Agárrame el cubata, que voy a opinar

 

Es inútil anticipar análisis sobre la reforma podemitosocialista del Código Penal hasta no ver el texto. No solo es inútil: es hacer el juego a esa propaganda infecta e indigerible que quiere mostrar España como un país atrasado, preso de la ignorancia, el fanatismo y la desigualdad, que recibe a Irene Montero y sus portatartas como el rayo de luz tras la tormenta.

Pero como síntoma del grave problema escuchen esto que dice Estefanía Molina (polítóloga, periodista, proyecto de jurista, columnista, analista, según propia definición en tuiter). Vayan al minuto 33’18”:

«Hasta ahora una mujer tenía que forcejear para que eso fuese considerado una intimidación, para que eso pudiese ser considerado una agresión sexual. Ahora lo que se pone en el centro, más o menos acertado, no, el sí es sí, es lo del consentimiento; es que hay recordar que Diana Quer forcejeó hasta la muerte, es que antes una mujer tenía que forcejear; es que la chica de la manada, como alguien consideró que no estaba intimidada en un espacio de tres metros cuadrados, eso no podía ser considerado al principio una agresión; yo creo que lo de la cuestión de pasar de la intimidación al consentimiento es importante y luego como se pueda demostrar o no también estoy de acuerdo que el debate es complicado»

Lo deprimente es comprobar, de nuevo, hasta qué punto ha calado el falso discurso y las trolas sobre el consentimiento en los delitos contra la libertad sexual en la regulación actual.

Hagamos un resumen sobre la jurisprudencia del Tribunal Supremo sobre agresión y abuso sexual:

1.- Hay agresión sexual cuando hay violencia. No digo más sobre esta, ya que la intervención se centra en la intimidación. Si hay violencia no hay consentimiento.

2.- Hay agresión sexual cuando concurre intimidación. Si hay intimidación no hay consentimiento:

a) La intimidación es la «amenaza de un mal, que no es imprescindible que sea inmediato (…), bastando que sea grave, futuro y verosímil». Aunque «también puede ser generada -sobre todo en el ámbito familiar- mediante una paulatina y persistente coerción y amedrentamiento … que va minando progresivamente su capacidad de decidir libremente (…)  hasta someterla a una sumisión absoluta, con nula capacidad de oponerse ante los males con que reiteradamente se le amenaza de no acceder a los deseos del sujeto activo».

b) No ha de ser «irresistible». Basta con que —considerando los hechos concretos— «resulte bastante para someter o suprimir su voluntad de resistencia». Para medir esto hay que considerar «las características objetivas del hecho o conducta ejecutados y a las circunstancias personales de la víctima, por lo que se incluye, como supuestos de intimidación suficiente, aquellos en los que, desde perspectivas razonables para un observador neutral y en atención a las circunstancias del caso, la víctima alcanza razonablemente el convencimiento de la inutilidad de prolongar una oposición de la que podrían derivarse mayores males, implícita o expresamente amenazados por el autor, accediendo forzadamente a las pretensiones de éste». Lo esencial es «la conducta del sujeto activo. Si éste ejerce una intimidación clara y suficiente, entonces la resistencia de la víctima es innecesaria pues lo que determina el tipo es la actividad o la actitud de aquél, no la de ésta». «Basta que sea suficiente y eficaz en la ocasión concreta para alcanzar el fin propuesto, paralizando o inhibiendo la voluntad de resistencia de la víctima y actuando en adecuada relación causal»

c) Es preciso que la víctima «haga patente su negativa de tal modo que sea percibida por aquél». «Lo que resulta trascendente es que quede clara la negativa a acceder a las pretensiones del autor, la necesidad de emplear violencia o intimidación para doblegar la voluntad y la idoneidad de la empleada en el caso concreto». Aunque, una vez producida la intimidación, el delito se consuma si aparentemente se consiente, puesto que «dada una situación que no le deja elección aceptable» debido a la «amenaza de dos males» la víctima se ve obligada a «optar por lo que considera en esos momentos el mal menor, lo que no puede entenderse como su consentimiento al mismo».

d) Dentro de la intimidación se incluye, como uno de los múltiples casos en los que puede tener lugar la intimidación ambiental: “Debe haber condena de todos los que en grupo participan en estos casos de agresiones sexuales múltiples y porque la presencia de otra u otras personas que actúan en connivencia con quien realiza el forzado acto sexual forma parte del cuadro intimidatorio que debilita o incluso anula la voluntad de la víctima para poder resistir, siendo tal presencia, coordinada en acción conjunta con el autor principal, integrante de la figura de cooperación necesaria»

Todo lo anterior aparece en una constante jurisprudencia que se remonta al siglo pasado. No se trata de sentencias aisladas, es la jurisprudencia constante del Tribunal Supremo.

3.- Hay abuso cuando no concurren ni violencia ni intimidación, pero el consentimiento es inválido. Por eso hablamos no solo de libertad sexual, sino de indemnidad, porque se parte de que hay quien directamente no puede consentir libremente.  Por ejemplo, porque esté privado de sentido, porque se trate de una persona afectada por un trastorno mental o incluso por una presunción basada en la edad de la víctima (menores de dieciséis años, a los que la ley directamente niega capacidad para consentir, con algún matiz). En decir, en estos caso tampoco hay consentimiento. Y tampoco se admite que exista consentimiento válido si existe engaño, abuso de autoridad o confianza, o el llamado abuso por prevalimiento que:

a) Consiste en el «aprovechamiento de cualquier estado o situación que otorgue al sujeto activo una posición privilegiada respecto del sujeto pasivo».

b) Bastando con que el autor sea «consciente» de esa situación de superioridad. No hace falta, por tanto, ni siquiera una negativa a la realización del acto sexual. Basta el aprovechamiento consciente de una situación de superioridad, creada o no, que coarte la libertad de la víctima, aunque no llegue a completar todos los requisitos de la intimidación.

El abuso es un delito muy grave, castigado con penas muy graves. La agresión sexual es más grave que el abuso, no porque no haya consentimiento válido (sino porque los medios comisivos, la violencia o la intimidación, y el ataque más intenso al bien jurídico protegido —la libertad sexual— lo requieren).

Volvamos al speech:

«Hasta ahora una mujer tenía que forcejear para que eso fuese considerado una intimidación, para que eso pudiese ser considerado una agresión sexual.»

Escandalosamente falso.

«Ahora lo que se pone en el centro, más o menos acertado, no, el sí es sí, es lo del consentimiento;»

Falso. Totalmente. No es ahora. En el centro de toda la regulación actual se encuentra la cuestión de la libertad. Es decir, la cuestión de si se consiente o no. Si no se consiente válidamente YA es delito. Muy grave.

«(…) es que hay recordar que Diana Quer forcejeó hasta la muerte, (…)»

Esto es flipante. El asesino de Diana Quer ha sido condenado a una pena de prisión permanente revisable con este Código. ¿Qué quiere decir Estefanía Molina, que la culpa del asesinato de Diana Quer se encuentra en la redacción de una norma que condena a su autor a la pena más grave posible? ¿Piensa que los asesinos y violadores van a asesinar y violar menos porque se redacte de otra forma el Código Penal?  ¿Qué broma macabra es esta?

«(…) es que antes una mujer tenía que forcejear; es que la chica de la manada, como alguien consideró que no estaba intimidada en un espacio de tres metros cuadrados, eso no podía ser considerado al principio una agresión;(…)»

Falso. El Tribunal Supremo, al castigar a los autores de la violación en Pamplona como violadores, no innovó: ya había una jurisprudencia consolidada sobre intimidación ambiental. El problema no era de ley o de interpretación jurisprudencial, sino de prueba y de subsunción de hechos probados concretos en un concreto tipo delictivo. Y, en todo caso, recordemos que esos ciudadanos están cumpliendo penas gravísimas en prisión como autores de varios delitos de violación (es decir de agresión sexual por concurrir intimidación) con el Código penal actual.

«(…) yo creo que lo de la cuestión de pasar de la intimidación al consentimiento es importante y luego como se pueda demostrar o no también estoy de acuerdo que el debate es complicado»

Qué decir sobre esto. Está todo mal.

Hablemos del consentimiento. Al margen de modificaciones del Código penal, siempre posibles, siempre discutibles, y que solo podemos analizar viendo el texto propuesto, el punto de partida está totalmente desenfocado. Ya todo gira en torno al consentimiento, porque la respuesta penal se fundamenta precisamente en la necesidad de proteger materialmente un bien jurídico, la libertad de los adultos y la indemnidad de los niños e incapaces, frente a agresiones intolerables. Dar a entender que nuestra legislación actual no se basa ya en el consentimiento es un dislate que solo puede ser producto de la ignorancia catedralicia o de la mala fe.

Verán que uso en el párrafo anterior el término «materialmente». Las normas penales no protegen ritos o formalismos huecos. No estamos en la antigua Roma firmando contratos solemnes. La norma protege la libertad real. Por eso, lo que importa no es, ni debe ser nunca, la forma del consentimiento, sino si este existe. De ahí que sea falsa la polémica sobre el consentimiento expreso, manifiesto, o sobre su forma. Sobre el sí es sí. Ya sabemos que solo sí es sí. Y está castigada ya y desde hace mucho cualquier actuación en la que no concurra un sí válido de la víctima. El problema es mucho más simple y complicado: probar que ese sí existía o no. Y probarlo respetando la presunción de inocencia.

Para que se entienda mejor: alguien puede consentir por escrito, incluso ante notario o ante una asamblea de diputados y senadores, y que ese consentimiento esté viciado o sea inexistente. Alguien puede decir sí en veinticinco idiomas y no querer realmente mantener relaciones sexuales y que esto lo sepa su agresor. Supongo que no es preciso que ponga ejemplos. Es cierto que un sí expreso es un modo de probar, pero no es una barrera infranqueable.

Por la misma razón, alguien puede expresamente decir no y, sin embargo, estar consintiendo. Y que esto lo sepa su pareja sexual. Y es cierto, de nuevo, que ese no es una prueba de que esa persona no quiere. Una prueba fortísima; pero tampoco es una barrera infranqueable.

No son barreras infranqueables porque siempre tenemos que buscar la verdad material.

Plantear la libertad sexual como un área en la que solo cabe el intercambio si ambos consienten por escrito o verbalmente o explícitamente, negando la posibilidad de indagar la voluntad real de las personas, supone introducir presunciones inatacables, deformar el derecho penal en un absurdo derecho ritual, derogar la presunción de inocencia y despreciar esos principios que sí nos permiten hablar de derecho penal civilizado. Supone además negar la existencia de innúmeras posibilidades reales que no pueden ser captadas con emoticonos.

Por tanto, esperemos que la reforma que se va a proponer no cambie nada sobre el consentimiento en materia de libertad sexual. Porque cualquier cambio solo podrá ser a peor.

En cuanto a los logros de la ministra Montero y sus palmeros, a la propaganda socialista y al papelón de los que compran alegremente estos avances históricos de cartón piedra, no puedo decir mucho más. Y para qué.

La mano del genio

Hace unos años escribí una entrada, que llamé Reforma y tradición, sobre el coral luterano. Si les parece bien, les ruego la relean, antes de seguir.

Pensé que, dado el carácter protagónico de Lutero en la historia de esta forma musical, utilizar Ein’ feste Burg, el número uno en el hit parade de la reforma, al comienzo y cierre de la entrada, estaría bien, y así lo hice.

Pero se me ha ocurrido una forma de completar aquella entrada que enlaza con la importancia del coral luterano como cajón de melodías simples, reconocibles y disponibles.

Hay un coral, Oh Lamm Gottes, unschuldig, atribuido a Nikolaus Decius, un monje discípulo de Lutero, que inicialmente fue utilizado como la versión reformista del agnus dei —el texto comienza oh, inocente, cordero de Dios— hasta que, expulsado de tan noble lugar por otro coral, este de Lutero, terminó cobijado en la música para la pasión.

Este es el coral de Decius.

Esta es la armonización de Bach en su BWV 401:

Como pueden observar, se trata de un coral arquetípico. Una melodía de perfil consonante, con ritmos sencillos, sin grandes saltos, fácil de cantar y recordar. Una melodía adaptada a un texto que será cantado por la comunidad en un acto de naturaleza litúrgico y que, por tanto, ha de ser comprensible sin esfuerzo.

Bach utilizó esta misma música en dos preludios corales, pero no es en ellos en donde quiero detenerme.

La Pasión según san Mateo, una de las obras cumbre de la música de todos los tiempos, se abre con un coro que se vuelve inolvidable con escucharlo una sola vez: Kommt, ihr Töchter. El texto es de Picander —seudónimo del más afamado libretista de Bach— y nos muestra, ya desde el inicio, a Cristo como el cordero que será sacrificado. El propio texto se articula como un diálogo, con preguntas y respuestas. Por ejemplo, nada más empezar:

Kommt, ihr Töchter, helft mir klagen,
Sehet – Wen? – den Bräutigam,
Seht ihn – Wie? – als wie ein Lamm!

Venid, hijas, ayudadme a lamentarme.
¡Mirad! ¿A quién? Al prometido.
¡Miradlo! ¿Cómo? Como un cordero

Recuerden que la Pasión se crea para una ceremonia religiosa que se efectúa en una iglesia en una fecha especialmente señalada. Tras un comienzo de una potencia expresiva apabullante —con un pedal que se extiende durante los primeros cinco compases y sobre el que Bach construye la inolvidable melodía en 12 por 8— era inevitable que un fiel luterano se identificase inmediatamente con las palabras que empezaba a escuchar y las interiorizase, situándose como protagonista de unos hechos que conocía perfectamente. Bach, al modo de un buen Hitchcock, no utiliza, como los malos directores un acorde que nos asusta antes del asesinato, sino que crea la tensión mostrando desde el primer momento el crimen que se anticipa y haciendo partícipe al espectador.

Para lograr un efecto más intenso de interpelación, ordena que sean dos los coros: el segundo es el que pregunta. El primero contesta.

Sin embargo, la auténtica vuelta de tuerca para el abrumado fiel, que debió ser similar a una electrocución, se produce cuando, a quemarropa, Bach introduce un tercer coro formado solo por sopranos in ripieno que cantan desde la galería del órgano, casi desde el cielo, una melodía que ese mismo fiel desprevenido conoce perfectamente: el coral de Decius.

Esa melodía sencilla y familiar, con notas sostenidas que ocupan partes enteras del compás, al surgir en un magma musical enormemente dramático, se transforma en algo completamente diferente, en un chorro de luz. El efecto debió ser como el del transparente de la Catedral de Toledo o del óculo del Panteón, cuando se despeja el cielo y el Sol aparece. Desde ese momento, a modo de cantus firmus, se repite, una y otra vez, degradando, desde las alturas y con  una inmovilidad casi atemporal, el drama humano en un episodio telúrico.

Bach escribió la música para ese tercer coro en tinta roja, la situó justo en el centro y no añadió el texto. No era necesario.

Ahora, si les apetece, disfruten de esta obra maestra absoluta.

Abogados de maltratadores, qué asco

 

Hace unos días me choteaba melancólicamente de una de las consecuencias de la llamada perspectiva de género: su función «profiláctica». Decía:

«Todo agente institucional que intervenga en cualquier procedimiento reglado ocasionado por una denuncia efectuado por una mujer, ha de creer a la mujer. Ya no basta con actuar como si la creyera. No basta con presumirla víctima; es preciso que sepa que lo es. (…) Esa decimonónica y formal idea, tan «liberal», de que los agentes del orden y la justicia actúen como máquinas lógicas, sin alma, considerando que el crimen puede existir, pero atentos a la posibilidad de que todo sea un montaje, para supuestamente desde una posición casi científica proteger los derechos de los ciudadanos, ha de superarse. Y no basta con incluir protocolos y personal profesionalmente adiestrado para facilitar el tránsito a quien denuncia. (…) Es preciso (…) [que] el espontáneo sí te creo, pase de máxima de experiencia a regla procedimental obligatoria y se enseñe y aplique sistemáticamente, con toda la fuerza y legitimidad del Estado.»

Es el problema de ciertos programas y construcciones ideológicos. Siempren van más allá. Fuerzan a la acción y exigen que todo el mundo se convierta. No basta con ser profesional; tienes que ser un activista convencido. Y si no lo eres, te conviertes en un enemigo y en una manifestación más del mal que hay desterrar.

Veamos un ejemplo de esto. Gabriela Bravo, fiscal de profesión, es consejera de Justicia y cosas de la Comunidad Valenciana. Y se le ha ocurrido esto:

«En este sentido también ha revindicado un Turno de oficio especializado en Violencia de Género que tenga carácter exclusivo, “es decir, –ha dicho– que el mismo letrado que asiste a una víctima, no pueda defender a un presunto maltratador”.»

Ya no basta con que los abogados de oficio deban cumplir determinados requisitos, como la antigüedad (tres años, cinco o incluso diez en el caso de algunos turnos especiales), que tengan despacho abierto, no superen cierta edad, disponibilidad de tiempo y, lo más importante, hayan realizado cursos generales (de práctica jurídica, de asistencia al detenido, etc.) y específicos (casación, Audiencia Nacional, menores, extranjería y protección internacional, jurado, mercantil, hipotecario, violencia de género, protección a víctimas de trata de seres humanos, vigilancia penitenciaria, y de amparo) [estoy utilizando las normas del Colegio de Abogados de Madrid]. En concreto, para poder estar integrado en el turno especial de violencia de género, hace falta no solo superar el curso específico, sino que se exige formar parte del turno general civil, de familia, y penal general, y se te obliga a prestar un asesoramiento jurídico integral a la presunta víctima e iniciar inmediatamente procedimientos civiles, penales, contencioso administrativos y sociales que «tengan causa directa o indirecta en la violencia padecida».

No, ya no basta con eso. Ahora se añade que no sean asquerosa sangre sucia. La causa exige abogados no contaminados por su contacto con presuntos maltratadores.

Véase que la exclusividad no se exige respecto de otras materias. De hecho, se presupone que el letrado que forma parte de los diferentes turnos de oficio debe cuidar de ser capaz de asumir correctamente esta tarea con todos sus derivados (no solo los procesos judiciales a veces duran años, sino que se incluyen las ejecuciones de las resoluciones). Es decir, no debes asumir tareas (ni estar integrado en turnos) que superen tu capacidad.

La «exclusividad», por tanto, no es tal. No se trata de que el Estado, por ejemplo, contrate abogados que solo se ocupen de defender a víctimas de violencia, con su contrato de trabajo, su sueldo y su horario. No, esta exclusividad es otra cosa. Se exige una profesión de pureza y de militancia. No hay otra manera de entender esta barrabasada.

Uno hace mucho tiempo que sabe que la buena gente no entiende al abogado defensor. De hecho, el abogado defensor en la cultura popular suele ser visto como ese tipo sudoroso y con la corbata medio desanudada si es una pobre rata de alcantarilla, o con trajes caros, la nariz manchada de cocaína y maletines con billetes verdes, si defiende a un hijoputa con dinero. No hay abogado que no haya sido preguntado en algún momento de su vida si no le da apuro defender a un criminal facilitando que pueda salir bien parado. Qué se le va a hacer, es lo que hay.

Pero que una fiscal proponga esto no puede explicarse por ignorancia. Una fiscal debe conocer cuáles son los elementos básicos de un Estado de Derecho y cuál es el papel en él del derecho a la defensa en su sentido material. Una fiscal no debería ni atreverse a dar a entender que un abogado solo puede ejercer bien su trabajo si no defiende a ciudadanos acusados de ciertos delitos.

Como tengo absoluta certeza de que la señora Bravo conoce perfectamente todo lo que expongo en el párrafo anterior es por lo que tengo que asumir la única interpretación razonable que se me ocurre. La señora Bravo no quiere abogados mejores: quiere abogados peores. Peores, pero comprometidos.

O, al menos, quiere vender la burra de que con medidas de este tipo se está haciendo frente a la violencia, como si uno de los problemas fuese el exceso de empatía de los abogados con los maltratadores y la duda razonable sobre el programa que llevará enseguida a alcanzar los diez millones de toneladas de azúcar.

Lo siguiente será que solo las mujeres puedan ser abogadas de ese turno de oficio. Y más tarde que solo lo puedan ser abogadas que militen en ciertos partidos o asociaciones, que no tengan parientes hombres acusados de maltrato y que piensen lo correcto. O, joder, ya puestos, que no mantengan ningún contacto con ningún hombre que no cuente con alguna certificación de calidad expedida por el organismo competente.

Pero todavía hay gente que se cree que esta deriva liberticida es cosa de dos pirados de tuiter.

Un análisis objetivo y sosegado de la situación actual

 

The “Red Death” had long devastated the country. No pestilence had ever been so fatal, or so hideous. Blood was its Avator and its seal—the redness and the horror of blood. There were sharp pains, and sudden dizziness, and then profuse bleeding at the pores, with dissolution. The scarlet stains upon the body and especially upon the face of the victim, were the pest ban which shut him out from the aid and from the sympathy of his fellow-men. And the whole seizure, progress and termination of the disease, were the incidents of half an hour.

But the Prince Prospero was happy and dauntless and sagacious. When his dominions were half depopulated, he summoned to his presence a thousand hale and light-hearted friends from among the knights and dames of his court, and with these retired to the deep seclusion of one of his castellated abbeys. This was an extensive and magnificent structure, the creation of the prince’s own eccentric yet august taste. A strong and lofty wall girdled it in. This wall had gates of iron. The courtiers, having entered, brought furnaces and massy hammers and welded the bolts. They resolved to leave means neither of ingress or egress to the sudden impulses of despair or of frenzy from within. The abbey was amply provisioned. With such precautions the courtiers might bid defiance to contagion. The external world could take care of itself. In the meantime it was folly to grieve, or to think. The prince had provided all the appliances of pleasure. There were buffoons, there were improvisatori, there were ballet-dancers, there were musicians, there was Beauty, there was wine. All these and security were within. Without was the “Red Death”.

It was toward the close of the fifth or sixth month of his seclusion, and while the pestilence raged most furiously abroad, that the Prince Prospero entertained his thousand friends at a masked ball of the most unusual magnificence.

It was a voluptuous scene, that masquerade. But first let me tell of the rooms in which it was held. There were seven—an imperial suite. In many palaces, however, such suites form a long and straight vista, while the folding doors slide back nearly to the walls on either hand, so that the view of the whole extent is scarcely impeded. Here the case was very different; as might have been expected from the duke’s love of the bizarre. The apartments were so irregularly disposed that the vision embraced but little more than one at a time. There was a sharp turn at every twenty or thirty yards, and at each turn a novel effect. To the right and left, in the middle of each wall, a tall and narrow Gothic window looked out upon a closed corridor which pursued the windings of the suite. These windows were of stained glass whose color varied in accordance with the prevailing hue of the decorations of the chamber into which it opened. That at the eastern extremity was hung, for example in blue—and vividly blue were its windows. The second chamber was purple in its ornaments and tapestries, and here the panes were purple. The third was green throughout, and so were the casements. The fourth was furnished and lighted with orange—the fifth with white—the sixth with violet. The seventh apartment was closely shrouded in black velvet tapestries that hung all over the ceiling and down the walls, falling in heavy folds upon a carpet of the same material and hue. But in this chamber only, the color of the windows failed to correspond with the decorations. The panes here were scarlet—a deep blood color. Now in no one of the seven apartments was there any lamp or candelabrum, amid the profusion of golden ornaments that lay scattered to and fro or depended from the roof. There was no light of any kind emanating from lamp or candle within the suite of chambers. But in the corridors that followed the suite, there stood, opposite to each window, a heavy tripod, bearing a brazier of fire, that projected its rays through the tinted glass and so glaringly illumined the room. And thus were produced a multitude of gaudy and fantastic appearances. But in the western or black chamber the effect of the fire-light that streamed upon the dark hangings through the blood-tinted panes, was ghastly in the extreme, and produced so wild a look upon the countenances of those who entered, that there were few of the company bold enough to set foot within its precincts at all.

It was in this apartment, also, that there stood against the western wall, a gigantic clock of ebony. Its pendulum swung to and fro with a dull, heavy, monotonous clang; and when the minute-hand made the circuit of the face, and the hour was to be stricken, there came from the brazen lungs of the clock a sound which was clear and loud and deep and exceedingly musical, but of so peculiar a note and emphasis that, at each lapse of an hour, the musicians of the orchestra were constrained to pause, momentarily, in their performance, to harken to the sound; and thus the waltzers perforce ceased their evolutions; and there was a brief disconcert of the whole gay company; and, while the chimes of the clock yet rang, it was observed that the giddiest grew pale, and the more aged and sedate passed their hands over their brows as if in confused revery or meditation. But when the echoes had fully ceased, a light laughter at once pervaded the assembly; the musicians looked at each other and smiled as if at their own nervousness and folly, and made whispering vows, each to the other, that the next chiming of the clock should produce in them no similar emotion; and then, after the lapse of sixty minutes, (which embrace three thousand and six hundred seconds of the Time that flies,) there came yet another chiming of the clock, and then were the same disconcert and tremulousness and meditation as before.

But, in spite of these things, it was a gay and magnificent revel. The tastes of the duke were peculiar. He had a fine eye for colors and effects. He disregarded the decora of mere fashion. His plans were bold and fiery, and his conceptions glowed with barbaric lustre. There are some who would have thought him mad. His followers felt that he was not. It was necessary to hear and see and touch him to be sure that he was not.

He had directed, in great part, the moveable embellishments of the seven chambers, upon occasion of this great fete; and it was his own guiding taste which had given character to the masqueraders. Be sure they were grotesque. There were much glare and glitter and piquancy and phantasm—much of what has been since seen in “Hernani.” There were arabesque figures with unsuited limbs and appointments. There were delirious fancies such as the madman fashions. There were much of the beautiful, much of the wanton, much of the bizarre, something of the terrible, and not a little of that which might have excited disgust. To and fro in the seven chambers there stalked, in fact, a multitude of dreams. And these—the dreams—writhed in, and about, taking hue from the rooms, and causing the wild music of the orchestra to seem as the echo of their steps. And, anon, there strikes the ebony clock which stands in the hall of the velvet. And then, for a moment, all is still, and all is silent save the voice of the clock. The dreams are stiff-frozen as they stand. But the echoes of the chime die away—they have endured but an instant—and a light, half-subdued laughter floats after them as they depart. And now again the music swells, and the dreams live, and writhe to and fro more merrily than ever, taking hue from the many tinted windows through which stream the rays from the tripods. But to the chamber which lies most westwardly of the seven, there are now none of the maskers who venture; for the night is waning away; and there flows a ruddier light through the blood-colored panes; and the blackness of the sable drapery appals; and to him whose foot falls upon the sable carpet, there comes from the near clock of ebony a muffled peal more solemnly emphatic than any which reaches their ears who indulge in the more remote gaieties of the other apartments.

But these other apartments were densely crowded, and in them beat feverishly the heart of life. And the revel went whirlingly on, until at length there commenced the sounding of midnight upon the clock. And then the music ceased, as I have told; and the evolutions of the waltzers were quieted; and there was an uneasy cessation of all things as before. But now there were twelve strokes to be sounded by the bell of the clock; and thus it happened, perhaps that more of thought crept, with more of time, into the meditations of the thoughtful among those who revelled. And thus too, it happened, perhaps, that before the last echoes of the last chime had utterly sunk into silence, there were many individuals in the crowd who had found leisure to become aware of the presence of a masked figure which had arrested the attention of no single individual before. And the rumor of this new presence having spread itself whisperingly around, there arose at length from the whole company a buzz, or murmur, expressive of disapprobation and surprise—then, finally, of terror, of horror, and of disgust.

In an assembly of phantasms such as I have painted, it may well be supposed that no ordinary appearance could have excited such sensation. In truth the masquerade license of the night was nearly unlimited; but the figure in question had out-Heroded Herod, and gone beyond the bounds of even the prince’s indefinite decorum. There are chords in the hearts of the most reckless which cannot be touched without emotion. Even with the utterly lost, to whom life and death are equally jests, there are matters of which no jest can be made. The whole company, indeed, seemed now deeply to feel that in the costume and bearing of the stranger neither wit nor propriety existed. The figure was tall and gaunt, and shrouded from head to foot in the habiliments of the grave. The mask which concealed the visage was made so nearly to resemble the countenance of a stiffened corpse that the closest scrutiny must have had difficulty in detecting the cheat. And yet all this might have been endured, if not approved, by the mad revellers around. But the mummer had gone so far as to assume the type of the Red Death. His vesture was dabbled in blood—and his broad brow, with all the features of the face, was besprinkled with the scarlet horror.

When the eyes of Prince Prospero fell upon this spectral image (which with a slow and solemn movement, as if more fully to sustain its role, stalked to and fro among the waltzers) he was seen to be convulsed, in the first moment with a strong shudder either of terror or distaste; but, in the next, his brow reddened with rage.

“Who dares?” he demanded hoarsely of the courtiers who stood near him—“who dares insult us with this blasphemous mockery? Seize him and unmask him—that we may know whom we have to hang at sunrise, from the battlements!”

It was in the eastern or blue chamber in which stood the Prince Prospero as he uttered these words. They rang throughout seven rooms loudly and clearly—for the prince was a bold and robust man, and the music had become hushed at the waving of his hand.

It was in the blue room where stood the prince, with a group of pale courtiers by his side. At first, as he spoke, there was a slight rushing movement of this group in the direction of the intruder, who, at the moment was also near at hand, and now, with deliberate and stately step, made closer approach to the speaker. But from a certain nameless awe with which the mad assumptions of the mummer had inspired the whole party, there were found none who put forth hand to seize him; so that, unimpeded, he passed within a yard of the prince’s person; and, while the vast assembly, as if with one impulse, shrank from the centres of the rooms to the walls, he made his way uninterruptedly, but with the same solemn and measured step which had distinguished him from the first, through the blue chamber to the purple—through the purple to the green—through the green to the orange—through this again to the white—and even thence to the violet, ere a decided movement had been made to arrest him. It was then, however, that the Prince Prospero, maddening with rage and the shame of his own momentary cowardice, rushed hurriedly through the six chambers, while none followed him on account of a deadly terror that had seized upon all. He bore aloft a drawn dagger, and had approached, in rapid impetuosity, to with-in three or four feet of the retreating figure, when the latter, having attained the extremity of the velvet apartment, turned suddenly and confronted his pursuer. There was a sharp cry—and the dagger dropped gleaming upon the sable carpet, upon which, instantly afterwards, fell prostrate in death the Prince Prospero. Then, summoning the wild courage of despair, a throng of the revellers at once threw themselves into the black apartment, and, seizing the mummer, whose tall figure stood erect and motionless within the shadow of the ebony clock, gasped in unutterable horror at finding the grave cerements and corpse-like mask which they handled with so violent a rudeness, untenanted by any tangible form.

And now was acknowledged the presence of the Red Death. He had come like a thief in the night. And one by one dropped the revellers in the blood-bedewed halls of their revel, and died each in the despairing posture of his fall. And the life of the ebony clock went out with that of the last of the gay. And the flames of the tripods expired. And Darkness and Decay and the Red Death held illimitable dominion over all.