Espadas

 

De noche es más fácil ver cómo cambia el color. Cómo enrojece y termina casi blanco. Por eso el forjador de espadas trabaja de noche, trenzando las tiras del alma de la espada, y añadiendo duros filos de acero, mientras con el martillo separa los restos del carbón de madera que antes añadió. Esa es la explicación del trabajo nocturno, el control preciso del fuego. Un fuego posible porque la mezcla de carbón rebaja los 1500ºC necesarios para fundir el hierro puro, en un tercio. Así, mientras el herrero añade la cantidad necesaria de carbono (una cantidad muy pequeña en peso, entre un 1% y un 4%, aunque mayor por volumen, cerca del 20 %), la va calentando y enfriando, en agua o, mejor, en orines, de donde sale el nitrógeno que formará esos cristales, nitruros de hierro, otro ladrillo de la dureza de la hoja. El forjador de espadas golpea y produce casi hojalata, recubierta por una capa de óxido. Un pan de acero que calentado puede doblarse, atrapando el óxido en su interior. La doblez es un multiplicador y diez o doce veces más tarde hay miles de capas. Los dones del herrero, el artífice nocturno rodeado de fuego y chispas, se ven en los dibujos de las curvas espadas damascenas, basiliscos como nudos, en las “hojas zorras” de Julián del Rey, el Moro, el gran maestro toledano, en el trabajo a dúo de los herreros de Solingen, que murmuraban que habían traído sus secretos de Oriente, en compañía de caballeros de San Juan, o del sol naciente de las katanas del shogunato Kamakura.

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Pueden leer sobre esto y sobre muchas otras cosas en el magnífico libro de Richard Cohen, Blandir la espada.

En ese libro encontré una fotografía inquietante porque muestra una escena que parece cotidiana. El pie nos indica que se trata de un duelo con sable a finales del siglo XIX, en un lugar y con unos protagonistas desconocidos.

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Yo Tarzán

Nos situamos en el interior de Nueva Guinea. negrerosUn jefe se acerca al comerciante y le dice talk business. Pero se lo dice a su manera. Suena como tok pisin. Sin embargo, se entienden. Se entienden porque hablan una lengua pidgin o piyin. Ese nombre, nacido, al parecer, de la forma china de pronunciar business, categoriza un conjunto de lenguas que tienen una serie de rasgos que se explican por su manera de nacer.

El proceso es similar. A veces es resultado del comercio, como ocurre con el tok pisin de Nueva Guinea, o con el russenorsk, el idioma que usaban los pescadores rusos para vender sus capturas a los comerciantes noruegos. Otras ha sido resultado de otro tipo de capturas.

Muchos piyin han nacido en África. Cuando compras hombres no te preocupas demasiado por respetar su cultura. En esos espantosos lugares situados en la costa africana o en algunas de sus islas, los seres humanos son estabulados. Y si han sido capturados juntos, adoptas la precaución de separarlos, que la unión hace la fuerza. Así que no hay quien entienda a nadie. Los esclavos no se entienden entre sí y tampoco entienden a sus captores, que hablan un mal inglés o un mal portugués, casi siempre. Sin embargo, sobre las necesidades de seguridad se impone la necesidad de dar órdenes y la de comunicarse. Así nace, mezclada con el lenguaje gestual, una lengua mínima, formada por palabras tomadas de la lengua de los negreros, palabras normalmente modificadas, y a la que se añaden palabras de las diferentes lenguas de los capturados. No existen prácticamente reglas morfológicas o sintácticas. El lenguaje es simple yuxtaposición de términos y sirve para asuntos imprescindibles.

Los esclavos son cargados en barcos y llegan algunos a algún país americano. Allí se encuentran con otros dueños, que también hablan algo que se parece al idioma de los negreros. Y se encuentran con otros esclavos, que también han pasado por un proceso similar al suyo. El lenguaje se extiende y se hace más complejo. Pero es difícil que supere un estadio primario. Hasta que aparecen nuevas generaciones. Los niños que nacen no pueden hablar las lenguas prohibidas de sus padres, salvo en secreto, y no les sirven de mucho, porque cada cuál tiene la suya. Tampoco tienen un contacto suficiente con sus dueños ingleses, portugueses o españoles, como para aprender bien su lengua. No tienen a su disposición otro idioma que el piyin que hablan sus padres. Pero, a diferencia de para éstos, para los niños el piyin no es una segunda lengua. Y ellos sí son capaces de completarla y dotarla de todos los recursos morfológicos, sintácticos y gramaticales para considerarla una lengua completa. Lo son porque la creación del lenguaje no es un producto cultural, sino natural, genético.

Apenas cincuenta o sesenta años después, ha sucedido algo extraordinario, el piyin se ha convertido en una lengua criolla.

Lo que acabo de describir muy resumidamente no es una elucubración. Se conoce muy bien la génesis de algunos de esos idiomas, como el sranan tongo de Surinam, el papiamento en alguna de las Antillas holandesas, el fa d’Ambó, en la isla de Anobón, en el golfo de Guinea, o el chabacano, al sur de Filipinas.

Una de las características más curiosas de esas lenguas criollas es que suelen ser sencillas, más sencillas que sus lenguas de origen. Hasta el punto de que algunas se han relexificado con gran éxito. Es decir, nacidas con una lengua base portuguesa, por ejemplo, cuando cambian los dueños, que son de habla inglesa, traducen literalmente sus estructuras (más sencillas ya que las del portugués) a un inglés simplificado. Una especie de fromlostiano ad hoc.

Y es que, además, la criollización no es producto necesariamente de una situación previa de dominación y de la previa existencia de un piyin. Es un fenómeno mucho más amplio, que tiene lugar cuando coexisten con gran pujanza diferentes idiomas y hay que comunicarse, casi siempre para vender o comprar algo. Por esa razón los árabes y los bantúes terminan creando el suajili, una mezcla del árabe y de varias lenguas bantúes, y los campesinos holandeses que colonizan El Cabo crean el afrikaans.

Las lenguas criollas son más sencillas normalmente porque sólo mantienen las estructuras sintácticas y gramaticales que son comunes a las lenguas de base. Por eso suelen respetar el orden sujeto+verbo+predicado. Y por eso los pronombres personales no se omiten y los tiempos verbales se limitan a una forma de pasado, otra de presente y otra de futuro, completándose con términos auxiliares.

No se trata tanto de que se vacune la carpeta, si se pretende pasar la aspiradora, o que se rapee a las tinajeras, si se habla del aumento del número de violaciones, como que la influencia mutua y la fusión resultante elimine esas particularidades tan queridas por los “buenos” hablantes de un idioma y que hacen tan complicado aprender bien una lengua extranjera. Imaginen si la lengua en cuestión pertenece a algún pueblo aislado como el inuit o el navajo. Es el proceso ya iniciado, seguramente, por el español y el inglés en Estados Unidos.

La prisión de oro

A menudo la evolución de una lengua ha tenido como motor la necesidad de preservar algún texto sagrado.

Lo que resulta extraordinario es que, una vez alcanzada la perfección suficiente para contener y develar la voz de los dioses o de sus mensajeros, se haya convertido en piedra. Eso sucedió con el sánscrito.

En el siglo IV a. e. un ¿gramático? llamado Panini decidió resolver para siempre el problema de pronunciar con exactitud las sagradas y exactas formas de los Vedas. Lo hizo escribiendo el Ashtadhyayi, una obra que reúne cuatro mil sudras, máximas, que no sólo recoge, de forma detallada, el léxico usado por los brahmanes, sino que fija procedimientos reglados y casi automáticos para su ampliación. La obra resultó tan convincente que rápidamente se la conoció como samskrta, perfecta. Y esa reputación produjo un efecto asombroso.

Los jainas y los budistas usaban otros idiomas para sus textos sagrados. También se utilizaba una forma del sánscrito diferente, llamado prácrito, en la vida cotidiana y en la propia administración. Sin embargo, el poderoso instrumento gramatical de Panini fue capaz de convertir a la forma religiosa del sánscrito en la única digna para cualquier lenguaje religioso y cultivado. Porque la gramática perfecta fue la que se utilizó para la alfabetización general que se produce en la época Gupta y no se podía ser una persona cultivada sin haberla aprendido de memoria. Al final, no sólo todos los textos sagrados de las otras dos grandes religiones de la India (antes de la aparición de los sikhs) se tradujeron al sánscrito, sino que ese fenómeno se aplicó a cualquier producción de nivel. La literatura, la poesía, los dramas, las obras técnicas y científicas. Todas utilizan el sánscrito. Y, como ha ocurrido en otros momentos y con otros lenguajes, las reglas se convirtieron en un acicate para la búsqueda de la perfección formal y la sutileza. Esa búsqueda alcanzó cotas no superadas durante un milenio. Mientras aquí destrozábamos el latín y el griego, olvidando los signos de la civilización, en la India, los poetas nos hablaban de las ocho pasiones de los hombres, el amor, la risa, la vitalidad, la ira, el miedo, el dolor, la repugnancia y el asombro, con ejemplos de dioses que parecen hombres y hombres que parecen dioses.

El falso mundo de los poetas

 

O genus attonitum gelidae formidine mortis,
quid Styga, quid tenebras et nomina vana timetis,
materiem vatum, falsi terricula mundi?

Leo que ahora interpretamos mal el dicho latino. Verba volant, scripta manent, no era un elogio a la permanencia de los textos escritos frente a la inconstancia de las palabras solamente dichas. No, era un elogio a la palabra dicha, la única llena de vida, inteligible. Porque la llave del discurso era su correcta pronunciación, y el texto era un cuerpo inmóvil, simple materia para la inteligencia que vuela. Es extraordinario cómo, una vez más, la interpretación no cambia porque sí. Cambia porque cambia el mundo. Ahora leer en voz alta es cosa de niños, un mal hábito que hay que corregir. Todo lo más una práctica de cuentacuentos y gentuza similar. Ahora somos civilizados y ya no paladeamos palabras, sólo caldos y guisos. Adrià es un artista y Ovidio un nombre olvidado.