La izquierda y sus armarios

Este desnortado debate sobre si ETA era de izquierdas se resume bien aquí. Comparto básicamente la entrada de Prez. Sus argumentos. Pero creo que falta algo.

Se ha dicho que los términos izquierda y derecha son poco descriptivos ahora. Algo de esto hay. Un comunista lanza una piedra contra un militante de Vox y los que se lo reprochan desde la izquierda lo acusan de fascista, no de comunista revolucionario. Se hace megamillonario el hijo de un dirigente del Partido Comunista de China y uno no sabe si aplaudir su ascenso como derechista o izquierdista, como uno tampoco sabe cómo describir el propio régimen chino actual. Esto tampoco es nuevo. El régimen nazi o el fascista ya reúnen algunos rasgos que hoy vemos en China —con más eficacia— y en otros muchos países casi siempre en versiones más paletas: capitalismo de Estado, autoritarismo o totalitarismo, control social, políticas elefantiásicas, reparto amorfo de la riqueza entre élites corruptas inestables que actúan en paralelo, solapándose en esferas de influencia de límites difusos. También las versiones más ultramontanas del catolicismo son antiliberales. Digamos que hay patrones que se repiten.

Por ello los términos izquierda y derecha solo tienen utilidad descriptiva dentro de un círculo: el que engloba a los regímenes y partidos auténticamente democráticos. La definición del círculo es positiva y negativa. Los que están dentro creen en la existencia de libertades individuales y derechos fundamentales; defienden sociedades abiertas, un reparto del poder con sistemas más o menos sofisticados y/o intensos de contrapoderes y garantías; promueven un reparto pacífico y reglado del poder; admiten exclusivamente la imposición de intereses y políticas de grupos y tribus en un marco prefijado y esencialmente limitado por esas fronteras más allá de las cuáles solo hay leones. La definición es también negativa: son aquellos que no son liberticidas y autoritarios, o que apuestan por imponer políticas al resto del demos mediante métodos coactivos y violentos.

Estas definiciones se basan en la realidad. Quiero decir con esto que alguien puede caer fuera del círculo por defender determinadas ideas o programas (aunque no tenga ocasión de llevarlos a la práctica) —por ejemplo un programa racista— o por definirse como partidario de ideas «admisibles», pero no actuar realmente conforme a esa definición, utilizando subterfugios y mentiras más o menos elaboradas como forma de encubrimiento.

Un terrorista, por definición, está fuera del círculo. Esto es obvio. Sin embargo, la distinción contenida en el párrafo anterior tiene cierta utilidad. Un terrorista islamista no nos miente. Su visión de su religión le permite matar infieles para crear su reino en la tierra y lo hace abiertamente. Podemos decir que la chaladura es evidente. Algo parecido sucedía con los nazis. Su terror se basaba en construcciones y discursos tan enloquecidos y disparatados que necesitabas un contexto muy concreto, un programa de manipulación mental muy intenso o una acumulación de «tradiciones» casi milenaria para creer en ellos. Su acción casi siempre se presenta como defensiva, terapéutica. En su lenguaje es habitual que el programa pretenda extirpar algún tipo de enfermedad, una patología que nos ha hecho degenerar desde un pasado idílico y puro.

Frente a esto nos encontramos con los discursos milenaristas activistas. Los que quieren crear una sociedad nueva, un hombre nuevo; una y uno que nunca existieron. Para así acabar con el mal y la injusticia. Este tipo de discursos prevalecen más fácilmente porque su engaño es más sutil. Sí, también en gran medida son de tipo religioso. Te venden un más allá que ha de llegar si se paga un precio (aquí, ahora). Su mensaje suele ser igualitario y colectivista, porque la manera de convencer a la gente de que haga algo inmoral por una supuesta «buena causa» mediata y futura es convertir la libertad en egoísmo y el individuo que persiste en quintacolumnista solo por existir. Lo que los diferencia es la naturaleza de su paraíso: no es un paraíso pasado, sino uno que está por venir. Sus discursos legitiman la violencia como medio para un fin haciendo contabilidad creativa. Siempre hay que esperar un poco más y llegar un poco más lejos para empezar a vislumbrar el momento en que veremos el resultado. En aquellos el paraíso es una narración sobre el pasado antes del pecado; en estos es una narración sobre el futuro que espera a las generaciones venideras.

El terrorista de izquierdas suele pertenecer a este segundo grupo. Ponen bombas en sociedades pacíficas y democráticas no para traer la democracia, la paz, la justicia y la igualdad, sino para crear las condiciones en que esto sea inevitable según su biblia. El terror es el dolor del parto de una era llena de bienes.

La razón por la que es tan fácil para todas las personas dentro del círculo admitir que un terrorista pueda ser de derechas, nacionalista o religioso se sitúa en esa distinción sobre los discursos y la mentira. La derecha y la izquierda dentro del círculo saben que quien usa métodos violentos contra sociedades democráticas para aterrorizarlas y así imponer una visión nacionalista, racista o religiosa no son solo terroristas. El terror es el medio prohibido para «regresar» a sus paraísos idílicos. Por eso siguen siendo racistas, nacionalistas o prosélitos. También para el sector conservador que se sitúa dentro del círculo, que percibe con claridad que el uso de esos medios para fines solo folclóricamente relacionados con los suyos, como consecuencia de la dialéctica política dentro del círculo, los expulsa irremediablemente de su familia ideológica. De hecho, la familia liberal-conservadora dentro del círculo siempre enfatiza esta distinción por el miedo a que se les atribuya un pecado original (ahora explicaré esto).

Sin embargo, para el sector a la izquierda dentro del círculo, llegar a una conclusión similar respecto del terrorista de izquierdas es mucho más difícil por la persistencia de una serie de mitos y creencias. Cuando la izquierda era la burguesía, la derecha era la aristocracia. El pecado original de la aristocracia era evidente: formaba parte de un sistema irracional, basado en la sangre y en el parentesco. Cuando la burguesía tomó el poder, la izquierda logró que aceptase la herencia completa en el plano simbólico. Había algo de verdad en ello, pero poca. El burgués no era el aristócrata, pero terminó haciéndose perdonar el pecado heredado y con ello, a su pesar, admitió en la práctica la superioridad de la izquierda. Los propios hijos de la burguesía contribuyeron a ello con fruición y con el furor típico del traidor, ya que nutrieron las élites de los movimientos de izquierda. Decía que había verdad, pero poca, porque las primeras generaciones de burgueses que tomaron el poder en las sociedades occidentales eran conscientes de que todavía estaban excluyendo a una mayoría sin una justificación racional, a la vez que sabían que la evolución histórica hacia una mayor distribución del poder era inevitable. Esta era la verdad. La burguesía quería repartir el poder, pero sin renunciar a su poder económico. Y la izquierda convenció a todo el mundo de que solo acabando con el poder económico privado, lo que exigía la destrucción del sistema que lo permitía y alentaba, podría alcanzarse una auténtica democracia y libertad. Y esta era la mentira.

Lentamente, con la dilución de su poder, el establecimiento del sufragio universal y la creación (con influencias de todo tipo, algunas incluso manifiestamente autoritarias) de sistemas de protección social, la burguesía fue perdiendo sus pulsiones autoritarias más directas. Y lo mismo sucedió con un sector de la izquierda, que empezó creyendo que su retirada de la revolución para hacerse con su parte de la tarta era una retirada táctica, una fase, y terminó actuando como si ya no fuera posible. Su aplazamiento sine die de la revolución, auténtica renuncia, se hizo sin renunciar a sus mitos fundadores como sí habían hecho, sin dificultad, las derechas y los liberales con la herencia que se les atribuía. También creo que los fines de la izquierda fuera del círculo solo se parecen en un sentido folclórico a los fines de la izquierda dentro del círculo. Los hechos son tozudos y basta con ver la evolución, por ejemplo, de la socialdemocracia alemana. Pero a diferencia de la derecha, la izquierda ha querido mantener dentro de su familia a «sus» violentos, a «sus» autoritarios, a «sus» totalitarios. Su comportamiento es, en esto, sectario y, en su aspecto más tribal, mafioso. Repudian las bombas de los que ponen bombas, pero no renuncian a ese aspecto folclórico de sus mitos e ideales. El demócrata de derechas ve a Pinochet como un patán asesino. El de izquierdas ve a Castro como un hombre equivocado que comete excesos. Como ese primo tan majo que terminó en prisión. Alguien de la familia.

Esta disonancia es la que explica que, enfrentado al horror directo del atentado, el hombre de izquierdas dentro del círculo termine incluso afirmando que un etarra no es de izquierdas, sino solo un terrorista. Y que, a su vez, ese mismo terrorista sea admitido incluso con afecto una vez deja de matar, secuestrar o extorsionar (como ha sucedido también con ETA). Porque vuelve a casa. Y esa es la razón por la que en nuestra sociedad pueda un comunista ser ministro sin que se produzca un rechazo radical (como el que sucedería con un nazi). Un comunista es alguien que defiende una ideología que no puede presentar ningún ejemplo de aplicación práctica que se haya producido dentro del círculo. Siempre se ha implantado violentamente, ha producido resultados totalitarios y ha provocado millones de muertos. Sin embargo, la izquierda dentro del círculo sigue viéndose como la versión pragmática del mito. El comunista es el pariente exaltado, majete, al que no quieres dar la llave de la caja porque terminamos quebrados. No es el tipo que se pone la gorra a hostias para implantar una dictadura teocrática en la que dios es una lista de afirmaciones grandilocuentes que se lleva por delante incluso a los creyentes. El problema, te dicen, no es de las ideas, sino de las personas.

Esta es la cuestión. Mientras la izquierda dentro del círculo no rompa definitivamente con su pasado, también con el simbólico, seguiremos con estas milongas. Afirmaciones como las de Maneiro o las del tuit que inició esta discusión son un simple reflejo de esta mendacidad. Una mendacidad que recuerda, por cierto, a la del hombre blanco en el siglo diecinueve y principios del veinte. En esa época, se actuaba de manera universal como si los hombres blancos fuésemos superiores a los hombres de otras razas, pese a los mensajes de fraternidad universal y a las declaraciones de derechos del hombre. Decíamos una cosa y hacíamos la contraria.

Cuando las personas de izquierdas den el paso y admitan que el problema no deriva de la aplicación práctica de sus ideas fundadoras, sino de esas mismas ideas, a las que han renunciado en la práctica para sustituirlas por otras enormemente parecidas a las de sus vecinos conservadores y liberales, estarán preparadas para decir sin problemas que ETA era de izquierdas.

Mientras tanto, seguirán siendo mejores que los demás. Seguirán siendo dioses, como decía el príncipe de Salina. Inmunes al delito por la pureza de su corazón. Y veremos paradójicamente como Otegi, pasa de ser un simple terrorista y punto, a ser un señor de izquierdas, cuando, según afirma, no ha cambiado de manera de pensar en lo esencial. Cuando el buen hombre solo aplicó, antes, los manuales que adornan las librerías de tantos.

Un partido al que votar

Imaginen un partido que quisiera influir en la política española conforme a unos principios, líneas ideológicas, programas, pero que con carácter previo se definiese por unas limitaciones intrínsecas, estatutarias, que se convirtiesen en una especie de bandera negativa. Algo así:

1.- Nunca participar en un gobierno (del tipo que sea) salvo en el caso de haber ganado las elecciones de que se trate (y contar con apoyos para ello, propios o externos). De esta forma, ese partido X solo gobernaría cuando su acción de gobierno pudiese aplicar mayoritariamente su programa.

2.- Caracterizarse por apoyar, sin ningún tipo de contrapartida, la investidura de cualquier partido que hubiese ganado unas elecciones, incluyendo en el compromiso el apoyo para las líneas básicas de ese gobierno —por ejemplo, aprobación de presupuestos—, siempre que ese partido se comprometiese a:

  • Cumplir la Constitución y las leyes. No solo formalmente, sino su espíritu. Incluyan aquí perseguir la corrupción cuando se descubra.
  • No pactar con ningún partido ni apoyarse en ningún partido que promueva un programa político (o desarrolle una acción política) que implique el incumplimiento de la ley y la Constitución, la destrucción del sistema y de la nación constitucional, que defienda o justifique el uso de la violencia o la coacción como instrumento político, que, de manera directa o indirecta, atente contra los principios democráticos y los derechos humanos universales.
  • Rendir cuentas. Lo que incluye ser trasparente y pagar por la mentira.

(pagando el precio en caso de incumplir con su compromiso).

3.- Establecer un sistema de vigilancia del cumplimiento de estas líneas básicas de actuación que garantizase que fuesen independientes absolutamente (e incompatible su pertenencia a ambos) los órganos encargados de la política activa (y de la presentación a elecciones y la ocupación de cargos) de aquellos que deben interpretar estos límites estatutarios (que debería recaer precisamente en gente que no solo no quisiera hacer carrera política, sino que se viera impedida de hacerla mediante normas internas contra puertas giratorias). De forma que nunca fuese el líder o sus equipos los que decidieran sobre la política de pactos y sobre el propio cumplimiento interno de las normas estatutarias.

Un partido así sería un coñazo. Sería muy difícil que gobernase y, por tanto, hacer carrera en él resultaría complicado. Además, la incompatibilidad entre la carrera política y el control estatutario, dificultaría el control del aparato por los líderes, que tendrían que contar con esos órganos de control, que por sus propias limitaciones deberían recaer en militantes que no pretendiesen ser otra cosa que militantes. Sí, es posible que no funcionase perfectamente, pero haría más difícil el cesarismo, que hemos visto en tantos partidos «nuevos». Por cierto, esta evolución ya era evidente en Cs en 2007, cuando Rivera y su ejecutiva empezaron a saltarse los estatutos del partido.

Como decía, un partido así sería un coñazo. Una apuesta a largo plazo y dudosa. Su ideario atraería seguramente a gente con un perfil muy concreto, moderada, poco ruidosa, progresista (en su sentido estricto), dispuesta a discusiones aburridas sobre programas que considerasen los datos y nos los berridos o los artículos de fe, que lo vería incluso con algo de desapego, con cierta repulsa del activismo populista, y consciente de las muchas posibilidades de que no funcionase. Pero ¿y si lo hiciese? ¿Y si atrajese a un número suficiente de personas que solo quisieran ver en el Congreso y en el Senado (o en su ayuntamiento) una veintena de diputados que inclinasen la balanza, centrando y moderando la acción de Gobierno sin buscar más recompensa que cumplir con sus fines?

Ya sé que muchos, con sorna, dirán que ese es un partido a mi imagen y semejanza. Un partido con un solo votante. El famoso ME. Algo de verdad hay; aunque si fuera por eso, por pensar en mundos utópicos, optaría por un despotismo ilustrado que me tuviera a mí como déspota y a ustedes como súbditos agradecidos.

Sin embargo, algo parecido quisimos algunos —unos cuantos— hace mucho. A los pocos meses ya supimos que había fracasado. Yo sostuve entonces que había una ventana para convencer a 3 ó 4 millones de españoles. Y la aparición y muerte posterior de UPyD me llevó a afirmarlo de nuevo.

No sé si ahora, ante la deriva desastrosa de los partidos «nuevos» y la radicalización cada vez mayor de cada vez más número de españoles, ha pasado la oportunidad. Creo que ahora sería más difícil. Demasiado cinismo y hartazgo. Demasiada politología y hagiografía del táctico enano. Haría falta una especie de milagro. Soy perfectamente consciente, además, de la dificultad de poner en pie algo así, dada la naturaleza de los partidos y los perversos incentivos que crea. Su única oportunidad sería que naciera así, con casco y armadura, mientras no fuese nada y a sabiendas de que podría no dejar nunca de serlo.

Muy difícil. Quizás imposible. Pero estaría bien que existiese un partido al que votar por lo que es y no por lo que son los otros. Uno que no aspirase a ganar, sino a defendernos y a hacernos mejores. Uno que solo pudiera crecer y quizás prevalecer en una sociedad mejorada.

La hedionda cáscara

Aquí, a partir del 52’45” aproximadamente, pueden escuchar la discusión en la tertulia del programa de Carlos Alsina sobre la agresión a dirigentes y simpatizantes de VOX en Vallecas.

Siento pedirles que escuchen a Toni Bolaño, periodista insoportablemente sectario, pero sirve para ejemplificar algo.

Se le pregunta a Bolaño sobre la cuestión y este comienza sosteniendo que la clave es que ha habido una bronca. No dice una agresión. Y que por esta razón no nos hemos enterado de las propuestas de VOX. Que este es el mensaje que VOX quiere trasladar. Que los otros son tontos útiles. Que gracias a esto VOX ha conseguido mayor repercusión. Que no sabe si esto es un buen negocio para gente supuestamente de izquierdas y que esta estrategia no tiene sentido porque lo único que haces con ella es favorecer al que agredes en teoría.

Todo el discurso se centra en el efecto pernicioso que, dice, produce agredir a la gente de VOX. No se escucha una sola palabra sobre la inmoralidad de los hechos. Un oyente despistado podría pensar que esa omisión no implica que Bolaño no piense que la agresión es inmoral, pero incluso ese oyente puede salir de dudas simplemente escuchando la nueva intervención del tertuliano, a partir de 1h03’05”: tras los comentarios (más aseados, aunque no del todo satisfactorios) de otros tertulianos, Bolaño insiste en que esto favorece a Podemos y a VOX, porque activa su voto, pero que lo malo no es que se active el voto de Podemos, sino que estos cometan el error de hacer de altavoces de VOX; y cuando Casimiro García Abadillo le indica que hay una diferencia entre activar el voto haciendo un mitin y hacerlo lanzando piedras, ni siquiera entonces dice que, efectivamente, la hay, sino que se limita a afirmar (entre balbuceos) que no sabe si VOX es un partido democrático, que esto lo pone en duda y que los de Podemos se hacen un flaco favor al activar el voto de VOX.

Toda la intervención es un ejemplo de los males que nos han traído donde estamos. En vez de centrarse en lo esencial para un demócrata que crea en las reglas del pluralismo civilizado, su discurso se centra exclusivamente en el beneficio que supuestamente van a obtener los que odia. Los que intentan impedir un mitin político en el espacio público de manera violenta son “tontos útiles” que cometen “errores” y favorecen la estrategia de VOX, los agredidos en “teoría” que buscan esto para movilizar su voto y se aprovechan de ello. Más aún, cuando se le expone la asimetría cualitativa entre buscar repercusión con discursos y hacerlo impidiendo a ladrillazo limpio a alguien hacer campaña, cuando alguien pone la lupa en lo auténticamente grave, insiste en no valorar la conducta de los violentos, iguala a agresor y agredido, afirma que VOX no es democrático -sin decir nada de Podemos al respecto- y reitera que lo grave es el “flaco favor” que se hacen gentes “supuestamente” de izquierda con actos así que movilizan al votante de VOX.

No hay una sola palabra sobre el acto criminal y voluntario de los que, una vez más, deciden que el espacio público es suyo y nadie que les disguste pueda utilizarlo (aunque el acto sea legal). Ni una sola palabra sobre la naturaleza intrínsecamente inmoral y antidemocrática de esos energúmenos. Ninguna sobre el peligro, para el sistema y para todos nosotros, de legitimar estas conductas coactivas incompatibles con un sistema democrático, con independencia de que nos guste o disguste quien expone sus ideas (siempre que se trate de un partido legal). No; solo le preocupa el beneficio que de este comportamiento, según Bolaño, pueda obtener VOX, y en la gravedad de que los agredidos puedan ver su voto movilizado, lo que implica que estos hechos no serían graves o preocupantes o que incluso serían benéficos si estratégicamente desmovilizasen el voto que no le gusta. Es decir, que la cosa no sería preocupante si no beneficiase a las víctimas de la violencia. Por cierto, ya que hablo de esto, el mantra de que esta repugnante conducta beneficia al agredido es además una falacia. Lo hace o no; depende del lugar y las circunstancias. En todo caso, como premisa, hacer política bajo la presión de grupos violentos que se dedican a insultar y agredir a los que lo intentan y a los simpatizantes de los que lo intentan es siempre peor que hacerlo en un ambiente de tolerancia. Y cuando la presión se hace más intensa y no nos defendemos, los violentos ganan. Se ha visto en mil momentos y lugares. En España, esa anormalidad que parece preocupar a Bolaño solo si la víctima es un partido que le gusta, éxito de los fanáticos intolerantes, se dio y se sigue dando en el País Vasco y Cataluña.

Termino. Siempre hay gente que quiere pisotear el sistema y las instituciones y expulsar a los que no piensan como ellos. Tenemos que lidiar con gente así, con prudencia y proporcionalidad, precisamente para no ser como ellos. La anormalidad no es que existan y que, por épocas, parezcan dominar el ruido público y convertirse en más poderosos de lo que son. El problema es que haya quienes se intentan aprovechar de estas conductas para señalar a los adversarios políticos etiquetándolos como excusa para maniatar sus críticas, a la vez que dejan hacer, minimizando comportamientos antidemocráticos porque vienen del sector ideológico “correcto”. Hemos llegado en España al delirio de que se considere fascistas a partidos como Ciudadanos y PP, que ni en el más enloquecido viaje alucinado pasan de ser partidos similares a otros de centro y derecha de cualquier país democrático avanzado, y que esto sea alimentado por el PSOE, que se atreve a manchar a sus oponente por cualquier contacto que tengan con VOX, cuando se rodean en el Gobierno de comunistas, de populistas de extrema izquierda, y pactan con partidos que aplauden a asesinos múltiples que salen de prisión y partidos que quieren abiertamente acabar con la nación constitucional.

Esa aberrante inmoralidad solo es posible mediante la disociación que tan perfectamente se observa en los comentarios de Bolaño. Todo lo que es comprensión cuando se trata de los que pertenecen a los que perciben como miembros de la gran familia de la izquierda, por inadmisible que sea su conducta, se convierte en rigor cuando juzgan, no ya a VOX, sino al PP y a Cs, por hacer muchísimo menos de lo que ellos mismos han hecho y hacen. Para poder sobrevivir a esa esquizofenia moral tienen que chapotear en una ciénaga de mendacidad y presentarse como moderados, dialogantes y demócratas, cuando la realidad es que, por interés y soberbia, han degenerado en tramoya.

La irresponsabilidad histórica no se encuentra en los que se comportan como lo que son y hacen lo que les define. A esos no se les puede pedir nada. Se encuentra en los que por interés decidieron no dar ni agua a los que compartían principios con ellos. Al hacerlo renunciaron a esos principios, pero no renunciaron a la retórica. Al maldito y maloliente relato.

Las dos versiones

No he leído la entrevista de Espada al antiguo alcalde de Ponferrada, así que no puedo comentarla. El documental de NETFLIX me pareció muy malo (visual y argumentalmente), repetitivo y parcial. Todos los testimonios, que repiten lo mismo hasta el agotamiento, van en una dirección. Además, el documental casi no roza algunas cuestiones que nadie con afán real de ser objetivo habría eludido, como las relativas a las circunstancias que llevaron a Nevenka Fernández a presentarse en las listas del que luego sería su acosador. De hecho, convertir un documental en una hagiografía suele terminar en fracaso. No solo porque el espectador seguramente se dé cuenta (y tema que le estén vendiendo gato por liebre), sino porque mostrar la realidad en toda su complejidad deja sin excusas al que tuvo un comportamiento inmoral e incluso delictivo (como sucede en este caso). Cuando se comete un delito, la víctima no ha de tener un comportamiento irreprochable en todos los aspectos de su vida para que aquello se declare y para que se condene al culpable. Más aún, mostrar la realidad sirve para cambiar esquemas mentales que justifican conductas inadmisibles y que funcionan como rémoras para el avance social y civilizatorio. La verdad y el afán por enseñar todo lo relevante es el mejor antídoto.

El documental es muy malo, pero podemos ir a un documento mucho más autorizado: la sentencia del Tribunal Supremo que resolvió los recursos de casación (del alcalde condenado y de la víctima).

La sentencia de instancia no da por probados algunos episodios que aparecen en el documental (relatados por Nevenka Fernández). Pero, pese a omitir los aparentemente más escabrosos, queda establecido que:

«(…) la Sala sentenciadora narra cómo a partir de la negativa de Elsa a continuar las relaciones sexuales con Luis Antonio, éste cambia de actitud y se producen algunas situaciones significativas. Así, en el pleno municipal celebrado el día 22 de mayo de 2002, con ocasión de tratar sobre un asunto relacionado con las tasas de las terrazas de verano, le recrimina públicamente a Elsa “no llevar bien preparada la sesión”, llegando al finalizar la sesión a tirar los papeles al suelo, diciendo: “esto es una mierda”, lo que motivó que la querellante abandonara la reunión llorando; el día 23 de mayo de 2000, el acusado deja sin efecto un anterior decreto por el que le delegaba determinadas atribuciones, sin que exista causa alguna que lo justificara; el 26 de junio de 2000, la desplaza del despacho que tenía asignado en el edificio consistorial a otro edificio colindante; el día 22 de septiembre de 2000, desconvoca -para desacreditarla- una junta del I.M.F.E. (cuya presidencia había asumido Elsa, y a la que había asignado el nuevo despacho), so pretexto de un inadecuado orden del día, y finalmente, tras la baja originada por estos hechos, se produce una reducción de sus emolumentos, “lo que en situaciones análogas no se habría hecho con otro Concejal del mismo grupo”. Estos acontecimientos, ciertamente de naturaleza objetiva, han provocado en la víctima una situación gravemente humillante. El acusado, tras el cambio de actitud que se produce como consecuencia de la negativa a continuar las relaciones sexuales, siempre siguiendo el “factum”, intangible en esta vía casacional, no solamente humilla públicamente a la querellante en el curso de una sesión plenaria municipal, al punto de tirar los papeles al suelo y dirigirse a Elsa en términos de público reproche, sino que, sin justificación aparente, le retira la delegación de atribuciones, sin causa que ampare ese comportamiento, la traslada de despacho a otro edificio, por más que éste sea colindante con el ayuntamiento, y concluye su acción disminuyéndola el sueldo a partir del día 22 de septiembre de 2000, a causa de la baja laboral que sufre, cuando esto no se hubiera hecho con otro concejal de su grupo, si nos atenemos a los hechos declarados probados por la sentencia recurrida. El acusado con su actuación, provoca una situación de humillación y grave perjuicio, hasta allá donde sus prerrogativas se lo permiten, sin más justificación aparente que el rechazo a su solicitud de continuar las relaciones sexuales, igualmente para ser fieles con el relato factual.


Este resultado se encuentra, pues, en conexión causal con la aludida solicitud o pretensión, resultando dicha conexión del mismo relato probatorio, habiendo actuado el acusado con dolo, entendiendo por tal elemento subjetivo el simple conocimiento del riesgo potencial de poner en peligro el bien jurídico protegido por la norma, o si se prefiere, desde otra vertiente más clásica, la voluntad de infringir la norma jurídica con conocimiento de sus contornos fácticos, que el agente despliega de forma consciente. El dolo es palpablemente concurrente, y ni siquiera ha sido frontalmente puesto en entredicho por el recurrente.»

Al leer la sentencia se observa que las inconsistencias que denuncia el acusado en la declaración de la denunciante (que los peritos explican por el tipo de patología padecida por Nevenka Fernández) se centran en cuestiones accesorias, intrascendentes o situadas fuera del núcleo de aquello por lo que se condenaba.

Hay algo más. Los dos votos particulares son muy interesantes. En uno de ellos se considera (como ya se afirmaba en un voto particular de la sentencia de instancia), que no podía existir delito al no existir una situación de jerarquía o de relación laboral o de servicios, puesto que esta relación no se da entre un concejal y un alcalde. Pero lo más interesante, en lo que ambos votos particulares coinciden, es en que el acusado debió ser condenado también por un delito de lesiones. Así, un voto particular afirma:

« Concurren para ello todos los elementos establecidos en la norma, a saber:


a) El empleo de medios o procedimientos por parte del acusado, hábiles para la causación de la lesión (…) b) La indudable intención lesiva de esa conducta, motivada por la frustración causada por el rechazo manifestado por la víctima a proseguir la relación sentimental interrumpida y apoyándose además en el conocimiento, por su autor, de la fragilidad psíquica de la mujer, anteriormente puesta de manifiesto ante él. c) El resultado consistente en menoscabo de la integridad mental de la querellante, debidamente constatado por los informes médicos obrantes en las actuaciones. d) La necesidad objetiva de tratamiento médico-psiquiátrico dispensado a la lesionada (…) e) La relación de causalidad, también pericialmente afirmada, entre la conducta del querellado y ese resultado lesivo padecido por la querellante.


Elementos todos ellos que (…) aparecen (…) con la lectura de la literalidad de la intangible narración de los Hechos Probados contenida en la Resolución de instancia, en especial cuando en ella se dice que:

“En la actualidad Elsa , recuperada de la depresión sufrida como consecuencia de los hechos expuestos, se encuentra trabajando en Inglaterra con total normalidad, ha remitido por completo el cuadro clínico diagnosticado y no persisten secuelas. El facultativo que ha informado expresamente sobre su sanidad manifiesta además, para el caso de que se consideren probados los hechos, un tiempo de tratamiento de 187 días, mismo tiempo que habría estado impedida para sus ocupaciones habituales. Dicha lesión habría requerido para su curación, primera asistencia facultativa seguida de tratamiento médico posterior (folio 1.403). Sin embargo, la duración del tratamiento y el tiempo real que estuvo impedida para sus ocupaciones, no aparece exactamente acreditado y existen discrepancias, no esenciales, en el diagnóstico de la enfermedad que padeció Elsa .”

(…) No puedo compartir semejante pronunciamiento al entender que los términos de la Sentencia de los Jueces “a quibus”, literalmente transcritos, son expresivos, con claridad, de la concurrencia de los elementos integrantes del delito, incluída la necesidad de tratamiento médico, aún cuando exprese dudas acerca de la duración del mismo, lo que tan sólo podrá tener repercusión en el aspecto indemnizatorio de los resultados de la infracción, que evidentemente también habrían de cuantificarse. Es evidente que un trastorno diagnosticado, sin duda, como “depresión”, que cursa durante meses, ostenta la suficiente entidad para requerir verdadero tratamiento psiquiátrico.»

El otro voto particular añade:

«Pues bien, en el caso examinado, no sólo es que, como se ha dicho, ese tratamiento médico se ha realizado realmente, sino que, aunque ello no hubiera sido así, es claro y meridiano que la lesión psíquica sufrida por la víctima según “los documentados informes periciales cuya credibilidad está fuera de discusión” (F.J. Tercero de la sentencia), diagnosticada por dos especialistas en psiquiatría y un psicólogo (el “factum” señala que además de la asistencia a urgencias donde fue atendida y diagnosticada por la Dra. Psiquiatra Mariana, fue atendida en 27 de septiembre; 5 y 8 de octubre y 24 de noviembre de 2.000 por el también psiquiatra Dr. Carlos María, y “en múltiples ocasiones posteriores desde el 12 de febrero de 2.001 por el psicólogo Don Eugenio ), esa lesión, repito, considerada en su propia objetividad, es de las que, según la experiencia científica acuñada en similares diagnósticos, requiere necesariamente una atención médica de naturaleza psiquiátrica y psicológica más o menos prolongada en el tiempo para la curación del paciente.»

La verdad es que los argumentos de los votos particulares son bastante consistentes. Podría decirse, en consecuencia, que el acusado salió bien parado, a la vista de lo que les enlazo. Salió como delincuente, pero bien parado.

Vi el documental por culpa de un tuit. Alguien decía que era imprescindible y una noche que andaba insomne, me lo tragué de tirón. No les recomiendo que lo hagan. Es un producto indigerible. Con tesis, pero tan torpemente expuesta que solo convencerá al convencido.

Tampoco es que les recomiende que lean la sentencia. Esos documentos suelen ser farragosos, así que ustedes sabrán. Su ventaja sobre el documental, en todo caso, es que la sentencia sí recoge la versión de las dos partes. No vean si la recoge.