Criaturas

No sé si Uds. saben que mantengo una añeja relación epistolar con algunos judíos, y digo judíos porque lo son stricto sensu, y así prefieren que les llame, ya que algunos no son ciudadanos del soberanísimo Estado de Israel. Uno de ellos, que de vez en cuando escribe en mi en mi propia casa y al que tengo enlazado allí, es Mordechai Blumenfeld. Rebbe Blumenfeld padece cierta patología psiquiátrica que le hace peculiar: cree ser el judío errante. Resulta, sin embargo, que sus enciclopédicos conocimientos y su verbo fluido, que pierde un tanto por escrito, nos engatusan de tal manera a sus atentos seguidores que parece que sí, que conoció a Moisés de León, a Franz Kafka o que jugó a las cartas con Amschel, el primero de los Rothschild.

Me llamó ayer de madrugada, indignado y colérico. Me habló de arcedianos y de pogromos, con voz tonante y poca vocalización, que por cierto y considerando que habla el ladino con fuerte acento yiddish, se me hacía incomprensible, así que que le rogué que se calmara, sin éxito, por lo que sólo les puedo referir lo que colegí le movía a tanta desazón. Citó a no sé qué corresponsal, quizás de Haaretz o del Yediot Ahronot, que le informaba del ataque a dos ciudadanos israelíes ayer en Madrid, en una Universidad. Ya comprendí entonces que el arcediano al que hacía referencia en su diatriba era aquel Ferrán Martínez a quien en Taifas ya nadie recuerda y los sucesos los de 1391. Le tranquilicé mientras le aseguraba que no, que aún no se perseguía oficialmente a los judíos en España, que solamente se toleraba a bandas de desarrapados dizque progresoides y pretendidamente universitarios campar a sus anchas y amedrentar a quienes discrepan de su abyectas categorías mentales, resumidas sencillamente en la dialéctica de los puños y las pancartas y adobadas de uniformes astrosos y raidillos, compuestos por camiseta con imagen del burgués Guevara, pañoleta a cuadros de tío Yasser (a quien probablemente ya no recuerdan) y pantalones deshilachados apenas sujetos por los glúteos para impedir que se deslicen hasta los tobillos y dejar al simio portador en el nicho ecológico que le correspondería si disfrutáramos en este Planeta de eso que algunos llaman justicia poética. Por lo demás, uno no sabe si es más patética la algaradilla de unos ociosos sofronizados por décadas de incuria y odio o la temerosa y pusilánime actuación de las pretendidas fuerzas del orden público ante la agresión de la concurrencia desnortada, si no fuera porque les cuesta distinguir entre los agitadores profesionales pagados por subvencionadas ONG zapateriles y los muy numerosos portadores de acné y larvados cooperantes con causas emponzoñadas de amigos de sátrapas de habla farsí.

En ese punto es cuando el bueno de Blumenfeld me calma a mí y apostilla: «no te preocupes demasiado, turcos e iraníes se despellejarían entre ellos si no fuera por la existencia de Israel, así que en el fondo les convenimos como enemigo que distraiga a sus masas, el problema es que esa actitud haya prendido también en Occidente». (Mi impericia con el juedoespañol me impide transcribir sus palabras en esa lengua.)

Cuelga el teléfono y pienso que he olvidado preguntarle por dónde anda.

Post scriptum. He leído a algunos columnistas de ayer día 8 referirse a cosas que yo ya había escrito -permítanme un punto de soberbia- pero es que resulta (vide comentarios de la entrada «1,2,3» de ayer) que un pequeño desbarajuste relegó esta entrada a la sala de máquinas hasta hoy día 9, por lo que he debido corregir algún adverbio temporal.

2 de Mayo

Paseo por Madrid. Cerca del Retiro.

Ayer ya los había visto, aunque sólo eran dos. Reconocían la ruta. Hoy formaban al menos siete: una escuadrilla completa de C-101, los reactores de entrenamiento del Ejército del Aire asignados a la acrobática y representativa de fiestas mayores y concursos internacionales. Dejan una marcada estela roja y amarilla. Imagino que sobrevolarán las ceremonias del 2 de Mayo, efeméride incierta y ambivalente, presunto nacimiento de la España contemporánea que acabó en el abyecto reinado del miserable Fernando.

Un paseante rezonga: «…qué se se vayan a jugar a otra parte». Los aviones, es de suponer, porque mira al cielo, y añade una serie de exabruptos dignos de arriero patibulario. Un tipo seguro de sí mismo, con El País bajo el brazo, maduro héroe de los días de gloria del advenimiento de la Democracia, que debió ganarse con su improbable esfuerzo.

Añade al final, con inquina mal contenida: «¡Fascistas!»…

Provocación

Este fin de semana publicaban varios diarios crónicas coincidentes sobre no sé qué reunión que, a costa de su bolsillo, lector incauto, ha tenido lugar en Valencia. Para la prensa el interés de la cosa radicaba en el enfado entre la alcaldesa anfitriona, una mujer dura con redaños para estar al frente de lo que sea menester, incluso un batallón de coraceros prusianos, y la esquelética vicepresidenta, la que según los gazmoños adictos a dar coba al poder representaría el lado trabajador y capaz del equipo del Azote del Páramo. Lo cierto es que su enfrentamiento es cosa menor, porque al final ambas disfrutaron de la fiesta que Ud. y yo pagamos, un totum revolutum de señoras vestidas con sayones multicolores que danzaron sin recato exhibiendo contornos adiposos a la par que declamaban los mantras progresistas al uso.

Para que el gozo de colectivistas de izquierda y derecha fuera mayor, compareció el Gran Inane. Llegó, saludó, feliz consigo mismo, aunque le van creciendo las bolsas bajo los ojos -será por la realidad que le va sitiando- y provocó. Claro que sí: es que es un provocador, que vive de ello y de que entren al trapo por ambas manos unos y otros. Y cita desde los medios, oigan, que pudor no le sobra. Juró el sujeto que aunque se tambaleen los cimientos de Occidente jamás prescindirá del negociado de la Intelectual Orgánica del Régimen, que al parecer lo de la dotadísima experta en flamenco (esa que aún se sorprende a sí misma cada viernes compareciendo en el Consejo de Ministros), es asunto de ringo rango que ilumina el torpe camino de los españoles y será fanal del Universo Mundo, para que las naciones ibéricas recobren el puesto de luminaria global que perdieron cuando Pasionaria se fue con sus monsergas a aburrir a la estepa rusa.

Claro que lo mío es resentimiento de especie en trance de extinción.

Jersey

Apenas cuarenta minutos dura el viaje. Se toma un ferry en el pequeño puerto de Barneville-Carteret, en la Baja Normandía, previo control minucioso de pasaportes, pues no caben paraísos fiscales dentro de la Unión Europea, y con el mar fundido con el plomizo cielo, se pone proa a la isla de Jersey. En el barco no se nota, salvo quizá por los colores de los calcetines de algunos pasajeros, pero nada más pisar tierra queda claro que se trata de territorio británico: la omnipresente Union Jack nos advierte que hemos dejado atrás el proceloso continente y que estamos en lugar civilizado, o al menos eso parecen decir las miradas recelosas y los ceños fruncidos de los aduaneros británicos, que se fijan con cierta inquina en un grupo de ruidosos teutones (tráguense sus prejuicios) y con curiosidad en la familia española, que no es habitual ver por aquí gentes de tan exótico país (los franceses fueron más cordiales y preguntaron por las posibilidades de cierto equipo de ese circo deportivo en el que tanto afán pone el consumidor medio, a lo que el viajero poco más que dos vaguedades pudo contestar y por cortesía). El puerto está atestado de embarcaciones nada más entrar por la bocana, mercantes y pesqueras pocas, y deportivas y de recreo, algunas de eslora kilométrica, las demás. Ya se ve cual es la industria local: el manejo de los dineros de los muy holgados.

La capital, Saint-Helier, es un retazo de Plymouth o Bristol en medio del Canal. Casitas presuntamente georgianas en el centro, reina Victoria por aquí y por allá, pubs que anuncian la retransmisión de las aficiones de la isla grande en la que se miran y curiosa rotulación del nombre de las calles en francés e inglés, pero cuidado, no se trata de bilingüismo alguno, sino de historia, porque las denominaciones no son coincidentes y las francesas resultan de la última época – revolucionaria- en que los de enfrente tuvieron a bien apoderarse de la capital y de un no tan lejano pasado en que no era el inglés el idioma común, sino el jèrriais, una variante del antiguo normando afrancesado del Duque Guillermo y para los acomodados e instruidos el francés. Sin embargo, la llegada masiva de oficiales retirados de Su Graciosa Majestad, las guarniciones para salvaguarda de los peligros continentales, y el ventajoso sistema fiscal establecido ya en el siglo XIX que atrajo a los más adinerados metropolitanos hicieron del inglés la lengua dominante que se extendió desde la capital al resto de la isla.

Motivos tenían para que abundantes casacas rojas pararan por allí, aunque no fueron las únicas tropas, que aún se recuerda con escándalo a los seis mil cosacos que los aliados holandeses no soportaron y que Inglaterra se avino a alojar a ruegos del Zar Alejandro en Jersey, nada menos que hasta 1822. Para que los franceses no sacaran los pies del tiesto debieron de servir, lo que es poco conocer al gabacho, que pierde guerras y gana paces, que ya en Viena andaba Talleyrand, glorioso superviviente, maquinando con Metternich como sostener la rediviva política de los sátrapas que por aquellas fechas apuntalarían en nuestro triste lar al más destacado antecesor del A(zote) del Páramo.

Y los alemanes, que los tienen muy presentes, pues ahora lucen con cierto orgullo haber resistido con dignidad la ocupación entre 1940 y 1945: hasta el 9 de mayo de ese año no abandonaron los boches, que para estos menesteres es el adjetivo, su única presa británica, y aliviados, que desde el Desembarco andaban recogiendo mejillones por las playas para alimentar a la famélica guarnición. Además de algunas publicaciones de editores locales (que compré en un establecimiento en el que se hablaba sobre todo portugués, regentado por la segunda generación de una extensísima familia del Alemtejo) lo que quedan son algunas de las imponentes casamatas y grises torres de hormigón que con profusión construyeron los esclavos de la Organización Todt.

Todo eso lo sabe uno porque curiosea, pregunta y lee. Pero como la visita fue de apenas un día, a salvo la lectura posterior de las adquisiciones en el almacén portugués, lo más ilustrativo fueron las respuestas del guía conductor de un achacoso autobús que trasladaba a una expedición de jubilados normandos. El tipo se decía italiano y hablaba en un francés con acento muy particular, que en inglés se transformaba marcadamente en el gutural sonido de los eslavos, y contestó, a cambio de mis respuestas sobre asuntos españoles, a todas las mías. Y como le aclarara lo del condominio andorrano entre el arzobispo de La Seo de Urgel y Sarkozy y algo de la historia de los sitios de Gibraltar y de don Antonio Barceló y sus cañoneras, tuvo a bien detenerse en las mejores mansiones del interior para explicar con detalle a que se dedican los 15.000 empleados de banca locales (sobre una población de unas 90.000 almas).

Cierto interés por la raza de vaca autóctona, un par de castillos normandos y la rigurosa devolución al continente de los contingentes de lituanos y polacos una vez termina la temporada de recolección de la patata, completan la información al uso sobre la curiosa isla, que para el guía no es la más interesante de las del Canal, porque, como dice, donde de verdad se vive bien es bajo la soberanía del Señor de Sark. Y yo tengo para mí que habiendo localizado un par de librerías aceptables y existiendo Amazon, viviría a gusto en un cottage del interior, si el nivel de mis depósitos bancarios fuera suficiente para obtener la residencia en tan brumoso paraje.

Desfachatez

El viernes escuché unos minutos al bachiller Montilla en un programa de radio que presenta una reconocida progresoide. No lo soporté mucho tiempo, porque iba conduciendo y corría el riesgo de que me venciera el sopor, pero el caso es que un par de perlas pude escuchar al jefecillo socialista de la taifa catalana. Una en la que fustigaba al pánfilo gallego que dice dirigir la oposición, porque había propuesto un contrato de trabajo conforme al que la indemnización por despido declarado improcedente aumentara según creciera la antigüedad del trabajador. Decía el obtuso cordobés que eso ya existía, que lo de los 45 días ya funciona. Naturalmente la periodista no tuvo reflejos, porque, dócil ella, no sabe ni quiere saber. Y la segunda se refería al demonio particular -y cuánto deben quererlo en su fuero interno- de la patulea que nos sojuzga: Aznar. Cuando comenzó a descalificar a los por otra parte muy descalificables convergentes por haber votado las investiduras del vigoréxico ex-presidente decidí pasar al CD de Haydn que llevo estos días en el coche: La Creación (oratorio que les recomiendo vivamente).No dejaba de pensar, sin embargo, en que pertenece el sujeto a los cuadros de la más abyecta partitocracia que votan con alborozo una y otra vez los súbditos de este cuasi fallido Estado social (y blablabla dixit artículo 1.1) de la semántica y mentecata constitución de 1978, la del pacto de sátrapas menores con ambiciosos descamisados padres todos de retoños monstruosos. Claro que es esa solamente una de las patas del banco, que faltan la del borbonazo jovial, que ya sabemos en que emplea sus mañas (o mejor lo suponemos porque de su labor trasciende poco, aunque le luce mucho); la de los que patrocinan ocurrencias como la de Garrigues y Rocas y demás acomodados en el Régimen, que ya han perdido todo atisbo de vergüenza con el engendro mediático que patrocinan y, last but not the least, el soberano pueblo que con fatalismo berebere soporta en sus carnes los males que sembró tiempo atrás. Ya saben, sostenella y no enmendalla. Pues eso.

Y es que decía un inglés poco leído por aquí que sólo los atentos pueden mantener sus libertades, que solamente pueden gobernarse democráticamente los que con constancia e inteligencia están alerta; que los que emplean su tiempo en entretenimientos menores, sin vigilancia aquí y ahora y para el futuro inmediato, no podrán resistir las trampas de los ávidos en convertirlos en entregada clientela. O algo así, que la cita no es literal.

Oigan y estoy de buen humor, que el sábado ganó Irlanda a la Pérfida Albión.

Fernando de Habsburgo

Murió en 1641, amargado, abandonado y derrotado. No fue el final del dominio español sobre las provincias católicas, pero sí de la última esperanza de una Monarquía imposible. Góngora, sin acierto, le cantó obispo de Roma y Olivares se deshizo de él enviándolo a los variados avisperos de los reinos de su regio hermano, el Rey Planeta. Barcelona, para que sosegara a los afrentados catalanes y tratara de cerrar entregas de millones que el plante en las Cortes de 1626 hizo imposible. Milán, brevemente, el patio de armas de las Españas, y luego Bruselas, que allí era menester gente de sangre real y la Infanta filipina había muerto. Con el Infante Cardenal alejado de la Corte nadie habría de oponerse a los planes de Olivares. Y por el camino, con los refuerzos del gran Feria y unido a los alemanes de su primo el archiduque homónimo, Nördlingen y el ocaso de Suecia como potencia a este lado del Vístula. Triunfo luego en Bruselas, diseñado por Rubens, fulgor antes del desgaste de la guerra con Francia, en el último episodio conocido de un rey de armas proclamando los términos de la declaración de su señor en tierra enemiga. Después la guerra de asedios, el fulgor pasajero de Corbie, el pánico en París, el frente holandés y la cicatería de Madrid. De eso ya he hablado y lo que conviene saber ahora es otra cosa. Que muy al contrario que al idiota de su hermano Carlos o al angustiado primogénito Felipe, en Fernando se reunían las virtudes del modelo de príncipe que encarnaba el «cuarto abuelo de Vuestra Alteza, en cuyo glorioso reinado se ejercitaron todas las artes de la paz y la guerra y se vieron los accidentes de ambas fortunas, prósperas y adversa» al decir de don Diego Saavedra Fajardo. Cualidades políticas, aun por ósmosis, no le habían de faltar, criado como fue entre Borjas, puesto que muerta de sobreparto su madre, quedó al cuidado de la Condesa de Lemos, doña Catalina de Sandoval y de su hermana la Condesa de Altamira, doña Leonor de Sandoval, ambas nietas del santo valenciano y por tanto también descendientes del crápula que repartió el orbe entre Castilla y Portugal y hermanas del que por no morir ahorcado se vistió de colorado, pero que a la sazón gobernaba la voluntad de Felipe III. Compartió educación en la Corte con las suyas, Ana, futura Reina de Francia, María, futura Emperatriz de Alemania, y sus hermanos Carlos, que hubiera sido Gobernador de Portugal de no haber muerto en 1632, además de Felipe, el heredero. Fue el más dotado de los hermanos y una verdadera desgracia que Felipe superara las severas tercianas de 1627, porque el Infante se hubiera convertido en Fernando VI y no hubiera habido, probablemente, Borbón dueño de ese ordinal.

Falta en la historiografía española una biografía del Cardenal-Infante, no obstante las aproximaciones de Quintín Aldea o las referencias de Alcalá-Zamora en su obra «España, Flandes y el Mar del Norte: 1618-1639». Entre los historiadores extranjeros sólo un belga, Alfred Van der Essen le dedicó su «Le Cardinal Infant et la politique européenne de l’Espagne, 1609-1641», obra de 1944 pensada para dos tomos que se quedó en uno sólo después de la desmedida crítica que le dirigió Braudel, al reprocharle su linealidad, pues aunque el dominio de las fuentes era insuperable, se ceñía en exclusiva a la historia narrativa. Así que el último Habsburgo que brilló con luz propia en la Monarquía Hispánica del siglo XVII es un gran desconocido, salvo para los aficionados a la Historia Militar que conocen la batalla de la Guerra de los Treinta Años y cuya entrada en la Wikipedia les enlazo porque básicamente es obra del mercenario que suscribe. No es de extrañar, en cualquier caso, la despreocupación por episodios de nuestra historia que no sea susceptibles de politización y enfrentamiento cainita, si con eso nadie pierde y nadie gana.

Así que es por lo común desconocido que la dignidad cardenalicia fue producto de negociaciones con Roma que dirigió personalmente Saavedra Fajardo, entonces en aquella embajada y que el destino del joven Infante estaba ya ligado a Flandes, porque entre las doce razones aducidas por Felipe III para que Paulo V accediera a tal componenda figuraban en undécimo lugar, aunque primeras en importancia, las rentas de la sede primada de España, que recayendo en persona de familia real tendrían destino más adecuado a los designios de la Casa de Austria, para compensar los muchos gastos que producía la campaña de la brumosa tierra sin sol. Fue esta una de las escasas ocasiones en que Felipe III mostró firmeza, porque reaccionó con disgusto a la esquiva respuesta del Papa, que se sirvió del cardenal Borghese para tal menester, proponiendo un administrador apostólico para la sede toledana, lo que era contra el patronato real, y una incorporación al colegio cardenalicio cuando el Infante cumpliera más años. Ese enfado del Rey se manifestó en una severa carta de febrero de 1619 a la que siguió en marzo la rendición papal con un Breve concediendo el arzobispado y una resolución del Colegio de Cardenales que recogía un acta de una reunión del Consistorio secreto de 21 de julio de 1619 creando Cardenal a Fernando de Habsburgo, aunque no recibió las insignias de su dignidad, anillo y capelo, hasta enero de 1620, de manos del legado pontifico Marsilio Petrezzi, enviado a Madrid para ese menester.

Cardenal de la Iglesia y sometido a los designios de una figura de ambición notable y que ya se había situado en el Alcázar en oficios de influencia: Olivares, entonces Gentilhombre de Cámara del Príncipe de Asturias y como vencedor de la pugna entre Sandovales y Zúñigas, pronto Sumiller de Corps, Caballerizo Mayor y privado del Rey, y quien rodeó al Infante de gentes de su partido y trató de alejar a Fernando de la amistad con don Melchor y don Antonio de Moscoso, hijos de la hermana de Lerma que le había cuidado a la muerte de su madre. Fue la única pugna que ganó a Olivares. El resto de su vida fue un peón en los planes de Gaspar de Guzmán y Pimentel. En memorial que dirigió Olivares al Rey en 1632 denunciaba éste, con inverecunda desfachatez, la privanza de Antonio en la Casa del Cardenal y aconsejaba su separación, que pretendía con el previsto viaje a su gobierno flamenco, al que sin embargo llevó a Moscoso, quien murió el 29 de julio de 1634 en Baviera, poco antes de encontrar a Fernando de Hungría en el camino, para desgracia del Infante y regodeo de Olivares, que veía al Gobernador a su merced aun a tantas leguas de Madrid.

Alvise Mocénigo, embajador en Madrid de la Serenísma República decía del Infante: «de espíritu más vivo que su hermano don Carlos, de naturaleza más ardiente, es el Infante Don Fernando, Cardenal, de cerca de 21 años. Disfruta de una vida más libre, tiene Casa aparte y se gobierna con prudente artificio en relación con el Conde Duque para alcanzar sus fines (…) Es buen estudiante y ha aprendido muchas lenguas. Tiene conocimientos de la ciencia y ninguna inclinación a ser eclesiástico, se dedica con especial gusto al estudio del arte militar y le apetecen las ocasiones de tales ejercicios». Este informe fue leído al Senado en 1632 y contiene en síntesis los dos notas que marcaron el destino del Infante: su criterio independiente y su afición a las armas.

Flandes, después del estricto orden establecido por el cursus honorum para un Habsburgo español, era inevitable y el designio de Olivares, que se deshacía de un contrapeso en el Alcázar.

Perdonen Uds. que pase…

…a casa de Tsevanrabtán. Ahora bien, tipejo, lo que se dice tipejo, no es adjetivo adecuado para alguien de mi porte y tamaño, que ha batallado por los campos de honor que todavía quedan por este continente y que sobrepasa las 17 stones de peso. Lo digo por esa prevención que ha hecho el Viejo Mongol sobre la calidad de quien vaya parando por aquí. Y si el calificativo era de índole moral las frecuentes ocasiones en que nos topamos por las covachuelas de uno de los maltrechos poderes del Estado le habrán dado motivo, sinalagmático, para su juicio.

Día infausto, el que vimos ayer. Algún secuaz de la caterva colectivista que nos somete habrá aprendido que las guerras entre occidentales se ventilan hoy en los mercados y que mientras el Azote del Páramo se paseaba por D.C. genuflexo para la piadosa y evangélica astracanada a que le ha sometido Obama, la deuda soberana del postrado Reino de España cotiza ya por los suelos; que desde Bruselas amenazan con intervenir en el tinglado de la etérea Salgado (que por más dura que sea la purga será mejor que el letal desgobierno) y que ante los tímidos barruntos de reforma, los acomodados sindicatos verticales bufan y patalean, los muy desagradecidos. Solamente Botín da satisfacciones, que no en vano está en deuda con  Rodríguez-el-de-las-mercedes que para eso le ha salvado las cuentas de dos ejercicios con nuestro dinero y declara que va(mos), claro, por el buen camino. En eso y en levantar aceras se han consumido los dos años que median entre el Segundo Mandato y la ruina en ciernes.

Qué frío deben sentir ya por Ferraz y Gobelas cuando el defenestrador de Montesquieu clama por un gobierno de concentración. No decía eso este verano cuando, en éxtasis a los acordes de la Internacional, acompañaba en Rodiezmo al circunflejo.

No sé si estamos cerca del portazo a la argentina, que no es más que una forma atrabiliaria de socializar el fracaso de la tribu socialista y sus votantes, pero les recomiendo que mantengan algunos billetes en casa y si no se fían de nuestra divisa, piensen en la corona noruega.

Zu Hilfe! Zu Hilfe! Sonst bin ich verloren…

Pues eso.