Tierra de promisión

 

El 06/11/2008 publiqué esta entrada. La recupero apenado y esperando que Estados Unidos recupere el rumbo. Qué diferentes eran aquellos dos candidatos.

 

(Para Voyeure,

con afecto envenenado)

 

Estoy contento por dos razones que demuestran que soy un hombre moderno, lleno de complejidades y contradicciones, que es lo que hay que ser. Ya saben que para que una serie o una peli se convierta en una serie o una peli de culto, el héroe tiene que tener un lado oscuro, barba de varios días y no llorar (recuerden que siempre podemos hacer que lluevaalobestia y le corran chorretones de agua por la cara).

En fin, siempre me desvío del asunto. Decía que son dos las razones: la una es que ha ganado Obama; la otra es que Voyeure está mosqueada porque ha ganado Obama, al que compara con Zapatero. Más aún: incluso afirma que Sarah Palin le gusta, adoptando el papel de corifeo de un grupo terrible de presión que me manda correos electrónicos airados. ¡Sí, me alegro de que se mosquee(n) y poder llevarle(s) la contraria!

Al menos podremos discutir sobre cosas que nos motivan. Podremos discutir sobre candidatos serios, con un pasado magnífico a sus espaldas (¡salvo Palin, coño!). Sobre instituciones prestigiosas. Sobre discursos en los que se mencionan muchas veces las palabras ciudadano y democracia. En los que la alabanza al otro forma parte de las formas.

Les molesta (sí, sí, reconocedlo) que Obama sea un símbolo de la progresía. ¡Ah! qué poco americanos son.

La realidad es que muchos son los focos de la civilización y muchos son los frutos del trabajo de los hombres. Y el eurocentrismo nos lleva a la ignorancia, al desconocimiento y, lo que es peor, al desprecio. Pero esa idea es una idea que nace en la propia civilización occidental. La única que tiene una determinada pulsión universal. Esa pulsión deriva de una semilla extraordinaria que se hace fuerte en las polis griegas y en el Estado romano. Y que se nutrirá de la fuerza del comunitarismo germánico. La idea de ley y de ciudadano con derechos y deberes.

Por eso sí hay que afirmar que hay algo superior en la civilización occidental. Su sistema jurídico-político es mejor, es más grande y nos inspira más. Nace y crece entre las piedras de Europa y se hace verdaderamente en el mundo anglosajón. Es hora de reconocerlo. Hace pocos años, sólo cien apenas, los ingleses y los americanos fueron los custodios de un mundo amenazado por construcciones totalitarias mezcla de un nacionalismo perverso, fundado en el espíritu de un pueblo, un creación romántico-medieval y un falso racionalismo que se apartó de la finalidad ilustrada: la búsqueda de la felicidad como derecho individual.

Los discursos de Obama y de McCain, magníficos ejemplos de buenas maneras y de optimismo, pueden rozar a menudo una visión excesivamente idílica del mundo y estar cargados de un voluntarismo alejado de la realidad material. Pero es cierto que el nacionalismo americano se inspira en ideas peligrosas, porque no todos podemos pertenecer a la nación entendida como efluvio de la tierra, o ser de la raza correcta escogida por Dios, pero sí podemos ser de esa nación de ciudadanos libres que deciden, también libremente, qué quieren para el futuro, cómo construirlo.

¡Qué idea más poderosa! Más aún cuando la oímos en la voz de un negro y coincide con la voz del hijo de un almirante, que acalla los abucheos, hablando del futuro, diciendo a los que desconfían del socialista con nombre árabe, que ese es su presidente y que los americanos no se rinden porque construyen su historia. Y ves los gestos de los que seguramente odian a Obama, pero están orgullosos de pertenecer a una nación que es capaz de elegirlo.

Sí, estoy encantado porque, remedando a Kennedy, yo también soy un estadounidense .Y sonrío cuando escucho a Zapatero decir que Obama tiene en España un amigo; porque no ha entendido nada. Obama quizás no sepa que Obama no es nadie; que es solo un servidor público, el principal, pero solo eso. Y que un Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica no tiene amistad con otras naciones. Pero si tuviera que apostar diría que sí, que sí lo sabe; que es muy poderoso, pero lo sabe.

Obama nos defraudará porque las expectativas son infundadas. Pero lo que no nos puede defraudar es el pasado. Hace tiempo lo dije. Estas palabras …

Sostenemos como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad y su felicidad.

… son disolventes; disuelven los propios postulados en los que se basan. No explican el mundo, sólo nos dicen qué hacer para cambiarlo. A cada uno de nosotros.

 

Los deberes de los padres

 

Mi hija mayor leía al cumplir dos años. La pequeña tardó un año más en aprender a leer. Aprendieron con un silabario, una pizarra y, pronto, con libros infantiles. Me propuse esa tarea aplicando un razonamiento sencillo: si sabes leer y tienes libros a tu disposición eres —vas siendo— libre para decidir qué quieres saber. Mejor cuanto antes.

Cuando mi hija mayor entró en el colegio, en la primera reunión que tuve con su profesora, después del saludo, lo primero que hizo esta fue regañarme. Había hecho mal. Para todo hay un momento, me vino a decir, y no tenía sentido que con tres años ya supiera lo que sabían los niños de cinco.

Creo que fue ese día —admito que iba a corriente de mis prejuicios— cuando decidí —decidimos— dos cosas: no interferir en cuestiones académicas y seguir adelante, enseñando lo que pudiera, adelantando lo que pudiera, contradiciendo aquello que lo mereciera. Esto último no es contradictorio, valga la redundancia. Constantemente les he indicado a mis hijas que diferencien entre lo que hay (el estándar que se encuentran en las instituciones académicas que pisan y en los discursos de los que allí enseñan) y lo que podría haber. Más aún, que diferencien entre el modelo que se supone se promueve y el que a ellas, en concreto, les vendría mejor. De esta forma se han convertido en, admítanme la broma, criptorrevolucionarias. Se han ajustado a lo que se les exigía y a los límites que se les imponían, pero, a lo Batman, mantienen una vida paralela.

Estoy razonablemente contento. Llego a la irrelevancia muy pronto. Es una consecuencia inevitable y un síntoma de un buen trabajo. Las miro y me recuerdo a su edad, y ya me hubiera gustado.

Así que he decidido darme un sobresaliente.

 

Pedagogía, pero sin poner la cama

 

Hay ocasiones en las que resulta útil explicar ciertas cosas, como cuáles son las libertades inexcusables, cuáles han de ser su contenido mínimo y cuáles han de ser sus límites. He perdido mucho tiempo hablando sobre esto, a menudo con poco éxito, y no seré yo el que critique al que se esfuerce en esta ingrata labor. Ahora, de vez en cuando hay que recordar que muchas personas no discuten el contenido de esas libertades, sino que rechazan el sistema.

Como hay palabras que suenan mal y ya no cuelan (véase, por ejemplo, dictadura del proletariado), se sustituyen por eufemismos. Al final todos los regímenes dicen luchar por la libertad y por la democracia, aunque esa libertad sea la de la nación alemana, oprimida por la judería internacional, o esa democracia sea la popular, ejemplo manifiesto de su ausencia, siquiera por una inexistencia de libertades mínimas que permitan la formación de una voluntad política del signo que sea.

A esas personas no se las puede convencer y persuadir explicándoles en qué consiste la libertad de expresión. Esas personas no impiden una conferencia porque ignoren qué es la libertad de expresión. Lo saben perfectamente, pero para ellos la libertad de expresión, tal y como la entendemos en una democracia liberal, basada en el respeto a los derechos individuales, es un obstáculo, un producto falso y maligno que impide la auténtica expresión de libertades colectivas o destinos eternos. Las “pequeñas” e “imperfectas” libertades burguesas son el enemigo, como lo es el propio sistema capitalista y el sistema parlamentario y de partidos.

Esta creencia dogmática, totalitaria y cuasirreligiosa les impide tener el mínimo problema moral cuando utilizan los resortes que nuestro sistema de libertades les concede para la propagación de su propaganda y sus mentiras. Mentir está permitido. Manipular está permitido. Es un matemos a todos, que Dios distinguirá. Como el creyente que fuma y bebe alcohol para pasar inadvertido entre los infieles.

Ese es el riesgo. Perdemos el tiempo, nos esforzamos en vano y damos espacio al virus que quiere acabar con nosotros. Hace tiempo que se empezó a discutir si es razonable que los científicos debatan con creacionistas, dando la sensación de que están ambas posiciones en un plano de igualdad, cuando la práctica nos dice que el creacionista no está sujeto a ningún criterio de rigor y coherencia, y afirmará todo lo que se le ocurra y haga falta, aprovechándose de las lagunas que se admiten en el pensamiento científico (precisamente porque tiene esa naturaleza). Algo parecido sucede con los que quieren cargarse nuestro sistema y sustituirlo. No te puedes fiar de un totalitario.

La realidad es que los sistemas que más libertad y prosperidad han creado no son discutidos, en sus elementos básicos, en sus libertades básicas, por personas que van desde lo conservador a lo socialista. Sin embargo, a derecha e izquierda, más allá de la frontera, habitan los bárbaros. Por desgracia, y pese a las evidencias del fracaso y el terror nazi y fascista, y del fracaso y el terror comunista, mucha gente sigue apostando por promesas de vida eterna y de un mundo mejor. Para conseguirlo no es que estén dispuestos a cargarse todo lo que hemos construido, sino que ese es su primer objetivo. Lo primero que hace el creyente es acabar con el pecado y con lo que nos hace pecar.

Es imposible discutir con quien no acepta las reglas de conversación. Es imposible convivir con quien no acepta la libertad individual. Es importante no olvidarnos de esto.

 

Arañas en el pozo

 

Conocí a Luis a los dieciséis años. Él estaba en la universidad, yo en el colegio del que Luis se había ido un par de años antes. Aún dirigía, con otro chaval del que no recuerdo más que un perfil oscuro bajo un pelo rizado, una especie de asociación cultural. Pasaron por las aulas porque necesitaban nuevas caras. Yo sospeché entonces que querían seguir manejando la asociación, que recibía sus fondos del APA (entonces aún no era AMPA), y que necesitaban unos títeres a los que manejar. Eran, como digo, universitarios y nos hablaban con gran soltura de Cortázar, de Brahms y de mujeres. Luis era el macho alfa. Delgado, desmañado, como de vuelta de todo, siempre con El País bajo el brazo, fumaba con aplomo, un cigarrillo tras otro, y nos contaba que su diosa era Ana Belén, a la que había visto en no sé qué película enseñar las tetas. La última vez que lo vi fue el 29 de octubre de 1982. Recuerdo la fecha porque nos reunimos a primera hora, en el bar de la piscina Marbella, en el parque, junto a la Plaza Elíptica. Durante unos meses me habían encargado la dirección de la asociación. Yo era, para las fuerzas vivas, un buen chico, buen estudiante, alguien que no causaba problemas. Ahora que van desapareciendo imágenes, recuerdo el día en que el director me recibió —yo llevaba un chaleco blanco—, junto a los padres que dirigían el APA, en un despacho en el que me entregó las treinta mil pesetas que luego usaríamos para el proyecto de Luis, un cortometraje torpe, ni aficionado, que hablaba del manuscrito de otro, del bolsillo de otro, de la sombra enorme de otro al que conocieron en un viaje mítico, y quién sabe, de unas arañas que quizás no eran de otro. Después de unos meses lo dejé y, para contarles que lo dejaba, quedamos, ya lo he dicho, en la piscina Marbella, en el parque, junto a la Plaza Elíptica. Recuerdo la fecha porque Luis se tomó, bien de mañana, un coñac, en un gesto que me pareció, como otros, mala literatura. Era su manera, nos contó, de festejar los 202 diputados que el PSOE había conseguido la víspera. No me caía bien Luis. Tampoco es que mi juicio importe una mierda. Yo entonces era bastante gilipollas, pagado de mí mismo, grosero, aparentemente directo y sincero, y aparentemente complicado, una construcción que me parecía exitosa y que solo demostraba una cierta capacidad para el cálculo. El dibujo es sencillo: un adolescente que había leído demasiado, vivido poco y con una preocupante incapacidad para comunicarse con seres que no fueran de ficción. Supongo que Luis me caía mal porque intuí que detrás del maniquí, quizás había alguien como yo, otro gilipollas ahogado por un personaje construido.

No supe más de él. Muchos años después, un amigo me comunicó que Luis era escritor de los que publican libros. Y famosillo, añadió. Y me dijo, y nos reímos, recuerdas cuando nos hablaba de mujeres, pues resulta que ahora es homosexual. Supongo que esa risa y ese “ahora” eran una ratificación reptiliana de las roñosas etiquetas que colgaban de esos recuerdos difuminados, en los que Luis era el pedante y el falsario, y yo solo era un gilipollas, pero menos, porque rápidamente dejé de llevar los libros de Nietzsche en el bolsillo del abrigo. Durante estos últimos años supe alguna cosa más, en algún suelto que hablaba de alguna obra o en entrevistas que miré con el desdén oblicuo de lo que nos decimos nos da lo mismo, y en las que me parecía que Luis soltaba muchas estupideces.

Hace poco, sin embargo, descubrí que Luis había escrito una obra en la que hablaba de su homosexualidad y de su juventud, de su angustia, de su incapacidad para comprender, de su deseo de ser diferente, de su dolor, supongo que de las arañas que anidaban en su bolsillo y parían ideas de muerte. Mientras leía sus comentarios sobre el libro, me descubrí recordando cosas o creyendo que las recordaba.

Luego he leído otras entrevistas y Luis sigue diciendo algunas estupideces, pero ahora me hacen sonreír y pienso que habría estado bien que fuéramos capaces de volver a 1982. Yo le diría, eres un gilipollas engolado, él me diría lo mismo, pero mejor, que por algo quiere ser escritor. Yo añadiría después, que disimulo porque soy un crío con demasiados datos en la cabeza y pocas cosas que hacer con ellos, pero que lo suyo sí que es una putada, disimular para sobrevivir.

Después le daría la mano, un abrazo no, que no sé darlos, deseándole que sea feliz.

Hasta una choza con techo de paja en este mundo tornadizo ha de transformarse en una casa de muñecas

 

Toda mi vida he creído que la libertad de expresión se basa en la necesidad de no limitar, de ninguna manera, los mundos simbólicos (incluido su campo de juego compartido) que nos permiten crear algo completamente nuevo. En ese sentido, cualquier mundo simbólico debería poder estar sujeto a una acción genocida, a una masacre consciente, a una violación inmisericorde e injustificada, a una cruzada civilizatoria. La frase anterior parece un sinsentido, pero es deliberada. Con ella quiero expresar que todo lo inventado puede ser destruido siempre que esa destrucción sea también simbólica y no real. En el mundo ficticio está permitido cualquier “discurso del odio”. En el mundo real, no. Ojalá sean gaseados todos los esbirros de la Reina de Corazones es admisible; ojalá lo sean todos los judíos, no. Los judíos existen. Podemos exigir que se mantengan y respeten en el mundo real los objetos que encarnan los productos culturales (no quiero destruir ningún Buda gigante ni quemar libros en la plaza pública), a la vez que permitimos que nazcan nuevos productos culturales que los malbaraten en su propio mundo simbólico. Cuando yo ataco a una persona (vejándola o insultándola) estoy atacando a alguien. Cuando me río (incluso de manera ofensiva para esa persona) de sus ideas, ya no ataco a la persona sino a su mundo simbólico (mediato; tanto que precisa de la persona para su defensa). El insultado puede decir: me has hecho daño; la idea insultada no puede decir lo mismo: necesita de su sacerdote, es decir, necesita a aquel que la ha pensado o la venera, como intermediario. Por expresarlo de otra forma: solo somos libres si permitimos (mejor deportivamente) que los demás utilicen libérrimamente lo que pensamos y las formas que adoptan nuestros pensamientos.

He mencionado ex profeso las formas más agresivas de utilización de las ideas ajenas porque actúan en el límite de lo tolerable. La cultura se basa precisamente en la comunidad. La humanidad no habría progresado sin una comunidad de ideas compartidas. Normalmente esa comunidad produce un incremento del acervo, su profundización y un aumento de la sutilidad. Los hombres, como dioses que inventan multiversos, han sido capaces de crear de la nada universos ficticios que nos hacen más soportable la realidad y que la fecundan, transformándola, con productos imposibles sin esa capacidad fabulatoria. A la vez, desde el primer momento, esos mundos ficticios han intentado gobernar la realidad por intermedio de sus creadores, que obtenían sus buenos réditos. Para ello tenían que impedir que otros pudieran cuestionarlos. La idea de ideas “respetables” nace ahí. Es tan antigua como la humanidad. Las más potentes ideas respetables son las religiones. Las religiones tiene una pretensión de totalidad porque su manera normal de ser ficticias es negarse como producto de la mente. Pero no solo las religiones pretenden ser “respetables”. Por desgracia, esa infección se produce habitualmente. Cada vez que alguien sostiene que un texto, sagrado o no, un baile, una forma de vestir, un argumentario, una explicación del mundo, una canción, una teoría científica, un peinado, un ritual, una fiesta, una receta, un relato de experiencias inventadas, reales o no, son definitivos y no pueden ser bien o mal utilizados por otros, lo que pretende es fosilizar la inventiva de los demás. Dan igual sus razones. Sus razones también son un producto cultural y por eso pueden ustedes incluirlas en la lista de la frase anterior.

 

¿A quién vais a creer, eh?

 

Sobre lo de las ventosas, lean esto de Antonio Villarreal. Como pueden ver, nos dice que no hay pruebas de que no sea un cuento chino. Y, como sabemos, en medicina, mientras no hay pruebas de que una terapia merezca ese nombre, esa terapia no es una terapia, sino un cuento chino.

Sin embargo, ¿a quién vamos a creer, a Antonio Villarreal o a todo un doctor que además sale en la tele? Y no en una tele cualquieta: ¡en TVE!

Vean esta noticia.

Un médico nos explica que esta terapia es cojonuda, eso sí siempre bajo supervisión médica. Vamos, que hace falta que un galeno cobre por colocar la ventosa, después de calcular el tamaño adecuado, su tiempo y qué tipo de vela aromática hay que usar.

Naturalmente, yo creo en la ciencia. Mucho más que en el periodismo. Y un médico escogido por la tele que pagamos todos para explicar la ventosa puesta de moda por personalidades tan conspicuas como Jennifer Aniston o Gwyneth Paltrow no puede ser un cantamañanas o un chorizo. La deontología de los de la tele impediría que cualquiera saliera diciendo bobadas y falsedades en una materia tan sensible como la salud.

Y efectivamente, su currículum es impresionante:

Naturalia

En fin, menos mal que tenemos la tele, porque si te fías de la sección de ciencia de El Español vas de cráneo.

 

 

Ver para saber de qué hablamos

 

Cada vez que se produce algún hecho espantoso como el de ayer, en particular cuando la muerte es resultado de un crimen o de la guerra, nos ponemos a discutir sobre si es o no correcto que nos muestren las imágenes de los cuerpos destrozados, de los niños despanzurrados, de la sangre, las vísceras, de la amputación.

Yo ya no necesito una sola imagen, una vez he visto una cualquiera que me sirva de icono. Puedo representarme a los muertos de ayer sin necesidad de verlos, porque los he visto antes, muchas veces, y los detalles accidentales no añaden nada.

Eso sí, creo que hay que verlas al menos una vez en la vida. Las consecuencias de la muerte, la inanición, la mutilación, el horror, la ausencia de libertad, el trato inhumano. No las versiones falsas del cine, que no nos asustan porque sabemos que lo son. Y hay que mascar y deglutir los datos, reflexionando hasta que nos sangren los pensamientos. Más aún, debería formar parte de la educación de los jóvenes, porque tenemos la obligación de enseñarles la realidad.

Por eso es lícito y quizás necesario que podamos ver los cuerpos de los niños muertos. No para alimentar algún bajo instinto o para echar gasolina al odio, sino porque quizás alguien lo necesite para representarse de qué hablamos cuando hablamos de un camión que golpea con violencia el cuerpo de un pobre crío y lo revienta. Quizás esas personas necesiten verlo o incluso acercarse a él y poder tocarlo y olerlo, para dejar hacer chistes …

chiste

… o para pensar primero en ese pobre crío y en sus familiares, antes de culpar a alguna construcción ideológica del dolor y del mal. O quizás lo necesiten para seguir comportándose así y para que los demás certifiquemos que no tienen solución y que son imbéciles morales sin coartada.

Comprendo a los que dicen que la presencia constante de las consecuencias de la violencia nos entumecerá y hará insensibles, pero ese es el precio que pagamos al pasar de la infancia a la madurez. La violencia existe y sus frutos no desaparecen porque apaguemos la televisión. También comprendo a los que se asquean por el negocio del morbo, pero el pus es un producto de la infección; poco podemos hacer para evitarlo, salvo señalar a los que se pasan de la raya y despreciarlos.

Yo voy a evitar ver las imágenes si puedo, porque no necesito verlas, pero quizás haya quien necesite verlas. Incluso aunque sea para mostrarse como lo que son. Para eso han de estar disponibles.

 

No matarás

 

Esta noticia y sus reflexiones es curiosa, sobre todo si consideramos el tuit con el que el medio la publicita:

Es interesante incluir el tuit, que utiliza la palabra asesinar, porque creo que pone en evidencia lo que hay detrás, el discurso que hay detrás (por cierto, la policía asesina y el francotirador mata).

La idea de que un robot se acerque al que debería ser detenido y lo mate, nos repugna. Nos parece más propio de una situación de guerra que de una situación de orden público. Pero esa repugnancia exige un análisis racional posterior. Si nos damos cuenta, todos admitimos que el delincuente (usemos esta expresión) pueda ser reducido. Incluso que pueda morir, ya que partimos de que la ley le exige su rendición y sometimiento a las fuerzas policiales, y se legitima el que estas se “defiendan”, evitando en lo posible arriesgarse. Si admitimos esto, ¿qué diferencia hay con una situación en la que, en vez de unos policías, el que se acerca al delincuente es un robot? Desde el punto de vista del delincuente, ninguna: todos consideramos lógico que el delincuente pueda ser abatido por un policía “humano”. La única diferencia se da desde el punto de vista del policía: desaparece el riesgo de muerte.

Es como si echásemos de menos una “buena lid”. La muerte del delincuente como precio admisible por el riesgo para el policía.

Sin embargo, este concepto, un refugio romántico de la literatura mundial sobre la guerra (el caballero que se enfrenta a su igual  y que evita el sufrimiento de terceros, jugando al juego de la guerra en un cuadrilátero escogido), siempre fue falso, una referencia literaria (falso y, además, una “superestructura” justificativa del predominio de las élites guerreras). Y lo es más aún cuando la guerra se “democratiza”. Los ejércitos ciudadanos, con cientos de miles de efectivos, que usan la tecnología moderna para desplazarse, organizarse y matar, y que se fundamentan en los valores de la nación en armas (y más tarde de la civilización en armas —como petición de principio partidista, claro—), basculan desde el noble oficio de la guerra a la nobleza del fin perseguido. Eso justifica el bombardeo masivo y, al final, la búsqueda de la máxima protección para el soldado profesional.

Por eso, al final, la cuestión desnuda es si había o no riesgo para las personas y los bienes, y cuánto hay que esperar para que un delincuente se rinda, si resulta que está armado hasta los dientes y puede llevar explosivos. Salvo que pensemos que el riesgo para la vida del policía puede funcionar como un freno para la arbitrariedad y el exceso. Este último argumento, sin embargo, es de doble filo: el riesgo puede frenar el exceso o actuar como acelerante.

Es decir, la conclusión final es que no hay cuestión general. Solo importa si la medida estuvo justificada y no el método.

En la repugnancia inicial asoma el argumento del miedo a “ser Dios”. La conclusión es, sin embargo, la misma que con la ingeniería genética: no importa qué puedas hacer; importa lo que hagas. Sobre todo porque ya lo hemos hecho antes.

El dilema es el mismo que existía cuando un primate afiló una piedra o un agricultor domesticó una planta. Solo hay una pequeña diferencia de grado y el excedente que nos permite el lujo de discutir.

 

De la plata se ocupaba otro

 

Es terrible lo que está haciendo Florentino Pérez con El País.

messi

Por cierto, todos los contratos de Messi son nulos de pleno derecho. También los que ha firmado con el FC Barcelona. Si firma todo lo que le ponen delante sin leerlo y sin saber nada de lo que firma, en todos ellos concurre una ausencia total de consentimiento.

Es broma.

Bueno, es broma, pero en serio. Y es un asunto interesante. Muchos contratos son tan complejos que incluso cabe error en los expertos. Imaginen cuando el que firma no sabe nada de derecho o de tributación.  Para eso se supone que uno cuenta con un asesor.

La pregunta, en realidad, es otra: ¿para qué escogiste a tu asesor? ¿Para que hiciera las cosas bien o para que las hiciera mal?

Hay un incentivo maldito en todo esto. Algo que he visto a menudo. Que mucha gente, en realidad, no quiere asesores que les expliquen cómo cumplir la ley, sino cómo burlarla, pero lo quieren con una cláusula moral añadida: la cláusula de la buena conciencia. Por decirlo de otra forma: son como esos jefes mafiosos que quieren que se resuelva esa china que tienen en el zapato, pero que prefieren no enterarse de cómo.

Y como esta es una sociedad en la que siempre hay quien vende lo que otros quieren comprar, siempre tendrán trabajo los que te dicen que no te preocupes, que estás en buenas manos y que oído cocina.

Pueden firmar al final de esta entrada. Si no han entendido nada, no se preocupen, ya me ocupo yo de todo.