Parte de situación (4)

 

Tengo una vista señalada para el próximo lunes en un juzgado de la Comunidad de Madrid. Me remite mi procuradora un escrito presentado por la parte contraria en el que se pide suspensión como consecuencia del coronavirus.

El correo añade el siguiente comentario: nos ha dicho el juez que lo pidamos nosotros también.

Así estamos. Todos improvisando PORQUE LAS PUTAS AUTORIDADES NO ADOPTAN LA DECISIÓN DE SUSPENDER TODA LA ACTIVIDAD JUDICIAL SALVO EN CAUSAS CON PRESO O EN LAS QUE SE HAGA PRECISO ADOPTAR MEDIDAS URGENTES QUE NO ADMITAN LA MÍNIMA DEMORA. Sin necesidad de justificación y a decisión de jueces y letrados de la Administración de Justicia.

Por cierto, se trata de un procedimiento de familia iniciado hace DOS AÑOS Y MEDIO. ¿En serio creen que pasa algo por añadir al lamentable retraso acumulado un poco más?

Parte de situación (2)

Muchas empresas están implantando medidas de anuncio de que están implantando medidas de teletrabajo.

Gracias, pero las medidas consisten en implantar el teletrabajo para que sus clientes estén atendidos, no en llenar los buzones de correos de sus clientes con correos absurdos que explican lo «concernidos» que están por la crisis del coronavirus.

Por favor, no repitan el error de nuestros gobernantes de vender campañas de autopromoción como si esto fuese un servicio a sus clientes.

No por nada, es que no creo que el personal muy receptivo.

Ánimo.

Crónica de actualidad

 

(…)  tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. (…) Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. (…)  Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. (…)
De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. (…) Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. (…)  Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. (…) Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas?

 

Parte de situación (1)

 

* He leído a mucha gente hablar de que, ahora que estamos afectados por una pandemia, los liberales han abandonado sus posiciones y se han convertido todos en partidarios del Estado totalitario. No quiero insultar a nadie, pero la peña que está diciendo eso —la mayoría con un perfil político muy marcado— lo que está demostrando es que no tienen ni puta idea de lo que han escrito los autores de las corrientes mayoritarias del liberalismo durante los últimos siglos sobre el Estado y sus funciones.

* Hay mucha gente intentando salvar su culo y el procedimiento es buscar un culpable y ponerse a la cabeza de los linchadores a ver si no nos damos cuenta. Por desgracia, se cumplirá la máxima de que el honesto que admite un error está más expuesto que ese impresentable paradigmático que menciono en la oración anterior. Intenten tener esto presente.

* Ahora algunos países están adoptando medidas drásticas, pese a no contar con un número alto de infectados. Y muchas personas dicen «¡¿Ves?!». Siempre nos olvidamos de que los errores de los primeros son información con la que cuentan los segundos. A veces para excederse. Y nos olvidamos de que no todos los países y las sociedades son iguales. Lo que vale para A no tiene por qué valer para B. Lo que puede hacerse en A quizás no pueda hacerse —con un coste equiparable— en B.

* Algunos han criticado a Merkel por crear alarma. Yo diría que, viendo el comportamiento de tanta gente, algo de alarma nos viene bien.

Ánimo.

Humildemente, recuerdo algunas virtudes

 

Ya saben que de siempre soy muy aficionado a los momentos históricos chungos. Son muy útiles como prueba de estrés y, por eso, nos muestran de qué somos capaces. En lo bueno y en lo malo.

No sé dónde nos llevará este que nos está tocando, pero ni en el peor de los escenarios que veo por ahí circulando se acercará a estar cerca del top de las catástrofes de la humanidad. Objetivamente. Sucede, sin embargo, que hemos mejorado mucho. Vivimos muchos más años y mucho mejor. Con mayor calidad en todos los sentidos que se nos puedan ocurrir. En todo el mundo. Ya no hay agujeros negros. Eso es lo que dicen los datos de manera indiscutible y nos hemos ido acostumbrando. Por eso somos más débiles psicológicamente y toleramos menos la frustración. Convertimos cualquier contratiempo antes cotidiano en una tragedia y nos quedamos sin adjetivos cuando las auténticas tragedias aparecen.

Como la historia nos confirma como una especie cabrona y resistente, quizás sea el momento de recordar algunas virtudes y actuar conforme a ellas.

Por ejemplo:

1.- No estaría de más cierto estoicismo. Muchos van (vamos) a enfermar y algunos se (nos) irán al otro barrio. Asumámoslo.

2.- También cierto escepticismo. No confiemos demasiado en que los gobernantes den con una clave rápida. Seguramente están tan confundidos como nosotros mismos y desbordados por los acontecimientos, aunque intenten disimular. De hecho, puesto que viven de echar la culpa a otros y de soltar trolas, algo así los sitúa en el peor de sus parajes imaginados: saben que su mercadotecnia habitual esta vez no servirá y alguno terminará con su cabeza clavada en una pica en mitad de una plaza. Hagamos algo inimaginable: premiemos a los políticos que empiecen a, al menos, aparentar que actúan responsablemente, incluso con riesgo para sus carreras. Quizás si premiamos la apariencia, sus conductas se ajusten realmente a lo que necesitamos.

3.- Seamos racionales. No confiemos en los políticos, pero sí en el sistema. El sistema no son los que gobiernan. Nuestras sociedades son muy complejas y están repletas de gente que sabe hacer su trabajo. Ahora mismo está funcionando a todo tren para encontrar una solución y esta llegará. Tendremos una vacuna, tendremos tratamientos. Con un coste económico y humano, pero llegarán.

4.- Qué decir de la prudencia. Facilitemos el funcionamiento del sistema. Hagamos caso de las recomendaciones y de las instrucciones. No demos bola a los bulos y bulo puede ser cualquier cosa. Como es obvio, hablo de la gente que actúa de buena fe, que ya sabemos que siempre hay un porcentaje de hijos de puta que por interés o por maldad quieren que todo reviente. En todo caso, si no sabe de lo que habla, cállese. Esto es más serio que el festival de Eurovisión.

5.- Y qué decir de la responsabilidad. De hecho, las reglas de conducta en las que hay acuerdo son bastante sencillas en esta ocasión. No hace falta estudiar un máster. Nos dicen los expertos que podemos minimizar la velocidad del contagio con un poco de disciplina personal. Las sociedades en las que la mayoría de la gente actúa con una cierta ética personal terminan desarrollando una ética colectiva que hace más difícil que prosperen el tramposo y el irresponsable. Buen momento para recordarlo.

6.- Fortaleza, amigos. Dejemos de lado la histeria y las quejas por gilipolleces. Y ahora empiezan a ser gilipolleces muchas cosas que eran legítimamente importantes hace una semana. No se queje, amigo, por no poder viajar, por tener que cuidar de sus hijos o de sus personas mayores, por perder dinero en su negocio. No dé la murga con paridas cuando estamos hablando de la vida de muchas personas y del colapso de nuestro sistema sanitario. Si todo va bien, pronto podrá volver a su rutina, incluida la rutina de quejarse por todo. Evitemos el ruido innecesario y el pánico.

Y no se me ocurre nada más.

 

Santa Bárbara. Claro.

En momentos de crisis es cuando se aprecia la importancia de ciertos valores personales. No me refiero a la responsabilidad individual, de la que tanto se está hablando. Esa, por supuesto. Este año y todos.

Me refiero a la importancia de la verdad. Cuando las certezas empiezan a desaparecer las personas buscan instintivamente alguien en quien creer. Alguien no solo capaz, sino en el que confiar.

El problema es que nuestra sociedad, en tiempos normales, ha premiado el ascenso de líderes que han hecho del embuste su modo de trabajar. Gente que no tiene problema alguno en faltar a su palabra de manera escandalosa. Tanto que sus cálculos se basan no en no ser detectados (es imposible que haya gente que no sepa, por ejemplo, que Sánchez es un embustero patológico, alérgico a la verdad y sin ética personal) sino en que se les perdonaría. Que la gente preferiría a su embustero antes que castigarlo.

Pero, por mucho que perdones a tu embustero en tiempos normales ¿lo quieres al mando cuando recuerdas por necesidad que la honestidad existe? 

La culpa es nuestra. Hemos transigido y perdonado tanto que hemos terminado encumbrando al cínico perfecto. Le hemos dado las claves bancarias a un estafador. Hablamos de responsabilidad estos días. Asumamos esta también. 

 

Bobo autodefinido

 

No voy a escribir nada sobre el coronavirus. Carezco de conocimientos mínimos sobre epidemiología y enfermedades infecciosas y no tengo ni la más remota idea de si las medidas que se están adoptando aquí o allá son razonables o no, considerando que esta cuestión afecta a la vida y a la salud de la gente y a otras cuestiones de enorme impacto (como la paralización económica con todas sus consecuencias colaterales que, por cierto, también tienen que ver, a medio y largo plazo, con la vida y la salud de la gente).

Pero, como he visto esto, si me gustaría decir algo. Bueno, ya lo digo en el título.

 

No se puede poner, señor encuestador. Está muerto.

 

Este titular.

«Las mujeres viven más pero pasan 20 años con mala salud»

Esto es lo que dice El País:

«Las mujeres viven más tiempo que los hombres —86,2 frente a 80,7—, pero pasan más años con peor salud. En concreto, ellas pasan dos décadas con un mal estado de salud, mientras que ellos solo 14 años.»

Y, claro, de ahí deduce que hay también en esto una brecha de género, pese a que …

«Las mujeres viven más tiempo que los hombres —86,2 frente a 80,7— (…)»

Empecemos por lo más inmediato: esos 5,5 años en los que, de media, las mujeres están vivas y los hombres muertos, ¿cómo los han contado si es que los han contado? Quicir, ¿si estás muerto, tienes una salud de pena o una salud cojonuda porque no puedes enfermar? ¿Hay que sumar a los «solo» 14 años de mala salud de ellos los 5,5 años de muertos o no? Porque si hay que sumarlos, uno podría sostener que estar muerto es la peor forma de estar enfermo y debe puntuar bastante en la tabla del mal estado de salud.

Ya les aclaro yo. He mirado el informe de 2019 del que hablan y dice esto:

«La majoria de les persones declaren que es troben bé de salut. No obstant això,
convé fixar-se que les dones sempre declaren tenir pitjor salut. A mesura que
augmenta l’edat, es redueix la percepció de bona salut i en els grups de més edat
la diferència entre homes i dones és encara més marcada (figura 2). En
comparació amb els homes, hi ha menys dones que declaren tenir benestar
emocional (68,9% de les dones enfront del 79,2% dels homes). Com a
conseqüència, malgrat que les dones viuen més anys que els homes, també en
viuen més amb pitjor percepció de salut que ells. Els homes viuen en mala salut
14,1 anys i les dones 20,1 anys.»

¿Notan la pequeña diferencia entre el estudio y la noticia?

Exacto. La clave de esa cifra de 14 años frente a 20 es que se trata de UNA AUTOPERCEPCIÓN. Vamos, de lo que declara la gente sobre sí misma. No de datos objetivos referidos a todo tipo de patologías (a todas, eh) de los que pudiera extraerse esa conclusión.

Algo más, visto lo visto, y puesto que se trata de lo que declara la gente y salvo que los autores del informe de salud en Cataluña hayan usado un ouija para hablar con los hombres muertos, parece obvio que en esos 20 años con bienestar emocional pachucho incluyen esos 5,5 años de más que viven ellas, que siguen contestando encuestas, y no incluyen los de ellos, porque, ahí va, están completamente muertos.

Naturalmente, la cuestión sobre la autopercepción de la salud es interesantísima. Y los datos europeos demuestran un patrón (con excepciones). Las mujeres manifiestan tener en general más dolores y peor estado de salud que los hombres. Pero, para plantearse esto en serio, tenemos que preguntarnos por las causas de este fenómeno y si esta autopercepción es compatible con los datos objetivos (si es que esto se puede medir). Porque la causa puede tener que ver con el sexo, la edad, el nivel de ingresos o de estudios, el desempleo, el tipo de enfermedades prevalentes o con la proyección sobre el tipo de actividad y hábitos futuros (por ejemplo). Incluso con el propio éxito del país en la esperanza de vida. De hecho, hay mucha literatura científica sobre esta cuestión. Y que estudiar esta cuestión y sus causas puede servir para mejorar la vida de las personas (incluidos su salud psicológica y su bienestar emocional).

Eso sí, en esa literatura se habla de autopercepción (y no de estado de salud) porque, pásmense, esta es una cuestión enormemente subjetiva. Pregunten a cualquier especialista médico sobre el dolor, por ejemplo, y sobre cómo se mide. Y les resaltará su enorme subjetividad. Con idéntica patología, alguien puede manifestar sufrir un dolor espantoso y otro uno tolerable. Y no se trata de que las personas mientan.

Lo que no parece muy discutible es que la esperanza de vida mide bastante bien y de forma objetiva la salud general. Y que los hombres y las mujeres de Níger tienen peor salud que los hombres y mujeres de España. Especialmente de los 60 a los 85 años.

Es lo que tiene estar muerto. Que dejas de tener autopercepciones.

 

La mano del genio

 

Hace unos años escribí una entrada, que llamé Reforma y tradición, sobre el coral luterano. Si les parece bien, les ruego la relean, antes de seguir.

Pensé que, dado el carácter protagónico de Lutero en la historia de esta forma musical, utilizar Ein’ feste Burg, el número uno en el hit parade de la reforma, al comienzo y cierre de la entrada, estaría bien, y así lo hice.

Pero se me ha ocurrido una forma de completar aquella entrada que enlaza con la importancia del coral luterano como cajón de melodías simples, reconocibles y disponibles.

Hay un coral, Oh Lamm Gottes, unschuldig, atribuido a Nikolaus Decius, un monje discípulo de Lutero, que inicialmente fue utilizado como la versión reformista del agnus dei —el texto comienza oh, inocente, cordero de Dios— hasta que, expulsado de tan noble lugar por otro coral, este de Lutero, terminó cobijado en la música para la pasión.

Este es el coral de Decius.

Esta es la armonización de Bach en su BWV 401:

Como pueden observar, se trata de un coral arquetípico. Una melodía de perfil consonante, con ritmos sencillos, sin grandes saltos, fácil de cantar y recordar. Una melodía adaptada a un texto que será cantado por la comunidad en un acto de naturaleza litúrgico y que, por tanto, ha de ser comprensible sin esfuerzo.

Bach utilizó esta misma música en dos preludios corales, pero no es en ellos en donde quiero detenerme.

La Pasión según san Mateo, una de las obras cumbre de la música de todos los tiempos, se abre con un coro que se vuelve inolvidable con escucharlo una sola vez: Kommt, ihr Töchter. El texto es de Picander —seudónimo del más afamado libretista de Bach— y nos muestra, ya desde el inicio, a Cristo como el cordero que será sacrificado. El propio texto se articula como un diálogo, con preguntas y respuestas. Por ejemplo, nada más empezar:

Kommt, ihr Töchter, helft mir klagen,
Sehet – Wen? – den Bräutigam,
Seht ihn – Wie? – als wie ein Lamm!

Venid, hijas, ayudadme a lamentarme.
¡Mirad! ¿A quién? Al prometido.
¡Miradlo! ¿Cómo? Como un cordero

Recuerden que la Pasión se crea para una ceremonia religiosa que se efectúa en una iglesia en una fecha especialmente señalada. Tras un comienzo de una potencia expresiva apabullante —con un pedal que se extiende durante los primeros cinco compases y sobre el que Bach construye la inolvidable melodía en 12 por 8— era inevitable que un fiel luterano se identificase inmediatamente con las palabras que empezaba a escuchar y las interiorizase, situándose como protagonista de unos hechos que conocía perfectamente. Bach, al modo de un buen Hitchcock, no utiliza, como los malos directores un acorde que nos asusta antes del asesinato, sino que crea la tensión mostrando desde el primer momento el crimen que se anticipa y haciendo partícipe al espectador.

Para lograr un efecto más intenso de interpelación, ordena que sean dos los coros: el segundo es el que pregunta. El primero contesta.

Sin embargo, la auténtica vuelta de tuerca para el abrumado fiel, que debió ser similar a una electrocución, se produce cuando, a quemarropa, Bach introduce un tercer coro formado solo por sopranos in ripieno que cantan desde la galería del órgano, casi desde el cielo, una melodía que ese mismo fiel desprevenido conoce perfectamente: el coral de Decius.

Esa melodía sencilla y familiar, con notas sostenidas que ocupan partes enteras del compás, al surgir en un magma musical enormemente dramático, se transforma en algo completamente diferente, en un chorro de luz. El efecto debió ser como el del transparente de la Catedral de Toledo o del óculo del Panteón, cuando se despeja el cielo y el Sol aparece. Desde ese momento, a modo de cantus firmus, se repite, una y otra vez, degradando, desde las alturas y una inmovilidad casi atemporal, el drama humano en un episodio telúrico.

Bach escribió la música para ese tercer coro en tinta roja, la situó justo en el centro y no añadió el texto. No era necesario.

Ahora, si les apetece, disfruten de esta obra maestra absoluta.

 

Un análisis objetivo y sosegado de la situación actual

 

The “Red Death” had long devastated the country. No pestilence had ever been so fatal, or so hideous. Blood was its Avator and its seal—the redness and the horror of blood. There were sharp pains, and sudden dizziness, and then profuse bleeding at the pores, with dissolution. The scarlet stains upon the body and especially upon the face of the victim, were the pest ban which shut him out from the aid and from the sympathy of his fellow-men. And the whole seizure, progress and termination of the disease, were the incidents of half an hour.

But the Prince Prospero was happy and dauntless and sagacious. When his dominions were half depopulated, he summoned to his presence a thousand hale and light-hearted friends from among the knights and dames of his court, and with these retired to the deep seclusion of one of his castellated abbeys. This was an extensive and magnificent structure, the creation of the prince’s own eccentric yet august taste. A strong and lofty wall girdled it in. This wall had gates of iron. The courtiers, having entered, brought furnaces and massy hammers and welded the bolts. They resolved to leave means neither of ingress or egress to the sudden impulses of despair or of frenzy from within. The abbey was amply provisioned. With such precautions the courtiers might bid defiance to contagion. The external world could take care of itself. In the meantime it was folly to grieve, or to think. The prince had provided all the appliances of pleasure. There were buffoons, there were improvisatori, there were ballet-dancers, there were musicians, there was Beauty, there was wine. All these and security were within. Without was the “Red Death”.

It was toward the close of the fifth or sixth month of his seclusion, and while the pestilence raged most furiously abroad, that the Prince Prospero entertained his thousand friends at a masked ball of the most unusual magnificence.

It was a voluptuous scene, that masquerade. But first let me tell of the rooms in which it was held. There were seven—an imperial suite. In many palaces, however, such suites form a long and straight vista, while the folding doors slide back nearly to the walls on either hand, so that the view of the whole extent is scarcely impeded. Here the case was very different; as might have been expected from the duke’s love of the bizarre. The apartments were so irregularly disposed that the vision embraced but little more than one at a time. There was a sharp turn at every twenty or thirty yards, and at each turn a novel effect. To the right and left, in the middle of each wall, a tall and narrow Gothic window looked out upon a closed corridor which pursued the windings of the suite. These windows were of stained glass whose color varied in accordance with the prevailing hue of the decorations of the chamber into which it opened. That at the eastern extremity was hung, for example in blue—and vividly blue were its windows. The second chamber was purple in its ornaments and tapestries, and here the panes were purple. The third was green throughout, and so were the casements. The fourth was furnished and lighted with orange—the fifth with white—the sixth with violet. The seventh apartment was closely shrouded in black velvet tapestries that hung all over the ceiling and down the walls, falling in heavy folds upon a carpet of the same material and hue. But in this chamber only, the color of the windows failed to correspond with the decorations. The panes here were scarlet—a deep blood color. Now in no one of the seven apartments was there any lamp or candelabrum, amid the profusion of golden ornaments that lay scattered to and fro or depended from the roof. There was no light of any kind emanating from lamp or candle within the suite of chambers. But in the corridors that followed the suite, there stood, opposite to each window, a heavy tripod, bearing a brazier of fire, that projected its rays through the tinted glass and so glaringly illumined the room. And thus were produced a multitude of gaudy and fantastic appearances. But in the western or black chamber the effect of the fire-light that streamed upon the dark hangings through the blood-tinted panes, was ghastly in the extreme, and produced so wild a look upon the countenances of those who entered, that there were few of the company bold enough to set foot within its precincts at all.

It was in this apartment, also, that there stood against the western wall, a gigantic clock of ebony. Its pendulum swung to and fro with a dull, heavy, monotonous clang; and when the minute-hand made the circuit of the face, and the hour was to be stricken, there came from the brazen lungs of the clock a sound which was clear and loud and deep and exceedingly musical, but of so peculiar a note and emphasis that, at each lapse of an hour, the musicians of the orchestra were constrained to pause, momentarily, in their performance, to harken to the sound; and thus the waltzers perforce ceased their evolutions; and there was a brief disconcert of the whole gay company; and, while the chimes of the clock yet rang, it was observed that the giddiest grew pale, and the more aged and sedate passed their hands over their brows as if in confused revery or meditation. But when the echoes had fully ceased, a light laughter at once pervaded the assembly; the musicians looked at each other and smiled as if at their own nervousness and folly, and made whispering vows, each to the other, that the next chiming of the clock should produce in them no similar emotion; and then, after the lapse of sixty minutes, (which embrace three thousand and six hundred seconds of the Time that flies,) there came yet another chiming of the clock, and then were the same disconcert and tremulousness and meditation as before.

But, in spite of these things, it was a gay and magnificent revel. The tastes of the duke were peculiar. He had a fine eye for colors and effects. He disregarded the decora of mere fashion. His plans were bold and fiery, and his conceptions glowed with barbaric lustre. There are some who would have thought him mad. His followers felt that he was not. It was necessary to hear and see and touch him to be sure that he was not.

He had directed, in great part, the moveable embellishments of the seven chambers, upon occasion of this great fete; and it was his own guiding taste which had given character to the masqueraders. Be sure they were grotesque. There were much glare and glitter and piquancy and phantasm—much of what has been since seen in “Hernani.” There were arabesque figures with unsuited limbs and appointments. There were delirious fancies such as the madman fashions. There were much of the beautiful, much of the wanton, much of the bizarre, something of the terrible, and not a little of that which might have excited disgust. To and fro in the seven chambers there stalked, in fact, a multitude of dreams. And these—the dreams—writhed in, and about, taking hue from the rooms, and causing the wild music of the orchestra to seem as the echo of their steps. And, anon, there strikes the ebony clock which stands in the hall of the velvet. And then, for a moment, all is still, and all is silent save the voice of the clock. The dreams are stiff-frozen as they stand. But the echoes of the chime die away—they have endured but an instant—and a light, half-subdued laughter floats after them as they depart. And now again the music swells, and the dreams live, and writhe to and fro more merrily than ever, taking hue from the many tinted windows through which stream the rays from the tripods. But to the chamber which lies most westwardly of the seven, there are now none of the maskers who venture; for the night is waning away; and there flows a ruddier light through the blood-colored panes; and the blackness of the sable drapery appals; and to him whose foot falls upon the sable carpet, there comes from the near clock of ebony a muffled peal more solemnly emphatic than any which reaches their ears who indulge in the more remote gaieties of the other apartments.

But these other apartments were densely crowded, and in them beat feverishly the heart of life. And the revel went whirlingly on, until at length there commenced the sounding of midnight upon the clock. And then the music ceased, as I have told; and the evolutions of the waltzers were quieted; and there was an uneasy cessation of all things as before. But now there were twelve strokes to be sounded by the bell of the clock; and thus it happened, perhaps that more of thought crept, with more of time, into the meditations of the thoughtful among those who revelled. And thus too, it happened, perhaps, that before the last echoes of the last chime had utterly sunk into silence, there were many individuals in the crowd who had found leisure to become aware of the presence of a masked figure which had arrested the attention of no single individual before. And the rumor of this new presence having spread itself whisperingly around, there arose at length from the whole company a buzz, or murmur, expressive of disapprobation and surprise—then, finally, of terror, of horror, and of disgust.

In an assembly of phantasms such as I have painted, it may well be supposed that no ordinary appearance could have excited such sensation. In truth the masquerade license of the night was nearly unlimited; but the figure in question had out-Heroded Herod, and gone beyond the bounds of even the prince’s indefinite decorum. There are chords in the hearts of the most reckless which cannot be touched without emotion. Even with the utterly lost, to whom life and death are equally jests, there are matters of which no jest can be made. The whole company, indeed, seemed now deeply to feel that in the costume and bearing of the stranger neither wit nor propriety existed. The figure was tall and gaunt, and shrouded from head to foot in the habiliments of the grave. The mask which concealed the visage was made so nearly to resemble the countenance of a stiffened corpse that the closest scrutiny must have had difficulty in detecting the cheat. And yet all this might have been endured, if not approved, by the mad revellers around. But the mummer had gone so far as to assume the type of the Red Death. His vesture was dabbled in blood—and his broad brow, with all the features of the face, was besprinkled with the scarlet horror.

When the eyes of Prince Prospero fell upon this spectral image (which with a slow and solemn movement, as if more fully to sustain its role, stalked to and fro among the waltzers) he was seen to be convulsed, in the first moment with a strong shudder either of terror or distaste; but, in the next, his brow reddened with rage.

“Who dares?” he demanded hoarsely of the courtiers who stood near him—“who dares insult us with this blasphemous mockery? Seize him and unmask him—that we may know whom we have to hang at sunrise, from the battlements!”

It was in the eastern or blue chamber in which stood the Prince Prospero as he uttered these words. They rang throughout seven rooms loudly and clearly—for the prince was a bold and robust man, and the music had become hushed at the waving of his hand.

It was in the blue room where stood the prince, with a group of pale courtiers by his side. At first, as he spoke, there was a slight rushing movement of this group in the direction of the intruder, who, at the moment was also near at hand, and now, with deliberate and stately step, made closer approach to the speaker. But from a certain nameless awe with which the mad assumptions of the mummer had inspired the whole party, there were found none who put forth hand to seize him; so that, unimpeded, he passed within a yard of the prince’s person; and, while the vast assembly, as if with one impulse, shrank from the centres of the rooms to the walls, he made his way uninterruptedly, but with the same solemn and measured step which had distinguished him from the first, through the blue chamber to the purple—through the purple to the green—through the green to the orange—through this again to the white—and even thence to the violet, ere a decided movement had been made to arrest him. It was then, however, that the Prince Prospero, maddening with rage and the shame of his own momentary cowardice, rushed hurriedly through the six chambers, while none followed him on account of a deadly terror that had seized upon all. He bore aloft a drawn dagger, and had approached, in rapid impetuosity, to with-in three or four feet of the retreating figure, when the latter, having attained the extremity of the velvet apartment, turned suddenly and confronted his pursuer. There was a sharp cry—and the dagger dropped gleaming upon the sable carpet, upon which, instantly afterwards, fell prostrate in death the Prince Prospero. Then, summoning the wild courage of despair, a throng of the revellers at once threw themselves into the black apartment, and, seizing the mummer, whose tall figure stood erect and motionless within the shadow of the ebony clock, gasped in unutterable horror at finding the grave cerements and corpse-like mask which they handled with so violent a rudeness, untenanted by any tangible form.

And now was acknowledged the presence of the Red Death. He had come like a thief in the night. And one by one dropped the revellers in the blood-bedewed halls of their revel, and died each in the despairing posture of his fall. And the life of the ebony clock went out with that of the last of the gay. And the flames of the tripods expired. And Darkness and Decay and the Red Death held illimitable dominion over all.