A mirarse al espejo

Ya no me callo más.

Ese tuit (y es el último de muchos por el estilo) después de esto:

Así que en las elecciones de este domingo, cortocircuitadas por las cloacas del estado, se vota algo que va mucho más allá del corto plazo. Se vota siglo XVII o siglo XXI. Caciquismo o libertad de empresa. Policía política o separación de poderes. Corte o burguesía. Nepotismo o liberalismo. Se vota la posibilidad de romper con 500 años de miseria, molicie y fracaso. Se vota la posibilidad de encarrilar España, por medio de una sacudida política descomunal, en la vía de la productividad y el progreso..

Y esto:

Nacho Vidal contra el osado micropene español.

Ya no callo ni un segundo más con los pirómanos y los excesivos, con los que regalan la honestidad intelectual por una frase “molona”.

Cristian, que alimentó el monstruo, el que firmaba esos artículos, hoy acusa a Rajoy de “cargarse el Estado de Derecho”.

En él pensaba cuando escribí esto. Ya puestos, voy a ser claro. Porque le vi -entre otras cosas- esparcir estadísticas de mierda de racistas norteamericanos para defender la penúltima de sus ideas fuerza, de esas que parece lo alimentan durante un rato, voluble y enamorado de sus “hallazgos”.

Pero esto ya excede lo tolerable. Estoy de frívolos hasta los huevos. Rajoy no se está cargando nada: se lo están cargando esos a los que hace algunos años animaba Cristian con sus gracietas.

Pero él a lo suyo.

 

 

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¿Engañarme a mí? ¿Con lo listo que soy?

 

Leo en El País este artículo. Este hombre, del que no sé nada, y al que voy a presumir sincero, dice no estar abducido. Las negritas son mías:

1. Dos circunstancias hicieron que cambiara de opinión en torno a la cita electoral por el referéndum impugnado por el Tribunal Constitucional. Las dos colmaron mi paciencia de ciudadano en Cataluña, un ciudadano que había decidido no participar con su voto en el referéndum no acordado, urdido con una mayoría simple (cuando lo pertinente hubiera sido una cualificada dada la trascendencia de lo propuesto a aprobar) en el Parlament de Cataluña el último 6 de septiembre.

Trato de hacerme una idea de cómo personas tan poco sospechosas de fervor independentista como Eduard Punset, por citar un ejemplo muy difundido por las redes, pudieron ser narcotizados por el nacionalismo. He visto a Punset en televisión haciendo programas de divulgación científica de excelente calidad y me cuesta mucho, muchísimo, ver en la solidez de su discurso el más mínimo rasgo de enajenación ideológica; trato de descubrir algo sospechoso y observo que su mirada no acusa ese brillo desmedido y alucinante del que no procede de este planeta (según nos enseñaron las novelas de ciencia-ficción), producto de la abducción a que fuera sometido por las instituciones catalanas.

Sé que mi amigo y excelente columnista y poeta Antoni Puigverd concurrió a votar (donde vio, por cierto, eso que no debió ver nunca en un recinto electoral, probablemente el lugar más sagrado de una democracia que se precie de tal). He hablado y hablo con él de literatura, política y nuestros nietos. Y nunca noté en él ningún inquietante síntoma de abducción ideológica.

Leí el último libro de Francesc Serés (La pell de la frontera) y tampoco hallé nada que me hiciera ver que su eximia literatura esté imbuida de ninguno de las perniciosas ideas que pululan por la atmósfera de Cataluña.

Leo a Josep Ramoneda y a Joan B. Culla en este mismo diario y en el Ara y me pasa lo mismo. Claro que sus ideas sobre lo que ocurre en Cataluña no están siempre en concordancia con lo uno pueda pensar sobre lo mismo, pero de ahí a defender a capa y espada que están abducidos por lo que sea (puestos a estar abducidos, da lo mismo quienes son los agentes abductores), es ya estar no solo equivocados sino también a no utilizar toda la inteligencia, la sensibilidad y la buena fe necesarias para analizar un asunto tan complejo como es la grave colisión entre Cataluña y el Gobierno del Partido Popular y sus activos colaboradores de C´s en estos despropósitos.

2. Mi conversión hacia el voto del 1 de octubre pasado, se reforzó inesperadamente el 20 de septiembre. Ese día pasaron cosas muy graves. Se intervino la Generalitat en su área financiera, mientras se invadía el Departamento de Economía mediante un grupo de guardias civiles que no sabían hacer la O con un canuto en materia no solo financiera, sino incluso informática. Aquí primó, como en el resto de todas las actuaciones de la Guardia Civil y la Policía Nacional hasta el día 1, el paripé en la línea más agresiva del ya tristemente famoso “a por ellos”.

El resto ya lo conocemos. Movilizaciones de masas narcotizadas o abducidas; desembarco de efectivos de guardias civiles a los cuales los manifestantes le arrojaban claveles; y por fin, el domingo negro de la democracia española de los últimas décadas: golpes, sangre, tortura (romperle a una chica los cinco dedos de su mano con absoluta premeditación y conciencia del extremo daño que se infligía, a esto yo lo llamo tortura), asalto y agresión a poblaciones rurales con menos de 500 habitantes, y vejaciones a mujeres. Me fue muy difícil no ir a votar a las seis de la tarde, después de la perplejidad y la indignación que fui incubando en los días anteriores al referéndum no acordado e impugnado por el TC.

3. Es mentira que la sociedad catalana esté partida o enfrentada. No me dio esta sensación cuando estuve visitando colegios electorales el domingo, además del mío. Vi gente votando de mi barrio (Guinardó) y de mi escalera que nunca me hubiera imaginado votando en circunstancias tan anómalas. Gente de habla castellana, gente que no comparte incluso el referéndum, gente de distintos extractos sociales e ideológicos, todos votaban, sabiendo incluso que vendrían a por ellos.

4. La izquierda se debe recomponer. Y si queda tiempo, habría que hacer que nuestra derecha fuera un poco más progresista. Y perdonen el oxímoron.

Dos cosas:

a) Pensar que personas con estudios, simpáticas y amables, con cachorritos y nietos, esos con los que uno habla de ópera, cuartetos, poesía medieval y filosofía, precisamente por esto no pueden ser engañadas y abducidas es tan naíf que me enternecería si la cosa no fuera tan grave. Me recuerda el autor del artículo a aquel senador de los Estados Unidos al que engañó el estafador supestamente parapsicólogo Uri Geller y que, cuando el mago James Randi le demostró la estafa, se negaba a admitir lo que veían sus ojos: cómo me van a engañar a mí, todo un senador, farfullaba el pobre desgraciado. Las personas que dicen cosas así no han abierto un puto libro de historia. La historia está llena de inteligentes, de genios, de personas sobresalientes en sus propios campos, engañados y abducidos. No voy a poner ejemplos. Para qué; llenaría cien blogs. Más aún, a veces son las personas sin estudios, los miembros de las clases populares, los más refractarios a ciertos engaños. Huelen ciertas estafas porque sus vidas son peores. A ciertos engaños, digo.

b) El no abducido, por otra parte, demuestra hasta qué punto lo han engañado y sigue sin darse cuenta. Su artículo demuestra hasta qué punto está intoxicado por la propaganda que no admite consumir. Podría haber existido un caso de tortura o de agresión sexual de agentes de policía y eso no tendría que afectar al análisis salvo que fuera masivo o generalizado, algo que habría que demostrar. Podría, porque los hombres a veces son malos y hacen el mal, y no por eso uno apoya un golpe de Estado. Podría, pero el hombre que se ha mirado al espejo, como se mira el esquizofrénico que niega su enfermedad después de hacerse un diagnóstico y concluir que ese Napoleón con el que charla es tan real que puede verlo, este hombre, construye su tesis sobre cinco dedos rotos con “premeditación” y “conciencia” (¿cómo lo sabe?), y sobre “vejaciones” a mujeres, cuando la mujer que denunció esa “tortura” y que dijo que había sido agredida sexualmente al día siguiente tenía cuatro de sus dedos intactos.

Este hombre, que dice que la sociedad catalana no está partida o enfrentada, también afirma que no está abducido.

Naturalmente, qué sabré yo de esto. No vivo en Cataluña. ¿Verdad? Ahora, ¿y si resulta que sí lo estás, que lo estás pero no te das cuenta?

Dramatis personae

Ayer tocaba hablar del responsable del fracaso del Estado, y ese responsable era Rajoy (y su partido). Después de meditar más sobre lo sucedido y de leer y escuchar opiniones de todo tipo, mantengo lo dicho.

No hablé ayer de otros. No lo hice para no contaminar lo que quería dejar bien claro. Ayer había alguien al mando. Pero hoy es otro día.

Podemos. Podemos (y su líder) quieren acabar con la democracia española. Cada paso, cada respuesta, cada ladrillo de su discurso me han ido convenciendo de esto. No hace falta ser un lince, por otra parte: está escrito en la vieja estrategia comunista. Utilizan la democracia parlamentaria para crear las condiciones que permitan la instauración de lo que llaman auténtica democracia, eso que todos conocemos bien. Llevamos más de un siglo padeciendo el totalitarismo comunista, como para no conocerlo. Más aún, no hace falta ser un lince porque refulge en las propias biografías de sus líderes, y en esas declaraciones que parecen añejas, pero que apenas tienen cuatro o cinco años. Cuando habla Pablo Iglesias de democracia y de derechos humanos, yo solo veo a un tipo siniestro que usa conscientemente las palabras “buenas” porque decir dictadura del proletariado no vende. A su modo, Iglesias (personalizo en él, pero no es el único) no es un traidor: como los dobles agentes —o como esos musulmanes que beben alcohol, fuman y fornican alegremente en los países de los infieles— se mimetiza con la normalidad, se hace pasar por un buen ciudadano, para engañarnos por su buena causa. Usted sabrá si es tan estúpido para picar el anzuelo (salvo, claro está, que sea usted como Iglesias).

PSOE. Lo del PSOE es otra cosa. Es auténticamente insoportable (sobre todo en personas a las que respeto) tener que escuchar que ayer Pedro Sánchez hizo una gran intervención. Por lo visto, una gran intervención consiste en solicitar al Gobierno constitucional, legal y legítimo que pacte con los que acaban de dar un golpe de Estado y de cometer delitos en masa. Y por lo visto, una gran intervención consiste en acusar al PP de ser el responsable histórico de esta situación, cuando el PSOE lleva años demonizando al PP y casi situándolo fuera del sistema; cuando el Estatuto, ese frankenstein, es una creación socialista; cuando fue un gobierno del PSOE en Cataluña el que encabezó una manifestación contra una sentencia del Tribunal Constitucional, es decir, una manifestación contra el edificio institucional; y cuando hasta hace un mes chillaba si se mencionaba el uso del artículo 155 de la Constitución Española. Esto último es lo más grotesco. El PP no ha querido utilizarlo, pero al menos no dijo que no procediera. El PSOE, sin embargo, siempre se reservó la bala de la deslegitimación: si el PP lo hubiera utilizado hace dos años, el PSOE habría estallado en grititos de indignación y luego habría intentado recoger la cosecha. Hoy todo el mundo se apunta al “yo habría hecho”. Pero algunos no pueden. Aún no han pedido perdón por su enorme responsabilidad en lo sucedido.

Ciudadanos. Siempre he sido muy crítico con el partido en el que milite hace ya muchos años. Con los que mandan en él. No me gusta ni aquel ni estos. De hecho, nunca he llegado a votar a Ciudadanos (me fui antes de tener ni siquiera la oportunidad de hacerlo). Pero no quiero ser injusto ni dejarme llevar por mis fobias. No son responsables de lo sucedido, de ninguna forma. Han sido una voz a favor de la ley en Cataluña. Han apoyado al Gobierno de una forma esencialmente leal. Ayer mismo seguían haciéndolo, a pesar de que podían haber iniciado un camino propio.

Así lo veo.

La gangrena del Estado

 

El de hoy es un día tristísimo. No, como muchos piensan, por las imágenes de la policía cargando contra los que se saltaban la ley o arrastrándolos para impedir que obstaculizasen ese trabajo ordenado por los jueces. La policía puede fracasar y verse superada. La realidad es así, tozuda y cabrona. Tampoco es triste por lo que puedan decir medios o líderes internacionales. La gente siempre se pone exquisita cuando el delito no le afecta.

Lo triste es comprobar que la mayor parte de los resortes del Estado en Cataluña se han puesto al servicio del delito y el golpe de Estado.

Hace mucho tiempo que no comparto la postura del Gobierno. No hablo de la estrategia política. Sobre la estrategia política decidí no hablar desde el momento en que vi que el Gobierno se enfrentaba a golpistas. Hablo exclusivamente de la gigantesca inmoralidad de no utilizar los mecanismos constitucionales. Esos mecanismos no están sujetos (por mucho que el artículo 155 diga “podrán”) a un uso estratégico. Pero así lo han visto muchos. Es la misma debilidad de los que dicen que una ley es constitucional si renuncias a interponer recurso de constitucionalidad, aunque la ley apeste. Esa actitud de renuncia a la aplicación de la ley es inmoral y además peligrosa. Nada disuelve más las instituciones que la arbitrariedad. Por eso la corrupción política impune es tan dañina.

Decía que hace mucho tiempo que no comparto la postura del Gobierno, aunque decidí que, con el delito a las puertas, solo cabía una posición; por eso también me ha asqueado la postura de los “nuestros”, de algunos de los “nuestros” que, en momentos de tanta zozobra, en vez de apoyar a las instituciones, decidieron dar palos a Rajoy. Algunos, por cierto, con biografías bien dudosas. No quiero pasar cuentas, pero yo vengo diciendo siempre más o menos lo mismo y he visto, con enorme melancolía, a algunos ponerse en primera fila de la manifestación, cuando antes jugaban al juego intelectualoide de los artefactos exquisitos.

Llegados a este momento, cualquier línea de actuación admisible tendría que incluir:

1.- La inmediata aplicación del art. 155 de la Constitución Española. El Estado no puede seguir consintiendo que sus instituciones se utilicen para el delito.

2.- La inmediata persecución de todos los delitos cometidos en el día de hoy. Incluyo aquí a todos sus autores, sean cabecillas o simples ejecutores. De todos ellos. Esas imágenes que tanto horrorizan a algunos son la mejor prueba de su comisión.

3.- Tomadas las medidas anteriores, pero sin esperar demasiado, una convocatoria de elecciones generales. Es hora de que los españoles digan qué piensan de los líderes del PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos. Y de su actuación durante estos meses y días.

4.- Que Rajoy renuncie a presentarse. Y que lo anuncie ya. Ahora podemos juzgar su actuación. Los ciudadanos teníamos derecho a esperar que el Estado tuviese medios suficientes para evitar la comisión masiva de delitos, anunciada desde hace meses. A esperar que se hubiese dispuesto lo preciso. El Estado ha fracasado. Da igual en qué haya quedado la cosa esa ilegal de los secesionistas, esa mera excusa para obtener su repugnante relato victimista. El fracaso no se sitúa ahí; se sitúa en la asunción voluntaria de que era mejor renunciar a los mecanismo constitucionales cuando realmente no contaba con un plan alternativo. Ahora hemos constatado ese fracaso. Ese fracaso señala al máximo responsable. Y el máximo responsable es Rajoy.

Mientras termino de escribir esto, escucho a Rajoy. Su discurso es la constatación de su fracaso personal. Es un discurso inane, hueco, mentiroso e irresponsable.

Hoy es un día muy triste.

Más aún: miro alrededor y me encuentro huérfano. No creo que esté solo. Creo que hay millones de españoles en busca de refugio.

Pero no existe ese refugio. La culpa es nuestra, claro. Tenemos los políticos que nos merecemos.

 

El alimento de la turba

 

El proceso secesionista se fundamenta, todo él, en una gigantesca mentira. Es esto tan obvio que no voy a perder un segundo en demostrarlo. Quien no esté de acuerdo puede ahorrarse todo lo que viene a continuación.

Pero hay otra mentira, especialmente dañina, que ha sido alimentada y que tiene una fuerza enorme, ya que se ajusta perfectamente a los sesgos de muchas personas.

Para explicar cuál es, les expongo cuál es mi postura (en este momento) sobre la cuestión catalana. Yo creo que no hay que cambiar la Constitución. Estoy en contra, en particular, de una reforma que permita un procedimiento de secesión. Estoy en contra de que se apruebe un procedimiento que permita un referéndum nacional o uno restringido a una comunidad autónoma con el fin de someter la posibilidad de una secesión a todos los ciudadanos españoles o a una parte. En cuanto a las competencias del Estado y de las comunidades autónomas, siendo como es esta cuestión tan compleja y pudiéndose referir a materias tan diversas me pronunciaría en cada caso, no prejuzgando ninguna posibilidad: es decir que las comunidades autónomas reciban más competencias o que alguna de las cedidas sea recuperada por el Estado o cedida a la Unión Europea. Mi proyecto a largo plazo (lástima que no pueda ser a corto) pasa por la creación de un Estado europeo que reciba tal nombre y perder mi nacionalidad española sustituyéndola por otra europea.

Mi posición no solo es legítima, sino que es legal. Es decir, se ajusta a la ley vigente. Por decirlo de otra forma: nadie me puede reprochar que defienda el mantenimiento del edificio constitucional tal y como existe, porque fue producto de decisiones legales, constitucionales y democráticas. Como es obvio, se puede defender la necesidad de un cambio constitucional como posición política, pero el que lo haga no puede imponerme su posición política mientras no obtenga las mayorías legales y mientras no se cumplan escrupulosamente todos los procedimientos legales para el cambio de la ley y la Constitución.

Sin embargo, se ha ido trasladando la idea de que una posición como la mía es inmovilista. Es decir, que es problemática. Aparentemente lo es porque muchas personas de una región española quieren cambiar la ley. Por lo visto, no es legítimo (cuando se usa el término “inmovilista” no se hace por capricho) simplemente oponerse a los deseos de otro. Si otros (sin tener las mayorías para ello) desean un cambio de la ley, la mayoría ha de ceder de alguna forma.

Esa postura es la que se expone tan habitualmente con la frase: ¿habrá que hacer algo, no? Por lo visto no es legítimo decir simplemente no. Yo, ciudadano cumplidor de la ley, no puede mantener una opción política que pase por que no se cambie la Constitución en un determinado sentido.

Esa idea de que hay dos extremos, los que quieren saltarse la ley y los “inmovilistas” que no ofrecen nada, es moral e intelectualmente asquerosa. Pringa. Los que quieren saltarse la ley, los que se constituyen en turba soberana, no tienen nada que ver conmigo. Yo acepto las leyes. También las que no me gustan. Y les aseguro que hay muchas leyes que no me gustan nada.

Esa idea tiene padres y defensores. Mucha gente lleva haciendo análisis políticos desde hace muchos años que se basan en la tesis de que es preciso ofrecer algo a los que no son mayoría para evitar que la cosa “pase a mayores”. Se basa en la tesis de que hay algo malo, inmoral o peligroso en posiciones como la mía, a pesar de que yo sí respeto la ley. Esa tesis, la que habla del “problema político”, lleva años excluyendo lo principal: la rotunda e inequívoca denuncia del golpismo.

Ya sé que muchas de las personas que lean esto se van a cabrear, pero qué le vamos a hacer. Estoy hasta las gónadas de medias verdades. Si desde el primer día hubieran afirmado que es ilegítimo cualquier camino hacia la secesión que no pase por una reforma constitucional, si hubieran denunciado el golpe en ciernes (he leído muchas bromas sobre esto, porque llevo años diciendo lo mismo, aunque, oh mundo, ahora se ha extendido el término) y hubieran admitido que una postura como la mía es totalmente legítima y legal, sin haberla demonizado, podría admitir matices. Pero esto no ha pasado. Porque esas personas también tienen sus agendas, y el ruido secesionista era favorable a esas agendas. Han jugado desde hace años con la solución intermedia entre el golpe de Estado y lo que llamaban inmovilismo. Para que los “inmovilistas” como yo tuviéramos que ceder y que pensar que a lo mejor había que tragar con cosas con las que no queríamos tragar, hacía falta el fondo sordo del miedo a la confrontación civil. No estoy hablando de juego político. Esa es la gran mentira. No hay equivalencias. Un científico no debe discutir con un creacionista sobre evolución. No debe otorgarle el nivel que sus posiciones intelectuales (más bien su ausencia) no le dan. Sin embargo, los que hablan del problema político mientras nos señalan nos han colocado en un extremo de una línea falsa. No hay una línea entre mi posición y la de un golpista. El golpista está fuera de la línea porque ha decidido situarse fuera de la ley y la democracia.

En realidad, en el otro extremo de la línea están los que quieren cambiar el sistema legalmente. El problema es que muchos de ellos han usado a los golpistas para obtener músculo.

Ahora, cuando las cosas se ponen negras, muchos de los que llevan años llamándome inmovilista, se acojonan y gritan contra los que se están saltando la ley. Los creo sinceros; a la mayoría, al menos. Pero también son responsables. Cada vez que me etiquetaban para hacerme más débil; cada vez que me convertían en extremista; cada vez que representaban el papel de moderados dialogantes y “entendían” a los que habían anunciado que se iban a saltar la ley, los blanqueaban.

No espero que lo admitan y rectifiquen. De hecho, cuando, algunos de ellos, hace unos días, escribieron un manifiesto, se cuidaron de explicar que están contra Rajoy, que no los confundan. Y de hecho, todavía hoy, con los golpistas en la calle y en las instituciones catalanas, siguen diciendo, sí, hay que cumplir la ley, pero habrá que hacer algo más ¿no? Como si no fuera legítimo decir solo: hay que cumplir la ley, que lo otro depende de si convences a suficiente gente o no.

Por eso no quiero escribir ninguna cara B, como si hubiera un debate posible entre los que aceptamos cumplir la ley democrática y los que se la saltan. Soy una persona civilizada. No me avergüenzo de tener una posición propia. Cumplo con la ley e intento no dañar a nadie innecesaria e injustamente. No deseo el mal. Me alegraría muchísimo si todos los que están incumpliendo la ley rectificasen, minimizando el daño que nos causan y que se causan.

Tampoco quiero que me pidan perdón los que llevan años llamándome fascista o intransigente. Me bastaría con que lean esto y entiendan lo que digo, aunque una vez más sucumbo a mi habitual pesimismo. Seguro que habrá quien me diga, tras leer todo lo anterior: tienes razón, cúmplase la ley, pero ¿habrá que hacer algo más, no?

 

 

Y si …

 

Traigo esto de aquí …:

He contado muchas veces mi relación especial (que diría un inglés refiriéndose a Estados Unidos) con la Historia de Roma de Indro Montanelli. Lo leí con trece años, gracias a un amigo de colegio, que lo sacó de la biblioteca paterna y me lo prestó. Me gustó tanto que, angustiado por tener que devolverlo, lo fui resumiendo en folios blancos, cortados por la mitad, que rellenaba con letra minúscula aprovechando todo el espacio disponible. Tardé como un mes, en la cocina de casa, aprovechando el sueño de los demás para evitarme las regañinas. Salieron entre treinta y cuarenta hojas, que conservé muchos años, hasta que se perdieron en una mudanza. Como comprenderán, casi me aprendí el libro de memoria y descubrí que allí estaba todo, como en Los Simpson.

… porque, a raíz de algunas respuestas leídas en tuiter a la pregunta sobre los beneficios objetivos de una secesión catalana frente a su riesgos, se me ha preguntado por cómo habría sido la historia de Barcelona o Valencia si nuestra historia no hubiera sido como fue.

Y he recordado algo que tenía ahí guardado en la memoria. Cuando empecé a leer sobre Roma (en la inmortal obra de Montanelli y en otras que fui encontrando, introducida ya la espita), fabulé con entusiasmo durante un tiempo y lo hablé con algún amigo, con la idea de que César hubiera podido llevar a cabo la empresa que había diseñado: atacar en Asia Menor y luego girar hacia el norte, penetrando en las tierras de los germanos por el este. Fabulé sobre un imperio que no habría sufrido las invasiones de los germanos porque los germanos habrían sido romanizados. Imaginé un mundo completamente diferente.

Tenía trece años. No puedo decir con exactitud cuando dejé de lado estas tonterías infantiles. Quizás con catorce años.

Intentar prever el futuro es difícil, aunque es una tarea imprescindible. De hecho lo hacemos constantemente. Por eso no metemos la mano en aceite hirviendo. También por esta razón la humanidad lleva milenios refinando los procedimientos para mejorar nuestras predicciones.

Intentar dibujar un pasado, un presente o un futuro alternativos, basados en un pasado alternativo, es inútil y es estúpido. Solo se me ocurren tres utilidades para una actividad de esta naturaleza: rellenar el tiempo con banalidades entretenidas, ganarte la vida escribiendo obras literarias y justificar tus acciones actuales dañinas a falta de argumentos. Las dos primeras son legítimas. La tercera es una muestra de mendacidad e irresponsabilidad.

 

Cajones

 

El problema de mezclar la ideología con ciertos males es que, si el diagnóstico y la solución prescrita no funcionan, es posible que los demás denuncien la ideología completamente. A veces, de forma injusta y apresurada. También por eso se encastillan los creyentes y, si se convierten, defienden la nueva fe con más fuerza que nadie. Si la realidad no se ajusta, ajustan la realidad a la vieja o a la nueva fe.

La ventaja de una aproximación a los problemas sin prejuicios ideológicos es, por esto, indiscutible. Es cierto que a veces esa ausencia es falsa, mera apariencia. O, seamos generosos, que el aparato ideológico exista e influya, y no nos demos cuenta. No obstante, siempre es mejor esto que lo contrario. Al menos revela pudor e introduce una salida para el orgullo, ese vicio tan humano. Si dices que estás dispuesto a revisar tus postulados si no se ajustan a los datos, aunque no te lo creas del todo, puede que, llegado el momento, des un paso atrás: la retirada es digna. Sin embargo, si crees en un dogma, en un aparato productor de explicaciones, quemas los puentes.

Algo más: esos aparatos no solo producen explicaciones a las que la realidad debe ajustarse. Producen algo más sutil y por eso más dañino. El aparato ideológico se convierte en parte de la realidad. Introduce en ella discursos que se independizan. Es algo que recuerda a la marxista superestructura ideológica. El propio marxismo lo es, irónicamente, de manera destacada. Nuestros análisis están infectados de productos exitosos, no por su utilidad, sino por su sonoridad y sencillez. Su poder deletéreo estriba a veces en el espacio que ocupan. Son como los medicamentos homeopáticos, que no dañan directamente, pero impiden al enfermo ocuparse realmente de su salud.

Pondré un ejemplo de lo anterior: cada vez más a menudo encuentro en las denuncias por violencia doméstica un lenguaje ideologizado. No pretendo decir que ese lenguaje tenga un origen único; no sé si proviene de los medios de comunicación, los abogados, las asociaciones de apoyo a mujeres maltratadas o de todos ellos. Incluso del propio Estado. Con esto último me refiero, por ejemplo, a la creación de formularios para los cuerpos policiales, a los que se les pide que formulen ciertas preguntas, en un orden concreto. Es sabido que las preguntas determinan en gran medida las respuestas.

Vean preguntas extraídas de una denuncia real. Las hacen agentes de policía:

Lo interesante es que las denuncias, muchas veces, ya no cuentan en lenguaje llano lo que pasa. No cuentan los hechos. No nos dicen que el día tal pasó tal cosa concreta. O no solo al menos. No, se añaden síntomas y conclusiones, propios de peritos o de académicos. La espontaneidad desaparece y se sustituye por construcciones predeterminadas. Justo las que se adaptan a determinadas explicaciones.

Ya no son los peritos, los abogados, los fiscales y los jueces los que hacen el trabajo de subsumir pedazos de realidad en las normas o en las categorías académicas. Denunciantes y denunciados que son incapaces de producir un mínimo discurso complejo utilizan categorías creadas (en el mejor de los casos) para describir de forma abstracta lo que les pasa en concreto. No entienden las preguntas, pero compran el lenguaje. ¿Saben qué respondió a la primera de las preguntas la denunciante? Que una vez su marido le pegó un golpe a un armario y ella sintió miedo.

Los hechos se difuminan desde el primer momento, si no se falsean. Lo interesante sería saber qué pasa en cada caso concreto, no encajar lo que sucede en cómodos cajones. Es lo interesante por tres razones: para dar a cada uno lo suyo, para intentar encontrar categorías que sean útiles de verdad y para prevenir.

Hoy todo el mundo ha estado alguna vez deprimido, ha visto un marco incomparable, ha cargado las pilas, se ha encontrado a sí mismo, vive la vida, es demócrata y apasionado. Gastamos banalidades como si fueran píldoras de colores con principios desconocidos avalados por sabios. Compramos estas explicaciones como antes compramos otras, sin tener ni idea de su significado.

Es menos cansado, más cómodo, más satisfactorio. Cuando se trata de vender un viaje a un paraíso exótico, no importa mucho. Cuando se trata del mal, de la violencia, del asesinato y de la libertad es peligrosamente estúpido.

Las categorías, además, funcionan como monedas en una máquina expendedora. Un hombre es condenado en conformidad. Es decir, asume hechos. No pueden tratarse de hechos demasiado graves, porque el Estado no castiga hechos graves con una pena de tres meses. Yo he estado ahí. No sabes quién dice la verdad, puede que el tipo mienta y sea un auténtico hijo de puta. O que mienta y no sea un auténtico hijo de puta. Pero creímos que la pena exigía prueba y que, puestos a escoger por un estado básico, teníamos que escoger el de presumir la inocencia de todo el mundo. En un mundo perfecto, esto te protegería (a ti y a todos los ciudadanos, pues ese saldo es el que importa), pero en el mundo real, el de las categorías, todos los actores tienen miedo. En el mundo real basta muy poco para que se invierta la presunción. Muchas veces la simple declaración de quien denuncia. En el mundo real, hacemos tratos en casos de violencia doméstica que no haríamos si el hecho fuese un robo o una estafa. En el mundo real uno dice: aléjate de ella para siempre; si es verdad lo que denuncia, para que no se repita; si es mentira, para que no se repita la denuncia. En el mundo real, la gente repite el error y da una oportunidad a quien no la merece. En el mundo real, vuelves a vivir con ese que te maltrata y anula, y tienes hijos con él.  O en el mundo real, vuelves a vivir con esa que te denunció contando algo sobre un marco incomparable y tienes hijos con ella. O en el mundo real, dos que se han hecho daño vuelven a vivir juntos y tienen hijos. En el mundo real, el fantasma de las navidades pasadas vuelve acompañado por los justos. Aquel pacto, producto de tres minutos de conversación en el pasillo de un juzgado, vuelve, pero esta vez vivías en Gran Hermano y todo el mundo te señala con el dedo y te expulsa de la casa. La moneda ha entrado en la máquina y devuelve una categoría: maltratador. Una categoría que sirve para definir al que da un empujón y al que echa ácido en la cara. A un maltratador hay que quitarle todo, incluso los hijos que nacieron después del maltrato.

Un tipo con la etiqueta de maltratador no puede ser padre; da igual que lo sea por decisión voluntaria de su víctima, tomada después de contarle al mundo que lo era.

A la vez, en la mente de muchos, las falsas categorías se ven sustituidas por otras prístinas, sencillas y manejables. Han visto la luz. Son apasionados y sinceros, amigos de sus amigos y también viven la vida. Tampoco necesitan la complejidad. Estos creen que les estoy dando argumentos y enlazarán esta entrada mientras llaman feminazi a alguien.

 

El respeto escrupuloso por la ley

 

He estado escuchando unas declaraciones de Pedro Sánchez en las que dice, resumidamente, que si la política consistiese solo en el respeto escrupuloso a la ley, gobernarían los jueces y no los políticos. Estas declaraciones las efectúa después de manifestar que, naturalmente, va de suyo que hay que respetar escrupulosamente la ley.

Como ven, la frase en sí parece irreprochable.

Sin embargo, démosle una vuelta. Imaginemos una frase que parece a simple vista mucho más escandalosa: “la política consiste solo en el respeto escrupuloso a la ley”. Si esta frase se sostiene, esto indica que la contraria puede presentar algún fallo (y quizás empezar a indicarnos cuál es ese fallo). Lo interesante es que, analizada, la frase que propongo se sostiene sin problema alguno. Eso sí, para ello es preciso saber en qué consiste respetar escrupulosamente la ley. Y ahí está la cuestión. Parto —no debiera ser preciso explicarlo, pero en los tiempos que corren no queda otra— de la única ley que merece ese nombre: la ley democrática.

Hay un prejuicio muy extendido: la ley, en el mejor de los casos, es un obstáculo justificado. Una especie de freno a la libertad individual y al cambio. No quiero meterme en ciertos jardines (por eso dejo para otro día explicar por qué me parece un prejuicio). La cuestión es que, en realidad, la ley no es un freno de ningún tipo. También forma parte de la ley (del ordenamiento jurídico en su conjunto) la posibilidad de cambio de la ley y las reglas para que ese cambio sea legal. No solo esto, también forma parte de la ley (en el sentido de que la ley delimita el campo de lo legal —admisible— y lo ilegal —inadmisible—) la propia actividad política. La actividad política puede ser legal o ilegal. Supongo que nadie refutará esto. La actividad política legal —y doy por sentado que es a esto a lo que se refiere Sánchez— es un ejemplo evidente de respeto escrupuloso a la ley.

Más aún, los jueces se encargan de hacer cumplir la ley (tras interpretarla, aplicarla y ejecutar, incluso de forma violenta y forzosa, sus resoluciones) cuando alguien no la cumple o cuando surgen discrepancias sobre su sentido recto. Los jueces son un último recurso del sistema. En un mundo perfecto (es decir, con un ley perfecta, sin ambigüedades, y formado por ciudadanos que voluntariamente cumplen la ley), los jueces estarían todo el día cruzados de brazos. Cumplir escrupulosamente la ley es algo que incumbe a todos. Un lugar en el que la política consiste solo en cumplir escrupulosamente la ley no es un lugar en el que los jueces gobiernan. En realidad, es un lugar fantástico en el que los jueces no tienen ningún trabajo.

La frase de Sánchez, tan irreprochable a primera vista, falla, una vez examinada la proposición contraria.

Sí, la política debería consistir solo en cumplir escrupulosamente la ley. ¿Saben por qué? Porque la ley democrática no es una traba, sino una garantía para los ciudadanos. La ley democrática no fija los contenidos de las políticas posibles, sino sus límites. Límites que, además, pueden cambiar legalmente, siempre que los cambios se efectúen conforme a sus reglas. “Mi” frase es mejor porque es la que establece los límites entre lo que debe y lo que no debe hacerse en política.

Voy a terminar con un acto de soberbia: creo que ese “solo” de la frase hará que muchas personas no estén de acuerdo conmigo y, a la vez, creo que habrá personas que estén de acuerdo conmigo por razones equivocadas.

 

Mejor lean a Juan Claudio. Es menos deprimente.

 

Al final de este artículo de Juan Claudio de Ramón se habla del mejor abrazo de la historia del cine. Al leerlo, me ha venido inmediatamente al recuerdo la secuencia final de Como un torrente, la extraordinaria película de Vincente Minelli (¡miren cómo cae Shirley MacLaine!):

Luego, he ampliado el foco, y he pensado que no hay abrazo como el abrazo al recién muerto. He pensado si la metáfora de la vida, del alma, que se va, tan ubicua, no es resultado de la percepción del instante en que se produce un cambio de sentido y dejamos de consumir energía para pasar a convertirnos en combustible. Sinatra abraza el frágil y maravilloso organismo disipativo que lleva un conejo por bolso, porque siente que se ha roto. Deja de consumir energía eficientemente y empieza a fundirse con el fondo de la escena.

 

¿Alguien me lo explica?

 

No tengo una opinión fundamentada sobre la gestación subrogada porque no he pensado gran cosa sobre el asunto, aunque por defecto mi postura siempre es la defensa de la libertad. Por tanto, por defecto y de partida, mi posición es que una mujer pueda decidir utilizar su cuerpo como incubadora del feto de otros y preciso argumentos para que se prohíba. También, por defecto, mi yo legalista prefiere que cualquier práctica no prohibida se regule con claridad, y que se permita y estimule la documentación de los acuerdos basados en la autonomía de la voluntad. Vamos, que siempre es mejor un contrato con sus cláusulas y un listado de derechos y obligaciones. También, por esta razón, creo que la prostitución debe ser legal, regularse y convertirse en una actividad sometida al derecho laboral, a las normas sobre seguridad social y a las fiscales. Naturalmente, cualquier forma de imposición debe estar proscrita y ser perseguida de forma radical. También creo que los argumentos sobre la dominación encubierta que lleva a alguien a prostituirse (como fundamento de una prohibición) son una forma de enmascarar nuestras posiciones morales (y nuestras fobias). La mayoría de las actividades importantes realizadas por los seres humanos se encuentran condicionadas de forma más o menos intensa. Entre ellas, la práctica totalidad de los trabajos. Sin embargo, pasa que a muchos nos cuesta entender que haya gente que haga “ciertas” cosas, y necesitamos una explicación extrínseca. Esto vale para la mujer que se prostituye, pero también podía valer para cualquier conducta “mal vista” (en algún tiempo pasado o lugar), como, por ejemplo, la homosexualidad. O el aborto. Tengo tendencia a sospechar de esas justificaciones. No puedo evitar pensar que se dirigen, no tanto a hacer el bien, como a tranquilizar las conciencias de los que no comprenden que la libertad de los demás consiste también en que puedan hacer aquello que nosotros no haríamos y que nos repugna.

No pretendo, no obstante, desarrollar mucho lo anterior, porque aún ando pensando en ello. El motivo de esta entrada es otro. Creo que un factor que lleva a muchas personas a condenar ciertas actividades es la presencia del dinero. El dinero se convierte en la clave para que algo admisible se convierta en inadmisible. Parece que lo altruista es bueno, mientras que el intercambio es pecaminoso. Lo altruista es difícil de comprender, claro está, sobre todo en el supuesto de comportamientos heroicos; por eso es tan alabada (y por eso llevan los biólogos décadas planteando hipótesis que explique un comportamiento aparentemente antievolutivo). Sin embargo, ¿por qué se ha admitido tradicionalmente el matrimonio de conveniencia? Nunca he comprendido la diferencia entre la prostitución y las relaciones estables (incluso con descendencia) basadas en el interés económico, la seguridad o el estatus. Y han sido mayoritarias. Y hoy seguramente continúen siendo frecuentes. ¿Por qué el dinero no mancha las relaciones personales cuando se extienden en el tiempo y sí cuando son fugaces? Aclaro: esta pregunta no busca una respuesta del tipo emic, sino del tipo etic. No pretendo que me expliquen por qué lo vemos así, sino por qué hay una diferencia y cual es (si es que realmente existe).  

Nunca he obtenido una respuesta satisfactoria. Quizás ustedes tengan alguna.