Take up the White Man’s burden

Cuando Julio Verne nació, en 1828, la revolución industrial había demostrado ya su poder en Gran Bretaña. Con ella, con sus éxitos indiscutibles, y por la mitificación de una casualidad histórica que fue vista como un designio racial, nacerían —y crecerían durante todo el siglo XIX— la esperanza y el horror. Sus cimientos son contemporáneos del escritor francés y se exaltan en sus obras. De eso trata este artículo, de la cara b del nacimiento de la modernidad.

La época de Verne es, en parte, una época de adanismo. Los hombres blancos, europeos, anglosajones, franceses y alemanes, se deslizaron con enorme derroche de buenas intenciones sobre lo que consideraban obvio: que el poder de las máquinas europeas, primero, y el poder de su ciencia, después, eran la demostración de que la raza blanca era superior y que a ella incumbía guiar a los demás pueblos hacia la paz, la prosperidad y la felicidad, pagando el precio de su sometimiento. El racismo no era nuevo; lo nuevo era su método y su justificación. La inferioridad ya no derivaba de cuestiones no sistematizadas relacionadas con el salvajismo, las costumbres o la religión, sino de algo mucho más peligroso: de la cuantificación. Los europeos decidieron que la misma ciencia que había producido máquinas tan asombrosas podía aplicarse sin más a la explicación de fenómenos mucho más complejos, pero que ellos, con ese optimismo tan evidente en la obra de Verne, consideraban perfectamente abarcables. Ya no nos preguntábamos si un indio tiene o no alma, sino que medíamos y pesábamos su cerebro o su cráneo, y sacábamos conclusiones.

Hablaba antes de buenas intenciones y así creo que fue, pero preñadas de una perezosa e interesada creencia: si la realidad era producto del determinismo biológico, la superioridad material de la tecnología y la ciencia blancas eran a la vez una prueba de la superioridad de ciertas razas; si explicábamos con un método «científico» por qué los negros o los asiáticos eran inferiores, la dominación sería no sólo benéfica para el conjunto de los seres humanos, sino inevitable.

Se trató de un movimiento absolutamente transversal, en el que muchas figuras «progresistas» abrazaron con entusiasmo explicaciones seudocientíficas y programas enajenados, a menudo olvidados pese a encontrarse en el origen de gran parte de los horrores del siglo XX. Esas pretensiones y sistemas beberán de las lecciones e ideas de hombres como Saint-Simon, Comte, Carlyle, Spencer, Disraeli, Dilke, Zola, Lombroso, Pearson o Bernard Shaw.

Es esta la época de Galton y de De Gobineau. El uno, en su Hereditary genius: An Inquiry into Its Laws and consequences, concluyó que los caracteres importantes estaban totalmente determinados por la herencia y que la especie humana podía ser mejorada planificando el nacimiento de los más dotados y prohibiendo la reproducción de aquellos que podían manchar, con su estupidez y su grisura, la herencia de las generaciones futuras. El otro dio un salto desde el individuo y en sus Essai sur l’inégalité des races humaines las comparó, concluyendo que los negros de África se situaban en lo más bajo de la escala y que el mestizaje de los pueblos europeos —como consecuencia de la expansión imperial de griegos, romanos y turcos— con razas orientales y africanas, había producido una degeneración de la raza blanca de la que sólo se salvaba la germánica que habitaba en Gran Bretaña, Alemania, Bélgica y norte de Francia.

Todas estas teorías se veían reforzadas por una creencia en la inevitabilidad del progreso y del conocimiento científicos, aplicados a todo tipo de saberes y, en particular, a las ciencias sociales. El salto de la hipótesis darwinista en la evolución de las especies al llamado darwinismo social, dado por Spencer, era prácticamente inevitable. La lucha por la vida aparecía como el motor en la evolución de las naciones, y las más fuertes y dotadas para la lucha y la abstracción, para el desarrollo material y para el espiritual, tenían que ser las europeas. Se convirtió además en un movimiento «meritocrático», porque el héroe de la raza podía ser un hombre de clase media, elevado por sus méritos, y porque el establecimiento de sus designios podía organizarse burocrática y ordenadamente.

Ya no sólo se podía crear una máquina para producir mejor y más deprisa. También se podía lograr una sociedad mejor, basada en el desarrollo físico, moral y espiritual, conforme a principios sistematizados. La alucinación colectiva comenzaba y aún se creía que el progreso científico sería la respuesta para todas las preguntas. Es comprensible que un «saintsimoniano» como Jules Hetzel se comprometiera con esa visión ideal y dedicase parte de su labor editorial a la formación de las masas y, en particular, de los niños. Los libros que saldrán de sus imprentas están repletos de información sobre los avances tecnológicos y sobre la diferencia entre el mundo civilizado, con sus fábricas, ferrocarriles, ciudades llenas de bullicio y entusiasmo, y las naciones atrasadas, nostálgicamente atractivas, pero sólo como ese lugar en el que los héroes y aventureros pueden dejar su huella. Son héroes y aventureros europeos, que arrostran peligros y actúan como el faro del nuevo mundo, utilizando todo el arsenal de ingenios mecánicos creados o entrevistos. En esa visión encajaron perfectamente Julio Verne y sus Viajes extraordinarios que comenzaron, como es conocido, con Cinco semanas en globo.

El concepto de ingeniería social se convirtió en un lugar común. Ni los mejores escaparon de sus peligros. Verne, un antiesclavista declarado, se deja influir también cuando convierte la causa de la abolición de la esclavitud en una causa de blancos contra blancos. En Norte contra Sur, la novela en las que plasmó su visión de la Guerra de Secesión americana, los negros liberados por James Burbank renuncian a su libertad por fidelidad a su bondadoso y equitativo amo —ya que amo sigue siendo—; y lo mismo hace Nabucodonosor, el sirviente del ejemplar Cyrus Smith, en La isla misteriosa. Peor parados, incluso, resultan el niño negro Moko, de Dos años de vacaciones, o el temeroso y corto de entendederas Frycollin de Robur el Conquistador.

Podríamos escapar de esa opinión imaginando a un escritor blanco y francés que construye una historia coherente, en la que los negros liberados se apoyan en la bondad de sus antiguos amos para defenderse del odio que los rodea. Pero no, esa solución de compromiso, aunque pudiera ser cierta en parte, no evita la idea que tiene Verne acerca de las cualidades propias y diferentes de las razas, y de la superioridad de unas e inferioridad de otras. En el tardío El pueblo aéreo, Verne se planteó el problema del darwinismo y de la posible existencia de un eslabón perdido entre los simios y el hombre: unos exploradores blancos tratan de comprobar si un pueblo arbóreo, de hombres-mono que viven en los árboles, en el centro del perdido Congo, puede ser o no ese eslabón perdido. El planteamiento le parece al autor «lógico», ya que es conocido que los adultos negros no tienen más inteligencia que la de un niño blanco de seis años.

También es cierto que Verne escribió mucho y que los estereotipos aplicados a las razas se convirtieron en un recurso fácil a la hora de presentar a sus personajes. Esto es evidente en Héctor Servadac, la alucinante novela sobre el viaje de un grupo de supervivientes de una catástrofe estelar, que son lanzados en un pedazo de Tierra, a través del Sistema Solar. Entre los supervivientes hay ingleses, egoístas y nacionalistas que no se mezclarán con el resto; rusos, que recuerdan a Miguel Strogoff, esforzados y nobles; valientes franceses y españoles vagos; y, finalmente, el avaro judío Isaac Hakhabut, y es que en ciertos asuntos tampoco hay sorpresa. La aversión «verniana» por los ingleses y la opinión no muy amable acerca de los españoles alcanza su punto culminante en una obra corta, satírica y disparatada, Gil Braltar, en la que el demente hidalgo español de ese nombre se convierte en el líder de los monos gibraltareños y logra tomar la fortaleza a los ingleses, que terminan recuperándola porque los monos se convencen de que el general inglés no sólo es uno de ellos, sino que ha de ser su líder, de tan feo que resulta.

En cierto sentido, el resumen del mundo progresista de Verne se encuentra en Los quinientos millones de la Begún, en la que dos europeos heredan la inmensa fortuna de una princesa india y la destinan a sus utopías propias. El francés Sarrasin utilizará el dinero para edificar France-Ville, una ciudad abierta, limpia y salubre, con un tiempo organizado para la felicidad de sus habitantes que pueden leer la hora en los relojes eléctricos de las plazas y en la que todo el mundo tiene un trabajo adecuado y ve cómo la prioridad es el bienestar de la comunidad. El alemán Schultze, por el contrario, edificará una fortaleza de acero, Stahlstadt, en la que todo el dinero y la potencia científica se destinan a la producción de armas secretas, cada vez más mortíferas, mientras sus habitantes son esclavizados, convertidos en números para mayor gloria de su líder, un hombre que considera a los alemanes superiores a los miembros de las otras razas. Solo hay otros personajes casi tan desagradables como el Dr. Stahlstadt, los ruines abogados ingleses encargados de dividir la fortuna de la Begún.

Fueron muy pocos los occidentales que escaparon a esos estereotipos sobre las razas y la herencia. Todo conspiraba contra las preguntas incómodas: a finales del siglo XIX, Europa y Estados Unidos controlaban, de una manera u otra, el mundo entero, y no parecía que ninguna nación o raza pudiera hacerles frente. Mientras tanto, las ideas utópicas acerca del alcance de las explicaciones científicas y el avance tecnológico creaban el caldo de cultivo para la eugenesia y el genocidio. No fue Verne un fanático, como tampoco lo fue H.G.Wells, y los ejemplos que aparecen en su obra no son tan constantes y torales como para pensar que abrazase un plan agresivo como el que luego se convertirá en el programa de numerosos partidos europeos. En realidad, y pese a sus limitaciones, pareció, también en esto, ser un visionario, y como en La máquina del tiempo de Wells, en la novela, durante décadas perdida, París en el siglo XX, Verne ya se preguntó por las consecuencias de un mal uso de la ciencia y de la tecnología. Al fin y al cabo, esa contradicción está presente en Nemo, el más grande de los personajes de Verne: el príncipe indio que estudia en Europa, pero termina usando los recursos de su familia y los conocimientos adquiridos en construir una máquina justiciera que pueda vengarse de la tiranía del hombre blanco.

La fuerza histórica, sin embargo, era imparable. En palabras de Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo,

Cuando el populacho europeo descubrió qué «maravillosa virtud» podía ser en África una piel blanca, cuando el conquistador inglés en la India se convirtió en un administrador que ya no creía en la validez universal de la ley, sino que estaba convencido de su propia e innata capacidad para gobernar y dominar, cuando los matadores de dragones se convirtieron bien en «hombres blancos» de «castas superiores», o en burócratas y espías, jugando el Gran juego de motivos ulteriores e inacabables en un inacabable movimiento; cuando los Servicios británicos de Información (especialmente después de la primera guerra mundial) comenzaron a atraer a los mejores hijos de Inglaterra, que preferían servir a fuerzas misteriosas por todo el mundo mejor que al bien común de su país, el escenario pareció estar ya dispuesto para todos los horrores posibles. Bajo la nariz de cualquiera existían ya muchos de los elementos que, reunidos, podían formar un Gobierno totalitario sobre la base del racismo. Los burócratas de la India propusieron las «matanzas administrativas», mientras que los funcionarios de África declaraban que «no se permitiría que consideraciones éticas tales como los derechos del hombre se alzaran en el camino» de la dominación blanca.

Verne muere en 1905. Ese mismo año los japoneses, en Mukden, humillan a los rusos utilizando su ejército tecnológicamente más avanzado. Para los japoneses esa victoria se convierte también en una prueba de superioridad racial y en un signo de que están destinados a gobernar Asia. Un año antes llega a Estados Unidos el pigmeo y esclavo Ota Benga, liberado en el Congo por un clérigo que pagó por él una libra de sal y un rollo de tela. En 1906, el eugenista Madison Grant, director de la Sociedad Zoológica de Nueva York, convenció al director del Zoo del Bronx, William Hornaday, para que Ota Benga fuera expuesto en una jaula, con un orangután, varios chimpancés y un loro, y con un cartel explicativo de las características del «hombre mono». La infamia se mantuvo durante un mes. Diez años más tarde, en 1916, Benga, tras arrancarse las fundas que ocultaban sus dientes afilados, se pegó un tiro en el corazón.

El siglo XIX había terminado y estaba fructificando en el XX.

Miss Marte

Nunca he frecuentado las críticas literarias. Hay una razón. Cuando empecé a leer lo que ahora llaman no ficción y antes llamábamos literatura, ordenado como soy, me dije que no tenía mucha lógica leer un libro recién publicado sin leer antes todos esos que aparecen en los manuales y las enciclopedias. Todos no, claro; no soy tan estúpido. Dejémoslo en una buena muestra. La superioridad de este método me parecía evidente: me perdería, seguro, alguna joya, pero acertaría casi siempre, ya que si un libro permanece más de cien años en la memoria ha de ser por un mérito indiscutible, mientras que el libro recién publicado es una mercancía peligrosa si tienes poco tiempo que gastar. Corres el riesgo de perderlo. Yo no quería perder el tiempo; tenía mucho que aprender, mucho que disfrutar, mucho que construir. Luego, tras años de estragos, dejé de leer lo que ahora llaman no ficción.

Explico esto para no disculparme; a fuerza de no haber leído apenas críticas literarias, no sé cómo se escribe una decente. No tengo los recursos, ni conozco la jerga. No sé qué convierte una novela en una buena novela o, más modestamente, qué debo decir para convencer a otros de que una novela es una buena novela, sepa o no qué cojones es esto. De saberlo, tiraría de oficio, ya que Manuel Jabois es un amigo y deseo que venda muchos libros, y me imagino que quienes lean críticas de libros esperarán que estas sean correctas y ordenadas, y que digan lo que deben decir las buenas críticas literarias.

A falta de competencia, les cuento. He leído Miss Marte de tirón. En dos caminatas. Tampoco es una proeza; es más corta que Guerra y Paz. Al comprarla hoy llevaba en el bolsillo La Peste de Camus, a un tercio de su final, pero ¿quién no empieza a leer el libro que acaba de comprar, un poco al menos?

No me ha sorprendido que la novela esté muy bien escrita. Tampoco la presencia de esa pudibunda ironía, a veces sarcasmo, que, de puro natural, en otras ocasiones se declaraba independiente y se derramaba, pero a la que aquí ha aplicado un 155 que le ha venido muy bien. Será la edad, que le hace menos divertido. Como al querido Harry que abandona a Falstaff al ser llamado a mayores empresas, a Jabois lo ha poseído un déspota ilustrado y uno se alegra. Por la misma razón quizás, ha producido una obra poco sentimental y espero que le reconforte que esto sea así. El primer repelente de los sentimientos y las sensaciones es el sentimentalismo. Me parece que ha trabajado mucho en la estructura de la novela, porque no se nota, y ha logrado algo muy difícil: un ritmo perfecto mediante una trama que parece lineal, construida a base de puntos de vista. A los que somos aficionados a la música clásica nos pone mucho ver una partitura de orquesta y escuchar una obra maestra siguiéndola. Es como asistir a Hamlet desde detrás del escenario, con Shakespeare susurrándote pistas al oído mientras abres la boca como un memo. Yo creo que las buenas obras son siempre así, como esos magos que hacen los trucos despacio, pero con la desesperante certeza de que en esta ocasión el mago no te oculta nada. Ahí también ha acertado Jabois. Las sorpresas, que las hay, cuando aparecen ya estaban ahí desde siempre, como si el lector tuviese el lamentable superpoder de anticipar el pasado. Ese es otro acierto, la trama es inevitable. Podría, claro está, haberse desarrollado de otra forma, girar hacia allá, volver hacia otro lado, pero al no hacerlo, se vuelve inevitable, como una crónica de sucesos.

Lo menos bueno —para mí, aclaro, que de seguro lo que diré a muchos les parecerán dones preciosos—: aún es Jabois excesivamente brillante. Creo que necesita avillanarse un poco al escribir, querer menos a sus personajes. Les hace decir demasiadas cosas inteligentes. Es cierto que disfrutas con esas perlas, pero en ocasiones hay en ellas un exceso de virtuosismo, como de acento danés que te asegura el óscar. En todo caso, en toda la novela solo hay medio párrafo que yo habría tirado al fuego tras arrearle con una regla en los nudillos, por esnob y moderno. Solo medio párrafo. Espero, por supuesto, que en la próxima no haya ninguno. Digo que esto es lo menos bueno, a la vez que admito que el nivel inusualmente alto de emoción que consigue y mantiene quizás sea consecuencia precisamente de querer tanto a sus personajes y construirlos de una forma tan delicada. Decía antes que la obra no es sentimental y lo mantengo, lo que no impide que sí pueda definirse como romántica (y manda huevos, que ya he dicho que es inevitable como una crónica de sucesos). Quizás por eso no necesita acumular cadencias con decenas de compases antes de tomar un recodo. Voy a poner aquí algo porque me da la gana y a ver si se entiende esto:

Miss Marte es una historia perfectamente contada. Inteligente y emocionante. Venga, hágame caso. Yo dejé La Peste a medias, justo en el momento culminante, para empezar a leer las primeras hojas de la novela de Manuel Jabois y la terminé de una tacada. Ya me dirán si no es esta una buena recomendación.

Crónica de actualidad

 

(…)  tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. (…) Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. (…)  Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. (…)
De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. (…) Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. (…)  Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. (…) Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas?

 

Libros

 

En mi casa no había casi libros. Y la biblioteca de los colegios a los que fui eran muy pobres. Así que lo tuve crudo para hacer lo que más me gustaba: leer. Usaba el Informator, una enciclopedia que mi madre fue comprando a plazos en el Círculo de Lectores, saltando de entrada en entrada y apuntando en algún papel (con letra bien pequeña, que no sobraban las hojas) la relación entre esto y aquello, agobiándome por dejar algún lazo suelto. Antes me había aprendido, casi de memoria, todo lo que contaban esas maravillosas enciclopedias infantiles de las que hablé en otra ocasión y de donde extraje muchos datos que aún recuerdo. Yo tenía dos hermanos mayores, así que me aprovechaba de sus libros escolares. Cuando empezaba el curso ya me había leído mis libros de texto y los libros de texto de mis hermanos. Los engullía; a todas horas. Mi madre me solía abroncar por leer libros en la comida y la cena, y por esperar a que todos hubieran dormido para irme a la cocina a leer o por utilizar una lámpara pequeña que le birlé a mi padre de su garaje, ocultando la luz, sobre todo a mi hermano pequeño, con el que compartía habitación, usando las sábanas. Mi regalo de cumpleaños era un libro. Uno. Hasta que, por suerte, mi padre, en sanfermines, empezó a darnos un dinero para gastar (siempre el primer día y para toda la semana), que yo utilizaba íntegramente en los puestos de venta ambulante. Así fui construyendo mi pequeña biblioteca, lentamente. Nunca he tirado un libro. Nunca he maltratado un libro. Guardo hasta los libros más estúpidos que he comprado, encontrado, o que me han regalado. No porque crea que tienen un valor especial o por razones místicas; simplemente soy incapaz de hacer otra cosa.

Sé que es difícil que las personas más jóvenes que me lean comprendan realmente esto. Tienen acceso prácticamente ilimitado y gratis (o muy barato) a una enorme información. Son afortunados y, a la vez, corren un riesgo, pero qué importa, no se pueden poner puertas al campo.

Soy un dinosaurio. Miro los miles de libros que he acumulado y asumo que, sin mí, la colección es un sinsentido. Solo sirve como explicación. Hubo un día en que tuve uno, luego un puñado. Entonces empezaba a ser rico. Uno más era un tesoro.

 

AAF

Mil veces lo he dicho: lean El péndulo de Foucault, de Eco.

 

Manuzio era una editorial para AAF.

Un AAF, en la jerga de Manuzio, era, pero ¿por qué empleo el imperfecto? Los AAF aún existen, allí todo prosigue como si nada hubiera sucedido. Soy yo quien lo proyecto todo hacia un pasado terriblemente remoto, porque lo que sucedió la otra noche fue como un desgarrón en el tiempo, en la nave de Saint-Martin-des-Champs se trastocó el orden de los 165 siglos… o será porque quizá la otra noche envejecí de repente, o porque el miedo a que Ellos me encuentren me hace hablar como si estuviese narrando la crónica de un imperio en ruinas, tendido en el balneum, las venas ya abiertas, esperando a ahogarme en mi propia sangre…

Un AAF es un Autor Autofinanciado, y Manuzio es una de esas empresas que en los países anglosajones se denominan “vanity press”. Facturación fabulosa, gastos de gestión nulos. Garamond, la señora Grazia, el contable llamado director administrativo en el cuchitril del fondo, y Luciano, el mutilado que se encargaba de enviar los pedidos, en el gran almacén del subsuelo.

—Jamás he podido comprender cómo Luciano logra empaquetar los libros con un solo brazo —me había dicho Belbo—, creo que se ayuda con los dientes. Por lo demás, no es que tenga mucho que empaquetar: sus homólogos de las editoriales normales envían libros a los libreros, mientras que él sólo los envía a los autores. Manuzio no se interesa por los lectores… Lo importante, dice el señor Garamond, es que no nos traicionen los autores, sin lectores se puede sobrevivir.

Belbo admiraba al señor Garamond. Lo veía lleno de un vigor que a él le había sido negado. El sistema Manuzio era muy sencillo. Pocos anuncios en periódicos locales, en revistas profesionales, en publicaciones literarias de provincias, sobre todo en las que duran pocos números. Espacios publicitarios de tamaño mediano, con foto del autor y pocas líneas incisivas: “una de las voces más altas de nuestra poesía”, o “la nueva experiencia narrativa del autor de Su único hermano”.

—Con eso ya está tendida la red —explicaba Belbo—, y los AAF caen a racimos, suponiendo que en una red se caiga a racimos, pero la metáfora incongruente es típica de los autores de Manuzio: se me ha pegado el vicio, perdone.

—¿Y después qué sucede?

—Tome el caso de De Gubernatis. Dentro de un mes, cuando ya nuestro jubilado se consume en la ansiedad, el señor Garamond le telefonea para invitarle a cenar con algunos escritores. La cita es en un restaurante persa, muy exclusivo, sin letrero en la puerta: se toca un timbre y se dice el nombre en una mirilla. Interior lujoso, luz difusa, música exótica. Garamond estrecha la mano del maître, tutea a los camareros y devuelve las botellas porque el año no le convence, o dice perdona pero este no es el Dolmeh Sib que se come en Teherán. De Gubernatis es presentado al comisario Fulano, todos los servicios aeroportuarios están bajo su control, pero sobre todo es el inventor, el apóstol del Cosmoranto, el lenguaje para la paz universal, sobre el que se está discutiendo en la Unesco. Después está el profesor Zutano, un narrador nato, premio Petruzzellis della Gattina 1980, pero también una eminencia de la ciencia médica. ¿Cuántos años ha dedicado a la enseñanza, profesor? Eran otras épocas, entonces sí que los estudios eran algo serio. Y aquí tiene a nuestra exquisita poetisa, la dulce Olinda Mezzofanti Sassabetti, la autora de Castos latidos, que sin duda habrá leído.

Belbo me confesó que durante mucho tiempo se había preguntado por qué todos los AAF de sexo femenino firmaban con dos apellidos: Lauretta Solimeni Calcanti, Dora Ardenzi Fiamma, Carolina Pastorelli Cefalu. 166 ¿Por qué las escritoras importantes tienen un solo apellido, salvo Ivy Compton-Burnett, y algunas ni siquiera lo tienen, como Colette, mientras que una AAF tiene que llamarse Olinda Mezzofanti Sassabetti? Porque un escritor auténtico escribe por amor a su obra, no le importa que le conozcan con un seudónimo, como en el caso de Nerval, mientras que un AAF quiere que le reconozcan los vecinos, la gente del barrio, e incluso la del barrio en que vivía antes. Al hombre le basta con su apellido, a la mujer no, porque algunos la conocen de casada y otros sólo la conocieron de soltera. Por eso usa dos apellidos.

—En síntesis, velada rica de experiencias intelectuales. De Gubernatis se sentirá como si hubiera bebido un cóctel de LSD. Escuchará el cotilleo de los comensales, la anécdota picante del gran poeta cuya impotencia está en boca de todos, y que tampoco como poeta vale demasiado, escaparán destellos de sus ojos al contemplar la nueva edición de la Enciclopedia de los Italianos Ilustres que Garamond hará aparecer de repente señalándole una página al comisario (ha visto, estimado amigo, también usted ha entrado en el Panteón, oh, sólo se ha hecho justicia).

Belbo me había mostrado la enciclopedia.

—Hace una hora le solté un sermón: sin embargo, nadie es inocente. La enciclopedia la hacemos exclusivamente Diotallevi y yo. Y le juro que no es para redondear el sueldo. Es una de las cosas más divertidas del mundo, y cada año hay que preparar la nueva edición actualizada. La estructura es más o menos la siguiente: un artículo se refiere a un escritor célebre, otro a un AAF, y el problema consiste en equilibrar bien el orden alfabético y no malgastar espacio con los escritores célebres. Vea, por ejemplo la letra L.

LAMPEDUSA, Giuseppe Tomasi di (1896-1957). Escritor siciliano. Vivió ignorado y sólo alcanzó la celebridad después de muerto por su novela El gatopardo.

LAMPUSTRI, Adeodato (1919-). Escritor, educador, combatiente (medalla de bronce en Africa oriental), pensador, narrador y poeta. Su figura de gigante destaca en la literatura italiana de nuestro siglo. Lampustri se reveló ya en 1959 con el primer volumen de una trilogía de amplio aliento, Cañas y sangre, donde con crudo realismo y alto vuelo poético narra la historia de una familia de pescadores lucanos. A esa obra, ganadora en 1960 del premio Petruzzellis della Gattina, siguieron en los años siguientes Los desahuciados y Un año de soledad, que quizá aún más que la opera prima dan la medida del vigor épico, de la deslumbrante imaginación plástica, del aliento lírico de este artista incomparable. Diligente funcionario ministerial, Lampustri es estimado en los ambientes en que le ha tocado desenvolverse como personalidad integérrima padre y esposo ejemplar, orador exquisito.

—De Gubernatis —explicó Belbo—, tendrá que desear que se le incluya en la enciclopedia. Siempre había dicho él que la de los superfamosos era una fama postiza, una confabulación de críticos complacientes. Pero sobre todo comprenderá que ha entrado a formar parte de una familia de escritores que al mismo tiempo son directores de organismos públicos, funcionarios de banca, aristócratas, magistrados. De repente habrá ampliado el círculo de sus relaciones, de modo que cuando tenga que pedir un favor sabrá a quién dirigirse. El señor Garamond tiene la capacidad de hacer salir a De Gubernatis de su provincia, de proyectarlo hasta la cumbre. Hacia el final de la cena, Garamond le dirá al oído que a la mañana siguiente pase por su despacho.

—Y a la mañana siguiente se presenta.

—Puede poner la mano en el fuego. Pasará la noche sin dormir soñando en la grandeza de Adeodato Lampustri.

—¿Y después?

—A la mañana siguiente Garamond le dirá: anoche no me atreví a decírselo para no humillar a los otros, qué cosa sublime, no le hablaré ya de los informes entusiastas, aún diría más, positivos, pues yo mismo, personalmente, he pasado una noche imantado por estas páginas suyas. Un libro para ganar un premio literario. Grande, realmente grande. Regresará al escritorio, dará una palmada sobre el original, ya ajado, gastado por la mirada amorosa de al menos cuatro lectores, ajar los originales es tarea de la señora Grazia, y se quedará mirando al AAF con aire perplejo. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos?, preguntará De Gubernatis. Y Garamond dirá que sobre el valor de la obra no hay absolutamente nada que discutir, aunque es evidente que se trata de un libro adelantado para la época, y en cuanto a los ejemplares no se sobrepasarán los dos mil, o a lo sumo dos mil quinientos. Para De Gubernatis dos mil ejemplares serían suficientes para atender a todas las personas que conoce, el AAF no piensa en términos planetarios o, mejor dicho, su planeta está formado por rostros conocidos, compañeros de escuela, directores de banco, colegas que han enseñado con él en el mismo instituto, coroneles retirados. Todos ellos son personas que el AAF desea ver entrar en su mundo poético, incluso los que no tendrían en ello el menor interés, como el charcutero o el gobernador civil… Ante el peligro de que Garamond dé marcha atrás, ahora que todos, en su casa, en el pueblo, en la oficina, saben que ha presentado el original a un gran editor de Milán, De Gubernatis hará sus números. Podría cerrar la cartilla, retirar el dinero del fondo de pensiones, solicitar un préstamo, vender esos pocos bonos del tesoro, París bien vale una misa. Ofrece tímidamente participar en los gastos. Garamond se mostrará perturbado, Manuzio no acostumbra, y luego, bueno, de acuerdo, me ha convencido, en el fondo también Proust y Joyce tuvieron que doblegarse y aceptar la cruda realidad, los costes ascienden a tanto, de momento imprimiremos dos mil ejemplares, pero el contrato se hará por un máximo de diez mil. Calcule que doscientos ejemplares serán para usted, de regalo, para que los envíe a quienes juzgue conveniente, doscientos se enviarán a la prensa, porque queremos hacer una campaña con todas las de la ley, como si fuera la Angélica de los Golon, y los mil seiscientos restantes se distribuirán. Sobre estos ejemplares, como comprenderá, usted no percibirá ningún derecho, pero si el libro se vende haremos una reimpresión y entonces sí, usted se quedará con el doce por ciento.

Más tarde tendría ocasión de ver el contrato modelo que De Gubernatis, en pleno trip poético, debía de haber firmado sin siquiera leer, mientras el administrador se lamentaría de que el señor Garamond hubiese calculado unos costes tan bajos. Diez páginas de cláusulas en cuerpo ocho, traducciones a otros idiomas, derechos subsidiarios, adaptaciones para el teatro, reducciones radiofónicas y cinematográficas, ediciones en Braille para los ciegos, cesión del resumen a la revista Selecciones, garantías en caso de proceso por difamación, derecho del autor a aprobar los cambios introducidos por la editorial, competencia de los tribunales de Milán en caso de litigio… El AAF debería llegar exhausto, la vista deslumbrada por el futuro de gloria que se abría ante sus ojos, a las cláusulas deletéreas en las que se decía que la tirada máxima sería de diez mil ejemplares pero no se hablaba de tirada mínima, que la suma que debía pagar no dependía de la tirada, sobre la que sólo se trató de palabra, y en particular que al cabo de un año el editor tendría derecho a destruir los ejemplares no vendidos, salvo que el autor los adquiriese por el cincuenta por ciento del precio de cubierta. Firma.

El lanzamiento sería fastuoso. Comunicado de prensa de diez páginas, con biografía y ensayo crítico. Ningún pudor, porque de todas formas en la redacción de los periódicos acabaría en la papelera. Tirada real: mil ejemplares, de los cuales sólo se encuadernarán trescientos cincuenta. Doscientos para el autor, una cincuentena para distribuir en librerías asociadas, otros cincuenta para enviar a las revistas de provincias, unos treinta para enviar a los periódicos, por si les sobraba alguna línea en la columna de libros recibidos. Ese ejemplar lo donarían a los hospitales o a las cárceles, con lo que se explica por qué los primeros no curan y las segundas no redimen.

En el verano llegaría el premio Petruzzellis della Gattina, criatura de Garamond. Coste total: comida y alojamiento para el jurado, dos días, y Nike de Samotracia en cinabrio. Telegramas de felicitación de los autores Manuzio.

Por último llegaría el momento de la verdad, un año y medio más tarde. Garamond le escribiría: Estimado amigo, ya lo decía yo, usted está adelantado cincuenta años. Reseñas, ya lo ha visto, a montones, premios y consenso de la crítica, ça va sans dire. Pero ejemplares vendidos, muy pocos, el público no está preparado. Nos vemos obligados a despejar el almacén, como está previsto en el contrato (que adjunto). O se destruyen los ejemplares, o usted los compra al cincuenta por ciento del precio de cubierta, como es su derecho.

De Gubernatis enloquece de dolor, los parientes le consuelan, la gente no te entiende, claro que si fueras uno de ésos, si hubieras untado la mano a alguno, a estas alturas ya habrías tenido una reseña hasta en el Corriere della Sera, es una mafia, no hay que entregarse. Sólo quedan cinco ejemplares de regalo y aún tienes tantas personas importantes con que cumplir, no puedes permitir que tu obra se destruya para fabricar papel higiénico, veamos cuánto dinero podemos reunir, es dinero bien empleado, se vive una sola vez, digamos que podemos comprar quinientos ejemplares y en cuanto al resto sic transit gloria mundi.

En Manuzio han quedado seiscientos cincuenta ejemplares sin encuadernar, el señor Garamond hace encuadernar quinientos y los envía contra reembolso. Balance: el autor ha pagado con creces los costes de producción de dos mil ejemplares, Manuzio ha impreso mil y ha encuadernado ochocientos cincuenta, de los cuales quinientos han sido pagados por segunda vez. Una cincuentena de autores al año, y Manuzio siempre cierra con un amplio margen de beneficios.

Y sin remordimientos: reparte felicidad.

El club de la miseria

Reúno en una entrada la crítica a dos libros del mismo autor

Son de 2008 y 2009 

Diez mil dolares y un teléfono vía satélite

Acabo de leer un libro titulado “El club de la miseria“. Lo vi por casualidad en una librería, le eché un vistazo y, sin saber nada del autor o de la obra (más allá de los siempre extraordinarios elogios que aparecen en todas las contraportadas), me lo compré. Es algo que hago a menudo, porque puedes descubrir obras estupendas. En este caso, la razón fundamental para comprar el libro era el tema, que me ha interesado siempre. En sus dos vertientes: en el de la explicación de por qué determinados países y zonas del mundo han prosperado y en el del porqué del fracaso de otros países, zonas (¿y civilizaciones?).

Pues bien, he leído el libro y, como me ha gustado, he decidido recomendarlo. Su autor se llama Paul Collier. He descubierto que se trata de un tipo con posibles en relación a tema que aborda. Pueden comprobarlo.

La obra (que tiene en inglés un título muy expresivo: The bottom billion) es interesantísima y reúne una gran cantidad de virtudes. Es claro, está bien estructurado y el aparato de datos está reducido al mínimo. El autor afirma basarse en estudios, casi todos suyos o en colaboración, algunos publicados y otros no, y nos da las referencias. Pero acierta no multiplicando por dos el tamaño del libro. Al fin y al cabo, es seguro que tienen gran complicación técnica (por esa razón advierte siempre cuando se basa en estudios aún no sometidos a escrutinio por la comunidad científica).

Otra virtud es su lenguaje directo. No se anda con historias. Dice rápidamente lo que importa, recalcando los factores fundamentales y va avanzando camino de sus conclusiones. Tampoco da la sensación de estar el autor especialmente interesado en congraciarse con los “grupos de presión” de su ámbito de estudio. Vamos que no tiene el menor inconveniente en soltar hostias como panes cuando se tercia, aunque no es un macarra. Argumenta y nos da la sensación de saber de lo que habla.

El libro parte de la descripción de una realidad en la que puede que mucha gente no haya caído. La mayoría de los países del mundo se están desarrollando a gran velocidad, convergiendo con los países del primer mundo. Esto es nuevo. Pero, pese a ese extraordinario éxito, mil millones de personas situados en una cincuentena de países han perdido ese tren. Y además, la conclusión del autor es que sin la aplicación de una serie de medidas se verán inmersos en esa situación durante decenas de años, de forma que surgirá y se mantendrá una bolsa de increíble miseria en un mundo próspero. Ese análisis parte de la concurrencia, en esos países, de lo que el autor llama trampas. Cita cuatro, la del conflicto, la de los recursos naturales, la de la ausencia de costas y la del mal gobierno. Esta parte del libro es especialmente interesante, porque los análisis cuantitativos y estadísticos revelan conexiones y procesos que pueden parecer sorprendentes. Eso también ocurre cuando el autor analiza los instrumentos utilizados (la ayuda exterior, la política comercial, las intervenciones militares y la normativa internacional). Fenómenos como el llamado “mal holandés” o el “problema del polizón”, los análisis sobre las perniciosas consecuencias de las políticas de ayuda mal diseñadas (y su equivalente el de los recursos naturales y los incrementos de precios de esos recursos), la recuperación de ideas de intervención militar o de apoyo en materia de seguridad bien diseñadas y, sobre todo, la explicación de los malentendidos en materia comercial, todos ellos aparecen en el libro, permitiendo a los que somos profanos hacernos una idea de la complejidad de la materia (eso que ya sabemos sucede cada vez que empiezas a escarbar en un tema cualquiera).

La parte quizás menos interesante (o más frustrante) sea la última. El autor se esfuerza en diseñar las líneas de un programa. Sin embargo, tengo la sensación de que es más convincente cuando nos habla de lo que hay que dejar de hacer que la de la lista de medidas positivas necesarias.

Por cierto, al leerlo y a pesar de que resulte paradójico, no podía evitar aplicar los hechos que se describían y sus causas a nuestro país. Ya sé que formamos parte del primer mundo, pero aunque a mucho menor escala, encontraba en algunas de las soluciones y “programas” que se están imponiendo en nuestro país, las huellas de esas prácticas tan humanas que aquí se revelan como causa de la condena de mil millones de personas al estancamiento y la opresión.

En fin, el tema lo merece. Hay mucha gente que lo está pasando muy mal y que va a seguir pasándolo muy mal. No sé hasta qué punto podemos hacer algo, teniendo en cuenta la terrible cantidad de círculos viciosos que se esconden tras las iniciativas aparentemente más desprendidas y generosas. Pero si se puede hacer algo, el primer paso es estar bien informados y comprender. El último es la puta canción.

Guerra en el club de la miseria

Salgo de mi cubil para hablarles de un asunto de candente actualidad, portada de noticieros y tema estrella en las tertulias de televisiones y radios: la pobreza y el subdesarrollo.

Acaba de publicar Turner un nuevo libro de Paul Collier. Se llama Guerra en el club de la miseria. Ese club es el bottom billion en su original inglés, un club “marxista”, porque si te admiten en él es la prueba de que estás verdaderamente jodido.

Para alegría de sus editores, diré eso tan socorrido de que es un libro que puede leerse sin necesidad de haber hecho lo propio con la obra anterior: El club de la miseria. Pero la verdad es que las dos obras se complementan y la primera es una introducción magistral a los temas de los que trata la segunda. Es más sencillo comprender la importancia de reducir la violencia si se conoce el alcance de su influencia en el desarrollo de los países con paupérrimos niveles de renta.

Hay varias razones por las que recomiendo esta obra. Para empezar Collier se expresa con claridad. Y no crean que eso se lleva demasiado. Tengo entre las manos un libro que se llama A propósito de resistir. Repensar la insurgencia en África, una recopilación de trabajos de varios autores sobre el mismo asunto. Si lees la introducción descubres la facilidad de algunos para pensar lo mismo y lo contrario, y no dejar huella. Es una buena manera de no meter el diente a otra de las razones por las que aprecio a Collier: sus análisis terminan siempre (bueno, siempre que puede) en mediciones. No piensa cómo deben “actuar” las sociedades y luego nos explica por qué los hechos se ajustan a ese sistema deducido previamente. No, lo que hace es preguntarse si verdaderamente actúan como pensamos que lo hacen. Claro, los expertos que llevan años utilizando las visiones emic de los oprimidos y las visiones emic de los opresores, con esa abstrusa jerga sociocultural, tienen pánico –deduzco- a esos estudios cuantitativos, llenos de porcentajes significativos, que se cepillan de un plumazo sus versiones sobre el mal, la opresión, el hambre y la injusticia.

Por otro lado, Collier no te aburre con el aparato, aunque te dice dónde está si quieres examinarlo o discutirlo. Y además es un tipo divertido. Creo que el libro le haría gracia en algún momento incluso a algún espadón africano (aunque no le arriendo la ganancia al pobre desgraciado que se lo lea).

Lo más interesante, sin embargo, no son las anécdotas (que son muchas y suelen venir a cuento), sino las conclusiones. Algunas se alejan mucho de lo que parece razonable y por eso son tan valiosas. Ver dónde falla el sentido común es el mejor camino para evitar errores.

Por ejemplo, descubres que la democracia es peligrosa. O por decirlo mejor que la simple existencia de elecciones hace más peligrosos a los países pobres. Concretamente, el umbral es el de los 2.700 $ de renta per cápita. A partir de esa cifra las autocracias se hacen más violentas (ya está ocurriendo en China), por debajo de esa cifra las democracias son más violentas. La explicación se encuentra en dos conceptos fundamentales: la responsabilidad y la legitimidad. Su ausencia nace del déficit de información, de la mayor importancia tribal y racial (cuestión que tiene una influencia decisiva en la falta de provisión de bienes públicos y en el desacierto de modelos socializantes en países muy pobres), de que las estructuras estatales no puedan generar lealtades, del atractivo del poder para los criminales en sociedades sin contrapesos, y de la paradójica disminución de las purgas. Es muy interesante el análisis sobre las formas de intimidación electoral, sobre la política de reformas en y tras los períodos electorales, sobre la dificultad intrínseca de basar buenas políticas en elecciones amañadas, y sobre el riesgo de pensar que las elecciones por sí solas ya son un buen paso.

En ese punto es decisiva la cuestión de la dificultad de lograr la cooperación cuando las políticas identitarias llevan al extremismo, precisamente porque los partidos que producen más satisfacción identitaria son los más extremistas. Aquí introduce Collier un concepto importante, el de selectariat, que explica las dificultades de que una camarilla controle al tirano cuando esa camarilla está basada en lealtades tribales. Al final, una medida útil es el fomento de sentimientos de unidad nacional, basado en (ya lo sospechan), la lengua, el invento de una historia común, la retórica de la unidad nacional, la creación de símbolos. Lo que en Europa llevó siglos, aquí ha de hacerse en una generación, lo que exige personalidades fuertes como la de Sukarno o Nyerere. Y por eso resultan contraproducentes los intentos disgregadores, contrarios a economías de escala, en países mínimos, que generan “dentro” las prácticas que se supone combatían: el caso de Timor Oriental –que exigió una “invasión” de dos mil soldados holandeses para evitar la matanza- o de Eritrea, embarcado en una represión brutal –que degenera en guerra civil- tras la independencia de ambos. Es bestial el dato sobre Sudán del sur y que los únicos proyectos de inversión sean macroministerios (para gobernantes que viven en Nairobi) y un hotel de cinco estrellas para los técnicos internacionales. Y es revelador el estudio de la posibilidad de englobar en siete grandes estados una diversidad étnica igual a la actual.

Todo esto es además importante, porque demuestra que los acuerdos de paz son peligrosos si no van acompañados de garantías internacionales y de una política económica controlada durante un plazo de diez años de promedio. Para hacerlo posible defiende el sistema de “garantías en el horizonte” (la amenaza de intervención de un tercero), que se demostró tan útil en el África francófona. Esas garantías influyen en la ausencia de huidas masivas de capitales (el 36 % de la riqueza africana está en fuera de África), y en la posibilidad de recuperación de la capacidad técnica. De promedio, tras siete años de reconstrucción, todos los indicadores han llegado al punto previo al conflicto, salvo la productividad, que en el caso africano se refiere a sectores tan básicos como la construcción. Propone el autor que, en vez de gastarse el dinero en mensajes de reconciliación (¡ah, la ministra Chacón que quiere que los somalíes y los afganos nos quieran!) se gaste en proyectos de capacitación técnica local, lo que él llama “albañiles sin fronteras”. Y lo acojonante es que está calculado el beneficio de las misiones de paz, y es enorme.

Como esta entrada está quedando muy larga, les dejaré que descubran ustedes por qué las armas son un lujo, por qué un kalashnikov vale en África la mitad, qué parte de la ayuda internacional se gasta en armamento, y cómo se mide. O cómo prever una guerra y qué factores la hacen probable, con la sorpresa, para disgusto de muchos, de que no influyan nada el colonialismo, la guerra fría, o la represión, a diferencia de los antecedentes de guerra, la edad de la población o la orografía. También descubrirán (oigo los gritos del experto holandés que repiensa los conflictos) que la razón fundamental para las rebeliones es la avaricia (con el ejemplo del presupuesto ordinario de los tigres tamiles de 350 millones de dólares) y que si una rebelión es viable alguien ocupará ese nicho de mercado, como se ha demostrado en el caso de Darfur. Descubrirán una buena receta para evitar golpes de Estado y una rebaja en las expectativas en esa forma tan querida de dar matarile a los tiranos; por qué la carga fiscal directa en esos países es baja y por qué eso —y el recurso a las “minas de Potosí”— los coloca en un atolladero. En fin, podrán leer las propuestas del señor Collier —muy moderadas tras las andanzas de Bush— y, entre ellas, un interesantísimo proceso de examen hacia atrás para justificar la viabilidad del uso de la propia violencia interna como fuerza benéfica.

Por cierto, hay un capítulo magnífico en el libro sobre la construcción del Estado y la Nación. He de ser sincero: me lo parece porque ha reforzado algunas opiniones previas sobre el origen del predominio europeo y las guerras (argumentos que suelo extender a la influencia de la técnica y las necesidades del príncipe frente al “humanismo cristiano” como motor de nuestra superioridad). Y no puede ser malo un libro que coincide con tu opinión y que, además, te proporciona argumentos para las discusiones de bar. Argumentos santificados por estudios realizados por gente que se llama Anke o se apellida Pattillo. ¡A ver quién te lleva la contraria!

En fin, que se lo recomiendo (les recomiendo los dos). Y no dejen ir demasiado la imaginación cuando leen sobre los países del club de la miseria y sus prácticas políticas y sociales. Nosotros, ya lo saben, somos modernos y responsables.

Bossa Nova. La Historia y las Historias.

Para José Antonio Montano 

– I –

P.V.P. 28 €

Un hombre en pijama –lo imagino despeinado, con un pijama arrugado, blanco, de finas rayas azules-; y sus calcetines lo deslizan por el pasillo de una casa. Abre la habitación en la que duerme una niña pequeña. Lleva una guitarra. Se sienta junto a la cuna y, suave, toca y canta.

Esta entrada la soñé. Había contratado habitación en un hotel y, por circunstancias que no vienen al caso, terminé en otro, en otro lugar, oyendo disparos de cazadores y mirando la Luna crecer y a Júpiter pasearse por el firmamento. Un día anduve por el campo durante muchas horas, demasiadas, y el agotamiento me hizo dormir nerviosamente, al borde del entresueño, y escribir a oscuras, en mi cabeza, una historia perfecta. Por desgracia, al día siguiente sólo recordaba el comienzo. El de la entrada, porque el comienzo, en realidad, es otro.

De alguien que tiene tendencia a recomendar debería esperarse cierta actitud receptiva. Pero la verdad es que no sólo no hago mucho caso de las recomendaciones ajenas, sino que las recibo con displicencia. ¡A mí me van a descubrir algo! Así que, cuando se empezó a hablar en este blog (Nota: me refería al nickjournal) de las bondades de Bossa Nova, el libro de Ruy Castro, me dije, bah, un libro sobre música de ascensor. ¿Y qué va a decir el traductor? Mejor aún: ¿qué va a decir el traductor de un libro si el traductor es Montano, el hombre capaz de *pepsicotraducir* la guía telefónica de Tirana y llamarla “páginas lechosas”? Pero luego se fueron repitiendo los elogios. Ya sé que este blog está lleno de pelotas expedidores de tuppers de cabrito, pero el asunto empezaba a mosquearme. ¿Sería posible que el libraco no fuera tal?

Así que decidí leerlo. Pero aprovecharía esa época idiota llena de flores, sonrisas, playa y mar, y mientras tanto seguiría con mis estimulantes lecturas sobre las hambrunas del siglo XIX, el holocausto y los judíos americanos, las drogas, los Sháposhnikov, un sótano, y la deseada tercera guerra mundial narrada con la escritura vibrante de Tom Clancy (Sin pensarlo, Edwards sabía que si otro hombre intentaba ponerle las manos encima, él lo mataría sin vacilar, y no podía llegar a pensar en cómo sería para él tomar a la muchacha …)

Tuve suerte. Me llegaron unos cedeses llenos de bultos con nombres extraños entre los que abundaba saudade. Escuché, varias veces, el soniquete brasileño, pero, enfrascado en asuntos intelectualmente exigentes relacionados con la prosa administrativa, dejé que el runrún transitara oído adentro, oído afuera, con gran soltura y poco provecho.

Por fin llegaron las vacaciones y en la tumbona (le pongo el “la” para que sepan de qué hablo y no digo más por el temor de multiplicar ademanes inútiles) comencé la lectura, pero las prisas y la mala planificación dejaron atrás la música, y leí el libro a palo seco. A palo seco y de tirón, y tal fue el disfrute por lo leído, que resolví repetir hasta quedar harto, acompañando la ingesta con guarnición de gilbertos.

Y así me vi, tras un breve paso por el dulce hogar y dejar el abasto en el ipod, leyendo y escuchando bossa nova, despatarrado, a los pies de la Sierra de Gredos.

Podría decirles muchas cosas del libro, pero esta entrada está quedando muy larga, así que otra vez será.

– II –

Champán, mujeres, música y hormigas

Como decíamos ayer …

No hagan caso de los chismes. Bossa Nova, la historia y las historias (Chega de saudade; a história e as histórias da Bossa Nova, en el original) no trata de la bossa nova. Ese es el MacGuffin que viste otros propósitos. Veamos algunos posibles.

Ya saben que a los directores de teatro y ópera, aburridos y deseosos de justificar la paga, les dio hace unas décadas por actualizar los grandes dramas del pasado. Ves cómo las hijas del Rey Lear se desnudan mientras sus maridos parecen jerarcas nazis, o escuchas a Rigoletto cantando la rà en Chicago, entre hombres de respeto. Pues eso es lo que parece hacer Ruy Castro, hablarnos del Renacimiento italiano y esa inflación de genios en el vecindario, pero sin llamarles Michelangelo o Rafael, sino Tom, Johnny, Chico o Baden Powell. Algo parecido a, no sé, colocar a Orfeo y Eurídice en Río, durante los carnavales. ¿Se lo imaginan?

Por otro lado, los capítulos sobre el Sinatra-Farney Fan Club y los años de aprendizaje de varias decenas de chicos y chicas formales que terminaron tocando en tugurios, fumando maría, olvidando condones, trasegando whiskey, zurrándose ante millones de personas, triunfando o no, zigzagueando en descapotables, el pelo al viento, y estrellándose contra los bajos de un camión idéntico al que vieron en aquella transparencia, salvo por el detalle definitivo de su realidad, podrían ser una excusa para hablarnos del tránsito de la adolescencia a la madurez y de la inocencia a la portada de Playboy.

También es posible que haya un mensaje político encubierto y el autor sea un tipo retrógrado y desleal, que amontona datos y datos a favor de una música sutil y sofisticada, cantada y tocada casi siempre por chicos blancos de clase media y alta (con la acostumbrada presencia de algún traidor de clase que olvida que el morro es el mejor lugar del mundo), en contraposición al latido del pueblo.

Todo lo anterior es cierto. Pero yo sé que los lectores de este blog no se conforman con esos metamacguffins y quieren conocer la verdad, por aterradora que resulte. Y lo cierto es que este libro no es más que la biografía de uno que nació en Juazeiro, imitaba a cantantes como …

…, con su bigotito, para luego volverse majara, desaparecer, retorcer sus dedos, dar la vuelta y vender millones de discos.

La pasión insana del autor por João Gilberto le lleva a rodearle de gente acojonante, que canta, que toca, que tiene sentido del humor, que vive. Y todo para que, contra el fondo de tipos especiales de los que hacen suspirar y hembras de bandera, el brillo del ídolo sea deslumbrante.

Sí, nos habla de todos ellos. Nos dice quiénes fueron, de dónde venían, a qué clases faltaron y cómo se ganaban la vida los padres a los que desobedecían. Nos cuenta sus traiciones, sus líos, el tamaño de sus capturas y el de sus ojos. Nos habla de los que se enriquecieron aprovechándose de su talento y de muchas historias falsas que tienen que ver con encuentros supuestamente fortuitos y canciones que se improvisan sobre servilletas de papel. Hasta incluye algún bufón pesado que se planchó el pelo para ser civilizado como los animales.

Es ladino el tal Castro. Barrunto que conoce al gran Schenker, ese señor tan serio que gastó su vida intentando explicar que una sinfonía de Brahms culmina en el compás 283 y que lo demás es morralla. Y hace lo propio, porque el libro asciende hasta el maravilloso capítulo VII (En busca del ego perdido) y luego desciende a lo largo de trescientas páginas de epílogo. ¿Quieren saber de qué trata ese capítulo? Es sencillo, nos dice quién mató a los diez negritos, si había más de un tirador en Dallas, y por qué -después de escuchar a João Gilberto- Menescal, Bôscoli, Lyra, Jobim, toda la pandilla, se quedaban mudos, los ojos como platos, tartamudeando un “¿cómo se hace?”.

Lo malo es que se ha pasado. Ha sido tan brillante en los preparativos, en los pasajes de paso, en los interludios y en los entremeses, que te deja agotado. Sales de una anécdota fabulosa y te está metiendo en otra. Termina uno con la mandíbula retorcida de tanto mantener la media sonrisa irónica de Rick, pensando en el plantón a Simone y Jean Paul, en gatos suicidas, y en bobos que confunden el Palacio con un cine. Y te lo envuelve con un leit motiv llamado Sinatra, que empieza lejano en el Olimpo y termina cantando baubles, bangles and beads con laringitis.

¡Venga, rásquense el bolsillo y compren Bossa Nova! Podrán asombrar a sus amistades hablando de la batida y de los callejones de Río, usarán el término crooner con soltura, aprenderán a decir Milton Banana y João Donato con respeto, y además podrán apropiarse del capítulo de Ecce Homo, ese que pregunta “¿Por qué soy tan inteligente?”. La respuesta está a su alcance, sólo cuesta 28 €.

Y si no la descubren no me pregunten. Yo vivo en la bossa nova provisionalmente, sólo hasta que encuentre un lugar mejor en el que alojarme.

¡Ah!, no les extrañe que no les hable de José Antonio Montano y su traducción. He intentado fijarme en ella, pero no he podido; estaba leyendo Bossa Nova.

 

El séptimo sello

Cuando era niño, mis padres compraron una serie de enciclopedias infantiles. Se llamaban Dime qué es, Dime cuéntame, Dime cómo funciona … Las recuerdo extraordinarias y aún, a menudo, cuando alguien me pregunta de dónde he sacado determinado dato, eso del origen de la palabra silueta o de que a Tamerlán le llamaban así porque era cojo, recuerdo que la primera vez que lo leí, lo leí allí. Por desgracia se perdieron hace mucho.

En Dime cuéntame hablaban de libros y lo hacían con ilustraciones. Una entrada se refería, creo, a La Peste, la obra de Albert Camus. Y allí, enorme, aparecía un detalle del Triunfo de la Muerte, de Peter Brueghel el Viejo. A toda página se podía ver a los ejércitos de esqueletos que asoman desde detrás de las lápidas, sonriendo. Esa página me parecía espeluznante y, más de una vez, no me dejó dormir.

Luego, con el tiempo, descubrí de quién era la pintura y, desde entonces, la he visto muchas veces, en el Prado. Está en una sala maravillosa, compartiendo espacio, ni más ni menos, que con los azules de Patinir y con las locuras de El Bosco. Brueghel se convirtió, también con el tiempo, en uno de mis pintores favoritos, con esos paisajes nevados y esas fiestas abigarradas.

No olviden. Nunca olviden que siempre triunfa la muerte, empujándonos hacia el infierno, y que si te retrasas quizás tu cabeza termine cortada por una guadaña. Da igual que seas rey, obispo o villano. So0lo el amor del juglar por la dama detiene el tiempo un instante.

¿Sabes quién es Kant?

 

Ahora que Kant se ha puesto de moda, recupero esta entrada de hace casi diez años.

Me he dado cuenta de una cosa: casi nunca hablo de libros. Quiero decir que casi nunca doy mi opinión sobre un libro concreto. Esto hay que corregirlo: no puede ser que una bitácora tan comprometida con la cultura como ésta, en la que puede usté encontrar de todo, tenga una laguna tan notoria (ahora que lo pienso, el cine lo tengo algo abandonado, y las artes escénicas y la arquitectura y las ciencias esotéricas -incluida la filosofía- y … aghhhhh!!!).

Pues bien, el otro día hablaba de los libros que releo. Comenzaré por uno de ellos. Se llama ¿Está usted de broma Sr. Feynman?, y fue publicado por Alianza Editorial. En realidad no está escrito por Feynman, sino narrado por Feynman, pues consiste en una transcripción de las conversaciones que mantuvo con Ralph Leighton durante varios años.

Es curioso, aunque perfectamente explicable, que un tío que prácticamente no hizo ningún esfuerzo por escribir libro alguno, sea éxito editorial. Sus obras, incluso las técnicas, no son muy numerosas, y en ellas siempre aparecen los ejem, ejem que tanto me gustan. Esos que anuncian obras provisionales, hechas ad hoc, porque necesitaba material para dar unas clases o unas conferencias. Feynman es un tipo muy interesante; no hay más que ver el éxito de uno de sus libros: uno que contiene centenares de cartas, muchas de ellas triviales. Sucede que, constantemente, a veces en la carta más insípida, aparece uno de esos destellos tan típicos de Feynman, asombrosos por una serie de rasgos admirables y escasos: claridad, sencillez y honestidad.

El libro del que les hablo (supongo que muchos lo habrán leído) es una especie de biografía a salto de mata, en el que faltan los últimos años, esos en los que alcanzó la fama entre el común tras ser incluido en la comisión que investigaba el accidente del Challenger. Pensaron en el premio Nobel vejete que no se entera y que le da prestigio a la investigación, pero se equivocaron. Hay una carta extraordinaria en el libro que antes cito en la que Feynman dice: “Mi conjetura es que me permitirán hacer esto abrumándome con datos y detalles, con la esperanza de enterrarme en detalles técnicos, para que mientras ellos tengan tiempo de ablandar a testigos comprometedores, etc. Pero esto no funcionará porque (1) tengo información técnica y entiendo mucho más rápido de lo que imaginan, y (2) ya huelo ciertas ratas que no olvidaré, porque me gusta el olor de las ratas, que es el inicio de una aventura excitante”. El resultado del “error” fue que, no solo obligase a incluir un anexo al informe final en el que se apartaba de las conclusiones de este, sino que demostrase su dominio de la imagen sencilla cuando en televisión echó unas arandelas del transbordador espacial en vasos con agua helada para demostrar su pérdida de flexibilidad.

Pero yo he venido aquí a hablar de su libro. Como es fruto de una serie de conversaciones, se centra en episodios aislados en los que aparece un personaje repleto de atractivo. Un tipo curioso, con un sentido del humor que no desfallece. Un hombre que parece disfrutar permanentemente, incluso cuando cuenta los trabajos en el proyecto Manhattan o la enfermedad de su primera mujer (que murió muy joven). Alguien que no duda en explicar sus torpezas en las relaciones con las mujeres o a la hora de reproducir los estereotipos de la época, y que es capaz de acercarse a cualquier tipo de conocimiento con una visión aguda, desprovista de mala leche, pero terriblemente perturbadora. Un hombre que aborda cualquier cosa con una suma de perfeccionismo y alegría envidiables, y que le terminan convirtiendo en un aficionado experto en la apertura de cajas fuertes, en la percusión, en el idioma maya o en la pintura. Y, sobre todo, un profesor; permanentemente preocupado por los caminos hacia una comprensión real, que es capaz de aplicar su tiempo al análisis de decenas de obras destinadas a los alumnos de las escuelas californianas o de analizar el fracaso de un modelo, el brasileño, tan tristemente cercano (esto es una suposición mía) al español.

Creo que leer ¿Está Ud. de broma Sr. Feynman? es peligroso. Se van a reír con el italiano de Feynman, con las reflexiones sobre los filósofos de Princeton, con las bromas de universidad, con los secretos militares, con la calificación psiquiátrica que le impidió ser alistado tras la guerra, con cientos de detalles en los que demuestra su ignorancia o desvela la casualidad que le hace aparecer como un genio, pero que, paradójica e inadvertidamente (o no), nos dicen constantemente lo contrario, con un efecto algo deprimente, pero estimulante, en el moral del que le lee. Además se van a enfrentar a una mente que no admite la palabrería. Mal asunto, cuando un porcentaje tan elevado de lo que nos han definido como “saber” es palabrería.

Cuenta Maquiavelo, en una de sus cartas —enviadas desde el exilio—, cómo, tras el atardecer, y después de haber realizado las faenas del día, se adecenta y se viste adecuadamente. Porque va a abrir uno de esos libros escritos por gigantes intelectuales, a los que recibe en su casa y con los que conversa respetuosamente.

Venuta la sera, mi ritorno in casa ed entro nel mio scrittoio; e in su l’uscio mi spoglio quella veste cotidiana, piena di fango e di loto, e mi metto panni reali e curiali; e rivestito condecentemente, entro nelle antique corti delli antiqui uomini, dove, da loro ricevuto amorevolmente, mi pasco di quel cibo che solum è mio e che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro e domandargli della ragione delle loro azioni; e quelli per loro umanità mi rispondono; e non sento per quattro ore di tempo alcuna noia; sdimentico ogni affanno, non temo la povertà, non mi sbigottisce la morte; tutto mi trasferisco in loro.

Si compran el libro que les recomiendo, antes de leerlo, hagan algo parecido. Vístanse para la ocasión y limpien su casa. Estarán a punto de conversar con un genio.