Fue culpa tuya, espabilado

 

Hemos vuelto en España, con paso firme y rigor cadavérico, al paraíso sectario. En el discurso y la discusión públicos la mentira ya no existe porque la verdad ha desaparecido. Verdad y mentira se han convertido en pedruscos que lanzar al adversario. Todo es diáfano y de una simplicidad apabullante. Todo demuestra la maldad del bando contrario. Su maldad absoluta. Ya no se hacen prisioneros. No hablemos de los lerdos que son incapaces de entender el razonamiento más primario. Estos ya vivían en su burricie particular sin necesidad de ningún estímulo especial. Hablemos de los que sí distinguían y eran capaces de dar la razón en algo al de enfrente e incluso de afear algo al de al lado. Estos han corrido a embrutecerse voluntariamente, asumiendo que ha empezado una guerra, en la guerra hay que escoger bando y hay que dejarse de exquisiteces. Ahí está el embrutecimiento. Les parece que pensar, distinguir, señalar al amigo y aplaudir al contrincante cuando toca son exquisiteces. Qué cojones, llegan a creer que es una exquisitez el simple aseo personal, ese acto instintivo en una persona decente que impide que adapte conscientemente sus juicios y sus reflejos a la etiqueta de lo que juzga. Son los que te dicen que los otros son tan viles y despreciables, y sus intenciones tan perversas, que la única manera de combatirlos es no darles nunca la razón, porque eso es lo que quieren y al hacerlo caes en su trampa. Te dicen eso, pero lo que piensan en realidad es que la única manera de combatirlos es ser exactamente igual a ellos, pero no a los «ellos» reales, sino a los inventados. Esa carrera de armamentos es la que provoca que, al final, tantos terminen siendo exactamente como las caricaturas que dibujan sus peores enemigos y todos cumplan las expectativas ajenas.

Este camino de perversión se alimenta consumiendo la beneficencia y el equilibrio. Necesita del círculo vicioso que comienza el día en que dejas de presumir que los demás quieren básicamente lo mismo que tú y lo sustituyes por la sospecha. La sospecha, alimentada por los perturbados y los afines a los juegos intelectuales sobre cómo cometer el asesinato perfecto, se convierte pronto en certeza. El diablo existe y al diablo ni agua. El mundo se divide en dos: los míos y los otros, y entre los otros siempre están los que que no quieren que el mundo degenere en campo de batalla; así que estos reciben fuego desde todas partes, hasta que terminan refugiándose aquí o allí, travistiéndose, aunque solo sea travistiéndose en mudos.

Aquí estamos. El primer paso fue admitir la mendacidad y no castigar a los embusteros. Esa es la primera y más grave corrupción. El segundo es el fraude al sistema: usar las instituciones, no para lo que se crearon, sino para fines particulares, y pervertirlas si amenazan convertirse en un obstáculo. Desaparecida la honestidad intelectual y asumido que siempre será mejor uno de los míos, por mucho que mienta o robe, que uno de los otros, has dado el tercer paso y todo está perdido. El juicio ético ya solo cabe dentro de la propia tribu y siempre que no favorezca a la tribu contraria. Pronto la mentira o el delito dejan de ocultarse. Más adelante incluso se presume de ellos. Y los más capaces de degradarse acceden al mando, porque, en un mundo así, parecen los más eficaces. Esta es la última estupidez. La historia de la Humanidad demuestra que estos episodios desarrollan una inercia destructiva que termina, casi siempre, con daño y dolor, y con un montón de estupefactos desmemoriados preguntándose cómo pudimos llegar a esto y jurándose que no dejarán que se repita. Ponemos al mando a la peor gentuza, a la más dispuesta a envilecerse, por miedo y embotamiento, y estos nos devuelven el favor, comportándose como lo que son.

Supongo que será preciso que la mierda nos ahogue por completo para que reaccionemos y empecemos a cuestionarnos si todo esto fue buena idea. Con un poco de inteligencia, decencia y repaso de nuestra historia, sería innecesario. Eso es lo que más nos puede cabrear y desesperanzar. Que no necesitamos gigantes, sino gente normalita. Sin embargo, como no quiero terminar esta negra entrada con malos sentimientos, les diré que ayuda mucho asumir que está en marcha el peor escenario, pero que siempre puede ser aún peor de lo que imaginamos.

Parte de situación (3)

 

Justo antes de salir de casa para ir a trabajar le pregunto a mi mujer sobre las declaraciones del presidente del Gobierno que está escuchando en directo y me dice, con sorna, «ha dicho que hay que lavarse las manos». Me ha salido, casi sin pensar esta respuesta: «bueno, él lo está cumpliendo. Lleva dos semanas lavándose las manos a diario».

Ya ven, algo a bote pronto. Una gracia. Pero luego, en el coche venía escuchando las respuestas del señor Sánchez sobre la ciencia y la evolución dinámica y me he dicho, qué va: está siguiendo las recomendaciones de las autoridades sanitarias hasta la náusea.

 

Día internacional de mi tribu

 

Supongo que ya es bastante evidente que ciertas fechas han sido patrimonializadas. Frente a esto, caben dos posibilidades, o te empeñas en ir donde no solo no te quieren, sino que te insultan y te tratan a hostias, a ver si así logras algo más allá de convertirte en una diana anual —una estrategia que no parece muy exitosa—, o asumes la cuestión de fondo: hay una guerra cultural que no busca —pese a afirmar lo contrario— establecer acuerdos básicos universales, sino desarrollar su agenda. Una agenda que va más allá de la defensa de ciertas libertades y que pretende, utilizando movimientos bien vistos por la práctica totalidad de la gente, aplicar un programa radical y, a menudo, enloquecido.

Eso y convertir a los otros en los malos de la película; las fuerzas de la reacción. Si van, porque van a provocar con su apestosa presencia. Si no van porque no son partidarios de la igualdad de hombres y mujeres o de cualquier otra libertad básica que se quiera defender. Por cierto, en esto están todos. Los radicales y los tibios. Sí, también los de las adversativas.

Como es obvio, si optas por la segunda solución, hay que abandonar cualquier pretensión de que esas manifestaciones y actos sean representativos, y empezar a dejar clara constantemente su naturaleza sectaria, asumiendo las consecuencias.

A lo largo del siglo XX los negros norteamericanos lucharon por hacer efectiva la igualdad que proclamaba su Constitución. A esa causa se unieron muchos ciudadanos. De todas las razas. Sin embargo, algunos optaron por una versión excluyente (y bastante tarada, por cierto), conforme a la cual, de hecho los negros eran la raza superior. Esos tipos, racistas como los racistas que combatían —por más que la causa contra el racismo blanco estuviese más que justificada— construyeron un mundo en el que, no solo los blancos, todos ellos, eran basura, sino en el que muchos líderes negros que lucharon, sufriendo violencia, encarcelamientos y pagando a menudo con su vida, eran llamados tíos Tom. Ellos eran los únicos defensores de los negros. Los que no se unían a ellos eran traidores. Algunos de esos traidores, incluso salidos de sus filas —recuerden a Malcolm X— terminaron en la morgue.

En esto están intentando algunos convertir ciertos movimientos, aprovechándose de su buena fama. De paso, juegan a que la reacción hastiada de mucha gente les haga el caldo gordo. La animosidad contra ellos sería la prueba de la necesidad de su existencia y la urgencia de sus propuestas. Incendian y echan gasolina para justificar su extremismo. Y hace ya tiempo que no es cosa de cuatro chiflados de tuiter.

La consecuencia será —ya está siendo— la habitual: el péndulo. Mucha gente identificará ciertas causas que antaño les parecieron bien con los que las están pervirtiendo y creerán que atacando o renunciado a aquellas derrotarán a estos.

El problema es que, para dar la vuelta a esta perniciosa dinámica, harían falta dos cosas: perder el miedo a defender las convicciones propias sin necesidad de pedir permiso a la intelligentsia de turno y, lo más importante, que se dieran cuenta de la injusticia y del peligro los que no están como cencerros y aún no han sido expulsados, renunciando  a sacar tajada. Lo primero es difícil; lo segundo, en España, casi imposible.

Agárrame el cubata, que voy a opinar

 

Es inútil anticipar análisis sobre la reforma podemitosocialista del Código Penal hasta no ver el texto. No solo es inútil: es hacer el juego a esa propaganda infecta e indigerible que quiere mostrar España como un país atrasado, preso de la ignorancia, el fanatismo y la desigualdad, que recibe a Irene Montero y sus portatartas como el rayo de luz tras la tormenta.

Pero como síntoma del grave problema escuchen esto que dice Estefanía Molina (polítóloga, periodista, proyecto de jurista, columnista, analista, según propia definición en tuiter). Vayan al minuto 33’18”:

«Hasta ahora una mujer tenía que forcejear para que eso fuese considerado una intimidación, para que eso pudiese ser considerado una agresión sexual. Ahora lo que se pone en el centro, más o menos acertado, no, el sí es sí, es lo del consentimiento; es que hay recordar que Diana Quer forcejeó hasta la muerte, es que antes una mujer tenía que forcejear; es que la chica de la manada, como alguien consideró que no estaba intimidada en un espacio de tres metros cuadrados, eso no podía ser considerado al principio una agresión; yo creo que lo de la cuestión de pasar de la intimidación al consentimiento es importante y luego como se pueda demostrar o no también estoy de acuerdo que el debate es complicado»

Lo deprimente es comprobar, de nuevo, hasta qué punto ha calado el falso discurso y las trolas sobre el consentimiento en los delitos contra la libertad sexual en la regulación actual.

Hagamos un resumen sobre la jurisprudencia del Tribunal Supremo sobre agresión y abuso sexual:

1.- Hay agresión sexual cuando hay violencia. No digo más sobre esta, ya que la intervención se centra en la intimidación. Si hay violencia no hay consentimiento.

2.- Hay agresión sexual cuando concurre intimidación. Si hay intimidación no hay consentimiento:

a) La intimidación es la «amenaza de un mal, que no es imprescindible que sea inmediato (…), bastando que sea grave, futuro y verosímil». Aunque «también puede ser generada -sobre todo en el ámbito familiar- mediante una paulatina y persistente coerción y amedrentamiento … que va minando progresivamente su capacidad de decidir libremente (…)  hasta someterla a una sumisión absoluta, con nula capacidad de oponerse ante los males con que reiteradamente se le amenaza de no acceder a los deseos del sujeto activo».

b) No ha de ser «irresistible». Basta con que —considerando los hechos concretos— «resulte bastante para someter o suprimir su voluntad de resistencia». Para medir esto hay que considerar «las características objetivas del hecho o conducta ejecutados y a las circunstancias personales de la víctima, por lo que se incluye, como supuestos de intimidación suficiente, aquellos en los que, desde perspectivas razonables para un observador neutral y en atención a las circunstancias del caso, la víctima alcanza razonablemente el convencimiento de la inutilidad de prolongar una oposición de la que podrían derivarse mayores males, implícita o expresamente amenazados por el autor, accediendo forzadamente a las pretensiones de éste». Lo esencial es «la conducta del sujeto activo. Si éste ejerce una intimidación clara y suficiente, entonces la resistencia de la víctima es innecesaria pues lo que determina el tipo es la actividad o la actitud de aquél, no la de ésta». «Basta que sea suficiente y eficaz en la ocasión concreta para alcanzar el fin propuesto, paralizando o inhibiendo la voluntad de resistencia de la víctima y actuando en adecuada relación causal»

c) Es preciso que la víctima «haga patente su negativa de tal modo que sea percibida por aquél». «Lo que resulta trascendente es que quede clara la negativa a acceder a las pretensiones del autor, la necesidad de emplear violencia o intimidación para doblegar la voluntad y la idoneidad de la empleada en el caso concreto». Aunque, una vez producida la intimidación, el delito se consuma si aparentemente se consiente, puesto que «dada una situación que no le deja elección aceptable» debido a la «amenaza de dos males» la víctima se ve obligada a «optar por lo que considera en esos momentos el mal menor, lo que no puede entenderse como su consentimiento al mismo».

d) Dentro de la intimidación se incluye, como uno de los múltiples casos en los que puede tener lugar la intimidación ambiental: “Debe haber condena de todos los que en grupo participan en estos casos de agresiones sexuales múltiples y porque la presencia de otra u otras personas que actúan en connivencia con quien realiza el forzado acto sexual forma parte del cuadro intimidatorio que debilita o incluso anula la voluntad de la víctima para poder resistir, siendo tal presencia, coordinada en acción conjunta con el autor principal, integrante de la figura de cooperación necesaria»

Todo lo anterior aparece en una constante jurisprudencia que se remonta al siglo pasado. No se trata de sentencias aisladas, es la jurisprudencia constante del Tribunal Supremo.

3.- Hay abuso cuando no concurren ni violencia ni intimidación, pero el consentimiento es inválido. Por eso hablamos no solo de libertad sexual, sino de indemnidad, porque se parte de que hay quien directamente no puede consentir libremente.  Por ejemplo, porque esté privado de sentido, porque se trate de una persona afectada por un trastorno mental o incluso por una presunción basada en la edad de la víctima (menores de dieciséis años, a los que la ley directamente niega capacidad para consentir, con algún matiz). En decir, en estos caso tampoco hay consentimiento. Y tampoco se admite que exista consentimiento válido si existe engaño, abuso de autoridad o confianza, o el llamado abuso por prevalimiento que:

a) Consiste en el «aprovechamiento de cualquier estado o situación que otorgue al sujeto activo una posición privilegiada respecto del sujeto pasivo».

b) Bastando con que el autor sea «consciente» de esa situación de superioridad. No hace falta, por tanto, ni siquiera una negativa a la realización del acto sexual. Basta el aprovechamiento consciente de una situación de superioridad, creada o no, que coarte la libertad de la víctima, aunque no llegue a completar todos los requisitos de la intimidación.

El abuso es un delito muy grave, castigado con penas muy graves. La agresión sexual es más grave que el abuso, no porque no haya consentimiento válido (sino porque los medios comisivos, la violencia o la intimidación, y el ataque más intenso al bien jurídico protegido —la libertad sexual— lo requieren).

Volvamos al speech:

«Hasta ahora una mujer tenía que forcejear para que eso fuese considerado una intimidación, para que eso pudiese ser considerado una agresión sexual.»

Escandalosamente falso.

«Ahora lo que se pone en el centro, más o menos acertado, no, el sí es sí, es lo del consentimiento;»

Falso. Totalmente. No es ahora. En el centro de toda la regulación actual se encuentra la cuestión de la libertad. Es decir, la cuestión de si se consiente o no. Si no se consiente válidamente YA es delito. Muy grave.

«(…) es que hay recordar que Diana Quer forcejeó hasta la muerte, (…)»

Esto es flipante. El asesino de Diana Quer ha sido condenado a una pena de prisión permanente revisable con este Código. ¿Qué quiere decir Estefanía Molina, que la culpa del asesinato de Diana Quer se encuentra en la redacción de una norma que condena a su autor a la pena más grave posible? ¿Piensa que los asesinos y violadores van a asesinar y violar menos porque se redacte de otra forma el Código Penal?  ¿Qué broma macabra es esta?

«(…) es que antes una mujer tenía que forcejear; es que la chica de la manada, como alguien consideró que no estaba intimidada en un espacio de tres metros cuadrados, eso no podía ser considerado al principio una agresión;(…)»

Falso. El Tribunal Supremo, al castigar a los autores de la violación en Pamplona como violadores, no innovó: ya había una jurisprudencia consolidada sobre intimidación ambiental. El problema no era de ley o de interpretación jurisprudencial, sino de prueba y de subsunción de hechos probados concretos en un concreto tipo delictivo. Y, en todo caso, recordemos que esos ciudadanos están cumpliendo penas gravísimas en prisión como autores de varios delitos de violación (es decir de agresión sexual por concurrir intimidación) con el Código penal actual.

«(…) yo creo que lo de la cuestión de pasar de la intimidación al consentimiento es importante y luego como se pueda demostrar o no también estoy de acuerdo que el debate es complicado»

Qué decir sobre esto. Está todo mal.

Hablemos del consentimiento. Al margen de modificaciones del Código penal, siempre posibles, siempre discutibles, y que solo podemos analizar viendo el texto propuesto, el punto de partida está totalmente desenfocado. Ya todo gira en torno al consentimiento, porque la respuesta penal se fundamenta precisamente en la necesidad de proteger materialmente un bien jurídico, la libertad de los adultos y la indemnidad de los niños e incapaces, frente a agresiones intolerables. Dar a entender que nuestra legislación actual no se basa ya en el consentimiento es un dislate que solo puede ser producto de la ignorancia catedralicia o de la mala fe.

Verán que uso en el párrafo anterior el término «materialmente». Las normas penales no protegen ritos o formalismos huecos. No estamos en la antigua Roma firmando contratos solemnes. La norma protege la libertad real. Por eso, lo que importa no es, ni debe ser nunca, la forma del consentimiento, sino si este existe. De ahí que sea falsa la polémica sobre el consentimiento expreso, manifiesto, o sobre su forma. Sobre el sí es sí. Ya sabemos que solo sí es sí. Y está castigada ya y desde hace mucho cualquier actuación en la que no concurra un sí válido de la víctima. El problema es mucho más simple y complicado: probar que ese sí existía o no. Y probarlo respetando la presunción de inocencia.

Para que se entienda mejor: alguien puede consentir por escrito, incluso ante notario o ante una asamblea de diputados y senadores, y que ese consentimiento esté viciado o sea inexistente. Alguien puede decir sí en veinticinco idiomas y no querer realmente mantener relaciones sexuales y que esto lo sepa su agresor. Supongo que no es preciso que ponga ejemplos. Es cierto que un sí expreso es un modo de probar, pero no es una barrera infranqueable.

Por la misma razón, alguien puede expresamente decir no y, sin embargo, estar consintiendo. Y que esto lo sepa su pareja sexual. Y es cierto, de nuevo, que ese no es una prueba de que esa persona no quiere. Una prueba fortísima; pero tampoco es una barrera infranqueable.

No son barreras infranqueables porque siempre tenemos que buscar la verdad material.

Plantear la libertad sexual como un área en la que solo cabe el intercambio si ambos consienten por escrito o verbalmente o explícitamente, negando la posibilidad de indagar la voluntad real de las personas, supone introducir presunciones inatacables, deformar el derecho penal en un absurdo derecho ritual, derogar la presunción de inocencia y despreciar esos principios que sí nos permiten hablar de derecho penal civilizado. Supone además negar la existencia de innúmeras posibilidades reales que no pueden ser captadas con emoticonos.

Por tanto, esperemos que la reforma que se va a proponer no cambie nada sobre el consentimiento en materia de libertad sexual. Porque cualquier cambio solo podrá ser a peor.

En cuanto a los logros de la ministra Montero y sus palmeros, a la propaganda socialista y al papelón de los que compran alegremente estos avances históricos de cartón piedra, no puedo decir mucho más. Y para qué.

Abogados de maltratadores, qué asco

 

Hace unos días me choteaba melancólicamente de una de las consecuencias de la llamada perspectiva de género: su función «profiláctica». Decía:

«Todo agente institucional que intervenga en cualquier procedimiento reglado ocasionado por una denuncia efectuado por una mujer, ha de creer a la mujer. Ya no basta con actuar como si la creyera. No basta con presumirla víctima; es preciso que sepa que lo es. (…) Esa decimonónica y formal idea, tan «liberal», de que los agentes del orden y la justicia actúen como máquinas lógicas, sin alma, considerando que el crimen puede existir, pero atentos a la posibilidad de que todo sea un montaje, para supuestamente desde una posición casi científica proteger los derechos de los ciudadanos, ha de superarse. Y no basta con incluir protocolos y personal profesionalmente adiestrado para facilitar el tránsito a quien denuncia. (…) Es preciso (…) [que] el espontáneo sí te creo, pase de máxima de experiencia a regla procedimental obligatoria y se enseñe y aplique sistemáticamente, con toda la fuerza y legitimidad del Estado.»

Es el problema de ciertos programas y construcciones ideológicos. Siempren van más allá. Fuerzan a la acción y exigen que todo el mundo se convierta. No basta con ser profesional; tienes que ser un activista convencido. Y si no lo eres, te conviertes en un enemigo y en una manifestación más del mal que hay desterrar.

Veamos un ejemplo de esto. Gabriela Bravo, fiscal de profesión, es consejera de Justicia y cosas de la Comunidad Valenciana. Y se le ha ocurrido esto:

«En este sentido también ha revindicado un Turno de oficio especializado en Violencia de Género que tenga carácter exclusivo, “es decir, –ha dicho– que el mismo letrado que asiste a una víctima, no pueda defender a un presunto maltratador”.»

Ya no basta con que los abogados de oficio deban cumplir determinados requisitos, como la antigüedad (tres años, cinco o incluso diez en el caso de algunos turnos especiales), que tengan despacho abierto, no superen cierta edad, disponibilidad de tiempo y, lo más importante, hayan realizado cursos generales (de práctica jurídica, de asistencia al detenido, etc.) y específicos (casación, Audiencia Nacional, menores, extranjería y protección internacional, jurado, mercantil, hipotecario, violencia de género, protección a víctimas de trata de seres humanos, vigilancia penitenciaria, y de amparo) [estoy utilizando las normas del Colegio de Abogados de Madrid]. En concreto, para poder estar integrado en el turno especial de violencia de género, hace falta no solo superar el curso específico, sino que se exige formar parte del turno general civil, de familia, y penal general, y se te obliga a prestar un asesoramiento jurídico integral a la presunta víctima e iniciar inmediatamente procedimientos civiles, penales, contencioso administrativos y sociales que «tengan causa directa o indirecta en la violencia padecida».

No, ya no basta con eso. Ahora se añade que no sean asquerosa sangre sucia. La causa exige abogados no contaminados por su contacto con presuntos maltratadores.

Véase que la exclusividad no se exige respecto de otras materias. De hecho, se presupone que el letrado que forma parte de los diferentes turnos de oficio debe cuidar de ser capaz de asumir correctamente esta tarea con todos sus derivados (no solo los procesos judiciales a veces duran años, sino que se incluyen las ejecuciones de las resoluciones). Es decir, no debes asumir tareas (ni estar integrado en turnos) que superen tu capacidad.

La «exclusividad», por tanto, no es tal. No se trata de que el Estado, por ejemplo, contrate abogados que solo se ocupen de defender a víctimas de violencia, con su contrato de trabajo, su sueldo y su horario. No, esta exclusividad es otra cosa. Se exige una profesión de pureza y de militancia. No hay otra manera de entender esta barrabasada.

Uno hace mucho tiempo que sabe que la buena gente no entiende al abogado defensor. De hecho, el abogado defensor en la cultura popular suele ser visto como ese tipo sudoroso y con la corbata medio desanudada si es una pobre rata de alcantarilla, o con trajes caros, la nariz manchada de cocaína y maletines con billetes verdes, si defiende a un hijoputa con dinero. No hay abogado que no haya sido preguntado en algún momento de su vida si no le da apuro defender a un criminal facilitando que pueda salir bien parado. Qué se le va a hacer, es lo que hay.

Pero que una fiscal proponga esto no puede explicarse por ignorancia. Una fiscal debe conocer cuáles son los elementos básicos de un Estado de Derecho y cuál es el papel en él del derecho a la defensa en su sentido material. Una fiscal no debería ni atreverse a dar a entender que un abogado solo puede ejercer bien su trabajo si no defiende a ciudadanos acusados de ciertos delitos.

Como tengo absoluta certeza de que la señora Bravo conoce perfectamente todo lo que expongo en el párrafo anterior es por lo que tengo que asumir la única interpretación razonable que se me ocurre. La señora Bravo no quiere abogados mejores: quiere abogados peores. Peores, pero comprometidos.

O, al menos, quiere vender la burra de que con medidas de este tipo se está haciendo frente a la violencia, como si uno de los problemas fuese el exceso de empatía de los abogados con los maltratadores y la duda razonable sobre el programa que llevará enseguida a alcanzar los diez millones de toneladas de azúcar.

Lo siguiente será que solo las mujeres puedan ser abogadas de ese turno de oficio. Y más tarde que solo lo puedan ser abogadas que militen en ciertos partidos o asociaciones, que no tengan parientes hombres acusados de maltrato y que piensen lo correcto. O, joder, ya puestos, que no mantengan ningún contacto con ningún hombre que no cuente con alguna certificación de calidad expedida por el organismo competente.

Pero todavía hay gente que se cree que esta deriva liberticida es cosa de dos pirados de tuiter.

O machistas o sinvergüenzas

 

Veo mucha coña con esto:

Y es normal. La expresión, además de graciosa, permite que vuele la imaginación. ¿Difíciles para quién? ¿Para las mujeres que las dirigen? ¿Para los espectadores? ¿Para todos los espectadores o solo para los espectadores varones?

Pero si escribo esta entrada es por otra razón menos entretenida que el hodierno descojone nacional. Hablemos del fraude de ley.

Ese concepto de película difícil está tasado y tiene que ver con el límite que impone la UE para la subvención.

La ley del cine dispone en su artículo 24.4 sobre ayudas a la producción que:

«4. El total de la cuantía de las ayudas previstas en esta sección no podrá superar el 50 por 100 del presupuesto de producción, excepto en las producciones transfronterizas financiadas por más de un Estado miembro de la Unión Europea y en las que participen productores de más de un Estado miembro en las que el total de las ayudas podrá alcanzar el 60 por 100 del presupuesto de producción.

De acuerdo con las disposiciones de la Unión Europea en esta materia, se exceptúan de la aplicación de estos límites las producciones que tengan la consideración de obra audiovisual difícil

La Comisión Europea nos aclara el concepto:

«(…) los cortometrajes, las películas que sean la primera o la segunda obra de un director, las obras de bajo presupuesto o aquellas obras que por otros motivos encontrarían dificultades para introducirse en el mercado. En virtud del principio de subsidiariedad, incumbe a cada Estado miembro establecer una definición de «película difícil» según los parámetros nacionales.»

Como pueden ver, el concepto no tiene mucho que ver con la profundidad del film o su dificultad técnica, sino con algo muy concreto: que se presuma a priori menos rentable por razones objetivas.

De hecho, hasta ahora, la norma reglamentaria incluía estos supuestos:

«2. De acuerdo con las disposiciones de la Unión Europea en esta materia, se exceptúan de la aplicación de estos límites las producciones que tengan la consideración de obra audiovisual difícil. Tendrán la consideración de obra audiovisual difícil:

a) Los cortometrajes, que podrán recibir ayudas públicas hasta el 75 por 100 del coste reconocido.

b) Las producciones dirigidas por un nuevo realizador cuyo presupuesto de producción no supere los 300.000 euros, que podrán recibir ayudas públicas hasta el 70 por 100 del coste reconocido.

c) Las obras audiovisuales rodadas en alguna de las lenguas cooficiales distintas al castellano que se proyecten en España en dicho idioma cooficial o subtitulado, que podrán recibir ayudas públicas hasta el 60 por 100 del coste reconocido.»

Todos son razonables (al margen de su oportunidad). Es menos probable que «accedan» al mercado cortometrajes, obras de nuevos directores y de bajo presupuesto, y obras en lenguas con un público potencial más reducido.

Sin embargo, lo que ahora nos dicen los señores del Ministerio es que TODAS las películas dirigidas por mujeres encajan en este concepto. Ojo, no se trata del caso de nuevas realizadoras, sino de cualquier mujer. Incluso aunque se trate de una que tenga una larga carrera llena de éxitos.

Una de dos, o el Gobierno cree que hay que ayudar a todas las mujeres directoras porque lo normal es que sus películas tengan menos éxito que las que realizan los hombres, o simplemente y para desarrollar su guay/programa han decidido saltarse la finalidad de la norma comunitaria y aplicar fraudulentamente el principio de subsidiariedad, considerando obra audiovisual difícil las pelis realizadas por mujeres —cuando no lo son ni de coña— para favorecerlas ilegalmente con más subvenciones de las permitidas por la Unión Europea.

Escojan que explicación prefieren

Coacciones selectivas

 

Me asquean la coacción y la violencia como vehículos para la imposición de las propias ideas. Solo acepto la violencia privada como legítima defensa en términos estrictos (es decir, con la exigencia de ataque inminente a los propios bienes y respuesta proporcional) y cuando se ejerce por el Estado legítimamente para aplicar las leyes democráticas —solo lo son las que se aprueban por asambleas democráticas y sin invadir los derechos y libertades esenciales de los individuos—. Por eso me asquea el escrache; también la protesta que pretende evitar que otros ejerzan sus derechos y libertades: el que revienta una conferencia, impide que alguien vaya a trabajar si quiere o persigue al minoritario, al diferente, al que piensa distinto. Más aún, las campañas de acoso suelen, incluso en el mejor de los casos y cuando se dirigen contra el tipo más execrable, heder a masa, a turba, a consigna, a argumento sin elaborar y a renuncia a la discusión civilizada. A peña con antorchas. Me asquean incluso cuando se dirigen contra los poderosos, imaginen cuando el afectado es cualquiera, ese ciudadano desconocido hasta que le toca convertirse en objeto de alguna campaña de rehabilitación.

Lo patético, sin embargo, es que esto, que debería resultar tan evidente, no se defienda realmente por casi nadie. En cuanto se trata de una causa que gusta mucho, el fan se apunta a las adversativas y a las «contradicciones». Y en esto, que es universal, mucha gente de izquierdas se sale de las tablas, como dicen los padres orgullosos. Están tan convencidos de que lo que proponen siempre es benéfico y de que los reaccionarios (ergo, los que no están a su izquierda) solo buscan el regreso a la caverna, que siempre justificarán los excesos de los suyos. Hay, además, algo idiosincrático en su comportamiento. Los que consideramos que la sociedad, la política y las instituciones deben estar al servicio de los individuos concretos —con miles de peros y matices—, somos menos proclives al uso coactivo de la acción colectiva, salvo en casos reglados. Los que creen que los individuos concretos deben estar al servicio de un individuo ideal que solo puede ir desarrollándose, con mayor o menor violencia, desde la acción de la sociedad, la política y las instituciones, son menos remilgados a la hora de aceptar la coacción colectiva organizada. De hecho, muchos creen que la auténtica libertad se alcanza así, a hostia limpia. Un nazi no cree en la autocrítica; un comunista la encuentra maravillosa. El primero te odia y quiere aniquilarte; el segundo también, pero solo quiere aniquilar tu yo. De hecho, deja de odiarte si te liberas convirtiéndote en una carcasa, un exoesqueleto que repite sus ideas. Esta es, para ellos, la prueba sublime de su razón.

Al final, el diálogo es prácticamente imposible. Mucha gente, la mayoría de hecho, considerará odioso el comportamiento de esos activistas antiaborto. Porque están fuera de las lindes del pensamiento mayoritario. Y esa mayoría aceptaría que el Estado pusiera freno a un abuso así. Sin embargo, esa mayoría desaparecerá en cuanto la causa sea otra y el objeto de la coacción sea un facha.

Por eso solo hay que admitir las formulaciones generales y huir de la tentación de legislar para casos concretos (eso de que lo ilegal sea acosar a mujeres que van a abortar y no acosar a cualquiera). Para evitar este ventajismo constante de los que solo creen en la libertad de manera instrumental, siempre que promueva sus propias causas.

Un ejemplo más de esa doblez:

El PSOE pacta con partidos tan nacionalistas como Bildu o ERC (uno hace homenajes a asesinos que mataron para acelerar la venida de la patria vasca; los otros se saltan la Constitución, organizan un referéndum ilegal, dan un golpe de Estado y se mean en más de la mitad de los ciudadanos de su protorrepública). Pero como es el PSOE el que pacta no hay problema de que con ello se esté rearmando ese nacionalismo virulento y se esté excluyendo a los que se supone que lo combaten (como Cs, el PP y el PSOE de antes de 2020). Eso sí, si se denuncia esa coalición, esa denuncia equivale a rearmar el nacionalismo español (véase que solo el nacionalismo español es malo para el señor Sevilla), realizar una política sectaria y de confrontación y expulsar al PSOE del constitucionalismo.

No digo nada nuevo. Por supuesto, mucha gente con sensibilidad progresista (sí, estoy siendo irónico) encontrará rápidamente unos argumentos finísimos para justificar estas disonancias. De gente que compara el tacticismo de Pedro Sánchez para agarrarse al poder como una lapa con las trolas que contó Lincoln para lograr la abolición de la esclavitud se puede esperar siempre lo mejor.

 

Yo sí te creo, Irene

 

La ministra Irene Montero ha anunciado que, gracias a su iniciativa política, en breve los policías dejarán de preguntar a las mujeres que denuncien una violación, si llevaban o no minifalda o si bailaban de manera provocativa.

Los aguafiestas de costumbre han irrumpido en tropel, afirmando que esto no sucede en España desde hace décadas. Vamos, la crítica de siempre. Se agarran a la literalidad de la frase para afirmar que la ministra miente, como si la realidad histórica no fuese inestable, interpretable, llena de vaivenes y sujeta a retrocesos. De hecho, ahí están los avances de la ultraderecha, que querría retornar a escenarios periclitados para desmentir a los desmentidores. Por eso es urgente amarrar las conquistas, aunque sea a base de repetir lo repetido y de legislar lo legislado. Es imprescindible que los y las policías destierren de sus mentes incluso el más minúsculo impulso de poner en cuestión que una mujer que denuncia esté mintiendo.

La perspectiva de género cumple una función profiláctica. Todo agente institucional que intervenga en cualquier procedimiento reglado ocasionado por una denuncia efectuado por una mujer, ha de creer a la mujer. Ya no basta con actuar como si la creyera. No basta con presumirla víctima; es preciso que sepa que lo es. De hecho, en el extraño supuesto, estadísticamente despreciable, de que la denuncia sea falsa en algún extremo relevante, seguiría siéndolo —víctima— y deberíamos buscar la causa profunda de ese comportamiento, sin excluir alguna forma de violencia sorda, sistémica, o alguna patología mental o de la conducta, frecuentemente asociadas a esas persecuciones supuestamente de baja intensidad, que, tras años de acumulación, se manifiestan en episodios autodestructivos. Porque —esto se olvida— es autodestructiva la denuncia en falso para la mujer que denuncia en falso. Sobre todo para la imagen de su reputación y la del resto de las mujeres. Por ser más preciso, para la imagen creada por la utilización desviada —otra forma de revictimización— de quien, por razones, siempre complejas, da el paso de contar algo en una comisaría que no se ajusta del todo a la verdad. Siempre, además, con el burdo argumento del mal que se causa a los hombres denunciados, como si los hombres no llevasen siglos beneficiándose de su situación de privilegio dentro del sistema; es decir, como si no fuese ese argumento un ejemplo más de privilegio. Los hombres, ya ven, no solo se imponen por la violencia a las mujeres, sino que pretenden que el sistema, ese sistema que se intenta cambiar, añada el privilegio de reclamar empatía y compensación cuando son denunciados en falso. Reclamar empatía y comprensión, como si fuesen mujeres. Se empieza por ahí y cualquier día alguien propondrá el disparate de que se crea a los hombres que denuncian un delito: por ejemplo, una supuesta denuncia falsa.

Como ven, hay que tener las ideas claras. Esa decimonónica y formal idea, tan «liberal», de que los agentes del orden y la justicia actúen como máquinas lógicas, sin alma, considerando que el crimen puede existir, pero atentos a la posibilidad de que todo sea un montaje, para supuestamente desde una posición casi científica proteger los derechos de los ciudadanos, ha de superarse. Y no basta con incluir protocolos y personal profesionalmente adiestrado para facilitar el tránsito a quien denuncia. Los paladines de la democracia formal reclamaban prudencia incluso en esto. En el peligro de convertir a las fuerzas del orden en agentes parciales, sentimentalmente comprometidos y por ello contaminados, al modo del viejo sistema inquisitorial en el que el policía, el fiscal y el juez se debían más al interés del Estado —la persecución del delito vista como instrumento de dominación— que a la protección del ciudadano. Su mojigatería, lo sabemos, pretendía y pretende ocultar el mantenimiento del statu quo; pero, roza lo grotesco, aplicada al genocidio y a la esclavización de las mujeres. Es preciso un giro copernicano. Que el espontáneo sí te creo, pase de máxima de experiencia a regla procedimental obligatoria y se enseñe y aplique sistemáticamente, con toda la fuerza y legitimidad del Estado.

Una apuesta valiente y decidida por un escenario de masiva afirmación de la verdad de las mujeres no supondrá un ápice de deterioro de los derechos de los hombres, aunque no deja de resultar paradójica tanta enervación en quienes llevan milenios beneficiándose de la sistemática denegación de la mitad de la población. No existe ese deterioro porque la sociedad resultante será mucho más justa y más benéfica en conjunto; y porque, con los pequeños desajustes que se ocasionan en todo proceso histórico revolucionario, la pandemia remitirá, amanecerá y veremos que era posible un mundo en el que no solo las mujeres, sino también los hombres crean siempre a las mujeres.

En resumen, me alegra ver a la señora Montero tan dinámica y audaz, con un derroche personal de afecto que, permítanme la hipérbole, casi resulta patológico, pese a lo atareadísima que se la ve. Lo auténticamente raro es que el homenaje espontáneo de sus colaboradores, que la agasajaron por sorpresa con una tarta, no se repita a diario.

Espero que no ceje y que, no solo siga utilizando las redes sociales, sino que intensifique su presencia —casi como en una versión de uno de esos realities en los que podemos contemplar las 24 horas del día a nuestros personajes favoritos—. Esta cruzada contra la opresión nos reclama a todos, pero qué mejor que identificarla en esa miríada de gestos de nuestra ministra que, pese a su cotidianeidad, funcionan como cargas de profundidad contra el heteropatriarcado, hoy sumergido, pero siempre preparado para lanzar sus torpedos contra el futuro que viene. Contra ese lugar perfecto que nos merecemos.

 

Nunca digas de esta agua no beberé o este cura no es mi padre

 

Leo que Pablo Iglesias ha animado a los representantes de los agricultores a «apretar» porque tienen razón. No sé si Iglesias, tan entusiasta él del escrache, ha sufrido un episodio de eso que se llama desorden de personalidad múltiple y no ha caído en que esta vez podría terminar el asunto con un montón de oprimidos tractorizados rodeando el hotelito en el que reside con la señora ministra y su familia; o si tiene tanto hocico y su momento de epifanía actual es tan intenso que se la suda absolutamente lo que sus interlocutores puedan pensar; o si esto debe entenderse como una muestra de las preocupaciones de un auténtico hombre de Estado, al estilo de las que corrían por la cabeza del mariscal Mac Mahon cuando, en 1881, al serle presentado Camille Mortenol —oficial de marina, ingeniero, varias veces condecorado, negro guadalupeño, hijo de esclavo y primer alumno de su raza en la Escuela Politécnica de París— soltó aquello de: «Ah, ¿usted es el negro? Continúe así, continúe así« (*)

En fin, que no sé si cuando Iglesias dice «ah, ¿son ustedes los agricultores que dicen que el coletas come lubina y los agricultores en la ruina? Continúen así, continúen así» y los demás creemos que se chotea del personal, esto es consecuencia de nuestra incapacidad para siquiera vislumbrar las profundidades del pensamiento político-social de un gigante intelectual como él, pero el suceso —la mente escribe con renglones torcidos— me ha hecho recordar una historia que conozco de primera mano y que voy a relatar, con algunas modificaciones que introduzco por razones tanto artístico/literarias como preventivas. No obstante, les advierto de que lo que cuento a continuación está inspirado en personajes reales, como dicen en las pelis de sobremesa de Antena 3.

Ella era muy mona y en la España de los sesenta, muchas mujeres se casaban y no trabajaban. Así que, como era muy mona, se hizo novia de un joven que conducía un deportivo. A diferencia de las mujeres que se dedicaban a sus labores, en la España de los sesenta no había muchos jóvenes con deportivo. El joven era un «partido cojonudo». El menor de cuatro hermanos que iban a terminar siendo dueños de una empresa muy conocida por aquel entonces. Se casaron jóvenes, ella se prometía un matrimonio feliz y así lo preveían todos los de su entorno. Había hecho una gran boda, afirmaban deudos y amigos. Cuando murió el patriarca, la empresa pasó a los hijos. Uno de ellos se puso a cantar misa. Otro se dedicó al arte. Lo digo sin ironía. Incluso obtenía ingresos. Así que ambos renunciaron a dirigir la empresa y se conformaron con cobrar dividendos. Los otros dos tenían aspiraciones más prosaicas, y ya habían empezado a trabajar con el padre antes de su muerte. Sin embargo, desde ese momento sus trayectorias divergieron. Nuestro protagonista, el joven del deportivo, decidió que su lugar estaba en la cadena de montaje. Dio igual que sus hermanos, su mujer y todos sus parientes le preguntasen si se le había aflojado un tornillo. Estamos a mediados de los setenta y el joven se ha hecho comunista. Así que se calza un mono, cuelga el traje, renuncia a la administración y empieza a ensuciarse las manos en compañía de sus camaradas. A la vez que hace esto, continúa siendo dueño de una cuarta parte de la empresa y cobra dividendos. Cuando empiezan las huelgas, el joven del deportivo, ya no tan joven, se suma a ellas, protesta contra el patrón y pide aumento de sueldo. Es decir, protesta contra sí mismo. No se habla con los hermanos, ni va a las juntas. No cree en las vías intermedias ni en el eurocomunismo. Su mujer ha empezado a odiarlo —como lo odiará su numerosa prole según vaya creciendo—. Proclama que la única respuesta es la nacionalización de los medios de producción y que la empresa pase a ser, toda ella, de los trabajadores. Sus propios compañeros de trabajo empiezan a considerarlo un problema en la negociación con los jefes y a pensar que el tipo es una mezcla de jeta y gilipollas. La compañía empieza a tener pérdidas y ya no hay dividendos que repartir. Los otros hermanos deciden venderla cuando todavía pueden obtener un precio por ella. El hermano trabajador se opone de entrada y da por culo unos meses, pero al final, cuando se enfrenta a la tesitura de quedar en minoría en manos de personas con las que no ha cenado en nochebuena durante años, vende sus acciones como los demás y recibe su parte, empequeñecida por años de crisis. La esposa se dedica conscientemente a engordarlo, «a ver si así le da un infarto»,  según confiesa a sus allegados, pero el intento se revela como una tentativa inidónea de asesinato porque, aunque termina pareciendo un queso de bola, el exjoven del deportivo vive muchos años: Lo hace, por cierto, de las rentas que obtiene de la venta de las acciones, que no comparte con su mujer y sus hijos, a los que ha abandonado justo en ese momento. No puedo contarles gran cosa sobre su pensamiento político en estos años crepusculares, ya que el contacto con el resto de los miembros de su familia es prácticamente inexistente. Imagino que, como tantos idealistas, superó sus ingenuas creencias y evolucionó hacia posiciones más moderadas y complejas, compatibles con la vida de rentista.

(*) Algunos dicen que la anécdota es dudosa. ¡Qué sabrán ellos!

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El presidente del Gobierno, hace una hora, ha calificado a Juan Guaidó como «líder de la oposición».

Hace un año, el mismo Gobierno de Sánchez reconoció a Guaidó como Presidente encargado de Venezuela.

No puedo decir que sea noticia que Sánchez mienta y falte a sus compromisos y a los propios compromisos asumidos como presidente del Gobierno de España sin molestarse siquiera en explicarlo oficialmente. No ha explicado ni uno solo de los bandazos que ha dado a lo largo de su carrera política. O se calla y se ríe, o simplemente cambia de conversación. Todos sabemos, también los que lo han votado, que Sánchez carece de palabra. Que nada de lo que sale de su boca tiene valor.

«No daré ni un paso atrás»

A menudo, cuando quiero conocer la situación concreta de un país acudo a una herramienta estupenda del Ministerio de Asuntos Exteriores: sus fichas de países. Están muy bien y, además, uno presume que están actualizadas. En esas fichas, naturalmente, aparecen los órganos de gobierno del país y quiénes los ocupan. Vean la ficha de, por ejemplo, Palestina:

Esta es la ficha de Venezuela.

Al menos el Ministerio de Asuntos Exteriores nos dice la verdad: Venezuela ha desparecido.

Como la vergüenza de Sánchez, si es que alguna vez la tuvo.