Lo único que nos distinguirá

A lo largo de mi vida he visto cómo, recurrentemente, todo lo bueno, lo estable, lo civilizado está a punto de desaparecer. No, no lo he visto. Lo he escuchado. Amigos cenizos que me aseguraban que el fin de los tiempos estaba cerca y que vivíamos una era bajoimperial. Siempre veían a los bárbaros asomar por alguna esquina. Las suyas eran vidas de colonos cercados por los indios. Puede que fuera simple dispepsia, pero entiéndanlo, esto acaba afectándole a uno, por optimista que sea. La amenaza de la hecatombe nuclear se ha transmutado en la inminente invasión de millones de musulmanes locos que tienen más cojones que nosotros, aderezado con americanos e ingleses alternativos, chinos enamorados del vil metal y  europeos a punto de fallecer en una orgía transalgo ahogados en su vómito.

Quién sabe. Quizás tengan razón. El romano Sidonio Apolinar, yerno del emperador Avito nació en un imperio todavía vigoroso. Fue lo que eran los elegidos de su época: funcionario con Mayoriano y Antemio, y luego obispo en Auvernia. Allí, en su villa, conversaba también con los difuntos, contemplando su biblioteca. Allí apoyó la alianza con los visigodos en los cincuenta, empezó a dudar en los sesenta sobre la quinta columna bárbara y despreció en los setenta a los funcionarios que venían de la cada vez más lejana Roma, acusándolos de cobardía al regalar Auvernia para conservar Provenza (la que perderían poco después). Casi rendido, en los ochenta, rodeado por los visigodos de Eurico, que pronto tomarían su ciudad, volvió a escribir una de sus cartas. Hoy, dieciséis siglos después, Sidonio es el difunto que nos habla del fin de los tiempos: cuando todo se desvanece, la única prueba de nobleza que sobrevive es el conocimiento de las letras, escribió.

Sus cartas han quedado. Eurico es solo un nombre: quien lo conoce lo conoce porque conoce las letras. Y la alta cultura se ríe.

 

Yo ya lo dije

 

Leo en El País esto:

Frente a la afirmación de Trillo de que las únicas quejas recibidas antes del siniestro se referían a incomodidades o retrasos, el dictamen subraya la importancia del informe secreto del Centro de Inteligencia y Seguridad del Ejército (CISET) que, el 28 de abril de 2003, casi un mes antes del accidente, advertía: “Se están corriendo altos riesgos al transportar personal en aviones de carga fletados en países de la antigua URSS, su mantenimiento es como mínimo muy dudoso”.

Defensa intentó descalificar este informe alegando que su autor no tenía “ningún conocimiento en seguridad aeronáutica o mantenimiento de aeronaves”, pero el Consejo de Estado replica que esa advertencia era suficiente para desencadenar “una comprobación o verificación” de su denuncia. “Desgraciadamente los hechos se encargaron de demostrar que sus valoraciones no estaban alejadas de la realidad, cualquiera que sea la opinión sobre los conocimientos del autor”, se lamenta.

No voy a opinar sobre el asunto concreto del que habla la noticia, ya que no he podido leer el informe completo. Lo traigo porque me llamó mucho la atención ayer y porque hoy mismo, al leer cierta deposición en la que alguien se encontraba muy orgulloso de una predicción, volví a pensar en esa afirmación tan dudosa: “los hechos se encargaron de demostrar”.

La mayoría de ustedes conocerá la falacia Post hoc ergo propter hoc: que algo siga a algo no implica que este algo sea causa de aquello. Esta falacia perniciosísima —sobre todo por ser difícilmente atacable— es la fuente de constantes estafas, engaños y errores. Es la causa fundamental, por ejemplo, del prestigio e influencia de pseudociencias y de falsos métodos de curación. También lo es del prestigio e influencia —estos normalmente más transitorios— de tipos que han acertado. No usaré la expresión, tipos con suerte, por no caer en esa misma falacia. Cuando se trata de predecir el futuro (no toda su complejidad, basta con algún hecho más o menos discreto) siempre, entre toda la maraña de personas que se dedican a tan antiquísima labor, habrá gente que acierte. Incluso habrá personas que acierten varias veces. Ni siquiera hablo de manipulación, aunque esta es posible. Cuenta John Allen Paulos en una de sus obras (disculpen, no recuerdo exactamente en cual) una de esas posibles estafas: alguien escoge a 10.000 posibles inversores y envía a la mitad de ellos una carta prediciendo que cierto valor va a subir en bolsa y a la otra mitad les dice lo contrario. Si el valor sube, envía una segunda carta, solo a la primera mitad de ellos, dividiéndolos en dos grupos y de nuevo prediciendo la subida y la bajada de cierto valor bursátil. Suba o baje, selecciona a los 2.500 adecuados y continúa el proceso. Cuando ha repetido, por ejemplo, seis veces la jugada, 156 posibles inversores han visto cómo el tipo acierte siempre. En ese momento, les pide dinero.

Esta manipulación es posible también con los opinadores: ¿quién se ocupa de hacer un inventario de todo lo que alguien publica para contrastar su grado de acierto? Casi nadie, y además esos inventarios suelen perderse entre el ruido. Y, si el tipo es hábil, siempre dará altavoz a sus aciertos y casi nunca (salvo que tratemos con alguien especialmente honesto) recordará sus errores. Sobre todo si puede exhibir algún acierto especialmente “espectacular”. Vuelvo atrás: un acierto “espectacular” no es prueba de nada. Entre los millones de opiniones y predicciones que se efectúan la probabilidad de que “alguien” (casi al azar) acierte suele ser muy alta. Recuerden: a alguien le toca la lotería. ¿Convierte, ese acierto, a esa persona en alguien que realiza juicios especialmente bien encaminados, que maneja información mejor o que cuenta con alguna suerte de intuición avanzada? En absoluto. Personalmente, yo sospecharía. Una solución aberrante me parece sospechosa precisamente porque puede ser síntoma de una mente que no razona bien, que no maneja buena información o que se ve afectada por esa enfermedad del discurso llamada disonancia cognitiva. La opinión “media” de los expertos suele ser la correcta. Es posible que esa media sea simple acomodo. De vez en cuando hay alguna “revolución” auténtica, pero estas son más raras de los que pensamos y exigen pruebas abrumadoras antes de imponerse.

Sin embargo, en esta época en la que vamos a toda hostia y en la que cualquier oscuro sujeto en cualquier esquina del mundo puede reclamar su lugar bajo el sol y conseguirlo a fuerza de RTs, atrae especialmente el gurú instantáneo. El tipo que “acertó” en algo que escribió en su página de facebook, aunque su acierto fuese simple casualidad y aunque sus razonamientos fuesen completamente erróneos o estúpidos.

Los hechos, por desgracia, no demuestran nada. Una demostración es otra cosa. Que se estrellase un avión por falta de mantenimiento (algo que, por lo que parece, ni siquiera es el caso) no es prueba de que tuviera razón quien dijo que ese avión padecía falta de mantenimiento. Si esa persona no tenía conocimientos sobre el mantenimiento de aviones no hay acierto. Solo hay coincidencia. No puede haber acierto cuando dices algo pero no sabes por qué lo dices o tus razones no son las razones que servirían para afirmar que ese juicio es un razonamiento basado en el conocimiento.

Sin embargo, constantemente damos púlpitos a los que han acertado. Los más habilidosos aprenden pronto el oficio de tertuliano u opinador profesional, dejan de hacer afirmaciones peligrosas y se apuntan al mensaje sentimental o generalista. Los que se creen sinceramente tocados por el aliento divino siguen haciendo predicciones hasta que meten la pata escandalosamente y todo el mundo se ríe de ellos. Lo malo es que, mientras tanto, los necesitados de profetas beben sus afirmaciones como si vinieran del mismo Dios de Abraham. ¿Por qué? Porque es el que ha acertado. Luego, cuando se equivoca, lo cambian por el “nuevo” que ha acertado.

Naturalmente, entre todos estos hombres del momento están los que han acertado porque de verdad conocen la materia, manejan buena información y son capaces de articular razonamientos auténticos. En mi opinión hay síntomas que suelen (vean que digo suelen) identificarlos: no recuerdan constantemente que acertaron, y admiten que pudieron equivocarse entre otras razones porque ya se han equivocado antes y porque son conscientes de la inmensa complejidad de lo real. Este tipo de gente es un coñazo, eso sí. Dan malos titulares, piensan antes de hablar y titubean todo el rato.

Tributo al campeón

El ajedrez se ha convertido en algo muy especial con la llegada de la computación.

Ha cambiado la forma en la que se juega, obligando a que las partidas se terminen al momento, sin posibilidad de que los jugadores abandonen un recinto controlado.

Ha cambiado la forma en la que se ve.

El aficionado sabe más que el jugador y suspira porque su jugador favorito haga la jugada que está viendo. Que está viendo gracias al ordenador.

La partida va por otro derrotero: dos cabezas pensando sin ayuda. Construyendo un relato, una táctica, una idea por donde desarrollar las piezas y hacer fluir el juego o el contrajuego.

Los fallos se ven al instante. Los aciertos parecen menos. Y así ha transcurrido todo el mundial.

Las partidas largas han sido en general bastante precisas. Creo que recordar que sólo dos fallos de los gordos: Magnus buscando una victoria improbable cuando tenía tablas decentes y Sergei perdiendo una oportunidad de tablas y perdiendo.

Las tres últimas partidas rápidas de anoche han explotado todo el potencial del juego.

En la primera Magnus ha tenido una posición abrumadora con ordenadores cantando mate en 10 jugadas o algo así. No ha sabido construir el relato, entender la posición, o asignar las casillas correctas a sus piezas. Ha desaprovechado una ocasión ventajosa. Sergei ha hecho todo lo contrario. Encontrar su relato, su fortaleza y sacar unas increíbles tablas por ahogado.

En la siguiente partida Magnus simplemente ha destrozado a Sergei. Hay un movimiento crítico 29… Bxf6 que todos los ordenadores y comentaristas del mundo han cantado como malérrima. Todos preferían gxf6 porque abría la columna g para el ataque de Magnus. El siguiente movimiento de Magnus 30… e4 ha dejado boquiabiertos a casi todos los que criticaron Bxf6: ha abierto la gran diagonal negra. Frente a un ordenador no habría ganado pero frente a Sergei fue suficiente. Hizo crack.

La última partida era épica por su trascendencia pero muy desequilibrada. A Magnus, con blancas, le bastaban las tablas para seguir siendo campeón. Sergei tenía que ganar sólo para seguir jugando. Era demasiada ventaja. Sergei sólo ha podido complicar buscando más que nada el error del adversario.

La partida ha dado un momento bellísimo. Los comentaristas cantando una línea aguda, peligrosa pero digna de una traca final de mundial. Y, esta vez, el ajedrecista ha dado con ella, que la ha preferido a un movimiento más calmado, suficiente, anodino y seguro.

Así fue en chess24 en inglés con Peter Svidler y Jan Gustafsson. Peter jugó el torneo de candidatos (la prefinal del mundial). Es como tener a uno de los mejores jugadores de un deporte comentando la final del mismo deporte. En un momento Jan llega a decir que Peter es el mejor ordenador en estos momentos (la partida rápida) porque piensa más o menos como quienes están jugando la partida. Peter se da cuenta de la línea y de su último movimiento y estalla con un wooo. Prácticamente descarta que esa línea vaya a ocurrir por lo arriesgado del momento. Lo que ocurrió después le sorprendió

Y así fue en chess24 en castellano.

Fue una gran noche.

Orgullo y responsabilidad

 

Arrecian los análisis sobre el auge del populismo y las post-truth politics, y se multiplican los datos y la interpretación de los datos. Todo a una enorme velocidad. Tanta, que resulta imposible creer que se hayan digerido los resultados de la elecciones estadounidenses hasta el punto de variar los análisis previos. Hay un punto de frivolidad bastante notable en esto. También de necesidad de soltar lo antes posible una explicación, no sea que el analista o el medio que compite por nuestro espacio y nuestra influencia se adelante. Esto, sin embargo, es ya lo de menos. La cuestión interesante es la de la respuesta al populismo.

Sobre esto, es preciso recordar que no hay nada sustancialmente nuevo. El mundo es mucho más próspero que hace cien años. Hay mucha más gente lejos de la pobreza. Muchas más personas tienen acceso a la información y a la cultura. Hay más democracias y más posibilidades de escapar de un lugar en el que te oprimen. Las respuestas populistas pueden tener que ver con el reparto de la tarta, que, en términos relativos, nos está dejando a los que fuimos dueños del mundo con una porción inferior del pastel. Ahora, esa porción inferior es mucho más grande cuantitativamente que la que disfrutaban nuestros antepasados. Un inglés medio de 1850, en ese momento en que el inglés era casi como el romano del siglo segundo e.c., vive mucho peor y es mucho más pobre y menos libre que un inglés actual. Aunque él, a lo mejor, no lo sepa y aunque su nación ya no pueda mandar una cañonera y humillar a los que mandan en China. Por tanto, el problema es de percepción, no real. Los que anticipan que nuestros hijos vivirán peor que nosotros, porque ya no somos los amos del universo, olvidan esta enseñanza histórica. Solo vivirán peor si terminan liándose a hostias en una guerra como las que arrasaron Europa y medio mundo en el siglo XX. Incluso en este escenario tampoco eso es seguro: un alemán medio en 1990 vivía mucho mejor que un alemán medio en 1910, pese a las dos guerras mundiales.

Por otro lado, el populismo y el uso masivo de la mentira y de las emociones en la política son muy viejos. Sin irnos demasiado lejos, es importante recordar que en la década de los treinta Europa estaba llena de regímenes autoritarios y que incluso los que eran democráticos estaban sitiados por partidos y movimientos de corte populista (echen un vistazo por ejemplo a la Francia de entreguerras). Es cierto que hoy estamos peor que hace quince años, pero es que hace quince años casi vivíamos en un oasis (hablo solo de Europa). Mantengamos una cierta perspectiva, por tanto. Este no es un fenómeno nuevo. Simplemente, el “enemigo” se ha hecho tan listo como nosotros mismos, ya que el “enemigo” es como nosotros mismos. Ahora tenemos más datos y más información, pero también más capacidad de manipular esos datos de forma rápida y potente. Si hay una enseñanza, la enseñanza es que nuestros abuelos no eran más idiotas porque no tuvieran acceso a internet. Se dejaron engañar como nos dejamos engañar. No nos creamos, por tanto, más listos porque podemos buscar en google qué significa populismo. El mal utiliza todos los instrumentos a mano.

Sin embargo, sí creo que hay algo relativamente nuevo. La política que surge tras la segunda guerra mundial se centró en un discurso unificador de aquellos que creían en que la prosperidad no tiene que ser a costa de otros, en la primacía de la ley y en la necesidad de conseguir un trato digno universal para los seres humanos. El horror de la guerra y de sus obras produjo una catarsis que nos ha durado setenta y cinco años, pero que empieza a resquebrajarse. Una de las razones, en mi opinión, es la fragmentación. Los discursos políticos en democracia tienen que ser dominantes para obtener el poder. Como existía un acuerdo profundo sobre las bases de una sociedad justa y digna, los políticos, cada vez en mayor medida, fueron olvidando al ciudadano medio como objetivo de sus discursos y fueron intentando ocupar nichos de interés. Esto le sucedió a todas las corrientes políticas que se situaban dentro del sistema (conservadores, democratacristianos, liberales, socialdemócratas). La fragmentación dejó de lado la apelación (salvo de forma rutinaria y sin emoción) a los valores esenciales y se centró en los secundarios que, por intereses y apetencias, pasaron a convertirse en los favoritos de muchas personas. El triunfo de esas políticas sectoriales (el jubilado, el ecologista, la feminista, el joven, el urbanita, el agricultor, el empleado público —añadan lo que quieran—) supone una renuncia que puede parecer lógica cuando ciertas cosas se dan por sobrentendidas, pero que tiene su propia inercia. Al identificarse con una parcela mínima de nuestra existencia e intereses reales, nacen los excesos: toda la realidad se interpreta utilizando instrumentos de análisis que la distorsionan. Y llegamos al esperpento. Hay miles de ejemplos: discursos inanes nacidos de intereses legítimos que son producto del horror vacui.

La ciudadanía, la democracia representativa, la libertad individual, se convierten en fantasmas. El que ha sido atrapado por una secta desea convertir su pequeño sector en el centro de la discusión pública con una intransigencia risible si no fuera tan perturbadora. Renace además una visión autoritaria de la política, centrada en excesos regulatorios, a veces asfixiantes, a menudo contradictorios e incompatibles, producto de la necesidad de atender cada vez más agendas particulares.

Hay otra consecuencia perversa de la renuncia a situar en primera línea esos ideales centrales —renuncia por los movimientos políticos que se supone defienden el sistema—: que eludimos lo que nos puede servir de pegamento. Me explicaré. Nunca debemos suprimir la razón o colocarla en segundo plano a la hora de abordar el análisis de los problemas sociales y su solución. Sin embargo, los seres humanos somos tribales y la inmensa fuerza de las emociones es tan real que no creo que nadie pueda discutirla, ya que nos lleva incluso a hacernos daño y sacrificarnos. Si renunciamos a mostrar un ideal del que sentirnos orgullosos, alguien ocupará ese espacio. Si fragmentamos los problemas y los convertimos en el centro de batallas permanentes, como si no hubiese nada más y el resto se diera de suyo, alguien dirá que no se hace caso a la “gente” y que los que mandan son una “élite” que solo se guía por sus intereses. Más aún, ese alguien encontrará una versión falsa y simple de la realidad, identificando el problema en otros a los que acusará de ser la razón de sus males. Y ese ciudadano comprará un mensaje que emocionalmente le satisfará, sobre todo por la ausencia de cualquier otro.

Es imprescindible recuperar los fundamentos torales de la civilización occidental y hacer que la gente se sienta orgullosa de ellos. El ciudadano medio tiene que identificarse con el discurso político del sistema, pero no porque le interpele como miembro de un grupo, sino porque lo reclame como hombre libre, orgulloso y capaz. Tenemos que recuperar los problemas centrales de las sociedades humanas: la libertad, el acceso a los recursos, la educación, la igualdad de oportunidades, la igualdad jurídica, la responsabilidad. Muchas personas exageran sus males cotidianos porque nadie les recuerda hasta qué punto son más prósperos, libres, educados y sanos que sus antepasados. El populista constantemente quiere que nos sintamos mal, porque quiere captar nuestros peores instintos. Sin embargo, las personas estamos constantemente deseando demostrar que somos mejores de lo que nos creemos.

La contrapartida es que empecemos a relativizar eso que tanto nos ha preocupado en los últimos tiempos. Que dejemos, además, de torcer el significado del lenguaje. Hemos sido infantiles niños de papá y convertido gilipolleces en terrorismo, genocidio, crimen y fascismo. Hemos dado bola a demasiadas chorradas por un exceso de tiempo libre y de opulencia.

No sé qué recorrido tienen estas amenazas sobre nuestros sistemas políticos. Soy optimista, porque, a la larga, la Humanidad sigue una línea ascendente hacia más libertad y más riqueza compartida.

Pero mejor evitémonos disgustos y costes.

 

Tierra de promisión

 

El 06/11/2008 publiqué esta entrada. La recupero apenado y esperando que Estados Unidos recupere el rumbo. Qué diferentes eran aquellos dos candidatos.

 

(Para Voyeure,

con afecto envenenado)

 

Estoy contento por dos razones que demuestran que soy un hombre moderno, lleno de complejidades y contradicciones, que es lo que hay que ser. Ya saben que para que una serie o una peli se convierta en una serie o una peli de culto, el héroe tiene que tener un lado oscuro, barba de varios días y no llorar (recuerden que siempre podemos hacer que lluevaalobestia y le corran chorretones de agua por la cara).

En fin, siempre me desvío del asunto. Decía que son dos las razones: la una es que ha ganado Obama; la otra es que Voyeure está mosqueada porque ha ganado Obama, al que compara con Zapatero. Más aún: incluso afirma que Sarah Palin le gusta, adoptando el papel de corifeo de un grupo terrible de presión que me manda correos electrónicos airados. ¡Sí, me alegro de que se mosquee(n) y poder llevarle(s) la contraria!

Al menos podremos discutir sobre cosas que nos motivan. Podremos discutir sobre candidatos serios, con un pasado magnífico a sus espaldas (¡salvo Palin, coño!). Sobre instituciones prestigiosas. Sobre discursos en los que se mencionan muchas veces las palabras ciudadano y democracia. En los que la alabanza al otro forma parte de las formas.

Les molesta (sí, sí, reconocedlo) que Obama sea un símbolo de la progresía. ¡Ah! qué poco americanos son.

La realidad es que muchos son los focos de la civilización y muchos son los frutos del trabajo de los hombres. Y el eurocentrismo nos lleva a la ignorancia, al desconocimiento y, lo que es peor, al desprecio. Pero esa idea es una idea que nace en la propia civilización occidental. La única que tiene una determinada pulsión universal. Esa pulsión deriva de una semilla extraordinaria que se hace fuerte en las polis griegas y en el Estado romano. Y que se nutrirá de la fuerza del comunitarismo germánico. La idea de ley y de ciudadano con derechos y deberes.

Por eso sí hay que afirmar que hay algo superior en la civilización occidental. Su sistema jurídico-político es mejor, es más grande y nos inspira más. Nace y crece entre las piedras de Europa y se hace verdaderamente en el mundo anglosajón. Es hora de reconocerlo. Hace pocos años, sólo cien apenas, los ingleses y los americanos fueron los custodios de un mundo amenazado por construcciones totalitarias mezcla de un nacionalismo perverso, fundado en el espíritu de un pueblo, un creación romántico-medieval y un falso racionalismo que se apartó de la finalidad ilustrada: la búsqueda de la felicidad como derecho individual.

Los discursos de Obama y de McCain, magníficos ejemplos de buenas maneras y de optimismo, pueden rozar a menudo una visión excesivamente idílica del mundo y estar cargados de un voluntarismo alejado de la realidad material. Pero es cierto que el nacionalismo americano se inspira en ideas peligrosas, porque no todos podemos pertenecer a la nación entendida como efluvio de la tierra, o ser de la raza correcta escogida por Dios, pero sí podemos ser de esa nación de ciudadanos libres que deciden, también libremente, qué quieren para el futuro, cómo construirlo.

¡Qué idea más poderosa! Más aún cuando la oímos en la voz de un negro y coincide con la voz del hijo de un almirante, que acalla los abucheos, hablando del futuro, diciendo a los que desconfían del socialista con nombre árabe, que ese es su presidente y que los americanos no se rinden porque construyen su historia. Y ves los gestos de los que seguramente odian a Obama, pero están orgullosos de pertenecer a una nación que es capaz de elegirlo.

Sí, estoy encantado porque, remedando a Kennedy, yo también soy un estadounidense .Y sonrío cuando escucho a Zapatero decir que Obama tiene en España un amigo; porque no ha entendido nada. Obama quizás no sepa que Obama no es nadie; que es solo un servidor público, el principal, pero solo eso. Y que un Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica no tiene amistad con otras naciones. Pero si tuviera que apostar diría que sí, que sí lo sabe; que es muy poderoso, pero lo sabe.

Obama nos defraudará porque las expectativas son infundadas. Pero lo que no nos puede defraudar es el pasado. Hace tiempo lo dije. Estas palabras …

Sostenemos como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad y su felicidad.

… son disolventes; disuelven los propios postulados en los que se basan. No explican el mundo, sólo nos dicen qué hacer para cambiarlo. A cada uno de nosotros.

 

Los deberes de los padres

 

Mi hija mayor leía al cumplir dos años. La pequeña tardó un año más en aprender a leer. Aprendieron con un silabario, una pizarra y, pronto, con libros infantiles. Me propuse esa tarea aplicando un razonamiento sencillo: si sabes leer y tienes libros a tu disposición eres —vas siendo— libre para decidir qué quieres saber. Mejor cuanto antes.

Cuando mi hija mayor entró en el colegio, en la primera reunión que tuve con su profesora, después del saludo, lo primero que hizo esta fue regañarme. Había hecho mal. Para todo hay un momento, me vino a decir, y no tenía sentido que con tres años ya supiera lo que sabían los niños de cinco.

Creo que fue ese día —admito que iba a corriente de mis prejuicios— cuando decidí —decidimos— dos cosas: no interferir en cuestiones académicas y seguir adelante, enseñando lo que pudiera, adelantando lo que pudiera, contradiciendo aquello que lo mereciera. Esto último no es contradictorio, valga la redundancia. Constantemente les he indicado a mis hijas que diferencien entre lo que hay (el estándar que se encuentran en las instituciones académicas que pisan y en los discursos de los que allí enseñan) y lo que podría haber. Más aún, que diferencien entre el modelo que se supone se promueve y el que a ellas, en concreto, les vendría mejor. De esta forma se han convertido en, admítanme la broma, criptorrevolucionarias. Se han ajustado a lo que se les exigía y a los límites que se les imponían, pero, a lo Batman, mantienen una vida paralela.

Estoy razonablemente contento. Llego a la irrelevancia muy pronto. Es una consecuencia inevitable y un síntoma de un buen trabajo. Las miro y me recuerdo a su edad, y ya me hubiera gustado.

Así que he decidido darme un sobresaliente.

 

Pedagogía, pero sin poner la cama

 

Hay ocasiones en las que resulta útil explicar ciertas cosas, como cuáles son las libertades inexcusables, cuáles han de ser su contenido mínimo y cuáles han de ser sus límites. He perdido mucho tiempo hablando sobre esto, a menudo con poco éxito, y no seré yo el que critique al que se esfuerce en esta ingrata labor. Ahora, de vez en cuando hay que recordar que muchas personas no discuten el contenido de esas libertades, sino que rechazan el sistema.

Como hay palabras que suenan mal y ya no cuelan (véase, por ejemplo, dictadura del proletariado), se sustituyen por eufemismos. Al final todos los regímenes dicen luchar por la libertad y por la democracia, aunque esa libertad sea la de la nación alemana, oprimida por la judería internacional, o esa democracia sea la popular, ejemplo manifiesto de su ausencia, siquiera por una inexistencia de libertades mínimas que permitan la formación de una voluntad política del signo que sea.

A esas personas no se las puede convencer y persuadir explicándoles en qué consiste la libertad de expresión. Esas personas no impiden una conferencia porque ignoren qué es la libertad de expresión. Lo saben perfectamente, pero para ellos la libertad de expresión, tal y como la entendemos en una democracia liberal, basada en el respeto a los derechos individuales, es un obstáculo, un producto falso y maligno que impide la auténtica expresión de libertades colectivas o destinos eternos. Las “pequeñas” e “imperfectas” libertades burguesas son el enemigo, como lo es el propio sistema capitalista y el sistema parlamentario y de partidos.

Esta creencia dogmática, totalitaria y cuasirreligiosa les impide tener el mínimo problema moral cuando utilizan los resortes que nuestro sistema de libertades les concede para la propagación de su propaganda y sus mentiras. Mentir está permitido. Manipular está permitido. Es un matemos a todos, que Dios distinguirá. Como el creyente que fuma y bebe alcohol para pasar inadvertido entre los infieles.

Ese es el riesgo. Perdemos el tiempo, nos esforzamos en vano y damos espacio al virus que quiere acabar con nosotros. Hace tiempo que se empezó a discutir si es razonable que los científicos debatan con creacionistas, dando la sensación de que están ambas posiciones en un plano de igualdad, cuando la práctica nos dice que el creacionista no está sujeto a ningún criterio de rigor y coherencia, y afirmará todo lo que se le ocurra y haga falta, aprovechándose de las lagunas que se admiten en el pensamiento científico (precisamente porque tiene esa naturaleza). Algo parecido sucede con los que quieren cargarse nuestro sistema y sustituirlo. No te puedes fiar de un totalitario.

La realidad es que los sistemas que más libertad y prosperidad han creado no son discutidos, en sus elementos básicos, en sus libertades básicas, por personas que van desde lo conservador a lo socialista. Sin embargo, a derecha e izquierda, más allá de la frontera, habitan los bárbaros. Por desgracia, y pese a las evidencias del fracaso y el terror nazi y fascista, y del fracaso y el terror comunista, mucha gente sigue apostando por promesas de vida eterna y de un mundo mejor. Para conseguirlo no es que estén dispuestos a cargarse todo lo que hemos construido, sino que ese es su primer objetivo. Lo primero que hace el creyente es acabar con el pecado y con lo que nos hace pecar.

Es imposible discutir con quien no acepta las reglas de conversación. Es imposible convivir con quien no acepta la libertad individual. Es importante no olvidarnos de esto.

 

Arañas en el pozo

 

Conocí a Luis a los dieciséis años. Él estaba en la universidad, yo en el colegio del que Luis se había ido un par de años antes. Aún dirigía, con otro chaval del que no recuerdo más que un perfil oscuro bajo un pelo rizado, una especie de asociación cultural. Pasaron por las aulas porque necesitaban nuevas caras. Yo sospeché entonces que querían seguir manejando la asociación, que recibía sus fondos del APA (entonces aún no era AMPA), y que necesitaban unos títeres a los que manejar. Eran, como digo, universitarios y nos hablaban con gran soltura de Cortázar, de Brahms y de mujeres. Luis era el macho alfa. Delgado, desmañado, como de vuelta de todo, siempre con El País bajo el brazo, fumaba con aplomo, un cigarrillo tras otro, y nos contaba que su diosa era Ana Belén, a la que había visto en no sé qué película enseñar las tetas. La última vez que lo vi fue el 29 de octubre de 1982. Recuerdo la fecha porque nos reunimos a primera hora, en el bar de la piscina Marbella, en el parque, junto a la Plaza Elíptica. Durante unos meses me habían encargado la dirección de la asociación. Yo era, para las fuerzas vivas, un buen chico, buen estudiante, alguien que no causaba problemas. Ahora que van desapareciendo imágenes, recuerdo el día en que el director me recibió —yo llevaba un chaleco blanco—, junto a los padres que dirigían el APA, en un despacho en el que me entregó las treinta mil pesetas que luego usaríamos para el proyecto de Luis, un cortometraje torpe, ni aficionado, que hablaba del manuscrito de otro, del bolsillo de otro, de la sombra enorme de otro al que conocieron en un viaje mítico, y quién sabe, de unas arañas que quizás no eran de otro. Después de unos meses lo dejé y, para contarles que lo dejaba, quedamos, ya lo he dicho, en la piscina Marbella, en el parque, junto a la Plaza Elíptica. Recuerdo la fecha porque Luis se tomó, bien de mañana, un coñac, en un gesto que me pareció, como otros, mala literatura. Era su manera, nos contó, de festejar los 202 diputados que el PSOE había conseguido la víspera. No me caía bien Luis. Tampoco es que mi juicio importe una mierda. Yo entonces era bastante gilipollas, pagado de mí mismo, grosero, aparentemente directo y sincero, y aparentemente complicado, una construcción que me parecía exitosa y que solo demostraba una cierta capacidad para el cálculo. El dibujo es sencillo: un adolescente que había leído demasiado, vivido poco y con una preocupante incapacidad para comunicarse con seres que no fueran de ficción. Supongo que Luis me caía mal porque intuí que detrás del maniquí, quizás había alguien como yo, otro gilipollas ahogado por un personaje construido.

No supe más de él. Muchos años después, un amigo me comunicó que Luis era escritor de los que publican libros. Y famosillo, añadió. Y me dijo, y nos reímos, recuerdas cuando nos hablaba de mujeres, pues resulta que ahora es homosexual. Supongo que esa risa y ese “ahora” eran una ratificación reptiliana de las roñosas etiquetas que colgaban de esos recuerdos difuminados, en los que Luis era el pedante y el falsario, y yo solo era un gilipollas, pero menos, porque rápidamente dejé de llevar los libros de Nietzsche en el bolsillo del abrigo. Durante estos últimos años supe alguna cosa más, en algún suelto que hablaba de alguna obra o en entrevistas que miré con el desdén oblicuo de lo que nos decimos nos da lo mismo, y en las que me parecía que Luis soltaba muchas estupideces.

Hace poco, sin embargo, descubrí que Luis había escrito una obra en la que hablaba de su homosexualidad y de su juventud, de su angustia, de su incapacidad para comprender, de su deseo de ser diferente, de su dolor, supongo que de las arañas que anidaban en su bolsillo y parían ideas de muerte. Mientras leía sus comentarios sobre el libro, me descubrí recordando cosas o creyendo que las recordaba.

Luego he leído otras entrevistas y Luis sigue diciendo algunas estupideces, pero ahora me hacen sonreír y pienso que habría estado bien que fuéramos capaces de volver a 1982. Yo le diría, eres un gilipollas engolado, él me diría lo mismo, pero mejor, que por algo quiere ser escritor. Yo añadiría después, que disimulo porque soy un crío con demasiados datos en la cabeza y pocas cosas que hacer con ellos, pero que lo suyo sí que es una putada, disimular para sobrevivir.

Después le daría la mano, un abrazo no, que no sé darlos, deseándole que sea feliz.

Hasta una choza con techo de paja en este mundo tornadizo ha de transformarse en una casa de muñecas

 

Toda mi vida he creído que la libertad de expresión se basa en la necesidad de no limitar, de ninguna manera, los mundos simbólicos (incluido su campo de juego compartido) que nos permiten crear algo completamente nuevo. En ese sentido, cualquier mundo simbólico debería poder estar sujeto a una acción genocida, a una masacre consciente, a una violación inmisericorde e injustificada, a una cruzada civilizatoria. La frase anterior parece un sinsentido, pero es deliberada. Con ella quiero expresar que todo lo inventado puede ser destruido siempre que esa destrucción sea también simbólica y no real. En el mundo ficticio está permitido cualquier “discurso del odio”. En el mundo real, no. Ojalá sean gaseados todos los esbirros de la Reina de Corazones es admisible; ojalá lo sean todos los judíos, no. Los judíos existen. Podemos exigir que se mantengan y respeten en el mundo real los objetos que encarnan los productos culturales (no quiero destruir ningún Buda gigante ni quemar libros en la plaza pública), a la vez que permitimos que nazcan nuevos productos culturales que los malbaraten en su propio mundo simbólico. Cuando yo ataco a una persona (vejándola o insultándola) estoy atacando a alguien. Cuando me río (incluso de manera ofensiva para esa persona) de sus ideas, ya no ataco a la persona sino a su mundo simbólico (mediato; tanto que precisa de la persona para su defensa). El insultado puede decir: me has hecho daño; la idea insultada no puede decir lo mismo: necesita de su sacerdote, es decir, necesita a aquel que la ha pensado o la venera, como intermediario. Por expresarlo de otra forma: solo somos libres si permitimos (mejor deportivamente) que los demás utilicen libérrimamente lo que pensamos y las formas que adoptan nuestros pensamientos.

He mencionado ex profeso las formas más agresivas de utilización de las ideas ajenas porque actúan en el límite de lo tolerable. La cultura se basa precisamente en la comunidad. La humanidad no habría progresado sin una comunidad de ideas compartidas. Normalmente esa comunidad produce un incremento del acervo, su profundización y un aumento de la sutilidad. Los hombres, como dioses que inventan multiversos, han sido capaces de crear de la nada universos ficticios que nos hacen más soportable la realidad y que la fecundan, transformándola, con productos imposibles sin esa capacidad fabulatoria. A la vez, desde el primer momento, esos mundos ficticios han intentado gobernar la realidad por intermedio de sus creadores, que obtenían sus buenos réditos. Para ello tenían que impedir que otros pudieran cuestionarlos. La idea de ideas “respetables” nace ahí. Es tan antigua como la humanidad. Las más potentes ideas respetables son las religiones. Las religiones tiene una pretensión de totalidad porque su manera normal de ser ficticias es negarse como producto de la mente. Pero no solo las religiones pretenden ser “respetables”. Por desgracia, esa infección se produce habitualmente. Cada vez que alguien sostiene que un texto, sagrado o no, un baile, una forma de vestir, un argumentario, una explicación del mundo, una canción, una teoría científica, un peinado, un ritual, una fiesta, una receta, un relato de experiencias inventadas, reales o no, son definitivos y no pueden ser bien o mal utilizados por otros, lo que pretende es fosilizar la inventiva de los demás. Dan igual sus razones. Sus razones también son un producto cultural y por eso pueden ustedes incluirlas en la lista de la frase anterior.

 

¿A quién vais a creer, eh?

 

Sobre lo de las ventosas, lean esto de Antonio Villarreal. Como pueden ver, nos dice que no hay pruebas de que no sea un cuento chino. Y, como sabemos, en medicina, mientras no hay pruebas de que una terapia merezca ese nombre, esa terapia no es una terapia, sino un cuento chino.

Sin embargo, ¿a quién vamos a creer, a Antonio Villarreal o a todo un doctor que además sale en la tele? Y no en una tele cualquieta: ¡en TVE!

Vean esta noticia.

Un médico nos explica que esta terapia es cojonuda, eso sí siempre bajo supervisión médica. Vamos, que hace falta que un galeno cobre por colocar la ventosa, después de calcular el tamaño adecuado, su tiempo y qué tipo de vela aromática hay que usar.

Naturalmente, yo creo en la ciencia. Mucho más que en el periodismo. Y un médico escogido por la tele que pagamos todos para explicar la ventosa puesta de moda por personalidades tan conspicuas como Jennifer Aniston o Gwyneth Paltrow no puede ser un cantamañanas o un chorizo. La deontología de los de la tele impediría que cualquiera saliera diciendo bobadas y falsedades en una materia tan sensible como la salud.

Y efectivamente, su currículum es impresionante:

Naturalia

En fin, menos mal que tenemos la tele, porque si te fías de la sección de ciencia de El Español vas de cráneo.