esas que excitan a los inauguradores.

Durante una década usaron lo público como si fuera privado. Como si fuera suyo. Al menos cuando se crean fondos reservados para actividades formalmente poco respetables, sabemos que lo son. Pozos negros para sobornos, robo de información, chantaje. Y sabes que con seguridad se van a utilizar para el mal; incluso que es probable que además de para el mal se utilicen mal.

Estos crearon un fondo reservado, pero sin darle el nombre. De hecho nos enseñaron la foto de un cachorrito adorable. Incluso hoy, después de todo lo que se ha descubierto y probado, un montón de peña sigue insistiendo en que el chucho asqueroso nació de los buenos propósitos. A pesar de la maestría de algunos en el doble lenguaje que describe el delito como ágil heterodoxia, quien abandona aposta lo de todos al alcance de los colegas y silba mirando para otro lado no es un heterodoxo, sino un ortodoxo, rancio y antiguo. Solo faltaba que además de presenciar la impúdica exhibición de justificaciones terminásemos viendo este caso de corrupción masiva en el programa de alguna escuela de negocios puntera como ejemplo de chorizada creativa.

 

 

Ideas

 

Durante años los partidos políticos idiotizaron sus mensajes progresivamente. Llovía sobre mojado, pero daba igual. El acuerdo tácito entre los españoles y los gobernantes sobre la corrupción, la mentira y sus eufemismos (roba y engáñame, me da igual siempre que lo mío vaya mejor) se quebró con la crisis. Y lo que los partidos hacían antes por estrategia se convirtió en una huida hacia delante cuando la prosperidad se fue al garete. Ya no se trataba de ganar elecciones, sino de salvar el cuello; los mandamases, en pleno estado de pánico, ya no podían rectificar y tratar a los votantes como adultos. ¿Quién iba a creerlos? A ellos, que llevaban años tratándonos como a niños.

Naturalmente, la crisis abrió la puerta a nuevos populistas. El papel lo resiste todo, incluidas las longanizas imaginarias. Y, en todo caso, qué mejor camino que prometer venganza. Si te dicen que tienes derecho a vengarte, la primera consecuencia es que tu culpa se diluye. El culpable es otro y, como estás muy jodido, lo que antes comprabas con cierto cinismo, ahora lo comprarías cargado de razón. Los embusteros e irresponsables de siempre intentaron ponerse a la cabeza de la manifestación, incluso a empujones. Les costó, pero se hicieron hueco. Total, estamos hablando de expertos acreditados en el arte del embuste. En cuanto al precio, ¿a quién cojones le importa el precio? ¿A los que llevaban décadas comprando mentiras?

Este proceso de degradación, pese a todo, dejaba hueco a nuevos actores. Había (y hay) un número X de personas que estaban deseando que empezasen a tratarlas como a adultos. Gente capaz de entender la necesidad de medidas realistas, de admitir grises y matices, de comprender los límites y las inercias, de comprar la necesidad de paciencia para el éxito de políticas pensadas a largo plazo y de valorar las transacciones, los logros adquiridos y las instituciones. Este hueco se abría a derecha e izquierda. No hablo de modelos concretos, sino de una cierta actitud.

De hecho, ese hueco ya existía antes de la crisis. La crisis solo lo hizo más amplio y urgente. En 2006, en su congreso fundacional, Ciudadanos aprobó un ideario. Ese ideario, pese a sus defectos, es el documento más señero nacido en ese partido. Puesto que participé en su redacción y discusión, los editores de una revista digital, hoy desaparecida, me pidieron un artículo. Voy a recuperar una parte de lo que escribí:

«[El ideario] Afirma, antes que nada, que Ciudadanos quiere recuperar y actualizar los principios y valores del liberalismo progresista y el socialismo democrático. Es decir, recuperar la defensa de las libertades públicas, actualizadas en el hincapié en la defensa más intensa de la libertad de expresión y opinión; recuperar la idea de igualdad, actualizada al definirla como igualdad de oportunidades; recuperar la idea de fraternidad o solidaridad, actualizada como solidaridad entre ciudadanos y también entre estados.

Alguien puede preguntarse si la defensa de la libertad de expresión y opinión, como hito remarcado, supone realmente la actualización de la idea de libertad. Indudablemente, tal y como se expone, lo es. Hasta el punto de merecer un artículo en exclusiva, el artículo más brillante de todo nuestro ideario, el único que copiaré íntegro, que dice: “Cs defiende la libertad de pensamiento, es decir, el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros. Esto incluye la libertad de poner en cuestión las religiones, así como cualquier sistema de creencias, tanto religiosas como políticas, incluido el nacionalismo. Cs rechaza el miedo a la modernidad, el miedo a la libertad y el irracionalismo, y se reafirma en las ideas que inspiraron los grandes llamamientos colectivos de las revoluciones democráticas del siglo XVIII: libertad, igualdad y solidaridad, derechos humanos y búsqueda de la felicidad. De ahí que defienda el libre cuestionamiento, el diálogo abierto y la duda creativa, el juicio ponderado y la conciencia de los límites impuestos por la realidad”.

En esas pocas palabras hay un programa brutal y disolvente, como escribí en cierta ocasión al hablar de la Declaración de Independencia. Es un programa racionalmente consecuente con esas ideas en las que creían algunos varones blancos, que nunca pensaron en mujeres negras. Ésa es la fuerza de una gran idea. Se escapa al control del autor, invadiéndolo todo, permeando nuestra visión de las cosas. Los revolucionarios franceses y americanos creían en la libertad, pero hasta cierto punto. Unos adoraban la razón y la fraternidad y otros el sentido común y la felicidad, pero entre sus iguales no incluían a las mujeres o a los salvajes. Ni incluían tampoco su propia revolución. Por esa razón, de la miseria pudo surgir el socialismo científico, tan cercano en sus orígenes a esas revoluciones democráticas y tan desnaturalizado en su conclusión. Se había perdido de vista la felicidad del ciudadano y la libertad de opinión, en un error trágico. Volver, actualizándolas, a esas ideas, nos permite recordar el espíritu que las inspiraba: hombres que usaban su razón no acertaban a comprender por qué tenían que existir privilegios —contrarios al sentido común que afirma la igualdad de los hombres— que podían arruinar su felicidad y la de los suyos, castrándoles en lo más sagrado, su capacidad de analizar el mundo y obrar en consecuencia, libremente.

Los terribles y llenos de esperanza últimos doscientos años nos exigen esas afirmaciones: la libertad es sobre todo libertad para pensar. Para pensar distinto del otro, incluso para representarse un mundo completamente distinto del otro, aunque ese otro mundo sea un mundo de creencias. Y esa libertad, para ser una libertad también de los otros, tiene dos basas imprescindibles: la conciencia de los límites de la realidad y la afirmación positiva de la razón como vehículo del pensamiento político. Por desgracia se trata de una afirmación revolucionaria hoy. Esas ideas, locales en su origen, que maduran en un momento histórico, en una cultura relativamente homogénea, chocarán con la riqueza y complejidad del mundo. El éxito de Occidente las trasladará a todas partes, produciendo, a la vez, la contradictoria consecuencia de que la única sociedad que se plantea un modelo de conocimiento universal termine sosteniendo la igualdad de los valores de su cultura con los de otras que nunca asumieron con profundidad el pensamiento crítico. De la falsa superioridad intelectual de los estudiosos occidentales que renuncian al sentido común que inspiró y permitió sus métodos científicos se derivará, paradójicamente, el relativismo cultural. Por eso es revolucionario recordar, actualizándolo, el principio de libertad de pensamiento. Se puede pensar cualquier idea o conjunto de ideas. Por esa razón no se puede imponer un conjunto de ideas que niegue esa libertad, aunque ese conjunto de ideas se remonte a los albores de la humanidad. La acechanza del miedo a la libertad, unida a la muelle conservación de los privilegios, ha eclosionado en nuestras sociedades, manifestándose en una apatía en la defensa de nuestra libertad básica. Se oculta esa apatía bajo etiquetas vergonzantes como tolerancia o alianza de civilizaciones. Nosotros denunciamos esa apatía.

Las consecuencias de esa denuncia son, además, profundas. Creemos que la política activa de un partido no puede fundarse en los sentimientos o en las creencias, sino en lo objetivo y mensurable. Sólo así es posible el control ciudadano. Por esa razón, y porque la política activa no debe servir para la creación, mantenimiento o impulso de visiones sentimentales o mundos fantásticos como los que informan los nacionalismos o fundamentalismos religiosos.

Creemos que los derechos humanos solo tienen un titular: el ser humano, sin matices ni limitaciones de ningún tipo. No creemos en la prevalencia de la cultura o de imaginados derechos colectivos sobre el destino de los hombres. Por eso denunciamos la ambigüedad y el relativismo morales. Es insoslayable declarar que no hay razón o principio, por tradicional, añejo o querido que sea, que justifique el sufrimiento de las víctimas. Las víctimas no son números, son seres humanos individuales, dotados de razón y de derechos. Es la hora de afirmar, cueste lo que cueste, la primacía del ciudadano sobre la tribu.

Esa primacía se refleja en la ley.  Afirmamos el valor de la ley frente a la “voluntad” de la turbamulta. Una consecuencia de la llamada a la razón es reconocer la base biológica de nuestra conducta, nuestros miedos, nuestras reacciones incontroladas, el amor por la tribu, el miedo al diferente. Por esa razón se crean instituciones formales. Por esa razón se aprueban normas de contenido universal. Para protegernos de nuestros instintos, sobre todo cuando nuestro instinto se transmuta en instinto de la tribu. Expresamente, por esa razón, se afirma la primacía de la ley vigente frente a la violencia terrorista.

El corolario local de todo lo anterior es admitir que las instituciones que existen en nuestro país tienen un origen histórico, que no puede negarse para construir otro mítico, sobre todo cuando, con ello, sólo se termina despilfarrando las energías de todos, que deben dirigirse a aumentar las posibilidades de desarrollo de cada ciudadano. ¿Qué sentido tiene desmontar nuestra nación para la consecución de paraísos imaginados, cuando lo racional es preocuparse del bienestar de los individuos que la forman?

Son ideas para todos. Pero para llevarlas a la práctica es preciso asegurar además, materialmente, ciertas necesidades. Ahí se defiende de nuevo la aplicación de un programa racional. Frente a sistemas de ideas que parten de conjuntos de soluciones “a priori”, defendemos la necesidad de ajustar la respuesta de las instituciones a las soluciones más adecuadas, aunque se “salgan” del manual ideológico. Lo único indiscutible es la obligación de mantener ese sistema, sobre todo en sus aspectos más sensibles: educación, salud y subsistencia.»

Si Ciudadanos hubiera recordado su ideario, qué fácil habría sido distinguirlo de los partidos tradicionales y de los nuevos partidos populistas. Para ello tendría que haber sido fiel a estos principios flexibles. Si no totalmente fiel, sí lo bastante como para resultar reconocible.

El líder de un partido así podría haber sobresalido en el circo de ayer. De hecho, después de llevar años combatiendo la mentira, la corrupción y la debilidad de principios de los partidos de siempre, y de haber denunciado el programa vengativo y sectario de los nuevos trileros populistas de izquierdas, podría haber hecho exactamente lo mismo con el líder de un partido de ultraderecha, nacionalista y xenófobo, que ayer se hartó de mentir y acariciar los peores instintos de tantos españoles. Por cierto, algunos de esos españoles se llevaban las manos a la cabeza cuando los populistas de izquierdas vendían mierdas similares que solo se distinguen por el color del envoltorio. Qué cosas, ¿verdad?

No tuvimos esa suerte. Se perdió la ventana de oportunidad y volvemos a estar como siempre. Tenemos que escoger entre embusteros sin demasiados principios que solo se preocupan por decirnos lo que creen que queremos oír, o gente igual de mentirosa, pero que además está empeñada en reventar el sistema. Y me da igual si son cínicos irresponsables que creen que pueden parar y dar media vuelta, o iluminados que se creen de verdad sus delirios.

Los asesores y los que están todo el día analizando entrañas no estarán de acuerdo, por supuesto. Cómo se van a equivocar ellos. Total, el ideario es eso que se escribe para que nadie vuelva a leerlo nunca.

 

Hipócritas

 

Llevo tantos años escribiendo sobre la banalización de la violencia y del incumplimiento de la ley que, al releer antiguas entradas de mi blog, encuentro esparcidas las mismas ideas, año tras año.

Podría, hoy mismo, copiarlas, cambiando solo algún nombre propio. Vean esta, sobre María Antonia Trujillo, antaño diputada y ministra. Díganme si no podríamos aplicarlo a lo sucedido en Barcelona hoy mismo.

Sí, hoy. Lo maravilloso es que, también hoy, los que llevan décadas callando —en el mejor de los casos— o aplaudiendo toda esta basura cuando la esparcían «sus chicos» están empezando a poner el grito en el cielo porque vienen los fascistas.

Por lo visto querían que la fiesta fuera solo para ellos. Se olvidaban de que redactaron las invitaciones y las dirigieron a «gente que está hasta el gorro».

Enhorabuena, cabrones. Ya llaman a la puerta.