La berrea

 

Hace un año escribí esta entrada que resumía en gran medida mi posición crítica sobre el tratamiento de la violencia doméstica en España y más en concreto sobre cómo se había legislado en relación con esta cuestión. Como es muy extensa, vuelvo a remitirme a lo en ella escrito, aunque sí voy a traer su final:

«Verán que no he hablado de la eliminación de toda la legislación en la materia. Ni de la supresión de ayudas o recursos. Tampoco creo que sea preciso renunciar a los protocolos actuales, aunque deberían ser sometidos a escrutinio y afinados. No comulgo con que exista una dictadura de género o que aquellos que reivindiquen este discurso sean nazis encubiertos, aunque muchos me incluirán en la bolsa de los que sí lo creen solo por escribir esto. Creo que se han cometido excesos, que, de buena fe, hemos abierto puertas que hemos de cerrar y que hay que parar, echar marcha atrás en algunos aspectos, pensar un poco más en qué debemos hacer y rebajar el tono de la discusión. Es seguramente la mejor manera de evitar que se imponga un discurso dogmático especular que termine blanqueando a los culpables y victimizando a las víctimas. Hemos mejorado. Muchas conductas socialmente toleradas antes, hoy son repudiadas. Construyamos sobre aquello en lo que estamos de acuerdo.»

Cuando escribí mi entrada no quise ser pesimista, a pesar de que no percibía ninguna señal que me animase a lo contrario. Humildemente intenté, a pesar de ser muy crítico, recordar aquello en lo que la mayoría debería estar de acuerdo. A pesar de saber dónde me sitúan muchos simplemente por escribir lo que escribo.

Hoy estamos peor que hace un año. Existe una práctica unanimidad en mensajes reduccionistas estúpidos del estilo «el machismo mata». Y prácticamente todos los partidos políticos asumen acríticamente esa visión reduccionista.

Unos porque han estrangulado la inteligencia que pudiera haber en sus filas y se han apuntado a explicaciones y diagnósticos autorreferenciales en los que la prueba del argumento es el argumento en sí y la repetición circular de palabras y expresiones «correctas». Seguramente porque han identificado esa versión dogmática con el progreso y han renunciado al análisis preciso de cierta cháchara confrontándola con los datos y la realidad. De hecho, han renunciado a la recogida y tratamiento de datos, considerándolos casi diabólicos, imponiendo el discurso unánime al modo de un tabú religioso.

Otros por miedo. Tienen tanto miedo a ser señalados que han renunciado incluso a la más leve protesta. Apabullados por las divisiones de la izquierda, saben que si se mueven los van a llamar de todo y que deben perder toda esperanza al más mínimo aprecio por el matiz. Más aún cuando durante décadas se los ha identificado con la caspa, la derecha, la extrema derecha, la ultraderecha, los fascistas o los franquistas. A todos. Incluso a los nacidos después de morir Franco que fundaron partidos asquerosamente moderados en todas sus propuestas. Al fin y al cabo, si a un ídolo como Allen se le puede linchar abiertamente, cómo se van a salvar ellos. Pobrecitos. ¿Cómo esperar que ellos, tan débiles de principios, se defiendan e incluso contraataquen si llevan décadas rindiéndose ante cualquier batalla cultural?

El resultado ha terminado siendo el previsible y es desolador. El sectarismo de unos y la cobardía de otros ha dejado un hueco que han ocupado, encantados, los energúmenos. No soy equidistante: los principales culpables de este dislate son los que han apadrinado y alentado un discurso antiilustrado y liberticida que en sus versiones más extremas produce basuras infectas que deberían acojonar a cualquier ser humano libre. Un discurso del que nos costará desprendernos.

Lo sentimental ocupa y envilece todo. Es el mundo al revés, en el que la gente aplaude a una mujer en silla de ruedas —víctima de un delito— que se dirige a gritos a un político que está a medio metro, y afea a ese político que no haga … nada (como le habrían afeado que hiciera algo). Y, a la vez, algunos en el partido político del que es miembro el interpelado a gritos tienen los cojones de reprochar que se utilicen los sentimientos de la gente para atacarlos, cuando todo su discurso sobre esto y sobre otras cuestiones está plagado de mentiras y de llamamientos a los más bajos instintos. Apártate, que me tiznas.

Anticipaba este riesgo en el artículo:

«(…) esa explicación se ha vuelto dogmática precisamente porque elude la puesta en cuestión de sus paradigmas, que se han vuelto intocables, sin importar hechos, métodos o mediciones. Solo hay una explicación válida y el que la matiza o la discute, siquiera parcialmente, es un neomachista. Es decir, el discurso ha desembocado en magia o religión: no solo contiene una explicación de por qué existe la violencia contra las mujeres —o las diferencias salariales o las disparidades sociales—, sino que incluye un sistema de seguridad, que desactiva cualquier discusión crítica por el simple procedimiento de etiquetar al discrepante como un ejemplo más del mal que hay que eliminar.

La historia, sin embargo, demuestra que las deficientes descripciones de la realidad no suelen durar, y que cuanto más rígidos son sus postulados y más se utiliza la coacción para sostenerlas, más fácil es que se produzca finalmente un rechazo total, incluso en aquello que pudieran tener de valiosas o acertadas. Lo exacerbado y dogmático es veleidoso, y la memoria de sus defensores frágil. Lo que en un momento fue mayoritario por moda, puede dejar de serlo por la misma razón. (…)»

Felices unos y otros, con sus blancos y negros, que son negros y blancos en el extremo. Todos enseñando las tripas. Mintiendo, manipulando, creando miedo. Se ha iniciado una carrera de armamentos y la razón ha sido expulsada del escenario.