Fue culpa tuya, espabilado

 

Hemos vuelto en España, con paso firme y rigor cadavérico, al paraíso sectario. En el discurso y la discusión públicos la mentira ya no existe porque la verdad ha desaparecido. Verdad y mentira se han convertido en pedruscos que lanzar al adversario. Todo es diáfano y de una simplicidad apabullante. Todo demuestra la maldad del bando contrario. Su maldad absoluta. Ya no se hacen prisioneros. No hablemos de los lerdos que son incapaces de entender el razonamiento más primario. Estos ya vivían en su burricie particular sin necesidad de ningún estímulo especial. Hablemos de los que sí distinguían y eran capaces de dar la razón en algo al de enfrente e incluso de afear algo al de al lado. Estos han corrido a embrutecerse voluntariamente, asumiendo que ha empezado una guerra, en la guerra hay que escoger bando y hay que dejarse de exquisiteces. Ahí está el embrutecimiento. Les parece que pensar, distinguir, señalar al amigo y aplaudir al contrincante cuando toca son exquisiteces. Qué cojones, llegan a creer que es una exquisitez el simple aseo personal, ese acto instintivo en una persona decente que impide que adapte conscientemente sus juicios y sus reflejos a la etiqueta de lo que juzga. Son los que te dicen que los otros son tan viles y despreciables, y sus intenciones tan perversas, que la única manera de combatirlos es no darles nunca la razón, porque eso es lo que quieren y al hacerlo caes en su trampa. Te dicen eso, pero lo que piensan en realidad es que la única manera de combatirlos es ser exactamente igual a ellos, pero no a los «ellos» reales, sino a los inventados. Esa carrera de armamentos es la que provoca que, al final, tantos terminen siendo exactamente como las caricaturas que dibujan sus peores enemigos y todos cumplan las expectativas ajenas.

Este camino de perversión se alimenta consumiendo la beneficencia y el equilibrio. Necesita del círculo vicioso que comienza el día en que dejas de presumir que los demás quieren básicamente lo mismo que tú y lo sustituyes por la sospecha. La sospecha, alimentada por los perturbados y los afines a los juegos intelectuales sobre cómo cometer el asesinato perfecto, se convierte pronto en certeza. El diablo existe y al diablo ni agua. El mundo se divide en dos: los míos y los otros, y entre los otros siempre están los que que no quieren que el mundo degenere en campo de batalla; así que estos reciben fuego desde todas partes, hasta que terminan refugiándose aquí o allí, travistiéndose, aunque solo sea travistiéndose en mudos.

Aquí estamos. El primer paso fue admitir la mendacidad y no castigar a los embusteros. Esa es la primera y más grave corrupción. El segundo es el fraude al sistema: usar las instituciones, no para lo que se crearon, sino para fines particulares, y pervertirlas si amenazan convertirse en un obstáculo. Desaparecida la honestidad intelectual y asumido que siempre será mejor uno de los míos, por mucho que mienta o robe, que uno de los otros, has dado el tercer paso y todo está perdido. El juicio ético ya solo cabe dentro de la propia tribu y siempre que no favorezca a la tribu contraria. Pronto la mentira o el delito dejan de ocultarse. Más adelante incluso se presume de ellos. Y los más capaces de degradarse acceden al mando, porque, en un mundo así, parecen los más eficaces. Esta es la última estupidez. La historia de la Humanidad demuestra que estos episodios desarrollan una inercia destructiva que termina, casi siempre, con daño y dolor, y con un montón de estupefactos desmemoriados preguntándose cómo pudimos llegar a esto y jurándose que no dejarán que se repita. Ponemos al mando a la peor gentuza, a la más dispuesta a envilecerse, por miedo y embotamiento, y estos nos devuelven el favor, comportándose como lo que son.

Supongo que será preciso que la mierda nos ahogue por completo para que reaccionemos y empecemos a cuestionarnos si todo esto fue buena idea. Con un poco de inteligencia, decencia y repaso de nuestra historia, sería innecesario. Eso es lo que más nos puede cabrear y desesperanzar. Que no necesitamos gigantes, sino gente normalita. Sin embargo, como no quiero terminar esta negra entrada con malos sentimientos, les diré que ayuda mucho asumir que está en marcha el peor escenario, pero que siempre puede ser aún peor de lo que imaginamos.