Quiero que el voto de los españoles valga lo mismo, salvo el tuyo secesionista de mierda

 

Ciudadanos vuelve a sacar a relucir la cosa esa del sistema electoral. ¿Para qué? Para hacer populismo. Yo no sé nada de estrategia electoral, así que no me voy a poner a elucubrar si todos sus vaivenes les van a servir o no. Me parece obvio que llevan un año intentando hacerse con el voto del PP y, a la vez, intentando mantener cierto voto urbano, de centro, moderado, que se le suponía. Esto les está llevando a convertirse en una especie de monstruo de Frankenstein, nada nuevo por otro lado. El PP y el PSOE lo fueron. En el PP te podías encontrar a franquistas recalcitrantes y a liberales engominaos, a contrarios a la legalización del aborto y a partidarios del matrimonio homosexual, e incluso podías encontrarte con algún tuno; en el PSOE, especularmente, la cosa era por el estilo, solo que el tuno cantaba l’estaca. Lo interesante es que los partidos dinosaurio/contenedor terminaron acogiendo a mucha gente por una cuestión termodinámica. No creo que existiese una estrategia en plan jugada maestra a largo plazo. Los nuevos partidos —Podemos y Cs, en concreto— ya contaban con los análisis y los estudios sesudos, y decidieron jugar a todas las bandas. La mejor manera de ganar es infiltrar a tus jugadores en todos los equipos. Lo de Podemos fue clarísimo desde el mismo día de su nacimiento. De hecho, todos sus dirigentes lo venían explicando, con pizarra incluida, desde años atrás, y solo han perdido fuelle por el peso de la realidad en forma de sueldos, chaletes y papadas. Lo de Ciudadanos parecía más complicado, puesto que vendían una imagen tecnocrática, europeísta y dinámica, pero se han puesto a ello con el entusiasmo del converso, en cuanto han podido.

Una característica típica de este comportamiento es la diarrea programática flexible, que permite el anuncio constante de medidas sueltas que «molan». A ver si la lluvia fina y esas cosas. Se caracteriza por no exponer lo que podríamos llamar planes completos, sino solo las partes que pueden regalar un titular. Se vio con el tema de la prisión permanente revisable y con el asunto de los aforamientos. A veces ni eso hace falta, basta solo con el envoltorio, siempre que tenga vivos colores: por ejemplo, los colores de la bandera española y la sonrisa de la cantante famosa que llora porque suspiros de España. Se está viendo de nuevo con la última chorrada que se acaban de sacar de la manga: el mínimo nacional del 3% para tener representación en un futuro Congreso de los Diputados.

Todo está mal en cómo se hace la propuesta. No se puede hablar en serio de un sistema electoral así. Mencionando uno de sus elementos y, ni siquiera, el más importante. Porque para valorarlo necesitamos el resto. Un sistema electoral solo es analizable en conjunto por comparación a otro completo. Por otra parte, ya sabemos que un sistema así incentivaría coaliciones electorales para superar los mínimos. Además, ¿cómo se puede defender a la vez que se pretende que el voto de los españoles valga lo mismo, algo a lo que solo puede tenderse como desiderátum con un sistema proporcional sin umbrales y, sin embargo, plantear umbrales de representación? Los de Ciudadanos —antes los de UPyD— llevan años dando una paliza infame con el hecho de que sus votos «se perdiesen» y ahora quieren que »se pierdan» los votos de los demás. Porque todo el mundo sabe que los partidos locales (nacionalistas o no) no están sobrerrepresentados en el Congreso. Todos sabemos que la proporcionalidad se despeña en las provincias con poca población que escogen pocos escaños. Es decir, esos lugares en los que el PP y el PSOE obtenían más votos. Lo curioso es que estos últimos meses, cuando las encuestas empezaban a considerar a Ciudadanos como partido más votado, no escuchábamos la matraca que ha vuelto ahora que hay que cambiar el pie al idilio con el PSOE —de algunos—. Pero no ha vuelto de cualquier manera —ya no es el PPSOE el que roba los votos—, ha vuelto con la intención manifiesta de joder a los partidos nacionalistas, malos de película. Vaya, por lo visto los votos de los españoles tienen que valer lo mismo, salvo que seas votante del PNV o de ERC. Es la rehostia; parecen empeñados en convencerlos más todavía de que no son españoles. Como si no fuesen las mierdecillas de los partidos mayoritarios —en esto el PSOE es campeón del mundo— las culpables de la influencia de los partidos nacionalistas durante años y no que el PNV tenga cinco diputados entre trescientos cincuenta.

Gritan por una mayor igualdad a la vez que se empeñan en introducir umbrales porque no quieren que todos los votos valgan igual. Quieren que los votos de los nacionalistas valgan menos.

Quien me haya leído sabe que mi sistema preferido es el mayoritario con distritos uninominales. Con él no hacen falta umbrales: el que gana se lo lleva todo. Y se podrían diseñar cuatrocientos distritos en España con población similar. Porque, por cierto, eso de que el Congreso no es una cámara de representación territorial es una gilipollez como un piano. Parece como si en el Congreso solo se discutieran las formas ideales platónicas, las declaraciones de guerra o la política internacional. Bueno, ni siquiera estos ejemplos locos valen, porque toda la política de un Estado tiene una relación con los ciudadanos de ese Estado. No hay una política española en abstracto; las políticas deberían buscar equilibrios porque un sistema sano está lleno de intereses materiales en conflicto y de formas diferentes de enfrentarse a los mismos problemas. Incluso declarar la guerra puede afectar más a los ciudadanos que viven en una parte de su territorio (de hecho, así era tradicionalmente). Es perfectamente racional que un diputado de Guadalajara vele por los intereses de sus votantes. Incluso que lo haga defendiendo políticas de inversión en otro lugar si sus votantes lo creen bueno para España —sí, el votante también puede tener una visión no local en ciertos asuntos—. Y es normal que un diputado de izquierdas de Cádiz pueda tener una visión diferente sobre una reforma laboral de aquel de su misma orientación ideológica de Madrid. Porque la estructura económica y social en uno y otro sitio es diferente. Véase que hablo de algo que podría considerarse «general», imaginen si se trata de decidir si hay que hacer un AVE o una autopista. Creo que esta es una posición legítima. Naturalmente con esta posición, el PNV o ERC seguirían teniendo un porrón de escaños; quizás más.

Alguien puede oponer a ese sistema que prefiero uno proporcional con circunscripción nacional porque todos somos iguales y solo veo españoles por la calle. Pero, en tal caso, ¿por qué umbrales? Desde luego no para que los votos valgan lo mismo. En realidad, los umbrales solo se justifican como una forma de garantizar la estabilidad. Es decir, para expulsar a los partidos pequeños del sistema, de forma que no molesten y no haya cámaras gallinero. No es que me parezca mal —en un sistema mayoritario lo habitual es que un porcentaje muy grande de electores se quede sin representación—, lo que me parece mal es que se haga no en términos abstractos, sino como respuesta a un problema político concreto: la existencia de fuertes corrientes secesionistas en algunas zonas de España. Es decir, que se diseñe como sistema electoral ad hoc para castigar a ciertas siglas. Sabiendo, además, que no conseguirá probablemente su objetivo —no solo por la existencia de incentivos, como en las europeas, sino porque exacerbaría el sistema autonómico como reducto de la “nacionalidad” frente a un “golpe” centralizador— , que será contraproducente a largo plazo y que solo tiene utilidad —en su caso— como reclamo electoral para el partido que lo propone. Es justo el camino contrario al que utilizaría un partido moderno, liberal y basado en soluciones racionales.

En fin, que no hay manera.

Todo imagen. Todo simplificación interesada. Por eso no es raro que haya más periodistas en Valencia que inmigrantes en el Aquarius o que vuelvan a ser titular los huesos de Franco. Porque estamos en campaña permanente. En una campaña tosca, vocinglera y sentimental.

El único consuelo es que al menos no hemos escuchado a un dirigente español decir esto:

Y eso que yo creo que el tipo lo dice en broma. En broma, pero en serio.

 

Anuncios

El generador de gilipolleces secesionistas

 

De aquí, leo esto:

«Los hechos que se relacionarán en el cuerpo del presente escrito constituyen, además, una forma de proceder que no ha pasado inadvertida a una parte significativa de la ciudadanía, generando un estado de opinión consolidado favorable a la constatación de una sistemática y reiterada infracción de los principios de objetividad y de imparcialidad que les es debida a los magistrados denunciados, llamados a instruir, y en su caso a enjuiciar, un procedimiento judicial con evidente repercusión y raigambre política.»

Léanlo y analicen la frase: unos hechos son una forma de proceder que no pasa inadvertida a unos a los que les genera un estado de opinión consolidado favorable a la constatación de una sistemática y reiterada infracción de la objetividad y la imparcialidad.

Me he empezado a descojonar y no he podido seguir leyendo. Me comprometo a volver a intentarlo en unos días.

 

Retahíla leguleya y gris

 

El magistrado Llarena ha decidido denegar la petición de libertad de Forcadell, Junqueras y Romeva. En ese mismo auto ha decidido dejar sin efecto las medidas acordadas a determinadas personas inicialmente investigadas por rebelión, y hoy solo procesadas por desobediencia: son Anna Simó, Lluís María Corominas, Lluís Guinó y Ramona Barrufet.

Y en ese mismo auto ha dejado claro que no es él quien tiene que decidir en qué centro penitenciario han de estar los procesados en prisión preventiva. Y tiene razón. Lo extraordinario es que el ministro del Interior, juez de profesión, había dicho hoy mismo justo lo contrario (minutos 12′ en adelante). Y ha sido magistrado de la Audiencia Nacional. Ojo, no hablo de que la administración tenga en cuenta el criterio del juez y cuestiones prácticas: lo que dice el ministro es que es el juez el que tiene la competencia.

Por último, también hoy, Llarena ha inadmitido a limine la recusación trucha. La resolución es irreprochable.

******

Se veía venir. A esta mujer la han usado y la han tirado. Ella es responsable, por supuesto. Es adulta. Pero es terrible cómo va a pagar por ser la bandera de un montón de indocumentados irresponsables.

Lo del letrado, un esperpento.

******

Esto es maravilloso.

El periódico que ha recuperado el norte ético para tantos en manos de una directora intachable, titulando en forma de trabalenguas.

Titulando para no titular como habría titulado cualquiera: «el ministro de Agricultura está imputado».

Titulando con el que tendría que haber sido el titular de la segunda noticia: las explicaciones del ministro.

La elipsis es la prueba del nueve. El País sigue igual. Por supuesto. Solo ha cambiado lo accesorio, aunque lo accesorio guste a tantos a los que no les importa la verdad y solo suspiren porque la propaganda vaya en la dirección adecuada.

 

Así somos los creadores, libres e ingenuos

 

Este artículo es indecente.

Quien lo afirma fue ministra de un Gobierno que gobernó hasta finales de 2011. Las normas que se han aplicado a los que han utilizado este tipo de sociedades (gente de la cultura o de la incultura) estaban ya aprobadas. De hecho se aprobaron durante los gobiernos de Zapatero.

Esos mismos gobiernos podrían haber aprobado reglas especiales para los que tienen problemas de «estabilidad» en sus ingresos más allá de las que existen sobre rendimientos irregulares, pero no se hizo porque ese es un problema muy jodido y afecta mucho a otra «estabilidad», la de las cuentas públicas. La cuestión es que la señora González-Sinde sufre por la inestabilidad de los ingresos de actores, artistas y escritores, pero parece no tener ni puta idea de los problemas de estabilidad en los ingresos de otros millones de autonómos. Yo también, como muchos abogados, puedo tener un año cojonudo y otro de mierda; de hecho, mejor no preguntemos qué ha sucedido en nuestro sector durante la crisis. Y no le quiero decir de otro tipo de profesionales: que pregunte a los arquitectos o a los periodistas.

Si hubiera planteado la cuestión en términos más generales y objetivos, a lo mejor merecería que la escuchásemos, pero es que escribe esto:

(…) le ha ocurrido a cientos, miles de personas en estos últimos años, especialmente gente de la cultura.

¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que ha sido especialmente a ellos?

(…) y no había ministro de Cultura para defenderlos.

¿Que da a entender, que cuando ella era ministra de cultura dio órdenes para que los inspectores dejasen en paz a sus amiguitos y se centrasen en los demás?

La gente callaba por miedo, sí, sencillamente por temor a que las garras de Hacienda se hincaran todavía más en su carne. Yo misma tengo miedo mientras escribo estas líneas. ¿Y si por hablar mañana me toca a mí?

Estas líneas son asombrosas: parecen provenir de un ancap con cuenta en bitcoins. «Las garras de Hacienda» como imagen literaria no es muy buena, lo del miedo es simplemente repugnante. ¿Miedo de qué? ¿Qué anda haciendo usted si puede saberse?

Constituir una sociedad con la que facturar por los trabajos fue la alternativa de muchos para tener un tratamiento fiscal más favorable y poder ahorrar en los tiempos de vacas gordas, para vivir en los de vacas flacas. Eso no es defraudar ni engañar. Es tributar en un régimen o en otro, pero tributar.

Por lo visto, solo los socios del Club de la Cultura tienen derecho a decidir qué es defraudar o engañar, qué es cumplir la ley, porque se trata de ahorrar. De ahorrar para hacer el futuro, no como esos capitalistas de mierda que solo quieren amasar dinero para comer niños del tercer mundo entre risotadas. Es tributar, dice. Como si Urdangarín o Messi no hubieran tributado.

Ya sé que hoy los matices no importan, que lo que cuentan son los titulares,

Habla de matices la que suelta este grumo apestoso y clasista, a ver si cuela.

Es terriblemente duro, es tristísimo comprobar una vez más que en España pertenecer al sector cultural se paga muy caro.

Sí, claro. A los del sector de la minería les va de puta madre.

Deprime también pensar que ha triunfado lo que el Partido Popular se propuso desde el “No a la guerra”: propagar la idea entre la ciudadanía de que los artistas somos unos delincuentes que vivimos del cuento.

¡QUE FUISTE MINISTRA! ¡TÁPATE UN POCO!

La persecución fiscal, junto con acciones como penalizarles por cobrar sus pensiones de jubilación, ha desactivado a la gente de la cultura evitando que se organizasen y alzasen la voz contra el Gobierno como habían hecho en el pasado.

Léase: se ha jodido el lobby porque teníamos el armario lleno de cadáveres.

Debilitados moral y económicamente, afectados por la precariedad laboral de la crisis y el posterior estrangulamiento por parte de Hacienda del Ministerio de Cultura que administra sus intereses, ha sido la mejor receta para doblegarlos.

Doblegarlos es que ya no gritan una vez al año en una puta gala. Los de la Comuna de París, al lado de estos revolucionarios eran unos capaos.

Montoro ha vuelto a ganar la batalla contra la cultura sin necesidad de ocupar su despacho del Ministerio. Pero no somos delincuentes, somos trabajadores como cualquiera.

Como ya sabíamos, el PP tiene la culpa incluso cuando no gobierna.

Vaya montón de estiércol.

Otra mala noticia

 

El ministro Huerta ha dimitido.

Lo ha hecho mal, por dos razones.

La primera, porque no ha debido dimitir. No porque no haya cometido ilegalidades como ha mal dicho —que las ha cometido, ya que ilegal es lo que dicen los jueces que lo es (una vez decidió discutir la decisión de los funcionarios de Hacienda)—, sino porque se trata de una ilegalidad concreta que no lo incapacitaba ni legal ni éticamente para ser ministro. Y es muy mala noticia que dé la razón a los que piensan otra cosa. Le ha faltado el valor —o quizás el convencimiento personal— de decir que ser ministro no le obliga a ser buena o mala persona, o a haber sido en el pasado buen o mal ciudadano, a convertirse en un dibujo grotesco.

La segunda, porque ha culpado a la jauría que está contra el PSOE, y se ha puesto a hablar de retroactividades y cazas de brujas contra los que opinaban mal de los otros, de los de enfrente, de los de la derecha, vamos. Y eso es una trola: no existió ninguna retroactividad; no puede ser caza de brujas empezar a aplicar la ley correctamente y acabar con la tolerancia anterior; y la jauría se basa en los estándares a los que han contribuido muchos —más que nadie los de los nuevos partidos, con el ventajismo que da la juventud y que no hayan pisado moquetas hasta hace nada—, entre ellos el tipo que lo nombró. Sí, si quiere ver quién dio abono a la jauría, puede mirar a Sánchez que hace dos días decía que echaría a alguien como Huerta, como si fuese un apestado. Hay que tener cuidado y no caer en el discurso ventajista, aunque, en fin, supongo que es también consecuencia de la situación en la que se ve, injusta y asquerosa, y del trago que está pasando.

Hay demasiada complacencia y cachondeo con estas cosas. Con ver a tanta gente humillada en estos tiempos de puritanismo enloquecido. No sé qué tipo de ministro habría sido; me habría gustado poder verlo.

No le saludo, porque ha hecho mal. Tendría que haber aguantado. Pero sí lo miro con simpatía. Como a todo el que sufre una injusticia. Hoy, aunque no lo sepa, se ha hecho más viejo y más sabio.

 

Este producto puede tener trazas de autoestima

 

La autoestima tiene muy buena prensa. Hoy mismo, Juan Claudio de Ramón utiliza el término como título para un artículo en el que plantea la necesidad de estimular las buenas sensaciones frente a las malas. La «ilusión» por el Gobierno de Sánchez sería un ejemplo precisamente del deseo de tantos españoles de sentirse mejor en esa condición, algo que también percibe en la reacción sentimental de muchos de ellos como consecuencia de lo que llama «envite independentista».

Curiosamente, el envite parece resultado de una creación previa de «identidades fuertes, basadas en la emoción, la historia y el lazo etnolingüístico».

Mi problema con las identidades basadas en la emoción, la historia y el lazo etnolingüístico es que esos tres elementos son ejemplos claros de destilados de instintos tribales. Esas identidades puede que sean fuertes como identidades, pero no son racionales. No lo es, desde luego, emocionarse por los símbolos o los accidentes geográficos o el lugar de nacimiento. Tampoco por los logros contemporáneos de nuestros compatriotas —por el hecho de que lo sean— ni por lo que hicieron nuestros antepasados cercanos, por sangre o por naturalización o imposición (eso es la historia de un país). Menos aún por el hecho circunstancial de compartir un idioma, unas expresiones y la cultura asociada a ese idioma. De la etnia ni hablo, siendo como es no solo el más irracional de los aspectos citados, sino el más falso. Todo lo anterior existe como motor y habrá quien lo utilice. Pero existe a nuestro pesar y avanzar en la buena dirección implica convencernos de que se trata —una vez alcanzado este estadio civilizatorio— de algo que hemos de moderar y controlar, como nuestro instinto de apropiarnos violentamente de los demás y de lo ajeno. El problema de empeñarnos en, supuestamente, utilizarlo para el bien —los «simples» no son capaces de conocer la potencia y los engaños de los instintos de la tribu y los «ilustrados» han de dirigirlos para que no abusen de ellos los populistas— es que esto, usarlo para el bien, es imposible, porque es casi una forma de despotismo ilustrado y el adjetivo no es capaz de ocultar el sustantivo. Véase que desde el momento en que somos conscientes de su naturaleza deletérea, asumimos que lo bueno es no someternos a ella, y si transitamos por el mal camino lo hacemos prometiendo empezar una dieta en año nuevo.

Por eso, una identidad blanda y expresada en términos negativos —no me refiero a que ser español se defina como algo malo, sino a que ser español no tenga un contenido determinado, que se trate de una definición administrativo, por exclusión de los que no lo son— es mucho mejor. Puede que sea aparentemente más débil, pero esto también es ilusorio. Voy a intentar explicarme.

Puede que los machos alfa tengan más autoestima por ser machos alfa, pero esa condición no es subjetiva. Tiene que ver con hechos. Con la realidad. El gorila dorsicano antes de formar su harén tiene que ser capaz de repartir buenas hostias. En el caso de las sociedades humanas, la cohesión tribal fue un elemento esencial para imponerse a los otros grupos, pero, llegados a un determinado punto, las hostias empezaron a depender más de estructuras estables capaces de procurar una determinada logística. Si examinamos la evolución a largo plazo de las sociedades humanas, aquellas que más han recorrido el camino triple de la complejidad institucional real, el reparto democrático de poder y el respeto a la libertad individual —todos están interrelacionados— han terminado imponiéndose militar, económica y culturalmente. Sobre todo, me interesa el último aspecto. El nacionalismo es una forma aún infantil de cultura. Es cierto que esta etapa ha sido hegemónica hasta hace un cuarto de hora —el mundo ha estado parcelado; incluso los imperios o eran familiares y tendían disolverse porque eran una etapa más tosca que la nacionalista, o eran nacionalistas y tendían a disolverse también porque eran inspiración de una respuesta nacionalista en las zonas dominadas o colonizadas—. Pero también es cierto que el éxito derivado de la complejidad llevaba en su interior la semilla del antinacionalismo: las sociedades más poderosas no solo obtenían los excedentes para el desarrollo cultural, sino que su poder, derivado de ese incremento de la complejidad institucional y la libertad, avalaba y fomentaba la aparición de los discursos que terminarían disolviendo los propios mitos nacionales. Mitos que se han intentado defender hablando de traición o de quintacolumnismo. Paradójicamente, los síntomas de debilidad pueden ser, en realidad, una prueba de fortaleza.

Naturalmente, ese discurso racional, nacido y hecho adulto en las sociedades más poderosas, no es incompatible con la asunción  de los logros de la sociedad concreta en que surge. Un español puede manifestar que nuestro sistema de trasplantes es excelente porque ahí están los datos. Son los datos y no la «españolidad» lo que los hace mejores por comparación. Lo que importa no es la etnia —esa cosa que no existe— o el idioma o la historia o los lazos de parentesco. Importan los datos y la estructura que los hace posibles. La ventaja de una sociedad compleja y adulta es que puede apropiarse de todos los productos culturales de la humanidad, examinarlos y etiquetarlos. Y puede adoptar soluciones basadas en hechos y resultados, con independencia de a quién se le hayan ocurrido y sin pagar derechos de autor. La propia crítica a la apropiación cultural —una de las más enormes gilipolleces de los tiempos que corren— es una creación cultural de la que se están apropiando muchos para justificarse, lograr minutos de gloria y tribalizarse. Como es una mala idea, pasará de moda y terminará en el baúl de los objetos exóticos para deleite de los expertos del futuro (que de algo hay que vivir).

De hecho, los secesionistas se han esforzado por desarrollar una identidad fuerte —con la ayuda, por cierto, de cierta intelectualidad miope que tanto relacionaba España con el nacionalismo español que terminaron creyendo que los otros nacionalistas eran, por oposición, nacionalistas admisibles—, pero al final, como tantos otros, la inercia histórica y el peso de la realidad los ha llevado al estúpido juego de azar. Una vez que se acabaron los discursos y había que pasar a la acción tenían menos divisiones que el Papa. Y la débil identidad española se ha impuesto, no por el peso de nuestra historia o por la aparición de una soterrada identidad nacional que impulsa a muchos a rebelarse, en particular, en la propia Cataluña. Tampoco por imposición del nacionalismo español. Se ha impuesto por el peso de la complejidad institucional que a su vez es parte de otra mucho mayor, fundada en principios solidísimos que se relacionan con el poder y su reparto estable, y la ley como brida de los incendiarios. Hoy algunos se escandalizan por el reconocimiento de Ponsati: jugábamos al póquer de farol, ha dicho. Como si no lo supiéramos. Como si no fuera evidente que la tarea de romper el entramado de relaciones institucionales era directamente imposible para ese grupo de, en su imaginario, irreductibles galos, y, en la realidad, críos rollizos engañados precisamente por el discurso (falso, como todos) de la emoción, la historia y los lazos etnolingüísticos. Conocimiento este, por cierto, que justificaba el uso de la ley mucho antes.

Los accidentes históricos existen, sí. Pero solo producen efectos duraderos los que se dan en la dirección de la historia. Solo aquellos que hacen más fuertes las buenas instituciones perduran. Los otros, como mucho, hacen daño.

Debemos esforzarnos en minimizar los efectos de esos episodios dañinos. Y derrotar a los que se empeñan en producirlos. No lo lograremos yendo hacia atrás. Tampoco yendo contra la realidad. El camino inteligente es más aburrido, más lento y más frustrante para muchos, ya lo sé, pero la ilusión es mejor dejarla para los partidos del siglo que se producen cada seis meses. 

Al menos hasta que las máquinas tomen el control.

Varios

 

Yo siempre he pensado que cuando te «metes» en política te deberías obligar a estudiar, a mejorar. Hablo de un desiderátum, claro. Lo que es bueno en general, en el político debería ser obligatorio. No sé, mejorar un idioma extranjero o aprender sobre proceso legislativo, sobre costes y consecuencias, sobre política internacional. Usar el poder y la influencia para salir del cargo mejor.

Sin embargo, sospecho que la política activa produce justo el efecto contrario.

Yo, por ejemplo, le aconsejaría a Gabriel Rufián que abriera un libro que trate sobre algo. Por ejemplo, un libro de historia del siglo XX  *.

Pero, por lo que vemos habitualmente, él abrir, lo que se dice abrir, solo abre tuiter a diario:

* * * * *

Este artículo —una vez eliminada la última frase— me parece de gran interés. Si hay un lugar en el que debemos invertir dinero y recursos es en la educación y en la infancia. La cuestión es que no basta con ponerlo en la agenda: como con la política de inversión en ciencia, hay que hacerlo en serio —hay que saber qué se pretende, cómo se puede conseguir y cómo se evalúan los resultados—, a largo plazo, de forma sostenida y quitando dinero de otros lugares que quedan mucho mejor en las fotografías que coinciden con los cortos ciclos electorales. No basta con crear un comisionado, alto o bajo. Ni siquiera con contar con un presupuesto puntual.

* * * * *

La hostia simbólica que se ha llevado el PP en estos días ha sido tan importante —con el problema añadido de que el discurso de la conspiración es mucho más difícil que, por ejemplo, en 2004— que ha surgido la inesperada oportunidad para algo que en otras condiciones sería imposible: acabar con las aspiraciones de todos los que han tenido un cargo de primer nivel en el PP entre 1996 y 2012. Escojo esa fecha porque es la fecha en la que Gürtel ya no era, ni siquiera para los que mandaban en el PP, una conspiración para acabar con el PP.

Es una oportunidad muy pequeña. Pero quién sabe. Ni Núñez Feijóo, ni Sáenz de Santamaría, ni De Cospedal cumplen los requisitos. Están contaminados.

Para que se me entienda: alguien con el perfil de un Borja Sémper.

Haría falta, eso sí, que los que cumplen con ese perfil quisieran arriesgarse, jugársela, unirse y discutir a sus mayores. Supongo que no pasará.

 

* Los nazis asesinaron a más de once millones de civiles directamente, mediante prácticas de «eutanasia», ejecuciones masivas, exterminio en campos. Se ha calculado que aproximadamente un millón de ellos eran niños de menos de ocho años. Si incluimos hambre y epidemias provocadas o consentidas, la cifra aumenta a entre quince y veintiún millones. En estas cifras no se incluyen los civiles muertos como consecuencia de combates. Y los primeros que banalizaron el nazismo fueron los que minimizaron a Hitler, los que minimizaron el discurso racista de Hitler, hablando de excesos que se contendrían después en el ejercicio del poder.

 

Ha llegado la civilización

 

Estoy disfrutando mucho con el orgasmo permanente de la opinión publicada ante los nombramientos de Pedro Sánchez. Es bonito ver tanta ilusión. Pero no voy a pecar de aguafiestas; total, no tengo ninguna razón distinta de las conocidas —sobre todo de la debilidad de los números del Gobierno socialista— para ponerme a hablar de Obama y de Hollande, y estamos en primavera. Después de todo lo que ha pasado en estos años ¿quién no quiere ser optimista? Además, el presidente del Gobierno nos ha sorprendido por partida doble: primero por comparación con muchos gobiernos del pasado, poblados de gente grotesca e inadmisible; segundo por refutación de unas justificadas expectativas pésimas. Tanto nos ha sorprendido Sánchez, que parece más inteligente y más alto. Al final, solo rechina —mucho, eso sí— la vicepresidenta, de la que no diré más para no perder el tono alegre y faldicorto de esta entrada —no debemos excluir la posibilidad de que se trate de un nombramiento leibniziano que nos muestre de manera rotunda y descabellada la cantidad de mal que ha de haber en cualquier porción del mundo—.

También es ilusionante que haya tantas mujeres en el Gobierno. Que haya tantas que tengan la oportunidad de meter la pata y de comportarse con la mezquindad y la soberbia de los de arriba, y que pueda el personal, la masa de hormigas, cruelmente descojonarse de ellas como venganza estéril. Bueno, como es obvio, esto lo harán todos menos los machistas. Yo, por mi parte, y a pesar de mi bonhomía, voy a esforzarme por ser paritario y por poner, en consecuencia, a parir sobre todo a Carmen Calvo. Es mi forma de aplicar la discriminación positiva.

Ha sido también muy excitante el show. Eso de ir sacando a los ministros como si fueran jugadores millonarios para que los comunicadores pudieran pillar el micro y gritar cosas como «¡y ahooooora es el turno para el que ha subidooo más alto, para el preferido de la afición, para el que nos enseñó el caminooo al espacio, Peedro sideraaaal Duquee!». Qué gran entretenimiento. Con este precedente, las ruedas de prensa de los Consejos de Ministros pueden ser apoteósicas. Con sillas que giran y pulsadores que premien al plumilla más talentoso.

Y esto, además, va a tener unas consecuencias divertidísimas en todos los demás. Visto el éxito, se van a poner a intentar clonar el procedimiento. Si les sale mal, el descojone va a ser universal. Y si les sale bien, el descojone será aún mayor.

Por eso, aunque no lo desee, me temo que habrá quien termine apuntándose a la estrategia de hacer justo lo contrario. Nada de ser cool, moderno, joven, con estudios y mujer.

Buscar a un tipo zafio, de más de sesenta años, de esos que dicen verdades como puños y llaman a las cosas por su nombre, que no hable idiomas (a ser posible que no hable ningún idioma), antiguo miembro de la tuna, que insulte a los inmigrantes —pero no a todos, solo a la inmensa mayoría que viene a robar y a violar a las mujeres— y a los homosexuales aliados a los musulmanes amigos de las feminazis que creen en el cambio climático. A un tipo así, que se declare políticamente incorrecto, que afirme que a los violadores de niños hay que encerrarlos de por vida o, al menos, cortarles los huevos, solo le haría falta hablar de recuperar la grandeza de España para tener una oportunidad de dar la campanada.

Y luego, ojalá Nadal de ministro de deportes.

Sí, es broma. ¡Venga, entremos todos con paso firme en el siglo XXI y en la modernidad! Otra vez. Yo propongo que empecemos enterrando a Franco. Sí, otra vez.

O, al menos, vamos a guardarlo en el armario del fondo, hasta que volvamos a necesitarlo.

 

Poniendo contexto

 

Ya sabemos que cuando gobierna la izquierda un montón de gente se pone a hablar de responsabilidad, de no dañar las instituciones, de no alimentar la crispación. Basta con echar un vistazo, por ejemplo, a El País de hoy. No hay mejor bálsamo que la llegada de los buenos al poder.

Me parece muy bien. Por eso, no estaría de más que el señor presidente del Gobierno pidiera perdón por echar mierda en 2015 sobre el juez Ruz, el magistrado que permitió a Bárcenas pasar unas vacaciones esquiando tres años antes de ser condenado.

 

De aquí.

Aquí sus palabras.

Gato negro, gato blanco, gato etarra

 

El señor Sánchez no lleva ni una hora de presidente del Gobierno y ya ha comenzado la campaña para blanquear la ignominiosa forma con la que ha llegado al cargo. Hay una que me parece especialmente sangrante.

Leo que no podía evitar que determinados partidos le votasen y que no hay prueba de precio.

No hablo del PNV, claro. Todo el mundo tiene claro cuál ha sido el precio del PNV. Sánchez no lo ha reconocido y ha tenido que decir sandeces para justificar lo de tragar con unos presupuestos que hace una semana eran el mal —desde que respeta lo que deciden las cámaras a que era preciso para la estabilidad de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas—. Pero, en fin, esta enorme trola es una trola homologable en la política española. Además, claro que el PSOE podría haber firmado estos presupuestos (más divertido es lo de Podemos) y la auténtica exageración era la de hace una semana.

Tampoco hablo de Podemos. Sí creo que Sánchez seguramente no ha tenido que prometer nada a Podemos. Esto de la moción de censura, al hipotecado Iglesias, le venía tan bien que el PSOE no tenía ni que abrir la boca. De hecho, sin los errores estratégicos de Iglesias, este pacto llevaría años. Podemos es el aliado natural del PSOE. Lo ha demostrado por toda España. Nada raro, en consecuencia.

Hablo de los secesionistas y de Bildu. Pero también aquí hay que hacer diferencias.

Sánchez necesitaba a ERC y al PDeCat. El discurso blanqueador nos dice, sin embargo, que también ERC y el PDeCat necesitan a Sánchez o, al menos, que lo prefieren a Rajoy y por eso votan sí. Nos podríamos creer esto si Sánchez hubiera hecho algo muy sencillo: repetir sus palabras de los últimos meses. Sin innovar. Sin añadir una mísera coma de reproche. Incluso repetirlas con un añadido. Por ejemplo: «esto es lo que he dicho, que son ustedes unos golpistas, que están fuera de la ley, que han roto Cataluña por la mitad y que no solo no han cambiado el rumbo, sino que han elegido a un racista, pero vótenme porque soy mejor que Rajoy y mi partido es mejor que el PP». Podría haber dicho eso, pero ha optado por echar la culpa del «problema catalán» al PP y a la sentencia del Estatuto, trola tan gigantesca que me produce vergüenza ajena ver a los forofos socialistas tener que tragar con algo así, con un embuste de tamaño calibre, una de las coartadas —entre muchas otras, algunas auténticas deposiciones supremacistas— del secesionismo. Pero claro, Sánchez es «uno de los nuestros» y como se trata de echar al PP y que gobiernen los buenos, pues nada vamos a empezar esta nueva era de Acuario tragando una mierda del tamaño del macizo de Montserrat y poniendo la mejor mueca de la que seamos capaz.

Yo no sé si Sánchez regalará más cosas a los secesionistas. No tengo ninguna razón para el optimismo. Sobre todo porque, de momento, ya les ha regalado dos cosas: el silencio estrepitoso y una de sus coartadas favoritas. Gracias, majo.

Decía que había que hacer diferencias, porque, a pesar de todo, los secesionistas no son Bildu, aunque se hagan fotografías con Otegi.

Seguro que alguien me dirá: Sánchez no necesitaba los votos de Bildu. Claro, no los necesitaba, pero estos días se trataba de no hacer ruido. De ahí la bazofia intelectual sobre los «territorios» que quieren ser cosas. De ahí los asentimientos al portavoz de Puigdemont mientras este acusaba al PSOE de partido autoritario heredero del franquismo. De ahí las referencias al dolor y a lo que Sánchez «opina» sobre la condición de los golpistas encarcelados como «presos políticos». Por lo visto, el ya presidente del Gobierno opina que no lo son. Lo opina. Como opina que es mejor la tortilla de patatas con cebolla que sin ella. Joder, qué principios más arraigados los suyos.

Lo que yo esperaba, al menos, era que dijera a los herederos de la ETA y a los que toda su vida han estado aplaudiendo a los asesinos: «no quiero sus votos. No quiero ser presidente con sus votos. Son ustedes muy libres de votar sí, por supuesto. Pero, por mucho que me parezca mal lo que ha hecho Rajoy, antes me corto un brazo que entrar en la Moncloa de su mano. Y si no me diese la mayoría y necesitase sus votos, preferiría que continuase gobernando el PP. Para que les quede claro».

Sin embargo, el señor presidente del Gobierno se ha puesto a hablar de pensiones y de lo conforme que está con la portavoz de Bildu sobre la necesidad de derogar la llamada ley mordaza.

Esto es todo lo que Sánchez le ha dicho a la portavoz de Bildu, en sus dos intervenciones. No les pido que lo vean; no merece la pena. Lo pongo solo para que no tengan que creer mi palabra.

 

 

Imaginen a un candidato del Partido Popular a la presidencia del Gobierno que recibiera el apoyo de un partido nazi.

Imaginen que el candidato le dijera al tipo en cuestión unas palabras sobre lo importante que es reformar la ley hipotecaria, pero olvidase eso de «da usted asco, amigo nazi, y se puede meter sus votos por el culo».

Sí, imaginad lo que andarían diciendo los intensos que llevan un día tan indignados porque Rajoy estaba en un bar y no por la amnesia repentina del candidato estos dos días.

Aunque quizás lo que le haya pasado a Sánchez y al PSOE no es que estén padeciendo amnesia. Sino lo contrario: que acaben de recuperar la memoria.