Pobre tonto con bandera

 

Un cómico se limpia los mocos con la bandera de España después de leer el prospecto de un medicamento a modo de consti trucha.

Es un patriota. Si de verdad se la sudasen tanto las banderas, no perdería el tiempo intentando ofender a los que creen que esa bandera (y la Constitución) merecen algún respeto reverencial.

Es un patriota, pero el muy gilipollas se cree un librepensador. Lleva años pudiéndose sonar los mocos con otras banderas con las que sí nos han estado dando por culo. Ya sabemos por qué no lo ha hecho: porque la patria y sus símbolos son muy importantes para los patriotas.

Las patrias son una entelequia que cuanto más llenamos de contenido, más peligrosas se vuelven. Por eso no soy un patriota, ni en la más civilizada de las versiones. Y temo a los patriotas aunque traigan regalos.

Pero, en fin, prefiero a uno que al menos sepa que lo es. De él puedo reírme fácilmente. Siempre me ha dado pudor reírme de alguien que no sabe lo que hace.

 

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Suicidio es a asesinato lo que esta noticia a periodismo

 

El Periódico anuncia esta noticia con este tuit:

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No es un exceso del cm. Es la hipótesis que se cuenta en el cuerpo de la noticia:

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Un suicidio «ampliado» (el adjetivo es aterrador) solo podría ser una hipótesis admisible si el niño hubiera consentido. El niño tenía cuatro años. Cuatro.

Sigamos con el cuatro. Solo caben cuatro hipótesis: un accidente, un asesinato doble, un asesinato y un suicidio o un asesinato y un suicidio efectuado por alguien inimputablr por tener sus facultades mentales alteradas.

Lo terrible de esta época es que se llame periodismo a algo que nos libra de la información «inapropiada» ideológicamente: de ser un hombre y su hijo no habría más hipótesis que la del asesinato (con el añadido casi seguro de otra víctima: la madre, convertida en objetivo principal del crimen); al ser una mujer, se llega al disparate de inventar una figura que solo tiene sentido si el hijo de cuatro años es considerado un objeto, una propiedad de la madre.

Así estamos.

Fake news. Basura periodística.

Luego los grititos histéricos cuando un Trump o un Bolsonaro.

AMPLIACIÓN 1: Me dice Mercutio que suicidio ampliado es una expresión habitual para describir determinados casos.

Sí, pero:

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AMPLIACIÓN 2: Había sido ingenuamente restrictivo con lo de las hipótesis admisibles.

Copio esto de El Diario:

Lees el titular y lo primero que piensas es ¿debía recibir esa atención? La noticia nos explicará, imagina el lector, que sí. Por alguna razón, por algún indicio.

Pero no. La noticia es la nada. Peor, la noticia es la búsqueda.

Ese titular demuestra dos cosas: que lo primero que han hecho los periodistas es buscar si el marido era culpable de algo. Ese algo sería el artefacto que les faltaría para explicar la hipótesis: el suicidio ampliado podría convertirse en una especie de homicidio doble, en el que el marido sería la causa remota. En el hombre se presume el mal y en la mujer la locura. Así las cosas, ¿qué hay más lógico que la locura se cause por el mal? La propia mujer sería un instrumento del mal, del patriarcado, del machismo.

Lo segundo es el engrudo. No han encontrado nada, pero ¿por qué no publicar que su búsqueda no ha dado resultado? ¿Y, más aún, por qué no hacerlo dejando caer el excremento, chof?

La noticia ya no es el suceso, sino la ausencia del suceso.

No hemos encontrado nada.

De momento.

Análisis Sánchez

Ayer, el presidente del Gobierno reflexionó sobre el delito de rebelión y veo que El País reflexiona sobre la reflexión. Así:

Como bien saben ustedes, yo he sostenido desde el primer momento y sostengo aún que no veo rebelión en el golpe de Estado del año pasado (tal y como está «diseñado» el tipo, que debería, por cierto, reformarse). Ahora, la cuestión es bastante más sutil que esa de que solo hay rebelión si hay armas.

Y si no, que nos explique Sánchez esto:

Este es el delito «básico» de rebelión:

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Si la rebelión, el alzamiento violento, exige el uso de armas, ¿cómo se explica que haya una forma agravada de rebelión como esta?

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Venga, ánimo.

Usera

 

Hoy, aprovechando que tenía que ir a la comisaría de Usera, he dado una vuelta por mi viejo barrio. Viví allí desde 1970 hasta 1982, desde mis cinco a mis diecisiete años, cuando nos cambiamos al Parque de las Avenidas. Prácticamente no había vuelto, salvo de manera fugaz. Hoy es el barrio chino de Madrid. Los negocios de entonces han desaparecido, aunque sigue habiendo muchos bares. Supongo que muy pocos de sus actuales habitantes sabrán dónde estaban sus tres cines, cerrados hace más de treinta años.

La zona nueva —para mí— está situada justo en lo que, entonces era lo peor del barrio. Hoy el descampado en el que jugábamos al fútbol, usando las carteras del colegio para formar las porterías —partidos siempre inacabados, porque venían a robarnos los críos de las chabolas y teníamos que salir de naja—, es un parque rodeado por la administración: allí cerca están la comisaría, la junta de distrito, el centro de salud, la biblioteca, el colegio, el polideportivo y el campo de rugby.

He pasado por calles que recorrí miles de veces, de niño. He parado delante del portal de mi vieja casa y he visto de nuevo las vallas del colegio en el que estudié cinco años. El barrio no ha cambiado demasiado. Solo ha encogido. Esta es una sensación común. Los recuerdos de niño siempre encogen cuando te haces mayor. Es como volver de Nueva York y entrar en Madrid. Todo te parece minúsculo, hasta que la costumbre nos recupera. Ha encogido todo salvo las aceras de su calle principal, ampliadas hace años. También imagino que los actuales habitantes del barrio pensarán que estoy chiflado si les cuento que la calle de Marcelo Usera fue, en los setenta y los primeros ochenta, una de las calles más comerciales de Madrid, un lugar en el que había peleas para conseguir un local.

Hace décadas que salí de allí. He vivido más tarde en zonas muy diferentes, pero creo que sigo «siendo» de barrio. No siento nostalgia. No me gustó vivir allí, ni me gustaría volver. Lo extraño es que, en cierto sentido, esta mañana haya estado en casa.

Me ha atendido un amable y muy joven agente de policía. Por su acento, diría que andaluz. He estado a punto de comentarle: aquí, donde estamos sentados, hace cuarenta años, solo había barro, basura y chabolas. Pero se me ha pasado enseguida.

 

Advertencia: esto es banal, mejor no lo lean

 

Esto de la comprensión de lo que uno escribe y de lo que uno lee es también responsabilidad de uno, claro.

Si yo escribo algo —por ejemplo, esto— mi parte del contrato me obliga a intentar explicar qué quiero decir, evitando ambigüedades (salvo que pretenda algún efecto literario, Dios me guarde). Puede que lo que quiera decir no merezca la pena, por supuesto, pero esto no importa a estos efectos. Puede también que crea que lo que pienso está bien definido y no lo esté. Puede que sea torpe y sea incapaz de exponer con claridad eso que en mi mente es cristalino. Finalmente, puede que no me atreva a escribir lo que pienso realmente y decida dejar abiertas puertas que pueda cerrar indignado si alguien se molesta.

Si yo leo algo  —por ejemplo, esto— mi parte del contrato me obliga a leer lo que el autor escribe. A veces leemos mal por simple ineptitud. A veces decidimos leer más de lo que el autor dice, porque creemos tener la habilidad de deducir de lo escrito más de lo que se pone, aunque en realidad estamos volcando nuestros prejuicios. A veces, simplemente, decidimos leer mal, obviando lo que nos estropea esa mala lectura y añadiendo lo que la favorece.

Con los deshonestos hay que desechar la discusión honesta. Como mucho, si uno tiene ganas y capacidad, puedes intentar embrearlo y llenarlo de plumas.

En el resto de los casos, uno hace lo que puede.

Así —por ejemplo, aquí— el autor quizás dio por sentado que las coñas en su cabeza serían obvias —por ejemplo, esta entre unas cuantas: «Bien, espero que con mi redacción alternativa ya se entienda mejor»— cuando, q.e.d., no lo son.

En cuanto a las malas interpretaciones de los lectores, qué puedo decir: yo, que soy un tipo inteligentísimo y habilidosísimo lector, aunque a veces algo descuidado, he llegado a criticar a alguien por una afirmación inexistente y luego recular avergonzado, después de que me hayan sujetado la cabeza como a un escolar embrutecido, y me hayan obligado a leer de nuevo, una y otra vez.

Así me gustaría hacer a veces con mis inteligentísimos lectores, pero sería incivil.

 

Yo declararía el estado de excepción, no vaya a ser que los huesos de Franco den un golpe de Estado

 

Leo que el Gobierno va a aprobar una modificación de la llamada Ley de la Memoria Histórica para «blindar» jurídicamente la exhumación de los restos de Franco de la Basílica del Valle de los Caídos. Como se trata de reformar una ley, el Gobierno solo puede hacerlo por medio de un Real Decreto-Ley.

Es decir, que para «blindar» jurídicamente un acto concreto, se va a utilizar, tras cuarenta y dos años, un instrumento reservado a supuestos de extraordinaria y urgente necesidad, partiendo de que no habrá partido con diputados y senadores que voten no y presenten recurso de inconstitucionalidad por razones de imagen. La familia del dictador solo podrá esperar que un juez, dentro de mucho tiempo, plantee una cuestión de inconstitucionalidad, si es que el Real Decreto-Ley no se tramita más tarde como proyecto de ley y solo se convalida.

Es decir, que para poder tomar una decisión veraniega en asunto tan urgente (el PSOE ha gobernado en seis legislaturas en democracia) y «blindar» la decisión, el Gobierno va a actuar abiertamente de forma arbitraria. Eso sí, como los afectados son los Franco, que se jodan. Qué importa el abuso de poder si es para lograr esta victoria. Recordemos, además, que estos tipos han cambiado la regulación de la patria potestad en el Código civil por Decreto-Ley.

Todo, claro, si la noticia de El País es cierta.

Termino: lo más gracioso del asunto es que esto era tan urgente y tan extraordinariamente necesario que el PSOE no lo incluyó en la ley de 2007, ley que sí se tramitó en el parlamento como ley ordinaria tras un proyecto firmado, sí, por la actual vicepresidenta. A ver si Carmen Calvo nos explica qué ha cambiado entre 2007 y 2018 para que lo que entonces no era ni urgente ni extraordinariamente necesario (de hecho no era ni necesario, ya que no se incluyó) lo sea ahora. Que nos vamos a echar unas risas.

 

Utopía de un hombre que está cansado

 

He estado en el Valle de los Caídos dos o tres veces. El lugar es impresionante. El lugar, que no el monumento, desangelado y en descomposición. Así, con esa decrepitud contumaz, lo conocí ya la primera vez que lo vi, de niño. Aunque es cierto que la última su caducidad abundaba a simple vista y no era resultado de algún proceso parasimpático o de una resonancia sórdida. La cruz, al menos, puede presumir de cierta potencia. La basílica es fea con avaricia; una mixtura elefantiásica de nuevo ministerio y parroquia de barrio pijo madrileño. De hecho, es dudoso que se pudiese diseñar un lugar mejor para que se pudran los restos de un dictador asesino.

No le arriendo la ganancia a quienes tengan que blanquear este sepulcro de decenas de miles. Van a tener que atender a demasiadas expectativas. Lo de sacar los huesos del autócrata es lo de menos. Si no fuese por mi manía de que se cumpla el reglamento, los trocearía y vendería al peso en un puesto a la entrada del engendro, para así satisfacer la insania de los necrófilos que quieren tirarlos en una zanja o pisarlos y producir metáforas para sus microrrelatos. Llevan tanto esperando a Franco, que el anticlímax sería patético, como una manifa de tipos indigestos con caperuzas amarillas. Lo gordo es lo que viene después. No hay en los que mandan en España ni una centésima parte de la buena fe que sería precisa para hacer del valle de la muerte algo digno. Así que producirán un espantajo con olor a orines.

Mejor sería dejarlo tal cual. Poner una valla alrededor con señales de peligro. Que el tiempo haga su trabajo, un día se derrumbe y el que dé la noticia deba buscar en la wikipedia —o como decimos los abogados al hablar del INE, en el «organismo que lo sustituya»— para poder hacerlo con sentido.

«A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.

— Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.

El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.

Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.

—La nieve seguirá —anunció la mujer.»

 

Santa Claus cuántico

 

Cuenta Marcus du Sautoy en Lo que no podemos saber que la primera vez que supo de la mecánica cuántica fue merced a El breviario del señor Tompkins, una obra del eminente George Gamow. El señor Tompkins intenta aprender física, pero siempre se duerme a mitad de lección.

El libro fue un regalo de Navidad. Dejo la palabra a Marcus:

En el mundo de los sueños, el mundo cuántico microscópico de los electrones es aumentado de tamaño hasta formar un mundo macroscópico, y la selva cuántica en la que se encuentra el señor Tompkins está llena de tigres y de monos que se hallan en muchos sitios a la vez. Cuando una partida de tigres de aspecto borroso ataca al señor Tompkins, el profesor que lo acompaña en sueños dispara una ráfaga de balas. Finalmente hay una que alcanza su objetivo y la partida de tigres se convierte súbitamente en un solo tigre «observado».

Recuerdo que quedé fascinado con este mundo fantástico y mucho más entusiasmado al pensar en la posibilidad de que no era tan fantástico como parecía. Estaba empezando a albergar dudas sobre la existencia de Santa Claus, dado que tenía que visitar miles de millones de casas en una misma noche, pero el libro renovó mi fe en la idea. Por supuesto, Santa Claus se estaba aprovechando de la física cuántica. Siempre que nadie lo observara, podía perfectamente estar en muchas chimeneas a la vez.

Y esta es la explicación de por qué Santa Claus y los Reyes Magos solo necesitan comprar un regalo. Un libro de física, por supuesto.

 

 

Otra mala noticia

 

El ministro Huerta ha dimitido.

Lo ha hecho mal, por dos razones.

La primera, porque no ha debido dimitir. No porque no haya cometido ilegalidades como ha mal dicho —que las ha cometido, ya que ilegal es lo que dicen los jueces que lo es (una vez decidió discutir la decisión de los funcionarios de Hacienda)—, sino porque se trata de una ilegalidad concreta que no lo incapacitaba ni legal ni éticamente para ser ministro. Y es muy mala noticia que dé la razón a los que piensan otra cosa. Le ha faltado el valor —o quizás el convencimiento personal— de decir que ser ministro no le obliga a ser buena o mala persona, o a haber sido en el pasado buen o mal ciudadano, a convertirse en un dibujo grotesco.

La segunda, porque ha culpado a la jauría que está contra el PSOE, y se ha puesto a hablar de retroactividades y cazas de brujas contra los que opinaban mal de los otros, de los de enfrente, de los de la derecha, vamos. Y eso es una trola: no existió ninguna retroactividad; no puede ser caza de brujas empezar a aplicar la ley correctamente y acabar con la tolerancia anterior; y la jauría se basa en los estándares a los que han contribuido muchos —más que nadie los de los nuevos partidos, con el ventajismo que da la juventud y que no hayan pisado moquetas hasta hace nada—, entre ellos el tipo que lo nombró. Sí, si quiere ver quién dio abono a la jauría, puede mirar a Sánchez que hace dos días decía que echaría a alguien como Huerta, como si fuese un apestado. Hay que tener cuidado y no caer en el discurso ventajista, aunque, en fin, supongo que es también consecuencia de la situación en la que se ve, injusta y asquerosa, y del trago que está pasando.

Hay demasiada complacencia y cachondeo con estas cosas. Con ver a tanta gente humillada en estos tiempos de puritanismo enloquecido. No sé qué tipo de ministro habría sido; me habría gustado poder verlo.

No le saludo, porque ha hecho mal. Tendría que haber aguantado. Pero sí lo miro con simpatía. Como a todo el que sufre una injusticia. Hoy, aunque no lo sepa, se ha hecho más viejo y más sabio.

 

Que dimita ese impresentable defraudador del PP

La noticia de El Confidencial sobre el actual ministro de Cultura y Deportes se va a convertir en un escándalo. Con seguridad se hará referencia a, por ejemplo, Urdangarín, condenado por dos delitos fiscales, o a algunos jugadores de fútbol; se dirá que la única diferencia se encuentra en el hecho de que Huerta no haya llegado a los límites cuantitativos que permiten aplicar los tipos del delito fiscal.

La realidad es que las sentencias no permiten afirmar eso: son sentencias dictadas en el ámbito contencioso-administrativo (judicial) contra resoluciones administrativas (lo son las que dictan los llamados tribunales económico-administrativos) que confirmaban liquidaciones y sanciones de Hacienda.

Además, las sanciones se imponen por infracciones leves. Es decir, por una conducta negligente. Para que fuese doloso sería precisa ocultación o utilización de medios fraudulentos. Y no hay delito fiscal sin dolo, aunque la cuota impagada sea superior a la que permite acusar por delito fiscal.

Huerta hizo lo que miles hicieron en esos años: constituir sociedades para pagar menos impuestos, siguiendo las recomendaciones de algún asesor. Existía tolerancia en aquellos años, hasta que desapareció. Digo tolerancia porque, y esta es la cara B, todo el mundo tenía claro que la interpretación correcta de la ley, también entonces, implicaba que estas soluciones fuesen, en la mayoría de los casos, una forma de eludir impuestos. Porque esas sociedades no aportaban nada diferente de lo que aportaba la persona física y, además del ahorro por el tipo más bajo del Impuesto de Sociedades, se deducían gastos (por ejemplo, IBI, gastos de comunidad, gastos de adquisición de inmuebles, etc.).

La sociedad de Huerta cobraba mucho más de lo que luego pagaba a Huerta, cuando Huerta era la única razón por la que la sociedad cobraba ese dinero. Y se dedujo gastos que no podía deducirse.

Yo creo no tendría por qué dimitir en un país normal. Pero tengo la seguridad de que si Huerta hubiera sido del PP ya estaría crucificado.

Por cierto, este no es el caso de Monedero. Hemos visto a Huerta trabajar. Y hemos comprendido por qué le pagaban lo que le pagaban.