Miss Marte

Nunca he frecuentado las críticas literarias. Hay una razón. Cuando empecé a leer lo que ahora llaman no ficción y antes llamábamos literatura, ordenado como soy, me dije que no tenía mucha lógica leer un libro recién publicado sin leer antes todos esos que aparecen en los manuales y las enciclopedias. Todos no, claro; no soy tan estúpido. Dejémoslo en una buena muestra. La superioridad de este método me parecía evidente: me perdería, seguro, alguna joya, pero acertaría casi siempre, ya que si un libro permanece más de cien años en la memoria ha de ser por un mérito indiscutible, mientras que el libro recién publicado es una mercancía peligrosa si tienes poco tiempo que gastar. Corres el riesgo de perderlo. Yo no quería perder el tiempo; tenía mucho que aprender, mucho que disfrutar, mucho que construir. Luego, tras años de estragos, dejé de leer lo que ahora llaman no ficción.

Explico esto para no disculparme; a fuerza de no haber leído apenas críticas literarias, no sé cómo se escribe una decente. No tengo los recursos, ni conozco la jerga. No sé qué convierte una novela en una buena novela o, más modestamente, qué debo decir para convencer a otros de que una novela es una buena novela, sepa o no qué cojones es esto. De saberlo, tiraría de oficio, ya que Manuel Jabois es un amigo y deseo que venda muchos libros, y me imagino que quienes lean críticas de libros esperarán que estas sean correctas y ordenadas, y que digan lo que deben decir las buenas críticas literarias.

A falta de competencia, les cuento. He leído Miss Marte de tirón. En dos caminatas. Tampoco es una proeza; es más corta que Guerra y Paz. Al comprarla hoy llevaba en el bolsillo La Peste de Camus, a un tercio de su final, pero ¿quién no empieza a leer el libro que acaba de comprar, un poco al menos?

No me ha sorprendido que la novela esté muy bien escrita. Tampoco la presencia de esa pudibunda ironía, a veces sarcasmo, que, de puro natural, en otras ocasiones se declaraba independiente y se derramaba, pero a la que aquí ha aplicado un 155 que le ha venido muy bien. Será la edad, que le hace menos divertido. Como al querido Harry que abandona a Falstaff al ser llamado a mayores empresas, a Jabois lo ha poseído un déspota ilustrado y uno se alegra. Por la misma razón quizás, ha producido una obra poco sentimental y espero que le reconforte que esto sea así. El primer repelente de los sentimientos y las sensaciones es el sentimentalismo. Me parece que ha trabajado mucho en la estructura de la novela, porque no se nota, y ha logrado algo muy difícil: un ritmo perfecto mediante una trama que parece lineal, construida a base de puntos de vista. A los que somos aficionados a la música clásica nos pone mucho ver una partitura de orquesta y escuchar una obra maestra siguiéndola. Es como asistir a Hamlet desde detrás del escenario, con Shakespeare susurrándote pistas al oído mientras abres la boca como un memo. Yo creo que las buenas obras son siempre así, como esos magos que hacen los trucos despacio, pero con la desesperante certeza de que en esta ocasión el mago no te oculta nada. Ahí también ha acertado Jabois. Las sorpresas, que las hay, cuando aparecen ya estaban ahí desde siempre, como si el lector tuviese el lamentable superpoder de anticipar el pasado. Ese es otro acierto, la trama es inevitable. Podría, claro está, haberse desarrollado de otra forma, girar hacia allá, volver hacia otro lado, pero al no hacerlo, se vuelve inevitable, como una crónica de sucesos.

Lo menos bueno —para mí, aclaro, que de seguro lo que diré a muchos les parecerán dones preciosos—: aún es Jabois excesivamente brillante. Creo que necesita avillanarse un poco al escribir, querer menos a sus personajes. Les hace decir demasiadas cosas inteligentes. Es cierto que disfrutas con esas perlas, pero en ocasiones hay en ellas un exceso de virtuosismo, como de acento danés que te asegura el óscar. En todo caso, en toda la novela solo hay medio párrafo que yo habría tirado al fuego tras arrearle con una regla en los nudillos, por esnob y moderno. Solo medio párrafo. Espero, por supuesto, que en la próxima no haya ninguno. Digo que esto es lo menos bueno, a la vez que admito que el nivel inusualmente alto de emoción que consigue y mantiene quizás sea consecuencia precisamente de querer tanto a sus personajes y construirlos de una forma tan delicada. Decía antes que la obra no es sentimental y lo mantengo, lo que no impide que sí pueda definirse como romántica (y manda huevos, que ya he dicho que es inevitable como una crónica de sucesos). Quizás por eso no necesita acumular cadencias con decenas de compases antes de tomar un recodo. Voy a poner aquí algo porque me da la gana y a ver si se entiende esto:

Miss Marte es una historia perfectamente contada. Inteligente y emocionante. Venga, hágame caso. Yo dejé La Peste a medias, justo en el momento culminante, para empezar a leer las primeras hojas de la novela de Manuel Jabois y la terminé de una tacada. Ya me dirán si no es esta una buena recomendación.