La izquierda y sus armarios

Este desnortado debate sobre si ETA era de izquierdas se resume bien aquí. Comparto básicamente la entrada de Prez. Sus argumentos. Pero creo que falta algo.

Se ha dicho que los términos izquierda y derecha son poco descriptivos ahora. Algo de esto hay. Un comunista lanza una piedra contra un militante de Vox y los que se lo reprochan desde la izquierda lo acusan de fascista, no de comunista revolucionario. Se hace megamillonario el hijo de un dirigente del Partido Comunista de China y uno no sabe si aplaudir su ascenso como derechista o izquierdista, como uno tampoco sabe cómo describir el propio régimen chino actual. Esto tampoco es nuevo. El régimen nazi o el fascista ya reúnen algunos rasgos que hoy vemos en China —con más eficacia— y en otros muchos países casi siempre en versiones más paletas: capitalismo de Estado, autoritarismo o totalitarismo, control social, políticas elefantiásicas, reparto amorfo de la riqueza entre élites corruptas inestables que actúan en paralelo, solapándose en esferas de influencia de límites difusos. También las versiones más ultramontanas del catolicismo son antiliberales. Digamos que hay patrones que se repiten.

Por ello los términos izquierda y derecha solo tienen utilidad descriptiva dentro de un círculo: el que engloba a los regímenes y partidos auténticamente democráticos. La definición del círculo es positiva y negativa. Los que están dentro creen en la existencia de libertades individuales y derechos fundamentales; defienden sociedades abiertas, un reparto del poder con sistemas más o menos sofisticados y/o intensos de contrapoderes y garantías; promueven un reparto pacífico y reglado del poder; admiten exclusivamente la imposición de intereses y políticas de grupos y tribus en un marco prefijado y esencialmente limitado por esas fronteras más allá de las cuáles solo hay leones. La definición es también negativa: son aquellos que no son liberticidas y autoritarios, o que apuestan por imponer políticas al resto del demos mediante métodos coactivos y violentos.

Estas definiciones se basan en la realidad. Quiero decir con esto que alguien puede caer fuera del círculo por defender determinadas ideas o programas (aunque no tenga ocasión de llevarlos a la práctica) —por ejemplo un programa racista— o por definirse como partidario de ideas «admisibles», pero no actuar realmente conforme a esa definición, utilizando subterfugios y mentiras más o menos elaboradas como forma de encubrimiento.

Un terrorista, por definición, está fuera del círculo. Esto es obvio. Sin embargo, la distinción contenida en el párrafo anterior tiene cierta utilidad. Un terrorista islamista no nos miente. Su visión de su religión le permite matar infieles para crear su reino en la tierra y lo hace abiertamente. Podemos decir que la chaladura es evidente. Algo parecido sucedía con los nazis. Su terror se basaba en construcciones y discursos tan enloquecidos y disparatados que necesitabas un contexto muy concreto, un programa de manipulación mental muy intenso o una acumulación de «tradiciones» casi milenaria para creer en ellos. Su acción casi siempre se presenta como defensiva, terapéutica. En su lenguaje es habitual que el programa pretenda extirpar algún tipo de enfermedad, una patología que nos ha hecho degenerar desde un pasado idílico y puro.

Frente a esto nos encontramos con los discursos milenaristas activistas. Los que quieren crear una sociedad nueva, un hombre nuevo; una y uno que nunca existieron. Para así acabar con el mal y la injusticia. Este tipo de discursos prevalecen más fácilmente porque su engaño es más sutil. Sí, también en gran medida son de tipo religioso. Te venden un más allá que ha de llegar si se paga un precio (aquí, ahora). Su mensaje suele ser igualitario y colectivista, porque la manera de convencer a la gente de que haga algo inmoral por una supuesta «buena causa» mediata y futura es convertir la libertad en egoísmo y el individuo que persiste en quintacolumnista solo por existir. Lo que los diferencia es la naturaleza de su paraíso: no es un paraíso pasado, sino uno que está por venir. Sus discursos legitiman la violencia como medio para un fin haciendo contabilidad creativa. Siempre hay que esperar un poco más y llegar un poco más lejos para empezar a vislumbrar el momento en que veremos el resultado. En aquellos el paraíso es una narración sobre el pasado antes del pecado; en estos es una narración sobre el futuro que espera a las generaciones venideras.

El terrorista de izquierdas suele pertenecer a este segundo grupo. Ponen bombas en sociedades pacíficas y democráticas no para traer la democracia, la paz, la justicia y la igualdad, sino para crear las condiciones en que esto sea inevitable según su biblia. El terror es el dolor del parto de una era llena de bienes.

La razón por la que es tan fácil para todas las personas dentro del círculo admitir que un terrorista pueda ser de derechas, nacionalista o religioso se sitúa en esa distinción sobre los discursos y la mentira. La derecha y la izquierda dentro del círculo saben que quien usa métodos violentos contra sociedades democráticas para aterrorizarlas y así imponer una visión nacionalista, racista o religiosa no son solo terroristas. El terror es el medio prohibido para «regresar» a sus paraísos idílicos. Por eso siguen siendo racistas, nacionalistas o prosélitos. También para el sector conservador que se sitúa dentro del círculo, que percibe con claridad que el uso de esos medios para fines solo folclóricamente relacionados con los suyos, como consecuencia de la dialéctica política dentro del círculo, los expulsa irremediablemente de su familia ideológica. De hecho, la familia liberal-conservadora dentro del círculo siempre enfatiza esta distinción por el miedo a que se les atribuya un pecado original (ahora explicaré esto).

Sin embargo, para el sector a la izquierda dentro del círculo, llegar a una conclusión similar respecto del terrorista de izquierdas es mucho más difícil por la persistencia de una serie de mitos y creencias. Cuando la izquierda era la burguesía, la derecha era la aristocracia. El pecado original de la aristocracia era evidente: formaba parte de un sistema irracional, basado en la sangre y en el parentesco. Cuando la burguesía tomó el poder, la izquierda logró que aceptase la herencia completa en el plano simbólico. Había algo de verdad en ello, pero poca. El burgués no era el aristócrata, pero terminó haciéndose perdonar el pecado heredado y con ello, a su pesar, admitió en la práctica la superioridad de la izquierda. Los propios hijos de la burguesía contribuyeron a ello con fruición y con el furor típico del traidor, ya que nutrieron las élites de los movimientos de izquierda. Decía que había verdad, pero poca, porque las primeras generaciones de burgueses que tomaron el poder en las sociedades occidentales eran conscientes de que todavía estaban excluyendo a una mayoría sin una justificación racional, a la vez que sabían que la evolución histórica hacia una mayor distribución del poder era inevitable. Esta era la verdad. La burguesía quería repartir el poder, pero sin renunciar a su poder económico. Y la izquierda convenció a todo el mundo de que solo acabando con el poder económico privado, lo que exigía la destrucción del sistema que lo permitía y alentaba, podría alcanzarse una auténtica democracia y libertad. Y esta era la mentira.

Lentamente, con la dilución de su poder, el establecimiento del sufragio universal y la creación (con influencias de todo tipo, algunas incluso manifiestamente autoritarias) de sistemas de protección social, la burguesía fue perdiendo sus pulsiones autoritarias más directas. Y lo mismo sucedió con un sector de la izquierda, que empezó creyendo que su retirada de la revolución para hacerse con su parte de la tarta era una retirada táctica, una fase, y terminó actuando como si ya no fuera posible. Su aplazamiento sine die de la revolución, auténtica renuncia, se hizo sin renunciar a sus mitos fundadores como sí habían hecho, sin dificultad, las derechas y los liberales con la herencia que se les atribuía. También creo que los fines de la izquierda fuera del círculo solo se parecen en un sentido folclórico a los fines de la izquierda dentro del círculo. Los hechos son tozudos y basta con ver la evolución, por ejemplo, de la socialdemocracia alemana. Pero a diferencia de la derecha, la izquierda ha querido mantener dentro de su familia a «sus» violentos, a «sus» autoritarios, a «sus» totalitarios. Su comportamiento es, en esto, sectario y, en su aspecto más tribal, mafioso. Repudian las bombas de los que ponen bombas, pero no renuncian a ese aspecto folclórico de sus mitos e ideales. El demócrata de derechas ve a Pinochet como un patán asesino. El de izquierdas ve a Castro como un hombre equivocado que comete excesos. Como ese primo tan majo que terminó en prisión. Alguien de la familia.

Esta disonancia es la que explica que, enfrentado al horror directo del atentado, el hombre de izquierdas dentro del círculo termine incluso afirmando que un etarra no es de izquierdas, sino solo un terrorista. Y que, a su vez, ese mismo terrorista sea admitido incluso con afecto una vez deja de matar, secuestrar o extorsionar (como ha sucedido también con ETA). Porque vuelve a casa. Y esa es la razón por la que en nuestra sociedad pueda un comunista ser ministro sin que se produzca un rechazo radical (como el que sucedería con un nazi). Un comunista es alguien que defiende una ideología que no puede presentar ningún ejemplo de aplicación práctica que se haya producido dentro del círculo. Siempre se ha implantado violentamente, ha producido resultados totalitarios y ha provocado millones de muertos. Sin embargo, la izquierda dentro del círculo sigue viéndose como la versión pragmática del mito. El comunista es el pariente exaltado, majete, al que no quieres dar la llave de la caja porque terminamos quebrados. No es el tipo que se pone la gorra a hostias para implantar una dictadura teocrática en la que dios es una lista de afirmaciones grandilocuentes que se lleva por delante incluso a los creyentes. El problema, te dicen, no es de las ideas, sino de las personas.

Esta es la cuestión. Mientras la izquierda dentro del círculo no rompa definitivamente con su pasado, también con el simbólico, seguiremos con estas milongas. Afirmaciones como las de Maneiro o las del tuit que inició esta discusión son un simple reflejo de esta mendacidad. Una mendacidad que recuerda, por cierto, a la del hombre blanco en el siglo diecinueve y principios del veinte. En esa época, se actuaba de manera universal como si los hombres blancos fuésemos superiores a los hombres de otras razas, pese a los mensajes de fraternidad universal y a las declaraciones de derechos del hombre. Decíamos una cosa y hacíamos la contraria.

Cuando las personas de izquierdas den el paso y admitan que el problema no deriva de la aplicación práctica de sus ideas fundadoras, sino de esas mismas ideas, a las que han renunciado en la práctica para sustituirlas por otras enormemente parecidas a las de sus vecinos conservadores y liberales, estarán preparadas para decir sin problemas que ETA era de izquierdas.

Mientras tanto, seguirán siendo mejores que los demás. Seguirán siendo dioses, como decía el príncipe de Salina. Inmunes al delito por la pureza de su corazón. Y veremos paradójicamente como Otegi, pasa de ser un simple terrorista y punto, a ser un señor de izquierdas, cuando, según afirma, no ha cambiado de manera de pensar en lo esencial. Cuando el buen hombre solo aplicó, antes, los manuales que adornan las librerías de tantos.