Lobotomizados

Ayer tuve una mala tarde. Acudí a una notaría, donde nos habíamos citado el dueño de la yurta y yo con unos clientes comunes y en tanto que él, avispado como pocos y celoso de su tiempo, inventó no sé qué excusa para quedarse parlamentando con un oficial de la oficina notarial, el que suscribe hubo de acompañar a los mentados testadores -que ese era el negocio que nos congregaba- a tomar un café. Luego no fue tal, sino conversación sobre la diligencia del notario, empeñado en corregir la minuta preparada, y esto y aquello otro. Lo suficiente para que consumiera unos minutos preciosos que me llevaron, por vicisitudes que no son al caso, a darme de bruces, más bien de parachoques, con valla municipal que cortaba el tráfico en los aledaños de Alcalá con Lagasca. Circulaba calle abajo la retaguardia, grandes claros, de la feria del liberado, asalariado de la holganza y especies asimiladas. Como había aparcado decidí mezclarme con las fuerzas vivas del Pueblo Antifascista, con arrojo, aplomo y sin consideración por mi integridad física, pues, provocador, conservé mi corbata, sin pararme a pensar que más de uno podría querer verla con sus extremos anudados a un árbol. Pero no, la tropa caminaba a paso cansino, provista de las tricolores habituales y los remedos de enseñas de Morgan a la sindical, mientras algún periodista -Onda Cero me pareció, no lo recuerdo- preguntaba por los motivos. Nada menos, los motivos. ¿De quién? ¿de los amigos de la subvención, acaso? ¿de los inasequibles al raciocinio? ¿por ventura de los adictos al tribunal médico o quizás de los consejeros de empresas amigas?

Tengo para mí que los matices eran ajenos a la señorita (me demandaría por calumnias por tal calificativo, no lo duden) que respondía. “Por lo que nos quitan” vociferaba entusiasmada, mientras asentían sus adláteres y su ego crecía, “porque vamos a perder lo ganado en treinta años”. Y se quedó tan ancha, ella, luchadora de veinte o veintidós años, hija de la LOGSE y Rubalcaba, como los circundantes, y quizás la periodista. Y fuese y estuve tentado de aclararle a la reportera: “no, no, investiga, comprueba, aclara, contrasta”, pero no lo hice. Al cabo, qué más da. Para qué explicarles que nada de treinta años, que eso que dicen defender porque se lo quitan es anterior, muy anterior. Que es viejo. Que viene del Fuero de los Españoles, casi. Que lo predicaban Solís y Arrese y Girón y lo aplicaban las Magistraturas, aun bajo otros retratos, ralo el bigotillo y prominente el abdomen, pero la misma regla: pro operario y cuarenta y cinco días sí o sí. Porque no había una protección contra el desempleo tan pródiga y se compensaba con larga indemnización que durara hasta el próximo trabajo. Y que el Estatuto del 80 era más de lo mismo con el añadido de la negociación colectiva y la sustitución del Sindicato por los Sindicatos, tan poderosos, tan crecidos, tan agrestes que nadie osó -quinto poder- someterlos a juicio y se hicieron parte de nuestra tangentópolis. Todo muy adecuado para competir con Asia, Suecia, California o Antofagasta. Por poner ejemplos.

No se hicieron las manifestaciones para gritar sutilezas, y el destino, en Sol, con los beneficiarios de tan grandes prebendas vociferando desde una tribuna para la defensa del cortijo, menos. Así que hablarles de fracaso y de cambios les va a resbalar. Pero son definitivamente el pasado, ajado y sin lustre: que se quieren personajes del Germinal de Zola, ya lo dije por ahí, cuando son carne de sainete de willystoledos y bardemes.

No lo espero porque la derecha que soportamos es pusilánime y acomodada, soberbia y desdeñosa, pero mañana, quid pro quo, la partida del Proyecto de Ley de Presupuestos que les asigna fondos debería desaparecer.

Historias de Londres y constitución inglesa

Había leído, y perdido (esa clandestina arrivada de los libros a mi casa, pasando previamente por el despacho y la elección cada vez más difícil de lugares para dejarlos al descuido, como si estuvieran allí desde siempre, tienen tal riesgo) las Historias de Londres, de Enric González. Al periodista de El País no hace falta presentarlo y la lectura de ese libro ha sido ponderada suficientemente. Que disfruté mucho con él lo demuestra que hace unos días compré la reedición de RBA que contiene tanto aquel título como las de Nueva York y Roma, más un epílogo. Así que he releído las londinenses, con el mismo interés y placer que la primera vez. Sin embargo, como sucede en las relecturas, he reparado en matices que no recordaba, o que me parecen ahora distintos. En particular la reiterada insistencia en la duda, es de suponer que teórica, que lleva a cuestionar las consecuencias de determinados aspectos del constitucionalismo inglés, así que saltea su narración con un poso de suspicacia sobre el carácter estrictamente democrático de sus instituciones y la negación de determinadas notas definitorias de la forma de gobierno que aceptamos como común a los países de Occidente.Califica González, página 101 de esa edición, de “dictadura parlamentaria” a Inglaterra y, como si de los rotten boroughs estuviéramos hablando aún, critica sin matices el sistema electoral mayoritario (first past the post) pues, aunque reconoce favorece gobiernos fuertes, lo entiende viciado por la merma de representatividad -algo que se lee entre líneas- y por las feroces disciplinas de partido que se traducen en obediencia a las órdenes de los jefes de grupo parlamentario. Añade que la política británica adolece, además, de otros dos graves defectos, a saber, la inexistencia de un tribunal dedicado a controlar los excesos del gobierno y la diluidísima división de poderes que padecen en las Islas.

Naturalmente mi experiencia inglesa no es tan amplia como la de González, pero sus notas merecen algún comentario. Es sabido que el derecho constitucional inglés parte de unas premisas bien distintas de las del continente, o del de las repúblicas americanas, pues es el precipitado en el fondo de la botella tras la Carta Magna de 1215, la Habeas Corpus Act, la Gloriosa Revolución de 1688, the Bill of Rights, la locura del rey Jorge y el largo reinado de la reina-emperatriz Victoria. Creo que al autor le influyó sobremanera la decimonónica obra de Walter Bagehot The English constitution, sin pararse a considerar que, no por menos esencial, debe ser entendida en cuanto interpretación de los usos y costumbres -que no se pueden tomar en el sentido de nuestro Código Civil, por cierto- que la conformaban en el preciso momento de su publicación, la era victoriana, y destinada a loa de la reina y el Imperio.

Que formalmente los ingleses, y por extensión los demás británicos, no sean ciudadanos sino súbditos no es más que el privilegio de haber evitado ciudadosamente los desbarajustes napoleónicos en el siglo XIX y hoy simple nominalismo. Lo mismo que la máxima, cierta, pero bien limitada, que hace que el titular de la soberanía sea the Queen in the Parliament. Por lo demás las peculiaridades históricas del derecho constitucional inglés no hacen a aquel país menos democrático que, digamos, Alemania o España. Que la permeabilidad social haya podido ser menor allí que en el continente no es demostrativo de nada y tiene que ver con razones ajenas al derecho constitucional. Huelga decir que es hoy algo bien discutido que exista en ningún país occidental una separación de poderes pura, cuando lo que funciona, con mayor o menor acierto, es lo que se da en llamar colaboración entre poderes, bien significativa, por razones obvias entre el Legislativo y el Ejecutivo y para la que los sistemas de control –check and balances– radican precisamente, aunque no solamente, en el Judicial. Que la estética de la colaboración entre aquellos dos sea grosera en algunas democracias continentales es otra cosa, pero es aventurado decir, precisamente respecto del Reino Unido, que los controles no existan.

El derecho constitucional inglés, más allá de la carta de Juan Sin Tierra, y su trasunto parlamentario, comienza a desarrollarse con visos parecidos a lo que ahora entendemos como tal ¡incluso los de este lado del Canal! alrededor de 1600, cuando el Estuardo del momento estaba ya rodeado de consejeros del Privy Council que le ayudaban en sus tareas de gobierno y estampaban su sello junto al del monarca. No es que la Reina Virgen y su señor padre, el cismático rijoso, no obraran igual, pero tenían ganada a la gentry y a los Comunes y además no eran vistos como procatólicos extranjerizantes, entre gentes tan celosas de lo suyo, mezquinas han dicho algunos, como los ingleses. Por resumir y no detenernos en el complejo tira y afloja de roundheads, cavaliers, parlamentos corto, largo o Rump Parliament, tras la Restauración y la revolución que lleva a un Orange a la Corona, ya ha quedado bien sentado que esos altos funcionarios están sometidos al control de los Comunes y al juicio de los Lores, en su caso. Limitaciones evidentes de las prerrogativas de gobierno de unos reyes que cada vez tendrán menos poder ejecutivo. Va de suyo, para cualquier monarca, y también para el ministro destacado, que esa situación hace muy conveniente que éste tenga no solamente la confianza del rey, sino también la del Parlamento, de suerte que el impeachment o defenestración legal del funcionario de confianza, no fuera a recaer sobre el que decidió en conjunción única con su rey. Bastaría entonces con que la mayoría parlamentaria mostrara su desaprobación para que el ministro dimitiera, caso de Lord North, por ejemplo, que contaba con el apoyo de Jorge III pero no de la Cámara baja. Aunque data de esas fechas, más bien con Pitt, la costumbre que hace del monarca última ratio para la disolución de las cámaras (el propio Enric González señala la última ocasión en que Isabel II usó de su prerrogativa, en 1993), sucede que el gabinete desautorizado suele tener la cortesía de dimitir, lo que no deja de ser una forma más de control, en un país en el que la costumbre tiene tal importancia. Naturalmente el sistema había de perfeccionarse -no entraré en las corruptelas electorales- como lo hizo cuando la Cámara legislativa (desde 1911 la de los Lores lo es de, digamos, reflexión) dejó de otorgar su confianza al gabinete para pasar a hacer constar, simplemente, la que reconocía el cuerpo electoral a través de la mayoría parlamentaria. Todo tan particular como suele ser en el caso de Inglaterra, pero lejos de la “dictadura parlamentaria”, pues ese depurado sistema que lleva más que a una constitución consuetudinaria a una constitución no codificada es producto de esos kilómetros de Canal de la Mancha que evitan la infección revolucionaria francesa. Algo que ha permitido a los ingleses seguir disfrutando de un entramado constitucional mucho más flexible que los de contraste.

Más enjundia tiene la cuestión que suscita la presunta inexistencia de separación de poderes, en la tierra natal de John Locke. Bastaría con citarle como inspirador del francés al que asesinó aquel vicepresidente español de infausto recuerdo, para delimitar la cuestión con cierta precisión. Es verdad que no presenta el mismo desarrollo que en los Estados Unidos o Francia, por poner dos ejemplos de constitucionalismo bien distintos. La propia doctrina constitucional inglesa lo reconoce (recuérdese lo que hemos dicho sobre colaboración de poderes), así Paul Craig en su Fundamental Principles of Administrative Law,  David Feldman (ed) Public Law OUP 2004, 689, 706. Hay por contra un fortísima evidencia de la independencia judicial, reflejada tanto en costumbres constitucionales que la retroalimentan como en leyes (statutes) y no debe considerarse que determinados aspectos de esa tradición, como el papel mixto del Lord Chancellor o las competencias judiciales de la Cámara de los Lores nieguen de hecho, si acaso nominalmente, la cierta eficacia de la separación de poderes en el Reino Unido. En definitiva, y sin entrar en matices institucionales o funcionales, propiamente, desde que los jueces no son parte del Ejecutivo (y lo controlan) ni del Legislativo, a salvo la citada referencia a los Lores, tenemos un Poder Judicial independiente, sin que las polémicas en cuanto al acceso a la judicatura, salvo para los escalones menores o magistrates, sea diferente a las que se suscitan en nuestras latitudes. Baste decir que cesó, entre fuertes polémicas, la designación por el ejecutivo (algo a lo que se han opuesto en lugares acostumbrados al follow the flag, como Australia) y que al efecto tienen mucho que decir las Judicial Appointment Comissions.

No entraré, para que los dos lectores que siguen leyendo a estas alturas no abandonen, en la cuestión de la dotación de fondos y fiscalización económica de los juzgados y tribunales, donde, sí, el Ejecutivo, que obtiene los fondos de los presupuestos votados por los Comunes, actúa a sus anchas, como en todas partes, algo que no tiene que ver estrictamente con la independencia de ese poder.

Y por terminar, se quejaba González de la inexistencia de tribunales ad hoc para el control del gobierno, olvidando las competencias que se reúnen en los tribunales ubicados en The Strand, sin más. Y si a lo que se refería es a tribunales especiales de control de constitucionalidad de tipo kelsesiano, que ya sabemos en que paran en lugares como España, son por definición incompatibles con el sistema inglés. Por suerte para ellos.

Injurias

Ayer le decía al dueño del local que iba a entrar a poner a caldo a todo el mundo. Levantó una ceja y siguió a lo suyo. Es que está muy ocupado con sus colaboraciones estelares y con el cuidado de sus dos millones de followers en el pío-pío. Sea. Y claro, el garito ha perdido gancho. Algunas bombillas se han fundido y nadie las cambia y acaso la facturación ya no es la que era. Cuando eso sucede hay que organizar una buena bronca o atraer con promesas falsas a unas cuantas jóvenes neumáticas. Como la segunda opción me es ajena, el paso del tiempo es lo que tiene, me dedicaré a la primera. Ahora bien, el improperio contra la clase política está manido. Es un lugar común, sin que niegue la justicia del mismo ¡faltaría más! El malquistamiento contra el pueblo soberano, cuya necedad queda demostrada elección tras elección -también el domingo, no lo duden- está muy visto, y es asunto pacífico entre los que apoyamos sin reserva el voto censitario (hoy no me he traído la lista de requisitos, ya se la contaré). Que los medios son en general una bazofia tampoco va a motivar pelea. Mentar a las madres de los lectores, además de descortesía, será tomado como frivolidad y licencia poética. Así que voy a cebarme con la portera. Sí, con una empleada, pero qué empleada. No hay capítulo en los tratados de psiquiatría que no contemple alguna de sus patologías. Mirada aviesa, fijaciones delirantes, desdoblamiento de personalidad y monomanía persecutoria. Gasta cantidades industriales de vinagre para menesteres que desconozco, esparciéndolo por rellanos y portal. Yo mantengo que es un ritual dirigido contra algunos inquilinos, más concretamente los del 1º derecha, a los que espía veladamente, entreabriendo la puerta de su cubil y anotando sus costumbres como entomólogo circunstancial. No de otra forma es posible que el vertido del líquido se produza siempre durante el tránsito por las zonas comunes de los antedichos. Y qué decir de su arte para materializarse en la entrada del despacho, don maléfico adquirido en largas sesiones de güija, o bien en cursos de hurto y allanamiento con tarjeta de crédito reventadora de eslabones. No sé. Y los sollozos inconsolables a horas inopinadas acompañados de maldiciones susurradas cuando el transeunte obvia el deplorable espectáculo mirando distraido hacia delante. O su cuidada higiene bucal, con cepillo eléctrico, naturalmente, que desarrolla en el portal del inmueble y a la vista de la concurrencia silenciosa y amedrentada por el electrodoméstico letal que blande en tales situaciones. Así que, señoras y señores, mantengo que está como un cencerro y elevo propuesta de linchamiento y algarada, sabiendo que las ancianas provectas de los pisos superiores se opondrán, confidentes de la tarada como son, y con la esperanza de que el linchamiento no entorpezca demasiado el constante fluir de clientes a los honrados negocios que en los pisos bajos sobreviven al Septenio Circunflejo.

Un Tsenigma

Uds. se preguntarán (o no, que no es la primera vez que desaparece) por dónde parará el dueño de la cosa, que no publica ni dice esta boca es mía. Que es un sujeto sin escrúpulos, rebotado de la política y leguleyo (caray, me suena la cantinela), es de dominio público. Por eso creemos saber en qué está metido ahora, aunque dudamos, dudamos. Hay quien dice que es el indignado que huyó de Sol tras ver su boleto de “primitiva” lleno de euros; otros dicen que anda en lo de Chueca. Uds. verán. Vergüenza no le sobra, desde luego. Mis fuentes me dicen, no obstante, que la foto fue tomada en un habitat que le es propio: una covachuela. ¿Qué estará tramando?

Yo (me) acuso

Si señores, aunque añada un paréntesis, (me) acuso. Purgué mis culpas, si las tuve, que no me queda claro a estas alturas. Y es que, a fuer de ser sinceros, el alegato ex post facto y autobiográfico del dueño de la yurta me mueve a la autocrítica: yo fui candidato. Pongan Uds. que el país se llama Comunidad de Taifas Inventadas, que el partido sea el Partido de la Gente Muy Conocida y que el municipio, a las afueras (no pudientes) de la capital de esa Monarquía Taurina, se llamara Torrelada. Hete aquí un profesional al que recaban sus servicios los atribulados miembros del partido-tan-conocido para que les oriente sobre el convenio colectivo del personal laboral contratado por la corporación municipal, soliviantados porque había allí quien (ya) se comportaba como Billy The Kid con mando en plaza y estrella de alguacil, aunque ese no era el motivo del malestar laboral ni de la consulta, que no es al caso y que solo venía a cuento para recabar argumentos para los poco lucidos concejales, vapuleados sistemáticamente por sus mucho más espabilados adversarios. Lo normal, porque en aquellos parajes jugaban en territorio entonces hostil, vieja zona industrial venida a menos que formó en su día parte del cinturón bermellón de la Gran Urbe.El caso es que el profesional (déjenme que use la tercera persona) aconseja, no cobra, por cierto, y se va. Gusta sin embargo el desparpajo y aplomo del joven letrado, no más allá porque la solución propuesta ni la entienden ni podía gustar a la mayoría en el pleno, a donde nunca llegó. Pero el cabeza de lista del Simpático Partido se queda con la copla y con el teléfono del despacho del leguleyo, que nunca se sabe, que donde menos se espera salta la liebre, como acontece cuando ¡albricias! la tribu dominante desde la ya lejana reinstauración democrática se rompe entre luchas intestinas y comparece a las muy inminentes elecciones municipales escindida, rota, dividida entre la Casa Madre, ya camuflada bajo siglas confusas para el daltónico, y la timba fundada ex profeso para el alcalde disidente. Así que los jóvenes de Ralph Laurent, que nunca hubieran aspirado a nada, se remueven, se excitan, se conjuran: pueden ser decisivos. Comienzan las prisas, se palpa el nerviosismo, alguien sugiere que pueden pisar las alfombras, acariciar el bastón de mando, conseguir reconocimiento en la Sede Central de la Calle Nápoles. Los desafectos, los desilusionados vuelven por el local municipal donde malvivía el grupo, los incansables renuevan sus energías y el Primer Candidato se ve superado por la avalancha de peticiones: “quiero ir en la lista”. Serán pocos los elegidos, sin embargo. Más exactamente los que sufraguen su candidatura (“es una donación”, decían) con un módico portazgo hacia el éxito, que nunca está de más ayudar, contribuir a la causa, sacrificarse, invertir quizá en el propio futuro. No todos, eso sí, que no se trata de un partido de esquilmadores, no. Sólo aquellos con posibilidades de acceder al Salón de Plenos con voto por derecho de elección. Los diez o doce primeros de la lista, digamos (qué optimismo desbordante, por cierto). El profesional no, conviene aclararlo. ¡Ah! ¿es que se vio en la tesitura? Pues sí, así fue, y es que otro suceso inesperado aconteció durante aquella campaña: el candidato estrella, el pim-pam-pum de todos los plenos, el conseguidor de toda economía especializada en producción intensiva de adobe y uralita, se cae de la lista. ¿Un ataque de conciencia? ¿No le gusta la descarnada liza que está a punto de desatarse? ¿Miedo escénico? ¿un trabajo en Australia? Nunca se supo. No hay problema, sin embargo. En la agenda del nº 1 está el teléfono del profesional. “Pero tendrás que pasar por la criba del Comité Electoral”. Sea. Así que acepta, entre curioso y halagado. “Y no tendrás que pagar nada, que eres un fichaje independiente”. Nótese, además, que de urbanismo sabe lo justo y lo advierte. “No importa, el otro tampoco”. Ya. Del callejero de Torrelada (¿o era Alcalanzo?) ni hablamos, que siempre ha vivido en otro punto cardinal de la taifa en cuestión. “Qué más da, ya te daremos una vuelta por allí”. Vale, pues. Firma, fotos para la cartelería, y algunos recelos, no demasiados, que ya se ve que todo el mundo está acostumbrado a la obedicencia una vez conseguido el beneplácito del Comité (bastaron dos frases huecas y algún comentario sobre las posibilidades de cierto equipo para otra Copa de Europa ¿no sería ya la Champions?).

Vorágine a partir de entonces. Pero no nos extendamos y quedémonos con lo esencial: un debate sobre urbanismo en la SER con el candidato del PSOE y el alcalde en funciones, presuntamente ¡ganado! por el aspirante del partido tan agradable y un mitin con soflamas al uso, autobombo y aplausos amplios, muy amplios a la concurrencia entregada.

Les ahorraré los nervios del día de la jornada electoral, a los temerosos adeptos de los partidos de izquierda movilizando a su electorado, la feroz tormenta desatada, rayos y truenos, trombas de agua (“perdimos por eso”) y los esfuerzos de última hora de los daltónicos sacando de autobuses fletados desde subvencionadas residencias a paralíticos, hemipléjicos y tullidos varios que desfilaban aturdidos por el colegio electoral con su muy empapada papeleta en la mano (de otro las más veces).

Por un puñado de votos. Sí, no más de unas docenas. Y ganó el locuaz y dicharachero candidato socialista. Pero no hubo problema para el nº 1, que en la cámara regional habían arrasado: una dirección general o una jefatura de negociado, lo mismo da. Y a la oposición local el nº 2 que se había de malquistar con el nº 3, que acabaría siendo primer regidor con el tiempo. Y los últimos de los paganos a conspirar, rezongar y protestar, entre la conmiseración de los demás, sabedores de la inversión y el alborozo de los envidiosos descartados. “Pero tú no digas nada, como si estuvieras muy fastidiado también”. El profesional iba a dar por terminada su aventura, pero, don de gentes que tenía, aun le ofrecen plaza en Consejo de Empresa municipal. Acepta, por no despedirse a la francesa, y le prometen dietas. Pero se va al poco y es que hay cosas que no merece la pena firmar.

Así termina, queridos lectores este dazibao virtual, para ilustración de Uds. y aviso de incautos, pues ya lo dijo un espadón: “Uds. hagan como yo, que no me meto en política”.

Gromek

Se decía de Hamburgo, aunque había nacido en Altona. Es cierto que desde 1937 el viejo burgo danés se había incorporado al Gau de Hamburgo, y que luego siguió perteneciendo a la ciudad del Elba. En 1916, segundo año de la Gran Guerra, cuando nació Hermann Gromek, hijo de emigrado de la Silesia, católico resignado a una vida de penurias, minero en su disputada tierra natal y estibador en la de acogida, nada hacía pensar que el niño que cantaba en el coro parroquial fuera muy distinto de sus padres y abuelos, salvo por su privilegiada voz, que adornaba igual una cantata que el Horst Wessel, al principiar la década hitleriana. De ahí a las SA y más tarde a las SS, apenas tres o cuatro años, no recuerdo, tras falsificar un certificado de Auslandeutsche. Corpulento y obstinado, se destacó como un tenaz obediente: si había que amedrentar a alguien era quien más miedo daba; si se precisaba un escarmiento, el que más rápido actuaba, y con mejores resultados. Ganó así la confianza de algunos chupatintas de la Sicherheitdienst Amt que necesitaban de sus facultades para algunos trabajos especialmente desagradables, cuando todavía no convenía escandalizar a los industriales prusianos que tanto apoyo daban al Grofaz en ciernes. Claro que la virtud de no preguntar y sólo obedecer implica riesgos y si te usan para aplastar la cabeza de alguien y resulta que el finado tiene contactos mejores, la cosa se pone fea y hay que buscar amigos para ponerse a salvo, cobrando viejos favores y recordando papeles que otros guardan. Así que de Berlín a América, en 1938. Nueva York o Buenos Aires, le dieron a elegir.  Fue la ciudad del norte, que había allí no sé qué parientes lejanos que tenían una pizzería –Pete’s– entre la 88ª y la 8ª, cuando se convierte en Central Park West. Claro que no se acostumbró, y además, en 1940 ya era un sospechoso que no había evitado relaciones peligrosas con los tarados del Deustche-American Bund. Unas llamadas le convencieron de que su incidente se podría olvidar si se alistaba en el cuerpo de combate de sus SS, que ya se había fogueado en Polonia y parece que iba a cobrar más protagonismo bien pronto. Le mantuvieron el grado, Scharführer SS, pero tuvo que pasar por la rígida instrucción de Cernay, en la Alsacia ocupada, que los nuevos señores llamaban campo de entrenamiento de Sennheim, donde coincidió con voluntarios extranjeros de toda calaña, locos, idealistas, oportunistas, traidores y delincuentes veteranos, con algunos de los cuales no perdería ocasión de hacer tratos en años por venir. De allí a la 4ª División  SS Polizei y al norte de Europa, a ayudar al Grupo de Ejércitos del Norte en su marcha hacia Leningrado, que es lo que decían en los cuarteles de Prusia Oriental antes del 24 de junio de 1941, sin pararse a considerar que esa era un división de policías y matones a la que iban a dedicar a operaciones antipartisanas, oficio ideal para un tipo como Gromek, y una suerte además, porque aún no vestía las runas germánicas en el cuello, para eso hubieron de esperar sus camaradas al año 42, cuando pelearon junto a unos dementes españoles en el sector del río Volkhov. Una suerte, digo, haber caído prisionero de una patrulla soviética perdida tras las líneas alemanas, en retirada, en diciembre de 1941. Y una suerte que su años de lucha callejera con los comunistas en Hamburgo y en Berlín le hubieran permitido conocer los modos y los gestos de sus enemigos, que sólo lo eran porque tenían al proletariado como dios, en lugar de a la blonda nación alemana, que tampoco era la suya de origen y bien que lo sabía él, tanto tiempo mintiendo y justificando un acento extraño. Pero como la adoración común era el Estado y conocía los lemas y además el polaco era su idioma materno, les convenció de que era un desertor y que quería unirse a las fuerzas rojas. Con los seis o siete comisarios que le interrogaron en una isba en la retaguardia, humo y cebollas, cuero y vodka, ya no fue tan fácil, pero alguien decidió que en la lucha de la Madrecita Rusia a la vanguardia del proletariado era mejor sumar que restar y que al fin y al cabo, moreno de pelo, hablando polaco y algo de ruso y con ese apellido, bien podía ser que sirviera para algo: para empezar revelar posiciones alemanas, y colaborar con la propaganda roja. Todo a satisfacción, así que pronto, cinco o seis meses y en el verano de ese año nos lo encontramos como enlace con la Armija Ludowa del comunista polaco Berling. De Leningrado a Varsovia, con otro uniforme, pero mejorando en lo suyo, el sutil arte de doblegar voluntades y servir a sus amos. Nada que Gromek no dejara de disfrutar. Lo que pasa es que no era de fiar, porque, todo se sabe, un expediente con tantos vaivenes da que pensar y aunque fue abnegado y puntilloso en el servicio encomendado, no dejaba de ser inverosímil su conversión -él ya lo veía venir- así que fue reuniendo confidencias, detalles y alguna amistad que, llegado un apuro, le sirvieran para conservar la vida en un torbellino como el que vivía. Supo que le llegaba la carta del triunfo cuando conoció, durante un interrogatorio, a un tipo especialmente abyecto, un comunista alemán que colaboraba desde la Guerra Civil española con el NKVD (en España había liquidado a los alemanes que no eran suficientemente estalinistas). Había llegado el camarada Ulbricht a su sector para interesarse por un par de generales prisioneros, a ver si hacía de ellos lo mismo que en abril del 43 con Paulus y allí, en Jarkov, selló un pacto con el futuro presidente de la República Democrática Alemana. Y es que a Ulbricht, bastante bebido, se le fue la mano, pero fue Gromek el que asumió la responsabilidad, la reprimenda y unos meses en un batallón de castigo, del que salió milagrosamente vivo porque después de Kursk los Grupos de Ejércitos Centro y Sur alemanes no hicieron más que correr en dirección a casa. Reclamado por Ulbricht ya no dejó su compañía hasta 1953, en momentos complicados para el camarada Primer Secretario, tras la muerte de Stalin, lo que hacía conveniente eliminar testigos innecesarios de sucesos inconvenientes. Así fue para unos cuantos, no para Gromek, no se sabe si por simpatía, lo que sería inaudito para un sesudo comunista alemán, o porque el sagaz Hermann tuviera un seguro de vida frente al malévolo Walter. Decidió el camarada Primer Secretario que el esbirro siguiera al servicio del Estado, en la organización más depurada y eficiente de la Alemania popular, su querido Ministerium fur Staatssicherheit, la omnipresente Stasi, en al que Gromek iba a pasar, un tanto amargado y más cínico que nunca, sus últimos años de servicio como simple escolta en la Sección 10ª, por aquella casualidad de que recordaba su inglés de emigrante forzoso. Podía haberlo evitado, pero le llamaba la atención el pulcro americano, tan aseado y con una novia tan entregada. Le siguió. Podía haberle esperado en el hotel, ya nada iba a ganar en la Stasi, ni ascensos ni un retiro mejor  que el habitual, pero se aburría y la querencia de una vida entrometiéndose le pudo. El símbolo matemático garabateado en la tierra, en la entrada, el Zippo que nunca funcionaba, los golpecitos sobre el abrigo del desconcertado Armstrong (¡si estaba confesando!), mezclados con las notas de la BWV 39 Brich dem Hungrigen dein Brot, y el viento frío de Rusia alimentaron sus últimos pensamientos, dentro de aquel sucio horno.!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

El pseudomontanelli

En un par de ocasiones he escuchado (¿leído?) al dueño de esta yurta ponderar a un columnista del cómic que se intitula “Público”, panfleto de edición diaria en colorines llamativos para mejor divulgación de consignas, estridencias y exabruptos variopintos. Creo que el meritado fue, tiempo ha, director de la cosa y sé, porque lo he visto en alguna ocasión, que participa en tertulias dirigidas al vapuleo del Enemigo (como las contrarias, añado). El caso es que se vende en las librerías un librillo editado por Península que firma con su señor padre: salen ambos orgullosos en las solapas de la cubierta, el periodista y el progenitor, cuyos títulos académicos no recuerdo. El libro, presuntamente divulgativo y desmitificador, versa sobre Castilla, “la nación inventada”, y su propósito es deshacer esas leyendas que presumen aún están engarzadas en la “cultura popular”, algo así como probar que el buen apóstol matamoros no ayudó al rey Ramiro, si es que esa hubiera sido empresa castellana, ya me entienden. Aunque lo cierto es que esos años son ya objeto de interés de los destacados Escolares, pues a los pobres Nuño Rasura y Laín Calvo les hacen mercedores de su crítica atención, como a Ruy Díaz, San Fernando III, el Camino de Santiago, las Navas de Tolosa y algunas cositas más. La torpe imitación de Montanelli va ya por la 4ª edición, para ilustración y esclarecimiento de los que crecimos en la adhesión inquebrantable a los mitos fascistas (Sancho de Navarra lo era también ¡y no lo dicen! por arrebatarle sus preciosas cadenas al amable y multicultural Miramamolín) y para asombro y sorpresa de los que, víctimas de la LOGSE, nunca supieron de la Corona de Castilla y sus supercherías imperialistas. Así saldrán de su ignorancia los lectores de los empobrecidos territorios de lengua única, que en los otros las tropelías castellanas están en boca de todos. La verdad es que como ironía el título vale, pero el uso del término con carga de profundidad les pierde. No hay nación más allá de la acepción geográfica del vocablo en los tiempos que glosan y no obstante se apuntan al vicio que imputan a los cronistas castellanos, que no en vano los de su cuerda llevan treinta años elaborando la historia que les gusta. Derecho de conquista, por demás: han ganado.

San José Obrero, día del trabajador sin tacha

José Antonio Peñascales Robles-Ripoll no fue un estudiante brillante. El niño Peñascales, para ser sinceros, era bastante malo en casi todas las asignaturas, a la par que un punto díscolo y lenguaraz, cualidades que había heredado de su habladora y fértil madre, esposa del contable Pedro Peñascales e hija de un notario arruinado por culpa de unos desalmados estafadores, valones creo, que le vendieron, allá por 1950, unas acciones en la sociedad explotadora de las minas de diamantes de Songoro-Cosongo, en la frontera entre el Congo Belga y Tanganica. Siendo un hombre tan culto y preparado, nadie entendió como no vio venir a esos malandrines, cuya mercantil decían domiciliada en Moulinsart Castle, en Gravesend, Londres, y además llamándose uno de ellos Archivald Kurtz. Lo cierto es que nadie lamentó su ruina, que colmó de paz y dicha a los que le habían conocido como Pere Roures i Ripoll en los tiempos de su militancia en la Lliga. Claro que ese desafortunado golpe de fortuna truncó los planes que la familia tenía para la unigénita y mimada Monserrat Robles-Ripoll Fornieles, que solamente pudo hacer casamiento con el joven Pedrito Peñascales, a secas, alguien que a duras penas terminó perito mercantil en una escuela nocturna de Tarrasa y único candidato al alcance de una familia tan venida a menos. Así que el niño de la nueva España se crió entre lamentos de su ajada mamá por el oropel perdido y las fatigas del esforzado progenitor de familia de aluvión, que no en vano Pepito fue el mayor de siete hermanos engendrados, casi, casi, cuando el chupatintas iba y venía de los múltiples trabajos que afanosamente compaginaba en jornadas de veinte horas. Además salió vago y resentido. Contra los fascistas, por haber dado de lado a su ingenuo y dúctil abuelo. Contra los capitalistas, por explotar a su padre y contra los Hermanos Maristas porque le hacían estudiar, formar en fila india antes de entrar en clase y levantar el brazo sin flexionar el codo para preguntar. Contra su madre también, que le sometía noche tras noche a sesiones malévolas y empalagosas de inquina y resabio, destinadas a recordarle su obligación, como primogénito, de recuperar la posición del abuelo y de encontrar el camino de baldosas amarillas (había visto a la Garland en una sesión doble, allá por 1948, saltar por ese sendero acompañada por unos curiosos personajes y su término le parecía, inexplicablemente, el colmo de la felicidad). Ocurre que el infante no tenía inclinaciones definidas, salvo por la molicie y ese improbable retorno a la buena sociedad que le había grabado a fuego su doliente mamá. Eso sí, demostraba un agudo instinto de supervivencia que le hizo acercarse, una vez iniciados sus estudios universitarios -ya imaginaran que le matricularon en Derecho- a las Juventudes Socialistas, lo que le facilitó el tránsito por las más áridas asignaturas de la carrera entre manifas y encierros, al tiempo que desarrollaba unos lumbares flexibles, resistentes y tonificados, algo que anticipaba ya una incipiente capacidad para el medro personal. Terminada sin pena ni gloria la carrera ejerció de laboralista en Magistratura, al amparo de la federación del metal de la UGT, para lo que tampoco había que saber mucho, salvo tocar las narices en la Seat y acudir trufado de pegatinas a cuanta movilización se convocara, y además siempre había algún compañero, de esos que las habían pasado canutas con los grises, que podía dar una solución de última hora, esto es, entre el momento de recoger la toga y entrar en sala. Claro que esa es una vida de tensión y fatiga que nunca había querido para sí, y algo, era palmario, que había que cambiar, puesto que, sin descanso, su madre le recordaba que para cuándo el traslado al piso de Paseo de San Juan con la Diagonal que hace tiempo tenía mirado. Tuvo suerte, porque la corriente de los tiempos fluía con él. Los suyos acaban de ganar las elecciones, como quien dice, y el asalto al Poder Judicial se había desatado, furibundo, en 1985, que no en vano allí residían las peores alimañas de la represión, agazapadas y sonrientes bajo las satinadas togas, arteras y taimadas, no como los militares, a los que se veía venir y eran torpes en sus componendas y ya se habían encargado los suyos con la modélica pinza de Narcís y Enrique, el de todas las sopas, de laminarlos. Afortunadamente era abogado de sindicato y Ledesma (pena que su apellido fuera fascistoide) había urdido normas para que los suyos ocuparan lo que por derecho les pertenecía. Entre la instancia y las puñetas apenas transcurrieron seis meses. Una batalla ganada, al fin y al cabo ya había dicho Guerra que eso de la división de poderes era algo rancio y burgués. Sin embargo el combate continuaba, pues desde las covachuelas del gobierno de los jueces, aún mal dominado, se le exijía fallar, fallar y fallar, algo un punto excesivo y que, en demasía, no entraba en su planes. Incluso reprimendas le llegaron desde Jueces para la Democracia, asociación a la que se había apresurado a incorporarse en cuanto llegó al juzgado por el turno del reconocido prestigio (y cuan orgullosa se veía a la Sra. Viuda de Peñascales -sí, el padre murió de infarto en una casa de mala nota, aunque dijeron que fue por exceso de trabajo, que también-).

Pobre José Antonio. Haber sentado plaza en juzgado de instrucción no le había gustado, pues el Derecho Penal es enjundioso y desagradable, ¡pero que le hicieran trabajar a destajo era inaudito! Por eso se adhirió con fervor a la doctrina constitucional que declaró, bien declarado, que los instructores no podía resolver asuntos que hubieran investigado. Su fino olfato, sin embargo, le hizo ver que con una reconversión industrial casi finiquitada, la gente corriente y moliente sin un duro y con Solchaga y Boyer inoperantes, esa jurisdicción no iba a ofrecerle más que sinsabores porque el no era quien para condenar a reos de hurto famélico. El siguiente paso en su carrera era lógico: Magistratura (sí, ya la llamaban “lo Social”, para olvidar el vocabulario de la Oprobiosa), donde era conocido, se sabía -más o menos- la materia y era todo fácil y campechano. Además allí el rey era el trabajador, faltaría más, y la empresa poco menos que iba a hacer autocrítica. Un repaso al Estatuto y a sentenciar alegremente. Además aquello es el paraíso de la justicia rápida y popular: inversión de la carga de la prueba y testigos y más testigos. El imperio absoluto del principio pro operario, tan nítido, tan bien diseñado por el Supremo, tan -duele decirlo- joseantoniano, tan cómodo. Tanto que hace unos meses, después de, no se vayan a pensar, veintitantos años en la Carrera, han expedientado al niño Peñascales, dicen que porque el sesgo de sus sentencias es unívoco desde entonces; dicen, mal pensados, que la prueba reina en su juzgado, intangible en suplicación, es la testifical; y dicen, en fin, que víctima de algún tapado popular que desató el bulo de que su aversión a ninguna promoción al Tribunal Superior de Justicia (oportunidades hubo incluso con la criatura Michavila) ocultaba una escasa afición a los legajos, rollos –stricto sensu, no sean retorcidos- y autos. Envidiosos y traidores los creo más bien, vendidos al bandazo zapateril, entregado a las órdenes de la prusiana Merkel, enemiga natural de los obreros, que tantos derechos tenían en el Estado de las Autonomías. Menos el de trabajar.

Paisajes de por aquí

La cara cuarteada rota por una sonrisa falsa llena de dientes de oro. La cabeza cubierta por una pañolón gastado y el cuerpo cual cebolla, capa sobre capa de batas y envoltorios imposibles, para ajustarse unas sobre otras hasta la última, albornoz grueso azul celeste. Recuerda, a quien haya visto viejos documentales de avances de ejércitos invencibles por el este de Europa, a mil y una como ella. Sucede que aquellas películas las veíamos en blanco y negro y se escapaban los matices, aunque el efecto era más dramático. Porque los transeuntes que reparan en su presencia, en una esquina, con la mano levantada y recitando una salmodia en pidgin rumano-italo-español, o la miran indiferentes o con abierto desagrado. Quizás temen verse en las mismas. No es la única. Ha dado el relevo -porque deben estar organizados- al vendedor de kleenex del semáforo de al lado. Las fronteras son permeables para lo bueno y lo otro, y el descontrol inevitable, más en unos sitios que otros. Y naturalmente se suscitan comentarios, no siempre tan caústicos como el del sujeto que el otro día farfullaba, molesto con la insistencia de uno de aquella especie: “mal hicieron los alemanes su trabajo”. No le aclaré que en Rumanía no les hizo falta, que el Conducator se bastaba. De todo hay, pero es cierto que algunos parecen sacados del “Mundo en Guerra”. Paisaje urbano inevitable en competencia sorda con el pordiosero nativo, discreto, casi avergonzado, fuera de los encanallados por la derrota de la dependencia, ya pocos, que se han ido muriendo los que antes llamaban la atención, ¿o es que siguen allí y ya no lo hacen? “Cundas” les dicen a los sucios coches lanzadera que les llevan a los albañales de la droga, por el barrio de Embajadores en Madrid podrán verlos. Pero salvo allí, fugazmente, luego van a arrastrar su miserias lejos del común de los votantes. Carnaza para legión de carroñeros de la televisión, sacudidores de conciencias salteados de Gillete-Danone y Seat-Exeo-la-berlina-que-debe-probar. Mejor ¿mejor? en cualquier caso que las jaurías de moritos merodeadores de cajeros, con pase de pernocta permanente cortesía de leyes curiosas. Luego un municipal detiene a uno y a las porteras vocifereantes se les funde un cable y patean al guardia (Callao no hace mucho). Pedirán la horca si son presa de la cuadrilla otro día. Y los latinos (señor, que asco de neolengua, latinos del Altiplano o de la Sierra o de la Selva, si Eneas levantara la cabeza) que alquilan parques municipales. Lo mismo. Donde desaparece un orden aparecen otros. Ya sabrán los afectados a que atenerse. Pero no hay preocupación, que entre subvención y trabajos subterráneos hay para todos, fauna (¡racista!) nómada y transatlántica incluida. Mientras dure, porque luego, a veces ya, servirán de metralla para disparar al contendiente, sin mirar al fondo, a la integración más allá de modelos fracasados de gueto multicultural anglosajón o banlieue francesa. Así que aparecerá un día Marina-la-hija-del-legionario-de-Argel y quizás, quizás, cuente con las bendiciones del Químico o cualquiera de su cuerda para que le quite votos al Registrador Vacante. Se tienen que dar prisa, ya solo queda un año y los de Intereconomía esperan el pistoletazo de salida. Eso ya sucedió en algún lugar.