Semprún y Nada


Gracias a mi reaccionario amigo Phil (¡no dejen de visitar su casa!), he conocido Una temporada en el infierno, el blog de Juan Pedro Quiñonero. De momento, y por lo que he visto, me parece un blog muy interesante.

Y entre lo que he visto se encuentra este artículo, que lleva a otros varios relacionados con el papel de Jorge Semprún en Buchenwald.

Desde allí he terminado en la crítica que hizo Semprún a la novela Nada, de Carmen Laforet, y que fue publicada en la revista Cultura y Democracia, el 2 de febrero de 1950. El artículo no necesita comentario alguno:

La novela elegida hoy para esta sección de crítica, y el análisis de la cual merece nuestra atención, es la obra de una joven escritora de la actual generación literaria, coronada por el premio Eugenio Nadal en 1944, siete veces editada hasta abril de 1949. Nada, de Carmen Laforet, es una novela característica, cuyo éxito vertiginoso nos obligaría por sí solo a desentrañar su alcance verdadero, su significación profunda.

Que conste ante todo, y quede sentada de una vez para siempre, la afirmación de que, en esta revista, la crítica literaria no tendrá ningún parecido con la que suelen practicar los «especialistas» de las publicaciones reaccionarias. Esto quiere decir que no será una crítica personal, que no nos importa saber si Carmen Laforet es rubia o morena, si prefiere Faulkner a Dostoievski, o Vicki Baum a Somerset Maughan, si escribe por la mañana o por la noche, si necesita café para poder trabajar. Tampoco nos importan las intenciones de la escritora, los móviles que la alentaron. Sólo importa la significación objetiva de la novela, o sea, su contenido real, hoy en la España franquista, y sus consecuencias posibles, tanto entre los lectores en general, por la visión del mundo que en ellos despierte, Como entre los jóvenes escritores de la última generación que quizá intentan, en la soledad de su alma, buscar una salida a la angustiosa situación moral en que se encuentran.

Y eso, ¿por qué? Porque «uno de los principales medios de combate de los escritores y artistas es la crítica literaria y artística». Esto decía, en 1942, ante un congreso de escritores y artistas progresivos, en la ciudad de Yenan, un gran poeta chino de nuestro siglo, un heroico luchador, un gran dirigente político, un general victorioso, el jefe del Partido Comunista chino, Mao Tse Tung. Y añadía en su informe al trazar el papel que debe desempeñar la crítica literaria democrática: «Todo lo que favorece la resistencia, la unión, todo lo que puede alentar al pueblo, exaltar su entusiasmo, sostener su moral, todo lo que permita impedir una retirada eventual ante el enemigo o ante el progreso, debe ser aprobado, y, en cambio, ha de rechazarse todo lo que sea desfavorable a la resistencia, a la unión, lo que desmoralice al pueblo e impida el progreso».

Éstos son, pues, concisamente expresados, los criterios de la crítica literaria progresiva que aquí intenta llevarse a efecto. Ninguna consideración personal, sino el examen de la significación moral y política de la obra. Y, en segundo lugar, ninguna apreciación «puramente» artística. Y esto, porque en —49→ el incesante proceso de muerte y creación, la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el porvenir, que es la característica del mundo espiritual, tanto como del natural y del social, los destinos del arte y de la cultura, sus posibilidades de desarrollo y del descubrimiento de nuevos valores y nuevas formas, dependen del éxito de las fuerzas vivas de la historia, están en manos de la clase ascendente. Pues bien, ¿qué espíritu objetivo puede poner hoy en duda que las fuerzas históricas vivas son las masas populares, con la clase obrera a su frente? Los destinos del arte y la cultura, en nuestro país, dependen de la victoria del pueblo. Éste es hoy el depositario de las tradiciones progresivas de nuestra cultura, en él recae la misión de enriquecerlas, de llevarlas a su pleno florecimiento.

En ese frente de combate, por consiguiente, la crítica literaria democrática debe asignarse estas tareas fundamentales: desenmascarar las ideologías y tendencias artísticas que podríamos llamar de «repliegue», es decir, las ideologías y tendencias mistificadoras que la clase opresora en decadencia inventa o reanima para cubrir y esconder su retirada; y, finalmente, participar de una manera constructiva en la elaboración de una auténtica literatura popular, realista y optimista.

* * *

La trama de la novela de Carmen Laforet es bastante tenue y puede resumirse en pocas frases. Andrea, joven estudiante, viene a Barcelona a seguir los cursos de la Universidad. Vive en casa de unos parientes suyos: la abuela, medio loca; la tía Angustias, beata histérica y malvada; el tío Román, falangista depravado y estraperlista; el tío Juan, falangista, verdadero residuo humano. En definitiva, una bonita colección de monstruos, una verdadera basura moral. Andrea permanece un año en esa casa. Por diversas razones la familia se disuelve en la deshonra y el crimen, y finalmente Andrea se va a Madrid con su mejor amiga, Ena, cuyos padres se trasladan a esa ciudad. En resumen, no ocurre gran cosa.

No sería difícil determinar cuáles son las influencias literarias que se reflejan en Nada. Pero eso no es en sí importante. Lo principal es que al cerrar el libro, sin hablar siquiera del sentimiento como de vergüenza ajena que uno tiene, ni de las ganas de salir a pasearse al aire fresco, una impresión se destaca imperiosamente, que un análisis más detallado permitirá precisar. Y es que, en fin de cuentas, la primera parte de la novela, unas cien páginas, es la única que presenta algún interés (ya se verá luego qué clase de interés). Lo demás está como añadido superficialmente, sin necesidad interna, como si hubiese la autora diluido largamente un relato más breve. En rigor podría no haberse escrito la última parte. Ahora bien, las cien primeras páginas son casi exclusivamente documentales -sin duda autobiográficas. Allí se esboza la situación, se presentan los personajes. Pero se trataba precisamente de desarrollar esa situación, de hacer vivir esos personajes, pues en eso consiste el trabajo de creación propio de un novelista. ¿Lo consigue la autora? En modo alguno. Los personajes no viven, los aspectos específicamente novelescos de la obra fracasan rotundamente. Y que no se busquen para explicar esto razones —50→ complicadas. Es sencillamente que una novela lograda plenamente tiene que ser la expresión realista de una concepción del mundo, el reflejo de las aspiraciones auténticas de los hombres avanzados de nuestro siglo. Esa familia de la calle de Aribau, de Barcelona, no puede ser para un novelista tema de creación y de vida, porque es precisamente la expresión de una sociedad moribunda y sanguinaria.

Si ya es significativo de por sí solo el fracaso de la novela, en tanto que obra de creación, más significativas aún son las constataciones que un análisis profundo permite hacer. ¿Cuál es, en efecto, el contenido real de Nada, o sea, qué fuerzas sociales se expresan en ella y con qué perspectivas?

Con bastante claridad pueden distinguirse en Nada dos medios sociales diferentes. La familia de la protagonista principal, de Andrea, es típica representación de aquella fracción de la pequeña burguesía vacilante que no ha sabido comprender cuáles son sus intereses verdaderos, intereses que coinciden, de hecho, en la etapa de la revolución democrática que tenemos que realizar en España, con los de la clase obrera, los campesinos, los intelectuales, y que se ha vendido a la reacción fascista. Esta fracción de la pequeña burguesía, se encuentra en un estado de descomposición. Ésta es económica, primero, y moral como consecuencia inevitable. Porque en la casa de la calle de Aribau no trabaja nadie. Juan pinta unos cuadros muy malos que nadie le compra; su mujer, Gloria, «gana» unos duros jugando a las cartas con trampa; Román hace «negocios» de contrabando y estraperlo -después de haber sido espía falangista en la zona republicana durante nuestra guerra- y el resto del tiempo lo dedica al chantaje o a intentar seducir a las jovencitas tocando románticamente el piano a la luz de un candil; Andrea vive de una beca miserable. Familia de parásitos, familia sin principios morales de ningún género, en que las palizas del marido a la mujer, el odio entre los hermanos, los turbios sentimientos de Román por su sobrina y su cuñada, la hipocresía de la beata, crean ese «clima asombrosamente nuevo» que saludaba la crítica franquista, ese ambiente irrespirable como -y ahora cito textualmente a la autora- «como si el aire estuviese estancado y podrido».

Más lejos dice uno de los personajes: «Aquello es como un barco que se hunde. Nosotros somos las pobres ratas que al ver el agua no sabemos qué hacer». Y, en efecto, el barco se hunde, ¿qué duda cabe? Y las ratas franquistas no saben qué hacer. Su actividad se limita al crimen y al escándalo.

Igualmente aparece en Nada, aunque de manera más episódica, el gran capitalismo financiero. Algunos de los amigos de Andrea pertenecen a las ricas familias de Barcelona y a través suyo se puede atisbar su mentalidad. Ésta es, claro está, muy distinta de la que reina en la casa de la calle de Aribau. La concentración financiera, la posibilidad de explotar sin freno a la clase obrera y los prodigiosos aumentos de los beneficios capitalistas que trae consigo la dictadura franquista, hacen que en esas familias parezca la vida fácil y agradable, Sólo se piensa en paseos, bailes y excursiones. Los padres se ocupan de negocios, venden, compran, calculan las ganancias que podrán obtener con motivo de la guerra mundial. Los hijos se las dan de «bohemios», llevan «chalina y pelo largo» -textualmente. Si escriben, es en estilo surrealista; si pintan, sólo les interesa el arte abstracto. Ningún sentimiento —51→ humano se refleja en ellos. Con la inconsciencia brutal de los explotadores edifican sobre la miseria y la sangre de la clase obrera una vida de engañosa apariencia feliz. Engañosa porque en esta vida, y en este siglo, todo se paga. Habrá en España mucho trabajo para todos, muchos puentes, pantanos, carreteras y estaciones de tractores que construir. Esos jovencitos aprenderán a trabajar. Y, ¿quién sabe?, aunque pierdan chalina y pelo largo, quizá descubran en el trabajo el sentido auténtico de la vida.

Sentido de la vida que la protagonista principal, Andrea, aún está lejos de sospechar, cuando se cierra el libro. Su actitud merece ser analizada, porque encierra en ella todos los síntomas del confusionismo, del pesimismo individualista. Andrea asiste a todas las depravaciones de sus familiares sin una palabra de protesta y acaba eligiendo la fácil solución de hacerse mantener por la rica familia de su amiga Ena. Y es que para Andrea nada tiene importancia, nada vale la pena de luchar. Conviene recordar aquí lo que en cierta ocasión escribió Máximo Gorki criticando la obra de Dostoievski. Decía así: «Su filosofía (la de Dostoievski) alimenta hoy a la reacción, la orienta hacia el individualismo y el nihilismo: en ella se basa el «enemigo interior» de la democracia. Ha llegado la hora de pronunciarse contra todos los puntos de la doctrina de Dostoievski».

Sí, ha llegado la hora de pronunciarse contra todos los aspectos del nihilismo, del pesimismo que sólo sirven a la reacción franquista, porque desvían de su cauce de lucha y protesta a las jóvenes generaciones descontentas -mil hechos lo demuestran- de la atmósfera asfixiante del régimen. Y conviene hacerlo con el mayor vigor. Porque no es el nihilismo un tema nacional, nada tiene que ver con las tradiciones auténticas de nuestra cultura. El nihilismo de la literatura actual en España es el mero reflejo del proceso general de corrupción ideológica del imperialismo. Es un tema del cosmopolitismo reaccionario con el que conviene enfrentarse sin demora.

Y conviene hacerlo también porque hay en nuestro campo antifranquista quienes, después de haber leído Nada, reaccionan diciendo: «Desde luego, el contenido es una basura, pero, hombre, como novela no está mal. Desde el punto de vista artístico no está mal. ¿Qué es eso del punto de vista artístico? Con ese criterio puede justificarse una novela tan monstruosa como la de Hemingway sobre nuestra guerra, puede intentar justificarse cualquier barbaridad, cualquier obra de corrupción y desmoralización. Que mediten los que eso dicen las palabras más arriba citadas de Mao Tse Tung. Que reflexionen sobre el sentido auténtico de la literatura y sus influencias. En su lucha de liberación, las fuerzas populares tienen que rechazar todas las obras que difundan, aunque sea de soslayo, la ideología de sus adversarios por bella que sea, y éste no es el caso, la forma literaria que la revista y encubra. Y, por su parte, la crítica literaria democrática tiene que ayudar a esas fuerzas, que representan el porvenir de la cultura, de una manera positiva, a fin de esclarecer más y más cada día el papel y los objetivos de la literatura progresiva.

También puede haber quienes piensen que, por el mero hecho de revelar la corrupción del régimen franquista, la novela de Carmen Laforet reviste un carácter positivo de acusación. Ésas son, a mi parecer, ideas de otros tiempos, —52→ de una época lejana en que las fuerzas populares se hallaban en una situación defensiva y que podían reforzarse ideológicamente con la lectura de obras que mostrasen la corrupción interna e inevitable del sistema capitalista. Hoy día ha sido superada la etapa dialéctica de la sola negación. Hoy día se ha construido en la sexta parte del mundo una sociedad radicalmente nueva, basada en la justicia, basada en la desaparición de la explotación del trabajo humano. Hoy día, las fuerzas populares de paz y de progreso se encuentran en lucha por un mundo mejor, mientras se desmorona la estructura económica y la superestructura ideológica del imperialismo. Desde Pekín hasta las llanuras suramericanas, el hombre nuevo forja las armas luminosas de la felicidad en que soñaban nuestros antepasados. En esas circunstancias, no tiene valor alguno la exposición puramente negativa de la decadencia capitalista. A la clase obrera, al campesinado, a las fuerzas populares, ya en lucha contra el franquismo, no sirven obras como Nada. Y por otra parte, puede esta novela difundir, en las capas sociales menos decididas, pero que han de incorporarse y se incorporarán a la lucha, una ideología de derrotismo sumamente nefasta. En modo alguno puede justificarse, por consiguiente, una novela como ésta.

Habla en cierto momento Carmen Laforet de «los arrabales tristes, con la sombría potencia de las fábricas». Y en efecto, los arrabales obreros de las grandes ciudades capitalistas son tristes, son miserables. Pero la potencia de las fábricas y de los hombres en ellas explotados no es sombría. Es la potencia decidida y firme de la justicia, de la certidumbre de la victoria. Porque hoy, la poesía, el arte, la ciencia -la cultura en una palabra- es como la libertad: se conquista cada día, se da a luz cada día en la lucha y por la lucha popular contra la dictadura bárbara del franquismo.

En todo caso, y para terminar, no puede negarse que el titulo de la novela sea un acierto. ¡Nada! Más que un acierto, un programa, la profesión de fe, es decir, de falta de fe, de una sociedad condenada por la historia.




Para que no les quede un amargo sabor de boca, en homenaje a un amigo, les regalo dos canciones. Una de Julio Bustamante: Sur del corazón. (Si tienen problemas para escucharla, aparece en esta página) que, sospecho, gustará a más de uno.

Y otra de Javier Bergia,


Espadas

 

De noche es más fácil ver cómo cambia el color. Como enrojece y termina casi blanco. Por eso el forjador de espadas trabaja de noche, trenzando las tiras del alma de la espada, y añadiendo duros filos de acero, mientras con el martillo separa los restos del carbón de madera que antes añadió. Ésa es la explicación del trabajo nocturno, el control preciso del fuego. Un fuego posible porque la mezcla de carbón rebaja los 1.500 grados centígrados necesarios para fundir el hierro puro, en un tercio. Así, mientras el herrero añade la cantidad necesaria de carbono (una cantidad muy pequeña en peso, entre un 1% y un 4%, aunque mayor por volumen, cerca del 20 %), la va calentando y enfriando, en agua, o mejor en orines de dónde sale el nitrógeno que formará esos cristales, nitruros de hierro, otro ladrillo de la dureza de la hoja. Y el forjador de espadas golpea y produce casi hojalata, recubierta por una capa de óxido. Un “pan de acero” que calentado puede ser doblado, atrapando el óxido en su interior. Cada doblez duplica la anterior, y diez o doce veces más tarde, hay miles de capas. Los dones del herrero, el artífice nocturno rodeado de fuego y chispas, se ven en los dibujos de las curvas espadas damascenas, basiliscos como nudos, en las “hojas zorras” de Julián del Rey, el Moro, el gran maestro toledano, en el trabajo a dúo de los herreros de Solingen, que murmuraban que habían traído sus secretos de Oriente, en compañía de caballeros de San Juan, o del sol naciente de las katanas del shogunato Kamakura.

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Pueden leer sobre esto y sobre muchas otras cosas en el magnífico libro de Richard Cohen, Blandir la espada.

En ese libro encontré una fotografía inquietante porque muestra una escena que parece cotidiana. Al pie se nos dice que se trata de un duelo con sable a finales del siglo XIX, en un lugar y con unos protagonistas desconocidos.

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Yo Tarzán

Nos situamos en el interior de Nueva Guinea. negrerosUn jefe se acerca al comerciante y le dice talk business. Pero se lo dice a su manera. Suena como tok pisin. Sin embargo, se entienden. Se entienden porque hablan una lengua pidgin o piyin. Ese nombre, nacido, al parecer, de la forma china de pronunciar business, categoriza un conjunto de lenguas que tienen una serie de rasgos que se explican por su manera de nacer.

El proceso es similar. A veces es resultado del comercio, como ocurre con el tok pisin de Nueva Guinea, o con el russenorsk, el idioma que usaban los pescadores rusos para vender sus capturas a los comerciantes noruegos. Otras ha sido resultado de otro tipo de capturas.

Muchos piyin han nacido en África. Cuando compras hombres no te preocupas demasiado por respetar su cultura. En esos espantosos lugares situados en la costa africana o en algunas de sus islas, los seres humanos son estabulados. Y si han sido capturados juntos, adoptas la precaución de separarlos, que la unión hace la fuerza. Así que no hay quien entienda a nadie. Los esclavos no se entienden entre sí y tampoco entienden a sus captores, que hablan un mal inglés o un mal portugués, casi siempre. Sin embargo, sobre las necesidades de seguridad se impone la necesidad de dar órdenes y la de comunicarse. Así nace, mezclada con el lenguaje gestual, una lengua mínima, formada por palabras tomadas de la lengua de los negreros, palabras normalmente modificadas, y a la que se añaden palabras de las diferentes lenguas de los capturados. No existen prácticamente reglas morfológicas o sintácticas. El lenguaje es simple yuxtaposición de términos y sirve para asuntos imprescindibles.

Los esclavos son cargados en barcos y llegan algunos a algún país americano. Allí se encuentran con otros dueños, que también hablan algo que se parece al idioma de los negreros. Y se encuentran con otros esclavos, que también han pasado por un proceso similar al suyo. El lenguaje se extiende y se hace más complejo. Pero es difícil que supere un estadio primario. Hasta que aparecen nuevas generaciones. Los niños que nacen no pueden hablar las lenguas prohibidas de sus padres, salvo en secreto, y no les sirven de mucho, porque cada cuál tiene la suya. Tampoco tienen un contacto suficiente con sus dueños ingleses, portugueses o españoles, como para aprender bien su lengua. No tienen a su disposición otro idioma que el piyin que hablan sus padres. Pero, a diferencia de para éstos, para los niños el piyin no es una segunda lengua. Y ellos sí son capaces de completarla y dotarla de todos los recursos morfológicos, sintácticos y gramaticales para considerarla una lengua completa. Lo son porque la creación del lenguaje no es un producto cultural, sino natural, genético.

Apenas cincuenta o sesenta años después, ha sucedido algo extraordinario, el piyin se ha convertido en una lengua criolla.

Lo que acabo de describir muy resumidamente no es una elucubración. Se conoce muy bien la génesis de algunos de esos idiomas, como el sranan tongo de Surinam, el papiamento en alguna de las Antillas holandesas, el fa d’Ambó, en la isla de Anobón, en el golfo de Guinea, o el chabacano, al sur de Filipinas.

Una de las características más curiosas de esas lenguas criollas es que suelen ser sencillas, más sencillas que sus lenguas de origen. Hasta el punto de que algunas se han relexificado con gran éxito. Es decir, nacidas con una lengua base portuguesa, por ejemplo, cuando cambian los dueños, que son de habla inglesa, traducen literalmente sus estructuras (más sencillas ya que las del portugués) a un inglés simplificado. Una especie de fromlostiano ad hoc.

Y es que, además, la criollización no es producto necesariamente de una situación previa de dominación y de la previa existencia de un piyin. Es un fenómeno mucho más amplio, que tiene lugar cuando coexisten con gran pujanza diferentes idiomas y hay que comunicarse, casi siempre para vender o comprar algo. Por esa razón los árabes y los bantúes terminan creando el suajili, una mezcla del árabe y de varias lenguas bantúes, y los campesinos holandeses que colonizan El Cabo crean el afrikaans.

Las lenguas criollas son más sencillas normalmente porque sólo mantienen las estructuras sintácticas y gramaticales que son comunes a las lenguas de base. Por eso suelen respetar el orden sujeto+verbo+predicado. Y por eso los pronombres personales no se omiten y los tiempos verbales se limitan a una forma de pasado, otra de presente y otra de futuro, completándose con términos auxiliares.

No se trata tanto de que se vacune la carpeta, si se pretende pasar la aspiradora, o que se rapee a las tinajeras, si se habla del aumento del número de violaciones, como que la influencia mutua y la fusión resultante elimine esas particularidades tan queridas por los “buenos” hablantes de un idioma y que hacen tan complicado aprender bien una lengua extranjera. Imaginen si la lengua en cuestión pertenece a algún pueblo aislado como el inuit o el navajo. Es el proceso ya iniciado, seguramente, por el español y el inglés en Estados Unidos.

La prisión de oro

A menudo la evolución de una lengua ha tenido como motor la necesidad de preservar algún texto sagrado.

Lo que resulta extraordinario es que, una vez alcanzada la perfección suficiente para contener y develar la voz de los dioses o de sus mensajeros, se haya convertido en piedra. Eso sucedió con el sánscrito.

En el siglo IV a. e. un ¿gramático? llamado Panini decidió resolver para siempre el problema de pronunciar con exactitud las sagradas y exactas formas de los Vedas. Lo hizo escribiendo el Ashtadhyayi, una obra que reúne cuatro mil sudras, máximas, que no sólo recoge, de forma detallada, el léxico usado por los brahmanes, sino que fija procedimientos reglados y casi automáticos para su ampliación. La obra resultó tan convincente que rápidamente se la conoció como samskrta, perfecta. Y esa reputación produjo un efecto asombroso.

Los jainas y los budistas usaban otros idiomas para sus textos sagrados. También se utilizaba una forma del sánscrito diferente, llamado prácrito, en la vida cotidiana y en la propia administración. Sin embargo, el poderoso instrumento gramatical de Panini fue capaz de convertir a la forma religiosa del sánscrito en la única digna para cualquier lenguaje religioso y cultivado. Porque la gramática perfecta fue la que se utilizó para la alfabetización general que se produce en la época Gupta y no se podía ser una persona cultivada sin haberla aprendido de memoria. Al final, no sólo todos los textos sagrados de las otras dos grandes religiones de la India (antes de la aparición de los sikhs) se tradujeron al sánscrito, sino que ese fenómeno se aplicó a cualquier producción de nivel. La literatura, la poesía, los dramas, las obras técnicas y científicas. Todas utilizan el sánscrito. Y, como ha ocurrido en otros momentos y con otros lenguajes, las reglas se convirtieron en un acicate para la búsqueda de la perfección formal y la sutileza. Esa búsqueda alcanzó cotas no superadas durante un milenio. Mientras aquí destrozábamos el latín y el griego, olvidando los signos de la civilización, en la India, los poetas nos hablaban de las ocho pasiones de los hombres, el amor, la risa, la vitalidad, la ira, el miedo, el dolor, la repugnancia y el asombro, con ejemplos de dioses que parecen hombres y hombres que parecen dioses.

El falso mundo de los poetas

 

O genus attonitum gelidae formidine mortis,
quid Styga, quid tenebras et nomina vana timetis,
materiem vatum, falsi terricula mundi?

Leo que ahora interpretamos mal el dicho latino. Verba volant, scripta manent, no era un elogio a la permanencia de los textos escritos frente a la inconstancia de las palabras solamente dichas. No, era un elogio a la palabra dicha, la única llena de vida, inteligible. Porque la llave del discurso era su correcta pronunciación, y el texto era un cuerpo inmóvil, simple materia para la inteligencia que vuela. Es extraordinario cómo, una vez más, la interpretación no cambia porque sí. Cambia porque cambia el mundo. Ahora leer en voz alta es cosa de niños, un mal hábito que hay que corregir. Todo lo más una práctica de cuentacuentos y gentuza similar. Ahora somos civilizados y ya no paladeamos palabras, sólo caldos y guisos. Adrià es un artista y Ovidio un nombre olvidado.