El marciano no es El marciano

 

Hace un par de días me compré El marciano, la novela de Andy Weir. Lo hice, pese a que solo debería haber un El marciano en la historia de la literatura: el inmortal cuento incluido en Las crónicas marcianas de Ray Bradbury. Ya veis, me dejé llevar por consejos de gente aviesa.

Rápidamente te das cuenta de por qué esos capitalistas ávidos de dinero que se dedican a la industria del cine compraron los derechos, incluso antes de que se publicase “profesionalmente” (el autor había autoeditado la novela, que se fue haciendo famosa por el boca a boca). ¡No es una novela! Es un guión de cine (y Ridley Scott tiene que ser muy torpe para joderla).

Les daré mi opinión: es entretenida; se lee con facilidad; le encantará a los que tengan alma de ingeniero.

Pero no es una novela importante.

No es Solaris; no es Dune; no es Neuromante; no es Hyperion; no es Marea Estelar; no es Un abismo en el cielo; no es El marciano.

 

El señor cabreado y los siete pecados capitales


Hay un libro que releo cuando aparece. Sí, en mi casa los libros aparecen y desaparecen. En estos últimos tiempos han aparecido muchos. También habrán desaparecido, pero de eso me iré dando cuenta al buscarlos. El libro en cuestión es El español y los siete pecados capitales. Lo tengo de una edición de 1970, con viñetas de Mingote que no sé si se incluyen en otras ediciones. Por cierto, considerando la fecha, me llama la atención lo mucho que habla de cuestiones políticas el autor (incluyendo críticas a la dictadura), haciéndolo con tiento, pero abiertamente.

Lo releo porque me hace gracia y porque me parece muy acertado. Fernando Díaz-Plaja escribe de una forma curiosa: parece un inglés, uno de esos ingleses que se recorrieron España en el siglo XIX y que luego contaron sus viajes, con una mezcla de estupor y de cariño. Esa distancia le da al libro una fuerza enorme. Los españoles parecemos bichos examinados por un entomólogo. Fíjense en la definición, genial, que da de piropo:

Descripción en voz alta de los efectos que una mujer causa en un hombre, seguido del programa que el hombre estaría dispuesto a llevar a cabo con esa mujer.

Naturalmente, los años transcurridos desde que se escribió le han pasado una factura inevitable. Sin embargo, cuando le echo un vistazo, pasados unos cuantos años desde la vez anterior, siempre pienso en la cantidad de cosas que permanecen, como jodíos mojones de la patria en la que nos tocó nacer. La mandíbula del exaltado (e impostado) señor que berrea acusando a un contertulio de antidemocrático, a la vez que pide que le metan en la cárcel y le expulsen y le …, y le …, y le … argggg, es un ejemplo que podría haber incluido perfectamente Díaz-Plaja en su capítulo sobre la ira.

Les diré, además, que lo releo porque me veo, algo me veo, en sus páginas. Y fíjense en la soberbia que hay (ah, la soberbia del español) en una afirmación así.

Les recomiendo el libro. Léanlo si no lo han hecho ya. Y si es usted joven, es posible que se asombre por dos cosas: por las que hacían los españoles y ya no hacen; y por las que hacían los españoles y siguen, usted también, casi seguro, haciendo.

Miedo

F vino a mi despacho porque la vigilaban. Sabía que la vigilaban. Estaba segura de que tenía, en su casa, micrófonos o quizás alguna cámara que la grababa constantemente. Lo había denunciado a la policía, pero no la habían tomado en serio. Su angustia era física, la agarrotaba de forma violenta. Así que decidió contratar a un abogado para presentar una querella. Sospechaba de unos vecinos, aunque reconocía que no sabía de ninguna razón que explicase su comportamiento. Casi desde el primer momento pensé que estaba loca, a pesar de la claridad con la que expresaba sus temores. Padecía sobre todo cuando, sola en el piso, sentía que otros sabían todo de ella, qué hacía y qué no, así que pasaba mucho tiempo fuera, haciendo tiempo. Decía que, para ella, las paredes de su casa eran como los espejos translúcidos que vemos en las películas de policías y que había llegado a gritarles, esperando una confirmación de sus certezas. Le expliqué que, antes de presentar una querella contra nadie, era importante encontrar alguna prueba. No podía dejarla ir sin más, porque era tanto como dejarla, más tarde o más temprano, en manos de algún desaprensivo. “Antes de presentar una denuncia por negligencia médica, exijo un informe de un perito que me asegure que el caso tienen fundamento. Si lo tiene, entonces acepto el encargo y presento mi presupuesto. Si no, el cliente solo paga al perito”. Ese fue el ejemplo que le di. Contrataríamos a un experto y solo tras su informe decidiría hacerme cargo o no del caso. Por suerte, conocía a alguien que podía ocuparse del asunto, ya que se había dedicado profesional y “alegalmente” a colocar cachivaches de estos, y a hacer seguimientos y otros trabajos “especiales”. Creo que era la primera vez, en años, que F veía que alguien le hacía algo de caso. No tenía familia cercana, ni amigos, y solo se relacionaba, superficialmente —”me consideran rara”— con sus compañeros de trabajo, en una oficina pública. La expectativa le produjo un cambio físico espectacular. Como si fuese una prenda arrugada, recién lavada, que agitas con fuerza y recupera su forma. Unos días más tarde, le hablé del asunto a mi amigo. No le dije lo que pensaba de ella y él no me preguntó. Ventajas de hablar con alguien que vive en un mundo paralelo. Me dio su presupuesto y ella pagó con voracidad. Inspeccionó la casa y durante una semana vigiló a F. También vigiló a los vecinos, que supongo nunca llegaron a saberlo. Su informe fue contundente: la obsesión de F no tenía fundamento. Nadie la vigilaba. Nadie se preocupaba por ella. Cuando la cité en mi despacho, la tensión había vuelto, pero era de otro tipo. Era elástica, como la de la fiera dispuesta a saltar. Por fin había llegado el momento en el que podría convencer a todo el mundo, y en todo el mundo incluía, es seguro, una versión lúcida de sí misma, de que decía la verdad. Y supe que mi sensación, la de que estaba loca, estaba justificada, cuando recibió la noticia como una sentencia de muerte, con un rictus espantoso. Había vivido unos pocos días al otro lado, como los demás, y ahora le tocaba volver.

Llama amorosa del amante y doloroso quejido


En estas señaladas fechas, la melancolía nos invade a todos. Así que me he puesto a escribir un poema, un sonetillo, que cante al amor verdadero. Por desgracia, según escribía, asuntos laborales relacionados con los problemillas que surgen entre las parejas de enamorados y que terminan en los juzgados, me han ido interrumpiendo e, imagino, han perturbado el ritmo interno de la obra poética. Espero que no se note demasiado.

Buscaba entre las ascuas tu retrato,
farfullando insensatas maldiciones,
como esas de Brassens en las canciones
que tanto te gustaban para un rato.

Me quemé, y le di tal hostia al gato,
que voló hiperbólico –reacciones
las llaman reflejas- (esto entre guiones,
y no me corrijan, que no existe el hiato).

Ojalá te pudras con tos los tuyos,
lagarta asquerosa, cerda arrastrada,
y al sucio cabrón, rey de los capullos

(tan contento iba por una mamada),
un enorme herpes le salga en los suyos
y te lo contagie en una follada.

Francisco Vighi y algunas tonterías


Hoy, por un asunto profesional, me han terminado preguntando por el nombre de una calle: Francisco Vighi. Como no sabía, he buscado, y he hallado que era un poeta. A lo tonto he leído alguno de sus poemas.

¡Oh Nueva York, con tu ruido y tu humo negro!
¡Te falta todo! No hay en tus mañanas
humo de hogar, ni ruido de campanas.
No cambiaré mi andante por tu allegro.
Prefiero ir con mi Julia y con mi abulia
-del brazo de las dos- a la tertulia.

Me han gustado mucho, y además, algún verso venía al pelo del asunto de la entrada de ayer. Les dejo con este soneto y esta biografía:

Vuelvo a ti, soledad, arrepentido.
Firme en la contrición de mi pecado.
En ti, dentro de ti, más que a tu lado,
quiero hallar el consuelo en el olvido.

Ya no seré quien soy, ni quien he sido,
por tus tinieblas desiluminado.
La duda ya resuelta: ¿Puente o vado?
Tú serás campo y cielo, rama y nido.

Refugio y paz: te buscan las inquietas
almas -orates, místicos, poetas-.
Quien dijo «cárcel negra, estepa helada,

pozo de agua salobre, peña dura»,
no supo verte, compañía pura.
Milagro del silencio y de la nada.




Pongamos la carne en el fuego.





Nos cuenta El País que un bulo ha terminado en un blog del Finacial Times; la historia es muy graciosa. El autor ha enviado el “informe” con una cuenta de gmail inventada en el que denunciaba que el PIB de España había caído un 10 % más de lo que había reconocido el Gobierno. Les juro que no he sido yo.

Menos mal que nadie ha hecho caso.





Extraña manera de ejecutar un golpe de Estado la que tiene la oposición ecuatoriana. A lo mejor todo es producto de los gases.



Hoy, Sostres dio con la receta para salir de la crisis: trabajar. Podía aplicarse el cuento y currarse un poquito la entrada. O, mejor, no.





Eppur …

Mas papistas que Pinker

Hoy es fiesta en Madrid. Si viven a menos de 300 km de este lugar acogedor, lo notarán: serán invadidos por esos tíos gilipollas que les hablan como si les debiera usted dinero. Ni siquiera podrán las autoridades locales alegrarse de que lleven la cartera llena. Porca miseria.

Cumpliendo con la finalidad de servicio público de este blog, les recomiendo, si ven que, por azar o por necesidad, se están acercando a un cine en el que “exhiben” Robin Hood, se aseguren, antes de entrar, de que el protagonista reúne alguna de las siguientes condiciones:1.- Tiene un miembro viril de gran tamaño que utiliza para tocar el piano.

2.- Está calvo y gusta de enseñar el culo.

En caso contrario, ¡¡huyan!!

Miren que llevo años intentando reconciliarme con Ridley. No hay manera: cuando hace una película que contiene un porcentaje inferior al 50 % de material tóxico, va y la caga de nuevo.

Hablando de defecaciones. Para que vean lo que son las normas. Ya saben que la patata, ese gran invento, fue traída a Europa por los españoles. He leído en la wiki que el primer lugar europeo en el que se plantó fue en un hospital para indigentes en Sevilla. Será. El caso es que su éxito (bueno el de las “variedades” europeas) fue indiscutible. Lo gracioso es que, si hacemos historia ficción, y nos imaginamos a un cooperante de 35 años actual que descubre la papa y se plantea traerla a Europa o a Estados Unidos, lo normal es que se prohibiese su consumo e importación. La culpa la tendría, en el caso de Europa, el Reglamento sobre nuevos alimentos e ingredientes alimentarios.

La patata es una solanácea. También lo son los tomates, los pimientos y las berenjenas. Las solanáceas producen solanina, un alcaloide la hostia de resistente, que si no te mata, te provoca una diarrea de caballo y un dolor de cabeza peor que el de una peli de Ridley. Y la patata produce mucha, sobre todo cuando le da la luz del sol (la mayor parte está en la piel). Si ven que se pone verde y le empiezan a salir Kuatos, ¡corran! De ahí que la peña, que es sabia, metiese las patatas, llenas de tierra, en lugares oscuros. Como la gente es así, ahora, si no te las dan lavadas y con pinta de huevo de avestruz, en bolsas transparentes, no las compramos. Si se come la patata entera, con su piel, puede bastar un par de kilos para que al asunto se convierta en francamente molesto.

Así que, ya ven, si el rastas intentase vender la papa en Europa, el funcionario le diría: “pero, ¿qué quieres, envenenarnos? ¡Anda, circula!”

Hace unos meses, le decía al robot, a cuento de Pinker, que todos esos recién llegados newageterceravianeurocomomola no tenían ni puta idea, y que el libro bueno no es el de la tabla, sino Como trabaja la mente.

Bueno, admito, que lo decía por una razón auténtica y otra espuria. La auténtica: que es un libro más concreto sobre eso de lo que el autor sabe mucho y te explica muchas cosas sobre el cerebro y tal. En cuanto a la espuria: ¡que yo lo leí primero! Fue casualidad. Lo saqué de una biblioteca, sin tener ni puta idea de quién era Pinker. Me gustó mucho y me lo leí un par de veces. Dos o tres años después se publicó La tabla rasa y se puso de moda. Yo, desde entonces, siempre digo que el bueno es el que yo vi primero.

El caso es que acabo de releer La tabla rasa. Y es un libro cojonudo. Y además, de nuevo saco la impresión de que, la sensatez de Pinker, su sentido del humor, su ponderación de las teorías alternativas y su escasa grandilocuencia, contrastan, a lo bestia, con el comportamiento de su grey.

Dos bromas y un asunto muy serio


Después de pagar una pasta a un informante, he recibido por fin el vídeo que nos cuenta la infancia de qtyop. Al verlo uno comprende su mal carácter y su olor a establo:





Al parecer Garzón se tiene que exiliar por culpa de Franco. He estado pensando y se me ha ocurrido una solución. Si es un perseguido retroactivo, podríamos aplicarle la Ley de Amnistía.



No suelo afirmar que tal o cual obra es imprescindible. Al final, supongo, que de todas las obras se puede prescindir. Sin embargo, acabo de leer un libro que me parece está cerca de ese calificativo. Así que no lo diré, pero queda dicho. La obra es El Tercer Reich y los judíos (1939-1945): los años del exterminio y su autor es Saul Friedländer. En realidad es una segunda parte, pero puede leerse independientemente de la primera. Se lo aseguro.

La obra está organizada de manera cronológica y tiene una enorme virtud. Los historiadores siempre ponen entre paréntesis el método basado en los testimonios de testigos. Hay muchos ejemplos de percepción poco objetiva de la realidad, de memoria distorsionada e, incluso, de simple mendacidad. En el caso del genocidio judío, además del enorme volumen de documentos disponibles, se cuenta con un enorme volumen de testimonios. Muchas personas creen que es injusto dejarlos de lado, y se han centrado precisamente en ellos. Su trabajo es reivindicativo. Por desgracia, incluso cuando se trata del trabajo más honesto, este procedimiento suele deslizarse hacia una forma, en el mejor de los casos, sutil, de propaganda emotiva. Los seres humanos tendemos a gregarizar todo, y a absorber vicariamente el sufrimiento de los “justos” (que reciben ese nombre por haber sufrido). Quizás por mi nula emotividad (modo de cachondeo privado) prefiero los libros de historia que manejan datos sin caras y sin nombres, antes que las memorias.

Todo esto lo cuento porque Friedländer ha conseguido algo prodigioso. Su libro está construido sobre dos pilares: la exposición pormenorizada y documentada de datos históricos, y las voces de la época. Y entre esas voces sobresalen las de personas “sin importancia”. En el libro se presta mucha atención al pensamiento escrito de los dirigentes de la época; sin embargo, de forma pausada, y sin énfasis, también vamos viendo cómo percibían la evolución de las cosas, personas que fueron escribiendo diarios y documentos que producen en el lector un efecto descarnado de realidad. Ese efecto es resultado de un tono aparentemente gris, ayuno de sentimentalismo. Todo lo más, a veces, a menudo, se perciben gotas de ironía. Y es resultado del fin previsto, que es inevitable para nosotros. Vemos como el horrible final va vistiendo el proceso, acumulando una sensación informe, ilocalizada. Es un libro lleno de memoria, pero engarzada dentro de la historia global.

Naturalmente, esos logros no son casuales. Son resultado de un proceso de selección. El mérito es extraordinario: escribir una historia objetiva de un período y un proceso terrible, una historia clara y ordenada; y conseguirlo incluyendo centenares de voces que no recuerdan, que son contemporáneas a lo que narra el autor, escogiendo precisamente aquello que nos dibuja mejor un escenario infame de desolación moral.

Es una gran obra.

Dos recomendaciones


Esta pasada Semana Santa, tomando unas tapas en un bar de San Sebastián, un amigo me preguntaba por Las Puertas de Anubis, de Tim Powers. Bueno, el libro es fantástico, pero eso ya lo sabíamos. Y es el primero que leí de su autor. Mi favorito, sin embargo, es En costas extrañas. Lo curioso es que, cuando vi Piratas del caribe, pensé que le habían copiado la historia a Powers. Supongo que lo pensamos muchos, porque luego he sabido de las negativas del director. Más aún, parece que quieren hacer la cuarta película basándose en la novela (en fin). Me gusta mucho, pero tampoco he venido aquí a hablar de ese libro. Es mi favorito por razones, digamos, extraliterarias.

El libro que quiero recomendar es Declara. Lo acabo de releer. Para que sepan dónde se meten: es una historia de espías, en la que uno de los personajes principales es Kim Philby (y, por tanto, es un homenaje a Le Carré, a Greene, y a un género). Naturalmente, y por ser hija de su autor, el contexto no es la guerra fría (y sus antecedentes), tal cual. Detrás hay un trabajo que hacer. Un trabajo en el que se enfrentan agencias más subterráneas que la más subterránea de las agencias, y que, digámoslo así, es manifestación de fuerzas sobrenaturales. Aquéllos que hayan leído Las Puertas de Anubis, por cierto, busquen alguna relación.


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Ayer volví a ver -y ahí va mi segunda recomendación- El banquete de bodas, la película de Ang Lee. Siempre que vuelves, tras mucho tiempo, a ver una película, o a leer un libro, repasas calificaciones. Y es curioso: la gente dice que tal o cual película “ha envejecido mal”, en vez de decir, “era gilipollas cuando dije que era cojonuda, hace veinte años”. En fin, como la opinión que vale es la opinión de hoy, les diré que ¡me ha gustado más aún que la primera vez!


Dos recomendaciones


Hace unos días encontré en internet Imposturas intelectuales. Lo buscaba porque se lo había recomendado a un amigo y quería mandarle una referencia para que lo encontrase. Supongo que muchos de ustedes conocerán el libro y su origen. Por si no, se encuentra en una broma muy divertida realizada por Alan Sokal, un físico que, harto de los excesos de ciertos autores que suelen ser incluidos dentro de lo que se llama genéricamente filosofía posmoderna y sus “aplicaciones” en las ciencias sociales decidió demostrar dichos excesos. Concretamente, mandó a una revista, llamada Social text, publicada por una editorial dependiente de la Universidad de Duke, un artículo llamado “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica“. El artículo, resultado de una especie de acumulación y mezcla de citas de autores muy conocidos (la mayoría franceses y estadounidenses) era absolutamente disparatado. Sin embargo, fue publicado sin problemas. Cuando el propio Sokal dio a conocer la impostura, se montó un escándalo notable. El libro de Sokal y Bricmont es posterior. El material acumulado por Sokal era tan impresionante y la tarea de dejar constancia de la sarta de disparates tan interesante, que decidieron escribirlo.

Les recomiendo vivamente su lectura. Sólo como aperitivo, les dejo una de las citas más sonadas y graciosas del libro. Una cita de Luce Irigaray:

¿La ecuación E = mc² es una ecuación sexuada? Tal vez. Hagamos la hipótesis afirmativa en la medida en que privilegia la velocidad de la luz respecto de otras velocidades que son vitales para nosotros. Lo que me hace pensar en la posibilidad de la naturaleza sexuada de la ecuación no es, directamente, su utilización en los armamentos nucleares, sino por el hecho de haber privilegiado a lo que va más aprisa.




El día que publiqué la primera entrada de la Antología de la música clásica occidental descubrí, gracias a un comentario de su autor, El martillo sin dueño, el blog de Pablo J. Vayón, crítico musical del Diario de Sevilla y otras publicaciones.

Sólo he recorrido una pequeña parte del blog. Sin embargo, ha sido suficiente. Les recomiendo que lo visiten (a menudo). Las entradas y crónicas están muy bien escritas. La materia es muy concreta, pero muy interesante y variada, dentro de esa concreción. Es claro y ordenado y son fáciles de seguir los caminos y señales. Está repleto de música. De muy buena música. ¡Por todas partes! Y además, creo que se presta una atención muy especial a obras de épocas que no suelen recibirla, pese a merecerla.

Hoy, a mediodía, mientras me dedicaba a tareas ingratas (frases del estilo de: reconociéndose las partes la capacidad suficiente … aggg) escuchaba la Missa Pangue Lingua de Josquin Desprez (¿sabían que Desprez es uno de lo grandes?) ¡Bravo!

ACTUALIZACIÓN: He recordado que escribí sobre Josquin y mis andanzas. Ha llovido: va camino de los cuatro años.

Mi nombre es Marina



Un texto maravilloso de Borges sirve para explicar algo. Dice en Pierre Menard, autor del Quijote,

¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!

Me sucede igual, desde que la leí, no puedo imaginar el universo sin la frase “¡Ninguna! ¡Es música de las esferas! ¡Escucha, Marina!

Así la leí, en Pericles, príncipe de Tiro, de William Shakespeare; pero no se entiende si no se tiene delante el texto completo, del que la frase es su culminación. No encuentro (lo siento) una traducción del texto, en internet. Dice así:

LYSIMACHUS
O, here is
The lady that I sent for. Welcome, fair one!
Is’t not a goodly presence?

HELICANUS
She’s a gallant lady.

LYSIMACHUS
She’s such a one, that, were I well assured
Came of a gentle kind and noble stock,
I’ld wish no better choice, and think me rarely wed.
Fair one, all goodness that consists in bounty
Expect even here, where is a kingly patient:
If that thy prosperous and artificial feat
Can draw him but to answer thee in aught,
Thy sacred physic shall receive such pay
As thy desires can wish.

MARINA
Sir, I will use
My utmost skill in his recovery, Provided
That none but I and my companion maid
Be suffer’d to come near him.

LYSIMACHUS
Come, let us leave her;
And the gods make her prosperous!

MARINA sings

LYSIMACHUS
Mark’d he your music?

MARINA
No, nor look’d on us.

LYSIMACHUS
See, she will speak to him.

MARINA
Hail, sir! my lord, lend ear.

PERICLES
Hum, ha!

MARINA
I am a maid,
My lord, that ne’er before invited eyes,
But have been gazed on like a comet: she speaks,
My lord, that, may be, hath endured a grief
Might equal yours, if both were justly weigh’d.
Though wayward fortune did malign my state,
My derivation was from ancestors
Who stood equivalent with mighty kings:
But time hath rooted out my parentage,
And to the world and awkward casualties
Bound me in servitude.

Aside

I will desist;
But there is something glows upon my cheek,
And whispers in mine ear, ‘Go not till he speak.’

PERICLES
My fortunes–parentage–good parentage–
To equal mine!–was it not thus? what say you?

MARINA
I said, my lord, if you did know my parentage,
You would not do me violence.

PERICLES
I do think so. Pray you, turn your eyes upon me.
You are like something that–What country-woman?
Here of these shores?

MARINA
No, nor of any shores:
Yet I was mortally brought forth, and am
No other than I appear.

PERICLES
I am great with woe, and shall deliver weeping.
My dearest wife was like this maid, and such a one
My daughter might have been: my queen’s square brows;
Her stature to an inch; as wand-like straight;
As silver-voiced; her eyes as jewel-like
And cased as richly; in pace another Juno;
Who starves the ears she feeds, and makes them hungry,
The more she gives them speech. Where do you live?

MARINA
Where I am but a stranger: from the deck
You may discern the place.

PERICLES
Where were you bred?
And how achieved you these endowments, which
You make more rich to owe?

MARINA
If I should tell my history, it would seem
Like lies disdain’d in the reporting.

PERICLES
Prithee, speak:
Falseness cannot come from thee; for thou look’st
Modest as Justice, and thou seem’st a palace
For the crown’d Truth to dwell in: I will
believe thee,
And make my senses credit thy relation
To points that seem impossible; for thou look’st
Like one I loved indeed. What were thy friends?
Didst thou not say, when I did push thee back–
Which was when I perceived thee–that thou camest
From good descending?

MARINA
So indeed I did.

PERICLES
Report thy parentage. I think thou said’st
Thou hadst been toss’d from wrong to injury,
And that thou thought’st thy griefs might equal mine,
If both were open’d.

MARINA
Some such thing
I said, and said no more but what my thoughts
Did warrant me was likely.

PERICLES
Tell thy story;
If thine consider’d prove the thousandth part
Of my endurance, thou art a man, and I
Have suffer’d like a girl: yet thou dost look
Like Patience gazing on kings’ graves, and smiling
Extremity out of act. What were thy friends?
How lost thou them? Thy name, my most kind virgin?
Recount, I do beseech thee: come, sit by me.

MARINA
My name is Marina.

PERICLES
O, I am mock’d,
And thou by some incensed god sent hither
To make the world to laugh at me.

MARINA
Patience, good sir,
Or here I’ll cease.

PERICLES
Nay, I’ll be patient.
Thou little know’st how thou dost startle me,
To call thyself Marina.

MARINA
The name
Was given me by one that had some power,
My father, and a king.

PERICLES
How! a king’s daughter?
And call’d Marina?

MARINA
You said you would believe me;
But, not to be a troubler of your peace,
I will end here.

PERICLES
But are you flesh and blood?
Have you a working pulse? and are no fairy?
Motion! Well; speak on. Where were you born?
And wherefore call’d Marina?

MARINA
Call’d Marina
For I was born at sea.

PERICLES
At sea! what mother?

MARINA
My mother was the daughter of a king;
Who died the minute I was born,
As my good nurse Lychorida hath oft
Deliver’d weeping.

PERICLES
O, stop there a little!

Aside

This is the rarest dream that e’er dull sleep
Did mock sad fools withal: this cannot be:
My daughter’s buried. Well: where were you bred?
I’ll hear you more, to the bottom of your story,
And never interrupt you.

MARINA
You scorn: believe me, ‘twere best I did give o’er.

PERICLES
I will believe you by the syllable
Of what you shall deliver. Yet, give me leave:
How came you in these parts? where were you bred?

MARINA
The king my father did in Tarsus leave me;
Till cruel Cleon, with his wicked wife,
Did seek to murder me: and having woo’d
A villain to attempt it, who having drawn to do’t,
A crew of pirates came and rescued me;
Brought me to Mytilene. But, good sir,
Whither will you have me? Why do you weep?
It may be,
You think me an impostor: no, good faith;
I am the daughter to King Pericles,
If good King Pericles be.

PERICLES
Ho, Helicanus!

HELICANUS
Calls my lord?

PERICLES
Thou art a grave and noble counsellor,
Most wise in general: tell me, if thou canst,
What this maid is, or what is like to be,
That thus hath made me weep?

HELICANUS
I know not; but
Here is the regent, sir, of Mytilene
Speaks nobly of her.

LYSIMACHUS
She would never tell
Her parentage; being demanded that,
She would sit still and weep.

PERICLES
O Helicanus, strike me, honour’d sir;
Give me a gash, put me to present pain;
Lest this great sea of joys rushing upon me
O’erbear the shores of my mortality,
And drown me with their sweetness. O, come hither,
Thou that beget’st him that did thee beget;
Thou that wast born at sea, buried at Tarsus,
And found at sea again! O Helicanus,
Down on thy knees, thank the holy gods as loud
As thunder threatens us: this is Marina.
What was thy mother’s name? tell me but that,
For truth can never be confirm’d enough,
Though doubts did ever sleep.

MARINA
First, sir, I pray,
What is your title?

PERICLES
I am Pericles of Tyre: but tell me now
My drown’d queen’s name, as in the rest you said
Thou hast been godlike perfect,
The heir of kingdoms and another like
To Pericles thy father.

MARINA
Is it no more to be your daughter than
To say my mother’s name was Thaisa?
Thaisa was my mother, who did end
The minute I began.

PERICLES
Now, blessing on thee! rise; thou art my child.
Give me fresh garments. Mine own, Helicanus;
She is not dead at Tarsus, as she should have been,
By savage Cleon: she shall tell thee all;
When thou shalt kneel, and justify in knowledge
She is thy very princess. Who is this?

HELICANUS
Sir, ‘tis the governor of Mytilene,
Who, hearing of your melancholy state,
Did come to see you.

PERICLES
I embrace you.
Give me my robes. I am wild in my beholding.
O heavens bless my girl! But, hark, what music?
Tell Helicanus, my Marina, tell him
O’er, point by point, for yet he seems to doubt,
How sure you are my daughter. But, what music?

HELICANUS
My lord, I hear none.

PERICLES
None!
The music of the spheres! List, my Marina.

Ya sé que se duda incluso de la autoría de la obra. Es lo de menos. Como dice Borges, la frase de Pericles es necesaria. Desde entonces, escucho a todas horas la música de las esferas.

Sí, de nuevo lo siento.