El saber no ocupa lugar

 

Ígor Yevguénievich Tamm, ganador del Nobel de Física en 1958, tenía poco más de veinte años durante la Guerra Civil Rusa. En los años 1921 y 1922 era profesor en Odesa, en una época de guerra, hambre y privaciones. Ya sabemos qué pasa en esas épocas: los de la ciudad van al campo, a ver si encuentran algo para comer. Y eso hizo. En un pueblo cerca de Odesa intentó comprar algunas gallinas a cambio de unas cucharas de plata, cuando aparecieron hombres de Nestor Majnó, el más famoso de los atamanes negros y empezaron a buscar traidores. La historia de la guerra civil en Ucrania es muy confusa: baste con saber que, en ese momento, para los anarquistas los bolcheviques eran los traidores. Al encontrar a Tamm, vestido con sus ropas de ciudad y con pinta de intelectual, fue rápidamente llevado ante el comandante de las fuerzas invasoras, un tipo con el aspecto que pueden imaginar, ya que se ajusta perfectamente a nuestros prejuicios: barbudo, cubierto con un gorro de piel, con granadas al cinto y cartucheras de ametralladora cruzando su pecho.

La conversación la narra George Gamow en su libro My world line; an informal autobiography:

— ¡Tú, hijo de puta, agitador comunista, el castigo para los que se dedican a minar a nuestra madre Ucrania es la muerte!

— No, no, solo soy un profesor de la Universidad de Odesa que busca un poco de comida.

— ¡Basura! ¿Profesor de qué?

— De matemáticas.

— ¿Matemáticas? ¡Estupendo! Estímame el error al truncar una serie de Maclaurin en el n-ésimo término. ¡Falla y te pegaremos un tiro!

Sabemos que Tamm resolvió el problema, ya que vivió para llegar a ser Premio Nobel. Nunca supo quién le hizo su más feroz examen de matemáticas.

 

NOTA: Así lo cuenta Gamow:

Once arrived in a neighboring village, at the period when Odessa was occupied by the Reds, and was negotiating with a villager as to how many chickens he could get for a half-dozen silver spoons, when the village was seized by one of the Makhno bands, who were roaming the country harassing the Reds. Seeing his clothes (or what was left of them), the insurgents brought him to the Ataman, a bearded fellow in a tall black fur hat with machine-gun cartridge ribbons crossed on his broad chest and a couple of hand grenades in his belt.

“You son-of-a-bitch, you Communist agitator, undermining our mother Ukraine! The punishment is death.”

“But no,” answered Tamm. “I am a professor at the University of Odessa and have come here only to get some food.”

“Rubbish!” retorted the leader. “What kind of professor are you?”

“I teach mathematics.”

“Mathematics?” said the Ataman. “All right! Then give me an estimate of the error one makes by cutting of Maclaurin’s series at the n’th term. Fail, and you will be shot!”

Tamm could not believe his ears… . With a shaking hand, and under the muzzle of the gun, he managed to work out the solution and handed it to the Ataman.

“Correct!” said the Ataman. “Now I see that you really are a professor. Go home!”

 

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Mar

 

La primera vez que hablé con Mar, hace ya cinco años, me soltó de golpe, tras el saludo de rigor, un “¿cómo es que no estás escribiendo en Jot Down?”. Ella no se acordará; seguro que utilizó esa misma frase muchas veces para convencer a los “autores” —sonrío con mi broma privada y una enciclopedia hecha a medida en la que Rabtan, Tsevan aparece con una entrada enorme después de una telegráfica sobre Rabearivelo, Jean Joseph—. Desde ese día, he hablado con ella muchas veces. Sabía que no se llama Mar de Marchis. Ella, que no me llamo Tsevan Rabtan. Entre otras razones, porque al pactar mi colaboración con su revista me pidió que no firmase como Tsevanrabtan, que hacía falta un nombre y un apellido, y ya saben cual uso desde entonces. Lo malo del capitalismo es que, al ser ella mi patrona, pronto conoció mi nombre civil, pero tampoco me importó ni exigí como contrapartida conocer el suyo porque ¿a mí qué cojones me importa?

Por eso me llamó la atención que un medio dedicase el tiempo de uno de sus periodistas en descubrir quién es la “misteriosa” mujer que hay detrás de Jot Down, incluso enviándolo (lo visualizo y me descojono) a sondear a los vecinos de una conocida localidad costera española. ¿Noticia? ¿Dónde? Admito, no obstante, que tengo una manera de ser bastante extravagante y que es cierto que tras años de amistad un día descubro que un amigo tiene dos hijos y convive en pecado con un antiguo lama tibetano. Es lo que tiene ser la persona menos cotilla del mundo. Aunque, envido más: ¿la prensa se debe ocupar de las noticias o del cotilleo? Sigo admitiendo: a lo mejor hay un trasfondo en estas cuestiones que se me escapa, despistado como soy, y el reportaje estaba en la sección de vamos a ver quién es esa que se da humos y apadrina a un montón de inútiles que nos están quitando el sitio, porque, claro, qué otra explicación hay para que nos quiten el sitio salvo la del poder y la conspiración.

Lo extraordinario, sin embargo, es que, a falta de un Moriarty o de un Dios que mece la cuna mozartiana, sí parecía haber, por casualidad, una de esas llamadas “noticias humanas”, ese lugar en el que hozar. Tanto hozar jode el olfato, ya ven: por lo visto, bastaba con el nombre y los apellidos, y con las impactantes declaraciones del quiosquero local.

En un mundo perfecto, Mar habría engatusado de nuevo a Cebrián. Y Cebrián habría emitido una nota de prensa en la que reconocería que él es Mar de Marchis, que lleva años poniendo voz de mujer por teléfono y convenciendo a todo tipo de gente para que escriba o se deje entrevistar, y que esa es la razón por la que se fotografió con el casco de Vader. Porque, piénsenlo, ¿qué impacta más, que los inexplicables éxito e influencia de Jot Down se deban a un magnate de los medios o que sean producto del trabajo de una mujer desconocida de mediana edad agorafóbica y que mueve los hilos usando el teléfono?

En un mundo perfecto, Mar, ebria de poder y de autoridad, habría creado un Andy Kaufman. Sin embargo, a pesar del inexplicable capricho de intentar evitar que se conozca su biografía, su vida privada y su historial médico, en este mundo imperfecto Mar ha defraudado nuestras ganas de ver el lado divertido de la vida y ha cedido a la presión de explicar lo que no tenía que explicar. Puedo fabricar hipótesis, ya que hay una empresa que funciona, nóminas que pagar y familias que dependen de su ya mítica capacidad para el movimiento de tropas, y no hay que desdeñar que, una vez saboreado el éxito, quisiera, pese a ser una mujer de mediana edad exagorafóbica a la que no conoce nadie destinada a la mediocridad, seguir adelante, mangoneando en las redacciones. No lo sé. Si no he visto a Mar cara a cara, cómo conocer sus motivaciones.

Lo único que sé es que Mar siempre ha cumplido sus compromisos conmigo. Lo que prometió lo cumplió. Y sí, me ha dado mucho la brasa para conseguir que entrevistara a este o aquel, o para que hiciera una serie de artículos sobre un canon de obras de música clásica o sobre las bases jurídicas del independentismo (por mencionar dos de las muchas que me ha ido proponiendo), pero sin lograrlo (cuando me convenció ustedes han visto el resultado). Conmigo, al menos, ha sido insistente y pesada (ese es su trabajo), pero, lo siento, carece de superpoderes y se le puede decir que no. Incluso con cierta frecuencia.

Desde hace un tiempo leo poco Jot Down. Y ya casi no escribo para ellos. La explicación para ambos hechos es sencilla: ando escaso de horas y de motivación, me gano bien la vida haciendo otras cosas y no soy fan de las revistas culturales. No voy a opinar, por tanto, sobre su calidad actual. Sin embargo, en el estrecho mundo español, es un milagro salir de la nada, hacerte un hueco y que llegue el momento en que el director de un periódico paga el viaje a Santa Pola de un periodista porque has llegado a ser molesto. Tengo la sensación de que ese milagro solo se explica por Mar, una mujer exdesconocida de mediana edad y exagorafóbica destinada a hacer cosas difíciles de creer.

En un mundo perfecto todo esto habría sido divertido. En el mundo imperfecto en el que vivimos no tiene ni puta gracia.

 

The Death of Captain Waskow

Ernie Pyle murió en Okinawa. Entonces era corresponsal de guerra. El 10 de enero de 1944 se publicó su más famosa columna: la muerte del capitán Waskow. Es esta:

 

AT THE FRONT LINES IN ITALY, January 10, 1944 – In this war I have known a lot of officers who were loved and respected by the soldiers under them. But never have I crossed the trail of any man as beloved as Capt. Henry T. Waskow of Belton, Texas.

Capt. Waskow was a company commander in the 36th Division. He had led his company since long before it left the States. He was very young, only in his middle twenties, but he carried in him a sincerity and gentleness that made people want to be guided by him.

“After my own father, he came next,” a sergeant told me.

“He always looked after us,” a soldier said. “He’d go to bat for us every time.”

“I’ve never knowed him to do anything unfair,” another one said.

I was at the foot of the mule trail the night they brought Capt. Waskow’s body down. The moon was nearly full at the time, and you could see far up the trail, and even part way across the valley below. Soldiers made shadows in the moonlight as they walked.

Dead men had been coming down the mountain all evening, lashed onto the backs of mules. They came lying belly-down across the wooden pack-saddles, their heads hanging down on the left side of the mule, their stiffened legs sticking out awkwardly from the other side, bobbing up and down as the mule walked.

The Italian mule-skinners were afraid to walk beside dead men, so Americans had to lead the mules down that night. Even the Americans were reluctant to unlash and lift off the bodies at the bottom, so an officer had to do it himself, and ask others to help.

The first one came early in the morning. They slid him down from the mule and stood him on his feet for a moment, while they got a new grip. In the half light he might have been merely a sick man standing there, leaning on the others. Then they laid him on the ground in the shadow of the low stone wall alongside the road.

I don’t know who that first one was. You feel small in the presence of dead men, and ashamed at being alive, and you don’t ask silly questions.

We left him there beside the road, that first one, and we all went back into the cowshed and sat on water cans or lay on the straw, waiting for the next batch of mules.

Somebody said the dead soldier had been dead for four days, and then nobody said anything more about it. We talked soldier talk for an hour or more. The dead man lay all alone outside in the shadow of the low stone wall.

Then a soldier came into the cowshed and said there were some more bodies outside. We went out into the road. Four mules stood there, in the moonlight, in the road where the trail came down off the mountain. The soldiers who led them stood there waiting. “This one is Captain Waskow,” one of them said quietly.

Two men unlashed his body from the mule and lifted it off and laid it in the shadow beside the low stone wall. Other men took the other bodies off. Finally there were five lying end to end in a long row, alongside the road. You don’t cover up dead men in the combat zone. They just lie there in the shadows until somebody else comes after them.

The unburdened mules moved off to their olive orchard. The men in the road seemed reluctant to leave. They stood around, and gradually one by one I could sense them moving close to Capt. Waskow’s body. Not so much to look, I think, as to say something in finality to him, and to themselves. I stood close by and I could hear.

One soldier came and looked down, and he said out loud, “God damn it.” That’s all he said, and then he walked away. Another one came. He said, “God damn it to hell anyway.” He looked down for a few last moments, and then he turned and left.

Another man came; I think he was an officer. It was hard to tell officers from men in the half light, for all were bearded and grimy dirty. The man looked down into the dead captain’s face, and then he spoke directly to him, as though he were alive. He said: “I’m sorry, old man.”

Then a soldier came and stood beside the officer, and bent over, and he too spoke to his dead captain, not in a whisper but awfully tenderly, and he said:

“I sure am sorry, sir.”

Then the first man squatted down, and he reached down and took the dead hand, and he sat there for a full five minutes, holding the dead hand in his own and looking intently into the dead face, and he never uttered a sound all the time he sat there.

And finally he put the hand down, and then reached up and gently straightened the points of the captain’s shirt collar, and then he sort of rearranged the tattered edges of his uniform around the wound. And then he got up and walked away down the road in the moonlight, all alone.

After that the rest of us went back into the cowshed, leaving the five dead men lying in a line, end to end, in the shadow of the low stone wall. We lay down on the straw in the cowshed, and pretty soon we were all asleep.

Yo no soy uno de ellos

 

Antes de la Segunda Guerra Mundial los judíos franceses estaban muy orgullosos de serlo. Contaban con un órgano representativo, el Consistoire central, ya centenario, nacido del Gran Sanedrín napoleónico, en 1808. Ya en el siglo XX, la religión pasó a segundo plano, pero la institución conservó el nombre. En vísperas de la derrota francesa ante los nazis, su jefatura la ostentaba un Rothschild que tuvo la influencia y la rapidez suficientes para conseguir un salvoconducto que lo llevó a España en junio de 1940 y luego a Estados Unidos. Así que el cargo paso a ocuparlo el vicepresidente, Jacques Helbronner, amigo personal de Pétain.

Helbronner preparó, en noviembre de 1940, un memorándum dirigido a Pétain en el que intentaba limitar las consecuencias de las primeras leyes antijudías aprobadas por Vichy. En él dejaba bien claras las diferencias entre los franceses de origen judío y los inmigrantes judíos, diferencias basadas en que la comunidad judía estaba, según afirmaba, compuesta por muchas razas. Los primeros eran plenamente franceses y, por tanto, había que liberarlos de las medidas aprobadas por el gobierno. Los segundos eran la causa del creciente antisemitismo y la culpa de su llegada (él la llama invasión de “nuestro suelo”) había que atribuírsela a los gobiernos de izquierdas. Terminaba solicitando que se excluyera de su solicitud a los judíos extranjeros y a los recientemente naturalizados (personas que habían obtenido su nacionalidad francesa en los años posteriores a la 1ª Guerra Mundial). Peticiones del mismo tipo continuaron durante meses. Otro miembro ilustre del Consistoire, que luego sería ministro e, incluso, presidente del Consejo de Ministros, René Mayer, pidió a Xavier Vallat, el jefe de la Oficina Central para Asuntos Judíos, que animase a emigrar a los judíos extranjeros, y el mismo Marc Bloch llegó a distinguir entre la causa de los judíos franceses y la de los foráneos.

Esto no le debió chocar a los propios judíos alemanes que se encontraban en Francia. Al fin y al cabo, en 1939 y comienzos de 1940, los líderes judíos alemanes intentaron prohibir la emigración de los judíos polacos que estaban en el Reich (ampliado con las anexiones de parte del territorio polaco) a Palestina. Trataban de reservar esos puestos para ellos.

Por esa razón, y pese a los intentos de Theodor Dannecker (un enviado de Eichmann a París) los judíos franceses se resistían a entrar a formar parte de una de esas comisiones judías que fueron creando los nazis por toda Europa, una en la que se los mezclase con los judíos no franceses. La provocación, quizás, fue la razón también del ensayo general que tuvo lugar el 14 de mayo de 1941, cuando la misma policía francesa arrestó a casi 4.000 inmigrantes judíos. Terminaron donde ya se imaginan. Fue, supongo que lo saben, el ensayo de la “redada” del Velódromo de Invierno.

Al final, esas distinciones no ayudaron a Helbronner (asesinado en las cámaras de gas de Auschwitz junto con su mujer), ni a Bloch, que murió torturado por la Gestapo. Sin embargo, es bueno no olvidarlas. Fueron víctimas, pero por un tiempo creyeron que su causa no era la de los demás judíos. Porque eran alemanes o franceses.

Esta es una de mis obsesiones. Ciertos demonios atacan por igual a todos los hombres. Y la mayoría nos arrastraremos por el fango, llegado el caso. Solo algunos pocos son capaces de evitarlo. Pero no debemos dejarnos engañar por esos ejemplos. Nos llaman la atención precisamente por su escasez.

También por esta razón debemos impedirnos ciertas transacciones, por leves que sean, con nuestras mejores instituciones. Es mejor no situarnos en la terrible situación de tener que decir “yo no soy uno de ellos, yo soy un hombre”, demostrando que sí, que lo somos. Hombres.

 

Hombre blanco busca causa negra

En esta entrada voy a hablar bien de un abogado comunista. Dirán que eso es imposible (cada cuál que escoja su razón, si por abogado o por comunista), pero cuando terminen de leer quizás pasen por alto esos dos pequeños defectillos.

Su nombre era Bram Fischer. Era afrikáner: ya saben, un descendiente de los colonos holandeses que llegaron al Cabo en el siglo XVII y que fueron extendiéndose hacia el interior por la presión de los amos británicos, su afición al paseo, y su extrema y dura concepción de su destino manifiesto. Su familia llevaba por África desde el siglo XVIII y había alcanzado alguna posición. Su abuelo fue secretario de Estado primero y luego primer ministro de la Colonia del Río Orange —el sucedáneo que sustituyó al Estado Libre de Orange después de la guerra de los bóer—, y su padre juez del mismo Estado. Además, estaba casado con una sobrina de Jan Smuts.

Estudiante de derecho, terminó su carrera en Oxford en los años 30 y se dio un viajecito por la Unión Soviética. Podría haber sido uno más de esos jóvenes pálidos de clase alta que, en la década de la ceguera, terminaron siendo comunistas de libro y traición, y que tanto juego han dado en las novelas de espías de la guerra fría.

Sin embargo, fue comunista declarado, miembro del SACP (el partido comunista de por allí) y activista y protagonista en esas dos décadas en las que el régimen sudafricano fue haciéndose cada vez más brutal.

Sharpeville: 69 muertos y 180 heridos, la mayoría por disparos hechos por la policía, por la espalda, contra la multitud que huía y que poco antes se había manifestado. Más tarde disturbios que duraron varios días con un saldo de casi 20.000 detenidos. Por esas fechas estaba terminando un juicio por traición contra prominentes miembros del ANC, entre ellos Mandela, que serían declarados inocentes. Uno de los abogados era nuestro protagonista.

El juicio y su sentencia dieron igual: poco después, tras un viaje a Londres, Mandela fue detenido y condenado a cinco años de prisión, y en 1963 la policía entró en una granja en Rivonia y detuvo a seis de los dirigentes del SACP. Para entonces se había promulgado la ley de sabotaje, una norma que creaba listas de proscritos, que tenían prohibido reunirse si eran más de dos y que permitió arrestos indefinidos sin asistencia letrada. Esa norma era una habilitación para la tortura y la desaparición. Steve Biko fue el ejemplo más famoso de esa infamia con forma de ley.

El abogado que defendió a los dirigentes del SACP fue Fischer, ya en el punto de mira del régimen. Lo hizo brillantemente, tanto que algunos le atribuyen el mérito de salvar a los condenados de la pena de muerte y de llevarlos a las canteras de cal de la isla de Robben. Más realista es pensar que fue el miedo del régimen a crear héroes lo que les libró de la horca.

Poco después de la sentencia murió la mujer del letrado, en un accidente de coche. Activista, como él, había enseñado durante años en una High School para hindúes en Johannesburgo, establecida precisamente como protesta contra el cierre de escuelas ordenado por el gobierno sudafricano.

Al final le llegó el turno. Detenido en 1964, pidió permiso para viajar a Londres, ya que llegaba a su punto final, en los tribunales británicos, un asunto sobre patentes en Rodhesia que llevaba desde 1955. Para conseguirlo depositó una fianza y prometió volver:

I am an Afrikaner. My home is in South Africa. I will not leave my country because my political beliefs conflict with those of the Government.

(Soy un afrikaner. Mi casa está en Sudáfrica. No partiré de mi país porque mis creencias políticas estén en conflicto con las del Gobierno).

Después de ganar el caso, pese a las presiones de todo el mundo para que se quedase en Inglaterra y pese al embrutecimiento del régimen tras el atentado en una estación de ferrocarril en Johannesburgo, regresó.

Se presentó ante el Tribunal y al día siguiente se ocultó. Lo hizo mandando una nota, a través de su abogado, que decía:

By the time this reaches you I shall be a long way from Johannesburg and shall absent myself from the remainder of the trial. But I shall still be in the country to which I said I would return when I was granted bail. I wish you to inform the Court that my absence, though deliberate, is not intended in any way to be disrespectful. Nor is it prompted by any fear of the punishment which might be inflicted on me. Indeed I realise fully that my eventual punishment may be increased by my present conduct…

(En el momento en que leas estaré lejos de Johannesburgo y me abstendré de presentarme al juicio. Pero todavía seguiré en el país al cual dije que volvería cuando presté fianza. Deseo informes al tribunal de que mi ausencia, aunque deliberada, no debe entenderse en ningún caso como una falta de respeto, ni está motivada por ningún miedo al castigo que se me pueda imponer. Y me doy perfecta cuenta de que la pena final podría ser mayor por causa de mi actual conducta …)

My decision was made only because I believe that it is the duty of every true opponent of this Government to remain in this country and to oppose its monstrous policy of apartheid with every means in his power. That is what I shall do for as long as I can…

(Mi decisión fue adoptada únicamente porque creo que ése es el deber de todo oponente verdadero a que este Gobierno continúe en este país y que se oponga a su monstruosa política de apartheid con los instrumento a su alcance. Esto es lo que haré mientras pueda …)

Fue detenido poco después. Condenado a cadena perpetua, el cáncer y una caída lo dejaron en silla de ruedas e incapaz de hablar. Murió en la casa de su hermano, en Bloemfontein, en 1975.

El primer emperador

El primer emperador del mundo fue un bastardo. Bueno, no tanto, pero hay que adornar las historias, ¿no? Tutmosis III era hijo del faraón Tutmosis II y de una concubina, la última opción del arquitecto Ineni para seguir mangoneando así …

… en Egipto. Por desgracia para el tercero de los Tutmosis, la hermanastra y esposa de su padre, la famosa Hatshepsut, que había tenido que tragar con un matrimonio que la relegaba a “gran esposa real” cuando lo que quería era ser faraón, pensó que ya había tragado suficiente. Así que, cuando se murió Tutmosis II y fue designado el tercero como faraón, se hizo la loca y silbaba por las estancias de palacio cuando le recordaban el conveniente matrimonio del pobre Tutmosis III y su propia hija (la de Hatshepsut … ya, ya sé que es un lío). Tanto se hizo la loca que el matrimonio no tuvo lugar y, de buenas a primeras, se hizo asociar como faraón al sobrino.

En realidad, Hatshepsut estaba afectada por una especie de odio furibundo a esos segundones que había tenido que soportar durante años. Ella era hija de Tutmosis I y de la gran esposa real Ahmose, y solo por el hecho de ser mujer había tenido que aguantar a todos esos farsantes. Así que se le ocurrió una idea interesante: hacerse faraón, ir apartando poco a poco del poder al bobo de Tutmosis III y crear una dinastía de faraonas. Por esa razón, pese a resultar un enlace de lo más lógico, impidió que su hija Neferura se casase con Tutmosis III, el bastardo. Y llegó a designar a Neferura “esposa de Amón”, o lo que es lo mismo, gran esposa real sin esposo.

Así estaban las cosas, ya ven. El pobre bastardo reinaba pero no gobernaba. Su tía y madrastra hacía y deshacía a su antojo. Y su supuesta prometida se lo hacía con Amón delante de sus narices (demostrando Amón, por cierto, gran aprecio por la familia, ya que la propia Hatshepsut sugería que su padre Tutmosis I era un cornudo y que el burlador había sido el dios, que se revolcaba con gran gusto con la feliz Ahmose, ya saben, la legítima). Poco de fiar eran estas hembras egipcias.

En fin, menos mal que la providencia vino en ayuda del pobre Tutmosis III. Neferura murió y —cosas del destino—, a la vez murieron un sumo sacerdote y un arquitecto que apoyaban a Hatshepsut y hacían el Amón con ella. Extraña coincidencia, es verdad, pero los designios de los dioses son inescrutables. El mensaje era cristalino: Tutmosis III empezó a mandar y Hatshepsut se dedicó, con gran sentido de la oportunidad, a la meditación. Aún reinó durante varios años, pero Egipto ya no se dedicaba a la femenina obra pública, sino a la masculina guerra.

Y es que no se pueden dejar en manos de mujeres los destinos de las naciones. Todo el rato hablando de templos y ciudades, de viajecitos por Punt, el país del incienso y la mirra, y de pasta para los curas. Y mientras tanto, los sirios cachondeándose de los egipcios, con el rey de Kadesh a la cabeza.

Tutmosis III recuperó la cordura y bañó de sangre la tierra de Canaán y aledaños, hinchándose a matar, a pillar, a violar y a saquear. Por cierto, la primera paliza que le dio al rey de Kadesh tuvo lugar al sur del Monte Carmelo, en abril del 1479 a.e., después de sitiar la fortaleza que da nombre al Armagedón. Cuenta Flinders Petrie que los hombres de Kadesh tuvieron que ser izados por los muros, por el canguelo que tenían a abrir las puertas de la ciudad. Al menos no mató a todos: a los hijos de los vencidos los mandó a Egipto, para su educación en los valores eternos, entre los que destacaba la adoración al faraón.

Ese éxito fue el primero de muchos. Hizo quince expediciones más. Tomó Kadesh, pasando el Orontes, ese riachuelo por el que transitarán tantos conquistadores con ínfulas, y después invadió Mitani. También se inventó una flota y acojonó con ella a Epiménides y a todos los cretenses (y esto es verdad) y se paseó chulescamente por el Mediterráneo. Tanto miedo dio a los mitanios que pronunciaban su nombre en los exorcismos y para asustar a los niños, como luego se hará en los Países Bajos con el Duque de Alba.


Cincuenta y cuatro años reinó el amigo. Sí, el primer emperador del mundo fue un bastardo. Pueden saludarlo en el museo de El Cairo.

Es ist aus

 

Raymond N. Bell nació el 16 de agosto de 1914. No les puedo contar muchos detalles de su vida. Antes de la Segunda Guerra Mundial fue jefe de cocina. En la guerra también hacen falta cocineros. Bell sirvió en la Rainbow Division, una de las divisiones que intervino en la liberación de Dachau. A finales de abril de 1945, la división penetró en Austria a través de Salzburgo y durante dos años permaneció en Austria, ocupada por cuatro potencias y dividida desde julio de 1945.

No sé cuándo volvió Bell a Estados Unidos. Murió el 3 de septiembre de 1955, alcoholizado. A su vuelta, confesó a su mujer que, después de la guerra, había matado a un hombre. Esa muerte, según su esposa, lo atormentaba. Así lo dedujo porque, cada vez que estaba borracho, farfullaba lo mucho que le habría gustado no haberlo matado. La conclusión para ella era evidente: el recuerdo de esa muerte, al “límite del deber”, lo había convertido en un hombre desgraciado y su desgracia le llevó a la bebida.

Su vida quedaría liquidada en los dos párrafos anteriores, si no fuera porque el homicidio abre una ventana trágica a la vida de otros.

En septiembre de 1945, la unidad de Bell se encontraba en Mittersill, un pequeño pueblo a medio camino entre Innsbruck y Salzburgo. El 12 de septiembre, Bell, el cocinero Bell, recibió la visita de Benno Mattl, un lugareño que, al parecer, se dedicaba al mercado negro. Quería obtener café, azúcar y dólares, y estaba dispuesto a repartir el beneficio. No sabemos si Bell conocía a Mattl previamente, aunque creo que no, por una razón que luego explicaré. Bell siguió la cadena de mando y se lo contó a su sargento A.W. Munay, que se dirigió a su teniente, que terminó contactando con el oficial del CIC (servicio de contrainteligencia). Estos últimos autorizaron una venta que terminaría en detención.

Bell y Munay fueron a la casa de Mattl la noche del 15 de septiembre. Reunidos en el salón de la casa, tras un largo rato de negociación y una vez hecho el intercambio, sacaron sus armas y ordenaron, a Mattl, levantar los brazos. Escucharon pasos en el vestíbulo. Como temían la presencia de algún ruso, socio de Mattl en sus trapicheos, Bell abrió la puerta del salón y salió hacia el vestíbulo. La puerta interior se entornó y Munay no pudo ver lo sucedido, solo escucharlo. La puerta que daba a la calle sonó al chocar contra la pared. Después un grito. Luego pisadas en la grava y tres disparos.

Munay pensó al principio que Bell había sido sorprendido y tiroteado, ya que no contestó a su llamada. Sin embargo, al entrar la mujer de Mattl, de nombre Christine, supo que había salido a buscar ayuda. Apuntando su arma hacia ambos, los obligó a salir de la casa. En ese momento pudo ver a Bell, acompañado de cuatro oficiales. Entraron en la casa y, en una habitación contigua, vieron a un hombre ensangrentado, sobre un colchón. Bell no lo conocía. Era el suegro de Mattl, de sesenta y cinco años de edad.

Esta historia se la contó Munay en 1960 a Hans Moldenhauer, un músico y escritor. Por eso conocemos los detalles. Benno Mattl y Christine fueron detenidos. Ella quedó pronto en libertad, pero él fue condenado a un año de prisión. Los americanos, a los pocos días, devolvieron el cadáver a su viuda, pero se negaron a dar más detalles de lo sucedido. En particular, se negaron a identificar al soldado que había disparado. Había sido un caso de legítima defensa. Por esta razón, creo que Mattl y Bell no se conocían. De haberse conocido, Mattl podría haberle dicho a su suegra quién era el cocinero que había matado a su marido. La prensa local de la época —ah, la prensa—  afirmó que el fallecido era un nazi que había atacado a un centinela o que había tratado de huir cuando iba a ser detenido.

Solo faltan unas piezas más en el puzle. El quince de septiembre de 1945, el suegro de Mattl, fue a visitar a dos de sus hijas, Amalia y María, que vivían también en Mittersill. Estaba de un humor excelente y le dijo a sus hijas: “Hoy es un día histórico”. Era la broma de un fumador de puros. Después de años de penurias, su yerno, Benno, casado con su hija Cristina, le había prometido un puro para después de la cena. Nuestro hombre se encaminó, junto con su esposa, a casa de su hija y su yerno, y allí cenaron. Hasta que llegaron unos americanos.

Anton y Minna, que así se llamaban los suegros de Mattl, y Christine salieron del salón y fueron a la habitación de los niños, que dormían. Al rato, Anton le dijo a su mujer que ya era hora de volver a casa, pero que primero iba a echar unas caladas a su puro. Como no quería ahumar a los niños que dormían, salió al vestíbulo. Un par de minutos después, Minna escuchó tres disparos. Anton abrió la puerta y balbuceó un “me han dado”. Lo tumbaron en un colchón y empezaron a quitarle la ropa. Anton susurró Es ist aus (“se acabó”) y murió.

 

Matteotti

 

El once junio de 1924 murió el diputado socialista Giacomo Matteotti. Tenía 39 años. Había sido elegido por tercera vez.

Mussolini, tras la marcha sobre Roma, había formado gobierno con la indecente complicidad de Victor Manuel III. La reforma de la ley electoral y las fraudulentas elecciones (Potevo fare di questa Aula sorda e grigia un bivacco di manipoli) convirtieron la cámara de diputados en un redil lleno de fascistas.

Matteoti pronunció dos discursos en los que denunció fogosamente el incumplimiento de la ley y el fraude. El último de ellos, de 30 de mayo de 1924, fue aplaudido con rabia por sus compañeros socialistas. Matteotti, al sentarse, dijo: Io, il mio discorso l’ho fatto. Ora voi preparate il discorso funebre per me.

La historia si se repite, se repite como farsa. En este caso, al menos, porque el precedente es inseguro y todo supura mala literatura. Se cuenta que Enrique II, conde de Anjou, conde de Maine, duque de Normandía, duque de Aquitania, conde de Nantes, señor de Irlanda y rey de Inglaterra, harto de su antiguo amigo, Tomás Becket, susurró esa pregunta: Who will rid me of this troublesome priest?

Dicen que Benito Mussolini, ese payaso aupado en los hombros de tantos intelectuales ahítos de sueños húmedos sobre el poder y la acción, le dijo a su perro: Cosa fa questa Ceka? Cosa fa Dumini? Quell’uomo dopo quel discorso non dovrebbe più circolare…

El 10 de junio, Matteotti fue secuestrado y asesinado. Su cadáver fue descubierto casi dos meses después.

 

Gaudeamus igitur

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Joven caballero en un paisaje, 1510 – Vittore Carpaccio

 

No sabemos quién es el caballero que pinta Carpaccio en esta extraordinaria pintura. Se ha dicho que San Eustaquio por lo del ciervo que aparece, o Fernando de Aragón, miembro de la orden del armiño, o un retrato póstumo de un caballero anónimo. Los más dicen que es Franceso Maria della Rovere, duque de Urbino, sobrino y sobrino nieto de papas. Y lo cierto es que existe un gran parecido con otros retratos que de él se conservan, como los de Rafael y Tiziano que aparecen más abajo. Sería, en tal caso, el primer retrato de cuerpo entero de la historia de la pintura occidental.

Escuché en el propio Museo Thyssen una explicación sobre el cuadro. Se centraba en la iconografía. Este retrato está repleto de detalles que hay que explicar. El joven a caballo parece que vaya de justa, o a una celebración con sus mejores galas. Lo curioso es que se trata del mismo caballero retratado, en un desdoblamiento extraño, que parece presentarnos a la misma persona en momentos diferentes. Está rodeado de animales y plantas que se presentan de forma abigarrada. Se dice que son símbolos de las cualidades del caballero: la lealtad representada por el perro, la fortaleza por el roble (que se relacionaría con el apellido del retratado si realmente es un della Rovere), el halcón con el valor, la azucena con la virtud, el armiño con la pureza. Además se representa la forma de caza del armiño, al que se rodea de inmundicias que es incapaz de atravesar, de ahí el mensaje (que lo es de la orden del armiño) que puede leerse en el cartellino, Malo mori quam foedari, antes morir que mancharse. Nos dicen que es primavera y que el joven roble al que le salen las primeras hojas es trasunto del joven caballero, del que se esperan las mejores hazañas.

Yo, sin embargo, siempre he tenido la sensación de que el caballero está muerto. Su extraordinaria palidez (aunque la blancura de piel es símbolo de nobleza en la Italia renacentista); su gesto melancólico y pensativo; la propia imagen a caballo, como un recuerdo; la vegetación y la fauna, con esos conejos que se encuentran al lado de la figura de un buitre, con el vuelo de las cigüeñas a las que mira el halcón sin inmutarse; esa ciudad al fondo, que parece una Jerusalén celeste, con sus murallas reflejadas en el agua; la atmósfera de irrealidad, casi otoñal, ocre y vaporosa, mezclada con los signos de una primavera que parece perpetua.

Quizás el pintor fue capaz de retratar a una persona viva, un caballero con educación humanística, que comprendería todos los símbolos y pensaría que se refieren a un futuro esplendoroso, lleno de nobleza y virtud, y a la vez, fue capaz de realizar un memento mori bellísimo, que nos habla de la juventud perdida tras la batalla y la fugacidad eterna del sacrificio voluntario.

Una fotografía

 

Recibo de Ana Nuño una fotografía tomada por Juan Barreto (de AFP) en la primera sesión del nuevo parlamento venezolano. Quien quiera obtener un poco de contexto puede leer esta noticia (recomiendo ver el primer vídeo para comprender algo de lo sucedido).

Esta es la fotografía:

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En ella se ve cómo diputados chavistas rodean al diputado Julio Borges, que soporta estoicamente los improperios. Al fondo, el nuevo presidente del Parlamento Henry Ramos.

Me (nos) dice Ana Nuño que la fotografía es magnífica, ya que reúne composición, encuadre y simbolismo —probablemente no buscado—, pues recuerda la iconografía tradicional cristiana de las tentaciones: santos que resisten el embate furioso de un ejército de demonios. En este caso, no se trata de esos demonios que adoptan la forma de mujeres voluptuosas, semidesnudas, sino de esos otros que se muestran con su aspecto “real”, vociferante y amenazador.

Como estos que vemos en el grabado del gran pintor alemán Martin Schongauer, rodeando a San Antonio.

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Admito que nunca habría caído en una relación tan sutil. Habría pensado antes en algo así:

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Ya ven, soy un optimista. La mujer que grita trastornada, al fondo, está hoy en el pozo de la historia.