Humildemente, recuerdo algunas virtudes

 

Ya saben que de siempre soy muy aficionado a los momentos históricos chungos. Son muy útiles como prueba de estrés y, por eso, nos muestran de qué somos capaces. En lo bueno y en lo malo.

No sé dónde nos llevará este que nos está tocando, pero ni en el peor de los escenarios que veo por ahí circulando se acercará a estar cerca del top de las catástrofes de la humanidad. Objetivamente. Sucede, sin embargo, que hemos mejorado mucho. Vivimos muchos más años y mucho mejor. Con mayor calidad en todos los sentidos que se nos puedan ocurrir. En todo el mundo. Ya no hay agujeros negros. Eso es lo que dicen los datos de manera indiscutible y nos hemos ido acostumbrando. Por eso somos más débiles psicológicamente y toleramos menos la frustración. Convertimos cualquier contratiempo antes cotidiano en una tragedia y nos quedamos sin adjetivos cuando las auténticas tragedias aparecen.

Como la historia nos confirma como una especie cabrona y resistente, quizás sea el momento de recordar algunas virtudes y actuar conforme a ellas.

Por ejemplo:

1.- No estaría de más cierto estoicismo. Muchos van (vamos) a enfermar y algunos se (nos) irán al otro barrio. Asumámoslo.

2.- También cierto escepticismo. No confiemos demasiado en que los gobernantes den con una clave rápida. Seguramente están tan confundidos como nosotros mismos y desbordados por los acontecimientos, aunque intenten disimular. De hecho, puesto que viven de echar la culpa a otros y de soltar trolas, algo así los sitúa en el peor de sus parajes imaginados: saben que su mercadotecnia habitual esta vez no servirá y alguno terminará con su cabeza clavada en una pica en mitad de una plaza. Hagamos algo inimaginable: premiemos a los políticos que empiecen a, al menos, aparentar que actúan responsablemente, incluso con riesgo para sus carreras. Quizás si premiamos la apariencia, sus conductas se ajusten realmente a lo que necesitamos.

3.- Seamos racionales. No confiemos en los políticos, pero sí en el sistema. El sistema no son los que gobiernan. Nuestras sociedades son muy complejas y están repletas de gente que sabe hacer su trabajo. Ahora mismo está funcionando a todo tren para encontrar una solución y esta llegará. Tendremos una vacuna, tendremos tratamientos. Con un coste económico y humano, pero llegarán.

4.- Qué decir de la prudencia. Facilitemos el funcionamiento del sistema. Hagamos caso de las recomendaciones y de las instrucciones. No demos bola a los bulos y bulo puede ser cualquier cosa. Como es obvio, hablo de la gente que actúa de buena fe, que ya sabemos que siempre hay un porcentaje de hijos de puta que por interés o por maldad quieren que todo reviente. En todo caso, si no sabe de lo que habla, cállese. Esto es más serio que el festival de Eurovisión.

5.- Y qué decir de la responsabilidad. De hecho, las reglas de conducta en las que hay acuerdo son bastante sencillas en esta ocasión. No hace falta estudiar un máster. Nos dicen los expertos que podemos minimizar la velocidad del contagio con un poco de disciplina personal. Las sociedades en las que la mayoría de la gente actúa con una cierta ética personal terminan desarrollando una ética colectiva que hace más difícil que prosperen el tramposo y el irresponsable. Buen momento para recordarlo.

6.- Fortaleza, amigos. Dejemos de lado la histeria y las quejas por gilipolleces. Y ahora empiezan a ser gilipolleces muchas cosas que eran legítimamente importantes hace una semana. No se queje, amigo, por no poder viajar, por tener que cuidar de sus hijos o de sus personas mayores, por perder dinero en su negocio. No dé la murga con paridas cuando estamos hablando de la vida de muchas personas y del colapso de nuestro sistema sanitario. Si todo va bien, pronto podrá volver a su rutina, incluida la rutina de quejarse por todo. Evitemos el ruido innecesario y el pánico.

Y no se me ocurre nada más.

 

Santa Bárbara. Claro.

En momentos de crisis es cuando se aprecia la importancia de ciertos valores personales. No me refiero a la responsabilidad individual, de la que tanto se está hablando. Esa, por supuesto. Este año y todos.

Me refiero a la importancia de la verdad. Cuando las certezas empiezan a desaparecer las personas buscan instintivamente alguien en quien creer. Alguien no solo capaz, sino en el que confiar.

El problema es que nuestra sociedad, en tiempos normales, ha premiado el ascenso de líderes que han hecho del embuste su modo de trabajar. Gente que no tiene problema alguno en faltar a su palabra de manera escandalosa. Tanto que sus cálculos se basan no en no ser detectados (es imposible que haya gente que no sepa, por ejemplo, que Sánchez es un embustero patológico, alérgico a la verdad y sin ética personal) sino en que se les perdonaría. Que la gente preferiría a su embustero antes que castigarlo.

Pero, por mucho que perdones a tu embustero en tiempos normales ¿lo quieres al mando cuando recuerdas por necesidad que la honestidad existe? 

La culpa es nuestra. Hemos transigido y perdonado tanto que hemos terminado encumbrando al cínico perfecto. Le hemos dado las claves bancarias a un estafador. Hablamos de responsabilidad estos días. Asumamos esta también.