Violencia estructural

Publicado en JotDown en 2012

En España, hasta hace muy poco, cuando la madre de un recién nacido, o los abuelos maternos, lo mataban, se imponía una pena mucho menor que a cualquier otro asesino. Esta «ventaja» ya no existe en nuestra legislación, pero permanece así en la de muchos países. Por citar algunos, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Guatemala o Venezuela, entre otros. Hay algunos países, por ejemplo Dinamarca o Suiza, que lo recogen como asesinato atenuado, pero no por la cuestión del honor, sino considerando la situación de crisis tras el parto.

Las causas del infanticidio, en la actualidad o en el pasado, han sido discutidas por muchos antropólogos y biólogos. Y no se han puesto de acuerdo. Esto no importa demasiado a los efectos del asunto que quiero tratar en este artículo. Que sea una forma de control de población, como sostenía Marvin Harris, o una estrategia dirigida al éxito reproductivo de otros hijos, presentes o futuros, es una cuestión muy interesante, pero podemos dejarla para otra ocasión. Lo que importa es que siempre ha existido y que sigue existiendo y que es un comportamiento mucho más extendido de lo que pensamos. Veamos algunos datos.

Nos cuentan los antropólogos que han estudiado a los ayoreo, los yanomamo y los aché, que es frecuente que las madres maten -por ejemplo, enterrándolos- a sus hijos recién nacidos por causas como que la madre no tenga marido, que el hijo sea deforme, que hayan nacido gemelos o que el hijo nazca relativamente cerca de uno anterior. Los esquimales abandonan en la nieve a un 20% de las niñas nacidas y esto al parecer se relaciona con el hecho de que sean los varones adultos los que sufren un número mayor de accidentes, ya que son ellos los que cazan. El sesgo sexual en el infanticidio no es un caso aislado: en China (los europeos que llegaron en el siglo XIX se encontraron con cuatro veces más niños que niñas en algunas regiones, sobre todo con escasez de tierras, como en el bajo Yangtsé), en Birmania, India, Bangladesh, Jordania, Pakistán o Tailandia, tiene mucha más probabilidad de morir una niña recién nacida que un niño.

Las madres (y a veces los padres) suelen matar de forma que reciben un consuelo psicológico: dan menos alimento al niño, lo exponen más al frío, lo aplastan cuando duermen con ellos, a veces incluso dando el pecho. En Europa, en siglos pasados, las nodrizas con fama de «carniceras» tenían éxito comercial y los tornos en los que se dejaba a los recién nacidos eran una forma encubierta de infanticidio: hay datos de la primera mitad del siglo XIX, en Francia, de los que resulta que, entre el 85% y el 90% de los niños abandonados en esas instituciones fallecía en el primer año de vida. En la Alemania del siglo pasado, los hijos de viudas morían en un porcentaje muy superior tras la muerte del padre, mientras que los del viudo no se apartaban de la media … hasta que el viudo se casaba y los hijos competían con la prole futura de la nueva esposa. Esto coincide además con los datos actuales del primer mundo. En Canadá, un 12% de los nacimientos lo son de mujeres no casadas. Sin embargo, acumulan el 61 % de los infanticidios. Más aún, las mujeres matan a sus hijos con frecuencia 1,5 veces mayor que los hombres y demuestran menos remordimiento: sólo se suicida una de cada cincuenta madres infanticidas, mientras los hace el 43,6% de los padres infanticidas. En Estados Unidos, las madres solteras son, según una encuesta del sociólogo Richard Gelles, un 71% más violentas que las casadas y los padres solteros un 420% más violentos que los casados. También está acreditado que los padrastros son mucho más violentos con los hijos de su esposa (es 50 veces más probable que el violento sea el padrastro –y no el padre- en Inglaterra, 70 veces más probable en Canadá y 100 veces en Estados Unidos).

El infanticidio era más habitual en épocas pasadas por una razón añadida: los métodos abortivos como pócimas, apretar fuertemente con vendas, golpear la barriga de la embarazada o introducir objetos para provocar el aborto, eran muy peligrosos. Simplemente es más sencillo y menos arriesgado para la madre matar al recién nacido o procurar que no tenga oportunidades de crecer. Además, la muerte del recién nacido deja la madre disponible para nuevos embarazos y por tanto para oportunidades maritales (hay estudios al respecto incluso en sociedades industriales del primer mundo). Por esa razón, para evitar la amenorrea derivada de la lactancia, es tan habitual en muchas especies, y singularmente en los primates, que el nuevo macho dominante mate las anteriores crías de las hembras.

En fin, la antropóloga Susan Scrimshaw reunió esos datos y concluyó que el infanticidio era general en Asia, que en África lo practicaban el 58% de las sociedades, en América del Norte el 65% y en América del Sur el 69%. En un estudio realizado en 60 sociedades abiertamente infanticidas, la causa se repartía entre la existencia de un exceso de prole (un 50%), malformaciones o mala salud (un 19%), el adulterio (un 18%), el incesto (un 3%), el sexo del nacido (un 3,5%) y el resto por otras causas.

Esos mecanismos de consuelo, además, se relacionan con prácticas conocidas que tiene una gran importancia en relación con el asunto del aborto que trataré después. En muchas sociedades hay rituales de bienvenida al recién nacido que se extienden hasta plazos muy largos. Se solía decir que la razón fundamental de estos plazos era asegurarse de que el nacido es viable. Sucede, sin embargo, que dentro de esa viabilidad se incluye la voluntad de la madre o del padre de que subsista. Como dice Harris, «igual que los partidarios del aborto definen al feto como ‘no persona’ las sociedades que alientan o admiten el infanticidio hacen lo mismo con el neonato». Así, en el Japón premoderno, los parientes y amigos no felicitaban a los padres hasta que éstos manifestasen si iba a ser criado o no. Los famosos ¡kung consideran que el hecho de que se le dé nombre al nacido es la prueba de que la madre querrá criarlo y que no es una amenaza para sus hermanos. Los amahuaca de Perú simplemente no consideran «ser humano» al nacido hasta los tres años.

El infanticidio empezó a ser especialmente mal visto precisamente cuando los métodos anticonceptivos y el aborto se hicieron más seguros. Su uso generalizado a lo largo de la historia humana demuestra que esa idea de que las mujeres están programadas para tener una pulsión reproductora y para cuidar de todos sus hijos es, al menos, matizable. La realidad es que, en las sociedades avanzadas, estos sistemas de control de la natalidad (sí, el aborto es uno de ellos) permitieron rebajar el número de hijos y éstos se hicieron más valiosos porque en cada uno de ellos la inversión económica era cada vez mayor. Esto provocó el desarrollo de una cultura de protección de la infancia y muchas personas han interiorizado que siempre fue así.

Los seres humanos solemos confundir los productos de la evolución cultural con principios inmutables. Uno de ellos es el valor de la vida humana. Muchas personas creen que la vida humana tiene un valor absoluto y en ello basan su defensa de la abolición de la pena de muerte y el castigo del homicidio. No aceptan que el razonamiento sea simplemente práctico. Están infectadas por el mal de la «tolerancia cero». Ciertas cosas están mal y hay que perseguirlas o impedirlas nos cueste lo que nos cueste. Esa manera perniciosa de pensar es la que explica que el pánico ante el mal de las vacas locas llevase a la Unión Europea a una orgía de prohibiciones y de destrucción de ganado (incluso de incineración) sobre la base de unos riesgos mínimos –las medidas básicas se habían adoptado ya en Inglaterra- y ello pese a que ese proceso resultase tremendamente costoso y detrajese recursos que se habrían podido usar para evitar otras muertes. La manera razonable de pensar, sin embargo, es otra. En toda medida hay que evaluar sus costes y resultados predecibles y minimizar los resultados dañinos hasta el punto en que seguir con esa minimización no provoque un gasto de recursos que puedan utilizarse para otros fines similares. Los seres humanos sí han sabido que la vida de un anciano o de un niño no era absoluta. Hacían cálculos y tomaban decisiones que eran admitidas por el grupo. Las leyes, incluso las penales, se basan en esos cálculos. Y si se han vestido de «absolutos» lo ha sido por el miedo a relativizar la vida humana, por ejemplo, y que eso dé lugar a un régimen como el nazi. Yo soy partidario de lo contrario. La mejor manera de evitar la vestidura de los valores absolutos (también existía esa vestidura en el nazismo, que llegó a perjudicar su esfuerzo de guerra por llevar al fin su locura racista y genocida) es precisamente insistir constantemente en que las sociedades y el derecho son un resultado cultural, que las normas suelen basarse en razones y que el avance se debe fundamentar en una ponderación serena de pros y contras.

Ayer, el ministro Ruiz Gallardón, ante una pregunta idiota dio una respuesta idiota. La pregunta era idiota porque definir el aborto como «derecho reproductivo» es un ejemplo de ese lenguaje enmascarador del que hablo en este artículo. Abortar es matar a un ser humano dependiente en un momento de su desarrollo y no tiene nada que ver con la reproducción, sino justo con lo contrario. Hace muchos años, cuando era adolescente, escuché a una mujer, en un debate televisivo, una frase que me impactó. Decía «cómo va a ser lo mismo matar a un niño que poner fin a unas cuántas células». Me parecía una forma de expresarse cruel. Con el tiempo comprendí que la realidad es mucho más complicada, que el ser humano lo es desde que tiene un genoma único, pero que no es lo mismo un feto de cuatro semanas que uno de siete, o un recién nacido que una persona de veinte años, y comprendí que el derecho debía llegar a soluciones razonables que evitasen que las mujeres abortasen jugándose la vida en cuchitriles infectos o que matasen subrepticiamente a sus hijos recién nacidos; y que controlar cuándo decides tener un hijo o no es importante, porque se relaciona con la vida de una persona que ya es adulta (la madre), de forma directa, y porque de esa decisión puede depender la vida de aquel que viene al mundo. Aprendí a descender a la realidad, a una realidad como la que encabeza este artículo, y a pensar en soluciones.

Por otra parte, hay muchas personas angustiadas por la proliferación de lo que consideran un crimen horrendo. Si hay una trivialización del aborto, ésta se produce sobre todo en relación con los sentimientos de estas personas a las que se acusa, a menudo injustamente, de retrógradas.

Yo no puedo admitir que se me impongan dogmas sobre lo que es natural o no, y de ahí deducir nuestras instituciones jurídicas. No transijo sobre esto, pero también es un dato el que muchas personas consideren éste un grave crimen y un problema que se oculta bajo las estadísticas. Por esa razón, hace mucho llegué a la conclusión de que —mientras se inventa un anticonceptivo ideal— sólo en un sistema equilibrado y que privilegiase la seguridad jurídica podría producirse un acuerdo básico. Ya sé que los que defienden que el aborto es un crimen horrendo, lo seguirán pensando aunque se prohíba a partir de una determinada semana de embarazo, pero tendrán que admitir que es «mejor» que se prohíba de forma eficaz a partir de esa fecha a que se permita en cualquier caso. La seguridad jurídica se obtiene fijando un plazo antes del cual se permitirá el aborto sin restricciones, y fijando consecuencias penales para los abortos a posteriori. Con un plazo razonable (salvo excepciones como el riesgo para la vida de la madre que es un caso típico de conflicto de derechos), ninguna mujer puede alegar que no ha tenido oportunidad de evitar un embarazo no deseado y la consecuencia sólo puede ser que, traspasado ese límite, el aborto sea delito. Y que lo sea de verdad es el pago que debe hacerse a los que se oponen al aborto en cualquier caso para encontrar ese lugar de acuerdo. Naturalmente, soy consciente de que esta posición no se admitirá por mucha gente, pero la creo razonable y, cómo es la mía, la expongo, antes de seguir adelante.

Decía que el ministro había dicho algo idiota. Me explicaré. El uso del término «violencia estructural» contra las mujeres que abortan -y que, se supone, sin esa «violencia» no abortarían- es una manera retorcida de introducir el debate sobre si el aborto debe o no ser legal, y en qué condiciones. La coacción ya es delito. Para evitarse la pregunta de qué hace un ministro que consiente que se cometan delitos en masa contra las mujeres que abortan, el señor Ruiz Gallardón habla de una violencia difusa que tiene que ver con las condiciones laborales, con las opiniones de los progenitores A, con el futuro profesional o laboral. Es asombroso. Ellas son ellas y sus circunstancias nos dice el ministro y abortan por sus circunstancias «violentas». Sin embargo, actuamos aplicando la ficción de que los seres humanos son libres y capaces de tomar decisiones conociendo  que los hay más tontos o más listos, más agraciados o más feos, más ricos o pobres. Ya sabemos que la suerte influye y que tiene que ver con cosas como el lugar de nacimiento, el sexo, la clase social de tus padres, y tus características físicas. Es una ficción importantísima porque no hay alternativa. No podemos legislar para completar las decisiones de las personas, como un Gran Hermano que le indicará a él o ella cuál es la decisión correcta. La cuestión que hay que discutir es si el aborto debe o no ser legal. Si lo es, las mujeres mayores de edad y capaces deben poder decidir sin intromisiones. Y si el señor ministro quiere fomentar la natalidad que lo haga favoreciendo los nacimientos en abstracto, no intentando penetrar en la mente de una mujer que decide abortar. La libertad es eso: dejar de discutir las razones de la gente para hacer esto o aquello y que asuman las consecuencias de sus decisiones. Dejar de perseguir a los gordos, a los obsesos sexuales, a los machistas, a los zurdos, a los que fuman o se drogan, a los aficionados al fútbol, a los que escuchan a Amaral, a los que piensan cosas diferentes a las «correctas», sin perjuicio de que asuman las consecuencias de su conducta. Las que sean. El afán regulatorio es la manera de uniformarnos, mediante el procedimiento de demostrarnos que el Estado es más capaz que nadie de decidir qué nos conviene.

Nos han vendido una motocicleta brillante en la que todo se debe hacer por buenos motivos, que nos deben gustar los animalitos y no ser crueles, que debemos ser comprensivos y sentir empatía por la madre naturaleza. Por eso, cuando hacemos cosas que no concuerdan con ese mundo irreal, disfrazamos nuestro discurso y hacemos piruetas para justificar esas «pequeñas» disonancias. Ésa es una forma de calmar nuestra mala conciencia y, de paso, de ceder nuestro raciocinio y nuestra capacidad de decidir en aquéllos que construyen sistemas en los que todas las causas y todos los efectos encajan maravillosamente. Yo prefiero la realidad. Es más jodida, pero no te engaña.

La izquierda y sus armarios

Este desnortado debate sobre si ETA era de izquierdas se resume bien aquí. Comparto básicamente la entrada de Prez. Sus argumentos. Pero creo que falta algo.

Se ha dicho que los términos izquierda y derecha son poco descriptivos ahora. Algo de esto hay. Un comunista lanza una piedra contra un militante de Vox y los que se lo reprochan desde la izquierda lo acusan de fascista, no de comunista revolucionario. Se hace megamillonario el hijo de un dirigente del Partido Comunista de China y uno no sabe si aplaudir su ascenso como derechista o izquierdista, como uno tampoco sabe cómo describir el propio régimen chino actual. Esto tampoco es nuevo. El régimen nazi o el fascista ya reúnen algunos rasgos que hoy vemos en China —con más eficacia— y en otros muchos países casi siempre en versiones más paletas: capitalismo de Estado, autoritarismo o totalitarismo, control social, políticas elefantiásicas, reparto amorfo de la riqueza entre élites corruptas inestables que actúan en paralelo, solapándose en esferas de influencia de límites difusos. También las versiones más ultramontanas del catolicismo son antiliberales. Digamos que hay patrones que se repiten.

Por ello los términos izquierda y derecha solo tienen utilidad descriptiva dentro de un círculo: el que engloba a los regímenes y partidos auténticamente democráticos. La definición del círculo es positiva y negativa. Los que están dentro creen en la existencia de libertades individuales y derechos fundamentales; defienden sociedades abiertas, un reparto del poder con sistemas más o menos sofisticados y/o intensos de contrapoderes y garantías; promueven un reparto pacífico y reglado del poder; admiten exclusivamente la imposición de intereses y políticas de grupos y tribus en un marco prefijado y esencialmente limitado por esas fronteras más allá de las cuáles solo hay leones. La definición es también negativa: son aquellos que no son liberticidas y autoritarios, o que apuestan por imponer políticas al resto del demos mediante métodos coactivos y violentos.

Estas definiciones se basan en la realidad. Quiero decir con esto que alguien puede caer fuera del círculo por defender determinadas ideas o programas (aunque no tenga ocasión de llevarlos a la práctica) —por ejemplo un programa racista— o por definirse como partidario de ideas «admisibles», pero no actuar realmente conforme a esa definición, utilizando subterfugios y mentiras más o menos elaboradas como forma de encubrimiento.

Un terrorista, por definición, está fuera del círculo. Esto es obvio. Sin embargo, la distinción contenida en el párrafo anterior tiene cierta utilidad. Un terrorista islamista no nos miente. Su visión de su religión le permite matar infieles para crear su reino en la tierra y lo hace abiertamente. Podemos decir que la chaladura es evidente. Algo parecido sucedía con los nazis. Su terror se basaba en construcciones y discursos tan enloquecidos y disparatados que necesitabas un contexto muy concreto, un programa de manipulación mental muy intenso o una acumulación de «tradiciones» casi milenaria para creer en ellos. Su acción casi siempre se presenta como defensiva, terapéutica. En su lenguaje es habitual que el programa pretenda extirpar algún tipo de enfermedad, una patología que nos ha hecho degenerar desde un pasado idílico y puro.

Frente a esto nos encontramos con los discursos milenaristas activistas. Los que quieren crear una sociedad nueva, un hombre nuevo; una y uno que nunca existieron. Para así acabar con el mal y la injusticia. Este tipo de discursos prevalecen más fácilmente porque su engaño es más sutil. Sí, también en gran medida son de tipo religioso. Te venden un más allá que ha de llegar si se paga un precio (aquí, ahora). Su mensaje suele ser igualitario y colectivista, porque la manera de convencer a la gente de que haga algo inmoral por una supuesta «buena causa» mediata y futura es convertir la libertad en egoísmo y el individuo que persiste en quintacolumnista solo por existir. Lo que los diferencia es la naturaleza de su paraíso: no es un paraíso pasado, sino uno que está por venir. Sus discursos legitiman la violencia como medio para un fin haciendo contabilidad creativa. Siempre hay que esperar un poco más y llegar un poco más lejos para empezar a vislumbrar el momento en que veremos el resultado. En aquellos el paraíso es una narración sobre el pasado antes del pecado; en estos es una narración sobre el futuro que espera a las generaciones venideras.

El terrorista de izquierdas suele pertenecer a este segundo grupo. Ponen bombas en sociedades pacíficas y democráticas no para traer la democracia, la paz, la justicia y la igualdad, sino para crear las condiciones en que esto sea inevitable según su biblia. El terror es el dolor del parto de una era llena de bienes.

La razón por la que es tan fácil para todas las personas dentro del círculo admitir que un terrorista pueda ser de derechas, nacionalista o religioso se sitúa en esa distinción sobre los discursos y la mentira. La derecha y la izquierda dentro del círculo saben que quien usa métodos violentos contra sociedades democráticas para aterrorizarlas y así imponer una visión nacionalista, racista o religiosa no son solo terroristas. El terror es el medio prohibido para «regresar» a sus paraísos idílicos. Por eso siguen siendo racistas, nacionalistas o prosélitos. También para el sector conservador que se sitúa dentro del círculo, que percibe con claridad que el uso de esos medios para fines solo folclóricamente relacionados con los suyos, como consecuencia de la dialéctica política dentro del círculo, los expulsa irremediablemente de su familia ideológica. De hecho, la familia liberal-conservadora dentro del círculo siempre enfatiza esta distinción por el miedo a que se les atribuya un pecado original (ahora explicaré esto).

Sin embargo, para el sector a la izquierda dentro del círculo, llegar a una conclusión similar respecto del terrorista de izquierdas es mucho más difícil por la persistencia de una serie de mitos y creencias. Cuando la izquierda era la burguesía, la derecha era la aristocracia. El pecado original de la aristocracia era evidente: formaba parte de un sistema irracional, basado en la sangre y en el parentesco. Cuando la burguesía tomó el poder, la izquierda logró que aceptase la herencia completa en el plano simbólico. Había algo de verdad en ello, pero poca. El burgués no era el aristócrata, pero terminó haciéndose perdonar el pecado heredado y con ello, a su pesar, admitió en la práctica la superioridad de la izquierda. Los propios hijos de la burguesía contribuyeron a ello con fruición y con el furor típico del traidor, ya que nutrieron las élites de los movimientos de izquierda. Decía que había verdad, pero poca, porque las primeras generaciones de burgueses que tomaron el poder en las sociedades occidentales eran conscientes de que todavía estaban excluyendo a una mayoría sin una justificación racional, a la vez que sabían que la evolución histórica hacia una mayor distribución del poder era inevitable. Esta era la verdad. La burguesía quería repartir el poder, pero sin renunciar a su poder económico. Y la izquierda convenció a todo el mundo de que solo acabando con el poder económico privado, lo que exigía la destrucción del sistema que lo permitía y alentaba, podría alcanzarse una auténtica democracia y libertad. Y esta era la mentira.

Lentamente, con la dilución de su poder, el establecimiento del sufragio universal y la creación (con influencias de todo tipo, algunas incluso manifiestamente autoritarias) de sistemas de protección social, la burguesía fue perdiendo sus pulsiones autoritarias más directas. Y lo mismo sucedió con un sector de la izquierda, que empezó creyendo que su retirada de la revolución para hacerse con su parte de la tarta era una retirada táctica, una fase, y terminó actuando como si ya no fuera posible. Su aplazamiento sine die de la revolución, auténtica renuncia, se hizo sin renunciar a sus mitos fundadores como sí habían hecho, sin dificultad, las derechas y los liberales con la herencia que se les atribuía. También creo que los fines de la izquierda fuera del círculo solo se parecen en un sentido folclórico a los fines de la izquierda dentro del círculo. Los hechos son tozudos y basta con ver la evolución, por ejemplo, de la socialdemocracia alemana. Pero a diferencia de la derecha, la izquierda ha querido mantener dentro de su familia a «sus» violentos, a «sus» autoritarios, a «sus» totalitarios. Su comportamiento es, en esto, sectario y, en su aspecto más tribal, mafioso. Repudian las bombas de los que ponen bombas, pero no renuncian a ese aspecto folclórico de sus mitos e ideales. El demócrata de derechas ve a Pinochet como un patán asesino. El de izquierdas ve a Castro como un hombre equivocado que comete excesos. Como ese primo tan majo que terminó en prisión. Alguien de la familia.

Esta disonancia es la que explica que, enfrentado al horror directo del atentado, el hombre de izquierdas dentro del círculo termine incluso afirmando que un etarra no es de izquierdas, sino solo un terrorista. Y que, a su vez, ese mismo terrorista sea admitido incluso con afecto una vez deja de matar, secuestrar o extorsionar (como ha sucedido también con ETA). Porque vuelve a casa. Y esa es la razón por la que en nuestra sociedad pueda un comunista ser ministro sin que se produzca un rechazo radical (como el que sucedería con un nazi). Un comunista es alguien que defiende una ideología que no puede presentar ningún ejemplo de aplicación práctica que se haya producido dentro del círculo. Siempre se ha implantado violentamente, ha producido resultados totalitarios y ha provocado millones de muertos. Sin embargo, la izquierda dentro del círculo sigue viéndose como la versión pragmática del mito. El comunista es el pariente exaltado, majete, al que no quieres dar la llave de la caja porque terminamos quebrados. No es el tipo que se pone la gorra a hostias para implantar una dictadura teocrática en la que dios es una lista de afirmaciones grandilocuentes que se lleva por delante incluso a los creyentes. El problema, te dicen, no es de las ideas, sino de las personas.

Esta es la cuestión. Mientras la izquierda dentro del círculo no rompa definitivamente con su pasado, también con el simbólico, seguiremos con estas milongas. Afirmaciones como las de Maneiro o las del tuit que inició esta discusión son un simple reflejo de esta mendacidad. Una mendacidad que recuerda, por cierto, a la del hombre blanco en el siglo diecinueve y principios del veinte. En esa época, se actuaba de manera universal como si los hombres blancos fuésemos superiores a los hombres de otras razas, pese a los mensajes de fraternidad universal y a las declaraciones de derechos del hombre. Decíamos una cosa y hacíamos la contraria.

Cuando las personas de izquierdas den el paso y admitan que el problema no deriva de la aplicación práctica de sus ideas fundadoras, sino de esas mismas ideas, a las que han renunciado en la práctica para sustituirlas por otras enormemente parecidas a las de sus vecinos conservadores y liberales, estarán preparadas para decir sin problemas que ETA era de izquierdas.

Mientras tanto, seguirán siendo mejores que los demás. Seguirán siendo dioses, como decía el príncipe de Salina. Inmunes al delito por la pureza de su corazón. Y veremos paradójicamente como Otegi, pasa de ser un simple terrorista y punto, a ser un señor de izquierdas, cuando, según afirma, no ha cambiado de manera de pensar en lo esencial. Cuando el buen hombre solo aplicó, antes, los manuales que adornan las librerías de tantos.

Un partido al que votar

Imaginen un partido que quisiera influir en la política española conforme a unos principios, líneas ideológicas, programas, pero que con carácter previo se definiese por unas limitaciones intrínsecas, estatutarias, que se convirtiesen en una especie de bandera negativa. Algo así:

1.- Nunca participar en un gobierno (del tipo que sea) salvo en el caso de haber ganado las elecciones de que se trate (y contar con apoyos para ello, propios o externos). De esta forma, ese partido X solo gobernaría cuando su acción de gobierno pudiese aplicar mayoritariamente su programa.

2.- Caracterizarse por apoyar, sin ningún tipo de contrapartida, la investidura de cualquier partido que hubiese ganado unas elecciones, incluyendo en el compromiso el apoyo para las líneas básicas de ese gobierno —por ejemplo, aprobación de presupuestos—, siempre que ese partido se comprometiese a:

  • Cumplir la Constitución y las leyes. No solo formalmente, sino su espíritu. Incluyan aquí perseguir la corrupción cuando se descubra.
  • No pactar con ningún partido ni apoyarse en ningún partido que promueva un programa político (o desarrolle una acción política) que implique el incumplimiento de la ley y la Constitución, la destrucción del sistema y de la nación constitucional, que defienda o justifique el uso de la violencia o la coacción como instrumento político, que, de manera directa o indirecta, atente contra los principios democráticos y los derechos humanos universales.
  • Rendir cuentas. Lo que incluye ser trasparente y pagar por la mentira.

(pagando el precio en caso de incumplir con su compromiso).

3.- Establecer un sistema de vigilancia del cumplimiento de estas líneas básicas de actuación que garantizase que fuesen independientes absolutamente (e incompatible su pertenencia a ambos) los órganos encargados de la política activa (y de la presentación a elecciones y la ocupación de cargos) de aquellos que deben interpretar estos límites estatutarios (que debería recaer precisamente en gente que no solo no quisiera hacer carrera política, sino que se viera impedida de hacerla mediante normas internas contra puertas giratorias). De forma que nunca fuese el líder o sus equipos los que decidieran sobre la política de pactos y sobre el propio cumplimiento interno de las normas estatutarias.

Un partido así sería un coñazo. Sería muy difícil que gobernase y, por tanto, hacer carrera en él resultaría complicado. Además, la incompatibilidad entre la carrera política y el control estatutario, dificultaría el control del aparato por los líderes, que tendrían que contar con esos órganos de control, que por sus propias limitaciones deberían recaer en militantes que no pretendiesen ser otra cosa que militantes. Sí, es posible que no funcionase perfectamente, pero haría más difícil el cesarismo, que hemos visto en tantos partidos «nuevos». Por cierto, esta evolución ya era evidente en Cs en 2007, cuando Rivera y su ejecutiva empezaron a saltarse los estatutos del partido.

Como decía, un partido así sería un coñazo. Una apuesta a largo plazo y dudosa. Su ideario atraería seguramente a gente con un perfil muy concreto, moderada, poco ruidosa, progresista (en su sentido estricto), dispuesta a discusiones aburridas sobre programas que considerasen los datos y nos los berridos o los artículos de fe, que lo vería incluso con algo de desapego, con cierta repulsa del activismo populista, y consciente de las muchas posibilidades de que no funcionase. Pero ¿y si lo hiciese? ¿Y si atrajese a un número suficiente de personas que solo quisieran ver en el Congreso y en el Senado (o en su ayuntamiento) una veintena de diputados que inclinasen la balanza, centrando y moderando la acción de Gobierno sin buscar más recompensa que cumplir con sus fines?

Ya sé que muchos, con sorna, dirán que ese es un partido a mi imagen y semejanza. Un partido con un solo votante. El famoso ME. Algo de verdad hay; aunque si fuera por eso, por pensar en mundos utópicos, optaría por un despotismo ilustrado que me tuviera a mí como déspota y a ustedes como súbditos agradecidos.

Sin embargo, algo parecido quisimos algunos —unos cuantos— hace mucho. A los pocos meses ya supimos que había fracasado. Yo sostuve entonces que había una ventana para convencer a 3 ó 4 millones de españoles. Y la aparición y muerte posterior de UPyD me llevó a afirmarlo de nuevo.

No sé si ahora, ante la deriva desastrosa de los partidos «nuevos» y la radicalización cada vez mayor de cada vez más número de españoles, ha pasado la oportunidad. Creo que ahora sería más difícil. Demasiado cinismo y hartazgo. Demasiada politología y hagiografía del táctico enano. Haría falta una especie de milagro. Soy perfectamente consciente, además, de la dificultad de poner en pie algo así, dada la naturaleza de los partidos y los perversos incentivos que crea. Su única oportunidad sería que naciera así, con casco y armadura, mientras no fuese nada y a sabiendas de que podría no dejar nunca de serlo.

Muy difícil. Quizás imposible. Pero estaría bien que existiese un partido al que votar por lo que es y no por lo que son los otros. Uno que no aspirase a ganar, sino a defendernos y a hacernos mejores. Uno que solo pudiera crecer y quizás prevalecer en una sociedad mejorada.

La hedionda cáscara

Aquí, a partir del 52’45” aproximadamente, pueden escuchar la discusión en la tertulia del programa de Carlos Alsina sobre la agresión a dirigentes y simpatizantes de VOX en Vallecas.

Siento pedirles que escuchen a Toni Bolaño, periodista insoportablemente sectario, pero sirve para ejemplificar algo.

Se le pregunta a Bolaño sobre la cuestión y este comienza sosteniendo que la clave es que ha habido una bronca. No dice una agresión. Y que por esta razón no nos hemos enterado de las propuestas de VOX. Que este es el mensaje que VOX quiere trasladar. Que los otros son tontos útiles. Que gracias a esto VOX ha conseguido mayor repercusión. Que no sabe si esto es un buen negocio para gente supuestamente de izquierdas y que esta estrategia no tiene sentido porque lo único que haces con ella es favorecer al que agredes en teoría.

Todo el discurso se centra en el efecto pernicioso que, dice, produce agredir a la gente de VOX. No se escucha una sola palabra sobre la inmoralidad de los hechos. Un oyente despistado podría pensar que esa omisión no implica que Bolaño no piense que la agresión es inmoral, pero incluso ese oyente puede salir de dudas simplemente escuchando la nueva intervención del tertuliano, a partir de 1h03’05”: tras los comentarios (más aseados, aunque no del todo satisfactorios) de otros tertulianos, Bolaño insiste en que esto favorece a Podemos y a VOX, porque activa su voto, pero que lo malo no es que se active el voto de Podemos, sino que estos cometan el error de hacer de altavoces de VOX; y cuando Casimiro García Abadillo le indica que hay una diferencia entre activar el voto haciendo un mitin y hacerlo lanzando piedras, ni siquiera entonces dice que, efectivamente, la hay, sino que se limita a afirmar (entre balbuceos) que no sabe si VOX es un partido democrático, que esto lo pone en duda y que los de Podemos se hacen un flaco favor al activar el voto de VOX.

Toda la intervención es un ejemplo de los males que nos han traído donde estamos. En vez de centrarse en lo esencial para un demócrata que crea en las reglas del pluralismo civilizado, su discurso se centra exclusivamente en el beneficio que supuestamente van a obtener los que odia. Los que intentan impedir un mitin político en el espacio público de manera violenta son “tontos útiles” que cometen “errores” y favorecen la estrategia de VOX, los agredidos en “teoría” que buscan esto para movilizar su voto y se aprovechan de ello. Más aún, cuando se le expone la asimetría cualitativa entre buscar repercusión con discursos y hacerlo impidiendo a ladrillazo limpio a alguien hacer campaña, cuando alguien pone la lupa en lo auténticamente grave, insiste en no valorar la conducta de los violentos, iguala a agresor y agredido, afirma que VOX no es democrático -sin decir nada de Podemos al respecto- y reitera que lo grave es el “flaco favor” que se hacen gentes “supuestamente” de izquierda con actos así que movilizan al votante de VOX.

No hay una sola palabra sobre el acto criminal y voluntario de los que, una vez más, deciden que el espacio público es suyo y nadie que les disguste pueda utilizarlo (aunque el acto sea legal). Ni una sola palabra sobre la naturaleza intrínsecamente inmoral y antidemocrática de esos energúmenos. Ninguna sobre el peligro, para el sistema y para todos nosotros, de legitimar estas conductas coactivas incompatibles con un sistema democrático, con independencia de que nos guste o disguste quien expone sus ideas (siempre que se trate de un partido legal). No; solo le preocupa el beneficio que de este comportamiento, según Bolaño, pueda obtener VOX, y en la gravedad de que los agredidos puedan ver su voto movilizado, lo que implica que estos hechos no serían graves o preocupantes o que incluso serían benéficos si estratégicamente desmovilizasen el voto que no le gusta. Es decir, que la cosa no sería preocupante si no beneficiase a las víctimas de la violencia. Por cierto, ya que hablo de esto, el mantra de que esta repugnante conducta beneficia al agredido es además una falacia. Lo hace o no; depende del lugar y las circunstancias. En todo caso, como premisa, hacer política bajo la presión de grupos violentos que se dedican a insultar y agredir a los que lo intentan y a los simpatizantes de los que lo intentan es siempre peor que hacerlo en un ambiente de tolerancia. Y cuando la presión se hace más intensa y no nos defendemos, los violentos ganan. Se ha visto en mil momentos y lugares. En España, esa anormalidad que parece preocupar a Bolaño solo si la víctima es un partido que le gusta, éxito de los fanáticos intolerantes, se dio y se sigue dando en el País Vasco y Cataluña.

Termino. Siempre hay gente que quiere pisotear el sistema y las instituciones y expulsar a los que no piensan como ellos. Tenemos que lidiar con gente así, con prudencia y proporcionalidad, precisamente para no ser como ellos. La anormalidad no es que existan y que, por épocas, parezcan dominar el ruido público y convertirse en más poderosos de lo que son. El problema es que haya quienes se intentan aprovechar de estas conductas para señalar a los adversarios políticos etiquetándolos como excusa para maniatar sus críticas, a la vez que dejan hacer, minimizando comportamientos antidemocráticos porque vienen del sector ideológico “correcto”. Hemos llegado en España al delirio de que se considere fascistas a partidos como Ciudadanos y PP, que ni en el más enloquecido viaje alucinado pasan de ser partidos similares a otros de centro y derecha de cualquier país democrático avanzado, y que esto sea alimentado por el PSOE, que se atreve a manchar a sus oponente por cualquier contacto que tengan con VOX, cuando se rodean en el Gobierno de comunistas, de populistas de extrema izquierda, y pactan con partidos que aplauden a asesinos múltiples que salen de prisión y partidos que quieren abiertamente acabar con la nación constitucional.

Esa aberrante inmoralidad solo es posible mediante la disociación que tan perfectamente se observa en los comentarios de Bolaño. Todo lo que es comprensión cuando se trata de los que pertenecen a los que perciben como miembros de la gran familia de la izquierda, por inadmisible que sea su conducta, se convierte en rigor cuando juzgan, no ya a VOX, sino al PP y a Cs, por hacer muchísimo menos de lo que ellos mismos han hecho y hacen. Para poder sobrevivir a esa esquizofenia moral tienen que chapotear en una ciénaga de mendacidad y presentarse como moderados, dialogantes y demócratas, cuando la realidad es que, por interés y soberbia, han degenerado en tramoya.

La irresponsabilidad histórica no se encuentra en los que se comportan como lo que son y hacen lo que les define. A esos no se les puede pedir nada. Se encuentra en los que por interés decidieron no dar ni agua a los que compartían principios con ellos. Al hacerlo renunciaron a esos principios, pero no renunciaron a la retórica. Al maldito y maloliente relato.

Las dos versiones

No he leído la entrevista de Espada al antiguo alcalde de Ponferrada, así que no puedo comentarla. El documental de NETFLIX me pareció muy malo (visual y argumentalmente), repetitivo y parcial. Todos los testimonios, que repiten lo mismo hasta el agotamiento, van en una dirección. Además, el documental casi no roza algunas cuestiones que nadie con afán real de ser objetivo habría eludido, como las relativas a las circunstancias que llevaron a Nevenka Fernández a presentarse en las listas del que luego sería su acosador. De hecho, convertir un documental en una hagiografía suele terminar en fracaso. No solo porque el espectador seguramente se dé cuenta (y tema que le estén vendiendo gato por liebre), sino porque mostrar la realidad en toda su complejidad deja sin excusas al que tuvo un comportamiento inmoral e incluso delictivo (como sucede en este caso). Cuando se comete un delito, la víctima no ha de tener un comportamiento irreprochable en todos los aspectos de su vida para que aquello se declare y para que se condene al culpable. Más aún, mostrar la realidad sirve para cambiar esquemas mentales que justifican conductas inadmisibles y que funcionan como rémoras para el avance social y civilizatorio. La verdad y el afán por enseñar todo lo relevante es el mejor antídoto.

El documental es muy malo, pero podemos ir a un documento mucho más autorizado: la sentencia del Tribunal Supremo que resolvió los recursos de casación (del alcalde condenado y de la víctima).

La sentencia de instancia no da por probados algunos episodios que aparecen en el documental (relatados por Nevenka Fernández). Pero, pese a omitir los aparentemente más escabrosos, queda establecido que:

«(…) la Sala sentenciadora narra cómo a partir de la negativa de Elsa a continuar las relaciones sexuales con Luis Antonio, éste cambia de actitud y se producen algunas situaciones significativas. Así, en el pleno municipal celebrado el día 22 de mayo de 2002, con ocasión de tratar sobre un asunto relacionado con las tasas de las terrazas de verano, le recrimina públicamente a Elsa “no llevar bien preparada la sesión”, llegando al finalizar la sesión a tirar los papeles al suelo, diciendo: “esto es una mierda”, lo que motivó que la querellante abandonara la reunión llorando; el día 23 de mayo de 2000, el acusado deja sin efecto un anterior decreto por el que le delegaba determinadas atribuciones, sin que exista causa alguna que lo justificara; el 26 de junio de 2000, la desplaza del despacho que tenía asignado en el edificio consistorial a otro edificio colindante; el día 22 de septiembre de 2000, desconvoca -para desacreditarla- una junta del I.M.F.E. (cuya presidencia había asumido Elsa, y a la que había asignado el nuevo despacho), so pretexto de un inadecuado orden del día, y finalmente, tras la baja originada por estos hechos, se produce una reducción de sus emolumentos, “lo que en situaciones análogas no se habría hecho con otro Concejal del mismo grupo”. Estos acontecimientos, ciertamente de naturaleza objetiva, han provocado en la víctima una situación gravemente humillante. El acusado, tras el cambio de actitud que se produce como consecuencia de la negativa a continuar las relaciones sexuales, siempre siguiendo el “factum”, intangible en esta vía casacional, no solamente humilla públicamente a la querellante en el curso de una sesión plenaria municipal, al punto de tirar los papeles al suelo y dirigirse a Elsa en términos de público reproche, sino que, sin justificación aparente, le retira la delegación de atribuciones, sin causa que ampare ese comportamiento, la traslada de despacho a otro edificio, por más que éste sea colindante con el ayuntamiento, y concluye su acción disminuyéndola el sueldo a partir del día 22 de septiembre de 2000, a causa de la baja laboral que sufre, cuando esto no se hubiera hecho con otro concejal de su grupo, si nos atenemos a los hechos declarados probados por la sentencia recurrida. El acusado con su actuación, provoca una situación de humillación y grave perjuicio, hasta allá donde sus prerrogativas se lo permiten, sin más justificación aparente que el rechazo a su solicitud de continuar las relaciones sexuales, igualmente para ser fieles con el relato factual.


Este resultado se encuentra, pues, en conexión causal con la aludida solicitud o pretensión, resultando dicha conexión del mismo relato probatorio, habiendo actuado el acusado con dolo, entendiendo por tal elemento subjetivo el simple conocimiento del riesgo potencial de poner en peligro el bien jurídico protegido por la norma, o si se prefiere, desde otra vertiente más clásica, la voluntad de infringir la norma jurídica con conocimiento de sus contornos fácticos, que el agente despliega de forma consciente. El dolo es palpablemente concurrente, y ni siquiera ha sido frontalmente puesto en entredicho por el recurrente.»

Al leer la sentencia se observa que las inconsistencias que denuncia el acusado en la declaración de la denunciante (que los peritos explican por el tipo de patología padecida por Nevenka Fernández) se centran en cuestiones accesorias, intrascendentes o situadas fuera del núcleo de aquello por lo que se condenaba.

Hay algo más. Los dos votos particulares son muy interesantes. En uno de ellos se considera (como ya se afirmaba en un voto particular de la sentencia de instancia), que no podía existir delito al no existir una situación de jerarquía o de relación laboral o de servicios, puesto que esta relación no se da entre un concejal y un alcalde. Pero lo más interesante, en lo que ambos votos particulares coinciden, es en que el acusado debió ser condenado también por un delito de lesiones. Así, un voto particular afirma:

« Concurren para ello todos los elementos establecidos en la norma, a saber:


a) El empleo de medios o procedimientos por parte del acusado, hábiles para la causación de la lesión (…) b) La indudable intención lesiva de esa conducta, motivada por la frustración causada por el rechazo manifestado por la víctima a proseguir la relación sentimental interrumpida y apoyándose además en el conocimiento, por su autor, de la fragilidad psíquica de la mujer, anteriormente puesta de manifiesto ante él. c) El resultado consistente en menoscabo de la integridad mental de la querellante, debidamente constatado por los informes médicos obrantes en las actuaciones. d) La necesidad objetiva de tratamiento médico-psiquiátrico dispensado a la lesionada (…) e) La relación de causalidad, también pericialmente afirmada, entre la conducta del querellado y ese resultado lesivo padecido por la querellante.


Elementos todos ellos que (…) aparecen (…) con la lectura de la literalidad de la intangible narración de los Hechos Probados contenida en la Resolución de instancia, en especial cuando en ella se dice que:

“En la actualidad Elsa , recuperada de la depresión sufrida como consecuencia de los hechos expuestos, se encuentra trabajando en Inglaterra con total normalidad, ha remitido por completo el cuadro clínico diagnosticado y no persisten secuelas. El facultativo que ha informado expresamente sobre su sanidad manifiesta además, para el caso de que se consideren probados los hechos, un tiempo de tratamiento de 187 días, mismo tiempo que habría estado impedida para sus ocupaciones habituales. Dicha lesión habría requerido para su curación, primera asistencia facultativa seguida de tratamiento médico posterior (folio 1.403). Sin embargo, la duración del tratamiento y el tiempo real que estuvo impedida para sus ocupaciones, no aparece exactamente acreditado y existen discrepancias, no esenciales, en el diagnóstico de la enfermedad que padeció Elsa .”

(…) No puedo compartir semejante pronunciamiento al entender que los términos de la Sentencia de los Jueces “a quibus”, literalmente transcritos, son expresivos, con claridad, de la concurrencia de los elementos integrantes del delito, incluída la necesidad de tratamiento médico, aún cuando exprese dudas acerca de la duración del mismo, lo que tan sólo podrá tener repercusión en el aspecto indemnizatorio de los resultados de la infracción, que evidentemente también habrían de cuantificarse. Es evidente que un trastorno diagnosticado, sin duda, como “depresión”, que cursa durante meses, ostenta la suficiente entidad para requerir verdadero tratamiento psiquiátrico.»

El otro voto particular añade:

«Pues bien, en el caso examinado, no sólo es que, como se ha dicho, ese tratamiento médico se ha realizado realmente, sino que, aunque ello no hubiera sido así, es claro y meridiano que la lesión psíquica sufrida por la víctima según “los documentados informes periciales cuya credibilidad está fuera de discusión” (F.J. Tercero de la sentencia), diagnosticada por dos especialistas en psiquiatría y un psicólogo (el “factum” señala que además de la asistencia a urgencias donde fue atendida y diagnosticada por la Dra. Psiquiatra Mariana, fue atendida en 27 de septiembre; 5 y 8 de octubre y 24 de noviembre de 2.000 por el también psiquiatra Dr. Carlos María, y “en múltiples ocasiones posteriores desde el 12 de febrero de 2.001 por el psicólogo Don Eugenio ), esa lesión, repito, considerada en su propia objetividad, es de las que, según la experiencia científica acuñada en similares diagnósticos, requiere necesariamente una atención médica de naturaleza psiquiátrica y psicológica más o menos prolongada en el tiempo para la curación del paciente.»

La verdad es que los argumentos de los votos particulares son bastante consistentes. Podría decirse, en consecuencia, que el acusado salió bien parado, a la vista de lo que les enlazo. Salió como delincuente, pero bien parado.

Vi el documental por culpa de un tuit. Alguien decía que era imprescindible y una noche que andaba insomne, me lo tragué de tirón. No les recomiendo que lo hagan. Es un producto indigerible. Con tesis, pero tan torpemente expuesta que solo convencerá al convencido.

Tampoco es que les recomiende que lean la sentencia. Esos documentos suelen ser farragosos, así que ustedes sabrán. Su ventaja sobre el documental, en todo caso, es que la sentencia sí recoge la versión de las dos partes. No vean si la recoge.

El gran despertar hipócrita

Es curioso, y retrospectivamente inevitable, que ese producto puramente marquetinero de la supuesta democracia directa, articulada en forma de likes y votos a favor o en contra en redes sociales o plataformas similares, se haya terminado trasladando a cuestiones de mucha mayor gravedad que parecían intocables. Cuando le vendes al público que desaparecen los intermediarios y que es él, el «hombre de a pie», el que decide quién va a Eurovisión o a quién expulsan de un reality, a ver quién es el guapo que no cae en la tentación de usar ese mismo procedimiento para imponer una determinada política, ideología o decisión.

La tecnología es la que ha favorecido la expansión enloquecida y embrutecida de este tipo de procedimientos, aunque el fenómeno sea tan viejo como la humanidad. Hace décadas la única medida era la audiencia, pero el espectador, por más que insultase a un personaje odiado al salir en televisión o decretase al día siguiente a sus amigos o compañeros de trabajo sus verdades como puños, seguía siendo básicamente pasivo. Esto cambió el día en que todos, como simios, recibimos el regalo de un botón para expresar frustraciones y adhesiones, y se nos convenció de que nuestras opiniones realmente contaban como tales opiniones (cuando son una simple suma aritmética de las divisiones papales de turno).

Este protagonismo era pernicioso de por sí, pero se agravó al aparecer nuevos especialistas. Los intermediarios tradicionales, que con mayor o menor acierto se suponía pertenecían al círculo de los expertos en la materia objeto de discusión, fueron sustituidos por los que simplemente tenían éxito a la hora de obtener votos al momento. ¿Para qué cojones vas a buscar a tipos feos y poco comunicativos que sepan de algo y estén acostumbrados al estudio, constituir un comité, dar tiempo y esperar conclusiones reposadas, si para conseguir apoyo te basta con diez minutos vibrantes de mensajes simples que lleguen rápidamente a un número suficiente de tipos dispuestos a dejarse convencer de que eso es así y que tanto lo es que ellos mismos ya lo habían pensado antes? Con una mezcla adecuada de sentimentalismo, trazo grueso y simpleza obtienes más éxito que con procesos largos y difíciles que terminan en programas complicados de comprender, a menudo llenos de reservas y peros, y con fines a largo plazo. Esto, más que los planes educativos, es lo que explica que en la España de los 80 el programa «La Clave» fuera seguido por millones, mientras que hoy cualquier tertulia televisiva sea una basura repugnante en la que no se escucha un solo argumento inteligible, pobladas por los más capaces de berrear eslóganes oligofrénicos entre insultos.

Hay otra consecuencia de este proceso. Lo que antes era despreciado como expresión de bajos instintos, al ir ocupando todos los espacios de discusión, no solo ha envilecido el discurso público, sino que ha instalado sus procedimientos. Y esto se observa en el éxito de los programas identitarios y las cazas de brujas modernas. El problema no solo es la velocidad en el esparcimiento de supuesta información en bruto con todas sus versiones manipuladas, sino la prevalencia de un juicio puramente sentimental e irracional. La necesidad de que la gente decida rápidamente y sienta descargas de endorfinas impone una presentación de las «cuestiones litigiosas» digerible e inmediatamente discernible para el espectador medio. La única manera de tener éxito en esto es apelar a los sentimientos, convirtiéndonos a todos en adolescentes tribales. Si pierdes el tiempo con los matices o con consideraciones racionales, el espectador cambia de cadena. El caso se ha de presentar de manera potente y qué hay más potente que el amor, el odio, el miedo, la ira o el desprecio. Lo que se busca no es convencer a alguien utilizando argumentos racionales —esto implica tiempo y esfuerzo—, sino vender un producto, aunque eso exija llorar, indignarse, utilizar falacias infantiles como argumentos de autoridad o echar fango sobre alguien, reproduciendo los peores y más asquerosos miedos o prejuicios.

La deriva inevitable es que este procedimiento, propio de la telebasura, se va imponiendo y reintroduce nuevas formas de tribalización. Lo grupi se convierte en actividad respetable. Ya no son los adolescentes los que hacen el imbécil en la época que toca, vistiendo un uniforme y repitiendo comportamientos y mensajes, sino grupos enteros de personas que deciden etiquetarse sin avergonzarse por ello como miembros de un grupo definido por sexo, raza, comportamiento sexual o social, ideología o creencias. Estos grupos pararreligiosos no solo se muestran orgullosos de su pertenencia, sino que exigen poder coactivo, normalmente mediante su estabulación en espacios seguros para ellos, lo que impone al resto una censura que cada vez se reclama de forma más agresiva.

Estos movimientos están destinados al fracaso porque no se basan en ningún proceso de abstracción y categorización, sino en una vía de hecho tribal. Lo hemos visto constantemente a lo largo de la historia. Son productos transitorios que solo favorecen el ascenso al poder de tipos indecentes. Mientras tanto, sin embargo, causan un daño considerable a nuestras sociedades, embarcándolas en procesos destructivos y anticivilizatorios. La proclamación de que lo que importa es lo que creemos y no lo que pensamos, nos envilece. Proclamamos que los puestos más altos de la sociedad han de ser ocupados por personas que sirvan de guía moral, pero lo hacemos de forma banal, sin creer en ello. Como fórmula de estilo. Y al minuto de mostrarnos así, como hombres respetables y juiciosos, empezamos a vociferar contra instituciones nacidas de un terreno sembrado de sufrimiento, muerte y dolor, y destiladas con la sabiduría de generaciones. Como pequeños dioses en calzoncillos, decidimos —a gran velocidad para no cansarnos— sobre asuntos dificilísimos con el único instrumentos de la simpatía o la antipatía, porque te creo o te odio, legitimando así los programas más soeces, plebeyos y peligrosos de política pública. Y a esto se apuntan los enanos a los que hemos aupado irresponsablemente al poder, porque solo en ese fétido humus pueden prosperar.

Ahora que tan de moda está hablar de olas, no queda sino concluir que nos ha tocado ver cómo va subiendo esta ola de embrutecimiento colectivo travestido. Tendrá que empeorar aún más, hasta que algunos de los seducidos por la mugre empiecen a recular, se ponga de moda afirmar que siempre estuvimos en guerra con Eurasia y la gente empiece a despotricar contra esos conciudadanos tan equivocados, olvidando, una vez más, su carnet de afiliado. Hará falta una buena dosis de daño y un buen número de víctimas que se añada al que ya se ha producido. Ojalá este gran despertar hipócrita empiece pronto y pronto empiecen a darnos lecciones de moderación los que tanto chillan y están tan al cabo de la auténtica realidad de las cosas.

Miss Marte

Nunca he frecuentado las críticas literarias. Hay una razón. Cuando empecé a leer lo que ahora llaman no ficción y antes llamábamos literatura, ordenado como soy, me dije que no tenía mucha lógica leer un libro recién publicado sin leer antes todos esos que aparecen en los manuales y las enciclopedias. Todos no, claro; no soy tan estúpido. Dejémoslo en una buena muestra. La superioridad de este método me parecía evidente: me perdería, seguro, alguna joya, pero acertaría casi siempre, ya que si un libro permanece más de cien años en la memoria ha de ser por un mérito indiscutible, mientras que el libro recién publicado es una mercancía peligrosa si tienes poco tiempo que gastar. Corres el riesgo de perderlo. Yo no quería perder el tiempo; tenía mucho que aprender, mucho que disfrutar, mucho que construir. Luego, tras años de estragos, dejé de leer lo que ahora llaman no ficción.

Explico esto para no disculparme; a fuerza de no haber leído apenas críticas literarias, no sé cómo se escribe una decente. No tengo los recursos, ni conozco la jerga. No sé qué convierte una novela en una buena novela o, más modestamente, qué debo decir para convencer a otros de que una novela es una buena novela, sepa o no qué cojones es esto. De saberlo, tiraría de oficio, ya que Manuel Jabois es un amigo y deseo que venda muchos libros, y me imagino que quienes lean críticas de libros esperarán que estas sean correctas y ordenadas, y que digan lo que deben decir las buenas críticas literarias.

A falta de competencia, les cuento. He leído Miss Marte de tirón. En dos caminatas. Tampoco es una proeza; es más corta que Guerra y Paz. Al comprarla hoy llevaba en el bolsillo La Peste de Camus, a un tercio de su final, pero ¿quién no empieza a leer el libro que acaba de comprar, un poco al menos?

No me ha sorprendido que la novela esté muy bien escrita. Tampoco la presencia de esa pudibunda ironía, a veces sarcasmo, que, de puro natural, en otras ocasiones se declaraba independiente y se derramaba, pero a la que aquí ha aplicado un 155 que le ha venido muy bien. Será la edad, que le hace menos divertido. Como al querido Harry que abandona a Falstaff al ser llamado a mayores empresas, a Jabois lo ha poseído un déspota ilustrado y uno se alegra. Por la misma razón quizás, ha producido una obra poco sentimental y espero que le reconforte que esto sea así. El primer repelente de los sentimientos y las sensaciones es el sentimentalismo. Me parece que ha trabajado mucho en la estructura de la novela, porque no se nota, y ha logrado algo muy difícil: un ritmo perfecto mediante una trama que parece lineal, construida a base de puntos de vista. A los que somos aficionados a la música clásica nos pone mucho ver una partitura de orquesta y escuchar una obra maestra siguiéndola. Es como asistir a Hamlet desde detrás del escenario, con Shakespeare susurrándote pistas al oído mientras abres la boca como un memo. Yo creo que las buenas obras son siempre así, como esos magos que hacen los trucos despacio, pero con la desesperante certeza de que en esta ocasión el mago no te oculta nada. Ahí también ha acertado Jabois. Las sorpresas, que las hay, cuando aparecen ya estaban ahí desde siempre, como si el lector tuviese el lamentable superpoder de anticipar el pasado. Ese es otro acierto, la trama es inevitable. Podría, claro está, haberse desarrollado de otra forma, girar hacia allá, volver hacia otro lado, pero al no hacerlo, se vuelve inevitable, como una crónica de sucesos.

Lo menos bueno —para mí, aclaro, que de seguro lo que diré a muchos les parecerán dones preciosos—: aún es Jabois excesivamente brillante. Creo que necesita avillanarse un poco al escribir, querer menos a sus personajes. Les hace decir demasiadas cosas inteligentes. Es cierto que disfrutas con esas perlas, pero en ocasiones hay en ellas un exceso de virtuosismo, como de acento danés que te asegura el óscar. En todo caso, en toda la novela solo hay medio párrafo que yo habría tirado al fuego tras arrearle con una regla en los nudillos, por esnob y moderno. Solo medio párrafo. Espero, por supuesto, que en la próxima no haya ninguno. Digo que esto es lo menos bueno, a la vez que admito que el nivel inusualmente alto de emoción que consigue y mantiene quizás sea consecuencia precisamente de querer tanto a sus personajes y construirlos de una forma tan delicada. Decía antes que la obra no es sentimental y lo mantengo, lo que no impide que sí pueda definirse como romántica (y manda huevos, que ya he dicho que es inevitable como una crónica de sucesos). Quizás por eso no necesita acumular cadencias con decenas de compases antes de tomar un recodo. Voy a poner aquí algo porque me da la gana y a ver si se entiende esto:

Miss Marte es una historia perfectamente contada. Inteligente y emocionante. Venga, hágame caso. Yo dejé La Peste a medias, justo en el momento culminante, para empezar a leer las primeras hojas de la novela de Manuel Jabois y la terminé de una tacada. Ya me dirán si no es esta una buena recomendación.

Crímenes odiosos

La respuesta que se ha dado desde el derecho a los discursos contrarios a la moral dominante, obscenos, de mal gusto, a los insultos, a las acusaciones, a la incitación al odio contra uno o muchos, contra categorías de personas, contra instituciones, a las llamadas a la comisión de actos violentos o dañinos contra personas o cosas es y ha sido tan variada que no es raro que se perciba esta materia como una de las más complejas de resolver.

Hay acuerdo universal en que se deben castigar las amenazas, por su efecto intimidante. Pero deben reunir unas condiciones concretas de seriedad, entidad, que se dirijan a personas concretas que deben ser percibidas como destinatarias por un observador imparcial. También lo hay en que deben castigarse los comportamientos que incitan a otros directamente a la comisión de actos que a su vez sean delictivos.

En algunos lugares es delito la calumnia (la atribución a otro de un delito sin que lo haya cometido) y la injuria (el insulto innecesario). En todos es una conducta ilícita que puede dar lugar a una obligación de reparación. Su lógica se asienta en que la libertad de expresar ideas no ampara la agresión verbal injustificada contra una persona física y se consideran así las atribuciones injustificadas de conductas especialmente graves o la vejación verbal que no sea precisa para exponer esas ideas. Esa es la característica básica del insulto, su naturaleza gratuita en el contexto del discurso; su pertinencia solo como ad hominem dañino.

La admisión como delito de injurias y calumnias a instituciones o a cosas (por ejemplo, a símbolos) es más discutida y parece más propia de una lógica patriótica militante que quiere defenderse frente a elementos hostiles. Muchas personas se horrorizan ante el que quema una bandera o calumnia o insulta a instituciones para ellos venerables, pero las instituciones o lo símbolos no pueden sentir, por sí mismas, daño. El único dañado sería mediato: aquel que cree en ellas. Sucede algo similar con el delito de ofensa a sentimientos religiosos (o, en ese tirabuzón disparatado del derecho español, de ofensa al sentimiento de ateísmo de un ateo): el objeto de la «burla» u «ofensa» es un ente de la razón que alguien puede creer que existe, pero que no puede presentarse en un tribunal como auténtico ofendido. Una sociedad libre debe permitir que se cuestionen (en el ámbito del discurso) todas las ideas y creencias, también las más preciosas para muchos de sus miembros.

Y aquí entramos en el terreno más pantanoso, el del denominado discurso del odio. La peligrosidad de ciertos discursos es evidente, se ha probado históricamente, y por esta razón podía parecer lógico que se persiguiesen. Este movimiento nace del horror nazi y su enorme pila de cadáveres. Cuando cierto discurso (racista y criminal) había finalizado con la casi destrucción de los judíos europeos resultaba casi banal oponerse a su persecución por el prurito de la defensa de la libertad de expresión. Pero ¿no suena esto a solución ad hoc que podía imponerse porque la derrota había sido total? Se entiende esto mejor si consideramos las discusiones sobre la definición del recién creado delito de genocidio. Se limitó a la raza porque la definición de un grupo por razones políticas apuntaba directamente a Stalin. Era genocidio matar a los judíos por ser judíos (y el genocidio era el peor crimen), pero no a los ucranianos o, más tarde, a los miembros del pueblo nuevo camboyano, ya que unos y otros eran ciudadanos de la misma raza que aquellos que los mataban.

Volvamos al discurso del odio. La evolución se veía venir. De la raza (real o inventada) se pasó a otros motivos que se relacionan directamente con la definición de grupo objeto del odio. Porque, no se olvide esto, hacen falta dos elementos: un grupo y un motivo para odiar. Pero siempre hay conexión entre ellos. Te odio porque eres judío, pero no podría odiarte si no existiesen razas y definiciones de razas. Esos grupos pueden ser reales, inventados e incluso literalmente irracionales (como sucedió en el caso de Camboya o Ruanda). Pero también se da el camino inverso: ¿qué mejor forma de convencer a alguien de que existe un grupo, de que es importante y de que perteneces a él que lograr que odiarte sea también un delito? Así, llegamos al caso de hoy en el Código Penal español en el que es delito fomentar directa o indirectamente el odio contra un grupo o alguno de sus elementos por «motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad».

Como pueden ver, la lista ha crecido enormemente y uno ya no sabe qué motivo (definitorio de un grupo, claro) puede convertirse en el próximo invitado.

Este delito (introducido en el Código Penal de 1995 con una redacción más restrictiva) se extendió a iniciativa de España mediante la acción común de 1997 y, más tarde, mediante la decisión marco de de 28/11/2008. Esta última se describe como instrumento para luchar contra «determinadas formas y manifestaciones del racismo y la xenofobia mediante el Derecho penal». De hecho la definición de lo punible es mucho más limitada: la incitación pública a la violencia o al odio dirigidos contra un grupo de personas o un miembro de tal grupo, definido en relación con la raza, el color, la religión, la ascendencia o el origen nacional o étnico. También delimitaba la apología o negación del genocidio (y de otros delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra) exigiendo que suponga una incitación a la violencia o al odio contra personas que formen parte del grupo objeto de dichos crímenes. Aquí no aparecen la ideología, las creencias (sí la religión), la situación familiar, el sexo, la orientación sexual, la enfermedad o la discapacidad.

Es fácil comprender el riesgo que surge en el momento en que se empieza a considerar delito fomentar el odio contra alguien por todos esos motivos que aparecen en la norma española. Estábamos saliendo del supuesto original, el racismo o el odio por razones religiosas o étnicas (históricamente ligados a las más graves persecuciones masivas) —lo que justificaba la restricción a la libertad ideológica y de expresión— y ampliándolos a otros supuestos que podían (al menos sobre el papel, con el riesgo que esto supone) encajar y que, evidentemente, aunque pudieran ser repugnantes carecían de esa peligrosidad histórica.

De hecho, el problema se agranda porque el delito se configura como de peligro abstracto. Pese a que la norma hable de una promoción directa o indirecta, el Tribunal Supremo deja de lado que deba existir una provocación directa o indirecta, y centra la consumación en «la sola incitación a las variables discriminatorias que en el mismo ha contemplado el legislador». Es decir, no es preciso que nazca un peligro concreto, sino que la actividad de incitación a la discriminación por cualquier de los motivos expuestos crea un peligro abstracto que es el que la norma trata de evitar. Los motivos del legislador (recordémoslo) incluyen la ideología, las creencias, la situación familiar, el sexo, la orientación o identidad sexual, razones de género, enfermedad o discapacidad. Oponerse al matrimonio homosexual puede entenderse como una forma de incitar a la discriminación a los homosexuales. Oponerse a las diferencias punitivas en el Código Penal por razón de género, puede serlo respecto de las mujeres. Plantear que las personas con ciertas enfermedades (derivadas, por ejemplo, de sus decisiones vitales) deban pagar sus tratamientos puede entenderse como una incitación a la discriminación contra ciertos enfermos. Puede parecer que se trata de ejemplos fuera de la norma, pero no me parece tan evidente. Una interpretación así es la que dio lugar a un procedimiento penal contra Arcadi Espada, por ejemplo.

A esto se añade el otro elemento que se ha introducido para limitar la intervención penal: que el ataque se dirija contra grupos vulnerables. Esta idea, que parece tan razonable en principio, es, sin embargo, peliaguda. Coloca a los tribunales en la necesidad de decidir si el grupo contra el que se dirige la provocación al odio o la discriminación lo es. Y es evidente que puede haber argumentos históricos, sociológicos, o de otro tipo, que nos ayuden en esta tarea. El problema de esta posición es que los grupos tradicionalmente vulnerables o perseguidos pueden, a veces con rapidez, organizarse y adquirir situaciones de poder e influencia y utilizar a la vez ese poder recién adquirido y su condición histórica de víctimas para oprimir a otros. A veces esos otros son los que forman parte de un grupo que tradicionalmente fue su opresor. pero que lo fuese el grupo no implica que lo sean sus actuales miembros. De hecho este es uno de los efectos más perturbadores de ciertos movimientos de justicia social: que terminan pagando personas inocentes por los crímenes de sus mayores. En ocasiones, la conciencia de grupo discriminado se convierte en el pegamento del que nace una ideología criminal. Es algo que se vio en Ruanda, por ejemplo. Los genocidas formaban parte del grupo oprimido y masacrado. Las víctimas eran sus opresores históricos. También se vio en la URSS, tras el golpe de estado bolchevique. De hecho, no hay genocida que no intente convencer a sus acólitos de que su causa se justifica como respuesta defensiva. Los nazis decían defenderse de una infección, de una enfermedad que había llevado a Alemania a la ruina. ¿Creemos que los tribunales y los legisladores van a tener la capacidad de adaptarse? El mundo presenció cómo se mataba a millones de tutsis en apenas tres meses sin intervenir. ¿Vemos de verdad a los tribunales con una flexibilidad suficiente como para salir de los modelos y las descripciones tradicionales y apreciar una evolución histórica que se esté produciendo a lo mejor en el mismo momento en que se supone tienen que juzgar?

Yo creo que es hora de dar un paso atrás. Eliminar el delito de enaltecimiento y justificación terrorista, y dejar la apología. Derogar el delito de ofensa a sentimientos religiosos. Y limitar todas las formas de delito de odio a las cuestiones raciales, étnicas, nacionales y religiosas, o a la incitación a la comisión de delitos de lesa humanidad. A los supuestos más peligrosos que justifican precisamente que alguien termine en prisión.

Y parar una deriva que nos lleva a tipos demasiado abiertos que dependen demasiado de las propias posiciones ideológicas de los condenados a juzgar.

¿Negros racistas? ¡Imposible! Ni que fueran iguales a los blancos.

 

Hace un par de días, en el curso de un partido, el jugador de baloncesto Montrezl Harrell llamó a Luka Dončić  «blanquito» más un añadido injurioso. El asunto, tiempo atrás, habría quedado como un caso típico de salida de tono —por la frustración que producen los jugadores de leyenda en los mortales— o de intento de intimidación, qué más da. Y estaríamos hablando solo del dolor que tiene que estar sintiendo el amigo Harrell al ver al fantasma de las navidades futuras escribiendo una línea en la biografía del esloveno, tras los 43 puntos, 17 rebotes, 13 asistencias y triple ganador en el último segundo que encargó la «putilla» europea para el cuarto partido.

Sin embargo, la situación actual provocó una polémica sobre la repercusión que habría tenido una situación especular en la que Dončić  hubiese llamado «negrata» a Harrell. Este asunto es interesante y sobre él quería decir algunas cosas.

Lo de Harrell es un insulto racista. Da igual si fue resultado de la frustración o si lo hizo para provocar al joven inexperto que mete tantos puntos. Algunos admiten que lo es, pero recalcan que es menos grave que esa hipotética situación inversa. Podría estar de acuerdo en esto, con unos matices a los que luego me referiré. Otros dan un paso más y dicen que un negro no puede ser racista con un blanco. Hablan de un racismo estructural, histórico, insititucional, endémico —que dicen solo existe en una dirección—, para justificar esta tesis. Veo, en esta posición, argumentos similares a los que se exponen para afirmar que el sexismo solo es posible cuando lo realizan hombres respecto de mujeres y no a la inversa.

Yo creo que esta última posición es fuente de males y muy peligrosa. Las mejores ideas de la humanidad se han basado en la extensión de ciertas generalizaciones, incluso con su punto de arbitrariedad. Su bondad radica en dos virtudes: su simplicidad —todo el mundo aprehende con rapidez sus perfiles y asume con naturalidad sus consecuencias— y su racionalidad.

Como ya he escrito en muchas ocasiones sobre esto, voy a ir al meollo. El racismo es estúpido y dañino. Lo es siempre. También cuando se da como respuesta a una situación endémica o institucional. Y ni siquiera se justifica defensivamente por una razón muy sencilla, porque no cumple los requisitos de la legítima defensa: que el mal que causas pretenda evitar otro mal injusto. ¿Cómo evitas el racismo siendo racista? Esto, además, se agrava por un factor que se olvida demasiado a menudo: las víctimas del sexismo o del racismo son individuos. Si el sexismo o el racismo son una respuesta inmoral siempre (incluso cuando lo aplicas al racista o al sexista), lo son de manera prístina cuando se dirigen a alguien solo por ser blanco o por ser hombre.

Responsabilizar a todos los blancos o a todos los hombres del sufrimiento que causaron otros de su misma raza o sexo en el pasado o en la actualidad equivale a descargar sobre inocentes, por motivos irracionales, un mal arbitrario basado en la raza o el sexo.

Por eso los partidarios de esta venganza colectiva irracional hacen tantos equilibrios sobre el alambre. Hablan de los privilegios de los blancos o de los hombres para reclamar la imposición de los suyos. De ahí que esté socialmente permitido a los negros decir nigger, pero sea una infracción moral gravísimo si la misma palabra la dice un blanco. Pero la senda de la civilización es otra: la desaparición de todos los privilegios. Cuando suman casos para ocultar un programa que no quiere acabar con la desigualdad, sino que quiere sustituirla por otra diferente, hacen lo que hacían los europeos blancos en el XIX que justificaban sus actos de latrocinio y explotación defendiendo la idea de que la labor civilizatoria tenía que estar en manos de quienes habían demostrado ser superiores (y, decían, ahí estaban los datos para demostrarlo). ¡Y eran apabullantes!

No hay discriminación buena. Porque, incluso aunque sirviese para mejorar las cifras globales (algo muy dudoso a la vista de la experiencia) se hace a costa de dañar a individuos concretos a los que se hace pagar por una culpa de la que no son responsables.

Decía al principio que quizás pueda defenderse que es menos grave que un negro llame blanquito a un blanco que el que un blanco llame negrata a un negro. El problema de esta posición es que el que realiza un comportamiento inmoral se sienta legitimado y se vea como un representante de generaciones que solo aplica su medicina a los blancos. Naturalmente, este pensamiento también es racista. No existen «los blancos» o «los negros». Solo son una categoría instrumental muy poderosa para hacer el mal. Estas personas olvidan que todos los racistas encuentran y han encontrado siempre una justificación. Por tanto, por su multiplicación, por su significado, por la situación real de los negros en muchas de algunas sociedades, aunque uno crea que un insulto racista es más grave que otro, lo que siempre hay que recordar es que ninguno es peor que otro, que todos encierran la misma cantidad de veneno.

Más aún, esta es la única respuesta correcta frente al sexismo y el racismo. Insistir en que nadie es superior o inferior por el hecho de ser hombre o mujer o por ser de cierta raza. Insistir en que no lo es por ninguna razón por buena que nos parezca. Y que, por tanto, ninguna razón basada en la raza justifica la discriminación (tampoco la discriminación en el pasado). Y es la única respuesta correcta porque solo una sociedad que aplique esto como medida radical quedará libre de que surjan comportamientos colectivos o institucionales racistas o sexistas que quizás antes no existieran. Sin embargo, si los promovemos, justificamos o toleramos como respuesta a agravios pasados, resulta que terminamos asumiendo que todo es poder, que ahora le toca el turno a otros de imponer privilegios, y que no está mal aplicar el programa que los blancos aplicaron a los negros o los hombres a las mujeres.

Y todo esto sería así, incluso aunque fuese cierto que solo los blancos han sido racistas. Por eso no voy a perder el tiempo en mencionar todos los ejemplos que demuestran que el racismo ha sido universal.

 

Fue culpa tuya, espabilado

 

Hemos vuelto en España, con paso firme y rigor cadavérico, al paraíso sectario. En el discurso y la discusión públicos la mentira ya no existe porque la verdad ha desaparecido. Verdad y mentira se han convertido en pedruscos que lanzar al adversario. Todo es diáfano y de una simplicidad apabullante. Todo demuestra la maldad del bando contrario. Su maldad absoluta. Ya no se hacen prisioneros. No hablemos de los lerdos que son incapaces de entender el razonamiento más primario. Estos ya vivían en su burricie particular sin necesidad de ningún estímulo especial. Hablemos de los que sí distinguían y eran capaces de dar la razón en algo al de enfrente e incluso de afear algo al de al lado. Estos han corrido a embrutecerse voluntariamente, asumiendo que ha empezado una guerra, en la guerra hay que escoger bando y hay que dejarse de exquisiteces. Ahí está el embrutecimiento. Les parece que pensar, distinguir, señalar al amigo y aplaudir al contrincante cuando toca son exquisiteces. Qué cojones, llegan a creer que es una exquisitez el simple aseo personal, ese acto instintivo en una persona decente que impide que adapte conscientemente sus juicios y sus reflejos a la etiqueta de lo que juzga. Son los que te dicen que los otros son tan viles y despreciables, y sus intenciones tan perversas, que la única manera de combatirlos es no darles nunca la razón, porque eso es lo que quieren y al hacerlo caes en su trampa. Te dicen eso, pero lo que piensan en realidad es que la única manera de combatirlos es ser exactamente igual a ellos, pero no a los «ellos» reales, sino a los inventados. Esa carrera de armamentos es la que provoca que, al final, tantos terminen siendo exactamente como las caricaturas que dibujan sus peores enemigos y todos cumplan las expectativas ajenas.

Este camino de perversión se alimenta consumiendo la beneficencia y el equilibrio. Necesita del círculo vicioso que comienza el día en que dejas de presumir que los demás quieren básicamente lo mismo que tú y lo sustituyes por la sospecha. La sospecha, alimentada por los perturbados y los afines a los juegos intelectuales sobre cómo cometer el asesinato perfecto, se convierte pronto en certeza. El diablo existe y al diablo ni agua. El mundo se divide en dos: los míos y los otros, y entre los otros siempre están los que que no quieren que el mundo degenere en campo de batalla; así que estos reciben fuego desde todas partes, hasta que terminan refugiándose aquí o allí, travistiéndose, aunque solo sea travistiéndose en mudos.

Aquí estamos. El primer paso fue admitir la mendacidad y no castigar a los embusteros. Esa es la primera y más grave corrupción. El segundo es el fraude al sistema: usar las instituciones, no para lo que se crearon, sino para fines particulares, y pervertirlas si amenazan convertirse en un obstáculo. Desaparecida la honestidad intelectual y asumido que siempre será mejor uno de los míos, por mucho que mienta o robe, que uno de los otros, has dado el tercer paso y todo está perdido. El juicio ético ya solo cabe dentro de la propia tribu y siempre que no favorezca a la tribu contraria. Pronto la mentira o el delito dejan de ocultarse. Más adelante incluso se presume de ellos. Y los más capaces de degradarse acceden al mando, porque, en un mundo así, parecen los más eficaces. Esta es la última estupidez. La historia de la Humanidad demuestra que estos episodios desarrollan una inercia destructiva que termina, casi siempre, con daño y dolor, y con un montón de estupefactos desmemoriados preguntándose cómo pudimos llegar a esto y jurándose que no dejarán que se repita. Ponemos al mando a la peor gentuza, a la más dispuesta a envilecerse, por miedo y embotamiento, y estos nos devuelven el favor, comportándose como lo que son.

Supongo que será preciso que la mierda nos ahogue por completo para que reaccionemos y empecemos a cuestionarnos si todo esto fue buena idea. Con un poco de inteligencia, decencia y repaso de nuestra historia, sería innecesario. Eso es lo que más nos puede cabrear y desesperanzar. Que no necesitamos gigantes, sino gente normalita. Sin embargo, como no quiero terminar esta negra entrada con malos sentimientos, les diré que ayuda mucho asumir que está en marcha el peor escenario, pero que siempre puede ser aún peor de lo que imaginamos.