Un partido al que votar

Imaginen un partido que quisiera influir en la política española conforme a unos principios, líneas ideológicas, programas, pero que con carácter previo se definiese por unas limitaciones intrínsecas, estatutarias, que se convirtiesen en una especie de bandera negativa. Algo así:

1.- Nunca participar en un gobierno (del tipo que sea) salvo en el caso de haber ganado las elecciones de que se trate (y contar con apoyos para ello, propios o externos). De esta forma, ese partido X solo gobernaría cuando su acción de gobierno pudiese aplicar mayoritariamente su programa.

2.- Caracterizarse por apoyar, sin ningún tipo de contrapartida, la investidura de cualquier partido que hubiese ganado unas elecciones, incluyendo en el compromiso el apoyo para las líneas básicas de ese gobierno —por ejemplo, aprobación de presupuestos—, siempre que ese partido se comprometiese a:

  • Cumplir la Constitución y las leyes. No solo formalmente, sino su espíritu. Incluyan aquí perseguir la corrupción cuando se descubra.
  • No pactar con ningún partido ni apoyarse en ningún partido que promueva un programa político (o desarrolle una acción política) que implique el incumplimiento de la ley y la Constitución, la destrucción del sistema y de la nación constitucional, que defienda o justifique el uso de la violencia o la coacción como instrumento político, que, de manera directa o indirecta, atente contra los principios democráticos y los derechos humanos universales.
  • Rendir cuentas. Lo que incluye ser trasparente y pagar por la mentira.

(pagando el precio en caso de incumplir con su compromiso).

3.- Establecer un sistema de vigilancia del cumplimiento de estas líneas básicas de actuación que garantizase que fuesen independientes absolutamente (e incompatible su pertenencia a ambos) los órganos encargados de la política activa (y de la presentación a elecciones y la ocupación de cargos) de aquellos que deben interpretar estos límites estatutarios (que debería recaer precisamente en gente que no solo no quisiera hacer carrera política, sino que se viera impedida de hacerla mediante normas internas contra puertas giratorias). De forma que nunca fuese el líder o sus equipos los que decidieran sobre la política de pactos y sobre el propio cumplimiento interno de las normas estatutarias.

Un partido así sería un coñazo. Sería muy difícil que gobernase y, por tanto, hacer carrera en él resultaría complicado. Además, la incompatibilidad entre la carrera política y el control estatutario, dificultaría el control del aparato por los líderes, que tendrían que contar con esos órganos de control, que por sus propias limitaciones deberían recaer en militantes que no pretendiesen ser otra cosa que militantes. Sí, es posible que no funcionase perfectamente, pero haría más difícil el cesarismo, que hemos visto en tantos partidos «nuevos». Por cierto, esta evolución ya era evidente en Cs en 2007, cuando Rivera y su ejecutiva empezaron a saltarse los estatutos del partido.

Como decía, un partido así sería un coñazo. Una apuesta a largo plazo y dudosa. Su ideario atraería seguramente a gente con un perfil muy concreto, moderada, poco ruidosa, progresista (en su sentido estricto), dispuesta a discusiones aburridas sobre programas que considerasen los datos y nos los berridos o los artículos de fe, que lo vería incluso con algo de desapego, con cierta repulsa del activismo populista, y consciente de las muchas posibilidades de que no funcionase. Pero ¿y si lo hiciese? ¿Y si atrajese a un número suficiente de personas que solo quisieran ver en el Congreso y en el Senado (o en su ayuntamiento) una veintena de diputados que inclinasen la balanza, centrando y moderando la acción de Gobierno sin buscar más recompensa que cumplir con sus fines?

Ya sé que muchos, con sorna, dirán que ese es un partido a mi imagen y semejanza. Un partido con un solo votante. El famoso ME. Algo de verdad hay; aunque si fuera por eso, por pensar en mundos utópicos, optaría por un despotismo ilustrado que me tuviera a mí como déspota y a ustedes como súbditos agradecidos.

Sin embargo, algo parecido quisimos algunos —unos cuantos— hace mucho. A los pocos meses ya supimos que había fracasado. Yo sostuve entonces que había una ventana para convencer a 3 ó 4 millones de españoles. Y la aparición y muerte posterior de UPyD me llevó a afirmarlo de nuevo.

No sé si ahora, ante la deriva desastrosa de los partidos «nuevos» y la radicalización cada vez mayor de cada vez más número de españoles, ha pasado la oportunidad. Creo que ahora sería más difícil. Demasiado cinismo y hartazgo. Demasiada politología y hagiografía del táctico enano. Haría falta una especie de milagro. Soy perfectamente consciente, además, de la dificultad de poner en pie algo así, dada la naturaleza de los partidos y los perversos incentivos que crea. Su única oportunidad sería que naciera así, con casco y armadura, mientras no fuese nada y a sabiendas de que podría no dejar nunca de serlo.

Muy difícil. Quizás imposible. Pero estaría bien que existiese un partido al que votar por lo que es y no por lo que son los otros. Uno que no aspirase a ganar, sino a defendernos y a hacernos mejores. Uno que solo pudiera crecer y quizás prevalecer en una sociedad mejorada.