Experimento politonal mesetario

 

Me cuenta un amigo que, hace muchos años, estaba en misa en un pueblo de Guadalajara. En un momento determinado, según su propia narración, dos grupos de ancianas se arrancaron a cantar, pero sin acertar con la canción que tocaba. Un grupo empezó «Una espiga dorada por el sol», mientras que el otro le dio a «Qué alegría cuando me dijeron». Eso sí, las cantinelas las interpretaron cuadrando los tempos, con lo que lograron un prodigio musical. Me dice mi amigo que, no solo descubrió que las canciones eran compatibles, sino que vivió algo parecido a un satori de proporciones rústico-cósmicas.

Gandules como somos, aprovechamos cualquier oportunidad para la procrastinación. Así que rápidamente he buscado las canciones para comprobar la veracidad del relato. Pónganlas a la vez:

Lagrimones me caían hace un rato.

Por cierto, esto me ha recordado lo que contaba Charles Ives sobre el origen del segundo movimiento de una de sus más famosas obras: Three Places in New England. Al parecer, intentó reproducir la sensación que le había producido escuchar simultáneamente dos obras en dos tonalidades diferentes a dos bandas que se alejaban y acercaban. Se trata, por otra parte, de un procedimiento muy típico del gran compositor norteamericano. Disfruten la obra:

 

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Yesod

 

Agosto de 2010.

Claudio Abbado, tras un preludio que terminaba así …

9ª Mahler

… interpretó la novena de Mahler:

 

Al *escuchar* su interpretación recuerdo esto:

 

 

Debía de ser hacia finales de abril del cuarenta y cinco. Los ejércitos alemanes ya estaban derrotados, los fascistas se estaban dispersando. En todo caso, el lugar ya estaba, definitivamente, en poder de los partisanos.

Después de la última batalla, la que Jacopo nos había relatado precisamente en esta casa (hace casi dos años), varias brigadas de partisanos habían convergido ahí para luego marchar hacia la ciudad. Esperaban una señal de Radio Londres, se moverían cuando también Milán estuviese preparada para la insurrección.

También habían llegado los de las formaciones garibaldinas, comandados por Ras, un gigante de barba negra, muy popular en el pueblo: llevaban uniformes de fantasía, unos distintos de los otros, salvo los pañuelos y la estrella en el pecho, que eran rojos, y también sus armas eran casuales, unos tenían viejas carabinas, mientras que otros tenían metralletas tomadas al enemigo. Contrastaban con las brigadas de los seguidores de Badoglio, que llevaban el pañuelo azul, uniformes de color caqui como los de los ingleses, y las sten nuevísimas. Los aliados les ayudaban con generosos lanzamientos de paracaídas en la noche, después de las once, hora en que, desde hacia ya dos años, pasaba el misterioso Pippetto, el avión de reconocimiento inglés que, por lo demás, nadie comprendía qué podía reconocer, porque no se veía luz alguna en muchos kilómetros a la redonda.

Había tensiones entre los garibaldinos y los partidarios de Badoglio, se decía que la tarde de la batalla estos últimos se habían lanzado contra el enemigo al grito de “Adelante Saboya”, pero algunos de ellos alegaban que era la fuerza de la costumbre (qué quieres que grite en el momento del ataque), eso no significaba que fueran necesariamente monárquicos, también ellos sabían que el rey había hecho cosas muy graves. Los garibaldinos sonreían despectivos, se puede gritar Saboya en una carga con bayoneta en campo abierto, pero no tirándose detrás de una esquina con la sten preparada. Lo que pasaba era que estaban vendidos a los ingleses.

Sin embargo, habían llegado a un modus vivendi, era necesario tener un comando unificado para atacar la ciudad, y la elección había recaído sobre Terzi, que comandaba la brigada mejor pertrechada, era el de más edad, había participado en la gran guerra, era un héroe y gozaba de la confianza del comando aliado.

Pocos días después, creo que antes de que se produjera la sublevación en Milán, habían partido para dar asalto a la ciudad. Llegaban buenas noticias, la operación había sido un éxito, las brigadas estaban regresando victoriosas a al lugar, pero había habido bajas, corrían rumores de que Ras había caído en combate y Terzi estaba herido.

Una tarde se oyó el ruido de los vehículos, cantos de victoria, la gente se había precipitado hacia la plaza mayor, por la carretera estaban llegando los primeros contingentes, con el puño en alto, banderas, agitando las armas por las ventanillas de los automóviles, o desde el estribo de los camiones. Durante el camino, ya habían recubierto de flores a los partisanos.

De repente alguien había gritado Ras Ras, y allí estaba Ras, encaramado sobre el guardabarros de un Dodge, con la barba desordenada y el abundante y negro vello sudado asomando de la camisa, abierta sobre el pecho, y saludaba riendo a la muchedumbre.

Junto con Ras también se había apeado del Dodge Rampini, un chaval miope que tocaba en la banda, un poco mayor que los otros, que había desaparecido hacia tres meses y se decía que estaba con los partisanos. Y, en efecto, allí estaba, con el pañuelo rojo en el cuello, una casaca de color caqui y unos pantalones azules. Era el uniforme de la banda del padre Tico, con la diferencia de que él ahora lucía un cinturón militar, y una pistola.

A través de esas gafas gruesas que tantas bromas le valieran por parte de sus antiguos compañeros de la escuela parroquial, miraba a las chicas que se agolpaban a su alrededor como si fuese Flash Gordon. Jacopo se preguntaba si Cecilia no estaría entre la multitud.

Al cabo de media hora, la plaza se tiñó de partisanos y la gente se puso a reclamar a gritos la presencia de Terzi, querían que pronunciase un discurso.

En un balcón del ayuntamiento había aparecido Terzi, apoyado en su muleta, pálido, y con la mano había tratado de calmar a la multitud. Jacopo esperaba el discurso, porque toda su infancia, como la de todos los chicos de su edad, había estado marcada por grandes e históricos discursos del Duce, cuyos pasajes más significativos debían aprenderse luego de memoria para la escuela, o sea que debían memorizarlos enteros, porque todos los pasajes eran una cita significativa. 

Cuando se hizo el silencio, Terzi habló, con una voz ronca, apenas audible. Dijo:

— Ciudadanos, amigos. Después de tantos y tan penosos sacrificios… henos aquí. Gloria a los caídos por la libertad.

Eso fue todo. Se retiró del balcón.

Entretanto, la muchedumbre gritaba, y los partisanos levantaban las metralletas, las sten, las moschetti, las noventa y uno, y disparaban ráfagas de júbilo, mientras los casquillos caían por todas partes y los chavales se metían entre las piernas de los combatientes y de los civiles, porque ya no volverían a hacer una cosecha como aquélla, había peligro de que la guerra acabase ese mismo mes.

Sin embargo, había habido muertos. Por una atroz casualidad, ambos eran de San Davide, una aldea situada más arriba de ahí, y las familias querían que se les sepultara en el pequeño cementerio local.

El comando partisano había decidido celebrar unos funerales solemnes, con las compañías formadas, carruajes fúnebres ornados, la banda del ayuntamiento, el canónigo de la catedral. Y la banda de la escuela parroquial.

El padre Tico había accedido inmediatamente. En primer lugar, decía él, porque siempre había tenido sentimientos antifascistas. Y además, según se rumoreaba entre sus músicos, porque desde hacia un año estaba haciéndoles ensayar, para que se ejercitaran, dos marchas fúnebres y tarde o temprano debían ejecutarlas. Por último, según decían las malas lenguas del pueblo, porque quería echar tierra sobre lo de giovinezza.

La historia de giovinezza había sido así.

Unos meses atrás, antes de que llegasen los partisanos, la banda del padre Tico había salido para tocar en no sé qué fiesta, y en el camino les habían detenido las Brigadas Negras.

— Toque giovinezza, reverendo -le había ordenado el capitán, haciendo tamborilear los dedos sobre el cañón de la metralleta.

¿Qué hacer, tal como aprenderíamos a decir después? El padre Tico dijo, muchachos, probemos, el pellejo es el pellejo. Había dado el tiempo con la mano y el inmundo tropel de cacofónicos había atravesado el pueblo, tocando algo que sólo la más delirante esperanza de redención hubiera permitido confundir con Giovinezza. Una vergüenza para todos. Por haber cedido, decía luego el padre Tico, pero sobre todo por haber tocado tan mal, sería cura, si, y antifascista, pero el arte era el arte.

Jacopo no estaba aquel día. Tenía anginas. Sólo estaban Annibale Cantalamessa y Pio Bo, y su sola presencia debe de haber sido decisiva para la derrota del nazifascismo. Pero para Belbo el problema no era éste, al menos en el momento de describir el episodio. había perdido otra ocasión para saber si habría sido capaz de decir que no. Quizá por eso moriría colgado del Péndulo.

En fin, los funerales debían celebrarse el domingo por la mañana. En la plaza de la catedral estaban todos. Terzi con sus hombres, el tío Carlo y algunos notables del pueblo con las medallas de la gran guerra, no importaba si habían sido fascistas o no, estaban allí para rendir homenaje a unos héroes. Estaba el clero, la banda del ayuntamiento, vestidos de negro, y los carruajes con los caballos con gualdrapa y arreos de color crema, plata y negro. El automedonte iba ataviado como un mariscal de Napoleón, sombrero de dos puntas, esclavina y gran capa, que hacían juego con los arneses de las cabalgaduras. También estaba la banda de la escuela parroquial, gorra de visera, chaqueta caqui y pantalones azules, reluciente de bronces, negra de maderas y centelleante de platillos y bombos.

Entre el lugar y San Davide había cinco o seis kilómetros de curvas en subida. Un trayecto que los domingos por la tarde los jubilados solían recorrer jugando a la petanca, una partida, una pausa, unas copas de vino, otra partida y así sucesivamente, hasta el santuario en la cima.

Unos kilómetros cuesta arriba no son nada para quien los recorre jugando a la petanca, y quizá tampoco para quien lo hace en formación, con el arma al hombro, la mirada firme y los pulmones estimulados por el fresco aire de la primavera. Pero hay que tratar de recorrerlos tocando un instrumento, los carrillos hinchados, el sudor chorreando por la cara, el aliento desfalleciente. La banda del ayuntamiento llevaba toda la vida haciéndolo, pero para los chavales de la escuela parroquial había sido una dura prueba. Habían aguantado como héroes, el padre Tico marcaba el compás en el aire, los clarines gañían exhaustos, los saxofones balaban asmáticos, el bombardino y las trompetas chillaban agonizantes, pero lo habían logrado, habían llegado hasta el pueblo, hasta el pie de la cuesta que conducía hasta el cementerio. Hacia mucho que Annibale Cantalamessa y Pio Bo se limitaban a fingir que tocaban, pero Jacopo había sido fiel a su función de perro de pastor, bajo la mirada de bendición del padre Tico. No habían hecho mala figura junto a la banda del ayuntamiento; así lo habían reconocido Terzi y los otros comandantes de las brigadas: muchachos, habéis estado estupendos.

Un comandante que exhibía el pañuelo azul y un arco iris de condecoraciones de las dos guerras mundiales, había dicho:

—Reverendo, será mejor que los chavales descansen un poco en el pueblo, se ve que no pueden más. Que suban después, al final. Luego regresarán en camión al pueblo.

Se habían precipitado en la fonda, y los de la banda municipal, viejos arneses endurecidos por infinitos funerales, se instalaron en las mesas sin el menor recato y pidieron callos y vino a discreción. Se habrían quedado de juerga hasta la noche. Los chavales del padre Tico, en cambio, se habían agolpado en la barra, donde el tabernero les estaba sirviendo unos granizados de menta verdes como un experimento químico. El hielo, pasando de golpe por la garganta, provocaba un dolor en el centro de la frente, como la sinusitis.

Después habían subido hasta el cementerio, donde esperaba un pequeño camión. Durante el camino no habían parado de gritar y estaban todos apiñados, todos de pie, golpeándose con los instrumentos, cuando el comandante de antes salió del cementerio y dijo:

—Reverendo, para la ceremonia final necesitamos una trompeta, ya sabe usted, para los toques de rigor. Apenas cinco minutos.

—Trompeta -había dicho el padre Tico, profesional.

Y el infeliz titular del privilegio, sudoroso de granizado verde y añorando la comida familiar, campesino palurdo impermeable a la menor emoción estética y a cualquier solidaridad de ideas, había empezado a quejarse, que era tarde, que quería regresar a casa, que se había quedado sin saliva, etcétera, etcétera, para gran molestia del padre Tico, que se avergonzaba ante el militar.

Fue entonces cuando Jacopo, vislumbrando en la gloria del mediodía la dulce imagen de Cecilia, dijo:

—Si me da la trompeta, puedo ir yo.

Destellos de reconocimiento en la mirada del padre Tico, sudoroso alivio del miserable trompetista titular. Intercambio de los instrumentos, como dos centinelas.

Y Jacopo se había internado en el cementerio, guiado por el psicopompo condecorado por la gesta de Addis Abeba. Allí todo era blanco, la tapia calcinada por el sol, las tumbas, las flores de los árboles de la cerca, la sobrepelliz del arcipreste preparado para dar su bendición, salvo el sepia de las fotos en las lápidas. Y la gran mancha de color de los escuadrones que escoltaban las dos fosas.

—Muchacho -había dicho el jefe-, ponte aquí, a mi lado, y cuando dé la voz de orden toca el firmes. Después, siempre que oigas mi orden, el descansen. ¿Verdad que es fácil?

Facilísimo. Sólo que Jacopo nunca había tocado la señal de firmes, ni la de reposo.

Sostenía la trompeta con el brazo derecho plegado, contra las costillas, con la punta un poco hacia abajo, como si fuese una carabina, y se mantuvo a la expectativa, frente alta vientre hacia adentro y pecho hacia afuera.

Terzi estaba pronunciando un discurso sobrio, con frases muy breves.

Jacopo pensaba que para tocar la señal tendría que elevar la vista hacia el cielo, y que el sol le deslumbraría. Pero así mueren los trompetistas, y ya que sólo se muere una vez más valía hacerlo bien.

Después el comandante le había susurrado: “Ahora”, y había empezado a gritar “¡Fiiir…!” Y Jacopo no sabia cómo se toca el fiiirmes.

La estructura melódica debía de ser mucho más compleja, pero en aquel momento sólo había sido capaz de tocar do-mi-sol-do, y a esos rudos combatientes pareció bastarles. El do final lo había tocado después de haber tomado aliento, para poder sostenerlo mucho, y darle tiempo, escribía Belbo, para llegar al sol.

Los partisanos estaban firmes, rígidos. Los vivos inmóviles como los muertos.

Los únicos que se movían eran los sepultureros, se oía el ruido de los féretros al descender a las fosas, y el rumor de las cuerdas al rozar contra la madera. Pero era un movimiento débil, como el serpentear de un reflejo sobre una esfera, leve variación de luz que sólo sirve para revelar que en el Ser nada fluye.

Después se había oído el ruido abstracto de un presenten armas. El arcipreste había susurrado las fórmulas de la aspersión, los comandantes se habían acercado a las fosas y habían arrojado un puñado de tierra cada uno. En ese momento, una orden repentina había desencadenado una descarga hacia el cielo, ta-ta-ta, ta-pum, y los pajaritos habían huido alborotando de los árboles en flor. Pero tampoco aquél era movimiento, era como si siempre el mismo instante se presentara desde perspectivas diferentes, y mirar un instante para siempre no significa mirarlo mientras el tiempo pasa.

Por eso Jacopo se había quedado inmóvil, insensible incluso a la caída de los casquillos que rodaban a sus pies, y no había vuelto a colocar la trompeta bajo el brazo, sino que aún la tenía en la boca, con los dedos en las llaves, rígido en el firmes, apuntando el instrumento hacia lo alto.

Todavía estaba tocando.

Su larguísima nota final no se había interrumpido en ningún momento: imperceptible para los otros, seguía saliendo por la bocina de la trompeta como un soplo leve, una ráfaga de aire que él seguía introduciendo por la embocadura con la lengua entre los labios apenas abiertos que no ejercían presión alguna sobre la ventosa de bronce. El instrumento se mantenía levantado sin apoyarse en el rostro, por la sola tensión de los codos y de los hombros.

Jacopo seguía emitiendo aquella ilusión de nota porque sentía que en ese momento estaba desenredando un hilo capaz de frenar el movimiento del sol. El astro se había detenido, se había fijado en un mediodía que hubiera podido durar una eternidad. Y todo dependía de Jacopo, bastaba con que interrumpiese aquel contacto, con que soltara el hilo, para que el sol se alejase saltando, como un globo, y con él el día, y el acontecimiento de ese día, aquella acción continua, aquella secuencia sin antes ni después, que se desarrollaba en la inmovilidad sólo porque ese era su poder de querer y hacer.

Si hubiese abandonado para atacar una nueva nota, se habría oído un desgarrón mucho más estrepitoso que las ráfagas que le estaban ensordeciendo, y los relojes habrían vuelto a palpitar con ritmo taquicárdico.

Jacopo deseaba con todo su ser que el hombre que estaba a su lado no diese la orden de reposo; podría negarme, decía para sus adentros, y todo seguiría así para siempre, haz que te dure el aliento todo lo que puedas.

Creo que había entrado en ese estado de aturdimiento y vértigo que invade al buceador cuando trata de no salir a la superficie y quiere prolongar la inercia que lo arrastra hacia el fondo. Hasta el punto de que, al tratar de expresar aquellos sentimientos, las frases del cuaderno que ahora yo estaba leyendo se quebraban asintácticas, mutiladas por puntos suspensivos, roídas por elipsis. Pero era evidente que en ese momento, no, no lo decía, pero estaba claro: en ese momento estaba poseyendo a Cecilia.

Es que en aquel momento Jacopo Belbo no podía comprender, ni comprendía aún mientras escribía sin conciencia de si mismo, que estaba celebrando de una vez para siempre sus bodas químicas, con Cecilia, con Lorenza, con Sophia, con la Tierra y con el Cielo. quizá fuera el único de los mortales que, finalmente, estaba concluyendo la Gran Obra.

Nadie le había dicho aún que el Grial es una copa, pero también una lanza, y su trompeta elevada como un cáliz era al mismo tiempo un arma, un instrumento de dulcísimo dominio, que disparaba hacia el cielo y vinculaba la Tierra con el Polo Místico. Con el único Punto Quieto que había existido en el universo: con aquello que, por ese único instante, el estaba haciendo existir con su aliento.

Diotallevi aún no le había explicado que es posible estar en Yesod, la sefirah del Fundamento, el signo de la alianza del arco superior que se tiende para poder disparar flechas a la medida de Malkut, que es su blanco. Yesod es la gota que surge de la flecha para dar origen al árbol y al fruto, es anima mundi porque es el momento en que la fuerza viril, al procrear, consigue unir todos los estados del ser.

Saber hilar este Cingulum Veneris significa reparar el error del Demiurgo.

¿Cómo se puede pasar una vida buscando la Ocasión, sin darse cuenta de que el momento decisivo, que justifica el nacimiento y la muerte, ya ha pasado? No regresa, pero ha sucedido, es irreversiblemente, pleno, deslumbrante, generoso como toda revelación.

Aquel día Jacopo Belbo se había encontrado con la Verdad, y la había mirado a los ojos. La única que le sería concedida, porque la verdad que estaba aprendiendo le revelaba que la verdad es brevísima (el resto, solo es comentario). De ahí su esfuerzo por domar la impaciencia del tiempo.

Desde luego, no lo comprendió en aquel momento. Tampoco cuando trataba de describirlo, ni cuando decidía renunciar a la escritura.

Lo he comprendido yo esta noche: el autor debe morir para que el lector descubra su verdad.

La obsesión del Péndulo, que había acompañado a Jacopo Belbo durante toda su vida de adulto, había sido, como las señas perdidas del sueño, la imagen de aquel otro momento, registrado y luego relegado, en que realmente había tocado la bóveda del mundo. Y aquel momento en que había congelado el espacio y el tiempo al disparar su flecha de Zenón no había sido un signo, un síntoma, una alusión, una figura, una signatura, un enigma: era lo que era, lo que no estaba en lugar de ninguna otra cosa, el momento en el que ya nada remite a nada, las cuentas están saldadas.

Jacopo Belbo no había comprendido que ya había tenido su momento, y que habría debido bastarle para toda la vida. No lo había reconocido, había pasado el resto de su vida buscando otra cosa, hasta condenarse.

O quizá lo sospechase, porque, si no, no se explicaba la frecuencia con que evocaba el recuerdo de la trompeta. Pero en su memoria era una trompeta perdida, cuando en realidad la había poseido.

Creo, espero, ruego que en el instante en que moría oscilando con el Péndulo, Jacopo Belbo haya comprendido esto, y haya encontrado la paz.

Después se había oído la orden de descanso. De todas formas habría acabado por ceder, porque le estaba faltando el aliento. había interrumpido el contacto, y luego había tocado una sola nota, alta y cada vez menos intensa, la había tocado con dulzura, para que el mundo se habituase a la melancolía que estaba a punto de envolverlo.

—Bravo, jovencito -había dicho el comandante-. Ya puedes marcharte. Bonita trompeta.

El arcipreste se había escurrido, los partisanos se habían dirigido hacia la verja posterior, donde les esperaban sus vehículos, los sepultureros se habían marchado después de haber rellenado las fosas. Jacopo había sido el último en salir. No lograba abandonar ese lugar de felicidad.

En la explanada no estaba el camión de la escuela parroquial.

Jacopo se había asombrado, no lograba comprender cómo el padre Tico podía haberle abandonado. Retrospectivamente, lo más probable es que hubiera habido un malentendido y alguien le hubiese dicho al padre Tico que el chaval regresaría con los partisanos. Pero en aquel momento Jacopo había pensado, no sin razón, que entre el firmes y el descansen habían transcurrido demasiados siglos, que los chicos le habían esperado hasta encanecer, hasta morir, y que el polvo de sus huesos se había dispersado hasta formar esa leve neblina que ahora estaba tiñendo de azul el paisaje de colinas que se extendía ante sus ojos.

Jacopo estaba solo. A sus espaldas un cementerio ahora desierto, en sus manos la trompeta, delante las colinas difuminadas en tonos cada vez más turquesa, unas detrás de otras hacia el membrillo del infinito, y, vengativo sobre su cabeza, el sol en libertad.

Había decidido llorar.

Pero de repente había aparecido la carroza fúnebre con su cochero ataviado como un general del emperador, todo color crema, negro y plata, los caballos enjaezados con bárbaras máscaras que sólo dejaban ver los ojos, engualdrapados como féretros, las columnillas salomónicas que sostenían el tímpano asirio-greco-egipcio, todo en blanco y oro. El hombre del sombrero de dos puntas se había detenido un momento delante de aquel trompetista solitario, y Jacopo le había preguntado:

—¿Me lleva a casa?

El hombre era benévolo. Jacopo había subido al pescante y se había sentado a su lado, en el carruaje de los muertos había iniciado el regreso hacia el mundo de los vivos. Aquel Caronte fuera de servicio azuzaba taciturno a sus fúnebres corceles a través de los barrancos, Jacopo erguido y hierático, con la trompeta apretada bajo el brazo, y la visera brillante, compenetrado con aquel nuevo papel, inesperado.

Habían bajado de las colinas, a cada recodo surgían viñas teñidas de cardenillo, todo en medio de una luz cegadora, y al cabo de un tiempo incalculable habían llegado al pueblo. Habían atravesado la plaza mayor, con sus pórticos, desierta como sólo pueden estarlo las plazas del Monferrato a las dos de la tarde de un domingo. Un compañero de escuela, desde una esquina de la plaza, había visto a Jacopo subido al carruaje, la trompeta debajo del brazo, la mirada clavada en el infinito, y le había hecho un gesto de admiración.

Jacopo había regresado a su casa, no había querido comer, ni contar nada. Se había refugiado en la terraza y se había puesto a tocar la trompeta como si tuviese puesta la sordina, soplando despacio para no perturbar el silencio de la siesta.

Su padre se le había acercado y sin maldad, con la calma de quien conoce las leyes de la vida, le había dicho:

—Dentro de un mes, si no hay novedades, regresaremos a casa. No puedes pensar que en la ciudad podrás seguir tocando la trompeta. El propietario nos echaría de la casa. Así que ya puedes empezar a olvidarla. Si realmente te interesa la música, podrás tomar lecciones de piano.

Y luego, al ver que le brillaban los ojos:

—Vamos, tontito. ¿No te das cuenta de que se han acabado los días malos?

Al día siguiente, Jacopo había devuelto la trompeta al padre Tico. Dos semanas más tarde, la familia abandonaba el lugar para regresar al futuro.

 

El pueblo ha hablado

 

Leo en El País un artículo sobre una violinista que tiene más de mil millones de visitas en youtube.

El artículo empieza hablando de Paganini y de una obra suya, tan difícil, tan difícil, que hay maestros que no la interpretan. Qué cosas. A lo mejor no la tocan —que al final las tocan todos— por coñazo, porque ya me contarán cómo se puede ser un maestro sin tener el nivel técnico que permita tocar los conciertos de Bartok, Berg, Brahms, Beethoven, Shostakóvich, la chacona de Bach o el Tzigane de Ravel. No seré yo el que se ponga a hacer clasificaciones sobre dificultad. Esas clasificaciones son un coñazo. Entre los méritos de una obra desde luego no está, en mi opinión, el de que esta sea más o menos difícil. Hay obras enormemente difíciles que son un tostón, mientras que otras, mucho más sencillas, son maravillosas.

Incluso en las más extraordinarias manos. Vean:

Y ahora escuchen esta maravilla:

Sí, les he engañado un poquito: el último movimiento de la sonata no es precisamente fácil. Podría echarle la culpa al violinista Pierre Rode, el tipo que la estrenó y para el que Beethoven compuso ese final. Es igual. Si no la conocían, seguro que me lo agradecen. Además, nos sirven para comparar a Paganini variando y a Beethoven variando.

De todas formas, el rollo de Paganini del artículo que enlazo sirve para explicarnos que tocar el violín es muy difícil, que el diablo siempre anda de por medio, que los padres de la violinista no tenían pasta más que para pagar un cuarto de hora semanal de música y que los de la industria del espectáculo no son muy espabilados, dado el enorme éxito de la protagonista, de nombre Lindsey Stirling.

Me ha podido la curiosidad, ante la promesa de un talento singular, y he decidido ver algunos vídeos de este fenómeno musical y les puedo decir, sin ánimo de equivocarme, que JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

 

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

Ay.

¿Mil trescientos millones de reproducciones? Me parecen poquísimas.

Un exorcismo

Beet1

Llevo unos meses con la 4ª sinfonía de Beethoven. Escuchándola —hoy una vez más—, analizando la partitura, dándole vueltas a cómo hablar razonablemente sobre ella y explicar el asombro que me produce. No veo la forma de hacerlo, salvo quizás escribir treinta entradas que, probablemente, no leerá nadie. Es una obra magna, una cima del estilo perfeccionado por Haydn, repleta de maestría, sutileza e inspiración; luminosa y, a la vez, sorprendentemente crepuscular. La encuentro perfecta. Tanto, que no sé cómo hacer un mapa de ella que no sea tan grande como el propio territorio que abarca.

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes
Libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658

Todo para evitar escribir algo superficial. O para tener que admitir que me viene grande.

Lo dejo. Certifico la defunción de una idea.

 

La voz del Espíritu Santo

 

Cuando uno de los protectores más antiguos y persistentes de Beethoven, su alumno, archiduque Rodolfo, hermano del emperador Jose II de Austria, añadió un título más a la larga lista que le correspondía por nacimiento, el de arzobispo de Olmütz, el compositor decidió honrarlo dedicándole una misa.  Era marzo de 1819 y había pasado por años difíciles, en los que había tenido tan presente la muerte. No pudo entregar la partitura a tiempo, porque los pasajes fueron adquiriendo una extensión, una profundidad y una intensidad tan enormes que necesitó cinco años para terminarla. Su estreno tuvo que esperar hasta abril de 1824, en San Petersburgo.

En esos años compuso Beethoven tres obras que cambiaron la historia de la música: la novena sinfonía, la sonata hammerklavier y la misa en re. Esta es la protagonista de hoy.

Es importante comprender que, si Beethoven hubiera muerto en 1815, habría sido, sin duda, uno de los más grandes compositores y genios creadores de la historia de la humanidad. Murió doce años después, y toda su obra anterior palidece y parece banal en comparación con su última producción. Y puede que la mejor, la más excelsa, de esas últimas obras, sea la Missa Solemnis.

Repleta de momentos exquisitos, su valor es producto de la progresión de las ideas, del esfuerzo brutal por dar sentido al texto. Se ha dicho que es casi ininterpretable, que “suena mal”, que exige un esfuerzo excesivo del oyente, que es desigual, y que mezcla pasajes casi infantiles con otros contrapuntísticos tan elaborados e imposibles que fatigan al espectador más concentrado. Las mismas críticas que se hacen a la Grosse fugue o a la fuga final de la hammerklavier.

Sí, este Beethoven no es para pusilánimes. El hombre que sigue su camino entre medias de la familia imperial, mientras Goethe se comporta como un lacayo no sabe hacer concesiones. El suyo es un diálogo con Dios.

Resulta difícil escoger un momento de la obra. Resume todos los rasgos del estilo del último Beethoven. Pensé primero —tras escucharla una vez más, como tantas veces, con mi vieja kalmus miniature, con las voces escritas en claves de fa y do— en la maravillosa doble fuga sobre las palabras et vitam venturi del Credo – 163 compases de 472 -, la música que se escucha tras la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo con ese sublime anuncio en piano de la vida futura por los siglos de los siglos; pero al final me he decidido por otra parte de la obra. La misa permite mostrar una de las cualidades inefables de la música de Beethoven. Esa extraordinaria capacidad para alargar melodías sencillas, deshilachando las divisiones, terminando las cadencias en los tiempos débiles, con la tónica en la voz superior, retrasando las voces interiores, ocultando la estructura de la música, de una forma tan sutil y misteriosa que parece que fluya, inevitable y natural. Son pasajes que creeríamos improvisados si no fuera porque están escritos; los del lento de la novena, del cuarteto op. 132, la sonata op. 110. Melodías que te dañan y te curan a la vez.

Uno de esos momentos se encuentra en el Sanctus de la misa. En la partitura, Beethoven escribió Von Herzen – möge es wieder – Zu Herzen gehn!,  “Del corazón – ojalá vuelva- al corazón”. Escuchen.

Fagotes y contrabajos en si menor, violonchelos, el clarinete en la y las violas. Trompas, timbales y trombones abren la puerta a los solistas, que anuncian solemnes y oscuros la santidad de Dios, hasta que estalla la alegría por la plenitud de su gracia y su gloria. La fuga es una preparación para el misterio.

El maravilloso preludio instrumental que sigue es un engaño. Beethoven nos hace creer que las voces aparecerán en cualquier momento para bendecir al que viene en nombre del señor. Sin embargo, no se escuchan voces, se escucha a un violín solo, un sol agudo, la tónica, un violín enmarcado por dos flautas traveseras que tocan en terceras. Ese violín, durante 124 compases, cantará una de las melodías más hermosas jamás compuestas. Los demás, las voces, el coro, la orquesta, lo acompañan y nos dicen que el mundo es un lugar lleno de bondad.

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Bufones

 

Vengo del Teatro Real, de escuchar música de Donizetti. Y una vez más, ciento setenta años más tarde, Don Pasquale comprende lo absurdo de querer casarse a su edad y Norina y Ernesto reciben su perdón. Donizetti escribió la última ópera bufa que merece tal nombre –Falstaff es otra cosa- y poco después permitió que la sífilis terminase su trabajo.

Y lo hizo innovando. Esto es una coña, claro. Aunque a medias. Para agradecer eternamente a los italianos su generosidad con la cultura occidental bastaría -no se sulfuren con la herejía- con que sólo nos hubiesen entregado la gloriosa historia de la opera buffa. Siempre iguales y siempre distintas, con el sabor único -en cada obra, en cada buena representación- de la verdad, ligera, agridulce, y fugitiva. Los personajes, enredados en los lazzi, nos hablan del amor y la juventud, de la senectud y la ocasión perdida, de la traición y del perdón. Arlequín, Colombina, Polichinela, el Doctor, Tartaglia, el Soldado, los enamorados Florindo e Isabel, la Señora … ¿Falta alguien para hablar de cualquier cosa que de veras importe?

Lo demás es anécdota. Mientras escribo esto escucho La italiana en Argel. Es increíble que una obra tan maravillosa se represente tan poco. Sutil, redonda y divertidísima, el asunto “turco” es lo de menos. De nuevo la lujuria de un anciano poderoso es vencida por la juventud. La música de Rossini nos lo cuenta todo de soslayo; a veces una simple frase, una burla, un comentario, o unas pocas notas que flotan entre los atónitos espectadores, dibujan perfectamente las debilidades de los personajes, que de eso se trata. Todos somos pappataci. ¿Quieren saber de qué les hablo? Cómprenla, acomódense unas horas en un buen sofá, con alimento y bebida adecuados, y no se olviden primero de ir al baño.

Cuando Wagner preguntó a Rossini si había conocido a Beethoven, y el poeta Michotte tomó notas, quedó para la posteridad un ejemplo patético del abandono en el que permitían los vieneses se encontrase el que intuían era el más grande de los compositores. Pero lo más soprendente es el reconocimiento natural, por parte de Rossini, de la poca importancia que Beethoven daba a la música de aquel: “… la ópera seria no está en la naturaleza de los italianos. Para el drama no conocen ustedes bastante la ciencia de la música … Por encima de todo siga haciendo cosas del tipo del Barbero de Sevilla”. Cuando salía del cubil de Beethoven, Rossini lloró, pero no por los comentarios del huraño. Era un hombre generoso.

Ese es un ejemplo de la paradoja. El orgulloso Sostatre, duque de Noruega, cantó largas arias y nos demostró su valor, pero la ópera seria no está en la naturaleza de los italianos. ¿Quién se lo iba a decir a Pergolesi? Il Prigionero Superbo le había llevado mucho tiempo, pero era larga y había que aligerar los entreactos para que el público napolitano pudiera respirar y tomar un tentempié después de ver como los dioses “cagan mármol”, según la feliz salida de tono de Amadeus. Así que Pergolesi escribió La serva padrona, un divertimentouna cosa ligera y sin pretensiones, y los napolitanos la escucharon, por vez primera, en el año 1733, atragantándose y riendo a carcajadas.

El solterón Uberto discute con Serpina, su sirvienta, una vez más. La razón de la última bronca: lleva tres horas esperando su chocolate y la pícara le espeta que ya es tarde para desayunar, y además lo encierra en su propia casa. Sólo hay una solución, casarse con ella. Pero necesita que los celos y el miedo ante el valentón que incontinente cala el chapeo, le aseguren que su apuesta le hará feliz.

Nadie se acordaba de Sostrate a las pocas semanas, pero La serva padrona viajó por toda Europa y llegó a París. Y allí las muchedumbres la reivindicaron, a la puerta del Théâtre des Italiens, y comenzó la querelle des bouffons, la pelea cyranesca que decidiría si la pequeña Serpina era más poderosa que los héroes de Lully o Rameau. Los hombres se peleaban en los teatros y decidían sobre la superioridad del italiano o el francés a espadazos, mientras los libelos alfombraban las calles de París. El Rey intervino y expulsó a esos italianos, pero dio igual. Uberto y Serpina habían tenido descendencia. Numerosa, descarada y ruidosa.

 

Reforma y tradición

 

Es difícil saber qué pretendía Martin Lutero cuando clavó las 95 tesis en la iglesia de Wittenberg. Es igual, lo importante es lo que resultó de ese acto (que sólo se distinguió de otros anteriores por el éxito). El movimiento luterano tuvo que navegar entre la necesidad de mantener una cierta tradición y la de modificar partes importantes de los usos, los preceptos y la liturgia romana. Una de las afectadas fue la música.

Lutero era un apasionado de la música, ya que era cantor y además componía. Admiraba sobre todo a Josquin des Prez —lo que dice mucho de su gusto musical— y siempre mantuvo la importancia de utilizar la música para trasmitir el mensaje religioso y moral. En consonancia con alguno de sus principios básicos, quería que la congregación participase también en la interpretación musical dentro de la iglesia, pero eso chocaba con su aprecio por las grandes creaciones gregorianas y polifónicas que pretendía mantener, sobre todo en aquellas iglesias que, por formar parte de poblaciones importantes, tenían recursos como para sostener intérpretes “profesionales”. Por eso Lutero publicó muy pronto, en 1526, una “misa alemana” que, pensada para las pequeñas congregaciones, omitía las partes más difíciles y floridas de la misa, y adaptaba las partes que permanecían, de forma que resultasen más conformes a la lengua alemana (otro de sus vehículos de unificación). Se mantuvieron, por tanto, las prácticas más “elevadas” y complejas, incluso con el uso del latín, y fueron desarrollándose otras más populares.

Esa segunda práctica propició la aparición de una forma estrófica, simple, adaptada a la cadencia del idioma alemán, que, ya desde sus inicios, y, desde luego, en su desarrollo posterior, dará lugar a algunas de las obras más hermosamente sencillas de la historia de la música: el coral luterano.

Hoy todo el mundo interpreta corales polifónicos, resultado de un enriquecimiento progresivo, pero en sus orígenes solían ser obras sin armonizar, ya que estaban destinados al canto, en unísono, de toda la congregación. Se produjo, como era previsible, una evolución similar a la que nos lleva del gregoriano a las extraordinarias y maravillosas formas polifónicas que comienzan con los organa y terminan en la misa y el motete.

La producción, durante los primeros años, fue muy amplia porque así se requería. El mismo Lutero escribió los textos de muchos, y se dice que incluso la música. El más famoso de estos corales es Ein’ feste Burg (Una firme fortaleza), publicado en 1529.

Tan grande era el número de peticiones que, como ya había sucedido en los siglos anteriores, los compositores adaptaron a los nuevos textos música gregoriana e incluso profana. El ejemplo más famoso es el del lied de Henricus Isaac, en el que se dolía por tener que abandonar Innsbruck …

… y que se convirtió en O Welt, ich muss dich lassen, o lo que es lo mismo, en un hermoso lamento por tener que abandonar el mundo. Este coral ha sufrido todo tipo de adaptaciones, entre ellas, algunas especialmente famosas (merecidamente) de Bach. Les dejo con una que me gusta mucho: es un preludio coral de Brahms, un opus póstumo, compuesto en 1892. Brahms hizo dos preludios corales con ese coral. Les enlazo el segundo de ellos:

Como resulta de lo anteriormente dicho, el coral se convirtió pronto en el “juguete” preferido de los compositores alemanes, en la base de una polifonía cada vez más compleja, destinada a coros profesionales (incluso llegó a aparecer un tipo de coral, el motete coral, en aquellas regiones alemanas en las que se impuso finalmente el catolicismo). No obstante, siempre se mantuvo una versión del coral estrófico y sencillo.

Los corales, en la evolución posterior, se convirtieron, así, en el baúl del que sacar melodías fácilmente reconocibles, empapadas del sabor de la tradición y de la simplicidad añeja. Por eso, aunque los compositores alemanes fueran cayendo bajo la influencia de las nuevas formas del barroco, del estilo concertato, de la monodia acompañada, ese substrato permaneció y floreció bajo la mano de Johann Sebastian Bach, para el que el coral es prácticamente la estructura de su música religiosa.

En cierta ocasión escuché a un pianista extraordinario dar un “bis” después de un concierto. Decidió tocar un coral de Bach. Nunca he escuchado a un piano sonar así.

Pero si hay que poner un ejemplo, hay que ponerlo de los importantes. Quizás les suene:

 

Una lista

 

Creo que ha habido varios malentendidos malos entendidos en relación con mi artículo sobre listas en el que hago una lista.

Lógicamente, no explicaré el artículo.

 

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Las obras musicales o fragmentos de obras musicales que aparecen en el artículo de Jot Down son todos magníficos, en mi opinión. Decidí escoger una por autor para no incluir un montón de obras de Bach o Beethoven o Mozart y dejar sitio a otros compositores estupendos. También intenté que fueran relativamente breves. Por otra parte, son las que se me ocurrieron el día que escribí el artículo. Hoy, imagino, haría otra lista (aunque es seguro que alguna de esas obras permanecería) y mañana otra diferente. Las listas son arbitrarias incluso, creo, para el que las hace. Hay una cuestión más: las listas pueden ser útiles y divertidas, pero tienen un lado perverso. Estimulan la vagancia. Como somos capitalistas quizás buscamos eso: pagar para que alguien haga el trabajo por nosotros. A veces, ¡ni siquiera pagamos!

 

20.- SEDERUNT PRINCIPES: Descubrí esta obra hace ya muchos años. Y sí, me encanta ponerla a toda hostia -al igual que el himno de la extinta URSS- y abrir las ventanas. Ya expliqué algo de estos organa.

https://youtu.be/PhqWgfGK1Xw

 

19.- GNOSIENNE Nº 1: Mucha de la música de Satie produce efectos físicos. No sé qué pretendía el autor. Y me consta que la afición por sus obras hay que compartirla con mucho tontolaba. Pero algunas de ellas son tan hermosas y tan capaces de transmitir una desasosegante y objetiva quietud que habrá que soportar la compañía (sí, esto es broma). La propia partitura produce ese efecto:

Gnosienne

https://youtu.be/7harFCylWNQ

 

18.- MUSICA NOTTURNA DELLE STRADE DI MADRID: En cierta ocasión expliqué que no hay música más alegre que esta compuesta por Boccherini, seguramente sin conciencia de su acierto. No me canso de escucharla. Además es la música de Madrid, de mi ciudad, en el momento en el que más me gusta: cuando la noche llega a rastras y te ves rodeado de amigos que te hacen reír.

https://youtu.be/8dmWAve3Pvk

 

17.- ERBARME DICH, MEIN GOTT: Llevo años intentando escribir sobre Bach, sobre la perfección de su obra y sobre su capacidad para transmitir de forma sublime emociones de una intensidad inexplicable considerando lo contenido a menudo de su expresión concreta. Emociones que a veces derivan del asombro ante la mera razón humana: ante sus formas. Ante la ordenación geométrica del tiempo vital y de sus productos. Es el maestro musical absoluto. El genio incontestable. Y si este maravilloso fragmento de la Pasión según San Mateo no te conmueve es porque estás muerto.

https://youtu.be/x2XUaCWezRY

 

16.- TRÍO PARA PIANO Y CUERDAS Nº 44: Haydn merece estar al lado de cualquiera. Y, sin embargo, su obra sigue en cierta forma minusvalorada. Lo más curioso es que no hay nadie -y vean que digo nadie- que pueda afirmar indiscutiblemente que hay alguien superior componiendo sinfonías, cuartetos … o tríos. De este trío me quedo con ese movimiento lento, que de haber sido compuesto por Schubert, hoy sería una de las músicas más conocidas de la historia.

https://youtu.be/qLJsz7SQf40

 

15.- LAMENTO DELLA NINFA: Este madrigal es un ejemplo perfecto de la dramatización en música. Con elementos musicales aparentemente sencillos, Monteverdi es capaz de transmitir un sentimiento de pérdida eterno, trasladable a cualquier época y lugar. La ninfa llora y llora la Humanidad.

https://youtu.be/z3ZX5hFN-is

 

14.- TAPIOLA: Qué injusto se ha sido tanto tiempo con Sibelius. Se ha confundido su obra con la de un adocenado incapaz de percibir la progresión en música, cuando estamos ante un individuo único, patológicamente autocrítico, con un mundo sonoro complejísimo y con una obra parida tras un gigantesco esfuerzo. Suena Tapiola y viajamos a un lugar ancestral.

https://youtu.be/mKdNRv5l7UQ

 

13.- MISA AVE MARIS STELLA: Es imposible ser demasiado elogioso con Josquin Des Pres. Escogí esta obra temprana porque tengo la sensación de que resulta en ella muy evidente su fabulosa capacidad para producir efectos sutilmente dramáticos (tan usualmente buscados en la musicalización de la misa) a la vez que teje un contrapunto con una coherencia a prueba de análisis. Además, ojalá escuchar una obra tan accesible y magistral animase a muchos a intentar acostumbrar sus oídos a la música renacentista. Está repleta de obras maestras adultas.

https://youtu.be/W6unvGZ-dxE

 

12.- CHÂTIMENT EFFROYABLE: Todo el que me lea sabe que soy fan de Berlioz. A pesar de Berlioz, seguramente. Y Los troyanos es su gran obra. Si tuviera que escoger un ejemplo de coro, en la historia de la ópera, es probable que escogiera este. La acumulación de intensidad dramática y la recapitulación que se produce con las líneas que canta Casandra producen un efecto de una majestuosidad incomparable. Y sí, esta obra nos cuenta algo que ya sabemos, el desenlace de un motivo universal, el del destino implacable contra el momento concreto del ser humano. Eso sí, lo hace de forma inmortal.

https://youtu.be/PO-IcHhcnHs

 

11.- LIEBESNACHT: Wagner sería un enigma si él mismo no se hubiera explicado. Era un músico gigantesco, pero a la vez un pedante insufrible. Y sus obras padecen por ello. Sin embargo, pocos han tenido la capacidad de generar una intensidad tan arrebatadora como la de esta noche en la que el compositor nos indica, aplazando agonísticamente la resolución de sus ideas musicales, que los amantes son humanos intentando alcanzar la eternidad, luchando contra el terrible transcurso del tiempo, que acaba con todo.

https://youtu.be/lQNcTYVlcEg

 

10.- MUSIC FOR 18 MUSICIANS: Me gusta mucho la música de Steve Reich. Lo más atractivo de Music for 18 musicians es que la estructura -capaz de atraparte con fuerza- se encuentra aparentemente muy visible desde casi el principio, y el autor es capaz de involucrar al que escucha la obra en el juego de los añadidos. Hay algo muy alegre y satisfactorio en esta obra, como de enigma para niños inteligentes.

https://youtu.be/gCkd46hcRag

 

9.- ADAGIO: A Schubert le ha perjudicado su implacable capacidad para producir un efecto emocional en sus oyentes. Y es algo tan marcado, tan auténtico, que es inevitable que produzca un cierto desprecio intelectual, quizás inadvertido, por el compositor. Como si Schubert fuese una especie de instrumento, un profeta, de algún dios menor, terriblemente humano. No nos equivoquemos; es de los grandes y este quinteto, por sí solo, lo demuestra.

https://youtu.be/qv2teyjXwmo

 

8.- 14ª SINFONÍA: No creo que sea muy aventurado afirmar que Shostakóvich es el más grande compositor de los nacidos en el siglo XX. Ha producido tanta y tan extraordinaria música que en cualquier discusión futura siempre será considerado uno de los maestros de técnica más completa. Y es igual que fuera “conservador” por gusto o por imposición. Cuando tratamos con gigantes, cualquier restricción exterior no es sino la puerta hacia una dimensión en la que solo son capaces de introducirse ellos. Sonetos, cantatas, sinfonías. Dile a Quevedo, a Bach, a Mozart o a Shostakóvich qué no pueden hacer y ellos te demostrarán que son capaces de encontrar el infinito en cualquier mazmorra.

https://youtu.be/8QslWXr_I-0

 

7.- TRISTES APPRÊTS: La elegancia de Rameau es insuperable. Hasta Mozart puede parecer kitsch al lado del gran francés. Al escucharle uno tiene la sensación de que penetra en un lugar más educado, más civilizado. Que te invitan y te admiten como eres. Que no mencionarán tus imperfecciones y que el contacto con ellos te mejora.

https://youtu.be/YcWFNc77R7Q

 

6.- QUINTETO PARA CLARINETE Y CUERDAS: Sí, Brahms es reconocible. Incluso en aquello que le hace más tozudamente difícil. Estuve a punto de optar por su doble concierto, tan áspero, tan lleno de costuras. Pero opté por esta inigualable obra maestra porque no quería mostrar al hombre, repleto de pasiones, sino al maestro.

https://youtu.be/B092GA9Samg

 

5.- RUHEVOLL, POCO ADAGIO: Pocas razones hay que dar para incluir a Mahler en una lista de grandes compositores. Su maestría técnica y su voz única e inimitable le convierten en un coloso. Pero sí voy a explicar por qué, entre tantas obras, escogí este movimiento lento. Hay dos razones. La primera es que me emocionó la primera vez que lo escuché, hace ya tanto, y sigue produciendo el mismo efecto desde el primer compás cada vez que lo escucho de nuevo. La segunda, que si hay una prueba de lo grande que es Mahler, el que fuera capaz de componer un adagio que Beethoven habría incluido sin dudar en cualquiera de sus grandes sinfonías, me parece prueba suficiente.

https://youtu.be/Ta89H6g0jnM

 

4.- QUINTETO PARA PIANO Y CUERDAS Nº 2: En cierto sentido, Fauré representa en esta lista a todos los ausentes. Nos dice: “eh, también nosotros somos grandes, profundos, divertidos, cristalinos, densos, emotivos. También nosotros escribimos música maravillosa”. ¿Por qué no Fauré que fue capaz de componer algo tan exquisito como este quinteto?

https://youtu.be/F3DDu6Dngks

 

3.- ADAGIO: Buf, Mozart. El compositor al que ni la exasperante manía de relacionarlo con su infancia prodigio y con la funesta tendencia a degradar su genio convirtiéndolo en una especie de producto divino, surgido de la música de las esferas, han sido capaces de perjudicar. Es lo que sucede con lo inexplicable: que termina convirtiéndose en fuente de lo religioso. La música de Mozart merece el esfuerzo, titánico sin duda, de la explicación. Ese esfuerzo lo engrandecería aún más. Nos revelaría que este movimiento de concierto no es mágico, sino intelectualmente extraordinario.

https://youtu.be/9LqdfjZYEVE

 

2.- IM ABENDROT: No sé si Richard Strauss, envejecido y al borde la muerte, fue sincero. Quizás no. Quizás alguien como él no pudiera, ni siquiera en ese momento, evitar el artificio. Sinceramente, me da igual. Aunque fuera insincero uno consigo mismo, ¿quién no querría, En el ocaso, sonar con una voz así y decir adiós sin molestar?

https://youtu.be/fxl9f83ftB0

 

1.- ADAGIO SOSTENUTO. APPASSIONATO E CON MOLTO SENTIMENTO. Aunque es difícil, si tuviera que escoger mi obra favorita, es probable que escogiera esa sonata 29 para piano, “hammerklavier”, de Ludwig van Beethoven, en particular este adagio sostenuto, manifestación sublime del don de su autor para la variación. No hay en él nada banal. Ni siquiera esos pasajes aparentemente anodinos que sirven para alcanzar el momento más extraordinario que uno puede escuchar.

aaahamer

https://youtu.be/PWCBPXOcyYA

Varios

Lentamente voy perdiendo el vicio de la falsa conversación y de leer mensajes al tuntún y, a veces, marcarlos con orina o golpearlos como con una raqueta de tenis para que reboten en alguna pared y terminen en cualquier patio. Incluso creo que voy perdiendo el vicio de la inmediatez.

Si me esfuerzo, puede que esté a tiempo de empezar a pensar cada vez mejor y no de manera cada vez más descuidada, como me estaba ocurriendo.

Aunque supongo que ustedes me perdonarán si de cuando en cuando escribo lo primero que se me ocurre. Hay en ello una cierta costumbre que quisiera salvaguardar.

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Hace unas semanas vi por casualidad una película canadiense: Profesor Lazhar, del director Philippe Falardeau. Me gustó mucho y por eso la recomiendo.

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Hoy he tenido ocasión de escuchar de nuevo el concierto para violín de Max Bruch. Es mejor no hablar mucho de cómo y con qué comadronas lo parió el pobre Bruch, del escaso fruto que obtuvo por su composición y de lo insoportable que se le hizo, precisamente por la fama que adquirió rápidamente la obra, al tiempo que su autor iba cayendo en la indigencia. Es una obra hermosa. Recordémosla por eso.

 

Contraataque al motete

Bil me manda esta entrada, que publico con mucho gusto (NOTA: si alguien quiere hacer algo parecido -y merece la pena- no es necesario preguntar si tengo cojones para conseguir que se publique: lo haré con mucho gusto)




Ahora que con el programa La voz han descubierto las virtudes musicales de los heavys, he reunido en una selecta lista a los mejores ejemplares y te la envío como venganza por habernos dejado a medias con la antología musical… a ver si tienes huevos de colgarla en tu blog.

Como todas las listas tendrá su polémica pero es bastante buena porque no están los Scorpions, ni Aerosmith, ni Bon Jovi…

Doy una explicación somera para comenzar a bucear en ella.

Comienza con el instrumental Into the arena de Michael Schenker, un virtuosísimo guitarrista olvidado por las masas. El inicio instrumental es un homenaje a los Maiden y su the Ides de March.

Siguiendo con los Maiden, son los primeros tras el aperitivo. The number of the beast es la elegida. Aquí debuta el cantante Dickinson con la banda y asombra en el inicio, tras unos primeros susurros, de repente saca el pulmón. Es el epicentro del heavy metal. En fin, ésa es la canción que nos gustaría que intentara cantar el tal Rafa y no la siguiente de la lista, el Highway to hell, que está ahí en segundo lugar por ser precisamente la que cantó el rockero de La voz (para comparar dificultades de interpretación) y además por ser la más representativa de AC DC .

De todas formas AC DC es un grupo que los muy metaleros dicen que no es heavy, aunque si los de Bilbao nacen donde quieren, los AC DC se incluyen en lo que sea. Tienen canciones más pesadas, como Hell Bells y otras 4 o 5 más que incluyo en la lista y que suenan superjevis sean o no heavys.

Igual ocurre con Led Zeppelin pero conviene escuchar a Robert Plant para saber lo que es *la voz* del rock y específicamente desde dónde evolucionaron los cantantes metaleros.

Judas Priest con Breaking the Law interpretado por Rob Halford, vienen a ser al heavy lo que Beethoven a la clásica y Rob es el Messi de los vocalistas, un universo de posibilidades en sus cuerdas vocales. En la lista hay otras 4 o 5 y no hay más para que haya variedad.

Luego aparecen los siniestros Black Sabbath con War Pigs, cuando todavía estaba en el grupo el cantante Ozzy Osburne, considerado entre los fans como uno de los monstruos vocales del HM.

A continuación, y para contrastar el ánimo, al propio Ozzy recién salido de las tinieblas con su jovial Crazy train.

Luego viene el cantante sustituto de Ozzy en Black Sabbath, Ronnie James DIO, que cuando se estrenó en solitario arrasó con su Holy Diver, que canta de manera imperial.

Después, y también para comparar, Master of puppets, en teoría la mejor canción del heavy metal del mejor grupo del heavy metal, aunque el nivel vocal con James Hetfield baja un poquillo. Es el handicap de la banda ya que se trata del fundador.

Sigue Axl Rose de los Guns N’Roses con Welcome to the Jungle demostrando su pericia para vocalizar como una metralleta.

Luego el vozarrón cascado de Motorhead que después han copiado tantos grupos del metal radikal, el death y otros subtipos que desconozco, pero que más abajo de la lista aparece algún ejemplar como Ramstein y su marchosa Du Hast o el gutural cantante de Pantera.

Luego viene los Helloween con un contratenor (más bien una especie de tenor-soprano) sobradísimo, que hicieron muy buenas canciones a pesar de ser un poco pelmas como casi todos los heavys alemanes. En la lista tienen otras 4 canciones o así más llevaderas pero la de las 7 llaves es muy popular entre los peludos.

Bueno, paro aquí porque la lista en realidad es de las mejores canciones heavys (en las que incluso aparece Accept) y simplemente la he usado para ilustrar el tema de La voz. Aprovecho para felicitaros a ti y a los viejos compañeros de blog las fiestas y el año nuevo, etc

Copio a continuación la lista:

1. Into the arena (michael schenker) – [Bil]
2. The Number of The Beast (iron maiden)l]
3. Highway To Hell (acdc)
4. Rock And Roll (led zeppelin)
5. Breaking the Law (judas priest)
6. War Pigs (black sabbath)
7. Crazy Train (ozzy)
8. Holy Diver (ronnie james dio)
9. Master of puppets (metallica)
10. Welcome to the Jungle (guns n´ roses)
11. Ace of Spades (motorhead)
12. Keeper of the Seven Keys (Helloween)
13- Hells Bells (ac/dc)
14. Epic (faith no more)
15. Hallowed Be Thy Name (iron maiden)
16. Back in Black (ac dc)
17. Running Free (iron maiden)
18. Paranoid (black sabbath)
19. The trooper (iron maiden)
20. Killing in the name of (rage against the machine)
21. You’ve got another thing comin’ (judas priest)
22. Louie Louie (motörhead / motorhead)
23. TNT (ACDC)
24. Run To The Hills (iron maiden)
25. we`re not gonna take it (twisted sister)
26. Iron Man (black sabbath)
27. Stargazer (rainbow)
28. How Many More Times (led zeppelin)
29. Rime Of The Ancient Mariner (iron maiden )
30. Helter skelter (the beatles)
31. Enter Sandman (metallica)
32. Smoke on the Water (deep purple)
33. Little Dreamer (van halen)
34. Regular John (queens of the stone age)
35. Helloween (halloween)
36. B.Y.O.B (system of a down)
37. You Think I Ain’t Worth A Dollar, But I Feel Like A Millionaire (queens of the stone age)
38. Painkiller (Judas Priest)
39. Highway To Hell (Moscow 91) (acdc)
40. Hangar 18 (megadeth)
41. You shook me all night long (ac/dc)
42. Johnny B Good (ac/dc)
43. one (metallica)
44. Moby Dick (led zeppelin)
45. Battery (metallica)
46. School’s Out (alice cooper)
47. Dirty Deeds Done Dirt Cheap (ac/dc)
48. Detroit Rock City (kiss)
49. Raining Blood (slayer)
50. Highway Star (deep purple)
51. Angel of death (slayer)
52. Black Sabbath (black sabbath)
53. Them Bones (alice in chains)
54. Walk (pantera)
55. Gods of War (manowar)
56. Seizure Of Power (marilyn manson)
57. I want out (helloween)
58. Chop suey (system of a down)
59. Big Balls (ac/dc)
60. Eagle Fly Free (helloween)
61. Heartbreaker (led zeppelin)
62. I\’m Eighteen (alice cooper)
63. Led Zeppelin (black dog)
64. In My Darkest Hour (megadeth)
65. Balls to the wall (accept)
66. Peace Sells (megadeth)
67. kings of metal (manowar)
68. The hellion/electric eye (judas priest)
69. Metropolis part1 (dream theater)
70. Billion Dollar Babies (alice cooper)
71. Cowboys from hell (pantera)
72. Madhouse (anthrax)
73. Thunderstruck (ac/dc)
74. Eyes Of The Insane (slayer)
75. Spoonman (soundgarden)
76. As I am (dream theater)
77. Here To Stay (korn)
78. Countdown to extinction (megadeth)
79. Pull Me Under (Dream Theater)
80. Mein Teil (rammstein)
81. Wheels Of Steel (saxon)
82. The Glass Prision (Dream Theater)
83. Man In The Box (alice in chains)
84. I wanna rock (twisted sister)
85. Dam That River (alice in chains)
86. Rainbow in the dark (dio)
87. Destiny (stratovarius)
88. DU HAST (ramstein)
89. 4000 rainy nights (stratovarius)
90. Battle Hymn (manowar)
91. Surprise! You’re Dead! (faith no more)
92. Deuce (kiss)
93. Victim of Changes (Judas Priest)
94. Domination (Pantera)
95. i don’t wanna stop (ozzy osbourne)
96. I don\’t want to change the world (ozzy osbourne)
97. Long Live Rock’n’Roll (rainbow)
98. Fear of the Dark (iron maiden)
99. Among The Living (anthrax)
100. Dr Stein (helloween)
101. Seek And Destroy (metallica)
102. Future World (helloween)