Educación

 

Es una gran noticia que la educación se haya convertido en un tema central en el debate político. Que discutamos sobre los medios con los que cuentan los centros educativos. Que lo hagamos sobre la preparación de los profesores y sobre su valoración social. Que analicemos si la enseñanza en idiomas como el inglés por profesores que quizás no lo manejan suficientemente está ocasionando una disminución en la cantidad y la calidad de los contenidos en asignaturas esenciales, y si, pese a que esto pudiera darse, compensa por la adquisición de capacidades esenciales en el mundo actual. Que nos preguntemos sobre las causas reales de los malos resultados académicos y sobre si tienen que ver con el presupuesto o con la ideología —es decir, con el modelo de escuela y con la cuestión secular de para qué sirve—. O con ambos. Que nos preguntemos por la preparación que recibe esa parte de los alumnos que continuará con estudios universitarios y si es adecuada o no para esa finalidad posterior. Finalmente, que nos cuestionemos si los padres están realmente interesados en la educación de sus hijos o solo se acuerdan de ella cuando truena y qué deben hacer en tal caso.

Bien, de acuerdo. No se está discutiendo sobre nada de esto, pero quién sabe, quizás en breve se produzca un milagro y dejemos de mostrar «performances» como trasuntos de la actividad diaria de los niños españoles o de caer en la pendiente resbaladiza y convertir a algún parricida chiflado en paradigma del padre español de derechas.

Sabemos que los hijos no son propiedad de sus padres, aunque este conocimiento es reciente. En las sociedades tradicionales no solo lo eran, sino que en muchas continuaban siéndolo incluso después de la mayoría de edad. Sin embargo, la evolución moral y el incremento del valor intrínseco de los niños en las sociedades avanzadas ha convertido las antiguas inversiones en mano de obra —casi pecuarias — en un gasto sin retorno. Hemos decidido que los seres humanos no deben tener dueño. Ni siquiera esos de los que nos ocupamos por obligación legal y por impulso genético. Pero, puesto que esa conclusión es resultado de un aumento de valor, se imponía la consecuencia de que había que procurar para ellos cuidado y educación. Una educación que los convirtiera en buenos ciudadanos. Uno de los meollos de la discusión se encuentra aquí: qué es un buen ciudadano. Alguien dirá que lo es un hombre libre; otro que lo es un hombre comprometido con sus semejantes. Pueden añadir ejemplos. Pero estas frases formulan nuevas preguntas. Por eso parecía razonable fijar unos mínimos: para no enzarzarnos en una eterna discusión. Más aún cuando los niños no son propiedad de sus padres, pero estamos de acuerdo instintivamente en que en la mayoría de los casos ellos se ocuparán de sus hijos mejor que un funcionario o un sistema de funcionarios. Hablo de las sociedades abiertas, claro. En las otras, el poder siempre perseguirá que el ciudadano se adapte al modelo que facilite la conservación del sistema, promoviendo al borrego, al fanático, al que se cree la ideología o la religión oficial.

Podemos, por tanto, centrarnos en el mínimo. En cuanto a los conocimientos, es relativamente sencillo llegar a un amplio acuerdo. La escuela no busca crear especialistas, por lo que basta con la introducción de cada disciplina, en las que el acuerdo —el estado mayoritario de la «ciencia»— puede ser casi absoluto. Siempre, claro está, que nadie quiera forzar sus suerte y colar sus «asuntos» por una puerta trasera.

El problema surge cuando se trata de cuestiones éticas y políticas. Las personas y los grupos organizados tienen agendas y saben que imponerlas exige vencer la batalla propagandística. Por eso el mínimo debería centrarse en formar a personas con cierta capacidad crítica, que cuenten con instrumentos y hábitos que les permitan cuestionarse las afirmaciones y proyectos de esas agendas, más que en bombardearlos desde el comienzo como si fuesen Sócrates. No lo son los adultos, cómo van a serlo los niños.

Deberíamos, por tanto, centrarnos en unos escasos axiomas, que deberían darse por sentados en su forma más desnuda (la libertad y la responsabilidad; la proscripción de las conductas manifiestamente dañinas; la vida en sociedad y algunos de sus corolarios, como la democracia y sus límites; el conocimiento de los otros y su consecuencia, el respeto al diferente) e introducir todo lo demás —por mayoritario que sea— como materia sujeta a análisis y discusión. Con esos axiomas como punto de apoyo, los niños usarían el resto para adiestrarse, sin pretender que lleguen a ninguna conclusión impuesta como correcta. Es decir, no para asumirlo o rechazarlo, sino para aprender las trampas del lenguaje, las inconsistencias, las falacias, las debilidades y los vacíos.

Un acuerdo de esta naturaleza dejaría el campo abierto al intento de adoctrinamiento, pero se produciría extramuros, de forma que la escuela fuese un campo neutral, una especie de sagrado al que acogerse. El lugar en el que se aprende a pensar. De hecho, esos padres convencidos de que pueden influir en lo que sus hijos van a creer podrían asumir lealmente el reto de enfrentarse a ellos si ya no pueden utilizar la excusa de que su fracaso en adoctrinarlos es resultado de que la escuela adoctrina mejor. Buena suerte.

Lógicamente, alguien podrá pensar que esta escuela que defiendo es también resultado de una cierta agenda. Puede ser. Pero es tan poco invasiva que tiene ventajas objetivas: centrarnos en pocas e importantes cosas evitaría que los niños se dediquen a perder el tiempo en gilipolleces. La clave se encuentra en que no digo en qué consisten esas gilipolleces y que, por tanto, cada uno puede pensar en el ejemplo que más le convenza.

En una escuela así sería absurdo que los padres vigilasen qué se va a enseñar a los niños en cuestiones morales y políticas, porque, al margen de esos pocos axiomas, el resto de la información que recibiesen se les mostraría ya en entredicho. Pero, para que una idea así fuese admisible, sería preciso que todo el mundo renunciase a que la escuela fuese el primer campo de batalla de sus guerras culturales e ideológicas. El problema más evidente es ¿cómo van a aceptar esto esas personas que tratan como apestados a quienes piensan diferente hasta el punto de impedirles hablar en una universidad —el que debería ser máximo ejemplo de templo para la libre discusión—? Quienes realizan campañas para silenciar y perjudicar a los que sostienen las doctrinas que definen como «peligrosas» no van a aceptar lo más cuando no aceptan lo menos. Los que no creen en las sociedades libres y abiertas cuando se trata de adultos, nunca asumirán que la escuela produzca adultos libres y críticos.

Los niños no son propiedad de sus padres. Pero tampoco de los fanáticos que quieren convertir y convierten la sociedad en un lugar irrespirable para los ateos del credo respectivo. En cuanto al resto, bastaría con firmar una tregua para que toda esta absurda discusión desapareciera y pudiésemos tratar lo importante. Todo eso que menciono en el primer párrafo.