La búsqueda de la felicidad

La historia de las naciones, a menudo, es cruelmente paradójica. No sé cuál era el número de españoles analfabetos a mediados del siglo XIX. Supongo que la cifra sería muy elevada. Sin embargo, los liberales que gobiernan en España, para demostrar su buen hacer en las colonias, aprobaron en 1863 una ley que hacía obligatoria y gratuita la educación primaria en Filipinas. Para llevar a la práctica esa ley, se crean escuelas de magisterio y, con ello, en un plazo relativamente breve, se consiguió que el pueblo con más altos niveles de educación de todo el sudeste asiático fuese el filipino.

A esa circunstancia se unieron los ecos de la revolución de 1868. La educación y la emulación serán la fuente de tres años de sueños de libertad que finalizan en 1871, con el nuevo gobernador general, ese que llega a prohibir a los sacerdotes filipinos desafectos decir misa y que reprime el motín de Cavite, de 1872, con dureza. Se ejecuta a liberales y sacerdotes y se inicia el exilio.

De los sueños se derivan las andanzas de Rizal (ejecutado por los españoles), Bonifacio (ejecutado por los filipinos) y Aguinaldo.

Sin embargo, más que hablar de la resistencia filipina o de la guerra hispano-norteamericana, me gustaría recordar un episodio olvidado, el de la conquista norteamericana.

Cuando los norteamericanos declararon la guerra a España por el asunto del Maine (hay que ver lo que acabo de decir), no tardaron en llamar a Emilio Aguinaldo (presidente a la sazón según los republicanos filipinos), para que desde su residencia en Hong Kong marchase a Filipinas, a fin de abrir un segundo frente.

Sólo un mes después la guerra de Cuba había terminado. En París, Estados Unidos y España firmaron un tratado por el que se cedían las Filipinas a los norteamericanos, a cambio de veinte millones de dólares.

Claro, cuando Filipinas era española los norteamericanos prometía la libertad. Cuando pasó a ser suya, se olvidaron de todas las promesas. Aguinaldo, al comprender la traición, convocó en Malolos un congreso que declaró la independencia. Poco después se aprobó una constitución republicana. Pero McKinley no había hecho la guerra contra España para regalar las Filipinas.

Aguinaldo y algunos delegados
enero de 1899, congreso constituyente

De nuevo se buscó una causa para la guerra, forzando las tensiones entre las tropas norteamericanas establecidas en Filipinas y las fuerzas de los independentistas. Se dice que las primeras balas silbaron al intentar cruzar un soldado filipino uno de los puentes, en San Juan del Monte (hoy forma parte de la metrópolis de Manila), uno de los accesos a Manila (la única zona de Filipinas controlada por los norteamericanos). En la wiki se dice que estudios actuales sostienen que el incidente se produjo en Manila propiamente dicha, a la altura de la calle Sorrego. Se cuenta que fueron unos soldados borrachos los que dispararon y mataron al soldado filipino. Es igual, lo que es evidente es que la noche del 4 al 5 de febrero de 1899 se produjeron enfrentamientos que se recogen en la declaración que efectuó Aguinaldo:

“SUPLEMENTO
AL
HERALDO FILIPINO
=======
Domingo, 5 de Febrero de 1899
ORDEN GENERAL

AL EJERCITO FILIPINO

A las nueve de la noche de este día, he recibido de la Estación de Caloocan un parte comunicándome que las fuerzas americanas atacaron sin previo aviso ni motivo justificado nuestro campamento en San Juan del Monte y nuestras fuerzas que guarecen los blockhouses de los alrededores de Manila, causando bajas entre nuestros soldados, los cuales en vista de tan inesperada agresión y del decidido empeño de los agresores, hubieron de defenderse hasta que se generalizó el fuego por toda la línea.

Yo deploro como el que más esta ruptura de hostilidades: tengo la conciencia tranquila de haberla querido evitar a todo trance, procurando conservar con todas mis fuerzas la amistad del Ejército de ocupación aún a costa de no pocas humillaciones y mucho derechos sacrificados.

Pero tengo el deber ineludible de mantener íntegro el honor nacional y el del ejército tan injustamente atacado por los que, preciándose de amigos y libertadores, pretenden dominarnos en sustitución de los españoles, como lo demuestran los agravios enumerados en mi manifiesto del 8 de Enero ultimo; los continuos atropellos y violentas exacciones cometidos contra el vecindario de Manila; las conferencias inútiles y todos mis esfuerzos frustrados en pro de la paz y la concordia.

Ante esta provocación que no esperaba, solicitado por los deberes que me imponen el honor y el patriotismo y la defensa de la nación a mí encomendada, invocando a Dios por testigo de mi buena fe y de la rectitud de mis intenciones;

Ordeno y mando:

1º Quedan rotas la paz y las relaciones de amistad entre las fuerzas filipinas y las americanas de ocupación, las cuales serán tratadas como enemigos dentro de los límites prescritos por las leyes de la guerra.

2º Serán tratados como prisioneros de guerra los soldados americanos que fueren cogidos por las fuerzas filipinas.

3º Este Bando será notificado a los Sres. Cónsules acreditados en Manila y al Congreso, para que acuerde la suspensión de las garantías constitucionales y la consiguiente declaración en estado de guerra.

Dado en Malolos a 4 de Febrero de 1899

Emilio Aguinaldo,
General en Jefe”

 

Los historiadores discuten si la guerra (nunca declarada, ya que los americanos dieron por sentado que era una insurrección en territorio que les pertenecía) dura hasta 1901 o hasta 1906. Poco tenían que hacer los filipinos contra el moderno ejército norteamericano y los 70.000 soldados que se trasladan a las islas. Murieron cinco mil norteamericanos y de diez a veinte mil “insurgentes”.

Pero lo verdaderamente grave de esta guerra y la razón fundamental por la que la recuerdo es que, durante la misma, se produjeron una serie de crímenes de guerra de los que fueron responsables los norteamericanos y que suele olvidarse cuando se habla de grandes matanzas y genocidios.

El escenario de la guerra era muy difícil. Cientos de islas y un terreno poco propicio. Recuerda a una guerra que tendrá lugar casi cien años después. Para facilitar las operaciones militares la armada y el ejército norteamericanos no dudaron en concentrar en campos de concentración —como los que hicieron famoso al general Weyler, luego al ejército inglés en la guerra de los bóer y, más tarde, a tantos y tantos hijoputas— a los habitantes de las zonas en las que es mayoritaria la presencia de los rebeldes. Qué gran sarcasmo que Hearst y Pullitzer denuncien los campos de Cuba para dar gasolina a los tambores de guerra. Usaron también los estadounidenses los cañones de sus barcos para bombardear indiscriminadamente las zonas de la costa. No se cortaron, vamos. No se conoce el número de muertos. Las estimaciones más bajas hablan de doscientos mil muertos. Las más altas de un millón. Las más creíbles, se sitúan en el medio millón. En toda Filipinas vivían nueve millones de personas.

No está mal. Como para tener una entrada apreciable en una Enciclopedia Universal de la Infamia.

Vida y hazañas del ilustre guipuzcoano Andrés de Urdaneta y Cerain

I. Primeras andanzas

 

Andrés es un zagal avispado y revoltoso. No es de extrañar que su padre, Juan Ochoa, alcalde de Villafranca de Oria, lo encamine a la carrera de las armas. Es joven cuando anda por las Italias y por las tierras del César Carlos. Solo diecisiete años cuando, de vuelta a su tierra, se enrola en la armada de Don García Jofré de Loayza, compuesta de siete naos que quieren dar la vuelta al mundo y repetir la hazaña de la flota de Magallanes. Poco puede verlo su madre, Doña Gutierra, que meditará quizás que esta segunda aventura no puede ser peor que la primera, la que le ha hecho un hombre por los campos de Europa.

Andrés es paje de Don Juan Sebastián Elcano, segundo capitán general de la expedición y piloto mayor. No en vano van a surcar mares que solo conocen diecisiete hombres. El más distinguido de entre ellos es Elcano, vasco como Andrés.

El 24 de Agosto de 1525 zarpa la armada de la Coruña. Comienza la aventura del hombre que descubrirá el tornaviaje.

 

II. El baile del patagón

 

Andrés, aunque joven y memorión, tiene costumbres de hombre avezado en viajes y letras, pues anota en un diario el devenir de las singladuras. Cuatro meses han consumido hasta alcanzar la desembocadura del río de la Santa Cruz, ya tan al sur. La Sancti Spiritus, nao de Elcano, navega la primera, cuando el piloto mayor observa que la capitana y la San Gabriel faltan. Él quiere esperar, pero le convencen; es enero y hay que abreviar, no sea que los coja el invierno, pero se confunde al entrar al estrecho y, para más desgracia, una tormenta terrible desbarata la Sancti Spiritus. Se impone orillarse. Entre las brumas, algún marinero divisa figuras vestidas de rojo. Rápidamente un esquife transporta a los hombres necesarios para, al menos, prender a un patagón, según el nombre impuesto por Magallanes, lector de novelas de caballería.

Han de subirlo con un aparejo al buque, tal es el miedo del indígena. Allí, sobre la cubierta le dan de comer, y vino, y después un espejo, “con el cual hizo tantas cosas de ver su figura dentro del espejo, que no haría más un mono”. El patagón intenta asir a su congénere y, al no conseguirlo, lanza grandes risotadas y baila, hasta que ya no puede más, con gran regocijo de la tripulación. Se le deja en tierra y se le despide.

 

III. De salvamento entre penalidades

 

Andrés forma parte de la cuadrilla de siete que va a tierra a buscar náufragos. Pronto, mientras vagan por la orilla, se ven rodeados de patagones. Habían trascendido los dones recibidos por el patagón bailarín, y los siete no saben —o temen— negarse a compartir con ellos las provisiones. De repente, sin víveres ni agua, sin saber bien donde están los navíos, Andrés descubre lo que es pasar penalidades. Algunos llegarán a beberse su propia orina. La providencia está, sin embargo, con nuestro protagonista, cuando descubiertos algunos náufragos, divisa la nave capitana y dos naos más.

Parece que ha pasado lo peor, pero estamos a finales de febrero. Una nueva tormenta, peor que la anterior, se abalanza sobre la flota. Llueve sobre mojado. Entre la confusión, una nao, la Anunciada, deserta, y de ella no se tendrán más noticias. Hará lo mismo poco después la San Gabriel.

No queda más remedio que poner en seco las embarcaciones. Las reparaciones durarán un mes. Cazan focas y juegan con los pingüinos, y se aprovisionan; anticipan lo que les espera en ese océano inmenso, casi sin tierras emergidas.

 

IV. La orfandad de Andrés

 

El 24 de marzo de 1525 parte la flota hacia el estrecho y el 8 de abril, entre presagios, lo empiezan a navegar. ¿Exagera cuando narra los padecimientos por el frío y las noches infestadas de piojos? “No hay quien pudiese ver”, cuenta Andrés y es verosímil, porque serán muchas sus hazañas, como para atribuirlas a varios hombres, y no precisa de artificios o fanfarronerías.

Cuarenta y ocho días de frío y cuarenta y ocho noches de plaga tardan en cruzar el estrecho. El sábado 26 de mayo singlan en el Pacífico, que los recibe con una nueva tempestad que dispersa la flota para siempre.

Andrés esta en la capitana, la Santa María de Victoria, junto con Elcano y Loayza, cuando les alcanza la mala suerte. El 30 de julio muere Loayza y el 6 de agosto Elcano.

 

V. Un gallego en las Islas de los Ladrones

 

Don Toribio Alonso de Salazar se hace con el mando de la nave y, tras consultas, decide poner rumbo a las Islas de los Ladrones. Tres meses más tarde, los hombres parecen ánimas y la propia nao se lamenta, pero se asombran cuando se topan con una isla tropical, con una laguna interior de aguas cristalinas. Deben pensar que es un espejismo, porque son incapaces de acercarse y se ven forzados a seguir rumbo. El 4 de septiembre llegan por fin a su destino.

Pronto se ven rodeados por decenas de canoas, repletas de indígenas desnudos.

No saben qué hacer, cuando uno de los salvajes, se levanta y los saluda en castellano. Es Gonzalo de Vigo, marinero de la nave Trinidad, de la flota magallánica, y su único superviviente. Lleva tres años allí y ya habla la lengua de los naturales de la isla. Se aprovisionan gracias a su inesperado intérprete, pero pronto piensan en partir, porque los indígenas se comportan haciendo honor al nombre que les dio Magallanes.

 

VI. Democracia a la española

 

La mala racha no cede, va a lomos del escorbuto. Al poco de partir de las Islas de los Ladrones, muere Don Toribio y se apodera de los hombres la cizaña. Dos se disputan el mando. Ambos son supervivientes de la primera vuelta al mundo. A votar. Parece que Fernando Bustamante va ganando cuando su opositor, Martín Íñiguez de Carquizano, arrebata los votos de las manos del escribano y los arroja por la borda. A punto está de producirse, en plena alta mar, rodeados por la nada, una batalla entre los partidarios de uno y otro. Al final retrasan la cuestión al momento de llegar al Moluco, su próximo destino.

Sin embargo, antes lo harán a Mindanao. Íñiguez, de mayores virtudes militares, ve su oportunidad. Reúne en cubierta a los hombres y les advierte del riesgo de entrar en terreno desconocido sin capitán, a la vez que explica sus méritos, mayores que los de Bustamante. Los hombres aceptan; todos menos Bustamante, al que engrillan hasta que jura obediencia.

 

VII. Entre bellacos

 

No le gustan estos indios a Urdaneta, que los trata de corrompidos y traicioneros. Aunque se le nota cierta desazón en el elogio comedido, cuando dice que dan culto a ídolos de madera “pintados con alguna delicadeza”.

Algo de rencor debe de haber en el hecho de que les resulte difícil hacer bastimento con indios tan guerreros, que aceptan las cuentas de vidrio una vez, pero se niegan displicentes a la segunda. Andrés les dice “bellacos”, pero sería curiosa de ver la reacción del vascongado de ser a la inversa el trueque.

Tras pasar por Cebú, donde se avituallan y dan una bandera con las armas del emperador al cacique, arriban a Gilolo. Han llegado al Moluco.

 

VIII. El mundo dividido

 

Ajeno al viaje de los españoles, Almanzor, rey de Tidore, muere envenenado. No han podido las armas de sus rivales de Ternate doblegarlo. Ha hecho falta el apoyo de los arcabuces portugueses.

En esas llegan los españoles y el nuevo rey les manda un mensajero. Son nuevos tiempos y hay que pactar con esos hombres poderosos que vienen de tan lejos. Íñiguez acepta y embarca rumbo a Tidore. Don García Henríquez, gobernador portugués del Moluco, es informado y manda raudo una embarcación con una requisitoria. Íñiguez se limita a exhibir la provisión del emperador ordenando construir una fortaleza en las tierras que le corresponden. Recuerda al portugués que su mitad del mundo no incluye el Moluco y cuestión tan científica va a ser resuelta a cañonazos.

Dos navíos y doce galeras tienen los portugueses. Los españoles son apenas ciento cincuenta.

 

IX. Si vis pacem

 

No todos están conformes con las locuras de su capitán. Soto, contador de la nave, ha conspirado para deponerlo y pactar con los portugueses. Íñiguez se adelanta. Son menos cada vez.

Íñiguez escoge a Urdaneta, de diecinueve años, para sustituir a Soto. Son otros tiempos, pero llama la atención que un hombre tan joven sea el elegido. Ha debido hacerlo bien nuestro Andrés. Mandará uno de tres pelotones.

Íñiguez le hace decir al capellán misa seca, para lo que saltan a tierra. Después, a todos se pide opinión, y todos a una, ciento y cinco, se conjuran.

El uno de enero de 1527 llegan a Tidore y el mismo día, con el año nuevo, comienzan a construir un fortín. Diecisiete días más tarde atacan los portugueses. Los rechazan. Luego intentan desembarcar y los españoles les obligan a retornar a las naves.

Ha empezado la guerra.

 

X. En guerra

 

La furia portuguesa se manifiesta en forma de navío con una bandera roja y una divisa: “A sangre y fuego”.

Y cumplen. Empiezan por la Santa María de la Victoria. No queda más remedio que quemarla. Los españoles se encuentran, de repente, sin medio de partir de las islas. Los paraos indígenas no sirven de mucho y no hay forma de construir un navío, pese a contar con hombres capaces, porque la madera del lugar es muy “bellaca”.

No se arrugan. Abordan una galera portuguesa y asaltan la isla de Motiel, pero va pasando el tiempo y van pasando los rumores de auxilio desde el este. Urdaneta los busca durante más de un mes y aprende a conocer esas aguas. En uno de esos viajes, topa con un barco portugués y, en la refriega, explota un barril de pólvora que lo desfigura.

Tanta es la resistencia española que se acuerda un armisticio, roto por las ínfulas del nuevo gobernador portugués, Don Jorge de Meneses. Nuevo ultimátum y nuevo rechazo, y a los portugueses les pareció “mal tener nosotros tanto ánimo”, dirá Urdaneta.

Entre tanto, Urdaneta ya lidia en la política local y contra las órdenes de Íñiguez ataca a un convoy del enemigo. A punto está de costarle la destitución, si no fuera por su valía y por el rápido perdón solicitado del capitán. No podrá este retener a nuestro protagonista por más tiempo, ya que muere, dicen algunos que víctima del veneno portugués.

 

XI. Esperanza y fracaso

 

Hernando de la Torre es el quinto jefe que conoce Urdaneta. Es tanto o más osado que el anterior. Quizás su osadía es fruto de la desesperación. Sin embargo, el día menos pensado, un navío, la Florida, aparece. Viene desde México; lo envía Cortés y, con él, hombres, pólvora, balas y pócimas.

Acuerdan Hernando de la Torre y el capitán de la Florida, Álvaro de Saavedra, que la nao vuelva a México en demanda de más ayuda. Hay que aprovisionar la nao y, para ello, planean un golpe audaz contra los portugueses, asaltando alguno de sus principales almacenes con la ayuda de los recién llegados.

Dos veces intentará volver la Florida. Dos fracasos. Los vientos no son propicios. Será Urdaneta quien resuelva el misterio del tornaviaje.

 

XII. Decisión

 

Meneses está furioso por la pertinacia de los españoles. Prepara un fuerte ataque y es rechazado. Los españoles, sin embargo, están agotando su fortuna. El número de portugueses no cesa de aumentar; su fuente es Malaca y controlan las rutas africanas. Los reyezuelos que han apoyado a los españoles los van abandonando.

El golpe de gracia lo da una incursión temeraria que dirige Urdaneta. Los portugueses se enteran. Quedan pocos hombres en la base española y Bustamante, aquel que quiso mandar, ha soliviantado a algunos contra La Torre.

Al final La Torre capitula y promete abandonar el Moluco.

¿Y Urdaneta? No está en Tidore y no se siente obligado por las promesas de su capitán, que ha jurado sobre una hostia consagrada.

A sus veintidós años, al mando de veintisiete hombres, decide hacerse pirata.

 

XIII. Urdaneta pirata

 

Los españoles y los indios de Gilolo hacen “saltos por todas las islas”. Urdaneta los manda. Sólo se detienen para alguna correría de caza.

Nadie hay sobre él. Actúa a su antojo, pero sigue las órdenes del emperador. Llega incluso a abortar una conjura indígena contra españoles y portugueses. Lo cortés no quita lo valiente.

Estamos en noviembre de 1530 cuando aparece el tercer gobernador portugués que ha conocido Urdaneta. Se trata de Gonzalo de Pereira, que trae noticias importantes. El emperador Carlos, a cambio de una gran suma, renuncia a reclamar el Moluco.

Se lo comunican a Urdaneta, que desconfía. Quiere ver los despachos del emperador, pero no los tiene Pereira, los tiene el Gobernador General de las Indias portuguesas. El tiempo transcurre y la desconfianza aumenta y, en el ínterin, Pereira es muerto por los indígenas. Los españoles comandados por La Torre ayudan a los portugueses y, gracias a eso, lograrán salvoconducto para marchar a la patria. Ya es el año de Nuestro Señor de 1534.

Urdaneta no parte con los demás. Tiene vales por especias que cobrar de los indígenas. Hasta noviembre de 1535 se retrasa en salir hacia Ceilán y hasta enero de 1536, en un navío portugués, en emprender camino a Lisboa.

 

XIV. ¿En casa?

 

En junio de 1536, Urdaneta llega a Lisboa. Nada más desembarcar se le despoja de todo cuanto posee, incluyendo planos y escritos. Protesta, llega a pedir audiencia al rey de Portugal. El embajador español teme por él y le da un caballo para que huya.

Atrás deja lo único que conserva de sus años en las Indias, una hija. Sí, el joven, el paje, el marino, el militar, el pirata, la ha traído con él. No sabemos más de su hija mestiza, ni de la amante que deja atrás.

Tiene veintiocho años nada más, pero lleva diez fuera; diez años que parecen diez vidas. ¿Cómo verán los cortesanos al hombre desfigurado, marcado con los surcos y el color del trópico?

Los miembros del Consejo Real y Supremo de Indias le quieren oír y Andrés de Urdaneta y Cerain lo cuenta todo, con tal detalle y orden que asombra a los que lo escuchan. Es un sabio este guipuzcoano, dirá de él Fernández de Oviedo.

Marcha de palacio y pasea por Valladolid. ¿Por dónde pasean sus pensamientos?

 

XV. Lo que sale en los libros.

 

Urdaneta marcha a Nueva España. En 1552 se hace fraile agustino.

Mientras tanto sigue ocurriendo que los barcos saben ir hacia el oeste, pero no saben volver. Cinco veces se ha intentado en treinta años y cinco se ha fracasado.

Un nuevo intento va a ser capitaneado por Legazpi. Urdaneta tiene 56 años y ha sido fraile los doce últimos. Sin embargo, se le encarga pilotar la armada.

Su hazaña y la de Legazpi están contadas. Llegan a las Filipinas y las toman. En ese momento, Urdaneta ha de demostrar sus conocimientos de navegación y cartografía. Desde la isla de Cebú sale la nao San Pedro, con doscientos hombres, el uno de junio de 1565. El 18 de septiembre ven la primera tierra de la costa de Nueva España.

Casi cuatro meses han usado, primero para subir y subir, dejando los trópicos y encontrar vientos favorables, a la altura del paralelo 42º, y después para viajar hacia el este. Urdaneta ha encontrado el tornaviaje, el que usará por siglos el galeón de Manila.

El tributo es terrible. Solo dieciocho hombres han soportado el viaje y es tal su debilidad que, al hacer la maniobra de fondeo en el puerto de Acapulco, optan por cortar la amarra, pues no tienen fuerza para izar el ancla.

Uno de los dieciocho es Urdaneta, que aún conserva ánimos para viajar a España e informar a Felipe II.

De vuelta en Nueva España muere. Tiene sesenta años.

 

03

Patente de corso

Una de las preguntas tontas que aparecen en juegos estilo trivial es ¿cuánto duró al Guerra de los Cien Años? La verdad es que la mejor respuesta es ¿cuál?, porque los contemporáneos las vieron como una sucesión de peleas por feudos y territorios (cosas de familia, vamos), más que como la secular lucha entre dos naciones, la francesa y la inglesa.

El caso es que hay algo a lo que no solemos (los españoles) prestar atención. Me refiero a nuestra intervención (básicamente castellana), seguramente decisiva.

El asunto tiene su origen en una decisión inteligente de Carlos V de Francia. Como este es un blog de nivel, vamos a tirar de datos y fuentes fidedignos: si recuerdan Braveheart, William Wallace se cepilló a La Loba (la fgancesa que está como un queso, casada con Eduagdo II el sodomita) y engendró a Eduardo III de Inglaterra, que suponemos había leído el guión de Mel Gibson y por eso estuvo de acuerdo con que “abdicasen” a su padre (que la había estado cagando en sus “encuentros” con Robert el Bruce, el hijo del leproso maligno), lo encerraran en un castillo y le dieran matarile. Como ven, el rigor blogal no está peleado con la amenidad.

El caso es que Eduardo III —olviden todo lo que han leído hasta ahora— le dio para el pelo a los franceses en la batalla naval de la Esclusa, y esto le permitió mandar a la feraz Galia a sus arqueros con bigote a lo Errol y regar la tierra francesa con la sangre de miles de caballeros.

Así que Carlos V pensó que tenía que resolver el problema de la flota y se fijó en España y en las peleas de dos hermanos.

Pedro I era conocido por su crueldad, a diferencia de su hermano bastardo, el Trastamara, luego Enrique II, conocido por “el de las Mercedes” —aunque la verdad es que el “de las Mercedes” se cargó personalmente al “Cruel”—. Pedro I se llevaba bien con Eduardo III, el rey inglés. Los hermanos, sin embargo, se llevaban tirando a mal, por el simple hecho de que la madre del primero fuese reina y despechada mientras la madre del otro, tatatataranieta de reyes, calentaba el lecho del rey y producía bastardos a veces en camada. Dicho esto, Pedro, ya rey, pese a sus levantiscos medio hermanos, perdonó más de lo que se deduce del apodo. Quizás demasiado, porque Enrique terminó pagando la laxitud del rey con una invasión, apoyada por franceses y aragoneses.

Ahí entra Carlos V. Pensaba en los barcos del rey castellano, desperdigados por los puertos del Atlántico y la apuesta le salió bien. Es verdad que en Nájera, el pérfido Príncipe Negro triunfó sobre Du Guesclin. Sin embargo, al final, el apoyo del rey francés le permitió a Enrique vencer en Montiel y cargarse al hermano.

¡Y los castellanos nos hicimos aliados de los franceses!

Fue mano de santo. Para empezar un tipo llamado Ambrosio Bocanegra, en 1372, al mando de un par de decenas de galeras y naos castellanas le dio una mano (léase mano de hostias) a los ingleses en La Rochela. Aprovechando la marea y los problemas de los barcos ingleses (de más calado) se dedicó a bombardar (no es errata) a los miles de ingleses que cayeron como moscas. Y la Guyena, que llevaba muchos años en poder de los ingleses, fue reconquistada.

Carlos V aprovechó para construir una escuadra en condiciones y le dio el mando a uno que sabía distinguir babor de estribor, un almirante llamado Juan de Viena.

En ese acto del drama se amplió el dramatis personae con un personaje muy curioso: Fernando Sánchez de Tovar, hombre de cualquier tiempo. Se nota en que, después de recibir honores de Pedro el Cruel, terminó de almirante del fratricida. En fin, pelillos a la mar. El tipo, con veinte galeras (y algún barco francés), se dedicó a saquear la costa inglesa. Lo recuerdan con especial cariño en la isla de Wight. Tras una tregua, en compañía de Juan de Viena, volvió a asolar los puertos ingleses y, en una de esas, se introdujo —en 1380— en el Artemisa (¡sí, es el Támesis!), llegando hasta Gravesend —a las puertas de Londres— que incendió junto con los almacenes situados a la orilla del río. Luego se dedicó a portugueses y holandeses, pero esa es otra historia. Murió en su barco, como procede.

Ahí no terminó la intervención castellana. Eso sí, cambiamos de round. En el rincón inglés mandaba el hijo de un usurpador, de nombre Enrique V (el de las dos partes de Shakespeare, el que se prueba la corona mientras el padre vive y abandona la compañía de borrachos y puteros estilo Juan Falstaff). En el francés, los guantes los calzaba Carlos VI, un tipo bastante tocado del ala (su biografía es acojonante). El árbitro era español, de nombre Enrique III el doliente, nieto del fratricida y algo pachucho.

A los ingleses no les fue mal en tierra, ahí están Agincourt y el … that fought with us upon Saint Crispin’s day, pero en el mar la cosa estuvo más reñida (al menos hasta que el pirado vendió su flota).

En esas lides destacó otro castellano, llamado Pero Niño. Las hazañas del pollo destacan incluso en tan ilustre compañía. Fue un auténtico pirata y lo sabemos porque tenemos la fortuna de que Gutierre Díez de Games, un subordinado, nos contó su vida en un libro llamado El Victorial o Crónica de don Pero Niño: sus correrías como corsario, su ataque a Southampton creyendo que era Londres (ya entonces andábamos poco viajados), el asalto a Jersey.

Era gente sin ínfulas imperiales. El último que las había tenido era el único leído: Alfonso X el Sabio. Estos eran mercenarios. Quién sabe si no nos habría ido mejor de haber seguido así, mercantilizando la mala hostia.

Leopoldo II

En el mes de Agosto de 1885, los que sabían algo acerca de África en el Foreign Office estaban de vacaciones. Alguien, sin embargo, remitió una comunicación, un “nos damos por enterados”, algo intrascendente. Y al hacerlo, le dio al tramposo un póquer de ases. Me explicaré.

Los americanos no se interesan demasiado por los negros. Esto lo dijo, en 1884, uno de los tipos más extraordinarios de todos lo tiempos, y no entiendan lo de extraordinario como un elogio, sino en sentido literal. Un tipo que necesitaría varias entradas para empezar a hablar de él y de su asquerosa obra. Un timador, un trilero, un sujeto amoral, el rey de un país demasiado pequeño y ordenado, capaz de soportar su afición por las niñas, pero incapaz de darle su sueño hecho de mapas, barcos y mercaderías.

Lo curioso es que el mismo hombre que preguntaba si estaban en venta las Filipinas, que pensaba en conquistar algún pedazo de China o que ponía por escrito que el tesoro del emperador del Japón estaba “mal custodiado”, terminó haciéndose con un territorio tan grande como media Europa. Lo consiguió engañando a todo el mundo, jugando con cartas marcadas, y aprovechándose de la apatía y la ignorancia de unos, y de la negligencia de otros.

Primero encabezó un movimiento (la AIA) casi filantrópico destinado a crear bases en África Central e introducir allí la “civilización”; luego compró a Stanley y creó una compañía mercantil, la CEHC, en la que participaban, además del tahúr, otras personas que pronto desaparecieron de la empresa, de dudosa reputación (ellos) y prácticamente en quiebra, especialmente interesadas en la explotación la navegación del río Congo y la construcción de un vía férrea que salvase los últimos kilómetros del río, imposibles de navegar. Finalmente convirtió el comité en la Association Internationale du Congo, la AIC. Sir Travers Twiss, el experto oxoniense, contestó, cuando se le consultó formalmente acerca de la posibilidad de depositar en algo tan extraño la soberanía de una nación, que por qué no, que ahí estaban la Orden de Malta o los Caballeros Teutónicos.

Pero me he adelantado. La cosa africana lo era de costas y casi todas estaban ocupadas. Portugueses, ingleses y franceses discutían sobre la desembocadura del Congo y nuestro trilero fue prometiendo a todos lo que negaba a todos, sin más fuerza que las proclamas y una buena fortuna. Cuando el inmigrante despreciado, el extraordinario Brazza, firmó con el reyezuelo Makoko un tratado de amistad, un diputado de la Asamblea dijo con sorna: “Por fin tenemos un aliado”. Lo cierto es que la presencia, no buscada, de Francia, al norte del río Congo, llevó a los políticos ingleses a aceptar a los negreros portugueses. No parecía haber otra solución. Sin embargo, el timador, alto y barbudo y amante de la filantropía, proclamó: ¡libre comercio! Nada hay que guste más a un inglés que eso. Tan filantrópico era nuestro protagonista que anunció que asumiría todos los gastos de la empresa. Los ingleses gritaron ¡hurra! y los franceses, que creían que el tipo era un excéntrico, se encontraron con garantías de que Francia tenía “preferencia” para ocupar el territorio si no era capaz de sacarlo adelante. Y no crean que se olvidaron; pregúntenle a De Gaulle.

Tan absurdo era todo que, cuando Bismarck organizó la Conferencia de Berlín (esa en la que según los libros que habrán leído supuestamente se repartió África), nadie invitó al tahúr. No importó; se coló en la fiesta usando a la delegación americana y al viejo Stanley; y fue prudente: solo pidió, a través de su marioneta, que el territorio incluyeses lo que llamó la “cuenca geográfica y comercial del Congo”, o lo que es lo mismo África central de costa a costa. No se le hizo caso, claro, pero las actas de la conferencia se llenaron de mapas y más mapas, repletos de errores, de cordilleras y lagos inexistentes, y el trilero los fue convenciendo, de uno en uno. Los americanos fueron fáciles: no se interesaban por los negros y “su” hombre era “su” hombre. Bismarck era más difícil. No se tragó las proclamas de buenas intenciones, pero calculó sobre contrapesos: así, cuando el timador se presentó sin fronteras le mandó a paseo, pero luego aceptó un Congo sin Katanga. Los franceses le darían el resto: el timador les dijo que renunciaba a los territorios al norte del río, que no controlaba, pero que, a cambio, reclamaba los que había excluido de los mapas presentados al “canciller de hierro”. Y los franceses, por segunda vez, se asombraron por tanta generosidad. Así que el mapa que firmaron los franceses era diferente: incluía Katanga, la zona más rica del Congo.

El hueso más duro era el inglés. Y entonces se produjo la farsa. El 1 de agosto de 1885, el timador se proclamó rey soberano del Congo, incluyendo la neutralidad y el libre comercio como elementos fundadores. Y se lo comunicó a los firmantes del acta de Berlín.

El acta no contenía ningún acuerdo sobre fronteras, pero todos los documentos que se habían discutido, junto con sus mapas, estaban en un solo dossier. Alguien comprobó que el mapa que aparecía en el dossier coincidía con el que enviaba el rey trilero, y pensó que los ingleses habían aceptado la creación del nuevo Estado. Salió del Foreign Office una comunicación dando al Gobierno inglés por enterado, lo que equivalía a dar por buena la creación del nuevo Estado con las fronteras admitidas por Francia. A la vuelta de vacaciones, los expertos se encontraron con el error ya cometido, e Inglaterra no quiso desdecirse. Cuando años más tarde Rhodes intente hacerse con Katanga (ese oscuro episodio en el que el rey timador termina enviando sicarios), el gobierno inglés se atendrá a su palabra.

El golpe se había consumado. Había nacido un aborto, el horroroso negativo del siglo XX.

Trenos por sesenta millones de muertos

Uno de abril de 1945. Más de cien mil soldados japoneses, muchos llegados de China y Manchuria, defienden Okinawa, una de las islas Ryukyu, que no forman parte de Japón sino desde finales del siglo XIX. En Okinawa, vive casi medio millón de personas. Los estadounidenses acaban de tomar Iwo Jima y, en la invasión, habían muerto más soldados atacantes que defensores. Estratégicamente fue un éxito: la marina y la aviación ganaban un puesto avanzado. Sin embargo, el número de bajas comenzó a influir de manera evidente en la mente de los militares que estaban ya diseñando el ataque definitivo al Japón.

Okinawa confirmó esos temores. Los norteamericanos tardaron casi tres meses en tomar la isla. En la campaña, la marina norteamericana sufrió tantas bajas como en los dos años anteriores de guerra. En cuanto al ejército y la infantería de marina, las bajas igualaron a las de los defensores: 80.000 muertos en combate, 30.000 heridos, y 25.000 más que murieron por accidente o enfermedad. Y ello pese a tratarse de los veteranos de la guerra en el Pacífico.

Ahora pasemos a Harry S. Truman. El 12 de abril de 1945 se convirtió en presidente de los Estados Unidos por la muerte de Roosevelt. Ese mismo día se entera de que existe la bomba atómica. Todavía es un proyecto de resultado incierto. Aunque hace casi un año que existe una unidad especial de aviación designada para su lanzamiento, hasta mayo y junio de 1945 no fue destinada a las Marianas, el lugar desde el que partiría la misión de bombardeo.

Ahora volvemos atrás. Esto era Japón. Aplicar nuestra idea de una sociedad autoritaria y jerarquizada, en la que se cumple la cadena de mando, a los disciplinados japoneses, es un error. Su disciplina era básicamente ideológica y religiosa. La rebeldía por razones morales se generaba de forma natural en esa ideología, y crecía y se ampliaba según se subía en la escala social. Sobre todo porque era auténtica, sincera, ya que llevaba aparejada el autosacrificio. Japón era entonces un lugar complicado si pretendías imponer algo contrario a esa visión del mundo. Incluso aunque el que pretendiera imponerlo fuese el propio emperador.

En enero de 1945 (antes de Iwo Jima y Okinawa), los norteamericanos y los ingleses habían calculado que iban a necesitar un millón y medio de hombres, toda la flota del Pacífico y parte de la Royal Navy, y cinco mil aviones para invadir Japón. Ya entonces se calculaba (tomando como base para el cálculo las operaciones de los años precedentes) más de medio millón de bajas. Y si se consideraba la pérdida de vidas entre los japoneses, bien por un bloqueo que ya era total, bien por las previsibles acciones bélicas de bombardeo incendiario, bien por la propia invasión, no era descabellado pensar en millones de muertos. Es cierto que militares norteamericanos tan famosos como McArthur (que no fue consultado), Leahy, Eisenhower o Spaatz afirmaron tener dudas sobre la capacidad de resistencia del Japón, pero fue tras la guerra y tras haberse lanzado las bombas, como crítica a su lanzamiento y cuando ya se había tomado conciencia de que no se trataba de un arma más, puesto que cualquier estrategia general futura entre las superpotencias debía considerar la autodestrucción. Los hechos objetivos, sin embargo, antes del lanzamiento, no avalaban esas tesis, en absoluto. En los relatos críticos sobre el lanzamiento de las bombas atómicas planea, a menudo, un sesgo retrospectivo de libro.

El coste previsto de la invasión era, en ese momento, de tal calibre, que algunos estrategas y analistas llegaron incluso a plantear un bloqueo como forma menos costosa de rendir al Japón. Sin embargo, esa opción chocaba con factores económicos, políticos y emocionales. En Estados Unidos seguía existiendo libertad de información y la población no dudaba —alimentada además por la propia propaganda de guerra— en calificar a Hitler y a Hirohito como bestias salvajes. Esa calificación no era, además, ya lo sabemos, arbitraria: las noticias de los campos de exterminio de Alemania y de las Filipinas han llegado a la opinión pública. Esto, a menudo, se olvida: seis años de guerra y sesenta millones de muertos exigían un precio, la rendición incondicional.

Veamos ahora el factor ruso. Roosevelt obtuvo de Stalin una promesa de colaboración en la derrota del Japón. Un ataque en Manchuria dificultaría la defensa de las islas y del propio Japón. Sin embargo, en Yalta, en febrero de 1945, la bomba, aunque avanzada, no era un factor decisivo. Luego las cosas empezaron a cambiar. Los rusos, que habían estado nadando y guardando la ropa, vieron una oportunidad excelente en el este de Asia. No sólo para pagar la humillación de la guerra ruso-japonesa, sino para su propia expansión territorial e ideológica. Así que, cuando en abril, los soviéticos anunciaron que no renovarían la neutralidad con el Japón, los japoneses intentaron el camino diplomático con Stalin para llegar a una rendición con condiciones, ignorando que el propio Stalin era el más interesado en una guerra larga y hasta el fin. Quienes sí lo sabían eran los norteamericanos, al igual que sabían que los soviéticos habían decidido que Europa del este iba a ser suya, a pesar de las conversaciones sobre el papel de una nueva “Sociedad de Naciones”. Que la rapidez del desenlace y el uso de la bomba pudieran atemorizar a los rusos estuvo con seguridad en la mente de Truman y de los dirigentes norteamericanos. Que fuese la razón principal para el lanzamiento es contrario a la evidencia. Por cierto, Stalin ni siquiera se inmutó cuando, en Potsdam, Truman le comunicó la existencia de una “superbomba”. No se inmutó porque conocía los detalles perfectamente, a través de sus espías en el Proyecto Manhattan. Además, siempre que se habla de la bomba y la URSS, se olvida que, hasta mediados de julio de 1945, no existió certeza (al menos entre los pocos militares y políticos que conocían su existencia) de que la bomba funcionaría y de cuál era su poder destructor. Considerar que la política norteamericana iba destinada a alargar la guerra para demostrar algo a los rusos y que, por eso, se hizo caso omiso a supuestos signos que venían del Japón desde varios meses antes, es absurdo.

Efectivamente, uno de los errores sobre las posibilidades para la paz en abril de 1945, que lleva a muchos autores a juzgar severamente las declaraciones de Potsdam, de las que luego hablaré, es la de ignorar hasta qué punto eran aquellas serias o no. Es cierto que Kantaro Suzuki, un almirante retirado, y presunta “paloma”, fue designado jefe de gobierno en abril de 1945. También lo es que, después de la guerra, el mismo Stimson, Secretario de Estado, manifestó que tenían conocimiento de que una gran parte del gabinete japonés era partidario de la paz. También leerán en algún lugar sobre la existencia de comunicaciones del propio Hirohito, en julio de 1945, con manifestaciones en ese mismo sentido. Lo malo de estos relatos es que chocan con los hechos, total y absolutamente, porque no puede ser cierto que los japoneses solo quisieran que se mantuviese formalmente al emperador en su trono. No puede serlo por una sencilla razón: incluso después de la primera bomba las exigencias fueron muy superiores.

Para dejarlo claro hay que hablar de Potsdam, la conferencia celebrada del 17 de julio al 2 de agosto de 1945, por los vencedores. Allí se discutió, entre otras cosas, sobre la rendición del Japón. Era evidente que Japón había perdido la guerra y también lo era que los japoneses querían una rendición “honrosa”. Stalin se lo comunicó a Truman, y a Truman se lo confirmaron también sus propios servicios de inteligencia. Lo que no estaba tan claro era qué significa rendición honrosa. Por eso Truman, el 26 de julio, hizo una declaración: los japoneses sólo podrían evitar la catástrofe rindiéndose en el acto y eliminando los obstáculos para el desarrollo de las “tendencias democráticas entre el pueblo japonés”. Se estaba dando al gobierno japonés la oportunidad de sondear el mantenimiento formal de la figura del emperador. Sin embargo, Kantaro Suzuki —se dice que por un error de traducción—, decidió ignorar esa declaración, sin intentar siquiera obtener algún tipo de especificación. Mientras tanto, Hirohito se preocupaba, sobre todo, del tesoro imperial del Japón, demostrando lo difícil que es afirmar sensatamente que existía una voluntad más o menos uniforme de obtener una paz con mínimas concesiones.

Bien, ya estamos en agosto de 1945. Los japoneses, pese a ser evidente que su fin era inevitable, seguían sin dar signos de querer capitular. Al contrario, estaban implantando planes de resistencia alegremente denominados La Gloriosa Muerte de Cien Millones, y en junio de 1945 habían llamado a filas a toda la población, según cálculos de la época, dos millones de soldados y veintiocho millones de miembros de la milicia local. Sus alocados planes incluían el llamado Cerezos en flor por la noche, ataques kamikaze sobre California para esparcir el ántrax sobre el que viene trabajando el ominoso y repugnante Escuadrón 731.

Por otro lado, Iwo Jima y Okinawa les han demostrado a los norteamericanos lo que les podía costar una invasión. La guerra estaba ganada, pero las pérdidas eran superiores a etapas anteriores de la guerra. Entre abril y junio de 1945, mil quinientos kamikazes habían ocasionado pérdidas terribles a la 5ª Flota. Cientro treinta buques resultaron perdidos o muy dañados, entre ellos cinco portaaviones, y los servicios de inteligencia afirmaban que siete mil quinientos aviones esperaban en Japón a las lanchas de desembarco y los buques de apoyo.

En ese momento, tras seis años de guerra y sesenta millones de muertos, el presidente fue informado de que la bomba funcionaba. La prueba había tenido lugar el 16 de julio de 1945, en Los Álamos. Se trataba de una bomba de plutonio, idéntica a la que luego estallaría en Nagasaki. Truman, en ese momento, tomó una decisión razonable, considerando los hechos. Ya habían muerto más de cien mil personas en Tokio, en los bombardeos de marzo de 1945, y habían sido arrasadas Nagoya, Osaka y Kobe, y, pese a ello, los japoneses no se habían rendido. La demostración del poder destructivo de una sola arma, debía ser concluyente, y de no producir el efecto moral previsto en la mente de los mandatarios japoneses, debían producir su efecto más propio: el destructivo. Y con ello facilitar la invasión.

No es muy trascendente por qué se escogió Hiroshima. Era un blanco más fácil que otros, había tropas acantonadas, tenía importancia militar y logística y se pensaba que no había campos de prisioneros aliados. El 6 de agosto de 1945 quedó completamente destruida.

Los dirigentes japoneses ya supieron el mismo día 6 que la ciudad había desaparecido, aunque  siguieron existiendo dudas entre el primer y el segundo ataque, acerca de la naturaleza del arma.

En cualquier caso, y pese al ataque, el gobierno japonés y el consejo de guerra siguieron discutiendo acerca de la necesidad de que se respetasen cuatro puntos para que la rendición fuera honrosa: el mantenimiento del modelo instaurado en la constitución de 1889 (precisamente aquél que había originado y fundamentado el militarismo, expansionismo y racismo japonés), que no se ocupase el Japón, que el desarme correspondiera a las propias fuerzas armadas japonesas, y que los crímenes de guerra fueran juzgados en el seno de estas. Como es evidente, se trataba de exigencias disparatadas.

Ni siquiera la declaración de guerra de la URSS, el 8 de agosto, y los ataques en Manchuria, cambiaron el sentido de las discusiones. Al contrario: la orden que recibieron los ejércitos japoneses de Manchuria fue batirse hasta la muerte.

La madrugada del 9 de agosto, los seis miembros más importante del gabinete se encontraban empatados: tres de ellos (demos sus nombres para escarnio de su memoria, Korechika Anami, Yoshijiro Umezu y Soemu Toyoda) exigían seguir adelante con la guerra, frente a otros tres, que planteaban negociar directamente con los norteamericanos. Obsérvese que lo que planteaba la alternativa “pacifista” no era renidrse incondicionalmente, sino negociar directamente. Debido al empate, se permitió la entrada a todos los miembros del gabinete, pero eso no desbloqueó la situación.

Las discusiones continuaban cuando llegaron las noticias de la destrucción de Nagasaki.

Hay que decir algunas cosas de la segunda bomba y del porqué de su lanzamiento. Se ha criticado a veces a los estadounidenses por no hacer, con la bomba de Hiroshima, algo así como un tiro de aviso. Los que dicen eso se olvidan de qué es una guerra. Y, sobre todo, se olvidan de qué fue la 2ª Guerra Mundial. Los norteamericanos tenían material para cuatro bombas (y cada bomba se fabricaba artesanalmente) en ese momento. Esas bombas, además de para intimidar, cumplían la misma función (sólo que aumentada) de cualquier arma y temían malgastarlas, sabiendo que iban a tardar, presumiblemente, algún tiempo en tener listas nuevas bombas (y así sucedió con el material de una de ellas: se malgastó en pruebas antes del bombardeo de Nagasaki). Por esa razón, los estadounidenses sólo disponían de una bomba más tras Nagasaki, una bomba que ya tenía un destino fijado en caso de que no se produjera la rendición: Sapporo.

La bomba se lanzó tres días después, y no cinco días como se había previsto inicialmente, porque iba a comenzar un período de mal tiempo, y los norteamericanos querían que el efecto acumulativo sobre la mente de los gobernantes japoneses —que ignoraban cuántas bombas similares podían lanzar los norteamericanos— fuese devastador. Se lanzó sobre Nagasaki y no sobre Kokura, el objetivo principal, porque ésta estaba cubierta de nubes.

Volvamos a la reunión del gabinete japonés. Cuando llegaron las noticias del segundo lanzamiento, Korechika Anami, líder de los intransigentes, siguió negándose a la rendición. Incluso a negociar con los norteamericanos directamente. Y fue necesario que Kantaro Suzuki convocase una nueva reunión a la que invitó al propio Hirohito. Durante esa reunión, las opiniones seguían enfrentadas, y fue Hirohito el que impuso la decisión de rendirse; eso sí, con la condición de que se le mantuviese “simbólicamente” como emperador del Japón. Hicieron falta dos bombas atómicas para que el emperador, el 10 de agosto, autorizase al ministro de relaciones exteriores para hacer esa proposición de paz.

Esa proposición podía haberse hecho tras la declaración de Potsdam, pero no se hizo porque los mandatarios japoneses aún querían salvar un régimen criminal y genocida. Todos los análisis a posteriori sobre la voluntad de los dirigentes del Japón, en la primavera de 1945, o sobre las vagas proclamas de paz de Hirohito, chocan contra la terrible realidad de las discusiones tras Hiroshima y Nagasaki y son incompatibles con ellas. Son malas falacias del historiador causadas por el horror nacido de la contemplación de la terrible capacidad destructiva del arma atómica y su proyección en un posible armagedón final.

Esos análisis, además, chocan, con el comportamiento de los oficiales que, ese mismo día, se plantearon dar un golpe de estado, y salvar al emperador de su deshonor; y que fracasaron, al comprobar que sus cabecillas naturales, los mismos que habían querido continuar con el sacrificio de su pueblo, habían optado por el suicidio ritual.

Y chocan con la decisión tomada por Hirohito, en una fecha tan tardía como el 14 de agosto, de exigir la firma personal de los altos cargos de los ministerios en las condiciones de la rendición.

Y chocan con la batalla sucedida, poco después, entre la guardia de palacio y jóvenes oficiales que pretendían evitar que el mensaje de rendición grabado por el emperador para su pueblo, fuera retransmitido, y que después se suicidaron en masa.

Y chocan con el hecho de que los que firmarían, el 2 de septiembre, la rendición del japón, en el buque Missouri, escogieran vehículos camuflados, por si se producía un ataque de fuerzas contrarias a la rendición.

Y chocan con las declaraciones del hombre más cercano al emperador, Koichi Kido, que afirmó que las bombas les habían ayudado a ellos, los partidarios de la paz, a ganar las discusiones sobre la rendición o el exterminio.

Y chocan, sobre todo, con el hecho de que Truman, siguiendo el consejo de Stimson, y apoyado por todo su gabinete, aceptara que Hirohito siguiera siendo emperador, a pesar de todo lo sucedido, y a pesar del lanzamiento de dos bombas atómicas.

No hay ninguna razón para pensar que no habría admitido lo mismo quince días antes.

Morphy

 

Paul Chartes Morphy es para muchos un desconocido, aunque no para los aficionados al ajedrez. Nacido en Nueva Orleans, su sangre era criolla, irlandesa, francesa, portuguesa y española.

De él se dijo que aprendió solo (como Capablanca), viendo jugar a otros y que, pronto, con apenas doce años, era más fuerte que los maestros locales. Sin embargo, el ajedrez, en una familia acomodada, no podía ser una profesión, así que terminó sus estudios de leyes.

A los 21 años comenzó la leyenda. Acudió a un torneo en Nueva York para enfrentarse a los mejores ajedrecistas del país. Los derrotó a todos y, en la final, arrasó a Paulsen (9 victorias y unas tablas). Lo más increíble, además, es que, al no existir límite de tiempo, sus rivales empleaban muchísimo más que él. Morphy jugaba casi ajedrez rápido, mientras los otros maestros llegaban a consumir diez horas en una partida.

Al no tener rivales en su país, el siguiente paso era previsible: medirse a los maestros europeos.

En 1858 viajó a Europa, a Londres. En aquella época, el ajedrez era Londres y París, y el mejor jugador era el alemán Anderssen, el autor de “la inmortal”, la partida más famosa de la historia del ajedrez. En Londres, Morphy destrozó a todos los jugadores locales, salvo a Staunton, que se negó a jugar con él. En París se repitió el escenario. La magia del desconocido americano aturdía a todos. Su juego era preciso y moderno, antirromántico. Explotaba la posición con una precisión extraordinaria e imbuía de fuerza a sus piezas desde las primeras jugadas. Botvinnik, el tricampeón soviético afirmó que “nada sustancialmente nuevo se ha creado en ese campo (el del juego abierto) desde Morphy“.

Todo el mundo quería verle jugar con Anderssen. El mejor jugador del mundo contra el invencible americano, uno de esos duelos “históricos” que tanto gusta a los aficionados a cualquier deporte.

El resultado —siete victorias, dos derrotas y dos tablas— confirmó la realidad. Morphy estaba situado en otro nivel de conocimiento ajedrecístico. Anderssen, tras ganar una de sus partidas, afirmó: Morphy ganó en 17 jugadas y yo en 77. Por lo demás esto va bastante bien.

Su triunfo lo convirtió en un personaje muy popular en Europa y en su país, donde fue recibido como un héroe. Poco después abandonó el ajedrez, y comenzaron dos males: la guerra de secesión y la locura de Morphy. Diez años más tarde paseaba, consumido por la depresión y la paranoia, discutiendo con “voces” que lo atormentaban, por el French Quarter de Nueva Orleans. Murió en la bañera, en una casa en la que hoy puede usted consumir el Bananas Foster original. Tenía 47 años.

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Imaginen un mundo lleno de lujo. La Ópera de París representa el “barbero” de Rossini y, en el intermedio, dos aristócratas, buenos aficionados al ajedrez, retan a Morphy. Son el duque Karl Brunswick y el conde Isoard.

Veamos la partida. Morphy juega con blancas y los retadores, en consulta (es decir, acordando de consuno los movimientos), con negras:

1. e4 e5  2. Cf3 d6  3. d4 Ag4?
Los aristócratas usan la defensa Philidor, nacida de la mano de otro de los grandes, pero ese último alfil está mal situado. No crean, sin embargo, que es producto de la falta de pericia de los dos jugadores; no, utilizan una jugada entonces habitual.

4. dxe5 Axf3  5. Dxf3 dxe5  6. Ac4 Cf6?


Todos los analistas coinciden. Ésta es la jugada perdedora. Es verdad que la posición de las negras ya es mala y no tienen buenas alternativas, pero ese caballo les hace perder la partida.

7. Db3  De7

La dama apoya al alfil en su ataque al peón de f7 (el punto débil de las negras, solo defendido por el rey) y a la vez ataca al peón de b7 (aunque no pretende capturarlo, porque la invasión de la dama negra en b4 y el cambio de damas no interesa a Morphy).

8. Cc3!?

Morphy no quiere combinar (aunque objetivamente es mejor comer el peón de f7). Prefiere desarrollarse y activar muchas piezas. Pronto las utilizará en una cadena de sacrificios.

8 … c6  9 Ag5 b5?

Nuevo error de las negras. Su posición es mala, pero, mientras Morphy sigue activando piezas (el alfil que amenaza al caballo, por ejemplo), sus rivales quieren expulsar al alfil de una posición que les resulta muy molesta.

10. Cxb5! “Morphy en vena” dice Maroczy. El americano cambia peón por caballo para dejar paso libre a su alfil y su dama.

10. … cxb5  11. Axb5+ Cbd7  12.0-0-0 Td8  13.Txd7!

Morphy cambia una torre por un caballo. Su único objetivo es dejar indefenso al rey negro y no duda en entregar material para conseguirlo. El caballo negro de f6 está clavado, y el alfil de f8 y la torre de h8 están tristemente obstaculizados por sus propias piezas.

13 … Txd7  14. Td1 De6  15. Axd7 Cxd7

Desde aquí dejo los tableros:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA: Para interpretar los movimientos se parte de la división del tablero en filas, numeradas del 1 al 8, de abajo hacia arriba y en columnas, señaladas con las letras a, b, c, d, e, f, g, h. El primer escaque será por tanto, a1. R es el rey, D, la dama, T, la torre, A, el alfil y C, el caballo. Cuando no se indica ninguna de esas letras mayúsculas es porque el que mueve es un peón. Una x señala una captura: así Axe4 simboliza la captura por un alfil del peón situado en el escaque e4. Un + es igual a jaque y dos [++] es jaque mate. Por último, las interrogaciones y exclamaciones califican el valor de la jugada: ?? malísima jugada, ? mala jugada, ?! jugada dudosa, !? jugada interesante, ! jugada buena, !! jugada excelente.

Perdidos en la traducción

Muchos creen que el secesionismo catalán se ha destapado en estos primeros años del siglo XXI por una simple cuestión de acumulación. Para explicarlo necesitaría unos gráficos detallados sobre desequilibrios fiscales ponderados durante los últimos milenios y un estudio psicológico del odio al catalán que afecta a varias naciones del mundo y sobre todo a la nación española y a la cherokee.

Pero seguramente, y para hacernos una idea, podemos considerar las lógicas dificultades que se producen cuando se ejecuta una obra civil de importancia en Cataluña. Pondré un ejemplo. No les diré de que obra se trató, más allá de mencionar que se situó en Barcelona y que costó un dineral escalofriante.

Los dueños de la obra eran un calco de los dueños de otras muchas obras que se hacen y se han hecho en Cataluña: participaban el Estado, la Generalidad, el Ayuntamiento de Barcelona y no sé si algún otro sitio de esos donde se trabaja a tope siete días por semana, trescientos sesenta y cinco días al año.

La constructora, lógicamente, contrató a unos señores con carrera (parece que eran muchos y de allí, de Barcelona), para que hicieran el proyecto. Pero había algunas cosas concretas relacionadas con la estructura del edificio para las que hacía falta la intervención de ciertos expertos más expertos (se trataba, sobre todo, de que aquello no se cayera). Seguramente por alguna presión del Ejército o de la derecha extrema, y no por su cualificación profesional, la constructora contrató a tres señores de Madrid. Por esas cosas de la natural expansión de la cultura catalana, se produjo la casualidad de que entendían el catalán, por lo que se pusieron manos a la obra y entregaron su proyecto.

Menos mal que se había contratado también (gracias a la sabia indicación de la administración catalana) una consultora que revisó los cálculos de esos tres protofascistas madrileños y que (esto es esencial) tradujo los planos. Es cierto que las revisiones de la consultora solían ser rechazadas por los bárbaros madrileños con expresiones como “estos tíos no tienen ni puta idea” y que, al final, también suponemos que por una infame presión de la Casa Real, se mantuvieron los cálculos de los centralistas sin excepción; pero también lo es que, gracias a esa intervención, unos documentos tan importantes pasaron a estar redactados en la lengua de Espriu. Vean un ejemplo que habla por sí mismo (pinchen en las imágenes):

planuno

plandos

(Dos de los planos que originalmente se escribieron en castellano y que fueron traducidos. Se espera que en breve se expongan en el Museu d’Història de la Ciutat)

Para que puedan ustedes mismos comprobar la verborrea fascistoide de uno de los tres “profesionales” impuestos por la vesania madrileña, les copio algunas de sus palabras:

No hay que pensar que era una estupidez nacionalista destinada a justificar un gasto inútil para acrecentamiento del peculio de los seguidistas del régimen, no. La cosa tenía su lógica, ya que los trabajadores eran en su inmensa mayoría grandes conocedores de la lengua catalana y, si no su lengua madre, sí la que se habían acostumbrado a usar a diario. Por ejemplo, los técnicos eran, casi todos, españoles no catalanes, que no entendían ni una palabra del habla de los Països Catalans, ya que casi todos estaban destinados allí temporalmente para la obra. También había un sueco y dos franceses, que puedes imaginar el buen uso que hacían de la versión catalana de los planos.

Bueno, pero, por lo menos, los operarios sí sacaban provecho de los planos, ya que, como es de todos conocido, la escala obrera de la obra civil está formada básicamente por catalanes oprimidos y no por inmigrantes rumanos, marroquíes, ecuatorianos y de otros sitios, o bien españoles inmigrados hace mucho tiempo, ya mayores y que -culpa de Franco, no cabe duda- siguen con un español de acentazo murciano, andaluz o extremeño que no se amortigua ni con la brisa del mediterráneo catalán.

Pero sí hay una razón de peso en esto y es que la mecánica de los sólidos y la teoría de estructuras no es la misma del Ebro para arriba que del Ebro para abajo, faltaría más. Por eso, al traducir los planos al catalán, se conseguía la transformación de los resultados de los cálculos y de las dimensiones de la mecánica franquista-española a la democrático-catalana, que el hormigón y el acero también tienen identidad nacional, no te creas.

El caso es que siempre pululaban las copias ilegales en español por todos lados y las del catalán, imagino, ocupaban alguna estantería de alguna dependencia de la administración municipal o autonómica. O bien contribuían al ahorro en la compra de papel de otro tipo en la obra, pero eso no lo puedo saber.

Es cierto que el pobre lunático españolista demuestra tener cierto remordimiento al reconocer la fatal ausencia de catalanidad de tantos y tantos, y la culpa del opresor español, así como la especial manera de ser de los sólidos catalanes, pero no lo es menos que un lenguaje tan brutal y falto de sensibilidad no deja de poner de manifiesto las dificultades que para la construcción nacional supone la culpa de todos los demás que no son ellos. Al fin y al cabo, seguro que los planos de la estructura de la construcción nacional de Cataluña los ha escrito algún madrileño y allí sólo los han traducido.

El club de la miseria

Reúno en una entrada la crítica a dos libros del mismo autor

Son de 2008 y 2009 

Diez mil dolares y un teléfono vía satélite

Acabo de leer un libro titulado “El club de la miseria“. Lo vi por casualidad en una librería, le eché un vistazo y, sin saber nada del autor o de la obra (más allá de los siempre extraordinarios elogios que aparecen en todas las contraportadas), me lo compré. Es algo que hago a menudo, porque puedes descubrir obras estupendas. En este caso, la razón fundamental para comprar el libro era el tema, que me ha interesado siempre. En sus dos vertientes: en el de la explicación de por qué determinados países y zonas del mundo han prosperado y en el del porqué del fracaso de otros países, zonas (¿y civilizaciones?).

Pues bien, he leído el libro y, como me ha gustado, he decidido recomendarlo. Su autor se llama Paul Collier. He descubierto que se trata de un tipo con posibles en relación a tema que aborda. Pueden comprobarlo.

La obra (que tiene en inglés un título muy expresivo: The bottom billion) es interesantísima y reúne una gran cantidad de virtudes. Es claro, está bien estructurado y el aparato de datos está reducido al mínimo. El autor afirma basarse en estudios, casi todos suyos o en colaboración, algunos publicados y otros no, y nos da las referencias. Pero acierta no multiplicando por dos el tamaño del libro. Al fin y al cabo, es seguro que tienen gran complicación técnica (por esa razón advierte siempre cuando se basa en estudios aún no sometidos a escrutinio por la comunidad científica).

Otra virtud es su lenguaje directo. No se anda con historias. Dice rápidamente lo que importa, recalcando los factores fundamentales y va avanzando camino de sus conclusiones. Tampoco da la sensación de estar el autor especialmente interesado en congraciarse con los “grupos de presión” de su ámbito de estudio. Vamos que no tiene el menor inconveniente en soltar hostias como panes cuando se tercia, aunque no es un macarra. Argumenta y nos da la sensación de saber de lo que habla.

El libro parte de la descripción de una realidad en la que puede que mucha gente no haya caído. La mayoría de los países del mundo se están desarrollando a gran velocidad, convergiendo con los países del primer mundo. Esto es nuevo. Pero, pese a ese extraordinario éxito, mil millones de personas situados en una cincuentena de países han perdido ese tren. Y además, la conclusión del autor es que sin la aplicación de una serie de medidas se verán inmersos en esa situación durante decenas de años, de forma que surgirá y se mantendrá una bolsa de increíble miseria en un mundo próspero. Ese análisis parte de la concurrencia, en esos países, de lo que el autor llama trampas. Cita cuatro, la del conflicto, la de los recursos naturales, la de la ausencia de costas y la del mal gobierno. Esta parte del libro es especialmente interesante, porque los análisis cuantitativos y estadísticos revelan conexiones y procesos que pueden parecer sorprendentes. Eso también ocurre cuando el autor analiza los instrumentos utilizados (la ayuda exterior, la política comercial, las intervenciones militares y la normativa internacional). Fenómenos como el llamado “mal holandés” o el “problema del polizón”, los análisis sobre las perniciosas consecuencias de las políticas de ayuda mal diseñadas (y su equivalente el de los recursos naturales y los incrementos de precios de esos recursos), la recuperación de ideas de intervención militar o de apoyo en materia de seguridad bien diseñadas y, sobre todo, la explicación de los malentendidos en materia comercial, todos ellos aparecen en el libro, permitiendo a los que somos profanos hacernos una idea de la complejidad de la materia (eso que ya sabemos sucede cada vez que empiezas a escarbar en un tema cualquiera).

La parte quizás menos interesante (o más frustrante) sea la última. El autor se esfuerza en diseñar las líneas de un programa. Sin embargo, tengo la sensación de que es más convincente cuando nos habla de lo que hay que dejar de hacer que la de la lista de medidas positivas necesarias.

Por cierto, al leerlo y a pesar de que resulte paradójico, no podía evitar aplicar los hechos que se describían y sus causas a nuestro país. Ya sé que formamos parte del primer mundo, pero aunque a mucho menor escala, encontraba en algunas de las soluciones y “programas” que se están imponiendo en nuestro país, las huellas de esas prácticas tan humanas que aquí se revelan como causa de la condena de mil millones de personas al estancamiento y la opresión.

En fin, el tema lo merece. Hay mucha gente que lo está pasando muy mal y que va a seguir pasándolo muy mal. No sé hasta qué punto podemos hacer algo, teniendo en cuenta la terrible cantidad de círculos viciosos que se esconden tras las iniciativas aparentemente más desprendidas y generosas. Pero si se puede hacer algo, el primer paso es estar bien informados y comprender. El último es la puta canción.

Guerra en el club de la miseria

Salgo de mi cubil para hablarles de un asunto de candente actualidad, portada de noticieros y tema estrella en las tertulias de televisiones y radios: la pobreza y el subdesarrollo.

Acaba de publicar Turner un nuevo libro de Paul Collier. Se llama Guerra en el club de la miseria. Ese club es el bottom billion en su original inglés, un club “marxista”, porque si te admiten en él es la prueba de que estás verdaderamente jodido.

Para alegría de sus editores, diré eso tan socorrido de que es un libro que puede leerse sin necesidad de haber hecho lo propio con la obra anterior: El club de la miseria. Pero la verdad es que las dos obras se complementan y la primera es una introducción magistral a los temas de los que trata la segunda. Es más sencillo comprender la importancia de reducir la violencia si se conoce el alcance de su influencia en el desarrollo de los países con paupérrimos niveles de renta.

Hay varias razones por las que recomiendo esta obra. Para empezar Collier se expresa con claridad. Y no crean que eso se lleva demasiado. Tengo entre las manos un libro que se llama A propósito de resistir. Repensar la insurgencia en África, una recopilación de trabajos de varios autores sobre el mismo asunto. Si lees la introducción descubres la facilidad de algunos para pensar lo mismo y lo contrario, y no dejar huella. Es una buena manera de no meter el diente a otra de las razones por las que aprecio a Collier: sus análisis terminan siempre (bueno, siempre que puede) en mediciones. No piensa cómo deben “actuar” las sociedades y luego nos explica por qué los hechos se ajustan a ese sistema deducido previamente. No, lo que hace es preguntarse si verdaderamente actúan como pensamos que lo hacen. Claro, los expertos que llevan años utilizando las visiones emic de los oprimidos y las visiones emic de los opresores, con esa abstrusa jerga sociocultural, tienen pánico –deduzco- a esos estudios cuantitativos, llenos de porcentajes significativos, que se cepillan de un plumazo sus versiones sobre el mal, la opresión, el hambre y la injusticia.

Por otro lado, Collier no te aburre con el aparato, aunque te dice dónde está si quieres examinarlo o discutirlo. Y además es un tipo divertido. Creo que el libro le haría gracia en algún momento incluso a algún espadón africano (aunque no le arriendo la ganancia al pobre desgraciado que se lo lea).

Lo más interesante, sin embargo, no son las anécdotas (que son muchas y suelen venir a cuento), sino las conclusiones. Algunas se alejan mucho de lo que parece razonable y por eso son tan valiosas. Ver dónde falla el sentido común es el mejor camino para evitar errores.

Por ejemplo, descubres que la democracia es peligrosa. O por decirlo mejor que la simple existencia de elecciones hace más peligrosos a los países pobres. Concretamente, el umbral es el de los 2.700 $ de renta per cápita. A partir de esa cifra las autocracias se hacen más violentas (ya está ocurriendo en China), por debajo de esa cifra las democracias son más violentas. La explicación se encuentra en dos conceptos fundamentales: la responsabilidad y la legitimidad. Su ausencia nace del déficit de información, de la mayor importancia tribal y racial (cuestión que tiene una influencia decisiva en la falta de provisión de bienes públicos y en el desacierto de modelos socializantes en países muy pobres), de que las estructuras estatales no puedan generar lealtades, del atractivo del poder para los criminales en sociedades sin contrapesos, y de la paradójica disminución de las purgas. Es muy interesante el análisis sobre las formas de intimidación electoral, sobre la política de reformas en y tras los períodos electorales, sobre la dificultad intrínseca de basar buenas políticas en elecciones amañadas, y sobre el riesgo de pensar que las elecciones por sí solas ya son un buen paso.

En ese punto es decisiva la cuestión de la dificultad de lograr la cooperación cuando las políticas identitarias llevan al extremismo, precisamente porque los partidos que producen más satisfacción identitaria son los más extremistas. Aquí introduce Collier un concepto importante, el de selectariat, que explica las dificultades de que una camarilla controle al tirano cuando esa camarilla está basada en lealtades tribales. Al final, una medida útil es el fomento de sentimientos de unidad nacional, basado en (ya lo sospechan), la lengua, el invento de una historia común, la retórica de la unidad nacional, la creación de símbolos. Lo que en Europa llevó siglos, aquí ha de hacerse en una generación, lo que exige personalidades fuertes como la de Sukarno o Nyerere. Y por eso resultan contraproducentes los intentos disgregadores, contrarios a economías de escala, en países mínimos, que generan “dentro” las prácticas que se supone combatían: el caso de Timor Oriental –que exigió una “invasión” de dos mil soldados holandeses para evitar la matanza- o de Eritrea, embarcado en una represión brutal –que degenera en guerra civil- tras la independencia de ambos. Es bestial el dato sobre Sudán del sur y que los únicos proyectos de inversión sean macroministerios (para gobernantes que viven en Nairobi) y un hotel de cinco estrellas para los técnicos internacionales. Y es revelador el estudio de la posibilidad de englobar en siete grandes estados una diversidad étnica igual a la actual.

Todo esto es además importante, porque demuestra que los acuerdos de paz son peligrosos si no van acompañados de garantías internacionales y de una política económica controlada durante un plazo de diez años de promedio. Para hacerlo posible defiende el sistema de “garantías en el horizonte” (la amenaza de intervención de un tercero), que se demostró tan útil en el África francófona. Esas garantías influyen en la ausencia de huidas masivas de capitales (el 36 % de la riqueza africana está en fuera de África), y en la posibilidad de recuperación de la capacidad técnica. De promedio, tras siete años de reconstrucción, todos los indicadores han llegado al punto previo al conflicto, salvo la productividad, que en el caso africano se refiere a sectores tan básicos como la construcción. Propone el autor que, en vez de gastarse el dinero en mensajes de reconciliación (¡ah, la ministra Chacón que quiere que los somalíes y los afganos nos quieran!) se gaste en proyectos de capacitación técnica local, lo que él llama “albañiles sin fronteras”. Y lo acojonante es que está calculado el beneficio de las misiones de paz, y es enorme.

Como esta entrada está quedando muy larga, les dejaré que descubran ustedes por qué las armas son un lujo, por qué un kalashnikov vale en África la mitad, qué parte de la ayuda internacional se gasta en armamento, y cómo se mide. O cómo prever una guerra y qué factores la hacen probable, con la sorpresa, para disgusto de muchos, de que no influyan nada el colonialismo, la guerra fría, o la represión, a diferencia de los antecedentes de guerra, la edad de la población o la orografía. También descubrirán (oigo los gritos del experto holandés que repiensa los conflictos) que la razón fundamental para las rebeliones es la avaricia (con el ejemplo del presupuesto ordinario de los tigres tamiles de 350 millones de dólares) y que si una rebelión es viable alguien ocupará ese nicho de mercado, como se ha demostrado en el caso de Darfur. Descubrirán una buena receta para evitar golpes de Estado y una rebaja en las expectativas en esa forma tan querida de dar matarile a los tiranos; por qué la carga fiscal directa en esos países es baja y por qué eso —y el recurso a las “minas de Potosí”— los coloca en un atolladero. En fin, podrán leer las propuestas del señor Collier —muy moderadas tras las andanzas de Bush— y, entre ellas, un interesantísimo proceso de examen hacia atrás para justificar la viabilidad del uso de la propia violencia interna como fuerza benéfica.

Por cierto, hay un capítulo magnífico en el libro sobre la construcción del Estado y la Nación. He de ser sincero: me lo parece porque ha reforzado algunas opiniones previas sobre el origen del predominio europeo y las guerras (argumentos que suelo extender a la influencia de la técnica y las necesidades del príncipe frente al “humanismo cristiano” como motor de nuestra superioridad). Y no puede ser malo un libro que coincide con tu opinión y que, además, te proporciona argumentos para las discusiones de bar. Argumentos santificados por estudios realizados por gente que se llama Anke o se apellida Pattillo. ¡A ver quién te lleva la contraria!

En fin, que se lo recomiendo (les recomiendo los dos). Y no dejen ir demasiado la imaginación cuando leen sobre los países del club de la miseria y sus prácticas políticas y sociales. Nosotros, ya lo saben, somos modernos y responsables.

Lo que ponen los ojos del que mira

 

Esto es puritanismo civil. A cuento de determinados movimientos se está produciendo un nuevo renacer semejante a esos que marcaron el nacimiento de los Estados Unidos.

Los nuevos cultos tienen que ver con la salud, con el sexo y con las diferencias, o mejor dicho con la supuesta ausencia de diferencias. El control de la conducta deriva de nuevas normas de contenido cuasirreligioso. Cualquier regla que se refiere al control de las costumbres se basa en una visión del mundo que excede de lo estrictamente necesario para el mantenimiento de la paz social.

Se nos dice qué debemos o no comer. Se nos advierte —con admoniciones terribles y presentes a todas horas— que no debemos fumar. Se nos exige que seamos solidarios y respetemos el medio ambiente. Lo que importa no es la conducta responsable, sino la conducta sana, conforme a estándares que no pueden discutirse. Se impone el control del pensamiento y se castiga más si los motivos son incorrectos, penetrando en la mente del criminal. El buen ladrón podrá ir al cielo de la reinserción; sin embargo, el malo, el que golpeó a alguien porque era negro o mujer, ese padecerá las penas del infierno. Se analizan las conciencias y no solo los actos.

Corre por el plástico mundo de occidente un viento terrible que anega el pensamiento y constriñe los instintos, que nos hace hipócritas y entierra la verdad bajo montañas de “iniciativas” públicas. El logo de nuestro tiempo es la campaña de sensibilización.

Así, si Armani quiere vender ropa para niños y los disfraza -como ha hecho tantas veces – de mayores (¿o no?), el defensor del menor denuncia la publicidad por su contenido “implícitamente sexual”.

¿Y por qué? Porque son niñas de rasgos orientales ligeras de ropa. Llega el prócer a interpretar —¿serán las sonrisas, el abrazo, la pose inclinada, la mirada al que fotografía, más alto que las modelos?— que lo que se ve es una alusión al turismo sexual.

Sin embargo, yo creo que hay que tener una mente muy estrecha o muy enferma para mirar esa fotografía y, en vez de ver a dos niñas, pensar en occidentales que pagan por favores sexuales. Si las fotografías lo fueran de niñas sin ojos rasgados, los censores permanentes quizás habrían pensado en las fotos esas que guardan en Mis documentos.

Además, en los catálogos de ropa para niños, muchas veces aparecen como aquello a lo que juegan: como adultos. Disfrazados. Porque muchas niñas como las del anuncio se han puesto los zapatos y la ropa de su madre. Porque el juego sirve para eso. Para ensayar conductas. También para ensayar conductas que anticipan la tendencia sexual.

Más le valdría a las autoridades perseguir el delito allí donde se produce y, en vez de gastarse el dinero en juzgar a Pinochet, aprobar normas de persecución universal de la explotación sexual de los niños. No es difícil. Basta con coger ciertos aviones de los que van a Cuba o al sudeste de Asia. Investigar sobre el terreno. Pero claro, resulta mucho más cómodo y rentable montar un escándalo por las fotos del catálogo de Armani. La mierda escondámosla bajo la alfombra.

Al final las terminarán retirando como hizo Dolce & Gabanna.

Y podremos dormir más felices, sabiendo que el defensor del menor ha evitado los, sus, nuestros sueños lúbricos, los de millones de hombres.

Bossa Nova. La Historia y las Historias.

Para José Antonio Montano 

– I –

P.V.P. 28 €

Un hombre en pijama –lo imagino despeinado, con un pijama arrugado, blanco, de finas rayas azules-; y sus calcetines lo deslizan por el pasillo de una casa. Abre la habitación en la que duerme una niña pequeña. Lleva una guitarra. Se sienta junto a la cuna y, suave, toca y canta.

Esta entrada la soñé. Había contratado habitación en un hotel y, por circunstancias que no vienen al caso, terminé en otro, en otro lugar, oyendo disparos de cazadores y mirando la Luna crecer y a Júpiter pasearse por el firmamento. Un día anduve por el campo durante muchas horas, demasiadas, y el agotamiento me hizo dormir nerviosamente, al borde del entresueño, y escribir a oscuras, en mi cabeza, una historia perfecta. Por desgracia, al día siguiente sólo recordaba el comienzo. El de la entrada, porque el comienzo, en realidad, es otro.

De alguien que tiene tendencia a recomendar debería esperarse cierta actitud receptiva. Pero la verdad es que no sólo no hago mucho caso de las recomendaciones ajenas, sino que las recibo con displicencia. ¡A mí me van a descubrir algo! Así que, cuando se empezó a hablar en este blog (Nota: me refería al nickjournal) de las bondades de Bossa Nova, el libro de Ruy Castro, me dije, bah, un libro sobre música de ascensor. ¿Y qué va a decir el traductor? Mejor aún: ¿qué va a decir el traductor de un libro si el traductor es Montano, el hombre capaz de *pepsicotraducir* la guía telefónica de Tirana y llamarla “páginas lechosas”? Pero luego se fueron repitiendo los elogios. Ya sé que este blog está lleno de pelotas expedidores de tuppers de cabrito, pero el asunto empezaba a mosquearme. ¿Sería posible que el libraco no fuera tal?

Así que decidí leerlo. Pero aprovecharía esa época idiota llena de flores, sonrisas, playa y mar, y mientras tanto seguiría con mis estimulantes lecturas sobre las hambrunas del siglo XIX, el holocausto y los judíos americanos, las drogas, los Sháposhnikov, un sótano, y la deseada tercera guerra mundial narrada con la escritura vibrante de Tom Clancy (Sin pensarlo, Edwards sabía que si otro hombre intentaba ponerle las manos encima, él lo mataría sin vacilar, y no podía llegar a pensar en cómo sería para él tomar a la muchacha …)

Tuve suerte. Me llegaron unos cedeses llenos de bultos con nombres extraños entre los que abundaba saudade. Escuché, varias veces, el soniquete brasileño, pero, enfrascado en asuntos intelectualmente exigentes relacionados con la prosa administrativa, dejé que el runrún transitara oído adentro, oído afuera, con gran soltura y poco provecho.

Por fin llegaron las vacaciones y en la tumbona (le pongo el “la” para que sepan de qué hablo y no digo más por el temor de multiplicar ademanes inútiles) comencé la lectura, pero las prisas y la mala planificación dejaron atrás la música, y leí el libro a palo seco. A palo seco y de tirón, y tal fue el disfrute por lo leído, que resolví repetir hasta quedar harto, acompañando la ingesta con guarnición de gilbertos.

Y así me vi, tras un breve paso por el dulce hogar y dejar el abasto en el ipod, leyendo y escuchando bossa nova, despatarrado, a los pies de la Sierra de Gredos.

Podría decirles muchas cosas del libro, pero esta entrada está quedando muy larga, así que otra vez será.

– II –

Champán, mujeres, música y hormigas

Como decíamos ayer …

No hagan caso de los chismes. Bossa Nova, la historia y las historias (Chega de saudade; a história e as histórias da Bossa Nova, en el original) no trata de la bossa nova. Ese es el MacGuffin que viste otros propósitos. Veamos algunos posibles.

Ya saben que a los directores de teatro y ópera, aburridos y deseosos de justificar la paga, les dio hace unas décadas por actualizar los grandes dramas del pasado. Ves cómo las hijas del Rey Lear se desnudan mientras sus maridos parecen jerarcas nazis, o escuchas a Rigoletto cantando la rà en Chicago, entre hombres de respeto. Pues eso es lo que parece hacer Ruy Castro, hablarnos del Renacimiento italiano y esa inflación de genios en el vecindario, pero sin llamarles Michelangelo o Rafael, sino Tom, Johnny, Chico o Baden Powell. Algo parecido a, no sé, colocar a Orfeo y Eurídice en Río, durante los carnavales. ¿Se lo imaginan?

Por otro lado, los capítulos sobre el Sinatra-Farney Fan Club y los años de aprendizaje de varias decenas de chicos y chicas formales que terminaron tocando en tugurios, fumando maría, olvidando condones, trasegando whiskey, zurrándose ante millones de personas, triunfando o no, zigzagueando en descapotables, el pelo al viento, y estrellándose contra los bajos de un camión idéntico al que vieron en aquella transparencia, salvo por el detalle definitivo de su realidad, podrían ser una excusa para hablarnos del tránsito de la adolescencia a la madurez y de la inocencia a la portada de Playboy.

También es posible que haya un mensaje político encubierto y el autor sea un tipo retrógrado y desleal, que amontona datos y datos a favor de una música sutil y sofisticada, cantada y tocada casi siempre por chicos blancos de clase media y alta (con la acostumbrada presencia de algún traidor de clase que olvida que el morro es el mejor lugar del mundo), en contraposición al latido del pueblo.

Todo lo anterior es cierto. Pero yo sé que los lectores de este blog no se conforman con esos metamacguffins y quieren conocer la verdad, por aterradora que resulte. Y lo cierto es que este libro no es más que la biografía de uno que nació en Juazeiro, imitaba a cantantes como …

…, con su bigotito, para luego volverse majara, desaparecer, retorcer sus dedos, dar la vuelta y vender millones de discos.

La pasión insana del autor por João Gilberto le lleva a rodearle de gente acojonante, que canta, que toca, que tiene sentido del humor, que vive. Y todo para que, contra el fondo de tipos especiales de los que hacen suspirar y hembras de bandera, el brillo del ídolo sea deslumbrante.

Sí, nos habla de todos ellos. Nos dice quiénes fueron, de dónde venían, a qué clases faltaron y cómo se ganaban la vida los padres a los que desobedecían. Nos cuenta sus traiciones, sus líos, el tamaño de sus capturas y el de sus ojos. Nos habla de los que se enriquecieron aprovechándose de su talento y de muchas historias falsas que tienen que ver con encuentros supuestamente fortuitos y canciones que se improvisan sobre servilletas de papel. Hasta incluye algún bufón pesado que se planchó el pelo para ser civilizado como los animales.

Es ladino el tal Castro. Barrunto que conoce al gran Schenker, ese señor tan serio que gastó su vida intentando explicar que una sinfonía de Brahms culmina en el compás 283 y que lo demás es morralla. Y hace lo propio, porque el libro asciende hasta el maravilloso capítulo VII (En busca del ego perdido) y luego desciende a lo largo de trescientas páginas de epílogo. ¿Quieren saber de qué trata ese capítulo? Es sencillo, nos dice quién mató a los diez negritos, si había más de un tirador en Dallas, y por qué -después de escuchar a João Gilberto- Menescal, Bôscoli, Lyra, Jobim, toda la pandilla, se quedaban mudos, los ojos como platos, tartamudeando un “¿cómo se hace?”.

Lo malo es que se ha pasado. Ha sido tan brillante en los preparativos, en los pasajes de paso, en los interludios y en los entremeses, que te deja agotado. Sales de una anécdota fabulosa y te está metiendo en otra. Termina uno con la mandíbula retorcida de tanto mantener la media sonrisa irónica de Rick, pensando en el plantón a Simone y Jean Paul, en gatos suicidas, y en bobos que confunden el Palacio con un cine. Y te lo envuelve con un leit motiv llamado Sinatra, que empieza lejano en el Olimpo y termina cantando baubles, bangles and beads con laringitis.

¡Venga, rásquense el bolsillo y compren Bossa Nova! Podrán asombrar a sus amistades hablando de la batida y de los callejones de Río, usarán el término crooner con soltura, aprenderán a decir Milton Banana y João Donato con respeto, y además podrán apropiarse del capítulo de Ecce Homo, ese que pregunta “¿Por qué soy tan inteligente?”. La respuesta está a su alcance, sólo cuesta 28 €.

Y si no la descubren no me pregunten. Yo vivo en la bossa nova provisionalmente, sólo hasta que encuentre un lugar mejor en el que alojarme.

¡Ah!, no les extrañe que no les hable de José Antonio Montano y su traducción. He intentado fijarme en ella, pero no he podido; estaba leyendo Bossa Nova.