Este producto puede tener trazas de autoestima

 

La autoestima tiene muy buena prensa. Hoy mismo, Juan Claudio de Ramón utiliza el término como título para un artículo en el que plantea la necesidad de estimular las buenas sensaciones frente a las malas. La «ilusión» por el Gobierno de Sánchez sería un ejemplo precisamente del deseo de tantos españoles de sentirse mejor en esa condición, algo que también percibe en la reacción sentimental de muchos de ellos como consecuencia de lo que llama «envite independentista».

Curiosamente, el envite parece resultado de una creación previa de «identidades fuertes, basadas en la emoción, la historia y el lazo etnolingüístico».

Mi problema con las identidades basadas en la emoción, la historia y el lazo etnolingüístico es que esos tres elementos son ejemplos claros de destilados de instintos tribales. Esas identidades puede que sean fuertes como identidades, pero no son racionales. No lo es, desde luego, emocionarse por los símbolos o los accidentes geográficos o el lugar de nacimiento. Tampoco por los logros contemporáneos de nuestros compatriotas —por el hecho de que lo sean— ni por lo que hicieron nuestros antepasados cercanos, por sangre o por naturalización o imposición (eso es la historia de un país). Menos aún por el hecho circunstancial de compartir un idioma, unas expresiones y la cultura asociada a ese idioma. De la etnia ni hablo, siendo como es no solo el más irracional de los aspectos citados, sino el más falso. Todo lo anterior existe como motor y habrá quien lo utilice. Pero existe a nuestro pesar y avanzar en la buena dirección implica convencernos de que se trata —una vez alcanzado este estadio civilizatorio— de algo que hemos de moderar y controlar, como nuestro instinto de apropiarnos violentamente de los demás y de lo ajeno. El problema de empeñarnos en, supuestamente, utilizarlo para el bien —los «simples» no son capaces de conocer la potencia y los engaños de los instintos de la tribu y los «ilustrados» han de dirigirlos para que no abusen de ellos los populistas— es que esto, usarlo para el bien, es imposible, porque es casi una forma de despotismo ilustrado y el adjetivo no es capaz de ocultar el sustantivo. Véase que desde el momento en que somos conscientes de su naturaleza deletérea, asumimos que lo bueno es no someternos a ella, y si transitamos por el mal camino lo hacemos prometiendo empezar una dieta en año nuevo.

Por eso, una identidad blanda y expresada en términos negativos —no me refiero a que ser español se defina como algo malo, sino a que ser español no tenga un contenido determinado, que se trate de una definición administrativo, por exclusión de los que no lo son— es mucho mejor. Puede que sea aparentemente más débil, pero esto también es ilusorio. Voy a intentar explicarme.

Puede que los machos alfa tengan más autoestima por ser machos alfa, pero esa condición no es subjetiva. Tiene que ver con hechos. Con la realidad. El gorila dorsicano antes de formar su harén tiene que ser capaz de repartir buenas hostias. En el caso de las sociedades humanas, la cohesión tribal fue un elemento esencial para imponerse a los otros grupos, pero, llegados a un determinado punto, las hostias empezaron a depender más de estructuras estables capaces de procurar una determinada logística. Si examinamos la evolución a largo plazo de las sociedades humanas, aquellas que más han recorrido el camino triple de la complejidad institucional real, el reparto democrático de poder y el respeto a la libertad individual —todos están interrelacionados— han terminado imponiéndose militar, económica y culturalmente. Sobre todo, me interesa el último aspecto. El nacionalismo es una forma aún infantil de cultura. Es cierto que esta etapa ha sido hegemónica hasta hace un cuarto de hora —el mundo ha estado parcelado; incluso los imperios o eran familiares y tendían disolverse porque eran una etapa más tosca que la nacionalista, o eran nacionalistas y tendían a disolverse también porque eran inspiración de una respuesta nacionalista en las zonas dominadas o colonizadas—. Pero también es cierto que el éxito derivado de la complejidad llevaba en su interior la semilla del antinacionalismo: las sociedades más poderosas no solo obtenían los excedentes para el desarrollo cultural, sino que su poder, derivado de ese incremento de la complejidad institucional y la libertad, avalaba y fomentaba la aparición de los discursos que terminarían disolviendo los propios mitos nacionales. Mitos que se han intentado defender hablando de traición o de quintacolumnismo. Paradójicamente, los síntomas de debilidad pueden ser, en realidad, una prueba de fortaleza.

Naturalmente, ese discurso racional, nacido y hecho adulto en las sociedades más poderosas, no es incompatible con la asunción  de los logros de la sociedad concreta en que surge. Un español puede manifestar que nuestro sistema de trasplantes es excelente porque ahí están los datos. Son los datos y no la «españolidad» lo que los hace mejores por comparación. Lo que importa no es la etnia —esa cosa que no existe— o el idioma o la historia o los lazos de parentesco. Importan los datos y la estructura que los hace posibles. La ventaja de una sociedad compleja y adulta es que puede apropiarse de todos los productos culturales de la humanidad, examinarlos y etiquetarlos. Y puede adoptar soluciones basadas en hechos y resultados, con independencia de a quién se le hayan ocurrido y sin pagar derechos de autor. La propia crítica a la apropiación cultural —una de las más enormes gilipolleces de los tiempos que corren— es una creación cultural de la que se están apropiando muchos para justificarse, lograr minutos de gloria y tribalizarse. Como es una mala idea, pasará de moda y terminará en el baúl de los objetos exóticos para deleite de los expertos del futuro (que de algo hay que vivir).

De hecho, los secesionistas se han esforzado por desarrollar una identidad fuerte —con la ayuda, por cierto, de cierta intelectualidad miope que tanto relacionaba España con el nacionalismo español que terminaron creyendo que los otros nacionalistas eran, por oposición, nacionalistas admisibles—, pero al final, como tantos otros, la inercia histórica y el peso de la realidad los ha llevado al estúpido juego de azar. Una vez que se acabaron los discursos y había que pasar a la acción tenían menos divisiones que el Papa. Y la débil identidad española se ha impuesto, no por el peso de nuestra historia o por la aparición de una soterrada identidad nacional que impulsa a muchos a rebelarse, en particular, en la propia Cataluña. Tampoco por imposición del nacionalismo español. Se ha impuesto por el peso de la complejidad institucional que a su vez es parte de otra mucho mayor, fundada en principios solidísimos que se relacionan con el poder y su reparto estable, y la ley como brida de los incendiarios. Hoy algunos se escandalizan por el reconocimiento de Ponsati: jugábamos al póquer de farol, ha dicho. Como si no lo supiéramos. Como si no fuera evidente que la tarea de romper el entramado de relaciones institucionales era directamente imposible para ese grupo de, en su imaginario, irreductibles galos, y, en la realidad, críos rollizos engañados precisamente por el discurso (falso, como todos) de la emoción, la historia y los lazos etnolingüísticos. Conocimiento este, por cierto, que justificaba el uso de la ley mucho antes.

Los accidentes históricos existen, sí. Pero solo producen efectos duraderos los que se dan en la dirección de la historia. Solo aquellos que hacen más fuertes las buenas instituciones perduran. Los otros, como mucho, hacen daño.

Debemos esforzarnos en minimizar los efectos de esos episodios dañinos. Y derrotar a los que se empeñan en producirlos. No lo lograremos yendo hacia atrás. Tampoco yendo contra la realidad. El camino inteligente es más aburrido, más lento y más frustrante para muchos, ya lo sé, pero la ilusión es mejor dejarla para los partidos del siglo que se producen cada seis meses. 

Al menos hasta que las máquinas tomen el control.

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Varios

 

Yo siempre he pensado que cuando te «metes» en política te deberías obligar a estudiar, a mejorar. Hablo de un desiderátum, claro. Lo que es bueno en general, en el político debería ser obligatorio. No sé, mejorar un idioma extranjero o aprender sobre proceso legislativo, sobre costes y consecuencias, sobre política internacional. Usar el poder y la influencia para salir del cargo mejor.

Sin embargo, sospecho que la política activa produce justo el efecto contrario.

Yo, por ejemplo, le aconsejaría a Gabriel Rufián que abriera un libro que trate sobre algo. Por ejemplo, un libro de historia del siglo XX  *.

Pero, por lo que vemos habitualmente, él abrir, lo que se dice abrir, solo abre tuiter a diario:

* * * * *

Este artículo —una vez eliminada la última frase— me parece de gran interés. Si hay un lugar en el que debemos invertir dinero y recursos es en la educación y en la infancia. La cuestión es que no basta con ponerlo en la agenda: como con la política de inversión en ciencia, hay que hacerlo en serio —hay que saber qué se pretende, cómo se puede conseguir y cómo se evalúan los resultados—, a largo plazo, de forma sostenida y quitando dinero de otros lugares que quedan mucho mejor en las fotografías que coinciden con los cortos ciclos electorales. No basta con crear un comisionado, alto o bajo. Ni siquiera con contar con un presupuesto puntual.

* * * * *

La hostia simbólica que se ha llevado el PP en estos días ha sido tan importante —con el problema añadido de que el discurso de la conspiración es mucho más difícil que, por ejemplo, en 2004— que ha surgido la inesperada oportunidad para algo que en otras condiciones sería imposible: acabar con las aspiraciones de todos los que han tenido un cargo de primer nivel en el PP entre 1996 y 2012. Escojo esa fecha porque es la fecha en la que Gürtel ya no era, ni siquiera para los que mandaban en el PP, una conspiración para acabar con el PP.

Es una oportunidad muy pequeña. Pero quién sabe. Ni Núñez Feijóo, ni Sáenz de Santamaría, ni De Cospedal cumplen los requisitos. Están contaminados.

Para que se me entienda: alguien con el perfil de un Borja Sémper.

Haría falta, eso sí, que los que cumplen con ese perfil quisieran arriesgarse, jugársela, unirse y discutir a sus mayores. Supongo que no pasará.

 

* Los nazis asesinaron a más de once millones de civiles directamente, mediante prácticas de «eutanasia», ejecuciones masivas, exterminio en campos. Se ha calculado que aproximadamente un millón de ellos eran niños de menos de ocho años. Si incluimos hambre y epidemias provocadas o consentidas, la cifra aumenta a entre quince y veintiún millones. En estas cifras no se incluyen los civiles muertos como consecuencia de combates. Y los primeros que banalizaron el nazismo fueron los que minimizaron a Hitler, los que minimizaron el discurso racista de Hitler, hablando de excesos que se contendrían después en el ejercicio del poder.

 

Ha llegado la civilización

 

Estoy disfrutando mucho con el orgasmo permanente de la opinión publicada ante los nombramientos de Pedro Sánchez. Es bonito ver tanta ilusión. Pero no voy a pecar de aguafiestas; total, no tengo ninguna razón distinta de las conocidas —sobre todo de la debilidad de los números del Gobierno socialista— para ponerme a hablar de Obama y de Hollande, y estamos en primavera. Después de todo lo que ha pasado en estos años ¿quién no quiere ser optimista? Además, el presidente del Gobierno nos ha sorprendido por partida doble: primero por comparación con muchos gobiernos del pasado, poblados de gente grotesca e inadmisible; segundo por refutación de unas justificadas expectativas pésimas. Tanto nos ha sorprendido Sánchez, que parece más inteligente y más alto. Al final, solo rechina —mucho, eso sí— la vicepresidenta, de la que no diré más para no perder el tono alegre y faldicorto de esta entrada —no debemos excluir la posibilidad de que se trate de un nombramiento leibniziano que nos muestre de manera rotunda y descabellada la cantidad de mal que ha de haber en cualquier porción del mundo—.

También es ilusionante que haya tantas mujeres en el Gobierno. Que haya tantas que tengan la oportunidad de meter la pata y de comportarse con la mezquindad y la soberbia de los de arriba, y que pueda el personal, la masa de hormigas, cruelmente descojonarse de ellas como venganza estéril. Bueno, como es obvio, esto lo harán todos menos los machistas. Yo, por mi parte, y a pesar de mi bonhomía, voy a esforzarme por ser paritario y por poner, en consecuencia, a parir sobre todo a Carmen Calvo. Es mi forma de aplicar la discriminación positiva.

Ha sido también muy excitante el show. Eso de ir sacando a los ministros como si fueran jugadores millonarios para que los comunicadores pudieran pillar el micro y gritar cosas como «¡y ahooooora es el turno para el que ha subidooo más alto, para el preferido de la afición, para el que nos enseñó el caminooo al espacio, Peedro sideraaaal Duquee!». Qué gran entretenimiento. Con este precedente, las ruedas de prensa de los Consejos de Ministros pueden ser apoteósicas. Con sillas que giran y pulsadores que premien al plumilla más talentoso.

Y esto, además, va a tener unas consecuencias divertidísimas en todos los demás. Visto el éxito, se van a poner a intentar clonar el procedimiento. Si les sale mal, el descojone va a ser universal. Y si les sale bien, el descojone será aún mayor.

Por eso, aunque no lo desee, me temo que habrá quien termine apuntándose a la estrategia de hacer justo lo contrario. Nada de ser cool, moderno, joven, con estudios y mujer.

Buscar a un tipo zafio, de más de sesenta años, de esos que dicen verdades como puños y llaman a las cosas por su nombre, que no hable idiomas (a ser posible que no hable ningún idioma), antiguo miembro de la tuna, que insulte a los inmigrantes —pero no a todos, solo a la inmensa mayoría que viene a robar y a violar a las mujeres— y a los homosexuales aliados a los musulmanes amigos de las feminazis que creen en el cambio climático. A un tipo así, que se declare políticamente incorrecto, que afirme que a los violadores de niños hay que encerrarlos de por vida o, al menos, cortarles los huevos, solo le haría falta hablar de recuperar la grandeza de España para tener una oportunidad de dar la campanada.

Y luego, ojalá Nadal de ministro de deportes.

Sí, es broma. ¡Venga, entremos todos con paso firme en el siglo XXI y en la modernidad! Otra vez. Yo propongo que empecemos enterrando a Franco. Sí, otra vez.

O, al menos, vamos a guardarlo en el armario del fondo, hasta que volvamos a necesitarlo.

 

Lógica secesionista: Llarena no es imparcial porque no admite ser un delincuente

 

El chiste del día es esta noticia.

Al parecer, Puigdemont y otros de los exconsejeros fugados han presentado en Bélgica una demanda contra el magistrado Llarena en la que piden un euro de indemnización por «haber vulnerado su derecho a un juez independiente e imparcial, a un juicio justo y equitativo y al derecho a la presunción de inocencia». Como no he encontrado la demanda, me tengo que basar en las informaciones de los medios (he consultado cinco o seis diferentes).

Como el artículo 219.8º de la LOPJ establece como causa de abstención y recusación «tener pleito pendiente con alguna» de las partes, una vez presentada la demanda han procedido a recusar al magistrado instructor.

Es un chiste por muchas razones. Yo creo que los jueces deben ser especialmente rigurosos con su imparcialidad (por causas subjetivas y objetivas) y que deben incluso, en caso de duda, tender más a abstenerse que a lo contrario.

La contrapartida es que los abogados deben ser serios. Estas son las declaraciones de Llarena. Por lo visto el magistrado dijo que los señores que están en prisión no son presos políticos y un abogado de los demandantes, de nombre Paul Bekaert dice que esto supone que Llarena ha emitido una opinión «antes del juicio, fuera de los tribunales y por tanto prejuzgó».

Hay que tener unas gónadas del tamaño de Flandes para decir algo así y no descojonarse.

Por lo visto el magistrado Llarena (que no va a participar en ningún juicio contra los que le demandan) ha de callarse cuando le preguntan si prevarica (y más cosas) y si es juez de un Estado democrático. Porque esa es la cuestión. Venga, hagamos literatura e inventemos un diálogo ficticio que evitaría esta demanda:

PERIODISTA: ¡Juez, juez! ¿Es Puigdemont un preso político y, por tanto, usted que lo ha metido en prisión ha cometido varios delitos y ha ordenado prisión contra él solo por sus ideas y no por existir indicios de delitos gravísimos previstos en el Código penal?

LLARENA: Perdón, ¿cómo dice?

PERIODISTA: ¿Que si es usted, como dice Puigdemont, un secuestrador que infringe la Constitución Española y el Convenio Europeo de Derechos Humanos? Vamos, ¿que si es poco más que un carcelero a sueldo de un Gobierno autoritario?

LLARENA: Ah, eso. Mire no puedo contestarle porque de hacerlo prejuzgaría un juicio en el que no voy a intervenir.

Lo divertido es que, si Llarena, en un rapto de locura, hubiera contestado esto, los secesionistas dirían: ¡¡Llarena no niega ser un secuestrador y un carcelero a sueldo de un Gobierno no democrático!!

 

NOTA: En atención a lo que antecede, no voy a extenderme en las razones por las que esta recusación es un abuso de derecho manifiesto (no es un procedimiento civil ajeno a la causa —por ejemplo, que Llarena le debiera pasta a Puigdemont— sino que nace, por decir algo, directamente de ella), es posterior a la designación de Llarena como instructor (hay tribunales que solo aprecian la recusación cuando el pleito es previo), y se tramita en Bélgica, cuando la supuesta causa debería plantearse directamente ante el instructor precisamente como causa de recusación (de existir), lo que supone un evidente fraude de ley, se tramita allí forzando probablemente la competencia (ya que el domicilio de Llarena está en España) y, en todo caso, el magistrado puede no comparecer si tiene claro que las autoridades belgas no son competentes (y, en este caso, el tribunal belga, si no lo es conforme al Reglamento 1215/2012, ha de cerrar el caso) o, si no lo tiene claro, puede comparecer a los simples efectos de discutir la competencia de los tribunales belgas, lo que supondría que el pleito ni siquiera debería considerarse iniciado a los efectos de una recusación.

 

Poniendo contexto

 

Ya sabemos que cuando gobierna la izquierda un montón de gente se pone a hablar de responsabilidad, de no dañar las instituciones, de no alimentar la crispación. Basta con echar un vistazo, por ejemplo, a El País de hoy. No hay mejor bálsamo que la llegada de los buenos al poder.

Me parece muy bien. Por eso, no estaría de más que el señor presidente del Gobierno pidiera perdón por echar mierda en 2015 sobre el juez Ruz, el magistrado que permitió a Bárcenas pasar unas vacaciones esquiando tres años antes de ser condenado.

 

De aquí.

Aquí sus palabras.

¡Devolvamos el poder al pueblo!

Esto es muy gracioso:

https://twitter.com/ciudadanoscs/status/1002492564946251776?s=21

Este tuit es impresentable. Salvo en un podemita, claro. En un podemita es perfectamente presentable, como ya sabemos, ya que llevan cinco años soltando burradas como esta —y mucho peores— y mucha gente asumía sus adolescentes excesos dándoles naturaleza metafórica y artística. Es la ventaja de ser de izquierdas. Que sales de la casilla inicial con el comodín para sobrarte lleno de puntos.

En todo caso, el lamentable tuit, en esa deriva ciudadana populista —tan obvia— en la que han caído por cálculo electoral, es muy divertido, porque, parece hecho por los enemigos de Ciudadanos. Solo les ha faltado alguna mención a la Falange.

Me explico: ¡el tuit falsea lo que dice Rivera! Rivera no afirma que haya que recuperar la democracia, sino que hay que levantarse democráticamente. La diferencia es abismal. En un caso, se afirma que no tenemos democracia, que ha sido secuestrada. En el otro, que  esta operación que es mala porque blablabla se puede revertir democráticamente.

Lo divertido es que lo que se dice, lo espontáneo, es admisible (bastante superficial, pero admisible). Lo segundo, lo que se escribe, lo que se supone más meditado, lo que debe considerarse un destilado correcto de ideas políticas, es una cagarruta populista, digna de Iglesias.

Los que piensan en Ciudadanos le ponen a Rivera en la cabeza la boina revolucionaria que él, modelo de yerno industrioso, lleva en la mano por pudor.

El signo de los tiempos, supongo.

 

NOTA: Ciudadanos ha borrado el tuit. Era este:

1F2D70B6-0FCC-4F46-ABD6-3E2F7D073CD9

Mal hecho. No se borra: se rectifica.

Gato negro, gato blanco, gato etarra

 

El señor Sánchez no lleva ni una hora de presidente del Gobierno y ya ha comenzado la campaña para blanquear la ignominiosa forma con la que ha llegado al cargo. Hay una que me parece especialmente sangrante.

Leo que no podía evitar que determinados partidos le votasen y que no hay prueba de precio.

No hablo del PNV, claro. Todo el mundo tiene claro cuál ha sido el precio del PNV. Sánchez no lo ha reconocido y ha tenido que decir sandeces para justificar lo de tragar con unos presupuestos que hace una semana eran el mal —desde que respeta lo que deciden las cámaras a que era preciso para la estabilidad de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas—. Pero, en fin, esta enorme trola es una trola homologable en la política española. Además, claro que el PSOE podría haber firmado estos presupuestos (más divertido es lo de Podemos) y la auténtica exageración era la de hace una semana.

Tampoco hablo de Podemos. Sí creo que Sánchez seguramente no ha tenido que prometer nada a Podemos. Esto de la moción de censura, al hipotecado Iglesias, le venía tan bien que el PSOE no tenía ni que abrir la boca. De hecho, sin los errores estratégicos de Iglesias, este pacto llevaría años. Podemos es el aliado natural del PSOE. Lo ha demostrado por toda España. Nada raro, en consecuencia.

Hablo de los secesionistas y de Bildu. Pero también aquí hay que hacer diferencias.

Sánchez necesitaba a ERC y al PDeCat. El discurso blanqueador nos dice, sin embargo, que también ERC y el PDeCat necesitan a Sánchez o, al menos, que lo prefieren a Rajoy y por eso votan sí. Nos podríamos creer esto si Sánchez hubiera hecho algo muy sencillo: repetir sus palabras de los últimos meses. Sin innovar. Sin añadir una mísera coma de reproche. Incluso repetirlas con un añadido. Por ejemplo: «esto es lo que he dicho, que son ustedes unos golpistas, que están fuera de la ley, que han roto Cataluña por la mitad y que no solo no han cambiado el rumbo, sino que han elegido a un racista, pero vótenme porque soy mejor que Rajoy y mi partido es mejor que el PP». Podría haber dicho eso, pero ha optado por echar la culpa del «problema catalán» al PP y a la sentencia del Estatuto, trola tan gigantesca que me produce vergüenza ajena ver a los forofos socialistas tener que tragar con algo así, con un embuste de tamaño calibre, una de las coartadas —entre muchas otras, algunas auténticas deposiciones supremacistas— del secesionismo. Pero claro, Sánchez es «uno de los nuestros» y como se trata de echar al PP y que gobiernen los buenos, pues nada vamos a empezar esta nueva era de Acuario tragando una mierda del tamaño del macizo de Montserrat y poniendo la mejor mueca de la que seamos capaz.

Yo no sé si Sánchez regalará más cosas a los secesionistas. No tengo ninguna razón para el optimismo. Sobre todo porque, de momento, ya les ha regalado dos cosas: el silencio estrepitoso y una de sus coartadas favoritas. Gracias, majo.

Decía que había que hacer diferencias, porque, a pesar de todo, los secesionistas no son Bildu, aunque se hagan fotografías con Otegi.

Seguro que alguien me dirá: Sánchez no necesitaba los votos de Bildu. Claro, no los necesitaba, pero estos días se trataba de no hacer ruido. De ahí la bazofia intelectual sobre los «territorios» que quieren ser cosas. De ahí los asentimientos al portavoz de Puigdemont mientras este acusaba al PSOE de partido autoritario heredero del franquismo. De ahí las referencias al dolor y a lo que Sánchez «opina» sobre la condición de los golpistas encarcelados como «presos políticos». Por lo visto, el ya presidente del Gobierno opina que no lo son. Lo opina. Como opina que es mejor la tortilla de patatas con cebolla que sin ella. Joder, qué principios más arraigados los suyos.

Lo que yo esperaba, al menos, era que dijera a los herederos de la ETA y a los que toda su vida han estado aplaudiendo a los asesinos: «no quiero sus votos. No quiero ser presidente con sus votos. Son ustedes muy libres de votar sí, por supuesto. Pero, por mucho que me parezca mal lo que ha hecho Rajoy, antes me corto un brazo que entrar en la Moncloa de su mano. Y si no me diese la mayoría y necesitase sus votos, preferiría que continuase gobernando el PP. Para que les quede claro».

Sin embargo, el señor presidente del Gobierno se ha puesto a hablar de pensiones y de lo conforme que está con la portavoz de Bildu sobre la necesidad de derogar la llamada ley mordaza.

Esto es todo lo que Sánchez le ha dicho a la portavoz de Bildu, en sus dos intervenciones. No les pido que lo vean; no merece la pena. Lo pongo solo para que no tengan que creer mi palabra.

 

 

Imaginen a un candidato del Partido Popular a la presidencia del Gobierno que recibiera el apoyo de un partido nazi.

Imaginen que el candidato le dijera al tipo en cuestión unas palabras sobre lo importante que es reformar la ley hipotecaria, pero olvidase eso de «da usted asco, amigo nazi, y se puede meter sus votos por el culo».

Sí, imaginad lo que andarían diciendo los intensos que llevan un día tan indignados porque Rajoy estaba en un bar y no por la amnesia repentina del candidato estos dos días.

Aunque quizás lo que le haya pasado a Sánchez y al PSOE no es que estén padeciendo amnesia. Sino lo contrario: que acaben de recuperar la memoria.

Sexo consentido

 

Pedro Sánchez, para conseguir la mayoría que le puede convertir en presidente del Gobierno, en uno de los ejemplos más infames de parlamentarismo que recuerdo, ha optado por el amor y por la equidistancia urbi e orbi. 

«Agradezco que desde Cataluña se dé la oportunidad para que en España se abra un nuevo tiempo». Esto es lo que ha contestado Sánchez al portavoz del PdeCat para cerrar su última respuesta. Sánchez se acuesta en público con los golpistas y, a la vez, les otorga la condición de Cataluña.

Más de la mitad de los catalanes al cajón.

La principal responsabilidad de lo sucedido es del PP. Y de Rajoy.

La principal responsabilidad de lo que está sucediendo hoy es del PSOE. Y de Sánchez. Y, por tanto, de lo que sucederá.

Lo sucedido ha sido lamentable.

Lo que está sucediendo es sexo consentido. Que luego no vengan los socialistas intentando explicar otra cosa.

 

In the mood for love

 

 

Es maravilloso ver a Pedro Sánchez asentir cuando el diputado secesionista afirma que el PSOE es responsable del deterioro y degradación del Estado de derecho, del autoritarismo, del mantenimiento del franquismo, del etnicismo ultranacionalista español, de la ausencia de independencia judicial en España, como respuesta a los anhelos democráticos de la sociedad catalana representada por ese diputado.

Asentir con gesto de gravedad.

Está listo para el amor.