Temo, luego existo

En el mes de agosto de 1944, nosotros, internados cinco meses antes, nos contábamos ya entre los veteranos. Como tales, nosotros, los del Kommando 98, no nos habíamos asombrado de que las promesas hechas y el examen de química aprobado no hubiesen tenido consecuencias: ni asombrados ni demasiado tristes: en el fondo, todos teníamos cierto temor a los cambios: «Cuando se cambia, se cambia para peor», decía uno de los proverbios del campo. Mas en general la experiencia nos había demostrado ya infinitas veces la vanidad de toda previsión: ¿con qué objeto esforzarse en prever el porvenir cuando ninguno de nuestros actos, ninguna de nuestras palabras lo habría podido influenciar en lo más mínimo? Éramos viejos Häftlinge; nuestra sabiduría consistía en «no tratar de entender», ni imaginarse el futuro, no atormentarse por cómo y cuándo acabaría todo: no hacer y no hacerse preguntas.

¿Conozco el miedo? Me lo pregunto seriamente por no acumular más palabras inútiles y por no perpetrar nuevos énfasis. Primo Levi, en Si esto es un hombre, tarda pocas páginas, las mismas que lo llevan a Auschwitz, en decir «Ya no teníamos miedo». No creo que mienta, aunque más tarde utilice la palabra miedo varias veces. Su narración es un work in progress. El mismo Levi lo explica mejor, lo pienso desde mi ignorancia, en el párrafo que comienza este artículo. El miedo se enraiza en la previsión. Lo hay cuando hay futuro.

Suelo mencionar una frase maravillosa de Polibio que conocí en la inigualable obra de Basil Liddell Hart, Estrategia: la aproximación indirecta, y que viene a decir que para el hombre lo más insoportable es la incertidumbre y que, una vez ha tomado una decisión, es capaz de arrostrar las más terribles dificultades. La incertidumbre y el miedo fueron paridos por la misma madre. Los seres vivos somos extravagantes centros de disipación, aceleradores de la muerte térmica, estructuras transitorias, mejoradas por un impulso destructor. Y la muerte es la cuenta que nos trae la naturaleza después del festín.

Hay quien dice que no tiene miedo a la muerte. Incluso parecen existir pruebas circunstanciales de ello, aunque nunca conoceremos la verdad sobre tan interesante cuestión: los únicos testigos válidos no pueden ser traídos al tribunal porque están muertos. Admitamos como hipótesis verosímil que la frase «peor que la muerte» no solo sea un lugar común: cómo es posible que nos dé más miedo lo que pueda sucedernos que el propio hecho de dejar de existir y que, pese a ello, admitamos tanto para seguir viviendo.

Levi, en uno de los lugares más espantosos que pueda imaginarse, incurre en una aparentemente paradójica contradicción: afirma que tenían miedo al cambio, porque siempre era para peor, para luego afirmar que supieron de la vanidad de la previsión y decidieron no atormentarse por cómo y cuándo acabaría todo.

Creo, con una convicción llena de dudas, que la fuente principal del miedo es la incertidumbre. Es también la fuente de nuestro placer. Así, en cierto sentido, nuestro miedo sería producto de nuestro afán por ser felices. Las religiones, esas adormideras, lo saben bien: siempre intentan asegurar un estado final inmutable. No es que esa eternidad lo sea de felicidad por alguna cualidad añadida. Llaman felicidad a la ausencia de miedo. A la parálisis. A la nada. Al todo. A esas metáforas en las que fluimos hacia la quietud eterna. La manifestación más extrema de esta perversión se encuentra en el budismo, enemigo del yo.

Nuestro afán por el placer es tan poderoso que siempre hay quien explora caminos nuevos. La cultura es «lamarckiana»: los aciertos, tanto los imaginados como los insospechados, pueden ser retenidos. Y llegamos a deshacernos voluntariamente de lo que nos es absolutamente inútil, sin acumular órganos vestigiales. Los avances y la acumulación son resultado de la tensión entre el miedo a lo nuevo y la búsqueda de la felicidad.

Levi dice que tenían miedo al cambio porque siempre era para peor. Vivían y no querían dejar de vivir. No, al menos Levi, ni aquellos que no se quitaron la vida. Sin embargo, poco después afirma que su sabiduría consistía en no querer prever el futuro. No imagino nada más angustioso que saber que cada futuro segundo está en las manos de decisiones ajenas a toda racionalidad. Que no sirva para nada decidir hacer o no hacer, que cualquier cálculo sea inútil. Pese a ello, Levi afirma que se acostumbraron. Que crearon en su mente una rutina que consistía en no tener rutina alguna. Que para no tener miedo al cambio excluyeron que el comportamiento arbitrario de sus verdugos se incluyera dentro del cambio. Es como si sus guardianes se convirtieran en el fondo, en el paisaje, como fenómenos naturales, como lo que los anglosajones llaman actos de Dios. Es como si en las mentes de esas pobres gentes los nazis ya no fueran hombres.

A nosotros nos parece terrible. Nos atemoriza físicamente un lugar así porque es imposible, sin sufrir el mal en grado tan extremo, alcanzar el estado psicológico de los que sí lo sufrieron, hombres para los que el futuro era ese lugar en el que no cambiaba nada, en el que su vida solo consistía en estar vivos, porque se les había privado de la oportunidad de escoger.

Por eso creo que vivir sin miedo es imposible. Hay placer y miedo, como ruido de fondo, en el simple hecho de poder actuar, es decir, de estar vivos. 

Avanzamos a tientas, intentando sucesivamente distinguirnos y camuflarnos. Cada decisión es la apertura de oportunidades para el error y el dolor, pero es la única manera de vivir. Y cada estructura creada, cada regla moral, cada costumbre, cada ley, son pasos sobre sagrado, mosquetones que aseguran las cuerdas con las que nos asomamos a los abismos. Somos conservadores por miedo. La incertidumbre es la fuente del miedo porque nos impide prever el futuro. Cuando repetimos caminos conocidos lo hacemos porque son los que nos permiten calcular las consecuencias de manera más fiel. Sí, lo sabido y perfectamente anticipado nos puede dar miedo o placer, pero de forma trivial. Lo prueba la disminución progresiva del placer y del dolor cada vez que recorremos el camino trillado. El éxito de las disciplinas dirigidas a controlar el miedo, a minimizar sus efectos, se basa precisamente en replicar situaciones que generan el estado mental que se pretende dominar. Es decir, se basa precisamente en la previsión y la repetición. No me extrañaría que alguien que busca controlar el miedo a toda costa tenga un miedo insensato por el miedo mismo, por dejarse llevar por él.

El miedo no mata la mente. A la mente solo la mata la muerte. Temes, luego existes.

Artículo nº 5

Cierto reyezuelo indio adoraba despeñar elefantes. No por presenciar la barahúnda de polvo y muerte, sino por el placer de escuchar los chillidos de los aterrorizados animales al precipitarse. Ese reyezuelo se despeñaba también, entregándose a un vicio, al que nosotros llamamos maldad, que estaba al alcance de su mano. Podía hacerlo porque era poderoso.


El poder se ha demostrado con frecuencia así, con excesos inimaginables y prohibidos para el común, a menudo con consecuencias irreversibles. Qué mayor exceso y libertinaje que quitar arbitrariamente la vida de otros por placer. En esta última frase, la clave no es, sin embargo, placer, sino arbitrariamente, y voy a intentar explicar por qué.


No se puede derrochar si no se tiene, pero lo que más importa para que el exceso sea, simultáneamente, inadmisible y deseado, no es la presunta inutilidad destructiva de tal acto, sino su naturaleza «delictiva». El potlatch, esa ceremonia de algunas tribus indias del noroeste de Norteamérica, es un buen ejemplo de desenfreno reglado, por paradójico que esto pueda resultar a primera vista. Los jefes disputaban por demostrar su riqueza, repartiéndola a manos llenas, pugnando por adquirir a ojos de los demás la altura exigida por el carisma. Algo similar sucede con esas fiestas nacidas como ritos de adoración a la naturaleza que se transformaron en una válvula de escape que permitió a los súbditos reírse, aunque fuera por poco tiempo, de las reglas y orden «natural» de las cosas, y hacer más liviana la brida de los señores naturales. Esos excesos no me interesan ahora: como digo, son simples espitas de seguridad. Cuando Giambattista Basile quiere entretener al pueblo, disfraza su propósito: cuenta que lo hace para que ría la imaginada Zosa, hija del rey de Vallepelosa, a la que no alegran ni titiriteros ni artistas, hasta que una vieja arpía le enseña su coño peludo. Los cincuenta cuentos de Basile pintan un carnaval literario, lleno de vida y ventosidades. Sin embargo, es un jardín de las delicias demasiado cercano, como en la primavera del mundo, ingenuo y bienintencionado, en el que nadie tiene culpa de nada porque los niños son irresponsables.


Tampoco son «delictivos» los deseos a menudo malentendidos de Gengis Kan: no creía que hubiera mayor placer que matar a sus enemigos y poseer a sus mujeres, pero no decía con ello nada con lo que no pudiera estar de acuerdo cualquiera de los nómadas que compartían tienda con él. Más aún, la ley que dice que la palabra del kan es ley no es arbitraria siempre que el kan no se aparte de lo que cualquiera de sus hombres haría en su lugar. Es una especie de imperativo kantiano avant la lettre.


Por poner un ejemplo de lo contrario: Wu Zetian —el famoso emperador hembra chino— fue acusada, además de muchas otras cosas, de libertina durante mil trescientos años, hasta que la viuda de Mao intentó —y en parte consiguió— rehabilitar su memoria. Esas acusaciones parecen un tanto extravagantes teniendo en cuenta que la corte de los emperadores Tang, con sus ocho categorías de concubinas, era un sitio en la que lo del fornicio con personas de igual o diferente sexo, en parejas o grupos, era bastante habitual. Sin embargo, las acusaciones tenían su parte de verdad. Wu era demasiado monógama y abusaba al no compartir el semen del emperador Gaozong. Hacía algo en contra de lo admitido. Ese es el terreno de la arbitrariedad, el terreno en el que nace la anécdota, falsa sin duda, de los mandatarios romanos que pidieron licencia al Papa romano para el pecado de sodomía durante los meses de la canícula. Roma, el lugar del que manaban todas las prohibiciones, fue siempre centro de libertinaje, campeona de la prostitución masculina y femenina, hasta el punto de que, en el Renacimiento, uno de cada quince de sus habitantes se dedicaba a profesión tan venerable.


Un poco a empellones me acerco a esa definición ad hoc de arbitrariedad.

Habrá quien piense que la reacción contra la rigidez de los sistemas morales y de las estructuras de dominación se produce en gran medida cuando algunos genios rompen con ellos, demostrando que no se basan en algo inmutable. Y que una de las mejores formas para lograrlo es el comportamiento libertino, ya que libertino sería simplemente una calificación moral, para un tiempo y un lugar, derivada precisamente de esas estructuras. Esta idea romántica me parece un mito. En realidad, puede haber sido al contrario: el libertino auténtico es un producto «aristocrático» y lo que queda, una vez van desapareciendo las zonas grises de arbitrariedad, es un imitador.


Cualquier cosa prohibida para la mayoría podía ser admitida por la minoría gobernante siempre que no pusiera en peligro su dominación. En el caso extremo del gobernante absoluto, ni siquiera este requisito era exigible, aunque de pocos gobernantes se puede decir que hayan sido realmente absolutos. Por esa razón, los más famosos libertinos han sido personas que pertenecían a las clases altas o estaban protegidos por ellas —qué eran sino un juguete de esas clases aristocráticas lo que ahora llamamos artistas e intelectuales— y sus excesos se veían como asuntos de familia. Eso es lo que no comprendió Oscar Wilde cuando decidió acusar al marqués de Queensberry de injurias por haberle llamado sodomita. El crimen que lo llevó a prisión fue la publicidad. Mejor dicho, su libertino deseo de exceso de publicidad. Sin embargo, en el siglo XVI, el insidioso y pródigo Pietro Aretino fue apaleado varias veces y eso no le impidió prosperar en las cortes de la época: no sólo no discutió su lugar, sino que hizo intentos por escapar mediante el capelo de cardenal.


No es el ejemplo de personajes excepcionales —y no introduzco aquí un componente valorativo— el que va abriendo a las sociedades hacia sistemas morales más laxos. Es la limitación de la arbitrariedad y, en gran medida y como consecuencia de ella, del libertinaje de los poderosos. Es posible que algún magnate pueda permitirse esclavizar a niños y utilizarlos en orgías, pero eso, en sociedades avanzadas, es muy peligroso y debe llevarse en secreto. También lo es que, en esas mismas sociedades, los psicópatas ya no pueden disfrutar de su psicopatía en público, salvo en situaciones de excepcionalidad, como han hecho en tantas ocasiones tiranos y tiranuelos. Sólo se ha dejado al margen —y veremos por cuanto tiempo— el placer de la autodestrucción.


El libertinaje era una «riqueza de lujo». Al entrar en los palacios, revolvimos en los arcones, nos pusimos sus pelucas y comimos hasta hartarnos. Al menos así lo hicieron los que se atrevieron. Eso fue la revolución sexual. No podía basarse en la violencia o la dominación porque la arbitrariedad había muerto, pero ¿lo demás? ¡Lo demás era maravilloso! Despojado del lado turbio, parecía una vuelta a un edén desordenado.


Ahora, tras esa comilona, ha vuelto la normalidad. Vivimos en un deseo de pequeño potlatch permanente. Creemos que podemos aspirar a hacer lo que queramos y que no hay nada que no esté a nuestro alcance porque tenemos el catálogo a mano. Que podemos derrochar como aquel marqués de Osuna que tiraba los platos de oro al Neva para asombrar al zar de todas las Rusias. Pero no, la «moralidad» se está recomponiendo bajo las leyes de lo políticamente correcto. No podrás tirar tus platos al Neva, aunque sean de hierro, porque la propiedad está limitada por su utilidad social; no podrás excederte en tu comportamiento sexual, no sea que alguien vea en ello una cosificación del otro, sobre todo si es mujer; no podrás comer demasiadas grasas porque la obesidad será un vicio; no podrás pensar nada que vaya contracorriente, porque serás un apestado; no podrás autodestruirte, en alguna forma que te haga felizmente desgraciado, porque la sociedad tutela tu bienestar.


Pero, pese a ello, la pulsión se mantiene. Para satisfacerla la gente consume sucedáneos de riesgo, desenfreno y locura, hechos con plantilla, protocolo de intenciones y seguro de viaje. Ser un puerco de la piara de Epicuro, pero con pringao de catorce pagas y dietas en el papel del famoso filósofo griego. Todo está al alcance. Todo está descrito. No hay sorpresa.


Supongo que era inevitable, lo del péndulo y tal, pero ¿tanto costaba seguir con las pelucas puestas y no dejar entrar a los aguafiestas? Ahora, la corriente subterránea del exceso prohibido reclama la libertad para actuar contra la inercia del have a nice day. De algo así hablaba, con humor, Joe Haldeman en La guerra interminable, con la imposición moral de la homosexualidad y la conclusión lógica del humano único clonado. Así que, quién sabe, quizás, como Wu, haya que ser monógamo para romper las reglas y dar la nota.

Póngase en pie el acusado

Sobre un fondo negro se va perfilando, primero borrosa, la silueta de un hombre que se acerca caminando, hasta que notamos que lleva un niño en brazos. Se escucha el inefable adagio del concierto para piano nº 23, K. 488, de Mozart.

Cuando el actor y director francés, Marcel Bluwal dirigió en 1982 una coproducción europea destinada a contar la vida de Mozart, creó uno de los más felices comienzos que recuerdo, una joya sin más adorno que la música de su protagonista; tan impactante, que la imagen de Mozart se me presenta desde entonces así, dormido, niño, en brazos de su padre, Leopold.

Esta serie, llena de logros, hoy está prácticamente olvidada. No merece ese olvido. Sus primeros capítulos, en particular, eran excelentes. Sobre todo por el inmenso acierto de su director al elegir al actor que interpretaría a Leopold Mozart, el gran Michel Bouquet, y por la fortuna de contar con dos Mozart, niño, enormemente convincentes. Uno de ellos, Karol Beffa, es hoy un conocido compositor.

(Un carruaje llega a una posada. Baja Leopold Mozart. Su hijo, de apenas cinco años, duerme, pero repentinamente se agita y dice «qué horror». El posadero pregunta si el niño está enfermo; Leopold contesta que no, que la trompeta que acaba de sonar a lo lejos desafina. Es fácil pensar que el autor exagera, pero en realidad es tímido.

Cuando Mozart tiene cuatro años, Andreas Schachtner, un músico salzburgués amigo de la familia toca el violín con el pequeño; nada más comenzar Wolfgang le advierte de que su violín está afinado una mitad de un cuarto de tono por debajo del suyo.)

No he vuelto a ver Mozart, la serie de Bluwal. Ha pasado un cuarto de siglo y tengo que fiarme de la memoria, pero no importa, porque no es la serie la materia de este artículo. Tampoco lo es Amadeus, la película de Milos Forman, a la que haré referencia a partir de ahora. Ni lo es, por ser sincero, el propio Mozart.

La que sí vi hace poco fue Amadeus de nuevo. En realidad, lo que vi fue la versión mercantil que llaman Director’s cut, que algunos han elevado a la categoría de filigrana y que sirve, básicamente, para que gastemos dinero y compremos lo que ya tenemos. Esto es especialmente evidente cuando localizamos las escenas añadidas en la versión extendida y que podían haber desaparecido para siempre por un sumidero: las que nos muestran a Amadeus dando clase a la hija de un patán con chuchos, y más tarde, borracho, suplicando porque no tiene ya alumnos, o a Constanze, la mujer de Mozart, ofreciéndose a Salieri a cambio de su ayuda. Tuvo Forman mucho ojo al suprimirlas, porque incidían precisamente en los defectos más sonoros de su película.

Años atrás había asistido a una representación de la obra de teatro en la que se basó la película, del inglés Shaffer. Desde el primer momento pensé que la obra habría tenido más sentido llamándola Salieri. Mostrar el odio y estupefacción de un hombre ante lo que él considera una venganza de Dios: la elección de un hombre vulgar y miserable como vehículo para su gloria y la obsesión de quien es capaz de comprender hasta qué punto las obras de ese hombrecillo repugnante son sublimes, a la vez de que es consciente de ser incapaz de producirlas. El tema de Mozart y Salieri, producto de aquella obrilla de Pushkin en la que el olvidado compositor italiano finge ser amigo de quien más desprecia para lograr envenenarlo, resultaba comprensiblemente irresistible, pero siempre que el Mozart dibujado no fuera el real, sino una caricatura producto de una mente inficionada por la rabia y el odio.

Forman, sin embargo, decidió ir más allá y presentar un Amadeus objetivo, cambiando una trama psicológica por otra, algo tramposa, en la que planteaba realmente el dilema de Salieri como si fuera cierto. Digo tramposa, porque Forman, empequeñeciendo a todos los que rodean a Amadeus, convirtiéndolos en idiotas y egoístas, siquiera a tiempo parcial, nos lanza a los espectadores un mensaje de complicidad: Mozart se ríe como un bobo y pedorrea, pero es el «bueno» y todos podemos ser un poco como él. Así, la admonición final de la obra de Shaffer —«mediocres del mundo yo os absuelvo»— que en la obra de teatro se dirigía al espectador, en la película lo hace a los locos, a otros, a los que son incapaces de ver que el genio puede ser «democrático».

Esa objetivación es lo que me molestó de Amadeus. Podía admitir que el Mozart de Bluwal fuera serio y riguroso (y, por muchas razones, algo gris y funcionarial), mientras que el Amadeus de Forman fuese brillante —con una banda sonora maravillosa— y falso. Al fin y al cabo, Bluwal escoge para titular el apellido, mientras Forman opta por el nombre que nunca usó Wolfgang, bautizado Gottlieb, y autodenominado Amadeo o Amadé, nunca Amadeus. Podría hacerlo si Amadeus fuese una creación de una mente enferma. Por desgracia no es eso lo que nos muestra Forman.

Así, vemos a un sujeto que parece no haber pisado nunca una corte y que es incapaz de comportarse en presencia de un emperador, cuando lo cierto es que Mozart, desde niño, estuvo rodeado de notables. Pensar que el tipo que habla de los dioses que «cagan mármol» es el mismo que compartió mesa con la emperatriz y varios emperadores de Austria, el rey y la reina de Francia, el rey de Inglaterra, el papa romano, todos los jodidos príncipes electores alemanes y la mitad de la nobleza europea es irritante. Como lo es que Constanze y su madre aparezcan como unas ágrafas verduleras amusicales, cuando no sólo no lo eran, sino que eran hermana y madre de Aloysia, una de las mejores sopranos de Viena y objeto de deseo del compositor. La misma irritación causa comprobar que Leopold Mozart es mostrado como un padre tiránico y explotador a la vez que como un gusano servil, cuando la realidad es que fue un hombre de educación amplísima, que empeñó toda su fortuna en dar a conocer el prodigio descubierto por él antes que por nadie, y que fue capaz de «ordaguear» a reyes y señores en defensa de su dignidad y de la de sus hijos. Y no vean lo que me irrita que se nos muestre a un Mozart sin alumnos, cuando tuvo muchos y muy poderosos, hasta el último momento, y que nos presenten a José II, el emperador que lo protegió —y que lo designó como sustituto de Gluck—, como un memo que prácticamente es incapaz de leer una partitura, cuando era un músico excelente; o que nos muestren el falso fracaso de sus óperas, cuando Don Giovanni triunfó en Praga y Così fan tutte fue encargada por el emperador austríaco y estrenada en Viena.

Estos son los actores de mi juicio. Y ahora, tras el sumario, llega el momento de preguntarnos ¿es Mozart culpable?

Hay hombres que nos atraen por sus obras. Podríamos limitarnos a decir que tal novela, tal cuadro o tal sinfonía son geniales, y dejarlo estar. En cierto sentido, también la vida es una obra, y de tal aventurero afirmamos que hizo aquel viaje o arrostró aquel peligro. El romanticismo, esa pulsión dañina y traicionera, nos lo impide. Así, hay una tesis que se repite: las obras geniales de Mozart denotan al genio y tenemos que escudriñar al hombre para ver cómo era, qué pensaba, dónde está el secreto. Eso intenta Bluwal, filmando lo documentado. Frente a esa tesis parece levantarse Amadeus, pero esa oposición es sólo aparente. No es que nos diga Forman «juzguemos a Mozart por sus obras y dejemos de lado al hombre, porque no podemos saber quién fue». No, la verdad es que Forman sí nos quiere enseñar al hombre, a una especie de sujeto cercano, moderno y travieso, un hombre que parece vulgar, pero sólo porque los tipos que lo rodean son unos estirados aristócratas. El tratamiento más amable, en la película, es para el pueblo, el único capaz de apreciar La flauta mágica.

Puede que ese camino —el de la búsqueda del yo que dé sentido a la obra— sea inevitable, pero polemicemos. Hoy quiero sacar mis armas legales y defender al acusado Mozart. Cada juicio es una pelea secular por acabar con el derecho penal de autor, en la que casi siempre se pierde. Ya saben ustedes, se trata de decidir si juzgamos a alguien por ser quien es o por lo que ha hecho. Si sigue existiendo una lucha constante no es porque no haya triunfado la tesis, sino porque los seres humanos tendemos a juzgar a las personas contaminando nuestros juicios con nuestros prejuicios. Los jueces afirman que ellos no deciden considerando si el reo es alto, bajo, pobre, rico, hombre, mujer, blanco o negro; que no considerarán si el acusado ha sido denunciado o condenado antes, o si tiene la mirada torva o se expresa con dificultad. Lo afirman, pero no dejan de observar al ser humano. Y uno, que nunca ha sido juez, sospecha que lo hacen para concluir quién es el que tienen delante. Por eso, a la vez que el defensor insiste en repetir que sólo hay que juzgar el acto vende, por si acaso, una historia creíble sobre quién es su cliente; sobre sus motivos, su carácter y su pasado.

Eso quisiera hacer yo, recordarles que el acusado Mozart debe de ser juzgado por sus obras y no por lo que creamos deducir de una palabra malsonante en una carta o de la admiración de un contemporáneo. Mi alegato se basa en que no podemos saber quién es Mozart, aunque habrán visto que el letrado ha dejado caer por aquí y por allá rasgos de carácter para hacerles más digerible su tesis: que el hombre no importa, porque no sabemos quién es el hombre, ni siquiera cuando de nuestros contemporáneos se trata. El fiscal —no se sorprendan— dirá lo mismo, pero, tramposo y capaz, señalará los pedos, las borracheras y las palabrotas. Ese es el juego.

Yo no sé cómo es un genio. Ni siquiera creo que sepamos muy bien qué significa esa palabra. Sin embargo, si Mozart se fía de mí puede que salga bien parado, porque yo hablaré muy poco de él y me centraré en usted, en el jurado, en lo que le pasa cuando escucha sus obras.

¡Viva Verdi!

Que Verdi es considerado un padre de la patria no creo que exija justificación. Basta con escuchar los aplausos, los bises y los «¡viva Italia!» tras las interpretaciones del Va pensiero de la ópera Nabucco. La historia es conocida: Verdi es hombre del Risorgimento y su música, sobre todo los coros de algunas de sus óperas, tiene un contenido patriótico inmediatamente evidente en el recuerdo del terruño, en las llamadas a su liberación o en los conjurados que juran. Naturalmente, no tardó en plantearse la cuestión de las motivaciones, tan amigos como somos del cotilleo: ¿usó Verdi el movimiento de construcción nacional italiano en su beneficio o, por el contrario, fue este quien utilizó su música porque le convenía? Esta polémica, bastante absurda, sirve sin embargo como preámbulo de una cuestión que me parece mucho más atractiva y a la que luego me referiré.

Son muchos los argumentos que pueden utilizarse a favor de la primera tesis. Así Verdi, en una carta de precisamente 1848 a Francesco Maria Piave, le plantea escribir una ópera sobre Francesco Ferruccio, al que denomina mártir de la libertad italiana, y que había sido incluido precisamente por Goffredo Mameli el año anterior en el que terminaría convirtiéndose en himno de Italia. También avala esta tesis la estratégica inclusión en la mayoría de las óperas de la época, las que luego denomino «óperas de galeras» para distanciarse de su calidad discutible, de tantos cantos colectivos que, con independencia del accidente histórico al que se refieran, siempre podían interpretarse, en una época de sociedades secretas y censura, como una evocación de la lucha por la liberación nacional: tras el coro de Nabucco, en I lombardi, los valerosos «italianos», allá en el desierto, cantan en Oh Signore, dal tetto natio, a las fuentes, los prados, los lagos y los viñedos de la patria; en Ernani, los conjurados castellanos cantan Si ridesti il leon di Castiglia y no había que ser muy inteligente para relacionar el león castellano con el veneciano; en Macbeth son dos los coros que hablan de la patria traicionada y oprimida, uno de ellos, por cierto, muy notable y tenebroso. En fin, hay ejemplos para aburrir.

Otra razón para ver cálculo en el comportamiento de Verdi es que el fracaso de la revolución del 48 y el abrazo a la causa de la unificación italiana alrededor del Reino de Piamonte-Cerdeña prácticamente coincide con el fin de esa etapa en la que cada una de sus óperas parecía incluir una invitación directa a la insurrección de la nación. Más aún, cuando el comportamiento de Verdi parecía encajar perfectamente con las tesis de Mazzini que criticaba veladamente el cinismo e individualismo de los personajes de Rossini y exigía una «espiritualización» de la música mediante la persecución de fines más elevados; léase el fin patriótico. Mazzini sugirió mucho antes de que Verdi estrenase su primera ópera que ese fin podría obtenerse a través de la elevación del coro operístico de personaje secundario a protagonista, a voz del pueblo.

El resumen de esta posición revisionista implicaría que los apoyos a la causa por parte de Verdi serían puramente tácticos e incluso hipócritas, como se deduce de esas cartas escritas desde la seguridad de París, en las que se lamenta de gastar papel pautado que podría servir para hacer cartuchos, y en las que da excusas peregrinas sobre su ausencia del lugar de la auténtica pelea, haciendo referencia a su condición de tribuno y a sus limitaciones físicas.

Muchos, sin embargo, ven en la evolución operística de Verdi una línea intrínseca capaz de explicarlo todo. Fue un hombre de teatro que intentó encontrar su voz desde el principio, y las coincidencias de su obra con el trasfondo político de su tiempo son solo eso. En su vida personal estuvo siempre implicado con la construcción de Italia, y es perfectamente natural que se dejase influir por el mainstream, pero la coherencia de su evolución sería la prueba de que la feliz casualidad de que su obra se identificase con el romántico y apasionado movimiento que llevó a la unificación italiana no implicaba ningún tipo de cálculo. Verdi habría sido el hombre porque era Verdi.

También son muchos los argumentos que pueden blandirse para defender esta posición, pero su núcleo duro se encontraría en el interés central de Verdi como autor de teatro: siempre le interesó la vida en su totalidad. Su obra tiene un fondo básicamente realista, porque las pasiones a las que pone música no son exclusivamente las derivadas del amor, para las que la política, la vida social, las clases, la traición o la generosidad solo serían tramoya. Al contrario, en Verdi esos conflictos tienen una fuerza extraordinaria y suele ocurrir que las pasiones mejor dibujadas, las más complejas, no sean de tipo amoroso. Por eso lo que más recuerda el espectador del Don Carlo es el aterrador dúo entre el rey Felipe II y el gran inquisidor, y el centro de Otello es un credo espantosamente moderno del inicuo Yago. Este interés por las complejidades de la vida política se muestra desde el comienzo de su obra, en I Due FoscariGiovanna d’ArcoAttila, o La battaglia di Legnano, y continúa presente de manera muy destacada en su obra de madurez, en Simone Boccanegra, en Aida, en Un ballo in maschera.

Siempre que se habla de Verdi se recuerda esto. No hay artículo que no mencione el uso del apellido del compositor como acrónimo popular de las pretensiones monárquicas del rey piamontés, Víctor Manuel II. La idea de que Verdi y su obra forman parte de la columna vertebral de la nación italiana es un lugar tan común que si no hubiera sido cierto lo habría terminado siendo a fuerza de repeticiones.

En realidad, lo más interesante de todo esto, al menos en mi humilde opinión, no es nada de lo que han leído hasta ahora. Lo interesante no es si Verdi es o no uno de los padres de la patria, sino cómo pudo llegar a serlo, y esto tiene que ver con la artificialidad de Italia y con su naturaleza de creación intelectual, elitista.

Italia es para occidente lo que Grecia fue para Roma. Graecia capta ferum victorem cepit podría servir para nosotros cambiando el sujeto. Sin Roma no se explica el mundo occidental. Es tanto lo que debemos a Roma que resulta difícil incluso decidir por dónde empezar. Lo extraordinario es que Roma nunca pereció. Las polis griegas desaparecieron y solo nos quedaron las obras de sus hombres y algunas ideas, vivificadas en las instituciones republicanas. Por desgracia, ya no había griegos. Esto nunca sucedió con Roma. Larvada, bostezando, decayendo siempre, Roma se mantuvo presente, sobre todo en Italia, y el mundo clásico nos largaba un chute brutal cada cierto tiempo. Italia no existía como nación mientras se iban creando esas naciones añejas de Europa, España, Francia, Gran Bretaña, pero Italia existía como nación intelectual. Lo folclórico era aquí clásico y el ciudadano lo era en un sentido individual y universal como no podía serlo en ningún otro sitio. Lo que unía a los habitantes de la península no era una llamada a la naturaleza y al pueblo, porque aquí las piedras, las más venerables piedras tenían forma: habían sido labradas y caído desde los lugares en los que se contemplaba un imperio basado en reglas y conceptos imperfectos pero racionales. Las diferencias con el nacionalismo alemán son, puede verse, esenciales. El pueblo italiano es viejo. Su descripción negativa más sublime aparece magistralmente en boca del príncipe de Salina. Los sicilianos se creen dioses. Puede valer para todos.

La única manera de que esta nación vieja, sabia, cínica, amante del amor, de la buena vida y de la racionalización de las pasiones, pudiera crearse como nación política exigió una cierta renuncia a los frutos de su sabiduría; una infantilización. El impulso fue en gran medida intelectual y artístico. Hubo que construir una tradición ciudadana “liberal” e individualista, en la que el mal siempre venía de fuera y la tiranía era alemana o española. Los intelectuales italianos, los Alfieri, Foscolo, Manzoni, Leopardi, buscaron un patriotismo ciudadano, como harían los norteamericanos, pero a diferencia de estos el enorme pasado los aplastaba y no pudieron renunciar al glorioso clasicismo, trufado de un romanticismo a la italiana. Era inevitable que este movimiento alcanzase al otro gran pilar artístico de la nación: la música y, sobre todo, la ópera. Italia también existía porque existía la música italiana. Lo malo es que la tradición de la ópera seria y de la bufa, con sus temas y sus artificios, no ayudaba mucho a la construcción nacional y se empezó a exigir de los compositores que fueran más serios y comprometidos. Es el signo de los tiempos: lo grande se puede volver pequeño si sirve a fines extraños. Por eso se comprende que Rossini renunciase a seguir componiendo tras su Guillermo Tell. Lo que le proponía el ambiente era demasiado serio como para ser tratado en serio. Él nos mostraba lo mejor de la civilización occidental exhibiendo al hombre, estereotipado, sí, pero como producto refinado y exquisito, y esto no servía para el nuevo hombre que exigían los tiempos. La pasión musical en el mundo de Bellini y Donizetti era más apropiada, más en sintonía con ese desgraciado siglo XIX, pasto de la irracionalidad y la juventud, pero les faltaba mensaje. No servía para movilizar a una nación. Verdi, los temas de Verdi, sin embargo, eran el vehículo perfecto para el movimiento de masas que exigía crear una conciencia nacional.

Si Verdi hubiera muerto en 1848 seguiría siendo en Italia un padre de la patria, pero nadie lo conocería fuera de ella. Ahí permanecerían esos coros que enardecen a los italianos. ¿Quién se acuerda fuera de Italia de Caritea, la ópera de Mercadante? En esta obra, estrenada en La Fenice en 1826, se escucha un coro que los «mazzinianos» hermanos Bandiera cantaban camino del fusilamiento en Cosenza, en 1844 (por cierto cambiando algunas palabras para hacerlo más adecuado para la causa). Ya ven, será por cantos patrióticos.

Sin embargo, Verdi vivió muchos años y atrás quedan sus episodios de juventud. Fue un hombre comprometido, serio, tenaz, trabajador y generoso. Peleó siempre por encontrar su voz y en esa búsqueda fue dejando de lado esos sones pretenciosos y algo cómicos que tanto lo relacionan con el nacimiento de la Italia moderna. Y su búsqueda lo reconcilió con lo mejor de la tradición italiana, con esos productos que no podían pertenecer a ninguna nación porque Italia no existía en los tratados. Naturalmente, la nación que se construía no podía seguirle el paso porque se habría destruido inmediatamente. La nación tenía que seguir viviendo en la infantilización del Corazón de Edmondo de Amicis.

Italia y el «hombre italiano», dice Masimo Mila, gracias al Risorgimento han dejado de lado el cinismo maquiavélico y el individualismo escéptico rossiniano y se han decidido a creer en algo positivo: en el amor. Ese hombre no es una construcción racial, sino intelectual. Verdi representaría este ideal de hombre apasionado y optimista, capaz de perder los estribos, pero siempre sujeto a pasiones sanas, por destructivos que puedan resultar sus efectos. Incluso Otelo intenta ser justo y se ve como un instrumento para el castigo del delito. Tanto es así que tras descubrir que su Desdémona es pura, se juzga tan severamente como juzgó antes.

Quizás un italiano tenga que o quiera ver este asunto así, pero yo no.

Italia fue un regalo durante todos esos siglos en los que no fue una nación. Y a Verdi le sucedió lo mismo aunque su proceso fuera el inverso. Es un regalo para todos nosotros comprobar cómo un hombre puede ir haciéndose mejor, más sabio, más sublime con los años. Quién sabe, quizás tengamos la suerte de que nos pase lo mismo. La música patriótica verdiana es provinciana, por hermosa que pueda resultar en algún caso. Sin embargo, otra cosa muy distinta pasa cuando Verdi, en la mejor tradición de su país, compuso para todos.

En esta época en la que la inflamación nacional ocupa tantas cabezas, sería bueno recordar algo que los italianos vivieron durante siglos, obligados por las circunstancias: la mejor patria se encuentra en el territorio de ciertas ideas compartidas. Esas ideas fértiles en las que han crecido las mejores instituciones, las que han ampliado la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Reducirnos y refugiarnos en el útero de la tribu es un error. En parte la nación italiana se creó sobre la base de algunas de estas ideas, pero las fronteras se construyeron sobre su simplificación y esto tuvo su precio en el ascenso de una visión estúpida de sus credos instrumentales encarnada en el fascismo. Esos eran los riesgos: la mejor singularidad de Italia se encontraba en la presencia constante del pasado en su devenir que, a falta de glorias nacionales, pudo centrarse en el hombre. Occidente no se explica sin ese laboratorio.

La mejor expresión que encuentro de este milagro está en las palabras que Maquiavelo dirigió a Francesco Vettori: 

Venuta la sera, mi ritorno in casa ed entro nel mio scrittoio; e in su l’uscio mi spoglio quella veste cotidiana, piena di fango e di loto, e mi metto panni reali e curiali; e rivestito condecentemente, entro nelle antique corti delli antiqui uomini, dove, da loro ricevuto amorevolmente, mi pasco di quel cibo che solum è mio e che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro e domandargli della ragione delle loro azioni; e quelli per loro umanità mi rispondono; e non sento per quattro ore di tempo alcuna noia; sdimentico ogni affanno, non temo la povertà, non mi sbigottisce la morte; tutto mi trasferisco in loro.

Verdi es un hito más de la grandeza que se encuentra en esas palabras. ¿Quién no querría encontrar una patria construida sobre el artificio aristocrático y humano de las armonías cristalinas de Falstaff?

Qué error fue escoger como himno de la Unión Europea la Oda a la alegría beethoveniana. Es demasiado seria esa alegría.

No, mucho mejor haber dicho:

Tutto nel mondo é burla.

L’uom é nato burlone,

la fede in cor gli ciurla,

gli ciurla la ragione.

Hacer de la necesidad virtud

Este número de Jot Down, que no he leído, es un fraude. No puede hablarse con sentido de lo políticamente incorrecto porque no existe. La etiqueta es temporal, papel para envolver pescado. Todo lo que el hombre formula quiere ser respetable, y si se viste de incorrección es simplemente para adornarse con las plumas de la avanzadilla, el riesgo y el modo de vida.

Voltaire, en su sexta carta filosófica, asusta a los ingenuos de su época: escribe que en la Bolsa de Londres solo es infiel el que se encuentra en bancarrota, y que allí el judío, el «mahometano» y el cristiano discuten como si fueran de la misma religión y sólo parecen distintos cuando salen de esas «pacíficas y libres reuniones». El agudo sonríe; se siente en compañía de uno de los suyos. Considerado como el gran provocador, utiliza el recurso de Swift, tan querido por los grandes simplificadores, benignos o maléficos: contar lo que vemos a través de los ojos del extranjero —un persa vale— o del  hombre venido del espacio. Esa misma técnica le permite al «antropólogo» espacial inventado concluir que los primeros humanos que ve, de piel negra y con lana en la cabeza, tan parecidos a los monos, son inferiores a otros que descubre más tarde. El manejo de lo etic por Voltaire consigue justificar sus inversiones en la trata de esclavos. El gran provocador y su amigo sonriente nos explican, como Nietzsche, por qué son tan inteligentes, pero el tiempo enseña las costuras.

No relativizo. Hay buenas y malas ideas, ideas inteligentes y torpes, ideas que hacen daño y que curan. Lo que no existe es un reservorio de pensamientos incorrectos, al alcance de unos pocos marcados por la capacidad de advertir las trivialidades de los demás.

Todos usamos ese truco alguna vez. Incluimos a los que no piensan como nosotros en la masa de los idiotas convencidos, para ganar adeptos y formar nuestra propia tribu. La corrección política es la marca de la tribu del otro lado del río. Es una estrategia defensiva, sectaria, a la espera de tiempos mejores.

No hay forma de superar el pensamiento grupal. Ni siquiera la crítica negativa, la única que debe mantenerse contra viento y marea, lo permite. «¿Y tú qué harías?» te pregunta el criticado y no puedes estar demasiado tiempo diciendo «nada».

Esto que he escrito también es un fraude. Y si sonríe mientras piensa «me había dado cuenta y soy uno de los nuestros» es que no se ha dado cuenta de verdad.

Explorador blanco, corazón negro

En noviembre de 1883, Henry Morton Stanley volvía a las cataratas que llevaron su nombre, el lugar en que el Lualaba se empieza a llamar Congo, y que ahora llamamos cataratas Boyoma. Era su tercera incursión por la zona, enviado, una vez más, por Leopoldo II, el rey constitucional de los belgas, y déspota y dueño de un país gigantesco ganado en una estrambótica lotería diplomática. Stanley venía remontando el río desde Leopoldville cuando empezó a encontrar signos de destrucción. Al acercarse a un poblado del que solo quedaban restos quemados, vio, inmóviles, a cientos de personas que los «miraban con lerda indiferencia, como si estuvieran más allá del bien y del mal».

Stanley escribía, sin la maestría de Conrad, una precuela real del corazón de las tinieblas, la negra visión europea de un río voraz y miasmático, oculto por la bruma y la selva impenetrable en la que resuenan ominosos tambores que anuncian antropófagos, pleno de peligros y malos augurios. Sin embargo, si este artículo habla del Congo, en un número «negro», no es para insistir en un mito literario en el que la población sirve como fondo para experiencias al límite de personajes ambivalentes. O sí, pero mirando desde el otro lado del espejo: el explorador blanco que admiramos, pese a su brutalidad, por la naturaleza inequívoca de sus hazañas, se convierte en un instrumento del desprecio por la vida y la libertad de personas que no tenían nada que ver con juegos imperiales y narraciones para ociosos nuevos ricos. Del negro corazón de los que eran recibidos como héroes en la civilizada Europa, y del negro corazón de los que diseñaron una tiranía supuestamente bienintencionada, usando para ello la negra tinta de tratados esperpénticos, es de eso de lo que quiero hablar.

Habíamos dejado a Stanley escribiendo sobre la lerda indiferencia de las miradas de negros más allá del bien y del mal. Continúa describiendo orillas quemadas y canoas carbonizadas puestas en pie, a modo de columnas, mientras suben por el río. «Detectamos un objeto, color pizarra, que flotaba río abajo», nos explica. El «objeto» eran los cadáveres atados de dos mujeres. Los negreros de Tippu Tip habían arrasado la región buscando esclavos. Más de dos mil —la mayoría mujeres con sus hijos—, encadenados y amontonados, quedaban de los miles que habían perecido intentado salvar a sus familiares. Stanley, en sus escritos, clama contra el horror que presencia. Reflexiona incluso sobre la posibilidad de vengar a esos pobres diablos. Sin embargo, termina renunciando por carecer de autoridad y por la necesidad de mantener buenas relaciones con los culpables de la masacre. La impostura hiede y viene de antiguo. Stanley no solo renunció a la venganza, sino que propuso a Tippu Tip como gobernador del Congo oriental. Leopoldo II aceptó y el negrero pudo campar a sus anchas durante cinco años, justo hasta que dejó de ser útil. En ese momento, y utilizando nuevamente la excusa de la persecución del esclavismo, Leopoldo desencadenó una guerra brutal en la que la mayoría de los soldados que usaron ambas partes eran nativos de las zonas cercanas al Lualaba, que solían darse festines con los prisioneros, a los que rompían brazos y piernas y sumergían en agua, aún vivos, para ablandar su carne con el sufrimiento, antes de echarlos al caldero.

Así son, casi siempre, las narraciones de la época. Describen un mundo cruel, ya preexistente, en el que todas las acciones se justifican precisamente por esa crueldad y por la necesidad de sacar a los africanos de su existencia bárbara. Ese era el mainstream. Hoy se suele pensar que la Conferencia de Berlín de 1884-1885 pretendía y consiguió repartir África, pero no es cierto. Los objetivos eran más limitados: sí, se trataba de fijar algunos principios para la futura colonización, pero una parte sustancial de los trabajos previos y las declaraciones se centraban en la promesa civilizatoria. Lo cierto es que esa promesa solo se tradujo de manera efectiva en la protección a los misioneros. Lógico, eran blancos. Ni la prohibición de la trata de esclavos, ni la puritana idea de impedir la venta de alcohol, ni la defensa del libre comercio sobrevivieron a la realidad. Nominalmente dejó de haber esclavos, pero el Estado libre del Congo se convirtió en ese espanto en el que para lograr las cuotas exigidas de caucho se obligaba al trabajo forzoso y se recolectaban manos y cabezas como represalia (las manos llegaron a servir como moneda); la prohibición de venta de alcohol duró lo que tardaron en aparecer las reclamaciones de los comerciantes alemanes; en cuanto al libre comercio, como la AIC que descendía de la CEHC que era bastarda de la AIA (no se preocupe, estimado lector, en buscarlas, son las asociaciones fantasma creadas por el rey de los belgas) terminó siendo dueña de toda la tierra no cultivada, también lo era de los lugares en los que se producían el marfil y el caucho. Así, lo único de valor que producía esa tierra castigada era monopolio de un monarca genocida, responsable, en los veinte años que duró su propiedad personal, de cinco millones de muertes.

En cuanto a los principios básicos para el reparto de África, hubo uno, el de respeto a los tratados, en el que los exploradores europeos tuvieron un papel predominante. Examinemos el más conocido de cerca.

Cuando Stanley, ya mundialmente famoso por su célebre encuentro con Livingstone, y tras casi tres años de penalidades, llegó a la desembocadura del río Congo, intentó convencer al gobierno del Reino Unido de las inmensas posibilidades de las tierras que acababa de recorrer. La recepción a sus ideas fue fría. Todavía entonces los ingleses preferían mantener el statu quo con los portugueses para impedir la expansión francesa en la zona. Leopoldo II se aprovechó y captó a Stanley para una causa que se resumía en obtener un territorio colonial en cualquier sitio. No es broma: el putero rey belga solo se interesó por África al descubrir que encontrar alguna colonia disponible en Asia era muy difícil. Estamos hablando del hombre que dijo en voz alta que el tesoro imperial japonés era valiosísimo y que estaba muy mal resguardado. Stanley, reclutado por Leopoldo, volvió al Congo con la finalidad de construir un ferrocarril entre su desembocadura y su parte navegable, para luego firmar tratados con todos los reyezuelos que fuese encontrando. Ese era el plan. Sin embargo, un francés de origen italiano, Pierre Paul François Camille Savorgnan de Brazza, que ya se había dado varios tours por Gabón y el río Ogooué, y estado a punto de llegar al propio río Congo antes que Stanley, terminó robándole la cartera.

Se trata de una historia de ladrones que aparentaban ser caballeros. Stanley estaba en Isangila, muy cerca de la desembocadura del Congo, cuando un nativo le entregó un papel en el que Brazza había escrito su nombre. El francés, que venía acompañado por quince gaboneses armados con fusiles, había descendido por el río desde Stanley Pool (hoy Malebo Pool), el lugar en el que se enfrentan las capitales de dos países (Brazzaville, capital de la República del Congo y Kinsasa, la de la República Democrática del Congo). Stanley le dio al francés algunas provisiones y le cedió unos guías que lo conducirían a la costa. Lo que no sabía –y Brazza no le contó- es que el francés había firmado un tratado con un jefe local de Stanley Pool, llamado Makoko. El documento firmado por Makoko colocaba las tierras de la orilla derecha del Congo bajo protectorado francés y autorizaba a Brazza a construir un fuerte en la aldea. Imaginen en qué consistía el fuerte. Brazza tenía que volver rápidamente a Francia para conseguir el apoyo de su gobierno, que no había dado poderes de ningún tipo al aventurero, pero sabía que antes de su regreso Stanley llegaría a Malebo Pool. Así que dejó en la aldea de Makoko a dos soldados gaboneses al mando de un sargento senegalés llamado Malamine, con un ejemplar del documento. Le ordenó no abandonar el lugar bajo ninguna circunstancia y enseñar el papel a cualquier blanco que apareciera por allí. Nueve meses más tarde Stanley llegó a la aldea de Makoko y se encontró con el sargento que, avisado de la llegada del explorador, vestía con su uniforme del ejército francés y llevaba una bandera tricolor. El sargento, mostrando el papel, comunicó a Stanley que el señor de Brazza había tomado posesión de todas esas tierras en nombre de Francia. A Stanley no se le ocurrió otra cosa que ponerse a investigar quién era Makoko y, como era de esperar, resultó ser uno más de los múltiples jefes tribales de la zona. Intentó firmar tratados con otros reyezuelos, pero el sargento senegalés, un tipo de cuidado, hizo correr el rumor de que los blancos comían niños negros, y desbarató cualquier posibilidad. Stanley renunció y Brazza, que finalmente logró el apoyo de su gobierno gracias a una campaña de prensa fervorosamente nacionalista, sentó la base de lo que más tarde sería el África Ecuatorial Francesa.

Bismarck lo dijo en la conferencia de Berlín: todos podían conseguir esos trozos de papel con «cruces de negros debajo». Sin embargo, muchos de ellos fueron decisivos a la hora de determinar las fronteras que hoy dividen África arbitrariamente. Lord Salisbury ironizaba al afirmar que en Berlín se habían estado regalando unos a otros montañas, ríos y lagos, pese al nimio detalle de ignorar por completo dónde estaban. Dio igual. Los «tratados» fueron firmados literalmente a miles. Solo Stanley fue responsable de más de quinientos a lo largo de la orilla izquierda del Congo. La Royal Niger Company casi de cuatrocientos. Carl Peters, el tarado alemán que provocó una revuelta por imponer impuestos hasta por respirar, firmó decenas en lo que hoy es Tanzania y más tarde en Uganda, y sus compatriotas, los Denhardt, lograron de Ahmed «el León» de Witu, la cesión de veinte millas cuadradas que ellos, cuando decidieron convertir a Ahmed en jefe de todo el pueblo suajili, transformaron en el título para reclamar para el Imperio alemán desde Mozambique hasta el Cuerno de África. Muchos de esos tratados, en los que se imponía el protectorado, se redactaban y firmaban en un solo ejemplar, en la lengua del explorador. Stanley los llevaba incluso «normalizados», como si fueran impresos administrativos con sus timbres y sellos estampados. Los pocos que se tradujeron al idioma local eran simplemente incomprensibles para los que los firmaban o no coincidían con el ejemplar escrito en la lengua europea. Y uno de los reyes que se resistió a firmar un documento similar, Misri de Katanga, fue tiroteado por un oficial del ejército privado de Leopoldo II.

Lo más indecente de este sainete es que, pese a que los gobiernos europeos eran absolutamente conscientes de lo absurdo que era basar sus pretensiones en esos documentos, insistieron casi siempre en su valor legal y terminaron apoyando en ellos reclamaciones sobre territorios no controlados. Lo hicieron así porque en un juego en el que todos eran tramposos denunciar al rival implicaba poner en cuestión tus propios títulos de soberanía. Y así, reputados eruditos y expertos en derecho internacional, terminaron uniéndose a la farsa, al dar el visto bueno a papeles que no pasaban de ser una burda justificación para el saqueo.

Puede que la región del Congo no fuese el lugar más agradable del mundo antes de que llegasen los europeos. Y es seguro que no lo ha sido en estos años de guerras civiles y genocidio. Los millones de muertos de los últimos veinte años no han de incluirse en el debe de la colonización europea, siquiera porque los pueblos y los que los dirigen han de ser responsables de su destino, y no hay nada peor para lograr esto que aferrarse al culpable exterior. Esta verdad no adelgaza el triste legado que dejamos los que pretendíamos ser más civilizados, cultos y humanitarios. Llegamos con una arrogancia inaudita, los tratamos como a algo peor que objetos, los parcelamos con divisiones sin sentido, los oprimimos y explotamos y, al marcharnos, los dejamos prácticamente a su suerte.

En nuestro imaginario, el Congo es negro, el corazón de las tinieblas. Pusimos allí lo que llevábamos dentro.

El alma de las cosas

Para Juan Francisco de la Torre y Antonio Ruiz Hernando. Sin su ayuda y magisterio habría sido imposible escribir este artículo 

Querido lector, cuando se enfrente a este número de JotDown, comprado, prestado o —espero que no— distraído de algún establecimiento del ramo descubrirá que su leitmotiv es el viaje raro, extravagante, inusual o desconocido, y que podrá hojear estas páginas y más tarde demostrar su espíritu aventurero o, al menos, a contracorriente. Yo no se lo pondré tan fácil. Para lo que yo propongo necesita contar con una llave maestra de la que casi no existen copias y para acceder a ella tendrá que hacer algo más que pagar una entrada o trastear.

Yo estuve en la casa de Bosu en Flandes medio día, y yo prometo a V. Magd. que es un pedaço de edificio el mejor labrado y tratado que yo acaa ni allaa hasta agora he visto.

Esto escribió el maestro de obra Gaspar de Vega a Felipe II el 16 de mayo de 1556. Debía de ser el castillo de Boussu una obra magnífica, ya que la opinión no la da cualquiera. Gaspar había sido enviado por el entonces príncipe heredero a Inglaterra, Flandes y Francia a examinar las construcciones que tanto le habían impresionado años atrás. Vio muchas, pero de la que mejor habla es de esta edificación por desgracia desaparecida. También desaparecieron, víctimas del fuego o de la guerra, el palacio de Binche y el pabellón de caza de Mariemont. Todos son obra de Jacques de Broeucq, el arquitecto favorito de María de Hungría, estadista, hermana de emperadores y esposa de un rey muerto en la guerra contra el turco. Puede que se pregunte usted el porqué de que le hable de castillos y palacios arruinados por el fuego o la demolición. Voy a ello.

Los fantasmas de esos y otros edificios muertos, antaño esplendorosos y a menudo sustituidos por algo gris y trivial, habitan entre nosotros. Hubo un Real Alcázar en Madrid, destruido por el fuego en la nochebuena de 1737, y del que ahora sólo nos quedan planos y dibujos. También hubo un Alcázar en Toledo, que tuvo que ser completamente reedificado tras la Guerra Civil. Y hubo una Casa del Bosque, en Valsaín, pabellón de caza de los Trastámara y luego Palacio, del que sólo quedan restos.

Entre todos estos «hubo» podríamos incluir el que más me interesa, el del restaurado Alcázar de Segovia, si no fuera porque el tiempo verbal no sirve. No hubo, sino que hay un Alcázar de Segovia, y eso se lo debemos a un milagro, considerando lo cerca que estuvo de ser también una nota en los libros de historia.

El 13 de noviembre de 1873, la Dirección General de Propiedades y Derechos del Estado ordena a su delegado en la provincia de Segovia: «dado el abandono en que se encuentra el Alcázar y el contiguo Parque, ambos propiedad del Estado, (se) le autoriza para su enajenación en pública subasta». Si no hubiera sido por la resistencia de una serie de personas, como Ezequiel González, administrador de los Condes de Chinchón (descendientes de los alcaides del Alcázar), de los tres hombres designados para la valoración del terreno, Manuel González del Valle, maestro de obras, Marcelo Laínez, perito agrícola, y el arquitecto municipal, Joaquín Odriozola,  que renunciaron a sus cargos para dinamitar el proceso de enajenación, y de la Comisión de Monumentos del Ayuntamiento segoviano, que tuvo que llegar incluso al propio Alfonso XII, el Alcázar también estaría en la nómina de joyas desaparecidas. Sin embargo, lo que pudo convertirse en un desastre dio lugar a una de las reconstrucciones más afortunadas de las realizadas en España.

El Alcázar ardió el seis de marzo de 1862. Llevaba más de un siglo decayendo —con la propia ciudad— y acogiendo el Real Colegio de Artillería, la aristocracia del ejército español, en el que los cadetes niños, segundones de  familias nobles en su mayoría, recibían una formación científica y militar que los convertía, a los dieciséis años, en jóvenes oficiales. El Alcázar decaía, pero desde muy alto. Situado en un emplazamiento en el que debió existir una fortificación romana, de la que aún quedan algunos sillares, fue originalmente un valladarium Castelli, construido a finales del siglo XI, fecha en la que comenzó la repoblación de la zona, tras la Reconquista. Creció de forma confusa, alrededor de un patio de armas, defendido por puente levadizo y torre delantera, que se completaba tras la última crujía de poniente con otra torre defensiva, preludio de la actual del Homenaje, separada del conjunto y elevada sobre la roca bajo la que confluyen los ríos Eresma y Clamores. El castillo se fue enriqueciendo alrededor de ese núcleo original con obras básicamente de naturaleza militar  —el Alcázar sufrió numerosos asedios a lo largo de su historia— y otras dirigidas a ampliar el lujo y confort de un edificio que sería el preferido de muchos reyes y reinas de Castilla. La inglesa Catalina de Lancaster, esposa de Enrique III, aprovechó la crujía norte, que había surgido por razones estrictamente defensivas, dividiéndola en estancias presididas por la gran Sala de la Galera. Enrique IV, siguiendo instrucciones de su padre, Juan II, levantará la enorme torre que preside el Alcázar, utilizando piedra que se extrajo del foso, que adquirió por ello su gran profundidad actual.

Sin embargo, la actuación que le da su aspecto exterior tan inusual en los castillos españoles se produce en el siglo XVI, por impulso de Felipe II. Podemos volver al principio, a Gaspar de Vega y a sus viajes europeos.

Felipe II era un rey obsesionado; un hombre preocupado por todo. Como amante de la arquitectura también se obsesionó por controlar las obras en las edificaciones reales. Había visto los castillos y palacios del norte de Europa, en particular los construidos en Inglaterra y Flandes, y se empeñó en que las construcciones que ya va proyectando en su cabeza, se enriquezcan con puntiagudos chapiteles de pizarra, estilizados y elegantes, alzados sobre armaduras de madera, un ejemplo magnífico de un trabajo artesano y geométrico, producto de la experiencia de siglos.

Como veo que falta algo de concierto en esta exposición, quizás por el vicio de resultar más enigmático, antes de seguir con las andanzas de Gaspar de Vega, les daré, como yo lo he recibido, algún material de trabajo, para que sepan por dónde se andan.

Hasta que el hierro y el acero lo cambiaron todo, cualquier construcción se dividía en dos sistemas, la fábrica y la armadura. En la fábrica —sillares, mampuestos, ladrillos— lo fundamental es la masa de los materiales que los hombres han obtenido y obtienen del suelo, que, por su escasa cohesión, sólo nos servirán amontonados, primero, y adheridos, después, gracias al descubrimiento de los cementos, de forma que trabajen a compresión. En las armaduras, sin embargo, la naturaleza de la madera permitirá el trabajo a tracción y flexión, pero con una doble limitación: la derivada de la necesidad del arriostramiento o consistencia del entramado, y la que se origina en las escuadrías o longitud máxima de las vigas, producto del tamaño máximo de los troncos de los grandes árboles.

La madera se utiliza en forjados y cubiertas para salvar las luces o distancia que hemos de cubrir, partiendo de las formas más sencillas hasta dar lugar a los entramados más complejos y sofisticados. En los países en que las precipitaciones y, con  ellas, el peso de las aguas y de la nieve, podían hundir los cerramientos, además de provocar goteras, se optó pronto por cubiertas inclinadas sobre pares de vigas de madera. Las cubiertas inclinadas introdujeron un problema mecánico: los empujes horizontales en los muros sobre los que se apoyaban, que tienden a derribar el propio muro. Toda la evolución posterior de la arquitectura de armar va dirigida a solventar esos tres problemas unidos entre sí: el del arriostramiento o consistencia del entramado; el del tamaño del espacio que hay que cubrir o luces; el de la necesidad de evitar los empujes horizontales.

Una forma de dar consistencia al entramado, a la vez que se evitaban esos empujes horizontales, era triangularlo, introduciendo un tirante (otra viga de madera) que uniese los pares y que absorbiese las tracciones internamente. Gracias a evoluciones de este sistema se pudieron salvar luces mucho mayores a las del tamaño de troncos disponibles, como sucede en el caso de los 24 m de la desaparecida Basílica de San Pedro Extramuros. Para lograrlo se va incrementando la complejidad de las armaduras, mediante el uso de nudillos y jabalcones, vigas que sirven para solventar el problema de las flexiones en los pares, que se comban cuando son demasiado grandes. Para esto, sin embargo, hay que esperar muchos siglos, ya que las soluciones atirantadas que se utilizaban en el Imperio romano se olvidarán en toda Europa, salvo en Italia, hasta el Renacimiento. Los maestros de lo que en España se llamará «carpinteros de lo blanco» (por el color de la madera que utilizan para su trabajo) terminarán conociendo de manera puramente artesanal, sin llegar a comprender sus fundamentos matemáticos, el mecanismo que permite, mediante cortes en ángulo y disposición adecuada de las vigas que forman el entramado y los elementos de sujeción, resolver prácticamente cualquier problema constructivo. Una de esas respuestas, sin necesidad de tirantes, derivada de la gran inclinación de las cubiertas centroeuropeas es de origen sajón y normando, y se basa en una forma cercana a la del arco que, utilizando ensamblajes de gran rigidez, permite salvar luces tan grandes como los 20 m de Westminster Hall.

Todas estas prácticas se realizaban dentro de gremios en los que se ascendía desde la categoría de aprendiz a la de oficial lacero y, más tarde, a la de geómetra; la necesidad de mantener el secreto de las técnicas que se aprendían en esos gremios llevó a que no se plasmaran por escrito hasta muy tarde. La obra más antigua que trata la carpintería de armar, el Álbum de Villard de Honnecurt, es notable precisamente por su antigüedad, ya que fue publicado en 1235. A partir del siglo XV, y hasta el XIX, autores italianos, españoles y sobre todo franceses irán publicando libros cada vez más exhaustivos y especializados. Lo asombroso es que hasta los tratados de finales del siglo XVIII esas obras no incluyen fórmulas de cálculo y haya que esperar al siglo XIX para que se sustituyan las relaciones de escuadrías por reglas proporcionales en función del tamaño de las estructuras. Era, en todo, un saber práctico y casi arcano.

Las armaduras de pares llegaron a España en época visigótica. Como el clima no es tan exigente, las pendientes de las cubiertas se hicieron más suaves y para ellas se utilizó el sistema llamado «de par y nudillo», muy sencillo, pero poco eficaz para salvar grandes luces. Las cubiertas normalmente eran de teja, encajadas entre sí, mediante simple apoyo. El espacio interior trapezoidal, llamado almizate, dejado por la sucesiones de nudillos y que permite la decoración mediante lacería, es el tan habitual de muchas edificaciones españolas, sobre todo las de origen mudéjar.

A diferencia de las armaduras españolas, las del norte y centro de Europa no sólo tendrán perfiles más inclinados, sino que utilizarán la pizarra asegurada mediante clavos y ganchos. La introducción de esta forma de hacer, por impulso directo de Felipe II, dará lugar a una síntesis típicamente española que se extenderá durante siglo y medio, a partir del modelo del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Carlos I y Felipe II, entonces príncipe, ya habían empezado un ambicioso plan de construcciones y mejoras de las edificaciones existentes en España en la primera mitad del siglo XVI. Los encargados de realizarlas eran fundamentalmente Luis de Vega y Alonso de Covarrubias.  Gaspar de Vega era sobrino del primero, y sabemos que había intervenido como ayudante de su tío en las obras de reforma del Real Alcázar de Madrid y del Palacio del Pardo, entre otras razones porque nos han quedado planos atribuidos a él de ambas edificaciones. En 1552 se le nombra maestro mayor de las obras ya iniciadas en la Casa del Bosque o Palacio de Valsaín, y llama la atención de Felipe II, que lo escoge precisamente para examinar las construcciones que tanto le han gustado en su anterior viaje a Flandes. Gaspar está en Bruselas en 1555 cuando Carlos I abdica de sus títulos sobre los «Estados de Flandes» a favor de su hijo, y allí sigue cuando al año siguiente hace lo mismo respecto de los reinos de España, Sicilia y Cerdeña. Sabemos que aprovecha ese tiempo para empaparse de la arquitectura local, y que también visita París y atraviesa Francia, porque plasma sus impresiones en un memorial dirigido al rey, que escribe ya de vuelta en España, en 1556. En otro memorial le da noticia del estado de las obras que se están desarrollando en Toledo, Madrid, Segovia, El Pardo, Aranjuez, Aceca y Valsaín. La importancia de este memorial, en lo que se refiere a la introducción en España de la carpintería de armar centroeuropea, es muy grande, porque Felipe II contesta desde Bruselas, en 1559:

… hame parecido que será mejor hacer los tejados agros, a la manera de estos estados y cubrirlos de pizarra que, como habéis visto son muy lucidos (…) Y, así, he mandado que se busquen ocho oficiales diestros, dos para sacar la pizarra, y cuatro para cortarla y aderezarla y sentarla, y los otros dos para hacer los maderamientos y armarlos: y todos partirán a tiempo que sean ahí en la primavera.

Y así se hizo. Llegaron a España y tal como pidió el rey («…procuréis que los otros oficiales que trabajan en estas obras se avengan bien con ellos por ser extrageros») se dio a los maestros flamencos oficiales españoles «que salieron hábiles», y su arte y manera de construir se extendió por España. Esos maestros flamencos intervendrán directamente en la construcción de las armaduras del Alcázar segoviano. Por desgracia, sólo las armaduras de dos chapiteles —y no los más importantes— se salvaron del incendio, pero por suerte pudo restaurarse el resto con gran fidelidad. La armadura de los chapiteles del Alcázar es triangular, de tijera, y las escuadrías son muy largas y delgadas, por lo que, aunque están muy inclinadas, en ángulos de alrededor de 50º, su propio peso y el de los faldones, y el empuje del viento y la carga de la nieve, obligaron a colocar dobles nudillos. Además, y para favorecer la ventilación (Segovia es un lugar en el que hace mucho frío y mucho calor) se colocó una sobrestrectura de pares apoyados sobre las correas —maderas transversales— de la estructura principal.

Este es el viaje que no podrá usted realizar. Podrá visitar el Alcázar, como hace más de medio millón de personas al año, convirtiéndolo en el segundo monumento civil más visitado de España, pero no podrá internarse por lo que está oculto, y entrever los bosques de escuadrías, los jabalcones simplemente apoyados y unidos permanentemente por la geometría de fuerzas, que casi pueden visualizarse como discurriendo por cañerías imaginarias, o el gran péndulo rígido de uno de los grandes chapiteles que funciona a modo de peso muerto para equilibrar una estructura rígida y flexible a la vez. No podrá comprobar cómo los agujeros de los ventanucos de ventilación producen cámaras oscuras que proyectan, en días de sol, imágenes perfectamente nítidas de la plaza de la Catedral y de las personas que pasean por ella. No podrá, si la visita en invierno, en un día de viento, escuchar el terrible crujido y movimiento de una estructura de toneladas de peso, hecha para el movimiento y el quejido, y no podrá, si la visita en verano, agobiarse con el sofocante calor que produce la pizarra, tanto que se colocan enormes baldes de agua para evitar los incendios. Y no podrá sentir el vértigo de la inclinación de los tejados negros al mirar desde los agujeros de ventilación que dan a la Vera Cruz.

Ese paseo, para el que es necesario tener una llave que abre todas las puertas, te lleva por lugares en los que se almacenan restos de armaduras de madera, de pizarra original, de maquetas de plazas fortificadas o de mobiliario cubierto de polvo.

Y si existe es gracias al trabajo, sobre todo, de un arquitecto español; a eso y a la fortuna.

El incendio del Alcázar destruyó casi todas las armaduras de madera y cubiertas (como he dicho sólo se salvaron las de dos chapiteles), afectó a tres de las cuatro torrecillas de la mole de la torre de Juan II y a parte de su fábrica, a la techumbre de todos los salones regios y de forma muy importante al herreriano Patio de Armas.

Para su reconstrucción se redactaron ocho proyectos diferentes. Destacan tres de ellos. El primero, realizado por ingenieros del ejército, que pensaban en realidad construir un nuevo edificio de «espíritu» gótico, y el quinto y séptimo, obra ambos del arquitecto provincial Antonio Bermejo y Arteaga. Por suerte se llevó a la práctica el quinto, que dejará el Alcázar tal y como lo conocemos, pero no el séptimo. Merece la pena hablar un poco del proceso de restauración.

Casi al comienzo de este artículo comenté que el Alcázar podía haber sido sustituido por un barrio nuevo de Segovia. Cosas del siglo XIX dirá alguno de ustedes. Por desgracia, la chapuza nacional siguió en el siglo XX. En 1979, Rafael Cantalejo San Frutos, autor de Los proyectos de restauración del Alcázar de Segovia tras el incendio de 1862 pudo examinar los proyectos originales, con sus memorias y planos, de restauración del Alcázar. Esa documentación, de enorme valor histórico y arquitectónico, desapareció tras una exposición. Sí, no es broma, desapareció. Por suerte, Cantalejo había fotografiado la mayor parte de los planos y memorias y hoy se pueden examinar en su obra.

En el siglo XIX, en pleno romanticismo, se exporta desde Inglaterra a toda Europa la idea del gótico como el estilo arquitectónico más puro y refinado. Y surgen tres corrientes acerca de la restauración de construcciones antiguas, fundamentalmente medievales: la defendida por Ruskin, que se oponía a todo tipo de intervención; la del italiano Boito que defendía una restauración completa pero que no afectase a la primitiva fábrica de los edificios; y la más radical, la de Viollet-le-Duc. El francés defendía la necesidad de intervenir en las edificaciones incluso «limpiándolas» de añadidos contrarios a su espíritu original, y preconizaba la reconstrucción y reinvención de elementos conforme al mismo.

Esta posición influyó en Bermejo, que se planteó suprimir añadidos (como la Galería de moros) y compartimentaciones que tenían su origen en el uso que se la había dado al edificio como Academia. Para hacer su trabajo contó con un álbum de dibujos realizado en torno a 1830 por José María Avrial y Flores, que había no solo dibujado cada una de las salas, sino, con gran precisión, los detalles de la decoración, como las piñas o las tallas de los reyes de las salas que llevan ese nombre. También aprovechará los descubrimientos que se producen como consecuencia del incendio, como las puertas ojivales entre las estancias o los ventanales amainelados que hoy se ven en la Sala de los Ajimeces, e incluso utilizará un artesonado mudéjar traído de una iglesia local para rematar la capilla. Otro de los grandes aciertos es precisamente reproducir todas las armaduras de madera, utilizando como modelo las dos existentes y las de la Casa de la Moneda de Segovia, de la misma época que las originales. Del bosque de Valsaín saldrán de nuevo las vigas que servirán para hacer el entramado que permita colocar la pizarra traída del pueblo de Bernardos y aún encontrará carpinteros de lo blanco capaces de cortarlas con las longitudes, secciones y ángulos correctos, y montarlas. Un trabajo similar hoy resulta prácticamente inimaginable.

Es imposible en un artículo ni plantear un análisis medianamente detallado del alcance de estas obras que ascenderán a la suma de poco más de un millón de pesetas y se extenderán durante diez años. Recomiendo a cualquier persona interesada, la lectura de la obra antes citada que contiene, como anexo, planos, memorias y dibujos. Sólo me detendré en el proyecto nº 7 antes citado y que, por fortuna seguramente, no pudo llevarse a la práctica. El Patio de Armas o del Honor construido en tiempo de Felipe II por Francisco de Mora, discípulo de Herrera, se vio muy afectado por el fuego. Bermejo decidió que había que derribarlo por completo y sustituirlo por uno nuevo de carácter neogótico. Los dibujos que se conservan del proyecto nos muestran un patio con grandes arcos ojivales, rematados por rosetones en su planta baja, y con ventanas adinteladas y ojivales en su planta superior, con una cornisa almenada en lo alto. Se trata de un hermoso proyecto, pero para llevarlo a la práctica habría sido preciso derribar el patio auténtico.

Por suerte, esta intervención, la que habría afectado de forma más evidente al edificio conforme a los criterios actuales, no pudo llevarse a cabo: reconstruir el patio costaba 111.501 pesetas; construir uno nuevo, 227.506 pesetas. Parece que en algo si eran más prudentes: en la desviación presupuestaria. Bermejo había reforzado el aspecto medieval del edificio, pero lo hizo finalmente de forma sutil, nada agresiva, con una profesionalidad y un gusto que exigen reconocimiento.

A él y a aquellos que se negaron a la demolición de un edificio tan hermoso y romántico les debemos la permanencia de una obra magna, que supura autenticidad a pesar de la agresión del fuego. Una obra que nos recuerda, además, tantas otras que se perdieron.

Si no lo conoce, visítelo en cuanto pueda, empezando por una vista de la enorme mole desde poniente con la esbelta Torre del Homenaje en la que se conserva en piedra la lista de los oficiales artilleros que renunciaron al ascenso por méritos de guerra y descansa el sable de Daoiz. Luego pasee por su interior o suba los cientos de escalones de la enorme Torre de Juan II para ver Segovia casi desde el cielo. Pero mientras lo hace, recuerde que a su alrededor están los huesos, los tendones y la piel del edificio y que eso que no puede usted ver quizás sea lo que más merece la pena.

Take up the White Man’s burden

Cuando Julio Verne nació, en 1828, la revolución industrial había demostrado ya su poder en Gran Bretaña. Con ella, con sus éxitos indiscutibles, y por la mitificación de una casualidad histórica que fue vista como un designio racial, nacerían —y crecerían durante todo el siglo XIX— la esperanza y el horror. Sus cimientos son contemporáneos del escritor francés y se exaltan en sus obras. De eso trata este artículo, de la cara b del nacimiento de la modernidad.

La época de Verne es, en parte, una época de adanismo. Los hombres blancos, europeos, anglosajones, franceses y alemanes, se deslizaron con enorme derroche de buenas intenciones sobre lo que consideraban obvio: que el poder de las máquinas europeas, primero, y el poder de su ciencia, después, eran la demostración de que la raza blanca era superior y que a ella incumbía guiar a los demás pueblos hacia la paz, la prosperidad y la felicidad, pagando el precio de su sometimiento. El racismo no era nuevo; lo nuevo era su método y su justificación. La inferioridad ya no derivaba de cuestiones no sistematizadas relacionadas con el salvajismo, las costumbres o la religión, sino de algo mucho más peligroso: de la cuantificación. Los europeos decidieron que la misma ciencia que había producido máquinas tan asombrosas podía aplicarse sin más a la explicación de fenómenos mucho más complejos, pero que ellos, con ese optimismo tan evidente en la obra de Verne, consideraban perfectamente abarcables. Ya no nos preguntábamos si un indio tiene o no alma, sino que medíamos y pesábamos su cerebro o su cráneo, y sacábamos conclusiones.

Hablaba antes de buenas intenciones y así creo que fue, pero preñadas de una perezosa e interesada creencia: si la realidad era producto del determinismo biológico, la superioridad material de la tecnología y la ciencia blancas eran a la vez una prueba de la superioridad de ciertas razas; si explicábamos con un método «científico» por qué los negros o los asiáticos eran inferiores, la dominación sería no sólo benéfica para el conjunto de los seres humanos, sino inevitable.

Se trató de un movimiento absolutamente transversal, en el que muchas figuras «progresistas» abrazaron con entusiasmo explicaciones seudocientíficas y programas enajenados, a menudo olvidados pese a encontrarse en el origen de gran parte de los horrores del siglo XX. Esas pretensiones y sistemas beberán de las lecciones e ideas de hombres como Saint-Simon, Comte, Carlyle, Spencer, Disraeli, Dilke, Zola, Lombroso, Pearson o Bernard Shaw.

Es esta la época de Galton y de De Gobineau. El uno, en su Hereditary genius: An Inquiry into Its Laws and consequences, concluyó que los caracteres importantes estaban totalmente determinados por la herencia y que la especie humana podía ser mejorada planificando el nacimiento de los más dotados y prohibiendo la reproducción de aquellos que podían manchar, con su estupidez y su grisura, la herencia de las generaciones futuras. El otro dio un salto desde el individuo y en sus Essai sur l’inégalité des races humaines las comparó, concluyendo que los negros de África se situaban en lo más bajo de la escala y que el mestizaje de los pueblos europeos —como consecuencia de la expansión imperial de griegos, romanos y turcos— con razas orientales y africanas, había producido una degeneración de la raza blanca de la que sólo se salvaba la germánica que habitaba en Gran Bretaña, Alemania, Bélgica y norte de Francia.

Todas estas teorías se veían reforzadas por una creencia en la inevitabilidad del progreso y del conocimiento científicos, aplicados a todo tipo de saberes y, en particular, a las ciencias sociales. El salto de la hipótesis darwinista en la evolución de las especies al llamado darwinismo social, dado por Spencer, era prácticamente inevitable. La lucha por la vida aparecía como el motor en la evolución de las naciones, y las más fuertes y dotadas para la lucha y la abstracción, para el desarrollo material y para el espiritual, tenían que ser las europeas. Se convirtió además en un movimiento «meritocrático», porque el héroe de la raza podía ser un hombre de clase media, elevado por sus méritos, y porque el establecimiento de sus designios podía organizarse burocrática y ordenadamente.

Ya no sólo se podía crear una máquina para producir mejor y más deprisa. También se podía lograr una sociedad mejor, basada en el desarrollo físico, moral y espiritual, conforme a principios sistematizados. La alucinación colectiva comenzaba y aún se creía que el progreso científico sería la respuesta para todas las preguntas. Es comprensible que un «saintsimoniano» como Jules Hetzel se comprometiera con esa visión ideal y dedicase parte de su labor editorial a la formación de las masas y, en particular, de los niños. Los libros que saldrán de sus imprentas están repletos de información sobre los avances tecnológicos y sobre la diferencia entre el mundo civilizado, con sus fábricas, ferrocarriles, ciudades llenas de bullicio y entusiasmo, y las naciones atrasadas, nostálgicamente atractivas, pero sólo como ese lugar en el que los héroes y aventureros pueden dejar su huella. Son héroes y aventureros europeos, que arrostran peligros y actúan como el faro del nuevo mundo, utilizando todo el arsenal de ingenios mecánicos creados o entrevistos. En esa visión encajaron perfectamente Julio Verne y sus Viajes extraordinarios que comenzaron, como es conocido, con Cinco semanas en globo.

El concepto de ingeniería social se convirtió en un lugar común. Ni los mejores escaparon de sus peligros. Verne, un antiesclavista declarado, se deja influir también cuando convierte la causa de la abolición de la esclavitud en una causa de blancos contra blancos. En Norte contra Sur, la novela en las que plasmó su visión de la Guerra de Secesión americana, los negros liberados por James Burbank renuncian a su libertad por fidelidad a su bondadoso y equitativo amo —ya que amo sigue siendo—; y lo mismo hace Nabucodonosor, el sirviente del ejemplar Cyrus Smith, en La isla misteriosa. Peor parados, incluso, resultan el niño negro Moko, de Dos años de vacaciones, o el temeroso y corto de entendederas Frycollin de Robur el Conquistador.

Podríamos escapar de esa opinión imaginando a un escritor blanco y francés que construye una historia coherente, en la que los negros liberados se apoyan en la bondad de sus antiguos amos para defenderse del odio que los rodea. Pero no, esa solución de compromiso, aunque pudiera ser cierta en parte, no evita la idea que tiene Verne acerca de las cualidades propias y diferentes de las razas, y de la superioridad de unas e inferioridad de otras. En el tardío El pueblo aéreo, Verne se planteó el problema del darwinismo y de la posible existencia de un eslabón perdido entre los simios y el hombre: unos exploradores blancos tratan de comprobar si un pueblo arbóreo, de hombres-mono que viven en los árboles, en el centro del perdido Congo, puede ser o no ese eslabón perdido. El planteamiento le parece al autor «lógico», ya que es conocido que los adultos negros no tienen más inteligencia que la de un niño blanco de seis años.

También es cierto que Verne escribió mucho y que los estereotipos aplicados a las razas se convirtieron en un recurso fácil a la hora de presentar a sus personajes. Esto es evidente en Héctor Servadac, la alucinante novela sobre el viaje de un grupo de supervivientes de una catástrofe estelar, que son lanzados en un pedazo de Tierra, a través del Sistema Solar. Entre los supervivientes hay ingleses, egoístas y nacionalistas que no se mezclarán con el resto; rusos, que recuerdan a Miguel Strogoff, esforzados y nobles; valientes franceses y españoles vagos; y, finalmente, el avaro judío Isaac Hakhabut, y es que en ciertos asuntos tampoco hay sorpresa. La aversión «verniana» por los ingleses y la opinión no muy amable acerca de los españoles alcanza su punto culminante en una obra corta, satírica y disparatada, Gil Braltar, en la que el demente hidalgo español de ese nombre se convierte en el líder de los monos gibraltareños y logra tomar la fortaleza a los ingleses, que terminan recuperándola porque los monos se convencen de que el general inglés no sólo es uno de ellos, sino que ha de ser su líder, de tan feo que resulta.

En cierto sentido, el resumen del mundo progresista de Verne se encuentra en Los quinientos millones de la Begún, en la que dos europeos heredan la inmensa fortuna de una princesa india y la destinan a sus utopías propias. El francés Sarrasin utilizará el dinero para edificar France-Ville, una ciudad abierta, limpia y salubre, con un tiempo organizado para la felicidad de sus habitantes que pueden leer la hora en los relojes eléctricos de las plazas y en la que todo el mundo tiene un trabajo adecuado y ve cómo la prioridad es el bienestar de la comunidad. El alemán Schultze, por el contrario, edificará una fortaleza de acero, Stahlstadt, en la que todo el dinero y la potencia científica se destinan a la producción de armas secretas, cada vez más mortíferas, mientras sus habitantes son esclavizados, convertidos en números para mayor gloria de su líder, un hombre que considera a los alemanes superiores a los miembros de las otras razas. Solo hay otros personajes casi tan desagradables como el Dr. Stahlstadt, los ruines abogados ingleses encargados de dividir la fortuna de la Begún.

Fueron muy pocos los occidentales que escaparon a esos estereotipos sobre las razas y la herencia. Todo conspiraba contra las preguntas incómodas: a finales del siglo XIX, Europa y Estados Unidos controlaban, de una manera u otra, el mundo entero, y no parecía que ninguna nación o raza pudiera hacerles frente. Mientras tanto, las ideas utópicas acerca del alcance de las explicaciones científicas y el avance tecnológico creaban el caldo de cultivo para la eugenesia y el genocidio. No fue Verne un fanático, como tampoco lo fue H.G.Wells, y los ejemplos que aparecen en su obra no son tan constantes y torales como para pensar que abrazase un plan agresivo como el que luego se convertirá en el programa de numerosos partidos europeos. En realidad, y pese a sus limitaciones, pareció, también en esto, ser un visionario, y como en La máquina del tiempo de Wells, en la novela, durante décadas perdida, París en el siglo XX, Verne ya se preguntó por las consecuencias de un mal uso de la ciencia y de la tecnología. Al fin y al cabo, esa contradicción está presente en Nemo, el más grande de los personajes de Verne: el príncipe indio que estudia en Europa, pero termina usando los recursos de su familia y los conocimientos adquiridos en construir una máquina justiciera que pueda vengarse de la tiranía del hombre blanco.

La fuerza histórica, sin embargo, era imparable. En palabras de Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo,

Cuando el populacho europeo descubrió qué «maravillosa virtud» podía ser en África una piel blanca, cuando el conquistador inglés en la India se convirtió en un administrador que ya no creía en la validez universal de la ley, sino que estaba convencido de su propia e innata capacidad para gobernar y dominar, cuando los matadores de dragones se convirtieron bien en «hombres blancos» de «castas superiores», o en burócratas y espías, jugando el Gran juego de motivos ulteriores e inacabables en un inacabable movimiento; cuando los Servicios británicos de Información (especialmente después de la primera guerra mundial) comenzaron a atraer a los mejores hijos de Inglaterra, que preferían servir a fuerzas misteriosas por todo el mundo mejor que al bien común de su país, el escenario pareció estar ya dispuesto para todos los horrores posibles. Bajo la nariz de cualquiera existían ya muchos de los elementos que, reunidos, podían formar un Gobierno totalitario sobre la base del racismo. Los burócratas de la India propusieron las «matanzas administrativas», mientras que los funcionarios de África declaraban que «no se permitiría que consideraciones éticas tales como los derechos del hombre se alzaran en el camino» de la dominación blanca.

Verne muere en 1905. Ese mismo año los japoneses, en Mukden, humillan a los rusos utilizando su ejército tecnológicamente más avanzado. Para los japoneses esa victoria se convierte también en una prueba de superioridad racial y en un signo de que están destinados a gobernar Asia. Un año antes llega a Estados Unidos el pigmeo y esclavo Ota Benga, liberado en el Congo por un clérigo que pagó por él una libra de sal y un rollo de tela. En 1906, el eugenista Madison Grant, director de la Sociedad Zoológica de Nueva York, convenció al director del Zoo del Bronx, William Hornaday, para que Ota Benga fuera expuesto en una jaula, con un orangután, varios chimpancés y un loro, y con un cartel explicativo de las características del «hombre mono». La infamia se mantuvo durante un mes. Diez años más tarde, en 1916, Benga, tras arrancarse las fundas que ocultaban sus dientes afilados, se pegó un tiro en el corazón.

El siglo XIX había terminado y estaba fructificando en el XX.

Elegía del reloj mecánico

El 26 de abril de 1968 el Consejo de Estado suizo anunció la suspensión de los concursos anuales de cronometría que se habían ido celebrando en Neuchâtel, en la categoría de reloj de pulsera. Estos concursos, ideados para certificar la exactitud de los relojes mecánicos, habían ratificado durante décadas la hegemonía apabullante de la industria suiza. Terminaron para evitar una humillación previsible si se enfrentaban con los recién llegados relojes japoneses de cuarzo, diez veces más precisos que el mejor reloj mecánico. Finalizaba una época gloriosa que había comenzado ocho siglos antes con la invención del mecanismo de escape y regulador. Los relojes mecánicos ya no eran la mejor forma de medir el tiempo. Cuando Patek Philippe no pudo presumir de ser el reloj más fiable no le quedó otra que hacerlo de su enorme precio. Un Patek Philippe te dice «quién eres» –anunciaron-, demostrando que apostaban, ya sin careta, por su función como símbolo de estatus. Seguían siendo, siguen siendo, magníficos relojes, pero ya no eran aquellos relojes. El predominio del reloj de cuarzo tampoco durará. Sostengo que se puede decir que el reloj está muriendo. Por eso es un buen momento para hablar de él.

No hay muchos inventos en la historia de la Humanidad tan trascendentales como el reloj mecánico y no creo que haya alguno que le haga sombra. Un amigo, al que pedí opinión sobre algunas cuestiones de las que hablaré en este artículo –y gracias al cual ha mejorado sustancialmente-, me dijo que sólo a la adopción de la numeración posicional indoarábiga se podía atribuir un impacto más decisivo, aunque ¡eso no es una invención! Dejando al margen la cuestión algo banal de las clasificaciones, es  posible que la expansión del uso del reloj mecánico sea una de las razones decisivas de la primacía industrial y económica de Europa. Sé que ésta es una opinión que sorprenderá a muchas personas, pero merece la pena exponer en qué me baso.

Estamos acostumbrados, desde que nacemos, a la red que crea la medición del tiempo, a que nuestras actividades estén sujetas a un horario que es universal y público, pero que puede ser reproducido privadamente. Esto no fue siempre así. El mundo rural, sobre todo, y el urbano hasta el desarrollo del reloj mecánico, se regían por hechos naturales periódicos: el día y la noche, las estaciones. Dentro de esos márgenes cambiantes la vida se desarrollaba. Nos cuesta hoy concebir un mundo así porque una hora dura siempre sesenta minutos. Antes del efecto unificador del reloj, la hora era una fracción del día y de la noche y un doceavo de día no da un tiempo igual si el día es más corto, como sucede en invierno. No había, por tanto, menos horas invernales, como ahora, sino que las horas invernales eran más breves que las estivales. Variando día a día, las horas diurnas y nocturnas sólo se hacían iguales en los equinoccios. Conforme a esa tradición, cuando se inventaron los primeros relojes mecánicos no se pretendió con ellos mantener una medición constante y permanente de horas iguales, sino que funcionaron más como cronómetros que se ajustaban a las variaciones estacionales de las horas de luz y de oscuridad. Sin embargo, el invento tenía una potencialidad tan enorme que fue ahormando nuestra vida a sus divisiones.

Así, los primeros relojes sirvieron para avisar a los monjes del transcurso de las horas canónicas, de forma que pudieran cumplir con su deber principal, cantar al Señor en los oficios, intercalando entre ellas las obligaciones mundanas de la vida monástica. Luego, en las ciudades, los relojes de torre fijaron los momentos comunes: la apertura y cierre de las puertas de la ciudad, el comienzo y fin de los mercados, las asambleas o el toque de queda. Los dueños de los talleres y pequeñas industrias cedieron a la tentación de usar el reloj para controlar a sus empleados. Mientras el artesano pudo entregar el producto terminado –elaborado a menudo en casa- y cobrar por ello, decidiendo cuánto tardar según sus necesidades de dinero, el «patrono» no tuvo forma de incentivarlo. Pagar más no servía, porque el artesano podía decidir ganar lo mismo produciendo menos. El reloj fijó la jornada de trabajo dentro de unos límites, en recintos comunes, y unificó la cantidad de producción por trabajador. No es extraño que durante la Edad Media, en muchas ciudades se repitiese un modelo de queja de los obreros manuales: la manipulación de los relojes por los empresarios. Y tampoco lo es que en las revueltas ciudadanas los primeros candidatos a ser destruidos fueran precisamente esos caros artefactos. Los relojes eran públicos, pero muchos de ellos sólo servían para ciertos gremios: así, en Bruselas, al alba sonaba la joufvrouwenclocke; luego la werckclocke anunciaba el comienzo del trabajo, aunque no para los tejedores que debían esperar a la drabclocke, ni para los zapateros y tapiceros, que lo harían con los sones de la lesteclocke. La mezcla de sistemas de medición provocaba problemas que se solucionaron creando un tiempo igual, una hora de sesenta minutos que no variase con el transcurso de las estaciones y que permitiese fijar horarios generales a los que pudieran ajustarse las tareas de todos los miembros de la comunidad. En particular, ese horario común facilitó el desarrollo del comercio y del transporte. La hora, sin embargo, seguía siendo local, distinta de la de las restantes ciudades, aunque estuviesen a poca distancia. Esto no planteó muchas dificultades mientras los medios de transporte fueron lentos. Los comerciantes viajaban con sus caros relojes de carruaje y con tablas de conversión de lugar a lugar para perder el menor tiempo posible. El ferrocarril impulsó el siguiente paso.

Gracias a la invención del telégrafo, la compañía de ferrocarriles que unía Londres con el Noroeste de Inglaterra pudo, en 1837, crear una hora «oficial» para los trenes que circulaban por esa vía, diferente de cada hora local. Esa práctica se extendió añadiendo horas «oficiales» de vías férreas, hasta que se unificaron a partir de 1847, cuando la British Railway Clearing House aconsejó usar sólo la hora de Greenwich. Que la hora de los ferrocarriles se convirtiese en la única era inevitable. Gran Bretaña fue el primer país que estableció una hora nacional, pero pronto fue imitada. Algunos países, como Estados Unidos, Canadá o Rusia, se encontraron con la dificultad, a la hora de aplicar esta medida, de su enorme tamaño y el problema de un desajuste excesivo de la hora oficial respecto de la solar. Para solucionarlo se crearon los husos horarios, la fijación artificial de la hora en zonas más o menos superpuestas a las que resultaban de una división en veinticuatro meridianos. La racionalidad de este sistema lo convirtió en objeto de acuerdo internacional en la Conferencia del Meridiano celebrada en 1884, en la que casi todo el mundo asumió la lógica de que la medición se iniciase en Greenwich. Los franceses fueron los que se opusieron con más vigor, aunque tuvieron que ceder en 1911, eso sí, a su manera: para ellos la hora legal sería la hora media de París con un retraso de 9 minutos y 21 segundos.

La hora se hacía universal y las diferencias locales eran resultado de un sistema común de referencia: toda hora pasaba a serlo en relación a otra. Este proceso fue de la mano con la universalización del reloj mecánico: ya no sólo existían los relojes públicos que daban la hora y marcaban sus hitos con campanas o carillones, sino que el hombre moderno se encontraba con la necesidad –para ajustarse cada vez más a la compartimentación de la actividad, del tiempo como duración de una tarea- de tener su propio reloj. La producción decimonónica de relojes baratos, ciertamente poco precisos, pero con errores de pocos minutos al día, sirvió para ese fin. Cada vez existían menos islas de tiempo dentro de la jornada. Incluso las actividades de ocio se reglamentaban conforme a una disciplina horaria. De esa evolución deriva la idea de ahorrar tiempo, de que el tiempo es oro. Tanto es así que consideramos una liberación, casi un regreso a un pasado desaparecido, a un paraíso perdido, encontrarnos en un lugar en el que no sepamos la hora exacta y nada pase por no saberlo. La tiranía de la medición del tiempo permitió el desarrollo de la industria moderna, la regulación de las actividades humanas a un nivel nunca alcanzado antes, el ajuste a una malla común, previsible, que nos permite saber cuándo empieza nuestro trabajo, nuestra clase o cuándo llega nuestro tren. Es nuestro porque es también el de otros, que acompasan sus actividades a esa red intangible.

La división del día en períodos iguales y comunes es el origen de la sociedad moderna con todos sus beneficios. Es también el momento en que perdimos una vida más «natural», más ajustada a fenómenos que variaban conforme a pulsaciones periódicas, pero desiguales, el alba, el atardecer, el mediodía, con los signos externos que nos avisan de su llegada, como el ruido de los animales que despiertan o las primeras luminarias que aparecen en el cielo. Es una vida más sencilla, imbricada con nuestra base biológica, menos apresurada. La división igual del tiempo, junto con la aparición de la luz eléctrica que alarga la actividad económica durante las horas de oscuridad, son creaciones culturales avanzadas, nacidas en la ciudad. Esto no es producto del reloj, porque relojes hubo siempre; es producto del reloj mecánico. Para saber en qué consiste la diferencia entre aquéllos y éste, hay que decir algo acerca del tiempo y de su medida.

A falta de una definición mejor, decimos que el tiempo es lo que pasa cuando algo que observamos cambia, y decimos medirlo usando aquello que cambia de forma regular. La medición se basa en una premisa indemostrable: lo que mide el tiempo es regular porque sus cambios nos muestran períodos iguales de tiempo, pero hemos definido el tiempo en función de esos mismos cambios. Esto en sí no es más problemático que otras suposiciones similares. Cuando medimos usamos patrones y divisiones de patrones: si usted quiere medir la distancia entre Madrid y Barcelona, imaginando que no hubiese irregularidades en el terreno, y utiliza para ello un objeto material -por ejemplo, una pieza metálica-, el resultado será más preciso cuanto más pequeño sea el objeto, ya que tratamos de encajar, dentro de la distancia que vamos a medir, un número de veces, el objeto utilizado. Algo parecido se hace al medir el tiempo, sólo que se utilizan fenómenos físicos regulares, de ida  y vuelta, como oscilaciones de un péndulo o astros que orbitan. Si queremos medir el tiempo que pasa entre que el Sol está en su punto más alto y la siguiente vez que eso ocurre -¡esto ya es una medida del tiempo que llamamos día!-, dividiéndolo en partes, y utilizamos algo que parece cambiar de manera regular, cuanto más pequeño –más rápido- sea ese cambio, menor será el sobrante cuando nos acerquemos al punto final de medición. Las divisiones del tiempo en horas iguales, en minutos iguales, en segundos iguales, pretendían eso, dividir el día en partes iguales. Así, nos dijimos que un segundo era la ochenta y seis mil cuatrocientosava parte de un día solar medio, por ejemplo. Sin embargo, llegados al segundo ¿por qué parar? No había ninguna razón y ciertas exigencias científicas e incluso vitales –saber quién sale en la pole position de una carrera de fórmula uno, por ejemplo- nos llevaron a seguir adelante, y para mejorar la medición, decidimos utilizar resonadores tan rápidos y regulares como los cristales de cuarzo. Hoy el segundo se define como la duración de 9.192.631.770 oscilaciones producidas por la radiación que emite un determinado átomo de cesio. Como vemos, ese ladrillo fundamental, el elemento discreto con el que realizamos la medición se ha hecho infinitesimalmente rápido y pudimos incluso medir los fenómenos astronómicos que nos habían servido como primeros relojes, descubriendo que no eran tan regulares como creíamos, que había pequeñas discrepancias que podían acumularse y provocar errores a largo plazo. Naturalmente, partimos de un hecho hipotético, que la radiación de ese átomo de cesio es perfectamente periódica, pero esto es común a todos los patrones antes utilizados –como la famosa barra de platino e iridio, patrón del metro. Lo que hace especial a la medición del tiempo es la imposibilidad de asegurar que el patrón no cambia. Si todas las longitudes cambiasen en un factor «a», las superficies lo harían en una proporción a2, pero los volúmenes lo harían en una proporción a3. Esa diferencia haría detectable el cambio de las longitudes. Esto mismo es aplicable a un hipotético cambio de todas las masas del universo. Sin embargo, si todos los tiempos cambiasen por un factor «a» no tendríamos forma alguna de detectarlo. No hay forma de comparar un reloj de hoy con uno de ayer, ni de saber si el segundo que va a transcurrir ahora, cuando lea usted la palabra segundo es igual al segundo transcurrido justo después al leer la expresión «es igual».

Los primeros relojes, los horologia del mundo antiguo estaban diseñados para medir el tiempo utilizando fenómenos «continuos». Así sucede con el reloj de arena, con el de sol o con la clepsidra o reloj de agua. Por desgracia, esos fenómenos continuos son demasiado sensibles a agentes externos, requieren una supervisión constante y no podemos fiarnos, a la larga, de sus resultados. El reloj de sol no puede usarse en las horas nocturnas o cuando está nublado y varía con la latitud; el resultado del reloj de arena es tosco y sólo puede emplearse para períodos cortos de tiempo. La clepsidra es más fiable, pero se ve afectada por los cambios de temperatura. Además, es muy difícil lograr que mueva una maquinaria pesada, como la de un reloj de torre, por ejemplo. Difícil, aunque no imposible: en 1094, Su Song, alto funcionario del emperador chino Shenzong, de los Song del norte, publicó una monografía con el diseño de un mecanismo astronómico capaz de reproducir el movimiento del Sol, la Luna, y algunas estrellas, mediante una esfera armilar. La esfera se movía gracias a un mecanismo que, como añadido, mostraba la división del día en horas y cuartos de hora. Esa obra de ingeniería –la última y más imponente de una serie de tres construidas en poco más de un siglo-, soportada por una torre de doce metros de alto, funcionaba gracias a una enorme rueda hidráulica. Concebida para andar y pararse de forma regular, esa rueda hidráulica utilizaba un sistema de cangilones que, al ser llenados, por su peso, activaban un mecanismo de palancas que permitían que la rueda girase hasta el siguiente tope, que sólo se liberaba al llenarse un nuevo cangilón. Este mecanismo prodigioso, en el que algunos ven erróneamente el  precedente del sistema de escape y regulador del reloj mecánico -su finalidad y el principio en que se basa son completamente diferentes-, exigía unos cuidados y atención tales que la máquina cayó rápidamente en desuso, al desaparecer de escena las personas que lo habían ideado. Su exactitud, mayor a la de cualquier otro reloj de la época y a la de otros relojes mecánicos de los siglos posteriores –seguramente hasta el reloj de péndulo de Huygens, del siglo XVII-, oculta que se trataba de un callejón sin salida tecnológico, que se agotó en sí mismo. Por esta razón, cuando llegaron los primero europeos, en el siglo XVI, a China, descubrieron que sus habitantes apenas sabían de relojes. Mateo Ricci, jesuita y astrónomo, impresionó al Emperador no sólo con sus conocimientos superiores, que le permitían confeccionar mejores calendarios que los expertos chinos, sino con sus relojes de sonería. Los chinos, sin embargo, quizás por el orgullo milenario que hacía llamar, a su Imperio, Imperio del Centro, y que les llevaba a considerar bárbaros a los demás seres humanos, nunca comprendieron la utilidad de los relojes, pese a importarlos a miles –y a miles fueron expoliados por las fuerzas occidentales que saquearon Pekín y el Palacio Imperial en 1860 y tras la revuelta Boxer-, considerando que eran simples juguetes inútiles.

La diferencia de esos otros relojes que acabamos de ver con el reloj mecánico se encuentra en el mecanismo de escape y regulador. Aquéllos hacen avanzar un indicador del paso del tiempo mediante un impulso continuado –como el agua que va llenando un recipiente-, mientras que el sistema de escape retiene una fuerza. Es importante comprender esto: si enrollamos un peso (o recogemos un muelle) y dejamos que éste accione un tren de engranajes, ese peso o ese muelle, al desenrollarse, darán lugar a un movimiento acelerado. Para evitarlo, se inventó un sistema de bloqueo y desbloqueo, llamado escape, que detenía el mecanismo obligando a la rueda a girar en períodos prefijados. Este mecanismo, a la vez que detenía y reiniciaba el movimiento del tren de ruedas, generando con su roce el tic-tac del reloj, evitando el aceleramiento y conservando la fuerza del peso o del muelle durante más tiempo, convertía el movimiento del tren de ruedas en un movimiento oscilatorio, de unidades discretas, que podía trasladarse a unas manecillas. Ese movimiento oscilatorio, ese compás, es el que mide el tiempo.

En los primeros relojes, el compás duraba segundos y los relojes se desviaban diariamente en varios minutos. Siglos después, los cronómetros marinos más precisos, tenían dos pulsaciones por segundo. A finales del siglo XIX, ya existían cronómetros que, con sus 18.000 oscilaciones por hora, marcaban quintos de segundo. La importancia del escape se hace patente, si consideramos que todos ellos se basaban en un mecanismo fundamentalmente igual.

No sabemos quién o quiénes son los genios que inventaron el sistema de escape y regulador. Atribuido tradicionalmente a Gebert, luego papa con el nombre de Silvestre II entre 999 y 1003, los primeros relojes mecánicos de los que tenemos certeza son del siglo XIV: el de la catedral de Norwich, de Roger Stoke, y el reloj de Giovanni de’ Dondi  de 1364. Sin embargo, las referencias son tan habituales en los siglos anteriores, que es indudable que estas obras son el resultado de una evolución previa, relacionada con la vida monástica –sobre todo en forma de relojes despertadores- y con los grandes relojes de torre de las ciudades, armados con sus escapes de vara y foliote regulador, tan caros que exigían inversiones comunitarias.

Pronto comenzó la miniaturización, plasmada en relojes de mesa, sólo al alcance de personas muy ricas, para lo que fue necesario sustituir el sistema de pesos y contar con mejores materiales –fundamentalmente acero- que hicieran a los pequeños engranajes más regulares y duraderos. El primer problema se resolvió, en el siglo XV, con una idea magnífica: utilizar un muelle. Esta mejora planteaba, sin embargo, una dificultad añadida: el muelle, al desenrollarse, va desarrollando una fuerza cada vez menor, lo que impide que el giro de la rueda de escape se mantenga regular. Para resolverlo, se enlazó el muelle a una cadena, a su vez enrollada en una rueda cónica, y colocada de forma que comenzase a desenrollarse en la parte menos ancha, equilibrando la mayor fuerza del muelle con el menor efecto mecánico de la cadena. Comento esta solución simplemente como una más de las innumerables muestras de ingenio desplegadas por los relojeros a lo largo de la historia.

La miniaturización del mecanismo desembocará, a comienzos del siglo XVI, en el reloj de bolsillo y, más adelante, en una loca «carrera de armamentos» entre los relojeros por fabricar el reloj más pequeño. Tan pequeño como el de Isabel de Inglaterra, que cabía, con su mecanismo despertador, dentro de un anillo. Como era de esperar, la miniaturización afectaba seriamente a la fiabilidad.

Si no hubiera sido por las necesidades de una ciencia que exigía mediciones cada vez más exactas y por los imperativos de la navegación marítima, la búsqueda de relojes más precisos podría haberse demorado. Detengámonos un momento en la relación entre el reloj y la navegación.

Si la latitud y la longitud fueran hermanos, diríamos que no parecen del mismo padre y madre: uno es accesible y extrovertido, el otro, huraño y misterioso. Y es lógico, ya que dependen de los meridianos y los paralelos, y resulta que los primeros son todos iguales y ninguno tiene una preeminencia natural, mientras que los paralelos son todos diferentes y el paralelo origen –el ecuador- está predeterminado. Carl Sagan, en un famoso capítulo de Cosmos que les recomiendo,nos explica de forma magistralmente didáctica cómo Eratóstenes midió la circunferencia de la Tierra. Para lograrlo comparó la longitud de la sombra de dos varas iguales el mismo día del año en dos lugares, uno situado a 800 km al norte del otro. Pudo hacerlo porque hay un año natural que conocemos por la repetición regular de efemérides astronómicas asociadas a la órbita terrestre. Eratóstenes usó la cercana y entrañable latitud, viajando hacia el Norte o el Sur, y comparando efectos en los mismos días del año y pudo hacerlo porque el año existe. Sin embargo, no había una posibilidad de lograr un resultado similar viajando hacia el Este o el Oeste: si se hacía a la velocidad normal de un medio de transporte de la época no percibías que el Sol saliera antes en un lugar que en otro. Para conseguir eso hace falta viajar en avión –y notar el jet lag– o tener un reloj con la hora del punto de partida que te permita darte cuenta de que la hora del punto de llegada es diferente. La asociación de la longitud al transporte de la hora, al hecho de llevar un reloj contigo, es una idea moderna que fue teórica antes que práctica. Una vez quedó claro que la Tierra era redonda, la consecuencia geométrica terminaba resultando evidente: el Sol aparecería antes en unos lugares que en otros y la hora se relacionaba con el problema de medir la longitud. Hasta ese momento, nadie se había preguntado si la hora en Estambul era diferente de la hora en Madrid, porque no había manera de comunicar con la rapidez suficiente las diferencias horarias. La importancia de la exploración y del comercio marítimos da lugar, a partir del siglo XVI, a una auténtica y justificada obsesión por medir correctamente la longitud en el mar, y así evitar que los barcos se perdiesen en las rutas oceánicas. Tanto lo fue, que las más importantes naciones europeas llegaron a prometer grandes premios a los que diesen con un método práctico para determinarla. La latitud no sólo era accesible, sino también fácil de medir desde siempre, pero la medición de la longitud era terriblemente complicada y a ella se dedicaron las mejores mentes de Europa, confiando en soluciones astronómicas. Sin embargo, había una respuesta puramente mecánica que se deduce de lo que acaban de leer: lograr un reloj muy exacto que no se desviase en alta mar. El procedimiento, de contar con ese preciso instrumento, sería simple: el reloj se pone en hora en el puerto de salida. Una vez en el mar basta con medir la hora a mediodía y compararla con la del reloj para conocer la longitud. Si nuestro reloj da la una de la tarde a mediodía, nos encontraremos una hora más hacia el oeste, es decir a quince grados longitud oeste. Para lograr eso, se hacía imprescindible un reloj que, en un viaje de varios meses, prácticamente no atrasase o adelantase. Pero, antes de seguir con esa carrera para resolver el problema de la longitud, hay que dar marcha atrás y volver al mecanismo de escape.

Durante siglos, la mejora en la exactitud de los relojes fue resultado de un uso de materiales más adecuados y de una mayor precisión en la talla de los engranajes. Sin embargo, había un límite a esa mejora, porque el escape de vara y foliote (el foliote es una lámina cargada con dos pesos en sus extremos, encargada del movimiento oscilatorio en esos primeros relojes) plantea un problema esencial de diseño: el foliote oscila, pero no por tener una frecuencia propia, sino por la fuerza que le comunica la vara a la que está unida -que la recibe a su vez del tren de ruedas. Por desgracia, esa unión transmite al foliote las propias irregularidades del tren de rodaje, que, aunque se compensan entre sí hasta cierto punto, limitan la posibilidad de aumentar la fiabilidad del reloj. La única manera de aumentarla era introducir un oscilador que tuviera oscilación propia y que recibiera, del escape, únicamente la cantidad de fuerza imprescindible para mantenerla estable. El gran Christian Huygens encontraría ese oscilador natural: un péndulo. La sustitución del escape de vara y foliote por el de vara y péndulo produjo un resultado espectacular: de un error medio de quince minutos al día se pasó a uno de entre diez o quince segundos. El avance se explica por la oscilación libre del péndulo, salvo en los instantes en los que recibe el impulso del mecanismo de escape. La mejora definitiva (que evitaba ciertos problemas derivados de la manía de los arcos de oscilación de negarse a permanecer en un mismo plano, lo que provoca graves errores en el caso de arcos muy amplios, como los producidos por el escape de vara) se alcanzó al introducir el llamado escape de áncora, que actúa sobre dientes muy cercanos entre sí, aminorando la amplitud de las oscilaciones. Estos relojes, sin embargo, no resolvieron el problema de la longitud, porque los movimientos irregulares del barco en alta mar se trasladaban al propio péndulo, además de que aquéllos se veían afectados por las condiciones climáticas (por ejemplo por la dilatación de los materiales). El mismo problema afectaba a los relojes de bolsillo. Se hacía imprescindible ingeniar un nuevo regulador y se halló sustituyendo el péndulo, más apropiado para relojes de pared o mesa situados en tierra, por una espiral reguladora, otro muelle, éste mucho más delgado y elástico, que oscilaba al comprimirse y abrirse de forma regular. La paternidad de este hallazgo fue reclamada por muchos –Huygens, Hooke, Thuret-, pero eso es lo de menos. Lo importante es que la espiral reguladora dejó obsoletos inmediatamente todos los relojes de bolsillo con vara y foliote. El avance fue tan notable que los relojes de bolsillo empezaron a tener una aguja para señalar los minutos, que ya se marcaban en los grandes relojes de péndulo y, a partir de 1690, otra con la función de segundero. La evolución posterior fue más lenta, basada en diseños de escapes, engranajes y dientes cada vez más sofisticados, a lo que se unió una mayor precisión en el corte y una elección más adecuada de materiales como, por ejemplo, rubíes en los puntos de fricción, capaces de evitar el doble problema del desgaste y de la necesidad de utilizar aceites que, al ensuciarse, estropeaban el mecanismo. Es ésta la época de grandes nombres de la historia de la relojería, como los ingleses Graham o Mudge, el suizo Berthoud o el francés Le Roy.

Habíamos dejado a medias el problema de la longitud y es hora de retomarlo para hablar de un genio: John Harrison. Aunque era carpintero, adquirió conocimientos en relojería -al parecer- gracias al hecho de que su pueblo fuera tan pequeño que no hubiera un maestro relojero que pudiera reparar los relojes. Cuando supo que el Parlamento inglés había prometido un premio de 20.000 libras a quien resolviera el problema de la longitud superando unas pruebas muy rigurosas en un viaje marítimo, decidió presentarse y diseñó cuatro relojes únicos, con engranajes a menudo de madera y con un escape de nuevo diseño, en el que mezclaba metales con diferentes coeficientes de dilatación para evitar que los cambios de frío o calor afectasen a la fiabilidad. De sus manos nacieron cuatro relojes conocidos como H1, H2, H3 y H4, y que se conservan en Greenwich. Para que se fabricase un reloj más preciso hizo falta esperar un siglo. Tras más de dos décadas de estudio obsesivo, Harrison, que se había inclinado al principio por relojes de gran tamaño, presentó H4, un pequeño reloj de trece centímetros de diámetro. Tenía setenta años. En 1764, ese reloj tuvo, tras un viaje desde Portsmouth a Barbados, un resultado extraordinario, con un error de solamente 39 segundos (es decir, 9,75 minutos de longitud). Harrison obtuvo finalmente, tras muchos sinsabores, el premio que venía persiguiendo desde hacía cuarenta años.

Ganó el premio, pero su solución no fue la adoptada. Los relojes de Graham, Arnold y Earnshaw, menos precisos, pero más simples y baratos de fabricar, permitieron a Gran Bretaña aventajar a las restantes naciones en la construcción de los caros cronómetros de marina. Sin embargo, los habitantes de un pequeño país estaban a punto de hacerse con el monopolio efectivo de una industria cada vez más importante. Es hora también de hablar de la industria relojera suiza.

Es difícil explicar un éxito como el suizo. No había ninguna razón a priori que permitiese preverlo. Los primeros núcleos importantes de constructores de relojes se encontraban en los países en los que uno pensaría: en las ciudades alemanas, especializadas en objetos en miniatura, relojes caprichosos de sonería que se vendían al turco o en oriente; en Francia, el lugar de nacimiento de grandes maestros relojeros, pero sobre todo el lugar en el que el reloj como joya alcanzó un grado más sofisticado; o en Inglaterra, el país en el que, como hemos visto, se desarrollaron la mayor parte de las mejoras que hicieron del reloj un mecanismo más exacto y duradero, convirtiendo al reloj inglés en paradigma de calidad y fiabilidad.

Todas esas industrias fueron decayendo. Sólo la inglesa resistió hasta el siglo XIX y lo hizo en los productos de alta gama. La crisis no se produjo porque la relojera no fuera una industria con futuro, sino porque los relojeros suizos fabricaban más y más barato. Sobre todo más barato. Su origen se encuentra en Ginebra, en el siglo XVI. La ciudad, en esa época, recibió una avalancha de refugiados franceses que huía de las persecuciones religiosas. Esas oleadas dieron lugar a tensiones con los gremios locales que querían mantener sus privilegios frente a los extranjeros. La solución fue dividir la labor en especialidades, de forma que el maestro relojero sólo tuviera que hacer el remate final –a veces ni siquiera eso, cuando compraba mecanismos en «blanco»-, dando al producto su firma. Los trabajos previos se podían encargar no sólo a obreros poco especializados, sino a mujeres y niños. La consecuencia de ese sistema no fue la prevista: no se puede controlar a la gente que aprende a hacer relojes. Los établisseurs, esos fabricantes de mecanismos, se hicieron comerciantes y empezaron a vender por todos los países, corriendo a menudo riesgos increíbles, con sus baúles atados con cadenas a los carruajes. Los nombres de esos aventureros sonarán a cualquier amante de los buenos relojes: Abraham Vacheron o Czapek y Patek, los creadores de la casa más tarde llamada Patek Philippe. Es la época gloriosa de la relojería ginebrina, a finales del siglo XVIII, cuando se convirtió en la segunda productora del mundo. La revolución estaba, sin embargo, por venir, y sería también suiza, pero situada algo más al Norte: en el valle del Jura.

La industria relojera es especial, no requiere de mucha materia prima y el transporte no es un problema: en una maleta se puede llevar una fortuna. Así, pese a ser un oficio para especialistas que debería haberse desarrollado en los alrededores de alguna gran urbe, una tierra montañosa y pobre, poblada por campesinos y ganaderos, se hizo con el gran premio. Y es que eran industriosos. Incapacitados para realizar labores agrícolas durante los meses de invierno, la posibilidad de hacer esos trabajos previos que demandaban los relojeros ginebrinos resultó insuperablemente atractiva. En cada casa, hombres, mujeres y niños se dedicaron a él con fervor, hasta el punto de llegar a alquilar sus tierras a extranjeros para poder dedicar todos los días del año a la elaboración de ruedas, esferas y cajas. El aumento de riqueza fue inmediato y la reserva de mano obra especializada devino en motor económico. Al final controlaron todo el proceso de producción y, aunque tuvieron fama, inicialmente, de poca calidad, en el siglo XIX pudieron ofrecer relojes tan buenos como el mejor relojero inglés, pero muchísimo más baratos. E imitaban. Imitaban a mansalva, poniendo nombres iguales o semejantes a sus mecanismos y relojes, sin el mínimo respeto por la «propiedad industrial», por la marca. Los suizos coparon el mercado por sus precios, pero los ingleses seguían presumiendo de que los suyos eran los relojes más precisos, hasta que a comienzos del siglo XX los relojeros suizos ocuparon el último reducto, ganando sin interrupción los premios en la categoría de relojes de bolsillo. La única duda, año tras año, era el nombre del vencedor: Ditisheim, Zenith, Movado, Longines, Vacheron, Omega o Patek Philippe. El control de esa nación era casi monopolístico y se explicaba por una particularidad de la industria relojera: el valor del componente humano. La industria relojera siempre fue a la cabeza de las restantes industrias en cuanto a complejidad, pero esto en realidad frenó la maquinización. No había manera de producir los minúsculos engranajes y piezas de forma masiva e intercambiable; siempre se requería el repaso final y el ajuste experto del maestro relojero. El capital humano acumulado era la clave del éxito.

Sólo un enfoque diferente podía poner en peligro el monopolio suizo y vino de Estados Unidos. Los norteamericanos utilizaron la probabilidad y las máquinas. Comenzaron a fabricar mecanismos masivamente, dividiéndolos por peso y fuerza, escogiéndolos luego al azar dentro de cada grupo, para desechar los relojes que no daban buenos resultados. Al principio, hasta que fueron afinando los procedimientos, hubo que desechar muchos, y los que quedaban no podían competir con los de una casa relojera que trabajase a la manera tradicional; pero su precio era insuperable. Ese precio era resultado de la ratio entre obrero y producción: un empleado suizo, en 1900, fabricaba unos cuarenta relojes anuales, mientras que el norteamericano alcanzaba los doscientos cincuenta. La apuesta fue tan importante que los suizos se tragaron su orgullo y enviaron un «espía» a Estados Unidos. A su vuelta, informó a sus compatriotas de la viabilidad del nuevo procedimiento y de los peligros para la industria nacional. Pudieron reaccionar a tiempo, sin renunciar a las claves de su éxito, introduciendo una mayor maquinización y reservando los ajustes finales a las manos de expertos, de forma que pudieran abaratar costes manteniendo una alta calidad final. Nunca llegarían a recuperar el mercado estadounidense totalmente, a pesar de poner a algunos de sus relojes nombre «americano» para engañar a sus compradores, a la vez que mantenían sus marcas más prestigiosas. En cualquier caso, su control sobre la producción y comercio mundiales en la primera mitad del siglo XX es brutal, casi incomparable, cercano en determinados momentos al ochenta por ciento. Se habían adaptado y habían vuelto a triunfar.

Hasta que llegó el cuarzo. Los nuevos relojes de cuarzo no sólo eran más precisos, sino que además permitían otras funciones electrónicas. Los suizos entraron en una pendiente de pérdida de mercado a partir de la década de 1970, salvo por el fenómeno swatch. Sólo en el reducido mundo del carísimo reloj exclusivo, a menudo mecánico, conservan la primacía. Sin embargo, su precio es tan elevado que en la factura final aún están cercanos a un cincuenta por ciento mundial.

Tampoco importa. La llamada revolución del cuarzo ha sido breve. Vivimos los últimos días del reloj. Seguimos necesitando saber la hora, pero ya no es preciso llevar un aparato, llamado reloj, que cumpla esa función. Hoy, otros artilugios que sirven para otras cosas nos dan la hora y se ajustan exactamente mediante internet. Tenemos la hora en el coche, en el teléfono móvil, en el tablet, en el ordenador, en el eBook. Cuando empecé a escribir este artículo le pedí a mis hijas que hicieran una pequeña investigación: comprobar cuántos compañeros de su clase llevan un reloj. El resultado es significativo: apenas un veinte por ciento de los niños. Es lógico. Si todavía se compran y regalan relojes es por pura inercia. El reloj terminará siendo superfluo, porque ya no necesitamos un objeto que sirva para dar la hora.

Paradójicamente, el reloj mecánico, el aparato de sus características más eficiente ideado por el hombre, terminará como los relojes de los emperadores manchúes, rebajado a objeto de lujo, simple capricho innecesario, signo de poder o de estatus, ajeno a la importantísima función cumplida durante siglos.

La medición del tiempo nos rodea de forma absoluta y su tiranía rige nuestros actos, pero el reloj, ese artefacto único, muere, dejando un recuerdo de ingenio y superación, de expertos artesanos y ajustes exactos, de mecanismos minúsculos, prácticamente perfectos, una prueba del poder del hombre sobre el entorno.

Descanse en paz.