No molestes, yonqui.

 

Este retorno al pasado que consiste en que leer prensa cueste dinero es perfectamente razonable. No entiendo a la gente que se queja. Bueno, por no ser tan tajante, puedo llegar a comprender que alguien que se ponía hasta el culo de noticias, artículos, reportajes, entrevistas y columnas de opinión, ahora berree gritando que no es justo querer cobrarle por su dosis. Sí, puede que estemos en presencia de un problema de salud pública, pero, ¡joder! que no se trata de sustancias ilegales que hay que traer en submarinos —con el consiguiente aumento de costes— sino del equivalente a la bollería industrial. ¿Quiere usted intoxicarse? ¡Es baratísimo!

De hecho, esta medida puede favorecer el consumo responsable. Cuando había que pagar para leer un periódico no solo los leíamos menos, sino que nos limitábamos a los que eran de nuestra cuerda. Salvo un amigo chiflado de mi padre, que compraba seis periódicos al día, solo los profesionales de las revistas de prensa hacían eso que se ha vuelto tan habitual en los últimos veinte años: atiborrarse. Más aún, al leer menos columnas que repiten lo mismo hasta la náusea y que alabamos o criticamos sin piedad, dedicaremos más tiempo a otras actividades abandonadas. Leeremos novelas, escucharemos sinfonías o no sacaremos los mocos más habitualmente, con una evidente mejora de nuestro estado de salud y de nuestros temas de conversación. Nos volverán a sorprender los amigos, contándonos que han leído algo que desconocemos y quizás, aunque sigamos sabiendo al instante qué gilipollez ha dicho alguien intrascendente, nos evitemos las sesudas reflexiones sobre esa misma gilipollez de todos los que tenían que rellenar espacios envueltos con falsos y sonoros titulares para lograr que pinchásemos y viésemos publicidad a la que no hacíamos ni puto caso.

Solo le veo ventajas a estas medidas. No creo que mejore la calidad. Bueno, de nuevo por no ser tan tajante, a lo mejor la acumulación de noticias basurientas y refritos es menos agobiante y empezamos a respirar algo mejor. Pero los columnistas y los periodistas que nos gustan serán igual de listos y afilados al decir justo eso que pensamos; y los que nos repugnan igual de imbéciles y vagos. Los periódicos seguirán intentando colocarnos sus cosas y, si bien nadie pagará a un grupo de periodistas por una investigación que dure más de un par de horas —no pidamos la Luna—, al menos los filtradores tendrán más claro el target. Decía que —con esos matices cuantitativos sobre el volumen de mierda—, aunque no mejorará la calidad y leeremos menos prensa, los periodistas vivirán de las personas que quieren pagar por su trabajo en concreto. Serán como los fontaneros o los escayolistas. Vivirán de sus clientes; como siempre. Y de las subvenciones; como siempre. No como ahora, que malviven gracias a las rabiosas miradas furtivas de un montón de peña que odia lo que hacen, pero que exigen seguir comprando esa mierda que tanto les pone.

Ojalá la transición de la prensa al siglo XX se acelere y solo puedan leerla esos pocos cientos de miles que siempre estuvieron dispuestos a pagar por ella. Y que los tacaños tengan que hacerlo a hurtadillas, en la sala de espera de alguna peluquería virtual o con capturas de pantalla de contrabando. En cuanto a la mayoría, como somos vaguísimos y solo leíamos periódicos por moda, bastará con que nos pidan mover un dedo y registrarnos o pagar el equivalente al primer fascículo de la colección de trenes de todas las épocas, para que simplemente volvamos a nuestro estado natural. Desinformados, felices y ocupados en chorradas. Como ahora, pero sin necesidad de disimular.

Hay, además, beneficios colaterales. Los blogueros tendrán menos sobre qué escribir. Yo, por ejemplo, he escrito centenares de entradas indistinguibles metiéndome con las opiniones de este o aquel, enlazando noticias (incluso de varios medios) y criticando como si no hubiera un mañana a los malvados periodistas. A falta de suministro, muchos blogs desparecerán o regresarán a su infancia: diarios inanes de peña insulsa o la repetición ad nauseam de lo que otros han contado mejor. ¡No hay tonto sin blog, como dijo alguien en un blog! No digan que no les aviso.

Solo ruego que los dueños de los diarios perseveren. Que no rectifiquen por miedo al vacío. Las personas de orden estamos con vosotros.

¿Hacer lo razonable? ¡¿Ha perdido usted la cabeza?!

 

Una vez más la solución más sencilla, más sensata, más equilibrada y más estable no se va a aplicar por prejuicios y por la inercia reptiliana que, aunque deglute la mentira estructural y la ausencia de principios, no consiente que se pongan en cuestión ciertas etiquetas. Puesto que las agencias de colocación conocidas como partidos temen que los votantes castiguen la racionalidad si contradice el credo, van a seguir adelante, cueste lo que cueste.

Y el coro al fondo. Gente que —para defender su rinconcito— banaliza lo que hasta hace cinco minutos era intocable para ellos y que enloquece llevada por el énfasis solo porque alguien ose efectuar determinados análisis. Ay, las biografías. ¿Cómo vas a criticar con éxito —o, al menos, con algo de coherencia— los excesos de los populistas si minimizas los disparates de los que se supone los combaten? Es tan obvio que parece que vamos a tener que tirarnos cuarenta años de travesía por el desierto a pesar de que hay un AVE que te lleva a destino en un par de horas. No es que seamos imbéciles —que en el fondo también— sino que el interés y el orgullo nos hacen comportarnos como tales; pero que Dios me ponga donde haiga.

No sé si la política ha sido alguna vez el arte de lo posible. Hoy, en España, se ha convertido en una novela escrita por un youtuber de dieciséis años o en un hilo de tuiter con decenas de miles de retuits, que viene a ser lo mismo. Porque ¿qué hay de imposible en un Gobierno que contase con el apoyo de los tres partidos centrales del cuerpo político nacional que suponen el 55% del voto y que cuentan con una mayoría absoluta tan enorme que podrían asumir cualquier programa político con absoluta garantía? Nada. De hecho, el programa social y económico de ese Gobierno sería muy parecido al de los gobiernos de las últimas décadas. Más aún, ¿qué hay de imposible en una solución así, cuando la alternativa incluye abrir las agendas de partidos que quieren destruir España tal y como la conocemos hoy? ¿Qué hay de imposible cuando cualquier línea de avance en ese camino intransitable implica reformas constitucionales para las que, por absoluta necesidad, debería contarse con esos millones de españoles que votan a PSOE, PP y Cs?

Sin embargo prevalecerá el cuento infantil. De unos y otros. Ya conocemos los vicios de los dirigentes actuales, tan acusados. En particular los vicios del candidato a la presidencia del Gobierno. Insistir en ellos es caer en la melancolía. Pero, como cuando tratas con un alcohólico, los que lo rodean podrían intentar vaciar las botellas de ginebra por el desagüe y dar la matraca al adicto para que empiece con esa acción curativa que consiste en decir «buenos días, me llamo Pedro Sánchez y soy un embustero; llevo una semana sin mentir» en vez de poner a su alcance el bar en el que ellos mismos se emborrachan. Para esto, claro está, tendrían que empezar todos a curarse. Al menos, si no conseguimos el milagro y el enfermo sigue dándole a la botella costará más que los espectadores se crean la patraña de que la culpa de su enfermedad es del sistema.

Mientras tanto mucha gente, unos hastiados por este espectáculo asqueroso, otros encantados de poder dar salida a sus ventosidades más preciadas, seguirá echándose en los brazos de los que venden el tónico que cura la calvicie. Y no quedará nadie que no esté pringado para echárselo en cara. Nos estafarán, seguiremos calvos y volveremos a la recurrente cordura. Eso sí, ningún calvo reconocerá que fue engañado. Ya saben que el timo de la estampita funciona porque no se suele denunciar.

Una vez más preferiremos el esperpento a la solución más sencilla, más sensata, más equilibrada y más estable. Una vez más, nadie será responsable. Unos acumularán trienios y el resto les pagaremos sus servicios, que consistirán en que nos dijeron lo que quisimos escuchar.