A mirarse al espejo

Ya no me callo más.

Ese tuit (y es el último de muchos por el estilo) después de esto:

Así que en las elecciones de este domingo, cortocircuitadas por las cloacas del estado, se vota algo que va mucho más allá del corto plazo. Se vota siglo XVII o siglo XXI. Caciquismo o libertad de empresa. Policía política o separación de poderes. Corte o burguesía. Nepotismo o liberalismo. Se vota la posibilidad de romper con 500 años de miseria, molicie y fracaso. Se vota la posibilidad de encarrilar España, por medio de una sacudida política descomunal, en la vía de la productividad y el progreso..

Y esto:

Nacho Vidal contra el osado micropene español.

Ya no callo ni un segundo más con los pirómanos y los excesivos, con los que regalan la honestidad intelectual por una frase “molona”.

Cristian, que alimentó el monstruo, el que firmaba esos artículos, hoy acusa a Rajoy de “cargarse el Estado de Derecho”.

En él pensaba cuando escribí esto. Ya puestos, voy a ser claro. Porque le vi -entre otras cosas- esparcir estadísticas de mierda de racistas norteamericanos para defender la penúltima de sus ideas fuerza, de esas que parece lo alimentan durante un rato, voluble y enamorado de sus “hallazgos”.

Pero esto ya excede lo tolerable. Estoy de frívolos hasta los huevos. Rajoy no se está cargando nada: se lo están cargando esos a los que hace algunos años animaba Cristian con sus gracietas.

Pero él a lo suyo.

 

 

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Te vas a reír

 

Esto es divertido:

Lo divertido no es que el New York Times diga exactamente lo contrario:

Though the Catalans were suppressed under the Franco dictatorship, Catalonia today cannot claim to be colonized or oppressed. The region has one of the highest standards of living in Europe along with considerable political and cultural autonomy.

[Aunque los catalanes fueron reprimidos durante la dictadura franquista, Cataluña, hoy, no puede afirmar encontrarse oprimida o colonizada. La región tiene uno de los más altos niveles de vida de Europa a la vez que una considerable autonomía política y cultural]

Eso no es lo divertido. ¿Quién no lee a veces mal porque quiere leer otra cosa? Somos humanos. Y total, no sería la primera vez que un editorial del New York Times contiene alguna indecencia, alguna mentira, alguna manipulación, alguna demostración de supremacismo buenrrollista.

No, lo divertido es que, de haber leído lo que pone y no lo que quieren que ponga, los autores del artículo de La Vanguardia  nunca habrían titulado “The New York Times afirma que Cataluña no está oprimida ni es una colonia”.

¿A que no?

ACTUALIZACIÓN 🙂

¿Engañarme a mí? ¿Con lo listo que soy?

 

Leo en El País este artículo. Este hombre, del que no sé nada, y al que voy a presumir sincero, dice no estar abducido. Las negritas son mías:

1. Dos circunstancias hicieron que cambiara de opinión en torno a la cita electoral por el referéndum impugnado por el Tribunal Constitucional. Las dos colmaron mi paciencia de ciudadano en Cataluña, un ciudadano que había decidido no participar con su voto en el referéndum no acordado, urdido con una mayoría simple (cuando lo pertinente hubiera sido una cualificada dada la trascendencia de lo propuesto a aprobar) en el Parlament de Cataluña el último 6 de septiembre.

Trato de hacerme una idea de cómo personas tan poco sospechosas de fervor independentista como Eduard Punset, por citar un ejemplo muy difundido por las redes, pudieron ser narcotizados por el nacionalismo. He visto a Punset en televisión haciendo programas de divulgación científica de excelente calidad y me cuesta mucho, muchísimo, ver en la solidez de su discurso el más mínimo rasgo de enajenación ideológica; trato de descubrir algo sospechoso y observo que su mirada no acusa ese brillo desmedido y alucinante del que no procede de este planeta (según nos enseñaron las novelas de ciencia-ficción), producto de la abducción a que fuera sometido por las instituciones catalanas.

Sé que mi amigo y excelente columnista y poeta Antoni Puigverd concurrió a votar (donde vio, por cierto, eso que no debió ver nunca en un recinto electoral, probablemente el lugar más sagrado de una democracia que se precie de tal). He hablado y hablo con él de literatura, política y nuestros nietos. Y nunca noté en él ningún inquietante síntoma de abducción ideológica.

Leí el último libro de Francesc Serés (La pell de la frontera) y tampoco hallé nada que me hiciera ver que su eximia literatura esté imbuida de ninguno de las perniciosas ideas que pululan por la atmósfera de Cataluña.

Leo a Josep Ramoneda y a Joan B. Culla en este mismo diario y en el Ara y me pasa lo mismo. Claro que sus ideas sobre lo que ocurre en Cataluña no están siempre en concordancia con lo uno pueda pensar sobre lo mismo, pero de ahí a defender a capa y espada que están abducidos por lo que sea (puestos a estar abducidos, da lo mismo quienes son los agentes abductores), es ya estar no solo equivocados sino también a no utilizar toda la inteligencia, la sensibilidad y la buena fe necesarias para analizar un asunto tan complejo como es la grave colisión entre Cataluña y el Gobierno del Partido Popular y sus activos colaboradores de C´s en estos despropósitos.

2. Mi conversión hacia el voto del 1 de octubre pasado, se reforzó inesperadamente el 20 de septiembre. Ese día pasaron cosas muy graves. Se intervino la Generalitat en su área financiera, mientras se invadía el Departamento de Economía mediante un grupo de guardias civiles que no sabían hacer la O con un canuto en materia no solo financiera, sino incluso informática. Aquí primó, como en el resto de todas las actuaciones de la Guardia Civil y la Policía Nacional hasta el día 1, el paripé en la línea más agresiva del ya tristemente famoso “a por ellos”.

El resto ya lo conocemos. Movilizaciones de masas narcotizadas o abducidas; desembarco de efectivos de guardias civiles a los cuales los manifestantes le arrojaban claveles; y por fin, el domingo negro de la democracia española de los últimas décadas: golpes, sangre, tortura (romperle a una chica los cinco dedos de su mano con absoluta premeditación y conciencia del extremo daño que se infligía, a esto yo lo llamo tortura), asalto y agresión a poblaciones rurales con menos de 500 habitantes, y vejaciones a mujeres. Me fue muy difícil no ir a votar a las seis de la tarde, después de la perplejidad y la indignación que fui incubando en los días anteriores al referéndum no acordado e impugnado por el TC.

3. Es mentira que la sociedad catalana esté partida o enfrentada. No me dio esta sensación cuando estuve visitando colegios electorales el domingo, además del mío. Vi gente votando de mi barrio (Guinardó) y de mi escalera que nunca me hubiera imaginado votando en circunstancias tan anómalas. Gente de habla castellana, gente que no comparte incluso el referéndum, gente de distintos extractos sociales e ideológicos, todos votaban, sabiendo incluso que vendrían a por ellos.

4. La izquierda se debe recomponer. Y si queda tiempo, habría que hacer que nuestra derecha fuera un poco más progresista. Y perdonen el oxímoron.

Dos cosas:

a) Pensar que personas con estudios, simpáticas y amables, con cachorritos y nietos, esos con los que uno habla de ópera, cuartetos, poesía medieval y filosofía, precisamente por esto no pueden ser engañadas y abducidas es tan naíf que me enternecería si la cosa no fuera tan grave. Me recuerda el autor del artículo a aquel senador de los Estados Unidos al que engañó el estafador supestamente parapsicólogo Uri Geller y que, cuando el mago James Randi le demostró la estafa, se negaba a admitir lo que veían sus ojos: cómo me van a engañar a mí, todo un senador, farfullaba el pobre desgraciado. Las personas que dicen cosas así no han abierto un puto libro de historia. La historia está llena de inteligentes, de genios, de personas sobresalientes en sus propios campos, engañados y abducidos. No voy a poner ejemplos. Para qué; llenaría cien blogs. Más aún, a veces son las personas sin estudios, los miembros de las clases populares, los más refractarios a ciertos engaños. Huelen ciertas estafas porque sus vidas son peores. A ciertos engaños, digo.

b) El no abducido, por otra parte, demuestra hasta qué punto lo han engañado y sigue sin darse cuenta. Su artículo demuestra hasta qué punto está intoxicado por la propaganda que no admite consumir. Podría haber existido un caso de tortura o de agresión sexual de agentes de policía y eso no tendría que afectar al análisis salvo que fuera masivo o generalizado, algo que habría que demostrar. Podría, porque los hombres a veces son malos y hacen el mal, y no por eso uno apoya un golpe de Estado. Podría, pero el hombre que se ha mirado al espejo, como se mira el esquizofrénico que niega su enfermedad después de hacerse un diagnóstico y concluir que ese Napoleón con el que charla es tan real que puede verlo, este hombre, construye su tesis sobre cinco dedos rotos con “premeditación” y “conciencia” (¿cómo lo sabe?), y sobre “vejaciones” a mujeres, cuando la mujer que denunció esa “tortura” y que dijo que había sido agredida sexualmente al día siguiente tenía cuatro de sus dedos intactos.

Este hombre, que dice que la sociedad catalana no está partida o enfrentada, también afirma que no está abducido.

Naturalmente, qué sabré yo de esto. No vivo en Cataluña. ¿Verdad? Ahora, ¿y si resulta que sí lo estás, que lo estás pero no te das cuenta?

Dramatis personae

Ayer tocaba hablar del responsable del fracaso del Estado, y ese responsable era Rajoy (y su partido). Después de meditar más sobre lo sucedido y de leer y escuchar opiniones de todo tipo, mantengo lo dicho.

No hablé ayer de otros. No lo hice para no contaminar lo que quería dejar bien claro. Ayer había alguien al mando. Pero hoy es otro día.

Podemos. Podemos (y su líder) quieren acabar con la democracia española. Cada paso, cada respuesta, cada ladrillo de su discurso me han ido convenciendo de esto. No hace falta ser un lince, por otra parte: está escrito en la vieja estrategia comunista. Utilizan la democracia parlamentaria para crear las condiciones que permitan la instauración de lo que llaman auténtica democracia, eso que todos conocemos bien. Llevamos más de un siglo padeciendo el totalitarismo comunista, como para no conocerlo. Más aún, no hace falta ser un lince porque refulge en las propias biografías de sus líderes, y en esas declaraciones que parecen añejas, pero que apenas tienen cuatro o cinco años. Cuando habla Pablo Iglesias de democracia y de derechos humanos, yo solo veo a un tipo siniestro que usa conscientemente las palabras “buenas” porque decir dictadura del proletariado no vende. A su modo, Iglesias (personalizo en él, pero no es el único) no es un traidor: como los dobles agentes —o como esos musulmanes que beben alcohol, fuman y fornican alegremente en los países de los infieles— se mimetiza con la normalidad, se hace pasar por un buen ciudadano, para engañarnos por su buena causa. Usted sabrá si es tan estúpido para picar el anzuelo (salvo, claro está, que sea usted como Iglesias).

PSOE. Lo del PSOE es otra cosa. Es auténticamente insoportable (sobre todo en personas a las que respeto) tener que escuchar que ayer Pedro Sánchez hizo una gran intervención. Por lo visto, una gran intervención consiste en solicitar al Gobierno constitucional, legal y legítimo que pacte con los que acaban de dar un golpe de Estado y de cometer delitos en masa. Y por lo visto, una gran intervención consiste en acusar al PP de ser el responsable histórico de esta situación, cuando el PSOE lleva años demonizando al PP y casi situándolo fuera del sistema; cuando el Estatuto, ese frankenstein, es una creación socialista; cuando fue un gobierno del PSOE en Cataluña el que encabezó una manifestación contra una sentencia del Tribunal Constitucional, es decir, una manifestación contra el edificio institucional; y cuando hasta hace un mes chillaba si se mencionaba el uso del artículo 155 de la Constitución Española. Esto último es lo más grotesco. El PP no ha querido utilizarlo, pero al menos no dijo que no procediera. El PSOE, sin embargo, siempre se reservó la bala de la deslegitimación: si el PP lo hubiera utilizado hace dos años, el PSOE habría estallado en grititos de indignación y luego habría intentado recoger la cosecha. Hoy todo el mundo se apunta al “yo habría hecho”. Pero algunos no pueden. Aún no han pedido perdón por su enorme responsabilidad en lo sucedido.

Ciudadanos. Siempre he sido muy crítico con el partido en el que milite hace ya muchos años. Con los que mandan en él. No me gusta ni aquel ni estos. De hecho, nunca he llegado a votar a Ciudadanos (me fui antes de tener ni siquiera la oportunidad de hacerlo). Pero no quiero ser injusto ni dejarme llevar por mis fobias. No son responsables de lo sucedido, de ninguna forma. Han sido una voz a favor de la ley en Cataluña. Han apoyado al Gobierno de una forma esencialmente leal. Ayer mismo seguían haciéndolo, a pesar de que podían haber iniciado un camino propio.

Así lo veo.

La gangrena del Estado

 

El de hoy es un día tristísimo. No, como muchos piensan, por las imágenes de la policía cargando contra los que se saltaban la ley o arrastrándolos para impedir que obstaculizasen ese trabajo ordenado por los jueces. La policía puede fracasar y verse superada. La realidad es así, tozuda y cabrona. Tampoco es triste por lo que puedan decir medios o líderes internacionales. La gente siempre se pone exquisita cuando el delito no le afecta.

Lo triste es comprobar que la mayor parte de los resortes del Estado en Cataluña se han puesto al servicio del delito y el golpe de Estado.

Hace mucho tiempo que no comparto la postura del Gobierno. No hablo de la estrategia política. Sobre la estrategia política decidí no hablar desde el momento en que vi que el Gobierno se enfrentaba a golpistas. Hablo exclusivamente de la gigantesca inmoralidad de no utilizar los mecanismos constitucionales. Esos mecanismos no están sujetos (por mucho que el artículo 155 diga “podrán”) a un uso estratégico. Pero así lo han visto muchos. Es la misma debilidad de los que dicen que una ley es constitucional si renuncias a interponer recurso de constitucionalidad, aunque la ley apeste. Esa actitud de renuncia a la aplicación de la ley es inmoral y además peligrosa. Nada disuelve más las instituciones que la arbitrariedad. Por eso la corrupción política impune es tan dañina.

Decía que hace mucho tiempo que no comparto la postura del Gobierno, aunque decidí que, con el delito a las puertas, solo cabía una posición; por eso también me ha asqueado la postura de los “nuestros”, de algunos de los “nuestros” que, en momentos de tanta zozobra, en vez de apoyar a las instituciones, decidieron dar palos a Rajoy. Algunos, por cierto, con biografías bien dudosas. No quiero pasar cuentas, pero yo vengo diciendo siempre más o menos lo mismo y he visto, con enorme melancolía, a algunos ponerse en primera fila de la manifestación, cuando antes jugaban al juego intelectualoide de los artefactos exquisitos.

Llegados a este momento, cualquier línea de actuación admisible tendría que incluir:

1.- La inmediata aplicación del art. 155 de la Constitución Española. El Estado no puede seguir consintiendo que sus instituciones se utilicen para el delito.

2.- La inmediata persecución de todos los delitos cometidos en el día de hoy. Incluyo aquí a todos sus autores, sean cabecillas o simples ejecutores. De todos ellos. Esas imágenes que tanto horrorizan a algunos son la mejor prueba de su comisión.

3.- Tomadas las medidas anteriores, pero sin esperar demasiado, una convocatoria de elecciones generales. Es hora de que los españoles digan qué piensan de los líderes del PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos. Y de su actuación durante estos meses y días.

4.- Que Rajoy renuncie a presentarse. Y que lo anuncie ya. Ahora podemos juzgar su actuación. Los ciudadanos teníamos derecho a esperar que el Estado tuviese medios suficientes para evitar la comisión masiva de delitos, anunciada desde hace meses. A esperar que se hubiese dispuesto lo preciso. El Estado ha fracasado. Da igual en qué haya quedado la cosa esa ilegal de los secesionistas, esa mera excusa para obtener su repugnante relato victimista. El fracaso no se sitúa ahí; se sitúa en la asunción voluntaria de que era mejor renunciar a los mecanismo constitucionales cuando realmente no contaba con un plan alternativo. Ahora hemos constatado ese fracaso. Ese fracaso señala al máximo responsable. Y el máximo responsable es Rajoy.

Mientras termino de escribir esto, escucho a Rajoy. Su discurso es la constatación de su fracaso personal. Es un discurso inane, hueco, mentiroso e irresponsable.

Hoy es un día muy triste.

Más aún: miro alrededor y me encuentro huérfano. No creo que esté solo. Creo que hay millones de españoles en busca de refugio.

Pero no existe ese refugio. La culpa es nuestra, claro. Tenemos los políticos que nos merecemos.

 

El alimento de la turba

 

El proceso secesionista se fundamenta, todo él, en una gigantesca mentira. Es esto tan obvio que no voy a perder un segundo en demostrarlo. Quien no esté de acuerdo puede ahorrarse todo lo que viene a continuación.

Pero hay otra mentira, especialmente dañina, que ha sido alimentada y que tiene una fuerza enorme, ya que se ajusta perfectamente a los sesgos de muchas personas.

Para explicar cuál es, les expongo cuál es mi postura (en este momento) sobre la cuestión catalana. Yo creo que no hay que cambiar la Constitución. Estoy en contra, en particular, de una reforma que permita un procedimiento de secesión. Estoy en contra de que se apruebe un procedimiento que permita un referéndum nacional o uno restringido a una comunidad autónoma con el fin de someter la posibilidad de una secesión a todos los ciudadanos españoles o a una parte. En cuanto a las competencias del Estado y de las comunidades autónomas, siendo como es esta cuestión tan compleja y pudiéndose referir a materias tan diversas me pronunciaría en cada caso, no prejuzgando ninguna posibilidad: es decir que las comunidades autónomas reciban más competencias o que alguna de las cedidas sea recuperada por el Estado o cedida a la Unión Europea. Mi proyecto a largo plazo (lástima que no pueda ser a corto) pasa por la creación de un Estado europeo que reciba tal nombre y perder mi nacionalidad española sustituyéndola por otra europea.

Mi posición no solo es legítima, sino que es legal. Es decir, se ajusta a la ley vigente. Por decirlo de otra forma: nadie me puede reprochar que defienda el mantenimiento del edificio constitucional tal y como existe, porque fue producto de decisiones legales, constitucionales y democráticas. Como es obvio, se puede defender la necesidad de un cambio constitucional como posición política, pero el que lo haga no puede imponerme su posición política mientras no obtenga las mayorías legales y mientras no se cumplan escrupulosamente todos los procedimientos legales para el cambio de la ley y la Constitución.

Sin embargo, se ha ido trasladando la idea de que una posición como la mía es inmovilista. Es decir, que es problemática. Aparentemente lo es porque muchas personas de una región española quieren cambiar la ley. Por lo visto, no es legítimo (cuando se usa el término “inmovilista” no se hace por capricho) simplemente oponerse a los deseos de otro. Si otros (sin tener las mayorías para ello) desean un cambio de la ley, la mayoría ha de ceder de alguna forma.

Esa postura es la que se expone tan habitualmente con la frase: ¿habrá que hacer algo, no? Por lo visto no es legítimo decir simplemente no. Yo, ciudadano cumplidor de la ley, no puede mantener una opción política que pase por que no se cambie la Constitución en un determinado sentido.

Esa idea de que hay dos extremos, los que quieren saltarse la ley y los “inmovilistas” que no ofrecen nada, es moral e intelectualmente asquerosa. Pringa. Los que quieren saltarse la ley, los que se constituyen en turba soberana, no tienen nada que ver conmigo. Yo acepto las leyes. También las que no me gustan. Y les aseguro que hay muchas leyes que no me gustan nada.

Esa idea tiene padres y defensores. Mucha gente lleva haciendo análisis políticos desde hace muchos años que se basan en la tesis de que es preciso ofrecer algo a los que no son mayoría para evitar que la cosa “pase a mayores”. Se basa en la tesis de que hay algo malo, inmoral o peligroso en posiciones como la mía, a pesar de que yo sí respeto la ley. Esa tesis, la que habla del “problema político”, lleva años excluyendo lo principal: la rotunda e inequívoca denuncia del golpismo.

Ya sé que muchas de las personas que lean esto se van a cabrear, pero qué le vamos a hacer. Estoy hasta las gónadas de medias verdades. Si desde el primer día hubieran afirmado que es ilegítimo cualquier camino hacia la secesión que no pase por una reforma constitucional, si hubieran denunciado el golpe en ciernes (he leído muchas bromas sobre esto, porque llevo años diciendo lo mismo, aunque, oh mundo, ahora se ha extendido el término) y hubieran admitido que una postura como la mía es totalmente legítima y legal, sin haberla demonizado, podría admitir matices. Pero esto no ha pasado. Porque esas personas también tienen sus agendas, y el ruido secesionista era favorable a esas agendas. Han jugado desde hace años con la solución intermedia entre el golpe de Estado y lo que llamaban inmovilismo. Para que los “inmovilistas” como yo tuviéramos que ceder y que pensar que a lo mejor había que tragar con cosas con las que no queríamos tragar, hacía falta el fondo sordo del miedo a la confrontación civil. No estoy hablando de juego político. Esa es la gran mentira. No hay equivalencias. Un científico no debe discutir con un creacionista sobre evolución. No debe otorgarle el nivel que sus posiciones intelectuales (más bien su ausencia) no le dan. Sin embargo, los que hablan del problema político mientras nos señalan nos han colocado en un extremo de una línea falsa. No hay una línea entre mi posición y la de un golpista. El golpista está fuera de la línea porque ha decidido situarse fuera de la ley y la democracia.

En realidad, en el otro extremo de la línea están los que quieren cambiar el sistema legalmente. El problema es que muchos de ellos han usado a los golpistas para obtener músculo.

Ahora, cuando las cosas se ponen negras, muchos de los que llevan años llamándome inmovilista, se acojonan y gritan contra los que se están saltando la ley. Los creo sinceros; a la mayoría, al menos. Pero también son responsables. Cada vez que me etiquetaban para hacerme más débil; cada vez que me convertían en extremista; cada vez que representaban el papel de moderados dialogantes y “entendían” a los que habían anunciado que se iban a saltar la ley, los blanqueaban.

No espero que lo admitan y rectifiquen. De hecho, cuando, algunos de ellos, hace unos días, escribieron un manifiesto, se cuidaron de explicar que están contra Rajoy, que no los confundan. Y de hecho, todavía hoy, con los golpistas en la calle y en las instituciones catalanas, siguen diciendo, sí, hay que cumplir la ley, pero habrá que hacer algo más ¿no? Como si no fuera legítimo decir solo: hay que cumplir la ley, que lo otro depende de si convences a suficiente gente o no.

Por eso no quiero escribir ninguna cara B, como si hubiera un debate posible entre los que aceptamos cumplir la ley democrática y los que se la saltan. Soy una persona civilizada. No me avergüenzo de tener una posición propia. Cumplo con la ley e intento no dañar a nadie innecesaria e injustamente. No deseo el mal. Me alegraría muchísimo si todos los que están incumpliendo la ley rectificasen, minimizando el daño que nos causan y que se causan.

Tampoco quiero que me pidan perdón los que llevan años llamándome fascista o intransigente. Me bastaría con que lean esto y entiendan lo que digo, aunque una vez más sucumbo a mi habitual pesimismo. Seguro que habrá quien me diga, tras leer todo lo anterior: tienes razón, cúmplase la ley, pero ¿habrá que hacer algo más, no?

 

 

Y si …

 

Traigo esto de aquí …:

He contado muchas veces mi relación especial (que diría un inglés refiriéndose a Estados Unidos) con la Historia de Roma de Indro Montanelli. Lo leí con trece años, gracias a un amigo de colegio, que lo sacó de la biblioteca paterna y me lo prestó. Me gustó tanto que, angustiado por tener que devolverlo, lo fui resumiendo en folios blancos, cortados por la mitad, que rellenaba con letra minúscula aprovechando todo el espacio disponible. Tardé como un mes, en la cocina de casa, aprovechando el sueño de los demás para evitarme las regañinas. Salieron entre treinta y cuarenta hojas, que conservé muchos años, hasta que se perdieron en una mudanza. Como comprenderán, casi me aprendí el libro de memoria y descubrí que allí estaba todo, como en Los Simpson.

… porque, a raíz de algunas respuestas leídas en tuiter a la pregunta sobre los beneficios objetivos de una secesión catalana frente a su riesgos, se me ha preguntado por cómo habría sido la historia de Barcelona o Valencia si nuestra historia no hubiera sido como fue.

Y he recordado algo que tenía ahí guardado en la memoria. Cuando empecé a leer sobre Roma (en la inmortal obra de Montanelli y en otras que fui encontrando, introducida ya la espita), fabulé con entusiasmo durante un tiempo y lo hablé con algún amigo, con la idea de que César hubiera podido llevar a cabo la empresa que había diseñado: atacar en Asia Menor y luego girar hacia el norte, penetrando en las tierras de los germanos por el este. Fabulé sobre un imperio que no habría sufrido las invasiones de los germanos porque los germanos habrían sido romanizados. Imaginé un mundo completamente diferente.

Tenía trece años. No puedo decir con exactitud cuando dejé de lado estas tonterías infantiles. Quizás con catorce años.

Intentar prever el futuro es difícil, aunque es una tarea imprescindible. De hecho lo hacemos constantemente. Por eso no metemos la mano en aceite hirviendo. También por esta razón la humanidad lleva milenios refinando los procedimientos para mejorar nuestras predicciones.

Intentar dibujar un pasado, un presente o un futuro alternativos, basados en un pasado alternativo, es inútil y es estúpido. Solo se me ocurren tres utilidades para una actividad de esta naturaleza: rellenar el tiempo con banalidades entretenidas, ganarte la vida escribiendo obras literarias y justificar tus acciones actuales dañinas a falta de argumentos. Las dos primeras son legítimas. La tercera es una muestra de mendacidad e irresponsabilidad.

 

Mataviejas

 

Mataviejas fue nuestro segundo cliente. Lo conocimos en medio de la mudanza, nada más abrir el despacho. No teníamos aún oficina ni un lugar en el que recibir, así que imprimimos el presupuesto y se lo llevamos a su casa. Vivía en el barrio de Salamanca, en un edificio algo destartalado, en un piso de la madre. Ella vivía con Mataviejas. Supusimos pronto que había sido madre soltera, por retales de información que fuimos recolectando. La vivienda era vieja, los muebles eran viejos y olía a viejo. Mataviejas era bastante joven, pero parecía viejo. Fofo, con apenas unos mechones rubios pegados a su calva, y lampiño, sonreía permanentemente, hasta cuando simulaba enfadarse. Su aspecto era dulzón y siempre vestía un jersey fino con rombos. Mataviejas daba la mano lacia y su tono de voz era chillón y desagradable, como de tubo de órgano desafinado.

Éramos muy baratos y nos contrató. Al principio para una cuestión sencilla, pero pronto todo se complicó. Mataviejas y su madre se dedicaban a cuidar ancianos y dos de ellos, hermanos, les habían dejado pisos en su testamento. Uno murió poco después, en su casa, y los sobrinos del difunto, al descubrir el legado y, con él, el testamento del que todavía vivía, presentaron una denuncia. La primera acusación fue de asesinato. El muerto tenía un golpe en la cabeza. Esa fue mi primera declaración como abogado. Eran otros tiempos, menos serios. Mataviejas no declaró en sala ni en el despacho del juez, sino en la secretaría del juzgado. Sudaba intranquilo. Llevaba una especie de mariconera y, cuando el oficial le pidió el DNI, mientras esperábamos al juez, la abrió y rebuscó nervioso. En su afán por encontrar el documento, al remover el contenido del bolso empezó a asomar un trozo de tela, una especie de pañuelo, con manchas oscuras como de líquido pegajoso parecido a sangre seca. Nada más verlo, pensé que no podíamos empezar con peor pie, así que comencé a distraer al oficial, intentando evitar que se diese cuenta.

Ese día Mataviejas se convirtió en Mataviejas. Éramos muy jóvenes, muy poco respetuosos y el asunto nos venía grande. Tuvimos suerte. Los forenses no encontraron indicios de muerte violenta y se archivó. También parecía que la impugnación del testamento del fallecido iba por buen camino, hasta que, tras revocar el suyo, el hermano vivo, asesorado por los sobrinos, presentó una querella por estafa. La suerte se acabó. Fue una gran pelea, pero era muy difícil explicar cómo madre e hijo se habían ganado el agradecimiento de ambos hermanos en tan poco tiempo, de no ser por ardides, y no ayudó mucho que los testamentos se hubiesen completado con un par de poderes de ruina.

Mataviejas terminó en prisión. Su madre se salvó por su avanzada edad, por su bondadoso aspecto y por la asunción que hizo el hijo de todo lo sucedido. Nosotros siempre sospechamos, sin embargo, que ella era a la vez el cerebro y el arma ejecutora. Quién mejor que una versión femenina de Papá Noel para convencer a ancianos medio abandonados por sus familiares.

Mataviejas se portó muy bien en prisión y no tardó mucho en salir. Al parecer hizo allí bastantes amigos.

En cuanto a su madre, recibió con aplomo y deportividad la condena de su hijo; solo quizás durante un instante sus bondadosos ojos azules me parecieron de metal.