Yo no soy uno de ellos

 

Antes de la Segunda Guerra Mundial los judíos franceses estaban muy orgullosos de serlo. Contaban con un órgano representativo, el Consistoire central, ya centenario, nacido del Gran Sanedrín napoleónico, en 1808. Ya en el siglo XX, la religión pasó a segundo plano, pero la institución conservó el nombre. En vísperas de la derrota francesa ante los nazis, su jefatura la ostentaba un Rothschild que tuvo la influencia y la rapidez suficientes para conseguir un salvoconducto que lo llevó a España en junio de 1940 y luego a Estados Unidos. Así que el cargo paso a ocuparlo el vicepresidente, Jacques Helbronner, amigo personal de Pétain.

Helbronner preparó, en noviembre de 1940, un memorándum dirigido a Pétain en el que intentaba limitar las consecuencias de las primeras leyes antijudías aprobadas por Vichy. En él dejaba bien claras las diferencias entre los franceses de origen judío y los inmigrantes judíos, diferencias basadas en que la comunidad judía estaba, según afirmaba, compuesta por muchas razas. Los primeros eran plenamente franceses y, por tanto, había que liberarlos de las medidas aprobadas por el gobierno. Los segundos eran la causa del creciente antisemitismo y la culpa de su llegada (él la llama invasión de “nuestro suelo”) había que atribuírsela a los gobiernos de izquierdas. Terminaba solicitando que se excluyera de su solicitud a los judíos extranjeros y a los recientemente naturalizados (personas que habían obtenido su nacionalidad francesa en los años posteriores a la 1ª Guerra Mundial). Peticiones del mismo tipo continuaron durante meses. Otro miembro ilustre del Consistoire, que luego sería ministro e, incluso, presidente del Consejo de Ministros, René Mayer, pidió a Xavier Vallat, el jefe de la Oficina Central para Asuntos Judíos, que animase a emigrar a los judíos extranjeros, y el mismo Marc Bloch llegó a distinguir entre la causa de los judíos franceses y la de los foráneos.

Esto no le debió chocar a los propios judíos alemanes que se encontraban en Francia. Al fin y al cabo, en 1939 y comienzos de 1940, los líderes judíos alemanes intentaron prohibir la emigración de los judíos polacos que estaban en el Reich (ampliado con las anexiones de parte del territorio polaco) a Palestina. Trataban de reservar esos puestos para ellos.

Por esa razón, y pese a los intentos de Theodor Dannecker (un enviado de Eichmann a París) los judíos franceses se resistían a entrar a formar parte de una de esas comisiones judías que fueron creando los nazis por toda Europa, una en la que se los mezclase con los judíos no franceses. La provocación, quizás, fue la razón también del ensayo general que tuvo lugar el 14 de mayo de 1941, cuando la misma policía francesa arrestó a casi 4.000 inmigrantes judíos. Terminaron donde ya se imaginan. Fue, supongo que lo saben, el ensayo de la “redada” del Velódromo de Invierno.

Al final, esas distinciones no ayudaron a Helbronner (asesinado en las cámaras de gas de Auschwitz junto con su mujer), ni a Bloch, que murió torturado por la Gestapo. Sin embargo, es bueno no olvidarlas. Fueron víctimas, pero por un tiempo creyeron que su causa no era la de los demás judíos. Porque eran alemanes o franceses.

Esta es una de mis obsesiones. Ciertos demonios atacan por igual a todos los hombres. Y la mayoría nos arrastraremos por el fango, llegado el caso. Solo algunos pocos son capaces de evitarlo. Pero no debemos dejarnos engañar por esos ejemplos. Nos llaman la atención precisamente por su escasez.

También por esta razón debemos impedirnos ciertas transacciones, por leves que sean, con nuestras mejores instituciones. Es mejor no situarnos en la terrible situación de tener que decir “yo no soy uno de ellos, yo soy un hombre”, demostrando que sí, que lo somos. Hombres.

 

Hombre blanco busca causa negra

En esta entrada voy a hablar bien de un abogado comunista. Dirán que eso es imposible (cada cuál que escoja su razón, si por abogado o por comunista), pero cuando terminen de leer quizás pasen por alto esos dos pequeños defectillos.

Su nombre era Bram Fischer. Era afrikáner: ya saben, un descendiente de los colonos holandeses que llegaron al Cabo en el siglo XVII y que fueron extendiéndose hacia el interior por la presión de los amos británicos, su afición al paseo, y su extrema y dura concepción de su destino manifiesto. Su familia llevaba por África desde el siglo XVIII y había alcanzado alguna posición. Su abuelo fue secretario de Estado primero y luego primer ministro de la Colonia del Río Orange —el sucedáneo que sustituyó al Estado Libre de Orange después de la guerra de los bóer—, y su padre juez del mismo Estado. Además, estaba casado con una sobrina de Jan Smuts.

Estudiante de derecho, terminó su carrera en Oxford en los años 30 y se dio un viajecito por la Unión Soviética. Podría haber sido uno más de esos jóvenes pálidos de clase alta que, en la década de la ceguera, terminaron siendo comunistas de libro y traición, y que tanto juego han dado en las novelas de espías de la guerra fría.

Sin embargo, fue comunista declarado, miembro del SACP (el partido comunista de por allí) y activista y protagonista en esas dos décadas en las que el régimen sudafricano fue haciéndose cada vez más brutal.

Sharpeville: 69 muertos y 180 heridos, la mayoría por disparos hechos por la policía, por la espalda, contra la multitud que huía y que poco antes se había manifestado. Más tarde disturbios que duraron varios días con un saldo de casi 20.000 detenidos. Por esas fechas estaba terminando un juicio por traición contra prominentes miembros del ANC, entre ellos Mandela, que serían declarados inocentes. Uno de los abogados era nuestro protagonista.

El juicio y su sentencia dieron igual: poco después, tras un viaje a Londres, Mandela fue detenido y condenado a cinco años de prisión, y en 1963 la policía entró en una granja en Rivonia y detuvo a seis de los dirigentes del SACP. Para entonces se había promulgado la ley de sabotaje, una norma que creaba listas de proscritos, que tenían prohibido reunirse si eran más de dos y que permitió arrestos indefinidos sin asistencia letrada. Esa norma era una habilitación para la tortura y la desaparición. Steve Biko fue el ejemplo más famoso de esa infamia con forma de ley.

El abogado que defendió a los dirigentes del SACP fue Fischer, ya en el punto de mira del régimen. Lo hizo brillantemente, tanto que algunos le atribuyen el mérito de salvar a los condenados de la pena de muerte y de llevarlos a las canteras de cal de la isla de Robben. Más realista es pensar que fue el miedo del régimen a crear héroes lo que les libró de la horca.

Poco después de la sentencia murió la mujer del letrado, en un accidente de coche. Activista, como él, había enseñado durante años en una High School para hindúes en Johannesburgo, establecida precisamente como protesta contra el cierre de escuelas ordenado por el gobierno sudafricano.

Al final le llegó el turno. Detenido en 1964, pidió permiso para viajar a Londres, ya que llegaba a su punto final, en los tribunales británicos, un asunto sobre patentes en Rodhesia que llevaba desde 1955. Para conseguirlo depositó una fianza y prometió volver:

I am an Afrikaner. My home is in South Africa. I will not leave my country because my political beliefs conflict with those of the Government.

(Soy un afrikaner. Mi casa está en Sudáfrica. No partiré de mi país porque mis creencias políticas estén en conflicto con las del Gobierno).

Después de ganar el caso, pese a las presiones de todo el mundo para que se quedase en Inglaterra y pese al embrutecimiento del régimen tras el atentado en una estación de ferrocarril en Johannesburgo, regresó.

Se presentó ante el Tribunal y al día siguiente se ocultó. Lo hizo mandando una nota, a través de su abogado, que decía:

By the time this reaches you I shall be a long way from Johannesburg and shall absent myself from the remainder of the trial. But I shall still be in the country to which I said I would return when I was granted bail. I wish you to inform the Court that my absence, though deliberate, is not intended in any way to be disrespectful. Nor is it prompted by any fear of the punishment which might be inflicted on me. Indeed I realise fully that my eventual punishment may be increased by my present conduct…

(En el momento en que leas estaré lejos de Johannesburgo y me abstendré de presentarme al juicio. Pero todavía seguiré en el país al cual dije que volvería cuando presté fianza. Deseo informes al tribunal de que mi ausencia, aunque deliberada, no debe entenderse en ningún caso como una falta de respeto, ni está motivada por ningún miedo al castigo que se me pueda imponer. Y me doy perfecta cuenta de que la pena final podría ser mayor por causa de mi actual conducta …)

My decision was made only because I believe that it is the duty of every true opponent of this Government to remain in this country and to oppose its monstrous policy of apartheid with every means in his power. That is what I shall do for as long as I can…

(Mi decisión fue adoptada únicamente porque creo que ése es el deber de todo oponente verdadero a que este Gobierno continúe en este país y que se oponga a su monstruosa política de apartheid con los instrumento a su alcance. Esto es lo que haré mientras pueda …)

Fue detenido poco después. Condenado a cadena perpetua, el cáncer y una caída lo dejaron en silla de ruedas e incapaz de hablar. Murió en la casa de su hermano, en Bloemfontein, en 1975.

El primer emperador

El primer emperador del mundo fue un bastardo. Bueno, no tanto, pero hay que adornar las historias, ¿no? Tutmosis III era hijo del faraón Tutmosis II y de una concubina, la última opción del arquitecto Ineni para seguir mangoneando así …

… en Egipto. Por desgracia para el tercero de los Tutmosis, la hermanastra y esposa de su padre, la famosa Hatshepsut, que había tenido que tragar con un matrimonio que la relegaba a “gran esposa real” cuando lo que quería era ser faraón, pensó que ya había tragado suficiente. Así que, cuando se murió Tutmosis II y fue designado el tercero como faraón, se hizo la loca y silbaba por las estancias de palacio cuando le recordaban el conveniente matrimonio del pobre Tutmosis III y su propia hija (la de Hatshepsut … ya, ya sé que es un lío). Tanto se hizo la loca que el matrimonio no tuvo lugar y, de buenas a primeras, se hizo asociar como faraón al sobrino.

En realidad, Hatshepsut estaba afectada por una especie de odio furibundo a esos segundones que había tenido que soportar durante años. Ella era hija de Tutmosis I y de la gran esposa real Ahmose, y solo por el hecho de ser mujer había tenido que aguantar a todos esos farsantes. Así que se le ocurrió una idea interesante: hacerse faraón, ir apartando poco a poco del poder al bobo de Tutmosis III y crear una dinastía de faraonas. Por esa razón, pese a resultar un enlace de lo más lógico, impidió que su hija Neferura se casase con Tutmosis III, el bastardo. Y llegó a designar a Neferura “esposa de Amón”, o lo que es lo mismo, gran esposa real sin esposo.

Así estaban las cosas, ya ven. El pobre bastardo reinaba pero no gobernaba. Su tía y madrastra hacía y deshacía a su antojo. Y su supuesta prometida se lo hacía con Amón delante de sus narices (demostrando Amón, por cierto, gran aprecio por la familia, ya que la propia Hatshepsut sugería que su padre Tutmosis I era un cornudo y que el burlador había sido el dios, que se revolcaba con gran gusto con la feliz Ahmose, ya saben, la legítima). Poco de fiar eran estas hembras egipcias.

En fin, menos mal que la providencia vino en ayuda del pobre Tutmosis III. Neferura murió y —cosas del destino—, a la vez murieron un sumo sacerdote y un arquitecto que apoyaban a Hatshepsut y hacían el Amón con ella. Extraña coincidencia, es verdad, pero los designios de los dioses son inescrutables. El mensaje era cristalino: Tutmosis III empezó a mandar y Hatshepsut se dedicó, con gran sentido de la oportunidad, a la meditación. Aún reinó durante varios años, pero Egipto ya no se dedicaba a la femenina obra pública, sino a la masculina guerra.

Y es que no se pueden dejar en manos de mujeres los destinos de las naciones. Todo el rato hablando de templos y ciudades, de viajecitos por Punt, el país del incienso y la mirra, y de pasta para los curas. Y mientras tanto, los sirios cachondeándose de los egipcios, con el rey de Kadesh a la cabeza.

Tutmosis III recuperó la cordura y bañó de sangre la tierra de Canaán y aledaños, hinchándose a matar, a pillar, a violar y a saquear. Por cierto, la primera paliza que le dio al rey de Kadesh tuvo lugar al sur del Monte Carmelo, en abril del 1479 a.e., después de sitiar la fortaleza que da nombre al Armagedón. Cuenta Flinders Petrie que los hombres de Kadesh tuvieron que ser izados por los muros, por el canguelo que tenían a abrir las puertas de la ciudad. Al menos no mató a todos: a los hijos de los vencidos los mandó a Egipto, para su educación en los valores eternos, entre los que destacaba la adoración al faraón.

Ese éxito fue el primero de muchos. Hizo quince expediciones más. Tomó Kadesh, pasando el Orontes, ese riachuelo por el que transitarán tantos conquistadores con ínfulas, y después invadió Mitani. También se inventó una flota y acojonó con ella a Epiménides y a todos los cretenses (y esto es verdad) y se paseó chulescamente por el Mediterráneo. Tanto miedo dio a los mitanios que pronunciaban su nombre en los exorcismos y para asustar a los niños, como luego se hará en los Países Bajos con el Duque de Alba.


Cincuenta y cuatro años reinó el amigo. Sí, el primer emperador del mundo fue un bastardo. Pueden saludarlo en el museo de El Cairo.

Es ist aus

 

Raymond N. Bell nació el 16 de agosto de 1914. No les puedo contar muchos detalles de su vida. Antes de la Segunda Guerra Mundial fue jefe de cocina. En la guerra también hacen falta cocineros. Bell sirvió en la Rainbow Division, una de las divisiones que intervino en la liberación de Dachau. A finales de abril de 1945, la división penetró en Austria a través de Salzburgo y durante dos años permaneció en Austria, ocupada por cuatro potencias y dividida desde julio de 1945.

No sé cuándo volvió Bell a Estados Unidos. Murió el 3 de septiembre de 1955, alcoholizado. A su vuelta, confesó a su mujer que, después de la guerra, había matado a un hombre. Esa muerte, según su esposa, lo atormentaba. Así lo dedujo porque, cada vez que estaba borracho, farfullaba lo mucho que le habría gustado no haberlo matado. La conclusión para ella era evidente: el recuerdo de esa muerte, al “límite del deber”, lo había convertido en un hombre desgraciado y su desgracia le llevó a la bebida.

Su vida quedaría liquidada en los dos párrafos anteriores, si no fuera porque el homicidio abre una ventana trágica a la vida de otros.

En septiembre de 1945, la unidad de Bell se encontraba en Mittersill, un pequeño pueblo a medio camino entre Innsbruck y Salzburgo. El 12 de septiembre, Bell, el cocinero Bell, recibió la visita de Benno Mattl, un lugareño que, al parecer, se dedicaba al mercado negro. Quería obtener café, azúcar y dólares, y estaba dispuesto a repartir el beneficio. No sabemos si Bell conocía a Mattl previamente, aunque creo que no, por una razón que luego explicaré. Bell siguió la cadena de mando y se lo contó a su sargento A.W. Munay, que se dirigió a su teniente, que terminó contactando con el oficial del CIC (servicio de contrainteligencia). Estos últimos autorizaron una venta que terminaría en detención.

Bell y Munay fueron a la casa de Mattl la noche del 15 de septiembre. Reunidos en el salón de la casa, tras un largo rato de negociación y una vez hecho el intercambio, sacaron sus armas y ordenaron, a Mattl, levantar los brazos. Escucharon pasos en el vestíbulo. Como temían la presencia de algún ruso, socio de Mattl en sus trapicheos, Bell abrió la puerta del salón y salió hacia el vestíbulo. La puerta interior se entornó y Munay no pudo ver lo sucedido, solo escucharlo. La puerta que daba a la calle sonó al chocar contra la pared. Después un grito. Luego pisadas en la grava y tres disparos.

Munay pensó al principio que Bell había sido sorprendido y tiroteado, ya que no contestó a su llamada. Sin embargo, al entrar la mujer de Mattl, de nombre Christine, supo que había salido a buscar ayuda. Apuntando su arma hacia ambos, los obligó a salir de la casa. En ese momento pudo ver a Bell, acompañado de cuatro oficiales. Entraron en la casa y, en una habitación contigua, vieron a un hombre ensangrentado, sobre un colchón. Bell no lo conocía. Era el suegro de Mattl, de sesenta y cinco años de edad.

Esta historia se la contó Munay en 1960 a Hans Moldenhauer, un músico y escritor. Por eso conocemos los detalles. Benno Mattl y Christine fueron detenidos. Ella quedó pronto en libertad, pero él fue condenado a un año de prisión. Los americanos, a los pocos días, devolvieron el cadáver a su viuda, pero se negaron a dar más detalles de lo sucedido. En particular, se negaron a identificar al soldado que había disparado. Había sido un caso de legítima defensa. Por esta razón, creo que Mattl y Bell no se conocían. De haberse conocido, Mattl podría haberle dicho a su suegra quién era el cocinero que había matado a su marido. La prensa local de la época —ah, la prensa—  afirmó que el fallecido era un nazi que había atacado a un centinela o que había tratado de huir cuando iba a ser detenido.

Solo faltan unas piezas más en el puzle. El quince de septiembre de 1945, el suegro de Mattl, fue a visitar a dos de sus hijas, Amalia y María, que vivían también en Mittersill. Estaba de un humor excelente y le dijo a sus hijas: “Hoy es un día histórico”. Era la broma de un fumador de puros. Después de años de penurias, su yerno, Benno, casado con su hija Cristina, le había prometido un puro para después de la cena. Nuestro hombre se encaminó, junto con su esposa, a casa de su hija y su yerno, y allí cenaron. Hasta que llegaron unos americanos.

Anton y Minna, que así se llamaban los suegros de Mattl, y Christine salieron del salón y fueron a la habitación de los niños, que dormían. Al rato, Anton le dijo a su mujer que ya era hora de volver a casa, pero que primero iba a echar unas caladas a su puro. Como no quería ahumar a los niños que dormían, salió al vestíbulo. Un par de minutos después, Minna escuchó tres disparos. Anton abrió la puerta y balbuceó un “me han dado”. Lo tumbaron en un colchón y empezaron a quitarle la ropa. Anton susurró Es ist aus (“se acabó”) y murió.

 

Matteotti

 

El once junio de 1924 murió el diputado socialista Giacomo Matteotti. Tenía 39 años. Había sido elegido por tercera vez.

Mussolini, tras la marcha sobre Roma, había formado gobierno con la indecente complicidad de Victor Manuel III. La reforma de la ley electoral y las fraudulentas elecciones (Potevo fare di questa Aula sorda e grigia un bivacco di manipoli) convirtieron la cámara de diputados en un redil lleno de fascistas.

Matteoti pronunció dos discursos en los que denunció fogosamente el incumplimiento de la ley y el fraude. El último de ellos, de 30 de mayo de 1924, fue aplaudido con rabia por sus compañeros socialistas. Matteotti, al sentarse, dijo: Io, il mio discorso l’ho fatto. Ora voi preparate il discorso funebre per me.

La historia si se repite, se repite como farsa. En este caso, al menos, porque el precedente es inseguro y todo supura mala literatura. Se cuenta que Enrique II, conde de Anjou, conde de Maine, duque de Normandía, duque de Aquitania, conde de Nantes, señor de Irlanda y rey de Inglaterra, harto de su antiguo amigo, Tomás Becket, susurró esa pregunta: Who will rid me of this troublesome priest?

Dicen que Benito Mussolini, ese payaso aupado en los hombros de tantos intelectuales ahítos de sueños húmedos sobre el poder y la acción, le dijo a su perro: Cosa fa questa Ceka? Cosa fa Dumini? Quell’uomo dopo quel discorso non dovrebbe più circolare…

El 10 de junio, Matteotti fue secuestrado y asesinado. Su cadáver fue descubierto casi dos meses después.

 

Gaudeamus igitur

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Joven caballero en un paisaje, 1510 – Vittore Carpaccio

 

No sabemos quién es el caballero que pinta Carpaccio en esta extraordinaria pintura. Se ha dicho que San Eustaquio por lo del ciervo que aparece, o Fernando de Aragón, miembro de la orden del armiño, o un retrato póstumo de un caballero anónimo. Los más dicen que es Franceso Maria della Rovere, duque de Urbino, sobrino y sobrino nieto de papas. Y lo cierto es que existe un gran parecido con otros retratos que de él se conservan, como los de Rafael y Tiziano que aparecen más abajo. Sería, en tal caso, el primer retrato de cuerpo entero de la historia de la pintura occidental.

Escuché en el propio Museo Thyssen una explicación sobre el cuadro. Se centraba en la iconografía. Este retrato está repleto de detalles que hay que explicar. El joven a caballo parece que vaya de justa, o a una celebración con sus mejores galas. Lo curioso es que se trata del mismo caballero retratado, en un desdoblamiento extraño, que parece presentarnos a la misma persona en momentos diferentes. Está rodeado de animales y plantas que se presentan de forma abigarrada. Se dice que son símbolos de las cualidades del caballero: la lealtad representada por el perro, la fortaleza por el roble (que se relacionaría con el apellido del retratado si realmente es un della Rovere), el halcón con el valor, la azucena con la virtud, el armiño con la pureza. Además se representa la forma de caza del armiño, al que se rodea de inmundicias que es incapaz de atravesar, de ahí el mensaje (que lo es de la orden del armiño) que puede leerse en el cartellino, Malo mori quam foedari, antes morir que mancharse. Nos dicen que es primavera y que el joven roble al que le salen las primeras hojas es trasunto del joven caballero, del que se esperan las mejores hazañas.

Yo, sin embargo, siempre he tenido la sensación de que el caballero está muerto. Su extraordinaria palidez (aunque la blancura de piel es símbolo de nobleza en la Italia renacentista); su gesto melancólico y pensativo; la propia imagen a caballo, como un recuerdo; la vegetación y la fauna, con esos conejos que se encuentran al lado de la figura de un buitre, con el vuelo de las cigüeñas a las que mira el halcón sin inmutarse; esa ciudad al fondo, que parece una Jerusalén celeste, con sus murallas reflejadas en el agua; la atmósfera de irrealidad, casi otoñal, ocre y vaporosa, mezclada con los signos de una primavera que parece perpetua.

Quizás el pintor fue capaz de retratar a una persona viva, un caballero con educación humanística, que comprendería todos los símbolos y pensaría que se refieren a un futuro esplendoroso, lleno de nobleza y virtud, y a la vez, fue capaz de realizar un memento mori bellísimo, que nos habla de la juventud perdida tras la batalla y la fugacidad eterna del sacrificio voluntario.

Una fotografía

 

Recibo de Ana Nuño una fotografía tomada por Juan Barreto (de AFP) en la primera sesión del nuevo parlamento venezolano. Quien quiera obtener un poco de contexto puede leer esta noticia (recomiendo ver el primer vídeo para comprender algo de lo sucedido).

Esta es la fotografía:

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En ella se ve cómo diputados chavistas rodean al diputado Julio Borges, que soporta estoicamente los improperios. Al fondo, el nuevo presidente del Parlamento Henry Ramos.

Me (nos) dice Ana Nuño que la fotografía es magnífica, ya que reúne composición, encuadre y simbolismo —probablemente no buscado—, pues recuerda la iconografía tradicional cristiana de las tentaciones: santos que resisten el embate furioso de un ejército de demonios. En este caso, no se trata de esos demonios que adoptan la forma de mujeres voluptuosas, semidesnudas, sino de esos otros que se muestran con su aspecto “real”, vociferante y amenazador.

Como estos que vemos en el grabado del gran pintor alemán Martin Schongauer, rodeando a San Antonio.

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Admito que nunca habría caído en una relación tan sutil. Habría pensado antes en algo así:

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Ya ven, soy un optimista. La mujer que grita trastornada, al fondo, está hoy en el pozo de la historia.

 

El miedo a ganar

Esta tarde volvía de pasear por el campo y me encontraba en lo twitter con un bonito artículo de GO sobre Jean van de Velde. Todos los meses de julio nos acordamos de Jean van de Velde… y de Miguel Indurain.

La conocida historia de VdV es la historia del miedo a ganar y llama a dos sucedidos. El primero y conocido es el hecho de que a VdV le retaran a hacer el decimooctavo hoyo de Carnustie en seis golpes con un putter. El putter es el único palo que nunca falta en una bolsa porque es el único palo cuya cara no tiene loft, lo que impide que la bola vuele. Es ideal para el verde pero no hace nada, o casi nada, fuera de él. VdV fue capaz de embocar de seis con un putter. Al tercer intento eso sí.

El segundo sucedido es menos conocido. Yo no lo conocía hasta antesdeayer cuando uno de los Piñero lo contó en el Open de este año. VdV tropezó dos veces en la misma piedra.

En el año 2005 empató con Jean François Remésy en la última ronda del Open de Francia. VdV es francés y debe tener un cierto interés en ganar el Open de Francia. El playoff se juega en el hoyo decimoctavo de Le Golf National (sede de la Ryder Cup en el 2018). No sé quién sale primero pero Remésy es el primero en dar el segundo golpe.

En golf normal (strokeplay) el compañero competidor es un estorbo que ralentiza el juego y que no te influye más que para dar la murga. En un playoff (casi un matchplay) juegas contra él. Es importante quién tira primero. Claro que todo depende del resultado del tiro: si es bueno es fantástico haber tirado; si es malo es una desgracia que ya hayas tirado.

Remésy tira y envía la bola al lago que hay antes del green. Tendrá golpe de penalidad y su siguiente golpe sera el cuarto y desde una posición incómodamente alejada de green. El doblebogey sería un buen resultado.

VdV se dispone a tirar y sabe que con meter la bola en green tendría los famosos tres putts para ganar. Por nada del mundo quiere meter la bola en el agua así que agarra el palo con fuerza y zassss…

Zasss, se pasa del green y va a caer al mismo obstáculo de agua pero por detrás. En el dropaje VdV sale perdiendo y su zona es peor. O quizá toma la peor opción de entre las tres que tiene (una de ellas repetir el tiro). Acaba su hoyo en siete (¡otro triple bogey en una situación crítica!) y su compañero competidor es capaz de ganar el Open de Francia con un miserable doblebogey. Algo así como si un equipo ganara una copa de Europa después de empatar a cero en tiempo reglamentario y prórroga y marcara un sólo penalty en la tanda de fatídicos.

Dicen que nadie se acuerda del ganador del Open del 1999 y sí del segundo. No es cierto. Todos los años Paul Lawrie recibe una carta emitida por el R&A invitándole a participar en el Open de julio. Y así será por lo menos hasta que muera o haya cumplido los sesenta años. Lo que ocurra antes.

Un Tsenigma

Uds. se preguntarán (o no, que no es la primera vez que desaparece) por dónde parará el dueño de la cosa, que no publica ni dice esta boca es mía. Que es un sujeto sin escrúpulos, rebotado de la política y leguleyo (caray, me suena la cantinela), es de dominio público. Por eso creemos saber en qué está metido ahora, aunque dudamos, dudamos. Hay quien dice que es el indignado que huyó de Sol tras ver su boleto de “primitiva” lleno de euros; otros dicen que anda en lo de Chueca. Uds. verán. Vergüenza no le sobra, desde luego. Mis fuentes me dicen, no obstante, que la foto fue tomada en un habitat que le es propio: una covachuela. ¿Qué estará tramando?

Flatseh mob!!


Pues sí. Pensé en acabar con todo, con la concentración de Sol, haciendo algo así:

.

Se imaginan si los del 15-M, de repente, se ponen los pantalones campana, y se ponen a bailar con una coreografía con la música de Libertad sin ira.

Sin embargo, he decidido ser serio.

No queremos más partidos. No queremos más intermediarios de la auténtica voluntad popular. Para acabar con este estado de cosas, sólo hay una solución. Ya lo decían días atrás: no tenemos nada contra los políticos, sólo contra los partidos.

Hace falta un hombre fuerte.

Se preguntaban quién está detrás. Es hora de que se sepa.



ACTUALIZACIÓN:

Esto es imparable: