La sangre era suya

 

Timur fue grande, pero no parece que fuera feliz. No, al menos, como sí lo fue Gengis Kan. Ambos bárbaros, sobre todo para los otros, pero Gengis fue el primero y él sí debió creer que el mundo le pertenecía. Los descendientes de Timur conocían la historia. Rukh, el único hijo supérstite, que no quiso perder el tiempo conservando el Azerbaiyán, fue mecenas y protector de artistas; Baysunqar, amante de los libros y de las joyas caligráficas; Ulugh Beg, el dueño de Mawarannhar, escrutador del cielo desde el observatorio de Samarcanda; Husayn Baiqara, espadachín y poeta en turco chagatái, artífice de la gloria pasajera de Herat. Todos ellos carecían de la creencia en el destino del Gran Kan y de sus hijos, y han sido olvidados, aunque pareciese que sus cortes eran la cumbre del refinamiento.

Gengis fue poderoso y feliz. Timur fue poderoso, pero en Otrar debió sospechar que su imperio no era nada sin él. En cierto sentido fue un gran ladrón. Quizás todo obedezca a que las grandes ideas se desgastan: no puede ser que aquellos, los de antes, siempre fueran gigantes. O que la sangre se diluyera. No, deben ser las ideas las que envejecen.

Muhammad Shaybani, con dieciséis años, tras perder a su abuelo

(el abuelo, Abu’l-Khayr, descendiente de Shayban, descendiente de Jochi, es el origen de la potencia uzbeka. Los oirates le harán morder el polvo y permitirán la rebeldía de dos capitanes, que tras refugiarse entre los chagatáis, huirán a las estepas, formando la nación kazaka)

y a su padre

(su padre, Shah Budaq, muere a manos de Yunus, kan de los chagatáis, protector de los kazakos, en una razia)

se hace bandido y soldado de fortuna. Llega a trabajar para los chagatáis, y desde la ciudad de Turkestán, el premio a su valor, reúne los restos dispersos de los uzbekos. Combate en Mawarannhar a los timúridas, entre ellos a Babur, el futuro conquistador de la India, abandonados por Bayqara. Caen Samarcanda, Bujara y el valle de la Fergana. Y Balkh y Qunduz. Y Jwarizm, Khiva y Herat (con Bayqara ya muerto). Pero ya no era tiempo para hombres poderosos y felices. Ni siquiera era tiempo para dinastías decadentes.

Shaybani se dirige a Afganistán, al lugar donde se refugian los últimos timúridas. El camino para la India.

Pero siempre hay nuevos bárbaros. Los kazakos le obligan a volver. Son como insectos molestos, que lo desgastan con peleas interminables. Lo suficiente como para llegar exhausto a la última batalla.

Venido desde Persia, Isma’il, el shah que funda la dinastía safávida, de sangre azerí y turcomana, descendiente por parte de madre de los ladrones del Azerbaiyán, acaba con Shaybani. Es el año 1510.

Del kan de los uzbekos sólo quedará su calavera, revestida de oro, y usada como copa en los banquetes.

 

 

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El primer emperador

El primer emperador del mundo fue un bastardo. Bueno, no tanto, pero hay que adornar las historias, ¿no? Tutmosis III era hijo del faraón Tutmosis II y de una concubina, la última opción del arquitecto Ineni para seguir mangoneando así …

… en Egipto. Por desgracia para el tercero de los Tutmosis, la hermanastra y esposa de su padre, la famosa Hatshepsut, que había tenido que tragar con un matrimonio que la relegaba a “gran esposa real” cuando lo que quería era ser faraón, pensó que ya había tragado suficiente. Así que, cuando se murió Tutmosis II y fue designado el tercero como faraón, se hizo la loca y silbaba por las estancias de palacio cuando le recordaban el conveniente matrimonio del pobre Tutmosis III y su propia hija (la de Hatshepsut … ya, ya sé que es un lío). Tanto se hizo la loca que el matrimonio no tuvo lugar y, de buenas a primeras, se hizo asociar como faraón al sobrino.

En realidad, Hatshepsut estaba afectada por una especie de odio furibundo a esos segundones que había tenido que soportar durante años. Ella era hija de Tutmosis I y de la gran esposa real Ahmose, y solo por el hecho de ser mujer había tenido que aguantar a todos esos farsantes. Así que se le ocurrió una idea interesante: hacerse faraón, ir apartando poco a poco del poder al bobo de Tutmosis III y crear una dinastía de faraonas. Por esa razón, pese a resultar un enlace de lo más lógico, impidió que su hija Neferura se casase con Tutmosis III, el bastardo. Y llegó a designar a Neferura “esposa de Amón”, o lo que es lo mismo, gran esposa real sin esposo.

Así estaban las cosas, ya ven. El pobre bastardo reinaba pero no gobernaba. Su tía y madrastra hacía y deshacía a su antojo. Y su supuesta prometida se lo hacía con Amón delante de sus narices (demostrando Amón, por cierto, gran aprecio por la familia, ya que la propia Hatshepsut sugería que su padre Tutmosis I era un cornudo y que el burlador había sido el dios, que se revolcaba con gran gusto con la feliz Ahmose, ya saben, la legítima). Poco de fiar eran estas hembras egipcias.

En fin, menos mal que la providencia vino en ayuda del pobre Tutmosis III. Neferura murió y —cosas del destino—, a la vez murieron un sumo sacerdote y un arquitecto que apoyaban a Hatshepsut y hacían el Amón con ella. Extraña coincidencia, es verdad, pero los designios de los dioses son inescrutables. El mensaje era cristalino: Tutmosis III empezó a mandar y Hatshepsut se dedicó, con gran sentido de la oportunidad, a la meditación. Aún reinó durante varios años, pero Egipto ya no se dedicaba a la femenina obra pública, sino a la masculina guerra.

Y es que no se pueden dejar en manos de mujeres los destinos de las naciones. Todo el rato hablando de templos y ciudades, de viajecitos por Punt, el país del incienso y la mirra, y de pasta para los curas. Y mientras tanto, los sirios cachondeándose de los egipcios, con el rey de Kadesh a la cabeza.

Tutmosis III recuperó la cordura y bañó de sangre la tierra de Canaán y aledaños, hinchándose a matar, a pillar, a violar y a saquear. Por cierto, la primera paliza que le dio al rey de Kadesh tuvo lugar al sur del Monte Carmelo, en abril del 1479 a.e., después de sitiar la fortaleza que da nombre al Armagedón. Cuenta Flinders Petrie que los hombres de Kadesh tuvieron que ser izados por los muros, por el canguelo que tenían a abrir las puertas de la ciudad. Al menos no mató a todos: a los hijos de los vencidos los mandó a Egipto, para su educación en los valores eternos, entre los que destacaba la adoración al faraón.

Ese éxito fue el primero de muchos. Hizo quince expediciones más. Tomó Kadesh, pasando el Orontes, ese riachuelo por el que transitarán tantos conquistadores con ínfulas, y después invadió Mitani. También se inventó una flota y acojonó con ella a Epiménides y a todos los cretenses (y esto es verdad) y se paseó chulescamente por el Mediterráneo. Tanto miedo dio a los mitanios que pronunciaban su nombre en los exorcismos y para asustar a los niños, como luego se hará en los Países Bajos con el Duque de Alba.


Cincuenta y cuatro años reinó el amigo. Sí, el primer emperador del mundo fue un bastardo. Pueden saludarlo en el museo de El Cairo.

Liquidar a Garzón


Implacable imputación de prevaricación la que hace El País; vean:



Sin embargo, el artículo sólo se fundamenta en un supuesto error (intrascendente) y en el tono “faltón y engolado” del magistrado del Tribunal Supremo.

Sólo en eso, omitiendo el demoledor relato que se contiene en la resolución. E ignorando que los calificativos que tan mal le parecen al periodista Lázaro simplemente son imprescindibles considerada la naturaleza del delito.

En fin, me alegra mucho descubrir en el irreprochable auto del magistrado Don Luciano Varela Castro argumentos que ya di cuando hablamos de esto, hace casi dos años, en una discusión que duró todo un día y en la que nos comportamos seriamente.

Y el blog se hizo mayor


Queridos lectores, como soy una persona educada (aunque no lo parezca cuando se me conoce bien) quiero informarles de que he decidido bajar el ritmo de publicación. ¡Con esta ya llevo tres entradas en el día de hoy! Me refiero a las mías. Puede que algún tipejo (no mecánico) se cuele y publique algo. Antes de insultarme, comprueben quién es el autor. No les pase esto:


Visiones


No me interesa seguir con el asunto Factual. Además, han dicho que rellenemos un formulario si queremos los euros de la suscripción. Lo he hecho; en cuanto me los devuelvan no tendré más que decir de la empresa.

Sin embargo, antes de cerrarlo, por mi parte, si me gustaría dejar constancia de que hay mucho imbécil que se atreve a criticar a los que siguen, sin saber por qué lo hacen, llamándoles fachas o esquiroles, por el hecho de mantener un puesto de trabajo, como si estuviesen mirando hacia otro lado mientras gasean a sus compañeros.

Cuando el Ya iba a cerrar hubo una reunión de la plantilla en la que discutieron qué medidas podían tomar. Alguien dijo que había que mantenerse unidos, porque todos estaban en el mismo barco. “¿Qué barco? ¿Tú ves algún puto barco?”, le soltó alguien.



Me comprometí a explicarle a ése (perdón a S) por qué el artículo de Sostres no tenía que ver mucho con mi opinión. Lo malo es que tendría que releerlo y me da mucha pereza. Así, de memoria, me parece recordar que habla mucho de España como nación y de Cataluña como nación, y de ahí salía todo lo demás. Con eso me basta. Yo de las naciones de las que habla Sostres he hablado una o ninguna vez.



Al parecer la Educación para la Ciudadanía sirve para hacer apología de la zoofilia. Por fin sirve para algo interesante. Espero que ese profesor redacte pronto los planes de estudio, a ver si el titular se empieza a parecer algo a la verdad, aunque sea como precuela.


¡Ay!



Autoridad Femenina
Concepto elaborado desde el feminismo de la diferencia sexual que apuesta por la constitución de una autoridad femenina construida de forma diferente (de otro modo) a la masculina (a la autoridad tradicional), que se opone y cuestiona las jerarquías y el poder. La palabra es el instrumento básico a partir del cual se articula y vertebra esa “otra autoridad” que a su vez es una figura de intercambio (nadie es en si la autoridad): la autoridad fluye mediante la palabra. Lia Cigarini señala que: “(…) la autoridad femenina no replica a la autoridad tradicional (…), porque la diferencia femenina no se mide con la masculina (…) Nuestra búsqueda de autoridad es un ataque directo al sistema de poder masculino (…) La práctica que crea autoridad simbólica de mujeres debe crear también una realidad social o no existe. (…) Y dar los instrumentos para la crítica del sistema de poder. O no existe”.

El resto aquí, amigas empresarias.

Y después, ¡a cantar!


Lang lang, sonaba la caja registradora


Hoy he escuchado a la OCNE dirigida por Tan Dun, tocar obras de Tan Dun: su Sinfonía heroica para internet, pagada por Google para ser interpretada por la Orquesta sinfónica YouTube; Four Secrets Roads, extraídos de la ópera Marco Polo, y su Concierto para piano El fuego, compuesto para Lang Lang.

Pretendía escribir una crítica/crónica metiéndome (básicamente) con el compositor y sus obras: una mezcla de música romántico/nacionalista decimonónico con brotes de orientalismo, de mambo a lo Bernstein, y de Ennio Morricone. Todo como muy oído, a pesar de la pericia del autor, que pone los booms donde debe (y eso es algo bastante chungo). Salpimentado, claro, con algún elogio que me serviría para linkar alguna entrada de Rumbo a los Mares del Sur, que vendría bien a cuento, teniendo en cuenta la manía de Tan Dun de hacer sonar los violoncellos como P’ip’as.

Luego les contaría que Lang Lang había estado bien, son ese sonido marca de la casa, tan cristalino, con su claridad extraordinaria en el fraseo, con sus problemas a la hora de enfrentarse al tutti de la orquesta, y con su interpretación algo superficial. Y además, su bis ha merecido ese nombre, porque fue el mismo que nos regaló el año pasado, Tristeza, el estudio de Chopin, que debe ser habitual (por lo que he visto en youtube). ¿Y cómo lo toca? Bien, muy bien. Timbre de forma exquisita y las respiraciones se paran. Se paralizan, en realidad, porque su rubato, por momentos, es tan excesivo que he visto que alguna anciana señora se iba poniendo azul y casi moría, no de tristeza, sino de cianosis, a la espera del jodido acorde siguiente.

Sin embargo, todo esto, que me habría procurado el aplauso de unos y el gesto torcido de otros (con gran placer colectivo), debo dejarlo de lado. He de hablar de algo mucho más importante:

En el programa del concierto, junto con las sesudas reflexiones de siempre, podíamos ver unas ofertas que no podrán rechazar.

La primera es el libro de memorias de Lang Lang, en el que nos cuenta cuándo aprendió a poner esos caretos sin ser descubierto por algún guardia rojo (¡no busquen en la wikipedia: seguro que hay más “libertades” en el libro, joder!).

La segunda son las Lang Lang Gazelle, disponibles por 125 dólares americanos. Son maravillosas: desde que me las he comprado toco la Hammerklavier en mitad de tiempo.





Y mi producto favorito, la Lang Lang scarf, un prodigio de buen gusto y artesanía, propio de una de esas tiendas de magia oriental que se han extendido por toda la geografía nacional.





Por cierto, pese a la lengua viperina de muchos maledicentes, el estampado de la bufanda está formado por minúsculos pianos de cola y no por enchufes macho con toma de tierra.

Invictus



Acabo de ver Invictus, la última película de Clint Eastwood, basada en el libro de John Carlin, El Factor Humano. El libro y la película nos cuentan los primeros tiempos de la presidencia de Nelson Mandela, sus intentos para crear las condiciones para una reconciliación nacional, y cómo utiliza la Copa del Mundo de rugby que se va a celebrar en Sudáfrica con ese fin.

La historia es tan extraordinaria que se convierte, en cierto sentido, en un lastre para la propia película. Digamos, parodiando a Hitchcock, que Invictus no es un film de Eastwood. Su director tiene un pulso especial cuando los héroes de sus películas tienen un lado oscuro, como en el caso de Charlie Parker o de William Manny. Aquí ese lado simplemente no existe. Sólo aparece, y como con calzador, en una escena de Mandela con su hija. Todo el mundo es excesivamente bueno en la película. Es tan evidente el intento del director por demostrar la capacidad de Mandela para provocar un efecto a lo “capra” que las menciones al pasado y al horror terminan resultando excesivamente vagas, como si se estuviesen mencionando hechos sucedidos una generación atrás.

La historia, tal y como se cuenta, no tiene apenas tensión. Los guardaespaldas, negros y blancos, terminan unidos por la profesión y el deporte, pese a la violencia segura de su pasado y al odio previo entre ellos. El odio racial está presente de una manera demasiado diluida. Sobre todo el de los blancos hacia los negros. Y la evolución de Pienaar, el otro personaje central de la película, es demasiado basta. El director “pierde” demasiado metraje en mostrarnos a Mandela, pero ese gasto es excesivo e innecesario, porque el personaje no cambia (es imposible, es demasiado perfecto); son los demás los que evolucionan en contacto con él, pero lo hacen de forma brusca, poco sutil. Y a veces se cae en ciertos infantilismos en el guión (la explicación de la haka, dar por sentado que los sudafricanos ignoran -las cárceles, el odio a los springboks, la pobreza de los suburbios- asuntos que necesariamente conocían, porque eran absolutamente cotidianos).

Puede que sucediera así. Al parecer los grandes trazos de la historia real se parecen mucho a lo que se cuenta (salvo por el pequeño detalle de ocultar a Thabo Mbeki suministrando comida en mal estado a los neozelandeses, que jugaron el partido con diarrea), pero la pequeña historia, la importante cinematográficamente, no está bien hilada. Salta demasiado, y las transiciones no se aprovechan, como en otras ocasiones, sino que sólo sirven para llevarnos de un gran momento a otro: hay tantas y tan buenas anécdotas. Resulta muy curioso comprobar como, una vez más, tanto material termina produciendo una historia fría. Ni siquiera un momento de inflexión, la escena central, en la que Pienaar ve a Mandela en prisión, tiene la altura emocional que Eastwood consigue a menudo en sus mejores películas. Quizás sea producto de la cercanía, y algo así sólo pueda contarse cincuenta años después, con todos los protagonistas muertos.

Es, no obstante, una película que se puede ver. Está hecha con gran honestidad, y muy bien interpretada. Hay momentos estupendos, como el comienzo, con Mandela arreglando su cama, nada más levantarse de madrugada, o el equipo enseñando a unos niños negros en una barriada. Las escenas de competición son correctas, aunque a veces parezcan entrenamientos y sean algo torpes, y pese a que Eastwood juega un poco excesivamente con la progresión del clímax en el happy end, ¿quién no habría hecho lo mismo?