Coacciones selectivas

 

Me asquean la coacción y la violencia como vehículos para la imposición de las propias ideas. Solo acepto la violencia privada como legítima defensa en términos estrictos (es decir, con la exigencia de ataque inminente a los propios bienes y respuesta proporcional) y cuando se ejerce por el Estado legítimamente para aplicar las leyes democráticas —solo lo son las que se aprueban por asambleas democráticas y sin invadir los derechos y libertades esenciales de los individuos—. Por eso me asquea el escrache; también la protesta que pretende evitar que otros ejerzan sus derechos y libertades: el que revienta una conferencia, impide que alguien vaya a trabajar si quiere o persigue al minoritario, al diferente, al que piensa distinto. Más aún, las campañas de acoso suelen, incluso en el mejor de los casos y cuando se dirigen contra el tipo más execrable, heder a masa, a turba, a consigna, a argumento sin elaborar y a renuncia a la discusión civilizada. A peña con antorchas. Me asquean incluso cuando se dirigen contra los poderosos, imaginen cuando el afectado es cualquiera, ese ciudadano desconocido hasta que le toca convertirse en objeto de alguna campaña de rehabilitación.

Lo patético, sin embargo, es que esto, que debería resultar tan evidente, no se defienda realmente por casi nadie. En cuanto se trata de una causa que gusta mucho, el fan se apunta a las adversativas y a las «contradicciones». Y en esto, que es universal, mucha gente de izquierdas se sale de las tablas, como dicen los padres orgullosos. Están tan convencidos de que lo que proponen siempre es benéfico y de que los reaccionarios (ergo, los que no están a su izquierda) solo buscan el regreso a la caverna, que siempre justificarán los excesos de los suyos. Hay, además, algo idiosincrático en su comportamiento. Los que consideramos que la sociedad, la política y las instituciones deben estar al servicio de los individuos concretos —con miles de peros y matices—, somos menos proclives al uso coactivo de la acción colectiva, salvo en casos reglados. Los que creen que los individuos concretos deben estar al servicio de un individuo ideal que solo puede ir desarrollándose, con mayor o menor violencia, desde la acción de la sociedad, la política y las instituciones, son menos remilgados a la hora de aceptar la coacción colectiva organizada. De hecho, muchos creen que la auténtica libertad se alcanza así, a hostia limpia. Un nazi no cree en la autocrítica; un comunista la encuentra maravillosa. El primero te odia y quiere aniquilarte; el segundo también, pero solo quiere aniquilar tu yo. De hecho, deja de odiarte si te liberas convirtiéndote en una carcasa, un exoesqueleto que repite sus ideas. Esta es, para ellos, la prueba sublime de su razón.

Al final, el diálogo es prácticamente imposible. Mucha gente, la mayoría de hecho, considerará odioso el comportamiento de esos activistas antiaborto. Porque están fuera de las lindes del pensamiento mayoritario. Y esa mayoría aceptaría que el Estado pusiera freno a un abuso así. Sin embargo, esa mayoría desaparecerá en cuanto la causa sea otra y el objeto de la coacción sea un facha.

Por eso solo hay que admitir las formulaciones generales y huir de la tentación de legislar para casos concretos (eso de que lo ilegal sea acosar a mujeres que van a abortar y no acosar a cualquiera). Para evitar este ventajismo constante de los que solo creen en la libertad de manera instrumental, siempre que promueva sus propias causas.

Un ejemplo más de esa doblez:

El PSOE pacta con partidos tan nacionalistas como Bildu o ERC (uno hace homenajes a asesinos que mataron para acelerar la venida de la patria vasca; los otros se saltan la Constitución, organizan un referéndum ilegal, dan un golpe de Estado y se mean en más de la mitad de los ciudadanos de su protorrepública). Pero como es el PSOE el que pacta no hay problema de que con ello se esté rearmando ese nacionalismo virulento y se esté excluyendo a los que se supone que lo combaten (como Cs, el PP y el PSOE de antes de 2020). Eso sí, si se denuncia esa coalición, esa denuncia equivale a rearmar el nacionalismo español (véase que solo el nacionalismo español es malo para el señor Sevilla), realizar una política sectaria y de confrontación y expulsar al PSOE del constitucionalismo.

No digo nada nuevo. Por supuesto, mucha gente con sensibilidad progresista (sí, estoy siendo irónico) encontrará rápidamente unos argumentos finísimos para justificar estas disonancias. De gente que compara el tacticismo de Pedro Sánchez para agarrarse al poder como una lapa con las trolas que contó Lincoln para lograr la abolición de la esclavitud se puede esperar siempre lo mejor.