También prevaricaron

 

Acabo de leer la sentencia que condena a Artur Mas, Irene Rigau y Joana Ortega por delitos de desobediencia, a la vez que los absuelve por delito de prevaricación.

La sentencia es muy detallada y  está bien argumentada. Es muy relevante cómo desmonta todas esas falacias que se habían ido esparciendo para negar la participación de los acusados (y de la Generalidad) en el llamado proceso participativo. Hasta el punto de tomarse a coña ciertas alegaciones sobre la no comprensión de lo que se ordenaba, e incluso dejar caer que varios testigos directamente han mentido, al ser sus declaraciones contradictorias e incompatibles con la lógica y sus propios actos.

También desmonta la sentencia (aunque no hacía falta) lo alegado acerca de la necesidad de requerimientos personales o de reiteración en lo ordenado. Lo he dicho siempre: eso suena a chufla. El derecho penal no puede convertirse en un santuario en el que se exijan formalismos idiotas e innecesarios para justificar (más aún en personas que cuentan con todo un aparato jurídico e institucional a sus espaldas) el grosero incumplimiento de las normas.

Lo obvio ha quedado de manifiesto: se quería incumplir, se diseñó el incumplimiento, se jactaron del incumplimiento y pretendieron, a la vez que encumbraban el sainete a la categoría de fecha histórica, que los demás tuviéramos que admitir que nos llamaran imbéciles a la cara. Todo fue un ejercicio inmenso de mendacidad.

Dicho esto, algunos de ustedes se preguntarán por qué se absuelve de los delitos de prevaricación (que habrían llevado a penas de inhabilitación mucho más amplias). La razón que da el tribunal no es que no hayan existido actuaciones administrativas (tácitas) o que las conductas omisivas no puedan integrar el tipo. Todo esto ya lo dice la jurisprudencia del Tribunal Supremo y es lógico, porque, en otro caso, facilitaríamos la impunidad de los que no hacen aquello a que vienen obligados por ley.

Tampoco se basa la sentencia en que la conducta de los acusados no fuera ilegal, a la postre, ya que las sentencias ulteriores del Tribunal Constitucional (sobre la ley de consultas catalana y sobre el propio sarao del 9N) así lo declararon. No, se basa en que no existió un plus de arbitrariedad derivado del hecho de que las resoluciones (conductas omisivas y activas) adoptadas fueran no solo contrarias a lo ordenado en una resolución judicial, sino que en sí mismas lo fueran (contrarias) a OTRA norma que les impusiera una concreta actividad.

Para justificarlo parten del hecho de que en la sentencia 42/2014 de 5 de marzo, del Tribunal Constitucional, aquella que se refería a la resolución del Parlamento de Cataluña sobre derecho a decidir y soberanía, se incluyese la posibilidad de una interpretación constitucional del derecho a decidir como aspiración democrática.

Discrepo radicalmente de la sentencia que estoy comentando en este punto. La sentencia del TC que se aduce simplemente plantea que el derecho a decidir es constitucional como planteamiento político sujeto entre otros requisitos a la ley. Plantear que lo que dice esa sentencia implique que en los acusados solo concurría el dolo de desobedecer y no de saltarse la legalidad constitucional y la propia ley ordinaria (algo que ahora ya no sería posible por el dictado, en 2015, de dos sentencias del TC sobre la materia), no me parece de recibo. Es meridianamente claro -a mi juicio- que los acusados, con sus resoluciones abarcaban el injusto del delito de prevaricación, por cuanto estaban contrariando directamente la columna vertebral de la Constitución Española. Y que esto es así se demuestra con la propia conducta que se refleja bien en la sentencia: es decir con el comportamiento dirigido a la ocultación de sus actuaciones  ilegales (algo que por cierto se reproduce ahora, con la cosa esa tan graciosa de que solo los Señores del Mundo y Fu Manchú conozcan el texto que por fin sacará a Cataluña de la bárbara España).

No obstante, hay una manera más prosaica de discutir el impedimento que aparece en la sentencia. La sentencia dice literalmente:

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El artículo 161.2 de la Constitución Española dice:

2. El Gobierno podrá impugnar ante el Tribunal Constitucional las disposiciones y resoluciones adoptadas por los órganos de las Comunidades Autónomas. La impugnación producirá la suspensión de la disposición o resolución recurrida, pero el Tribunal, en su caso, deberá ratificarla o levantarla en un plazo no superior a cinco meses.

La sentencia afirma que esta norma tiene una naturaleza “adjetiva insuficiente”, pero uno se pregunta de dónde se saca esa afirmación. Y de dónde extrae que las normas tiene que ser “sustantivas” para que se produzca el hecho prevaricador. Como si no existiese prevaricación cuando un órgano manifiestamente incompetente dicta una resolución.

Y esta es la cuestión. Esa norma (y su desarrollo en la LOTC) no es intrascendente, ni adjetiva, ni superficial. El legislador constitucional le dio al Gobierno una especie de “privilegio” del que resulta además un automatismo que no puede ni siquiera ser ignorado por el propio Tribunal Constitucional. Es decir, el propio Tribunal Constitucional está obligado a comunicar la suspensión, pudiendo, ratificarla o levantarla en un plazo no superior a cinco meses.

Siendo esto así: ¿cómo es posible que una norma que, de ser incumplida por el Tribunal Constitucional, nos permitiría hablar de prevaricación en sus magistrados no se considere suficiente para que incurran en ella otras autoridades y funcionarios?

Resumo: la sentencia ha debido condenar (con esos hechos probados) por prevaricación. Espero que, de ser recurrida, el Tribunal Supremo la reforme en este punto.

 

ACTUALIZACIÓN: Para que quede aún  más claro el automatismo (y consiguiente desapoderamiento) que deriva del artículo 161.2 de la CE, les copio lo que dice el propio Tribunal Constitucional en Auto de 13/03/1990:

II. FUNDAMENTOS JURIDICOS

1.- El levantamiento o la ratificación de la suspensión de las disposiciones de las Comunidades Autónomas , impugnadas por el Gobierno con invocación expresa del art. 161.2 CE, ha de resolverse por el Tribunal, mediante Auto, en un plazo no superior a cinco meses, por imperativo del precepto constitucional indicado. Dicho plazo , según tiene establecido este Tribunal (AATC 140/1987 [ RTC 1987\140 AUTO], 1140/1987 [ RTC 1987\1140 AUTO] y 1149/1988 [ RTC 1988\1149 AUTO]), a tenor de lo dispuesto en los citados arts. 161.2 CE y 65.2 LOTC, ha de entenderse que tiene que haber transcurrido para que aquella resolución pueda tomarse o adoptarse, ya que en otro caso podría quedar prácticamente vacía de contenido la facultad que la Constitución otorga al Gobierno. Ello sin perjuicio de que siendo un plazo máximo el previsto en el art. 161.2, pueda el Tribunal en casos muy excepcionales, previa ponderación de las razones invocadas por las partes, adelantar la decisión .

Como pueden observar, ese efecto automático es indiscutible. Y vincula a todos, ciudadanos, autoridades, funcionarios y a los propios magistrados, que pueden levantar la suspensión, mediante auto (es decir, motivadamente), previas las alegaciones de las partes  y solo excepcionalmente antes del transcurso de cinco meses.

 

Posibilidad de elegir

 

Lo que aparece en esta noticia es, en mi opinión, una muy buena muestra de lo fácil que es caer por una pendiente resbaladiza cuando se trata de algunos asuntos.

En Islandia no ha nacido ningún niño con síndrome de Down en los últimos cinco años. El autor del artículo se horroriza y plantea que los niños con trisomía del cromosoma 21 (no usaré más el apellido del impresentable doctor Down) merecen amor y no ser “erradicados”. Usa también las expresiones holocausto y epidemia. Todas esas expresiones son interesadas (en el sentido de que obedecen a una finalidad ideológica o moral) y no se oculta en el artículo. Basta con su lectura.

Esto, como es obvio, se relaciona con el tema del aborto. Si admitimos el aborto dentro de un determinado lapso de tiempo, y si admitimos el diagnóstico prenatal y damos la información  a los padres, estos pueden decidir que el embarazo finalice, matando al ser vivo en gestación. Verán que hablo de matar sin aducir causa alguna. Porque si se trata de un aborto por malformaciones en el feto, tendremos que definir qué son y cuáles y con qué entidad —del catálogo que se establezca— justifican la legalidad del aborto (y la lista tendrá un punto inevitable de arbitrariedad).

La cuestión, en consecuencia, tiene que ver con la información que se suministra. En un mundo mucho más avanzado tecnológicamente es posible que esa información sea muy extensa y afecte a aspectos que no tengan que ver con enfermedad, síndrome o tara alguna. Por ejemplo, al sexo, a la inteligencia, a la altura, a la tendencia a engordar, al carácter.

Y tendremos que tomar decisiones. Decidir si los padres pueden elegir considerando variables de ese tipo o incluso “encargar” una cierta configuración genética. Mi postura es favorable, en principio, pero necesito más información y meditarlo más.

Objetivamente, esto no tiene que ver con los ya nacidos. Por eso es una falacia hablar de erradicación o de epidemia (aunque sea irónicamente) o de holocausto. También lo es el que se escandalice porque se dé un dato como positivo, puesto que lo es: la información dada a los padres ha llegado al punto de que no ha nacido ningún niño con trisomía, pero lo sería también (un dato positivo) si hubiera nacido alguno por una decisión consciente de los padres, previamente informados.

Denunciado el exceso, sin embargo, el debate no es tan sencillo como puede parecer. Tenemos que discutir sobre estos asuntos y ser extremadamente cautelosos por, al menos, las siguientes razones:

1.- Porque es imprescindible dejar continuamente constancia de que nunca se trata de actuaciones que afecten a personas nacidas, a las que debemos tratar como a cualquier otro ciudadano.

2.- Porque se pueden producir distorsiones terribles si nuestra capacidad de escoger determinadas características (o ausencia de características) se impone muy deprisa. Es una posibilidad, no una certeza. Si se imponen ciertos estándares, los que no los reúnan pueden terminar englobados en categorías de “subhumanos” aunque sea por simple presión social. Hablo de reflexionar sobre esto, aunque no soy pesimista. Nuestra sociedad (supuestamente fría y aséptica) es la más inclusiva y la que trata más dignamente a las personas con discapacidad. Las sociedades del pasado eran mucho más crueles. Así que puede que este miedo solo sea eso, miedo.

El ciudadano con trisomía (o el familiar o el amigo del ciudadano con trisomía) puede ofenderse al ver que su síndrome se trata como algo negativo que ya no afectará a otros. Se pueden comprender la aprensión y el sentimiento de ofensa, pero no por eso debemos evitar la discusión. Lo pernicioso es el síndrome no el ser humano que lo padece. El ser humano siempre es singular. Y, por serlo, de forma arbitraria decidimos entre todos que tenía valor. Mientras no olvidemos esto, iremos por el camino correcto.

 

No digo que a la fuerza por no hacerme la víctima

Esto de Cayetana Álvarez de Toledo.

El otro día mis hijas se empeñaron en discutir conmigo. Les juro que no tenía el menor interés. Estaba tan cansado que solo quería seguir espatarrado viendo una película idiota (y ni siquiera debía ser lo suficientemente idiota, ya que no recuerdo cuál era). Pero no, se empeñaron, y me culparon de no prestarles atención y de que nunca hablábamos de ciertas cosas. Gruñí, dije que me dejaran en paz, que no me molestasen. Dio igual. Habían decidido que teníamos que hablar de feminismo.

Y se pusieron manos a la obra. Utilicé el viejo truco: no decir nada. Así que empezaron a hablar entre ellas. Su madre se unió. De vez en cuando añadían un “¿y tú qué piensas?”. Yo seguía gruñendo. Pensé: qué bien me vendría poder silenciarlas, como en tuiter. La putada es que la estrategia era cristalina. Fueron añadiendo argumentos, puntos de vista. Sabían que más tarde o temprano picaría. Yo también lo sabía, mientras gruñía.

Lo curioso es que sobre muchos asuntos he intentado no influirles en absoluto. No porque sea una persona ecuánime, sino porque sé que es inútil e incluso contraproducente. Así que, si pienso que determinada postura es la correcta, o me guardo de enunciarla con claridad (todo lo más expongo las bases de las que se deriva) o, de exponer algo, expongo sus matices y sus excepciones. Si uno está más o menos convencido de cierta posición, lo racional es dejar que los demás caigan en ella. Por otra parte, entiéndanlo, son mis hijas. Prefiero que piensen bien a que piensen lo que yo. Lo primero les será de mucha utilidad en la vida. Lo segundo solo podría servirles para sacarme algo de pasta.

El caso es que no hemos hablado demasiado sobre feminismo, pero las dos son bastante radicales. Radicales en el sentido que más me gusta: odian que las traten con condescendencia y están hartas de que los demás (incluidas algunas amigas) crean que por ser mujeres forman parte de una “especie” que necesita protección. Y me vi, entre gruñidos cada vez menos escasos, hablando del mundo real, de los techos de cristal, de las cifras, de la brecha salarial. De la situación de las mujeres en tantos países del mundo, en los que la desigualdad real es estrepitosa y criminal. Pero hablando también de otras explicaciones a las diferencias de ingresos, de la manía de excluir de la ecuación las decisiones libérrimas de los hombres y las mujeres, de los planes biológicos.

Estuvimos charlando un buen rato y los gruñidos eran cada vez más escasos. Al final, una de ellas me preguntó algo sobre cierta noticia de actualidad que no tenía nada que ver con el asunto de marras y ya me cabreé: ¡yo quería ver la película y me habéis jodido bien! Y le vi media sonrisa. Media sonrisa de las que dicen: vale, ya te dejamos en paz. Total, hemos vuelto a demostrar nuestro poder.

No escondo lo que siento: orgullo. Lo tienen jodido los que quieran mangonearlas.

ACTUALIZACIÓN: Y esto de Manuel Arias.

 

 

¿Error? ¿Qué error?

 

Es una equivocación que un magistrado del Tribunal Supremo (si la cuenta realmente es de él -por lo que leo en prensa, lo es-) escriba este tuit:

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Por varias razones:

1.- La primera, que nunca debería basarse en una información periodística para plantear que pueda haber error en una sentencia. Y eso, aunque sea magistrado de la Sala de lo Civil y, por tanto, no le pueda corresponder revisarla en caso de recurso de casación.

2.- La segunda, porque por su autoridad puede provocar desasosiego en mucha gente que pensará, al leerle, que quizás algo pueda estar funcionando mal en un sistema judicial que admita un consentimiento válido (para una conducta sexual) en el caso de una niña de cinco años. Vean que los que dictan la sentencia también son magistrados (en este caso de la Audiencia de Cantabria).

3.- La tercera, porque, para opinar sobre una sentencia que ni siquiera es firme, como mínimo ha de leerla. Y quizás, precisamente por no ser firme, mejor abstenerse de comentarla.

4.- La cuarta, porque ha actuado con demasiada alegría al leer la noticia y escribir el tuit. En la noticia (tampoco en la de El Diario Montañés que se enlaza) no se menciona en absoluto el asunto del consentimiento. Nada de lo que parece (y digo parece porque no conozco la sentencia) fue controvertido tiene que ver con el consentimiento. Nadie se plantea seriamente que pueda consentir legalmente -con la consecuencia de que la conducta sea impune o menos grave- una niña de cinco años.

Lo que se menciona en la noticia es que el tribunal no consideró que existiese violencia o intimidación.

Cuando hay violencia o intimidación, el delito no es de abuso, sino de agresión sexual.Y, aunque el delito comenzó en 2005 y se han podido plantear problemas de ley aplicable (la más beneficiosa para el reo), ya que esta materia ha cambiado bastante en los últimos años, siempre se ha presumido en una niña de esa edad la ausencia de consentimiento (que sí habría de probarse en el caso de mayores de trece años -hasta la última reforma-). Más aún, hoy en día directamente se elude la cuestión del consentimiento, puesto que la realización de actos sexuales con menores de 16 años son siempre delito (con la excepción de autores próximos en edad o grado de madurez).

Y lo que hace el legislador es ir agravando las conductas: es más grave si hay agresión que si hay abuso, más si (sea agresión o abuso) hay acceso por vía vaginal, anal o bucal o si se introducen objetos en los dos primeros casos, más si se trata de niños pequeños (automáticamente en el caso de menores de cuatro años) o personas de escaso desarrollo intelectual o físico, si se efectúa en grupo, si es especialmente vejatorio o degradante, si hay abuso de superioridad o concurre cierto parentesco, si se pone en peligro la vida o la salud de la víctima, si se trata de una organización criminal que tenga por objeto este tipo de abusos.

Como ven, el legislador distingue. Y hace bien. Todas son delictivas, pero el disvalor no es el mismo y tampoco lo es la pena.

Y es bueno que la gente que lee noticias como estas y que lee los comentarios a las noticias efectuados por juristas (más si se trata de alguien que ocupa un puesto tan importante) sepa que nuestro Código Penal protege a los niños y que nuestros tribunales de justicia también. Hasta el punto de que las condenas por este tipo de delitos existan pese a las dificultades de dar validez a los relatos de los niños, a menudo única prueba de cargo.

Insisto, tuit desafortunado.

 

ACTUALIZACIÓN:

Aquí pueden leer  la sentencia.

En relación a lo que nos ocupa, les copio dos párrafos de la sentencia bien ilustrativos:

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Por lo demás, la sentencia es formalmente muy razonable, clara y argumentada. Se da credibilidad a la menor (que tenía 16 años en el momento del juicio), no admitiendo ciertas alegadas razones para desacreditarla, y se explica que hay pruebas periféricas y que los hechos se refuerzan por las pruebas periciales.

Es decir, la sentencia, considera acreditado que existen abusos sexuales continuados, pero aunque se acusó (por el fiscal y la acusación particular) de agresión al manifestar la víctima que en ocasiones pegaba al acusado y no quería someterse a sus abusos, en este único punto el tribunal ha aplicado el principio in dubio pro reo  al considerar que esa alegada intimidación y respuesta (la víctima habla de que pegó al acusado en alguna ocasión) se compadece mal con la conducta de la niña durante años.

Sobre esto recuerden algo: NO HEMOS ESTADO ALLÍ. NO HEMOS ESCUCHADO DE PRIMERA MANO A LA VÍCTIMA, AL ACUSADO, A LOS TESTIGOS. 

Termino: el tribunal aplica la norma vigente antes de la reforma de 2010. Y lo hace LLEVANDO LA PENA AL MÁXIMO POSIBLE, TRES AÑOS Y NUEVE MESES, pues considera dos agravantes y además aumenta la pena por la continuidad delictiva.

En resumen, aparentemente, una sentencia razonable y argumentada.

Termino: por eso debemos tener cuidado los que se supone nos dedicamos a esto cuando se comentan las sentencias, para evitar que terminen apareciendo tuits así:

 

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Complejo de inferioridad

En España es noticia (1, 2, 3, 4, 5) que el presidente del Gobierno de España no responda a un periodista que le pregunta en inglés. Sí, aunque parezca increíble, es noticia. Imaginen a Teresa May o a Donald Trump, preguntados por  un periodista de RTVE —ya sé que es difícil, el periodista no llegaría ni a la valla del jardín—, en español. Imaginen la trascendencia de la “noticia” en tal caso  (y eso que en Estados Unidos viven millones de hispanohablantes).

Es difícil ser más paletos.

 

Tsastenia

Llevo varios meses dándole vueltas a algunas historias, para aquí y para JotDown (lo siento, bola). La última de ellas la conocía de hacía bastante tiempo, pero me volvió a llegar, de forma muy extensa, hace apenas una semana. La primera referencia aparecía, como sucede tan a menudo, en un libro que tenía poco que ver con los hechos en sí y se ha completado ahora que estoy leyendo otro que sí trata específicamente de los acontecimientos históricos en los que empezó a tener lugar.

En esta semana de búsqueda he encontrado fuentes, obituarios, fotografías, informes. Reúne las características de otras historias que me atrajeron en el pasado. Es, en un cierto sentido, un caso paradigmático de lo que he venido contando aquí. Ya tengo todo lo que necesito. Solo me falta ponerme a ello. Hasta hace poco, este último paso era el más fácil. Lo más trabajoso (¡y muy divertido!) es reunir la información. Lo otro, lo de contar, es empezar, revisar un par de veces y ya está (en mi caso, aclaro). Al fin y al cabo, el impulso esencial que me ha movido siempre no es “literario” (y por eso las entradas están en construcción y cuando las leo, ya publicadas, las voy corrigiendo), sino el de compartir historias interesantes.

Sin embargo, cada vez me cuesta más. Tanto que he llegado a pensar en simplemente poner algunos enlaces aquí o quedar con los colegas y, tomando una caña, soltar un: ¿conocéis la historia del Dr. Alexander? (no, no es la del tipo que volvió del más allá).

No sé por qué esta apatía, la verdad. No sé si me explico: en vez de hacer algo provechoso, ayer perdí el tiempo que me había reservado para escribir esa historia, y me puse a mirar el reglamento de la FIFA.

No voy a publicar esos enlaces. Voy a ser positivo y guardarme la información en el cajón de las historias pendientes, cada día más lleno. A ver si se me quita esta tontería, vuelvo a la normalidad, a eso que siempre me ha gustado tanto, nos tomamos unas birras y, cuando se tercie, os cuento la historia. No sé si la conocéis, pero es cojonuda.

 

No me jodas, ¿eso es penalti?

 

Al ver que mucha gente se quejaba del arbitraje de ayer en el partido entre el Barcelona y el PSG, calificándolo de escandaloso, he echado un vistazo a las jugadas y me he encontrado con algo que me ha llamado mucho la atención, por lo que supone.

Se trata del penalti que le pitan al jugador Meunier por un derribo en el área a Neymar.

Al ver las jugadas me ha asombrado escuchar (en particular a un comentarista que, al parecer, es árbitro) que conforme a las normas actuales, un derribo no solo involuntario, sino en el que no existe ninguna imprudencia es penalti. Siempre había creído que como mínimo era precisa una conducta imprudente.

Las palabras exactas del comentarista son: “es un penalti clamoroso” porque da igual que el jugador sea un “inconsciente” y la “mayoría de los penaltis no se hacen a propósito”.

Entiéndanme, no es que no sea admisible. Al fin y al cabo se trata de un reglamento de un deporte y no de un código penal. Pero, como resulta raro que se responsabilice a alguien de una conducta totalmente fortuita, he mirado las normas actualmente vigentes. Ya, ya sé que es algo bastante frívolo que pierda el tiempo en esto, pero me ha podido la curiosidad. Ya ven, incluso a las normas de la FIFA le podemos aplicar ciertos instrumentos de interpretación de las normas.

Pues bien, el penalti no es sino una falta sancionable con tiro libre directo dentro del área (regla 14). La regla 12 se refiere a las faltas y a la conducta incorrecta.

Y dice esto:

Los tiros libres directos e indirectos y los penaltis solamente podrán concederse por infracciones cometidas cuando el balón esté en juego.

1. Tiro libre directo Se concederá un tiro libre directo si un jugador comete una de las siguientes infracciones de una manera que el árbitro considere imprudente, temeraria o con el uso de una fuerza excesiva:

• cargar contra un adversario;

• saltar sobre un adversario;

• dar una patada un adversario o intentarlo;

• empujar un adversario;

• golpear un adversario o intentarlo (cabezazos incluidos);

• hacer una entrada a un adversario o disputarle el balón;

• poner una zancadilla a un adversario o intentarlo

Si una infracción implica un contacto físico, se penalizará con un tiro libre directo o penalti.

• “Imprudente” significa que un jugador muestra falta de atención o de consideración o actúa sin precaución al disputar un balón a un adversario. No será necesaria una sanción disciplinaria

• “Temeraria” significa que un jugador realiza una acción sin tener en cuenta el riesgo o las consecuencias para su adversario, y deberá ser amonestado

• “Con uso de fuerza excesiva” significa que el jugador se excede en la fuerza empleada, pone en peligro la integridad física del adversario, y deberá ser expulsado

Si vemos todo lo anterior, es obvio que solo existe falta cuando hay, como mínimo imprudencia. Lo dice la norma con absoluta claridad. Y, de una forma no muy precisa, pero suficientemente clara, la imprudencia exige falta de atención o precaución.

¿Cómo cojones va a ser imprudente resbalarse en el campo y terminar como consecuencia de las leyes de la física golpeando a alguien con la cabeza si no puedes evitarlo? (esto sin considerar si es A quien golpea a B o B quien golpea a A, algo no especialmente claro).

No obstante, la norma continúa diciendo:

Se concederá asimismo un tiro libre directo si un jugador comete una de las siguientes infracciones:

• tocar el balón deliberadamente con las manos (excepto el guardameta dentro de su propia área de penalti;)

• sujetar a un adversario

• obstaculizar a un adversario mediante un contacto físico

• escupir a un adversario

Voy a analizar esto por considerar todas las posibilidades, aunque creo que ni en broma se puede hablar de “obstaculización” en este caso. Las reglas definen “obstaculizar” como “dificultar, bloquear o impedir la acción o el movimiento de un adversario”. Lógicamente todas las enunciadas en primer lugar —cargar, saltar, dar una patada, empujar, golpear, etc— implican también una obstaculización tal y como se define, por lo que estas son “especiales” frente al término general. Si se da una de las especiales no puede darse la general, que tendría una función residual.

Pero es que, además, la obstaculización en mi opinión ha de ser necesariamente voluntaria, conforme a las normas, y ahora explicaré por qué.

Para empezar, de las cuatro conductas que se reúnen, las otras tres son indiscutiblemente voluntarias: sujetar y escupir -a alguien- implican voluntariedad en sí mismas. Y en el caso de tocar el balón con las manos, la norma se cuida de añadir “deliberadamente”. Lo razonable es pensar que todas ellas lo sean, ya que se mencionan juntas (a diferencia de las otras, que sí pueden ser imprudentes, algo lógico, ya que implican contactos que pueden ser mucho más dañinos – es decir, la norma pretende en esos casos anteriores proteger al jugador-).

En segundo lugar, porque más adelante, al analizarse la obstaculización sin contacto se explica en qué consiste:

Obstaculizar el avance de un adversario sin que exista contacto

Obstaculizar el avance de un adversario supone colocarse en el camino del adversario para obstruir, bloquear, ralentizar o forzar a cambiar de dirección a dicho adversario cuando el balón no está a distancia de juego de los jugadores involucrados.

Todos los jugadores tienen derecho a su posición en el terreno de juego; encontrarse en el camino de un adversario no es lo mismo que moverse hacia el camino de un adversario.

Un jugador que se coloca entre un adversario y el balón por motivos tácticos no cometerá una infracción mientras el balón se halle a distancia de juego y el jugador no retenga a su adversario con los brazos o el cuerpo. Si el balón se hallara a distancia de juego, el adversario puede cargar contra el jugador, dentro de los márgenes permitidos por las Reglas de Juego..

Como puede verse, la clave es que el jugador se coloque (algo voluntario, pues has de moverte hacia) en el camino de otro, no que se encuentre (involuntario) en ese camino. Más aún, se admite que no lo sea -sancionable- incluso en el supuesto de que se haga voluntariamente, siempre que no se retenga al rival con los brazos o el cuerpo y el balón esté a distancia de juego.

Así que, salvo mejor opinión, fundamentada en estas normas (que creo son las vigentes) yo diría que no es penalti. Algo bien razonable, porque de serlo, también lo sería una jugada similar en la que el jugador cae no porque se tropieza, sino porque le da un infarto o porque le ha golpeado violentamente la pelota, por ejemplo. Y sería raro, ¿verdad?

Por cierto, el mismo árbitro de ese programa afirma que en otro penalti (este no pitado) por falta de Mascherano a Di Maria, el jugador no debe ser expulsado aunque sea ocasión manifiesta de gol, porque “este año”se ha suprimido la regla del “triple castigo”. No sé a qué se refiere con eso del triple castigo, pero mirando el reglamento me he encontrado con esto (y es una regla nueva, efectivamente):

Cuando un jugador impida un gol o malogre una oportunidad manifiesta de gol del equipo adversario mediante una mano deliberada, el jugador será expulsado independientemente de donde se produzca la infracción.

Cuando un jugador cometa una infracción contra un adversario dentro de su propia área de penalti que malogre una oportunidad manifiesta de gol de un adversario y el árbitro conceda un penalti, el infractor será amonestado a menos que:

• la infracción consista en sujetar, alejar o empujar a un adversario, o bien

• el infractor no intente jugar el balón o no tenga posibilidad alguna de jugarlo o bien

• la infracción fuera sancionable con expulsión en cualquier lugar del terreno de juego donde se produjese (p. ej. juego brusco grave, conducta violenta, etc.)

En todas las circunstancias anteriores, se expulsará al jugador.

Y sí, parece que cuando hay penalti la simple existencia de la ocasión -y la falta sancionable con tiro libre directo- ya no supone expulsión (como sí, cuando sucede fuera del área de penalti), sino amonestación, salvo en esos tres casos. Y en mi opinión, es obvio que Mascherano ni intenta ni, sobre todo, tiene posibilidad alguna de jugar el balón. Por tanto, según esta norma, la jugada es penalti y el jugador ha de ser expulsado.

En cuanto al resto de jugadas, carecen de interés jurídico 🙂

 

 

El Pílades trucho

 

Es recomendable e interesante este artículo de Aurora Nacarino-Bravo en The Objective porque hace hincapié en algo que a veces se minusvalora: la función de las redes sociales como escaparate personal. No hablo solo de negocios o de carrera profesional. Hay un aspecto que se refleja muy bien en el texto, personal.

Internet ha sido una excusa cojonuda. A diferencia de las connotaciones algo patéticas de las agencias de contactos y de la aprensión por esos friquis —los friquis son siempre los otros— que nos podíamos encontrar si hacíamos uso de sus servicios, el abrir un blog, intervenir en un foro, buscar amigos en facebook (esparciendo migas de tu vida personal) y discutir en tuiter fueron pronto perfectamente respetables. Internet como bar, pero como bar compartimentado en el que podías escoger las estancias y visitarlas ubicuamente, multiplicar tu personalidad, ser un hooligan allí y un profesional respetable más allá, y buscar la amistad, conjurar la soledad, demostrar tus aptitudes sin tener que exhibirte antes — con tu físico, tus taras, tus inseguridades, la distancia de una generación con el hambre—, pasando filtros diferentes, basados en la agudeza, la gracia, la destreza en la emisión de mensajes o consignas, y a menudo la capacidad para el uso de los buscadores de información y, en el mejor de los casos, del auténtico conocimiento.

No es que internet nos democratice, sino que las reglas para el ascenso son diferentes. Yo creo que esa es la clave: lo que no te vale fuera o lo que te lastra fuera, puede que te sirva dentro. Y no se trata de algo virtual, sino de algo perfectamente real. Porque es una mercancía. Internet no es tanto (aunque también lo sea) un canal para darte a conocer en el mundo, entendido como eso que hay fuera: lo de dentro es el mundo también. Prueben a dejar de usar su móvil, su tablet  o su ordenador durante un mes, a ver si son capaces.

Es obvio que lo ha cambiado todo y que no hay retorno. Y no es un simple instrumento. No entras para llegar a un sitio. Entras y no sales.

Por lo demás, tuiter, la única red que utilizo, es un lugar que me sirve para conocer gente (cuando luego la conozco fuera, a menudo ya la conozco), para acceder desde allí a información, a trabajos, a conocimientos, para descojonarme y para cabrearme. Para dar a conocer lo que escribo. No sirve para discutir seriamente sobre nada. No he leído, en estos años, nada en tuiter que me parezca brillante (salvo, todo lo más, y no tan habitualmente como se dice, como epigrama); no he leído nada en tuiter que me haya abierto los ojos o me haya transmitido un conocimiento profundo que ignoraba. Nada de lo que he escrito en tuiter tiene valor. Ninguno. Ni por un segundo he creído a los que opinaban que algo pudiera tenerlo. Tuiter es el reino de lo superficial.

Tuiter, en el mejor de sus días, parece acercarse al Pílades. Pero el Pílades es una ficción y por eso, allí, alguien parece improvisar brillantemente las categorías de tuiteros: el cretino, el imbécil, el estúpido, el loco y yo. Bueno, mejor dicho, y usted. Luego reflexionamos y nos damos cuenta  de que Eco imagina un bar y gasta horas en escribirlo.

Por eso cuando vamos creando ese pseudopílades parece mediocre. Es lo que tiene la inmediatez y el medio. Más que el hecho de que no seamos Umberto Eco, porque el caso es que podemos tener a Umberto Eco en nuestro TL y tuiter sigue sin ser el Pílades..

Supongo que no es preciso aclarar que hablo de mi tuiter. No los conozco todos. Extrapolo y puede que me equivoque.

 

The Death of Captain Waskow

Ernie Pyle murió en Okinawa. Entonces era corresponsal de guerra. El 10 de enero de 1944 se publicó su más famosa columna: la muerte del capitán Waskow. Es esta:

 

AT THE FRONT LINES IN ITALY, January 10, 1944 – In this war I have known a lot of officers who were loved and respected by the soldiers under them. But never have I crossed the trail of any man as beloved as Capt. Henry T. Waskow of Belton, Texas.

Capt. Waskow was a company commander in the 36th Division. He had led his company since long before it left the States. He was very young, only in his middle twenties, but he carried in him a sincerity and gentleness that made people want to be guided by him.

“After my own father, he came next,” a sergeant told me.

“He always looked after us,” a soldier said. “He’d go to bat for us every time.”

“I’ve never knowed him to do anything unfair,” another one said.

I was at the foot of the mule trail the night they brought Capt. Waskow’s body down. The moon was nearly full at the time, and you could see far up the trail, and even part way across the valley below. Soldiers made shadows in the moonlight as they walked.

Dead men had been coming down the mountain all evening, lashed onto the backs of mules. They came lying belly-down across the wooden pack-saddles, their heads hanging down on the left side of the mule, their stiffened legs sticking out awkwardly from the other side, bobbing up and down as the mule walked.

The Italian mule-skinners were afraid to walk beside dead men, so Americans had to lead the mules down that night. Even the Americans were reluctant to unlash and lift off the bodies at the bottom, so an officer had to do it himself, and ask others to help.

The first one came early in the morning. They slid him down from the mule and stood him on his feet for a moment, while they got a new grip. In the half light he might have been merely a sick man standing there, leaning on the others. Then they laid him on the ground in the shadow of the low stone wall alongside the road.

I don’t know who that first one was. You feel small in the presence of dead men, and ashamed at being alive, and you don’t ask silly questions.

We left him there beside the road, that first one, and we all went back into the cowshed and sat on water cans or lay on the straw, waiting for the next batch of mules.

Somebody said the dead soldier had been dead for four days, and then nobody said anything more about it. We talked soldier talk for an hour or more. The dead man lay all alone outside in the shadow of the low stone wall.

Then a soldier came into the cowshed and said there were some more bodies outside. We went out into the road. Four mules stood there, in the moonlight, in the road where the trail came down off the mountain. The soldiers who led them stood there waiting. “This one is Captain Waskow,” one of them said quietly.

Two men unlashed his body from the mule and lifted it off and laid it in the shadow beside the low stone wall. Other men took the other bodies off. Finally there were five lying end to end in a long row, alongside the road. You don’t cover up dead men in the combat zone. They just lie there in the shadows until somebody else comes after them.

The unburdened mules moved off to their olive orchard. The men in the road seemed reluctant to leave. They stood around, and gradually one by one I could sense them moving close to Capt. Waskow’s body. Not so much to look, I think, as to say something in finality to him, and to themselves. I stood close by and I could hear.

One soldier came and looked down, and he said out loud, “God damn it.” That’s all he said, and then he walked away. Another one came. He said, “God damn it to hell anyway.” He looked down for a few last moments, and then he turned and left.

Another man came; I think he was an officer. It was hard to tell officers from men in the half light, for all were bearded and grimy dirty. The man looked down into the dead captain’s face, and then he spoke directly to him, as though he were alive. He said: “I’m sorry, old man.”

Then a soldier came and stood beside the officer, and bent over, and he too spoke to his dead captain, not in a whisper but awfully tenderly, and he said:

“I sure am sorry, sir.”

Then the first man squatted down, and he reached down and took the dead hand, and he sat there for a full five minutes, holding the dead hand in his own and looking intently into the dead face, and he never uttered a sound all the time he sat there.

And finally he put the hand down, and then reached up and gently straightened the points of the captain’s shirt collar, and then he sort of rearranged the tattered edges of his uniform around the wound. And then he got up and walked away down the road in the moonlight, all alone.

After that the rest of us went back into the cowshed, leaving the five dead men lying in a line, end to end, in the shadow of the low stone wall. We lay down on the straw in the cowshed, and pretty soon we were all asleep.