I say to you that I am dead!

 

Uno de los lugares más visitados por la noche era el cementerio. Para saltar la valla, bastaba alguien que te encaramase y algo de combustible. Una noche, una de las chicas se puso a hablar de psicofonías y fue inevitable que terminásemos buscando un casete. Medio pedos, de madrugada, salimos en procesión desde el depósito, por el camino del cementerio. Mientras, contaba J una historia sobre dos a los que habían pillado follando sobre una lápida: él se subió rápidamente los pantalones y salió corriendo, hasta que tropezó y se cayó en una de las tumbas. Carne de psiquiatra, nos decía J, con sorna. P, que era muy alto, fue el primero en subir la valla y fue ayudándonos a los demás. Menos mal que había luna, porque se nos había olvidado coger los utensilios más elementales del cazafantasmas. En una esquina del cementerio, había una pequeña construcción. M, que era del pueblo, nos dijo que era la sala de autopsias, que ya no se usaba. “Cojonudo – dijo J -; seguro que si dejamos allí el casete grabando pillamos algún alma en pena”. Así que eso hicimos. Volveríamos media hora más tarde, a recoger el aparato y la cinta. Saltamos otra vez. Fuera esperaban las chicas, que no se habían atrevido a entrar, salvo la hermana de P, que no se arrugaba por nada. Seguimos bebiendo, sentados cerca de la carretera, hasta que, pasado un par de horas, alguien se acordó del motivo de nuestro viaje. P se levantó de un salto, como si hubiese sufrido una descarga eléctrica, y salió corriendo hacia el cementerio. Nos empezamos a descojonar de risa, hasta que alguien dijo que no debíamos dejarlo solo, que podía pasarle algo. Así que fuimos, tambaleándonos, hasta las tapias. J me pidió que lo izase. Lo levanté hasta que pudo apoyar las manos en lo alto del muro y, en ese momento, unas manos frías agarraron las de J con fuerza. Dio un grito espantoso, a la vez que se oía una especie de aullido dentro del cementerio. Era P que gritaba “¡ayudadme, ayudadme, alguien me ha agarrado las manos!”. P había entrado en el cementerio, había recogido el casete y, en una de esas casualidades tan inoportunas, había puesto las manos, a la vez y en el mismo sitio, que J. Ya no nos reíamos tanto. Una especie de mala niebla se había extendido entre nosotros, así que corrimos por el camino hasta la carretera, y luego nos encaminamos a la plaza del pueblo. Dos míseras farolas servían para alumbrarnos, sentados en dos bancos, uno enfrente de otro. Era muy tarde y no había nadie en la plaza, salvo nosotros. Todo estaba silencioso y, aunque estábamos muertos de sueño, no podíamos marcharnos sin oír la grabación. La pusimos y, después de escucharnos a nosotros mismos, comenzó el típico ruido de ambiente, durante un buen rato. Hasta que, pasados uno minutos, oímos una especie de quejido, largo y agudo. Rebobinamos la cinta varias veces para escucharlo mejor y más de uno empezó a decir que ese ruido no era normal, que allí no había nadie, que fijo que habíamos grabado la voz de un espíritu. Hasta que J, con ese espíritu práctico que tenía, sugirió continuar escuchando la cinta. Le dio al play y seguimos escuchando. Allí estaba la prueba: el inconfundible balido de las ovejas.

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En el hospital empleaban a gente que estaba haciendo la mili. Era una buena manera de ahorrarse el contratar enfermeros. A los nuevos les hacían novatadas. Una de las tareas más desagradables era la de transportar cadáveres hasta el depósito, que estaba en el segundo sótano. Había llegado un chico nuevo. Era su primera noche en el hospital y los demás le dijeron que tenía que llevar un muerto. “Mira, nosotros te ayudamos a echártelo a las espaldas, entras al ascensor y lo llevas hasta el sótano, allí te están esperando”. No pensó que era un extraño procedimiento ese de echarse un cadáver al hombro. Seguramente el miedo y la reverente necesidad de obedecer le impidieron dudar de lo que le decían. Así que dejó que le cargasen aquel bulto. Cuando se cerraron las puertas empezó a mirar, con angustia, como se encendían lentamente los botones con el número de los pisos, hasta que, de repente, el muerto se levantó, y empezó a gritar. En el sótano esperaba el resto de compinches. Iba a ser una gran noche, pero, cuando se abrió la puerta, se encontraron al chico nuevo, gritando aterrado, y golpeando con furia a ese muerto que había decidido revivir, que de nuevo parecía un bulto, en el suelo del ascensor. El bromista estuvo a punto de representar de verdad el papel de cadáver, y el nuevo siguió en el hospital, pero en la planta 8ª, donde los pirados.

¡Lo juro, las malas son las hembras!

En varias ocasiones me han hecho una petición. Tiene que ver con las listas o con la manera de escoger. Ya sé que no es lo mismo, pero el fondo del asunto es coincidente. Me pide alguien que le diga qué libros debe leer sobre determinado asunto, o que le confeccione una lista de obras de música clásica o algo parecido. También me han preguntado el procedimiento para, por ejemplo, escoger un libro que leer o una película que ver.

No sé por qué algunas personas que me conocen dan por supuesto que la lista que pueda darles será más o menos representativa o interesante o tendrá la cualidad que sea, o que tengo más habilidad que otros para elegir en asuntos de esta índole. Confunden seguramente un rasgo de carácter con la realidad. Desde siempre he tenido mucha jeta. La capacidad para hacer afirmaciones arriesgadas y basadas en la más absoluta de las ignorancias, con gesto rotundo y mirada de sédeloquehablo, ha llevado al común a darlas por buenas sin más. Lo más asombroso del asunto es que esto le pasa incluso a personas que me conocen desde hace mucho. Tiene que ver esto, creo, con un vicio (seguro que lo es) que desarrollé desde niño: la capacidad de almacenar detalles secundarios que reforzaban las historias más inverosímiles.

Les contaré algo rigurosamente cierto. En cierta ocasión mis padres me dieron dinero para comprar unos libros, si no recuerdo mal de derecho; y debió suceder en primero de carrera. Compré los libros, pero antes de volver a casa, caí en la tentación. Me compré unos discos, en una tienda de segunda mano, y prácticamente me gasté todo lo que me habían dado. Al volver iba rumiando cómo evitar que alguien se diera cuenta de la distracción del dinero. Sabía que iba a sonar extraño que me hubiera sobrado tan poco y que, en consecuencia, era posible que se me exigiesen los tickets. Así que de camino decidí hacer lo siguiente: cogí unas cuantas monedas, las conté, y me las guardé en el bolsillo del pantalón. Resté esa cifra de la suma inicial y calculé una cuenta ficticia. La clave es que fuese exacta. Incrementé el precio de cada libro lo suficiente para que el total fuese igual a la diferencia y anoté los “precios” en un papelito. El plan era arriesgado, pero podía dar resultado. Al llegar a casa, después de esconder lo más rápido que pude la prueba del delito, mi madre, que andaba por la cocina, me pidió la “vuelta”, metí la mano en el bolsillo, y saqué las monedas. Y me fui. Mi madre me llamó y me dijo: “¿cómo es posible que te haya quedado tan poco?”. Al oírlo mi padre apareció de repente; creo que olió sangre. En ese momento, dije que estaba harto de que fuera tan desconfiada, que los libros habían sido más caros de lo esperado y que solo me habían quedado esas monedas. Y la reté. Le dije, “venga suma”. Buscó un cuaderno y empezó a sumar. Yo saqué mi papelito y empecé a decir el “precio”. Y al final le dije, “suma lo que te he dado”. La coincidencia, la asombrosa coincidencia, fue suficiente. Me pidió perdón y tuve una extraña sensación, mezcla de vergüenza y de satisfacción.

Debido a esto mi mujer sigue sin creer que le digo la verdad cuando afirmo, por ejemplo, que sólo las “mosquitas” (esas hembras chupasangre) pican y que los mosquitos son insectos amigables. Y este es un ejemplo entre un millar.

No, no estoy diciendo que sea un insolvente, pero tampoco el “hombre del renacimiento” que algunos han deducido de mi capacidad fabuladora (y no hablo de literatura). No hay método. Al final, creo que nos fiamos del gusto de personas con las que coincidimos, pero más que por su saber, por su actitud ante la vida. Si no sé de algo, ¿cómo puedo calibrar hasta que punto otro sí sabe? A lo mejor estamos en presencia de un lector de contraportadas.

Esta especie de prevención no debe llevarse, sin embargo, al extremo. El extremo te obliga al autodidactismo y eso es algo malo, muy malo. Termina uno llevando un traje con una manga más larga que otra. Se lo aseguro. Créanme, sé de lo que hablo.

¿Me creen, verdad?

Etimologías

 

En el quinto curso de carrera encontré, por fin, una asignatura que me gustaba. Para aclarar la razón debo ir, más aún, hacia atrás en el tiempo, hasta la fecha en la que tuve que escoger en qué carreras -y por qué orden- solicitaba ser admitido.

Nos exigían que pusiésemos tres nombres, por si no obteníamos plaza en alguna de ellas. Ya andaba despistado desde unos años atrás y por llevar la contraria había cursado letras puras en vez de ciencias. Ésa es una de las decisiones de las que más me arrepiento. Opté, por pura soberbia, por letras puras y así, en vez de refugiarme en asuntos serios como las matemáticas o la física, terminé adornándome con libros de filósofos; libros que me seguirían durante unos años y en los que creí descubrir algo sobre la verdad, cuando sólo te enseñan algo sobre el discurso. Sucedió que, al escoger carrera, estuve a punto de escribir, en primer lugar, filosofía. Alguna luz interior me hizo cambiar a tiempo y ponerla en segundo lugar, después de derecho, como protesta simbólica y cobarde contra mí mismo.

Eso no me libró de seguir leyendo a filósofos y otros oscurantistas charlatanes durante años. Por esa misma razón (y vuelvo con ello al principio), tuve que esperar a quinto de carrera para dar con una asignatura de mi agrado. Bueno, no es totalmente correcto, me gustó mucho la de economía, pero fue por otras razones que no vienen al caso. Es curioso, ahora que lo pienso; durante la carrera las dos asignaturas que aprecié fueron las menos jurídicas. En fin, sigo, que se ve que aún ando despistado. Esa segunda asignatura fue Filosofía del Derecho. Topé con un buen profesor (¡consiguió que asistiera a clase!), que permitió a cualquiera de sus alumnos sustituir el examen por un trabajo.

Fui a hablar con él y le planteé la posibilidad de hacer un trabajo acerca de las Lecciones sobre la Filosofía del Derecho de Hegel. El profesor me advirtió sobre su dificultad, pero yo le repliqué con un “usted no sabe con quién está hablando”. Acababa de leerme la Lógica de Hegel y segundo a segundo era capaz de percibir como mi mente creaba el mundo desde el Ser hacia la Nada, de la Nada hacia el Ser ,y de ahí al devenir de la gilipollez. Así que el buen hombre, no sé si resignado o divertido, aceptó mi órdago con benevolencia.

A lo largo del curso fui desmenuzando el puto libro y anotando reflexiones que intentaba sistematizar y, como siempre me fumaba la última hora (la de derecho mercantil), solía coincidir con mi profesor camino del metro. Hablamos mucho durante ese curso, de muchas cosas y, entre ellas, fue asistiendo a la deriva de mis reflexiones sobre el libro y sobre Hegel.

Creo que por vez primera había decidido aplicarme, en serio, al análisis de un texto. ¿Antes?, ¿para qué? Ya lo entendía todo, a toda velocidad, devorando libro tras libro; sentía que las mías eran, sobre cualquier asunto, las únicas interpretaciones auténticas y nunca dudaba, ni cuando dudaba, porque tenía la capacidad de encontrar respuestas provisionales, que no me satisfacían, pero que salían triunfantes en los debates dialécticos.

Las Lecciones sobre la Filosofía del Derecho es una de las obras más atinadas de Hegel, de las más interesantes, de las menos afectadas por su diarrea verbal. Es curioso que ese libro práctico fuese el que me llevó a odiar a Hegel y después a otros, y a plantearme si no llevaba años afinando la estúpida máquina de contar mentiras.

No llegué a terminar el trabajo. Unas semanas antes de finalizar el curso le llevé a mi profesor un montón de folios con anotaciones, comentarios y tachones. Extrañamente, los leyó y los discutió con algún compañero de departamento; me dijo que no estaba de acuerdo con la mayoría de las cosas que decía, pero que obtendría una matrícula de honor. No la merecía; aquello que le había entregado carecía de orden, de sentido, estaba lleno de contradicciones, de frases sin terminar; pero no la rechacé.

Todavía hoy defiendo la conclusión fundamental a la que llegué. La que aparecía más a menudo entre aquel montón de balbuceos, un mojón o una guía para mi perplejidad: la idea de que la libertad es una facultad sin contenido, permanentemente vacía, repleta de potencia.

Curiosamente, ése fue el único error que mi profesor califico como gravísimo. Ésas fueron sus palabras, antes de hacer lo que no debía: premiarme por entregar un trabajo que no llegué a escribir.

Dudo mucho de que lea esto. Dudo de que, si lo lee, lo recuerde. Mi profesor se llamaba Enrique. Era afable y, ya lo he dicho, benevolente.

 

Beber para no olvidar

 

A menudo, de niño, me acercaba al garaje de mi padre. Era un lugar fabuloso, lleno de coches y camiones, con ruedas y motores, con muchos trastos acumulados durante años. Tenía una larguísima mesa de trabajo, con sus tornos y unas planchas de madera colgadas de la pared, llenas de herramientas, ordenadas por tipos y tamaños; allí las llaves de tubo, aquí las fijas, los destornilladores, los alicates, las inglesas, la taladradora y las sierras. Algunas eran enormes. Las cajas, con tuercas y tornillos de todas clases, y las arandelas. Encima de la oficina tenía un altillo al que sólo podía subirse usando una escalera de mano que no llegaba. Era muy difícil porque tenías que soltar las manos y seguir subiendo, haciendo equilibrios, pero lo hacíamos porque en el altillo descubríamos las cosas que no valían, justo las que más pueden gustar a los niños. Y si subir era difícil, más lo era bajar, porque tenías que descolgarte lentamente, hasta tocar el último peldaño. Cuántas veces bajé mientras alguno de mis hermanos esperaba, encaramado a la escalera, a que mis pies colgasen y poder colocarlos. A menudo, sobre todo cuando mi padre no estaba, en una de esas semanas de quince días en que andaba de negocios, jugábamos a pelota con las palas. Lo difícil era jugar cuando éramos tres, porque entonces teníamos que usar la pala de mi padre, una que pesaba muchísimo y era más estrecha, y era muy difícil dar a la pelota. Eso sí cuando acertabas, badabuum, golpeaba con tanta fuerza en la pared que parecía fuera a hacer un agujero. Allí pasábamos las horas y a veces hasta teníamos que amenazar a alguno de la calle que se empeñaba en usar la puerta metálica como portería. Ventajas de ser cuatro, supongo. El mejor día era el viernes, si estaba. Llegábamos del colegio y salíamos corriendo para allí, trasteábamos y le sujetábamos la luz, esa que se enchufaba con un cable muy largo, con un mango y una especie de reja metálica para evitar que te quemases, o te decía que te metieras bajo el coche para vaciar el aceite, o te dejaba limpiar con ácido la grasa del compresor que acababa de comprar, o usar la pistola para pintar un capó, poniéndote la mascarilla, o simplemente te sentabas en uno de los taburetes y veías como desmontaba un carburador, limpiando cada parte y colocándolas ordenadamente para poder montarlo de nuevo. Y luego, a eso de las nueve, volvíamos todos juntos, después de habernos lavado las manos y los brazos con ese jabón que tenía, tan asqueroso, como una pasta, y que olía tan mal. Y antes de subir a casa entrábamos al bar de Félix, en la esquina de abajo, y nos tomábamos unas cervezas. Tenía fama Félix de tirar la cerveza muy bien, aunque yo no sabía qué significaba eso. Bebía claras y comía esos boquerones en vinagre, nunca los he vuelto a probar igual, o las patatas alioli. Allí hablaban de toros y fútbol. No había nada tan fantástico como verte, no tenía ni diez años, bebiendo cerveza y pisando cabezas de gambas, mientras Félix limpia los vasos, el agua corriendo y la camisa blanca remangada.

 

Su historia favorita

 

Un día de Navidad recordábamos cosas. Mi hermano mayor se reía. Por aquel entonces estudiaba medicina y me lo dijo. Sí, me dijo: “tú, tú eres un psicópata explosivo”. No sé quién, alguien que no era de la familia, estaba sentado a la mesa, pero sé de su presencia porque mi hermano se molestó en explicar lo que era evidente para todos los demás. Comenzó recordando el día que me dejé olvidada la cartera en el colegio y me dediqué a pegarle patadas a las paredes, hasta que mi pobre padre tuvo que darme una bofetada (solo dio dos a sus hijos a lo largo de su vida, y la otra también me la dio a mí). Luego siguió con aquella otra ocasión, cuando un chico nuevo decidió que yo iba a servirle de demostración de su candidatura a macho alfa y casi le estrangulo. Pero su favorita -tan favorita que la contaba siempre que podía-, tenía ya muchos años.

“Habíamos ido al otro colegio -decía-, al que estaba cruzando la calle, donde estaban las clases de párvulos y algunas de EGB. Teníamos que recoger a A (mi hermano pequeño), que entonces estaba en párvulos. El colegio tenía un patio cuadrado y alrededor, en lo alto de unas escaleras que servían como gradas, estaban las clases. Cuando sonó el timbre, salieron primero los niños de EGB y uno de ellos, un gordo enorme, se puso en la puerta de la clase de A, y no dejaba salir a los pequeños. Todos los niños se agolpaban en la puerta, empujándose, y gritaban, y el gordo, agarrado a los marcos de la puerta, resistía los empellones y se reía. Me giré, para decirle a J, ‘fíjate en ese gordo’, pero allí no había nadie. J había salido corriendo a toda hostia. Subió las gradas, agarró al gordo del cuello, y lo lanzó escaleras abajo. El pobre crío no se enteró de lo que le había pasado. Todo el mundo se quedó mirando, con la mirada esa que pone la gente cuando presencia algo incomprensible. Fui hasta allí y le dije, ‘¿pero qué haces?’. Y me contestó: ‘no les dejaba salir’. Era lo único que había tenido en cuenta, que no dejaba que saliera su hermano. “

Siempre que contaba esta historia, los demás, los de fuera de la familia, me miraban con esa pequeña sombra que se mezcla, cuando no sabes si eso inquietante que te cuentan de alguien que tienes delante está o no adornado por los años y los brotes de las repeticiones. Los demás. Mis hermanos no. Ellos no. Para ellos, el asunto siempre estuvo meridianamente claro. Al final hasta le encontraron un nombre.

 

Un coche y algunos números que le rodean

Sigamos hablando de coches y de sus números.

El amigo Lehningen se queja, sólo veladamente, de que use el kilowatio y no los caballos para dar la potencia del coche. Es la forma recta de proceder para poder comparar con otros dispositivos energéticos y entender sus tamaño.

Por ejemplo, comparado con lo grande: 110kW no son nada ante los 1000MW (megawatios) de un reactor nuclear típico como el de Almaraz. Hay como un factor 10000 de diferencia entre uno y otro. Comparado con lo pequeño 110kW son mucho frente a los 5kW que se contratan habitualmente para el consumo eléctrico de una casa. Un factor 20.

El factor interesante aquí es la densidad energética del combustible. La gasolina se quema dentro del motor según esta reacción

\underbrace{\frac{25}{2}\mathrm{O}_2}_{\text{aire}}+\overbrace{\mathrm{C}_8\mathrm{H}_{18}}^{\text{gasolina}}\rightarrow 8\mathrm{CO}_2+9\mathrm{H}_2\mathrm{O}

En ella el hidrocaburo (la gasolina) reacciona con el oxígeno del aire para producir dióxido de carbono, agua y liberar energía a razón de aproximadamente 32MJ/L (cada litro de gasolina combustionada libera 32 megajulios de energía). Esta magnitud es la densidad energética de la gasolina.

Hagamos entonces unos cálculos sencillos, los cincuenta litros del depóstito de combustible permiten almacenar 32x50MJ=1600MJ=1.6GJ. Esto no dice mucho porque no sabemos apreciar cuánto es un julio de energía: bueno yo si lo sé y les diré que un julio de energía es muy poco para este contexto, lo que necesita un coche para avanzar unas micras.

Los términos de potencia son más fáciles de entender. Pensemos entonces en el tiempo que tardamos en llenar el depósito con 50L de gasolina. Yo diría que no va mucho más allá de dos minutos. La razón entre la energía que suministramos y el tiempo que tardamos en suministrarla da la potencia del surtidor de gasolina:

50 \mathrm{L}\times{32}\frac{\mathrm{MJ}}{\mathrm{L}}\times\frac{1}{2\mathrm{min}}\times\frac{1\mathrm{min}}{60\mathrm{s}}=13\frac{\mathrm{MJ}}{\mathrm{s}}=13\mathrm{MW}

Esos 13 megawatios es una potencia descomunal medida bajo cualquier parámetro de consumo doméstico. Como un mega son mil kilos, supone unas 2000 veces la potencia nominal de un hogar. Esto (que no es más que la densidad energética de la gasolina unida a la facilidad de transporte y llenado por ser una sustancia fluida) explica el enorme éxito de este tipo de combustible.

Pero comparemos este potencia con otra cosita. Los alimentos que consumimos tienen el mismo origen y naturaleza que la gasolina que consume un coche. En un momento dado una plantita realiza una reacción de fotosíntesis y consume dióxido de carbono y energía en forma de luz solar para producir un hidrocarburo orgánico. Químicamente el hidrocarburo es carbono reducido y su oxidación (la reacción que ponía antes) es lo que genera energía. Esa oxidación puede producirse dentro de la cadena trófica o muchos millones de años después (si el hidrocarburo no ha llegado a ser oxidado en ese tiempo) dentro de un motor de explosión.

El consumo energético diario de una persona que no realiza una actividad física extra es de unos 10MJ. Supongamos que esa toma se realiza en una única comida que dura, aproximadamente, una hora y media. La potencia deglutiva máxima del sujeto sería sólo de

10\mathrm{MJ}\times\frac{1}{1.5\mathrm{h}}\times\frac{1\mathrm{h}}{3600\mathrm{s}}=1.85\mathrm{kW}

una cantidad irrisoria comparada con el llenado de un depósito.

Sigamos avanzando, he comprobado que mi coche mantiene un régimen de 100km/h con una eficiencia de 20km/L (la combustión de un litro de gasolina permite recorrer 20km en llano a 100km/h). Si dividimos un número por el otro obtenemos un consumo de:

\frac{100\mathrm{km}/\mathrm{h}}{20\mathrm{km}/\mathrm{L}}=5\mathrm{L}/\mathrm{h}

y si consideramos la densidad energética de la gasolina tendremos:

\underbrace{5\frac{\mathrm{L}}{\mathrm{h}}}_{\text{consumo}}\times\overbrace{32\frac{\mathrm{MJ}}{\mathrm{L}}}^{\text{densidad}}\times\frac{1\mathrm{h}}{3600\mathrm{s}}=44\frac{\mathrm{kJ}}{\mathrm{s}}=44\mathrm{kW}

Así que a ese régimen el coche está desarrollando la mitad de su potencia nominal. Digamos que el coche va muy desahogado. Podría acelerar, aumentar consumo y velocidad desarrollando más potencia sin mucho problema.

Esta potencia es el doble de la potencia nominal de una caldera de calefacción moderna de bajo NOx que suelen estar en los 20kW. Estas calderas aprovechan la combustión del gas natural (metano) o del propano (ambos son hidrocarburos) para calentar agua. La enorme potencia que necesitan se debe a que están pensadas para satisfacer demandas puntuales muy fuertes: cuando abrimos el grifo de agua caliente queremos que salga caliente (entre treinta y cuarenta grados más caliente de lo que entra) y queremos que calentar un flujo confortable de agua (hasta 13 litros de agua por minuto).

En ambos casos (coche y caldera) el sistema energético está funcionando sólo en determinadas horas del día. De hecho este es un hándicap económico del coche en forma de coste de oportunidad perdido. En mi caso puedo consumir un depósito en dos semanas, aproximadamente, si no estoy realizando viajes. La potencia media sería:

50 \mathrm{L}\times{32}\frac{\mathrm{MJ}}{\mathrm{L}}\times\frac{1}{15\mathrm{d}}\times\frac{1\mathrm{d}}{24\mathrm{h}}\times\frac{1\mathrm{h}}{3600\mathrm{s}}=1.23\mathrm{kW}

Frente a esto una persona está permantemente viva y consumiendo energía constantemente. Los 10MJ que consume de ingesta diaria suponen entonces un promedio diario de:

10\mathrm{MJ}\times\frac{1}{1\mathrm{d}}\times\frac{1\mathrm{d}}{24\mathrm{h}}\times\frac{1\mathrm{h}}{3600\mathrm{s}}=0.11\mathrm{kW}

Esta potencia explica que diez personas reunidas en una habitación la caldeen apreciablemente. Disipan aproximadamente 1000W, como un calentador mediano.

El consumo del coche del presente

En esta segunda entrada sobre el coche del presente voy a hablar del consumo como se deduce sagazmente del título.

Tengo la manía de controlar cuanta gasolina echo al coche. Desde 1994 (cuando compré el primero) he necesitado unos 23 metros cúbicos de gasolina (calculen para cuántas piscinas olímpicas da eso que yo les digo el costo: unos 23000 euros) para recorrer unos 280 millones de metros (varios campos de fútbol). Eso son números brutos que dan una eficiencia media de 11.8 kilómetros por litro. Aproximadamente 8.5 litros a los cien.

Estos números grandes dan una imagen global y amortiguan la diferencia entre el consumo urbano y el interurbano. Pero es preferible a cálculos instantáneos por su complejidad. Idealmente deberíamos tener el depósito en un cierto nivel (normalmente completamente lleno), recorrer una distancia y rellenar de gasolina hasta alcanzar el mismo nivel de llenado que en el repostaje anterior. En la práctica es difícil asegurar la repetitividad de los llenados. Cuando consideramos toda la vida del vehículo la diferencia que pudiera existir entre el nivel del primer llenado y el último es poco importante.

Mi coche anterior, cambio manual y 75kW, consumió unos 12.5 metros cúbicos para recorrer 144000 kilómetros. Cada litro sirvió para recorrer 11.5 kilómetros.

El coche nuevo, cambio automático y 100kW 110kW, lleva recorridos unos 5000 kilómetros y ha necesitado medio metro cúbico aproximadamente. La eficiencia ronda los 12.4 kilómetros por litro. Casi 8 litros a los 100.

Las comparaciones son evidentes: un coche de 75kW del año 2004 consume un 8% más que un coche de 100kW110kW del año 2015. En realidad el consumo de este coche es parecido al del utilitario de 60kW que tuve entre 1994 y 2004. Casi el doble de potencia, mismo consumo. ¿Por qué?

Una buena parte de la culpa la tiene, sin duda, la mejora energética de los motores. En 20 años ha habido una evolución tecnológica importante que me resulta difícil describir correctamente. Al final hablaré de una de esas mejoras.

La otra parte es más sutil: es más fácil de mejorar el consumo de mi coche actual que el de los anteriores. De hecho una de las razones por las cuales no puedo hablarle del sobreviraje o subviraje del coche, de su aplomo y su dinamismo es porque últimamente procuro circular de la forma más eficiente energéticamente compatible con las condiciones de tráfico. Y esto es mucho más fácil con mi coche actual que con el pasado.

Antes de seguir voy a recordar los aspectos principales que tienen que ver con el consumo de un coche. Primero está el hecho de que el motor esté encendido y los sistemas auxiliares (el aire acondicionado, por ejemplo) demandando energía. Segundo, cambiar el estado dinámico de un coche de una velocidad a otra mayor implica un gasto extra de combustible: hay que pisar el acelerador, abrir el grifo de la gasolina y quemar a más tasa; también hay un gasto extra si hubiera que modificar la altura geográfica por la que circula un coche. Tercero, mantener una velocidad constante requiere un consumo extra de gasolina porque sino el coche se frenaría por el rozamiento con el asfalto (los neumáticos importan) y con la atmósfera (la aerodinámica importa).

En mi coche anterior esto significaba poco menos que acelerar suavemente, ir a una velocidad legal y procurar anticiparse a los eventos dejando de acelerar o desactivando el control de velocidad en el momento adecuado.

En el coche actual hay más detalles a tener en cuenta. Primero, sin duda, los sistemas modernos de start and stop. El hecho de que el motor se pare cuando el coche se detiene y no consuma al ralentí. La wikipedia estima que el consumo en régimen de standby durante un ciclo de conducción urbana supone un 17% del total. Así parece que todo son albricias aunque… es una jodienda en el verano hispano porque supone la desconexión del aire acondicionado. No se preocupen, el termostato arranca el coche si es necesario seguir enfriando el habitáculo.

Además la gestión del cambio automático se realiza en tres modos de conducción: normal, deportiva y económica. La normal poco tiene que explicar; la deportiva estira más las marchas y acelera más bruscamente lo que implica más consumo por la segunda componente. La tercera, la económica, implica dos cambios. El más esperable es que la aceleración es más suave, lo que reduce el consumo. Pero, además, el coche tiene un método de navegación a vela que es útil en mucho casos: cuando el conductor deja de pisar el acelerador y el modo económico está activado la marcha se desengrana y el coche va por inercia consumiendo sólo lo que necesita el motor por estar encendido.

La diferencia con dejar de pisar el acelerador simplemente es que con una marcha engranada la resistencia del motor frena antes el coche. Sin marcha engranada no existe esa resistencia y el coche navega libremente más tiempo.

El sistema tiene sus peligros/inconvenientes intrínsecos. Es un poco suicida usarlo en una cuesta abajo ya que el coche se lanzaría desenfrenadamente. Pero uno no deja de tener un cierto control: pulsando las levas del cambio de marcha (que están en el volante como las de los fórmula 1) la marcha se engrana y el freno-motor empieza a actuar.

Bien gestionada la navegación sin freno motor debe ahorra una cantidad estimable de gasolina especialmente en recorridos que uno realiza habitualmente y en donde se puede diseñar una estrategia óptima. Por ejemplo esa cuesta arriba que se sube todos los días tal vez pueda hacerse simplemente por inercia. Esa rotonda en la que tenemos que parar casi obligatoriamente y que está al final de una larga recta: podemos dejar que el coche recorra quinientos metros sin que consuma más gasolina que la debida al ralentí. O en la desaceleración que supone la salida de una autopista. O la visión de un semáforo en rojo varios centenares de metros adelante.

Hay otros dos detalles a tener en cuenta. Primero que con un cambio automático se puede circular a 50km/h (mantenidos por el control de velocidad) por una gran ciudad muy cómodamente: la elección de marcha es siempre la adecuada. El segundo detalle es una mejora técnica del motor que me tiene un poco mosqueado. El motor del coche dispone de un sistema de gestión activa de cilindros ACT que es capaz de desactivar dos de ellos cuando no son necesarios para mantener el ritmo de marcha. Idealmente esto ocurriría en una autopista a una velocidad constante. Desactivar dos de los cuatro cilindros supone un ahorro de combustible considerable.

Mi problema es que no sé si esos cilindros se desactivan realmente o no. En el concesionario me dicen que no debo notar nada. Sólo una bajada de consumo. El manual (y en el enlace) dice que aparece un aviso en el cuadro de mandos; aviso que nunca veo.

Más problemas. En el concesionario me aseguran que el sistema de gestión inteligente de cilindros se activa después de un cierto tiempo de mantener las mismas condiciones de conducción. Y claro, pienso que a lo mejor en la plana Alemania tiene más sentido que en la ondulada Iberia: prueben a ir de Sevilla a Córdoba y cuenten cuántas tachuelitas tienen que pasar. Peor aún, a lo mejor la gestión activa de cilindros no es muy activa cuando fuera hace 40 grados.

Sea como sea los resultados son muy buenos. Esta es una imagen del viaje de ida a la playa
consumo-1

La eficiencia de 18.3km/L equivale a un consumo de 5.46L/100km.

Al regreso el viaje fue así

consumo-2

Con una diferencia del 1% podemos darlo por repetido. En ambos casos se trata de viaje en autopista a una velocidad moderada de 100km/h con tramos extensos a 90km/h o menos (long story).

El consumo combinado de ambos viajes junto con el trayecto urbano realizado en la playa da este resultado:

consumo-3

Con una eficiencia de 18.5 kilómetros por litro los cincuenta litros del depósito darían una autonomía de 925 kilómetros. Es uno de mis planes. Cargar el coche, llenar el depósito y tirar hasta que diga basta. Volver a llenar y comprobar si da para el regreso.

El coche del presente

He comprado un coche y ha pasado ya tanto tiempo que cabría decir que lo compré. Hoy voy a hacer en esta entrada de crítico automovilístico. No seré un crítico al uso. No sé distinguir si un coche tiene una conducción divertida o aburrida. Si transmite sensaciones positivas o negativas al tomar una curva o al hacer un viaje largo. No me importa mucho si subvira o sobrevira y, sobre todo, no sé qué coño es el aplomo. Así que será un poco diferente.

Mi coche anterior era un Golf-V de 75kW (no pienso decirles cuántos campos de fútbol es eso) con un cambio manual de cinco velocidades. Disponía de algunas comodidades: asientos, lunas, climatizador bizona, radio, control de velocidad, ABS, ESP. Un coche fácil de conducir del que sólo molestaba su pertinaz tendencia a arrancar a la tercera cuando hacía calor. Exacta y precisamente a la tercera.

El coche nuevo es un Golf-VII de 100kW110kW con cambio de siete velocidades con doble embrague automático. Y algunas cositas que hacen que el coche se conduzca sólo, literalmente. De eso quería hablarles ahora.

Por ejemplo el control de velocidad se ha mejorado ahora con un control “adaptativo” de velocidad. El coche dispone de un radar que controla la distancia con el coche que le precede. Si el sistema está activado el coche una distancia de seguridad actuando sobre el freno. Si hay espacio el sistema actúa sobre el acelerado y lleva el coche a un nivel de velocidad prefijado anteriormente.

El coche, en resumen, adquiere autonomía y se hace menos dependiente de la acción humana. En autopista uno selecciona la velocidad adecuada y punto. Ante la presencia de un vehículo más lento (pero suficientemente rápido) el coche frenará suavemente para adecuar la distancia de seguridad.

En ciudad el modo no cambia mucho. Si uno selecciona la prudente velocidad de 50km/h el coche adecuará la marcha a las circunstancia del tráfico. Ante la llegada de un semáforo en rojo, con algún coche ya detenido, el sistema es capaz de detener el coche suavemente. Con el sistema de start and stop el motor se detiene. Cuando el tráfico recobra vida y el coche antecesor se mueve el motor se reinicia. Entonces basta presionar un poco el acelerador para que el coche salga andando, acelerando y cambiando de marchas de forma suave.

Se supone que el sistema es capaz de detectar lo que él cataloga como una colisión inminente. Esa alarma me ha saltado varias veces; todas en circunstancias aparentemente poco peligrosas y urbanas. En todos los casos he reaccionado de la misma forma, pisando el freno o modificando la dirección. Así ignoro si ante la ausencia de respuesta adecuada del conductor el sistema frenaría bruscamente el coche. No tengo muchas ganas de comprobarlo.

La mayor preocupación que puede tener el conductor es saber si el sistema funciona y evitar adoptar una postura pasiva y despreocupada ante la conducción; porque la ayuda es sólo ayuda. El sistema puede dejar de funcionar simplemente porque el radar esté obstaculizado por barro o por una lluvia fuerte. O, simplemente, el sistema detiene el coche si otro coche ya se ha parado ante un semáforo en rojo; si no, es el conductor quien ha de accionar manualmente el freno ante un semáforo en rojo. Por tanto no vale para evadirse.

La segunda ayuda de las que le voy a hablar es el sistema de detección de hombre-muerto (en jerga ferroviaria). El hombre-muerto en un tren es el sistema que se asegura de que el maquinista está dentro de la cabina y consciente porque responde a alarmas intermitentes. El tráfico de pasajeros es obviamente diferente al tráfico ferroviarios y así también lo es su sistema de hombre-muerto.

En mi caso parece ser que el coche detecta la presión de las manos sobre el volante e interpreta si la presión es adecuada o no. Emite una alerta de cansancio y sale una tacita de café en el cuadro de mandos con la sugerencia de “haga una pausa.”

Me ha saltado varias veces pero no he pasado de esa fase. En teoría si uno no responde adecuadamente ante la alarma o si el sistema cree persistentemente que te has quedado dormido, inconsciente o directamente muerto, el coche se para.

El último asistente que quiero mostrar es el de carril. Su principio de funcionamiento es muy sencillo: cuando se circula a más 50km/h un sensor detecta las marcas blancas de carriles (si existen) y trata de mantener el coche encarrilado. El sistema se desactiva automáticamente si se conecta un intermitente.

La sensación es que el volante se endurece, cuesta un poco moverlo. La sensación es complementaria del hecho de que las direcciones asistidas suelen endurecerse con la velocidad pero, en este caso, es peculiar.

Una consecuencia del sistema de asistente de carril es que en una autopista no hay que preocuparse de la dirección. En serio. Uno tiene que poner las manos en el volante y hacer presión para que el hombre-muerto no se queje pero, realmente, se puede dejarlas ahí, de adorno. El coche traza por sí mismo las curvas suaves de una autopista o carretera. En realidad es de primero de robótica construir un ingenio así: cualquier alumna aventajada de bachillerato podría hacerlo.

Me resultó fácil acostumbrarme a no mantener pisado el acelerador y que el control de velocidad “llevase” el coche; pero dejar el timón es otro cantar. Es decir, la inercia de la vida te lleva a que tú traces la curva.

Sí es fácil abandonar el timón del barco en otras: al aparcar. El asistente de aparcamiento es gadget anecdótico y divertido que hace las delicias de los niños. El coche ha de pasar por un hueco; unos sensores lo detectan si se va a una velocidad suficientemente bajar. Entonces uno selecciona la marcha atrás (el sistema siempre actúa después del hueco y, por tanto, la maniobra se inicia siempre hacia atrás) y puede soltar el volante, preocuparse sólo del acelerador, freno y de las alarmas de obstáculo que suelen pitar.

También es una comodidad pijera el asistente para luces largas: el coche activa o desactiva automáticamente las luces largas en función de si detecta o no un coche en las cercanías. Evita que olvidemos desconectarlas y deslumbremos a alguien.

Todas estos asistentes responden a mecanismos que hacemos automáticamente como respuesta a estímulos concretos y que por tanto son programables. Nos acercan a un mundo de conducción automática. ¿Mejoran la conducción? En el sentido de seguridad en el tráfico rodado sin duda. No sería extraño que algunos de estos asistentes fueran obligatorios en poco tiempo. Tampoco que fuera obligatorio su uso (sin la activación por parte del conductor son meros adornos). Y que todo ello implicara una reducción de la siniestralidad de la misma forma que los automatismo han reducido la siniestralidad en la aviación civil. A cambio perderemos la capacidad de conducir en modo manual.

Hay peros, no obstante. Acostumbrase y manejarse con el sistema: algo parecido a lo que pasa con un móvil solo que esta vez se trata de una máquina veloz y mortífera. Comprender sus limitaciones: el radar actúa en línea recta, cuando llegas a una rotonda ‘pierde’ de vista al coche antecesor y puede reaccionar con un inconveniente acelerón. Entender que el conductor no puede dejar de prestar atención y que sigue conduciendo el coche: el ser humano se apresta fácilmente a holgar si no es necesaria su acción. En este sentido es algo parecido a los dispositivos GPS; son una tremenda ayuda a la conducción, pero ciertos conductores se dejan guiar ciegamente por sus indiciaciones con consecuencias a veces fatales.

Por otra parte sí, aplomo en las curvas y conducción divertida. En una próxima entrada les hablaré de otra cosa del coche.

Guardadores legales

Impreso de matrícula en un curso cualquiera de educación obligatoria. CCAA: Handalucía.

  1. Datos del alumno o de la alumna [en ese orden]
  2. Datos de los representantes o guardadores legales:
    1. Apellidos y nombre del representante o guardador legal 1 (con quien conviva el alumno/a y tenga atribuida su guardia y custodia).
    2. Apellidos y nombre del representante o guardador legal 2 (con quien conviva el alumno/a y tenga atribuida su guardia y custodia).

Tsarte


Hace no mucho, por no sé qué problema, se borraron todos los juegos absurdos como el buscaminas o el solitario. Es una putada porque solía usarlos mientras hablaba por teléfono. Así que intenté jugar ajedrez en línea, pero al descubrir cómo demolía mis defensas un puto bielorruso en la variante merano de la defensa semieslava del gambito de dama (cosa inexplicable, porque Kasparov, Kramnik y Anand han estudiado en secreto mis partidas con esta aguda defensa), decidí optar por otra cosa, y pasó que abrí a lo tonto el Paint y me puse a dibujar.

Unos días después, puedo mostrarles mis primeras obras, nacidas de conversaciones telefónicas y que he titulado de manera intuitiva. Aquí están:


A éste lo he llamado Fiesta de cumpleaños.


Éste, por alguna razón desconocida, me hizo pensar en una Navidad en California, y eso que nunca he estado allí.


El nombre de esta obra me lo sugirió un compañero que estaba algo enfermo y que en mi obra vio algo de su alma. Lo llamé Juanji’s disease.


Una mezcla de sonidos y colores primigenios, oximorónicamente unidos a un olor y textura de asfalto, bautizaron este “In the urban jungle“.