La hedionda cáscara

Aquí, a partir del 52’45” aproximadamente, pueden escuchar la discusión en la tertulia del programa de Carlos Alsina sobre la agresión a dirigentes y simpatizantes de VOX en Vallecas.

Siento pedirles que escuchen a Toni Bolaño, periodista insoportablemente sectario, pero sirve para ejemplificar algo.

Se le pregunta a Bolaño sobre la cuestión y este comienza sosteniendo que la clave es que ha habido una bronca. No dice una agresión. Y que por esta razón no nos hemos enterado de las propuestas de VOX. Que este es el mensaje que VOX quiere trasladar. Que los otros son tontos útiles. Que gracias a esto VOX ha conseguido mayor repercusión. Que no sabe si esto es un buen negocio para gente supuestamente de izquierdas y que esta estrategia no tiene sentido porque lo único que haces con ella es favorecer al que agredes en teoría.

Todo el discurso se centra en el efecto pernicioso que, dice, produce agredir a la gente de VOX. No se escucha una sola palabra sobre la inmoralidad de los hechos. Un oyente despistado podría pensar que esa omisión no implica que Bolaño no piense que la agresión es inmoral, pero incluso ese oyente puede salir de dudas simplemente escuchando la nueva intervención del tertuliano, a partir de 1h03’05”: tras los comentarios (más aseados, aunque no del todo satisfactorios) de otros tertulianos, Bolaño insiste en que esto favorece a Podemos y a VOX, porque activa su voto, pero que lo malo no es que se active el voto de Podemos, sino que estos cometan el error de hacer de altavoces de VOX; y cuando Casimiro García Abadillo le indica que hay una diferencia entre activar el voto haciendo un mitin y hacerlo lanzando piedras, ni siquiera entonces dice que, efectivamente, la hay, sino que se limita a afirmar (entre balbuceos) que no sabe si VOX es un partido democrático, que esto lo pone en duda y que los de Podemos se hacen un flaco favor al activar el voto de VOX.

Toda la intervención es un ejemplo de los males que nos han traído donde estamos. En vez de centrarse en lo esencial para un demócrata que crea en las reglas del pluralismo civilizado, su discurso se centra exclusivamente en el beneficio que supuestamente van a obtener los que odia. Los que intentan impedir un mitin político en el espacio público de manera violenta son “tontos útiles” que cometen “errores” y favorecen la estrategia de VOX, los agredidos en “teoría” que buscan esto para movilizar su voto y se aprovechan de ello. Más aún, cuando se le expone la asimetría cualitativa entre buscar repercusión con discursos y hacerlo impidiendo a ladrillazo limpio a alguien hacer campaña, cuando alguien pone la lupa en lo auténticamente grave, insiste en no valorar la conducta de los violentos, iguala a agresor y agredido, afirma que VOX no es democrático -sin decir nada de Podemos al respecto- y reitera que lo grave es el “flaco favor” que se hacen gentes “supuestamente” de izquierda con actos así que movilizan al votante de VOX.

No hay una sola palabra sobre el acto criminal y voluntario de los que, una vez más, deciden que el espacio público es suyo y nadie que les disguste pueda utilizarlo (aunque el acto sea legal). Ni una sola palabra sobre la naturaleza intrínsecamente inmoral y antidemocrática de esos energúmenos. Ninguna sobre el peligro, para el sistema y para todos nosotros, de legitimar estas conductas coactivas incompatibles con un sistema democrático, con independencia de que nos guste o disguste quien expone sus ideas (siempre que se trate de un partido legal). No; solo le preocupa el beneficio que de este comportamiento, según Bolaño, pueda obtener VOX, y en la gravedad de que los agredidos puedan ver su voto movilizado, lo que implica que estos hechos no serían graves o preocupantes o que incluso serían benéficos si estratégicamente desmovilizasen el voto que no le gusta. Es decir, que la cosa no sería preocupante si no beneficiase a las víctimas de la violencia. Por cierto, ya que hablo de esto, el mantra de que esta repugnante conducta beneficia al agredido es además una falacia. Lo hace o no; depende del lugar y las circunstancias. En todo caso, como premisa, hacer política bajo la presión de grupos violentos que se dedican a insultar y agredir a los que lo intentan y a los simpatizantes de los que lo intentan es siempre peor que hacerlo en un ambiente de tolerancia. Y cuando la presión se hace más intensa y no nos defendemos, los violentos ganan. Se ha visto en mil momentos y lugares. En España, esa anormalidad que parece preocupar a Bolaño solo si la víctima es un partido que le gusta, éxito de los fanáticos intolerantes, se dio y se sigue dando en el País Vasco y Cataluña.

Termino. Siempre hay gente que quiere pisotear el sistema y las instituciones y expulsar a los que no piensan como ellos. Tenemos que lidiar con gente así, con prudencia y proporcionalidad, precisamente para no ser como ellos. La anormalidad no es que existan y que, por épocas, parezcan dominar el ruido público y convertirse en más poderosos de lo que son. El problema es que haya quienes se intentan aprovechar de estas conductas para señalar a los adversarios políticos etiquetándolos como excusa para maniatar sus críticas, a la vez que dejan hacer, minimizando comportamientos antidemocráticos porque vienen del sector ideológico “correcto”. Hemos llegado en España al delirio de que se considere fascistas a partidos como Ciudadanos y PP, que ni en el más enloquecido viaje alucinado pasan de ser partidos similares a otros de centro y derecha de cualquier país democrático avanzado, y que esto sea alimentado por el PSOE, que se atreve a manchar a sus oponente por cualquier contacto que tengan con VOX, cuando se rodean en el Gobierno de comunistas, de populistas de extrema izquierda, y pactan con partidos que aplauden a asesinos múltiples que salen de prisión y partidos que quieren abiertamente acabar con la nación constitucional.

Esa aberrante inmoralidad solo es posible mediante la disociación que tan perfectamente se observa en los comentarios de Bolaño. Todo lo que es comprensión cuando se trata de los que pertenecen a los que perciben como miembros de la gran familia de la izquierda, por inadmisible que sea su conducta, se convierte en rigor cuando juzgan, no ya a VOX, sino al PP y a Cs, por hacer muchísimo menos de lo que ellos mismos han hecho y hacen. Para poder sobrevivir a esa esquizofenia moral tienen que chapotear en una ciénaga de mendacidad y presentarse como moderados, dialogantes y demócratas, cuando la realidad es que, por interés y soberbia, han degenerado en tramoya.

La irresponsabilidad histórica no se encuentra en los que se comportan como lo que son y hacen lo que les define. A esos no se les puede pedir nada. Se encuentra en los que por interés decidieron no dar ni agua a los que compartían principios con ellos. Al hacerlo renunciaron a esos principios, pero no renunciaron a la retórica. Al maldito y maloliente relato.