El gran despertar hipócrita

Es curioso, y retrospectivamente inevitable, que ese producto puramente marquetinero de la supuesta democracia directa, articulada en forma de likes y votos a favor o en contra en redes sociales o plataformas similares, se haya terminado trasladando a cuestiones de mucha mayor gravedad que parecían intocables. Cuando le vendes al público que desaparecen los intermediarios y que es él, el «hombre de a pie», el que decide quién va a Eurovisión o a quién expulsan de un reality, a ver quién es el guapo que no cae en la tentación de usar ese mismo procedimiento para imponer una determinada política, ideología o decisión.

La tecnología es la que ha favorecido la expansión enloquecida y embrutecida de este tipo de procedimientos, aunque el fenómeno sea tan viejo como la humanidad. Hace décadas la única medida era la audiencia, pero el espectador, por más que insultase a un personaje odiado al salir en televisión o decretase al día siguiente a sus amigos o compañeros de trabajo sus verdades como puños, seguía siendo básicamente pasivo. Esto cambió el día en que todos, como simios, recibimos el regalo de un botón para expresar frustraciones y adhesiones, y se nos convenció de que nuestras opiniones realmente contaban como tales opiniones (cuando son una simple suma aritmética de las divisiones papales de turno).

Este protagonismo era pernicioso de por sí, pero se agravó al aparecer nuevos especialistas. Los intermediarios tradicionales, que con mayor o menor acierto se suponía pertenecían al círculo de los expertos en la materia objeto de discusión, fueron sustituidos por los que simplemente tenían éxito a la hora de obtener votos al momento. ¿Para qué cojones vas a buscar a tipos feos y poco comunicativos que sepan de algo y estén acostumbrados al estudio, constituir un comité, dar tiempo y esperar conclusiones reposadas, si para conseguir apoyo te basta con diez minutos vibrantes de mensajes simples que lleguen rápidamente a un número suficiente de tipos dispuestos a dejarse convencer de que eso es así y que tanto lo es que ellos mismos ya lo habían pensado antes? Con una mezcla adecuada de sentimentalismo, trazo grueso y simpleza obtienes más éxito que con procesos largos y difíciles que terminan en programas complicados de comprender, a menudo llenos de reservas y peros, y con fines a largo plazo. Esto, más que los planes educativos, es lo que explica que en la España de los 80 el programa «La Clave» fuera seguido por millones, mientras que hoy cualquier tertulia televisiva sea una basura repugnante en la que no se escucha un solo argumento inteligible, pobladas por los más capaces de berrear eslóganes oligofrénicos entre insultos.

Hay otra consecuencia de este proceso. Lo que antes era despreciado como expresión de bajos instintos, al ir ocupando todos los espacios de discusión, no solo ha envilecido el discurso público, sino que ha instalado sus procedimientos. Y esto se observa en el éxito de los programas identitarios y las cazas de brujas modernas. El problema no solo es la velocidad en el esparcimiento de supuesta información en bruto con todas sus versiones manipuladas, sino la prevalencia de un juicio puramente sentimental e irracional. La necesidad de que la gente decida rápidamente y sienta descargas de endorfinas impone una presentación de las «cuestiones litigiosas» digerible e inmediatamente discernible para el espectador medio. La única manera de tener éxito en esto es apelar a los sentimientos, convirtiéndonos a todos en adolescentes tribales. Si pierdes el tiempo con los matices o con consideraciones racionales, el espectador cambia de cadena. El caso se ha de presentar de manera potente y qué hay más potente que el amor, el odio, el miedo, la ira o el desprecio. Lo que se busca no es convencer a alguien utilizando argumentos racionales —esto implica tiempo y esfuerzo—, sino vender un producto, aunque eso exija llorar, indignarse, utilizar falacias infantiles como argumentos de autoridad o echar fango sobre alguien, reproduciendo los peores y más asquerosos miedos o prejuicios.

La deriva inevitable es que este procedimiento, propio de la telebasura, se va imponiendo y reintroduce nuevas formas de tribalización. Lo grupi se convierte en actividad respetable. Ya no son los adolescentes los que hacen el imbécil en la época que toca, vistiendo un uniforme y repitiendo comportamientos y mensajes, sino grupos enteros de personas que deciden etiquetarse sin avergonzarse por ello como miembros de un grupo definido por sexo, raza, comportamiento sexual o social, ideología o creencias. Estos grupos pararreligiosos no solo se muestran orgullosos de su pertenencia, sino que exigen poder coactivo, normalmente mediante su estabulación en espacios seguros para ellos, lo que impone al resto una censura que cada vez se reclama de forma más agresiva.

Estos movimientos están destinados al fracaso porque no se basan en ningún proceso de abstracción y categorización, sino en una vía de hecho tribal. Lo hemos visto constantemente a lo largo de la historia. Son productos transitorios que solo favorecen el ascenso al poder de tipos indecentes. Mientras tanto, sin embargo, causan un daño considerable a nuestras sociedades, embarcándolas en procesos destructivos y anticivilizatorios. La proclamación de que lo que importa es lo que creemos y no lo que pensamos, nos envilece. Proclamamos que los puestos más altos de la sociedad han de ser ocupados por personas que sirvan de guía moral, pero lo hacemos de forma banal, sin creer en ello. Como fórmula de estilo. Y al minuto de mostrarnos así, como hombres respetables y juiciosos, empezamos a vociferar contra instituciones nacidas de un terreno sembrado de sufrimiento, muerte y dolor, y destiladas con la sabiduría de generaciones. Como pequeños dioses en calzoncillos, decidimos —a gran velocidad para no cansarnos— sobre asuntos dificilísimos con el único instrumentos de la simpatía o la antipatía, porque te creo o te odio, legitimando así los programas más soeces, plebeyos y peligrosos de política pública. Y a esto se apuntan los enanos a los que hemos aupado irresponsablemente al poder, porque solo en ese fétido humus pueden prosperar.

Ahora que tan de moda está hablar de olas, no queda sino concluir que nos ha tocado ver cómo va subiendo esta ola de embrutecimiento colectivo travestido. Tendrá que empeorar aún más, hasta que algunos de los seducidos por la mugre empiecen a recular, se ponga de moda afirmar que siempre estuvimos en guerra con Eurasia y la gente empiece a despotricar contra esos conciudadanos tan equivocados, olvidando, una vez más, su carnet de afiliado. Hará falta una buena dosis de daño y un buen número de víctimas que se añada al que ya se ha producido. Ojalá este gran despertar hipócrita empiece pronto y pronto empiecen a darnos lecciones de moderación los que tanto chillan y están tan al cabo de la auténtica realidad de las cosas.