La mano del genio

Hace unos años escribí una entrada, que llamé Reforma y tradición, sobre el coral luterano. Si les parece bien, les ruego la relean, antes de seguir.

Pensé que, dado el carácter protagónico de Lutero en la historia de esta forma musical, utilizar Ein’ feste Burg, el número uno en el hit parade de la reforma, al comienzo y cierre de la entrada, estaría bien, y así lo hice.

Pero se me ha ocurrido una forma de completar aquella entrada que enlaza con la importancia del coral luterano como cajón de melodías simples, reconocibles y disponibles.

Hay un coral, Oh Lamm Gottes, unschuldig, atribuido a Nikolaus Decius, un monje discípulo de Lutero, que inicialmente fue utilizado como la versión reformista del agnus dei —el texto comienza oh, inocente, cordero de Dios— hasta que, expulsado de tan noble lugar por otro coral, este de Lutero, terminó cobijado en la música para la pasión.

Este es el coral de Decius.

Esta es la armonización de Bach en su BWV 401:

Como pueden observar, se trata de un coral arquetípico. Una melodía de perfil consonante, con ritmos sencillos, sin grandes saltos, fácil de cantar y recordar. Una melodía adaptada a un texto que será cantado por la comunidad en un acto de naturaleza litúrgico y que, por tanto, ha de ser comprensible sin esfuerzo.

Bach utilizó esta misma música en dos preludios corales, pero no es en ellos en donde quiero detenerme.

La Pasión según san Mateo, una de las obras cumbre de la música de todos los tiempos, se abre con un coro que se vuelve inolvidable con escucharlo una sola vez: Kommt, ihr Töchter. El texto es de Picander —seudónimo del más afamado libretista de Bach— y nos muestra, ya desde el inicio, a Cristo como el cordero que será sacrificado. El propio texto se articula como un diálogo, con preguntas y respuestas. Por ejemplo, nada más empezar:

Kommt, ihr Töchter, helft mir klagen,
Sehet – Wen? – den Bräutigam,
Seht ihn – Wie? – als wie ein Lamm!

Venid, hijas, ayudadme a lamentarme.
¡Mirad! ¿A quién? Al prometido.
¡Miradlo! ¿Cómo? Como un cordero

Recuerden que la Pasión se crea para una ceremonia religiosa que se efectúa en una iglesia en una fecha especialmente señalada. Tras un comienzo de una potencia expresiva apabullante —con un pedal que se extiende durante los primeros cinco compases y sobre el que Bach construye la inolvidable melodía en 12 por 8— era inevitable que un fiel luterano se identificase inmediatamente con las palabras que empezaba a escuchar y las interiorizase, situándose como protagonista de unos hechos que conocía perfectamente. Bach, al modo de un buen Hitchcock, no utiliza, como los malos directores un acorde que nos asusta antes del asesinato, sino que crea la tensión mostrando desde el primer momento el crimen que se anticipa y haciendo partícipe al espectador.

Para lograr un efecto más intenso de interpelación, ordena que sean dos los coros: el segundo es el que pregunta. El primero contesta.

Sin embargo, la auténtica vuelta de tuerca para el abrumado fiel, que debió ser similar a una electrocución, se produce cuando, a quemarropa, Bach introduce un tercer coro formado solo por sopranos in ripieno que cantan desde la galería del órgano, casi desde el cielo, una melodía que ese mismo fiel desprevenido conoce perfectamente: el coral de Decius.

Esa melodía sencilla y familiar, con notas sostenidas que ocupan partes enteras del compás, al surgir en un magma musical enormemente dramático, se transforma en algo completamente diferente, en un chorro de luz. El efecto debió ser como el del transparente de la Catedral de Toledo o del óculo del Panteón, cuando se despeja el cielo y el Sol aparece. Desde ese momento, a modo de cantus firmus, se repite, una y otra vez, degradando, desde las alturas y con  una inmovilidad casi atemporal, el drama humano en un episodio telúrico.

Bach escribió la música para ese tercer coro en tinta roja, la situó justo en el centro y no añadió el texto. No era necesario.

Ahora, si les apetece, disfruten de esta obra maestra absoluta.