¡Aglutinar suena bien!

 

A menudo, cuando me preguntan por el monotema secesionista y «mi solución» alternativa a ese referéndum solo en Cataluña sobre la secesión, suelo negarme a entrar en ese terreno por una razón fácil de entender: entrar en la discusión equivale a admitir que existe un paralelismo entre estar fuera y dentro de la ley. Siempre contesto: cuando plantees un proceso de reforma constitucional que sea, valga la repetición, constitucional, con un texto concreto que pueda discutirse, explicaré por qué me parece un disparate admitir una reforma así (una reforma que abriera el paso a situaciones de soberanía troceada en la que una parte pudiera decidir sobre el futuro del todo). Salvo que sufra una iluminación repentina, un satori. Mientras tanto me mantengo en lo mío: la ley está para cumplirla.

Pero, que el señor Sevilla haya escrito este tuit …

… en el que plantea la cuestión de un nuevo Estatuto catalán que aglutine a «una gran mayoría de catalanes» como medio para resolver el problema frente a un 155 eterno, me permite explicar algunas cosas:

1.- El señor Sevilla, supongo que pensando que su tuit es un enorme éxito de sintetización del meollo, plantea una supuesta alternativa, pero no tengo yo muy claro que se haya dado cuenta de sus términos reales.

Si la alternativa es un proyecto que no existe o que se cumpla le ley, señor Sevilla, ¿qué hay de malo en que haya gente que quiera que se cumpla la ley? Por si no se ha dado cuenta, el artículo 155 es un artículo de una ley en vigor. Como están en vigor la propia Constitución y el propio Estatuto de Autonomía. ¿Tiene el señor Sevilla alguna objeción en que se cumpla el ordenamiento jurídico como opción sensata?

2.- Además, la alternativa es una cáscara vacía. Solo sabemos el nombre de la cáscara: «nuevo» Estatuto. No conocemos el texto que se propone. Y, además, la maravillosa idea se parece un huevo a otra que vimos hace doce años: ¡la solución era aprobar un Estatuto que llegaría al Congreso y en el que no se tocaría una coma! Luego se tocaron comas, se votó, con éxito desigual de crítica y público —yo diría que ni se cubrieron gastos— y se volvió a tocar por el Tribunal Constitucional que, pásmense, hizo el trabajo que le correspondía. En su momento estudié el Estatuto y me pareció un truño, pero como soy tipo de orden lo incluí entre las normas en vigor porque ¡lo estaba! Es lo que tienen la democracia y el proceso legislativo.

Así que sabemos qué dice la Constitución, qué dice el Estatuto, qué dice la Ley de Montes, y el Reglamento de Espectáculos Públicos, pero no sabemos qué dice el «nuevo» Estatuto, pero, como es nuevo ¡es la solución! Me recuerda a esto:

¿Qué nos tiene que atraer de ese «nuevo Estatuto aglutinante»? Pues que tiene un nombre cojonudo. ¡Suena muy bien! No entremos en detalles, es demasiado aburrido. Ya sabemos que no hay nada que pague la sabiduría madura del señor Sevilla.

3.- Por otra parte, el «nuevo Estatuto aglutinante» tiene que aglutinar solo a los catalanes, nos dice el señor Sevilla. Por lo visto, a pesar de que todo el coñazoproceso se refiere a la cuestión de la soberanía, para el señor Sevilla sobre la alternativa ilusionante da igual lo que piensen el resto de los españoles.

Veamos esto: hay catalanes que quieren la secesión. Hay otros que no, que quieren que todo siga igual. Pero también hay catalanes que quieren cambiar lo que hay e incluso devolver competencias al Estado para asegurar que no se adoctrine, se incumpla la ley, etc. No es que yo afirme nada de esto: lo afirman esos catalanes.

Pero estas mismas posiciones existen entre los españoles no catalanes. La cuestión es que el asunto que se plantea nos afecta a todos, con un matiz, al que luego me referiré. Para que la secesión sea posible, hace falta que los españoles estemos de acuerdo. Para que se modifique el diseño del Estado para hacerlo más descentralizado o más federal —lo digo con una mueca, por eso de ser abierto: sigo sin saber qué se propone—, o para hacerlo más centralizado, también hace falta que los españoles estemos de acuerdo (entiéndase: que se obtengan las mayorías constitucionales).

Sin embargo, lo paradójico es que para que siga igual, no hace falta nada. Las normas en vigor siguen en vigor mientras no haya mayorías para cambiarlas. Ese es el matiz. La posición intermedia, la que al señor Sevilla le parece tan mal, es la única que no precisa de mayoría alguna. Yo no voy a un juzgado con un millón de firmas para que se cumpla el Código Penal. Voy con el puto Código Penal. ¿Por qué lo que vale para el Código Penal no vale para la Constitución? 

Vean la falacia del señor Sevilla: para él, las alternativas son cambiar hacia A o permanecer igual. Sin embargo, las alternativas son muchas más: cambiar hacia A, cambiar hacia B o hacia C —sigan— y justo la que no exige requisito alguno, permanecer igual. Además, la solución que estigmatiza: permanecer igual, ya aglutina a un montón de españoles, puesto que reproduce el ordenamiento en vigor. Sí, a lo mejor es como la vieja hipoteca, tan poco atractiva frente al «nuevo Estatuto aglutinante», ese vehículo de inversión estructurada de alta gama, y por eso engaña a algún incauto, pero la vieja hipoteca sigue en vigor mientras no se cambie. Sin embargo, están por ver las ventas del «nuevo Estatuto aglutinante». De momento, parece que fracasa en taquilla.

4.- El tuit del señor Sevilla, además, afirma algo muy peligroso: por lo visto, la alternativa de que se cumpla la ley en vigor —el 155 eterno— es intrínsecamente mala. Cada vez que un grupo numeroso y organizado, pero minoritario, desea obtener algo, los demás hemos de, al menos, movernos en esa dirección. No ya que no podamos endurecer nuestra postura. Por lo visto, ni siquiera es legítimo decir no.

Me gustaría conocer la opinión del señor Sevilla si dos millones de españoles se organizasen para reestablecer la pena de muerte, hicieran manifestaciones, amenazaran con imponerla unilateralmente y colgasen del cuello un poquito a algún asesino múltiple. Y qué pensaría si algunos dijésemos que a esa panda de energúmenos, por muchos millones que fuesen, se les aplicase el Código penal. Y alguien dijera que no, que es un lío, que a ver cómo reaccionan, que son legión, que provocamos incidentes, y que en Huelva incluso son mayoría. Y que alguien afirmase que pena de muerte no, pero que la solución es un «nuevo Código penal aglutinante» que no incluya la pena de muerte, pero sí el encierro de por vida de los criminales en un agujero sin ventilación.

Naturalmente, la gasolina más valiosa que reciben movimientos así la obtienen de los que empiezan a contemplar sus métodos como legítimos y empiezan a admitir el chantaje como forma de negociación política. Digo chantaje, porque eso es lo que se hace cuando uno negocia coaccionando y amenazando al resto con saltarse la ley unilateralmente.

Es el viejo asunto del negocio de la protección.

5.- Termino: el señor Sevilla pregunta. Imagino que le da igual lo que yo, humilde ciudadano piense, pero le contesto: sí, frente al chantaje y al incumplimiento de la ley, lo que yo defiendo es justo eso, su cumplimiento eterno. También defiendo el cumplimiento eterno de la ley frente a los asesinos, los violadores, los ladrones y los corruptos.

Paradójicamente —y esta es su última falacia— las dos alternativas del tuit tampoco existen: si se aprueba un «nuevo Estatuto aglutinante» el 155 seguirá existiendo y quizás tenga que aplicarse. Su «solución» no es una solución, solo es un falso dilema expuesto para hacer creer que hay dos posiciones enfrentadas y un grupo de personas moderadas en el centro. Él entre ellas, por supuesto.

Ya ven, un «vehículo de alta gama» para el engaño masivo. Una vez más.

 

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Lo que el Congreso te dio el Congreso te lo puede quitar y otras pequeñas cosas

 

Hoy El Mundo no está acertado en su editorial. Comparar a Sánchez con Orbán o Maduro y acusarlo de rebajar la calidad democrática «hasta niveles desconocidos» no se compadece con los hechos, por más que este Gobierno publirreportaje tenga un problema muy serio de forma y sustancia: quiere ser, pero no es, y por eso no puede echar a andar.

Lo primero que se puede reprochar a Sánchez es su hipocresía. Venía a salvarnos de la corrupción y convocar elecciones, a regenerar España y sus instituciones y, en el segundo uno, se ha puesto a repartir cargos a toda hostia a amiguetes —como los «corruptos»—, se ha puesto a dictar decretosleyes como si no hubiera un mañana —sí, los «corruptos» también lo hacían—, ha hecho muchas fotos de inmigrantes provocando lágrimas de amor para poco después echarlos en veinticuatro horas —esto los «corruptos» lo hacían al revés: primero echaban a los inmigrantes y ahora se hacen fotos con ellos— y, en suma , parecen dispuestos a comerse los batracios que sean necesarios —en el asunto catalán, los sapos parecen elefantes— para aguantar un poco más en el poder, hasta que no quede más remedio que convocar elecciones porque sea lo mejor para España (sí, esto es irónico).

NOTA: los de antes (y el propio PSOE con mayoría parlamentaria es «uno de antes») usaban el decretoley mal por simple soberbia: los técnicos del ministerio de turno no iban a esperar a los lerdos del parlamento (ese sitio al que no iban necesariamente los más capaces) para aprobar esa medida tan molowny. Así que se inventaban una urgencia o una necesidad inexistente en términos constitucionales para hacer lo que les daba la gana, a veces incluso dejando para el reglamento de turno lo mollar (sí, con un par), que ya vendrían después los lacayos del parlamento a decir sí bwana. Los de hoy no usan el decretoley por soberbia, sino por necesidad urgente: eso sí, la necesidad urgente no es de los ciudadanos, sino de ellos, que necesitan urgentemente seguir gobernando. Por eso estos han llegado a modificar ni más ni menos que el Código Civil de esta forma, y parece que van a ponerse amarillos y colorados al mismo tiempo aprobando un decretoley groseramente inconstitucional en el tema óseo. Pero, seamos sinceros, unos y otros se mean y han meado en el régimen constitucional.

Todo lo anterior es así. Pero el control independiente por el Congreso y el Senado de los objetivos de estabilidad presupuestaria y de deuda pública —que establece la Ley Orgánica 2/2012, de 27 de abril, de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera— no se encuentra en la Constitución. Fue en última instancia el Congreso de los Diputados el que le dio carta blanca, ya que se fijó por ley orgánica. Para que quede claro, si el Senado se hubiera opuesto entonces a asumir esa competencia votando que no a esa ley, el Congreso podría haberlo aprobado de todas formas. Y podía haber aprobado otro sistema: por ejemplo, el más habitual, en el que el Congreso suele tener una última palabra en caso de discrepancia entre las cámaras. Naturalmente, lo de Adriana Lastra es de traca (minuto 4’10” en adelante): la soberanía nacional no reside en el Congreso, sino en el pueblo español, y el Congreso y el Senado representan al pueblo español.

NOTA 2: no sé si Lastra es una ignorante o una trilera. Pero, por favor, la urgencia de la que habla la Constitución no es la urgencia del diccionario. Ya está bien de soltar trolas y engañar a la gente. Lleva el Tribunal Constitucional décadas explicando qué es extraordinaria y urgente necesidad a efectos constitucionales, y esos requisitos no se cumplen ni de broma en el caso del Valle.

El Gobierno de Sánchez es un desastre, pero es constitucional. Sánchez no es un ocupa ni un presidente ilegítimo. Y la reforma de una ley orgánica por el trámite previsto en la Constitución para suprimir ese «veto» del Senado ni es inconstitucional ni supone una deriva autoritaria ni implica limitar los contrapoderes democráticos. Véase que el Congreso tiene la última palabra, por ejemplo, a la hora de reformar el Código penal, algo mucho más grave y con consecuencias mucho más peligrosas e intensas en la libertad ciudadana que el techo de gasto. ¿O es que España no es una democracia?

ACTUALIZACIÓN / NOTA 3: Leo el proyecto. Lo único que no me gusta de la exposición de motivos es el apartado I, que viene a decir que lo que hay incumple con los objetivos de la ley y del mandato constitucional. No, no es verdad. Lo que hay atribuye al Senado una capacidad legítima, creando no tanto un problema de bloqueo, como se afirma, sino una situación de mayor control por el legislativo en conjunto (algo que sucede, por ejemplo, con la reforma constitucional). Era, en suma, una opción. Ahora se pretende aprobar otra opción, igualmente legítima y quizás más natural en nuestro sistema constitucional. Pero, dicho esto, el resto es perfectamente razonable. No hay, en ese proyecto, nada inconstitucional ni con olor a deriva autoritaria. Así que me reafirmo en todo lo anterior.

* * * * *

Otra pequeña cosa. Valoro mucho la honestidad intelectual. Llevo unos días leyendo ciertos «argumentos» a algunas personas comprometidas con o simpatizantes del Gobierno Sánchez que dan auténtica lástima. Como valoro su inteligencia y preparación, solo me queda pensar que esos vómitos indignos solo pueden obedecer a la defensa de la causa. El reflejo de la honestidad intelectual —el respeto por tu razón— se pierde con enorme facilidad y luego es muy difícil recuperarlo. Cuando ya no se presume —por alguien leal, no por los sectarios, que siempre te van a tratar a hostias— has perdido algo muy valioso, la condición de interlocutor. Yo lo digo, por si a alguien le resulta de utilidad.

 

Ya ves, defender que se cumpla la Constitución es ser un franquista.

 

Lo de los huesos de Franco y el Real Decreto-Ley empieza a ser francamente gracioso. Para explicar a qué me refiero voy a poner un ejemplo (que me perdone el aludido, del que tengo muy buena opinión, pero le ha tocado). Vean:

La estructura profunda del tuit es esta: cuando una causa es «justa» da igual la forma en que la promueves. Y si te quejas de las formas es que te gusta el mal.

Es esa. No otra. Seguramente su autor se defenderá diciendo que no, pero es esa. Se defenderá porque es seguro que no quiere decir que los secesionistas catalanes puedan declarar la secesión saliendo a un balcón y saltándose la ley, ni que esté bien meter en la cárcel a los de «la manada» sin juicio. Fíjense que seguro que piensa que estaría mal que Pedro Sánchez fuese con un pico y una pala a la basílica del Valle de los Caídos y sacase personalmente los huesos de Franco entregándoselos a sus familiares. Sin embargo, esto último sería menos grave, en mi opinión, que lo del Real Decreto-Ley. Porque esa norma, manifiestamente inconstitucional, es la forma de impedir a los familiares del muerto ir a una comisaría y denunciar a Sánchez. Hay más abuso de poder en sostener que se puede usar un instrumento jurídico cuando no se dan manifiestamente sus presupuestos habilitantes que en ir a cavar. Porque el Decreto-Ley no puede ser recurrido por la familia (es decir, por los ciudadanos), y porque el Gobierno usa el martillo de Thor y luego juega a que los partidos, siempre tan preocupados por el qué dirán los electores, traguen. Y si no tragan y recurren, entonces se dirá: es que Franco fue muy malo. Sí, lo que dice Roger Senserrich.

Tan obvio es esto, que veo a mucha gente que está en contra de esta arbitrariedad del Gobierno de Sánchez, añadir inmediatamente que está a favor de que se exhume a Franco. No sea que los confundan con un facha.

Eso es lo asquerosamente cachondo del tema. Nadie tiene cojones de decir: yo no voto sí a un Real Decreto-Ley tan groseramente inconstitucional ni de coña. Y no voy a decir más, me llamen lo que me llamen. Y si me llamas franquista te puedes ir yendo a tomar por culo.

Por eso soy tan pesimista. Lo he dicho mil veces. Cuando llega la hora de la verdad, que es la hora en la que algo que nos gusta mucho se hace mal, solo dos o tres aguantan el tirón de decir no. Los demás dejan de defender esas cosas que dicen defender y encima acusan a los demás de hacer malabarismos cuando los que hacen malabarismos, unos malabarismos alucinantes, son ellos.

Manda huevos.

Yo declararía el estado de excepción, no vaya a ser que los huesos de Franco den un golpe de Estado

 

Leo que el Gobierno va a aprobar una modificación de la llamada Ley de la Memoria Histórica para «blindar» jurídicamente la exhumación de los restos de Franco de la Basílica del Valle de los Caídos. Como se trata de reformar una ley, el Gobierno solo puede hacerlo por medio de un Real Decreto-Ley.

Es decir, que para «blindar» jurídicamente un acto concreto, se va a utilizar, tras cuarenta y dos años, un instrumento reservado a supuestos de extraordinaria y urgente necesidad, partiendo de que no habrá partido con diputados y senadores que voten no y presenten recurso de inconstitucionalidad por razones de imagen. La familia del dictador solo podrá esperar que un juez, dentro de mucho tiempo, plantee una cuestión de inconstitucionalidad, si es que el Real Decreto-Ley no se tramita más tarde como proyecto de ley y solo se convalida.

Es decir, que para poder tomar una decisión veraniega en asunto tan urgente (el PSOE ha gobernado en seis legislaturas en democracia) y «blindar» la decisión, el Gobierno va a actuar abiertamente de forma arbitraria. Eso sí, como los afectados son los Franco, que se jodan. Qué importa el abuso de poder si es para lograr esta victoria. Recordemos, además, que estos tipos han cambiado la regulación de la patria potestad en el Código civil por Decreto-Ley.

Todo, claro, si la noticia de El País es cierta.

Termino: lo más gracioso del asunto es que esto era tan urgente y tan extraordinariamente necesario que el PSOE no lo incluyó en la ley de 2007, ley que sí se tramitó en el parlamento como ley ordinaria tras un proyecto firmado, sí, por la actual vicepresidenta. A ver si Carmen Calvo nos explica qué ha cambiado entre 2007 y 2018 para que lo que entonces no era ni urgente ni extraordinariamente necesario (de hecho no era ni necesario, ya que no se incluyó) lo sea ahora. Que nos vamos a echar unas risas.

 

Injusticia poética

 

Él 17 años. Ella 37. Ella fue su madre en una película. Se ven. Anuncian el encuentro en redes sociales. Publican fotografías. Pero no publican todas. Él cuenta años después que tuvieron relaciones sexuales en un lugar en el que el consentimiento para mantener relaciones sexuales solo es admisible a partir de los 18 años. Hay fotografías de ambos desnudos en la cama de un hotel.

Él, en 2014, se embarca en un pleito contra su madre y su padrastro. Afirma que le han estafado una parte de sus ganancias. En 2014, justo cuando alcanza la mayoría de edad. A partir de 2013 empieza a ganar menos dinero. Tampoco sabemos exactamente cuándo. Nos dice la noticia que los cinco años anteriores a 2013 había ganado 2,7 millones de dólares (540.000 dólares de media), pero que han disminuido a 60.000 dólares al año. Pero no sabemos si esos 60.000 dólares son una media de los últimos cinco años antes de 2018 o un resultado final (en la fecha en la que se denuncian los hechos). Un artista infantil al cumplir 17 años empieza a ganar menos dinero. Él lo atribuye, cuando ya tiene 22 años, al encuentro sexual con ella. No al pleito contra su madre estafadora. Tampoco a la biología o al gusto del público, implacable aquella, voluble este.

En 2017, ella denuncia que un tipo muy poderoso la agredió sexualmente casi veinte años atrás. Su denuncia incluye datos aparentemente extraños, con relaciones sexuales posteriores consentidas. La denuncia se enmarca, sin embargo, en una ristra de acusaciones formuladas por muchas mujeres. Las denuncias muestran un patrón y el denunciado las admite parcialmente. Lleva décadas —se dice— haciendo algo que era conocido en un mundo que cultiva los buenos sentimientos, la igualdad, el progresismo, la lucha contra los peores ismos. Un mundo en el que se mueve mucha pasta y en el que montones de personas comprometidas se han callado y han tapado, durante décadas, las supuestas andanzas criminales de un sujeto abominable —ahora—. Un mundo que vende la cáscara y que, por eso, se apunta a lo que vende. Esa es la parte mágica: no se trata de autocrítica, sino de ventas. Y son especialistas en vender incluso su mierda abstracta. Los mismos tipos que daban abrazos al productor repugnante ahora lo señalan con el dedo. Qué importa que caigan algunos; ya sabemos que en otro par de décadas ganarán dinero rehabilitando a los premiados. Además, también sabemos que una característica del consumo en masa es la producción industrial de aquello que se vende. Desaparecen los matices y las circunstancias del caso. Si hay que vender un malo a cientos de millones de consumidores, un malo de superproducción, hay que dejarse de complejidades que dan dolor de cabeza. El agresor poderoso denunciado por decenas de mujeres por actos delictivos es igual al actor que hace cuarenta años quizás dijo lo que no debía. Quizás. Y además se incentivan los recuerdos interesados —dinero, venganza— cuando no la pura invención. Si basta con contar y no hay que demostrar, ¿por qué pararnos en contar lo sucedido, y no dar un paso más y fabular?

El ya no tan joven actor, ahora de 22 años, la ve denunciando un acoso sucedido hace décadas. Tiene pruebas de que ella estaba desnuda con él en una cama de hotel cuando él tenía 17 años. Ya no gana tanta pasta. Incluso recuerda que tras follar con ella —tras prácticamente verse forzado a follar con ella— se sintió mal. Sí, es verdad que un mes más tarde le manda un mensaje en el que le dice «te echo de menos, mamá», pero ¿acaso ella no tuvo relaciones sexuales con el productor después de que este la agrediese sexualmente? Afirma que ese encuentro le afectó tanto que su carrera se ha ido a pique y el abogado pide 3,5 millones de dólares. Ella paga 380.000 para cerrar el asunto.

Se filtra misteriosamente y ella ya no tiene salvación. Todo la condena. El acuerdo, las fotografías, la edad de él, su papel en la denuncia contra el productor, la diferencia de edad. Cada argumento que ella pudiera utilizar será como un bumerán. ¿Cómo argüir que el acuerdo solo pretendía evitar el daño publicitario en una época con tantos actores y directores con carreras arruinadas? ¿Cómo poner en duda la denuncia por los mensajes posteriores, por el tiempo transcurrido, por la posible búsqueda de pasta ahora que las vacas son tan flacas, cuando esos argumentos ya no sirven una mierda cuando él es ella y ella es él? ¿Cómo hablar de complejidades cuando los antaño fieles de la iglesia de Woody Allen, los que se pegaban de hostias por conseguir un papel en una de sus pelis, ahora se las comen —las complejidades— y las cagan expulsando ese «yo sí te creo» como si importase una mierda lo que pueda creer ese cobarde al que no puedes dar la espalda sin peligro?

Así están las cosas. Los que creen que el acoso y el abuso son cosas de «feminazis» salivarán con esta historia. Y los que se han apuntado a la caza de brujas, que Dios distinguirá, la despreciarán —qué otra cosa pueden hacer—, expulsándola del paraíso de la fama y la causa.

Yo, que creo que una persona de 17 años puede follar con otra de 37 sin que eso implique abuso de ningún tipo y que veo flotando alrededor del caso los sospechosos habituales, seguiré pensando que el productor es un cerdo, que posiblemente sea un criminal, que su hábitat está lleno de mierda —reluciente—, por mucho que ahora la mierda grite que aquí se juega y que no tengo ninguna razón, por el momento, para colocar a Asia Argento en el lugar de aquel. Tampoco a otros que ya no hacen ni anuncios de televisión.

Es lo que tiene ser, en ciertos asuntos, más papista que el papa.

 

Utopía de un hombre que está cansado

 

He estado en el Valle de los Caídos dos o tres veces. El lugar es impresionante. El lugar, que no el monumento, desangelado y en descomposición. Así, con esa decrepitud contumaz, lo conocí ya la primera vez que lo vi, de niño. Aunque es cierto que la última su caducidad abundaba a simple vista y no era resultado de algún proceso parasimpático o de una resonancia sórdida. La cruz, al menos, puede presumir de cierta potencia. La basílica es fea con avaricia; una mixtura elefantiásica de nuevo ministerio y parroquia de barrio pijo madrileño. De hecho, es dudoso que se pudiese diseñar un lugar mejor para que se pudran los restos de un dictador asesino.

No le arriendo la ganancia a quienes tengan que blanquear este sepulcro de decenas de miles. Van a tener que atender a demasiadas expectativas. Lo de sacar los huesos del autócrata es lo de menos. Si no fuese por mi manía de que se cumpla el reglamento, los trocearía y vendería al peso en un puesto a la entrada del engendro, para así satisfacer la insania de los necrófilos que quieren tirarlos en una zanja o pisarlos y producir metáforas para sus microrrelatos. Llevan tanto esperando a Franco, que el anticlímax sería patético, como una manifa de tipos indigestos con caperuzas amarillas. Lo gordo es lo que viene después. No hay en los que mandan en España ni una centésima parte de la buena fe que sería precisa para hacer del valle de la muerte algo digno. Así que producirán un espantajo con olor a orines.

Mejor sería dejarlo tal cual. Poner una valla alrededor con señales de peligro. Que el tiempo haga su trabajo, un día se derrumbe y el que dé la noticia deba buscar en la wikipedia —o como decimos los abogados al hablar del INE, en el «organismo que lo sustituya»— para poder hacerlo con sentido.

«A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.

— Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.

El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.

Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.

—La nieve seguirá —anunció la mujer.»

 

Hombres respetables

 

En muchas de las historias que aparecen en Atlas del bien y del mal —disponible en las mejores librerías— está presente el racismo. Es lógico, ha sido uno de los motores y señas de identidad más notables de las sociedades humanas, y se encuentra en el cerebro reptiliano de la ideología nacionalista. Pero escojo una de ellas. Creo que es especialmente adecuada, ya que, no solo se ocupa directa y esencialmente de esta cuestión, sino que se refiere a sucesos que terminaron llevando a calificar a los españoles como poco más que retrasados mentales portadores de enfermedades y costumbres salvajes.

La fantástica ilustración es de Alejandra Acosta.

Santa Claus cuántico

 

Cuenta Marcus du Sautoy en Lo que no podemos saber que la primera vez que supo de la mecánica cuántica fue merced a El breviario del señor Tompkins, una obra del eminente George Gamow. El señor Tompkins intenta aprender física, pero siempre se duerme a mitad de lección.

El libro fue un regalo de Navidad. Dejo la palabra a Marcus:

En el mundo de los sueños, el mundo cuántico microscópico de los electrones es aumentado de tamaño hasta formar un mundo macroscópico, y la selva cuántica en la que se encuentra el señor Tompkins está llena de tigres y de monos que se hallan en muchos sitios a la vez. Cuando una partida de tigres de aspecto borroso ataca al señor Tompkins, el profesor que lo acompaña en sueños dispara una ráfaga de balas. Finalmente hay una que alcanza su objetivo y la partida de tigres se convierte súbitamente en un solo tigre «observado».

Recuerdo que quedé fascinado con este mundo fantástico y mucho más entusiasmado al pensar en la posibilidad de que no era tan fantástico como parecía. Estaba empezando a albergar dudas sobre la existencia de Santa Claus, dado que tenía que visitar miles de millones de casas en una misma noche, pero el libro renovó mi fe en la idea. Por supuesto, Santa Claus se estaba aprovechando de la física cuántica. Siempre que nadie lo observara, podía perfectamente estar en muchas chimeneas a la vez.

Y esta es la explicación de por qué Santa Claus y los Reyes Magos solo necesitan comprar un regalo. Un libro de física, por supuesto.

 

 

Quiero que el voto de los españoles valga lo mismo, salvo el tuyo secesionista de mierda

 

Ciudadanos vuelve a sacar a relucir la cosa esa del sistema electoral. ¿Para qué? Para hacer populismo. Yo no sé nada de estrategia electoral, así que no me voy a poner a elucubrar si todos sus vaivenes les van a servir o no. Me parece obvio que llevan un año intentando hacerse con el voto del PP y, a la vez, intentando mantener cierto voto urbano, de centro, moderado, que se le suponía. Esto les está llevando a convertirse en una especie de monstruo de Frankenstein, nada nuevo por otro lado. El PP y el PSOE lo fueron. En el PP te podías encontrar a franquistas recalcitrantes y a liberales engominaos, a contrarios a la legalización del aborto y a partidarios del matrimonio homosexual, e incluso podías encontrarte con algún tuno; en el PSOE, especularmente, la cosa era por el estilo, solo que el tuno cantaba l’estaca. Lo interesante es que los partidos dinosaurio/contenedor terminaron acogiendo a mucha gente por una cuestión termodinámica. No creo que existiese una estrategia en plan jugada maestra a largo plazo. Los nuevos partidos —Podemos y Cs, en concreto— ya contaban con los análisis y los estudios sesudos, y decidieron jugar a todas las bandas. La mejor manera de ganar es infiltrar a tus jugadores en todos los equipos. Lo de Podemos fue clarísimo desde el mismo día de su nacimiento. De hecho, todos sus dirigentes lo venían explicando, con pizarra incluida, desde años atrás, y solo han perdido fuelle por el peso de la realidad en forma de sueldos, chaletes y papadas. Lo de Ciudadanos parecía más complicado, puesto que vendían una imagen tecnocrática, europeísta y dinámica, pero se han puesto a ello con el entusiasmo del converso, en cuanto han podido.

Una característica típica de este comportamiento es la diarrea programática flexible, que permite el anuncio constante de medidas sueltas que «molan». A ver si la lluvia fina y esas cosas. Se caracteriza por no exponer lo que podríamos llamar planes completos, sino solo las partes que pueden regalar un titular. Se vio con el tema de la prisión permanente revisable y con el asunto de los aforamientos. A veces ni eso hace falta, basta solo con el envoltorio, siempre que tenga vivos colores: por ejemplo, los colores de la bandera española y la sonrisa de la cantante famosa que llora porque suspiros de España. Se está viendo de nuevo con la última chorrada que se acaban de sacar de la manga: el mínimo nacional del 3% para tener representación en un futuro Congreso de los Diputados.

Todo está mal en cómo se hace la propuesta. No se puede hablar en serio de un sistema electoral así. Mencionando uno de sus elementos y, ni siquiera, el más importante. Porque para valorarlo necesitamos el resto. Un sistema electoral solo es analizable en conjunto por comparación a otro completo. Por otra parte, ya sabemos que un sistema así incentivaría coaliciones electorales para superar los mínimos. Además, ¿cómo se puede defender a la vez que se pretende que el voto de los españoles valga lo mismo, algo a lo que solo puede tenderse como desiderátum con un sistema proporcional sin umbrales y, sin embargo, plantear umbrales de representación? Los de Ciudadanos —antes los de UPyD— llevan años dando una paliza infame con el hecho de que sus votos «se perdiesen» y ahora quieren que »se pierdan» los votos de los demás. Porque todo el mundo sabe que los partidos locales (nacionalistas o no) no están sobrerrepresentados en el Congreso. Todos sabemos que la proporcionalidad se despeña en las provincias con poca población que escogen pocos escaños. Es decir, esos lugares en los que el PP y el PSOE obtenían más votos. Lo curioso es que estos últimos meses, cuando las encuestas empezaban a considerar a Ciudadanos como partido más votado, no escuchábamos la matraca que ha vuelto ahora que hay que cambiar el pie al idilio con el PSOE —de algunos—. Pero no ha vuelto de cualquier manera —ya no es el PPSOE el que roba los votos—, ha vuelto con la intención manifiesta de joder a los partidos nacionalistas, malos de película. Vaya, por lo visto los votos de los españoles tienen que valer lo mismo, salvo que seas votante del PNV o de ERC. Es la rehostia; parecen empeñados en convencerlos más todavía de que no son españoles. Como si no fuesen las mierdecillas de los partidos mayoritarios —en esto el PSOE es campeón del mundo— las culpables de la influencia de los partidos nacionalistas durante años y no que el PNV tenga cinco diputados entre trescientos cincuenta.

Gritan por una mayor igualdad a la vez que se empeñan en introducir umbrales porque no quieren que todos los votos valgan igual. Quieren que los votos de los nacionalistas valgan menos.

Quien me haya leído sabe que mi sistema preferido es el mayoritario con distritos uninominales. Con él no hacen falta umbrales: el que gana se lo lleva todo. Y se podrían diseñar cuatrocientos distritos en España con población similar. Porque, por cierto, eso de que el Congreso no es una cámara de representación territorial es una gilipollez como un piano. Parece como si en el Congreso solo se discutieran las formas ideales platónicas, las declaraciones de guerra o la política internacional. Bueno, ni siquiera estos ejemplos locos valen, porque toda la política de un Estado tiene una relación con los ciudadanos de ese Estado. No hay una política española en abstracto; las políticas deberían buscar equilibrios porque un sistema sano está lleno de intereses materiales en conflicto y de formas diferentes de enfrentarse a los mismos problemas. Incluso declarar la guerra puede afectar más a los ciudadanos que viven en una parte de su territorio (de hecho, así era tradicionalmente). Es perfectamente racional que un diputado de Guadalajara vele por los intereses de sus votantes. Incluso que lo haga defendiendo políticas de inversión en otro lugar si sus votantes lo creen bueno para España —sí, el votante también puede tener una visión no local en ciertos asuntos—. Y es normal que un diputado de izquierdas de Cádiz pueda tener una visión diferente sobre una reforma laboral de aquel de su misma orientación ideológica de Madrid. Porque la estructura económica y social en uno y otro sitio es diferente. Véase que hablo de algo que podría considerarse «general», imaginen si se trata de decidir si hay que hacer un AVE o una autopista. Creo que esta es una posición legítima. Naturalmente con esta posición, el PNV o ERC seguirían teniendo un porrón de escaños; quizás más.

Alguien puede oponer a ese sistema que prefiero uno proporcional con circunscripción nacional porque todos somos iguales y solo veo españoles por la calle. Pero, en tal caso, ¿por qué umbrales? Desde luego no para que los votos valgan lo mismo. En realidad, los umbrales solo se justifican como una forma de garantizar la estabilidad. Es decir, para expulsar a los partidos pequeños del sistema, de forma que no molesten y no haya cámaras gallinero. No es que me parezca mal —en un sistema mayoritario lo habitual es que un porcentaje muy grande de electores se quede sin representación—, lo que me parece mal es que se haga no en términos abstractos, sino como respuesta a un problema político concreto: la existencia de fuertes corrientes secesionistas en algunas zonas de España. Es decir, que se diseñe como sistema electoral ad hoc para castigar a ciertas siglas. Sabiendo, además, que no conseguirá probablemente su objetivo —no solo por la existencia de incentivos, como en las europeas, sino porque exacerbaría el sistema autonómico como reducto de la “nacionalidad” frente a un “golpe” centralizador— , que será contraproducente a largo plazo y que solo tiene utilidad —en su caso— como reclamo electoral para el partido que lo propone. Es justo el camino contrario al que utilizaría un partido moderno, liberal y basado en soluciones racionales.

En fin, que no hay manera.

Todo imagen. Todo simplificación interesada. Por eso no es raro que haya más periodistas en Valencia que inmigrantes en el Aquarius o que vuelvan a ser titular los huesos de Franco. Porque estamos en campaña permanente. En una campaña tosca, vocinglera y sentimental.

El único consuelo es que al menos no hemos escuchado a un dirigente español decir esto:

Y eso que yo creo que el tipo lo dice en broma. En broma, pero en serio.

 

El generador de gilipolleces secesionistas

 

De aquí, leo esto:

«Los hechos que se relacionarán en el cuerpo del presente escrito constituyen, además, una forma de proceder que no ha pasado inadvertida a una parte significativa de la ciudadanía, generando un estado de opinión consolidado favorable a la constatación de una sistemática y reiterada infracción de los principios de objetividad y de imparcialidad que les es debida a los magistrados denunciados, llamados a instruir, y en su caso a enjuiciar, un procedimiento judicial con evidente repercusión y raigambre política.»

Léanlo y analicen la frase: unos hechos son una forma de proceder que no pasa inadvertida a unos a los que les genera un estado de opinión consolidado favorable a la constatación de una sistemática y reiterada infracción de la objetividad y la imparcialidad.

Me he empezado a descojonar y no he podido seguir leyendo. Me comprometo a volver a intentarlo en unos días.