Ceterum censeo

 

Se cuenta que, en su últimos años, Catón el Viejo daba la paliza a diestro y siniestro añadiendo al final de cualquier discurso, da igual el tema que estuviese tratando, la frase: «por cierto, creo que Cartago debería ser destruida». El censor temía por la rápida recuperación del rival más peligroso de Roma y soñaba con borrarlo de la faz de la tierra para la seguridad de la patria. Aunque la muerte le impidió ver su proyecto realizado, tres años después Cartago fue arrasada hasta los cimientos, se echó sal sobre el lugar en el que se había alzado y todos sus habitantes fueron vendidos como esclavos.

No se alarmen, no voy a patrocinar la destrucción de nada ni de nadie —sobre todo ahora que la tuna va camino de desaparecer de forma natural—, pero sí creo que se abre un momento en el que no quedará otra que aferrarse a ciertos principios y máximas, deducir de ellas determinadas consecuencias y descripciones, y recordar lo uno y lo otro constantemente y sin desfallecer. Aunque te llamen viejo y pesado.

Así:

El Gobierno de Pedro Sánchez es legítimo y democrático, pero se ha construido con el apoyo de los que quieren destruir la nación española.

Ese apoyo ha exigido del PSOE silencios y compromisos. Los silencios más sonoros han llevado al PSOE a eliminar la referencia expresa a la Constitución como marco legal para la discusión pública y a la renuncia de la defensa de la monarquía constitucional española —y de su naturaleza democrática plena—frente a los ataques y desprecios de sus socios. Los compromisos más sonrojantes obligan al PSOE a situarse en el marco mental y verbal del secesionismo y el nacionalismo, confundiendo el todo —la nación política— con sus partes y admitiendo saltarse los procedimientos ordinarios —que incluyen instituciones políticas perfectamente definidas y reglamentadas— para sustituirlos por otros innominados que se pretenden legitimar por referencias difusas a hermosas palabras —como democracia— a las que se ha vaciado previamente de contenido. Para entendernos, el PSOE ha reconocido que el creacionismo ha de enseñarse en las escuelas junto al darwinismo y que la RDA es una democracia porque lo pone en su nombre.

El acuerdo además supone admitir el blanqueamiento de los herederos de los terroristas, normalizando a los que no han reconocido la maldad absoluta de sus acciones o justifican la maldad de las acciones de otros. Esa normalización convierte el terrorismo en un «error», en una «respuesta» frente a una agresión ilegítima, en un «exceso» justificable entre otras «violencias». Para digerir este engrudo los dirigentes socialistas han construido una falsedad en la que la posibilidad de hacer política se ha convertido en una justificación moral del pasado y del discurso actual, cualquiera que sea su contenido, si quien lo perpetra está en el lado correcto de los votos.

Los que intentan destruir la nación española (esencialmente secesionistas, nacionalistas y herederos de los terroristas) y los que quieren destruir su régimen jurídico-democrático y sustituirlo por «otra cosa» (comunistas y populistas de izquierdas) siempre han sostenido —contra toda evidencia— que la ley española y sus instituciones no son democráticas y no deberían servir de parapeto frente a la voluntad de las «naciones» o de la «gente». Naturalmente, la consecuencia de esto es que la ley y el poder judicial son un obstáculo que hay que remover. El actual Gobierno cuenta con un apoyo suficiente para cambiar muchas leyes y para adoptar determinadas decisiones ejecutivas, pero no para cambiar la Constitución, ya que esta se construyó sobre un acuerdo amplísimo que incluía la exigencia de un acuerdo igual de amplio para su reforma. La Constitución solo podrá servir de refugio si hay jueces dispuestos a cumplirla y a imponer su cumplimiento. También por esta razón, esos movimientos antisistema y enemigos de la democracia española han repetido hasta la saciedad que los jueces españoles —cada vez que toman una decisión que los incomoda— son franquistas, fascistas, de derechas. Puesto que el PSOE ha deglutido el marco mental y discursivo del secesionismo y el nacionalismo, en lo relativo a los procedimientos y a la creación de canales paralelos y no reglados de discusión de los asuntos públicos, sin esas molestas líneas rojas marcadas por la Constitución y las instituciones nacidas de ella, para el propio PSOE un poder judicial independiente se ha convertido en un problema, no en un dique natural, legítimo y necesario frente a las veleidades del momento político y de la actuación de los que ocupan los otros poderes del Estado. Ha comenzado la búsqueda de la solución al «problema» judicial.

Para justificar su comportamiento mendaz, el PSOE ha acusado a los partidos que hacen suyo de manera natural el modelo constitucional —y entre ellos estaba el PSOE hasta anteayer— y que no quieren destruir la nación española tal y como quedó establecida en dicho modelo, de ultraderecha que no acepta los resultados de las elecciones, aprovechando además que sí existe una ultraderecha que insiste en la ilegitimidad del Gobierno y que incluso empieza a introducir una retórica golpista. Con esto pretende lograr el doble objetivo de convencer a los suyos de que hay que tragarse un montón de sapos y bulos para evitar un mal mayor —que ellos han creado— y, a la vez, dar aliento a la auténtica extrema derecha populista. Su objetivo es evidente: dividir el centro y la derecha, y unificar a sus partidarios con una retórica bélica.

Todo lo anterior se resume en lo siguiente:

1.- El PSOE se ha convertido, de hecho, en un partido que promueve a partidos antisistema y con ello ha comenzado a convertirse, él mismo, en un partido antisistema.

2.- Es muy difícil que el PSOE dé marcha atrás. Una consecuencia de la mentira sistemática y de la traición permanente a la palabra y a las promesas es que solo el poder te protege.

3.- El PSOE ha eliminado muchas barreras psicológicas. No hay ninguna razón para no eliminar otras si hace falta para mantenerse en el poder. Debemos esperar cualquier deriva, ante la ausencia de principios y el uso estructural y no puntual de la mentira como método de acción política.

4.- El PSOE va a promover la demolición de los diques institucionales siempre que perciba que estos puedan entrometerse en lo que hay que hacer para mantener los apoyos actuales o lograr otros nuevos. Da igual de qué institución se trate: en nombre de la «política», el «diálogo» y la «democracia» hará lo posible por vaciarlas de contenido, creando puertas traseras y falsas salidas.

5.- El PSOE utilizará sin rubor las instituciones que controle para lograr sus objetivos políticos. Debemos asumir que la acción del Gobierno nunca se dirigirá hacia una mayor neutralidad e independencia de esas instituciones, sino en el camino contrario.

6.- El PSOE, una vez investido Pedro Sánchez, intentará ocultar su deriva antisistema apoyándose en la actividad normal de su Gobierno. Querrá acostumbrarnos. Para ello intentará ocupar el discurso público con una retórica activa y constante sobre otros asuntos, ridiculizando a los que insistan en cuestiones estructurales, institucionales o de principios.

7.- Esa actividad retórica evitará el centro, aunque formalmente se llame a la concordia. Solo con la radicalización de un número mayor cada vez de votantes de los partidos de centro y derecha podrá continuar con su estrategia de alimentación de la extrema derecha y de fidelización de sus propios votantes como reacción. La moderación real desaparecerá.

8.- Cada vez habrá menos actores políticos que defiendan el núcleo de los acuerdos adoptados hace cuarenta años y desarrollados durante décadas. En España habrá cada vez más partidos con posiciones iliberales, nacionalistas y populistas, de izquierdas y derechas. Gradualmente el PSOE pasará de comprar la retórica de esas formaciones a adoptar con naturalidad esas mismas posiciones, al intentar aplicar las consecuencias de su «diálogo» sin contar con las mayorías exigidas —algo para lo que necesitaría contar, al menos, con el Partido Popular—, más aún cuando el PSOE tendrá que competir con sus socios (secesionistas y populistas). Este PSOE se podemizará inevitablemente para intentar sobrevivir.

Naturalmente, frente a estrategias inadmisibles, la única opción para esos millones de españoles huérfanos es reclamar a los partidos que se autodenominan constitucionalistas y que no son extrema derecha populista:

a) Que se olviden de la táctica y de la respuesta día a día basada en ocurrencias. Solo una política pensada y basada en principios, y mantenida a ultranza en todos los lugares en los que gobierne y en la actividad de oposición, puede movilizar a esos millones de españoles que, a derecha e izquierda, quieren defender nuestro régimen constitucional. Ello aunque puntualmente pueda parecer contraproducente.

b) Que se reitere constantemente que no te puedes fiar de este PSOE y sus dirigentes, por lo que, con independencia de que se actúe conforme a lo explicado en el punto anterior, cualquier pacto con ellos es inútil, como lo es confiar en un estafador o dejar que administre tu dinero un ludópata. El corolario de lo anterior es que no se ceda en nada, por pequeño que parezca. La cesión y el acuerdo, como forma de hacer política, se basan en la existencia de una mínima lealtad y confianza en el otro. Un segundo corolario es que se renuncie a una estrategia de confrontación total. Las medidas se deben juzgar una a una, por su bondad o maldad intrínseca y por la posible inclusión en ellas de algún tipo de caballo de Troya contra las instituciones. Esto no es ceder, es actuar consecuentemente.

c) Que no favorezcan la estrategia de los populistas de extrema derecha apoyando sus posiciones concretas salvo cuando puedan justificar lealmente y sin contorsiones ese apoyo como una expresión de los principios que se supone defienden. Aunque pueda parecer que un ataque concreto debilite al PSOE, si corroe tu proyecto, asusta a tus partidarios, debilita su compromiso y puede llevarlos a creer que están en la trinchera equivocada, solo se favorece con ello la estrategia de las dos Españas enfrentadas. Es decir, favorece a este PSOE y al populismo de extrema derecha.

d) Que asuman que, puesto que todo está en cuestión y es provisional, la única forma de evitarnos desengaños y falsas sensaciones de calma es aplicar la hipótesis permanente de que los enemigos de nuestro régimen constitucional trabajan sin descanso para destruirlo. Debemos aplicar el consejo que se da en los aeropuertos y vigilar nuestro equipaje constantemente.

e) Que actúen a sabiendas de que participar en la guerra cultural declarada no implica admitir acríticamente que, en esa guerra, hay dos bandos, los de derechas y los de izquierdas. De hecho, es crucial sostener con argumentos que sí, que hay dos bandos: que en uno están situados los antisistema —incluido este PSOE— y en  otro lo que defienden nuestro sistema constitucional. Es decir, hay que pelear por imponer el propio planteamiento de la cuestión.

f) Que no desfallezcan. Que no escuchen a los aduladores ni a los intoxicadores. Que se olviden de las encuestas. Que actúen a largo plazo, no solo porque sea lo correcto, sino porque es la única forma de prevalecer.

Este sería mi programa.

Sí, me consta que es irrealizable; no es necesario que me lo apunten. Pero, ceterum censeo.

 

Yo acuso

 

Hace un par de días estuve viendo El oficial y el espía (J’accuse en su idioma original), la película de Polanski que tanto revuelo causó en Francia como consecuencia de las propias declaraciones del director, que deslizó un paralelismo entre la persecución injusta a la que fue sometido Dreyfus y su propia situación, la del cineasta, como convicto por violación, acosado por el movimiento Me Too. 

Les recomiendo vivamente que vean la película, porque, con todas las dificultades para concentrar en un par de horas un asunto con tantas ramificaciones, el director francés ha logrado algo dificilísimo: exponer brillantemente y con claridad y suficiente precisión una parte esencial de uno de los asuntos públicos —mediáticos diríamos hoy— que más trascendencia tuvo en el período anterior a la Segunda Guerra Mundial. El affaire no solo alimentó las narrativas propagandísticas de algunos populismos, sobre todo la clerical y la judeófoba, sino que provocó, sobre un terreno previamente abonado, el crecimiento de la sensación de que el Estado estaba irremediablemente podrido. De que no podías confiar en su protección ni en la honorabilidad de los que habían jurado guardar los principios republicanos y democráticos.

La parte más curiosa del asunto, sin embargo, que trata con mucha extensión y melancolía Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, es la referida a la razón de la victoria pírrica del desgraciado Dreyfus. No fue la causa del hombre inocente la que movió a los que, tras más de una década, lograron imponerse en el descuento. Menos aún la del hombre inocente perteneciente a una minoría, asediado por la intolerancia y el sectarismo. De hecho, Dreyfus, un hombre rico, proveniente de una familia alsaciana —y, por tanto, criado en el ambiente de revancha generado por la pérdida de su región de origen tras la guerra francoprusiana— no interesaba a las «izquierdas», con algunas pocas excepciones. Su condena era vista como una rencilla entre los miembros de la élite; algo ajeno a los trabajadores. Algunos de sus defensores sobrevenidos habían pedido la muerte para el traidor, para el rico, para el militar. Y de su causa, torpedeada a veces por la estrategia de su propio hermano, se apropiaron inicialmente los que veían la pestilencia que empezaba a asomar como una manera más de defenderse frente al ruido de sables. Lo paradójico es que, frente a ese uso partidista —no soy equidistante: unos defendían a un hombre inocente, mientras que otros usaban el espantajo del judío reclamando el hombre fuerte que necesitaba Francia y la reinstauración de las leyes viejas— la victoria de Dreyfus se asentó en la conciencia del hombre común y no en el activismo de sus defensores de primera hora. Venció y hoy vemos una película sobre su victoria gracias a los cientos de miles de franceses, de derecha e izquierda, que lentamente se fueron dando cuenta de la montaña de mentiras, falsificaciones y encubrimientos paridos en las más altas instituciones, particularmente entre hombres que no hacían más que pregonar su honor y su palabra por encima de cualquier consideración, y percibieron el peligro de que hoy fuera el judío y mañana uno cualquiera de ellos.

Uno de los aciertos de la película es precisamente centrar la narración no en Dreyfus, sino en el teniente coronel Picquart, alsaciano también, al que se dibuja casi como antisemita y enemigo del acusado. El recurso dramático funciona porque nos muestra al «funcionario», al hombre del último minuto que, situado ante el dilema de tragar con una corrupción que le supera o tirar de la manta, no puede hacer otra cosa que seguir su instinto y pasar de perseguidor a perseguido. Los hechos narrados en la película son ciertos, pese a la inevitable selección de cerezas, pero eso no impide que el personaje actúe como un símbolo de esa masa gris de franceses que no tuvieron estómago suficiente como para tolerar la colección de patrañas fabricadas por sus dirigentes. Por eso es tan potente el cierre de la película, la escena antisentimental entre el ministro situado de nuevo en su zona de confort y el pétreo Dreyfus, víctima de unas creencias que lo llevan a ensalzar agriamente una nada —desde su sufrimiento— tan enorme. No explico más, que no quiero estropearles el momento.

La historia de Dreyfus y de su época sigue de actualidad, como cualquier otra que mezclase de manera tan perturbadora el bien y el mal, la traición, la mentira, el honor impostado, la soberbia, la dignidad, la propaganda maliciosa y el uso y abuso de la turba. Los franceses la cerraron en falso. La agenda mandaba. El judío nunca importó lo suficiente como para descabezar a un ejército —la casi totalidad de los máximos comandantes franceses en la Primera Guerra Mundial habían sido antidreyfusards— y la propaganda antijudía de los fascistas franceses siguió nutriéndose con la basura producido a carretadas durante los procesos. Luego llegaron Vichy y la rafle du Vél’d’Hiv. 

La enseñanza más obvia es que no hay victorias definitivas. El mundo progresa, pero entre avance y avance, cuánto dolor.

 

Traduzco al niño: si no tienes nada bueno que decir, mejor cállate la puta boca

 

Yo me preguntó qué hay que tener en la mollera para preguntar a unos niños por qué quieren dar gracias este año y echar en cara a uno de ellos que se alegre porque, por fin, va a ser adoptado.

Porque, al margen de las opiniones que tenga esa maestra sustituta, hay que ser muy cabestra para negar a un niño de once años su derecho a alegrarse y agradecer que las personas que lo están cuidando se conviertan en sus padres. Y, además, provocar en el pobre crío el miedo a confesar la diatriba a sus futuros padres por si, quizás, esto los lleva a echarse atrás en su decisión de adoptarlo.

Pero no les traigo esta noticia por esto, sino por otra razón. A esa maestra la expulsaron del colegio porque tres niñas, supongo que también de once años, le pidieron que parase y, ante su negativa, se marcharon de clase y fueron a quejarse al director.

Tres niñas de once años protegiendo a su compañero.

Molan.

 

No molestes, yonqui.

 

Este retorno al pasado que consiste en que leer prensa cueste dinero es perfectamente razonable. No entiendo a la gente que se queja. Bueno, por no ser tan tajante, puedo llegar a comprender que alguien que se ponía hasta el culo de noticias, artículos, reportajes, entrevistas y columnas de opinión, ahora berree gritando que no es justo querer cobrarle por su dosis. Sí, puede que estemos en presencia de un problema de salud pública, pero, ¡joder! que no se trata de sustancias ilegales que hay que traer en submarinos —con el consiguiente aumento de costes— sino del equivalente a la bollería industrial. ¿Quiere usted intoxicarse? ¡Es baratísimo!

De hecho, esta medida puede favorecer el consumo responsable. Cuando había que pagar para leer un periódico no solo los leíamos menos, sino que nos limitábamos a los que eran de nuestra cuerda. Salvo un amigo chiflado de mi padre, que compraba seis periódicos al día, solo los profesionales de las revistas de prensa hacían eso que se ha vuelto tan habitual en los últimos veinte años: atiborrarse. Más aún, al leer menos columnas que repiten lo mismo hasta la náusea y que alabamos o criticamos sin piedad, dedicaremos más tiempo a otras actividades abandonadas. Leeremos novelas, escucharemos sinfonías o no sacaremos los mocos más habitualmente, con una evidente mejora de nuestro estado de salud y de nuestros temas de conversación. Nos volverán a sorprender los amigos, contándonos que han leído algo que desconocemos y quizás, aunque sigamos sabiendo al instante qué gilipollez ha dicho alguien intrascendente, nos evitemos las sesudas reflexiones sobre esa misma gilipollez de todos los que tenían que rellenar espacios envueltos con falsos y sonoros titulares para lograr que pinchásemos y viésemos publicidad a la que no hacíamos ni puto caso.

Solo le veo ventajas a estas medidas. No creo que mejore la calidad. Bueno, de nuevo por no ser tan tajante, a lo mejor la acumulación de noticias basurientas y refritos es menos agobiante y empezamos a respirar algo mejor. Pero los columnistas y los periodistas que nos gustan serán igual de listos y afilados al decir justo eso que pensamos; y los que nos repugnan igual de imbéciles y vagos. Los periódicos seguirán intentando colocarnos sus cosas y, si bien nadie pagará a un grupo de periodistas por una investigación que dure más de un par de horas —no pidamos la Luna—, al menos los filtradores tendrán más claro el target. Decía que —con esos matices cuantitativos sobre el volumen de mierda—, aunque no mejorará la calidad y leeremos menos prensa, los periodistas vivirán de las personas que quieren pagar por su trabajo en concreto. Serán como los fontaneros o los escayolistas. Vivirán de sus clientes; como siempre. Y de las subvenciones; como siempre. No como ahora, que malviven gracias a las rabiosas miradas furtivas de un montón de peña que odia lo que hacen, pero que exigen seguir comprando esa mierda que tanto les pone.

Ojalá la transición de la prensa al siglo XX se acelere y solo puedan leerla esos pocos cientos de miles que siempre estuvieron dispuestos a pagar por ella. Y que los tacaños tengan que hacerlo a hurtadillas, en la sala de espera de alguna peluquería virtual o con capturas de pantalla de contrabando. En cuanto a la mayoría, como somos vaguísimos y solo leíamos periódicos por moda, bastará con que nos pidan mover un dedo y registrarnos o pagar el equivalente al primer fascículo de la colección de trenes de todas las épocas, para que simplemente volvamos a nuestro estado natural. Desinformados, felices y ocupados en chorradas. Como ahora, pero sin necesidad de disimular.

Hay, además, beneficios colaterales. Los blogueros tendrán menos sobre qué escribir. Yo, por ejemplo, he escrito centenares de entradas indistinguibles metiéndome con las opiniones de este o aquel, enlazando noticias (incluso de varios medios) y criticando como si no hubiera un mañana a los malvados periodistas. A falta de suministro, muchos blogs desparecerán o regresarán a su infancia: diarios inanes de peña insulsa o la repetición ad nauseam de lo que otros han contado mejor. ¡No hay tonto sin blog, como dijo alguien en un blog! No digan que no les aviso.

Solo ruego que los dueños de los diarios perseveren. Que no rectifiquen por miedo al vacío. Las personas de orden estamos con vosotros.

¿Hacer lo razonable? ¡¿Ha perdido usted la cabeza?!

 

Una vez más la solución más sencilla, más sensata, más equilibrada y más estable no se va a aplicar por prejuicios y por la inercia reptiliana que, aunque deglute la mentira estructural y la ausencia de principios, no consiente que se pongan en cuestión ciertas etiquetas. Puesto que las agencias de colocación conocidas como partidos temen que los votantes castiguen la racionalidad si contradice el credo, van a seguir adelante, cueste lo que cueste.

Y el coro al fondo. Gente que —para defender su rinconcito— banaliza lo que hasta hace cinco minutos era intocable para ellos y que enloquece llevada por el énfasis solo porque alguien ose efectuar determinados análisis. Ay, las biografías. ¿Cómo vas a criticar con éxito —o, al menos, con algo de coherencia— los excesos de los populistas si minimizas los disparates de los que se supone los combaten? Es tan obvio que parece que vamos a tener que tirarnos cuarenta años de travesía por el desierto a pesar de que hay un AVE que te lleva a destino en un par de horas. No es que seamos imbéciles —que en el fondo también— sino que el interés y el orgullo nos hacen comportarnos como tales; pero que Dios me ponga donde haiga.

No sé si la política ha sido alguna vez el arte de lo posible. Hoy, en España, se ha convertido en una novela escrita por un youtuber de dieciséis años o en un hilo de tuiter con decenas de miles de retuits, que viene a ser lo mismo. Porque ¿qué hay de imposible en un Gobierno que contase con el apoyo de los tres partidos centrales del cuerpo político nacional que suponen el 55% del voto y que cuentan con una mayoría absoluta tan enorme que podrían asumir cualquier programa político con absoluta garantía? Nada. De hecho, el programa social y económico de ese Gobierno sería muy parecido al de los gobiernos de las últimas décadas. Más aún, ¿qué hay de imposible en una solución así, cuando la alternativa incluye abrir las agendas de partidos que quieren destruir España tal y como la conocemos hoy? ¿Qué hay de imposible cuando cualquier línea de avance en ese camino intransitable implica reformas constitucionales para las que, por absoluta necesidad, debería contarse con esos millones de españoles que votan a PSOE, PP y Cs?

Sin embargo prevalecerá el cuento infantil. De unos y otros. Ya conocemos los vicios de los dirigentes actuales, tan acusados. En particular los vicios del candidato a la presidencia del Gobierno. Insistir en ellos es caer en la melancolía. Pero, como cuando tratas con un alcohólico, los que lo rodean podrían intentar vaciar las botellas de ginebra por el desagüe y dar la matraca al adicto para que empiece con esa acción curativa que consiste en decir «buenos días, me llamo Pedro Sánchez y soy un embustero; llevo una semana sin mentir» en vez de poner a su alcance el bar en el que ellos mismos se emborrachan. Para esto, claro está, tendrían que empezar todos a curarse. Al menos, si no conseguimos el milagro y el enfermo sigue dándole a la botella costará más que los espectadores se crean la patraña de que la culpa de su enfermedad es del sistema.

Mientras tanto mucha gente, unos hastiados por este espectáculo asqueroso, otros encantados de poder dar salida a sus ventosidades más preciadas, seguirá echándose en los brazos de los que venden el tónico que cura la calvicie. Y no quedará nadie que no esté pringado para echárselo en cara. Nos estafarán, seguiremos calvos y volveremos a la recurrente cordura. Eso sí, ningún calvo reconocerá que fue engañado. Ya saben que el timo de la estampita funciona porque no se suele denunciar.

Una vez más preferiremos el esperpento a la solución más sencilla, más sensata, más equilibrada y más estable. Una vez más, nadie será responsable. Unos acumularán trienios y el resto les pagaremos sus servicios, que consistirán en que nos dijeron lo que quisimos escuchar.

 

Ideas

 

Durante años los partidos políticos idiotizaron sus mensajes progresivamente. Llovía sobre mojado, pero daba igual. El acuerdo tácito entre los españoles y los gobernantes sobre la corrupción, la mentira y sus eufemismos (roba y engáñame, me da igual siempre que lo mío vaya mejor) se quebró con la crisis. Y lo que los partidos hacían antes por estrategia se convirtió en una huida hacia delante cuando la prosperidad se fue al garete. Ya no se trataba de ganar elecciones, sino de salvar el cuello; los mandamases, en pleno estado de pánico, ya no podían rectificar y tratar a los votantes como adultos. ¿Quién iba a creerlos? A ellos, que llevaban años tratándonos como a niños.

Naturalmente, la crisis abrió la puerta a nuevos populistas. El papel lo resiste todo, incluidas las longanizas imaginarias. Y, en todo caso, qué mejor camino que prometer venganza. Si te dicen que tienes derecho a vengarte, la primera consecuencia es que tu culpa se diluye. El culpable es otro y, como estás muy jodido, lo que antes comprabas con cierto cinismo, ahora lo comprarías cargado de razón. Los embusteros e irresponsables de siempre intentaron ponerse a la cabeza de la manifestación, incluso a empujones. Les costó, pero se hicieron hueco. Total, estamos hablando de expertos acreditados en el arte del embuste. En cuanto al precio, ¿a quién cojones le importa el precio? ¿A los que llevaban décadas comprando mentiras?

Este proceso de degradación, pese a todo, dejaba hueco a nuevos actores. Había (y hay) un número X de personas que estaban deseando que empezasen a tratarlas como a adultos. Gente capaz de entender la necesidad de medidas realistas, de admitir grises y matices, de comprender los límites y las inercias, de comprar la necesidad de paciencia para el éxito de políticas pensadas a largo plazo y de valorar las transacciones, los logros adquiridos y las instituciones. Este hueco se abría a derecha e izquierda. No hablo de modelos concretos, sino de una cierta actitud.

De hecho, ese hueco ya existía antes de la crisis. La crisis solo lo hizo más amplio y urgente. En 2006, en su congreso fundacional, Ciudadanos aprobó un ideario. Ese ideario, pese a sus defectos, es el documento más señero nacido en ese partido. Puesto que participé en su redacción y discusión, los editores de una revista digital, hoy desaparecida, me pidieron un artículo. Voy a recuperar una parte de lo que escribí:

«[El ideario] Afirma, antes que nada, que Ciudadanos quiere recuperar y actualizar los principios y valores del liberalismo progresista y el socialismo democrático. Es decir, recuperar la defensa de las libertades públicas, actualizadas en el hincapié en la defensa más intensa de la libertad de expresión y opinión; recuperar la idea de igualdad, actualizada al definirla como igualdad de oportunidades; recuperar la idea de fraternidad o solidaridad, actualizada como solidaridad entre ciudadanos y también entre estados.

Alguien puede preguntarse si la defensa de la libertad de expresión y opinión, como hito remarcado, supone realmente la actualización de la idea de libertad. Indudablemente, tal y como se expone, lo es. Hasta el punto de merecer un artículo en exclusiva, el artículo más brillante de todo nuestro ideario, el único que copiaré íntegro, que dice: “Cs defiende la libertad de pensamiento, es decir, el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros. Esto incluye la libertad de poner en cuestión las religiones, así como cualquier sistema de creencias, tanto religiosas como políticas, incluido el nacionalismo. Cs rechaza el miedo a la modernidad, el miedo a la libertad y el irracionalismo, y se reafirma en las ideas que inspiraron los grandes llamamientos colectivos de las revoluciones democráticas del siglo XVIII: libertad, igualdad y solidaridad, derechos humanos y búsqueda de la felicidad. De ahí que defienda el libre cuestionamiento, el diálogo abierto y la duda creativa, el juicio ponderado y la conciencia de los límites impuestos por la realidad”.

En esas pocas palabras hay un programa brutal y disolvente, como escribí en cierta ocasión al hablar de la Declaración de Independencia. Es un programa racionalmente consecuente con esas ideas en las que creían algunos varones blancos, que nunca pensaron en mujeres negras. Ésa es la fuerza de una gran idea. Se escapa al control del autor, invadiéndolo todo, permeando nuestra visión de las cosas. Los revolucionarios franceses y americanos creían en la libertad, pero hasta cierto punto. Unos adoraban la razón y la fraternidad y otros el sentido común y la felicidad, pero entre sus iguales no incluían a las mujeres o a los salvajes. Ni incluían tampoco su propia revolución. Por esa razón, de la miseria pudo surgir el socialismo científico, tan cercano en sus orígenes a esas revoluciones democráticas y tan desnaturalizado en su conclusión. Se había perdido de vista la felicidad del ciudadano y la libertad de opinión, en un error trágico. Volver, actualizándolas, a esas ideas, nos permite recordar el espíritu que las inspiraba: hombres que usaban su razón no acertaban a comprender por qué tenían que existir privilegios —contrarios al sentido común que afirma la igualdad de los hombres— que podían arruinar su felicidad y la de los suyos, castrándoles en lo más sagrado, su capacidad de analizar el mundo y obrar en consecuencia, libremente.

Los terribles y llenos de esperanza últimos doscientos años nos exigen esas afirmaciones: la libertad es sobre todo libertad para pensar. Para pensar distinto del otro, incluso para representarse un mundo completamente distinto del otro, aunque ese otro mundo sea un mundo de creencias. Y esa libertad, para ser una libertad también de los otros, tiene dos basas imprescindibles: la conciencia de los límites de la realidad y la afirmación positiva de la razón como vehículo del pensamiento político. Por desgracia se trata de una afirmación revolucionaria hoy. Esas ideas, locales en su origen, que maduran en un momento histórico, en una cultura relativamente homogénea, chocarán con la riqueza y complejidad del mundo. El éxito de Occidente las trasladará a todas partes, produciendo, a la vez, la contradictoria consecuencia de que la única sociedad que se plantea un modelo de conocimiento universal termine sosteniendo la igualdad de los valores de su cultura con los de otras que nunca asumieron con profundidad el pensamiento crítico. De la falsa superioridad intelectual de los estudiosos occidentales que renuncian al sentido común que inspiró y permitió sus métodos científicos se derivará, paradójicamente, el relativismo cultural. Por eso es revolucionario recordar, actualizándolo, el principio de libertad de pensamiento. Se puede pensar cualquier idea o conjunto de ideas. Por esa razón no se puede imponer un conjunto de ideas que niegue esa libertad, aunque ese conjunto de ideas se remonte a los albores de la humanidad. La acechanza del miedo a la libertad, unida a la muelle conservación de los privilegios, ha eclosionado en nuestras sociedades, manifestándose en una apatía en la defensa de nuestra libertad básica. Se oculta esa apatía bajo etiquetas vergonzantes como tolerancia o alianza de civilizaciones. Nosotros denunciamos esa apatía.

Las consecuencias de esa denuncia son, además, profundas. Creemos que la política activa de un partido no puede fundarse en los sentimientos o en las creencias, sino en lo objetivo y mensurable. Sólo así es posible el control ciudadano. Por esa razón, y porque la política activa no debe servir para la creación, mantenimiento o impulso de visiones sentimentales o mundos fantásticos como los que informan los nacionalismos o fundamentalismos religiosos.

Creemos que los derechos humanos solo tienen un titular: el ser humano, sin matices ni limitaciones de ningún tipo. No creemos en la prevalencia de la cultura o de imaginados derechos colectivos sobre el destino de los hombres. Por eso denunciamos la ambigüedad y el relativismo morales. Es insoslayable declarar que no hay razón o principio, por tradicional, añejo o querido que sea, que justifique el sufrimiento de las víctimas. Las víctimas no son números, son seres humanos individuales, dotados de razón y de derechos. Es la hora de afirmar, cueste lo que cueste, la primacía del ciudadano sobre la tribu.

Esa primacía se refleja en la ley.  Afirmamos el valor de la ley frente a la “voluntad” de la turbamulta. Una consecuencia de la llamada a la razón es reconocer la base biológica de nuestra conducta, nuestros miedos, nuestras reacciones incontroladas, el amor por la tribu, el miedo al diferente. Por esa razón se crean instituciones formales. Por esa razón se aprueban normas de contenido universal. Para protegernos de nuestros instintos, sobre todo cuando nuestro instinto se transmuta en instinto de la tribu. Expresamente, por esa razón, se afirma la primacía de la ley vigente frente a la violencia terrorista.

El corolario local de todo lo anterior es admitir que las instituciones que existen en nuestro país tienen un origen histórico, que no puede negarse para construir otro mítico, sobre todo cuando, con ello, sólo se termina despilfarrando las energías de todos, que deben dirigirse a aumentar las posibilidades de desarrollo de cada ciudadano. ¿Qué sentido tiene desmontar nuestra nación para la consecución de paraísos imaginados, cuando lo racional es preocuparse del bienestar de los individuos que la forman?

Son ideas para todos. Pero para llevarlas a la práctica es preciso asegurar además, materialmente, ciertas necesidades. Ahí se defiende de nuevo la aplicación de un programa racional. Frente a sistemas de ideas que parten de conjuntos de soluciones “a priori”, defendemos la necesidad de ajustar la respuesta de las instituciones a las soluciones más adecuadas, aunque se “salgan” del manual ideológico. Lo único indiscutible es la obligación de mantener ese sistema, sobre todo en sus aspectos más sensibles: educación, salud y subsistencia.»

Si Ciudadanos hubiera recordado su ideario, qué fácil habría sido distinguirlo de los partidos tradicionales y de los nuevos partidos populistas. Para ello tendría que haber sido fiel a estos principios flexibles. Si no totalmente fiel, sí lo bastante como para resultar reconocible.

El líder de un partido así podría haber sobresalido en el circo de ayer. De hecho, después de llevar años combatiendo la mentira, la corrupción y la debilidad de principios de los partidos de siempre, y de haber denunciado el programa vengativo y sectario de los nuevos trileros populistas de izquierdas, podría haber hecho exactamente lo mismo con el líder de un partido de ultraderecha, nacionalista y xenófobo, que ayer se hartó de mentir y acariciar los peores instintos de tantos españoles. Por cierto, algunos de esos españoles se llevaban las manos a la cabeza cuando los populistas de izquierdas vendían mierdas similares que solo se distinguen por el color del envoltorio. Qué cosas, ¿verdad?

No tuvimos esa suerte. Se perdió la ventana de oportunidad y volvemos a estar como siempre. Tenemos que escoger entre embusteros sin demasiados principios que solo se preocupan por decirnos lo que creen que queremos oír, o gente igual de mentirosa, pero que además está empeñada en reventar el sistema. Y me da igual si son cínicos irresponsables que creen que pueden parar y dar media vuelta, o iluminados que se creen de verdad sus delirios.

Los asesores y los que están todo el día analizando entrañas no estarán de acuerdo, por supuesto. Cómo se van a equivocar ellos. Total, el ideario es eso que se escribe para que nadie vuelva a leerlo nunca.

 

Malaherba

 

El viernes, cuando ya estaba para irme, recibí un sobre con un libro en su interior. Se trataba de Malaherba, la novela de Manuel Jabois. Yo casi no leo novelas. Cuando era niño, mi plato favorito era la merluza —sería pescadilla, pero mi madre la llamaba merluza— hervida con mayonesa. Tenía tendencia a las fiebres altas y eso me producía acetona. Ahora sé que la acetona no es una enfermedad, pero entonces, con ocho o diez años, no solo era una enfermedad, sino que era mi enfermedad. Y me ponía malísimo, tanto que aprendí a hacer dieta de verdad, como si fuera uno de esos que viven sobre una columna y buscan a Dios. Estábamos en el pueblo cuando, tras comer demasiada merluza con mayonesa, me puse tan malo que casi estuve tan malo como cuando jugué una final de Roland Garros con Orantes y los golpes de raqueta coincidían con los tictac de ese maldito despertador dorado. Desde entonces, bastaba el simple olor a pescadilla hervida para que la arcada viniera de visita. Décadas más tarde ya pude comerla. Yo creo que algo así me pasó con las novelas. Leí demasiado entre mis quince y mis veinticinco, y sobre todo leí demasiadas novelas y un día decidí que no podía tragar una más, así fuera Moby-Dick. En los últimos años, empiezo a soportar el olor a novela, así que imagino que me voy curando.

A veces me voy andando a casa y, no crean, la cosa tiene su miga porque tardo más de dos horas. Estos últimos meses me he dado ese paseo varias veces mientras escuchaba a testigos y a peritos. Por suerte, Marchena ya ha dicho que está todo visto para sentencia, así que me puse a andar, a leer y a escuchar, pero no a guardias civiles. Escogí la novena de Bruckner por ninguna razón particular, quizás solo porque es larga. Terminó a mitad de camino y pensé que hubiera sido interesante poderla escuchar al revés, pero la tecnología a veces se olvida de las cosas importantes, así que solo pude escucharla dos veces en la misma dirección.

A lo mejor le habría ido bien a la novela cualquier obra, pero ya se ha quedado con esta. Y, por duplicado. Malaherba dura dos novenas de Bruckner. Os contaré algo. Cuando vivíamos casi al lado del Retiro, se mudó al piso de enfrente un divorciado. Tenía con él a sus dos hijos, un niño y una niña, ya saben, los fines de semana alternos, la mitad de las vacaciones escolares y la mitad de los gastos extraordinarios. Su hija era pequeña, de la edad de la pequeña mía, como de seis años o así. Y no sabía bien qué hacer con ella. Un día le preguntó a mi mujer a qué podía jugar para entretenerla, que él jugaba a princesas y castillos, y mi mujer, con sorna, le dijo que yo jugaba con mis hijas a vampiros. Me tumbaba en la cama, haciéndome el no muerto, con los ojos cerrados y medios palillos en forma de colmillos, y dejaba que se acercasen, lentamente, avance y retroceso, hasta que casi notaba su aliento, abría de golpe los ojos y las perseguía por la casa. Creo que el consejo lo dejó más perplejo que otra cosa, pero qué sé yo de cómo hay que entretener a un puto crío. Cada cual hace lo que puede. Si se preguntan que a qué viene esto, yo qué sé. A lo mejor a nada.

El caso es que me leí Malaherba camino de casa. A falta de quince páginas. Lo he terminado hoy. Como no sé hacer reseñas literarias, género que me parece dificilísimo y que exige una dotación completísima de frases musicales, he pensado solo en explicarles a ustedes que lo leí casi de tirón. Al final, cuando llegaba a casa, era de noche; así que usé la linterna del móvil. Antes me bastaba con ir de farola en farola, entreviendo las palabras en la zona de penumbra, gracias a la luz que se va y a la que viene, pero mis ojos están viejos y se están vengando.

Yo casi no leo novelas, solo de arañas alienígenas o hitos de la literatura china y japonesa, por eso de cubrir un poco la ignorancia inexcusable, así que no estaría bien que recomendara a nadie que compre y lea la novela de Jabois. Solo quería explicar que la leí casi de tirón. Que la he terminado esta mañana, dando otro paseo, y que a lo mejor ustedes sí leen novelas, porque no tienen la puta desgracia de estar enfermos de acetona.

 

 

No te preocupes, querida, yo me ocupo de pagar el gallo que le debemos a Asclepio

 

In memoriam M.

Cuando a Sócrates le libran de los grilletes, el mismo día de su muerte, se le ocurre hacerse pasar por Esopo e inventar una fábula sobre el placer y el dolor. En ella, el dios, harto de la guerra que se traen, los convierte en siameses unidos por las coronillas; por eso, a poco que uno se presenta ya anuncia la aparición de su rival.

Lo cuenta Platón en un diálogo inmortal, por el asunto del que trata y porque resonará en el tiempo mientras haya hombres que revivan el último día en la vida de un hombre. Dice Fedón:

«Por esta razón no sentía en absoluto compasión, como parecería natural al asistir a un acontecimiento luctuoso, pero tampoco placer, como si estuviéramos entregados a la filosofía tal y como acostumbrábamos; y eso que la conversación era de este tipo. Sencillamente, había en mí un sentimiento extraño, una mezcla desacostumbrada de placer y de dolor, cuando pensaba que, de un momento a otro, aquél iba a morir. Y todos los presentes estábamos más o menos en un estado semejante: a veces reíamos y a veces llorábamos (…)»

También para mí es inmortal, pero no por su filosofía. Lo diré mejor: no por la filosofía. Critón tenía razón. Pregunta por el entierro. Le pregunta a Sócrates cómo quiere ser enterrado y entiende toda la conversación como un consuelo, para ellos y para el que se ha propuesto cumplir la ley, antes incluso de que el sol se ponga tras las montañas. No se convence de que el hombre con el que habla no sea aquel que verá cadáver y por eso quiere conocer sus instrucciones para su sepelio. Critón, que avaló a Sócrates ante los jueces, comprometiéndose con su promesa de que no abandonaría Atenas, se convierte en objeto de amable burla. Los amigos, ahora, deben avalar que Sócrates sí abandonará, bienaventurado, el mundo y que no es Sócrates el que será enterrado. Critón tenía razón, pero quién habría sido capaz de contradecir a Sócrates.

Todos lloraron y fueron reprendidos por Sócrates por llorar. Tampoco en esto tenía razón Sócrates, porque como confiesa Fedón, él no lloró por Sócrates, sino por él mismo, por su propia desventura.