Nunca digas de esta agua no beberé o este cura no es mi padre

 

Leo que Pablo Iglesias ha animado a los representantes de los agricultores a «apretar» porque tienen razón. No sé si Iglesias, tan entusiasta él del escrache, ha sufrido un episodio de eso que se llama desorden de personalidad múltiple y no ha caído en que esta vez podría terminar el asunto con un montón de oprimidos tractorizados rodeando el hotelito en el que reside con la señora ministra y su familia; o si tiene tanto hocico y su momento de epifanía actual es tan intenso que se la suda absolutamente lo que sus interlocutores puedan pensar; o si esto debe entenderse como una muestra de las preocupaciones de un auténtico hombre de Estado, al estilo de las que corrían por la cabeza del mariscal Mac Mahon cuando, en 1881, al serle presentado Camille Mortenol —oficial de marina, ingeniero, varias veces condecorado, negro guadalupeño, hijo de esclavo y primer alumno de su raza en la Escuela Politécnica de París— soltó aquello de: «Ah, ¿usted es el negro? Continúe así, continúe así« (*)

En fin, que no sé si cuando Iglesias dice «ah, ¿son ustedes los agricultores que dicen que el coletas come lubina y los agricultores en la ruina? Continúen así, continúen así» y los demás creemos que se chotea del personal, esto es consecuencia de nuestra incapacidad para siquiera vislumbrar las profundidades del pensamiento político-social de un gigante intelectual como él, pero el suceso —la mente escribe con renglones torcidos— me ha hecho recordar una historia que conozco de primera mano y que voy a relatar, con algunas modificaciones que introduzco por razones tanto artístico/literarias como preventivas. No obstante, les advierto de que lo que cuento a continuación está inspirado en personajes reales, como dicen en las pelis de sobremesa de Antena 3.

Ella era muy mona y en la España de los sesenta, muchas mujeres se casaban y no trabajaban. Así que, como era muy mona, se hizo novia de un joven que conducía un deportivo. A diferencia de las mujeres que se dedicaban a sus labores, en la España de los sesenta no había muchos jóvenes con deportivo. El joven era un «partido cojonudo». El menor de cuatro hermanos que iban a terminar siendo dueños de una empresa muy conocida por aquel entonces. Se casaron jóvenes, ella se prometía un matrimonio feliz y así lo preveían todos los de su entorno. Había hecho una gran boda, afirmaban deudos y amigos. Cuando murió el patriarca, la empresa pasó a los hijos. Uno de ellos se puso a cantar misa. Otro se dedicó al arte. Lo digo sin ironía. Incluso obtenía ingresos. Así que ambos renunciaron a dirigir la empresa y se conformaron con cobrar dividendos. Los otros dos tenían aspiraciones más prosaicas, y ya habían empezado a trabajar con el padre antes de su muerte. Sin embargo, desde ese momento sus trayectorias divergieron. Nuestro protagonista, el joven del deportivo, decidió que su lugar estaba en la cadena de montaje. Dio igual que sus hermanos, su mujer y todos sus parientes le preguntasen si se le había aflojado un tornillo. Estamos a mediados de los setenta y el joven se ha hecho comunista. Así que se calza un mono, cuelga el traje, renuncia a la administración y empieza a ensuciarse las manos en compañía de sus camaradas. A la vez que hace esto, continúa siendo dueño de una cuarta parte de la empresa y cobra dividendos. Cuando empiezan las huelgas, el joven del deportivo, ya no tan joven, se suma a ellas, protesta contra el patrón y pide aumento de sueldo. Es decir, protesta contra sí mismo. No se habla con los hermanos, ni va a las juntas. No cree en las vías intermedias ni en el eurocomunismo. Su mujer ha empezado a odiarlo —como lo odiará su numerosa prole según vaya creciendo—. Proclama que la única respuesta es la nacionalización de los medios de producción y que la empresa pase a ser, toda ella, de los trabajadores. Sus propios compañeros de trabajo empiezan a considerarlo un problema en la negociación con los jefes y a pensar que el tipo es una mezcla de jeta y gilipollas. La compañía empieza a tener pérdidas y ya no hay dividendos que repartir. Los otros hermanos deciden venderla cuando todavía pueden obtener un precio por ella. El hermano trabajador se opone de entrada y da por culo unos meses, pero al final, cuando se enfrenta a la tesitura de quedar en minoría en manos de personas con las que no ha cenado en nochebuena durante años, vende sus acciones como los demás y recibe su parte, empequeñecida por años de crisis. La esposa se dedica conscientemente a engordarlo, «a ver si así le da un infarto»,  según confiesa a sus allegados, pero el intento se revela como una tentativa inidónea de asesinato porque, aunque termina pareciendo un queso de bola, el exjoven del deportivo vive muchos años: Lo hace, por cierto, de las rentas que obtiene de la venta de las acciones, que no comparte con su mujer y sus hijos, a los que ha abandonado justo en ese momento. No puedo contarles gran cosa sobre su pensamiento político en estos años crepusculares, ya que el contacto con el resto de los miembros de su familia es prácticamente inexistente. Imagino que, como tantos idealistas, superó sus ingenuas creencias y evolucionó hacia posiciones más moderadas y complejas, compatibles con la vida de rentista.

(*) Algunos dicen que la anécdota es dudosa. ¡Qué sabrán ellos!