Hacer de la necesidad virtud

Este número de Jot Down, que no he leído, es un fraude. No puede hablarse con sentido de lo políticamente incorrecto porque no existe. La etiqueta es temporal, papel para envolver pescado. Todo lo que el hombre formula quiere ser respetable, y si se viste de incorrección es simplemente para adornarse con las plumas de la avanzadilla, el riesgo y el modo de vida.

Voltaire, en su sexta carta filosófica, asusta a los ingenuos de su época: escribe que en la Bolsa de Londres solo es infiel el que se encuentra en bancarrota, y que allí el judío, el «mahometano» y el cristiano discuten como si fueran de la misma religión y sólo parecen distintos cuando salen de esas «pacíficas y libres reuniones». El agudo sonríe; se siente en compañía de uno de los suyos. Considerado como el gran provocador, utiliza el recurso de Swift, tan querido por los grandes simplificadores, benignos o maléficos: contar lo que vemos a través de los ojos del extranjero —un persa vale— o del  hombre venido del espacio. Esa misma técnica le permite al «antropólogo» espacial inventado concluir que los primeros humanos que ve, de piel negra y con lana en la cabeza, tan parecidos a los monos, son inferiores a otros que descubre más tarde. El manejo de lo etic por Voltaire consigue justificar sus inversiones en la trata de esclavos. El gran provocador y su amigo sonriente nos explican, como Nietzsche, por qué son tan inteligentes, pero el tiempo enseña las costuras.

No relativizo. Hay buenas y malas ideas, ideas inteligentes y torpes, ideas que hacen daño y que curan. Lo que no existe es un reservorio de pensamientos incorrectos, al alcance de unos pocos marcados por la capacidad de advertir las trivialidades de los demás.

Todos usamos ese truco alguna vez. Incluimos a los que no piensan como nosotros en la masa de los idiotas convencidos, para ganar adeptos y formar nuestra propia tribu. La corrección política es la marca de la tribu del otro lado del río. Es una estrategia defensiva, sectaria, a la espera de tiempos mejores.

No hay forma de superar el pensamiento grupal. Ni siquiera la crítica negativa, la única que debe mantenerse contra viento y marea, lo permite. «¿Y tú qué harías?» te pregunta el criticado y no puedes estar demasiado tiempo diciendo «nada».

Esto que he escrito también es un fraude. Y si sonríe mientras piensa «me había dado cuenta y soy uno de los nuestros» es que no se ha dado cuenta de verdad.