Menuda perspectiva

Hace tres años escribí esta entrada. Les invito a que la lean.

En ella analizaba la noticia que anticipaba los problemas e injusticias de una posible aprobación de una reforma del Código civil que estableciese la prohibición de estancias o comunicaciones de hijos menores con padres acusados de cualquier delito relacionado con violencia doméstica.

Y contaba una historia. Un caso que llevaba entre manos. Lo retomo:

Un hombre —mi cliente—  y una mujer tienen una hija, menor de edad. Surgen problemas entre ellos, que no voy a contar, porque no viene al caso y por no crear prejuicios al que lea esto. El caso es que terminan yendo a abogados que presentan demandas. Ella además presenta una denuncia: amenazas, agresiones e incluso agresión sexual. Lo detiene la policía y pasa dos días en un calabozo. Él es muy cuidadoso. Lo anota todo. Lo guarda todo. Lo graba todo. Por suerte, las enormes inconsistencias de ella —y las mentiras— dan lugar a un sobreseimiento inmediato, pese a la gravedad de las acusaciones. Recurre en apelación. La audiencia confirma el archivo. Viven en la misma casa, en habitaciones separadas; pero ella se mete en la cama de él, lo empuja, lo provoca. Él conserva la calma, mientras lo graba todo. Poco tiempo después, unos amigos de ella, a la que creen una víctima, pegan a mi cliente. Mi cliente denuncia y obtiene una sentencia condenatoria contra los agresores. Sigue: la mujer termina marchándose de la vivienda familiar, pero llevándose a la niña con ella e impide al padre que la vea. Presentamos una denuncia por secuestro, a sabiendas de que no prosperará, ya que el conflicto está judicializado. Se archiva la denuncia, pero el padre durante dos meses no ve a su hija. Las pocas veces que logra hablar con ella, la niña carga al padre de reproches: que ya no la quiere, que la ha abandonado. El padre es incapaz de explicar a su hija que tiene que esperar a un juicio que tarda en celebrarse diez meses. Mientras tanto, ella le comunica al padre que puede recoger a la niña: es una trampa. Pretende aprovechar ese momento y provocar un nuevo conflicto. Él lo graba todo y va acompañado de testigos. Ella denuncia, pero el procedimiento se abre y se cierra cuando la fiscal comprueba, por las declaraciones de los testigos y las grabaciones, que la denuncia es una burda mentira, tras «aconsejar» a la madre que retire la denuncia antes de que el asunto pueda perjudicarla. Él se niega a denunciarla por denuncia falsa, a pesar de que en las resoluciones constan los elementos de su falsedad, porque no quiere estropear la mínima posibilidad de establecimiento de un régimen civilizado. Dos denuncias, ambas objetivamente falsas, de esas que no aparecen en las estadísticas de denuncias falsas. Se celebra el juicio por la custodia. Mi cliente ha pedido la custodia para él y, en su defecto, la custodia compartida. Juez y fiscal, ambas mujeres, «abroncan» a la madre, que miente manifiestamente en el juicio, reconociendo los esfuerzos del padre por mantener el contacto con su hija y ocuparse de ella, pese a las maniobras de la madre. A pesar de dos denuncias previas por maltrato, se acuerda un régimen de custodia compartida.

Hoy, más de un año después, y tras aguantar —por mi consejo— incumplimientos constantes del régimen por la madre, además de tras una serie de episodios que no voy a contar, mi cliente va a pedir la custodia para él. Él es un padre responsable y cariñoso. Su hija tiene un hogar estable cuando está con él. Ella es irresponsable y está perjudicando gravemente a su hija, que quiere vivir solo con su padre.

Anticipaba en la entrada los problemas que habría tenido en el caso de que esa reforma hubiese entrado en vigor. Desde el 03/09/2021 ya está en vigor algo no tan radical, ya que siempre cabe que el juez se aparte de la respuesta prevista por defecto, pero que obliga al juez a un esfuerzo de motivación que supone, en mi opinión, un ataque directo a la presunción de inocencia. No voy a extenderme más sobre los efectos perniciosos y liberticidas de esta deriva. Me remito a mi entrada anterior. Pero sí quería explicarles qué pasó con mi cliente, con su hija y con mi nueva demanda.

Como explicaba, en el procedimiento inicial se estableció un sistema de custodia compartida (al que se oponía la madre). Hoy, una medida así habría requerido una justificación extraordinaria.

Mi cliente solicitó la modificación de medidas al año y medio. Y se dictó sentencia que atribuía la custodia al padre y un régimen de visitas a la madre.

Durante dos años, el padre hizo todo lo posible para que el régimen de visitas funcionase, pero ha sido imposible por los incumplimientos y la irresponsable conducta de la madre. Finalmente, hace unos meses tuvimos que presentar una nueva modificación de medidas para solicitar que no hubiese ningún régimen de visitas y que la hija, que ya es adolescente, decidiera si, cuándo y cómo quiere relacionarse con su madre.

Ahora, con la reforma ya en vigor, se ha acordado lo que pedíamos. El padre es el único custodio y la hija puede, si lo desea, no relacionarse más con su madre.

Por un lado piensas que las instituciones han funcionado. La jueza y los fiscales que han intervenido lo vieron.

Por otro lado, asusta saber qué lo que ha conseguido este hombre, tras cinco años de pelea, es cada vez más difícil. Y asusta preguntarse qué habría sido, de haber obtenido la madre lo que quería, de esa niña (que hoy es feliz con su padre y obtiene unos rendimientos escolares estupendos). La perspectiva es atroz.

Y la muerte no se dejó encontrar

Hoy voy a hablarles de un titiritero. Uno de esos tipos que maneja los hilos de la historia tras las bambalinas; sin aparecer. Uno de sus auténticos y desconocidos protagonistas.

Vale, estaba de coña y ese párrafo es un ejemplo de mala literatura. Mala literatura típica de aficionados a las historias secretas y paralelas. Si el tipo es desconocido normalmente es porque no hizo nada relevante. Y además no suele ser tan desconocido. Solo pasa que uno lo descubre un día y actúa como el que dice «esto no lo leerán en ningún medio» cuando el sucedido ha aparecido urbi et orbi.

Lo que sí hay es gente que carece de relevancia, pero no de interés. Gente que aparece en todas las fotografías; ahí en una esquina, borroso, como el que intenta hacerse sitio. ¿Recuerdan El secreto de sus ojos? ¿El tipo de mirada torva? Pues eso: el tipo de mirada torva aparece en todas las fotos y uno se pregunta quién cojones es.

Carlo Camillo Di Rudio era hijo de un conde. Un segundón. Lo meten con quince años, con un hermano, en una conocida academia militar milanesa (entonces Colegio Imperial por eso de que Milán pertenecía a un imperio) y en 1848, cuando los milaneses se alzan contra el opresor (¡Viva Verdi!) ve cómo sus compatriotas los atacan. Se retira con el resto de «imperiales», pero en la retirada comprueba lo mal que tratan los extranjeros a los suyos y deserta. Esto lo cuenta él, muchos años después y hay que tomarlo con distancia, pero ¿por qué no va a ser verdad? Al parecer, el detonante es la violación de una joven italiana por un soldado croata, al que mata con la ayuda de su hermano. En resumen, se convierte en un patriota y se va con el hermano a las barricadas venecianas, a combatir a los austríacos. Allí muere el hermano de cólera y él empieza su tour revolucionario. Pasa por la joven república romana de Mazzini y se supone que conoce a Garibaldi y forma parte de su guardia personal, pero ya saben que el lugar era pelín inestable, así que se pira a París, a unirse a los opositores a Napoleón III, que andaba dando golpes de Estado. Por lo visto estuvo poco, porque se supone que regresa a Italia y le pasan cosas durante seis años un tanto oscuras. Que si embarca en Génova para ir a América, pero naufraga y termina en España. Que si estuvo preso de los franceses, tras la derrota romana de los garibaldinos, pero logró escapar de la prisión (como su luego colega de andanzas, el famoso Orsini). Que si se dedicó a recaudar y mover fondos por el norte de Italia para la causa nacionalista y estuvo a punto de ser capturado por los austríacos, salvándose a punta pistola en una barca que atravesó el lago Lemán para llevarlo a salvo a Suiza (a los remos iba el desafortunado propietario de la barca).

Pongamos que todo eso es verdad o mentira. Lo que sí es seguro es que en 1855, con veintitrés años, se establece en Inglaterra y se casa con la hija de un pastelero. He leído que tuvo cinco hijos y que trabajó de jardinero. Lo segundo, puede; lo primero parece una hazaña, ya que tres años después vuelve a las andadas y se mete en una conspiración. Aunque hay trampa. Carlo volvió con su esposa tras un nuevo episodio revolucionario, este sí perfectamente documentado.

El 14 de enero de 1858 Felice Orsini y su simpática pandilla atentan contra Napoleón III cuando va camino de la ópera, para asistir a una representación de Guillermo Tell (jeje). Lanzan contra el emperador tres bombas y el tipo sale ileso, aunque mueren ocho personas. Entre los conjurados se encuentra Carlo, que imagino estaba aburrido de hacer hijos y plantar coliflores. Todos fueron detenidos o eso creyeron los franceses. Se salvó de la guillotina, dicen, gracias a la intervención de su esposa, que escribió a su diputado, que escribió a la reina Victoria, que escribió al Napoleón pequeño.

La condena se conmutó por prisión perpetua en la Isla del Diablo. Allí la gente caía como moscas (también los guardias) y Carlo se propuso escapar. A la segunda lo consiguió —aunque es posible que la huida fuese desde el continente y no desde la isla—. Un puñado de condenados asaltó un barco de pesca y pudieron llegar al actual Surinam, de allí a la Guyana inglesa y de allí de vuelta a Inglaterra. Volvió famoso, ya que la tumultuaria huida había sido sonada, y se dedicó a dar conferencias. Los franceses estaban muy cabreados y los ingleses tampoco veían con buenos ojos las actividades del amigo, al que había salvado la reina de la muerte. Así que Charles (ya ha dejado de ser Carlo) decidió emigrar de nuevo, por si las extradiciones, pero esta vez rumbo a Estados Unidos.

Llega en 1864 y, ya lo imaginan, se alista como soldado raso en el ejército de la Unión. Pero como sabía de verdad de las cosas estas de la milicia, lo hicieron oficial y lo pusieron a mandar en un regimiento de soldados negros en Florida. Parece que luchó con valor y tras la guerra pidió su ingreso en el ejército regular. Aunque al principio se le denegó por una supuesta cuestión testicular (no es que no tuviese huevos, es que los médicos decían que uno de sus testículos era más retraído que el propietario) que se interpretó como una conspiración ocasionada por el pasado turbio del personaje, al final logró el nombramiento y terminó en caballería.

Algunos compañeros de profesión lo llamaban, por eso de ser hijo de conde y por su altanería, Count No-Account. Puede que la mala fama le viniera también de perseguir a peña del KKK y proteger a población negra a la que algún terrateniente no dejaba votar, aunque las malas lenguas aseguraban que su motivación era otra y que el terrateniente había sido general de Napoleón III. A saber. Lo que sí es seguro es que ascendió a teniente y lo enviaron a Montana. Al 7º de Caballería.

¿Van comprendiendo lo de la foto, verdad? Efectivamente, el teniente Charles participó en la batalla de Little Bighorn. Si recuerdan la batalla, Custer (muchos dicen que para atribuirse el mérito) dividió sus fuerzas y las que él mandaba directamente (cinco compañías) fueron aniquiladas (por cierto, Charles fue el encargado de contar los cadáveres). Las otras siete compañías, reagrupadas tras numerosas bajas, pudieron aguantar y ser rescatadas. Charles, poco antes, era segundo al mando en la compañía E, pero al cambiar de destino el primero al mando, Custer colocó allí a un amigo y trasladó al conde (que al parecer era el auténtico jefe de la compañía), para que no hiciese sombra a su colega. Así que fue a la compañía A, al puesto que ocupaba el enchufado. Todos los miembros de la compañía E murieron en la batalla (entre ellos el nepote) y esa intriga salvó de nuevo a Charles de palmarla. Eso sí, pasó un par de días complicados, huyendo de los indios, hasta que pudo volver con sus camarada: Esos dos días incluso dieron lugar a acusaciones de supuesta cobardía, que finalmente fueron desestimadas.

Participó poco después en la guerra Nez-Percé, famosa por la persecución al jefe José y sus palabras estilo Diez Osos —I am tired of fighting— que no sabemos si fueron suyas o de uno que terminó siendo abogado y poeta. Ascendió a capitán y lo enviaron a Texas. En una de sus entrevistas contó que había conocido a Gerónimo. No me extrañaría nada. Después de tirar una bomba al paso de Napoleón III y Eugenia de Montijo, presumir falsamente de haber conocido a Gerónimo parece un tanto absurdo.

Se retiró con el grado de mayor y se marchó a California con su esposa inglesa y sus hijos. En esos años dio entrevistas y confirmó a un biógrafo de Orsini que había un quinto hombre en Dallas e incluso lo delató: Francesco Crispi, uno de los más importantes políticos italianos de la segunda mitad del siglo XIX, que había llegado a ser primer ministro de Italia y que aún estaba vivo. A lo mejor era una trola.

A saber si no era todo una trola.

Charles Di Rudio murió en 1910. En la cama. O no, y está como el Conde de Saint Germain dando por saco por ahí. Por si acaso, por si lo ven, les pongo su foto.

Ocho putas negras, un funcionario corrupto y un libro contaminado

Geoffrey Robertson es un abogado británico/australiano de gran renombre profesional en el campo de los derechos humanos. Como les he enlazado su página de wikipedia, mírenlo allí y así no pierdo tiempo. También es conocido por sus libros de divulgación y por su trabajo en televisión.

Uno de sus libros es Crímenes contra la humanidad: la lucha por una justicia global.

Es un libro interesante, que ya había leído hace años. Lo volví a hojear hace poco porque estuve viendo la recomendable serie sobre los juicios de Tokio que pueden encontrar en Netflix y tuve la sensación de que algo contradecía lo que recordaba del capítulo del libro sobre el tema. El caso es que empecé a releer el libro y he llegado al momento en el que comenta la desastrosa conferencia de Durban conocida como Durban I, que tuvo lugar en 2001. Los más viejos recordarán las noticias de prensa de entonces, muy centradas en el circo que se montó, justo antes de los ataques del 11 S contra estados Unidos. Era verano y había pocas noticias hasta que llegó la noticia que nos hizo a todos olvidarnos de los payasos de aquel circo, esos siniestros tiranos que andaban dando lecciones.

Pues bien, el libro, al narrar las contradicciones entre los loables objetivos perseguidos y la realidad de lo que iba sucediendo, cuenta esto:

«El delegado marroquí, inmediatamente después de votar a favor de poner fin a la prostitución del Tercer Mundo, alquiló para satisfacer sus deseos privados a varias trabajadoras del sexo negras, que le robaron y le mataron: un siniestro regalo para los cínicos de los medios de comunicación, que únicamente ven corrupción e hipocresía manifiestas de estas verborreicas celebraciones de la ONU»

No sé por qué, pero, al leerlo ayer, se activó mi sentido arácnido y decidí buscar la información en esos cínicos medios de comunicación de los que habla el autor.

Y esto es lo que he encontrado:

a) El nombre del «delegado marroquí» es Mostafà Souhir y no era delegado marroquí. Era marroquí de nacimiento, luego estudiante de Ciencias Políticas en Florencia y residente desde entonces en Italia, en donde se dedicó al activismo en el campo de los derechos humanos. En 1997 empezó a trabajar para o en COSPE, una asociación italiana centrada también en el campo de los Derechos Humanos y el desarrollo sostenible.

De hecho, Souhir fue a Durban representando a COSPE. Es decir, no solo no era delegado marroquí, sino que no era delegado de ningún país. Tenía 33 años al morir.

Saco esta información de aquí.

Y es llamativo que Souhir dio su nombre a una serie de premios por la multiculturalidad en los medios. Aquí tienen el de 2005 (hay más).

Por supuesto, esa biografía elogiosa y el uso de su nombre para designar un premio no son garantía de nada, pero es obvio que no es igual que el asesinado fuera un funcionario oficial que representa a un Gobierno (¡africano!) a que fuese un señor que solo representaba a una ONG italiana.

Por cierto, era fácil saber que no representaba a Marruecos. Sale en las noticias a nada que busques. Por ejemplo, en The Guardian.

b) El libro dice que el fallecido alquiló a varias trabajadoras negras para satisfacer sus deseos.

Si leen la noticia que antes he enlazado, lo que se cuenta en ella es que Souhir invitó a una copa a una mujer, a la que que luego le pidió que le acompañase a su habitación, que otra mujer le dio unas tabletas, que se las echaron en la cerveza a Souhir y que el tipo se murió mientras ellas intentaban reanimarlo. Y que luego se les unieron 6 mujeres más y robaron al pobre desgraciado.

La noticia, sin embargo, no es muy precisa. Aquí y aquí se cuenta con más detalle.

Si nos basamos en esas noticias, que a su vez se basan en las declaraciones de las ocho mujeres, lo que resulta es que Souhir le dijo a la mujer que no podían ir a su habitación (a la de él), porque la compartía con otras personas; que entonces ella lo llevó a una habitación que compartía con otras mujeres; que una de ellas estaba allí o llegó más tarde y le dio las pastillas (querían drogarlo y robarle); que el tipo empezó a morirse e intentaron reanimarlo, mientras iban llegando más y más mujeres; que metieron el cadáver bajo la cama al llegar la seguridad del hotel, mientras reprochaban a la primera mujer el lío en el que les había metido. Y que después de esto, le cogieron la llave de la habitación a Souhir, fueron allí y le robaron.

Ojo, esta es la declaración de ellas. La de él no la tenemos. Ni siquiera sabemos si fue él quien se aproximó a ella o si fue él quien le propuso ir a una habitación.

Pero démoslas por buenas. Solo con esta información queda claro que no alquiló a varias mujeres. Ni siquiera está claro que supiese que la única mujer que supuestamente abordó era una prostituta. No hay ningún lugar en esas noticias en el que se afirme que él quería pagar a cambio de sexo. En realidad, lo que se cuenta es perfectamente compatible con una historia en la que una mujer engaña a un tipo para drogarlo y robarle.

c) El libro dice que el «delegado marroquí» hizo esto «inmediatamente después» de votar a favor de acabar con la prostitución en el Tercer Mundo.

Me llama sobre todo la atención la expresión «inmediatamente después». Creo que esto es lo que hizo que saltara mi alarma. Era demasiado bonito. Esa tarde el (imaginemos) sudoroso, viejo y gordo delegado corrupto vota poner fin a la prostitución y justo después se agencia ocho putas negras.

No puedo decir qué hizo ese día el pobre Sohuir. Internet no da para tanto. En todo caso, no pudo votar nada en la Conferencia, porque no era miembro de la delegación de ningún país. Pudo quizás intervenir como observador. O participar en lo que se llamó foro de ONGs. Ese foro no era oficial.

La verdad es que no puedo probar que la afirmación «inmediatamente después de votar a favor de poner fin a la prostitución del Tercer Mundo» sea falsa. Pero, qué quieren que les diga, después de todo lo anterior, no tengo dudas de que es una trola para redondear la historia. Sacada seguramente del hecho de que la resolución firmada, la oficial, la de los países, efectivamente, contuviera una referencia a la prostitución en el Tercer Mundo.

En fin, menudo rollo les he contado, ¿eh? Pero es que no vean cómo me joden estas cosas.

¿Y ahora qué hace uno con el resto del libro?