Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XIX)

 

Hace unos años defendí a una chica de diecinueve años. Era, a la vez, defensor y acusador. Se trataba de un asunto de violencia entre novios en el que se habían visto implicados amigos comunes, a modo de bandas.

Ella le acusaba a él, entre otras cosas, de haberle provocado un aborto.

Entre toda la porquería que se acumulaba en el expediente judicial, esparcida por unos y otros, lo único que tenía sentido era un informe ginecológico. El aborto se debía esencialmente a los malos hábitos de la embarazada y a su negativa a actuar con un mínimo de cuidado.

Podía haber abortado, pero buscaba un culpable.

Con diecinueve años era tan obscenamente vieja como el mundo.

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Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XVIII)

 

En Soria, en una calle empinada, vimos una estampa disparatada. Un tipo grueso y sucio, en camiseta, circula cuesta abajo en una bicicleta. Inmediatamente detrás, un chaval de unos diez años, un remedo en miniatura, le sigue en otra, pedaleando con furia, con un perro pequeño en una cesta casera. Justo a continuación un chico negro con chancletas corre, corre como un loco, intentando mantener la distancia.

Los cuatro que lo vimos coincidimos en esto.

Yo vi, además, una cuerda que iba desde la parte trasera de la segunda bici hasta el cuello del chico negro. Los demás niegan esto, entre risas.

Yo vi esa soga. Lo juro.

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XVII)

 

Yo soy de barrio. Viví en un chalé estupendo, allá por Arturo Soria, hasta los cinco años. No recuerdo casi nada de aquella época. Toda mi adolescencia la pasé en Usera de las vacas flacas. Luego, cuando ya me daba casi igual, me llevaron a vivir al Parque de las Avenidas.

Tengo aún rastros de chaval de barrio. De barrio chungo. No me separa una generación del hambre como a Clarisse, es algo más sutil.

Antes muchos tenían las señales de la viruela. Algo así quiero decir. No es físicamente perceptible, pero es auténtico.

Cuando era niño, a veces íbamos al centro. Pocas veces. Casi siempre a ver algún especialista. Las aceras inabarcables, al salir del metro, nos delataban.

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XVI)

 

Tuve un profesor al que llamábamos “el chivo”. Creo que era un buen profesor, aunque a saber: tenía trece o catorce años entonces; no soy tan iluso como para confiar en el juicio de un chaval de trece o catorce años.

Me sentaba junto a un atlético. Jugaba, el atlético, al hockey hierba. Era muy facha y fanfarrón. Su padre tenía un bar, pero nunca me invitó a nada. Estaba algo loco y sus huesos eran muy frágiles. De los años en los que compartí colegio, en mis recuerdos siempre aparece con alguna escayola. Este compañero estaba, ya lo he dicho, bastante loco y siempre terminaba castigado. Un día el chivo le dijo: “fíjate en Tsevan —admitan el juego— hace las mismas que tú, pero nunca le castigan”.

Era mentira. Solo se trataba de una enseñanza de vida. Si estás loco que no se te note. No sé si mi compañero aprendió esta lección.

Yo no estaba loco. Era un buen alumno. Una vez, en religión, hice un trabajo sobre Hitler y el profesor solo me puso un notable, aunque mi trabajo era el mejor de la clase. Aquel profesor de religión no alabó mi trabajo. Sin embargo, sí elogió parcialmente a Hitler, del que dijo que había construido muchas autopistas.

Nada hice contra aquel tipo hediondo. También es cierto que solo tenía trece o catorce años.

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XV)

 

¡Odio el acordeón! ¡El ruido que produce el acordeón! Era, por cierto, el instrumento musical favorito de mi padre.

Mi padre era un tenor magnífico. Vi —lo juro— a hombres y mujeres llorar después de escucharle cantar alguna romanza de zarzuela o alguna jota. Mi padre era camionero. Cantaba muy bien, pero le gustaba el acordeón. No me pregunten cómo es posible, porque lo ignoro.

 

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XIV)

 

Me encantaría hacer un manifiesto. El tema da igual. A ver, me explico, que luego alguien me acusará de diletante: da igual a los efectos de lo que voy a plantear, claro que no lo da en sentido sustantivo. Un manifiesto se tiene que ocupar de alguna cosa importantísima que se caracterice por la imposibilidad de influir en ella con un manifiesto. Establecido esto, vuelvo a lo que me ocupa: me encantaría hacer un manifiesto que empezase con una exhortación al pueblo soberano, siguiera con una descripción de los males de nuestros días, apuntillase la parte central prediciendo la catástrofe que se avecina si no se tuerce el rumbo y terminara invocando a la esperanza.

Y, en ese momento, hacer una hecatombe y que la sangre anegue la plaza pública.

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XIII)

 

Estoy a punto de cumplir cincuenta años. Seré optimista y partiré de la presunción de que me queda media vida. Creo que debo cambiar y hacerme un amoral para la segunda mitad. Lo malo es que para todo hace falta una práctica. No importa, es ponerse. Mi problema es escoger el sentido. ¿Comienzo por una amoralidad cotidiana y de baja intensidad y asciendo o pienso en la mayor amoralidad posible y la ejecuto y desciendo? Me atrae esta segunda posibilidad y así que alguien pudiera decir eso de “Tse empezó por el asesinato, luego siguió con el robo y finalmente terminó no saludando en la escalera; pero mírale, qué gallardo va”.

Optar por la estética y no ponerme lo primero que pillo en el armario. Y a los cien años volver a ser el de hoy.

El seis de noviembre comienza la segunda parte de mi vida. ¡Sí! ¡Os vais a enterar!

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XII)

 

¿Cuánto vale un rumano muerto?

Aunque les parezca una pregunta extraña, es algo que se discute a diario en una versión más general. Los muertos tienen un valor cuando alguien tiene que pagar por ellos. Siempre que escuchen esa pregunta, miren, habrá un abogado cerca. En cierta ocasión tuve que discutir por el valor de un rumano muerto. Además de muerto, el rumano era un ladrón al morir, casi adolescente. Llevaba en la mano una bolsa con lo robado y corría, de noche, perseguido por los faros —la luz que salta y rebota al compás de las zanjas— de un todoterreno.

Aunque nuestro comercio es el que es, los abogados solemos disimular y no decir cosas como “cuánto vale un rumano muerto”. También la abogada del cazador disimulaba, hasta que, al ver que yo calculaba el valor del rumano muerto como si fuera el de un español muerto, se quejó. “Eso, en Rumanía, es una fortuna”. Lo asqueroso es que la hija de la gran puta tenía razón. Pero pagó.

Su padre no parecía un ladrón. Cogió el dinero con una mano. Una fortuna. También se llevó el cadáver con la otra mano, en un ataúd especial.

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XI)

 

Hace mucho que soy partidario de las putas. De las putas y no de los putos, porque no he conocido ningún puto y sobre ellos no tengo opinión. Putas sí he conocido, unas cuantas. Lo reconozco, he conocido putas por razones profesionales y sociales. No hablo metafóricamente. Como bien saben, soy abogado y me vendo. Es decir, vendo mis servicios. En alguna ocasión he vendido mis servicios a alguna puta. También he conocido algunas por razones sociales, como he dicho. Viví un par de años en un edificio de apartamentos en el que algunas de mis vecinas también laburaban en ese sector económico. Eran amables, solícitas y simpáticas. A través del patio de luces, desde el salón de mi apartamento, se las veía trabajar. Se las entreveía, en realidad, sombras chinescas mientras cae la lluvia.

(Al salir del ascensor me encontré con un amigo que empujaba una silla de ruedas. En ella su hermano. Un hermano lleva a otro de putas.)

De entonces proviene mi favorable opinión. Sobre las putas, claro. De los putos no tengo opinión, ya que  no he conocido ninguno.

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (X)

 

He contado a menudo que, durante muchos años, “hice” pseudoestudios de música en el conservatorio de Madrid. Compraba un sobre de matriculación, ponía una foto en el carnet que venía dentro y rellenaba mis datos. Sin ningún sello, ese carnet incompleto (tentativa inidónea, permítanme el detalle de humor) me sirvió para asistir a todo tipo de clases y para conseguir centenares de entradas gratis para conciertos de toda índole. Así pude escuchar a las mejores orquestas y solistas del mundo durante los años en los que sí me matriculaba en la Facultad de Derecho. No me negarán que la cosa tiene su gracia: no asistir a las clases en las que sí estás matriculado, pero no (al menos, no solo) por apatía por el estudio, como lo demuestra mi asistencia a clases en las que no estaba matriculado. Incluso algún examen llegué a hacer, a modo de experimento, con resultado excelente, según mi autocorrección.

Hay, por ahí, ya ustedes saben, una teoría de los “universos fecundos”, un invento de un físico llamado Lee Smolin. En su novela de género, los universos compiten en cierta medida por los recursos disponibles. En uno de ellos, un Tsevan menos absurdo, no solo compra el sobre, sino que paga la matrícula, se deja coleta, pide que baje el IVA cultural y toca el djembé.

Su blog se llamaría “contrapunto” o alguna mierda así.

No vean lo mal que ya me está cayendo el sujeto ese.