¿Hacer lo razonable? ¡¿Ha perdido usted la cabeza?!

 

Una vez más la solución más sencilla, más sensata, más equilibrada y más estable no se va a aplicar por prejuicios y por la inercia reptiliana que, aunque deglute la mentira estructural y la ausencia de principios, no consiente que se pongan en cuestión ciertas etiquetas. Puesto que las agencias de colocación conocidas como partidos temen que los votantes castiguen la racionalidad si contradice el credo, van a seguir adelante, cueste lo que cueste.

Y el coro al fondo. Gente que —para defender su rinconcito— banaliza lo que hasta hace cinco minutos era intocable para ellos y que enloquece llevada por el énfasis solo porque alguien ose efectuar determinados análisis. Ay, las biografías. ¿Cómo vas a criticar con éxito —o, al menos, con algo de coherencia— los excesos de los populistas si minimizas los disparates de los que se supone los combaten? Es tan obvio que parece que vamos a tener que tirarnos cuarenta años de travesía por el desierto a pesar de que hay un AVE que te lleva a destino en un par de horas. No es que seamos imbéciles —que en el fondo también— sino que el interés y el orgullo nos hacen comportarnos como tales; pero que Dios me ponga donde haiga.

No sé si la política ha sido alguna vez el arte de lo posible. Hoy, en España, se ha convertido en una novela escrita por un youtuber de dieciséis años o en un hilo de tuiter con decenas de miles de retuits, que viene a ser lo mismo. Porque ¿qué hay de imposible en un Gobierno que contase con el apoyo de los tres partidos centrales del cuerpo político nacional que suponen el 55% del voto y que cuentan con una mayoría absoluta tan enorme que podrían asumir cualquier programa político con absoluta garantía? Nada. De hecho, el programa social y económico de ese Gobierno sería muy parecido al de los gobiernos de las últimas décadas. Más aún, ¿qué hay de imposible en una solución así, cuando la alternativa incluye abrir las agendas de partidos que quieren destruir España tal y como la conocemos hoy? ¿Qué hay de imposible cuando cualquier línea de avance en ese camino intransitable implica reformas constitucionales para las que, por absoluta necesidad, debería contarse con esos millones de españoles que votan a PSOE, PP y Cs?

Sin embargo prevalecerá el cuento infantil. De unos y otros. Ya conocemos los vicios de los dirigentes actuales, tan acusados. En particular los vicios del candidato a la presidencia del Gobierno. Insistir en ellos es caer en la melancolía. Pero, como cuando tratas con un alcohólico, los que lo rodean podrían intentar vaciar las botellas de ginebra por el desagüe y dar la matraca al adicto para que empiece con esa acción curativa que consiste en decir «buenos días, me llamo Pedro Sánchez y soy un embustero; llevo una semana sin mentir» en vez de poner a su alcance el bar en el que ellos mismos se emborrachan. Para esto, claro está, tendrían que empezar todos a curarse. Al menos, si no conseguimos el milagro y el enfermo sigue dándole a la botella costará más que los espectadores se crean la patraña de que la culpa de su enfermedad es del sistema.

Mientras tanto mucha gente, unos hastiados por este espectáculo asqueroso, otros encantados de poder dar salida a sus ventosidades más preciadas, seguirá echándose en los brazos de los que venden el tónico que cura la calvicie. Y no quedará nadie que no esté pringado para echárselo en cara. Nos estafarán, seguiremos calvos y volveremos a la recurrente cordura. Eso sí, ningún calvo reconocerá que fue engañado. Ya saben que el timo de la estampita funciona porque no se suele denunciar.

Una vez más preferiremos el esperpento a la solución más sencilla, más sensata, más equilibrada y más estable. Una vez más, nadie será responsable. Unos acumularán trienios y el resto les pagaremos sus servicios, que consistirán en que nos dijeron lo que quisimos escuchar.