Yo sí te creo, Irene

 

La ministra Irene Montero ha anunciado que, gracias a su iniciativa política, en breve los policías dejarán de preguntar a las mujeres que denuncien una violación, si llevaban o no minifalda o si bailaban de manera provocativa.

Los aguafiestas de costumbre han irrumpido en tropel, afirmando que esto no sucede en España desde hace décadas. Vamos, la crítica de siempre. Se agarran a la literalidad de la frase para afirmar que la ministra miente, como si la realidad histórica no fuese inestable, interpretable, llena de vaivenes y sujeta a retrocesos. De hecho, ahí están los avances de la ultraderecha, que querría retornar a escenarios periclitados para desmentir a los desmentidores. Por eso es urgente amarrar las conquistas, aunque sea a base de repetir lo repetido y de legislar lo legislado. Es imprescindible que los y las policías destierren de sus mentes incluso el más minúsculo impulso de poner en cuestión que una mujer que denuncia esté mintiendo.

La perspectiva de género cumple una función profiláctica. Todo agente institucional que intervenga en cualquier procedimiento reglado ocasionado por una denuncia efectuado por una mujer, ha de creer a la mujer. Ya no basta con actuar como si la creyera. No basta con presumirla víctima; es preciso que sepa que lo es. De hecho, en el extraño supuesto, estadísticamente despreciable, de que la denuncia sea falsa en algún extremo relevante, seguiría siéndolo —víctima— y deberíamos buscar la causa profunda de ese comportamiento, sin excluir alguna forma de violencia sorda, sistémica, o alguna patología mental o de la conducta, frecuentemente asociadas a esas persecuciones supuestamente de baja intensidad, que, tras años de acumulación, se manifiestan en episodios autodestructivos. Porque —esto se olvida— es autodestructiva la denuncia en falso para la mujer que denuncia en falso. Sobre todo para la imagen de su reputación y la del resto de las mujeres. Por ser más preciso, para la imagen creada por la utilización desviada —otra forma de revictimización— de quien, por razones, siempre complejas, da el paso de contar algo en una comisaría que no se ajusta del todo a la verdad. Siempre, además, con el burdo argumento del mal que se causa a los hombres denunciados, como si los hombres no llevasen siglos beneficiándose de su situación de privilegio dentro del sistema; es decir, como si no fuese ese argumento un ejemplo más de privilegio. Los hombres, ya ven, no solo se imponen por la violencia a las mujeres, sino que pretenden que el sistema, ese sistema que se intenta cambiar, añada el privilegio de reclamar empatía y compensación cuando son denunciados en falso. Reclamar empatía y comprensión, como si fuesen mujeres. Se empieza por ahí y cualquier día alguien propondrá el disparate de que se crea a los hombres que denuncian un delito: por ejemplo, una supuesta denuncia falsa.

Como ven, hay que tener las ideas claras. Esa decimonónica y formal idea, tan «liberal», de que los agentes del orden y la justicia actúen como máquinas lógicas, sin alma, considerando que el crimen puede existir, pero atentos a la posibilidad de que todo sea un montaje, para supuestamente desde una posición casi científica proteger los derechos de los ciudadanos, ha de superarse. Y no basta con incluir protocolos y personal profesionalmente adiestrado para facilitar el tránsito a quien denuncia. Los paladines de la democracia formal reclamaban prudencia incluso en esto. En el peligro de convertir a las fuerzas del orden en agentes parciales, sentimentalmente comprometidos y por ello contaminados, al modo del viejo sistema inquisitorial en el que el policía, el fiscal y el juez se debían más al interés del Estado —la persecución del delito vista como instrumento de dominación— que a la protección del ciudadano. Su mojigatería, lo sabemos, pretendía y pretende ocultar el mantenimiento del statu quo; pero, roza lo grotesco, aplicada al genocidio y a la esclavización de las mujeres. Es preciso un giro copernicano. Que el espontáneo sí te creo, pase de máxima de experiencia a regla procedimental obligatoria y se enseñe y aplique sistemáticamente, con toda la fuerza y legitimidad del Estado.

Una apuesta valiente y decidida por un escenario de masiva afirmación de la verdad de las mujeres no supondrá un ápice de deterioro de los derechos de los hombres, aunque no deja de resultar paradójica tanta enervación en quienes llevan milenios beneficiándose de la sistemática denegación de la mitad de la población. No existe ese deterioro porque la sociedad resultante será mucho más justa y más benéfica en conjunto; y porque, con los pequeños desajustes que se ocasionan en todo proceso histórico revolucionario, la pandemia remitirá, amanecerá y veremos que era posible un mundo en el que no solo las mujeres, sino también los hombres crean siempre a las mujeres.

En resumen, me alegra ver a la señora Montero tan dinámica y audaz, con un derroche personal de afecto que, permítanme la hipérbole, casi resulta patológico, pese a lo atareadísima que se la ve. Lo auténticamente raro es que el homenaje espontáneo de sus colaboradores, que la agasajaron por sorpresa con una tarta, no se repita a diario.

Espero que no ceje y que, no solo siga utilizando las redes sociales, sino que intensifique su presencia —casi como en una versión de uno de esos realities en los que podemos contemplar las 24 horas del día a nuestros personajes favoritos—. Esta cruzada contra la opresión nos reclama a todos, pero qué mejor que identificarla en esa miríada de gestos de nuestra ministra que, pese a su cotidianeidad, funcionan como cargas de profundidad contra el heteropatriarcado, hoy sumergido, pero siempre preparado para lanzar sus torpedos contra el futuro que viene. Contra ese lugar perfecto que nos merecemos.