La peligrosa derechista Cayetana Álvarez de Toledo

 

El País a lo suyo:

Yo tengo una opinión provisional sobre Cayetana Álvarez de Toledo. No interpreten esto mal, tengo una opinión provisional sobre todo el mundo. Si se trata de alguien vivo. O, para que me entiendan, creo que Tsevan Rabtan es un tipo majo y racional. De momento lo creo.

El caso es que he leído algunos artículos de Álvarez de Toledo y la he escuchado en algunas ocasiones, y me ha parecido alguien que piensa, alguien que sabe de algunas cosas y alguien que da explicaciones de sus opiniones. Esto facilita las cosas. Como escribe y habla de manera articulada, puedes coger sus opiniones y analizarlas. Analizar exige, por supuesto, hacer lo mismo: es decir, explicar por qué discrepas de tal o cual opinión, pero no con generalidades.

En todo caso, su discurso es marcadamente liberal. Un discurso que reclama expresamente los valores de la ilustración y la democracia.

Sin embargo, qué concluye El País:

«Quienes, dentro del PP, critican su nombramiento, dirigentes de distintos territorios y épocas, lo hacen no solo por el hecho de que Casado haya decidido presentar en Cataluña, la plaza más difícil para el partido, a una candidata de fuera, sino también porque la ubican en el ala más dura de la derecha. Álvarez de Toledo, patrona de la fundación de José María Aznar, FAES, fue diputada del PP entre 2008 y 2015, pero aireó sus discrepancias con Mariano Rajoy, al que consideraba blando con Cataluña y a quien acusaba de “déficit de política”. Desde su nombramiento ha continuado criticándole, aludiendo al “desistimiento” que, en su opinión, permitió que los independentistas ganaran terreno. Esas críticas a Rajoy tampoco han sentado nada bien en las filas del PP, partido que hasta hace nueve meses presidía el ahora criticado.»

Esto es muy divertido: «(…) la ubican en el ala más dura de la derecha». Y esto es fantástico: «Álvarez de Toledo, patrona de la fundación de José María Aznar, FAES (…)». Y la fuente, por supuesto, es la fuente de siempre: «los que, dentro del PP». Es decir, nadie. Nadie con nombre y apellidos que pueda ser interpelado, el viejo truco del periodismo patrio.

Esa conclusión sobre su naturaleza duramente derechista, sin embargo, es resultado de algunas afirmaciones. Veámoslas:

La primera: que el golpe secesionista catalán es más grave que el 23-F. Yo no estoy de acuerdo. Me parece más grave que unos espadones con mando en divisiones acorazadas invadan el Congreso, saquen pistolas y metralletas, y se dediquen a disparar mientras esperan a la autoridad militar, por supuesto. Pero Álvarez de Toledo no dice que el golpe secesionista sea grave y el 23-F no lo sea. Simplemente plantea la cuestión del apoyo popular, del golpe desde la autoridad política, del blanqueamiento de los líderes, de la naturaleza supremacista y alienadora del golpe, y del hecho precisamente de que se le haya quitado importancia. Yo, que no estoy de acuerdo con ella, sí creo que sus palabras tienen mérito: porque sirven para señalar a todos los que llevan años empeñados en que lo del año 2017 fue una fiesta de estudiantes borrachos y no una serie encadenada de episodios gravísimos.

La segunda, lo de la jactancia de no hablar catalán. Aquí tengo que poner el párrafo literal, para que vean un ejemplo más de la sutil manipulación habitual en El País:

“Han dicho que me jacto de no hablar catalán, qué estupidez. Yo no me jacto de hablar inglés, español o francés pero ellos [en alusión a los independentistas] sí se jactan de hablar catalán y dicen que el español es la lengua de las bestias salvajes y que tenemos una tara en nuestro ADN por hablarlo”.

¿Ven el párrafo entrecomillado? Sí, tiene comillas al principio y al final. Por tanto, la frase se supone que es literal. Ah, ingenuos. Es El País. Y en El País, a veces palabras interesantes desaparecen misteriosamente y lo que queda se convierte en otro animal.

Leído el párrafo entrecomillado, parece que Álvarez de Toledo responde que es estúpido que se diga que ella se jacta de no hablar catalán porque no presume tampoco de hablar inglés, español o francés.

Vean las palabras literales de Álvarez de Toledo. Vean a partir del 4’10”:

Y ahora voy a poner lo que sí dice literalmente, usando el párrafo entrecomillado de El País y completando lo que falta en mayúsculas:

“Han dicho que me jacto de no hablar catalán, qué estupidez ES ESA. NADIE PUEDE JACTARSE DE NO SABER ALGO. NI SIQUIERA DE SABER ALGO. Yo no me jacto de hablar ni español, ni inglés o francés MIS LENGUAS DE INFANCIA O PATERNA pero ellos [en alusión a los independentistas] sí se jactan de hablar catalán y HASTA TAL PUNTO SE JACTAN que dicen que el español es la lengua de las bestias salvajes. QUE PERSONAS COMO YO Y TANTOS DE VOSOTROS tenemos una tara en nuestro ADN por hablar ESPAÑOL. Y SON ELLOS LOS QUE Y QUIERO DECIRLO CON MUCHA SOLEMNIDAD LOS QUE PERVIERTEN Y EMPEQUEÑECEN EL CATALÁN CUANDO LO UTILIZAN Y LO CONVIERTEN EN INSTRUMENTO DE EXCLUSIÓN”.

Examinen las palabras suprimidas en esa cita «literal». Son palabras que curiosamente cambian el mensaje. Ya no es la pija que presume de hablar tres idiomas y afirma que por eso es estúpido jactarse de no hablar un cuarto. Es la persona que explica que jactarse de no saber algo es de estúpidos. Y lo es. Y que añade un «ni siquiera» para los que presumen de hablar su lengua materna o de infancia.

Vayamos a la tercera afirmación: que Pedro Sánchez tiene un proyecto franquista. ¿Por qué? «porque consiste, básicamente, en sacar a Franco del Valle de los Caídos». En fin, viendo la explicación que da, caben dos posibilidades: o Álvarez de Toledo es imbécil, o está haciendo una coña con la manía que le ha dado a Sánchez y a los suyos por los huesos del dictador muerto (adoración por las reliquias como fórmula para convertir a todos los que no son ellos en enemigos mediante magia simpática). Sospecho que la segunda posibilidad es la correcta y que cualquiera lo entendería, a poco que le dé dos vueltas.

Vayamos con la última. Que Pedro Sánchez es «peor que Vox». Hablan de una entrevista es esRadio. Pese a la erisipela que me produce Losantos, he escuchado la entrevista, que dura más de media hora. Es curioso que tanto tiempo se resuma en tres palabras. Poca chicha deben haber encontrado. En todo caso, yo no he escuchado la expresión tal cual, aunque admito que quizás se me haya pasado (y no voy a volver a escucharla entera). No importa, porque sí he escuchado a Álvarez de Toledo afirmar que Sánchez es más peligroso que Vox. Por ejemplo aquí. Escuchen, que no está mal:

De nuevo discrepo.

Para mí Vox es más peligroso que Sánchez. Sánchez es un irresponsable y un cínico. Un hombre alérgico a la verdad, que es capaz de cambiar de opinión las veces que haga falta, con un punto de resentimiento y aficionado a juegos peligrosos con gente peligrosa sobre asuntos de enorme trascendencia. Pero si miro lo que defiende el PSOE y lo que defiende Vox (en sus programas), me quedo con el PSOE sin dudarlo. Sin dudarlo ni un instante. Pienso que mucha gente que está harta del revanchismo, de las trolas y de los juegos peligrosos del PSOE es capaz de admitir a un partido populista de derechas con un tono similar al de partidos populistas de derechas que nos dan miedo y asco (Le Pen, Orban o Salvini) rebajando los síntomas que nos alarman y engrandeciendo aquellos que parecen hacerlos algo respetables. ¿Por qué? Por eso, por hartura. Que, en suma, están haciendo lo que tantos votantes del PSOE hicieron con Podemos cuando surgieron y defendían chaladuras populistas con tufo totalitario (como las de Vox). Gente que dice: no será para tanto; no podrán hacer nada; no tendrán mayoría; son los únicos que hablan de A o B.

Enorme error.

Pero, dicho esto, veamos qué ha dicho Cayetana Álvarez de Toledo de Vox y de Abascal:

«El martes pasado, el líder de Vox, Santiago Abascal, fue interrogado por un estúpido comentario del secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique. Abascal podría haber triturado el tuit de Echenique, denunciado su sectarismo y hasta su vileza. Pero no. Decidió coger un atajo. Sórdido:

(…).

A los que dicen que Vox y el Partido Popular son prácticamente intercambiables, matrioshkas hispánicas: ¿se imaginan una respuesta así del Aznar más alfa? Ya. ¿Y qué diferencia real hay entre el comentario de Abascal y los exabruptos xenófobos de Nuria Gispert contra Inés Arrimadas, a la que ha señalado ya tres veces el caminito a Jerez? Ah, que Arrimadas defiende la unidad de España y Echenique la ataca. ¿Pero desde cuándo las ideas determinan la ciudadanía? Y si lo hicieran, ¿adónde deportamos al vasco Otegi, al catalán Torra y al madrileño Iglesias? ¿O es que el DNI español de Echenique tiene una tara -bestial- de origen? Entonces el mío también. Y yo que me creía española. Incluso españolaza. Orgullosa de que en mi país la sucia clasificación de los ciudadanos por sexo, raza, religión, ideología o lugar de nacimiento fuera patrimonio exclusivo del nacionalismo separatista y la ultraizquierda identitaria. Se ve que ya no. A la sombra del proceso y de la cobardía real y presunta de los buenos, ha brotado un colectivismo dispuesto a segregar a los ciudadanos en el nombre de España. Todavía no se ha desmelenado: unos días se jacta de sus reuniones con Wilders y Le Pen; otros las oculta, balbuceante. Y en el manejo de la paranoia sigue siendo bisoño. Este maravilloso cruce de Abascal con Leyre Iglesias, ayer, en Crónica:

(…)

Los datos, en cuarentena; las sensaciones, desabrochadas; la conspiración, en marcha; las noticias, uf. Es una política basada en convicciones, ciertamente. (…) Desde el apaciguamiento del señor Cameron hasta las embestidas de la señora Clinton -y qué decir de Italia, Polonia, Austria, México y Brasil-, todas las estrategias de contención del populismo han fracasado, salvo la de Macron y ya veremos. (…) Estamos en pleno bandazo. Décadas de despótica ultracorrección política han estallado en una bacanal de incorrección ultra. Años de corrosivo identitarismo centrífugo han cebado un histérico identitarismo centrípeto. A las rancias mentiras del posmodernismo se contraponen ahora las mentiras recalentadas del neonacionalismo. Vuelvo a Vox. Sus 100 propuestas son un pastiche populista, votos para hoy y frustración para mañana. No hace falta que las lean. Basta esta promesa, tan bonita y barata, vistosa e inviable, como un unicornio de papel: «Transformar el Estado autonómico en un Estado de Derecho unitario, con un solo Gobierno y un solo Parlamento». O esta otra, puramente trumpiana en su enfática forma y quimérico fondo: «Levantar un muro infranqueable en Ceuta y Melilla».

Infranqueable: es un buen adjetivo, sí. Describe con precisión el carácter del muro que debería separar al PP de Vox y de todos los partidos que tratan a los ciudadanos «como si fueran insectos que se pueden clasificar» (G. Orwell, Anotaciones sobre el nacionalismo) o como párvulos a perpetuidad, seres no sujetos a las reglas de la realidad y la razón. ¡Oh, un muro! ¡Una línea roja! Nítida, como la que el PSOE debió trazar ante Podemos, por el bien de España y de sí mismo. Y a la vez seca, porque las formas también distinguen y porque para aspavientos ya están las ministras socialistas y La Sexta. Bastaría con que Casado afirmase una sola vez y con la solemnidad de un compromiso presidencial: yo soy un patriota, no un nacionalista; yo rechazo todas las formas de colectivismo porque atacan la libertad de los ciudadanos y su igualdad ante la ley; y yo sí digo a los españoles la verdad.

«¡Pero es que los españoles no quieren oír la verdad!». Vamos allá. Uno de los motivos del triunfo del populismo es el consenso en torno a la infalibilidad supra-papal de «la gente». Para todos los partidos, sin excepción, el votante es como el cliente: siempre tiene la razón. Todos sus sentimientos son legítimos. Todas sus decisiones están justificadas. Sus vísceras son sesos. Y así, de halago en halago, hasta el disparate final: el inmenso poder institucional de Podemos, el referéndum unilateral de independencia y la irrupción mediática de Vox.

Los españoles que el domingo pasado llenaron Vistalegre son gente normal -faltaba más-, pero no tienen razón en jalear lo que jalearon. El PP de Pablo Casado no es el de Mariano Rajoy. La solución al golpismo no es sumarse a la liquidación de la mejor Constitución de la Historia de España. El modelo autonómico no es incompatible con la bajada de impuestos o el aumento de las pensiones. La inmigración ilegal es para España un grave desafío técnico, no una amenaza existencial. Rechazar las cuotas sexuales para el Congreso y luego promover las cuotas étnicas o lingüísticas para la inmigración es peor que una incoherencia: puro pujolismo. La Europa del cuarteto de Visegrado no es un avance político, sino una «contrarrevolución cultural», como reconoce el propio Kaczynski. Y desde luego no es lo mismo decir «viva España» que «la España viva».

Puedo imaginar la réplica: «Ya, ya, pero los simpatizantes de Vox son patriotas cabreados». Muchos sí. Y Casado debería interpelarlos directamente, como un buen líder y no como una mala madre. Animar a cada uno de ellos a preguntarse como un adulto ante el espejo: ¿cuáles son los motivos concretos de mi cabreo? ¿Son todos igualmente justos? ¿Y tienen solución? ¿Cuál, exactamente? Los que no son nacionalistas ni ignorantes ni racistas contestarían con sentido. Y asumirían su responsabilidad, que es máxima. Superior al de las flácidas élites que encarna el empresario Rosell. Los votantes son dueños de la soberanía nacional y, por tanto, de la libertad, paz y prosperidad de la nación. Deberían aprender de Torcuato Fernández-Miranda, que explicó así el éxito de la Reforma Política: «De la olla hirviente del corazón vivo pueden surgir nieblas que turben a la cabeza. Por eso hay que tener embridado el corazón, sujeto y en su sitio». No podemos imitar la frivolidad de los que patean el tablero con un gesto Pantene/Podemos, la misma coleta: porque yo lo valgo, porque tengo derecho, porque los de enfrente son peores, porque sí. ¿Significa esto resignarse a la «derechita cobarde» o a la «veleta naranja»? Al contrario. Supone mantener intacto el nivel de exigencia. Con todos. No perdonar a un Casado lo que censuramos a una Soraya. No aceptar de un Rivera lo que nos irrita de un Sánchez. Pero tampoco aplaudir de un Abascal lo que deploramos de un Torra.

La identidad es una palabra peligrosa, escribió Tony Judt en sus memorias. Hoy vuelve a ser una realidad letal ante la que hay que aguantar la posición. Sólo los que, frente al sokatira identitario, defienden la supremacía del individuo merecen respeto y apoyo. Quizá pierdan algún voto a corto plazo. Pero habrán conservado algo mucho más decisivo en la permanente batalla de la civilización contra los reaccionarios de todo signo: lo que los argentinos, incluso los nacionalizados españoles, llamamos la rasón

Sí, he copiado muchos trozos del artículo. Las negritas son mías. Para que vean las hostias que daba Dª Cayetana a Vox hace nada.

¿En el ala más dura de la derecha?

Eso querríais, amigos de El País. Para no tener que hacer una caricatura tan grotesca de ella.

 

 

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Emociones simples

 

Año 2019. Un periodista escribe esto:

Curioso. Es emocionante que, en un país con educación obligatoria hasta los dieciséis años y con una población universitaria enorme, la número uno en selectividad sea alguien con un perfil que podría salir al azar de un bombo con todos los que se examinaban con alta probabilidad.

Lo inusual sería que la número uno fuese hija de uno de los cien más ricos de España (y no solo por improbabilidad estadística, sino porque es muy posible que no se presente a selectividad) o de un futbolista de primera división o de un presentador famoso de la tele.

Pero ¿la hija de un camionero? ¿En 2019? Yo tengo 53 años. Conozco a gente de más edad, de paupérrimo origen, que ya en los setenta estudió, sacó calificaciones brillantísimas y luego estudio en la universidad. En los ochenta, esto ya ni llamaba la atención. Muchos de mis compañeros de curso (yo terminé en el 82), cursaron estudios universitarios. Y nuestro colegio estaba en Usera, en uno de los barrios más humildes de la ciudad. Dos de  las personas de mi edad más notables que he conocido fueron, una la hija de un guardabosques, que sacó notarías en dos años en 1990, otra, la hija de una mujer que limpiaba escaleras, que terminó derecho en la Complutense con veintitrés matrículas de honor y que hoy gana mucho dinero en una multinacional.

Lo más gracioso es que, en realidad, en los 80 y 90, esto era más habitual. En aquella época prácticamente todos éramos hijos de personas sin estudios universitarios. Mi padre también empezó como camionero y terminó teniendo una pequeña empresa de transportes. Mi padre estudió hasta los catorce años, aunque presumía de las conjugaciones de latín que aún recordaba, y mi madre apenas sabía leer y escribir.

Sin embargo, en las clases de mis hijas en institutos públicos, abundaban los padres con carrera universitaria. No todos, claro, pero sí bastantes. Normal, nosotros somos sus padres.

En fin, quizás a Évole le emocionen las cosas normales, como un huevo frito, un atardecer, que un número de cinco dígitos sea premio gordo o que la hija de alguien en España sea inteligente y trabajadora.

 

Parecer para terminar siendo

 

En un par de días comienza un juicio en el Tribunal Supremo que va a ocupar mucho tiempo en las noticias y en las discusiones, y que, probablemente, termine hastiando a mucha gente. Una buena manera de evitar tan desagradable consecuencia es tener claro qué es y qué no es un juicio, incluso este.

Para empezar, en un juicio se dirige la acción penal contra alguien. Las categorías y definiciones políticas, sociológicas y éticas sobran. No importa si lo que pasó en 2017 fue un golpe de Estado o no, porque no se acusa de eso. No importa si hay algún argumento que no sea jurídico para justificar la aprobación de las «leyes» de desconexión y la celebración de un «referéndum». Tampoco importa lo que sientan o deseen millones de catalanes y de españoles sobre su pertenencia a Cataluña y/o a España, y a lo que se deba decidir en el futuro y quién lo deba decidir.

El juicio tampoco es una ocasión para castigar al «movimiento» secesionista. No se juzga a millones. Tampoco sirve para salvar a España, salvo en un sentido abstracto y periférico: en el de que solo sobreviven los Estados en los que se cumple la ley y funcionan las instituciones. Pero esto último, además, incluye necesariamente la posibilidad de una absolución. Las leyes democráticas están tan relacionadas con el mantenimiento y ejercicio de los derechos individuales que exigir la condena para la supervivencia de la república —y no porque sea lo que proceda conforme a Derecho— es una forma de degradarla.

La defensa del Estado constitucional pasa por el cumplimiento de todas las leyes. No solo de las penales. Siete jueces en un juicio público, con garantías, con contradicción y audiencia, con ejercicio del derecho de defensa, basado en condenas por hechos probados típicos conforme a una descripción legal taxativa, eso nos defiende a todos de la arbitrariedad del poder. Nada menos debemos exigir.

La monedad tiene otra cara. En este juicio no se juzga a España, ni a nuestras leyes, ni a nuestras instituciones, salvo, de nuevo, de una forma abstracta y periférica: en el sentido de que nuestras instituciones son dignas solo si sirven al fin para el que las creamos. El Tribunal Supremo no fue creado para defender a España o a su unidad como fines sin contenido. Esos fines, constitucionalmente sancionados, solo se comprenden rectamente si hacemos referencia a eso que proclama el preámbulo de la Constitución: la justicia, la libertad y la seguridad; la promoción del bien de cuantos la integran; la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo; el Estado de Derecho como garantía del imperio de la ley como expresión de la voluntad popular; la protección de todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos; la protección de nuestra cultura y de su progreso, de nuestras tradiciones, lenguas e instituciones; la promoción del bienestar para asegurar la dignidad de las personas y la democracia; la búsqueda de la paz y de la cooperación con los demás pueblos de la Tierra.

España es una democracia razonable y un lugar en el que los derechos fundamentales no están en cuestión, por más que todo sea mejorable. Pretender juzgar a España en este juicio —de ahí la farsa de los observadores— es simplemente una forma torpe —aunque es quizás el único camino que les queda a algunos— de desviar la atención. Al igual que un juicio legítimo no sirve para la venganza, tampoco debe admitirse su utilización para engordar el argumentario político de los que llevan muchos años intentando vender una imagen falsa de lo que somos y así provocar las condiciones que puedan servir a sus estúpidos fines. Prefieren la degradación de todos hoy para la consecución futura de su fin milenario y religioso, para la venida de su dios. Por eso —y porque hacer otra cosa nos convertiría en lo mismo que son ellos— no debemos caer en la trampa.

Frente a todo lo que no es, recordemos lo que sí es un juicio. Un juicio solo merece ese nombre si se trata a los juzgados con dignidad y respeto. Un juicio es parcial. No trata sobre todo, sino sobre una parcela muy concreta de la realidad y conforme a unas definiciones técnicas. Si se amplía su objeto más allá de sus limites lo contaminamos. En un juicio, son las acusaciones las que tienen que probar que los acusados realizaron algo que es definido como delito en las leyes vigentes y que lo hicieron a sabiendas —o al menos asumiendo que el resultado definido en la ley y ocasionado por su conducta era probable—. En un juicio, la acusación tiene que probar más allá de una cierta frontera, porque si duda, solo cabe la absolución. Las únicas consecuencias posibles de un juicio son las previstas en la ley: otra cosa es tiranía.

En un juicio, los acusados tienen derecho a probar aquello que excluye el delito, o su participación, o que les exonera de responsabilidad o la atenúa. En un juicio no se presume el delito, sino que los hechos objeto de acusación han de quedar acreditados hasta el punto de que esa acreditación permita construir una narración de la realidad suficientemente completa como para atribuir consecuencias personales muy gravosas. No se puede enviar a la cárcel a alguien simplemente porque no nos guste, porque nos parezca dañino, porque defienda algo que nos repugna o porque haya sido un irresponsable.

Un  juicio debe ser, en suma, algo muy serio. No es un plató de televisión. Ni siquiera un parlamento. No es un lugar para ejercer la libertad de expresión, entendida en un sentido amplio. Es uno de esos pocos lugares lleno de reglas en los que la forma es inescindible de su fin natural.

La única manera sensata de enfrentarse a un juicio como el que viene, en mi opinión, es asumir de verdad, internamente, todo lo anterior y creer que todos los acusados son inocentes, que el Estado considera que han podido cometer un crimen, que el Estado puede y debe exponer por qué, intentando probarlo a la vista de todos, conforme a las reglas de la razón y con pleno respeto a los ciudadanos juzgados, y que los acusados tienen derecho a negarlo, a no colaborar con el Estado sin sufrir consecuencia alguna, a probar todo lo que venga al caso y les sirva de descargo, y a exigir de los jueces que sean imparciales y solo les castiguen si, sin duda de ningún tipo, son autores de una conducta tan reprochable y tan dañina como para que nuestros representantes las hayan convertido en delito. Asumir todo esto y desechar el resto como ruido.

Alguien me dirá: «qué exageración; a algo así, y como desiderátum, solo están obligados los jueces».

Ah, pero qué lugar más excelente y civilizado sería aquel en el que la mayoría de los ciudadanos se enfrentase a un proceso penal con la actitud exigible a los jueces. Qué lugar más habitable.

Así, aunque fuera por unos pocos días, podríamos disimular y hacer como que somos. Para ver si de tanto disimular, empezamos a serlo de verdad.

 

Claro. Porque nos acordamos.

 

Esta estupenda tribuna de Óscar Monsalvo —ojalá publique muchas más en El Mundo— creo que, sin embargo, minusvalora el problema que plantea Arkaitz Rodríguez, que puede tratarse en sus justos términos (por cierto, Óscar comete un error. Afirma: «Es decir, si alguien de la izquierda abertzale hubiera realizado un disparo por motivaciones políticas»; lo que pasa es que lo contrario de lo sucedido no es eso: lo contrario sería que alguien desconocido disparase contra la casa de, por ejemplo, Arkaitz Rodríguez). Yo creo saber a qué se refiere. Viene a decir que, si ese disparo se hubiera realizado contra la casa de alguien al que no le guste la gente como él, hoy muchas personas estarían hablando de terrorismo y de que vuelve ETA —o de que nunca se ha ido—. Como bien dice Óscar, los planteamientos imaginarios padecen de la debilidad de la libertad. Al analizar hechos, nuestras invenciones —o nuestra libertad para interpretar, venga, seamos positivos— se encuentran más restringidas. Cuando lo que analizamos es lo que hemos imaginado antes, podemos invertir el proceso: primero imaginamos el discurso y luego, ya con las conclusiones, inventamos los presupuestos que nos convengan. Pero, ¿por qué no jugar al juego que propone Rodríguez? Yo no tengo problema en intentarlo y hasta en darle la razón. Si hubiera sido al revés, puede que se hubiera producido esa asimetría que insinúa.

Lo divertido es que no se pregunte por qué. Exacto, esa reacción habría sido consecuencia de que los españoles aún recordamos lo que fue ETA y lo que ha sido Arkaitz Rodríguez. Y sabemos que una invitación a cenar de Hannibal el caníbal no es igual a una invitación a cenar de tu abuelita.

Lo recordamos aún y espero que sigamos recordándolo gracias a personas como Óscar Monsalvo.

Que no, que no es porque seamos más fuertes

He leído varios artículos en los que, para justificar el tratamiento penal desigual entre hombres y mujeres en materia de violencia doméstica, se alude a la diferencia entre el físico de hombres y mujeres. Por ejemplo, lo dice ayer mi querido Jorge Bustos:

«Lo adulto sería reconocer, con el derecho clásico y el TC, que tratar como iguales a los que son diferentes comporta una injusticia. Que la desigualdad física entre varones y hembras aconseja un reequilibrio legal tan antiguo como la civilización. »

Es un error.

En primer lugar, porque la desigualdad física, si desemboca en consecuencias diferentes, será penada de forma diferente, ya que la pena depende de su gravedad. Es decir, si los hombres agreden «más fuerte» y hacen más daño, serán castigados con más dureza, pero por ese dato objetivo, no porque sean hombres. Para que se entienda bien: el artículo 147.1 del Código Penal, por ejemplo, castiga ciertas lesiones (las que requieren para su curación más de una asistencia facultativa). La ley, para castigar, concede al juez bastante margen discrecional (la pena de prisión prevista va de tres meses a tres años), para lo que el juez ha de considerar las circunstancias concretas del caso. El propio Código contiene una serie de circunstancias que permiten que la pena sea aún más grave (de dos años a cinco años de prisión). Por ejemplo, el tipo de objetos utilizados (que sean especialmente peligrosos, como un cuchillo), el ensañamiento, la alevosía, que la víctima sea menor de doce años o con discapacidad, o que sea especialmente vulnerable y conviva con el autor. Todas ellas (que han de atender al resultado producido o al riesgo concurrente) son muy lógicas, ya que el desvalor de la conducta aumenta y supongo que no es preciso explicar por qué en cada caso. Pero es que hay una más: que la víctima sea la esposa o la pareja del autor. Si la víctima es el marido o pareja de la autora, no concurre ese posible agravamiento. Como pueden observar, el agravamiento no es consecuencia de que el hecho sea más grave, de que haya existido más violencia, de que la víctima sea más vulnerable (¡ya existía ese supuesto!), de que concurra alevosía o ensañamiento, o de que se utilizase un medio más peligroso, con el riesgo que esto supone para la salud y la vida. No, la conducta se considera más grave porque el autor es el marido o la pareja de la víctima aunque sea idéntica a otra en la que es la mujer la agresora. Y esta agravación no se produce si la víctima no es mujer o pareja del autor hombre, por lo que es obvio que no depende de la desigualdad física.

Pero tampoco hay que elucubrar. Veamos que dijo el Tribunal Constitucional en una de las sentencias que dictó sobre este tema:

«(…) no resulta reprochable el entendimiento legislativo referente a que una agresión supone un daño mayor en la víctima cuando el agresor actúa conforme a una pauta cultural —la desigualdad en el ámbito de la pareja— generadora de gravísimos daños a sus víctimas y dota así consciente y objetivamente a su comportamiento de un efecto añadido a los propios del uso de la violencia en otro contexto. Por ello, cabe considerar que esta inserción supone una mayor lesividad para la víctima: de un lado, para su seguridad, con la disminución de las expectativas futuras de indemnidad, con el temor a ser de nuevo agredida; de otro, para su libertad, para la libre conformación de su voluntad, porque la consolidación de la discriminación agresiva del varón hacia la mujer en el ámbito de la pareja añade un efecto intimidatorio a la conducta, que restringe las posibilidades de actuación libre de la víctima; y además para su dignidad, en cuanto negadora de su igual condición de persona y en tanto que hace más perceptible ante la sociedad un menosprecio que la identifica con un grupo menospreciado. No resulta irrazonable entender, en suma, que en la agresión del varón hacia la mujer que es o fue su pareja se ve peculiarmente dañada la libertad de ésta; se ve intensificado su sometimiento a la voluntad del agresor y se ve peculiarmente dañada su dignidad, en cuanto persona agredida al amparo de una arraigada estructura desigualitaria que la considera como inferior, como ser con menores competencias, capacidades y derechos a los que cualquier persona merece (…)»

¿Ven ustedes en lo anterior alguna referencia a la desigualdad física? No, no hay ninguna referencia.

En realidad, la cuestión es más simple. El legislador (con el aval del Tribunal Constitucional) dice que cualquier agresión de un hombre a su pareja (o expareja) femenina es peor porque todas las agresiones de hombres a mujeres en tal circunstancia son resultado de una pauta cultural universal. Si esto se hubiera incluido como agravante (es decir, que hubiera de ser alegado y probado) podría admitirse. Y podría considerarse que una agresión de este tipo fuese castigada más gravemente, en la medida en que incluye una mayor lesividad, un mayor efecto intimidatorio y un atentado superior a la dignidad de la víctima. Pero no se incluyó como agravante: se presumió en todo caso. Tan aberrante es esto, que el propio tribunal tuvo que admitir que ese desvalor no existiría si se probase que la agresión no se inserta en esa pauta cultural.

Es decir, el autor ha de probar que no concurre algo que agrava su conducta.

Justo lo contrario de lo que habíamos dicho siempre que era civilizado: que el Estado probase que concurría algo que agravaba la pena para poder castigar más duramente.

Claro está: esa prueba es más fácil si él es magistrado y ella notario.

 

Chistes

 

El Gobierno va a solicitar que al menos un fiscal analice un vídeo de un humorista porque en él «desea» la muerte del presidente Sánchez. Desea de manera un tanto enrevesada, utilizando a un niño sobrado de peso al que se le mueren personajes favoritos. O el niño tiene mala suerte o goza de poderes sobrehumanos —como un X-men, su afecto mata a distancia—. También puede que el género sea otro, no el de superhéroes, sino el fantástico, y se cuente una historia de satánico nepotismo: existen los Reyes Magos, se dedican no al bien, sino al mal, el humorista lo sabe y el niño es un enchufado.

Frente a estas alternativas, se alza otra más prosaica: el humorista no desea realmente la muerte de nadie, los personajes favoritos del niño son Bob esponja y su abuelo, y los Reyes Magos son personajes de ficción (en cualquiera de sus versiones, como agentes satánicos o como intermediarios de la industria juguetera). Es decir, a lo mejor el humorista estaba intentando contar un chiste.

A esto va a dedicar su tiempo un fiscal, dentro de su horario laboral. Porque se lo ha pedido el Gobierno, mientras un montón de dirigentes socialistas hablan de líneas rojas.

Aunque, quién sabe, quizás todo sea un chiste del Gobierno y no lo hayamos pillado.

 

* * * * *

 

Por lo visto, ha generado un enorme revuelo este artículo publicado en JotDown por un tal Manuel de Lorenzo. La indignación se ha mostrado especialmente entre los habitantes de la recóndita Asturias.

Siento ser yo el que tenga que revelar el engaño, ya que a veces se ha publicado en ese revista alguno de mis artículos; pero alguien ha de hacerlo: Manuel de Lorenzo no existe.

 

Fachas paradigmáticos

Vean este tuit y escuchen el audio:

Hay dos interpretaciones posibles de lo que dice Ortega Smith:

En una, el tipo no solo es un psicópata, sino un especie de extraterrestre imbécil. Alguien que cree que se puede fusilar en una cuneta a enemigos, con amor. Esta opción nos describe a Ortega como  un fascista rarísimo. Un fascista dadaísta. Un fascista con un discurso de escritura automática. O un imbécil con una imbecilidad imposible.

Hay otra interpretación en la que Ortega, cuando dice «con amor», se refiere al recuerdo de hechos tristes por medio de una cruz. La cruz, con amor, recuerda un crimen, algo que no debió suceder.

Escuchen ahora el audio pensando en que pueda estar diciendo esto.

¿A qué interpretación se han apuntado un montón de personas? Exacto. A la primera.

Por ejemplo:

Luego, todos estos premios Nobel se extrañarán de las consecuencias.

Una comparación chunga

 

Hoy, mi querido Manuel Jabois, ha escrito esto

Hay comparaciones chungas y esta es una de ellas. Los proetarras no condenaban todas las violencias, sino que se negaban a condenar los crímenes de ETA porque estaban de acuerdo con ellos. Si Vox dice que un asesinato de un marido a manos de su esposa es igual al asesinato de una esposa a manos de su marido lo que afirma es tan robusto que Manuel va a tener difícil rebatirlo.

Para que se me entienda mejor, dos consideraciones:

La primera, a mí los asesinatos de ETA me parecían muy mal, como es natural. Los asesinatos por el terrorismo de Estado (sí, para mí lo fue), me parecían peor. ETA era una basura, pero me da mucho más miedo un Estado que mata que esos hijosdeputa, por organizados que estuvieran. Creo que ninguna persona de bien habría tenido problemas en condenar el asesinato de un guardia civil a manos de los etarras y condenar después el de Lasa y Zabala, a manos de un guardia civil. Vean que a los asesinados por un guardia civil les pongo apellidos de memoria. Es fácil, ETA mató a centenares de guardias civiles y muy pocos se acuerdan de sus nombres.

La segunda consideración: para comprobar si afinas moralmente con una comparación, nada mejor que intentar averiguar si se sostiene.

No hay crimen de ETA condenado por los proetarras mientras ETA actuaba. Condenados sin peros. Condenados diciendo ETA asesina. Vean que el cocinilla Otegi no se atrevió a condenar el terrorismo ni siquiera en esos últimos juicios en los que se le acusaba de cosas feas, a pesar de que, según nos cuentan, ya estaba «promoviendo» la paz. Para los etarras y sus amiguitos, los crímenes de ETA eran consecuencia del conflicto, un resultado no deseado de una violencia política nacida de la ausencia de democracia y de libertad. Sí, amigos, hemos estado comiendo esa asquerosa basura durante décadas. Y hasta había quien les compraba parte del discurso fuera de la secta.

Ahora vean esto: es lo que decía VOX en julio de 2016 sobre las decisiones que se estaban adoptando en el Congreso de los Diputados en materia de violencia doméstica. Díganme dónde dice Vox que los asesinatos de mujeres sean consecuencia de los asesinatos de hombres u otras víctimas vulnerables. Exacto, en ninguna parte. De hecho, dicen:

«Desde VOX estamos radicalmente en contra de este Pacto de Estado que no va a
erradicar la violencia que pretende combatir»

«1º El hecho de ampliar los supuestos de una violencia específica a todo caso de
violencia de los hombres contra las mujeres, aumenta la desigualdad jurídica entre
ciudadanos (…)»

«2º Las medidas extraordinarias de tratamiento de posibles víctimas de este tipo de
violencia, (…)»

«Los recursos asignados a erradicar esta violencia se malgastan en casos
instrumentales dejando desprotegidas a las mujeres en verdadera situación de
maltrato.»

«4º La ingente inversión en la última década de fondos públicos contra este tipo de
violencia no ha mejorado la situación, por lo que es evidente que se aplican medidas
ineficaces. La violencia contra la mujer en el ámbito de la pareja se ha incrementado o
disminuido aleatoriamente cada año al margen de la inversión pública destinada a
combatirla. El abordaje del problema ha de hacerse analizando, sin prejuicios
ideológicos, las causa.»

«5º La intromisión en los centros educativos de una ideología que criminaliza al
varón acusándolo de maltratador por su sexo y que olvida otras violencias, lejos de
facilitar el respeto entre los sexos, dificulta las relaciones de los menores, invisibiliza
otras víctimas de violencia y crea nuevas situaciones de injusticia.»

Como es evidente, te podrá gustar o no lo que proponen en esta materia y sus análisis, pero ¿dónde dice Vox que no hay asesinatos de mujeres y que no deban castigarse? ¿Dónde justifica Vox esos asesinatos hablando de legítima defensa —eso es «las violencias»—?

¿Dónde ha pedido Vox la amnistía para los asesinos de mujeres? ¿Dónde ha homenajeado Vox a un asesino de mujeres que sale de prisión con algún bailecito de mierda y aplausos de sus vecinos?

Exacto, en ninguna parte.

De hecho, es facilísimo para Manuel Jabois, que es periodista, demostrar su tesis: que le pregunte a cualquier dirigente de Vox si condena el último asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja y si apoya que el tipo se pudra en la cárcel.

 

NOTA: Me escribe Manuel y responde lo que viene a continuación:

Querido Tse, no sé si no encuentro la manera de dejar comentarios en tu blog o es que los has quitado, no me aclaro.

Como sabes, no suelo contestar desde hace años a las entradas de tu blog Las cuatroesquinas de Jabois. Primero porque me resulta difícil seguir el ritmo y, segundo,  porque he comprendido, después de leernos tanto, que hay ironías, figuras literarias o esquemas extremadamente sencillos que o bien no detectas o, simplemente, acaban convirtiéndose en algo más complejo de lo que son, otorgándome un talento oculto que no tengo: contestas la sandez del sabio que no soy en lugar de la ironía del chistoso por el que sí paso.

Otras veces me has dado en los morros y aprendo, que es como mejor se aprende, a golpes; te lo agradezco. Esas veces son por datos que yo desconocía; las otras, en las que te me pierdes, es por el sentido que tú le das a mis frases y el sentido que le doy yo. Ninguno es el caso de hoy, creo, así que van unas líneas.

Como sabes, el 95% de los condenados por violencia en la pareja son hombres. Además, prácticamente el 100% de los agresores sexuales son hombres. Observo una constante; llámalo algo estructural, llámalo tendencia. Cuando Vox dice que hay que suprimir las leyes de violencia de género y sustituirlas por una ley de violencia intrafamiliar que considere igual de víctimas a mujeres y hombres, sin distinción de género, yo digo en la radio que eso es apartar el foco de un problema y disolverlo al modo en que los proetarras, efectivamente, no querían condenar a ETA sino “a todas las violencias” para no tener que señalar la gravedad de una violencia concreta. Puedes estar de acuerdo o no, y podemos discrepar en que cada crimen pese más o menos, que discrepamos.

¿Pero es tan difícil de entender la comparación? Pues mira tu respuesta:

Como es evidente, te podrá gustar o no lo que proponen en esta materia y sus análisis, pero ¿dónde dice Vox que no hay asesinatos de mujeres y que no deban castigarse? ¿Dónde justifica Vox esos asesinatos hablando de legítima defensa —eso es «las violencias»—?

¿Dónde ha pedido Vox la amnistía para los asesinos de mujeres? ¿Dónde ha homenajeado Vox a un asesino de mujeres que sale de prisión con algún bailecito de mierda y aplausos de sus vecinos?

Exacto, en ninguna parte.

De hecho, es facilísimo para Manuel Jabois, que es periodista, demostrar su tesis: que le pregunte a cualquier dirigente de Vox si condena el último asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja y si apoya que el tipo se pudra en la cárcel.

Me preguntas dónde dice y pide Vox todo eso y respondes que en ninguna parte. Ahora te pregunto dónde digo yo todo eso que atribuyo a Vox: exacto, en ninguna parte.

Para mí, como periodista, hubiera sido facilísimo demostrar una tesis que no expongo. Para ti, como abogado, hubiera sido mucho más fácil no construir un hombre de paja que no cabe por la puerta de un juzgado.

El abrazo y la admiración de siempre, y felices fiestas, si sigues en ellas.

M.

 

Una trola

 

Leo esto:

El 3/12/2018 se publicó en Libre Mercado un resumen del «programa» de Vox para Andalucía (al parecer es un extracto de un documento de cinco folios que no he logrado encontrar tal cual). Dentro del programa se incluye esto:

«- Derogar leyes con un marcado carácter ideológico o que atenten contra la libertad de pensamiento y la igualdad. Estas leyes son:

  • Ley 13/2007, de 26 de noviembre, de medidas de prevención y protección integral contra la violencia de género. Esta ley parte de una interpretación ideologizada de la violencia intrafamiliar, basada en premisas de “guerra de sexos” y de criminalización del varón. También vulnera el principio constitucional de no discriminación por razón de sexo. Se propone sustituirla por una ley de Violencia Doméstica que no discrimine al varón y atienda por igual a todas las formas de violencia intrafamiliar.
  • Ley de Derechos LGTB“andaluza (Ley 8/2017, de 28 de diciembre, para garantizar los derechos, la igualdad de trato y no discriminación de las personas LGTBI y sus familiares en Andalucía). Suprimir las subvenciones a asociaciones claramente ideologizadas (feministas radicales, LGTBI).
  • Ley de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía” (Ley 2/2017 de 28 de marzo). Esta ley impone, de forma totalitaria, una “versión oficial” muy sesgada de la historia andaluza en el periodo 1931-75, interfiriendo en la libertad de pensamiento, de expresión, de investigación y de cátedra»

Como puede observarse, todas esas leyes son leyes andaluzas. En ninguna de ellas, por supuesto, se contiene ninguna definición sobre delitos y penas, ya que esa materia está reservada al Estado y debe regularse por ley orgánica. Si no me creen, pueden echar un vistazo a la ley y ver de qué trata.

Así que, también por definición, lo que pide Vox para Andalucía no puede ser lo que pedía Cs para toda España, ya que Cs se refería a algo que solo puede aprobarse en las Cortes. Por cierto, he buscado esa propuesta en el enlace de El Diario en 2015 al programa de Ciudadanos y no la encuentro. Sospecho que se debió modificar (o el periódico mentía entonces). Si se modificó, es lamentable. Los partidos deberían conservar sus programas electorales íntegros, aunque luego cambien de opinión.

Cuestión distinta es lo que plantea Vox para toda España:

70. Derogación ley de violencia de género y de toda norma que discrimine a un sexo
de otro. En su lugar, promulgar una ley de violencia intrafamiliar que proteja por
igual a ancianos, hombres, mujeres y niños. Supresión de organismos feministas
radicales subvencionados, persecución efectiva de denuncias falsas. Protección del
menor en los procesos de divorcio.

Esto, que podría hacer si tiene mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados (o la logra con los votos de otros partidos) tampoco es lo que aparece en esa noticia de El Diario, ya que Cs solo hablaba de la asimetría penal.

En todo caso, el tuit, tal cual, es una trola.

Sin novedad, por otra parte.