Es la casa de La Boétie

 

Escribe Montaigne:

«Si alguien me dice que servirse de las Musas como mero juguete y pasatiempo las envilece, no sabe, como sé yo, cuánto valen el placer, el juego y el pasatiempo. A punto estoy de decir que cualquier otro fin es ridículo. Yo vivo al día; y, hablando con toda reverencia, solo vivo para mí. Mis planes terminan ahí. De joven, estudié para la ostentación; después, un poco para volverme sabio; en este momento, para distraerme; nunca por la ganancia. La inclinación vana y pródiga que tenía por esta clase de utensilio, no solo para proveer a mi necesidad, sino tres pasos más allá, para tapizarme y adornarme con él, hace tiempo que las he abandonado. Los libros poseen muchas cualidades agradables para quienes saben escogerlos. Pero no hay bien sin sufrimiento. Se trata de un placer que no es neto y puro, como tampoco lo son los demás. Tiene sus inconvenientes, y muy graves; el alma se ejercita, pero el cuerpo, cuyo cuidado tampoco he olvidado, permanece entretanto inactivo, se abate y entristece. No conozco exceso más dañino para mí, ni más que deba evitar, en esta declinación de mi vida».

Yo sigo haciéndome daño. Nada fructífero se aprende sin sufrimiento; así lo vengo diciendo hasta ahora y no veo por qué cambiar de opinión. Supongo que esto quiere decir, por suerte, que sigo siendo algo joven,

No obstante, hago alguna incursión en el futuro. El viernes pasado paseaba por Sarlat y me encontré con la casa del amigo del alma de Montaigne. Hice esta foto.

 

Educación

 

Es una gran noticia que la educación se haya convertido en un tema central en el debate político. Que discutamos sobre los medios con los que cuentan los centros educativos. Que lo hagamos sobre la preparación de los profesores y sobre su valoración social. Que analicemos si la enseñanza en idiomas como el inglés por profesores que quizás no lo manejan suficientemente está ocasionando una disminución en la cantidad y la calidad de los contenidos en asignaturas esenciales, y si, pese a que esto pudiera darse, compensa por la adquisición de capacidades esenciales en el mundo actual. Que nos preguntemos sobre las causas reales de los malos resultados académicos y sobre si tienen que ver con el presupuesto o con la ideología —es decir, con el modelo de escuela y con la cuestión secular de para qué sirve—. O con ambos. Que nos preguntemos por la preparación que recibe esa parte de los alumnos que continuará con estudios universitarios y si es adecuada o no para esa finalidad posterior. Finalmente, que nos cuestionemos si los padres están realmente interesados en la educación de sus hijos o solo se acuerdan de ella cuando truena y qué deben hacer en tal caso.

Bien, de acuerdo. No se está discutiendo sobre nada de esto, pero quién sabe, quizás en breve se produzca un milagro y dejemos de mostrar «performances» como trasuntos de la actividad diaria de los niños españoles o de caer en la pendiente resbaladiza y convertir a algún parricida chiflado en paradigma del padre español de derechas.

Sabemos que los hijos no son propiedad de sus padres, aunque este conocimiento es reciente. En las sociedades tradicionales no solo lo eran, sino que en muchas continuaban siéndolo incluso después de la mayoría de edad. Sin embargo, la evolución moral y el incremento del valor intrínseco de los niños en las sociedades avanzadas ha convertido las antiguas inversiones en mano de obra —casi pecuarias — en un gasto sin retorno. Hemos decidido que los seres humanos no deben tener dueño. Ni siquiera esos de los que nos ocupamos por obligación legal y por impulso genético. Pero, puesto que esa conclusión es resultado de un aumento de valor, se imponía la consecuencia de que había que procurar para ellos cuidado y educación. Una educación que los convirtiera en buenos ciudadanos. Uno de los meollos de la discusión se encuentra aquí: qué es un buen ciudadano. Alguien dirá que lo es un hombre libre; otro que lo es un hombre comprometido con sus semejantes. Pueden añadir ejemplos. Pero estas frases formulan nuevas preguntas. Por eso parecía razonable fijar unos mínimos: para no enzarzarnos en una eterna discusión. Más aún cuando los niños no son propiedad de sus padres, pero estamos de acuerdo instintivamente en que en la mayoría de los casos ellos se ocuparán de sus hijos mejor que un funcionario o un sistema de funcionarios. Hablo de las sociedades abiertas, claro. En las otras, el poder siempre perseguirá que el ciudadano se adapte al modelo que facilite la conservación del sistema, promoviendo al borrego, al fanático, al que se cree la ideología o la religión oficial.

Podemos, por tanto, centrarnos en el mínimo. En cuanto a los conocimientos, es relativamente sencillo llegar a un amplio acuerdo. La escuela no busca crear especialistas, por lo que basta con la introducción de cada disciplina, en las que el acuerdo —el estado mayoritario de la «ciencia»— puede ser casi absoluto. Siempre, claro está, que nadie quiera forzar sus suerte y colar sus «asuntos» por una puerta trasera.

El problema surge cuando se trata de cuestiones éticas y políticas. Las personas y los grupos organizados tienen agendas y saben que imponerlas exige vencer la batalla propagandística. Por eso el mínimo debería centrarse en formar a personas con cierta capacidad crítica, que cuenten con instrumentos y hábitos que les permitan cuestionarse las afirmaciones y proyectos de esas agendas, más que en bombardearlos desde el comienzo como si fuesen Sócrates. No lo son los adultos, cómo van a serlo los niños.

Deberíamos, por tanto, centrarnos en unos escasos axiomas, que deberían darse por sentados en su forma más desnuda (la libertad y la responsabilidad; la proscripción de las conductas manifiestamente dañinas; la vida en sociedad y algunos de sus corolarios, como la democracia y sus límites; el conocimiento de los otros y su consecuencia, el respeto al diferente) e introducir todo lo demás —por mayoritario que sea— como materia sujeta a análisis y discusión. Con esos axiomas como punto de apoyo, los niños usarían el resto para adiestrarse, sin pretender que lleguen a ninguna conclusión impuesta como correcta. Es decir, no para asumirlo o rechazarlo, sino para aprender las trampas del lenguaje, las inconsistencias, las falacias, las debilidades y los vacíos.

Un acuerdo de esta naturaleza dejaría el campo abierto al intento de adoctrinamiento, pero se produciría extramuros, de forma que la escuela fuese un campo neutral, una especie de sagrado al que acogerse. El lugar en el que se aprende a pensar. De hecho, esos padres convencidos de que pueden influir en lo que sus hijos van a creer podrían asumir lealmente el reto de enfrentarse a ellos si ya no pueden utilizar la excusa de que su fracaso en adoctrinarlos es resultado de que la escuela adoctrina mejor. Buena suerte.

Lógicamente, alguien podrá pensar que esta escuela que defiendo es también resultado de una cierta agenda. Puede ser. Pero es tan poco invasiva que tiene ventajas objetivas: centrarnos en pocas e importantes cosas evitaría que los niños se dediquen a perder el tiempo en gilipolleces. La clave se encuentra en que no digo en qué consisten esas gilipolleces y que, por tanto, cada uno puede pensar en el ejemplo que más le convenza.

En una escuela así sería absurdo que los padres vigilasen qué se va a enseñar a los niños en cuestiones morales y políticas, porque, al margen de esos pocos axiomas, el resto de la información que recibiesen se les mostraría ya en entredicho. Pero, para que una idea así fuese admisible, sería preciso que todo el mundo renunciase a que la escuela fuese el primer campo de batalla de sus guerras culturales e ideológicas. El problema más evidente es ¿cómo van a aceptar esto esas personas que tratan como apestados a quienes piensan diferente hasta el punto de impedirles hablar en una universidad —el que debería ser máximo ejemplo de templo para la libre discusión—? Quienes realizan campañas para silenciar y perjudicar a los que sostienen las doctrinas que definen como «peligrosas» no van a aceptar lo más cuando no aceptan lo menos. Los que no creen en las sociedades libres y abiertas cuando se trata de adultos, nunca asumirán que la escuela produzca adultos libres y críticos.

Los niños no son propiedad de sus padres. Pero tampoco de los fanáticos que quieren convertir y convierten la sociedad en un lugar irrespirable para los ateos del credo respectivo. En cuanto al resto, bastaría con firmar una tregua para que toda esta absurda discusión desapareciera y pudiésemos tratar lo importante. Todo eso que menciono en el primer párrafo.

 

Junqueras no es eurodiputado

 

El Tribunal Supremo ha resuelto el recurso de súplica de Oriol Junqueras. Lo ha hecho conforme a lo resuelto por el TJUE.

En este artículo y en esta entrada, ya advertí de algo que no se estaba considerando por casi nadie: que la prisión de un eurodiputado podía mantenerse si se pide el suplicatorio.

Lo dice el Supremo (porque lo dice el TJUE) hoy en el auto que resuelve la súplica:

Más adelante, el auto, tras reproducir la posición de las instituciones (incluido el Parlamento Europeo) sobre la inmunidad de los europarlamentarios, para dejar claro hasta qué punto era regular lo que se había resuelto por el propio Tribunal Supremo, reprocha —aunque acata lo decidido— que la interpretación novedosa suponga, pese a la remisión a la legislación interna de los Estados de la UE, que dicha legislación devenga inútil. Más aún, analiza la multiplicidad de respuestas de los diferentes Estados, para analizar la concreta inmunidad de desplazamiento al Parlamento Europeo para la formalización del mandato (que es la que conforme a la sentencia se configura como autónoma de las inmunidades previstas en las legislaciones internas).

Finalmente, el auto resuelve la estimación del recurso de súplica —aunque haya devenido carente de objeto—, pero especificando que procede el mantenimiento de la medida de prisión, que es lo que sostuve en los artículos citados, algo que es importante respecto de Puigdemont.

Pero, como la cuestión excede del recurso, ha dictado otro auto que resuelve la cuestión más en profundidad.

En él:

a) Se parte de Junqueras era eurodiputado desde la proclamación de electos.

b) Que gozaba de inmunidad para ir al Parlamento Europeo desde ese momento.

c) Que, no obstante, se podía mantener la situación de prisión si se pedía el suplicatorio. Porque, vuelvo a remitirme a mis artículos, solo así se puede entender la frase adversativa de la sentencia del TJUE: «Si el tribunal nacional competente estima, no obstante, que debe mantenerse la medida de prisión provisional tras la adquisición por el interesado de la condición de miembro del Parlamento Europeo, ha de solicitar a la mayor brevedad al Parlamento Europeo que suspenda dicha inmunidad». De hecho, se hace hincapié en que esto se considerará en el futuro para resolver cuestiones similares.

d) Que el juicio quedó visto para sentencia antes de que Junqueras fuera europarlamentario y que, es en ese momento procesal, en el que el propio TS plantea la cuestión prejudicial.

e) Que Junqueras no es preso preventivo, sino que ya está condenado, lo que, por ministerio de la ley lo convierte en ilegelible, lo que implica que se proyecte sobre él causa de incompatibilidad. Por tanto, ya no es eurodiputado.

f) Que la pena de prisión no esta en suspenso —lo está la de inhabilitación— por lo que esa incompatibilidad se produce desde el mismo día de la sentencia. Esto importa a los efectos de una posible inmunidad admitida por la Sala, conforme había sostenido la abogada del Estado.

g) Que la anulación del mandato depende exclusivamente de la legislación nacional, conforme al propio derecho europeo.

h) Que, por tanto, la Sala simplemente va a notificar a la JEC y al Parlamento Europeo que el mandato del señor Junqueras se ve afectado por causa sobrevenida de incompatibilidad.

i) Que no hay que pedir ninguna suspensión de la inmunidad al Parlamento Europeo, porque no hacía falta ningún suplicatorio para juzgar a Junqueras (como no lo hizo cuando fue diputado del Congreso): porque el suplicatorio no es preciso abierta la fase de juicio oral, en vía de recurso o para ejecutar la sentencia. Porque la lógica del suplicatorio es que no se perturbe al parlamento, algo que no ocurre cuando el enjuiciamiento es previo a la elección.

j) Por la misma razón, la nulidad de la sentencia que pedía el abogado de Junqueras no es conforme a derecho. Entre otras razones, porque aunque hubiera estado libre Junqueras la sentencia se debería haber dictado. A partir de aquí el TS entra a recordar incluso lo obvio:k) Por las mismas razones, el Tribunal Supremo no considera preciso acordar ni medida de libertad ni adoptar alguna de las soluciones que planteaba la abogada del Estado: Junqueras ya está cumpliendo una pena de prisión en firme. Además, se vuelve a insistir —a efectos dialécticos— en que es el propio TJUE el que ha decidido que se puede mantener una prisión como medida cautelar de un europarlamentario si se pide el suplicatorio.

l) Que la propia JEC ha apreciado la causa de incompatibilidad. Y que esta es una consecuencia ope legis de la sentencia del Tribunal Supremo (esto para los que siguen hablando de órganos administrativos).

Hay más. Es una resolución con enjundia y, como comprenderán, la tengo que juzgar acertadísima, ya que coincide al detalle con lo que sostuve previamente.

En las entradas previas dije que la pérdida por Junqueras de su condición de eurodiputado solo exigía una comunicación. Pues eso es lo que hace el Supremo: comunicarlo.

Por cierto, reitero lo que dije sobre la situación de Puigdemont:

«3.- Consta, contra él, desde antes de que fuera elegido para cargo alguno auto de prisión, que no se ha ejecutado por su fuga. Por tanto, si regresa a España, ese auto ha de hacerse efectivo y, una vez en prisión, el juez competente deberá decidir todo lo relativo a su situación personal. Incluso mantener la medida mientras se concede o no la suspensión de la inmunidad por el Parlamento Europeo. En todo caso, y salvo en lo relativo a la ejecución de una condena firme, todo lo demás que he expuesto antes sería aplicable.»

El Tribunal Supremo ya está anunciando que puede hacerlo.

 

Ceterum censeo

 

Se cuenta que, en su últimos años, Catón el Viejo daba la paliza a diestro y siniestro añadiendo al final de cualquier discurso, da igual el tema que estuviese tratando, la frase: «por cierto, creo que Cartago debería ser destruida». El censor temía por la rápida recuperación del rival más peligroso de Roma y soñaba con borrarlo de la faz de la tierra para la seguridad de la patria. Aunque la muerte le impidió ver su proyecto realizado, tres años después Cartago fue arrasada hasta los cimientos, se echó sal sobre el lugar en el que se había alzado y todos sus habitantes fueron vendidos como esclavos.

No se alarmen, no voy a patrocinar la destrucción de nada ni de nadie —sobre todo ahora que la tuna va camino de desaparecer de forma natural—, pero sí creo que se abre un momento en el que no quedará otra que aferrarse a ciertos principios y máximas, deducir de ellas determinadas consecuencias y descripciones, y recordar lo uno y lo otro constantemente y sin desfallecer. Aunque te llamen viejo y pesado.

Así:

El Gobierno de Pedro Sánchez es legítimo y democrático, pero se ha construido con el apoyo de los que quieren destruir la nación española.

Ese apoyo ha exigido del PSOE silencios y compromisos. Los silencios más sonoros han llevado al PSOE a eliminar la referencia expresa a la Constitución como marco legal para la discusión pública y a la renuncia de la defensa de la monarquía constitucional española —y de su naturaleza democrática plena—frente a los ataques y desprecios de sus socios. Los compromisos más sonrojantes obligan al PSOE a situarse en el marco mental y verbal del secesionismo y el nacionalismo, confundiendo el todo —la nación política— con sus partes y admitiendo saltarse los procedimientos ordinarios —que incluyen instituciones políticas perfectamente definidas y reglamentadas— para sustituirlos por otros innominados que se pretenden legitimar por referencias difusas a hermosas palabras —como democracia— a las que se ha vaciado previamente de contenido. Para entendernos, el PSOE ha reconocido que el creacionismo ha de enseñarse en las escuelas junto al darwinismo y que la RDA es una democracia porque lo pone en su nombre.

El acuerdo además supone admitir el blanqueamiento de los herederos de los terroristas, normalizando a los que no han reconocido la maldad absoluta de sus acciones o justifican la maldad de las acciones de otros. Esa normalización convierte el terrorismo en un «error», en una «respuesta» frente a una agresión ilegítima, en un «exceso» justificable entre otras «violencias». Para digerir este engrudo los dirigentes socialistas han construido una falsedad en la que la posibilidad de hacer política se ha convertido en una justificación moral del pasado y del discurso actual, cualquiera que sea su contenido, si quien lo perpetra está en el lado correcto de los votos.

Los que intentan destruir la nación española (esencialmente secesionistas, nacionalistas y herederos de los terroristas) y los que quieren destruir su régimen jurídico-democrático y sustituirlo por «otra cosa» (comunistas y populistas de izquierdas) siempre han sostenido —contra toda evidencia— que la ley española y sus instituciones no son democráticas y no deberían servir de parapeto frente a la voluntad de las «naciones» o de la «gente». Naturalmente, la consecuencia de esto es que la ley y el poder judicial son un obstáculo que hay que remover. El actual Gobierno cuenta con un apoyo suficiente para cambiar muchas leyes y para adoptar determinadas decisiones ejecutivas, pero no para cambiar la Constitución, ya que esta se construyó sobre un acuerdo amplísimo que incluía la exigencia de un acuerdo igual de amplio para su reforma. La Constitución solo podrá servir de refugio si hay jueces dispuestos a cumplirla y a imponer su cumplimiento. También por esta razón, esos movimientos antisistema y enemigos de la democracia española han repetido hasta la saciedad que los jueces españoles —cada vez que toman una decisión que los incomoda— son franquistas, fascistas, de derechas. Puesto que el PSOE ha deglutido el marco mental y discursivo del secesionismo y el nacionalismo, en lo relativo a los procedimientos y a la creación de canales paralelos y no reglados de discusión de los asuntos públicos, sin esas molestas líneas rojas marcadas por la Constitución y las instituciones nacidas de ella, para el propio PSOE un poder judicial independiente se ha convertido en un problema, no en un dique natural, legítimo y necesario frente a las veleidades del momento político y de la actuación de los que ocupan los otros poderes del Estado. Ha comenzado la búsqueda de la solución al «problema» judicial.

Para justificar su comportamiento mendaz, el PSOE ha acusado a los partidos que hacen suyo de manera natural el modelo constitucional —y entre ellos estaba el PSOE hasta anteayer— y que no quieren destruir la nación española tal y como quedó establecida en dicho modelo, de ultraderecha que no acepta los resultados de las elecciones, aprovechando además que sí existe una ultraderecha que insiste en la ilegitimidad del Gobierno y que incluso empieza a introducir una retórica golpista. Con esto pretende lograr el doble objetivo de convencer a los suyos de que hay que tragarse un montón de sapos y bulos para evitar un mal mayor —que ellos han creado— y, a la vez, dar aliento a la auténtica extrema derecha populista. Su objetivo es evidente: dividir el centro y la derecha, y unificar a sus partidarios con una retórica bélica.

Todo lo anterior se resume en lo siguiente:

1.- El PSOE se ha convertido, de hecho, en un partido que promueve a partidos antisistema y con ello ha comenzado a convertirse, él mismo, en un partido antisistema.

2.- Es muy difícil que el PSOE dé marcha atrás. Una consecuencia de la mentira sistemática y de la traición permanente a la palabra y a las promesas es que solo el poder te protege.

3.- El PSOE ha eliminado muchas barreras psicológicas. No hay ninguna razón para no eliminar otras si hace falta para mantenerse en el poder. Debemos esperar cualquier deriva, ante la ausencia de principios y el uso estructural y no puntual de la mentira como método de acción política.

4.- El PSOE va a promover la demolición de los diques institucionales siempre que perciba que estos puedan entrometerse en lo que hay que hacer para mantener los apoyos actuales o lograr otros nuevos. Da igual de qué institución se trate: en nombre de la «política», el «diálogo» y la «democracia» hará lo posible por vaciarlas de contenido, creando puertas traseras y falsas salidas.

5.- El PSOE utilizará sin rubor las instituciones que controle para lograr sus objetivos políticos. Debemos asumir que la acción del Gobierno nunca se dirigirá hacia una mayor neutralidad e independencia de esas instituciones, sino en el camino contrario.

6.- El PSOE, una vez investido Pedro Sánchez, intentará ocultar su deriva antisistema apoyándose en la actividad normal de su Gobierno. Querrá acostumbrarnos. Para ello intentará ocupar el discurso público con una retórica activa y constante sobre otros asuntos, ridiculizando a los que insistan en cuestiones estructurales, institucionales o de principios.

7.- Esa actividad retórica evitará el centro, aunque formalmente se llame a la concordia. Solo con la radicalización de un número mayor cada vez de votantes de los partidos de centro y derecha podrá continuar con su estrategia de alimentación de la extrema derecha y de fidelización de sus propios votantes como reacción. La moderación real desaparecerá.

8.- Cada vez habrá menos actores políticos que defiendan el núcleo de los acuerdos adoptados hace cuarenta años y desarrollados durante décadas. En España habrá cada vez más partidos con posiciones iliberales, nacionalistas y populistas, de izquierdas y derechas. Gradualmente el PSOE pasará de comprar la retórica de esas formaciones a adoptar con naturalidad esas mismas posiciones, al intentar aplicar las consecuencias de su «diálogo» sin contar con las mayorías exigidas —algo para lo que necesitaría contar, al menos, con el Partido Popular—, más aún cuando el PSOE tendrá que competir con sus socios (secesionistas y populistas). Este PSOE se podemizará inevitablemente para intentar sobrevivir.

Naturalmente, frente a estrategias inadmisibles, la única opción para esos millones de españoles huérfanos es reclamar a los partidos que se autodenominan constitucionalistas y que no son extrema derecha populista:

a) Que se olviden de la táctica y de la respuesta día a día basada en ocurrencias. Solo una política pensada y basada en principios, y mantenida a ultranza en todos los lugares en los que gobierne y en la actividad de oposición, puede movilizar a esos millones de españoles que, a derecha e izquierda, quieren defender nuestro régimen constitucional. Ello aunque puntualmente pueda parecer contraproducente.

b) Que se reitere constantemente que no te puedes fiar de este PSOE y sus dirigentes, por lo que, con independencia de que se actúe conforme a lo explicado en el punto anterior, cualquier pacto con ellos es inútil, como lo es confiar en un estafador o dejar que administre tu dinero un ludópata. El corolario de lo anterior es que no se ceda en nada, por pequeño que parezca. La cesión y el acuerdo, como forma de hacer política, se basan en la existencia de una mínima lealtad y confianza en el otro. Un segundo corolario es que se renuncie a una estrategia de confrontación total. Las medidas se deben juzgar una a una, por su bondad o maldad intrínseca y por la posible inclusión en ellas de algún tipo de caballo de Troya contra las instituciones. Esto no es ceder, es actuar consecuentemente.

c) Que no favorezcan la estrategia de los populistas de extrema derecha apoyando sus posiciones concretas salvo cuando puedan justificar lealmente y sin contorsiones ese apoyo como una expresión de los principios que se supone defienden. Aunque pueda parecer que un ataque concreto debilite al PSOE, si corroe tu proyecto, asusta a tus partidarios, debilita su compromiso y puede llevarlos a creer que están en la trinchera equivocada, solo se favorece con ello la estrategia de las dos Españas enfrentadas. Es decir, favorece a este PSOE y al populismo de extrema derecha.

d) Que asuman que, puesto que todo está en cuestión y es provisional, la única forma de evitarnos desengaños y falsas sensaciones de calma es aplicar la hipótesis permanente de que los enemigos de nuestro régimen constitucional trabajan sin descanso para destruirlo. Debemos aplicar el consejo que se da en los aeropuertos y vigilar nuestro equipaje constantemente.

e) Que actúen a sabiendas de que participar en la guerra cultural declarada no implica admitir acríticamente que, en esa guerra, hay dos bandos, los de derechas y los de izquierdas. De hecho, es crucial sostener con argumentos que sí, que hay dos bandos: que en uno están situados los antisistema —incluido este PSOE— y en  otro lo que defienden nuestro sistema constitucional. Es decir, hay que pelear por imponer el propio planteamiento de la cuestión.

f) Que no desfallezcan. Que no escuchen a los aduladores ni a los intoxicadores. Que se olviden de las encuestas. Que actúen a largo plazo, no solo porque sea lo correcto, sino porque es la única forma de prevalecer.

Este sería mi programa.

Sí, me consta que es irrealizable; no es necesario que me lo apunten. Pero, ceterum censeo.

 

Yo acuso

 

Hace un par de días estuve viendo El oficial y el espía (J’accuse en su idioma original), la película de Polanski que tanto revuelo causó en Francia como consecuencia de las propias declaraciones del director, que deslizó un paralelismo entre la persecución injusta a la que fue sometido Dreyfus y su propia situación, la del cineasta, como convicto por violación, acosado por el movimiento Me Too. 

Les recomiendo vivamente que vean la película, porque, con todas las dificultades para concentrar en un par de horas un asunto con tantas ramificaciones, el director francés ha logrado algo dificilísimo: exponer brillantemente y con claridad y suficiente precisión una parte esencial de uno de los asuntos públicos —mediáticos diríamos hoy— que más trascendencia tuvo en el período anterior a la Segunda Guerra Mundial. El affaire no solo alimentó las narrativas propagandísticas de algunos populismos, sobre todo la clerical y la judeófoba, sino que provocó, sobre un terreno previamente abonado, el crecimiento de la sensación de que el Estado estaba irremediablemente podrido. De que no podías confiar en su protección ni en la honorabilidad de los que habían jurado guardar los principios republicanos y democráticos.

La parte más curiosa del asunto, sin embargo, que trata con mucha extensión y melancolía Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, es la referida a la razón de la victoria pírrica del desgraciado Dreyfus. No fue la causa del hombre inocente la que movió a los que, tras más de una década, lograron imponerse en el descuento. Menos aún la del hombre inocente perteneciente a una minoría, asediado por la intolerancia y el sectarismo. De hecho, Dreyfus, un hombre rico, proveniente de una familia alsaciana —y, por tanto, criado en el ambiente de revancha generado por la pérdida de su región de origen tras la guerra francoprusiana— no interesaba a las «izquierdas», con algunas pocas excepciones. Su condena era vista como una rencilla entre los miembros de la élite; algo ajeno a los trabajadores. Algunos de sus defensores sobrevenidos habían pedido la muerte para el traidor, para el rico, para el militar. Y de su causa, torpedeada a veces por la estrategia de su propio hermano, se apropiaron inicialmente los que veían la pestilencia que empezaba a asomar como una manera más de defenderse frente al ruido de sables. Lo paradójico es que, frente a ese uso partidista —no soy equidistante: unos defendían a un hombre inocente, mientras que otros usaban el espantajo del judío reclamando el hombre fuerte que necesitaba Francia y la reinstauración de las leyes viejas— la victoria de Dreyfus se asentó en la conciencia del hombre común y no en el activismo de sus defensores de primera hora. Venció y hoy vemos una película sobre su victoria gracias a los cientos de miles de franceses, de derecha e izquierda, que lentamente se fueron dando cuenta de la montaña de mentiras, falsificaciones y encubrimientos paridos en las más altas instituciones, particularmente entre hombres que no hacían más que pregonar su honor y su palabra por encima de cualquier consideración, y percibieron el peligro de que hoy fuera el judío y mañana uno cualquiera de ellos.

Uno de los aciertos de la película es precisamente centrar la narración no en Dreyfus, sino en el teniente coronel Picquart, alsaciano también, al que se dibuja casi como antisemita y enemigo del acusado. El recurso dramático funciona porque nos muestra al «funcionario», al hombre del último minuto que, situado ante el dilema de tragar con una corrupción que le supera o tirar de la manta, no puede hacer otra cosa que seguir su instinto y pasar de perseguidor a perseguido. Los hechos narrados en la película son ciertos, pese a la inevitable selección de cerezas, pero eso no impide que el personaje actúe como un símbolo de esa masa gris de franceses que no tuvieron estómago suficiente como para tolerar la colección de patrañas fabricadas por sus dirigentes. Por eso es tan potente el cierre de la película, la escena antisentimental entre el ministro situado de nuevo en su zona de confort y el pétreo Dreyfus, víctima de unas creencias que lo llevan a ensalzar agriamente una nada —desde su sufrimiento— tan enorme. No explico más, que no quiero estropearles el momento.

La historia de Dreyfus y de su época sigue de actualidad, como cualquier otra que mezclase de manera tan perturbadora el bien y el mal, la traición, la mentira, el honor impostado, la soberbia, la dignidad, la propaganda maliciosa y el uso y abuso de la turba. Los franceses la cerraron en falso. La agenda mandaba. El judío nunca importó lo suficiente como para descabezar a un ejército —la casi totalidad de los máximos comandantes franceses en la Primera Guerra Mundial habían sido antidreyfusards— y la propaganda antijudía de los fascistas franceses siguió nutriéndose con la basura producido a carretadas durante los procesos. Luego llegaron Vichy y la rafle du Vél’d’Hiv. 

La enseñanza más obvia es que no hay victorias definitivas. El mundo progresa, pero entre avance y avance, cuánto dolor.

 

El precio

 

Los acuerdos firmados por el PSOE con ERC y el PNV no son papel mojado. No son una simple llamada al diálogo o la negociación, vacía, para contentar a las parroquias. Ya sabemos que todos los partidos políticos son agencias de colocación y que el futuro personal de muchas personas depende del mantenimiento en el poder —en alguno de sus cubículos— y que esto condiciona toda actuación política. Sabemos que los políticos profesionales no solo mentirán y se desdirán sin rubor, sino que acusarán de mentirosos a los que les recuerden sus mentiras. Sabemos que muchos de ellos no merecen —por capacitación y capacidad— ocupar puestos que les aseguran comodidad, poder, influencia y tranquilidad para ellos y sus familias. Todo eso lo sabemos y hay que ser tacaños con nuestras expectativas acerca de aquellos que más nos convencen, porque casi siempre nos defraudarán amargamente. Pero la realidad de la condición humana no debería llevarnos a admitir cualquier cosa, como si se tratase de acts of god, cataclismos inevitables producidos por fuerzas incontrolables. Como si Pedro Sánchez fuese una figura trágica a la que una sucesión de plagas avasalla hasta el punto de tener que ceder ante un destino inevitable.

No, Pedro Sánchez no es una figura trágica. Ni lo son todos los que miran para otro lado y llevan muchos días afectados por una ictericia galopante que se incrementa minuto a minuto para ocultar un episodio que sonrojaría al más eminente de los truhanes. Pedro Sánchez ha escogido. Para asegurar su poder ha optado por renunciar al lugar donde se sitúa la mayoría de los españoles, el centro, y por disolver las instituciones y su liturgia, apoyándose en los que quieren destruir la nación española y sus reglas democráticas.

Como esto no era posible con un centro y una derecha moderados, no solo se ha echado en brazos de los secesionistas golpistas, los nacionalistas y los herederos de los asesinos —lo son porque siguen aplaudiendo a los asesinos que vuelven a casa por Navidad y porque los manda un tipo que aún no ha admitido su pasado criminal—, sino que está intentando, con todas sus fuerzas que surja un espantajo especular que lo justifique. En su imaginación, en vez de una España centrada, civilizada, moderada y respetuosa de la ley, con minorías controlables en sus extremos, prefiere dos Españas que se gritan, se enfrentan, se acusan de traición, para ver si así, agobiados por el ruido y el miedo, los que temen a la España casposa y nacionalista optan por ellos, como mal menor.

El PSOE ha vendido la España constitucional a cambio de poder, y para que no se lo tengamos en cuenta ha apostado por el enfrentamiento entre españoles. Han creado el mal y quieren que lo compremos como si ese mal fuera el mal menor. La operación es tan cínica y asquerosa que solo espero que pague por ello el mayor de los precios. Que lo pague Sánchez. Que lo paguen todos los que han decidido acompañarlo en este descenso al pozo de la indecencia. Que lo pague el PSOE.

En cuanto a los que andan vendiendo crecepelo, dejadlo, de verdad. La baba que rezuman los papeles firmados con ERC y el PNV es tan repugnante que solo vais a conseguir perder cualquier microgramo de decencia intelectual que pudierais conservar.

La España que viene es una España mucho peor. Y la obra tiene autoría.

Estudios bíblicos

 

Titular de El País:

«Los especialistas».

Dejemos de lado que con cifras tan exiguas (desde 2009, por hablar de una década, se mueven en una horquilla que va de 51 a 73 mujeres asesinadas por año) no solo buscar causas de un supuesto repunte (pasar de 49 a 55 en cuatro años), sino incluso hablar de repunte, parece bastante absurdo. Estas son las cifras desde 2003:

 

Pero, en particular, citar dos «causas» de pasar de 49 a 50, luego a 51, y finalmente a 55, y que una de ellas sea el efecto del discurso «negacionista» de Vox es llamarnos gilipollas.

Veamos quiénes son y qué dicen «los especialistas».

Primer especialista: Miguel Lorente. Ay, Lorente. Simplemente reproduzco sus argumentos (en negrita):

«Aún es pronto para conocer a fondo los motivos de ese repunte y está por ver si se convierte en una tendencia en años posteriores. La violencia de género es un fenómeno complejo y de causas múltiples, pero distintos especialistas consultados alertan ya de que, junto la falta de medidas previstas pendientes de desarrollar, una de las causas que han influido en ese incremento es el discurso negacionista de Vox, que asegura contra el consenso institucional existente desde hace años tanto dentro como fuera de España que “la violencia no tiene género”. “No se puede decir que el aumento se deba exclusivamente a los mensajes contra la protección de las mujeres que lanza la ultraderecha pero sí es claro que es un factor que ha influido”, señala el forense Miguel Lorente, exdelegado del Gobierno para la violencia de género.»

¿Ven los argumentos? Efectivamente, no hay ni uno solo. La violencia «de género» es un fenómeno complejo y de causas múltiples, pero está claro que si ha pasado de 51 a 55 los mensajes de Vox han influido; aunque no exclusivamente. Ese es el «análisis» que retrata al autor.

Veamos más «especialistas». Lucía Avilés, magistrada, y presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas.

«“La actuación de Vox se traduce en que las víctimas miran con mayor desconfianza la protección institucional que se les puede ofrecer y los agresores ven reforzada su conducta”, valora la magistrada y fundadora de la Asociación de Mujeres Juezas Lucía Avilés, que pide un “análisis profundo y objetivo para determinar todas las causas” del último repunte.»

Para empezar y como pueden ver, no parece estar refiriéndose, en la primera frase entrecomillada, a las mujeres asesinadas, sino a todas las víctimas de delitos. Por lo demás, esa primera frase no pasa de ser más que una opinión sin un solo dato que la apoye. De hecho, la misma magistrada pide un análisis «profundo y objetivo».

El último «especialista»: Marisa Soleto, directora de la Fundación Mujeres. Dice:

«“Los discursos contra la protección de las mujeres generan dudas en las víctimas y en los dispositivos de protección judicial y policial y mayores situaciones de riesgo, pero no establecería una situación causa efecto directa porque las asesinadas son solo la punta del iceberg de lo que ocurre”»

Como pueden observar, es muy parecido al anterior. Opina algo, sin dar un solo dato que apoye esa opinión y luego introduce una adversativa que, además, no se entiende. Me explico, que las asesinadas sean o no una punta de iceberg no sé que tiene que ver con la existencia de una relación causa efecto «directa» entre ciertos discursos y la creación de «mayores situaciones de riesgo».

Por cierto, resulta también sintomático el uso de la expresión «discurso contra la protección de las mujeres» cuando, textualmente, el discurso de Vox sobre este asunto —que no comparto— no encaja en esa afirmación. Esto se une a la utilización del término «negacionismo». Parece que cualquier crítica a una visión de la violencia doméstica y sus causas que no comulgue con la mainstream (al menos, institucionalmente) inmediatamente se convierte en la negación de datos y hechos y en la defensa de los comportamientos violentos de algunos hombres contra mujeres con las que tienen o han tenido relación sentimental o familiar.

Este artículo es basura propagandística vestida de supuesta objetividad. Una forma no muy sutil de culpar a Vox de que, en 2019, hayan muerto asesinadas cuatro mujeres más que en 2018. ¿Con qué base? Con ninguna. Y, con ello y de paso, la creación de un espantajo que elimine cualquier discusión sobre las bases y la efectividad de las medidas implantadas en España hace ya década y media, y sobre el diagnóstico de un problema que parece estancado (y para el que nos prometieron soluciones). Ya lo sabes: si discutes que la legislación y medidas en esta materia se basen en diagnósticos certeros, sean efectivas y no provoquen problemas colaterales muy serios, eres un negacionista y responsable directo de que mañana maten a una mujer en algún lugar de España.

Como con la Iglesia Adventista del Séptimo Día, está prohibido discutir la segunda venida y los retrasos solo son producto de dos pecados: la falta de fe y no interpretar correctamente las sagradas escrituras.

Lo dicen los especialistas.