Salgo a la calle y solo veo a los míos

 

El problema del nacionalismo, de la identidad nacional y de los símbolos nacionales es que son un destilado de la tribu. Una manera fácil de saber cuáles son los tuyos. Es obvio que no son iguales todas las naciones; que tampoco lo son aquellas partes de la cultura de un lugar que escogemos como elementos que sirven para definirnos. No son iguales el nazismo, el republicanismo francés y el nacionalismo estadounidense. Hay discursos más perversos que otros, como hay religiones peores. Pero no por eso dejamos de llamar religiones a las religiones.

De hecho, una de las características típicas de toda religión es la idea de ser la auténtica. Y algo típico de todo nacionalismo es autodefinirse defensivamente como paso previo: se construye precisamente para excluir a otros, que son —se admita o no abiertamente— diferentes y, por eso, peores (este paso es casi inevitable). ¿Qué nacionalismo permitiría una descripción que impidiese desarrollar fácilmente su principal virtud, acotar a los unos frente a los otros? ¿Y basándose en qué? Siempre en descripciones preestablecidas, nunca en procedimientos abstractos de discusión. En las versiones más rancias y peligrosas, esas descripciones nacen de las entrañas de la tierra, de latidos ancestrales, del espíritu milenario de los pueblos, de brumas definidas grupal y entrecortadamente,  para dar calor en invierno.

Por eso no hay nacionalismo bueno. El nacionalismo es una enfermedad, el síntoma de un mal endémico. Un residuo irracional, nacido de nuestros instintos animales, gregarios. En cuanto aplicas la razón, el nacionalismo debería empezar a diluirse, como el mal olor cuando empiezas a asearte con frecuencia. Por desgracia, el instinto es tan fuerte, que los hombres lo han racionalizado —con una intensidad obtusa pero eficaz—  basándose en datos inventados y en correlaciones forzadas. Esa racionalización está detrás de sus versiones más criminales, las que llegan a descripciones abiertamente racistas o las que relacionan la buena civilización incluso con una latitud geográfica (no hablo, obviamente, del origen histórico de las instituciones).

Este déficit de razón afecta incluso a las versiones más ligeras del nacionalismo. También esas versiones incluyen una cierta cantidad de racionalización forzosa. Algunas incluso son conscientes de que utilizan las emociones y lo dan por bueno por eso del horror vacui. Si intentamos construir una sociedad basada solo en algunas buenas ideas y renunciamos a la identidad, puede que otros terminen ocupando el vacío, vienen a decirnos. Ya que el nacionalismo es inevitable, construyamos un nacionalismo inclusivo, abierto, en el que la idea de ciudadanía y de libertad forme parte de la identidad, de forma que todo el que quiera pueda integrarse en esa patria de las ideas. En estas versiones, los símbolos (las banderas, los himnos, los escenarios solemnes) sirven de apoyo sentimental para la buena dirección de la historia. En estas versiones, todo esto sobra, pero lo dejamos para continuar sintiéndonos en casa.

Claro, cómo no preferir eso a otras formas de nacionalismo. Pero no nos engañemos, uno de los males del nacionalismo es que es corrosivo. Empezamos diciendo que nuestra civilización es mejor, que nuestras instituciones son más complejas y más abiertas, que permiten mayor libertad y que esto se resume en somos A y esta es nuestra bandera y lo recordamos en nuestro himno, y pronto resulta que esas ideas complejas son difíciles de explicar —sobre todo cuando hay problemas— y exigen la pausa, la reevaluación, la discusión permanente, la exposición de nuestras malas ideas, la discusión de nuestros prejuicios. Un día ya estamos cansados y hay algún tipo vendiendo paraísos y ya no hacemos tanto caso a las bases de ese patriotismo de las ideas, y nos quedamos con que somos mejores porque somos de A y te lo digo cantando mi himno y pasándote por el morro un puto trapo lleno de colores y figuras geométricas.

Puede que sea útil y eficaz utilizar las emociones y los sentimientos. Que facilite el establecimiento de ciertas políticas. Pero es un atajo y hay que recordarlo siempre. Llamando a las cosas por su nombre. El avance de la civilización no es producto de las emociones. No lo ha sido nunca. Por mucho que los que están en el lado correcto de la historia se hayan apoyado en ellas. Las emociones no nos hacen tener razón, solo nos hacen creer que la tenemos. Y esa creencia puede ser igual de fuerte en alguien que cree que todos tenemos derecho a perseguir la felicidad porque somos libres e iguales o en alguien que cree que todos tenemos derecho a perseguir la felicidad porque somos blancos y hombres.

Me voy a citar:

«En más de una ocasión he discutido con amigos sobre esto del patriotismo y siempre he afirmado que no creo (que no puedo creer) en otro patriotismo que un patriotismo legal, ciudadano, basado en una idea compartida de cómo tendría que ser mi nación. Mi patria, por tanto, podría estar en cualquier lado y, en su manifestación ideal, estaría en todos ellos. Mi patria no tiene base territorial. En mi patria racional, cabe todo el que quiere vivir civilizadamente; cabe cada idioma y cada producto cultural, siempre que el que lo aporte ajuste su comportamiento a ciertas reglas que nos permitan convivir y ser libres. Mis sentimientos de españolidad, cuando puedan aparecer, son en realidad un lastre, un producto reptiliano, grupal. Supongo que existen defensivamente, pero preferiría que desaparecieran. Sería un magnífico síntoma. Mi patria, por tanto, no es una patria, tal y como se ha entendido habitualmente.

Si, pese a estar de acuerdo con lo que acabo de exponer, nos aferramos a esos sentimiento es por el miedo a la apatridia. Por miedo a no ser de ninguna tribu. Qué magnífico sería un mundo en el que ese miedo no existiese. En el que bastase un pasaporte que nos acreditase como seres humanos civilizados.»

Sí, sería peor una España que propugnase las esencias de la raza. Pero una que diga esto …

«El futuro de España será lo que queramos los españoles. Hemos escrito juntos nuestro destino

«Cuando nos dividimos, los españoles somos débiles. Pero juntos somos imparables.»

«Ha llegado la hora de liberarnos de nuestros complejos, de construir entre todos un nuevo proyecto nacional (…) . Porque ser españoles en el siglo XXI es ser solidarios, es defender la unión y la igualdad, es respetar o mostrar con normalidad los símbolos que nos unen, es, en definitiva, amar la libertad.

«Tenemos un patrimonio cultural incomparable, una historia rica y apasionante, un pasado lleno de personajes extraordinarios. Porque un país lo construyen las personas y lo mejor de España somos los españoles

«En la España que viene todo es posible

«Una España con prestigio y liderazgo en el mundo, una España sin complejos, que sólo mira al pasado para aprender de los aciertos y errores, y que mira al futuro para seguir soñando

«Viene la España de la que nos vamos a volver a sentir orgullosos, viene la España con la que vamos a recuperar la dignidad. Viene la España de los ciudadanos libres e iguales.»

… no se acerca ni remotamente a nada de lo que sentir orgullo. No es, en suma, más que otro ejemplo de tipos dándose golpes de pecho y reclamando ser la sal de la tierra.

Déjales un rato dándose golpes, pon fuerte la música, favorece que las lágrimas aparezcan al hablar de la patria, y rápidamente empezarán a mirar mal al de al lado, al tipo ese que no se emociona en absoluto. Al otro.

 

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El sinvergüenza Puigdemont

 

Por lo visto, el Gobierno quería impugnar la propuesta de Puigdemont como candidato a la presidencia de la Generalidad. Sin leerlo es difícil opinar, pero a bote pronto no parecía tener demasiado fundamento.

Por lo visto, el Consejo de Estado ha dictaminado (como es preceptivo) y su respuesta es, en ese punto, negativa (según informan los medios).

Espero que el Gobierno no presente un recurso sin fundamento con la finalidad de lograr la suspensión automática prevista en el artículo 161.2 de la Constitución. Sería un fraude de ley muy grave. Esto solo se puede juzgar, lógicamente, leyendo el recurso (si es que se presenta).

Dicho esto, dos cosas:

a) Que el Consejo de Estado dictamine en contra del Gobierno en una materia tan sensible es una noticia excelente. Como lo ha venido siendo la independencia de los letrados del parlamento catalán.

b) Puigdemont es un sinvergüenza. Lo es por muchas razones, pero esta es de hace unos minutos:

Que un golpista que se ha pasado por el forro de la entrepierna y de manera reiterada la Constitución, el Estatuto de Autonomía, el Reglamento del parlamento catalán e  incluso las propias normas ilegales que aprobaron para justificar el golpe de Estado diseñado desde hace años, se atreva a acusar a otros de orquestar (ojo, orquestar) un fraude precisamente de la ley que ha intentado dinamitar, no es sino una prueba más de la absoluta falta de vergüenza de este personaje nefasto.

Del personaje al que un montón de irresponsables quiere nombrar presidente de la Generalidad de nuevo.

 

ACTUALIZACIÓN: Leo que el Gobierno va a recurrir aunque el Consejo de Estado no informe positivamente.

Puede hacerlo, como es obvio. Pero este recurso no se refiere a una reglamentación sobre horarios comerciales. Se refiere a un asunto muy sensible.

Si el Gobierno presenta el recurso para lograr exclusivamente la suspensión, a sabiendas de que no se sostiene, esto tiene un nombre: fraude de ley. Y es muy grave.

Lo que más me jode es que, sin salirse un milímetro de la ley, y utilizando los instrumentos constitucionales, nada de esto habría sido necesario. Bastaba con convencimiento, principios y valentía.

 

Noticia de alcance: un gilipollas ventosea

 

Echo un vistazo a los periódicos y me encuentro, en casi todos, una “noticia” que consiste en un vídeo grabado por un tipo que se dedica a molestar a Puigdemont con una bandera de España.

Está, ahora mismo, en portada de los periódicos que suelo leer, y en radios y televisiones. Son los medios más importantes de España. Salvo error u omisión, solo El País [lo tengo que corregir: también aparece en El País] ha decidido no incluir en su web esa puta mierda que no debería ser noticia ni el diario de un colegio de primaria.

Ya no sé si me importa de quién es la culpa de esta degradación. Si de los medios, si de la gente que lo consume. Si de todos.

Lo único que sé es que estamos, desde hace mucho tiempo, incentivando la coprofagia masiva y que nos está pasando factura. El listón está cada vez más bajo y cosas así ya no son anécdotas.

Un día alguien querrá hacer algo parecido a periodismo de calidad y será imposible. Por falta de costumbre.

 

Pronto dirán que no obraron por malicia, que los engañó Satanás

 

Cuando en 2014 el NYT publicó la carta en la que Dylan Farrow reabría la acusación de abusos contra Woody Allen (contándolos, ya como mujer adulta, en primera persona) empecé a leer lo que se había ido publicando sobre el asunto. Y hay mucho. En internet. Sobre el asunto y sobre los protagonistas. Y sobre el entorno.

Empecé a leer porque siempre me ha interesado la cuestión de la posibilidad de construcción de falsos recuerdos en niños (y en adultos, por cierto). Y por el problema secular de la fiabilidad de los testigos (no hablo de la mentira, sino de lo que ellos creen que es verdad).

Hace muchos años, en mi despacho se llevó la defensa de una profesora acusada de haber abusado de niños a los que daba clase. Se trataba de dos niños pequeños (niño y niña), de cuatro años. Básicamente la acusación se basaba en un relato supuestamente espontáneo de la niña a la madre y en ciertos rastros físicos (que eran ambiguos, pero compatibles con la acusación). El informe de psicólogos forenses nos llevó hasta el juicio oral. Llevamos nuestra propia pericial, realizada, no con la niña, sino con las grabaciones y el informe de los psicólogos. Los psicólogos afirmaban que el relato de la niña era veraz, que no se observaba ningún tipo de fabulación. Cuando preguntamos al redactor del informe si mantendría esa posición de acreditarse que alguna de las partes del relato eran falsas, dijo que no la mantendría, pero que no tenía ninguna razón para creer que eran falsas. Sin embargo, lo cierto es que en el relato de la niña había dos detalles objetivos que eran falsos (sobre las circunstancias del lugar en el que se suponía habían tenido lugar los hechos) y se podía demostrar que lo eran. Uno en particular, muy significativo. Al demostrarlo, el perito empezó a dudar. La tesis de nuestro perito era que la madre, involuntariamente, había creado el recuerdo al preguntar insistentemente a la hija si alguien la había tocado “ahí”. La madre no pensaba en la profesora, sino en el padre. Pero la respuesta de la niña provocó dos años de proceso penal. Por suerte para la acusada, el caso no salió en prensa y no tuvo que añadir más daño que el propio de la angustia de no saber si iba a ser condenada o no. Aclaro algo: yo no sé si sucedió; sé que no había pruebas suficientes. En un caso así, lo que debemos hacer, a falta de pruebas, es creer que no sucedió. Es la única manera civilizada de actuar.

Hace poco presencié otro caso verdaderamente terrorífico. En una pelea entre guardias de seguridad y jóvenes, uno de los jóvenes es golpeado gravemente en un ojo. Todos los jóvenes afirman que el que golpea es un guardia concreto, al que describen con detalle (ojo, se lo dicen a los guardias civiles que llegan al lugar casi inmediatamente y por separado). Se trata del guardia de seguridad con el que “empieza” la trifulca. Cinco testigos. Sin embargo, tras examinar horas de cámaras de seguridad, descubrimos un plano que dura apenas tres segundos en el que se ve perfectamente el momento de la agresión. El autor es otro. Ni siquiera se parece físicamente. Todos los testigos, espontáneamente, se habían convencido de haber visto algo que no habían visto. Se habían convencido de que el guardia con el que habían discutido, ese que se “había puesto chulo”, era el que había golpeado. Todos habían visto perfectamente el golpe con la porra.

He contado estos dos ejemplos porque son especialmente clarificadores.

El caso es que he leído sobre el tema Farrow no porque crea poder encontrar alguna verdad. Demasiados intereses y demasiado ruido como para pretender algo así. No es un caso claro. Es tremendamente turbio y cuanto más lees más turbio parece.

Por eso me produce esto tanto asco.

La denuncia de los hechos se conoce desde hace veinticinco años. La carta de Dylan Farrow es de 2014. Los libros publicados (a favor y en contra), las respuestas de Allen, las reflexiones de Moses, las historias (muchas de ellas trágicas) de los otros hijos. La dura (contra Allen) sentencia de custodia, la reprobación verbal del comportamiento del fiscal, que pese a no acusar, habló de la existencia de causa probable (y le remitió esa opinión al juez que iba a decidir sobre la custodia). Se conocen las declaraciones de Soon-Yi Previn (madre, junto con Allen, de dos hijos adoptivos: con adopciones autorizadas tras todos estos hechos).

Yo no sé por qué todos esos actores y actrices van a saber del asunto más que los que han investigado sobre el tema. Tanto como para tener una opinión sobre lo que realmente sucedió. Pero, al menos, si iban a tenerla, deberían haberla tenido desde hace muchos años, porque no hay nada nuevo.

Perdón. Me equivoco. Sí hay algo nuevo. La tribu ha iniciado una cruzada y se va a llevar por delante a los hijos de puta, a los grises, y a los inocentes. Porque Dios, el Dios de la puta fama, ya distinguirá después de su muerte (física o civil).

Los concernidos “artistas” de Hollywood, con sus maravillosos trajes y vestidos negros, han decidido, ahora, creer a Dylan Farrow. Y emocionarse mucho. Y donar dinero. Y no coger el teléfono cuando llame Allen.

Normal: si no te sumas a la multitud que lincha, a lo mejor te conviertes en su objetivo. Tanto, que los medios se están llenado de autocríticas.

Menuda panda de cobardes de mierda. Antes y ahora.

Ahora sí usa palabras

 

Lo que me parece más asombroso de la denuncia de “Grace” contra Aziz Anzari se resume muy bien en este artículo.

Me explicaré: hay un montón de gente hablando de algo que no presenciaron; haciendo comentarios sobre si fueron equívocos o inequívocos determinados “signos” verbales y no verbales, cuando solo saben de ellos a través de dos versiones diferentes, una dada por un actor muy conocido, otra por una denunciante anónima en internet; planteando incluso si la actividad sexual que se describe en ese escrito anónimo fue una agresión o una coacción, cuando ni siquiera sabemos si la versión subjetiva de la denunciante sería admitida por un jurado de doce hombres y mujeres justos que hubiesen presenciado toda la escena en una esquina del apartamento, bien formales ellos, y accediendo a todas las pruebas (incluidos los pensamientos de él y de ella).

Todo esto es, como digo, asombroso. Más aún lo es el cansino y estúpido rollo sobre el lenguaje no verbal y lo que los hombres pueden entender o no cuando hablamos de algo tan importante como la libertad sexual. Atentar contra la libertad es una cosa muy seria. Tanto que se considera delito en muchas de sus formas (lo son las coacciones, la detención ilegal, el abuso, la violación). Hacemos a menudo cosas que quizás no nos interesan o incluso nos dan asco por muchas razones. Puede que me repugne esa cena con mi suegra o reír los chistes del jefe o incluso que mi esposa me dé repelús, pero a lo mejor sopeso lo que pierdo si soy sincero y decido hacer cosas que no son divertidas. Sí, no es tan raro tragar sapos durante todo el puto día y durante años. Pero si lo hago, no es serio que sostenga después que mi suegra, mi jefe o mi esposa me tienen secuestrado o coaccionado. Lo hago porque quiero. Porque me conviene de alguna forma, a lo mejor cobarde y oscura.

Y si pretendes que no quieres, el asco que puedas sentir no es suficiente. Es preciso demostrar que el otro sabía que tú no querías y aun así te obligó a hacerlo. Te obligó usando la violencia o amenazándote con un mal injusto. Y para demostrar que el otro sabía, hay un procedimiento muy sencillo: lo dices. Lo dices inequívoca y seriamente, y evitas cualquier posible ambigüedad. Eso es ser adulto. Y por eso nuestras exigencias se hacen más laxas cuando se trata de menores, o de personas con capacidad reducida.

¿O hemos de pensar que las mujeres son inferiores y no son capaces de decir que no de forma que ese jurado sentado en la esquina afirme sin duda alguna: está claro, no quiere y él lo sabe?

Además, si el consentimiento que vale es el que vale subjetivamente para ellas, que son de Venus, ¿cuánto dura la validez del consentimiento prestado incluso formalmente? Si ella dice sí, y firma el modelo X-28 en presencia de dos testigos, ¿puede revocarlo usando el lenguaje no verbal en medio de una relación sexual?

Por cierto, ¿para follar hay que tener determinado CI? ¿Hay que tener algún título universitario? ¿Puede un imbécil follar sin la asistencia de un representante que complete su capacidad? Lo pregunto porque todos conocemos a gente que difícilmente entiende lo que le dices; imaginad adiestrarla en este mundo ignoto de lo “que está en el aire”.

¿O pretendemos que el asunto del consentimiento se convierta en una forma de la paradoja del gilipollas de Schrödinger?

Ah, ¿el lenguaje no verbal para decir no no es machista? ¿No es una forma de decir que no, sin tener que decirlo para así no contrariar al macho? ¿O es que el mensaje es: chicas no renunciéis a las falsas excusas y al silencio conveniente, porque es un vudú muy poderoso que podéis activar en cualquier momento?

Todo lo anterior, por lo demás, a pesar del tiempo que ya le he dedicado, no es lo más grave de este asunto.

No. Lo más grave es que la discusión se centra en lo que supuestamente sucedió y casi nadie considera la enorme responsabilidad de la denunciante: puedes joder la carrera de un actor, que vive de una imagen pública, contando esta historia en internet. Como no se denuncia que haya delito, parece que no importa que él quede retratado como un cerdo asqueroso. Y como la cuestión se centra en este asunto, que se está convirtiendo en tabú, nadie discutirá tu derecho a dibujarlo así. Anónimamente.

Por lo visto, está muy feo que el actor no entendiera los mensajes de ella, si es que de verdad existieron de forma comprensible para un “buen padre de familia”, pero está muy bien que ella, anónimamente, cuente a gritos meses después un episodio íntimo (no delictivo), con la evidente intención de mostrarle como un puto hipócrita y hacerle daño.

Eso sí: lo que cuenta lo cuenta usando palabras. Porque, claro, así se entiende perfectamente. ¿A que sí?

 

Te vas a reír

 

Esto es divertido:

Lo divertido no es que el New York Times diga exactamente lo contrario:

Though the Catalans were suppressed under the Franco dictatorship, Catalonia today cannot claim to be colonized or oppressed. The region has one of the highest standards of living in Europe along with considerable political and cultural autonomy.

[Aunque los catalanes fueron reprimidos durante la dictadura franquista, Cataluña, hoy, no puede afirmar encontrarse oprimida o colonizada. La región tiene uno de los más altos niveles de vida de Europa a la vez que una considerable autonomía política y cultural]

Eso no es lo divertido. ¿Quién no lee a veces mal porque quiere leer otra cosa? Somos humanos. Y total, no sería la primera vez que un editorial del New York Times contiene alguna indecencia, alguna mentira, alguna manipulación, alguna demostración de supremacismo buenrrollista.

No, lo divertido es que, de haber leído lo que pone y no lo que quieren que ponga, los autores del artículo de La Vanguardia  nunca habrían titulado “The New York Times afirma que Cataluña no está oprimida ni es una colonia”.

¿A que no?

ACTUALIZACIÓN 🙂

Las pruebas, esa cosa machista

 

En el mismo periódico (llamémoslo así) en el que se publica el artículo vomitivo que comento en la entrada anterior, se ha publicado esto de Lidia Falcón, licenciada en Derecho y candidata a inquisidor.

Les voy a mostrar solo algunas perlas:

Se ha filtrado el borrador del Pacto de Estado Contra la Violencia de Género (como le llaman) (…)  No he leído las 70 u 80 páginas que llenan las 200 medidas, porque me parece que a mi edad no me lo merezco. (…) Pero tampoco las leerán los fiscales ni los jueces ni los policías ni las asistentes sociales ni los psicólogos ni los forenses a los que conciernen, porque eso es ilegible.

La señora Falcón sabe que algo que no ha leído es ilegible.

Como también que ahora se enterarán de que una mujer es víctima de maltrato sin necesidad de que vaya a la policía a denunciar, cosa que por lo visto hasta hoy no sucedía. Porque ¡tantas técnicas de igualdad, asistentes sociales, policías municipales, médicos, forenses, psiquiatras, y otros profesionales ad hoc, que pagamos, eran incapaces de saber que la mujer que acudía a su consulta con un ojo morado o un brazo roto no se había dado un golpe con una puerta o caído por la escalera!.

La señora Falcón ignora u oculta que todos esos funcionarios que menciona están obligados a dar parte al juez si observan indicios en la comisión de delitos (por ejemplo, porque una mujer presenta lesiones), y que de lo que se está hablando es de qué requisitos se han de cumplir para acreditar la posible existencia de una situación de maltrato a los exclusivos efectos de acceder a determinadas ayudas y servicios.

Todavía ni siquiera se han puesto de acuerdo en retirar el régimen de visitas, la custodia y la patria potestad de los desgraciados menores sometidos al poder omnímodo de machos maltratadores, violadores y asesinos, porque se deben seguir preservando los privilegios del patriarca.

“Machos maltratadores, violadores y asesinos”. Moderada, la articulista en el uso de las conjunciones copulativas.

Me repito, ¿era necesario escribir 200 párrafos de mala literatura para describir las desgracias de las mujeres …

Veremos enseguida que no es necesario. Que estos que están…

… fingiendo que se preocupaban mucho de la situación de la mujer y de la infancia.

… no se preocupan de los datos que maneja la señora Falcón con tanta soltura. Datos conforme a los cuales en los últimos siete meses, en España, se ha “… maltratado a millones  …” de mujeres porque “... cálculos internacionales...” afirman que solo denuncia el 10% de las víctimas reales. Naturalmente, todos sabemos quiénes son los culpables: la OTAN, el Ejército, los bancos, la Iglesia católica, las grandes corporaciones que significan “el mercado” y las Casas Reales, porque …

“… el Estado es un eufemismo que encubre a los partidos que gobiernan, y que como decía Marx [ese gran feminista], es el consejo de administración de El Capital.”

Ya sabemos que El Capital usa  una “maraña de legalismos y constitucionalismos“, pero es aún peor en el caso de la violencia contra la mujer, porque hacer lo correcto sería barato. Sí:

“… disponer de una ley que obligue al acusado a demostrar su inocencia y exonere a la víctima de aportar las pruebas, que ordene la detención y prisión de los maltratadores y los obligue a cumplir íntegras las penas, no cuesta dinero, no pone en dificultades al Capitalismo y apenas le da una patada al Patriarcado.”

Lo han leído bien: una ley que obligue al acusado a demostrar su inocencia. Quizás con una ordalía: echamos al puto machista de mierda al agua con unos pesos atados a las piernas y si flota es inocente.

No, no crean que se ha equivocado la articulista y ha escrito inocencia donde quería poner culpabilidad:

Como tampoco están dispuestos, ni dispuestas, a introducir la inversión de la carga de la prueba, no vaya a ser que los buenos y pobrecitos hombres sean acusados falsamente por las malvadas mujeres.

Los “buenos y pobrecitos”. Estupenda ironía: ya sabemos que todos los hombres acusados son culpables. Lo que me pregunto es cómo Falcón, tan generosa ella, admite que demuestren su inocencia. ¡Es imposible que ningún hombre sea inocente! ¡Es imposible que ninguna mujer acuse en falso! Nada de invertir la carga de la prueba: ahorremos. Que la denuncia se convierta en sentencia.

Y así seguimos. Personas con un discurso tan totalitario publican impune y alegremente. No hay problema: como están en el lado “correcto” de la historia, pueden vomitar una basura así sin pestañear. Total, quien las critique solo será un machista, un violador y un asesino. Algo que va de suyo y que no necesitan demostrar, claro.

 

Si compras esto, estás enfermo

 

Lo más pavoroso de este artículo es que su autor estará convencido de que dice mil verdades. Verdades como puños. Que no es un tarado haciendo comparaciones infamantes, y afirmaciones que demuestran que no tiene ni puta idea sobre responsabilidad y sucesión hereditaria. Sí, seguro que está convencido de que la verdad y la ética hablan por su boca.

Yo, estimado lector, simplemente le exhorto a que, si cree que algo, no ya la tesis principal —si se puede hablar de eso— de este desperdicio publicado en un periódico español, sino cualquiera de las colaterales que va dejando caer su perpetrador, es admisible, realice una profunda reflexión. Quizás esté aún a tiempo de curarse.

Por lo demás, qué joya esto: Lo ha dicho el Instituto Nacional de Estadística: desde el inicio de la presunta crisis económica –por otros llamada fraude– el porcentaje de suicidios en España ha crecido un 20%. Nosotros somos cinco hermanos: me toca uno. ¿Cómo me va a entristecer el suicidio cobarde de Miguel Blesa?

Y no tanto porque la afirmación sea falsa (para hacerla auténtica hay que torturar los datos, usando 2007 como punto de partida de la crisis y terminar en 2014, el año con mayor número de suicidios; si, por ejemplo, usamos 2008 y 2015 —los últimos publicados— el aumento de suicidios entre uno y otro año es de un 4,03% —3457 suicidios en 2008 y 3602 en 2015—), sino porque demuestra cómo razona el articulista. ¿Cómo vamos a tomar en serio nada de lo que opine alguien que afirma que un aumento de un 20% en el número de suicidios en España supone que haya nueve millones más de suicidas?

Y esa, sin embargo, es la menos necia de sus afirmaciones.

 

Madama Espanto

 

Ayer fui al el Teatro Real, en teoría a ver y escuchar Madama Butterfly. Un horror infame. Dinero tirado. Además, un niño joputa de nacionalidad francesa estuvo dando por saco todo el rato. Pero no puedo desechar la posibilidad de que el infante solo estuviese defendiéndose de la agresión. Ante una legítima defensa de libro, uno se queda sin argumentos.

Me voy a consolar con música enlatada. Al menos, esto sí es música.

 

Entremeses

 

De esto de Espada, me ha hecho mucha gracia la frase: Leer está al alcance de cualquiera, y leer reseñas y contraportadas, específicamente, al alcance de la izquierda española. (Sobre la derecha nada debe decirse porque está claro que la derecha no lee, y cuando lee es que lee de verdad).

Por lo demás, el discurso de Fernández es correcto. Si a algunos les parece brillante sospecho que es por comparación. Esto explica alguna reacción airada que he visto contra el discurso, por lo demás tan moderado y crepuscular. Espada da en la diana: ¿se imaginan algo similar producido por Pedro Sánchez? Solo menciono al líder del PSOE porque Fernández es algo así como su antecesor.

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Racional, prudente y didáctico, Ignacio Gomá: aquí.

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El artículo 155 debería haberse utilizado ya. Hace al menos dos años que se dan sus supuestos de hecho. No se ha utilizado porque los españoles no tienen interiorizado que hay que respetar la ley siempre. Es así de simple. Hemos comprado todos los principios, nos hemos dado la pátina, pero solo nos separa una generación del hambre, como a Clarice Starling y se nota: nuestro bolso es caro, pero los zapatos nos delatan.