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Iba leyendo un artículo de El diario sobre la liquidación de la herencia de Botín y la planificación fiscal y haciendo eso de levantar las cejas cada vez más arriba ante el tótum revolútum de lo que en él se afirma. Sobre todo porque hace algo francamente muy arriesgado: dar una cifra. Más aún, la da en una de las entradillas, en las que habla de 8,5 millones de euros de impuesto de sucesiones. Yo, que he liquidado unos cuantos impuestos de este tipo, no se la daría (sin hacer previamente los cálculos exactos) ni a mi padre. Menos aún teniendo en cuenta la complejidad de la herencia de la que hablamos.

Para no enrollarme solo me voy a referir al error más gordo (aunque hay muchas afirmaciones en el artículo que habría que matizar o ampliar  y que tienen que ver con las donaciones a hijos, con las empresas familiares, con la supuesta importancia de la residencia de los herederos, etc.). Dice el artículo:

Así las cosas, si se toma como buena la cifra de los 850 millones (aunque la base imponible para liquidar el impuesto sería sin duda menor) y le aplicáramos el 1%, tendríamos un traspaso para las arcas del Estado de poco más de 8,5 millones de euros. Sin embargo, al vivir aún la matriarca, Paloma O’Shea, esta cantidad se reduciría a la mitad, ya que por la época en la que contrajeron matrimonio lo lógico es que estén en régimen de gananciales y el 50% de esta fortuna le pertenezca aún a ella.

Es un error, porque la bonificación del 99% lo es de la cuota tributaria. No se aplica un tipo del 1% a la base imponible (una vez reducida -o adicionada, que de esto no habla el artículo) sino que se aplica el tipo, se multiplica por un coeficiente derivado del patrimonio preexistente y el resultado es el que queda reducido al 1%. Considerando que el tipo máximo en Madrid es del 34% y el coeficiente máximo es de 1,2 en el grupo de descendientes, los 8,5 millones de euros de que habla el artículo serían en realidad y como mucho 3,5 millones de euros. Y si se aplica solo a la mitad de gananciales, de 1,7 millones.

Me parece cojonudo que alguien se tome la molestia de contarnos qué pasa con la fortuna de Botín, y cuántos impuestos se pagan, ya que los grandes medios seguramente se cuiden mucho de hacerlo. Hoy mismo las notas sobre el presunto sucesor de Isidoro Álvarez que he visto en varios medios son sonrojantes  y no porque no sean ciertas, sino porque se parecen tanto entre sí y se parecen tanto a una bio de una web corporativa que apesta que los medios la publiquen, en vez de dar a sus lectores algún dato con sangre y carne.

Lo que me parece mal es la precipitación. Si se quiere dar una noticia así, hay que trabajarla mucho mejor, si no se quiere caer en la banalidad y en el error grueso.

 

A raíz de una conversación con Horrach sobre algunas opiniones que había emitido en tuiter acerca de la persecución del falso testimonio en España, recopilé algunos datos que ha utilizado en el artículo que acabo de enlazar. Lógicamente, por razón de espacio y síntesis, ya que se trata de un artículo periodístico, Horrach no ha incluido toda la información, pero ¡yo no tengo ese problema! Así que, como este es un asunto que aparece a menudo en prensa (hace unos días de nuevo con los datos de 2013) puede que a alguien le interese conocer mi opinión. Ahí va la información y alguna reflexión sobre el asunto:

El equivalente al perjurio anglosajón es el falso testimonio, que se regula aquí. El perjurio en el derecho anglosajón siempre ha sido perseguido de manera muy severa. En España, las penas son más leves (salvo en el caso de falso testimonio en causa criminal que lleve a una pena de prisión) y sí hay condenas por falso testimonio, aunque la ley presenta una puerta de salida que no me gusta mucho: permite eludir la condena en prácticamente todos los casos si el que emitió el falso testimonio admite la verdad antes de que se dicte sentencia. En cualquier caso, aquí hay estadísticas de 2012, de las que resultan 327 condenas por la comisión de ese delito. Podemos ir comparándolas con otros delitos, pero el dato indica que no es un delito de los más habituales (o de los más perseguidos). Personalmente, y sin haberlo estudiado a fondo, creo que en España es un delito poco perseguido en comparación con el mundo anglosajón, por ejemplo.

La denuncia falsa y simulación de delito son otros tipos delictivos. En el enlace anterior consta que en 2012 hay más de 2.000 condenados por denuncia y acusación falsas. Aunque ahí no se desglosa por tipo de delito denunciado, por la prensa sabemos que las condenas por denuncia falsa en casos de violencia doméstica son escasísimas: en 2010, tres casos; en 2013 solo hay 22 casos tramitados, 17 aún abiertos y solo 2 condenas. Ahora relacionemos eso con los totales:

1.- En 2012 hubo 128.000 denuncias en materia de violencia doméstica.

2.- De ellas se derivaron 50.000 sentencias, de las que 30.000 fueron condenatorias (aprox.).

3.- En 2011 (no he encontrado el dato de 2012) las denuncias falsas (con condena en sentencia) en materia de violencia doméstica fueron 19. En 2013, como he dicho antes, 2 sentencias condenatorias.

4.- Conforme a los datos del INE, si hay unas 275.000 condenas en 2012 (y dejando de lado que no sé cómo se hacen exactamente esas estadísticas: si cuanta cada delito por separado aunque sea una sola la sentencia, si se suman las condenas que recibe una misma persona, etc.) podemos hacer una extrapolación: aproximadamente un 10% de los delitos que dan lugar a condenas son de violencia doméstica (este dato no lo podemos sacar del INE porque la violencia doméstica se puede producir mediante delitos de diferente tipo: homicidio, lesiones, amenazas, coacciones …). En cualquier caso, las condenas por estos delitos son siempre de las más numerosas, solo superadas por hurtos y robos.

5.- Si alrededor de un 10% de los delitos es de este tipo, y hay 2.422 denuncias falsas condenadas en 2012, resulta extraño que solo 19 de esas condenas lo sean por un delito muy habitual. Lo normal es que las denuncias falsas se dieran en los delitos en los que más condenas hay, ya que son los más habituales. No obstante, esto sería una aproximación muy grosera (que implicaría que, al menos, unas 250 condenas debieran ser por este tipo de delito). En realidad, lo más normal es que la denuncia falsa se produzca en delitos en los que el denunciante tiene algo que ganar. Un ejemplo: yo he llevado ya varios casos de denuncia falsa de robo de teléfonos móviles (la gente denuncia por ejemplo un robo con violencia cuando simplemente ha perdido el aparatejo porque así cobra del seguro). ¿Qué “sector” es el que sería más proclive a este tipo de denuncias? Aquel en el el que se conocen denunciante y denunciado y aquel en el que el denunciante puede obtener algo. Un ejemplo paradigmático es este: denunciante y denunciado tienen o han tenido una relación sentimental. Es fácil que exista odio; es fácil que se gane algo con la denuncia (detrás hay pleitos sobre custodia de hijos, pensiones, uso del domicilio familiar). Lo racional sería que en esta materia hubiese muchas más condenas por delitos de denuncia falsa, ya que este delito se daría más a menudo.

6.- No sé cuál es el dato de denuncias totales (por delito) con independencia del tipo delictivo. Es importante el dato de que lo sean por delito, porque muchas pueden terminar siendo faltas. No obstante, el número de denuncias en asuntos de violencia doméstica es muy elevado (y la regulación actual facilita que la mayor parte de las conductas sean delito -37.000 de 39.000 sentencias en 2013). Es decir, conductas que no son delito si no hay o ha habido una relación sentimental lo son si concurre ese elemento. Esas denuncias (que no dan lugar a condenas) también pueden ser susceptibles de ser castigadas como denuncias falsas. Es cierto que muchas se archivan o sobreseen porque no hay indicios suficientes de delito, pero el que no los haya puede, como es obvio, ser resultado de que la denuncia sea directamente falsa.

7.- Hay una razón que no hay que excluir para que el número de condenas en esta materia sea muy pequeño: la denuncia falsa es también un delito. Hay que probar su comisión. Y al igual que se sobreseen casos de violencia doméstica por falta de pruebas, es complicado probar que eso que no te has creído (la historia de la denunciante) es falso y poder probarlo con las garantías que exige la legislación penal.

8.- Frente a eso (que es cierto), la realidad es que los números son muy chocantes. Algo falla cuando de 128.000 denuncias solo se puede probar la falsedad de 19 -2 en 2013-, pese a existir 2.400 condenas anuales por ese delito de denuncia falsa. Mi interpretación personal es que perseguir la denuncia falsa en los delitos de violencia doméstica tiene muy mala prensa y los jueces y los fiscales lo tienen que ver muy muy claro para proceder (y no digo ya para condenar). Y, aunque esto es solo una anécdota, yo sé personalmente de más casos de denuncia falsa (indiscutibles, normalmente por admisión de la propia interesada) que los que salen en la estadística de toda España para 2012. Los conozco directamente o a través de alguno de mis compañeros (de compañeros de los que me fío). Bastantes de esos casos han terminado en reconciliación de denunciante y denunciado.

9.- En cualquier caso, usar el dato de las 19 condenas como prueba de que no hay prácticamente denuncias falsas en materia de violencia doméstica es simplemente absurdo. Una cosa es el hecho de la denuncia falsa y otro el de la condena. Más aún, los interesados en política criminal deberían extraer de ese dato justo la consecuencia contraria a la que extraen: que se trata de una anomalía extrañísima que ha de tener una causa. Y me deja perplejo que personas muy beligerantes a favor de la actual regulación en la materia se empeñen en esgrimirlo cuando es contrario, en mi opinión, a la más elemental experiencia.

Sin embargo, se usa para lo contrario: para vender una visión políticamente correcta, conforme a la cual, la prueba de la violencia es la simple denuncia, ya que las mujeres, como los cristianos viejos, nunca mienten y nunca denuncian en falso.

Y ahí está la mayoría opinante: creyendo en las haditas.
Haditas

La insoportable mendacidad

De entre las cosas que se tolera por la mayoría, no hay nada que me irrite más que la mendacidad. Hoy, Josep Rull, un señor que manda mucho en CDC, ha dado una clase en directo en Onda cero.

Cosas que ha dicho:

1.- Que la manifestación de ayer no lo era por la independencia, sino por el derecho a opinar.

2.- Que ellos no están a favor de la desobediencia civil, porque están por que se cumpla la ley, concretamente la ley catalana.

3.- Que la intervención del Tribunal Constitucional es política. Que basta con que el Gobierno no recurra la Ley de consultas que se aprobará en el Parlamento de Cataluña para que la consulta se pueda celebrar.

4.- Que el Tribunal Constitucional no puede oponerse a lo que digan los catalanes. Y que es muy extraño que el TC declare la inconstitucionalidad de parte del Estatuto catalán cuando se había aprobado en referéndum (algo en lo que, acojonantemente, le ha dado la razón Nicolás Redondo).

5.- Que, en caso de que haya consulta, y la mayoría de los catalanes opte por la secesión (él no ha usado esa palabra) lo que habría que hacer es pactar cómo se lleva eso a la práctica.

6.- Que la Ley de consultas que se aprobará tiene “constitucionalidad” y “estaturiedad”.

Ayer me explicaba Sámuel, en un comentario a mi entrada, que los asistentes a la manifestación no estaban engañados, que sabían para qué es el referéndum. Claro que lo saben; toda mi entrada era irónica. Ellos lo saben, lo sabemos todos, lo sabe el Consejo de Garantías Estatutarias y, supongo, lo sabrá el Tribunal Constitucional.

Por eso repugna tanto a la razón un discurso como el que acabo de resumir. Los señores juristas del Consejo de Garantías Estatutarias (la mayoría que votó a favor) saben que una consulta general y formal al censo es un referéndum con independencia de que su resultado sea vinculante o no (entre otras cosas porque hay referéndum no vinculantes en la propia CE). Saben que avalar que una consulta así no es un referéndum es un gigantesco fraude de ley, pero les ha dado igual. No juzgo intenciones. Juzgo razonamientos (en la medida en que se condensan en la nota que he podido leer y que redactaron ellos mismos). Y los razonamientos son de chiste.

El señor Rull también está de acuerdo conmigo aunque materialmente afirme otra cosa. Sí, dice que la manifestación no lo era más que por el derecho a opinar, a la vez que afirma que, una vez hayan opinado los catalanes habrá que negociar cómo se lleva a la práctica lo que los catalanes han opinado. Es tan grotesco que en un lugar serio sería embreado y emplumado por faltar a las mínimas reglas de la razón. Si una consulta es solo una consulta, pero hay que cumplir el resultado de la consulta, la consulta es vinculante. Vamos, es un referéndum.

El señor Rull, acostumbrado supongo, a pasarse la ley por el forro, también quiere que el Gobierno de España prevarique materialmente no recurriendo la ley de consultas. Así se resuelve todo, claro. Dejándoles hacer, aunque eso suponga saltarse la Constitución. Y habrá quien diga que la culpa será de Rajoy y cía por presentar un recurso, con lo fácil que sería mirar para otro lado.

El señor Rull también dice que ellos no están por la desobediencia civil porque van a cumplir con una ley catalana. Esto ya es literalmente de traca. Todo el sistema competencial y todas las instituciones catalanas son legales porque derivan de la Constitución. De la misma norma de la que derivan las competencias del Tribunal Constitucional; la misma norma que dice que la soberanía recae en todos los españoles; la misma norma que reserva en exclusiva los referéndum al Estado, en particular en aquellas cuestiones de interés general. Yo diría que la secesión de una parte de España es un asunto que parece de interés general. Cuando se incumplen las leyes del Estado y se desconocen las competencias del Estado, se incumple la ley catalana. La Constitución es una ley catalana. Todas las leyes españolas son leyes catalanas y todas las leyes catalanas son españolas.

En realidad, lo que el señor Rull (y todos los que opinan como él) está diciendo es que no hace falta referéndum más que por razones formales. Que los catalanes son ya soberanos por sí solos; que su parlamento es soberano. Solo así puede interpretarse la idea de que ellos puedan decidir por separado y que exista una razón democrática por encima de las leyes “españolas”. Y cada vez que dice eso, el señor Rull ya está manifestando su intención de incumplir esas mismas leyes. Lo demás es mendacidad. Pura y simple mendacidad. Teatrillo. Y hay necios que lo niegan.

Sobre esto resulta patético que se diga que es “raro” (disfuncional creo que ha dicho exactamente) que el Tribunal Constitucional haya declarado inconstitucional partes de un Estatuto aprobado en referéndum. Esta afirmación solo es admisible en alguien que ignora gravemente en qué consiste un estado democrático o que se comporta con mendacidad. Siempre que el Tribunal Constitucional declara la inconstitucionalidad de una ley lo hace oponiéndose a la “voluntad” del pueblo, porque todas las normas se aprueban por la mayoría de los españoles representados por los diputados y senadores. Es tan de cajón que resulta lamentable tener que recordarlo. Y que se trate de un referéndum no implica que tenga una legitimidad superior. ¿O estaríamos de acuerdo en que se estableciese la pena de muerte o la prisión administrativa o la tortura por votación popular ganada por un 51% de votos a favor en un referéndum convocado por el Gobierno? Aprovecho para recordar algo que he defendido siempre: tratándose de algo que implica una reforma constitucional, en mi opinión, ni siquiera el Gobierno es competente para convocarlo sin cumplir los requisitos que establece la propia Constitución para la reforma constitucional. La razón es muy sencilla: una vez permites que la gente vote sobre algo siguiendo un procedimiento ilegal vistes el resultado de falsa legalidad y terminas sometiéndote al populismo. Es algo que recuerda a esas leyes votadas en parlamentos que se hacen el harakiri y ceden sus competencias al poder ejecutivo (así sucedió con Hitler y el parlamento alemán). No hay democracia sin ley.

Por desgracia, estamos rodeados de mendacidad y corrupción. Los catalanes no son distintos del resto de los españoles. Los españoles han tragado durante años con gobiernos y partidos embusteros a pesar de que conocían sus mentiras, porque las cosas les iban suficientemente bien. Y ahora la gente se indigna con aquello que antes consentía. Si los españoles hubieran castigado electoralmente la mentira y la corrupción los partidos se habrían visto en la necesidad de curarse. Y ahora esa misma gente miente y se miente afirmando que es terrible que haya tanto aprovechado, cuando lo que le molesta de verdad es estar pasándolo mal por culpa de la crisis. Y qué hace esa misma gente: dejarse engañar por populistas infames que prometen jauja. La culpa siempre es de otros. Muchos catalanes dicen que la culpa es de “España” y muchos españoles dicen que es de la “casta”. Nadie dice: soy culpable por dejarme engañar y por mentir. Por decir que quisiera vivir en un país en el que se cumpla la ley, cuando lo que quiero es vivir en un país en el que se cumpla la ley mientras me convenga. La gente quiere tener las escrituras de sus casas en el registro de la propiedad y llamar a la policía si un tipo embozado entra por el balcón, pero le da igual saltársela para pillar dinero negro vendiendo una VPO o que se la salte algún político si lo que hace cree que le conviene. Luego, llegado el caso, cuando jauja se resista, llegará el crujir de dientes y dirán: no sabíamos que estos tipos eran así. Y volverán a mentir y a mentirse.

No, la clave no es que la mayoría de los catalanes estén equivocados en este asunto. Lo repugnante de todo esto es ver cómo, de nuevo, prevalece la mentira, la deshonestidad.

Somos unos trileros de la peor especie: de la especie que se cree honrada.

 

Llevo un rato asistiendo a la manifestación de la Diada y escuchando discursos. Son bastante coñazo, pero eso no es raro. No hay prácticamente información (hablo técnicamente). Todo es redundancia, salvo un par de cosas: que Cataluña será independiente (para algunos incluso ya lo es desde hoy) y que lo será por una votación el 9 de noviembre.

Así lo han dicho todos los oradores (entre ellos los jefes de Òmnium cultural y la ANC).

Lo que me extraña mucho es que digan eso. No está bien engañar a cientos de miles de personas. El señor Mas debería aclararlo inmediatamente. La ley de consultas es constitucional, según el Consejo de Garantías Estatutarias, porque no prevé un referéndum vinculante (algo que es competencia exclusiva del Estado), sino una consulta. Una toma de la temperatura. Y así lo han dicho todos los que pintan algo por allí.

Y es bien extraño que la gente no se haya enterado y crea lo contrario: que como es una consulta formal, a todo el censo, ha de tener un valor constitutivo imparable.

Nada. Seguro que Mas lo aclara todo hoy mismo.

V

 

Sobre elecciones

Llevo unos meses comentando en Jot Down Naturaleza incompleta, la obra de Terrence W. Deacon. Aquí y aquí y aquí y aquí.

En el último artículo, menciono que existe un epígrafe final en el que Deacon hace afirmaciones con las que no estoy de acuerdo. No entraré en detalles, aunque básicamente se trata de una refutación de un cierto nihilismo contrario a una visión valorativa del mundo.

Es curioso cómo existe un trasfondo ideológico entre los “materialistas” y los “románticos” (no he inventado los términos) que empaña las complejas y trascendentales cuestiones de las que estamos hablando: sobre cómo funciona la mente; sobre si la finalidad es o no un motor que cambia las cosas que nos rodean; sobre si nuestro comportamiento está determinado o hay un yo que elige.

Personalmente creo que todos los indicios apuntan a que efectivamente existe un yo que elige (incluso que elige seguir existiendo o no). En primer lugar, todos actuamos como si existiese, incluso aquellos que defienden sonoramente que no existe, en los que se detecta un postureo francamente simpático. En segundo lugar, es una hipótesis más sencilla. Es más simple pensar que la evolución dotó a las máquinas biológicas más desarrolladas de la capacidad de evaluar la realidad creando futuros virtuales a fin de adaptar su respuesta de forma más eficiente, que pensar que evitó ese camino y sin embargo nos dotó de una falsa creencia en la libertad. En el caso del hombre, es una hipótesis más sencilla pensar que la complejidad de ese mecanismo produjo un permanente centro de imputación (también virtual) autoconsciente y que este se convirtió automáticamente en un input de su propio funcionamiento, que pensar que la naturaleza “construyó” una máquina que funcionaba como un ordenador, con un programa al que haces una pregunta y sale una respuesta y solo una. En tercer lugar, hay algo verdaderamente cachondo en la idea de que la evolución generase un órgano capaz de crear lo que ha creado el hombre en los miles de años en que andamos por aquí (incluidas las teorías que no creen en el libre albedrío), pero que lo hiciese de forma que no hubiese alternativa. Porque esa es la paradoja esencial: si no hay un yo que elige, todos los productos del hombre, incluida la cultura humana son un excipiente inevitable. Como excipiente son la hostia. Como excipiente inevitable la rehostia. Algunos tratan de salir de ese callejón sin salida hablando de que el producto indeterminado es resultado de la interacción social de máquinas deterministas. Demasiado exuberante, en mi opinión. Como un sostenella.

Lo curioso de estas polémicas es pensar que no cabe una visión materialista del mundo favorable a la idea del libre albedrío. Algo así como que pensar que somos libres nos obliga a entrar en la senda de la ética o, por decirlo mejor, de una cierta ética o de una cierta recuperación de un mundo de valores absolutos. Es absurdo. Yo creo que existe la libertad, que escogemos -sabiendo lo mucho que hay que matizar cuando se afirma eso-, y que al escoger creamos conceptos como bueno o malo. Creo también que el hecho de que gocemos de una facultad así no implica necesariamente que tengamos que regirnos por categorías valorativas (y menos como principios rectores de nuestro comportamiento y de nuestra forma de razonar). Hay una aproximación más simple: podemos escoger y la capacidad de hacerlo creando mundos virtuales abrió al ser humano al mundo del razonamiento abstracto y el conocimiento. Sin embargo, esa capacidad no nos obliga a creer en nada. Ni siquiera a creer que esos mundos virtuales reflejen la realidad sustancial de las cosas. Puede, incluso es probable (pues han de ser eficaces), pero no es imprescindible que lo sea. A lo largo de la historia el hombre ha adoptado explicaciones para las cosas que parecían encajar con la realidad y que incluso eran útiles para representársela desde un punto de vista práctico, pero que luego hemos visto que eran falsas.

La idea de que no solo hay que centrarse en la materia, sino en cómo se organiza, la idea de que lo geométrico y lo temporal son esenciales me resultan muy convincentes. Ahora, para pasar de ahí a una especie de espíritu universal que mida o pese lo bueno o lo malo hace falta un paso que no estoy dispuesto a dar si no se me convence.

Naturalmente puede que alguien lo consiga. Escogeré entonces.

 

Camino de la muerte tuitera

En diez días, mi vieja cuenta de tuiter ha perdido 55 seguidores. Si se mantuviera un ritmo como el actual, en 909 días alcanzaría el 0 absoluto. No llegará a esa situación porque al menos me seguiré siguiendo para evitar el colapso.

Sin embargo, será curioso ir observando (y más en un blog termodinámico como este) hasta qué punto la ausencia de actividad produce una degradación uniforme o no. Naturalmente, el aumento de entropía tuitera es inevitable.

Creo que, al efecto, hay que considerar tres principios que tienen un sentido diferente:

1.- Por un lado, el ritmo de la degradación debería aumentar desde el momento en que se vayan rompiendo los enlaces entre esa cuenta y los que la seguían como consecuencia del hecho evidente de que no se recuperará.

2.- Esto podría verse compensado en parte por el hecho de que, mientras subsista, puede ofrecer alguna información que incitará la introducción de energía tuitera. Por desgracia, estos episodios serán cada vez más raros: la evidencia de degradación y abandono serán tan inmediatos (con ese “chau” que irá oxidándose a gran velocidad) que, salvo algún despistado aka gilipollas, lo normal será incluso apartar la mirada con repugnancia.

3.- La velocidad de degradación puede ser diferente considerando el tipo de enlace tuitero subyacente. Podría ocurrir que la intensidad de alguno de esos enlaces retardasen el proceso a partir de un cierto nivel de “desorden”, en particular si la cuenta se mantiene en un ambiente seco. No obstante, la existencia de otros sustratos a los que adherirse (esa cuenta clónica repleta de vida potencial) puede convertirse en un peligroso atractor.

4.- Finalmente, no se trata de un experimento “doble ciego”, ya que el autor de este blog es un bocazas, por lo que cabe un efecto placebo inducido a favor o en contra.

Sí, ya sé que he dicho tres principios y he enunciado cuatro.

La explicación es sencilla: uno de ellos es falso; concretamente el cuarto. El jurado actuará como si no lo hubiese escuchado.

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