Violencia estructural

Publicado en JotDown en 2012

En España, hasta hace muy poco, cuando la madre de un recién nacido, o los abuelos maternos, lo mataban, se imponía una pena mucho menor que a cualquier otro asesino. Esta «ventaja» ya no existe en nuestra legislación, pero permanece así en la de muchos países. Por citar algunos, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Guatemala o Venezuela, entre otros. Hay algunos países, por ejemplo Dinamarca o Suiza, que lo recogen como asesinato atenuado, pero no por la cuestión del honor, sino considerando la situación de crisis tras el parto.

Las causas del infanticidio, en la actualidad o en el pasado, han sido discutidas por muchos antropólogos y biólogos. Y no se han puesto de acuerdo. Esto no importa demasiado a los efectos del asunto que quiero tratar en este artículo. Que sea una forma de control de población, como sostenía Marvin Harris, o una estrategia dirigida al éxito reproductivo de otros hijos, presentes o futuros, es una cuestión muy interesante, pero podemos dejarla para otra ocasión. Lo que importa es que siempre ha existido y que sigue existiendo y que es un comportamiento mucho más extendido de lo que pensamos. Veamos algunos datos.

Nos cuentan los antropólogos que han estudiado a los ayoreo, los yanomamo y los aché, que es frecuente que las madres maten -por ejemplo, enterrándolos- a sus hijos recién nacidos por causas como que la madre no tenga marido, que el hijo sea deforme, que hayan nacido gemelos o que el hijo nazca relativamente cerca de uno anterior. Los esquimales abandonan en la nieve a un 20% de las niñas nacidas y esto al parecer se relaciona con el hecho de que sean los varones adultos los que sufren un número mayor de accidentes, ya que son ellos los que cazan. El sesgo sexual en el infanticidio no es un caso aislado: en China (los europeos que llegaron en el siglo XIX se encontraron con cuatro veces más niños que niñas en algunas regiones, sobre todo con escasez de tierras, como en el bajo Yangtsé), en Birmania, India, Bangladesh, Jordania, Pakistán o Tailandia, tiene mucha más probabilidad de morir una niña recién nacida que un niño.

Las madres (y a veces los padres) suelen matar de forma que reciben un consuelo psicológico: dan menos alimento al niño, lo exponen más al frío, lo aplastan cuando duermen con ellos, a veces incluso dando el pecho. En Europa, en siglos pasados, las nodrizas con fama de «carniceras» tenían éxito comercial y los tornos en los que se dejaba a los recién nacidos eran una forma encubierta de infanticidio: hay datos de la primera mitad del siglo XIX, en Francia, de los que resulta que, entre el 85% y el 90% de los niños abandonados en esas instituciones fallecía en el primer año de vida. En la Alemania del siglo pasado, los hijos de viudas morían en un porcentaje muy superior tras la muerte del padre, mientras que los del viudo no se apartaban de la media … hasta que el viudo se casaba y los hijos competían con la prole futura de la nueva esposa. Esto coincide además con los datos actuales del primer mundo. En Canadá, un 12% de los nacimientos lo son de mujeres no casadas. Sin embargo, acumulan el 61 % de los infanticidios. Más aún, las mujeres matan a sus hijos con frecuencia 1,5 veces mayor que los hombres y demuestran menos remordimiento: sólo se suicida una de cada cincuenta madres infanticidas, mientras los hace el 43,6% de los padres infanticidas. En Estados Unidos, las madres solteras son, según una encuesta del sociólogo Richard Gelles, un 71% más violentas que las casadas y los padres solteros un 420% más violentos que los casados. También está acreditado que los padrastros son mucho más violentos con los hijos de su esposa (es 50 veces más probable que el violento sea el padrastro –y no el padre- en Inglaterra, 70 veces más probable en Canadá y 100 veces en Estados Unidos).

El infanticidio era más habitual en épocas pasadas por una razón añadida: los métodos abortivos como pócimas, apretar fuertemente con vendas, golpear la barriga de la embarazada o introducir objetos para provocar el aborto, eran muy peligrosos. Simplemente es más sencillo y menos arriesgado para la madre matar al recién nacido o procurar que no tenga oportunidades de crecer. Además, la muerte del recién nacido deja la madre disponible para nuevos embarazos y por tanto para oportunidades maritales (hay estudios al respecto incluso en sociedades industriales del primer mundo). Por esa razón, para evitar la amenorrea derivada de la lactancia, es tan habitual en muchas especies, y singularmente en los primates, que el nuevo macho dominante mate las anteriores crías de las hembras.

En fin, la antropóloga Susan Scrimshaw reunió esos datos y concluyó que el infanticidio era general en Asia, que en África lo practicaban el 58% de las sociedades, en América del Norte el 65% y en América del Sur el 69%. En un estudio realizado en 60 sociedades abiertamente infanticidas, la causa se repartía entre la existencia de un exceso de prole (un 50%), malformaciones o mala salud (un 19%), el adulterio (un 18%), el incesto (un 3%), el sexo del nacido (un 3,5%) y el resto por otras causas.

Esos mecanismos de consuelo, además, se relacionan con prácticas conocidas que tiene una gran importancia en relación con el asunto del aborto que trataré después. En muchas sociedades hay rituales de bienvenida al recién nacido que se extienden hasta plazos muy largos. Se solía decir que la razón fundamental de estos plazos era asegurarse de que el nacido es viable. Sucede, sin embargo, que dentro de esa viabilidad se incluye la voluntad de la madre o del padre de que subsista. Como dice Harris, «igual que los partidarios del aborto definen al feto como ‘no persona’ las sociedades que alientan o admiten el infanticidio hacen lo mismo con el neonato». Así, en el Japón premoderno, los parientes y amigos no felicitaban a los padres hasta que éstos manifestasen si iba a ser criado o no. Los famosos ¡kung consideran que el hecho de que se le dé nombre al nacido es la prueba de que la madre querrá criarlo y que no es una amenaza para sus hermanos. Los amahuaca de Perú simplemente no consideran «ser humano» al nacido hasta los tres años.

El infanticidio empezó a ser especialmente mal visto precisamente cuando los métodos anticonceptivos y el aborto se hicieron más seguros. Su uso generalizado a lo largo de la historia humana demuestra que esa idea de que las mujeres están programadas para tener una pulsión reproductora y para cuidar de todos sus hijos es, al menos, matizable. La realidad es que, en las sociedades avanzadas, estos sistemas de control de la natalidad (sí, el aborto es uno de ellos) permitieron rebajar el número de hijos y éstos se hicieron más valiosos porque en cada uno de ellos la inversión económica era cada vez mayor. Esto provocó el desarrollo de una cultura de protección de la infancia y muchas personas han interiorizado que siempre fue así.

Los seres humanos solemos confundir los productos de la evolución cultural con principios inmutables. Uno de ellos es el valor de la vida humana. Muchas personas creen que la vida humana tiene un valor absoluto y en ello basan su defensa de la abolición de la pena de muerte y el castigo del homicidio. No aceptan que el razonamiento sea simplemente práctico. Están infectadas por el mal de la «tolerancia cero». Ciertas cosas están mal y hay que perseguirlas o impedirlas nos cueste lo que nos cueste. Esa manera perniciosa de pensar es la que explica que el pánico ante el mal de las vacas locas llevase a la Unión Europea a una orgía de prohibiciones y de destrucción de ganado (incluso de incineración) sobre la base de unos riesgos mínimos –las medidas básicas se habían adoptado ya en Inglaterra- y ello pese a que ese proceso resultase tremendamente costoso y detrajese recursos que se habrían podido usar para evitar otras muertes. La manera razonable de pensar, sin embargo, es otra. En toda medida hay que evaluar sus costes y resultados predecibles y minimizar los resultados dañinos hasta el punto en que seguir con esa minimización no provoque un gasto de recursos que puedan utilizarse para otros fines similares. Los seres humanos sí han sabido que la vida de un anciano o de un niño no era absoluta. Hacían cálculos y tomaban decisiones que eran admitidas por el grupo. Las leyes, incluso las penales, se basan en esos cálculos. Y si se han vestido de «absolutos» lo ha sido por el miedo a relativizar la vida humana, por ejemplo, y que eso dé lugar a un régimen como el nazi. Yo soy partidario de lo contrario. La mejor manera de evitar la vestidura de los valores absolutos (también existía esa vestidura en el nazismo, que llegó a perjudicar su esfuerzo de guerra por llevar al fin su locura racista y genocida) es precisamente insistir constantemente en que las sociedades y el derecho son un resultado cultural, que las normas suelen basarse en razones y que el avance se debe fundamentar en una ponderación serena de pros y contras.

Ayer, el ministro Ruiz Gallardón, ante una pregunta idiota dio una respuesta idiota. La pregunta era idiota porque definir el aborto como «derecho reproductivo» es un ejemplo de ese lenguaje enmascarador del que hablo en este artículo. Abortar es matar a un ser humano dependiente en un momento de su desarrollo y no tiene nada que ver con la reproducción, sino justo con lo contrario. Hace muchos años, cuando era adolescente, escuché a una mujer, en un debate televisivo, una frase que me impactó. Decía «cómo va a ser lo mismo matar a un niño que poner fin a unas cuántas células». Me parecía una forma de expresarse cruel. Con el tiempo comprendí que la realidad es mucho más complicada, que el ser humano lo es desde que tiene un genoma único, pero que no es lo mismo un feto de cuatro semanas que uno de siete, o un recién nacido que una persona de veinte años, y comprendí que el derecho debía llegar a soluciones razonables que evitasen que las mujeres abortasen jugándose la vida en cuchitriles infectos o que matasen subrepticiamente a sus hijos recién nacidos; y que controlar cuándo decides tener un hijo o no es importante, porque se relaciona con la vida de una persona que ya es adulta (la madre), de forma directa, y porque de esa decisión puede depender la vida de aquel que viene al mundo. Aprendí a descender a la realidad, a una realidad como la que encabeza este artículo, y a pensar en soluciones.

Por otra parte, hay muchas personas angustiadas por la proliferación de lo que consideran un crimen horrendo. Si hay una trivialización del aborto, ésta se produce sobre todo en relación con los sentimientos de estas personas a las que se acusa, a menudo injustamente, de retrógradas.

Yo no puedo admitir que se me impongan dogmas sobre lo que es natural o no, y de ahí deducir nuestras instituciones jurídicas. No transijo sobre esto, pero también es un dato el que muchas personas consideren éste un grave crimen y un problema que se oculta bajo las estadísticas. Por esa razón, hace mucho llegué a la conclusión de que —mientras se inventa un anticonceptivo ideal— sólo en un sistema equilibrado y que privilegiase la seguridad jurídica podría producirse un acuerdo básico. Ya sé que los que defienden que el aborto es un crimen horrendo, lo seguirán pensando aunque se prohíba a partir de una determinada semana de embarazo, pero tendrán que admitir que es «mejor» que se prohíba de forma eficaz a partir de esa fecha a que se permita en cualquier caso. La seguridad jurídica se obtiene fijando un plazo antes del cual se permitirá el aborto sin restricciones, y fijando consecuencias penales para los abortos a posteriori. Con un plazo razonable (salvo excepciones como el riesgo para la vida de la madre que es un caso típico de conflicto de derechos), ninguna mujer puede alegar que no ha tenido oportunidad de evitar un embarazo no deseado y la consecuencia sólo puede ser que, traspasado ese límite, el aborto sea delito. Y que lo sea de verdad es el pago que debe hacerse a los que se oponen al aborto en cualquier caso para encontrar ese lugar de acuerdo. Naturalmente, soy consciente de que esta posición no se admitirá por mucha gente, pero la creo razonable y, cómo es la mía, la expongo, antes de seguir adelante.

Decía que el ministro había dicho algo idiota. Me explicaré. El uso del término «violencia estructural» contra las mujeres que abortan -y que, se supone, sin esa «violencia» no abortarían- es una manera retorcida de introducir el debate sobre si el aborto debe o no ser legal, y en qué condiciones. La coacción ya es delito. Para evitarse la pregunta de qué hace un ministro que consiente que se cometan delitos en masa contra las mujeres que abortan, el señor Ruiz Gallardón habla de una violencia difusa que tiene que ver con las condiciones laborales, con las opiniones de los progenitores A, con el futuro profesional o laboral. Es asombroso. Ellas son ellas y sus circunstancias nos dice el ministro y abortan por sus circunstancias «violentas». Sin embargo, actuamos aplicando la ficción de que los seres humanos son libres y capaces de tomar decisiones conociendo  que los hay más tontos o más listos, más agraciados o más feos, más ricos o pobres. Ya sabemos que la suerte influye y que tiene que ver con cosas como el lugar de nacimiento, el sexo, la clase social de tus padres, y tus características físicas. Es una ficción importantísima porque no hay alternativa. No podemos legislar para completar las decisiones de las personas, como un Gran Hermano que le indicará a él o ella cuál es la decisión correcta. La cuestión que hay que discutir es si el aborto debe o no ser legal. Si lo es, las mujeres mayores de edad y capaces deben poder decidir sin intromisiones. Y si el señor ministro quiere fomentar la natalidad que lo haga favoreciendo los nacimientos en abstracto, no intentando penetrar en la mente de una mujer que decide abortar. La libertad es eso: dejar de discutir las razones de la gente para hacer esto o aquello y que asuman las consecuencias de sus decisiones. Dejar de perseguir a los gordos, a los obsesos sexuales, a los machistas, a los zurdos, a los que fuman o se drogan, a los aficionados al fútbol, a los que escuchan a Amaral, a los que piensan cosas diferentes a las «correctas», sin perjuicio de que asuman las consecuencias de su conducta. Las que sean. El afán regulatorio es la manera de uniformarnos, mediante el procedimiento de demostrarnos que el Estado es más capaz que nadie de decidir qué nos conviene.

Nos han vendido una motocicleta brillante en la que todo se debe hacer por buenos motivos, que nos deben gustar los animalitos y no ser crueles, que debemos ser comprensivos y sentir empatía por la madre naturaleza. Por eso, cuando hacemos cosas que no concuerdan con ese mundo irreal, disfrazamos nuestro discurso y hacemos piruetas para justificar esas «pequeñas» disonancias. Ésa es una forma de calmar nuestra mala conciencia y, de paso, de ceder nuestro raciocinio y nuestra capacidad de decidir en aquéllos que construyen sistemas en los que todas las causas y todos los efectos encajan maravillosamente. Yo prefiero la realidad. Es más jodida, pero no te engaña.

La izquierda y sus armarios

Este desnortado debate sobre si ETA era de izquierdas se resume bien aquí. Comparto básicamente la entrada de Prez. Sus argumentos. Pero creo que falta algo.

Se ha dicho que los términos izquierda y derecha son poco descriptivos ahora. Algo de esto hay. Un comunista lanza una piedra contra un militante de Vox y los que se lo reprochan desde la izquierda lo acusan de fascista, no de comunista revolucionario. Se hace megamillonario el hijo de un dirigente del Partido Comunista de China y uno no sabe si aplaudir su ascenso como derechista o izquierdista, como uno tampoco sabe cómo describir el propio régimen chino actual. Esto tampoco es nuevo. El régimen nazi o el fascista ya reúnen algunos rasgos que hoy vemos en China —con más eficacia— y en otros muchos países casi siempre en versiones más paletas: capitalismo de Estado, autoritarismo o totalitarismo, control social, políticas elefantiásicas, reparto amorfo de la riqueza entre élites corruptas inestables que actúan en paralelo, solapándose en esferas de influencia de límites difusos. También las versiones más ultramontanas del catolicismo son antiliberales. Digamos que hay patrones que se repiten.

Por ello los términos izquierda y derecha solo tienen utilidad descriptiva dentro de un círculo: el que engloba a los regímenes y partidos auténticamente democráticos. La definición del círculo es positiva y negativa. Los que están dentro creen en la existencia de libertades individuales y derechos fundamentales; defienden sociedades abiertas, un reparto del poder con sistemas más o menos sofisticados y/o intensos de contrapoderes y garantías; promueven un reparto pacífico y reglado del poder; admiten exclusivamente la imposición de intereses y políticas de grupos y tribus en un marco prefijado y esencialmente limitado por esas fronteras más allá de las cuáles solo hay leones. La definición es también negativa: son aquellos que no son liberticidas y autoritarios, o que apuestan por imponer políticas al resto del demos mediante métodos coactivos y violentos.

Estas definiciones se basan en la realidad. Quiero decir con esto que alguien puede caer fuera del círculo por defender determinadas ideas o programas (aunque no tenga ocasión de llevarlos a la práctica) —por ejemplo un programa racista— o por definirse como partidario de ideas «admisibles», pero no actuar realmente conforme a esa definición, utilizando subterfugios y mentiras más o menos elaboradas como forma de encubrimiento.

Un terrorista, por definición, está fuera del círculo. Esto es obvio. Sin embargo, la distinción contenida en el párrafo anterior tiene cierta utilidad. Un terrorista islamista no nos miente. Su visión de su religión le permite matar infieles para crear su reino en la tierra y lo hace abiertamente. Podemos decir que la chaladura es evidente. Algo parecido sucedía con los nazis. Su terror se basaba en construcciones y discursos tan enloquecidos y disparatados que necesitabas un contexto muy concreto, un programa de manipulación mental muy intenso o una acumulación de «tradiciones» casi milenaria para creer en ellos. Su acción casi siempre se presenta como defensiva, terapéutica. En su lenguaje es habitual que el programa pretenda extirpar algún tipo de enfermedad, una patología que nos ha hecho degenerar desde un pasado idílico y puro.

Frente a esto nos encontramos con los discursos milenaristas activistas. Los que quieren crear una sociedad nueva, un hombre nuevo; una y uno que nunca existieron. Para así acabar con el mal y la injusticia. Este tipo de discursos prevalecen más fácilmente porque su engaño es más sutil. Sí, también en gran medida son de tipo religioso. Te venden un más allá que ha de llegar si se paga un precio (aquí, ahora). Su mensaje suele ser igualitario y colectivista, porque la manera de convencer a la gente de que haga algo inmoral por una supuesta «buena causa» mediata y futura es convertir la libertad en egoísmo y el individuo que persiste en quintacolumnista solo por existir. Lo que los diferencia es la naturaleza de su paraíso: no es un paraíso pasado, sino uno que está por venir. Sus discursos legitiman la violencia como medio para un fin haciendo contabilidad creativa. Siempre hay que esperar un poco más y llegar un poco más lejos para empezar a vislumbrar el momento en que veremos el resultado. En aquellos el paraíso es una narración sobre el pasado antes del pecado; en estos es una narración sobre el futuro que espera a las generaciones venideras.

El terrorista de izquierdas suele pertenecer a este segundo grupo. Ponen bombas en sociedades pacíficas y democráticas no para traer la democracia, la paz, la justicia y la igualdad, sino para crear las condiciones en que esto sea inevitable según su biblia. El terror es el dolor del parto de una era llena de bienes.

La razón por la que es tan fácil para todas las personas dentro del círculo admitir que un terrorista pueda ser de derechas, nacionalista o religioso se sitúa en esa distinción sobre los discursos y la mentira. La derecha y la izquierda dentro del círculo saben que quien usa métodos violentos contra sociedades democráticas para aterrorizarlas y así imponer una visión nacionalista, racista o religiosa no son solo terroristas. El terror es el medio prohibido para «regresar» a sus paraísos idílicos. Por eso siguen siendo racistas, nacionalistas o prosélitos. También para el sector conservador que se sitúa dentro del círculo, que percibe con claridad que el uso de esos medios para fines solo folclóricamente relacionados con los suyos, como consecuencia de la dialéctica política dentro del círculo, los expulsa irremediablemente de su familia ideológica. De hecho, la familia liberal-conservadora dentro del círculo siempre enfatiza esta distinción por el miedo a que se les atribuya un pecado original (ahora explicaré esto).

Sin embargo, para el sector a la izquierda dentro del círculo, llegar a una conclusión similar respecto del terrorista de izquierdas es mucho más difícil por la persistencia de una serie de mitos y creencias. Cuando la izquierda era la burguesía, la derecha era la aristocracia. El pecado original de la aristocracia era evidente: formaba parte de un sistema irracional, basado en la sangre y en el parentesco. Cuando la burguesía tomó el poder, la izquierda logró que aceptase la herencia completa en el plano simbólico. Había algo de verdad en ello, pero poca. El burgués no era el aristócrata, pero terminó haciéndose perdonar el pecado heredado y con ello, a su pesar, admitió en la práctica la superioridad de la izquierda. Los propios hijos de la burguesía contribuyeron a ello con fruición y con el furor típico del traidor, ya que nutrieron las élites de los movimientos de izquierda. Decía que había verdad, pero poca, porque las primeras generaciones de burgueses que tomaron el poder en las sociedades occidentales eran conscientes de que todavía estaban excluyendo a una mayoría sin una justificación racional, a la vez que sabían que la evolución histórica hacia una mayor distribución del poder era inevitable. Esta era la verdad. La burguesía quería repartir el poder, pero sin renunciar a su poder económico. Y la izquierda convenció a todo el mundo de que solo acabando con el poder económico privado, lo que exigía la destrucción del sistema que lo permitía y alentaba, podría alcanzarse una auténtica democracia y libertad. Y esta era la mentira.

Lentamente, con la dilución de su poder, el establecimiento del sufragio universal y la creación (con influencias de todo tipo, algunas incluso manifiestamente autoritarias) de sistemas de protección social, la burguesía fue perdiendo sus pulsiones autoritarias más directas. Y lo mismo sucedió con un sector de la izquierda, que empezó creyendo que su retirada de la revolución para hacerse con su parte de la tarta era una retirada táctica, una fase, y terminó actuando como si ya no fuera posible. Su aplazamiento sine die de la revolución, auténtica renuncia, se hizo sin renunciar a sus mitos fundadores como sí habían hecho, sin dificultad, las derechas y los liberales con la herencia que se les atribuía. También creo que los fines de la izquierda fuera del círculo solo se parecen en un sentido folclórico a los fines de la izquierda dentro del círculo. Los hechos son tozudos y basta con ver la evolución, por ejemplo, de la socialdemocracia alemana. Pero a diferencia de la derecha, la izquierda ha querido mantener dentro de su familia a «sus» violentos, a «sus» autoritarios, a «sus» totalitarios. Su comportamiento es, en esto, sectario y, en su aspecto más tribal, mafioso. Repudian las bombas de los que ponen bombas, pero no renuncian a ese aspecto folclórico de sus mitos e ideales. El demócrata de derechas ve a Pinochet como un patán asesino. El de izquierdas ve a Castro como un hombre equivocado que comete excesos. Como ese primo tan majo que terminó en prisión. Alguien de la familia.

Esta disonancia es la que explica que, enfrentado al horror directo del atentado, el hombre de izquierdas dentro del círculo termine incluso afirmando que un etarra no es de izquierdas, sino solo un terrorista. Y que, a su vez, ese mismo terrorista sea admitido incluso con afecto una vez deja de matar, secuestrar o extorsionar (como ha sucedido también con ETA). Porque vuelve a casa. Y esa es la razón por la que en nuestra sociedad pueda un comunista ser ministro sin que se produzca un rechazo radical (como el que sucedería con un nazi). Un comunista es alguien que defiende una ideología que no puede presentar ningún ejemplo de aplicación práctica que se haya producido dentro del círculo. Siempre se ha implantado violentamente, ha producido resultados totalitarios y ha provocado millones de muertos. Sin embargo, la izquierda dentro del círculo sigue viéndose como la versión pragmática del mito. El comunista es el pariente exaltado, majete, al que no quieres dar la llave de la caja porque terminamos quebrados. No es el tipo que se pone la gorra a hostias para implantar una dictadura teocrática en la que dios es una lista de afirmaciones grandilocuentes que se lleva por delante incluso a los creyentes. El problema, te dicen, no es de las ideas, sino de las personas.

Esta es la cuestión. Mientras la izquierda dentro del círculo no rompa definitivamente con su pasado, también con el simbólico, seguiremos con estas milongas. Afirmaciones como las de Maneiro o las del tuit que inició esta discusión son un simple reflejo de esta mendacidad. Una mendacidad que recuerda, por cierto, a la del hombre blanco en el siglo diecinueve y principios del veinte. En esa época, se actuaba de manera universal como si los hombres blancos fuésemos superiores a los hombres de otras razas, pese a los mensajes de fraternidad universal y a las declaraciones de derechos del hombre. Decíamos una cosa y hacíamos la contraria.

Cuando las personas de izquierdas den el paso y admitan que el problema no deriva de la aplicación práctica de sus ideas fundadoras, sino de esas mismas ideas, a las que han renunciado en la práctica para sustituirlas por otras enormemente parecidas a las de sus vecinos conservadores y liberales, estarán preparadas para decir sin problemas que ETA era de izquierdas.

Mientras tanto, seguirán siendo mejores que los demás. Seguirán siendo dioses, como decía el príncipe de Salina. Inmunes al delito por la pureza de su corazón. Y veremos paradójicamente como Otegi, pasa de ser un simple terrorista y punto, a ser un señor de izquierdas, cuando, según afirma, no ha cambiado de manera de pensar en lo esencial. Cuando el buen hombre solo aplicó, antes, los manuales que adornan las librerías de tantos.

Un partido al que votar

Imaginen un partido que quisiera influir en la política española conforme a unos principios, líneas ideológicas, programas, pero que con carácter previo se definiese por unas limitaciones intrínsecas, estatutarias, que se convirtiesen en una especie de bandera negativa. Algo así:

1.- Nunca participar en un gobierno (del tipo que sea) salvo en el caso de haber ganado las elecciones de que se trate (y contar con apoyos para ello, propios o externos). De esta forma, ese partido X solo gobernaría cuando su acción de gobierno pudiese aplicar mayoritariamente su programa.

2.- Caracterizarse por apoyar, sin ningún tipo de contrapartida, la investidura de cualquier partido que hubiese ganado unas elecciones, incluyendo en el compromiso el apoyo para las líneas básicas de ese gobierno —por ejemplo, aprobación de presupuestos—, siempre que ese partido se comprometiese a:

  • Cumplir la Constitución y las leyes. No solo formalmente, sino su espíritu. Incluyan aquí perseguir la corrupción cuando se descubra.
  • No pactar con ningún partido ni apoyarse en ningún partido que promueva un programa político (o desarrolle una acción política) que implique el incumplimiento de la ley y la Constitución, la destrucción del sistema y de la nación constitucional, que defienda o justifique el uso de la violencia o la coacción como instrumento político, que, de manera directa o indirecta, atente contra los principios democráticos y los derechos humanos universales.
  • Rendir cuentas. Lo que incluye ser trasparente y pagar por la mentira.

(pagando el precio en caso de incumplir con su compromiso).

3.- Establecer un sistema de vigilancia del cumplimiento de estas líneas básicas de actuación que garantizase que fuesen independientes absolutamente (e incompatible su pertenencia a ambos) los órganos encargados de la política activa (y de la presentación a elecciones y la ocupación de cargos) de aquellos que deben interpretar estos límites estatutarios (que debería recaer precisamente en gente que no solo no quisiera hacer carrera política, sino que se viera impedida de hacerla mediante normas internas contra puertas giratorias). De forma que nunca fuese el líder o sus equipos los que decidieran sobre la política de pactos y sobre el propio cumplimiento interno de las normas estatutarias.

Un partido así sería un coñazo. Sería muy difícil que gobernase y, por tanto, hacer carrera en él resultaría complicado. Además, la incompatibilidad entre la carrera política y el control estatutario, dificultaría el control del aparato por los líderes, que tendrían que contar con esos órganos de control, que por sus propias limitaciones deberían recaer en militantes que no pretendiesen ser otra cosa que militantes. Sí, es posible que no funcionase perfectamente, pero haría más difícil el cesarismo, que hemos visto en tantos partidos «nuevos». Por cierto, esta evolución ya era evidente en Cs en 2007, cuando Rivera y su ejecutiva empezaron a saltarse los estatutos del partido.

Como decía, un partido así sería un coñazo. Una apuesta a largo plazo y dudosa. Su ideario atraería seguramente a gente con un perfil muy concreto, moderada, poco ruidosa, progresista (en su sentido estricto), dispuesta a discusiones aburridas sobre programas que considerasen los datos y nos los berridos o los artículos de fe, que lo vería incluso con algo de desapego, con cierta repulsa del activismo populista, y consciente de las muchas posibilidades de que no funcionase. Pero ¿y si lo hiciese? ¿Y si atrajese a un número suficiente de personas que solo quisieran ver en el Congreso y en el Senado (o en su ayuntamiento) una veintena de diputados que inclinasen la balanza, centrando y moderando la acción de Gobierno sin buscar más recompensa que cumplir con sus fines?

Ya sé que muchos, con sorna, dirán que ese es un partido a mi imagen y semejanza. Un partido con un solo votante. El famoso ME. Algo de verdad hay; aunque si fuera por eso, por pensar en mundos utópicos, optaría por un despotismo ilustrado que me tuviera a mí como déspota y a ustedes como súbditos agradecidos.

Sin embargo, algo parecido quisimos algunos —unos cuantos— hace mucho. A los pocos meses ya supimos que había fracasado. Yo sostuve entonces que había una ventana para convencer a 3 ó 4 millones de españoles. Y la aparición y muerte posterior de UPyD me llevó a afirmarlo de nuevo.

No sé si ahora, ante la deriva desastrosa de los partidos «nuevos» y la radicalización cada vez mayor de cada vez más número de españoles, ha pasado la oportunidad. Creo que ahora sería más difícil. Demasiado cinismo y hartazgo. Demasiada politología y hagiografía del táctico enano. Haría falta una especie de milagro. Soy perfectamente consciente, además, de la dificultad de poner en pie algo así, dada la naturaleza de los partidos y los perversos incentivos que crea. Su única oportunidad sería que naciera así, con casco y armadura, mientras no fuese nada y a sabiendas de que podría no dejar nunca de serlo.

Muy difícil. Quizás imposible. Pero estaría bien que existiese un partido al que votar por lo que es y no por lo que son los otros. Uno que no aspirase a ganar, sino a defendernos y a hacernos mejores. Uno que solo pudiera crecer y quizás prevalecer en una sociedad mejorada.

La hedionda cáscara

Aquí, a partir del 52’45” aproximadamente, pueden escuchar la discusión en la tertulia del programa de Carlos Alsina sobre la agresión a dirigentes y simpatizantes de VOX en Vallecas.

Siento pedirles que escuchen a Toni Bolaño, periodista insoportablemente sectario, pero sirve para ejemplificar algo.

Se le pregunta a Bolaño sobre la cuestión y este comienza sosteniendo que la clave es que ha habido una bronca. No dice una agresión. Y que por esta razón no nos hemos enterado de las propuestas de VOX. Que este es el mensaje que VOX quiere trasladar. Que los otros son tontos útiles. Que gracias a esto VOX ha conseguido mayor repercusión. Que no sabe si esto es un buen negocio para gente supuestamente de izquierdas y que esta estrategia no tiene sentido porque lo único que haces con ella es favorecer al que agredes en teoría.

Todo el discurso se centra en el efecto pernicioso que, dice, produce agredir a la gente de VOX. No se escucha una sola palabra sobre la inmoralidad de los hechos. Un oyente despistado podría pensar que esa omisión no implica que Bolaño no piense que la agresión es inmoral, pero incluso ese oyente puede salir de dudas simplemente escuchando la nueva intervención del tertuliano, a partir de 1h03’05”: tras los comentarios (más aseados, aunque no del todo satisfactorios) de otros tertulianos, Bolaño insiste en que esto favorece a Podemos y a VOX, porque activa su voto, pero que lo malo no es que se active el voto de Podemos, sino que estos cometan el error de hacer de altavoces de VOX; y cuando Casimiro García Abadillo le indica que hay una diferencia entre activar el voto haciendo un mitin y hacerlo lanzando piedras, ni siquiera entonces dice que, efectivamente, la hay, sino que se limita a afirmar (entre balbuceos) que no sabe si VOX es un partido democrático, que esto lo pone en duda y que los de Podemos se hacen un flaco favor al activar el voto de VOX.

Toda la intervención es un ejemplo de los males que nos han traído donde estamos. En vez de centrarse en lo esencial para un demócrata que crea en las reglas del pluralismo civilizado, su discurso se centra exclusivamente en el beneficio que supuestamente van a obtener los que odia. Los que intentan impedir un mitin político en el espacio público de manera violenta son “tontos útiles” que cometen “errores” y favorecen la estrategia de VOX, los agredidos en “teoría” que buscan esto para movilizar su voto y se aprovechan de ello. Más aún, cuando se le expone la asimetría cualitativa entre buscar repercusión con discursos y hacerlo impidiendo a ladrillazo limpio a alguien hacer campaña, cuando alguien pone la lupa en lo auténticamente grave, insiste en no valorar la conducta de los violentos, iguala a agresor y agredido, afirma que VOX no es democrático -sin decir nada de Podemos al respecto- y reitera que lo grave es el “flaco favor” que se hacen gentes “supuestamente” de izquierda con actos así que movilizan al votante de VOX.

No hay una sola palabra sobre el acto criminal y voluntario de los que, una vez más, deciden que el espacio público es suyo y nadie que les disguste pueda utilizarlo (aunque el acto sea legal). Ni una sola palabra sobre la naturaleza intrínsecamente inmoral y antidemocrática de esos energúmenos. Ninguna sobre el peligro, para el sistema y para todos nosotros, de legitimar estas conductas coactivas incompatibles con un sistema democrático, con independencia de que nos guste o disguste quien expone sus ideas (siempre que se trate de un partido legal). No; solo le preocupa el beneficio que de este comportamiento, según Bolaño, pueda obtener VOX, y en la gravedad de que los agredidos puedan ver su voto movilizado, lo que implica que estos hechos no serían graves o preocupantes o que incluso serían benéficos si estratégicamente desmovilizasen el voto que no le gusta. Es decir, que la cosa no sería preocupante si no beneficiase a las víctimas de la violencia. Por cierto, ya que hablo de esto, el mantra de que esta repugnante conducta beneficia al agredido es además una falacia. Lo hace o no; depende del lugar y las circunstancias. En todo caso, como premisa, hacer política bajo la presión de grupos violentos que se dedican a insultar y agredir a los que lo intentan y a los simpatizantes de los que lo intentan es siempre peor que hacerlo en un ambiente de tolerancia. Y cuando la presión se hace más intensa y no nos defendemos, los violentos ganan. Se ha visto en mil momentos y lugares. En España, esa anormalidad que parece preocupar a Bolaño solo si la víctima es un partido que le gusta, éxito de los fanáticos intolerantes, se dio y se sigue dando en el País Vasco y Cataluña.

Termino. Siempre hay gente que quiere pisotear el sistema y las instituciones y expulsar a los que no piensan como ellos. Tenemos que lidiar con gente así, con prudencia y proporcionalidad, precisamente para no ser como ellos. La anormalidad no es que existan y que, por épocas, parezcan dominar el ruido público y convertirse en más poderosos de lo que son. El problema es que haya quienes se intentan aprovechar de estas conductas para señalar a los adversarios políticos etiquetándolos como excusa para maniatar sus críticas, a la vez que dejan hacer, minimizando comportamientos antidemocráticos porque vienen del sector ideológico “correcto”. Hemos llegado en España al delirio de que se considere fascistas a partidos como Ciudadanos y PP, que ni en el más enloquecido viaje alucinado pasan de ser partidos similares a otros de centro y derecha de cualquier país democrático avanzado, y que esto sea alimentado por el PSOE, que se atreve a manchar a sus oponente por cualquier contacto que tengan con VOX, cuando se rodean en el Gobierno de comunistas, de populistas de extrema izquierda, y pactan con partidos que aplauden a asesinos múltiples que salen de prisión y partidos que quieren abiertamente acabar con la nación constitucional.

Esa aberrante inmoralidad solo es posible mediante la disociación que tan perfectamente se observa en los comentarios de Bolaño. Todo lo que es comprensión cuando se trata de los que pertenecen a los que perciben como miembros de la gran familia de la izquierda, por inadmisible que sea su conducta, se convierte en rigor cuando juzgan, no ya a VOX, sino al PP y a Cs, por hacer muchísimo menos de lo que ellos mismos han hecho y hacen. Para poder sobrevivir a esa esquizofenia moral tienen que chapotear en una ciénaga de mendacidad y presentarse como moderados, dialogantes y demócratas, cuando la realidad es que, por interés y soberbia, han degenerado en tramoya.

La irresponsabilidad histórica no se encuentra en los que se comportan como lo que son y hacen lo que les define. A esos no se les puede pedir nada. Se encuentra en los que por interés decidieron no dar ni agua a los que compartían principios con ellos. Al hacerlo renunciaron a esos principios, pero no renunciaron a la retórica. Al maldito y maloliente relato.

Las dos versiones

No he leído la entrevista de Espada al antiguo alcalde de Ponferrada, así que no puedo comentarla. El documental de NETFLIX me pareció muy malo (visual y argumentalmente), repetitivo y parcial. Todos los testimonios, que repiten lo mismo hasta el agotamiento, van en una dirección. Además, el documental casi no roza algunas cuestiones que nadie con afán real de ser objetivo habría eludido, como las relativas a las circunstancias que llevaron a Nevenka Fernández a presentarse en las listas del que luego sería su acosador. De hecho, convertir un documental en una hagiografía suele terminar en fracaso. No solo porque el espectador seguramente se dé cuenta (y tema que le estén vendiendo gato por liebre), sino porque mostrar la realidad en toda su complejidad deja sin excusas al que tuvo un comportamiento inmoral e incluso delictivo (como sucede en este caso). Cuando se comete un delito, la víctima no ha de tener un comportamiento irreprochable en todos los aspectos de su vida para que aquello se declare y para que se condene al culpable. Más aún, mostrar la realidad sirve para cambiar esquemas mentales que justifican conductas inadmisibles y que funcionan como rémoras para el avance social y civilizatorio. La verdad y el afán por enseñar todo lo relevante es el mejor antídoto.

El documental es muy malo, pero podemos ir a un documento mucho más autorizado: la sentencia del Tribunal Supremo que resolvió los recursos de casación (del alcalde condenado y de la víctima).

La sentencia de instancia no da por probados algunos episodios que aparecen en el documental (relatados por Nevenka Fernández). Pero, pese a omitir los aparentemente más escabrosos, queda establecido que:

«(…) la Sala sentenciadora narra cómo a partir de la negativa de Elsa a continuar las relaciones sexuales con Luis Antonio, éste cambia de actitud y se producen algunas situaciones significativas. Así, en el pleno municipal celebrado el día 22 de mayo de 2002, con ocasión de tratar sobre un asunto relacionado con las tasas de las terrazas de verano, le recrimina públicamente a Elsa “no llevar bien preparada la sesión”, llegando al finalizar la sesión a tirar los papeles al suelo, diciendo: “esto es una mierda”, lo que motivó que la querellante abandonara la reunión llorando; el día 23 de mayo de 2000, el acusado deja sin efecto un anterior decreto por el que le delegaba determinadas atribuciones, sin que exista causa alguna que lo justificara; el 26 de junio de 2000, la desplaza del despacho que tenía asignado en el edificio consistorial a otro edificio colindante; el día 22 de septiembre de 2000, desconvoca -para desacreditarla- una junta del I.M.F.E. (cuya presidencia había asumido Elsa, y a la que había asignado el nuevo despacho), so pretexto de un inadecuado orden del día, y finalmente, tras la baja originada por estos hechos, se produce una reducción de sus emolumentos, “lo que en situaciones análogas no se habría hecho con otro Concejal del mismo grupo”. Estos acontecimientos, ciertamente de naturaleza objetiva, han provocado en la víctima una situación gravemente humillante. El acusado, tras el cambio de actitud que se produce como consecuencia de la negativa a continuar las relaciones sexuales, siempre siguiendo el “factum”, intangible en esta vía casacional, no solamente humilla públicamente a la querellante en el curso de una sesión plenaria municipal, al punto de tirar los papeles al suelo y dirigirse a Elsa en términos de público reproche, sino que, sin justificación aparente, le retira la delegación de atribuciones, sin causa que ampare ese comportamiento, la traslada de despacho a otro edificio, por más que éste sea colindante con el ayuntamiento, y concluye su acción disminuyéndola el sueldo a partir del día 22 de septiembre de 2000, a causa de la baja laboral que sufre, cuando esto no se hubiera hecho con otro concejal de su grupo, si nos atenemos a los hechos declarados probados por la sentencia recurrida. El acusado con su actuación, provoca una situación de humillación y grave perjuicio, hasta allá donde sus prerrogativas se lo permiten, sin más justificación aparente que el rechazo a su solicitud de continuar las relaciones sexuales, igualmente para ser fieles con el relato factual.


Este resultado se encuentra, pues, en conexión causal con la aludida solicitud o pretensión, resultando dicha conexión del mismo relato probatorio, habiendo actuado el acusado con dolo, entendiendo por tal elemento subjetivo el simple conocimiento del riesgo potencial de poner en peligro el bien jurídico protegido por la norma, o si se prefiere, desde otra vertiente más clásica, la voluntad de infringir la norma jurídica con conocimiento de sus contornos fácticos, que el agente despliega de forma consciente. El dolo es palpablemente concurrente, y ni siquiera ha sido frontalmente puesto en entredicho por el recurrente.»

Al leer la sentencia se observa que las inconsistencias que denuncia el acusado en la declaración de la denunciante (que los peritos explican por el tipo de patología padecida por Nevenka Fernández) se centran en cuestiones accesorias, intrascendentes o situadas fuera del núcleo de aquello por lo que se condenaba.

Hay algo más. Los dos votos particulares son muy interesantes. En uno de ellos se considera (como ya se afirmaba en un voto particular de la sentencia de instancia), que no podía existir delito al no existir una situación de jerarquía o de relación laboral o de servicios, puesto que esta relación no se da entre un concejal y un alcalde. Pero lo más interesante, en lo que ambos votos particulares coinciden, es en que el acusado debió ser condenado también por un delito de lesiones. Así, un voto particular afirma:

« Concurren para ello todos los elementos establecidos en la norma, a saber:


a) El empleo de medios o procedimientos por parte del acusado, hábiles para la causación de la lesión (…) b) La indudable intención lesiva de esa conducta, motivada por la frustración causada por el rechazo manifestado por la víctima a proseguir la relación sentimental interrumpida y apoyándose además en el conocimiento, por su autor, de la fragilidad psíquica de la mujer, anteriormente puesta de manifiesto ante él. c) El resultado consistente en menoscabo de la integridad mental de la querellante, debidamente constatado por los informes médicos obrantes en las actuaciones. d) La necesidad objetiva de tratamiento médico-psiquiátrico dispensado a la lesionada (…) e) La relación de causalidad, también pericialmente afirmada, entre la conducta del querellado y ese resultado lesivo padecido por la querellante.


Elementos todos ellos que (…) aparecen (…) con la lectura de la literalidad de la intangible narración de los Hechos Probados contenida en la Resolución de instancia, en especial cuando en ella se dice que:

“En la actualidad Elsa , recuperada de la depresión sufrida como consecuencia de los hechos expuestos, se encuentra trabajando en Inglaterra con total normalidad, ha remitido por completo el cuadro clínico diagnosticado y no persisten secuelas. El facultativo que ha informado expresamente sobre su sanidad manifiesta además, para el caso de que se consideren probados los hechos, un tiempo de tratamiento de 187 días, mismo tiempo que habría estado impedida para sus ocupaciones habituales. Dicha lesión habría requerido para su curación, primera asistencia facultativa seguida de tratamiento médico posterior (folio 1.403). Sin embargo, la duración del tratamiento y el tiempo real que estuvo impedida para sus ocupaciones, no aparece exactamente acreditado y existen discrepancias, no esenciales, en el diagnóstico de la enfermedad que padeció Elsa .”

(…) No puedo compartir semejante pronunciamiento al entender que los términos de la Sentencia de los Jueces “a quibus”, literalmente transcritos, son expresivos, con claridad, de la concurrencia de los elementos integrantes del delito, incluída la necesidad de tratamiento médico, aún cuando exprese dudas acerca de la duración del mismo, lo que tan sólo podrá tener repercusión en el aspecto indemnizatorio de los resultados de la infracción, que evidentemente también habrían de cuantificarse. Es evidente que un trastorno diagnosticado, sin duda, como “depresión”, que cursa durante meses, ostenta la suficiente entidad para requerir verdadero tratamiento psiquiátrico.»

El otro voto particular añade:

«Pues bien, en el caso examinado, no sólo es que, como se ha dicho, ese tratamiento médico se ha realizado realmente, sino que, aunque ello no hubiera sido así, es claro y meridiano que la lesión psíquica sufrida por la víctima según “los documentados informes periciales cuya credibilidad está fuera de discusión” (F.J. Tercero de la sentencia), diagnosticada por dos especialistas en psiquiatría y un psicólogo (el “factum” señala que además de la asistencia a urgencias donde fue atendida y diagnosticada por la Dra. Psiquiatra Mariana, fue atendida en 27 de septiembre; 5 y 8 de octubre y 24 de noviembre de 2.000 por el también psiquiatra Dr. Carlos María, y “en múltiples ocasiones posteriores desde el 12 de febrero de 2.001 por el psicólogo Don Eugenio ), esa lesión, repito, considerada en su propia objetividad, es de las que, según la experiencia científica acuñada en similares diagnósticos, requiere necesariamente una atención médica de naturaleza psiquiátrica y psicológica más o menos prolongada en el tiempo para la curación del paciente.»

La verdad es que los argumentos de los votos particulares son bastante consistentes. Podría decirse, en consecuencia, que el acusado salió bien parado, a la vista de lo que les enlazo. Salió como delincuente, pero bien parado.

Vi el documental por culpa de un tuit. Alguien decía que era imprescindible y una noche que andaba insomne, me lo tragué de tirón. No les recomiendo que lo hagan. Es un producto indigerible. Con tesis, pero tan torpemente expuesta que solo convencerá al convencido.

Tampoco es que les recomiende que lean la sentencia. Esos documentos suelen ser farragosos, así que ustedes sabrán. Su ventaja sobre el documental, en todo caso, es que la sentencia sí recoge la versión de las dos partes. No vean si la recoge.

El gran despertar hipócrita

Es curioso, y retrospectivamente inevitable, que ese producto puramente marquetinero de la supuesta democracia directa, articulada en forma de likes y votos a favor o en contra en redes sociales o plataformas similares, se haya terminado trasladando a cuestiones de mucha mayor gravedad que parecían intocables. Cuando le vendes al público que desaparecen los intermediarios y que es él, el «hombre de a pie», el que decide quién va a Eurovisión o a quién expulsan de un reality, a ver quién es el guapo que no cae en la tentación de usar ese mismo procedimiento para imponer una determinada política, ideología o decisión.

La tecnología es la que ha favorecido la expansión enloquecida y embrutecida de este tipo de procedimientos, aunque el fenómeno sea tan viejo como la humanidad. Hace décadas la única medida era la audiencia, pero el espectador, por más que insultase a un personaje odiado al salir en televisión o decretase al día siguiente a sus amigos o compañeros de trabajo sus verdades como puños, seguía siendo básicamente pasivo. Esto cambió el día en que todos, como simios, recibimos el regalo de un botón para expresar frustraciones y adhesiones, y se nos convenció de que nuestras opiniones realmente contaban como tales opiniones (cuando son una simple suma aritmética de las divisiones papales de turno).

Este protagonismo era pernicioso de por sí, pero se agravó al aparecer nuevos especialistas. Los intermediarios tradicionales, que con mayor o menor acierto se suponía pertenecían al círculo de los expertos en la materia objeto de discusión, fueron sustituidos por los que simplemente tenían éxito a la hora de obtener votos al momento. ¿Para qué cojones vas a buscar a tipos feos y poco comunicativos que sepan de algo y estén acostumbrados al estudio, constituir un comité, dar tiempo y esperar conclusiones reposadas, si para conseguir apoyo te basta con diez minutos vibrantes de mensajes simples que lleguen rápidamente a un número suficiente de tipos dispuestos a dejarse convencer de que eso es así y que tanto lo es que ellos mismos ya lo habían pensado antes? Con una mezcla adecuada de sentimentalismo, trazo grueso y simpleza obtienes más éxito que con procesos largos y difíciles que terminan en programas complicados de comprender, a menudo llenos de reservas y peros, y con fines a largo plazo. Esto, más que los planes educativos, es lo que explica que en la España de los 80 el programa «La Clave» fuera seguido por millones, mientras que hoy cualquier tertulia televisiva sea una basura repugnante en la que no se escucha un solo argumento inteligible, pobladas por los más capaces de berrear eslóganes oligofrénicos entre insultos.

Hay otra consecuencia de este proceso. Lo que antes era despreciado como expresión de bajos instintos, al ir ocupando todos los espacios de discusión, no solo ha envilecido el discurso público, sino que ha instalado sus procedimientos. Y esto se observa en el éxito de los programas identitarios y las cazas de brujas modernas. El problema no solo es la velocidad en el esparcimiento de supuesta información en bruto con todas sus versiones manipuladas, sino la prevalencia de un juicio puramente sentimental e irracional. La necesidad de que la gente decida rápidamente y sienta descargas de endorfinas impone una presentación de las «cuestiones litigiosas» digerible e inmediatamente discernible para el espectador medio. La única manera de tener éxito en esto es apelar a los sentimientos, convirtiéndonos a todos en adolescentes tribales. Si pierdes el tiempo con los matices o con consideraciones racionales, el espectador cambia de cadena. El caso se ha de presentar de manera potente y qué hay más potente que el amor, el odio, el miedo, la ira o el desprecio. Lo que se busca no es convencer a alguien utilizando argumentos racionales —esto implica tiempo y esfuerzo—, sino vender un producto, aunque eso exija llorar, indignarse, utilizar falacias infantiles como argumentos de autoridad o echar fango sobre alguien, reproduciendo los peores y más asquerosos miedos o prejuicios.

La deriva inevitable es que este procedimiento, propio de la telebasura, se va imponiendo y reintroduce nuevas formas de tribalización. Lo grupi se convierte en actividad respetable. Ya no son los adolescentes los que hacen el imbécil en la época que toca, vistiendo un uniforme y repitiendo comportamientos y mensajes, sino grupos enteros de personas que deciden etiquetarse sin avergonzarse por ello como miembros de un grupo definido por sexo, raza, comportamiento sexual o social, ideología o creencias. Estos grupos pararreligiosos no solo se muestran orgullosos de su pertenencia, sino que exigen poder coactivo, normalmente mediante su estabulación en espacios seguros para ellos, lo que impone al resto una censura que cada vez se reclama de forma más agresiva.

Estos movimientos están destinados al fracaso porque no se basan en ningún proceso de abstracción y categorización, sino en una vía de hecho tribal. Lo hemos visto constantemente a lo largo de la historia. Son productos transitorios que solo favorecen el ascenso al poder de tipos indecentes. Mientras tanto, sin embargo, causan un daño considerable a nuestras sociedades, embarcándolas en procesos destructivos y anticivilizatorios. La proclamación de que lo que importa es lo que creemos y no lo que pensamos, nos envilece. Proclamamos que los puestos más altos de la sociedad han de ser ocupados por personas que sirvan de guía moral, pero lo hacemos de forma banal, sin creer en ello. Como fórmula de estilo. Y al minuto de mostrarnos así, como hombres respetables y juiciosos, empezamos a vociferar contra instituciones nacidas de un terreno sembrado de sufrimiento, muerte y dolor, y destiladas con la sabiduría de generaciones. Como pequeños dioses en calzoncillos, decidimos —a gran velocidad para no cansarnos— sobre asuntos dificilísimos con el único instrumentos de la simpatía o la antipatía, porque te creo o te odio, legitimando así los programas más soeces, plebeyos y peligrosos de política pública. Y a esto se apuntan los enanos a los que hemos aupado irresponsablemente al poder, porque solo en ese fétido humus pueden prosperar.

Ahora que tan de moda está hablar de olas, no queda sino concluir que nos ha tocado ver cómo va subiendo esta ola de embrutecimiento colectivo travestido. Tendrá que empeorar aún más, hasta que algunos de los seducidos por la mugre empiecen a recular, se ponga de moda afirmar que siempre estuvimos en guerra con Eurasia y la gente empiece a despotricar contra esos conciudadanos tan equivocados, olvidando, una vez más, su carnet de afiliado. Hará falta una buena dosis de daño y un buen número de víctimas que se añada al que ya se ha producido. Ojalá este gran despertar hipócrita empiece pronto y pronto empiecen a darnos lecciones de moderación los que tanto chillan y están tan al cabo de la auténtica realidad de las cosas.

¿Negros racistas? ¡Imposible! Ni que fueran iguales a los blancos.

 

Hace un par de días, en el curso de un partido, el jugador de baloncesto Montrezl Harrell llamó a Luka Dončić  «blanquito» más un añadido injurioso. El asunto, tiempo atrás, habría quedado como un caso típico de salida de tono —por la frustración que producen los jugadores de leyenda en los mortales— o de intento de intimidación, qué más da. Y estaríamos hablando solo del dolor que tiene que estar sintiendo el amigo Harrell al ver al fantasma de las navidades futuras escribiendo una línea en la biografía del esloveno, tras los 43 puntos, 17 rebotes, 13 asistencias y triple ganador en el último segundo que encargó la «putilla» europea para el cuarto partido.

Sin embargo, la situación actual provocó una polémica sobre la repercusión que habría tenido una situación especular en la que Dončić  hubiese llamado «negrata» a Harrell. Este asunto es interesante y sobre él quería decir algunas cosas.

Lo de Harrell es un insulto racista. Da igual si fue resultado de la frustración o si lo hizo para provocar al joven inexperto que mete tantos puntos. Algunos admiten que lo es, pero recalcan que es menos grave que esa hipotética situación inversa. Podría estar de acuerdo en esto, con unos matices a los que luego me referiré. Otros dan un paso más y dicen que un negro no puede ser racista con un blanco. Hablan de un racismo estructural, histórico, insititucional, endémico —que dicen solo existe en una dirección—, para justificar esta tesis. Veo, en esta posición, argumentos similares a los que se exponen para afirmar que el sexismo solo es posible cuando lo realizan hombres respecto de mujeres y no a la inversa.

Yo creo que esta última posición es fuente de males y muy peligrosa. Las mejores ideas de la humanidad se han basado en la extensión de ciertas generalizaciones, incluso con su punto de arbitrariedad. Su bondad radica en dos virtudes: su simplicidad —todo el mundo aprehende con rapidez sus perfiles y asume con naturalidad sus consecuencias— y su racionalidad.

Como ya he escrito en muchas ocasiones sobre esto, voy a ir al meollo. El racismo es estúpido y dañino. Lo es siempre. También cuando se da como respuesta a una situación endémica o institucional. Y ni siquiera se justifica defensivamente por una razón muy sencilla, porque no cumple los requisitos de la legítima defensa: que el mal que causas pretenda evitar otro mal injusto. ¿Cómo evitas el racismo siendo racista? Esto, además, se agrava por un factor que se olvida demasiado a menudo: las víctimas del sexismo o del racismo son individuos. Si el sexismo o el racismo son una respuesta inmoral siempre (incluso cuando lo aplicas al racista o al sexista), lo son de manera prístina cuando se dirigen a alguien solo por ser blanco o por ser hombre.

Responsabilizar a todos los blancos o a todos los hombres del sufrimiento que causaron otros de su misma raza o sexo en el pasado o en la actualidad equivale a descargar sobre inocentes, por motivos irracionales, un mal arbitrario basado en la raza o el sexo.

Por eso los partidarios de esta venganza colectiva irracional hacen tantos equilibrios sobre el alambre. Hablan de los privilegios de los blancos o de los hombres para reclamar la imposición de los suyos. De ahí que esté socialmente permitido a los negros decir nigger, pero sea una infracción moral gravísimo si la misma palabra la dice un blanco. Pero la senda de la civilización es otra: la desaparición de todos los privilegios. Cuando suman casos para ocultar un programa que no quiere acabar con la desigualdad, sino que quiere sustituirla por otra diferente, hacen lo que hacían los europeos blancos en el XIX que justificaban sus actos de latrocinio y explotación defendiendo la idea de que la labor civilizatoria tenía que estar en manos de quienes habían demostrado ser superiores (y, decían, ahí estaban los datos para demostrarlo). ¡Y eran apabullantes!

No hay discriminación buena. Porque, incluso aunque sirviese para mejorar las cifras globales (algo muy dudoso a la vista de la experiencia) se hace a costa de dañar a individuos concretos a los que se hace pagar por una culpa de la que no son responsables.

Decía al principio que quizás pueda defenderse que es menos grave que un negro llame blanquito a un blanco que el que un blanco llame negrata a un negro. El problema de esta posición es que el que realiza un comportamiento inmoral se sienta legitimado y se vea como un representante de generaciones que solo aplica su medicina a los blancos. Naturalmente, este pensamiento también es racista. No existen «los blancos» o «los negros». Solo son una categoría instrumental muy poderosa para hacer el mal. Estas personas olvidan que todos los racistas encuentran y han encontrado siempre una justificación. Por tanto, por su multiplicación, por su significado, por la situación real de los negros en muchas de algunas sociedades, aunque uno crea que un insulto racista es más grave que otro, lo que siempre hay que recordar es que ninguno es peor que otro, que todos encierran la misma cantidad de veneno.

Más aún, esta es la única respuesta correcta frente al sexismo y el racismo. Insistir en que nadie es superior o inferior por el hecho de ser hombre o mujer o por ser de cierta raza. Insistir en que no lo es por ninguna razón por buena que nos parezca. Y que, por tanto, ninguna razón basada en la raza justifica la discriminación (tampoco la discriminación en el pasado). Y es la única respuesta correcta porque solo una sociedad que aplique esto como medida radical quedará libre de que surjan comportamientos colectivos o institucionales racistas o sexistas que quizás antes no existieran. Sin embargo, si los promovemos, justificamos o toleramos como respuesta a agravios pasados, resulta que terminamos asumiendo que todo es poder, que ahora le toca el turno a otros de imponer privilegios, y que no está mal aplicar el programa que los blancos aplicaron a los negros o los hombres a las mujeres.

Y todo esto sería así, incluso aunque fuese cierto que solo los blancos han sido racistas. Por eso no voy a perder el tiempo en mencionar todos los ejemplos que demuestran que el racismo ha sido universal.

 

Aquel ideario

 

En 2006, para una revista hoy desaparecida, me pidieron un artículo sobre Ciudadanos. Acababa de nacer y había participado en su congreso constituyente en la comisión que iba a redactar el proyecto de ideario que luego fue aprobado.

Antes de seguir, les contaré que, aunque conservo el ideario, no he sido capaz de encontrarlo en internet. Fue sustituido un año más tarde. El partido no tenía un año y ya era viejo. Y el ideario representaba una dolorosa realidad: el fracaso absoluto en su cumplimiento.

Hoy me he acordado de aquel ideario y de aquel artículo. Después de quince años, recupero una parte. Disculpen el final. Ya era escéptico, pero habíamos fundado un partido y me pudo la propaganda. Ahí va:

«Así que, ¿otro más? [me refería al hecho de que todos los partidos tenían sus idearios en los que decían defender cosas de lo más aseado]. Yo creo que no. Creo que, por vez primera, el ideario de un partido español contiene, sin ambigüedades, algunas afirmaciones explosivas. Vamos con ellas.

Afirma, antes que nada, que Ciudadanos quiere recuperar y actualizar los principios y valores del liberalismo progresista y el socialismo democrático. Es decir, recuperar la defensa de las libertades públicas, actualizadas en el hincapié en la defensa más intensa de la libertad de expresión y opinión; recuperar la idea de igualdad, actualizada al definirla como igualdad de oportunidades; recuperar la idea de fraternidad o solidaridad, actualizada como solidaridad entre ciudadanos y también entre Estados.

Alguien puede preguntarse si la defensa de la libertad de expresión y opinión, como hito remarcado, supone realmente la actualización de la idea de libertad. Indudablemente, tal y como se expone, lo es. Hasta el punto de merecer un artículo en exclusiva, el artículo más brillante de todo nuestro ideario, el único que copiaré íntegro, que dice: “Cs defiende la libertad de pensamiento, es decir, el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros. Esto incluye la libertad de poner en cuestión las religiones, así como cualquier sistema de creencias, tanto religiosas como políticas, incluido el nacionalismo. Cs rechaza el miedo a la modernidad, el miedo a la libertad y el irracionalismo, y se reafirma en las ideas que inspiraron los grandes llamamientos colectivos de las revoluciones democráticas del siglo XVIII: libertad, igualdad y solidaridad, derechos humanos y búsqueda de la felicidad. De ahí que defienda el libre cuestionamiento, el diálogo abierto y la duda creativa, el juicio ponderado y la conciencia de los límites impuestos por la realidad”.

En esas pocas palabras hay un programa brutal y disolvente, como escribí en cierta ocasión al hablar de la Declaración de Independencia. Es un programa racionalmente consecuente con esas ideas en las que creían algunos varones blancos, que nunca pensaron en mujeres negras. Ésa es la fuerza de una gran idea. Se escapa al control del autor, invadiéndolo todo, permeando nuestra visión de las cosas. Los revolucionarios franceses y americanos creían en la libertad, pero hasta cierto punto. Unos adoraban la razón y la fraternidad y otros el sentido común y la felicidad, pero entre sus iguales no incluían a las mujeres o a los salvajes. Ni incluían tampoco su propia revolución. Por esa razón, de la miseria pudo surgir el socialismo científico, tan cercano en sus orígenes a esas revoluciones democráticas y tan desnaturalizado en su conclusión. Se había perdido de vista la felicidad del ciudadano y la libertad de opinión, en un error trágico. Volver, actualizándolas, a esas ideas, nos permite recordar el espíritu que las inspiraba: hombres que usaban su razón no acertaban a comprender por qué tenían que existir privilegios -contrarios al sentido común que afirma la igualdad de los hombres- que podían arruinar su felicidad y la de los suyos, castrándolos en lo más sagrado, su capacidad de analizar el mundo y obrar en consecuencia, libremente.

Los terribles y llenos de esperanza últimos doscientos años nos exigen esas afirmaciones: la libertad es sobre todo libertad para pensar. Para pensar distinto del otro, incluso para representarse un mundo completamente distinto del otro, aunque ese otro mundo sea un mundo de creencias. Y esa libertad, para ser una libertad también de los otros, tiene dos basas imprescindibles: la conciencia de los límites de la realidad y la afirmación positiva de la razón como vehículo del pensamiento político. Por desgracia se trata de una afirmación revolucionaria hoy. Esas ideas, locales en su origen, que maduran en un momento histórico, en una cultura relativamente homogénea, chocarán con la riqueza y complejidad del mundo. El éxito de Occidente las trasladará a todas partes, produciendo, a la vez, la contradictoria consecuencia de que la única sociedad que se plantea un modelo de conocimiento universal termine sosteniendo la igualdad de los valores de su cultura con los de otras que nunca asumieron con profundidad el pensamiento crítico. De la falsa superioridad intelectual de los estudiosos occidentales que renuncian al sentido común que inspiró y permitió sus métodos científicos se derivará, paradójicamente, el relativismo cultural. Por eso es revolucionario recordar, actualizándolo, el principio de libertad de pensamiento. Se puede pensar cualquier idea o conjunto de ideas. Por esa razón no se puede imponer un conjunto de ideas que niegue esa libertad, aunque ese conjunto de ideas se remonte a los albores de la humanidad. La acechanza del miedo a la libertad, unida a la muelle conservación de los privilegios, ha eclosionado en nuestras sociedades, manifestándose en una apatía en la defensa de nuestra libertad básica. Se oculta esa apatía bajo etiquetas vergonzantes como tolerancia o alianza de civilizaciones. Nosotros denunciamos esa apatía.

Las consecuencias de esa denuncia son, además, profundas. Creemos que la política activa de un partido no puede fundarse en los sentimientos o en las creencias, sino en lo objetivo y mensurable. Sólo así es posible el control ciudadano. Por esa razón, y porque la política activa no debe servir para la creación, mantenimiento o impulso de visiones sentimentales o mundos fantásticos como los que informan los nacionalismos o fundamentalismos religiosos.

Creemos que los derechos humanos solo tienen un titular: el ser humano, sin matices ni limitaciones de ningún tipo. No creemos en la prevalencia de la cultura o de imaginados derechos colectivos sobre el destino de los hombres. Por eso denunciamos la ambigüedad y el relativismo morales. Es insoslayable declarar que no hay razón o principio, por tradicional, añejo o querido que sea, que justifique el sufrimiento de las víctimas. Las víctimas no son números, son seres humanos individuales, dotados de razón y de derechos. Es la hora de afirmar, cueste lo que cueste, la primacía del ciudadano sobre la tribu.

Esa primacía se refleja en la ley.  Afirmamos el valor de la ley frente a la “voluntad” de la turbamulta. Una consecuencia de la llamada a la razón es reconocer la base biológica de nuestra conducta, nuestros miedos, nuestras reacciones incontroladas, el amor por la tribu, el miedo al diferente. Por esa razón se crean instituciones formales. Por esa razón se aprueban normas de contenido universal. Para protegernos de nuestros instintos, sobre todo cuando nuestro instinto se transmuta en instinto de la tribu. Expresamente, por esa razón, se afirma la primacía de la ley vigente frente a la violencia terrorista.

El corolario local de todo lo anterior es admitir que las instituciones que existen en nuestro país tienen un origen histórico, que no puede negarse para construir otro mítico, sobre todo cuando, con ello, sólo se termina despilfarrando las energías de todos, que deben dirigirse a aumentar las posibilidades de desarrollo de cada ciudadano. ¿Qué sentido tiene desmontar nuestra nación para la consecución de paraísos imaginados, cuando lo racional es preocuparse del bienestar de los individuos que la forman?

Son ideas para todos. Pero para llevarlas a la práctica es preciso asegurar además, materialmente, ciertas necesidades. Ahí se defiende de nuevo la aplicación de un programa racional. Frente a sistemas de ideas que parten de conjuntos de soluciones “a priori”, defendemos la necesidad de ajustar la respuesta de las instituciones a las soluciones más adecuadas, aunque se “salgan” del manual ideológico. Lo único indiscutible es la obligación de mantener ese sistema, sobre todo en sus aspectos más sensibles: educación, salud y subsistencia.

El ideario de mi partido no coincide absolutamente con el mío. Yo creo en una idea de Estado fragmentario, en el que se dé primacía a la libertad individual, incluida la económica, antes que a los mecanismos igualatorios. Un Estado refractario a las subvenciones y ayudas, un Estado sin programa cultural. Un Estado con un programa fuerte, sin embargo, en educación e investigación. Creo que, al final, en un Estado así, la riqueza individual y las posibilidades de desarrollo individual serán superiores.

Es posible que mi visión, en alguno de esos aspectos, sea minoritaria. Que prevalezca un modelo menos “liberal” en lo relativo a la estructura del Estado y las llamadas políticas “activas” de seguridad social y bienestar. No me importa, seguiré debatiendo, intentando convencer, admitiendo que me convenzan. No hay problema: nadie censura en Ciudadanos la libertad de pensamiento.

¡Dios mío, están entre nosotros!

(Este artículo apareció hace seis años en Jot Down)

La serie de televisión The Big Bang Theory tiene cinco protagonistas principales. Cuatro de ellos son “friquis”. Uno es un indio de la India que es incapaz de hablar con las mujeres. Otro es un obseso sexual escuchimizado que gasta un vestuario propio de un chuloputas setentero del Bronx. El tercero es un tipo inseguro, bajito y “cuatrojos”, que pasa por ser “seminormal” en comparación con el resto. El cuarto —el alma de la serie— tiene un CI de más de 180, memoria eidética e hipocondría, y se caracteriza por su incapacidad patológica para relacionarse de manera normal con el resto de las personas, hasta el punto de parecer a menudo idiota. Hay, sin embargo, un factor que les une: todos son extremadamente inteligentes. La quinta protagonista es una guapísima y simpatiquísima y normalísima camarera, que soporta estoicamente las extravagancias de los otros cuatro.

Como pueden ver, el 80% de los protagonistas son flacuchos, tarados, enanos, faltos de sensibilidad o empatía, enfermos sociales. Son lo que la mayoría de la gente espera cuando se tiene que ver las caras con alguien que disfruta de una inteligencia muy superior a la suya, el estereotipo del superdotado, del científico loco, del genio. Esta serie no es original tampoco en esto, por más que, con su desarrollo, haya ido «humanizando» a los personajes para lograr esa empatía con el espectador que sirve para que circule el dinero. Es tan habitual que esos rasgos aparezcan unidos a cualquiera que lleve «Dr.» delante del apellido, que los damos por supuestos: el Dr. Rotwang, el Dr. Strangelove, el Dr. Moreau, el Dr. Caligari, el Dr. Emmet Brown o el Dr. Frink. La cuestión no es que un «genio loco» o un «genio del mal» bizquee con frecuencia, ande siempre despeinado y grite enfurecidamente cuando sus planes de dominación y genocidio salen mal; esto es lógico y circular: está loco, hace el mal, pretende algo absurdo y egomaníaco, no se preocupa en peinarse, no se preocupa en peinarse, pretende algo absurdo y egomaníaco, hace el mal, ergo está loco. No, lo que es llamativo es por qué la gente relaciona tan a menudo las altas capacidades con rasgos enfermizos y con un físico propio de un pigmeo contrahecho. Hasta uno de Mensa, como Asimov, convirtió al «mulo», de su serie La fundación, en el tipo más feo y repelente de la galaxia, mientras que, en la aclamada Blade runner, el dios de la biomecánica, Eldon Tyrell, tiene pinta de chiquilicuatro y calza unas gafas con un cristal como el del telescopio Hubble, el genetista Hannibal Chew es un cobardón y no les digo la pinta de pringado y tarado emocional de J. F. Sebastian. Y para uno listo y físicamente superior, Roy Butter, resulta que es una creación artificial pelín psicótica y que se entretiene soltando palomas mientras palma.

Voy a anticipar mi hipótesis: es por compensación. No nos molesta que haya personas que sepan de algo más que uno, ya que esto puede ser resultado del azar, del estudio o de la concentración en un fin. Frente a esto pensamos: «yo podría hacerlo si quisiera». Lo molesto es que alguien «vea» la solución a los problemas antes de que nosotros los entendamos, que alguien sea capaz de recordarlo todo sin esfuerzo aparente, que alguien sea tan asquerosamente inteligente que parezcamos simios. No nos importa tanto la superioridad física como la mental, porque es la inteligencia lo que nos identifica como humanos. Un chimpancé podría hacer un mate mejor que Michael Jordan, pero no hay ningún bicho que sea capaz de resolver problemas matemáticos mejor que John von Neumann. Estas hazañas intelectuales de otros nos empequeñecen de tal forma, que nuestro resentimiento tiene que trabajar para no ahogarnos en el vómito verde de la envidia. Los superdotados intelectuales TIENEN que ser deformes, miopes, cobardes, tímidos, obsesos, canijos.

La propia palabra «genio» es un buen punto de partida para esta explicación. En la mayor parte de las culturas antiguas, las extrañas capacidades intelectuales se explicaban por su relación con un elemento divino, ajeno. Los demonios y los genios son «productos» divinos que insuflan desde fuera capacidades sobrehumanas en aquellos a los que ocupan. El pensamiento original, incomprensible para los demás, era una muestra de anormalidad. No es extraño que tan a menudo se relacionase la superioridad intelectual con la enfermedad mental y, puesto que la enfermedad mental se atribuía a la posesión demoníaca, con la herejía y la ausencia de moral.

Esta situación no mejoró hasta el siglo XX; solo se cambió al causante de la insania. Dejó de ser el diablo y pasó a serlo el propio yo descompensado. Un síntoma de la locura será pensar demasiado deprisa o con demasiada originalidad o creatividad, y se tratará al niño precoz como a un ser psicológicamente débil, una especie de monstruo abocado a la neurosis. Lombroso definirá en 1896 al genio como enfermo y a la superdotación como síntoma de una variedad de epilepsis asociada a una moralidad desviada y a una melancolía destructiva. Incluso en el siglo XX, autores como Lange, Eichbaum y Kretschmer insistirán en la relación para ellos evidente entre la genialidad y la enfermedad mental.

Todo este equipaje ha seguido influyendo en el concepto que hoy se tiene del individuo intelectualmente superdotado y ello pese a que se haya visto matizado por un mayor tratamiento, incluso en medios de comunicación masivos, de la cuestión. Hay dos respuestas a esa persistencia: una, que el tratamiento ha sido más extenso, pero básicamente equivocado; otra, que es una idea tan cojonuda que da igual lo que esos listillos quieran vender. Sospecho que concurren las dos, y que además el desgraciado movimiento eugenésico sirvió de anticuerpo, pero para verlo con más detalle, quizás sea interesante que, a estas alturas del artículo, nos centremos un poco en definir qué demonios es un superdotado.

Para empezar un superdotado no es un idiota sabio, es decir, uno de esos que son capaces de dividir instantáneamente números enormes o aprenderse la guía telefónica de la provincia de Sichuan. Tampoco lo es aquel sujeto talentoso al que se le da muy bien un determinado tipo de tareas. Excluido lo que no son, hay que decir que los expertos en la materia —como suelen hacer los expertos— no se ponen de acuerdo en qué es un superdotado y cómo se lo identifica. Aunque, tampoco es tan extraño, ya que, pese a llevar muchos años publicando libros y haciendo tesis, tampoco son capaces de definir qué es la inteligencia.

En gran medida, el término superdotación, como algo más técnico que genialidad, surgió de las primeras teorías psicológicas que intentaron definir la inteligencia como aquello que podía medirse. Esas teorías, conocidas con el original nombre de psicométricas, nacieron junto con los test de inteligencia de Alfred Binet y Théodore Simon que fructificaron en el modelo de «edad mental» posteriormente sustituido por el de «cociente intelectual». En 1927, para resolver los problemas teóricos de esos modelos se inventó el factor «G», algo muy misterioso que se supone medían los test de inteligencia, y que podemos dejar de lado ya que no tenemos ni idea de qué es, aunque suene muy erótico. Como no sabían definir claramente el factor de marras, los científicos hicieron algo que hacen con gran solvencia: dividir el problema en problemitas y convertir la inteligencia en algo complejo resultado de muchos factores. También con gran originalidad se llamó a este enfoque propuesta factorial y, ya puestos a ello, los psicólogos entraron en una orgía desatada que desembocó en Joy Paul Guilford, que llegó a describir 150 factores. Ante tamaño desbarajuste, algunos autores intentaron poner orden, creando sus propias clasificaciones y síntesis, que en buena correspondencia eran rechazados por el resto. Otros se centraron en el aspecto computacional (¡sí, llegaba la modernidad y la fiesta del algoritmo y las máquinas que paran o no y el ácido!) y de procesamiento de la información y en una serie de cuestiones a las que ponían el prefijo «meta» para resultar altamente intrigantes. Dijeron que lo de medir la inteligencia estaba anticuado y que lo importante era el aspecto evolutivo y funcional, el proceso por el que los seres humanos resuelven problemas. Los gruppies psicométricos dijeron que sí, que todo eso era muy bonito, pero que a falta de la falsación de sus postulados, estos no pasaban de ser apuestas en el vacío. Todo esto se mezclaba además con la famosa discusión, que tantos homicidios ha provocado en círculos académicos, entre «nature» y «nurture», que se cebó especialmente en la heredabilidad o no de la inteligencia. En fin, un sindiós que afectaba al asunto que nos ocupa y al que vuelvo antes de contarles mi propia hipótesis sobre la inteligencia, en particular la de los psicólogos.

Un par de párrafos atrás hablé de Lombroso y sus paridas. El primero que cambió el paso sobre la visión negativa del genio fue un contemporáneo suyo: Francis Galton, en su obra de 1869 Hereditary genius, aplicó las teorías de su primo Darwin y sostuvo que la genialidad se heredaba y que además no había ninguna razón para pensar que hubiera una correlación entre aquella y el físico. Añadió que los genios (imagino que él se veía como uno de ellos) eran más imaginativos, fuertes, productivos que la mayoría, y que por eso solían ocupar puestos de liderazgo. Por desgracia, estas teorías terminarían desembocando en el movimiento eugenésico, el culpable de que los test de inteligencia se utilizasen de forma infame con los inmigrantes que llegaban por millones a Estados Unidos para así relacionar la inteligencia con la raza. La idea de que podían darse una mayor capacidad física, intelectual y moral en algunas razas frente a otras, alcanzará su culminación material en el nazismo. Es perfectamente comprensible que se percibiera con asco la idea, superficialmente relacionada con aquella, de que las personas intelectualmente superiores pudieran serlo también física o moralmente y que cobrase brío la representación popular de que el supervillano o el genio loco siempre piensa en crear una raza superior.

Sin embargo, la tesis contraria se demostró pronto errónea. En 1921, Lewis Terman inició un trabajo fundamental en esta materia: tras escoger una serie de instituciones escolares californianas, pidió a los profesores que identificaran sus alumnos más brillantes, les aplicó test de inteligencia, los midió, pesó, sometió a exámenes médicos, test de personalidad y recopiló toda la información personal que pudo de manera estructurada. Escogió a 543 niños con un CI superior a 130 y los sometió a escrutinio durante 38 años. Sus resultados cambiaron radicalmente la percepción de la superdotación en ámbitos académicos: los superdotados tenían una salud mejor que la de la mayoría; eran más altos y fuertes y padecían menos enfermedades; mostraban más interés y más variado por todo tipo de asuntos; en general, su éxito académico, familiar y social era superior. Se trataba de personas bien relacionadas con su entorno y con aptitudes para el liderazgo. Además, eran de extracción sociocultural superior a la media y habitualmente tenían antecedentes familiares de superdotación. Otros colaboradores de Terman prosiguieron con el análisis de los sujetos hasta 1977 y confirmaron los resultados, ampliándolos a cuestiones como la longevidad (los individuos analizados vivían más tiempo y con mejor salud que la media).

Este estudio ha sido posteriormente objeto de críticas que parecen muy razonables. Como el criterio de identificación fue el éxito académico y los test de inteligencia, se dejaron de lado elementos que hoy se consideran esenciales para definir la superdotación, como veremos; este sesgo además se relacionaba con factores sociales y con el hecho de que, al ser conscientes de que estaban siendo estudiados, la «motivación» podía falsear los resultados.

Pronto los autores irán enriqueciendo el concepto de superdotación con otros elementos que han terminado afirmándose en la literatura sobre la materia y que se describen de forma muy gráfica en una tesis que ha tenido especial éxito: la de los anillos de Joseph Renzulli, en particular en su visión más ampliada publicada en 1994. La superdotación se define como el centro de tres elementos independientes que trabajan conjuntamente: la capacidad intelectual superior a la media, la creatividad y la implicación en las tareas. Así, el superdotado produce resultados «diferentes» no solo porque es más inteligente, sino porque se implica de forma más tenaz y constante en las tareas que le atraen y porque es más creativo. El esquivo concepto de creatividad resulta especialmente importante, ya que es la base de algo que suele sorprender de estos individuos con altas capacidades: la originalidad en el pensamiento, el chispazo, la búsqueda de problemas en los límites, el hallazgo de atajos, el riesgo en el planteamiento de problemas imposibles y de caminos que se salen de lo trillado, lo que va unido al uso avanzado de lo que Robert Sternberg llama «metacomponentes», como la capacidad para descubrir problemas, para definirlos, para describir y combinar de forma eficaz los pasos para su resolución, la localización de la información que precisa, la evaluación desapasionada de los resultados. Por eso es tan habitual que el superdotado ocupe un porcentaje de tiempo superior al normal en el planteamiento de los problemas.

En cualquier caso, décadas de estudio demuestran que los estereotipos están básicamente equivocados. Daniel Hallahan y James M. Kauffman en su Exceptional children. Introduction to special education describieron los mitos y realidades más comunes sobre superdotación: frente a la idea de que suelen ser débiles físicamente y carecer de capacidades sociales, resultaban tener mejor salud, ser más equilibrados y con atractivo social, y frente a la idea de que la escuela les aburre, en general suele atraerles y se adaptan a ella fácilmente.

Del mismo modo, y en cuanto a una supuesta inestabilidad emocional de los superdotados, pronto se demostró que la mayoría de ellos no tenían más problemas emocionales que la media, y que solo en el exclusivo grupo de los individuos con CI superior a 180 podía esto ser discutible (e incluso en un estudio efectuado en 1992, Children’s development within social context, de Lucien Winegar y Jaan Valniser, se mantenía que ese resultado no era en absoluto concluyente).

Los superdotados ya no solo no son canijos, poco saludables y socialmente incapaces, sino que suelen plantearse problemas morales de calado antes y de forma más profunda que el resto. Temas como el bien y el mal, la justicia, la honestidad, se producen frecuente y precozmente entre individuos superdotados, y algunas respuestas del entorno les resultan especialmente dañinas. Suelen ser perseverantes y abiertos, en cuanto que curiosos y flexibles, tener gran confianza en sí mismos, y admiten la crítica fundamentada con mejor talante que la media. Esta acumulación de información permitió a George Betts y Maureen Neihart distinguir entre los superdotados exitosos, divergentes, underground, amargados, los doblemente identificados (aquellos que unen a la superdotación alguna discapacidad) y los autónomos. Lo interesante es que estos autores ya situaban al 90% de los superdotados dentro del primer grupo.

Sin embargo, la idea del «genio» como un tipo ridículo y risible es demasiado atractiva, pues nos los muestra como débiles y fácilmente localizables. Lo contrario sería sumergirnos en el mundo terrorífico de La invasión de los ultracuerpos: imaginen qué espanto, que esos sujetos tan inteligentes y capaces anden entre nosotros sin que seamos capaces de identificarlos, se apareen con facilidad y acaparen el éxito y la felicidad. Algo tan horrible no puede ser cierto.

 

La rabia como incentivo para la virtud

 

Este blog, que tiene ya diez años, cuenta con mil setecientas entradas. He escrito sobre todo tipo de cuestiones, bien o mal, y con esos antecedentes, lo presumible habría sido que, desde el confinamiento obligatorio, hubiera caído en una de esas hemorragias que me invaden de cuando en cuando, agrediéndoles con un buen puñado de discursos. Me han podido, sin embargo, la apatía y la certeza de que solo me gustaría leerme precisamente sobre asuntos de los que no sé nada o sobre los que no cuento con información fiable.

Como muchos españoles me he hecho preguntas sobre la conducta del Gobierno. Me refiero a la gestión, no a la propaganda, de la que hablaré luego. Creo firmemente que el Gobierno no hizo caso a las alarmas que sonaban a todo trapo, tan cerca como en Italia, y, sumido aún en la política preCovid, prefirió aplazar todo una semana, pensando «qué más dará». Esa decisión debería pesarles a los dirigente de los partidos del Gobierno como una losa, porque promovieron y permitieron actos políticos de los que querían sacar rédito político —y lo mismo hay que decir de los dirigentes de Vox—, que eran aplazables sin consecuencia alguna. Nunca olvidemos esto: eran actos que podían trasladarse sin coste material. Las Fallas, las procesiones de Semana Santa, los partidos de fútbol (añadan aquí cualquier otro evento masivo que genera riqueza) se han suspendido y esto cuesta dinero. Aquellos actos políticos, salvo que caigamos en la estúpida magia simpática que aparecía en las pancartas y en los eslóganes que afirmaban que ir a la manifestación del 8 de marzo salvaría vidas de mujeres, se podían mover sin consecuencias. La propaganda política se impuso a la prudencia y no encuentro forma de olvidar a los que pudieron evitarlo y no lo hicieron.

Sin embargo, esa estupidez por la que deberán pagar un precio político no es el motivo de que finalmente esté escribiendo sobre la situación terrorífica que nos maniata. Lo hago para exponer lo que creo espera un ciudadano medio y las consecuencias de que no lo obtenga.

Un ciudadano espera que los que están al mando acierten con las medidas, pero puede comprender los errores. Incluso los errores producto de la imprevisión y la minimización del riesgo. Ya, en buena teoría, elegimos a los gobernantes para que sean mejores, más sabios, más prudentes, y les autorizamos a dotarse de medios que les permitan anticiparse a las amenazas y diseñar buenas políticas. Esa es la teoría. Sin embargo, es lugar común, sorprendentemente, que los políticos son peores que los ciudadanos que los escogen. De hecho, habrá usted escuchado más de una vez —si es que no lo ha dicho— que los políticos son un montón de vagos superficiales e ignorantes, unos trepas que quieren vivir a nuestra costa y que si vota a este o a aquel es solo porque los que votan otros ciudadanos son peores. Por precisar, lo normal es escuchar que los ciudadanos somos mejores que los políticos, salvo cuando juzgamos a los ciudadanos que votan a los políticos que nos desagradan; aquellos también son idiotas que tienen suerte si saben atarse los cordones de los zapatos. No estoy afirmando que sea cierto, sino que es una opinión extendidísima.

Puesto que tantos opinan así de mal de los políticos, no es extraño que estén psicológicamente preparados para admitir un nivel bastante intenso de negligencia e incluso de corrupción. Si admiten lo más, cómo no van a asumir lo menos: que meterán la pata, no preverán el peligro y tomarán medidas tarde incluso aunque pongan todo su empeño en lo contrario.

Cuando hablamos de cosas sin importancia —y lo son muchas que nos parecían trascendentales hace un mes— esa creencia reptiliana es gratuita. El político puede contar con ella y dar por hecho que no le pasará demasiada factura actuar como tal. Sin embargo, cuando hablamos de la vida y la muerte, del pánico al futuro inmediato, de la destrucción masiva de empresas y empleos, de la desaparición abrupta de decenas de miles de personas con parejas, hijos y nietos, hermanos, amigos, que a falta de contacto tienen que vivir un duelo brutal inundado por crueles visiones imaginadas de abandono y soledad, los márgenes se estrechan irremediablemente.

La mayoría de los ciudadanos, en una situación así, quizás perdonen los errores, pero difícilmente perdonarán que se les trate como a imbéciles. Somos gregarios y, en momentos de crisis, contamos con una enorme capacidad de movilización y sufrimiento, pero solo bajo un liderazgo moral en el que podamos confiar. Los seres humanos han evolucionado para detectar al tramposo y las sociedades humanas reflejan esta capacidad. De hecho, sin ella, el altruismo, que se da tan a menudo que nos hemos acostumbrado a no verlo, sería imposible. Solo una sociedad gravemente fanatizada se somete a un liderazgo radicalmente corrupto: ¿lo es la sociedad española? Yo creo que no.

¿Qué más diría un ciudadano medio? Que no debería ser tiempo para tramposos y embusteros, pero tampoco para oportunistas. La situación es de tal gravedad que hay que dar la patada a los que creen que pueden aprovecharla para que avancen sus agendas políticas. También afirmaría que no es tiempo para la palabrería. Democracia, unidad, solidaridad, diálogo, responsabilidad, son hermosos términos prostituidos por la propaganda. En épocas de bonanza podemos contemplar incluso con fascinación a los políticos embarrados en un corral lleno de porquería mientras berrean sobre lo mucho que les preocupan el bien común, la verdad y el destino de la nación. En un momento como este mejor no uses esas palabras si no te vas a esforzar por creer un poco en ellas y ponerlas en práctica.

Un ejemplo evidente de esto es el de las llamadas a la unidad. Solo puede pedirse unidad si reclamas del otro que se una no a lo que tú has decidido, sino a la discusión previa. Solo cabe unidad en un sentido profundo del término si permites que el otro aporte ideas y mejore las tuyas y si estás dispuesto a reconocérselo. Esta iniciativa, además, incumbe, más que a nadie, a quien al final toma las decisiones. Lo otro no es unidad, es el rastro que deja el autócrata.

Llevamos un mes desatinado. Con un Gobierno sobrepasado por los acontecimientos, paralizado, que no pide ni admite ayuda y maniatado por la necesidad de demostrar iniciativa, lo que provoca una improvisación constante de medidas no evaluadas y sobre las que ignora su impacto. Hay en esto algo inevitable, sin duda. Basta con ver el panorama internacional. Y es fácil caer en el error de asegurar que los gobiernos que han acertado más lo han hecho porque son mejores, cuando quizás han contado con alguna cantidad de fortuna.

Pero es tal la presión que, para hacer frente a la opinión pública, en vez de cambiar de hábitos, los que mandan se han refugiado en los que les dieron buenos frutos en el pasado: la propaganda, la mentira manifiesta, el control de la información, el doble rasero y la atribución a terceros de responsabilidades propias..

Lo malo es que esas recetas, que ya eran nefastas en situaciones de normalidad, en una situación de emergencia son ácido. Si inundamos la discusión con bulos, ira, injurias y banderías, el resultado será catastrófico. Ya lo está siendo. La discusión civilizada empieza a desaparecer, no entre las personas normales, sino entre los que creen que forman a la opinión pública. Si continúa, la gente se refugiará en la negación, el exilio interior, el nihilismo o el sectarismo. No habrá opiniones o razonamientos, sino actos de agresión, muchos de ellos organizados. Lo que se veía mal en el de enfrente se agravará y los moderados se verán obligados al activismo partidista para contar con oportunidades de sobrevivir en la guerra total de bandas que se avecina. Solo habrá amigos y enemigos.

Lo trágico es que esto no es lo que quiere la mayoría de la gente. La agenda para salir de ese círculo vicioso no es demasiado complicada: bastaría con dar un paso atrás. Pensar hasta diez. Admitir errores. No mentir. No desfigurar los hechos para acusar a los otros de mentir cuando no lo hacían (y aquí hablo de todos). Bajar el nivel de propaganda. Escuchar a los demás e intentar localizar entre ellos a los más capaces. Tratar a la gente con respeto intelectual, no presumiendo que se van a contentar con basura sentimental. Tomarnos unas vacaciones ideológicas. Ya, ya sé que tras las decisiones de gestión hay un trasfondo ideológico, pero puedes aplazar tus máximos y encontrar, transitoriamente, un lugar común. Como hacen dos náufragos que se odian, que van a la deriva en un bote con vías de agua y trabajan juntos para no morir, aplazando sus querellas para la tierra firme.

No es tanto como parece, pero escasean el elemento moral y las condiciones subjetivas. Hablo en general, pero aquí no cabe la equidistancia: la máxima responsabilidad les incumbe a los que dirigen España. Y las evidencias son descorazonadoras.

Nuestra única oportunidad es trasladar furiosamente el mensaje correcto: aún hay margen para la rectificación. Insistir en él, proclamando nuestro hastío y nuestra rabia por el espectáculo penoso que presenciamos, a la vez que juramos no premiar a ninguno de sus actores y castigar duramente a los peores de entre ellos.

Que el ruido y la verdad se conviertan en un incentivo virtuoso.