¡Aglutinar suena bien!

 

A menudo, cuando me preguntan por el monotema secesionista y «mi solución» alternativa a ese referéndum solo en Cataluña sobre la secesión, suelo negarme a entrar en ese terreno por una razón fácil de entender: entrar en la discusión equivale a admitir que existe un paralelismo entre estar fuera y dentro de la ley. Siempre contesto: cuando plantees un proceso de reforma constitucional que sea, valga la repetición, constitucional, con un texto concreto que pueda discutirse, explicaré por qué me parece un disparate admitir una reforma así (una reforma que abriera el paso a situaciones de soberanía troceada en la que una parte pudiera decidir sobre el futuro del todo). Salvo que sufra una iluminación repentina, un satori. Mientras tanto me mantengo en lo mío: la ley está para cumplirla.

Pero, que el señor Sevilla haya escrito este tuit …

… en el que plantea la cuestión de un nuevo Estatuto catalán que aglutine a «una gran mayoría de catalanes» como medio para resolver el problema frente a un 155 eterno, me permite explicar algunas cosas:

1.- El señor Sevilla, supongo que pensando que su tuit es un enorme éxito de sintetización del meollo, plantea una supuesta alternativa, pero no tengo yo muy claro que se haya dado cuenta de sus términos reales.

Si la alternativa es un proyecto que no existe o que se cumpla le ley, señor Sevilla, ¿qué hay de malo en que haya gente que quiera que se cumpla la ley? Por si no se ha dado cuenta, el artículo 155 es un artículo de una ley en vigor. Como están en vigor la propia Constitución y el propio Estatuto de Autonomía. ¿Tiene el señor Sevilla alguna objeción en que se cumpla el ordenamiento jurídico como opción sensata?

2.- Además, la alternativa es una cáscara vacía. Solo sabemos el nombre de la cáscara: «nuevo» Estatuto. No conocemos el texto que se propone. Y, además, la maravillosa idea se parece un huevo a otra que vimos hace doce años: ¡la solución era aprobar un Estatuto que llegaría al Congreso y en el que no se tocaría una coma! Luego se tocaron comas, se votó, con éxito desigual de crítica y público —yo diría que ni se cubrieron gastos— y se volvió a tocar por el Tribunal Constitucional que, pásmense, hizo el trabajo que le correspondía. En su momento estudié el Estatuto y me pareció un truño, pero como soy tipo de orden lo incluí entre las normas en vigor porque ¡lo estaba! Es lo que tienen la democracia y el proceso legislativo.

Así que sabemos qué dice la Constitución, qué dice el Estatuto, qué dice la Ley de Montes, y el Reglamento de Espectáculos Públicos, pero no sabemos qué dice el «nuevo» Estatuto, pero, como es nuevo ¡es la solución! Me recuerda a esto:

¿Qué nos tiene que atraer de ese «nuevo Estatuto aglutinante»? Pues que tiene un nombre cojonudo. ¡Suena muy bien! No entremos en detalles, es demasiado aburrido. Ya sabemos que no hay nada que pague la sabiduría madura del señor Sevilla.

3.- Por otra parte, el «nuevo Estatuto aglutinante» tiene que aglutinar solo a los catalanes, nos dice el señor Sevilla. Por lo visto, a pesar de que todo el coñazoproceso se refiere a la cuestión de la soberanía, para el señor Sevilla sobre la alternativa ilusionante da igual lo que piensen el resto de los españoles.

Veamos esto: hay catalanes que quieren la secesión. Hay otros que no, que quieren que todo siga igual. Pero también hay catalanes que quieren cambiar lo que hay e incluso devolver competencias al Estado para asegurar que no se adoctrine, se incumpla la ley, etc. No es que yo afirme nada de esto: lo afirman esos catalanes.

Pero estas mismas posiciones existen entre los españoles no catalanes. La cuestión es que el asunto que se plantea nos afecta a todos, con un matiz, al que luego me referiré. Para que la secesión sea posible, hace falta que los españoles estemos de acuerdo. Para que se modifique el diseño del Estado para hacerlo más descentralizado o más federal —lo digo con una mueca, por eso de ser abierto: sigo sin saber qué se propone—, o para hacerlo más centralizado, también hace falta que los españoles estemos de acuerdo (entiéndase: que se obtengan las mayorías constitucionales).

Sin embargo, lo paradójico es que para que siga igual, no hace falta nada. Las normas en vigor siguen en vigor mientras no haya mayorías para cambiarlas. Ese es el matiz. La posición intermedia, la que al señor Sevilla le parece tan mal, es la única que no precisa de mayoría alguna. Yo no voy a un juzgado con un millón de firmas para que se cumpla el Código Penal. Voy con el puto Código Penal. ¿Por qué lo que vale para el Código Penal no vale para la Constitución? 

Vean la falacia del señor Sevilla: para él, las alternativas son cambiar hacia A o permanecer igual. Sin embargo, las alternativas son muchas más: cambiar hacia A, cambiar hacia B o hacia C —sigan— y justo la que no exige requisito alguno, permanecer igual. Además, la solución que estigmatiza: permanecer igual, ya aglutina a un montón de españoles, puesto que reproduce el ordenamiento en vigor. Sí, a lo mejor es como la vieja hipoteca, tan poco atractiva frente al «nuevo Estatuto aglutinante», ese vehículo de inversión estructurada de alta gama, y por eso engaña a algún incauto, pero la vieja hipoteca sigue en vigor mientras no se cambie. Sin embargo, están por ver las ventas del «nuevo Estatuto aglutinante». De momento, parece que fracasa en taquilla.

4.- El tuit del señor Sevilla, además, afirma algo muy peligroso: por lo visto, la alternativa de que se cumpla la ley en vigor —el 155 eterno— es intrínsecamente mala. Cada vez que un grupo numeroso y organizado, pero minoritario, desea obtener algo, los demás hemos de, al menos, movernos en esa dirección. No ya que no podamos endurecer nuestra postura. Por lo visto, ni siquiera es legítimo decir no.

Me gustaría conocer la opinión del señor Sevilla si dos millones de españoles se organizasen para reestablecer la pena de muerte, hicieran manifestaciones, amenazaran con imponerla unilateralmente y colgasen del cuello un poquito a algún asesino múltiple. Y qué pensaría si algunos dijésemos que a esa panda de energúmenos, por muchos millones que fuesen, se les aplicase el Código penal. Y alguien dijera que no, que es un lío, que a ver cómo reaccionan, que son legión, que provocamos incidentes, y que en Huelva incluso son mayoría. Y que alguien afirmase que pena de muerte no, pero que la solución es un «nuevo Código penal aglutinante» que no incluya la pena de muerte, pero sí el encierro de por vida de los criminales en un agujero sin ventilación.

Naturalmente, la gasolina más valiosa que reciben movimientos así la obtienen de los que empiezan a contemplar sus métodos como legítimos y empiezan a admitir el chantaje como forma de negociación política. Digo chantaje, porque eso es lo que se hace cuando uno negocia coaccionando y amenazando al resto con saltarse la ley unilateralmente.

Es el viejo asunto del negocio de la protección.

5.- Termino: el señor Sevilla pregunta. Imagino que le da igual lo que yo, humilde ciudadano piense, pero le contesto: sí, frente al chantaje y al incumplimiento de la ley, lo que yo defiendo es justo eso, su cumplimiento eterno. También defiendo el cumplimiento eterno de la ley frente a los asesinos, los violadores, los ladrones y los corruptos.

Paradójicamente —y esta es su última falacia— las dos alternativas del tuit tampoco existen: si se aprueba un «nuevo Estatuto aglutinante» el 155 seguirá existiendo y quizás tenga que aplicarse. Su «solución» no es una solución, solo es un falso dilema expuesto para hacer creer que hay dos posiciones enfrentadas y un grupo de personas moderadas en el centro. Él entre ellas, por supuesto.

Ya ven, un «vehículo de alta gama» para el engaño masivo. Una vez más.

 

Anuncios

Lo que el Congreso te dio el Congreso te lo puede quitar y otras pequeñas cosas

 

Hoy El Mundo no está acertado en su editorial. Comparar a Sánchez con Orbán o Maduro y acusarlo de rebajar la calidad democrática «hasta niveles desconocidos» no se compadece con los hechos, por más que este Gobierno publirreportaje tenga un problema muy serio de forma y sustancia: quiere ser, pero no es, y por eso no puede echar a andar.

Lo primero que se puede reprochar a Sánchez es su hipocresía. Venía a salvarnos de la corrupción y convocar elecciones, a regenerar España y sus instituciones y, en el segundo uno, se ha puesto a repartir cargos a toda hostia a amiguetes —como los «corruptos»—, se ha puesto a dictar decretosleyes como si no hubiera un mañana —sí, los «corruptos» también lo hacían—, ha hecho muchas fotos de inmigrantes provocando lágrimas de amor para poco después echarlos en veinticuatro horas —esto los «corruptos» lo hacían al revés: primero echaban a los inmigrantes y ahora se hacen fotos con ellos— y, en suma , parecen dispuestos a comerse los batracios que sean necesarios —en el asunto catalán, los sapos parecen elefantes— para aguantar un poco más en el poder, hasta que no quede más remedio que convocar elecciones porque sea lo mejor para España (sí, esto es irónico).

NOTA: los de antes (y el propio PSOE con mayoría parlamentaria es «uno de antes») usaban el decretoley mal por simple soberbia: los técnicos del ministerio de turno no iban a esperar a los lerdos del parlamento (ese sitio al que no iban necesariamente los más capaces) para aprobar esa medida tan molowny. Así que se inventaban una urgencia o una necesidad inexistente en términos constitucionales para hacer lo que les daba la gana, a veces incluso dejando para el reglamento de turno lo mollar (sí, con un par), que ya vendrían después los lacayos del parlamento a decir sí bwana. Los de hoy no usan el decretoley por soberbia, sino por necesidad urgente: eso sí, la necesidad urgente no es de los ciudadanos, sino de ellos, que necesitan urgentemente seguir gobernando. Por eso estos han llegado a modificar ni más ni menos que el Código Civil de esta forma, y parece que van a ponerse amarillos y colorados al mismo tiempo aprobando un decretoley groseramente inconstitucional en el tema óseo. Pero, seamos sinceros, unos y otros se mean y han meado en el régimen constitucional.

Todo lo anterior es así. Pero el control independiente por el Congreso y el Senado de los objetivos de estabilidad presupuestaria y de deuda pública —que establece la Ley Orgánica 2/2012, de 27 de abril, de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera— no se encuentra en la Constitución. Fue en última instancia el Congreso de los Diputados el que le dio carta blanca, ya que se fijó por ley orgánica. Para que quede claro, si el Senado se hubiera opuesto entonces a asumir esa competencia votando que no a esa ley, el Congreso podría haberlo aprobado de todas formas. Y podía haber aprobado otro sistema: por ejemplo, el más habitual, en el que el Congreso suele tener una última palabra en caso de discrepancia entre las cámaras. Naturalmente, lo de Adriana Lastra es de traca (minuto 4’10” en adelante): la soberanía nacional no reside en el Congreso, sino en el pueblo español, y el Congreso y el Senado representan al pueblo español.

NOTA 2: no sé si Lastra es una ignorante o una trilera. Pero, por favor, la urgencia de la que habla la Constitución no es la urgencia del diccionario. Ya está bien de soltar trolas y engañar a la gente. Lleva el Tribunal Constitucional décadas explicando qué es extraordinaria y urgente necesidad a efectos constitucionales, y esos requisitos no se cumplen ni de broma en el caso del Valle.

El Gobierno de Sánchez es un desastre, pero es constitucional. Sánchez no es un ocupa ni un presidente ilegítimo. Y la reforma de una ley orgánica por el trámite previsto en la Constitución para suprimir ese «veto» del Senado ni es inconstitucional ni supone una deriva autoritaria ni implica limitar los contrapoderes democráticos. Véase que el Congreso tiene la última palabra, por ejemplo, a la hora de reformar el Código penal, algo mucho más grave y con consecuencias mucho más peligrosas e intensas en la libertad ciudadana que el techo de gasto. ¿O es que España no es una democracia?

ACTUALIZACIÓN / NOTA 3: Leo el proyecto. Lo único que no me gusta de la exposición de motivos es el apartado I, que viene a decir que lo que hay incumple con los objetivos de la ley y del mandato constitucional. No, no es verdad. Lo que hay atribuye al Senado una capacidad legítima, creando no tanto un problema de bloqueo, como se afirma, sino una situación de mayor control por el legislativo en conjunto (algo que sucede, por ejemplo, con la reforma constitucional). Era, en suma, una opción. Ahora se pretende aprobar otra opción, igualmente legítima y quizás más natural en nuestro sistema constitucional. Pero, dicho esto, el resto es perfectamente razonable. No hay, en ese proyecto, nada inconstitucional ni con olor a deriva autoritaria. Así que me reafirmo en todo lo anterior.

* * * * *

Otra pequeña cosa. Valoro mucho la honestidad intelectual. Llevo unos días leyendo ciertos «argumentos» a algunas personas comprometidas con o simpatizantes del Gobierno Sánchez que dan auténtica lástima. Como valoro su inteligencia y preparación, solo me queda pensar que esos vómitos indignos solo pueden obedecer a la defensa de la causa. El reflejo de la honestidad intelectual —el respeto por tu razón— se pierde con enorme facilidad y luego es muy difícil recuperarlo. Cuando ya no se presume —por alguien leal, no por los sectarios, que siempre te van a tratar a hostias— has perdido algo muy valioso, la condición de interlocutor. Yo lo digo, por si a alguien le resulta de utilidad.

 

Ya ves, defender que se cumpla la Constitución es ser un franquista.

 

Lo de los huesos de Franco y el Real Decreto-Ley empieza a ser francamente gracioso. Para explicar a qué me refiero voy a poner un ejemplo (que me perdone el aludido, del que tengo muy buena opinión, pero le ha tocado). Vean:

La estructura profunda del tuit es esta: cuando una causa es «justa» da igual la forma en que la promueves. Y si te quejas de las formas es que te gusta el mal.

Es esa. No otra. Seguramente su autor se defenderá diciendo que no, pero es esa. Se defenderá porque es seguro que no quiere decir que los secesionistas catalanes puedan declarar la secesión saliendo a un balcón y saltándose la ley, ni que esté bien meter en la cárcel a los de «la manada» sin juicio. Fíjense que seguro que piensa que estaría mal que Pedro Sánchez fuese con un pico y una pala a la basílica del Valle de los Caídos y sacase personalmente los huesos de Franco entregándoselos a sus familiares. Sin embargo, esto último sería menos grave, en mi opinión, que lo del Real Decreto-Ley. Porque esa norma, manifiestamente inconstitucional, es la forma de impedir a los familiares del muerto ir a una comisaría y denunciar a Sánchez. Hay más abuso de poder en sostener que se puede usar un instrumento jurídico cuando no se dan manifiestamente sus presupuestos habilitantes que en ir a cavar. Porque el Decreto-Ley no puede ser recurrido por la familia (es decir, por los ciudadanos), y porque el Gobierno usa el martillo de Thor y luego juega a que los partidos, siempre tan preocupados por el qué dirán los electores, traguen. Y si no tragan y recurren, entonces se dirá: es que Franco fue muy malo. Sí, lo que dice Roger Senserrich.

Tan obvio es esto, que veo a mucha gente que está en contra de esta arbitrariedad del Gobierno de Sánchez, añadir inmediatamente que está a favor de que se exhume a Franco. No sea que los confundan con un facha.

Eso es lo asquerosamente cachondo del tema. Nadie tiene cojones de decir: yo no voto sí a un Real Decreto-Ley tan groseramente inconstitucional ni de coña. Y no voy a decir más, me llamen lo que me llamen. Y si me llamas franquista te puedes ir yendo a tomar por culo.

Por eso soy tan pesimista. Lo he dicho mil veces. Cuando llega la hora de la verdad, que es la hora en la que algo que nos gusta mucho se hace mal, solo dos o tres aguantan el tirón de decir no. Los demás dejan de defender esas cosas que dicen defender y encima acusan a los demás de hacer malabarismos cuando los que hacen malabarismos, unos malabarismos alucinantes, son ellos.

Manda huevos.

Injusticia poética

 

Él 17 años. Ella 37. Ella fue su madre en una película. Se ven. Anuncian el encuentro en redes sociales. Publican fotografías. Pero no publican todas. Él cuenta años después que tuvieron relaciones sexuales en un lugar en el que el consentimiento para mantener relaciones sexuales solo es admisible a partir de los 18 años. Hay fotografías de ambos desnudos en la cama de un hotel.

Él, en 2014, se embarca en un pleito contra su madre y su padrastro. Afirma que le han estafado una parte de sus ganancias. En 2014, justo cuando alcanza la mayoría de edad. A partir de 2013 empieza a ganar menos dinero. Tampoco sabemos exactamente cuándo. Nos dice la noticia que los cinco años anteriores a 2013 había ganado 2,7 millones de dólares (540.000 dólares de media), pero que han disminuido a 60.000 dólares al año. Pero no sabemos si esos 60.000 dólares son una media de los últimos cinco años antes de 2018 o un resultado final (en la fecha en la que se denuncian los hechos). Un artista infantil al cumplir 17 años empieza a ganar menos dinero. Él lo atribuye, cuando ya tiene 22 años, al encuentro sexual con ella. No al pleito contra su madre estafadora. Tampoco a la biología o al gusto del público, implacable aquella, voluble este.

En 2017, ella denuncia que un tipo muy poderoso la agredió sexualmente casi veinte años atrás. Su denuncia incluye datos aparentemente extraños, con relaciones sexuales posteriores consentidas. La denuncia se enmarca, sin embargo, en una ristra de acusaciones formuladas por muchas mujeres. Las denuncias muestran un patrón y el denunciado las admite parcialmente. Lleva décadas —se dice— haciendo algo que era conocido en un mundo que cultiva los buenos sentimientos, la igualdad, el progresismo, la lucha contra los peores ismos. Un mundo en el que se mueve mucha pasta y en el que montones de personas comprometidas se han callado y han tapado, durante décadas, las supuestas andanzas criminales de un sujeto abominable —ahora—. Un mundo que vende la cáscara y que, por eso, se apunta a lo que vende. Esa es la parte mágica: no se trata de autocrítica, sino de ventas. Y son especialistas en vender incluso su mierda abstracta. Los mismos tipos que daban abrazos al productor repugnante ahora lo señalan con el dedo. Qué importa que caigan algunos; ya sabemos que en otro par de décadas ganarán dinero rehabilitando a los premiados. Además, también sabemos que una característica del consumo en masa es la producción industrial de aquello que se vende. Desaparecen los matices y las circunstancias del caso. Si hay que vender un malo a cientos de millones de consumidores, un malo de superproducción, hay que dejarse de complejidades que dan dolor de cabeza. El agresor poderoso denunciado por decenas de mujeres por actos delictivos es igual al actor que hace cuarenta años quizás dijo lo que no debía. Quizás. Y además se incentivan los recuerdos interesados —dinero, venganza— cuando no la pura invención. Si basta con contar y no hay que demostrar, ¿por qué pararnos en contar lo sucedido, y no dar un paso más y fabular?

El ya no tan joven actor, ahora de 22 años, la ve denunciando un acoso sucedido hace décadas. Tiene pruebas de que ella estaba desnuda con él en una cama de hotel cuando él tenía 17 años. Ya no gana tanta pasta. Incluso recuerda que tras follar con ella —tras prácticamente verse forzado a follar con ella— se sintió mal. Sí, es verdad que un mes más tarde le manda un mensaje en el que le dice «te echo de menos, mamá», pero ¿acaso ella no tuvo relaciones sexuales con el productor después de que este la agrediese sexualmente? Afirma que ese encuentro le afectó tanto que su carrera se ha ido a pique y el abogado pide 3,5 millones de dólares. Ella paga 380.000 para cerrar el asunto.

Se filtra misteriosamente y ella ya no tiene salvación. Todo la condena. El acuerdo, las fotografías, la edad de él, su papel en la denuncia contra el productor, la diferencia de edad. Cada argumento que ella pudiera utilizar será como un bumerán. ¿Cómo argüir que el acuerdo solo pretendía evitar el daño publicitario en una época con tantos actores y directores con carreras arruinadas? ¿Cómo poner en duda la denuncia por los mensajes posteriores, por el tiempo transcurrido, por la posible búsqueda de pasta ahora que las vacas son tan flacas, cuando esos argumentos ya no sirven una mierda cuando él es ella y ella es él? ¿Cómo hablar de complejidades cuando los antaño fieles de la iglesia de Woody Allen, los que se pegaban de hostias por conseguir un papel en una de sus pelis, ahora se las comen —las complejidades— y las cagan expulsando ese «yo sí te creo» como si importase una mierda lo que pueda creer ese cobarde al que no puedes dar la espalda sin peligro?

Así están las cosas. Los que creen que el acoso y el abuso son cosas de «feminazis» salivarán con esta historia. Y los que se han apuntado a la caza de brujas, que Dios distinguirá, la despreciarán —qué otra cosa pueden hacer—, expulsándola del paraíso de la fama y la causa.

Yo, que creo que una persona de 17 años puede follar con otra de 37 sin que eso implique abuso de ningún tipo y que veo flotando alrededor del caso los sospechosos habituales, seguiré pensando que el productor es un cerdo, que posiblemente sea un criminal, que su hábitat está lleno de mierda —reluciente—, por mucho que ahora la mierda grite que aquí se juega y que no tengo ninguna razón, por el momento, para colocar a Asia Argento en el lugar de aquel. Tampoco a otros que ya no hacen ni anuncios de televisión.

Es lo que tiene ser, en ciertos asuntos, más papista que el papa.

 

Quiero que el voto de los españoles valga lo mismo, salvo el tuyo secesionista de mierda

 

Ciudadanos vuelve a sacar a relucir la cosa esa del sistema electoral. ¿Para qué? Para hacer populismo. Yo no sé nada de estrategia electoral, así que no me voy a poner a elucubrar si todos sus vaivenes les van a servir o no. Me parece obvio que llevan un año intentando hacerse con el voto del PP y, a la vez, intentando mantener cierto voto urbano, de centro, moderado, que se le suponía. Esto les está llevando a convertirse en una especie de monstruo de Frankenstein, nada nuevo por otro lado. El PP y el PSOE lo fueron. En el PP te podías encontrar a franquistas recalcitrantes y a liberales engominaos, a contrarios a la legalización del aborto y a partidarios del matrimonio homosexual, e incluso podías encontrarte con algún tuno; en el PSOE, especularmente, la cosa era por el estilo, solo que el tuno cantaba l’estaca. Lo interesante es que los partidos dinosaurio/contenedor terminaron acogiendo a mucha gente por una cuestión termodinámica. No creo que existiese una estrategia en plan jugada maestra a largo plazo. Los nuevos partidos —Podemos y Cs, en concreto— ya contaban con los análisis y los estudios sesudos, y decidieron jugar a todas las bandas. La mejor manera de ganar es infiltrar a tus jugadores en todos los equipos. Lo de Podemos fue clarísimo desde el mismo día de su nacimiento. De hecho, todos sus dirigentes lo venían explicando, con pizarra incluida, desde años atrás, y solo han perdido fuelle por el peso de la realidad en forma de sueldos, chaletes y papadas. Lo de Ciudadanos parecía más complicado, puesto que vendían una imagen tecnocrática, europeísta y dinámica, pero se han puesto a ello con el entusiasmo del converso, en cuanto han podido.

Una característica típica de este comportamiento es la diarrea programática flexible, que permite el anuncio constante de medidas sueltas que «molan». A ver si la lluvia fina y esas cosas. Se caracteriza por no exponer lo que podríamos llamar planes completos, sino solo las partes que pueden regalar un titular. Se vio con el tema de la prisión permanente revisable y con el asunto de los aforamientos. A veces ni eso hace falta, basta solo con el envoltorio, siempre que tenga vivos colores: por ejemplo, los colores de la bandera española y la sonrisa de la cantante famosa que llora porque suspiros de España. Se está viendo de nuevo con la última chorrada que se acaban de sacar de la manga: el mínimo nacional del 3% para tener representación en un futuro Congreso de los Diputados.

Todo está mal en cómo se hace la propuesta. No se puede hablar en serio de un sistema electoral así. Mencionando uno de sus elementos y, ni siquiera, el más importante. Porque para valorarlo necesitamos el resto. Un sistema electoral solo es analizable en conjunto por comparación a otro completo. Por otra parte, ya sabemos que un sistema así incentivaría coaliciones electorales para superar los mínimos. Además, ¿cómo se puede defender a la vez que se pretende que el voto de los españoles valga lo mismo, algo a lo que solo puede tenderse como desiderátum con un sistema proporcional sin umbrales y, sin embargo, plantear umbrales de representación? Los de Ciudadanos —antes los de UPyD— llevan años dando una paliza infame con el hecho de que sus votos «se perdiesen» y ahora quieren que »se pierdan» los votos de los demás. Porque todo el mundo sabe que los partidos locales (nacionalistas o no) no están sobrerrepresentados en el Congreso. Todos sabemos que la proporcionalidad se despeña en las provincias con poca población que escogen pocos escaños. Es decir, esos lugares en los que el PP y el PSOE obtenían más votos. Lo curioso es que estos últimos meses, cuando las encuestas empezaban a considerar a Ciudadanos como partido más votado, no escuchábamos la matraca que ha vuelto ahora que hay que cambiar el pie al idilio con el PSOE —de algunos—. Pero no ha vuelto de cualquier manera —ya no es el PPSOE el que roba los votos—, ha vuelto con la intención manifiesta de joder a los partidos nacionalistas, malos de película. Vaya, por lo visto los votos de los españoles tienen que valer lo mismo, salvo que seas votante del PNV o de ERC. Es la rehostia; parecen empeñados en convencerlos más todavía de que no son españoles. Como si no fuesen las mierdecillas de los partidos mayoritarios —en esto el PSOE es campeón del mundo— las culpables de la influencia de los partidos nacionalistas durante años y no que el PNV tenga cinco diputados entre trescientos cincuenta.

Gritan por una mayor igualdad a la vez que se empeñan en introducir umbrales porque no quieren que todos los votos valgan igual. Quieren que los votos de los nacionalistas valgan menos.

Quien me haya leído sabe que mi sistema preferido es el mayoritario con distritos uninominales. Con él no hacen falta umbrales: el que gana se lo lleva todo. Y se podrían diseñar cuatrocientos distritos en España con población similar. Porque, por cierto, eso de que el Congreso no es una cámara de representación territorial es una gilipollez como un piano. Parece como si en el Congreso solo se discutieran las formas ideales platónicas, las declaraciones de guerra o la política internacional. Bueno, ni siquiera estos ejemplos locos valen, porque toda la política de un Estado tiene una relación con los ciudadanos de ese Estado. No hay una política española en abstracto; las políticas deberían buscar equilibrios porque un sistema sano está lleno de intereses materiales en conflicto y de formas diferentes de enfrentarse a los mismos problemas. Incluso declarar la guerra puede afectar más a los ciudadanos que viven en una parte de su territorio (de hecho, así era tradicionalmente). Es perfectamente racional que un diputado de Guadalajara vele por los intereses de sus votantes. Incluso que lo haga defendiendo políticas de inversión en otro lugar si sus votantes lo creen bueno para España —sí, el votante también puede tener una visión no local en ciertos asuntos—. Y es normal que un diputado de izquierdas de Cádiz pueda tener una visión diferente sobre una reforma laboral de aquel de su misma orientación ideológica de Madrid. Porque la estructura económica y social en uno y otro sitio es diferente. Véase que hablo de algo que podría considerarse «general», imaginen si se trata de decidir si hay que hacer un AVE o una autopista. Creo que esta es una posición legítima. Naturalmente con esta posición, el PNV o ERC seguirían teniendo un porrón de escaños; quizás más.

Alguien puede oponer a ese sistema que prefiero uno proporcional con circunscripción nacional porque todos somos iguales y solo veo españoles por la calle. Pero, en tal caso, ¿por qué umbrales? Desde luego no para que los votos valgan lo mismo. En realidad, los umbrales solo se justifican como una forma de garantizar la estabilidad. Es decir, para expulsar a los partidos pequeños del sistema, de forma que no molesten y no haya cámaras gallinero. No es que me parezca mal —en un sistema mayoritario lo habitual es que un porcentaje muy grande de electores se quede sin representación—, lo que me parece mal es que se haga no en términos abstractos, sino como respuesta a un problema político concreto: la existencia de fuertes corrientes secesionistas en algunas zonas de España. Es decir, que se diseñe como sistema electoral ad hoc para castigar a ciertas siglas. Sabiendo, además, que no conseguirá probablemente su objetivo —no solo por la existencia de incentivos, como en las europeas, sino porque exacerbaría el sistema autonómico como reducto de la “nacionalidad” frente a un “golpe” centralizador— , que será contraproducente a largo plazo y que solo tiene utilidad —en su caso— como reclamo electoral para el partido que lo propone. Es justo el camino contrario al que utilizaría un partido moderno, liberal y basado en soluciones racionales.

En fin, que no hay manera.

Todo imagen. Todo simplificación interesada. Por eso no es raro que haya más periodistas en Valencia que inmigrantes en el Aquarius o que vuelvan a ser titular los huesos de Franco. Porque estamos en campaña permanente. En una campaña tosca, vocinglera y sentimental.

El único consuelo es que al menos no hemos escuchado a un dirigente español decir esto:

Y eso que yo creo que el tipo lo dice en broma. En broma, pero en serio.

 

El generador de gilipolleces secesionistas

 

De aquí, leo esto:

«Los hechos que se relacionarán en el cuerpo del presente escrito constituyen, además, una forma de proceder que no ha pasado inadvertida a una parte significativa de la ciudadanía, generando un estado de opinión consolidado favorable a la constatación de una sistemática y reiterada infracción de los principios de objetividad y de imparcialidad que les es debida a los magistrados denunciados, llamados a instruir, y en su caso a enjuiciar, un procedimiento judicial con evidente repercusión y raigambre política.»

Léanlo y analicen la frase: unos hechos son una forma de proceder que no pasa inadvertida a unos a los que les genera un estado de opinión consolidado favorable a la constatación de una sistemática y reiterada infracción de la objetividad y la imparcialidad.

Me he empezado a descojonar y no he podido seguir leyendo. Me comprometo a volver a intentarlo en unos días.

 

Retahíla leguleya y gris

 

El magistrado Llarena ha decidido denegar la petición de libertad de Forcadell, Junqueras y Romeva. En ese mismo auto ha decidido dejar sin efecto las medidas acordadas a determinadas personas inicialmente investigadas por rebelión, y hoy solo procesadas por desobediencia: son Anna Simó, Lluís María Corominas, Lluís Guinó y Ramona Barrufet.

Y en ese mismo auto ha dejado claro que no es él quien tiene que decidir en qué centro penitenciario han de estar los procesados en prisión preventiva. Y tiene razón. Lo extraordinario es que el ministro del Interior, juez de profesión, había dicho hoy mismo justo lo contrario (minutos 12′ en adelante). Y ha sido magistrado de la Audiencia Nacional. Ojo, no hablo de que la administración tenga en cuenta el criterio del juez y cuestiones prácticas: lo que dice el ministro es que es el juez el que tiene la competencia.

Por último, también hoy, Llarena ha inadmitido a limine la recusación trucha. La resolución es irreprochable.

******

Se veía venir. A esta mujer la han usado y la han tirado. Ella es responsable, por supuesto. Es adulta. Pero es terrible cómo va a pagar por ser la bandera de un montón de indocumentados irresponsables.

Lo del letrado, un esperpento.

******

Esto es maravilloso.

El periódico que ha recuperado el norte ético para tantos en manos de una directora intachable, titulando en forma de trabalenguas.

Titulando para no titular como habría titulado cualquiera: «el ministro de Agricultura está imputado».

Titulando con el que tendría que haber sido el titular de la segunda noticia: las explicaciones del ministro.

La elipsis es la prueba del nueve. El País sigue igual. Por supuesto. Solo ha cambiado lo accesorio, aunque lo accesorio guste a tantos a los que no les importa la verdad y solo suspiren porque la propaganda vaya en la dirección adecuada.

 

Así somos los creadores, libres e ingenuos

 

Este artículo es indecente.

Quien lo afirma fue ministra de un Gobierno que gobernó hasta finales de 2011. Las normas que se han aplicado a los que han utilizado este tipo de sociedades (gente de la cultura o de la incultura) estaban ya aprobadas. De hecho se aprobaron durante los gobiernos de Zapatero.

Esos mismos gobiernos podrían haber aprobado reglas especiales para los que tienen problemas de «estabilidad» en sus ingresos más allá de las que existen sobre rendimientos irregulares, pero no se hizo porque ese es un problema muy jodido y afecta mucho a otra «estabilidad», la de las cuentas públicas. La cuestión es que la señora González-Sinde sufre por la inestabilidad de los ingresos de actores, artistas y escritores, pero parece no tener ni puta idea de los problemas de estabilidad en los ingresos de otros millones de autonómos. Yo también, como muchos abogados, puedo tener un año cojonudo y otro de mierda; de hecho, mejor no preguntemos qué ha sucedido en nuestro sector durante la crisis. Y no le quiero decir de otro tipo de profesionales: que pregunte a los arquitectos o a los periodistas.

Si hubiera planteado la cuestión en términos más generales y objetivos, a lo mejor merecería que la escuchásemos, pero es que escribe esto:

(…) le ha ocurrido a cientos, miles de personas en estos últimos años, especialmente gente de la cultura.

¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que ha sido especialmente a ellos?

(…) y no había ministro de Cultura para defenderlos.

¿Que da a entender, que cuando ella era ministra de cultura dio órdenes para que los inspectores dejasen en paz a sus amiguitos y se centrasen en los demás?

La gente callaba por miedo, sí, sencillamente por temor a que las garras de Hacienda se hincaran todavía más en su carne. Yo misma tengo miedo mientras escribo estas líneas. ¿Y si por hablar mañana me toca a mí?

Estas líneas son asombrosas: parecen provenir de un ancap con cuenta en bitcoins. «Las garras de Hacienda» como imagen literaria no es muy buena, lo del miedo es simplemente repugnante. ¿Miedo de qué? ¿Qué anda haciendo usted si puede saberse?

Constituir una sociedad con la que facturar por los trabajos fue la alternativa de muchos para tener un tratamiento fiscal más favorable y poder ahorrar en los tiempos de vacas gordas, para vivir en los de vacas flacas. Eso no es defraudar ni engañar. Es tributar en un régimen o en otro, pero tributar.

Por lo visto, solo los socios del Club de la Cultura tienen derecho a decidir qué es defraudar o engañar, qué es cumplir la ley, porque se trata de ahorrar. De ahorrar para hacer el futuro, no como esos capitalistas de mierda que solo quieren amasar dinero para comer niños del tercer mundo entre risotadas. Es tributar, dice. Como si Urdangarín o Messi no hubieran tributado.

Ya sé que hoy los matices no importan, que lo que cuentan son los titulares,

Habla de matices la que suelta este grumo apestoso y clasista, a ver si cuela.

Es terriblemente duro, es tristísimo comprobar una vez más que en España pertenecer al sector cultural se paga muy caro.

Sí, claro. A los del sector de la minería les va de puta madre.

Deprime también pensar que ha triunfado lo que el Partido Popular se propuso desde el “No a la guerra”: propagar la idea entre la ciudadanía de que los artistas somos unos delincuentes que vivimos del cuento.

¡QUE FUISTE MINISTRA! ¡TÁPATE UN POCO!

La persecución fiscal, junto con acciones como penalizarles por cobrar sus pensiones de jubilación, ha desactivado a la gente de la cultura evitando que se organizasen y alzasen la voz contra el Gobierno como habían hecho en el pasado.

Léase: se ha jodido el lobby porque teníamos el armario lleno de cadáveres.

Debilitados moral y económicamente, afectados por la precariedad laboral de la crisis y el posterior estrangulamiento por parte de Hacienda del Ministerio de Cultura que administra sus intereses, ha sido la mejor receta para doblegarlos.

Doblegarlos es que ya no gritan una vez al año en una puta gala. Los de la Comuna de París, al lado de estos revolucionarios eran unos capaos.

Montoro ha vuelto a ganar la batalla contra la cultura sin necesidad de ocupar su despacho del Ministerio. Pero no somos delincuentes, somos trabajadores como cualquiera.

Como ya sabíamos, el PP tiene la culpa incluso cuando no gobierna.

Vaya montón de estiércol.

Otra mala noticia

 

El ministro Huerta ha dimitido.

Lo ha hecho mal, por dos razones.

La primera, porque no ha debido dimitir. No porque no haya cometido ilegalidades como ha mal dicho —que las ha cometido, ya que ilegal es lo que dicen los jueces que lo es (una vez decidió discutir la decisión de los funcionarios de Hacienda)—, sino porque se trata de una ilegalidad concreta que no lo incapacitaba ni legal ni éticamente para ser ministro. Y es muy mala noticia que dé la razón a los que piensan otra cosa. Le ha faltado el valor —o quizás el convencimiento personal— de decir que ser ministro no le obliga a ser buena o mala persona, o a haber sido en el pasado buen o mal ciudadano, a convertirse en un dibujo grotesco.

La segunda, porque ha culpado a la jauría que está contra el PSOE, y se ha puesto a hablar de retroactividades y cazas de brujas contra los que opinaban mal de los otros, de los de enfrente, de los de la derecha, vamos. Y eso es una trola: no existió ninguna retroactividad; no puede ser caza de brujas empezar a aplicar la ley correctamente y acabar con la tolerancia anterior; y la jauría se basa en los estándares a los que han contribuido muchos —más que nadie los de los nuevos partidos, con el ventajismo que da la juventud y que no hayan pisado moquetas hasta hace nada—, entre ellos el tipo que lo nombró. Sí, si quiere ver quién dio abono a la jauría, puede mirar a Sánchez que hace dos días decía que echaría a alguien como Huerta, como si fuese un apestado. Hay que tener cuidado y no caer en el discurso ventajista, aunque, en fin, supongo que es también consecuencia de la situación en la que se ve, injusta y asquerosa, y del trago que está pasando.

Hay demasiada complacencia y cachondeo con estas cosas. Con ver a tanta gente humillada en estos tiempos de puritanismo enloquecido. No sé qué tipo de ministro habría sido; me habría gustado poder verlo.

No le saludo, porque ha hecho mal. Tendría que haber aguantado. Pero sí lo miro con simpatía. Como a todo el que sufre una injusticia. Hoy, aunque no lo sepa, se ha hecho más viejo y más sabio.

 

Este producto puede tener trazas de autoestima

 

La autoestima tiene muy buena prensa. Hoy mismo, Juan Claudio de Ramón utiliza el término como título para un artículo en el que plantea la necesidad de estimular las buenas sensaciones frente a las malas. La «ilusión» por el Gobierno de Sánchez sería un ejemplo precisamente del deseo de tantos españoles de sentirse mejor en esa condición, algo que también percibe en la reacción sentimental de muchos de ellos como consecuencia de lo que llama «envite independentista».

Curiosamente, el envite parece resultado de una creación previa de «identidades fuertes, basadas en la emoción, la historia y el lazo etnolingüístico».

Mi problema con las identidades basadas en la emoción, la historia y el lazo etnolingüístico es que esos tres elementos son ejemplos claros de destilados de instintos tribales. Esas identidades puede que sean fuertes como identidades, pero no son racionales. No lo es, desde luego, emocionarse por los símbolos o los accidentes geográficos o el lugar de nacimiento. Tampoco por los logros contemporáneos de nuestros compatriotas —por el hecho de que lo sean— ni por lo que hicieron nuestros antepasados cercanos, por sangre o por naturalización o imposición (eso es la historia de un país). Menos aún por el hecho circunstancial de compartir un idioma, unas expresiones y la cultura asociada a ese idioma. De la etnia ni hablo, siendo como es no solo el más irracional de los aspectos citados, sino el más falso. Todo lo anterior existe como motor y habrá quien lo utilice. Pero existe a nuestro pesar y avanzar en la buena dirección implica convencernos de que se trata —una vez alcanzado este estadio civilizatorio— de algo que hemos de moderar y controlar, como nuestro instinto de apropiarnos violentamente de los demás y de lo ajeno. El problema de empeñarnos en, supuestamente, utilizarlo para el bien —los «simples» no son capaces de conocer la potencia y los engaños de los instintos de la tribu y los «ilustrados» han de dirigirlos para que no abusen de ellos los populistas— es que esto, usarlo para el bien, es imposible, porque es casi una forma de despotismo ilustrado y el adjetivo no es capaz de ocultar el sustantivo. Véase que desde el momento en que somos conscientes de su naturaleza deletérea, asumimos que lo bueno es no someternos a ella, y si transitamos por el mal camino lo hacemos prometiendo empezar una dieta en año nuevo.

Por eso, una identidad blanda y expresada en términos negativos —no me refiero a que ser español se defina como algo malo, sino a que ser español no tenga un contenido determinado, que se trate de una definición administrativo, por exclusión de los que no lo son— es mucho mejor. Puede que sea aparentemente más débil, pero esto también es ilusorio. Voy a intentar explicarme.

Puede que los machos alfa tengan más autoestima por ser machos alfa, pero esa condición no es subjetiva. Tiene que ver con hechos. Con la realidad. El gorila dorsicano antes de formar su harén tiene que ser capaz de repartir buenas hostias. En el caso de las sociedades humanas, la cohesión tribal fue un elemento esencial para imponerse a los otros grupos, pero, llegados a un determinado punto, las hostias empezaron a depender más de estructuras estables capaces de procurar una determinada logística. Si examinamos la evolución a largo plazo de las sociedades humanas, aquellas que más han recorrido el camino triple de la complejidad institucional real, el reparto democrático de poder y el respeto a la libertad individual —todos están interrelacionados— han terminado imponiéndose militar, económica y culturalmente. Sobre todo, me interesa el último aspecto. El nacionalismo es una forma aún infantil de cultura. Es cierto que esta etapa ha sido hegemónica hasta hace un cuarto de hora —el mundo ha estado parcelado; incluso los imperios o eran familiares y tendían disolverse porque eran una etapa más tosca que la nacionalista, o eran nacionalistas y tendían a disolverse también porque eran inspiración de una respuesta nacionalista en las zonas dominadas o colonizadas—. Pero también es cierto que el éxito derivado de la complejidad llevaba en su interior la semilla del antinacionalismo: las sociedades más poderosas no solo obtenían los excedentes para el desarrollo cultural, sino que su poder, derivado de ese incremento de la complejidad institucional y la libertad, avalaba y fomentaba la aparición de los discursos que terminarían disolviendo los propios mitos nacionales. Mitos que se han intentado defender hablando de traición o de quintacolumnismo. Paradójicamente, los síntomas de debilidad pueden ser, en realidad, una prueba de fortaleza.

Naturalmente, ese discurso racional, nacido y hecho adulto en las sociedades más poderosas, no es incompatible con la asunción  de los logros de la sociedad concreta en que surge. Un español puede manifestar que nuestro sistema de trasplantes es excelente porque ahí están los datos. Son los datos y no la «españolidad» lo que los hace mejores por comparación. Lo que importa no es la etnia —esa cosa que no existe— o el idioma o la historia o los lazos de parentesco. Importan los datos y la estructura que los hace posibles. La ventaja de una sociedad compleja y adulta es que puede apropiarse de todos los productos culturales de la humanidad, examinarlos y etiquetarlos. Y puede adoptar soluciones basadas en hechos y resultados, con independencia de a quién se le hayan ocurrido y sin pagar derechos de autor. La propia crítica a la apropiación cultural —una de las más enormes gilipolleces de los tiempos que corren— es una creación cultural de la que se están apropiando muchos para justificarse, lograr minutos de gloria y tribalizarse. Como es una mala idea, pasará de moda y terminará en el baúl de los objetos exóticos para deleite de los expertos del futuro (que de algo hay que vivir).

De hecho, los secesionistas se han esforzado por desarrollar una identidad fuerte —con la ayuda, por cierto, de cierta intelectualidad miope que tanto relacionaba España con el nacionalismo español que terminaron creyendo que los otros nacionalistas eran, por oposición, nacionalistas admisibles—, pero al final, como tantos otros, la inercia histórica y el peso de la realidad los ha llevado al estúpido juego de azar. Una vez que se acabaron los discursos y había que pasar a la acción tenían menos divisiones que el Papa. Y la débil identidad española se ha impuesto, no por el peso de nuestra historia o por la aparición de una soterrada identidad nacional que impulsa a muchos a rebelarse, en particular, en la propia Cataluña. Tampoco por imposición del nacionalismo español. Se ha impuesto por el peso de la complejidad institucional que a su vez es parte de otra mucho mayor, fundada en principios solidísimos que se relacionan con el poder y su reparto estable, y la ley como brida de los incendiarios. Hoy algunos se escandalizan por el reconocimiento de Ponsati: jugábamos al póquer de farol, ha dicho. Como si no lo supiéramos. Como si no fuera evidente que la tarea de romper el entramado de relaciones institucionales era directamente imposible para ese grupo de, en su imaginario, irreductibles galos, y, en la realidad, críos rollizos engañados precisamente por el discurso (falso, como todos) de la emoción, la historia y los lazos etnolingüísticos. Conocimiento este, por cierto, que justificaba el uso de la ley mucho antes.

Los accidentes históricos existen, sí. Pero solo producen efectos duraderos los que se dan en la dirección de la historia. Solo aquellos que hacen más fuertes las buenas instituciones perduran. Los otros, como mucho, hacen daño.

Debemos esforzarnos en minimizar los efectos de esos episodios dañinos. Y derrotar a los que se empeñan en producirlos. No lo lograremos yendo hacia atrás. Tampoco yendo contra la realidad. El camino inteligente es más aburrido, más lento y más frustrante para muchos, ya lo sé, pero la ilusión es mejor dejarla para los partidos del siglo que se producen cada seis meses. 

Al menos hasta que las máquinas tomen el control.