Elegía del reloj mecánico

El 26 de abril de 1968 el Consejo de Estado suizo anunció la suspensión de los concursos anuales de cronometría que se habían ido celebrando en Neuchâtel, en la categoría de reloj de pulsera. Estos concursos, ideados para certificar la exactitud de los relojes mecánicos, habían ratificado durante décadas la hegemonía apabullante de la industria suiza. Terminaron para evitar una humillación previsible si se enfrentaban con los recién llegados relojes japoneses de cuarzo, diez veces más precisos que el mejor reloj mecánico. Finalizaba una época gloriosa que había comenzado ocho siglos antes con la invención del mecanismo de escape y regulador. Los relojes mecánicos ya no eran la mejor forma de medir el tiempo. Cuando Patek Philippe no pudo presumir de ser el reloj más fiable no le quedó otra que hacerlo de su enorme precio. Un Patek Philippe te dice «quién eres» –anunciaron-, demostrando que apostaban, ya sin careta, por su función como símbolo de estatus. Seguían siendo, siguen siendo, magníficos relojes, pero ya no eran aquellos relojes. El predominio del reloj de cuarzo tampoco durará. Sostengo que se puede decir que el reloj está muriendo. Por eso es un buen momento para hablar de él.

No hay muchos inventos en la historia de la Humanidad tan trascendentales como el reloj mecánico y no creo que haya alguno que le haga sombra. Un amigo, al que pedí opinión sobre algunas cuestiones de las que hablaré en este artículo –y gracias al cual ha mejorado sustancialmente-, me dijo que sólo a la adopción de la numeración posicional indoarábiga se podía atribuir un impacto más decisivo, aunque ¡eso no es una invención! Dejando al margen la cuestión algo banal de las clasificaciones, es  posible que la expansión del uso del reloj mecánico sea una de las razones decisivas de la primacía industrial y económica de Europa. Sé que ésta es una opinión que sorprenderá a muchas personas, pero merece la pena exponer en qué me baso.

Estamos acostumbrados, desde que nacemos, a la red que crea la medición del tiempo, a que nuestras actividades estén sujetas a un horario que es universal y público, pero que puede ser reproducido privadamente. Esto no fue siempre así. El mundo rural, sobre todo, y el urbano hasta el desarrollo del reloj mecánico, se regían por hechos naturales periódicos: el día y la noche, las estaciones. Dentro de esos márgenes cambiantes la vida se desarrollaba. Nos cuesta hoy concebir un mundo así porque una hora dura siempre sesenta minutos. Antes del efecto unificador del reloj, la hora era una fracción del día y de la noche y un doceavo de día no da un tiempo igual si el día es más corto, como sucede en invierno. No había, por tanto, menos horas invernales, como ahora, sino que las horas invernales eran más breves que las estivales. Variando día a día, las horas diurnas y nocturnas sólo se hacían iguales en los equinoccios. Conforme a esa tradición, cuando se inventaron los primeros relojes mecánicos no se pretendió con ellos mantener una medición constante y permanente de horas iguales, sino que funcionaron más como cronómetros que se ajustaban a las variaciones estacionales de las horas de luz y de oscuridad. Sin embargo, el invento tenía una potencialidad tan enorme que fue ahormando nuestra vida a sus divisiones.

Así, los primeros relojes sirvieron para avisar a los monjes del transcurso de las horas canónicas, de forma que pudieran cumplir con su deber principal, cantar al Señor en los oficios, intercalando entre ellas las obligaciones mundanas de la vida monástica. Luego, en las ciudades, los relojes de torre fijaron los momentos comunes: la apertura y cierre de las puertas de la ciudad, el comienzo y fin de los mercados, las asambleas o el toque de queda. Los dueños de los talleres y pequeñas industrias cedieron a la tentación de usar el reloj para controlar a sus empleados. Mientras el artesano pudo entregar el producto terminado –elaborado a menudo en casa- y cobrar por ello, decidiendo cuánto tardar según sus necesidades de dinero, el «patrono» no tuvo forma de incentivarlo. Pagar más no servía, porque el artesano podía decidir ganar lo mismo produciendo menos. El reloj fijó la jornada de trabajo dentro de unos límites, en recintos comunes, y unificó la cantidad de producción por trabajador. No es extraño que durante la Edad Media, en muchas ciudades se repitiese un modelo de queja de los obreros manuales: la manipulación de los relojes por los empresarios. Y tampoco lo es que en las revueltas ciudadanas los primeros candidatos a ser destruidos fueran precisamente esos caros artefactos. Los relojes eran públicos, pero muchos de ellos sólo servían para ciertos gremios: así, en Bruselas, al alba sonaba la joufvrouwenclocke; luego la werckclocke anunciaba el comienzo del trabajo, aunque no para los tejedores que debían esperar a la drabclocke, ni para los zapateros y tapiceros, que lo harían con los sones de la lesteclocke. La mezcla de sistemas de medición provocaba problemas que se solucionaron creando un tiempo igual, una hora de sesenta minutos que no variase con el transcurso de las estaciones y que permitiese fijar horarios generales a los que pudieran ajustarse las tareas de todos los miembros de la comunidad. En particular, ese horario común facilitó el desarrollo del comercio y del transporte. La hora, sin embargo, seguía siendo local, distinta de la de las restantes ciudades, aunque estuviesen a poca distancia. Esto no planteó muchas dificultades mientras los medios de transporte fueron lentos. Los comerciantes viajaban con sus caros relojes de carruaje y con tablas de conversión de lugar a lugar para perder el menor tiempo posible. El ferrocarril impulsó el siguiente paso.

Gracias a la invención del telégrafo, la compañía de ferrocarriles que unía Londres con el Noroeste de Inglaterra pudo, en 1837, crear una hora «oficial» para los trenes que circulaban por esa vía, diferente de cada hora local. Esa práctica se extendió añadiendo horas «oficiales» de vías férreas, hasta que se unificaron a partir de 1847, cuando la British Railway Clearing House aconsejó usar sólo la hora de Greenwich. Que la hora de los ferrocarriles se convirtiese en la única era inevitable. Gran Bretaña fue el primer país que estableció una hora nacional, pero pronto fue imitada. Algunos países, como Estados Unidos, Canadá o Rusia, se encontraron con la dificultad, a la hora de aplicar esta medida, de su enorme tamaño y el problema de un desajuste excesivo de la hora oficial respecto de la solar. Para solucionarlo se crearon los husos horarios, la fijación artificial de la hora en zonas más o menos superpuestas a las que resultaban de una división en veinticuatro meridianos. La racionalidad de este sistema lo convirtió en objeto de acuerdo internacional en la Conferencia del Meridiano celebrada en 1884, en la que casi todo el mundo asumió la lógica de que la medición se iniciase en Greenwich. Los franceses fueron los que se opusieron con más vigor, aunque tuvieron que ceder en 1911, eso sí, a su manera: para ellos la hora legal sería la hora media de París con un retraso de 9 minutos y 21 segundos.

La hora se hacía universal y las diferencias locales eran resultado de un sistema común de referencia: toda hora pasaba a serlo en relación a otra. Este proceso fue de la mano con la universalización del reloj mecánico: ya no sólo existían los relojes públicos que daban la hora y marcaban sus hitos con campanas o carillones, sino que el hombre moderno se encontraba con la necesidad –para ajustarse cada vez más a la compartimentación de la actividad, del tiempo como duración de una tarea- de tener su propio reloj. La producción decimonónica de relojes baratos, ciertamente poco precisos, pero con errores de pocos minutos al día, sirvió para ese fin. Cada vez existían menos islas de tiempo dentro de la jornada. Incluso las actividades de ocio se reglamentaban conforme a una disciplina horaria. De esa evolución deriva la idea de ahorrar tiempo, de que el tiempo es oro. Tanto es así que consideramos una liberación, casi un regreso a un pasado desaparecido, a un paraíso perdido, encontrarnos en un lugar en el que no sepamos la hora exacta y nada pase por no saberlo. La tiranía de la medición del tiempo permitió el desarrollo de la industria moderna, la regulación de las actividades humanas a un nivel nunca alcanzado antes, el ajuste a una malla común, previsible, que nos permite saber cuándo empieza nuestro trabajo, nuestra clase o cuándo llega nuestro tren. Es nuestro porque es también el de otros, que acompasan sus actividades a esa red intangible.

La división del día en períodos iguales y comunes es el origen de la sociedad moderna con todos sus beneficios. Es también el momento en que perdimos una vida más «natural», más ajustada a fenómenos que variaban conforme a pulsaciones periódicas, pero desiguales, el alba, el atardecer, el mediodía, con los signos externos que nos avisan de su llegada, como el ruido de los animales que despiertan o las primeras luminarias que aparecen en el cielo. Es una vida más sencilla, imbricada con nuestra base biológica, menos apresurada. La división igual del tiempo, junto con la aparición de la luz eléctrica que alarga la actividad económica durante las horas de oscuridad, son creaciones culturales avanzadas, nacidas en la ciudad. Esto no es producto del reloj, porque relojes hubo siempre; es producto del reloj mecánico. Para saber en qué consiste la diferencia entre aquéllos y éste, hay que decir algo acerca del tiempo y de su medida.

A falta de una definición mejor, decimos que el tiempo es lo que pasa cuando algo que observamos cambia, y decimos medirlo usando aquello que cambia de forma regular. La medición se basa en una premisa indemostrable: lo que mide el tiempo es regular porque sus cambios nos muestran períodos iguales de tiempo, pero hemos definido el tiempo en función de esos mismos cambios. Esto en sí no es más problemático que otras suposiciones similares. Cuando medimos usamos patrones y divisiones de patrones: si usted quiere medir la distancia entre Madrid y Barcelona, imaginando que no hubiese irregularidades en el terreno, y utiliza para ello un objeto material -por ejemplo, una pieza metálica-, el resultado será más preciso cuanto más pequeño sea el objeto, ya que tratamos de encajar, dentro de la distancia que vamos a medir, un número de veces, el objeto utilizado. Algo parecido se hace al medir el tiempo, sólo que se utilizan fenómenos físicos regulares, de ida  y vuelta, como oscilaciones de un péndulo o astros que orbitan. Si queremos medir el tiempo que pasa entre que el Sol está en su punto más alto y la siguiente vez que eso ocurre -¡esto ya es una medida del tiempo que llamamos día!-, dividiéndolo en partes, y utilizamos algo que parece cambiar de manera regular, cuanto más pequeño –más rápido- sea ese cambio, menor será el sobrante cuando nos acerquemos al punto final de medición. Las divisiones del tiempo en horas iguales, en minutos iguales, en segundos iguales, pretendían eso, dividir el día en partes iguales. Así, nos dijimos que un segundo era la ochenta y seis mil cuatrocientosava parte de un día solar medio, por ejemplo. Sin embargo, llegados al segundo ¿por qué parar? No había ninguna razón y ciertas exigencias científicas e incluso vitales –saber quién sale en la pole position de una carrera de fórmula uno, por ejemplo- nos llevaron a seguir adelante, y para mejorar la medición, decidimos utilizar resonadores tan rápidos y regulares como los cristales de cuarzo. Hoy el segundo se define como la duración de 9.192.631.770 oscilaciones producidas por la radiación que emite un determinado átomo de cesio. Como vemos, ese ladrillo fundamental, el elemento discreto con el que realizamos la medición se ha hecho infinitesimalmente rápido y pudimos incluso medir los fenómenos astronómicos que nos habían servido como primeros relojes, descubriendo que no eran tan regulares como creíamos, que había pequeñas discrepancias que podían acumularse y provocar errores a largo plazo. Naturalmente, partimos de un hecho hipotético, que la radiación de ese átomo de cesio es perfectamente periódica, pero esto es común a todos los patrones antes utilizados –como la famosa barra de platino e iridio, patrón del metro. Lo que hace especial a la medición del tiempo es la imposibilidad de asegurar que el patrón no cambia. Si todas las longitudes cambiasen en un factor «a», las superficies lo harían en una proporción a2, pero los volúmenes lo harían en una proporción a3. Esa diferencia haría detectable el cambio de las longitudes. Esto mismo es aplicable a un hipotético cambio de todas las masas del universo. Sin embargo, si todos los tiempos cambiasen por un factor «a» no tendríamos forma alguna de detectarlo. No hay forma de comparar un reloj de hoy con uno de ayer, ni de saber si el segundo que va a transcurrir ahora, cuando lea usted la palabra segundo es igual al segundo transcurrido justo después al leer la expresión «es igual».

Los primeros relojes, los horologia del mundo antiguo estaban diseñados para medir el tiempo utilizando fenómenos «continuos». Así sucede con el reloj de arena, con el de sol o con la clepsidra o reloj de agua. Por desgracia, esos fenómenos continuos son demasiado sensibles a agentes externos, requieren una supervisión constante y no podemos fiarnos, a la larga, de sus resultados. El reloj de sol no puede usarse en las horas nocturnas o cuando está nublado y varía con la latitud; el resultado del reloj de arena es tosco y sólo puede emplearse para períodos cortos de tiempo. La clepsidra es más fiable, pero se ve afectada por los cambios de temperatura. Además, es muy difícil lograr que mueva una maquinaria pesada, como la de un reloj de torre, por ejemplo. Difícil, aunque no imposible: en 1094, Su Song, alto funcionario del emperador chino Shenzong, de los Song del norte, publicó una monografía con el diseño de un mecanismo astronómico capaz de reproducir el movimiento del Sol, la Luna, y algunas estrellas, mediante una esfera armilar. La esfera se movía gracias a un mecanismo que, como añadido, mostraba la división del día en horas y cuartos de hora. Esa obra de ingeniería –la última y más imponente de una serie de tres construidas en poco más de un siglo-, soportada por una torre de doce metros de alto, funcionaba gracias a una enorme rueda hidráulica. Concebida para andar y pararse de forma regular, esa rueda hidráulica utilizaba un sistema de cangilones que, al ser llenados, por su peso, activaban un mecanismo de palancas que permitían que la rueda girase hasta el siguiente tope, que sólo se liberaba al llenarse un nuevo cangilón. Este mecanismo prodigioso, en el que algunos ven erróneamente el  precedente del sistema de escape y regulador del reloj mecánico -su finalidad y el principio en que se basa son completamente diferentes-, exigía unos cuidados y atención tales que la máquina cayó rápidamente en desuso, al desaparecer de escena las personas que lo habían ideado. Su exactitud, mayor a la de cualquier otro reloj de la época y a la de otros relojes mecánicos de los siglos posteriores –seguramente hasta el reloj de péndulo de Huygens, del siglo XVII-, oculta que se trataba de un callejón sin salida tecnológico, que se agotó en sí mismo. Por esta razón, cuando llegaron los primero europeos, en el siglo XVI, a China, descubrieron que sus habitantes apenas sabían de relojes. Mateo Ricci, jesuita y astrónomo, impresionó al Emperador no sólo con sus conocimientos superiores, que le permitían confeccionar mejores calendarios que los expertos chinos, sino con sus relojes de sonería. Los chinos, sin embargo, quizás por el orgullo milenario que hacía llamar, a su Imperio, Imperio del Centro, y que les llevaba a considerar bárbaros a los demás seres humanos, nunca comprendieron la utilidad de los relojes, pese a importarlos a miles –y a miles fueron expoliados por las fuerzas occidentales que saquearon Pekín y el Palacio Imperial en 1860 y tras la revuelta Boxer-, considerando que eran simples juguetes inútiles.

La diferencia de esos otros relojes que acabamos de ver con el reloj mecánico se encuentra en el mecanismo de escape y regulador. Aquéllos hacen avanzar un indicador del paso del tiempo mediante un impulso continuado –como el agua que va llenando un recipiente-, mientras que el sistema de escape retiene una fuerza. Es importante comprender esto: si enrollamos un peso (o recogemos un muelle) y dejamos que éste accione un tren de engranajes, ese peso o ese muelle, al desenrollarse, darán lugar a un movimiento acelerado. Para evitarlo, se inventó un sistema de bloqueo y desbloqueo, llamado escape, que detenía el mecanismo obligando a la rueda a girar en períodos prefijados. Este mecanismo, a la vez que detenía y reiniciaba el movimiento del tren de ruedas, generando con su roce el tic-tac del reloj, evitando el aceleramiento y conservando la fuerza del peso o del muelle durante más tiempo, convertía el movimiento del tren de ruedas en un movimiento oscilatorio, de unidades discretas, que podía trasladarse a unas manecillas. Ese movimiento oscilatorio, ese compás, es el que mide el tiempo.

En los primeros relojes, el compás duraba segundos y los relojes se desviaban diariamente en varios minutos. Siglos después, los cronómetros marinos más precisos, tenían dos pulsaciones por segundo. A finales del siglo XIX, ya existían cronómetros que, con sus 18.000 oscilaciones por hora, marcaban quintos de segundo. La importancia del escape se hace patente, si consideramos que todos ellos se basaban en un mecanismo fundamentalmente igual.

No sabemos quién o quiénes son los genios que inventaron el sistema de escape y regulador. Atribuido tradicionalmente a Gebert, luego papa con el nombre de Silvestre II entre 999 y 1003, los primeros relojes mecánicos de los que tenemos certeza son del siglo XIV: el de la catedral de Norwich, de Roger Stoke, y el reloj de Giovanni de’ Dondi  de 1364. Sin embargo, las referencias son tan habituales en los siglos anteriores, que es indudable que estas obras son el resultado de una evolución previa, relacionada con la vida monástica –sobre todo en forma de relojes despertadores- y con los grandes relojes de torre de las ciudades, armados con sus escapes de vara y foliote regulador, tan caros que exigían inversiones comunitarias.

Pronto comenzó la miniaturización, plasmada en relojes de mesa, sólo al alcance de personas muy ricas, para lo que fue necesario sustituir el sistema de pesos y contar con mejores materiales –fundamentalmente acero- que hicieran a los pequeños engranajes más regulares y duraderos. El primer problema se resolvió, en el siglo XV, con una idea magnífica: utilizar un muelle. Esta mejora planteaba, sin embargo, una dificultad añadida: el muelle, al desenrollarse, va desarrollando una fuerza cada vez menor, lo que impide que el giro de la rueda de escape se mantenga regular. Para resolverlo, se enlazó el muelle a una cadena, a su vez enrollada en una rueda cónica, y colocada de forma que comenzase a desenrollarse en la parte menos ancha, equilibrando la mayor fuerza del muelle con el menor efecto mecánico de la cadena. Comento esta solución simplemente como una más de las innumerables muestras de ingenio desplegadas por los relojeros a lo largo de la historia.

La miniaturización del mecanismo desembocará, a comienzos del siglo XVI, en el reloj de bolsillo y, más adelante, en una loca «carrera de armamentos» entre los relojeros por fabricar el reloj más pequeño. Tan pequeño como el de Isabel de Inglaterra, que cabía, con su mecanismo despertador, dentro de un anillo. Como era de esperar, la miniaturización afectaba seriamente a la fiabilidad.

Si no hubiera sido por las necesidades de una ciencia que exigía mediciones cada vez más exactas y por los imperativos de la navegación marítima, la búsqueda de relojes más precisos podría haberse demorado. Detengámonos un momento en la relación entre el reloj y la navegación.

Si la latitud y la longitud fueran hermanos, diríamos que no parecen del mismo padre y madre: uno es accesible y extrovertido, el otro, huraño y misterioso. Y es lógico, ya que dependen de los meridianos y los paralelos, y resulta que los primeros son todos iguales y ninguno tiene una preeminencia natural, mientras que los paralelos son todos diferentes y el paralelo origen –el ecuador- está predeterminado. Carl Sagan, en un famoso capítulo de Cosmos que les recomiendo,nos explica de forma magistralmente didáctica cómo Eratóstenes midió la circunferencia de la Tierra. Para lograrlo comparó la longitud de la sombra de dos varas iguales el mismo día del año en dos lugares, uno situado a 800 km al norte del otro. Pudo hacerlo porque hay un año natural que conocemos por la repetición regular de efemérides astronómicas asociadas a la órbita terrestre. Eratóstenes usó la cercana y entrañable latitud, viajando hacia el Norte o el Sur, y comparando efectos en los mismos días del año y pudo hacerlo porque el año existe. Sin embargo, no había una posibilidad de lograr un resultado similar viajando hacia el Este o el Oeste: si se hacía a la velocidad normal de un medio de transporte de la época no percibías que el Sol saliera antes en un lugar que en otro. Para conseguir eso hace falta viajar en avión –y notar el jet lag– o tener un reloj con la hora del punto de partida que te permita darte cuenta de que la hora del punto de llegada es diferente. La asociación de la longitud al transporte de la hora, al hecho de llevar un reloj contigo, es una idea moderna que fue teórica antes que práctica. Una vez quedó claro que la Tierra era redonda, la consecuencia geométrica terminaba resultando evidente: el Sol aparecería antes en unos lugares que en otros y la hora se relacionaba con el problema de medir la longitud. Hasta ese momento, nadie se había preguntado si la hora en Estambul era diferente de la hora en Madrid, porque no había manera de comunicar con la rapidez suficiente las diferencias horarias. La importancia de la exploración y del comercio marítimos da lugar, a partir del siglo XVI, a una auténtica y justificada obsesión por medir correctamente la longitud en el mar, y así evitar que los barcos se perdiesen en las rutas oceánicas. Tanto lo fue, que las más importantes naciones europeas llegaron a prometer grandes premios a los que diesen con un método práctico para determinarla. La latitud no sólo era accesible, sino también fácil de medir desde siempre, pero la medición de la longitud era terriblemente complicada y a ella se dedicaron las mejores mentes de Europa, confiando en soluciones astronómicas. Sin embargo, había una respuesta puramente mecánica que se deduce de lo que acaban de leer: lograr un reloj muy exacto que no se desviase en alta mar. El procedimiento, de contar con ese preciso instrumento, sería simple: el reloj se pone en hora en el puerto de salida. Una vez en el mar basta con medir la hora a mediodía y compararla con la del reloj para conocer la longitud. Si nuestro reloj da la una de la tarde a mediodía, nos encontraremos una hora más hacia el oeste, es decir a quince grados longitud oeste. Para lograr eso, se hacía imprescindible un reloj que, en un viaje de varios meses, prácticamente no atrasase o adelantase. Pero, antes de seguir con esa carrera para resolver el problema de la longitud, hay que dar marcha atrás y volver al mecanismo de escape.

Durante siglos, la mejora en la exactitud de los relojes fue resultado de un uso de materiales más adecuados y de una mayor precisión en la talla de los engranajes. Sin embargo, había un límite a esa mejora, porque el escape de vara y foliote (el foliote es una lámina cargada con dos pesos en sus extremos, encargada del movimiento oscilatorio en esos primeros relojes) plantea un problema esencial de diseño: el foliote oscila, pero no por tener una frecuencia propia, sino por la fuerza que le comunica la vara a la que está unida -que la recibe a su vez del tren de ruedas. Por desgracia, esa unión transmite al foliote las propias irregularidades del tren de rodaje, que, aunque se compensan entre sí hasta cierto punto, limitan la posibilidad de aumentar la fiabilidad del reloj. La única manera de aumentarla era introducir un oscilador que tuviera oscilación propia y que recibiera, del escape, únicamente la cantidad de fuerza imprescindible para mantenerla estable. El gran Christian Huygens encontraría ese oscilador natural: un péndulo. La sustitución del escape de vara y foliote por el de vara y péndulo produjo un resultado espectacular: de un error medio de quince minutos al día se pasó a uno de entre diez o quince segundos. El avance se explica por la oscilación libre del péndulo, salvo en los instantes en los que recibe el impulso del mecanismo de escape. La mejora definitiva (que evitaba ciertos problemas derivados de la manía de los arcos de oscilación de negarse a permanecer en un mismo plano, lo que provoca graves errores en el caso de arcos muy amplios, como los producidos por el escape de vara) se alcanzó al introducir el llamado escape de áncora, que actúa sobre dientes muy cercanos entre sí, aminorando la amplitud de las oscilaciones. Estos relojes, sin embargo, no resolvieron el problema de la longitud, porque los movimientos irregulares del barco en alta mar se trasladaban al propio péndulo, además de que aquéllos se veían afectados por las condiciones climáticas (por ejemplo por la dilatación de los materiales). El mismo problema afectaba a los relojes de bolsillo. Se hacía imprescindible ingeniar un nuevo regulador y se halló sustituyendo el péndulo, más apropiado para relojes de pared o mesa situados en tierra, por una espiral reguladora, otro muelle, éste mucho más delgado y elástico, que oscilaba al comprimirse y abrirse de forma regular. La paternidad de este hallazgo fue reclamada por muchos –Huygens, Hooke, Thuret-, pero eso es lo de menos. Lo importante es que la espiral reguladora dejó obsoletos inmediatamente todos los relojes de bolsillo con vara y foliote. El avance fue tan notable que los relojes de bolsillo empezaron a tener una aguja para señalar los minutos, que ya se marcaban en los grandes relojes de péndulo y, a partir de 1690, otra con la función de segundero. La evolución posterior fue más lenta, basada en diseños de escapes, engranajes y dientes cada vez más sofisticados, a lo que se unió una mayor precisión en el corte y una elección más adecuada de materiales como, por ejemplo, rubíes en los puntos de fricción, capaces de evitar el doble problema del desgaste y de la necesidad de utilizar aceites que, al ensuciarse, estropeaban el mecanismo. Es ésta la época de grandes nombres de la historia de la relojería, como los ingleses Graham o Mudge, el suizo Berthoud o el francés Le Roy.

Habíamos dejado a medias el problema de la longitud y es hora de retomarlo para hablar de un genio: John Harrison. Aunque era carpintero, adquirió conocimientos en relojería -al parecer- gracias al hecho de que su pueblo fuera tan pequeño que no hubiera un maestro relojero que pudiera reparar los relojes. Cuando supo que el Parlamento inglés había prometido un premio de 20.000 libras a quien resolviera el problema de la longitud superando unas pruebas muy rigurosas en un viaje marítimo, decidió presentarse y diseñó cuatro relojes únicos, con engranajes a menudo de madera y con un escape de nuevo diseño, en el que mezclaba metales con diferentes coeficientes de dilatación para evitar que los cambios de frío o calor afectasen a la fiabilidad. De sus manos nacieron cuatro relojes conocidos como H1, H2, H3 y H4, y que se conservan en Greenwich. Para que se fabricase un reloj más preciso hizo falta esperar un siglo. Tras más de dos décadas de estudio obsesivo, Harrison, que se había inclinado al principio por relojes de gran tamaño, presentó H4, un pequeño reloj de trece centímetros de diámetro. Tenía setenta años. En 1764, ese reloj tuvo, tras un viaje desde Portsmouth a Barbados, un resultado extraordinario, con un error de solamente 39 segundos (es decir, 9,75 minutos de longitud). Harrison obtuvo finalmente, tras muchos sinsabores, el premio que venía persiguiendo desde hacía cuarenta años.

Ganó el premio, pero su solución no fue la adoptada. Los relojes de Graham, Arnold y Earnshaw, menos precisos, pero más simples y baratos de fabricar, permitieron a Gran Bretaña aventajar a las restantes naciones en la construcción de los caros cronómetros de marina. Sin embargo, los habitantes de un pequeño país estaban a punto de hacerse con el monopolio efectivo de una industria cada vez más importante. Es hora también de hablar de la industria relojera suiza.

Es difícil explicar un éxito como el suizo. No había ninguna razón a priori que permitiese preverlo. Los primeros núcleos importantes de constructores de relojes se encontraban en los países en los que uno pensaría: en las ciudades alemanas, especializadas en objetos en miniatura, relojes caprichosos de sonería que se vendían al turco o en oriente; en Francia, el lugar de nacimiento de grandes maestros relojeros, pero sobre todo el lugar en el que el reloj como joya alcanzó un grado más sofisticado; o en Inglaterra, el país en el que, como hemos visto, se desarrollaron la mayor parte de las mejoras que hicieron del reloj un mecanismo más exacto y duradero, convirtiendo al reloj inglés en paradigma de calidad y fiabilidad.

Todas esas industrias fueron decayendo. Sólo la inglesa resistió hasta el siglo XIX y lo hizo en los productos de alta gama. La crisis no se produjo porque la relojera no fuera una industria con futuro, sino porque los relojeros suizos fabricaban más y más barato. Sobre todo más barato. Su origen se encuentra en Ginebra, en el siglo XVI. La ciudad, en esa época, recibió una avalancha de refugiados franceses que huía de las persecuciones religiosas. Esas oleadas dieron lugar a tensiones con los gremios locales que querían mantener sus privilegios frente a los extranjeros. La solución fue dividir la labor en especialidades, de forma que el maestro relojero sólo tuviera que hacer el remate final –a veces ni siquiera eso, cuando compraba mecanismos en «blanco»-, dando al producto su firma. Los trabajos previos se podían encargar no sólo a obreros poco especializados, sino a mujeres y niños. La consecuencia de ese sistema no fue la prevista: no se puede controlar a la gente que aprende a hacer relojes. Los établisseurs, esos fabricantes de mecanismos, se hicieron comerciantes y empezaron a vender por todos los países, corriendo a menudo riesgos increíbles, con sus baúles atados con cadenas a los carruajes. Los nombres de esos aventureros sonarán a cualquier amante de los buenos relojes: Abraham Vacheron o Czapek y Patek, los creadores de la casa más tarde llamada Patek Philippe. Es la época gloriosa de la relojería ginebrina, a finales del siglo XVIII, cuando se convirtió en la segunda productora del mundo. La revolución estaba, sin embargo, por venir, y sería también suiza, pero situada algo más al Norte: en el valle del Jura.

La industria relojera es especial, no requiere de mucha materia prima y el transporte no es un problema: en una maleta se puede llevar una fortuna. Así, pese a ser un oficio para especialistas que debería haberse desarrollado en los alrededores de alguna gran urbe, una tierra montañosa y pobre, poblada por campesinos y ganaderos, se hizo con el gran premio. Y es que eran industriosos. Incapacitados para realizar labores agrícolas durante los meses de invierno, la posibilidad de hacer esos trabajos previos que demandaban los relojeros ginebrinos resultó insuperablemente atractiva. En cada casa, hombres, mujeres y niños se dedicaron a él con fervor, hasta el punto de llegar a alquilar sus tierras a extranjeros para poder dedicar todos los días del año a la elaboración de ruedas, esferas y cajas. El aumento de riqueza fue inmediato y la reserva de mano obra especializada devino en motor económico. Al final controlaron todo el proceso de producción y, aunque tuvieron fama, inicialmente, de poca calidad, en el siglo XIX pudieron ofrecer relojes tan buenos como el mejor relojero inglés, pero muchísimo más baratos. E imitaban. Imitaban a mansalva, poniendo nombres iguales o semejantes a sus mecanismos y relojes, sin el mínimo respeto por la «propiedad industrial», por la marca. Los suizos coparon el mercado por sus precios, pero los ingleses seguían presumiendo de que los suyos eran los relojes más precisos, hasta que a comienzos del siglo XX los relojeros suizos ocuparon el último reducto, ganando sin interrupción los premios en la categoría de relojes de bolsillo. La única duda, año tras año, era el nombre del vencedor: Ditisheim, Zenith, Movado, Longines, Vacheron, Omega o Patek Philippe. El control de esa nación era casi monopolístico y se explicaba por una particularidad de la industria relojera: el valor del componente humano. La industria relojera siempre fue a la cabeza de las restantes industrias en cuanto a complejidad, pero esto en realidad frenó la maquinización. No había manera de producir los minúsculos engranajes y piezas de forma masiva e intercambiable; siempre se requería el repaso final y el ajuste experto del maestro relojero. El capital humano acumulado era la clave del éxito.

Sólo un enfoque diferente podía poner en peligro el monopolio suizo y vino de Estados Unidos. Los norteamericanos utilizaron la probabilidad y las máquinas. Comenzaron a fabricar mecanismos masivamente, dividiéndolos por peso y fuerza, escogiéndolos luego al azar dentro de cada grupo, para desechar los relojes que no daban buenos resultados. Al principio, hasta que fueron afinando los procedimientos, hubo que desechar muchos, y los que quedaban no podían competir con los de una casa relojera que trabajase a la manera tradicional; pero su precio era insuperable. Ese precio era resultado de la ratio entre obrero y producción: un empleado suizo, en 1900, fabricaba unos cuarenta relojes anuales, mientras que el norteamericano alcanzaba los doscientos cincuenta. La apuesta fue tan importante que los suizos se tragaron su orgullo y enviaron un «espía» a Estados Unidos. A su vuelta, informó a sus compatriotas de la viabilidad del nuevo procedimiento y de los peligros para la industria nacional. Pudieron reaccionar a tiempo, sin renunciar a las claves de su éxito, introduciendo una mayor maquinización y reservando los ajustes finales a las manos de expertos, de forma que pudieran abaratar costes manteniendo una alta calidad final. Nunca llegarían a recuperar el mercado estadounidense totalmente, a pesar de poner a algunos de sus relojes nombre «americano» para engañar a sus compradores, a la vez que mantenían sus marcas más prestigiosas. En cualquier caso, su control sobre la producción y comercio mundiales en la primera mitad del siglo XX es brutal, casi incomparable, cercano en determinados momentos al ochenta por ciento. Se habían adaptado y habían vuelto a triunfar.

Hasta que llegó el cuarzo. Los nuevos relojes de cuarzo no sólo eran más precisos, sino que además permitían otras funciones electrónicas. Los suizos entraron en una pendiente de pérdida de mercado a partir de la década de 1970, salvo por el fenómeno swatch. Sólo en el reducido mundo del carísimo reloj exclusivo, a menudo mecánico, conservan la primacía. Sin embargo, su precio es tan elevado que en la factura final aún están cercanos a un cincuenta por ciento mundial.

Tampoco importa. La llamada revolución del cuarzo ha sido breve. Vivimos los últimos días del reloj. Seguimos necesitando saber la hora, pero ya no es preciso llevar un aparato, llamado reloj, que cumpla esa función. Hoy, otros artilugios que sirven para otras cosas nos dan la hora y se ajustan exactamente mediante internet. Tenemos la hora en el coche, en el teléfono móvil, en el tablet, en el ordenador, en el eBook. Cuando empecé a escribir este artículo le pedí a mis hijas que hicieran una pequeña investigación: comprobar cuántos compañeros de su clase llevan un reloj. El resultado es significativo: apenas un veinte por ciento de los niños. Es lógico. Si todavía se compran y regalan relojes es por pura inercia. El reloj terminará siendo superfluo, porque ya no necesitamos un objeto que sirva para dar la hora.

Paradójicamente, el reloj mecánico, el aparato de sus características más eficiente ideado por el hombre, terminará como los relojes de los emperadores manchúes, rebajado a objeto de lujo, simple capricho innecesario, signo de poder o de estatus, ajeno a la importantísima función cumplida durante siglos.

La medición del tiempo nos rodea de forma absoluta y su tiranía rige nuestros actos, pero el reloj, ese artefacto único, muere, dejando un recuerdo de ingenio y superación, de expertos artesanos y ajustes exactos, de mecanismos minúsculos, prácticamente perfectos, una prueba del poder del hombre sobre el entorno.

Descanse en paz.