El marciano no es El marciano

 

Hace un par de días me compré El marciano, la novela de Andy Weir. Lo hice, pese a que solo debería haber un El marciano en la historia de la literatura: el inmortal cuento incluido en Las crónicas marcianas de Ray Bradbury. Ya veis, me dejé llevar por consejos de gente aviesa.

Rápidamente te das cuenta de por qué esos capitalistas ávidos de dinero que se dedican a la industria del cine compraron los derechos, incluso antes de que se publicase “profesionalmente” (el autor había autoeditado la novela, que se fue haciendo famosa por el boca a boca). ¡No es una novela! Es un guión de cine (y Ridley Scott tiene que ser muy torpe para joderla).

Les daré mi opinión: es entretenida; se lee con facilidad; le encantará a los que tengan alma de ingeniero.

Pero no es una novela importante.

No es Solaris; no es Dune; no es Neuromante; no es Hyperion; no es Marea Estelar; no es Un abismo en el cielo; no es El marciano.

 

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El señor cabreado y los siete pecados capitales


Hay un libro que releo cuando aparece. Sí, en mi casa los libros aparecen y desaparecen. En estos últimos tiempos han aparecido muchos. También habrán desaparecido, pero de eso me iré dando cuenta al buscarlos. El libro en cuestión es El español y los siete pecados capitales. Lo tengo de una edición de 1970, con viñetas de Mingote que no sé si se incluyen en otras ediciones. Por cierto, considerando la fecha, me llama la atención lo mucho que habla de cuestiones políticas el autor (incluyendo críticas a la dictadura), haciéndolo con tiento, pero abiertamente.

Lo releo porque me hace gracia y porque me parece muy acertado. Fernando Díaz-Plaja escribe de una forma curiosa: parece un inglés, uno de esos ingleses que se recorrieron España en el siglo XIX y que luego contaron sus viajes, con una mezcla de estupor y de cariño. Esa distancia le da al libro una fuerza enorme. Los españoles parecemos bichos examinados por un entomólogo. Fíjense en la definición, genial, que da de piropo:

Descripción en voz alta de los efectos que una mujer causa en un hombre, seguido del programa que el hombre estaría dispuesto a llevar a cabo con esa mujer.

Naturalmente, los años transcurridos desde que se escribió le han pasado una factura inevitable. Sin embargo, cuando le echo un vistazo, pasados unos cuantos años desde la vez anterior, siempre pienso en la cantidad de cosas que permanecen, como jodíos mojones de la patria en la que nos tocó nacer. La mandíbula del exaltado (e impostado) señor que berrea acusando a un contertulio de antidemocrático, a la vez que pide que le metan en la cárcel y le expulsen y le …, y le …, y le … argggg, es un ejemplo que podría haber incluido perfectamente Díaz-Plaja en su capítulo sobre la ira.

Les diré, además, que lo releo porque me veo, algo me veo, en sus páginas. Y fíjense en la soberbia que hay (ah, la soberbia del español) en una afirmación así.

Les recomiendo el libro. Léanlo si no lo han hecho ya. Y si es usted joven, es posible que se asombre por dos cosas: por las que hacían los españoles y ya no hacen; y por las que hacían los españoles y siguen, usted también, casi seguro, haciendo.

Miedo

F vino a mi despacho porque la vigilaban. Sabía que la vigilaban. Estaba segura de que tenía, en su casa, micrófonos o quizás alguna cámara que la grababa constantemente. Lo había denunciado a la policía, pero no la habían tomado en serio. Su angustia era física, la agarrotaba de forma violenta. Así que decidió contratar a un abogado para presentar una querella. Sospechaba de unos vecinos, aunque reconocía que no sabía de ninguna razón que explicase su comportamiento. Casi desde el primer momento pensé que estaba loca, a pesar de la claridad con la que expresaba sus temores. Padecía sobre todo cuando, sola en el piso, sentía que otros sabían todo de ella, qué hacía y qué no, así que pasaba mucho tiempo fuera, haciendo tiempo. Decía que, para ella, las paredes de su casa eran como los espejos translúcidos que vemos en las películas de policías y que había llegado a gritarles, esperando una confirmación de sus certezas. Le expliqué que, antes de presentar una querella contra nadie, era importante encontrar alguna prueba. No podía dejarla ir sin más, porque era tanto como dejarla, más tarde o más temprano, en manos de algún desaprensivo. “Antes de presentar una denuncia por negligencia médica, exijo un informe de un perito que me asegure que el caso tienen fundamento. Si lo tiene, entonces acepto el encargo y presento mi presupuesto. Si no, el cliente solo paga al perito”. Ese fue el ejemplo que le di. Contrataríamos a un experto y solo tras su informe decidiría hacerme cargo o no del caso. Por suerte, conocía a alguien que podía ocuparse del asunto, ya que se había dedicado profesional y “alegalmente” a colocar cachivaches de estos, y a hacer seguimientos y otros trabajos “especiales”. Creo que era la primera vez, en años, que F veía que alguien le hacía algo de caso. No tenía familia cercana, ni amigos, y solo se relacionaba, superficialmente —”me consideran rara”— con sus compañeros de trabajo, en una oficina pública. La expectativa le produjo un cambio físico espectacular. Como si fuese una prenda arrugada, recién lavada, que agitas con fuerza y recupera su forma. Unos días más tarde, le hablé del asunto a mi amigo. No le dije lo que pensaba de ella y él no me preguntó. Ventajas de hablar con alguien que vive en un mundo paralelo. Me dio su presupuesto y ella pagó con voracidad. Inspeccionó la casa y durante una semana vigiló a F. También vigiló a los vecinos, que supongo nunca llegaron a saberlo. Su informe fue contundente: la obsesión de F no tenía fundamento. Nadie la vigilaba. Nadie se preocupaba por ella. Cuando la cité en mi despacho, la tensión había vuelto, pero era de otro tipo. Era elástica, como la de la fiera dispuesta a saltar. Por fin había llegado el momento en el que podría convencer a todo el mundo, y en todo el mundo incluía, es seguro, una versión lúcida de sí misma, de que decía la verdad. Y supe que mi sensación, la de que estaba loca, estaba justificada, cuando recibió la noticia como una sentencia de muerte, con un rictus espantoso. Había vivido unos pocos días al otro lado, como los demás, y ahora le tocaba volver.

Llama amorosa del amante y doloroso quejido


En estas señaladas fechas, la melancolía nos invade a todos. Así que me he puesto a escribir un poema, un sonetillo, que cante al amor verdadero. Por desgracia, según escribía, asuntos laborales relacionados con los problemillas que surgen entre las parejas de enamorados y que terminan en los juzgados, me han ido interrumpiendo e, imagino, han perturbado el ritmo interno de la obra poética. Espero que no se note demasiado.

Buscaba entre las ascuas tu retrato,
farfullando insensatas maldiciones,
como esas de Brassens en las canciones
que tanto te gustaban para un rato.

Me quemé, y le di tal hostia al gato,
que voló hiperbólico –reacciones
las llaman reflejas- (esto entre guiones,
y no me corrijan, que no existe el hiato).

Ojalá te pudras con tos los tuyos,
lagarta asquerosa, cerda arrastrada,
y al sucio cabrón, rey de los capullos

(tan contento iba por una mamada),
un enorme herpes le salga en los suyos
y te lo contagie en una follada.

Francisco Vighi y algunas tonterías


Hoy, por un asunto profesional, me han terminado preguntando por el nombre de una calle: Francisco Vighi. Como no sabía, he buscado, y he hallado que era un poeta. A lo tonto he leído alguno de sus poemas.

¡Oh Nueva York, con tu ruido y tu humo negro!
¡Te falta todo! No hay en tus mañanas
humo de hogar, ni ruido de campanas.
No cambiaré mi andante por tu allegro.
Prefiero ir con mi Julia y con mi abulia
-del brazo de las dos- a la tertulia.

Me han gustado mucho, y además, algún verso venía al pelo del asunto de la entrada de ayer. Les dejo con este soneto y esta biografía:

Vuelvo a ti, soledad, arrepentido.
Firme en la contrición de mi pecado.
En ti, dentro de ti, más que a tu lado,
quiero hallar el consuelo en el olvido.

Ya no seré quien soy, ni quien he sido,
por tus tinieblas desiluminado.
La duda ya resuelta: ¿Puente o vado?
Tú serás campo y cielo, rama y nido.

Refugio y paz: te buscan las inquietas
almas -orates, místicos, poetas-.
Quien dijo «cárcel negra, estepa helada,

pozo de agua salobre, peña dura»,
no supo verte, compañía pura.
Milagro del silencio y de la nada.




Pongamos la carne en el fuego.





Nos cuenta El País que un bulo ha terminado en un blog del Finacial Times; la historia es muy graciosa. El autor ha enviado el “informe” con una cuenta de gmail inventada en el que denunciaba que el PIB de España había caído un 10 % más de lo que había reconocido el Gobierno. Les juro que no he sido yo.

Menos mal que nadie ha hecho caso.





Extraña manera de ejecutar un golpe de Estado la que tiene la oposición ecuatoriana. A lo mejor todo es producto de los gases.



Hoy, Sostres dio con la receta para salir de la crisis: trabajar. Podía aplicarse el cuento y currarse un poquito la entrada. O, mejor, no.





Eppur …

Mas papistas que Pinker

Hoy es fiesta en Madrid. Si viven a menos de 300 km de este lugar acogedor, lo notarán: serán invadidos por esos tíos gilipollas que les hablan como si les debiera usted dinero. Ni siquiera podrán las autoridades locales alegrarse de que lleven la cartera llena. Porca miseria.

Cumpliendo con la finalidad de servicio público de este blog, les recomiendo, si ven que, por azar o por necesidad, se están acercando a un cine en el que “exhiben” Robin Hood, se aseguren, antes de entrar, de que el protagonista reúne alguna de las siguientes condiciones:1.- Tiene un miembro viril de gran tamaño que utiliza para tocar el piano.

2.- Está calvo y gusta de enseñar el culo.

En caso contrario, ¡¡huyan!!

Miren que llevo años intentando reconciliarme con Ridley. No hay manera: cuando hace una película que contiene un porcentaje inferior al 50 % de material tóxico, va y la caga de nuevo.

Hablando de defecaciones. Para que vean lo que son las normas. Ya saben que la patata, ese gran invento, fue traída a Europa por los españoles. He leído en la wiki que el primer lugar europeo en el que se plantó fue en un hospital para indigentes en Sevilla. Será. El caso es que su éxito (bueno el de las “variedades” europeas) fue indiscutible. Lo gracioso es que, si hacemos historia ficción, y nos imaginamos a un cooperante de 35 años actual que descubre la papa y se plantea traerla a Europa o a Estados Unidos, lo normal es que se prohibiese su consumo e importación. La culpa la tendría, en el caso de Europa, el Reglamento sobre nuevos alimentos e ingredientes alimentarios.

La patata es una solanácea. También lo son los tomates, los pimientos y las berenjenas. Las solanáceas producen solanina, un alcaloide la hostia de resistente, que si no te mata, te provoca una diarrea de caballo y un dolor de cabeza peor que el de una peli de Ridley. Y la patata produce mucha, sobre todo cuando le da la luz del sol (la mayor parte está en la piel). Si ven que se pone verde y le empiezan a salir Kuatos, ¡corran! De ahí que la peña, que es sabia, metiese las patatas, llenas de tierra, en lugares oscuros. Como la gente es así, ahora, si no te las dan lavadas y con pinta de huevo de avestruz, en bolsas transparentes, no las compramos. Si se come la patata entera, con su piel, puede bastar un par de kilos para que al asunto se convierta en francamente molesto.

Así que, ya ven, si el rastas intentase vender la papa en Europa, el funcionario le diría: “pero, ¿qué quieres, envenenarnos? ¡Anda, circula!”

Hace unos meses, le decía al robot, a cuento de Pinker, que todos esos recién llegados newageterceravianeurocomomola no tenían ni puta idea, y que el libro bueno no es el de la tabla, sino Como trabaja la mente.

Bueno, admito, que lo decía por una razón auténtica y otra espuria. La auténtica: que es un libro más concreto sobre eso de lo que el autor sabe mucho y te explica muchas cosas sobre el cerebro y tal. En cuanto a la espuria: ¡que yo lo leí primero! Fue casualidad. Lo saqué de una biblioteca, sin tener ni puta idea de quién era Pinker. Me gustó mucho y me lo leí un par de veces. Dos o tres años después se publicó La tabla rasa y se puso de moda. Yo, desde entonces, siempre digo que el bueno es el que yo vi primero.

El caso es que acabo de releer La tabla rasa. Y es un libro cojonudo. Y además, de nuevo saco la impresión de que, la sensatez de Pinker, su sentido del humor, su ponderación de las teorías alternativas y su escasa grandilocuencia, contrastan, a lo bestia, con el comportamiento de su grey.

Dos bromas y un asunto muy serio


Después de pagar una pasta a un informante, he recibido por fin el vídeo que nos cuenta la infancia de qtyop. Al verlo uno comprende su mal carácter y su olor a establo:





Al parecer Garzón se tiene que exiliar por culpa de Franco. He estado pensando y se me ha ocurrido una solución. Si es un perseguido retroactivo, podríamos aplicarle la Ley de Amnistía.



No suelo afirmar que tal o cual obra es imprescindible. Al final, supongo, que de todas las obras se puede prescindir. Sin embargo, acabo de leer un libro que me parece está cerca de ese calificativo. Así que no lo diré, pero queda dicho. La obra es El Tercer Reich y los judíos (1939-1945): los años del exterminio y su autor es Saul Friedländer. En realidad es una segunda parte, pero puede leerse independientemente de la primera. Se lo aseguro.

La obra está organizada de manera cronológica y tiene una enorme virtud. Los historiadores siempre ponen entre paréntesis el método basado en los testimonios de testigos. Hay muchos ejemplos de percepción poco objetiva de la realidad, de memoria distorsionada e, incluso, de simple mendacidad. En el caso del genocidio judío, además del enorme volumen de documentos disponibles, se cuenta con un enorme volumen de testimonios. Muchas personas creen que es injusto dejarlos de lado, y se han centrado precisamente en ellos. Su trabajo es reivindicativo. Por desgracia, incluso cuando se trata del trabajo más honesto, este procedimiento suele deslizarse hacia una forma, en el mejor de los casos, sutil, de propaganda emotiva. Los seres humanos tendemos a gregarizar todo, y a absorber vicariamente el sufrimiento de los “justos” (que reciben ese nombre por haber sufrido). Quizás por mi nula emotividad (modo de cachondeo privado) prefiero los libros de historia que manejan datos sin caras y sin nombres, antes que las memorias.

Todo esto lo cuento porque Friedländer ha conseguido algo prodigioso. Su libro está construido sobre dos pilares: la exposición pormenorizada y documentada de datos históricos, y las voces de la época. Y entre esas voces sobresalen las de personas “sin importancia”. En el libro se presta mucha atención al pensamiento escrito de los dirigentes de la época; sin embargo, de forma pausada, y sin énfasis, también vamos viendo cómo percibían la evolución de las cosas, personas que fueron escribiendo diarios y documentos que producen en el lector un efecto descarnado de realidad. Ese efecto es resultado de un tono aparentemente gris, ayuno de sentimentalismo. Todo lo más, a veces, a menudo, se perciben gotas de ironía. Y es resultado del fin previsto, que es inevitable para nosotros. Vemos como el horrible final va vistiendo el proceso, acumulando una sensación informe, ilocalizada. Es un libro lleno de memoria, pero engarzada dentro de la historia global.

Naturalmente, esos logros no son casuales. Son resultado de un proceso de selección. El mérito es extraordinario: escribir una historia objetiva de un período y un proceso terrible, una historia clara y ordenada; y conseguirlo incluyendo centenares de voces que no recuerdan, que son contemporáneas a lo que narra el autor, escogiendo precisamente aquello que nos dibuja mejor un escenario infame de desolación moral.

Es una gran obra.

Dos recomendaciones


Esta pasada Semana Santa, tomando unas tapas en un bar de San Sebastián, un amigo me preguntaba por Las Puertas de Anubis, de Tim Powers. Bueno, el libro es fantástico, pero eso ya lo sabíamos. Y es el primero que leí de su autor. Mi favorito, sin embargo, es En costas extrañas. Lo curioso es que, cuando vi Piratas del caribe, pensé que le habían copiado la historia a Powers. Supongo que lo pensamos muchos, porque luego he sabido de las negativas del director. Más aún, parece que quieren hacer la cuarta película basándose en la novela (en fin). Me gusta mucho, pero tampoco he venido aquí a hablar de ese libro. Es mi favorito por razones, digamos, extraliterarias.

El libro que quiero recomendar es Declara. Lo acabo de releer. Para que sepan dónde se meten: es una historia de espías, en la que uno de los personajes principales es Kim Philby (y, por tanto, es un homenaje a Le Carré, a Greene, y a un género). Naturalmente, y por ser hija de su autor, el contexto no es la guerra fría (y sus antecedentes), tal cual. Detrás hay un trabajo que hacer. Un trabajo en el que se enfrentan agencias más subterráneas que la más subterránea de las agencias, y que, digámoslo así, es manifestación de fuerzas sobrenaturales. Aquéllos que hayan leído Las Puertas de Anubis, por cierto, busquen alguna relación.


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Ayer volví a ver -y ahí va mi segunda recomendación- El banquete de bodas, la película de Ang Lee. Siempre que vuelves, tras mucho tiempo, a ver una película, o a leer un libro, repasas calificaciones. Y es curioso: la gente dice que tal o cual película “ha envejecido mal”, en vez de decir, “era gilipollas cuando dije que era cojonuda, hace veinte años”. En fin, como la opinión que vale es la opinión de hoy, les diré que ¡me ha gustado más aún que la primera vez!


Dos recomendaciones


Hace unos días encontré en internet Imposturas intelectuales. Lo buscaba porque se lo había recomendado a un amigo y quería mandarle una referencia para que lo encontrase. Supongo que muchos de ustedes conocerán el libro y su origen. Por si no, se encuentra en una broma muy divertida realizada por Alan Sokal, un físico que, harto de los excesos de ciertos autores que suelen ser incluidos dentro de lo que se llama genéricamente filosofía posmoderna y sus “aplicaciones” en las ciencias sociales decidió demostrar dichos excesos. Concretamente, mandó a una revista, llamada Social text, publicada por una editorial dependiente de la Universidad de Duke, un artículo llamado “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica“. El artículo, resultado de una especie de acumulación y mezcla de citas de autores muy conocidos (la mayoría franceses y estadounidenses) era absolutamente disparatado. Sin embargo, fue publicado sin problemas. Cuando el propio Sokal dio a conocer la impostura, se montó un escándalo notable. El libro de Sokal y Bricmont es posterior. El material acumulado por Sokal era tan impresionante y la tarea de dejar constancia de la sarta de disparates tan interesante, que decidieron escribirlo.

Les recomiendo vivamente su lectura. Sólo como aperitivo, les dejo una de las citas más sonadas y graciosas del libro. Una cita de Luce Irigaray:

¿La ecuación E = mc² es una ecuación sexuada? Tal vez. Hagamos la hipótesis afirmativa en la medida en que privilegia la velocidad de la luz respecto de otras velocidades que son vitales para nosotros. Lo que me hace pensar en la posibilidad de la naturaleza sexuada de la ecuación no es, directamente, su utilización en los armamentos nucleares, sino por el hecho de haber privilegiado a lo que va más aprisa.




El día que publiqué la primera entrada de la Antología de la música clásica occidental descubrí, gracias a un comentario de su autor, El martillo sin dueño, el blog de Pablo J. Vayón, crítico musical del Diario de Sevilla y otras publicaciones.

Sólo he recorrido una pequeña parte del blog. Sin embargo, ha sido suficiente. Les recomiendo que lo visiten (a menudo). Las entradas y crónicas están muy bien escritas. La materia es muy concreta, pero muy interesante y variada, dentro de esa concreción. Es claro y ordenado y son fáciles de seguir los caminos y señales. Está repleto de música. De muy buena música. ¡Por todas partes! Y además, creo que se presta una atención muy especial a obras de épocas que no suelen recibirla, pese a merecerla.

Hoy, a mediodía, mientras me dedicaba a tareas ingratas (frases del estilo de: reconociéndose las partes la capacidad suficiente … aggg) escuchaba la Missa Pangue Lingua de Josquin Desprez (¿sabían que Desprez es uno de lo grandes?) ¡Bravo!

ACTUALIZACIÓN: He recordado que escribí sobre Josquin y mis andanzas. Ha llovido: va camino de los cuatro años.

Semprún y Nada


Gracias a mi reaccionario amigo Phil (¡no dejen de visitar su casa!), he conocido Una temporada en el infierno, el blog de Juan Pedro Quiñonero. De momento, y por lo que he visto, me parece un blog muy interesante.

Y entre lo que he visto se encuentra este artículo, que lleva a otros varios relacionados con el papel de Jorge Semprún en Buchenwald.

Desde allí he terminado en la crítica que hizo Semprún a la novela Nada, de Carmen Laforet, y que fue publicada en la revista Cultura y Democracia, el 2 de febrero de 1950. El artículo no necesita comentario alguno:

La novela elegida hoy para esta sección de crítica, y el análisis de la cual merece nuestra atención, es la obra de una joven escritora de la actual generación literaria, coronada por el premio Eugenio Nadal en 1944, siete veces editada hasta abril de 1949. Nada, de Carmen Laforet, es una novela característica, cuyo éxito vertiginoso nos obligaría por sí solo a desentrañar su alcance verdadero, su significación profunda.

Que conste ante todo, y quede sentada de una vez para siempre, la afirmación de que, en esta revista, la crítica literaria no tendrá ningún parecido con la que suelen practicar los «especialistas» de las publicaciones reaccionarias. Esto quiere decir que no será una crítica personal, que no nos importa saber si Carmen Laforet es rubia o morena, si prefiere Faulkner a Dostoievski, o Vicki Baum a Somerset Maughan, si escribe por la mañana o por la noche, si necesita café para poder trabajar. Tampoco nos importan las intenciones de la escritora, los móviles que la alentaron. Sólo importa la significación objetiva de la novela, o sea, su contenido real, hoy en la España franquista, y sus consecuencias posibles, tanto entre los lectores en general, por la visión del mundo que en ellos despierte, Como entre los jóvenes escritores de la última generación que quizá intentan, en la soledad de su alma, buscar una salida a la angustiosa situación moral en que se encuentran.

Y eso, ¿por qué? Porque «uno de los principales medios de combate de los escritores y artistas es la crítica literaria y artística». Esto decía, en 1942, ante un congreso de escritores y artistas progresivos, en la ciudad de Yenan, un gran poeta chino de nuestro siglo, un heroico luchador, un gran dirigente político, un general victorioso, el jefe del Partido Comunista chino, Mao Tse Tung. Y añadía en su informe al trazar el papel que debe desempeñar la crítica literaria democrática: «Todo lo que favorece la resistencia, la unión, todo lo que puede alentar al pueblo, exaltar su entusiasmo, sostener su moral, todo lo que permita impedir una retirada eventual ante el enemigo o ante el progreso, debe ser aprobado, y, en cambio, ha de rechazarse todo lo que sea desfavorable a la resistencia, a la unión, lo que desmoralice al pueblo e impida el progreso».

Éstos son, pues, concisamente expresados, los criterios de la crítica literaria progresiva que aquí intenta llevarse a efecto. Ninguna consideración personal, sino el examen de la significación moral y política de la obra. Y, en segundo lugar, ninguna apreciación «puramente» artística. Y esto, porque en —49→ el incesante proceso de muerte y creación, la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el porvenir, que es la característica del mundo espiritual, tanto como del natural y del social, los destinos del arte y de la cultura, sus posibilidades de desarrollo y del descubrimiento de nuevos valores y nuevas formas, dependen del éxito de las fuerzas vivas de la historia, están en manos de la clase ascendente. Pues bien, ¿qué espíritu objetivo puede poner hoy en duda que las fuerzas históricas vivas son las masas populares, con la clase obrera a su frente? Los destinos del arte y la cultura, en nuestro país, dependen de la victoria del pueblo. Éste es hoy el depositario de las tradiciones progresivas de nuestra cultura, en él recae la misión de enriquecerlas, de llevarlas a su pleno florecimiento.

En ese frente de combate, por consiguiente, la crítica literaria democrática debe asignarse estas tareas fundamentales: desenmascarar las ideologías y tendencias artísticas que podríamos llamar de «repliegue», es decir, las ideologías y tendencias mistificadoras que la clase opresora en decadencia inventa o reanima para cubrir y esconder su retirada; y, finalmente, participar de una manera constructiva en la elaboración de una auténtica literatura popular, realista y optimista.

* * *

La trama de la novela de Carmen Laforet es bastante tenue y puede resumirse en pocas frases. Andrea, joven estudiante, viene a Barcelona a seguir los cursos de la Universidad. Vive en casa de unos parientes suyos: la abuela, medio loca; la tía Angustias, beata histérica y malvada; el tío Román, falangista depravado y estraperlista; el tío Juan, falangista, verdadero residuo humano. En definitiva, una bonita colección de monstruos, una verdadera basura moral. Andrea permanece un año en esa casa. Por diversas razones la familia se disuelve en la deshonra y el crimen, y finalmente Andrea se va a Madrid con su mejor amiga, Ena, cuyos padres se trasladan a esa ciudad. En resumen, no ocurre gran cosa.

No sería difícil determinar cuáles son las influencias literarias que se reflejan en Nada. Pero eso no es en sí importante. Lo principal es que al cerrar el libro, sin hablar siquiera del sentimiento como de vergüenza ajena que uno tiene, ni de las ganas de salir a pasearse al aire fresco, una impresión se destaca imperiosamente, que un análisis más detallado permitirá precisar. Y es que, en fin de cuentas, la primera parte de la novela, unas cien páginas, es la única que presenta algún interés (ya se verá luego qué clase de interés). Lo demás está como añadido superficialmente, sin necesidad interna, como si hubiese la autora diluido largamente un relato más breve. En rigor podría no haberse escrito la última parte. Ahora bien, las cien primeras páginas son casi exclusivamente documentales -sin duda autobiográficas. Allí se esboza la situación, se presentan los personajes. Pero se trataba precisamente de desarrollar esa situación, de hacer vivir esos personajes, pues en eso consiste el trabajo de creación propio de un novelista. ¿Lo consigue la autora? En modo alguno. Los personajes no viven, los aspectos específicamente novelescos de la obra fracasan rotundamente. Y que no se busquen para explicar esto razones —50→ complicadas. Es sencillamente que una novela lograda plenamente tiene que ser la expresión realista de una concepción del mundo, el reflejo de las aspiraciones auténticas de los hombres avanzados de nuestro siglo. Esa familia de la calle de Aribau, de Barcelona, no puede ser para un novelista tema de creación y de vida, porque es precisamente la expresión de una sociedad moribunda y sanguinaria.

Si ya es significativo de por sí solo el fracaso de la novela, en tanto que obra de creación, más significativas aún son las constataciones que un análisis profundo permite hacer. ¿Cuál es, en efecto, el contenido real de Nada, o sea, qué fuerzas sociales se expresan en ella y con qué perspectivas?

Con bastante claridad pueden distinguirse en Nada dos medios sociales diferentes. La familia de la protagonista principal, de Andrea, es típica representación de aquella fracción de la pequeña burguesía vacilante que no ha sabido comprender cuáles son sus intereses verdaderos, intereses que coinciden, de hecho, en la etapa de la revolución democrática que tenemos que realizar en España, con los de la clase obrera, los campesinos, los intelectuales, y que se ha vendido a la reacción fascista. Esta fracción de la pequeña burguesía, se encuentra en un estado de descomposición. Ésta es económica, primero, y moral como consecuencia inevitable. Porque en la casa de la calle de Aribau no trabaja nadie. Juan pinta unos cuadros muy malos que nadie le compra; su mujer, Gloria, «gana» unos duros jugando a las cartas con trampa; Román hace «negocios» de contrabando y estraperlo -después de haber sido espía falangista en la zona republicana durante nuestra guerra- y el resto del tiempo lo dedica al chantaje o a intentar seducir a las jovencitas tocando románticamente el piano a la luz de un candil; Andrea vive de una beca miserable. Familia de parásitos, familia sin principios morales de ningún género, en que las palizas del marido a la mujer, el odio entre los hermanos, los turbios sentimientos de Román por su sobrina y su cuñada, la hipocresía de la beata, crean ese «clima asombrosamente nuevo» que saludaba la crítica franquista, ese ambiente irrespirable como -y ahora cito textualmente a la autora- «como si el aire estuviese estancado y podrido».

Más lejos dice uno de los personajes: «Aquello es como un barco que se hunde. Nosotros somos las pobres ratas que al ver el agua no sabemos qué hacer». Y, en efecto, el barco se hunde, ¿qué duda cabe? Y las ratas franquistas no saben qué hacer. Su actividad se limita al crimen y al escándalo.

Igualmente aparece en Nada, aunque de manera más episódica, el gran capitalismo financiero. Algunos de los amigos de Andrea pertenecen a las ricas familias de Barcelona y a través suyo se puede atisbar su mentalidad. Ésta es, claro está, muy distinta de la que reina en la casa de la calle de Aribau. La concentración financiera, la posibilidad de explotar sin freno a la clase obrera y los prodigiosos aumentos de los beneficios capitalistas que trae consigo la dictadura franquista, hacen que en esas familias parezca la vida fácil y agradable, Sólo se piensa en paseos, bailes y excursiones. Los padres se ocupan de negocios, venden, compran, calculan las ganancias que podrán obtener con motivo de la guerra mundial. Los hijos se las dan de «bohemios», llevan «chalina y pelo largo» -textualmente. Si escriben, es en estilo surrealista; si pintan, sólo les interesa el arte abstracto. Ningún sentimiento —51→ humano se refleja en ellos. Con la inconsciencia brutal de los explotadores edifican sobre la miseria y la sangre de la clase obrera una vida de engañosa apariencia feliz. Engañosa porque en esta vida, y en este siglo, todo se paga. Habrá en España mucho trabajo para todos, muchos puentes, pantanos, carreteras y estaciones de tractores que construir. Esos jovencitos aprenderán a trabajar. Y, ¿quién sabe?, aunque pierdan chalina y pelo largo, quizá descubran en el trabajo el sentido auténtico de la vida.

Sentido de la vida que la protagonista principal, Andrea, aún está lejos de sospechar, cuando se cierra el libro. Su actitud merece ser analizada, porque encierra en ella todos los síntomas del confusionismo, del pesimismo individualista. Andrea asiste a todas las depravaciones de sus familiares sin una palabra de protesta y acaba eligiendo la fácil solución de hacerse mantener por la rica familia de su amiga Ena. Y es que para Andrea nada tiene importancia, nada vale la pena de luchar. Conviene recordar aquí lo que en cierta ocasión escribió Máximo Gorki criticando la obra de Dostoievski. Decía así: «Su filosofía (la de Dostoievski) alimenta hoy a la reacción, la orienta hacia el individualismo y el nihilismo: en ella se basa el «enemigo interior» de la democracia. Ha llegado la hora de pronunciarse contra todos los puntos de la doctrina de Dostoievski».

Sí, ha llegado la hora de pronunciarse contra todos los aspectos del nihilismo, del pesimismo que sólo sirven a la reacción franquista, porque desvían de su cauce de lucha y protesta a las jóvenes generaciones descontentas -mil hechos lo demuestran- de la atmósfera asfixiante del régimen. Y conviene hacerlo con el mayor vigor. Porque no es el nihilismo un tema nacional, nada tiene que ver con las tradiciones auténticas de nuestra cultura. El nihilismo de la literatura actual en España es el mero reflejo del proceso general de corrupción ideológica del imperialismo. Es un tema del cosmopolitismo reaccionario con el que conviene enfrentarse sin demora.

Y conviene hacerlo también porque hay en nuestro campo antifranquista quienes, después de haber leído Nada, reaccionan diciendo: «Desde luego, el contenido es una basura, pero, hombre, como novela no está mal. Desde el punto de vista artístico no está mal. ¿Qué es eso del punto de vista artístico? Con ese criterio puede justificarse una novela tan monstruosa como la de Hemingway sobre nuestra guerra, puede intentar justificarse cualquier barbaridad, cualquier obra de corrupción y desmoralización. Que mediten los que eso dicen las palabras más arriba citadas de Mao Tse Tung. Que reflexionen sobre el sentido auténtico de la literatura y sus influencias. En su lucha de liberación, las fuerzas populares tienen que rechazar todas las obras que difundan, aunque sea de soslayo, la ideología de sus adversarios por bella que sea, y éste no es el caso, la forma literaria que la revista y encubra. Y, por su parte, la crítica literaria democrática tiene que ayudar a esas fuerzas, que representan el porvenir de la cultura, de una manera positiva, a fin de esclarecer más y más cada día el papel y los objetivos de la literatura progresiva.

También puede haber quienes piensen que, por el mero hecho de revelar la corrupción del régimen franquista, la novela de Carmen Laforet reviste un carácter positivo de acusación. Ésas son, a mi parecer, ideas de otros tiempos, —52→ de una época lejana en que las fuerzas populares se hallaban en una situación defensiva y que podían reforzarse ideológicamente con la lectura de obras que mostrasen la corrupción interna e inevitable del sistema capitalista. Hoy día ha sido superada la etapa dialéctica de la sola negación. Hoy día se ha construido en la sexta parte del mundo una sociedad radicalmente nueva, basada en la justicia, basada en la desaparición de la explotación del trabajo humano. Hoy día, las fuerzas populares de paz y de progreso se encuentran en lucha por un mundo mejor, mientras se desmorona la estructura económica y la superestructura ideológica del imperialismo. Desde Pekín hasta las llanuras suramericanas, el hombre nuevo forja las armas luminosas de la felicidad en que soñaban nuestros antepasados. En esas circunstancias, no tiene valor alguno la exposición puramente negativa de la decadencia capitalista. A la clase obrera, al campesinado, a las fuerzas populares, ya en lucha contra el franquismo, no sirven obras como Nada. Y por otra parte, puede esta novela difundir, en las capas sociales menos decididas, pero que han de incorporarse y se incorporarán a la lucha, una ideología de derrotismo sumamente nefasta. En modo alguno puede justificarse, por consiguiente, una novela como ésta.

Habla en cierto momento Carmen Laforet de «los arrabales tristes, con la sombría potencia de las fábricas». Y en efecto, los arrabales obreros de las grandes ciudades capitalistas son tristes, son miserables. Pero la potencia de las fábricas y de los hombres en ellas explotados no es sombría. Es la potencia decidida y firme de la justicia, de la certidumbre de la victoria. Porque hoy, la poesía, el arte, la ciencia -la cultura en una palabra- es como la libertad: se conquista cada día, se da a luz cada día en la lucha y por la lucha popular contra la dictadura bárbara del franquismo.

En todo caso, y para terminar, no puede negarse que el titulo de la novela sea un acierto. ¡Nada! Más que un acierto, un programa, la profesión de fe, es decir, de falta de fe, de una sociedad condenada por la historia.




Para que no les quede un amargo sabor de boca, en homenaje a un amigo, les regalo dos canciones. Una de Julio Bustamante: Sur del corazón. (Si tienen problemas para escucharla, aparece en esta página) que, sospecho, gustará a más de uno.

Y otra de Javier Bergia,