Sobre el placer de hablar con los muertos

 

Releo a Montaigne. Soy un vago. Si fuera francés y presuntuoso, diría que practico la nonchalance, pero para qué mentir. A lo que voy. No tomo notas, ni subrayo los libros con lápices de colores. Nunca lo hice. Tiempo ha, era capaz de conservar los tesoros en mi memoria. Como me sabía inmortal, relucían como si fueran de oro y la mar océana no pudiera herrumbrarlos. Hoy los veo menguar según los cazo y colarse por un agujero del bolsillo que no sé zurcir.

El caso es que ya leí el capítulo XIX de Los ensayos que parece hablar de aprender a morir como tarea de la filosofía y no sé si lo aprecié —seguro que no lo suficiente—, pero al releerlo he cobrado muchas piezas para este blog termodinámico. Para no perderlas voy a anotarlas (tomo la versión en francés de aquí; la española es la de Acantilado con algún cambio por capricho):

«(…) car pourquoy craindrions nous de perdre une chose, laquelle perduë ne peut estre regrettée? mais aussi puis que nous sommes menaçez de tant de façons de mort, n’y a il pas plus de mal à les craindre toutes, qu’à en soustenir une?

Que chaut-il, quand ce soit, puis qu’elle est inevitable ? A celuy qui disoit à Socrates ; Les trente tyrans t’ont condamné à la mort : Et nature, eux, respondit-il.

Quelle sottise, de nous peiner, sur le point du passage à l’exemption de toute peine!»

«(…) Por qué habríamos de temer la pérdida de aquello que, una vez perdido [la vida], no puede echarse de menos?; sino también, puesto que nos amenazan tantas formas de muerte, ¿no es peor temerlas todas que soportar una?

¿Qué importa cuándo será si es inevitable? A uno que le decía a Sócrates: “Los treinta tiranos te han condenado a muerte”, él respondió: “Y la naturaleza a ellos”.

¡Qué necedad afligirnos cuando estamos a punto de liberarnos de toda aflicción!»

Hasta aquí es excelente, pero vean:

«Comme nostre naissance nous apporta la naissance de toutes choses: aussi fera la mort de toutes choses, nostre mort.»

«Igual que nuestro nacimiento supuso para nosotros el nacimiento de todas las cosas, nuestra muerte matará todas las cosas.»

«Rien ne peut estre grief, qui n’est qu’une fois. Est-ce raison de craindre si long temps, chose de si brief temps ? Le long temps vivre, et le peu de temps vivre est rendu tout un par la mort. Car le long et le court n’est point aux choses qui ne sont plus.»

«Nada puede ser penoso si solo es una vez. ¿Es razonable temer durante tanto tiempo algo de tan breve duración? La muerte hace que sea lo mismo vivir mucho o poco tiempo. Nada son, en efecto, lo largo y lo breve en cosas que ya no existen»

«Mais nature nous y force. Sortez, dit-elle, de ce monde, comme vous y estes entrez. Le mesme passage que vous fistes de la mort à la vie, sans passion et sans frayeur, refaites le de la vie à la mort. Vostre mort est une des pieces de l’ordre de l’univers, c’est une piece de la vie du monde.»

«Pero la naturaleza nos fuerza a ello. Sal de este mundo, nos dice, como has entrado. El mismo tránsito que hiciste de la muerte a la vida, sin sufrimiento y sin miedo, vuélvelo a hacer de la vida a la muerte. Tu muerte es uno de los elementos del orden del universo, es un elemento de la vida del mundo»

«(..) c’est une partie de vous que la mort : vous vous fuyez vous mesmes. Cettuy vostre estre, que vous jouyssez, est également party à la mort et à la vie. Le premier jour de vostre naissance vous achemine à mourir comme à vivre.»

«(…) Es la condición de tu creación; la muerte es una parte de ti; huyes de ti mismo. Este ser que posees participa igualmente de la muerte y de la vida. El primer día de su nacimiento te encamina a morir tanto como a vivir»

«La vie n’est de soy ny bien ny mal : c’est la place du bien et du mal, selon que vous la leur faictes.»

«La vida, de suyo, no es un ni un bien ni un mal. Es el lugar del bien y del mal según lo que hagas de ella»

«Aussi avez vous beau vivre, vous n’en rabattrez rien du temps que vous avez à estre mort: (…)»

«Además, por mucho tiempo que vivas, no acortarás un ápice el tiempo que vas a estar muerto»

«La mort est moins à craindre que rien, s’il y avoit quelque chose de moins, que rien.»

«La muerte es menos temible que nada, si hubiese algo que fuera menos que nada»

«Elle ne vous concerne ny mort ny vif. Vif, par ce que vous estes : Mort, par ce que vous n’estes plus.»

«Ella no te concierne ni muerto ni vivo: vivo, porque existes; muerto porque ya no existes»

«D’avantage nul ne meurt avant son heure. (…) Où que vostre vie finisse, elle y est toute»

«Además, nadie muere antes de su hora (…) Dondequiera que termine tu vida, está completa»

«y a-il chose qui ne vieillisse quant et vous?»

«¿Hay alguna cosa que no envejezca a la vez que tú?

«Vous en avez assez veu qui se sont bien trouvés de mourir, eschevant par là des grandes miseres. Mais quelqu’un qui s’en soit mal trouvé, en avez vous veu?»

«Has visto a bastantes a los que morir les ha ido bien: han eludido de este modo grandes miserias. Pero ¿has visto a alguien a quien le haya ido mal?»

«Pourquoy crains-tu ton dernier jour ? Il ne confere non plus à ta mort que chascun des autres.»

«¿Por qué temes tu último día? No contribuye más a tu muerte que cualquiera de los restantes?»

En esas frases entresacadas, como en todo el capítulo y en todo el libro, late una retórica antigua. La misma que reencontramos en esos sonetos de Quevedo que nos hablan de la vida como el camino de la muerte y del nacimiento como su primer paso. Ah, de la vida. Las aprecio, además, por apuntar sus paradojas de forma tan sucinta y atinada.

Pero ¿qué me dicen de la renuncia a la idea de la vida como bien? A su mera descripción como «lugar» donde el universo se ordena creando cosas también destinadas a morir. Me pongo mis mejores galas e intento conversar: la vida disonante, inestable suma de seres momentáneos y fugaces. La vida enriqueciéndose y multiplicando la muerte en un potlatch glorioso. Como rizo en la espuma, sopa burbujeante que crece matando el combustible y se disipa mientras acelera su complejidad en una sucesión efímera, intrincada, violenta y bellísima.

La intuición en las palabras de Montaigne y su profundidad asombran. Incluso con sus añadidos —que encuentran en el texto completo— sobre una vida después de la vida, esa creencia que cualquier otro cristiano de hace cuatrocientos años habría convertido en el cimiento de sus reflexiones.

Él no. Sigo con mis intentos de charlar —con ustedes y con el fantasma—. La geometría si sirve, debería servir para el placer. No solo para el que se obtiene participando en la danza; también para el inesperado —mero y residual producto evolutivo— autoconocimiento. Seremos insectos nacidos del azar y del camino más rápido hacia la muerte térmica, pero mientras dure el día de nuestra existencia, hagamos que merezca la pena fabricando esas cortes en las que podamos preguntarnos, generación tras generación, por las razones de nuestras acciones.