La peligrosa derechista Cayetana Álvarez de Toledo

 

El País a lo suyo:

Yo tengo una opinión provisional sobre Cayetana Álvarez de Toledo. No interpreten esto mal, tengo una opinión provisional sobre todo el mundo. Si se trata de alguien vivo. O, para que me entiendan, creo que Tsevan Rabtan es un tipo majo y racional. De momento lo creo.

El caso es que he leído algunos artículos de Álvarez de Toledo y la he escuchado en algunas ocasiones, y me ha parecido alguien que piensa, alguien que sabe de algunas cosas y alguien que da explicaciones de sus opiniones. Esto facilita las cosas. Como escribe y habla de manera articulada, puedes coger sus opiniones y analizarlas. Analizar exige, por supuesto, hacer lo mismo: es decir, explicar por qué discrepas de tal o cual opinión, pero no con generalidades.

En todo caso, su discurso es marcadamente liberal. Un discurso que reclama expresamente los valores de la ilustración y la democracia.

Sin embargo, qué concluye El País:

«Quienes, dentro del PP, critican su nombramiento, dirigentes de distintos territorios y épocas, lo hacen no solo por el hecho de que Casado haya decidido presentar en Cataluña, la plaza más difícil para el partido, a una candidata de fuera, sino también porque la ubican en el ala más dura de la derecha. Álvarez de Toledo, patrona de la fundación de José María Aznar, FAES, fue diputada del PP entre 2008 y 2015, pero aireó sus discrepancias con Mariano Rajoy, al que consideraba blando con Cataluña y a quien acusaba de “déficit de política”. Desde su nombramiento ha continuado criticándole, aludiendo al “desistimiento” que, en su opinión, permitió que los independentistas ganaran terreno. Esas críticas a Rajoy tampoco han sentado nada bien en las filas del PP, partido que hasta hace nueve meses presidía el ahora criticado.»

Esto es muy divertido: «(…) la ubican en el ala más dura de la derecha». Y esto es fantástico: «Álvarez de Toledo, patrona de la fundación de José María Aznar, FAES (…)». Y la fuente, por supuesto, es la fuente de siempre: «los que, dentro del PP». Es decir, nadie. Nadie con nombre y apellidos que pueda ser interpelado, el viejo truco del periodismo patrio.

Esa conclusión sobre su naturaleza duramente derechista, sin embargo, es resultado de algunas afirmaciones. Veámoslas:

La primera: que el golpe secesionista catalán es más grave que el 23-F. Yo no estoy de acuerdo. Me parece más grave que unos espadones con mando en divisiones acorazadas invadan el Congreso, saquen pistolas y metralletas, y se dediquen a disparar mientras esperan a la autoridad militar, por supuesto. Pero Álvarez de Toledo no dice que el golpe secesionista sea grave y el 23-F no lo sea. Simplemente plantea la cuestión del apoyo popular, del golpe desde la autoridad política, del blanqueamiento de los líderes, de la naturaleza supremacista y alienadora del golpe, y del hecho precisamente de que se le haya quitado importancia. Yo, que no estoy de acuerdo con ella, sí creo que sus palabras tienen mérito: porque sirven para señalar a todos los que llevan años empeñados en que lo del año 2017 fue una fiesta de estudiantes borrachos y no una serie encadenada de episodios gravísimos.

La segunda, lo de la jactancia de no hablar catalán. Aquí tengo que poner el párrafo literal, para que vean un ejemplo más de la sutil manipulación habitual en El País:

“Han dicho que me jacto de no hablar catalán, qué estupidez. Yo no me jacto de hablar inglés, español o francés pero ellos [en alusión a los independentistas] sí se jactan de hablar catalán y dicen que el español es la lengua de las bestias salvajes y que tenemos una tara en nuestro ADN por hablarlo”.

¿Ven el párrafo entrecomillado? Sí, tiene comillas al principio y al final. Por tanto, la frase se supone que es literal. Ah, ingenuos. Es El País. Y en El País, a veces palabras interesantes desaparecen misteriosamente y lo que queda se convierte en otro animal.

Leído el párrafo entrecomillado, parece que Álvarez de Toledo responde que es estúpido que se diga que ella se jacta de no hablar catalán porque no presume tampoco de hablar inglés, español o francés.

Vean las palabras literales de Álvarez de Toledo. Vean a partir del 4’10”:

Y ahora voy a poner lo que sí dice literalmente, usando el párrafo entrecomillado de El País y completando lo que falta en mayúsculas:

“Han dicho que me jacto de no hablar catalán, qué estupidez ES ESA. NADIE PUEDE JACTARSE DE NO SABER ALGO. NI SIQUIERA DE SABER ALGO. Yo no me jacto de hablar ni español, ni inglés o francés MIS LENGUAS DE INFANCIA O PATERNA pero ellos [en alusión a los independentistas] sí se jactan de hablar catalán y HASTA TAL PUNTO SE JACTAN que dicen que el español es la lengua de las bestias salvajes. QUE PERSONAS COMO YO Y TANTOS DE VOSOTROS tenemos una tara en nuestro ADN por hablar ESPAÑOL. Y SON ELLOS LOS QUE Y QUIERO DECIRLO CON MUCHA SOLEMNIDAD LOS QUE PERVIERTEN Y EMPEQUEÑECEN EL CATALÁN CUANDO LO UTILIZAN Y LO CONVIERTEN EN INSTRUMENTO DE EXCLUSIÓN”.

Examinen las palabras suprimidas en esa cita «literal». Son palabras que curiosamente cambian el mensaje. Ya no es la pija que presume de hablar tres idiomas y afirma que por eso es estúpido jactarse de no hablar un cuarto. Es la persona que explica que jactarse de no saber algo es de estúpidos. Y lo es. Y que añade un «ni siquiera» para los que presumen de hablar su lengua materna o de infancia.

Vayamos a la tercera afirmación: que Pedro Sánchez tiene un proyecto franquista. ¿Por qué? «porque consiste, básicamente, en sacar a Franco del Valle de los Caídos». En fin, viendo la explicación que da, caben dos posibilidades: o Álvarez de Toledo es imbécil, o está haciendo una coña con la manía que le ha dado a Sánchez y a los suyos por los huesos del dictador muerto (adoración por las reliquias como fórmula para convertir a todos los que no son ellos en enemigos mediante magia simpática). Sospecho que la segunda posibilidad es la correcta y que cualquiera lo entendería, a poco que le dé dos vueltas.

Vayamos con la última. Que Pedro Sánchez es «peor que Vox». Hablan de una entrevista es esRadio. Pese a la erisipela que me produce Losantos, he escuchado la entrevista, que dura más de media hora. Es curioso que tanto tiempo se resuma en tres palabras. Poca chicha deben haber encontrado. En todo caso, yo no he escuchado la expresión tal cual, aunque admito que quizás se me haya pasado (y no voy a volver a escucharla entera). No importa, porque sí he escuchado a Álvarez de Toledo afirmar que Sánchez es más peligroso que Vox. Por ejemplo aquí. Escuchen, que no está mal:

De nuevo discrepo.

Para mí Vox es más peligroso que Sánchez. Sánchez es un irresponsable y un cínico. Un hombre alérgico a la verdad, que es capaz de cambiar de opinión las veces que haga falta, con un punto de resentimiento y aficionado a juegos peligrosos con gente peligrosa sobre asuntos de enorme trascendencia. Pero si miro lo que defiende el PSOE y lo que defiende Vox (en sus programas), me quedo con el PSOE sin dudarlo. Sin dudarlo ni un instante. Pienso que mucha gente que está harta del revanchismo, de las trolas y de los juegos peligrosos del PSOE es capaz de admitir a un partido populista de derechas con un tono similar al de partidos populistas de derechas que nos dan miedo y asco (Le Pen, Orban o Salvini) rebajando los síntomas que nos alarman y engrandeciendo aquellos que parecen hacerlos algo respetables. ¿Por qué? Por eso, por hartura. Que, en suma, están haciendo lo que tantos votantes del PSOE hicieron con Podemos cuando surgieron y defendían chaladuras populistas con tufo totalitario (como las de Vox). Gente que dice: no será para tanto; no podrán hacer nada; no tendrán mayoría; son los únicos que hablan de A o B.

Enorme error.

Pero, dicho esto, veamos qué ha dicho Cayetana Álvarez de Toledo de Vox y de Abascal:

«El martes pasado, el líder de Vox, Santiago Abascal, fue interrogado por un estúpido comentario del secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique. Abascal podría haber triturado el tuit de Echenique, denunciado su sectarismo y hasta su vileza. Pero no. Decidió coger un atajo. Sórdido:

(…).

A los que dicen que Vox y el Partido Popular son prácticamente intercambiables, matrioshkas hispánicas: ¿se imaginan una respuesta así del Aznar más alfa? Ya. ¿Y qué diferencia real hay entre el comentario de Abascal y los exabruptos xenófobos de Nuria Gispert contra Inés Arrimadas, a la que ha señalado ya tres veces el caminito a Jerez? Ah, que Arrimadas defiende la unidad de España y Echenique la ataca. ¿Pero desde cuándo las ideas determinan la ciudadanía? Y si lo hicieran, ¿adónde deportamos al vasco Otegi, al catalán Torra y al madrileño Iglesias? ¿O es que el DNI español de Echenique tiene una tara -bestial- de origen? Entonces el mío también. Y yo que me creía española. Incluso españolaza. Orgullosa de que en mi país la sucia clasificación de los ciudadanos por sexo, raza, religión, ideología o lugar de nacimiento fuera patrimonio exclusivo del nacionalismo separatista y la ultraizquierda identitaria. Se ve que ya no. A la sombra del proceso y de la cobardía real y presunta de los buenos, ha brotado un colectivismo dispuesto a segregar a los ciudadanos en el nombre de España. Todavía no se ha desmelenado: unos días se jacta de sus reuniones con Wilders y Le Pen; otros las oculta, balbuceante. Y en el manejo de la paranoia sigue siendo bisoño. Este maravilloso cruce de Abascal con Leyre Iglesias, ayer, en Crónica:

(…)

Los datos, en cuarentena; las sensaciones, desabrochadas; la conspiración, en marcha; las noticias, uf. Es una política basada en convicciones, ciertamente. (…) Desde el apaciguamiento del señor Cameron hasta las embestidas de la señora Clinton -y qué decir de Italia, Polonia, Austria, México y Brasil-, todas las estrategias de contención del populismo han fracasado, salvo la de Macron y ya veremos. (…) Estamos en pleno bandazo. Décadas de despótica ultracorrección política han estallado en una bacanal de incorrección ultra. Años de corrosivo identitarismo centrífugo han cebado un histérico identitarismo centrípeto. A las rancias mentiras del posmodernismo se contraponen ahora las mentiras recalentadas del neonacionalismo. Vuelvo a Vox. Sus 100 propuestas son un pastiche populista, votos para hoy y frustración para mañana. No hace falta que las lean. Basta esta promesa, tan bonita y barata, vistosa e inviable, como un unicornio de papel: «Transformar el Estado autonómico en un Estado de Derecho unitario, con un solo Gobierno y un solo Parlamento». O esta otra, puramente trumpiana en su enfática forma y quimérico fondo: «Levantar un muro infranqueable en Ceuta y Melilla».

Infranqueable: es un buen adjetivo, sí. Describe con precisión el carácter del muro que debería separar al PP de Vox y de todos los partidos que tratan a los ciudadanos «como si fueran insectos que se pueden clasificar» (G. Orwell, Anotaciones sobre el nacionalismo) o como párvulos a perpetuidad, seres no sujetos a las reglas de la realidad y la razón. ¡Oh, un muro! ¡Una línea roja! Nítida, como la que el PSOE debió trazar ante Podemos, por el bien de España y de sí mismo. Y a la vez seca, porque las formas también distinguen y porque para aspavientos ya están las ministras socialistas y La Sexta. Bastaría con que Casado afirmase una sola vez y con la solemnidad de un compromiso presidencial: yo soy un patriota, no un nacionalista; yo rechazo todas las formas de colectivismo porque atacan la libertad de los ciudadanos y su igualdad ante la ley; y yo sí digo a los españoles la verdad.

«¡Pero es que los españoles no quieren oír la verdad!». Vamos allá. Uno de los motivos del triunfo del populismo es el consenso en torno a la infalibilidad supra-papal de «la gente». Para todos los partidos, sin excepción, el votante es como el cliente: siempre tiene la razón. Todos sus sentimientos son legítimos. Todas sus decisiones están justificadas. Sus vísceras son sesos. Y así, de halago en halago, hasta el disparate final: el inmenso poder institucional de Podemos, el referéndum unilateral de independencia y la irrupción mediática de Vox.

Los españoles que el domingo pasado llenaron Vistalegre son gente normal -faltaba más-, pero no tienen razón en jalear lo que jalearon. El PP de Pablo Casado no es el de Mariano Rajoy. La solución al golpismo no es sumarse a la liquidación de la mejor Constitución de la Historia de España. El modelo autonómico no es incompatible con la bajada de impuestos o el aumento de las pensiones. La inmigración ilegal es para España un grave desafío técnico, no una amenaza existencial. Rechazar las cuotas sexuales para el Congreso y luego promover las cuotas étnicas o lingüísticas para la inmigración es peor que una incoherencia: puro pujolismo. La Europa del cuarteto de Visegrado no es un avance político, sino una «contrarrevolución cultural», como reconoce el propio Kaczynski. Y desde luego no es lo mismo decir «viva España» que «la España viva».

Puedo imaginar la réplica: «Ya, ya, pero los simpatizantes de Vox son patriotas cabreados». Muchos sí. Y Casado debería interpelarlos directamente, como un buen líder y no como una mala madre. Animar a cada uno de ellos a preguntarse como un adulto ante el espejo: ¿cuáles son los motivos concretos de mi cabreo? ¿Son todos igualmente justos? ¿Y tienen solución? ¿Cuál, exactamente? Los que no son nacionalistas ni ignorantes ni racistas contestarían con sentido. Y asumirían su responsabilidad, que es máxima. Superior al de las flácidas élites que encarna el empresario Rosell. Los votantes son dueños de la soberanía nacional y, por tanto, de la libertad, paz y prosperidad de la nación. Deberían aprender de Torcuato Fernández-Miranda, que explicó así el éxito de la Reforma Política: «De la olla hirviente del corazón vivo pueden surgir nieblas que turben a la cabeza. Por eso hay que tener embridado el corazón, sujeto y en su sitio». No podemos imitar la frivolidad de los que patean el tablero con un gesto Pantene/Podemos, la misma coleta: porque yo lo valgo, porque tengo derecho, porque los de enfrente son peores, porque sí. ¿Significa esto resignarse a la «derechita cobarde» o a la «veleta naranja»? Al contrario. Supone mantener intacto el nivel de exigencia. Con todos. No perdonar a un Casado lo que censuramos a una Soraya. No aceptar de un Rivera lo que nos irrita de un Sánchez. Pero tampoco aplaudir de un Abascal lo que deploramos de un Torra.

La identidad es una palabra peligrosa, escribió Tony Judt en sus memorias. Hoy vuelve a ser una realidad letal ante la que hay que aguantar la posición. Sólo los que, frente al sokatira identitario, defienden la supremacía del individuo merecen respeto y apoyo. Quizá pierdan algún voto a corto plazo. Pero habrán conservado algo mucho más decisivo en la permanente batalla de la civilización contra los reaccionarios de todo signo: lo que los argentinos, incluso los nacionalizados españoles, llamamos la rasón

Sí, he copiado muchos trozos del artículo. Las negritas son mías. Para que vean las hostias que daba Dª Cayetana a Vox hace nada.

¿En el ala más dura de la derecha?

Eso querríais, amigos de El País. Para no tener que hacer una caricatura tan grotesca de ella.

 

 

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Dos cosas sobre Vox

 

Hace unos días leí una noticia de El País sobre un candidato de Vox (número uno de la lista por Albacete) en la que se le atribuían una serie de declaraciones y se llegaba a una conclusión (por ejemplo, que es homófobo y negacionista del genocidio judío).

Conocida la capacidad de El País para la manipulación en materia de declaraciones, y puesto que las supuestas afirmaciones negacionistas se habían producido en una conferencia disponible en youtube —sobre el juicio principal de Núremberg—, decidí verla.

Y, curiosamente, enseguida descubrí que el periódico sí había manipulado las declaraciones, al atribuir al conferenciante la manifestación de que el juicio fue una farsa. La manipulación se produce por el habitual procedimiento de utilizar una palabra que pronuncia el conferenciante sacándola de contexto: lo que este afirma es que se percibió el juicio como una farsa hasta un determinado momento y que, desde ese momento (concretamente tras la aparición delas imágenes de campos de concentración) todo cambió. Y, de hecho, y al margen de críticas concretas (algunas, por cierto, indiscutibles, como el repugnante papel de juristas soviéticos que habían tomado parte en ignominiosos procesos en su país) una de las cosas que repite el conferenciante es que los jueces hicieron un trabajo profesional y equitativo.

Esto me preparó para lo peor. Pensé que las acusaciones de negacionismo serían falsas o estarían también manipuladas. El caso es que aunque formalmente el conferenciante no se presentó como tal (incluso en sus respuestas a algunos asistentes, estos sí abiertamente negacionistas), sus enunciados generales, su insistencia en un determinado contexto (en el que la persecución a los judíos es resultado de una identificación con el comunismo y que se deja en manos sobre todo de poblaciones locales) y su inclusión del plan genocida en la brutalidad general, como si fuera un caso más (como si, por ejemplo, no se hubiera trasladado a cientos de miles de judíos de toda Europa central y occidental a los campos de la muerte y se los hubiera exterminado masiva y planificadamente en los años en los que Alemania ya ha perdido la guerra), incluso la discusión sobre los números, todo ello no es sino un ejemplo claro de ambigüedad típica. La de quien no utiliza los argumentos chorras que solo compran los imbéciles, pero relativiza el genocidio para introducir, por ejemplo, alguna forma de equivalencia entre la maquinaria nazi de sufrimiento, aniquilación, humillación, deshumanización y muerte de los judíos y el bombardeo de una ciudad.

Una basura. En suma.

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La entrevista a Santiago Abascal en esa web sobre armas de la que habrán oído hablar es lamentable.

En España hay algunos consensos. Buenos consensos.  Uno es el relativo a las armas de fuego. No hay movimientos organizados importantes que pidan que los ciudadanos en general puedan tener armas de fuego en sus domicilios. No voy a hablar del caso estadounidense, sobre el que ya he escrito antes, y que tiene una vertiente constitucional que suele olvidarse. En cuanto a la legítima defensa, lo cierto es que soy partidario de interpretarla de una manera especialmente intensa en el caso de asaltos a viviendas particulares (en las que prevalece el concepto de intimidad y seguridad: todos queremos sentirnos seguros en nuestras casa más que en ningún sitio). Pero esta posición, que sostengo, es la que suele prevalecer en los pocos casos (sí, son muy pocos estadísticamente hablando) en los que se produce un uso de armas en viviendas por los moradores. Porque esa postura se basa en una cuestión de sentido común sobre lo que es legítima defensa, una institución que no incluye lesionar o matar a los que huyen o ajusticiar a un asaltante. Insisto, partiendo de que hay que ser siempre generoso con el miedo y la angustia del que se ve asaltado en un lugar cerrado e íntimo y de su reacción defensiva (que suele partir de una especie de juego de suma cero, en la que, si pierde la oportunidad de abatir al que asalta, quizás no tenga luego otra).

Sí, en ocasiones aparecen noticias que alarman, pero es que ¡esto pasa con todo tipo de noticias luctuosas o llamativas! Pasa también con otros crímenes que interesan a la gente y que pueden llevar a una percepción sobre riesgos, miedos y supuestas ineficiencias del sistema que, simplemente, no existen. O no de manera relevante. Y es gracioso que Vox diga defender que ciertas políticas son consecuencias de análisis histéricos interesados que permite la existencia de algunas industrias (los famosos chiringuitos) a la vez que se comporta de una manera tan groseramente populista. Es gracioso y lógico, claro.

Por eso es tan lamentable la entrevista: Abascal, para plantear algo tan drástico como autorizar a todos a tener armas de fuego en las casas (como si esas armas no pudiesen utilizarse para otras cosas que no sean defenderse —y digo de fuego porque, aunque no use esa expresión no cabe otra interpretación razonable—), menciona dos casos que luego son analizados en el propio medio (al final). Uno de ellos, el de un antiguo policía, resulta que aún no ha sido juzgado. La fiscalía, en su calificación provisional, pide 20 años de prisión, pero en todo caso, no deja de ser la petición de una acusación. Y, lo más importante, lo único que he visto en los medios son declaraciones del propio acusado. Los acusados suelen hacer declaraciones parciales que buscan evitar sus condenas y, en muchos casos, trasladar a la opinión pública argumentos no legales, sino sentimentales, para obtener algún tipo de apoyo. Lo hemos visto en el caso de Juana Rivas, por ejemplo. Cualquier persona sensata asumiría que, si el fiscal hace una petición así, será por alguna razón y que, en todo caso, en su momento tendremos una sentencia que sí podremos analizar.

El otro caso sí ha sido juzgado (el acusado de 83 años fue condenado a dos años y medio de prisión por un jurado), pero no se explica correctamente en la web, en la que se dice que está pendiente de recurso ante el TSJ de Canarias. Lo cierto es que el Tribunal Superior de Justicia anuló la condena y ordenó repetir el juicio por falta de motivación (uno de los supuestos previstos en la ley) y esa sentencia se ha recurrido ante el Tribunal Supremo, que debe estar (si no lo ha hecho ya) a punto de decidir si admite a trámite recurso de casación. Si no lo admite, el juicio se repetirá (y vista la sentencia del TSJ, es más que probable que con una decisión absolutoria). Si se admite, será el Tribunal Supremo el que decida si la sentencia del TSJ (que es la que actualmente está «vigente», por lo que ya no puede hablarse de condena) es correcta o si ha de mantenerse la previa que condenaba.

En todo caso, se trata de dos asuntos en los últimos cuatro años. Dos. Y ambos pueden terminar en absolución.

Como en otros casos de populismo punitivo, se remarcan casos extraordinarios, extremos, inhabituales en un país de delincuencia baja, para provocar el miedo. El miedo al asesino en serie, al depredador, a las agresiones sexuales. Todo ese miedo solo busca imponer una agenda estúpida e innecesaria, ya sea una prisión permanente mal diseñada, ya sea que la gente pueda tener armas (hay, por cierto, una industria que sería feliz con esto), ya sea modificar la ley para introducir alguna especie de inversión de carga de la prueba en los delitos contra la libertad sexual que haga innecesaria la prueba de cargo.

Porque, en esto, ¿cuál es la propuesta? ¿Que nunca sea delito que alguien mate a una persona que entra en su casa? ¿En ningún caso? ¿Que la ley aplique la legítima defensa desconectándola de su lógica, de manera objetiva? ¿Que lo haga utilizando categorías como «españoles de bien» o «ciudadanos honrados» vs «criminales», partiendo de descripción automática?

Esa exacerbación de la legítima defensa y ese planteamiento de autorización generalizada de tenencia de armas se rodea, además, de una retórica repugnante. Vean:

«VOX es el partido del sentido común, y por supuesto que apoyamos el derecho a la autodefensa de los españoles de bien, faltaría más. Por desgracia, tenemos unas leyes que tratan a los delincuentes como víctimas y a los ciudadanos honrados como delincuentes. El español honrado siempre está bajo sospecha. Para el consenso progre, todos los españoles somos asesinos en potencia, violadores en potencia, agresores en potencia que debemos ser reeducados y casi encerrados de por vida, pero cuando aparece un asesino o un violador de verdad, entonces todo es buenismo y derechos humanos y reinserción. Nuestra concepción de la delincuencia es totalmente opuesta: los españoles honrados tienen todo el derecho a defenderse y los criminales y delincuentes tienen derecho a recibir visitas en la cárcel. (…)»

Las negritas son mías. Sí, lo sé: casi sobran, de tanto que ocupan.

 

¿En serio, señor diputado?

 

Leo este tuit:

Y este tuit:

Francisco de la Torre, además de diputado de Cs es inspector de Hacienda, así que presumimos que sabe de esto. Lo digo porque yo, desde luego, no sé gran cosa sobre control presupuestario.

Yo no soy experto en control presupuestario, pero tengo oídos y he escuchado la declaración del testigo a que se refiere el señor diputado.

El señor testigo ha dicho literalmente lo que entrecomillo: «se había tramitado un expediente de gasto con una partida presupuestaria del programa 132 que provenía de una sección de un capítulo del presupuesto de la Comunidad Autónoma de 2017 que estaba vinculado con la sentencia del Tribunal Constitucional que esta partida era inconstitucional y nula en tanto en cuanto estuviese dedicada a financiación del proceso refrendario».

Las negritas son mías. Las pongo porque el programa 132 se refería a esto: «132. Organización, gestión y seguimiento de procesos electorales». Por tanto, sería nulo e ilegal un gasto sobre organización, gestión y seguimiento de programas electorales siempre que ese gasto se refiriese al referéndum trucho del 1 de octubre. 

En todo caso, dejemos las interpretaciones. El propio testigo ha avisado de que ese gasto había dado lugar al acuerdo de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos de 21 de julio de 2017 y que, además, constaba en la justificación escrita del incremento de controles.

Así que, volvamos a la pregunta que nos hace el señor diputado: ¿mintió Montoro en sede parlamentaria el 31/08/2017 en su comparecencia por no dejar constancia de un gasto de alrededor de 20.000 € (menciona el testigo esa cifra en el interrogatorio que le hace el letrado de Vox) detectado en julio?

Pues bien, la respuesta es sencillísima. Vean la Orden PRA/686/2017, de 21 de julio publicada en el BOE, por supuesto (en el de 22/07/2018, es decir, más de un mes antes de su comparecencia), orden que imagino habría leído el señor de la Torre el 31/08/2017 cuando estuvo haciendo preguntas al entonces ministro, más aún considerando su importancia:

«A este respecto, en la última certificación remitida el pasado jueves 13 de julio de 2017 por el Interventor General de la Comunidad Autónoma de Cataluña, se certifica que a finales del mes de junio de 2017 se han reconocido obligaciones en el programa «132. Organización, gestión y seguimiento de procesos electorales» por importe de 19,37 miles de euros, y se han registrado autorizaciones y disposiciones de gasto por importe de 25,52 miles de euros (6,15 miles de euros adicionales sobre los datos del mes precedente).

En este sentido, el apartado IV.6 del programa del Fondo de Liquidez Autonómico aplicable para el ejercicio 2017, relativo al control reforzado, prevé la remisión adicional de determinada información, entre la que se encuentra el «Seguimiento particular, con el detalle que se establezca, del estado de ejecución del gasto público de la comunidad y sus entes dependientes, así como de determinadas líneas de gasto que, por razón de cuantía, evolución, naturaleza económica o finalidad, el MINHAFP determine que tienen que ser objeto de un seguimiento especial en el ámbito de una Comunidad concreta.»

A la vista de las nuevas circunstancias señaladas, y atendiendo a la finalidad de las líneas de gasto aludidas, el pasado 18 de julio de 207 se ha requerido a la Comunidad Autónoma de Cataluña la remisión de un informe específico de la Intervención General de la Comunidad pronunciándose sobre las actuaciones acometidas por dicha Intervención general o sus órganos dependientes en relación a los expedientes de gasto tramitados con cargo al programa «132. Organización, gestión y seguimiento de procesos electorales» de los presupuestos generales de la comunidad del ejercicio 2017, así como sobre el eventual incumplimiento de la resolución del Tribunal Constitucional anulando la vigencia de las partidas presupuestarias impugnadas así como los expedientes completos de gasto tramitados con cargo al programa «132. Organización, gestión y seguimiento de procesos electorales» de los presupuestos generales de la comunidad del ejercicio 2017

Y ahora pregunto yo: ¿lo que afirma el señor De la Torre es que Montoro mintió al no explicar en una comparecencia en agosto de 2017 que se había detectado en julio de 2017 un gasto que pudiera tener relación con procesos electorales, cuando ese dato salió PUBLICADO EN EL PUTO BOE más de un mes antes y no en una esquinita, sino en la justificación de una orden importantísima que conocimos todos y que imaginó leyó el señor De la Torre antes de ir a esa comparecencia del señor ministro?

¿En serio pregunta el señor diputado si mintió el señor Montoro?

 

 

Emociones simples

 

Año 2019. Un periodista escribe esto:

Curioso. Es emocionante que, en un país con educación obligatoria hasta los dieciséis años y con una población universitaria enorme, la número uno en selectividad sea alguien con un perfil que podría salir al azar de un bombo con todos los que se examinaban con alta probabilidad.

Lo inusual sería que la número uno fuese hija de uno de los cien más ricos de España (y no solo por improbabilidad estadística, sino porque es muy posible que no se presente a selectividad) o de un futbolista de primera división o de un presentador famoso de la tele.

Pero ¿la hija de un camionero? ¿En 2019? Yo tengo 53 años. Conozco a gente de más edad, de paupérrimo origen, que ya en los setenta estudió, sacó calificaciones brillantísimas y luego estudio en la universidad. En los ochenta, esto ya ni llamaba la atención. Muchos de mis compañeros de curso (yo terminé en el 82), cursaron estudios universitarios. Y nuestro colegio estaba en Usera, en uno de los barrios más humildes de la ciudad. Dos de  las personas de mi edad más notables que he conocido fueron, una la hija de un guardabosques, que sacó notarías en dos años en 1990, otra, la hija de una mujer que limpiaba escaleras, que terminó derecho en la Complutense con veintitrés matrículas de honor y que hoy gana mucho dinero en una multinacional.

Lo más gracioso es que, en realidad, en los 80 y 90, esto era más habitual. En aquella época prácticamente todos éramos hijos de personas sin estudios universitarios. Mi padre también empezó como camionero y terminó teniendo una pequeña empresa de transportes. Mi padre estudió hasta los catorce años, aunque presumía de las conjugaciones de latín que aún recordaba, y mi madre apenas sabía leer y escribir.

Sin embargo, en las clases de mis hijas en institutos públicos, abundaban los padres con carrera universitaria. No todos, claro, pero sí bastantes. Normal, nosotros somos sus padres.

En fin, quizás a Évole le emocionen las cosas normales, como un huevo frito, un atardecer, que un número de cinco dígitos sea premio gordo o que la hija de alguien en España sea inteligente y trabajadora.

 

Si los partidos políticos españoles son excelentes en algo, habrá que reconocérselo

 

Uno de mis mejores amigos no ha votado jamás. Salvo en alguna junta de vecinos, claro. No va presumiendo de ello. Tampoco explica gran cosa acerca del porqué. En un sentido práctico, su posición es irrefutable. Su voto no habría cambiado nada en estos treinta y tantos años. Con absoluta seguridad.

Yo he votado siempre, aunque sé que mi voto no ha servido para nada tampoco. No se escandalicen: sin mi voto nada habría cambiado. Lo sé con absoluta seguridad. No he votado porque sea hombre de orden —que lo soy—, ya que votar no es obligatorio. Tampoco por homenaje a nadie. Hay quien dice que debemos votar por respeto a los que lucharon por conseguir que hubiera elecciones. Es una falacia. Los que lucharon por el voto lucharon para que la gente pudiera votar o no. Eso es el derecho al voto: derecho a decidir si votamos o no y a quién. Si he votado siempre, ha sido porque me parece de buena educación. Como dar los buenos días, dejar propina, sujetar la puerta al desconocido que viene por detrás o ir a un tanatorio casi siempre a decir bobadas. Votar equivale a decir a los demás: venga, os acompaño, aunque no me apetezca o aunque no os apetezca. Digo esto porque, por desgracia, nunca me ha apetecido realmente ir a votar. Nunca he pensado, vale, compro el 51% de lo que me vende tal partido. Pero siempre he sido capaz de hacer un cálculo —no digo que haya sido acertado— y decidir que había algo menos malo.

Insisto, lo he hecho a sabiendas de la irrelevancia de mi voto o de mis opiniones. Incluso con un cierto conocimiento de mis sesgos.

Esta vez, sin embargo, no estoy siendo capaz. Tengo la sensación de que alguna vaina como las de La invasión de los ladrones de cuerpos ha crecido al lado de mi cama y ocupado mi lugar. Es como si la habitual calculadora de pocos pros y muchas contras —pero optimista, al fin y al cabo— hubiera dejado paso a un absolutista o a un tonto del 15-M, de esos que que levantan adoquines. Pero no, no es que me haya vuelto una sueca de quince años. No hablo de líneas rojas, sino de algo más trivial, algo así como un dolor de estómago. Una sensación de malestar que aparece en cuanto me imagino concretamente votando a este, a aquel o al de más allá. Una sensación que solo desaparece cuando me imagino el puto día de las elecciones en casa, leyendo un buen libro, zampándome un cocido y luego comentando los resultados, que es lo divertido.

Así ando, puteado por el recuerdo o las tradiciones. Si hubiera sido como mi amigo, me daría igual. El problema es que, si esto ya es así, cómo voy a esperar que una campaña pueda suprimir esa sensación de asco. Cómo va a suprimir esas sensación de asco una campaña que va a ser, con seguridad, la campaña más asquerosa de las últimas décadas.

Solo me consuela pensar que un voto como el mío es tan irrelevante que ningún partido hará el pequeñísimo esfuerzo de no enfangarse por completo para conseguirlo, habiendo tanta recompensa precisamente en hacer la campaña más asquerosa de la historia. Entiéndanme, no me consuela porque me parezca esto bien —que no me lo parece—, sino por la inevitabilidad. Como dice el protagonista de El último boy scout, el agua moja y las mujeres tienen secretos. Podemos añadir que los partidos quieren ganar elecciones y, por lo visto, solo hay una forma de ganarlas ya que todos hacen lo mismo.

Ah, si alguno de ustedes me dice que eso es lo que quieren, que piense que mi voto es irrelevante y que me quede en casa, tengan en cuenta que siempre he creído, en cuanto a lo primero, que tienen razón, y que si quieren que me quede en casa (no porque mi voto sea irrelevante sino porque piensan en grandes números de irrelevantes votos no sumados) ¿cómo puedo llevarles la contraria cuando eso mismo es lo que quieren todos, aunque digan lo contrario y solo podría hacerlo votando a uno de ellos? Hay que ser humilde y realista en estas cosas. Los partidos y sus dirigentes, esta vez, lo han hecho tan de puta madre que me han dejado sin coartada.

Me quito el sombrero ante ellos.

Pseudónimos

 

Unos tipos llevan tres días publicando la identidad real de algunos tuiteros jueces que usan pseudónimos. Como ese sitio quiere denunciar el supuesto anticatalanismo de esos jueces, es decir, como pretende señalarlos para que su grey sepa quiénes son, parece bastante obvio que es poco probable que se haya accedido legalmente a los datos que han permitido la identificación. Por tanto, es probable que alguien haya hecho algo irregular para obtenerlos, y también probablemente que ese algo sea delictivo. El sitio en cuestión afirma haberlos obtenido de un anónimo de esos a los que se la pone dura la careta de Guy Fawkes y que piensa que haciendo estas cosas a lo mejor folla con alguna Natalie Portman.

¿Hay interés público relevante en conocer la identidad de alguien que escribe en una red social con pesudónimo? Esto importa porque existe un derecho a su uso a la hora de publicar cualquier obra, y un tuit lo es. Por tanto, que un medio publique la identidad tras un pseudónimo, aunque la hayas obtenido de un tercero, puede ser un ilícito administrativo o civil. De hecho, obsérvese que no solo regulación sobre protección de datos da una base a este tipo de sanciones, sino que el propio Reglamento de Propiedad Intelectual restringe expresamente el acceso a los datos de quien publica bajo pseudónimo precisamente a quien demuestre interés directo en su conocimiento.La única manera, por tanto, de defender que se publique por un periódico la identidad de quien escribe bajo pseudónimo es el del interés informativo.

Como es obvio, cuando se trata de interés informativo, deberíamos preguntar por el caso concreto, pero, pese a ello, hay algunas generalizaciones interesantes.

Los autores que usan pseudónimo pueden obrar así por razones de lo más variopinto. Pero lo que importa no son tanto estas razones como el porqué de que sus opiniones, pese a su origen, adquieran notoriedad. No importa si los tuiteros truchos se avergüenzan de ellas, si tienen miedo a sus jefes, a sus parejas, a sus amigos, o a su madre, si quieren fantasear o renunciar a la alabanza ad hominem, si quieren demostrar algo sin estar presionados por su biografía. Lo que importa es por qué prestamos atención a lo que opine alguien que se hace llamar Mercutio, por ejemplo.

Todos sabemos que alguien en una red social que escribe con un pseudónimo puede hacerse pasar por quien no es. De hecho —permítanme el sarcasmo—, que se conozca tu identidad tampoco impide que intentes hacerte pasar por quien no eres. La mayoría de las biografías están construidas sobre décadas de esfuerzos para convencer a los otros de que eres lo que no eres. En todo caso, cuando se apunta uno directamente al pseudónimo, es perfectamente lógico que el interlocutor ponga aún más en entredicho eso que afirmas sobre cuestiones personales: por ejemplo, que eres un espía o que estás en Siria viendo como caen las bombas.

Sin embargo, hay personas que son capaces de mantener un discurso (insisto, quizás falso) que sea muy convincente pese al uso del pseudónimo. Puede que esa capacidad obedezca a la demostración de conocimientos, a la coherencia durante años, al uso de datos que puedan —más o menos— contrastarse. Pero también puede que sea solo producto de la inteligencia, del esfuerzo y del engaño. No hay garantías de que algún «genio del mal» no te esté estafando haciéndote creer sus mierdas.

Por tanto, lo primero que todos deberíamos considerar es lo siguiente: el uso honesto de un pseudónimo (salvo que estés haciendo literatura) debe implicar un esfuerzo añadido a la hora de argumentar. Alguien del que no sabemos nada arriesga menos que alguien que escribe con su nombre y apellidos. Da igual que el que usa pseudónimo lleve diez años «haciéndolo bien» y construyendo una especie de autoridad virtual: el uso de esa protección legítima le hace menos creíble, por definición y para siempre.

Como consecuencia de lo anterior, es muy difícil argumentar que pueda existir, en abstracto, un interés periodístico real por conocer quién está detrás de uno de esos nombres de pega. El tipo del pseudónimo es una especie de «embustero de entrada», ya que no nos dice quién es. Ese embuste, por definición, hay que extenderlo a todo lo que no podemos contrastar (su profesión, su estado civil, su capacidad para la cocina tradicional). Es alguien que decide poner una barrera para, en un sentido muy concreto, no hacer suyas sus propias opiniones. Con algunas salvedades:

1.- Que el que utiliza el pseudónimo esté haciendo uso de información cierta que no esté disponible para todos y esa información tenga relevancia.

2.- Que esté cometiendo delitos.

No se me ocurre otro caso en el que la identidad sea relevante. Salvo que pretendamos que es relevante todo lo que le sucede a alguien con interés público. Por ejemplo, a qué hora defeca o si le gusta el reguetón. Por tanto, si Pedro Sánchez utilizase un pseudónimo para escribir en tuiter, salvo que estuviera en el punto 1.- o 2.-, no habría interés público que justificase desvelar su identidad, porque no estaría escribiendo Pedro Sánchez sino @elpivotdelMaeztu. Y esto lo creo con independencia de las consecuencias que pudiera tener el hecho de que se hiciese pública esa identidad (por ejemplo, en la recusación de un juez).

Lo anterior, en lo que creo, sin embargo, es un desiderátum, por dos razones. Nos la cuelan en la vida real constantemente. Y nos la cuelan tipos con nombres y apellidos. A veces muy cercanos. A veces muy importantes. Esas mentiras a menudo no tienen consecuencias, por lo que hemos desprestigiado el honor como marca personal. Así que, como reacción ante este estado calamitoso de cosas, podemos caer en el error de terminar creyendo en personas que actúan bajo un nombre falso, solo por su simple apariencia, cuando lo inteligente es solo creer en lo que esas personas dicen por la fuerza de sus argumentos, sin construir prestigios a los que el propio autor renuncia al no hacer disponible su yo en la discusión.

La segunda razón es más prosaica: la gente que razona bien, que no miente, que usa datos contrastables, suele recibir atención. Y esto molesta a los que están en contra de sus argumentos o posiciones, que pueden terminar optando por jugar sucio. En primer lugar, porque nos encanta el argumento ad hominem y el pseudónimo nos lo jode. En segundo lugar, por hacerles daño y coaccionarlos. Ese sitio que revela la identidad de esos jueces, está, paradójicamente, demostrando su impotencia. A falta de razones, caza de brujas.

El uso del pseudónimo es legítimo precisamente porque decidimos en su momento que, en una sociedad libre, lo que importa es el intercambio libre de opiniones. Y por eso limitamos todas las trabas a lo más obvio: la actividad delictiva. Gracias a esto, muchas personas han podido contar con las explicaciones expertas de quienes, de otro modo, puede que no hubiesen escrito nada. Pero no necesariamente porque supiéramos que son jueces o fiscales —un juez o un fiscal también goza de libertad de expresión, por más que uno les recomiende cierta mesura, dada su función—, sino por alguna de esas razones personales que afectan a bomberos, directivos o autócratas dzúngaros.

Sí, una de esas razones personales que no son de su incumbencia, so cotilla.

 

Apártate, que me tiznas

 

Me parece una pésima noticia que Vox y el PP hayan llegado a un acuerdo para que el candidato del PP pueda ser presidente de Andalucía.

Pésima.

Cómo no voy a decir esto si llevo años criticando que el PSOE haya llegado a pactos con Podemos y con los secesionistas, algo que, siendo generosos, es igual de malo.

Pero que los que han llegado a acuerdos con Podemos y con los secesionistas critiquen al PP y a Ciudadanos porque acepten los votos de Vox es un puto chiste. Sin gracia.

Lo que no es un chiste es que los que gobiernan con los votos de Bildu tenga los cojones de afear a nadie que acepte los votos de Vox.

Voy a recuperar parte de lo que escribí el 01/06/2018:

 

(…) Decía que había que hacer diferencias, porque, a pesar de todo, los secesionistas no son Bildu, aunque se hagan fotografías con Otegi.

Seguro que alguien me dirá: Sánchez no necesitaba los votos de Bildu. Claro, no los necesitaba, pero estos días se trataba de no hacer ruido. De ahí la bazofia intelectual sobre los «territorios» que quieren ser cosas. De ahí los asentimientos al portavoz de Puigdemont mientras este acusaba al PSOE de partido autoritario heredero del franquismo. De ahí las referencias al dolor y a lo que Sánchez «opina» sobre la condición de los golpistas encarcelados como «presos políticos». Por lo visto, el ya presidente del Gobierno opina que no lo son. Lo opina. Como opina que es mejor la tortilla de patatas con cebolla que sin ella. Joder, qué principios más arraigados los suyos.

Lo que yo esperaba, al menos, era que dijera a los herederos de la ETA y a los que toda su vida han estado aplaudiendo a los asesinos: «no quiero sus votos. No quiero ser presidente con sus votos. Son ustedes muy libres de votar sí, por supuesto. Pero, por mucho que me parezca mal lo que ha hecho Rajoy, antes me corto un brazo que entrar en la Moncloa de su mano. Y si no me diese la mayoría y necesitase sus votos, preferiría que continuase gobernando el PP. Para que les quede claro».

Sin embargo, el señor presidente del Gobierno se ha puesto a hablar de pensiones y de lo conforme que está con la portavoz de Bildu sobre la necesidad de derogar la llamada ley mordaza.

Esto es todo lo que Sánchez le ha dicho a la portavoz de Bildu, en sus dos intervenciones. No les pido que lo vean; no merece la pena. Lo pongo solo para que no tengan que creer mi palabra.

 

 

Imaginen a un candidato del Partido Popular a la presidencia del Gobierno que recibiera el apoyo de un partido nazi.

Imaginen que el candidato le dijera al tipo en cuestión unas palabras sobre lo importante que es reformar la ley hipotecaria, pero olvidase eso de «da usted asco, amigo nazi, y se puede meter sus votos por el culo».

Sí, imaginad lo que andarían diciendo los intensos que llevan un día tan indignados porque Rajoy estaba en un bar y no por la amnesia repentina del candidato estos dos días.

Aunque quizás lo que le haya pasado a Sánchez y al PSOE no es que estén padeciendo amnesia. Sino lo contrario: que acaben de recuperar la memoria.

 

 

Contesten a las preguntas del final

 

Veo este tuit:

 

Abro el enlace, buscando una ENTREVISTA y me encuentro con un refrito de declaraciones. No hay preguntas y respuestas separadas. Ni siquiera está claro si ha existido la entrevista, ya que el vídeo que aparece al principio incluye declaraciones en momentos diferentes. La parte del principio del vídeo, una entrevista de Europa Press, es de julio de 2018, y más tarde se incluyen declaraciones efectuadas a Telemadrid en una fecha ignota.

Todo esto ha provocado que se active mi sentido arácnido y más tratándose de El País. ¿Ha existido la entrevista o Natalia Junquera se ha puesto a buscar trocitos que pudiera entrecomillar? Podría ser, ya que algunas de las cosas que aparecen las he encontrado en otros lugares. Aunque siempre cabría que aparezcan porque Díaz Ayuso las repita a todas horas. Además, en la «ENTREVISTA» se incluyen declaraciones de otras personas (como Aguirre, Garrido, Serrano y mi favorito: un «veterano cargo del PP madrileño»), por lo que más que una entrevista, parece un reportaje sobre la dirigente pepera.

En particular, me ha llamado la atención el propio titular:

Isabel Díaz-Ayuso, embajadora del PP sin complejos: “Para ser mejor mujer no tengo que ser feminista”

He buscado si Díaz Ayuso había dicho eso literalmente en algún otro lugar y no lo he encontrado. En la pieza que nos ocupa, en esa «ENTREVISTA», se dice que esto lo «declara a El País». Lo declara y en el artículo aparece de la siguiente forma:

«Lleva casi 15 años en política, pero sus polémicas declaraciones sobre Vox o el feminismo han disparado su protagonismo en los últimos días. “Para ser mejor mujer no tengo que ser feminista”, declara a EL PAÍS. Para ella, la ley es “mejorable”.»

Puesto que la declaración se considera tan importante como para servir de titular, lo lógico es que la periodista hubiera incluido literalmente toda la pregunta y la respuesta completa. Porque eso de que para ser mejor mujer no tiene que ser feminista suena muy raro, sobre todo considerando esto. Vayan al minuto 3’30” y escuchen desde ahí hasta el final:

Ella habla de lo que denomina «feminismo radical», «feminisimo exacerbado», «feminismo politizado», «feminismo malentendido», «feminismo enloquecido». Me remito a las explicaciones que da y que pueden ustedes escuchar en el vídeo sobre eso que no le gusta. De hecho afirma literalmente (5’10”) que «el feminismo entendido como la igualdad entre hombres y mujeres evidentemente quién no lo quiere».

Ahora, escuchado esto y vista la extraña naturaleza de la «ENTREVISTA» que publica hoy El País, les propongo dos preguntas:

La primera: ¿creen a la vista de lo anterior que ese titular de El País es una exposición fiel de lo que opina Isabel Díaz Ayuso?

La segunda: ¿creen ustedes que tengo razones objetivas para sospechar que alguien nos está contando una trola en forma de frase sacada de contexto y manipulada para poder vender que la señora esta —a la que acabo de conocer y escuchar y que, por cierto, dice cosas que me gustan más bien poco— es una troglodita?

 

El libre albedrío es un engaño y me han obligado a escribir un libro para denunciarlo

 

Este artículo es inconsistente y simplista, está repleto de contradicciones y utiliza definiciones infantiles y categorías propias de Liberalismo para dummies. De hecho, recuerda más al trabajo «brillante» de un estudiante de bachillerato que a la síntesis de la posición sobre el liberalismo, el libre albedrío y el futuro que nos acecha de un autor solvente.

Empiezo a explicarme el éxito de Harari.

Por cierto, esto es maravilloso:

«Es posible que este descubrimiento otorgue a los seres humanos un tipo de libertad completamente nuevo. Hasta ahora, nos identificábamos firmemente con nuestros deseos y buscábamos la libertad necesaria para cumplirlos. Cuando surgía una idea en nuestra cabeza, nos apresurábamos a obedecerla. Pasábamos el tiempo corriendo como locos, espoleados, subidos a una furibunda montaña rusa de pensamientos, sentimientos y deseos, que hemos creído, erróneamente, que representaban nuestro libre albedrío. ¿Qué sucederá si dejamos de identificarnos con esa montaña rusa? ¿Qué sucederá cuando observemos con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente y nos preguntemos de dónde ha venido

¿Qué sucederá? Nada, hombre, nada. No sucederá nada porque cómo va a suceder nada si el libre albedrío es una tomadura de pelo y yo he pinchado en el artículo de El País creyendo que lo hacía libremente, cuando en realidad estaba siendo manejado por los que quieren que compre libros de Harari.

Paladeen la frase:  «¿Qué sucederá cuando observemos con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente (…)?». A ver, Yuval, ¿quién va a observar con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente? ¿Hay alguien dentro de nosotros, Yuval? ¿Un Yuval chiquitito?

En fin, pensaba tirarme un rato con el artículo, pero tengo cosas mejores que hacer, así que me remito a esto.

 

Extremistas

 

Varias personas, a raíz de este artículo (lo llamo así en el propio texto porque no lo escribí para que fuera una entrada de un blog) me dijeron que quizás tuviera razón en alguna de las cuestiones que exponía, pero que el momento era equivocado, ahora que se ha convertido la cuestión de la legislación sobre violencia doméstica en materia de discusión política por la irrupción de Vox tras las elecciones andaluzas. Que abonar esta discusión equivale a dar argumentos a la extrema derecha. También alguien me comentó que el momento era inadecuado porque el día en que planteaba publicarlo había sido asesinada una mujer en un episodio aparentemente de violencia doméstica.

Siempre he sido muy tozudo con mis ideas. Sobre todo con las más queridas. Las defiendo aunque el momento pueda parecer inadecuado, porque casi siempre el mejor momento para defenderlas es cuando parece más inadecuado (no hay mejor manera de defender, por ejemplo, la presunción de inocencia que cuando protege al aparentemente más indigno y dañino de los hombres). Por otra parte, llevo más de una década diciendo cosas parecidas. La única diferencia es que antes sobre esto escribíamos tres.

Pero hay otra razón que ya expuse en ese articulo, sobre la que quiero volver, y que es de oportunidad. Si la gente razonable y moderada no se apropia del debate, dejando de lado posiciones ideológicas y descripciones definitivas y admite la discusión abierta y leal, con datos y sin apriorismos, vamos a ir de cráneo. Dentro del concepto «gente razonable» hay que incluir a personas que afirman cosas que no nos gustan o nos convencen, siempre que se atisbe en ellas predisposición para la discusión racional y para cambiar de opinión.

Por ejemplo, una persona irrazonable es nuestra vicepresidenta:

Irrazonable es afirmar esto:

«La violencia familiar existe, la violencia doméstica existe, la violencia machista es otra cosa. En el caso de los feminicidios determinados por el azar, es puro terrorismo ciego. En el caso de los asesinos que consideran que sus esposas son objetos de su propiedad, es la manifestación terrorista de una tradición criminal, que ha esclavizado, maltratado y excluido durante siglos a la mitad de la población a favor de la otra mitad. Aunque las cifras sean abrumadoras, no es una cuestión de cantidad, sino de calidad. Tratar todas las violencias de la misma manera es posicionarse a favor de la violencia machista, quitarle importancia, avalar las razones de los asesinos de mujeres.»

El problema es, de nuevo, de asimetría. Se ha impuesto, dentro de la «oficialidá», el discurso del que acabo de exponer dos muestras, que se ha terminado haciendo hegemónico. No solo se ha convertido en verdad oficial, sino que se ha despreciado a quienes lo discutían, introduciendo el más pequeño matiz, convirtiéndolos en cómplices de los criminales. Yo soy, para el discurso oficial, una persona que se posiciona a favor de la violencia machista, que le quita importancia y que avala las razones de los asesinos de mujeres. De los potenciales asesinos de mis dos hijas.

Esto no solo es insultante, sino que es francamente estúpido.

No creo que Carmen Calvo o Almudena Grandes sean recuperables para la discusión racional. Pero imagino que muchas personas que crean que estoy totalmente equivocado en este asunto sean capaces de plantearse si no es mejor discutir con personas como yo, admitiendo al menos el debate y la posibilidad del paso atrás, antes de que esto se convierta en una guerra entre los «amigos de los asesinos de mujeres» y «los amigos de las feminazis», y tengamos que echarnos a llorar por la victoria de unos u otros.