Santa Bárbara. Claro.

En momentos de crisis es cuando se aprecia la importancia de ciertos valores personales. No me refiero a la responsabilidad individual, de la que tanto se está hablando. Esa, por supuesto. Este año y todos.

Me refiero a la importancia de la verdad. Cuando las certezas empiezan a desaparecer las personas buscan instintivamente alguien en quien creer. Alguien no solo capaz, sino en el que confiar.

El problema es que nuestra sociedad, en tiempos normales, ha premiado el ascenso de líderes que han hecho del embuste su modo de trabajar. Gente que no tiene problema alguno en faltar a su palabra de manera escandalosa. Tanto que sus cálculos se basan no en no ser detectados (es imposible que haya gente que no sepa, por ejemplo, que Sánchez es un embustero patológico, alérgico a la verdad y sin ética personal) sino en que se les perdonaría. Que la gente preferiría a su embustero antes que castigarlo.

Pero, por mucho que perdones a tu embustero en tiempos normales ¿lo quieres al mando cuando recuerdas por necesidad que la honestidad existe? 

La culpa es nuestra. Hemos transigido y perdonado tanto que hemos terminado encumbrando al cínico perfecto. Le hemos dado las claves bancarias a un estafador. Hablamos de responsabilidad estos días. Asumamos esta también.