Mataviejas

 

Mataviejas fue nuestro segundo cliente. Lo conocimos en medio de la mudanza, nada más abrir el despacho. No teníamos aún oficina ni un lugar en el que recibir, así que imprimimos el presupuesto y se lo llevamos a su casa. Vivía en el barrio de Salamanca, en un edificio algo destartalado, en un piso de la madre. Ella vivía con Mataviejas. Supusimos pronto que había sido madre soltera, por retales de información que fuimos recolectando. La vivienda era vieja, los muebles eran viejos y olía a viejo. Mataviejas era bastante joven, pero parecía viejo. Fofo, con apenas unos mechones rubios pegados a su calva, y lampiño, sonreía permanentemente, hasta cuando simulaba enfadarse. Su aspecto era dulzón y siempre vestía un jersey fino con rombos. Mataviejas daba la mano lacia y su tono de voz era chillón y desagradable, como de tubo de órgano desafinado.

Éramos muy baratos y nos contrató. Al principio para una cuestión sencilla, pero pronto todo se complicó. Mataviejas y su madre se dedicaban a cuidar ancianos y dos de ellos, hermanos, les habían dejado pisos en su testamento. Uno murió poco después, en su casa, y los sobrinos del difunto, al descubrir el legado y, con él, el testamento del que todavía vivía, presentaron una denuncia. La primera acusación fue de asesinato. El muerto tenía un golpe en la cabeza. Esa fue mi primera declaración como abogado. Eran otros tiempos, menos serios. Mataviejas no declaró en sala ni en el despacho del juez, sino en la secretaría del juzgado. Sudaba intranquilo. Llevaba una especie de mariconera y, cuando el oficial le pidió el DNI, mientras esperábamos al juez, la abrió y rebuscó nervioso. En su afán por encontrar el documento, al remover el contenido del bolso empezó a asomar un trozo de tela, una especie de pañuelo, con manchas oscuras como de líquido pegajoso parecido a sangre seca. Nada más verlo, pensé que no podíamos empezar con peor pie, así que comencé a distraer al oficial, intentando evitar que se diese cuenta.

Ese día Mataviejas se convirtió en Mataviejas. Éramos muy jóvenes, muy poco respetuosos y el asunto nos venía grande. Tuvimos suerte. Los forenses no encontraron indicios de muerte violenta y se archivó. También parecía que la impugnación del testamento del fallecido iba por buen camino, hasta que, tras revocar el suyo, el hermano vivo, asesorado por los sobrinos, presentó una querella por estafa. La suerte se acabó. Fue una gran pelea, pero era muy difícil explicar cómo madre e hijo se habían ganado el agradecimiento de ambos hermanos en tan poco tiempo, de no ser por ardides, y no ayudó mucho que los testamentos se hubiesen completado con un par de poderes de ruina.

Mataviejas terminó en prisión. Su madre se salvó por su avanzada edad, por su bondadoso aspecto y por la asunción que hizo el hijo de todo lo sucedido. Nosotros siempre sospechamos, sin embargo, que ella era a la vez el cerebro y el arma ejecutora. Quién mejor que una versión femenina de Papá Noel para convencer a ancianos medio abandonados por sus familiares.

Mataviejas se portó muy bien en prisión y no tardó mucho en salir. Al parecer hizo allí bastantes amigos.

En cuanto a su madre, recibió con aplomo y deportividad la condena de su hijo; solo quizás durante un instante sus bondadosos ojos azules me parecieron de metal.

 

Cajones

 

El problema de mezclar la ideología con ciertos males es que, si el diagnóstico y la solución prescrita no funcionan, es posible que los demás denuncien la ideología completamente. A veces, de forma injusta y apresurada. También por eso se encastillan los creyentes y, si se convierten, defienden la nueva fe con más fuerza que nadie. Si la realidad no se ajusta, ajustan la realidad a la vieja o a la nueva fe.

La ventaja de una aproximación a los problemas sin prejuicios ideológicos es, por esto, indiscutible. Es cierto que a veces esa ausencia es falsa, mera apariencia. O, seamos generosos, que el aparato ideológico exista e influya, y no nos demos cuenta. No obstante, siempre es mejor esto que lo contrario. Al menos revela pudor e introduce una salida para el orgullo, ese vicio tan humano. Si dices que estás dispuesto a revisar tus postulados si no se ajustan a los datos, aunque no te lo creas del todo, puede que, llegado el momento, des un paso atrás: la retirada es digna. Sin embargo, si crees en un dogma, en un aparato productor de explicaciones, quemas los puentes.

Algo más: esos aparatos no solo producen explicaciones a las que la realidad debe ajustarse. Producen algo más sutil y por eso más dañino. El aparato ideológico se convierte en parte de la realidad. Introduce en ella discursos que se independizan. Es algo que recuerda a la marxista superestructura ideológica. El propio marxismo lo es, irónicamente, de manera destacada. Nuestros análisis están infectados de productos exitosos, no por su utilidad, sino por su sonoridad y sencillez. Su poder deletéreo estriba a veces en el espacio que ocupan. Son como los medicamentos homeopáticos, que no dañan directamente, pero impiden al enfermo ocuparse realmente de su salud.

Pondré un ejemplo de lo anterior: cada vez más a menudo encuentro en las denuncias por violencia doméstica un lenguaje ideologizado. No pretendo decir que ese lenguaje tenga un origen único; no sé si proviene de los medios de comunicación, los abogados, las asociaciones de apoyo a mujeres maltratadas o de todos ellos. Incluso del propio Estado. Con esto último me refiero, por ejemplo, a la creación de formularios para los cuerpos policiales, a los que se les pide que formulen ciertas preguntas, en un orden concreto. Es sabido que las preguntas determinan en gran medida las respuestas.

Vean preguntas extraídas de una denuncia real. Las hacen agentes de policía:

Lo interesante es que las denuncias, muchas veces, ya no cuentan en lenguaje llano lo que pasa. No cuentan los hechos. No nos dicen que el día tal pasó tal cosa concreta. O no solo al menos. No, se añaden síntomas y conclusiones, propios de peritos o de académicos. La espontaneidad desaparece y se sustituye por construcciones predeterminadas. Justo las que se adaptan a determinadas explicaciones.

Ya no son los peritos, los abogados, los fiscales y los jueces los que hacen el trabajo de subsumir pedazos de realidad en las normas o en las categorías académicas. Denunciantes y denunciados que son incapaces de producir un mínimo discurso complejo utilizan categorías creadas (en el mejor de los casos) para describir de forma abstracta lo que les pasa en concreto. No entienden las preguntas, pero compran el lenguaje. ¿Saben qué respondió a la primera de las preguntas la denunciante? Que una vez su marido le pegó un golpe a un armario y ella sintió miedo.

Los hechos se difuminan desde el primer momento, si no se falsean. Lo interesante sería saber qué pasa en cada caso concreto, no encajar lo que sucede en cómodos cajones. Es lo interesante por tres razones: para dar a cada uno lo suyo, para intentar encontrar categorías que sean útiles de verdad y para prevenir.

Hoy todo el mundo ha estado alguna vez deprimido, ha visto un marco incomparable, ha cargado las pilas, se ha encontrado a sí mismo, vive la vida, es demócrata y apasionado. Gastamos banalidades como si fueran píldoras de colores con principios desconocidos avalados por sabios. Compramos estas explicaciones como antes compramos otras, sin tener ni idea de su significado.

Es menos cansado, más cómodo, más satisfactorio. Cuando se trata de vender un viaje a un paraíso exótico, no importa mucho. Cuando se trata del mal, de la violencia, del asesinato y de la libertad es peligrosamente estúpido.

Las categorías, además, funcionan como monedas en una máquina expendedora. Un hombre es condenado en conformidad. Es decir, asume hechos. No pueden tratarse de hechos demasiado graves, porque el Estado no castiga hechos graves con una pena de tres meses. Yo he estado ahí. No sabes quién dice la verdad, puede que el tipo mienta y sea un auténtico hijo de puta. O que mienta y no sea un auténtico hijo de puta. Pero creímos que la pena exigía prueba y que, puestos a escoger por un estado básico, teníamos que escoger el de presumir la inocencia de todo el mundo. En un mundo perfecto, esto te protegería (a ti y a todos los ciudadanos, pues ese saldo es el que importa), pero en el mundo real, el de las categorías, todos los actores tienen miedo. En el mundo real basta muy poco para que se invierta la presunción. Muchas veces la simple declaración de quien denuncia. En el mundo real, hacemos tratos en casos de violencia doméstica que no haríamos si el hecho fuese un robo o una estafa. En el mundo real uno dice: aléjate de ella para siempre; si es verdad lo que denuncia, para que no se repita; si es mentira, para que no se repita la denuncia. En el mundo real, la gente repite el error y da una oportunidad a quien no la merece. En el mundo real, vuelves a vivir con ese que te maltrata y anula, y tienes hijos con él.  O en el mundo real, vuelves a vivir con esa que te denunció contando algo sobre un marco incomparable y tienes hijos con ella. O en el mundo real, dos que se han hecho daño vuelven a vivir juntos y tienen hijos. En el mundo real, el fantasma de las navidades pasadas vuelve acompañado por los justos. Aquel pacto, producto de tres minutos de conversación en el pasillo de un juzgado, vuelve, pero esta vez vivías en Gran Hermano y todo el mundo te señala con el dedo y te expulsa de la casa. La moneda ha entrado en la máquina y devuelve una categoría: maltratador. Una categoría que sirve para definir al que da un empujón y al que echa ácido en la cara. A un maltratador hay que quitarle todo, incluso los hijos que nacieron después del maltrato.

Un tipo con la etiqueta de maltratador no puede ser padre; da igual que lo sea por decisión voluntaria de su víctima, tomada después de contarle al mundo que lo era.

A la vez, en la mente de muchos, las falsas categorías se ven sustituidas por otras prístinas, sencillas y manejables. Han visto la luz. Son apasionados y sinceros, amigos de sus amigos y también viven la vida. Tampoco necesitan la complejidad. Estos creen que les estoy dando argumentos y enlazarán esta entrada mientras llaman feminazi a alguien.

 

Las pruebas, esa cosa machista

 

En el mismo periódico (llamémoslo así) en el que se publica el artículo vomitivo que comento en la entrada anterior, se ha publicado esto de Lidia Falcón, licenciada en Derecho y candidata a inquisidor.

Les voy a mostrar solo algunas perlas:

Se ha filtrado el borrador del Pacto de Estado Contra la Violencia de Género (como le llaman) (…)  No he leído las 70 u 80 páginas que llenan las 200 medidas, porque me parece que a mi edad no me lo merezco. (…) Pero tampoco las leerán los fiscales ni los jueces ni los policías ni las asistentes sociales ni los psicólogos ni los forenses a los que conciernen, porque eso es ilegible.

La señora Falcón sabe que algo que no ha leído es ilegible.

Como también que ahora se enterarán de que una mujer es víctima de maltrato sin necesidad de que vaya a la policía a denunciar, cosa que por lo visto hasta hoy no sucedía. Porque ¡tantas técnicas de igualdad, asistentes sociales, policías municipales, médicos, forenses, psiquiatras, y otros profesionales ad hoc, que pagamos, eran incapaces de saber que la mujer que acudía a su consulta con un ojo morado o un brazo roto no se había dado un golpe con una puerta o caído por la escalera!.

La señora Falcón ignora u oculta que todos esos funcionarios que menciona están obligados a dar parte al juez si observan indicios en la comisión de delitos (por ejemplo, porque una mujer presenta lesiones), y que de lo que se está hablando es de qué requisitos se han de cumplir para acreditar la posible existencia de una situación de maltrato a los exclusivos efectos de acceder a determinadas ayudas y servicios.

Todavía ni siquiera se han puesto de acuerdo en retirar el régimen de visitas, la custodia y la patria potestad de los desgraciados menores sometidos al poder omnímodo de machos maltratadores, violadores y asesinos, porque se deben seguir preservando los privilegios del patriarca.

“Machos maltratadores, violadores y asesinos”. Moderada, la articulista en el uso de las conjunciones copulativas.

Me repito, ¿era necesario escribir 200 párrafos de mala literatura para describir las desgracias de las mujeres …

Veremos enseguida que no es necesario. Que estos que están…

… fingiendo que se preocupaban mucho de la situación de la mujer y de la infancia.

… no se preocupan de los datos que maneja la señora Falcón con tanta soltura. Datos conforme a los cuales en los últimos siete meses, en España, se ha “… maltratado a millones  …” de mujeres porque “... cálculos internacionales...” afirman que solo denuncia el 10% de las víctimas reales. Naturalmente, todos sabemos quiénes son los culpables: la OTAN, el Ejército, los bancos, la Iglesia católica, las grandes corporaciones que significan “el mercado” y las Casas Reales, porque …

“… el Estado es un eufemismo que encubre a los partidos que gobiernan, y que como decía Marx [ese gran feminista], es el consejo de administración de El Capital.”

Ya sabemos que El Capital usa  una “maraña de legalismos y constitucionalismos“, pero es aún peor en el caso de la violencia contra la mujer, porque hacer lo correcto sería barato. Sí:

“… disponer de una ley que obligue al acusado a demostrar su inocencia y exonere a la víctima de aportar las pruebas, que ordene la detención y prisión de los maltratadores y los obligue a cumplir íntegras las penas, no cuesta dinero, no pone en dificultades al Capitalismo y apenas le da una patada al Patriarcado.”

Lo han leído bien: una ley que obligue al acusado a demostrar su inocencia. Quizás con una ordalía: echamos al puto machista de mierda al agua con unos pesos atados a las piernas y si flota es inocente.

No, no crean que se ha equivocado la articulista y ha escrito inocencia donde quería poner culpabilidad:

Como tampoco están dispuestos, ni dispuestas, a introducir la inversión de la carga de la prueba, no vaya a ser que los buenos y pobrecitos hombres sean acusados falsamente por las malvadas mujeres.

Los “buenos y pobrecitos”. Estupenda ironía: ya sabemos que todos los hombres acusados son culpables. Lo que me pregunto es cómo Falcón, tan generosa ella, admite que demuestren su inocencia. ¡Es imposible que ningún hombre sea inocente! ¡Es imposible que ninguna mujer acuse en falso! Nada de invertir la carga de la prueba: ahorremos. Que la denuncia se convierta en sentencia.

Y así seguimos. Personas con un discurso tan totalitario publican impune y alegremente. No hay problema: como están en el lado “correcto” de la historia, pueden vomitar una basura así sin pestañear. Total, quien las critique solo será un machista, un violador y un asesino. Algo que va de suyo y que no necesitan demostrar, claro.

 

Si compras esto, estás enfermo

 

Lo más pavoroso de este artículo es que su autor estará convencido de que dice mil verdades. Verdades como puños. Que no es un tarado haciendo comparaciones infamantes, y afirmaciones que demuestran que no tiene ni puta idea sobre responsabilidad y sucesión hereditaria. Sí, seguro que está convencido de que la verdad y la ética hablan por su boca.

Yo, estimado lector, simplemente le exhorto a que, si cree que algo, no ya la tesis principal —si se puede hablar de eso— de este desperdicio publicado en un periódico español, sino cualquiera de las colaterales que va dejando caer su perpetrador, es admisible, realice una profunda reflexión. Quizás esté aún a tiempo de curarse.

Por lo demás, qué joya esto: Lo ha dicho el Instituto Nacional de Estadística: desde el inicio de la presunta crisis económica –por otros llamada fraude– el porcentaje de suicidios en España ha crecido un 20%. Nosotros somos cinco hermanos: me toca uno. ¿Cómo me va a entristecer el suicidio cobarde de Miguel Blesa?

Y no tanto porque la afirmación sea falsa (para hacerla auténtica hay que torturar los datos, usando 2007 como punto de partida de la crisis y terminar en 2014, el año con mayor número de suicidios; si, por ejemplo, usamos 2008 y 2015 —los últimos publicados— el aumento de suicidios entre uno y otro año es de un 4,03% —3457 suicidios en 2008 y 3602 en 2015—), sino porque demuestra cómo razona el articulista. ¿Cómo vamos a tomar en serio nada de lo que opine alguien que afirma que un aumento de un 20% en el número de suicidios en España supone que haya nueve millones más de suicidas?

Y esa, sin embargo, es la menos necia de sus afirmaciones.

 

El respeto escrupuloso por la ley

 

He estado escuchando unas declaraciones de Pedro Sánchez en las que dice, resumidamente, que si la política consistiese solo en el respeto escrupuloso a la ley, gobernarían los jueces y no los políticos. Estas declaraciones las efectúa después de manifestar que, naturalmente, va de suyo que hay que respetar escrupulosamente la ley.

Como ven, la frase en sí parece irreprochable.

Sin embargo, démosle una vuelta. Imaginemos una frase que parece a simple vista mucho más escandalosa: “la política consiste solo en el respeto escrupuloso a la ley”. Si esta frase se sostiene, esto indica que la contraria puede presentar algún fallo (y quizás empezar a indicarnos cuál es ese fallo). Lo interesante es que, analizada, la frase que propongo se sostiene sin problema alguno. Eso sí, para ello es preciso saber en qué consiste respetar escrupulosamente la ley. Y ahí está la cuestión. Parto —no debiera ser preciso explicarlo, pero en los tiempos que corren no queda otra— de la única ley que merece ese nombre: la ley democrática.

Hay un prejuicio muy extendido: la ley, en el mejor de los casos, es un obstáculo justificado. Una especie de freno a la libertad individual y al cambio. No quiero meterme en ciertos jardines (por eso dejo para otro día explicar por qué me parece un prejuicio). La cuestión es que, en realidad, la ley no es un freno de ningún tipo. También forma parte de la ley (del ordenamiento jurídico en su conjunto) la posibilidad de cambio de la ley y las reglas para que ese cambio sea legal. No solo esto, también forma parte de la ley (en el sentido de que la ley delimita el campo de lo legal —admisible— y lo ilegal —inadmisible—) la propia actividad política. La actividad política puede ser legal o ilegal. Supongo que nadie refutará esto. La actividad política legal —y doy por sentado que es a esto a lo que se refiere Sánchez— es un ejemplo evidente de respeto escrupuloso a la ley.

Más aún, los jueces se encargan de hacer cumplir la ley (tras interpretarla, aplicarla y ejecutar, incluso de forma violenta y forzosa, sus resoluciones) cuando alguien no la cumple o cuando surgen discrepancias sobre su sentido recto. Los jueces son un último recurso del sistema. En un mundo perfecto (es decir, con un ley perfecta, sin ambigüedades, y formado por ciudadanos que voluntariamente cumplen la ley), los jueces estarían todo el día cruzados de brazos. Cumplir escrupulosamente la ley es algo que incumbe a todos. Un lugar en el que la política consiste solo en cumplir escrupulosamente la ley no es un lugar en el que los jueces gobiernan. En realidad, es un lugar fantástico en el que los jueces no tienen ningún trabajo.

La frase de Sánchez, tan irreprochable a primera vista, falla, una vez examinada la proposición contraria.

Sí, la política debería consistir solo en cumplir escrupulosamente la ley. ¿Saben por qué? Porque la ley democrática no es una traba, sino una garantía para los ciudadanos. La ley democrática no fija los contenidos de las políticas posibles, sino sus límites. Límites que, además, pueden cambiar legalmente, siempre que los cambios se efectúen conforme a sus reglas. “Mi” frase es mejor porque es la que establece los límites entre lo que debe y lo que no debe hacerse en política.

Voy a terminar con un acto de soberbia: creo que ese “solo” de la frase hará que muchas personas no estén de acuerdo conmigo y, a la vez, creo que habrá personas que estén de acuerdo conmigo por razones equivocadas.

 

Madama Espanto

 

Ayer fui al el Teatro Real, en teoría a ver y escuchar Madama Butterfly. Un horror infame. Dinero tirado. Además, un niño joputa de nacionalidad francesa estuvo dando por saco todo el rato. Pero no puedo desechar la posibilidad de que el infante solo estuviese defendiéndose de la agresión. Ante una legítima defensa de libro, uno se queda sin argumentos.

Me voy a consolar con música enlatada. Al menos, esto sí es música.

 

Entremeses

 

De esto de Espada, me ha hecho mucha gracia la frase: Leer está al alcance de cualquiera, y leer reseñas y contraportadas, específicamente, al alcance de la izquierda española. (Sobre la derecha nada debe decirse porque está claro que la derecha no lee, y cuando lee es que lee de verdad).

Por lo demás, el discurso de Fernández es correcto. Si a algunos les parece brillante sospecho que es por comparación. Esto explica alguna reacción airada que he visto contra el discurso, por lo demás tan moderado y crepuscular. Espada da en la diana: ¿se imaginan algo similar producido por Pedro Sánchez? Solo menciono al líder del PSOE porque Fernández es algo así como su antecesor.

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Racional, prudente y didáctico, Ignacio Gomá: aquí.

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El artículo 155 debería haberse utilizado ya. Hace al menos dos años que se dan sus supuestos de hecho. No se ha utilizado porque los españoles no tienen interiorizado que hay que respetar la ley siempre. Es así de simple. Hemos comprado todos los principios, nos hemos dado la pátina, pero solo nos separa una generación del hambre, como a Clarice Starling y se nota: nuestro bolso es caro, pero los zapatos nos delatan.

 

 

Papel para envolver pescado

 

Desde hace unos días me he hecho cargo de un asunto penal que está pendiente de juicio. No voy a dar muchos detalles y seguro que ustedes lo comprenden. Sí puedo, sin embargo, hablar de algo más general.

En asuntos de esta naturaleza siempre troceamos el negativo de la vida de unas cuantas personas, construimos un relato y, al hacerlo, empaquetamos aquellos pedazos. Si eres profesional, actúas con cuidado. Hace mucho que no aspiro a buscar la verdad. Hablaba hace poco con un familiar del acusado, hoy preso preventivo, y, ante sus protestas sobre la inocencia y rectitud de este, le explicaba que me daba igual: trabajo con los datos y, con ellos, con la parte que más me conviene, construyo versiones. Intento que resulten coherentes, rocosas, pero a menudo fracaso. Esto es lógico: mis versiones (cuando soy defensor) buscan exculpar y, a veces, son poco compatibles con la sombra de la realidad que llamamos pruebas. En todo caso, incluso en esos momentos en los que esa compatibilidad es muy alta, evito dar el paso de convencerme de que estoy contando la verdad. No todas las personas reaccionan igual cuando les explico esto. Estoy seguro de que muchas se preocupan. Pero es mi forma de ser sincero.

En todo caso, es un trabajo que me gusta. Busco fallos y los encuentro. Busco discordancias y las encuentro. Busco al entusiasta y al literato, y siempre lo encuentro. Estamos infectados por el énfasis y por la literatura. No es extraño que las personas que tienen alguna participación en un hecho criminal —como autores, como testigos, como investigadores— se dediquen a la creación. A veces a la microcreación. Cada vez que lo hacen nos facilitan el trabajo a los abogados, aunque lo ignoren.

También busco mi propio argumento. El argumento que lo será pronto de mi cliente, si me hace caso. Hay también un material de base inventado, un fondo que no utilizas completamente, precisamente para que parezca real. Un elemento esencial es el azar. Incluso el azar debe encajar. También el error. Una buena versión debe incluir pequeños errores inocuos (los demás también buscan mis pequeños fallos, así que es mejor que los cree yo para que, una vez los encuentren, desistan de buscar otros involuntarios).

Llevo pocos días con el asunto que comentaba al principio, pero he disfrutado. He creado una línea de defensa que quizás funcione cuando parecía un caso perdido. Además, tengo un plan B y un plan C. En todos ellos minimizo el daño y son muy potentes.

Los que se preocuparon cuando se encontraron con alguien que identificaron con un cínico, han empezado a olvidarse de si lo soy o no. Empiezan a convertirse voluntariamente en personajes del relato. Se ha abierto el telón y las tablas se han convertido en un plaza de Verona. La obra empieza con una introducción que es una biografía. Para ganarme al público, es preciso que el torpe, y a la vez avieso, criminal se transmute en un pobre hombre trastornado, víctima de décadas de abuso, un fracasado al que condenan las apariencias, hasta que excavas en su pasado y ves que pueden explicarse de otra forma. Si lo consigues es más fácil que compren tu argumentario, esas interpretaciones a veces rebuscadas de artículos o de principios generales.

Les cuento esto por dos razones: en primer lugar, les quería transmitir un esbozo de una de las partes más divertidas de mi trabajo. En Philadelphia, el abogado enfermo de SIDA, Andy Beckett, responde en el juicio que lo mejor de ser abogado es que, muy de vez en cuando, participas en un acto en el que se imparte justicia. Concuerdo: lo mejor de ser abogado es escribir un guión en el que un personaje dice esto y los demás se emocionan. A veces, ese guión parece escribirse solo; pero, aun así, si lo haces bien, termina pareciéndose al toque final del maestro relojero. En esas pocas ocasiones, muy de vez en cuando, eres poderoso.

Hay una segunda razón. Esta misma historia fue contada en un periódico. Casi el mismo día en que sucedieron los hechos. La noticia, tal y como se cuenta —basada en fuentes policiales—, no solo es la peor versión, la más perjudicial para mi cliente (algo quizás lógico), sino que incluye también una gran cantidad de literatura. La periodista no se limita a contar. También inventa. Solo que su invención es grosera. Hace más: especula abiertamente sobre el perfil criminal de alguien de quien no sabe nada, utilizando como argumento precisamente la ignorancia. Esa inmoralidad tan habitual: cuando no sabemos, rellenamos los vacíos, imaginando lo peor. Lo hace, por cierto, dando el nombre y los apellidos del acusado. Estoy absolutamente convencido de que la periodista ni se planteó, al hacerlo, que pudiera estar jodiendo —jodiendo mucho— a alguien con su literatura. Las personas suelen tener familias, amigos, vecinos, conocidos.

Un día quizás pueda mostrar una sentencia y pueda enlazar ese artículo de prensa, para que puedan juzgar. Si llega ese día, y quien tiene que autorizarme me autoriza, cuando enseñe ambos también sabrán ustedes los nombres y los apellidos. Pero no solo del hombre al que aun no han juzgado en un tribunal, aunque en la prensa aparezca como un depravado.

Como verán, no puedo ser más sincero. Ese día, si llega, leerán dos relatos. En uno de ellos habrán trabajado durante meses policías, abogados, fiscales, jueces y médicos. En el otro, habrá trabajado una periodista un par de horas, como mucho. Los dos serán falsos. Pero es seguro que uno de ellos lo será mucho más.

 

No es una consulta: es un referéndum ilegal

 

Leo este artículo de Víctor Lapuente en El País. Es un artículo que imagino gustará a muchas personas que buscan una especie de vía intermedia, equidistante o ecuánime (incluyo lo tres epítetos para que no se piense que prejuzgo) entre la postura secesionista y lo que perciben como inmovilismo del Estado. Por esa misma razón, imagino que es un artículo que desagradará a los secesionistas y a (usemos ese lenguaje) los inmovilistas.

Mi postura es muy clara; no es un secreto. No soy partidario de ningún referéndum de ningún tipo y en ningún ámbito territorial sobre la cuestión pretendida por los secesionistas. No lo soy por razones legales y por razones políticas. No obstante, de superarse las razones legales (constitucionales), solo me quedarían las razones políticas y ahí admito que mi posición puede ser perdedora: cabe que los españoles mayoritariamente admitan alguna fórmula que permita legalmente a los secesionistas plantear la secesión, bien a todos los españoles, bien exclusivamente a los habitantes de algún lugar de España. Me opongo, en consecuencia, a un cambio legal que permita esto, aunque admito naturalmente que existe esa posibilidad y acepto el resultado, siempre que sea constitucional.

Lo que no admito, en ningún caso, por ilegal, inconstitucional y antidemocrático, es un cambio que se base en procedimientos que se vistan como democráticos, pero que no lo sean en la medida en que eluden su regla clave: el respeto a la ley (no estamos en una situación de crisis democrática o en un momento de transición de un régimen no democrático a uno que lo pretenda ser, supuestos en los que podría ser necesario acudir a “estándares” o reglas genéricas). Y ese es el problema de muchas posiciones “intermedias”, que pretenden rebajar las exigencias para encontrar una fórmula que termina siendo una ruptura con el ordenamiento constitucional y, por tanto, con la democracia, y que implica, en la práctica, la concesión a los secesionistas, por vías inadmisibles, de lo que pretenden sustancialmente: la modificación del sujeto constituyente. Estas posturas cortan el nudo gordiano saltándose de forma encubierta la ley. No son peligrosas solo por esa razón; lo son en la medida en que admiten ese procedimiento como forma para la resolución de tensiones. Abierta la veda, ¿por qué no aplicarlo a todo?

Veamos el artículo en la parte que se refiere a esta cuestión.

Para ello, las Cortes Generales deberían permitir, primero, una consulta no vinculante en Cataluña sobre si sus ciudadanos desean un cambio en el modelo territorial o no. En el caso de existir una amplia respuesta afirmativa, se abriría un proceso participativo en el que se verían obligados a posicionarse hasta los más escépticos, como Ciudadanos y el PP.

La propuesta de Víctor Lapuente pasa por ese primer referéndum. Qué problemas veo:

1.- La consulta es un referéndum. No está de más que llamemos a las cosas por su nombre. El hecho de que se plantee como no vinculante no afecta a su naturaleza, ya que la mayoría de los referéndum previstos en la ley (con excepción de los de reforma constitucional y los de aprobación estatutaria) son precisamente no vinculantes.

2.- Un referéndum no vinculante en Cataluña para plantear si sus ciudadanos desean un cambio en el modelo territorial o no es, en mi opinión, ilegal por inconstitucional. En mi opinión y en la opinión del Tribunal Constitucional.

3.- Un referéndum de esa naturaleza reconocería de hecho la existencia de un sujeto soberano formado por los ciudadanos de Cataluña, ya que ellos, con independencia del resto de los españoles, decidirían sobre la apertura de la cuestión territorial. 

4.- Si se me dice que ese referéndum es no vinculante y que por eso no es cierto lo que indico en el punto anterior, simplemente dejo constancia de que “se abriría un proceso participativo en el que se verían obligados a posicionarse hasta los más escépticos, como Ciudadanos y el PP“. El propio articulista admite que ese supuesto carácter no vinculante es una ficción, como ven. De hecho, uno de los argumentos más utilizados para atacar la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña es que ya había sido votado por los catalanes y que es distorsionador que se llame al pueblo a referéndum y luego unas élites (llámese a esas élites partidos o tribunales) decidan no someterse a la voluntad popular.

5.- Ese referéndum no solo es de hecho vinculante, sino que plantea un problema de legitimidad. ¿Qué sucede si el resto de los españoles desean no abrir la cuestión territorial y los catalanes sí? No sucede nada si lo evitamos, claro (soy irónico). Véase que el articulista comienza su proceso por un referéndum solo en Cataluña. ¿Por qué no plantea un referéndum en toda España, ya que se puede saber el resultado por comunidades? Yo creo que se referéndum también sería inconstitucional, pero al menos se estaría llamando a todo el pueblo soberano. No voy a juzgar intenciones, pero de hecho, la solución propuesta implica que existe un sujeto soberano independiente en Cataluña, ya que por la simple decisión de los catalanes hay que abrir paso a una reforma constitucional. El conjunto de los españoles no se podría oponer a lo que decide una parte.

6.- Por cierto, si el referéndum lo es sobre sobre si los catalanes “desean un cambio en el modelo territorial o no”, como propone el articulista, ¿cómo interpretamos una respuesta afirmativa? A lo mejor desean un Estado sin autonomías, totalmente centralizado. ¿Cómo lo sabemos? Porque el problema no es de deseos abstractos sino de modelos territoriales. Es una frivolidad preguntar a los ciudadanos sin exponerles con total claridad sobre el modelo que se les pregunta. En ese sentido, un referéndum que plantee si desean un Estado independiente o no, al menos es claro. La pregunta que propone el articulista no es clara, solo es una puerta trasera ilegal para dar por sentado que hay que poner sobre la mesa dos propuestas bien concretas: una que suponga una supuesta “tercera vía” (esa propuesta de relación territorial con Cataluña, que podría incluir un pacto fiscal y algunas delegaciones de competencias) y la simple independencia.

7.- Como vemos, la llamada consulta no vinculante sería un camino para que obligatoriamente las Cortes tuvieran que proponer un cambio de lo que hay. Cambiarlo mediante una reforma constitucional, no nos engañemos. Y que tuvieran que hacerlo porque una parte de los españoles lo deciden, sin que se consulte al resto. Porque de las Cortes no podría salir una “propuesta de relación territorial con Cataluña” que supusiese, por ejemplo, la desaparición de la Comunidad Autónoma de Cataluña, ¿a que no? No, tiene que salir algo en la línea que está ya proponiendo, por mencionar a alguien, el PSOE. Si alguien me dice que suprimir la Comunidad Autonóma de Cataluña es inconstitucional, yo recuerdo que cambiar la Constitución de hecho por una puerta trasera también lo es. ¿O solo podemos jugar a la “ley blanda” en cierta dirección?

8.- Más aún, el referéndum dual (la consulta ya se ha convertido en referéndum) también es inconstitucional. Es curioso que el autor no nos explique si ese referéndum sería vinculante o no. Hay constitucionalistas que admiten que ese referéndum sería válido como referéndum no vinculante. Yo discrepo. En las entradas que antes enlacé explico por qué. Pero lo que es obvio es que como referéndum vinculante sería ilegal. Previamente haría falta una reforma constitucional del 168 CE. ¡Y lo que plantea el articulista es que esta pueda ser una de las preguntas, si abrir o no esa vía! Por tanto, aunque no dicho expresamente, doy por sentado que su postura es la de plantear un referéndum no vinculante. Bien, en tal caso, sería preciso que, tras el referéndum, las Cortes abrieran el proceso de reforma, que se obtuviesen las mayorías exigidas por la Constitución, que se disolviesen las Cortes, que las nuevas aprobasen la reforma y que se sometiese esta a un referéndum, esta vez SÍ vinculante. Imaginemos que el proceso encalla en alguno de esos puntos. Recuérdese que el proceso de reforma constitucional no tiene que referirse exclusivamente a la cuestión territorial. Puede que contemple otras partes de la Constitución; y se vota completa: con un sí o un no. Y recuérdese que hay unas elecciones generales obligatorias. ¿Qué hacemos si por la razón que sea el proceso no llega a su fin? Quien crea que eso supondría una “desactivación” de la opción rupturista es un ingenuo: los catalanes ya habrían votado en referéndum y su opinión se convertiría en vinculante. De hecho los secesionistas buscan esencialmente esto. Una vez admitido que los catalanes pueden abrir el melón territorial, aunque el resto de los españoles no quiera, la posición expresada por el conjunto de los españoles en las urnas de que todo siga igual deviene inadmisible. ¿Quiénes somos para oponernos a lo que ya han expresado en las urnas? De hecho, ya, simplemente por encuestas, manifestaciones, una “consulta” ilegal y sin garantías, y una mayoría absoluta en un parlamento autonómico (sin siquiera mayoría de voto, no ya del censo) los secesionistas hablan en nombre de la “nación catalana”. Y, de hecho, el propio articulista plantea su artículo en clave política: los “inmovilistas” tendrían que hacer concesiones para evitar ese escenario (un escenario que se da precisamente porque el primer paso es consultar a los catalanes).

9.- Ni siquiera los españoles en su conjunto (a través de sus representantes en el Congreso y el Senado, o directamente en referéndum) pueden modificar la Constitución sin cumplir con sus reglas. Un enemigo de la pena de muerte puede legítimamente oponerse a que el Congreso y el Senado o el 51% de los españoles en referéndum puedan aprobar una ley que admita la pena de muerte en tiempo de paz. No solo no hay ninguna razón para que no se pueda cambiar la prohibición de la pena de muerte y sí los artículos de la Constitución sobre su propia reforma, sino que esto sería incluso aún más grave, ya que supone un cambio en el propio sujeto de soberanía.

No aspiro a convencer a nadie. Creo que muchas personas están empeñadas en facilitar un proceso porque creen sinceramente que hay que encontrar un punto intermedio entre los secesionistas y los inmovilistas (sigo admitiendo ese lenguaje; total, también soy inmovilista en la prohibición de la pena de muerte). Como si esos puntos de vista fuesen iguales, cuando uno es ilegal (no hablo de la aspiración, sino del proceso sin reforma constitucional), mientras que el otro se basa en la ley. Yo digo abiertamente que soy contrario a ese proceso y que prefiero hacer todo lo posible para entorpecerlo. Dicho esto —y asumo que no se me crea—, aunque fuese partidario —y vive dios que he sentido la tentación, de lo cansino que es esto— nunca admitiría hacerlo saltándonos la ley, torciendo la ley, cometiendo un fraude de ley.

Y esta es la clave. Solo hay un camino. La reforma constitucional. Que los partidos favorables la incluyan en sus propuestas políticas. Que se abra una comisión constitucional si hay mayorías. Que se vote un texto concreto. Que se alcancen las mayorías constitucionales en votación. Que se disuelvan las Cortes. Que se vote la reforma. Y si sale que sí y es constitucional, que se vote la secesión.

Ese orden no es baladí. Ese orden es el que decidieron los españoles al aprobar la Constitución.

Ese orden es el que yo reclamo. Yo, individualmente, como ciudadano. Es mi derecho. Y aunque estén en contra todos los demás españoles. A ver si así se entiende.