Ideas

 

Durante años los partidos políticos idiotizaron sus mensajes progresivamente. Llovía sobre mojado, pero daba igual. El acuerdo tácito entre los españoles y los gobernantes sobre la corrupción, la mentira y sus eufemismos (roba y engáñame, me da igual siempre que lo mío vaya mejor) se quebró con la crisis. Y lo que los partidos hacían antes por estrategia se convirtió en una huida hacia delante cuando la prosperidad se fue al garete. Ya no se trataba de ganar elecciones, sino de salvar el cuello; los mandamases, en pleno estado de pánico, ya no podían rectificar y tratar a los votantes como adultos. ¿Quién iba a creerlos? A ellos, que llevaban años tratándonos como a niños.

Naturalmente, la crisis abrió la puerta a nuevos populistas. El papel lo resiste todo, incluidas las longanizas imaginarias. Y, en todo caso, qué mejor camino que prometer venganza. Si te dicen que tienes derecho a vengarte, la primera consecuencia es que tu culpa se diluye. El culpable es otro y, como estás muy jodido, lo que antes comprabas con cierto cinismo, ahora lo comprarías cargado de razón. Los embusteros e irresponsables de siempre intentaron ponerse a la cabeza de la manifestación, incluso a empujones. Les costó, pero se hicieron hueco. Total, estamos hablando de expertos acreditados en el arte del embuste. En cuanto al precio, ¿a quién cojones le importa el precio? ¿A los que llevaban décadas comprando mentiras?

Este proceso de degradación, pese a todo, dejaba hueco a nuevos actores. Había (y hay) un número X de personas que estaban deseando que empezasen a tratarlas como a adultos. Gente capaz de entender la necesidad de medidas realistas, de admitir grises y matices, de comprender los límites y las inercias, de comprar la necesidad de paciencia para el éxito de políticas pensadas a largo plazo y de valorar las transacciones, los logros adquiridos y las instituciones. Este hueco se abría a derecha e izquierda. No hablo de modelos concretos, sino de una cierta actitud.

De hecho, ese hueco ya existía antes de la crisis. La crisis solo lo hizo más amplio y urgente. En 2006, en su congreso fundacional, Ciudadanos aprobó un ideario. Ese ideario, pese a sus defectos, es el documento más señero nacido en ese partido. Puesto que participé en su redacción y discusión, los editores de una revista digital, hoy desaparecida, me pidieron un artículo. Voy a recuperar una parte de lo que escribí:

«[El ideario] Afirma, antes que nada, que Ciudadanos quiere recuperar y actualizar los principios y valores del liberalismo progresista y el socialismo democrático. Es decir, recuperar la defensa de las libertades públicas, actualizadas en el hincapié en la defensa más intensa de la libertad de expresión y opinión; recuperar la idea de igualdad, actualizada al definirla como igualdad de oportunidades; recuperar la idea de fraternidad o solidaridad, actualizada como solidaridad entre ciudadanos y también entre estados.

Alguien puede preguntarse si la defensa de la libertad de expresión y opinión, como hito remarcado, supone realmente la actualización de la idea de libertad. Indudablemente, tal y como se expone, lo es. Hasta el punto de merecer un artículo en exclusiva, el artículo más brillante de todo nuestro ideario, el único que copiaré íntegro, que dice: “Cs defiende la libertad de pensamiento, es decir, el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros. Esto incluye la libertad de poner en cuestión las religiones, así como cualquier sistema de creencias, tanto religiosas como políticas, incluido el nacionalismo. Cs rechaza el miedo a la modernidad, el miedo a la libertad y el irracionalismo, y se reafirma en las ideas que inspiraron los grandes llamamientos colectivos de las revoluciones democráticas del siglo XVIII: libertad, igualdad y solidaridad, derechos humanos y búsqueda de la felicidad. De ahí que defienda el libre cuestionamiento, el diálogo abierto y la duda creativa, el juicio ponderado y la conciencia de los límites impuestos por la realidad”.

En esas pocas palabras hay un programa brutal y disolvente, como escribí en cierta ocasión al hablar de la Declaración de Independencia. Es un programa racionalmente consecuente con esas ideas en las que creían algunos varones blancos, que nunca pensaron en mujeres negras. Ésa es la fuerza de una gran idea. Se escapa al control del autor, invadiéndolo todo, permeando nuestra visión de las cosas. Los revolucionarios franceses y americanos creían en la libertad, pero hasta cierto punto. Unos adoraban la razón y la fraternidad y otros el sentido común y la felicidad, pero entre sus iguales no incluían a las mujeres o a los salvajes. Ni incluían tampoco su propia revolución. Por esa razón, de la miseria pudo surgir el socialismo científico, tan cercano en sus orígenes a esas revoluciones democráticas y tan desnaturalizado en su conclusión. Se había perdido de vista la felicidad del ciudadano y la libertad de opinión, en un error trágico. Volver, actualizándolas, a esas ideas, nos permite recordar el espíritu que las inspiraba: hombres que usaban su razón no acertaban a comprender por qué tenían que existir privilegios —contrarios al sentido común que afirma la igualdad de los hombres— que podían arruinar su felicidad y la de los suyos, castrándoles en lo más sagrado, su capacidad de analizar el mundo y obrar en consecuencia, libremente.

Los terribles y llenos de esperanza últimos doscientos años nos exigen esas afirmaciones: la libertad es sobre todo libertad para pensar. Para pensar distinto del otro, incluso para representarse un mundo completamente distinto del otro, aunque ese otro mundo sea un mundo de creencias. Y esa libertad, para ser una libertad también de los otros, tiene dos basas imprescindibles: la conciencia de los límites de la realidad y la afirmación positiva de la razón como vehículo del pensamiento político. Por desgracia se trata de una afirmación revolucionaria hoy. Esas ideas, locales en su origen, que maduran en un momento histórico, en una cultura relativamente homogénea, chocarán con la riqueza y complejidad del mundo. El éxito de Occidente las trasladará a todas partes, produciendo, a la vez, la contradictoria consecuencia de que la única sociedad que se plantea un modelo de conocimiento universal termine sosteniendo la igualdad de los valores de su cultura con los de otras que nunca asumieron con profundidad el pensamiento crítico. De la falsa superioridad intelectual de los estudiosos occidentales que renuncian al sentido común que inspiró y permitió sus métodos científicos se derivará, paradójicamente, el relativismo cultural. Por eso es revolucionario recordar, actualizándolo, el principio de libertad de pensamiento. Se puede pensar cualquier idea o conjunto de ideas. Por esa razón no se puede imponer un conjunto de ideas que niegue esa libertad, aunque ese conjunto de ideas se remonte a los albores de la humanidad. La acechanza del miedo a la libertad, unida a la muelle conservación de los privilegios, ha eclosionado en nuestras sociedades, manifestándose en una apatía en la defensa de nuestra libertad básica. Se oculta esa apatía bajo etiquetas vergonzantes como tolerancia o alianza de civilizaciones. Nosotros denunciamos esa apatía.

Las consecuencias de esa denuncia son, además, profundas. Creemos que la política activa de un partido no puede fundarse en los sentimientos o en las creencias, sino en lo objetivo y mensurable. Sólo así es posible el control ciudadano. Por esa razón, y porque la política activa no debe servir para la creación, mantenimiento o impulso de visiones sentimentales o mundos fantásticos como los que informan los nacionalismos o fundamentalismos religiosos.

Creemos que los derechos humanos solo tienen un titular: el ser humano, sin matices ni limitaciones de ningún tipo. No creemos en la prevalencia de la cultura o de imaginados derechos colectivos sobre el destino de los hombres. Por eso denunciamos la ambigüedad y el relativismo morales. Es insoslayable declarar que no hay razón o principio, por tradicional, añejo o querido que sea, que justifique el sufrimiento de las víctimas. Las víctimas no son números, son seres humanos individuales, dotados de razón y de derechos. Es la hora de afirmar, cueste lo que cueste, la primacía del ciudadano sobre la tribu.

Esa primacía se refleja en la ley.  Afirmamos el valor de la ley frente a la “voluntad” de la turbamulta. Una consecuencia de la llamada a la razón es reconocer la base biológica de nuestra conducta, nuestros miedos, nuestras reacciones incontroladas, el amor por la tribu, el miedo al diferente. Por esa razón se crean instituciones formales. Por esa razón se aprueban normas de contenido universal. Para protegernos de nuestros instintos, sobre todo cuando nuestro instinto se transmuta en instinto de la tribu. Expresamente, por esa razón, se afirma la primacía de la ley vigente frente a la violencia terrorista.

El corolario local de todo lo anterior es admitir que las instituciones que existen en nuestro país tienen un origen histórico, que no puede negarse para construir otro mítico, sobre todo cuando, con ello, sólo se termina despilfarrando las energías de todos, que deben dirigirse a aumentar las posibilidades de desarrollo de cada ciudadano. ¿Qué sentido tiene desmontar nuestra nación para la consecución de paraísos imaginados, cuando lo racional es preocuparse del bienestar de los individuos que la forman?

Son ideas para todos. Pero para llevarlas a la práctica es preciso asegurar además, materialmente, ciertas necesidades. Ahí se defiende de nuevo la aplicación de un programa racional. Frente a sistemas de ideas que parten de conjuntos de soluciones “a priori”, defendemos la necesidad de ajustar la respuesta de las instituciones a las soluciones más adecuadas, aunque se “salgan” del manual ideológico. Lo único indiscutible es la obligación de mantener ese sistema, sobre todo en sus aspectos más sensibles: educación, salud y subsistencia.»

Si Ciudadanos hubiera recordado su ideario, qué fácil habría sido distinguirlo de los partidos tradicionales y de los nuevos partidos populistas. Para ello tendría que haber sido fiel a estos principios flexibles. Si no totalmente fiel, sí lo bastante como para resultar reconocible.

El líder de un partido así podría haber sobresalido en el circo de ayer. De hecho, después de llevar años combatiendo la mentira, la corrupción y la debilidad de principios de los partidos de siempre, y de haber denunciado el programa vengativo y sectario de los nuevos trileros populistas de izquierdas, podría haber hecho exactamente lo mismo con el líder de un partido de ultraderecha, nacionalista y xenófobo, que ayer se hartó de mentir y acariciar los peores instintos de tantos españoles. Por cierto, algunos de esos españoles se llevaban las manos a la cabeza cuando los populistas de izquierdas vendían mierdas similares que solo se distinguen por el color del envoltorio. Qué cosas, ¿verdad?

No tuvimos esa suerte. Se perdió la ventana de oportunidad y volvemos a estar como siempre. Tenemos que escoger entre embusteros sin demasiados principios que solo se preocupan por decirnos lo que creen que queremos oír, o gente igual de mentirosa, pero que además está empeñada en reventar el sistema. Y me da igual si son cínicos irresponsables que creen que pueden parar y dar media vuelta, o iluminados que se creen de verdad sus delirios.

Los asesores y los que están todo el día analizando entrañas no estarán de acuerdo, por supuesto. Cómo se van a equivocar ellos. Total, el ideario es eso que se escribe para que nadie vuelva a leerlo nunca.