Ver para saber de qué hablamos

 

Cada vez que se produce algún hecho espantoso como el de ayer, en particular cuando la muerte es resultado de un crimen o de la guerra, nos ponemos a discutir sobre si es o no correcto que nos muestren las imágenes de los cuerpos destrozados, de los niños despanzurrados, de la sangre, las vísceras, de la amputación.

Yo ya no necesito una sola imagen, una vez he visto una cualquiera que me sirva de icono. Puedo representarme a los muertos de ayer sin necesidad de verlos, porque los he visto antes, muchas veces, y los detalles accidentales no añaden nada.

Eso sí, creo que hay que verlas al menos una vez en la vida. Las consecuencias de la muerte, la inanición, la mutilación, el horror, la ausencia de libertad, el trato inhumano. No las versiones falsas del cine, que no nos asustan porque sabemos que lo son. Y hay que mascar y deglutir los datos, reflexionando hasta que nos sangren los pensamientos. Más aún, debería formar parte de la educación de los jóvenes, porque tenemos la obligación de enseñarles la realidad.

Por eso es lícito y quizás necesario que podamos ver los cuerpos de los niños muertos. No para alimentar algún bajo instinto o para echar gasolina al odio, sino porque quizás alguien lo necesite para representarse de qué hablamos cuando hablamos de un camión que golpea con violencia el cuerpo de un pobre crío y lo revienta. Quizás esas personas necesiten verlo o incluso acercarse a él y poder tocarlo y olerlo, para dejar hacer chistes …

chiste

… o para pensar primero en ese pobre crío y en sus familiares, antes de culpar a alguna construcción ideológica del dolor y del mal. O quizás lo necesiten para seguir comportándose así y para que los demás certifiquemos que no tienen solución y que son imbéciles morales sin coartada.

Comprendo a los que dicen que la presencia constante de las consecuencias de la violencia nos entumecerá y hará insensibles, pero ese es el precio que pagamos al pasar de la infancia a la madurez. La violencia existe y sus frutos no desaparecen porque apaguemos la televisión. También comprendo a los que se asquean por el negocio del morbo, pero el pus es un producto de la infección; poco podemos hacer para evitarlo, salvo señalar a los que se pasan de la raya y despreciarlos.

Yo voy a evitar ver las imágenes si puedo, porque no necesito verlas, pero quizás haya quien necesite verlas. Incluso aunque sea para mostrarse como lo que son. Para eso han de estar disponibles.

 

No matarás

 

Esta noticia y sus reflexiones es curiosa, sobre todo si consideramos el tuit con el que el medio la publicita:

Es interesante incluir el tuit, que utiliza la palabra asesinar, porque creo que pone en evidencia lo que hay detrás, el discurso que hay detrás (por cierto, la policía asesina y el francotirador mata).

La idea de que un robot se acerque al que debería ser detenido y lo mate, nos repugna. Nos parece más propio de una situación de guerra que de una situación de orden público. Pero esa repugnancia exige un análisis racional posterior. Si nos damos cuenta, todos admitimos que el delincuente (usemos esta expresión) pueda ser reducido. Incluso que pueda morir, ya que partimos de que la ley le exige su rendición y sometimiento a las fuerzas policiales, y se legitima el que estas se “defiendan”, evitando en lo posible arriesgarse. Si admitimos esto, ¿qué diferencia hay con una situación en la que, en vez de unos policías, el que se acerca al delincuente es un robot? Desde el punto de vista del delincuente, ninguna: todos consideramos lógico que el delincuente pueda ser abatido por un policía “humano”. La única diferencia se da desde el punto de vista del policía: desaparece el riesgo de muerte.

Es como si echásemos de menos una “buena lid”. La muerte del delincuente como precio admisible por el riesgo para el policía.

Sin embargo, este concepto, un refugio romántico de la literatura mundial sobre la guerra (el caballero que se enfrenta a su igual  y que evita el sufrimiento de terceros, jugando al juego de la guerra en un cuadrilátero escogido), siempre fue falso, una referencia literaria (falso y, además, una “superestructura” justificativa del predominio de las élites guerreras). Y lo es más aún cuando la guerra se “democratiza”. Los ejércitos ciudadanos, con cientos de miles de efectivos, que usan la tecnología moderna para desplazarse, organizarse y matar, y que se fundamentan en los valores de la nación en armas (y más tarde de la civilización en armas —como petición de principio partidista, claro—), basculan desde el noble oficio de la guerra a la nobleza del fin perseguido. Eso justifica el bombardeo masivo y, al final, la búsqueda de la máxima protección para el soldado profesional.

Por eso, al final, la cuestión desnuda es si había o no riesgo para las personas y los bienes, y cuánto hay que esperar para que un delincuente se rinda, si resulta que está armado hasta los dientes y puede llevar explosivos. Salvo que pensemos que el riesgo para la vida del policía puede funcionar como un freno para la arbitrariedad y el exceso. Este último argumento, sin embargo, es de doble filo: el riesgo puede frenar el exceso o actuar como acelerante.

Es decir, la conclusión final es que no hay cuestión general. Solo importa si la medida estuvo justificada y no el método.

En la repugnancia inicial asoma el argumento del miedo a “ser Dios”. La conclusión es, sin embargo, la misma que con la ingeniería genética: no importa qué puedas hacer; importa lo que hagas. Sobre todo porque ya lo hemos hecho antes.

El dilema es el mismo que existía cuando un primate afiló una piedra o un agricultor domesticó una planta. Solo hay una pequeña diferencia de grado y el excedente que nos permite el lujo de discutir.

 

De la plata se ocupaba otro

 

Es terrible lo que está haciendo Florentino Pérez con El País.

messi

Por cierto, todos los contratos de Messi son nulos de pleno derecho. También los que ha firmado con el FC Barcelona. Si firma todo lo que le ponen delante sin leerlo y sin saber nada de lo que firma, en todos ellos concurre una ausencia total de consentimiento.

Es broma.

Bueno, es broma, pero en serio. Y es un asunto interesante. Muchos contratos son tan complejos que incluso cabe error en los expertos. Imaginen cuando el que firma no sabe nada de derecho o de tributación.  Para eso se supone que uno cuenta con un asesor.

La pregunta, en realidad, es otra: ¿para qué escogiste a tu asesor? ¿Para que hiciera las cosas bien o para que las hiciera mal?

Hay un incentivo maldito en todo esto. Algo que he visto a menudo. Que mucha gente, en realidad, no quiere asesores que les expliquen cómo cumplir la ley, sino cómo burlarla, pero lo quieren con una cláusula moral añadida: la cláusula de la buena conciencia. Por decirlo de otra forma: son como esos jefes mafiosos que quieren que se resuelva esa china que tienen en el zapato, pero que prefieren no enterarse de cómo.

Y como esta es una sociedad en la que siempre hay quien vende lo que otros quieren comprar, siempre tendrán trabajo los que te dicen que no te preocupes, que estás en buenas manos y que oído cocina.

Pueden firmar al final de esta entrada. Si no han entendido nada, no se preocupen, ya me ocupo yo de todo.

 

Paranoia constructiva

 

Hace más de cincuenta años, mis padres veraneaban en Fuenterrabía. Mi padre, para entretenerse, compró una lancha motora. Con ella se iba a pescar a mar abierto.

Un día, acompañado de un amigo y de uno de mis tíos, que no sabía nadar, decidió hacer lo de costumbre. Conozco la historia con algo de detalle porque nos la contó décadas después, aunque era obvio que no le gustaba nada recordarlo y solo lo hizo por la insistencia de sus hijos.

Antes de salir, un pescador le advirtió de que iba a hacer mal tiempo. Mi padre echó un vistazo, vio que hacía un día magnífico, sin una nube, y decidió no hacer caso. Ese fue su primer error del día.

Iban vestidos solo con un bañador y una camisa.

Ya en alta mar el tiempo cambió bruscamente y las olas se fueron haciendo cada vez más altas y frecuentes. Aunque puso rumbo a la costa, se le paró el motor, la lancha se cruzó, empezó a recibir las olas por el través y una de ellas la volcó. No llevaban chalecos salvavidas.

No se sumergió por completo. La proa estaba al descubierto y los tres se agarraron a la bola que se usaba para remolcarla.

En ese momento, mi padre vio cómo pasaba flotando el respaldo de uno de los asientos de la lancha. Allí había dejado, en una especie de bolsillo cerrado por una cremallera, su documentación y las llaves del coche. Como era muy buen nadador, decidió ir a recuperarlas. Ese fue el segundo gran error del día.

Comenzó a nadar, pero no era capaz de alcanzar el respaldo. A la vez, la lancha estaba cada vez más lejos y empezó a dudar de si era mejor seguir o volver. Con un esfuerzo tremendo, terminó por agarrar el respaldo. Como ya estaba agotado, lo abrazó con fuerza. Ya no veía la lancha.

Las olas eran cada vez peores y empezó a tener frío. Aunque tenía las manos entumecidas, continuó aferrando una contra otra, por miedo a no poder sujetarse bien si cambiaba su postura, a pesar de que estaba expuesto a los golpes, que lo volteaban, y al agua.

Nos contaba, muchos años después, que el tiempo le pareció eterno. Aunque era joven y muy fuerte, empezó a desesperarse, sobre todo al ver que caía la noche.

Estuvo cinco horas flotando a la deriva. Lo rescató un pesquero francés. Habían encontrado horas antes a los otros dos tripulantes de la lancha, que estaban convencidos de que mi padre se había ahogado, ya que no le habían visto agarrar el respaldo.

El pesquero también recuperó la lancha motora. Al día siguiente mi padre la vendió por lo que le quisieron dar. Nunca más se subió a un barco. Ni a un mísero bote. Yo nací poco después.

Me he acordado de esta historia al leer el capítulo de un libro de Jared Diamond. El autor titula ese capítulo “Paranoia constructiva” y cuenta una anécdota personal similar, en la que estuvo a punto de perecer en aguas del Pacífico.

Paranoia constructiva, qué término más adecuado. Tiene que ver con esas medidas que a tantos —sobre todo jóvenes— les parecen idiotas, pero que nos salvan la vida cuando sucede lo que nos parece improbable, precisamente por juventud e inexperiencia.

O basta là

 

Cada día me cansa más una cierta manera de discutir los asuntos. Una manera que consiste en añadir argumentos en tropel, según van recibiendo respuesta, aunque entre sí sean incompatibles y aunque no se encuentren en el mismo nivel argumentativo, sumado al doble procedimiento de constreñir la discusión, incluso de forma ridícula, cuando crees haber encontrado un agarradero, para salirte del vaso, cuando ya no te valen los propios límites que has querido imponer previamente.

En esa forma de discutir lo importante no es tener razón, sino poder defender tu postura a costa de cualquier lealtad intelectual. Es un puro juego de poder.

Hay un paralelismo entre esto y ese tema que tanto me ocupa, el de la ley. En la discusión racional, las reglas de conversación son esenciales, como en la adopción de acuerdos la ley es esencial. Las reglas de conversación van más allá de los simples modales. Tienen que ver con el respeto a la lógica, con la simetría, con el respeto a las definiciones y al campo de juego. Un simple ejemplo quizás explique mejor a qué me refiero: si defiendes un discurso no puedes renunciar a su coherencia interna. Sin embargo, es habitual que alguien sostenga una opinión, basada en un discurso determinado, y que, pese a que se le demuestre alguna falla capital en ese discurso, siga manteniendo esa opinión, expurgando del discurso lo que se ha demostrado falso, aunque el elemento que lo sustituya sea incompatible con lo que defendía previamente.

No se trata de que crea que es mala la lucha intelectual. Al contrario, me parece una actividad excelente. Lo malo es saltarse sus reglas. Este tipo de artificios, muchas veces burdos, son el equivalente a darle un puñetazo a tu oponente cuando sus argumentos son mejores. Es el equivalente, porque los argumentos que se saltan las reglas de conversación son siempre un puñetazo en el ojo, aunque le parezcan estupendos al que los usa. Un puñetazo en el ojo, sin embargo, es perfectamente leal en un combate de boxeo, porque las reglas lo permiten. Habrá quien diga: ¿quién eres tú para fijar las reglas? Efectivamente, nadie, pero si quieres discutir conmigo por qué las reglas han de ser unas y no otras, ya estás asumiendo reglas de conversación, y te las saltas si en un momento dado me dices que me huele el aliento. Hay algo irrevocable ahí. Y si piensa que no, discútamelo.

Por otra parte, cumplir esas normas es un ejercicio magnífico. A veces incluso sirve para acercarse a atisbar algo que se parece a la verdad.

Por desgracia, es demasiado habitual ver a la gente enfangada, dispuesta a dar mordiscos en la oreja y cabezazos cuando el árbitro no mira.

Dicho esto, a veces he descubierto que aquel al que había catalogado como truhán, realmente creía en cómo planteaba lo que planteaba, no como subterfugio, sino sinceramente. Hay, en consecuencia, un prejuicio detrás de esta reverencia a la lógica. Los demás no saben razonar. Los demás son plebeyos. Los demás están equivocados. Mea culpa.

Así nado, intentando evitar que mi soberbia arruine una buena charla, a la vez que me arrepiento tantas veces de tanto tiempo gastado en estúpidas discusiones con gente que nunca está dispuesta a dejarse convencer.

El último inciso de esta última frase está completo. Me anticipo a los que, después de haber leído toda la entrada, se centrarán en él, como si demostrase algo, olvidándose del resto, empezando a incumplir las reglas de una buena conversación.

 

Un héroe de novela

 

El camino de los comunistas dentro de la irrealidad y la ficción se acaba de enriquecer con un hito más. Un hito, eso sí, basado en un producto capitalista pagado por las multinacionales del espectáculo, las mismas que han convencido a millones de menores de cincuenta años (aka adolescentes) de que la realidad es lo que sale en cada capítulo de cuarenta y cinco minutos de la serie de moda.

No sé si tendrá algo que decir Monedero, el hombre que vio El Rey León de detrás hacia delante y escuchó, por nosotros, mensajes satánicos del imperialismo. Imagino que le parecerá bien: hay que luchar contra el capitalismo utilizando sus artimañas. El problema, sin embargo, va a ser el de los demás candidatos, tanto de IU como de Podemos. Todos peleando por ser el mejor personaje, el más noble, el más agraciado.

El maligno show business concluyó, no hace mucho, que la manera de engañar permanentemente al público adolescente era crear el tipo del malvado con rasgos humanos y sentido del humor y el de héroe con facetas oscuras y mirada a veces torva, mezclarlos siempre, y que solo con eso sería suficiente para hacer creíble cualquier cosa, incluso que un sujeto sin media cabeza ande elegantemente un rato antes de desplomarse. En el reparto de personajes, aunque escojas al guardián del pueblo, siempre te va a tocar alguien que hace algo espantoso, impulsado por un destino que solo se explica en la tercera temporada. La apuesta, sin embargo, es segura: incluso el tipo corrupto de ficción le cae bien a los indignados, si tiene una frase que parece memorable, un pasado maldito y es gracioso. Es decir, si es ficticio.

Por eso es una decisión inteligente: si le estás vendiendo burras a la gente y la gente te las compra con entusiasmo, poner ilustraciones no va a perjudicar al producto. A mí, por ejemplo, me parece que Garzón resulta tremendamente atractivo con el pelo al aire y las vestiduras de alguna edad de los metales. Hasta la melancólica mirada del llamado a grandes sacrificios le viene pintiparada.

Sí, puede que parezca poco serio, como en esas versiones infantiles que tuve de Historia de dos ciudades o Veinte mil leguas de viaje submarino, en las que una página era de texto y el resto era como un cómic, un resumen en viñetas de la historia. Pero, seamos sinceros, ¿quién leía el libro teniendo el cómic?

 

En caída libre

 

Esta mañana, he escuchado a un antiguo director de un periódico defender que es admisible y defendible el pago de rescates (por gobiernos) a los terroristas que secuestran a occidentales. Añado lo de occidentales en la medida en que se está hablando de secuestros de periodistas y cooperantes en el norte de África y Oriente Próximo. Ha explicado que es cínico plantear que esto es una forma de financiar el terrorismo cuando detrás de estas organizaciones y paraestados se encuentran auténticos Estados con los que mantenemos relaciones —y que se encuentran presentes en los organismos internacionales—. Ha añadido además que considera razonable el que, en particular en el caso de periodistas, los medios se autocensuren para no perjudicar las negociaciones con los secuestradores, ya que la vida de un periodista vale más que una noticia de portada de un día cualquiera.

Esta forma de pensar explica que en las noticias publicadas desde ayer se mencione la liberación de los tres periodistas secuestrados, se hable de que las “negociaciones” han llegado a buen puerto, se explique su situación personal, su biografía, las circunstancias de su captura, se alabe al Gobierno (en particular, al CNI) e incluso se comente la “ayuda” de Estados como el de Qatar (sí, hay quien ha tenido los cojones de decirlo así), pero evitando permanentemente lo que habría sido titular en cualquier otro caso: que el Gobierno español ha pagado —y ha negociado— un rescate y que por eso se libera a los tres periodistas. Solo más tarde, y ante el hecho de que la cuestión está ahí, en la habitación de atrás, exhalando su soplo pestilente sobre el mundo, como diría el irresoluto, se plantea como discusión de fondo, pero cuidándose todos, en particular los más escépticos, en anunciar que están felices por la liberación, como si hubiera alguien que estuviese contento por la captura.

La realidad es que, en esto, como en tantas otras cosas, lo cínico es el discurso que evita el meollo del asunto: no es solo que con ese dinero se financie a quien ya está planeando otro secuestro, es decir, se esté apoyando al crimen, ni siquiera que la vida de los nuestros valga no un poco más o mucho más o cientos de miles de veces más que la vida de los que padecen esos regímenes o esas situaciones de conflicto, sino que estemos dispuestos, para mantener cierto relato, a salvar a los nuestros, condenando un poco más a gentes sin cara que, en el fondo, no nos importan una mierda.

Hoy contaba un periodista que, estos últimos días, una vez alcanzado ya un acuerdo, las preocupaciones del CNI no se centraban en los tipos de Al-Nusra, sino en los ataques que se estaban produciendo en Alepo y en el riesgo que suponían para los tres secuestrados. Es terrible. Los cientos de miles de muertos como fondo para nuestra objetivamente pequeña tragedia. Imaginen al que se ha quedado allí, tratado como contexto.

En ciertas cuestiones no hay soluciones buenas. Por eso hay que refugiarse en los principios. Uno de ellos es muy sencillo: negociar con terroristas tiene un coste. Hacerlo con Estados terroristas y con regímenes autoritarios también. A veces, esos Estados son tan fuertes, su reacción tan peligrosa, el coste de combatirlos tan enorme y la tentación del comercio tan irresistible, que todo el mundo cede hasta cierto punto o incluso más allá de cierto punto; pero incluso en estos casos tan complejos (¿se puede acabar con el gobierno terrorista y liberticida de Corea del Norte sin que esa acción tenga un coste inasumible?), la respuesta ética es evidente y la pendiente resbaladiza se inclina un poco cada vez que evitamos esa respuesta. Tanto se ha inclinado que ya casi se encuentra en posición vertical.

Solo así se explica que a la mayoría le parezca normal y defendible que España pague dinero para que un grupo de delincuentes libere a un español y que el Gobierno, con la complicidad aparentemente unánime de todos los que podrían gobernar, se apunte esa traición a la ley como un triunfo.

 

NOTA: Que el pago de rescates por el Estado (e incluso por particulares) es ilegal es en mi opinión irrefutable. He escuchado que es legal porque lo permite el artículo 40 de la Ley 2/2014, de 25 de marzo, de la Acción y Servicio Exterior del Estado. Ese artículo dice:

3. Cuando el Gobierno, en una situación de emergencia consular, decida intervenir en operaciones de asistencia en el extranjero, que comporten la utilización de recursos presupuestarios del Estado, podrá exigir el reembolso de la totalidad o parte de los mismos a quienes se hayan expuesto voluntariamente a riesgos sobre los que el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación informa en sus recomendaciones de viaje, publicadas y actualizadas puntualmente, en relación con las condiciones de seguridad en los distintos Estados y regiones del mundo.

¿Ven ustedes algún lugar en el que se mencione que está autorizado el pago de rescates? Yo tampoco.

Es ilegal porque es contrario a todos los principios básicos del ordenamiento jurídico. Y en el caso de un particular es ilegal porque es un desplazamiento con una causa torpe. Por eso el particular puede reclamar su devolución al secuestrador, ya que es la víctima del delito. Naturalmente, en el caso del particular, que sea ilegal no implica que sea delictivo o que no esté amparado por una causa de justificación. En el caso de un Estado, ni siquiera cabe esa causa de justificación.

 

Nessun dorma

 

“Chuchurridas”. No falla. Te envuelves en tácticas de atrición, flagelantes, Medioevo, esencias turbulentas y hotentotes, y terminas escribiendo “Bilbado”. Y además sin el consuelo de saber dónde está el restaurante.

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Recomiendo este riguroso artículo. En particular, por la ingente cantidad de datos que utiliza su autor. Solo echo en falta alguna referencia a Shambala y el Rey del Mundo.

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Lo de Donald Trump es tan increíble que sigo esperando que, en cualquier momento, se arranque la máscara de silicona que lleva sobre la cara, resulte que es hispano, y diga: ¡es broma, cuates!

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Dice Rajoy sobre los debates:

No hemos tomado ninguna decisión sobre ese asunto. Siempre estoy a las órdenes del equipo de campaña. Ahora no tengo ningún criterio tomado. A nadie le apetecen debates. Hay que prepararlos muy bien y requieren un gran esfuerzo, no es algo cómodo aunque en una democracia ya sé que es necesario. No se trata de que me apetezca sino de que cumplamos unos estándares democráticos razonables.

Imagino que ya se le habrá criticado agriamente. Sin embargo, de lo que dice Rajoy se deriva una cuestión que me parece muy interesante, pero que no suele discutirse. Sí creo que hay políticos a los que les apetecen los debates: aquellos que tienen algo que ganar con ellos. Tan importantes son que resulta difícil hacer carrera política sin alcanzar unos mínimos. ¿Ven a un tartamudo ganando elecciones? Piensen en cualquier tartamudo. Piensen en un Pericles tartamudo. Lo curioso es que los debates se ganan con independencia de los argumentos. Más aún, los mejores argumentos —desde un punto de vista racional— suelen ser perjudiciales en los debates, ya que exigen conocimientos, comprensión, atención y, a menudo, son contraintuitivos. Tan obvio es esto, que la gente se cabrea cuando el formato de un debate es demasiado “rígido”. Las frases cortas, sonoras, huecas, triunfan, y es rentable interrumpir chistosamente al rival, subrayando incoherencias construidas sobre hombres de paja.

La consecuencia es que exigimos al gobernante talento para improvisar gracietas, capacidad para impostar banalidades, facilidad para mentir solemnemente y tragaderas para disimular indignación cuando sea preciso. Esas “cualidades” son más importantes en un debate que la inteligencia, el dominio de los asuntos y la bondad del proyecto.

Es la tiranía del “zasca”. Además, de paso es posible que alguien poderoso haga el ridículo. El debate, como el reality, permite a los pobres comprobar que los ricos también lloran.

Es este además un problema insoluble. Los únicos debates rentables son aquellos entre expertos que comparten unas bases, que suelen centrarse en detalles y que se realizan para llegar a algún acuerdo. Los debates electorales, sin embargo, no están pensados para que los políticos lleguen a acuerdos o se convenzan. Son exhibiciones de plumas. Como pavos reales nos enseñan a los ciudadanos esas inversiones estúpidas y nos dicen: “si te apareas conmigo, nuestra descendencia será hermosa y saludable”. Por eso es insoluble, porque no siendo debates, sino mercadotecnia, no podemos trasladar a otros la responsabilidad.

Lo gracioso es que, mientras escuchamos a los políticos debatir, nos creemos expertos. Es la consecuencia de que nos acaricien el ego, de que decidamos.

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40 % en busca de autor

 

Vean esto del CIS:

101

102

Yo creo que este dato, que está indignando a personas bienintencionadas, puede deberse a una confusión en muchos de los entrevistados por el CIS. Sin considerar que la encuesta no inquiere por los libros releídos, espinoso olvido que solo menciono de pasada para no salar más la herida, vean ustedes que la pregunta no ha sido: “¿Cuántos libros aproximadamente ha leído Ud. en los últimos doce meses?”. Así efectuada, no habría duda: un 40% de españoles llevaría un año sin leer un solo libro, algo que debería hacer reflexionar a la industria editorial sobre la calidad de lo publicado, incluso considerando esas cosas con tapa y contraportada que la gente compra y/o regala y luego no lee.

Sin embargo, dada la pregunta, lo más lógico es pensar que “aproximadamente” no se refiere al número de libros, sino al acto de su lectura. No sé bien qué puede entenderse por leer aproximadamente un libro. ¿Quizás leerlo de soslayo? ¿Quizás sin poner en él los cinco sentidos, metafóricamente hablando? ¿Quizás leerlo como un acto de coraje, de inmersión en un mundo aún desconocido, pero que nos atrae? No lo sé, pero sí sé que es posible que el lector habitual que solo huella mundos conocidos y confortables, puede haberse visto, por amor a la verdad, en la necesidad de responder “ninguno”, quizás con una punzada de envidia. Vean que mi hipótesis la avala el extraordinario hecho de que los entrevistados hayan alcanzado la ¡pregunta 73! ¡Esa encuesta es más exigente que el 90% de los libros que aparecen entre los diez más vendidos en la sección de “no ficción”!

Por esta razón, suspendo mi juicio. Puede que esté España repleta de personas ahítas de lecturas convencionales, a la espera solo del autor al que leer aproximadamente.