Día internacional de mi tribu

 

Supongo que ya es bastante evidente que ciertas fechas han sido patrimonializadas. Frente a esto, caben dos posibilidades, o te empeñas en ir donde no solo no te quieren, sino que te insultan y te tratan a hostias, a ver si así logras algo más allá de convertirte en una diana anual —una estrategia que no parece muy exitosa—, o asumes la cuestión de fondo: hay una guerra cultural que no busca —pese a afirmar lo contrario— establecer acuerdos básicos universales, sino desarrollar su agenda. Una agenda que va más allá de la defensa de ciertas libertades y que pretende, utilizando movimientos bien vistos por la práctica totalidad de la gente, aplicar un programa radical y, a menudo, enloquecido.

Eso y convertir a los otros en los malos de la película; las fuerzas de la reacción. Si van, porque van a provocar con su apestosa presencia. Si no van porque no son partidarios de la igualdad de hombres y mujeres o de cualquier otra libertad básica que se quiera defender. Por cierto, en esto están todos. Los radicales y los tibios. Sí, también los de las adversativas.

Como es obvio, si optas por la segunda solución, hay que abandonar cualquier pretensión de que esas manifestaciones y actos sean representativos, y empezar a dejar clara constantemente su naturaleza sectaria, asumiendo las consecuencias.

A lo largo del siglo XX los negros norteamericanos lucharon por hacer efectiva la igualdad que proclamaba su Constitución. A esa causa se unieron muchos ciudadanos. De todas las razas. Sin embargo, algunos optaron por una versión excluyente (y bastante tarada, por cierto), conforme a la cual, de hecho los negros eran la raza superior. Esos tipos, racistas como los racistas que combatían —por más que la causa contra el racismo blanco estuviese más que justificada— construyeron un mundo en el que, no solo los blancos, todos ellos, eran basura, sino en el que muchos líderes negros que lucharon, sufriendo violencia, encarcelamientos y pagando a menudo con su vida, eran llamados tíos Tom. Ellos eran los únicos defensores de los negros. Los que no se unían a ellos eran traidores. Algunos de esos traidores, incluso salidos de sus filas —recuerden a Malcolm X— terminaron en la morgue.

En esto están intentando algunos convertir ciertos movimientos, aprovechándose de su buena fama. De paso, juegan a que la reacción hastiada de mucha gente les haga el caldo gordo. La animosidad contra ellos sería la prueba de la necesidad de su existencia y la urgencia de sus propuestas. Incendian y echan gasolina para justificar su extremismo. Y hace ya tiempo que no es cosa de cuatro chiflados de tuiter.

La consecuencia será —ya está siendo— la habitual: el péndulo. Mucha gente identificará ciertas causas que antaño les parecieron bien con los que las están pervirtiendo y creerán que atacando o renunciado a aquellas derrotarán a estos.

El problema es que, para dar la vuelta a esta perniciosa dinámica, harían falta dos cosas: perder el miedo a defender las convicciones propias sin necesidad de pedir permiso a la intelligentsia de turno y, lo más importante, que se dieran cuenta de la injusticia y del peligro los que no están como cencerros y aún no han sido expulsados, renunciando  a sacar tajada. Lo primero es difícil; lo segundo, en España, casi imposible.